Artículos
Rastros ornitológicos en la obra de Ferrer Lerín
Ornithological traces in the work of Ferrer Lerín
Rastros ornitológicos en la obra de Ferrer Lerín
Nueva revista de filología hispánica, vol. LXXIV, no. 1, pp. 169-204, 2026
El Colegio de México A.C., Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios
Received: 12 July 2024
Accepted: 04 February 2025
Resumen: Las aves, y en especial las necrófagas, son un hilo conductor en la obra de Francisco Ferrer Lerín, cuya dedicación ornitológica se conjuga con otras facetas (las de poeta y tahúr, principalmente) en la configuración de una persona literaria tan singular como su narrativa: la del polímata justiciero con el conservacionismo por bandera, el naturalista que recupera el muladar como comedero tradicionalmente integrado en la estructura productiva ganadera y como espacio mítico alrededor del cual actúa su principal heterónimo, el Buitre. Se estudia en este artículo, centrado en su novela Familias como la mía y otras piezas narrativas, esa rara confluencia.
Palabras clave: Historia natural, aves necrófagas, muladar, persona literaria, polímata.
Abstract: Birds, and especially necrophagous birds, are a common thread in the work of Francisco Ferrer Lerín, whose ornithological interests combine with other facets of his personality (mainly those of his life as poet and gambler) to configure a literary persona as singular as his narrative: that of the avenging polymath who goes about the world under the conservationist banner, of the naturalist who recovers the dunghill as a traditional feeding-place for livestock and as a mythical space in which his principle heteronym, the Vulture, circulates. This article, which focuses on his novel Familias como la mía and other narrative pieces, studies this rare confluence.
Keywords: Natural history, necrophagous birds, dunghill, literary persona, polimath.
Taxonomía
La investigación linneana era un campo abierto y libre, y ofrecía la clase de aventuras que, si bien no apaga la sed de un alma inquieta, sí la mitiga.
F. Sjöberg, El arte de coleccionar moscas
Lamenta el poeta, o simplemente constata, que su leyenda, agigantada con el paso de los años, y sobre todo tras un largo período de aparente renuncia a la escritura y la publicación1, haya acabado por eclipsar su obra. En Cuaderno de campo, por poner sólo un ejemplo, reconoce no sin socarronería:
Mi vida ha actuado a menudo como una losa a la hora de valorar mi obra escrita. Comprendo que no todo el mundo es joven, guapo, rico, juega bien al póquer, alimenta a las aves necrófagas, trabaja para los servicios secretos y se permite amonestar a los regionalistas, pero sé, de buena tinta, que mis poemas y prosas no dejan indiferentes, por lo que desearía que la crítica se centrara en esta última faceta. Mi vida fue obra de arte al ser utilizada para redactar mi novela Níquel y, de hecho, esta utilización, aunque moderada, es en gran parte culpable del desvío de la atención hacia mi biografía en detrimento de la atención a mi literatura (Ferrer Lerín 2020, p. 122).
No hay más ni menos razones para desconfiar de esta aseveración que en casos como el de Ovidio, quien establece de modo paradigmático esa distinción, eminentemente literaria, entre biografía y desempeño poético, entre vida y obra: Crede mihi, distant mores a carmine nostro / -vita verecunda est, Musa iocosa mea- (Tristia, II, 1, vv. 353-354). Se trata de argumentos tópicos, como lo es la premeditada vulneración, a renglón seguido, de dicha preceptiva. Lo cierto es que los lectores que frecuentamos la obra de Ferrer Lerín, repartida en ámbitos tan diversos -de la plaquette al blog, de la novela al artículo científico para la revista de ornitología o la traducción literaria, del prontuario a la aportación dadaísta a la oficina de patentes-, no podemos dejar de advertir cierta estudiada doblez y buenas dosis de humor en ese argumento que a menudo salta al titular, boutade que no obstante permite medir el contorno literario de su semilegendaria figura.
La interrupción del quehacer literario se incorpora asimismo como tema a su obra: de “destierro” es tildada su marcha a Jaca a finales de los años sesenta2 en el capítulo noveno de Familias como la mía3. Es más, su labor ornitológica en el Centro Pirenaico de Biología Experimental (CSIC) se presenta allí como tapadera de nuevas tareas más o menos inconfesables, entre el espionaje y la “guerrilla ornítica”, y ello da lugar a una estudiada praeteritio, junto al muy socorrido recurso del hallazgo del manuscrito (García Gual 1996), pues llega a insinuarse que lo que leemos en la novela pudiera corresponderse precisamente con esas notas que los servicios secretos le encargaran a Pablo Amatller Moragas, trasunto novelesco del autor, y que no habían de ser reveladas nunca: “nadie debe leerlas ni siquiera conocer su existencia” (2011, p. 132). Aquel apartamiento de la literatura tras su floruit valdría a Ferrer Lerín, de hecho, un lugar entre los Bartleby y compañía (2015) de Vila-Matas, donde merece la entrada número 16:
Es como si últimamente les hubiera dado a los escritores del No por ir directamente a mi encuentro. Estaba tan tranquilo esta noche viendo un poco de televisión cuando en BTV me he encontrado con un reportaje sobre un poeta llamado Ferrer Lerín, un hombre de unos cincuenta y cinco años que de muy joven vivió en Barcelona, donde era amigo de los entonces incipientes poetas Pere Gimferrer y Félix de Azúa. Escribió en esa época unos poemas muy osados y rebeldes -según atestiguaban en el reportaje Azúa y Gimferrer-, pero a finales de los sesenta lo dejó todo y se fue a vivir a Jaca.
Dos etapas son perceptibles en la trayectoria del polígrafo: un primer momento, en Barcelona, de cultivo de la literatura y subsistencia casi entera y presuntamente basada en el póquer, y después, tras el abandono de la gran urbe y de la poesía (o de su publicación), su entrega a la ornitología de campo en el prepirineo (descubrimiento de las necrófagas, nacimiento de la conciencia conservacionista) y la pretendida colaboración con los servicios secretos como nueva fuente de ingresos. (Será durante esa segunda etapa cuando desarrolle lo que, parafraseando toscamente a De Quincey, cabría denominar el asesinato considerado como una de las artes... de la ecología.) Se prefigura, así, la escisión entre ciencias y letras, pero el berliniano divorcio queda superado en la obra singularísima y ambivalente de este polímata, quien por lo demás alimenta la paradoja: que aquello que vendría a ocuparle durante décadas en lugar de la escritura, esto es, las aves, y en particular las carroñeras, pueda considerarse como verdadero hilo conductor en su producción literaria, avivada por la supuesta renuncia.
