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Sobre Mauricio Tenorio Trillo, La historia en ruinas. El culto a los monumentos y a su destrucción
Sandra Rozental
Sandra Rozental
Sobre Mauricio Tenorio Trillo, La historia en ruinas. El culto a los monumentos y a su destrucción
Historia mexicana, vol. LXXV, no. 3, pp. 1587-1592, 2026
El Colegio de México A.C., Centro de Estudios Históricos
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Reseñas

Sobre Mauricio Tenorio Trillo, La historia en ruinas. El culto a los monumentos y a su destrucción

Sandra Rozental
Colegio de México, Mexico
Historia mexicana, vol. LXXV, no. 3, pp. 1587-1592, 2026
El Colegio de México A.C., Centro de Estudios Históricos
Tenorio Trillo Mauricio. La historia en ruinas. El culto a los monumentos y a su destrucción. 2023. Madrid. Alianza Editorial. 208pp.. 978-841-148-462-6

La historia en ruinas, el libro más reciente del historiador Mauricio Tenorio Trillo, es un llamado desde su profesión y talento -eso que llama “historiar”- a replantear uno de los fenómenos que sin duda definen el presente global: esa “fiebre” que está tumbando estatuas y monumentos por doquier, con miras a descolonizar, despatriarcalizar y liberar de la sombra de variopintos pasados incómodos y violentos al espacio público.

A través de cuatro capítulos, que bien pueden leerse como ensayos independientes, Tenorio lleva de la mano al lector en una gran y divertida caminata por las calles de una cantidad impresionante de ciudades del mundo en diferentes momentos de su historia. La presencia desbalanceada de las ciudades en las que transita el propio autor, quien se autodenomina un “huarache suelto”, no es una casualidad: la Ciudad de México, Chicago y Barcelona, y en especial sus barrios céntricos y ligados a la vida intelectual, son sus terruños predilectos. Pero la caminata pasa también por Morelia, Washington D.C., Boston, Filadelfia, Richmond, Alcalde, París, Moscú, Berlín, Rotterdam y Santo Domingo, por sólo nombrar algunas.

Si bien camina por todas estas latitudes, Tenorio coloca el ímpetu iconoclasta actual en un contexto histórico y geopolítico preciso. Muestra que las estatuas figuran como parte de procesos rituales que atraviesan sociedades y culturas específicas que les han rendido culto, y que creen en su poder y, por ende, temen o celebran su destrucción como actos de transformación política y social inminente. Sin embargo, la verdadera iconoclastia para el autor no está en destruir los monumentos del pasado, sino en asumir que éstos, y por ende su permanencia o desaparición, no producen mayores efectos. A pesar de las intenciones y de los deseos de quienes los imaginan, producen, pagan, y mantienen, historiar estas obras revela que son en realidad ruinas desde que se conciben. Por lo tanto, son materia dispuesta para las apropiaciones, resignificaciones y reconstrucciones de futuros sobre los cuales sus artífices tienen poco control: “A lo largo de la historia, las estatuas, más que hablarle directamente a los humanos, han hablado entre ellas” (p. 11), y así, “como buenas ruinas, siempre pueden resurgir” (p. 71). Para Tenorio, más que cualquier otra cosa, estas ruinas son documentos y deben ser preservadas como tales para que los historiadores del futuro los puedan consultar y las sociedades mantengan registro de su devenir.

Los casos presentados en el libro son múltiples y cada uno se desarrolla mediante una investigación erudita que desentierra del “basurero de la historia” una riqueza de anécdotas, contradicciones y vueltas, muchas de ellas dignas de una novela propia. La prosa del autor y el uso del humor -o quizá más bien de la ironía- vuelven la lectura del libro entretenida y demuestran que hay muchas historias aún por contar sobre las efigies que adornan -muchas veces sin que les hagamos mucho caso- nuestros paisajes cotidianos. Estas historias, y su desempolvamiento mediante el trabajo del historiador, son para Tenorio más ricas, revelatorias y transformadoras de las violencias que las engendraron que su simple remoción, ocultamiento o destrucción.

El autor selecciona sus casos cuidadosamente. Primero, para demostrar desde la historia que no hay mucho nuevo, ni definitivo, en las pugnas de las estatuas y de los monumentos actuales por más de que el presente esté convencido de su novedad y de su capacidad de garantizar que “ahora sí va en serio” (p. 11). Segundo, los casos que presenta cuestionan la premisa que está implícita en este presente y que se fundamenta en una moralidad que contrapone a los buenos y éticos iconoclastas de ahora con las “maldades” tan repugnantes de las figuras del pasado que representan. Tenorio se burla, pero también se preocupa, de que el presente se defina desde los selfies, likes, posts y otras “sandeces” (p. 21) que inundan las redes sociales y que se autoproclaman actos políticos contundentes. Insiste: la maldad de la historia es imborrable. Nos toca, a todos y en todas partes, convivir con ella y asumirla.

Si bien se trata de un fenómeno global, para el autor el hecho de que el origen y la justificación de la fiebre derrumba-estatuas se encuentre en lo que señala como los identity politics que se han fortalecido en las últimas décadas en Estados Unidos, particularmente en los campus de sus universidades de élite y en otros espacios ligados a la producción y a la crítica cultural, es central en la formulación de sus críticas. Insiste en que la experiencia del racismo, de la discriminación y del colonialismo intrínsecos a la situación estadounidense es específica e irrepetible y que sus lógicas no operan ni son útiles para entender estos procesos en otros contextos: “no son lo mismo en todos lados” (p. 23).