La aparente discontinuidad de las múltiples facetas de Ferrer Lerín se resolverá, como veremos, por integración de cada una de ellas en su persona poética, a la que, obviando otros heterónimos y dobles en favor del más persistente de ellos, podemos identificar con el apodo del Buitre, y cuyo excepcional talento se reparte en tres grandes dominios: la literatura, el póquer y la ornitología, tres constantes en una obra dispersa que parece obedecer a una voluntad centrífuga, al multiplicarse en ámbitos y formatos de una buscada heterogeneidad que ha movido a la preparación, en los últimos años, de varias antologías4. El autor, que juega también a la proliferación de ecos y heterónimos, mantiene activos en Facebook cuatro perfiles, así como dos blogs, que comenzaron su andadura en 2008 y 2022 respectivamente, y donde sigue publicando hasta la fecha y a buen ritmo5. Tal dispersión y una vocación, digamos, marginal o apócrifa, obligan al lector a proceder con celo idéntico al del naturalista que se demora al borde de un sendero a examinar todo tipo de rastros en pos de su correcta identificación. Y por más que nos centremos aquí en su narrativa, esa colección de huellas y apuntes de naturalista conduce a otros extremos de una obra que, por lo demás, trasciende el decorum debido a los límites genéricos, y ayuda a esclarecer -tal es la hipótesis que aquí se plantea- ciertos aspectos cruciales de su escritura y a perfilar la figura del poeta ornitólogo.
Es hora de examinar algunos ejemplos escogidos, principalmente de su narrativa y muy especialmente de Familias como la mía, empezando por el nacimiento mismo de su entusiasmo ornitológico: en un paseo con Baltasar Sistella, auténtico maestro e incitador cuya encubierta figura descubriremos más adelante, observan, “posado en una de las estacas de una valla, a un macho de un ave de San Martín”, y Ferrer Lerín quedará “subyugado por la elegancia de sus planeos a ras de la hierba y por el colorido gris azulado, contrastado con el blanco y con el negro, de su plumaje. Me estaba convirtiendo a la causa”. Hasta entonces “los consideraba [a los pajarillos] cosa de gente cursi y ridícula” (p. 51). Pronto compartirá la afición ornitológica un grupo de habituales, con Sistella como factótum:
Quién podía imaginar la nidificación del águila real a pocos kilómetros de Sabadell, cómo se explicaba que Collserola, encima mismo de la ciudad de Barcelona, fuera un importante lugar de paso de águilas culebreras y ¡águilas pescadoras! y que nadie hubiera reparado en ello. Estaba, estábamos, entusiasmados (p. 64).
En la novela menudean los apuntes etológicos, en ocasiones encapsulados como símiles homéricos (véase, por ejemplo, la descripción del comportamiento de la larva de la hormiga león en un contexto tan inesperado como el del paroxismo sexual de dos amantes, en p. 104); otras, como música de fondo (“y yo, solo, ¡por suerte!, en un pequeño cuarto, desde el que estuve disfrutando toda la noche con los característicos ruidos de cepillo de carpintero emitidos por la pareja de lechuzas del campanario”, p. 198); y las más de las veces, presentados como producto de la observación directa, dentro de la trama:
Una hermosa hembra adulta de águila perdicera -Hieraetus fasciatus- volaba recta, muy alta, hacia la vertical del punto en que nos encontrábamos, y pocos segundos después, y esta vez fue Charo la descubridora, otra águila, el macho, apareció siguiendo a la primera, a considerable distancia... Cinco ejemplares de buitre leonado -Gyps fulvus- levantaron simultáneos el vuelo desde su dormidero. Localizada una térmica, comenzaron a girar en medio del cielo azul de la mañana componiendo esa imagen tan cara a los westerns y que, y entonces lo supe porque Sistella nos lo explicó, constituía en este caso una inapropiada comparación: en América no hay ni ha habido nunca buitre, sino catártidas -zopilotes, auras, cóndores en lugares concretos-, aves típicas del nuevo continente y que tienen una convergencia trófica con nuestros buitres. Los cinco miembros del grupo, en pleno éxtasis ornítico, inmóviles, encorvados sobre el catalejo, atentos a las evoluciones de las espléndidas aves, intercambiando a veces breves comentarios del tipo “parecen todos adultos”, “están bien de plumas”, “el de la derecha tiene el buche hinchado” (p. 66).
Tales descripciones difieren poco o nada de las que podemos encontrar en su producción científica. Compárense, sin solución de continuidad, un párrafo extraído de la novela con otro de un artículo publicado el año 1973 en Miscelánea zoológica:
Recorríamos el valle de Atarés y empezamos a desgranar las listas de especies asociando flora y fauna: aliaga, boj y tomillo con la curruca rabilarga; quejigos de pequeño porte en taludes de solana con el mosquitero papialbo; bosquetes de pino silvestre con el pinzón vulgar; y así hasta completar el variado mosaico de microhábitats del privilegiado enclave (p. 160).
Nuestro propósito es prospectar exhaustivamente durante 1973 las cuencas del Segre, Cinca y Alcanadre, para poder conocer, lo mejor posible, el estado de Ciconia ciconia en la parte oriental del valle del Ebro. Estos datos preliminares deben, por lo tanto, ser considerados como meramente informativos, ante una labor de mayor envergadura que queremos incluya ciertas medidas para evitar la erradicación de la especie (Ferrer Lerín 1973, p. 87).
Hasta se adivina en ese propósito plural el trabajo de campo del grupo cuya actividad se desplegará en un momento central de la novela. La única diferencia estriba en los métodos empleados en pro del conservacionismo, que en la ficción incluirán, como veremos, actos criminales y la explotación literaria del horror. Conviven en su obra la minuciosidad de la observación naturalista y la fantasía. Buen y divertido ejemplo de ello es “La buena vista de Conchi Jiménez”, que en pocas líneas cuenta cómo los ojos de la niña susodicha quedaron afectados por el polvo de las espigas en la carreta de un manijero, y, tras recibir una cura milagrosa,
de golpe, los ojos expulsaron unas perlitas, cuajadas de porquería. Al salir del santuario no sólo veía sino que veía muy bien, tan bien que descubrió un bando de aves que volaban a inmensa altura. Nadie fue capaz de avistarlas y Conchi, además, supo identificarlas: “Son alcatraces camorreros desviados de su ruta habitual de migración”. La Virgen había curado e instruido. Casó luego con un famoso ornitólogo japonés (Ferrer Lerín 2021, p. 45).