El último capítulo del libro es una crítica y una provocación al gremio que ha sido convocado mediante concursos y encomiendas para elaborar estatuas y monumentos, pero también cuyos miembros han participado de manera desmedida en replantear y resignificar el lugar que ocupan en el presente. Para Tenorio, el arte contemporáneo y en especial los curadores, quienes se ocupan de darle valor y vigencia, usan la historia meramente para elaborar “conceptos morales y justicieros” (p. 152), y están desvinculados de “la calle”. Sorprende entonces que lo que el autor propone como solución a las pugnas de las estatuas sea en realidad una curaduría: una especie de museo des refusés donde, como en el Stadtgeschichtliches Museum Spandau en Berlín, o en los parques grutas en Lituania y Memento en Budapest, las estatuas que han sido removidas desde las incomodidades del presente puedan ser visitadas, estudiadas y quizá también admiradas hasta que, como las obras del famoso salón, algún día salgan del limbo y ocupen nuevos valores, entornos y paisajes. Pero por mientras, las ruinas se preservan y el archivo se conserva. El libro, en este sentido, es una toma de posición y un manifiesto, sin necesariamente dialogar con, ni proponer, una incursión en la ya bastante robusta literatura académica que se ha ocupado de los monumentos y de sus repercusiones políticas.

Hace casi 30 años, otro profesor de la Universidad de Chicago, Michel-Rolph Trouillot (1949-2012), se preguntaba por los modos en que ciertos procesos históricos han sido silenciados a través de cómo se narra y conmemora el pasado. Su libro más famoso, Silencing the Past,1 termina con una serie de sustituciones, traslados y desapariciones de estatuas en su nativo Port-au-Prince. En 1986, tras la caída de la dictadura de Jean-Claude Duvalier, la segunda de una dinastía sanguinaria, una estatua de Harry Truman, claramente un hombre blanco, había sido desmembrada y derribada de su pedestal y posteriormente confundida con la figura de Charlemagne Péralte. Éste, un héroe nacional haitiano, había sido famosamente fotografiado muerto, amarrado a una puerta tras haber intentado resistir la invasión de Estados Unidos en la década de 1920. Trouillot relata que además el nombre de Péralte había sido inscrito en el pedestal de una estatua de Colón desaparecida. El Colón de bronce había sido arrojado por la multitud que derrocó a Duvalier al mismo mar del que siglos antes había venido Colón, el hombre. Había sucumbido no por ser Colón, sino por sus asociaciones con los kolons del presente, solapados por el régimen de Duvalier.

De muchos modos, Tenorio y Trouillot comparten casos, intereses y argumentos: los monumentos no congelan el pasado, son un registro y una huella de las controversias implicadas en cómo los hechos del pasado se quisieron y se quieren contar y recordar. Ambos también estarían de acuerdo en que las estatuas y sus trayectorias hablan más sobre el presente, y sobre sus pugnas, que sobre el pasado que se supone representan. Sin embargo, Trouillot, a diferencia de Tenorio, no buscaba respuestas en el pasado, ni pretendía desmitificar, ni “ofrecer ideas para informar y dirigir nuestro impulso iconoclasta” (p. 27) (habría que preguntarse también a quién se refiere Tenorio con ese “nuestro”) desde las lecciones de un buen, comprometido y serio historiador. Para Trouillot, lo que importaba era el presente y cómo las estatuas, sus sustituciones y destrucciones, se vuelven parte de las luchas de pueblos y actores que han sido los sujetos predilectos de la violencia de la historia. No era relevante si era o no Colón, Truman, o Péralte, ni tampoco cuáles fueron las “verdaderas” intenciones, intereses y procesos que llevaron a su factura y consolidación como monumentos. Trouillot concluía: “La historia no pertenece solamente a los narradores, profesionales o amateurs. Mientras algunos de nosotros debatimos qué es la historia, otros la toman en sus propias manos” (p. 153). Entonces, los actos iconoclastas son importantes como medios que activan la historia y permiten pensar y hacer que otros mundos sean posibles.

Siguiendo la mirada etnográfica de Trouillot y regresando a tiempos y paisajes más cercanos a mí y a Tenorio, en agosto de 2019, la columna del Monumento a la Independencia erguido sobre el Paseo de la Reforma fue cubierta de pintas por colectivos feministas que denunciaban la falta de atención y de justicia del Estado ante las cifras escalofriantes de feminicidios en México. Las autoridades se lamentaron del “vandalismo” al patrimonio nacional realizado por las feministas, argumentando que seguramente podrían haber buscado medios “menos destructivos” para expresar su enojo. En un comunicado, un colectivo de profesionistas ligadas a la restauración, Las Restauradoras con Glitter salió a la defensa de las activistas y de la necesidad de preservar y archivar las pintas en lugar de limpiarlas y revertir la intervención: “el patrimonio cultural puede ser restaurado, sin embargo, las mujeres violentadas, abusadas sexualmente y torturadas nunca volverán a ser las mismas; las desaparecidas seguirán siendo esperadas por sus dolientes y las asesinadas jamás regresarán a casa. Las vidas perdidas no pueden restaurarse, el tejido social sí”.2 Para el colectivo, las pintas, como muchos de los gestos iconoclastas de los que escribe y se lamenta Tenorio, lejos de ser actos destructivos, generaron nuevos objetos, monumentos y patrimonios que deben ser preservados y cuidados más o por igual que las piedras y los bronces, y también nuevas comunidades que se encargarán de ello.

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Notes
Notes
1 Michel-Rolph Trouillot, Silencing the Past. Power and the Production of History, Nueva York, Beacon Press, 1995.
2 Restauradoras con Glitter, “Conservación como acción política. La alteridad que somos”, en CR. Conservación y Restauración, 22 (2021), pp. 55-72. Recuperado en https://revistas.inah.gob.mx/index.php/cr/article/view/17794.
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