En algunos casos resulta evidente ese deslizamiento del trabajo científico a la narración literaria. Así, las mismas indagaciones que conducen a la redacción del artículo coral “Expansión hacia el norte de la lagartija colirroja (Acanthodactylus erythrurus)” reaparecen en la conclusión de un epílogo reciente, que culmina cual entrada de un bestiario:
Diré, para concluir, que salir al monte, aunque sólo sea como rutinario birdwatcher, depara sorpresas mayúsculas como el hallazgo de cadáveres humanos, devorados más o menos según cuál sea la estación del año, o sea de la cantidad de carne que oculte la ropa que llevan. También, si se tienen los ojos bien abiertos, es posible detectar cómo el calentamiento global modifica la nómina de especies, impensables hace poco, y estoy pensando en la presencia, en la tradicionalmente considerada como destemplada subcomarca del Campo de Jaca, de un pajarillo circunmediterráneo, la curruca cabecinegra, Sylvia melanocephala, y de un reptil meridional, la lagartija colirroja, Acanthodactylus erythrurus. Los tiempos cambian, pero nosotros somos perseverantes, seguiremos hablando con ellas, bestias admirables que tanta admiración procuran, que muchos son los arcanos que todavía perduran, que nadie sabe aún el porqué las lagartijas que corretean por un muro nos miran siempre a los ojos y no a otras partes de nuestro cuerpo (Ferrer Lerín 2023, pp. 276-277).
Esa convivencia de ciencia y fábula presenta en Ferrer Lerín y a grandes rasgos un aspecto bifronte: la deriva fantástica y humorística a partir de una noticia de orden científico y, en la dirección contraria y como si de su reflejo se tratara, la inserción de observaciones precisas de carácter zoológico en un universo plenamente imaginario o cuando menos equívoco. Un caso palmario de esto último lo constituye su tan característico y abundante empleo de nombres científicos, que trufan su poesía y su narrativa6. En este punto tememos incurrir en la tautología y el exceso de citas, pues como al enciclopedista nos embarga la pasión por el inventario7. Centrándonos en la nomenclatura que aquí nos interesa, la zoológica, y en particular en el uso del nombre científico, sólo en Familias como la mía -y citamos aquí tal y como se mencionan, por orden de aparición- hallamos, entre otros: chacal dorado (Canis aureus), p. 37; ave de San Martín, p. 50; escribano montesino (Embereza cia), p. 54; nueza negra (Tamus communis), p. 55; águila real, p. 64; águila culebrera, p. 64; águila pescadora, p. 64; pigargo (Haliaeetus albicilla), p. 64; águila perdicera (Hieraaetus fasciatus), p. 66; buitre leonado (Gyps fulvus), p. 66; chova piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax), p. 71; alimoche (Neophron percnopterus), p. 95; Vultur cinereus, p. 98; búho real (Bubo bubo), p. 107; águila calzada (Hieraaetus pennatus), p. 110; golondrina común (Hirundo rustica), p. 115; buitre negro (Aegypius monachus) y buitre leonado, p. 140; Curculio elephas y Curculio nucum, p. 141; “murciélagos del género Pipistrellus”, p. 141; Hemidactylus turcicus, p. 141; salamanquesa gigante (Gecko maximus), p. 143; gorrión chillón (Petronia petronia), p. 144; curruca rabilarga, p. 160; mosquitero papialbo, p. 160; pinzón vulgar, p. 160; reyezuelo sencillo y reyezuelo listado, p. 161; aguilucho cenizo, p. 165; Canis lupus, p. 227; pinzón vampiro, p. 227; Pinus pinea, p. 237; milano, p. 243; flamencos, p. 270. Algunos de ellos son nombres vernáculos, como el de “Gran Duque” para el búho real o el de “ave de San Martín”, nombre regional para el aguilucho cenizo (Circus pygargus) y el aguilucho pálido (Circus cyaneus)8.
El efecto de tan asidua apelación a los nombres científicos, ornitónimos sobre todo, en su narrativa es múltiple: el pormenor biológico actúa, por así decirlo, como levadura, en el mismo sentido que los mimbres autobiográficos con que se construye un relato que oscila entre lo testimonial y lo inverosímil, entre lo brutal y lo desopilante; la nomenclatura binominal y las fichas sobre comportamiento animal confieren a la prosa de Ferrer Lerín, cuya mirada se educó entre los tratados de historia natural de la biblioteca familiar, una cierta cualidad enciclopédica, como si de coloridas estampas se tratara; pero, ante todo, este contraste entre fabulación e imprevisto rigor científico surte efectos humorísticos. Ya desde sus primeros pinitos como birdwatcher: “Siempre recordaré con especial cariño mi primera identificación certera, sin el auxilio de mi mentor, del canto de celo de un ejemplar de escribano montesino -Embereza cia-, junto a las letrinas del campamento” (p. 54)9; en la segunda narración de la entrada “Nuevas carroñadas” brillan los nombres certeros de las especies que dan cuenta de los restos cárnicos, frente a los manifiestamente inventados y llamativos de la realidad circundante:
En mayo de 2018 traslado temporalmente mi residencia al hotel Muerte y Occipucio. Se trata de un establecimiento familiar, situado en la falda del monte Caspolino, en el que dispongo de una amplia suite, casi un apartamento. En los veranos, siempre incómodos, el hotel sufre una drástica transformación al dividirse en dos secciones, una, llamada Supremacistas, destinada a vascos y catalanes, y otra, llamada Maquetos y Charnegos, destinada a habitantes de las otras regiones españolas... Es Tilde, la gobernanta, quien, en exclusiva, se encarga de mis cuidados; limpia, hace la cama y sirve la mesa, situada junto al gran ventanal que da al norte, a las Praderías de Juan el Guarnicionero, en las que abundan las aves córvidas y algún busardo euroasiático (Buteo buteo). Ella, Tilde, siguiendo mis indicaciones, recoge de la cocina diversos restos cárnicos que disemina por las praderías para el consumo de urracas (Pica pica), cornejas (Corvus corone), cuervos (Corvus corax), milanos reales (Milvus milvus) y buitres leonados (Gyps fulvus), y hacer así más interesantes mis observaciones ornitológicas desde la terraza (Ferrer Lerín 2022a.
El género fabulístico se alimenta del contraste entre lo humano y lo animal desde que el halcón habló al ruiseñor en los versos de Hesíodo, y esa polarización se basa a menudo en una tensión entre los nombres propios, individualizadores y a menudo clamorosamente ficticios, y la aséptica nomenclatura binominal. Nuestro autor se inscribe en una tradición que abarca desde Plutarco y su Grilo, cuyo nombre parlante señala a quien gruñe o guarrea, al cerdo (gr. γρῦλος o γρῦλλος; cf. Newmyer 2021, pp. 96-97), o los cervantinos Cipión y Berganza, hasta la fábula contemporánea: “Era una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha” (Monterroso 1969, p. 51)10. Edward Lear empleó famosamente y a discreción la nomenclatura binominal para su flora apócrifa11, y asimismo inventada es buena parte de la fauna buscada en Las historias naturales de Juan Perucho, donde los nombres latinos jalonan la narración fantástica y quedan recogidos en índice onomástico:
Aurea picuda.- Volátil. Especie indeterminada. Su canto era una pura melodía inaudible. Tímida. Conservó un raro afecto a Antonio de Montpalau.
Avutarda geminis.- Misterioso animal que obsesionó durante muchos años a los naturalistas. Súbitamente desapareció de la faz de la Tierra.
Otorrinus fantasticus.- Animal inexplicable.
Phallus impudicus.- Seta vergonzante. Muy rara. Se decía que curaba la alopecia.
Saurio volador, El.- Reliquia prehistórica. Hablaba como un loro. Era lento y siempre estaba somnoliento; ahuyentaba a los perros con su presencia.
Scolopendra martirialis.- Insecto monstruoso y terrible. Mortal de necesidad. Parece un ciempiés gigante.
Simius saltarinus.- Mono saltarín. El pelaje se conserva con naftalina.
Tenias intestinales.- Parásitos de los intestinos en forma de grandes lombrices. Son ciegos. Causan un adelgazamiento general de la persona.
Sin solución de continuidad, comparecen las desagradables “tenias intestinales” como muestras de fauna real, aunque indeseable. En el centro del triángulo conformado por la zoología, la fantasía y la historia, se levanta: “DIP, Onofre de.- El vampiro. Durante la guerra carlista fue también conocido por «El Mochuelo». Caballero del rey Jaime I. Se enamoró de la duquesa Meczyr, ser NoMuerto, la cual le inoculó la terrible condición. Era señor de Pratdip. Halló la paz a manos de Antonio de Montpalau, después de muchas vicisitudes que se narran en esta novela”. Perucho exploraba en Las historias naturales los extremos de la ciencia, el positivismo en competencia con la pura criptozoología en un mundo finisecular sediento de hallazgos:
-La avutarda geminis proviene de las Américas -prosiguió Antonio de Montpalau-. Según algunas informaciones, no garantizadas del todo, posee unas excepcionales cualidades terapéuticas para el mal de piedra, la diarrea galopante y la inflamación del bazo. La segunda vértebra de la cola, comenzando a contar por la extremidad del apéndice, posee, una vez bañada en licor rebajado de mandrágora, unas virtudes de las cuales yo, personalmente sin comprobación experimental, me permito dudar (1978, pp. 19-20).
Este mismo Antonio de Montpalau que se permite dudar seriamente será, por cierto, quien aniquile al vampiro. Donde Perucho ironiza y fantasea, Ferrer Lerín se lanza al dislate con ribetes de surrealismo o a la más descarnada sátira académica: véase, sin ir más lejos, la descripción de especialidades de los científicos del Centro de Investigación de los Sistemas Naturales (CISNA), citada más adelante.
No es momento de explorar los vínculos con Perucho, que creo estrechos y evidentes, pero conviene señalar el gusto común por lo portentoso y su encaje novelesco. Esto que Antoni Comas escribía en el prólogo a Las historias naturales puede muy bien aplicarse a nuestro autor: “manipula siempre géneros literarios establecidos, es decir, con etiqueta tradicional”, pero “sobre esta base puede desplegarse libremente la fantasía y el autor puede introducir incluso, subrepticia o descaradamente, el dato apócrifo, con la condición tan sólo de que éste sea verosímil” (1978, pp. iv-v). Ferrer Lerín refiere, por ejemplo, un festín de carroñeras, en el que participan pequeños, inopinados vampiros: “aún no se han visto buitres, pero urracas, cuervos y otros pájaros descienden al comedero. (Cerrando la cuestión trófica: igual que los pinzones de las Galápagos, aquí los gorriones también trasmutan a carroñeros; arrancan diminutos jirones de carne, y beben sangre)” (p. 228). Pero por encima de todo aquello que la naturaleza procura -y que no sería entonces, al decir de Cicerón, propiamente portento-, sobrevuela en la obra de ambos la fauna fantástica, monstruos e híbridos12.
Tampoco enumeraré aquí esa variopinta fauna imaginaria, que incluye criaturas cuyo nombre resulta alterado o inventado (sin ir más lejos, nos aclara el autor que aquel “alcatraz camorrero” identificado por la niña Conchi Jiménez del cuento es un ave irreal, pues, al margen del comportamiento agresivo que pueden mostrar los alcatraces frente a los intrusos en su nido, el camorrero no se reconoce como especie); seres en principio reales pero desproporcionados (como esos mújoles gigantes de “Lisa en el pozo”, que también acaban siendo utilizados para eliminar cadáveres, en Papur); otras fieras, digamos, desubicadas o de rara aparición en España (como los chacales dorados que atacan, en el arranque de la novela, a Amatller y sus amigos Potencia y Brillante); animales legendarios como la Bestia de Gévaudan (que merece toda una sección de la novela, en pp. 213 ss.), los dracs o dragones de la Galia (pp. 102-103), el reptil del campanario de la catedral de Saint Bertrand de Comminges (p. 93 y, más adelante, en p. 143, asociados a una presuntamente extinta salamanquesa gigante, Gecko maximus), etcétera.
Si uno de sus títulos, que se presenta como azaroso derivado de una frustrada tesis doctoral, apareció publicado con el significativo rótulo de El bestiario deFerrer Lerín (2007) es porque nuestro autor se identifica con gusto y a conciencia con los mistificadores enciclopedistas antiguos y medievales, y con aquel Plinio el Viejo capaz de cuestionar la existencia del ave fénix, al tiempo que nos regala un magnífico repertorio de noticias sobre este animal cuya especie, como tan a menudo ocurre a los monstruos, conoce un solo ejemplar. A propósito de la inclusión de lo maravilloso en la Historia natural, una de las más agudas lectoras del enciclopedista romano, Mary Beagon, hablará de esa sensación, alentada por la magnitud de los nuevos hallazgos y el desvelamiento de lo exótico al inicio de la nueva era, de que la realidad se muestra aún más extraña y heteróclita que la ficción13. La obra de Ferrer Lerín puede leerse como reafirmación de aquello que Pierre Grimal encontraba tan atractivo en la de Plinio, que “à l’intérieur même de la natura, de la création, tout n’est pas déterminé, que l’irrationnel, le merveilleux, trouvent leur place” (1987, p. 245).
Capítulo aparte merecen la desviación del afán ornitológico consistente en el aprovechamiento criminal de las cualidades necrofágicas de esas aves dilectas de Ferrer Lerín, pionero del conservacionismo en España, y el uso torcido de aquellos ancestrales espacios para la alimentación de las especies carroñeras: “El muladar, como punto mágico y magnético, acaba el recorrido de Lerín, dando un giro al argumento y aportando las otras dos caras, juego y carroña, que con la literatura, cierran la figura del triángulo” (Ferrer Lerín 2022, p. 177).
Aventura trófica
¿Había buitres en España? ¿Cómo era posible que yo no supiera que sobre nuestras cabezas, en algunos lugares todavía, sobrevolaban estructuras vivas de 2,70 metros de envergadura, a la busca de cadáveres? ¿Qué cadáveres? ¿Dónde era posible hallar cadáveres tirados al aire libre? ¡Qué mundo se me estaba abriendo!
Familias como la mía
Nuestro autor sería digno de ingresar en aquel Club of queer trades chestertoniano, toda vez que le cuadra la serie completa de adjetivos que jalonan sus seis capítulos: tremendous, painful, awful, singular, noticeable, eccentric. Pero es cierto que Ferrer Lerín no cumple a rajatabla la condición impuesta en el pórtico mismo del volumen: “It must be an entirely new trade... First, it must not be a mere application or variation of an existing trade... Secondly, the trade must be a genuine commercial source of income, the support of its inventor” (Chesterton 1905, pp. 4-5). Si bien Amatller, protagonista de Familias como la mía, recibe cuantiosos emolumentos por sus poco convencionales servicios, y aunque presuma de que “a nadie se le había ocurrido esta fórmula” (p. 220), tengo serias dudas con respecto a la novedad radical -condición sine qua non impuesta al gremio de los negocios raros- de la propuesta de Ferrer Lerín, pues su obra se muestra originalísima, entre otros aspectos, en lo que tiene de reelaboración, fagocitación, vampirización incluso de material preexistente, propio y ajeno, hasta tal extremo que él mismo declara:
el oficio adquirido me permite subsanar la pérdida paulatina de inspiración mediante un hábil mecanismo de incorporación directa de las fuentes, metabolizando sintagmas y palabras perdidas en otros libros que, incluso en los de factura pésima, siempre pueden contener material aprovechable (2020, p. 173).
Y explicará, en clave de chanza y en repetidas ocasiones, que de darse coincidencias entre un verso suyo y otro, pongo por caso, de Góngora o de Swinburne, serían el inglés y el poeta de las Soledades quienes habrían copiado de él, operación que consistiría en algo así como un plagio inverso o anticipatorio. Recordemos que su espléndido Bestiario se presenta como una colación y compendio de otros diccionarios. ¿Y qué es su Arte Casual sino un aquilatamiento de cuanto de artístico sucede o se presenta en los márgenes, en derribos, ruinas, escombreras, fuera de la acción premeditada, si no de la mirada, de un artista asimismo adventicio?
Pero, a fin de cuentas, ¿en qué consiste aquella nueva fórmula con la que parece haber dado Pablo Amatller Moragas, alter ego novelístico de Ferrer Lerín? En la perfecta, siniestra combinación de las cualidades del poeta-tahúr-ornitólogo, que aprovechará la voracidad de las aves carroñeras y otra fauna aliada para la eliminación de cuerpos humanos, en un primer momento con el conservacionismo por bandera y como fin justificador (del asesinato, por ejemplo, de envenenadores como los Sicart, hábiles con la letal estrictina, y otros merodeadores dañinos para la fauna salvaje europea, de modo que la cadena trófica se cierra así en un círculo fatal); con horizontes más amplios luego: el pionero de la ornitología en nuestro país y poeta de culto redirige la eficacia de sus necrófagas hacia el puro terror literario, presentándose él mismo como criminal polímata.
Al comienzo, como decíamos, era su principal propósito la recuperación de la diezmada población de necrófagas, allá por los años sesenta del pasado siglo, para lo cual se recurre a restos provenientes del Zoo de Barcelona:
se depositaban las cabezas de caballo partidas -alimento destinado a los carnívoros del zoo- y los cadáveres enteros o troceados de cebras, hipopótamos y jirafas en las proximidades de los farallones y cortados que sobrevolaban los últimos ejemplares de necrófagos aéreos14.
El tétrico espectáculo, verdadero “aquelarre / de carne charra y mármoles finales” (Borges, “Carnicería”, vv. 6-7; 1923) que dejará un reguero de anécdotas que implican a amigos insignes de Ferrer Lerín (como Félix de Azúa o Javier Marías, entre otros), por inverosímil que resulte es verídico y responde a aquel noble afán conservacionista original. Quien dirige estas operaciones es Baltasar Sistella, cuyo nombre fluctuante revela en el siguiente fragmento a la persona tras la máscara15:
Toda historia tiene un protagonista, alguien insustituible que a menudo arriesga más incluso de lo que de él se espera y que carece de límites en lo referente a generosidad y sabiduría. Ese personaje se llamaba -se llama- Salvador Filella. Autodidacta, trabajador infatigable, volcado unívocamente en la causa, fue quien me inició en la ornitología -yo era solo herpetólogo-y quien creó desde su atalaya, repartida entre el Museo de Zoología y el Zoo de Barcelona, una escuela, una serie de generaciones de observadores de aves. Espartano, madrugador por tanto, convocaba a los excursionistas a tremendas horas de la noche: a las cuatro, a las tres incluso de la madrugada del sábado ya podían verse llegar algunos automóviles a determinado punto de la adoquinada calle Wellington. Allí, a la luz incierta de unas delgadas farolas, con un fondo de rugidos de leones y gritos de gaviotas posadas en el cercano mercado de pescado, se abría chirriando una verja tras la que aparecía Filella invitándonos, conminándonos a pasar a la cámara frigorífica del zoológico, habitáculo sin luz de regulares dimensiones que anunciaba, al abrir su puerta y empezar a percibirse un olor acre, el total de los horrores que contenía (p. 74).
Se conforma en torno a Filella/Sistella un grupo, cuyos integrantes, por lo demás, prefiguran las diversas tendencias en el campo del ecologismo, el ambientalismo y el conservacionismo16: desde Pablo Amatller Moragas, quien “acostumbrado a vivir en el filo de la navaja, admitiría la decantación del grupo hacia posturas menos legalistas” (p. 113), hasta Ticià Moreu i Moreu, quien, se nos dice, “debería sintonizar con el discurso político de Sistella pero es demasiado exaltado y su defensa del territorio no se hace desde presupuestos básicamente ambientalistas sino exclusivamente catalanistas. No le importa liquidar cazadores siempre y cuando sean foráneos” (p. 114). Lo completan Dora Butcher, Charo Azpeitia Lomba, Senén González Verrugoso y José Andoaín Castells. La acción del grupo empezará pronto a desmandarse, hasta comportarse como auténtica “guerrilla”, pero en Ferrer Lerín se intuye desde el primer momento el perfil de “justiciero ecológico”:
Baltasar Sistella me había llevado, en labor de apostolado, para ganarme a la causa ornitológica, y estaba enrolando a un alumno radical, cautivado por la belleza del paisaje y de su fauna, pero violentamente decidido a acabar con los elementos que estorbaban, con las actividades -y con las personas- que ponían gratuitamente en peligro la continuidad de esas maravillas. Por la estética a la defensa del medio. Se había despertado en mí un justiciero ecológico. El tiempo -el breve tiempo- diría de lo que era capaz (p. 60).
La meta, el epicentro de estas actividades, es el muladar, cuya recuperación como ancestral comedero de necrófagas se considera misión urgente e inexcusable tras sufrir una segunda marginación por afán higienista (siendo la primera ese emplazamiento extramuros que le diera nombre: “el lugar fuera de los muros de la Villa, o Ciudad, adonde se echa el estiércol, y la basura; y porque es fuera de los muros, se dixo muradal, y de allí muladar trocando las letras”, según Covarrubias, 1998 [1611], s.v.)17.
Hay un primer muladar, escenario propicio para Ferrer Lerín y los suyos:
Allí, a modo de plataforma, se extendía una gran losa grisácea, especie de ara de titanes que como algunos monumentos funerarios megalíticos podría ofrecer cadáveres a la voracidad de las bestias del aire... El primer muladar del Grupo de Ornitología del Museo de Zoología de Barcelona estaba siendo creado. En un mes, con los permisos -verbales- dados, se empezó a llevar carne: fue a partir del tercer cerdo de la granja de Freginals y de la media cebra y el cuarto de jirafa del zoo, cuando los buitres, desconfiados por naturaleza y más por lo insólito del emplazamiento, empezaron a comer (pp. 71-72).
El muladar se nos muestra como espacio emblemático, cargado de sentidos, punto de encuentro de facetas lerinescas y hasta imagen de su proceso creativo. En la sección así llamada (“El muladar”, pp. 72-80) aparece primero como espacio complementario al comedero: “El muladar ya no es el comedero... Gracias a los comederos se recuperaron las poblaciones de buitre que una vez estabilizadas permiten el correcto funcionamiento de los muladares” (p. 76). Pero más allá de su función primigenia, “es un lugar de culto”; además, “hubo un tiempo en que el muladar se convirtió en un campo de trabajo”, y pasa a detallarse la improbable actividad desplegada en el muladar por “el artista Tito venido del mundo del cabello [y que] deseaba entrar en el mundo del esqueleto”, y de otros peregrinos que siguieron al artista:
Recuerdo a Giraldo Adober, trovador provenzal, que pretendió jugar con la muerte durmiendo bajo las estrellas, junto a las fieras que merodean y olfatean en torno al muladar, y al que aún no se le ha borrado el espanto del rostro. Y también al paracaidista cántabro Nicolás de Sinsabor, que fue derribado de una pedrada, por suerte a pocos metros del suelo, cuando se lanzaba desde un risco próximo para poder sentir lo mismo que el buitre leonado en su descenso sobre la carroña (p. 78).
Por último, el muladar “ha generado durante estos años muchas historias”, que él ordena en una tríada: la relativa a los ataques de unos perros cimarrones que acaban siendo pasto de los buitres y a un restaurante de fast-food que abre cerca del muladar, añadiendo, finalmente, “un aspecto maravilloso del lugar: la existencia de bestias fantásticas” (p. 79). El muladar irradia humor, horror y fantasía.
Pronto abandonará el grupo aquel ideal que lo inaugura y que contrasta con la hediondez circundante: “éramos absolutamente voluntaristas y puros -pese a la inigualable pestilencia del material manejado” (p. 74). El envilecimiento de sus acciones se realiza en dos movimientos: en primera instancia, las tareas encaminadas a la recuperación de las necrófagas y la protección de su entorno natural llevarán al grupo a cobrarse vidas humanas (de intrusos indeseables, enemigos del ecosistema); más tarde, de forma doblemente clandestina y soterrada por cuanto se trata de una iniciativa individual, Ferrer Lerín (o su alter ego literario) empleará la experiencia ganada en el terreno del conservacionismo para la neutralización, como él mismo la llama, de nuevos elementos dañinos para la fauna (no sólo aves, sino también insectos18, serpientes, lagartos, etc.), y la posterior eliminación de cadáveres, para cuya depuración ha de servirse de las aliadas necrófagas. Su pericia le granjeará fama y con ella bien pagados encargos para hacer desaparecer cuerpos más allá del ámbito de la ecológica guerrilla.
El espacio casi mitológico del muladar se verá, así, ensanchado, como el radio de acción de las necrófagas y su cómplice19. En “La Bête de Gévaudan” (pp. 213 ss.) vemos cómo el cerco a unos lobos acaba convirtiéndose, como en un delirio, en el raro ideal de una ciudad a disposición de los depredadores; en “Corvus corax” la pesadilla toma la forma de una ciudad reducida a pitanza para cuervos y fieras, y para el propio narrador, que acaba pastando él mismo en los cadáveres que la atestan, merodeando por “eventuales zonas de aventura trófica” (en Cónsul; cito por Ferrer Lerín 2018, p. 28).
Entre tantas escenas truculentas podrían traerse a colación las páginas 94-95 (el cuerpo devorado del infante) o ese clímax humorístico de las páginas 222-223, donde anida el absurdo entre precisos apuntes etológicos:
El Grup d’Alliberament Gay de la Franja de Ponent debía deshacerse urgentemente de los cadáveres de dos sacerdotes que incómodamente habían fallecido en acto contra natura en el cámping donde se celebraba la VI Asamblea... No tardaron en bajar: cuatro buitres negros, luego un cuervo, después tres alimoches, y cuando ya todos estaban comiendo, cayó del cielo una lluvia de aves, de plumas, de rugidos y los dos curas desnudos, blancos, regordetes, desaparecieron de la faz de la tierra, desgarrados, devorados por una turba de buitres leonados -noventa, cien quizá- que sólo dejaron unos huesos dislocados, esparcidos, que acabaron rodando hasta el fondo del barranco, perdidos entre juncos y pequeños tamarices. Tal como vinieron, se fueron. Dos buitres negros -lentos, ceremoniosos, más grandes pero más prudentes que los buitres leonados-regresaron al cabo de una media hora. Con cuatro alimoches y tres cuervos repasaron los restos. Hasta que el zorro merodeador, que ya había levantado a los buitres leonados -eso sí, ya hartos y sin nada más apetecible que comer- irrumpió en escena...
Leamos sólo una más de tales neutralizaciones, ésta de tintes conservacionistas, la coda de su texto introductorio a San Julián, el magnífico volumen con obra pictórica de Silvia Cosío:
Utilizaba la punta del bastón para aplastar las jóvenes culebras bastardas -Malpolon monspessulanus- contra el fondo de los agujeros de la pared de cemento cuando asomaban sus cabezas. Un lugar, el Camino de Eléctricas en la ciudad pirenaica de Jaca, en el que era posible disfrutar con la presencia de numerosas especies de aves y reptiles, mancillado por la actuación de un tipejo que, pese a los avisos y, después, amenazas, no modificaba su comportamiento llevado por una aversión irredenta hacia las serpientes. Hubo que neutralizarlo. Y a partir de ese momento la nutrida población de lagartijas ibéricas -Podarcis hispanicus- que correteaba por la pared de cemento quedó notablemente disminuida: la viabilidad de la población de ofidios supuso un aumento en la predación de lacértidos y este cambio condujo a algunos de mis compañeros, simpatizantes de las lagartijas, a lamentar la intervención. Les hice ver, para tranquilizarlos, que por encima de todo, estaba el bien social conseguido al suprimir a quien no tenía la más mínima ética ambiental [Braulio Estébanez Pérez, “El hombre que mataba serpientes”, apud Boletín de la Asociación para la Protección y Estudio de la Culebra Bastarda (APECUBA), núm. 24, segundo semestre de 2011]20.
El Buitre (y otros avistamientos)
Cuius vulturis hoc erit cadaver?
Marcial, Epigramas, VI, 62, v. 4
Saint-John Perse, poeta cuya decisiva ascendencia no se cansa de reconocer nuestro autor, culminaba con estas palabras premonitorias la novena pieza de sus Oiseaux: “De tous les animaux qui n’ont cessé d’habiter l’homme comme une arche vivante, l’oiseau, à très longs cris, par son incitation au vol, fut seul à doter l’homme d’une audace nouvelle” (1963, p. 26). Claro que esa aspiración volátil puede traducirse de muy diverso modo: en la narrativa de Ferrer Lerín, donde se diría que el reino animal se toma su revancha, se cumplirá, como hemos visto, como designio e instrumento vindicativo y sanguinario. Otros personajes de su narrativa se confunden y fusionan, las más de las veces fatalmente, con el objeto de estudio tan caro al ornitólogo: así el ya mencionado paracaidista Nicolás de Sinsabor, quien deseaba, recordemos, “sentir lo mismo que el buitre leonado en su descenso sobre la carroña”, y a quien cabría aplicar literalmente las encendidas palabras de Fausto: “Ach! zu des Geistes Flügeln wird so leicht / kein körperlicher Flügel sich gefellen”21; o el narrador de “Corvus corax”, que comienza observando a los cuervos y acaba pastando él mismo entre los cadáveres de una población asolada; es también el caso de
un hombre, Oreb, [que] se convierte en cuervo, un hombre que camina sin rumbo en busca de un lugar donde fundar su reino y que quizá ve en el pájaro el esplendor de la destrucción, el método exacto para evocar una sensación de asombro, la paciencia exacta para aguardar a que pase la época del ser humano (Ferrer Lerín 2019)22.
A la manera de Franz Blei (en Das grosse Bestiarium der modernen Literatur), con quien Vila-Matas comparaba a nuestro autor, el volumen Cuaderno de campo recoge una conversación entre Ferrer Lerín y su cómplice Azúa en la que los amigos quedan felizmente equiparados a sendas aves de presa, con que dan título al capítulo: “Milvus milvus et Gypaetus barbatus (Milano real y Quebrantahuesos). Félix de Azúa dialoga con Francisco Ferrer Lerín”. Aunque la versátil persona de nuestro autor suela asimilarse al buitre, su comilitón revela en Diario de un hombre humillado que no siempre fue así: “A causa de un larguísimo cuello y una nariz palestina, fue siempre conocido como el Buitre, excepto en un período primerizo (Jesuitas) durante el cual fue apodado el Quebrantahuesos” (Azúa 1997, p. 55). Pero también llega a identificarse él mismo recientemente, rizando el rizo, con pajarillos más comunes; así, a la pregunta “Su Bestiario ha llegado y cautivado a lectores a los que no se dirigía conscientemente, como niños o jugadores de rol. ¿Qué opina de esta apropiación?”, responde: “Estoy contento. Soy un autor plástico, mi obra, mi persona, se adaptan a todo tipo de exigencias, prosperaré como los estorninos y gorriones, omnívoros y antropófilos, frente al esquivo y casi extinto quebrantahuesos que sólo acepta médulas y tendones” (Puerta Leisse 2008, p. 104).
Sagrado era el vínculo establecido desde antiguo entre poesía y naturaleza: aún podía Hölderlin cantar sin sonrojo aquello de “Unser Priestertum ist Freude, / Unser Tempel die Natur” (“Hymne an die Liebe”; 1991, p. 50). La naturaleza estaba, según Demócrito, en el origen de las artes y de esas destrezas de ella aprendidas por hombres como Alcmán, poeta que reconocía la deuda contraída con las aves canoras: ‘Y conozco el canto / de todas las aves’ (“οἶδα δ ̓ ὀρνίχων νόμως παντῶν”, 93D; en versión de Joan Ferraté 1991, p. 177). Las aves nos han surtido, más allá de afanes tan humanos como el deseo de volar y la música, de innúmeras imágenes y metáforas23. Los pájaros acompañan ya al primer cantor (Simónides, 62P; asimismo, en versión de Ferraté 1991, p. 223):
Aves sin fin le iban volando encima
de la cabeza, a Orfeo, y desde el fondo
del mar azul, derecho iban saltando
los peces, al oír su hermoso canto.
Esa imagen auroral del poeta capaz de conmover a las mismísimas peñas y a la selva toda se tuerce funestamente en los Epigramas de Marcial, que se hace eco de las refinadas atrocidades de la arena (Libro de los espectáculos, XXIV; cito según la traducción de Rosario Moreno Soldevila y Alberto Marina Castillo, 2019):
El espectáculo que ofreció, según se dice, al Ródope el órfico teatro, ante tus ojos, César, lo dispuso la arena.
Reptaron las rocas y -¡prodigio!- echó a correr un bosque como se cree que era el jardín de las Hespérides.
Se congregaron toda clase de fieras mezcladas con ganados y una multitud de aves volaba sobre el poeta,
pero cayó él despanzurrado por un oso desagradecido.
Sólo en esto se torció la leyenda.
Presenciamos en estos versos una de aquellas fatal charades estudiadas por la erudita Kathleen Coleman: sangrientas mascaradas que se sirven, en la ejecución real de las víctimas del anfiteatro, de motivos mitológicos fácilmente identificables por la masa de espectadores. El poeta de Bílbilis asiste a la escena, y en el primero de sus libros, el llamado “de los espectáculos”, le da realce poético, mas cargado de ironía: como si de una trama lerinesca se tratase, las fieras amansadas de la leyenda -una vez que ha caído el telón mitológico y el condenado Orfeo es ejecutado- se tornan en la arena bestias devoradoras, y no cuesta imaginar a las aves dando cuenta luego de los despojos de este héroe de pacotilla, al que sobrevolaban previsoras como acostumbran a hacer las tímidas pero avispadas necrófagas. Las carroñeras se alimentaban ya en los campos de batalla homéricos: los cadáveres troyanos que va dejando Agamenón son “γύπεσσιν πολὺ φίλτεροι ἢ ἀλόχοισιν”, ‘más gratos a buitres que a compañeras de lecho’24. La necrofagia sirve además como metáfora de la avidez de los heredipetae, los cazatestamentos. Así, de nuevo, el Marcial que encabeza esta sección dice en sus Epigramas (VI, 62):
Perdió Salano a su único hijo:
¿Te piensas si enviarle regalos, Opiano?
¡Ay, horrible desgracia y malditas parcas!
¿Para qué buitre será este cadáver?
El truncado Satiricón de Petronio ofrece al cabo del relato conservado la visión desfavorable de una decadente ciudad de Crotona donde campan a sus anchas estos captatores, semejantes a las carroñeras: allí no hay otra cosa que cadáveres, dispuestos a ser devorados, o cuervos que los devoran (Nihil aliud est nisi cadavera, quae lacerantur, aut corvi, qui lacerant, CXVI, 9; ed. Sage, 1929, pp. 102-103). Los últimos pasajes conservados recogen la fragmentaria lectura del testamento de Eumolpo, que en principio había fingido estar enfermo para burlar a los heredipetae crotoniatas, y dispone que quienes deseen heredar habrán de participar en un banquete funeral donde cada uno coma un jirón del cadáver del testador. Adivinando las posibles reticencias de algún escrupuloso, recomienda a estos buitres humanos que imaginen estar embaulándose, no ya las vísceras de su semejante, sino millones de sestercios: Finge te non humana viscera sed centies sestertium comesse (CXLI, 7; ed. Sage, p. 133).
Nos interesa el vínculo de las aves con la tarea poética, asociación que tiende al estereotipo cuando se establece en términos positivos (el poeta es entonces cisne, ruiseñor, fénix de las letras) y resulta tanto más interesante cuanto más se complica y enturbia. Para el poeta Persio, por ejemplo, es el estómago el que espolea y anima a papagayos y urracas a imitar el lenguaje humano, y en correspondencia con dicha imagen animalesca son más los poetas mercenarios que persiguen el lucro (no es eso poesía sino, según célebre sentencia pindárica, “mercancía fenicia”, en la segunda Pítica, vv. 67-68; véase Galí 1999, pp. 152 ss.): en los versos preliminares de sus sátiras, hablará de coruos poetas et poetridas picas, esto es, ‘poetas-cuervo y urracas poetastras’. Y recordemos nuevamente a nuestro autor como Bartleby vilamatiano:
Ferrer Lerín es un experto en aves, estudia a los buitres, tal vez también a los poetas de ahora, buitres la mayoría de ellos. Ferrer Lerín estudia a las aves que se alimentan de carne -de poesía- muerta. Su destino me parece, como mínimo, tan fascinante como el de Rimbaud (Vila-Matas 2015, p. 53).
En el vértigo de heteronimias que despliega aparecerá representado él mismo como el Buitre, por ejemplo en este párrafo impagable que incluye una enmienda a la noticia de su muerte:
Ahora quisiera recordar a un singular personaje que durante aquellos años nos honró con su presencia. Nunca se supo cuál era su verdadero nombre porque hasta él mismo se hacía llamar por el apodo con que era conocido: El Buitre. No es frecuente que en este mundo tan compartimentado haya alguien con intereses en dos campos contrapuestos, sin embargo en El Buitre eso sí sucedía. Filólogo, poeta, hombre de letras, compaginaba con éxito privado y público esa faceta con la práctica entusiasta e incansable de la ornitología de campo, centrada desde luego en el estudio y en la protección de las grandes aves de presa. Él fue quien se envolvió con un cadáver eventrado de asno en la vertiente norte de la montaña de Montserrat a la espera de que acudieran necrófagos y así poder estudiar de cerca sus reacciones. También mezcló carroña con el grano que se vende para las palomas de la plaza del Pilar de Zaragoza quizá con la esperanza de que estas mutaran en córvidos. Este héroe fue recogido por el escritor Félix de Azúa en su libro Diario de un hombre humillado, donde se presta atención, fundamentalmente, a su faceta literaria y donde se modifica, quizá por el sentimiento pancatalanista del autor, el lugar de su trágica muerte. El Buitre no murió en Calaceite sino en San Hipólito de Voltregá, víctima de la conjunción de sus dos mayores pasiones: la ornitología y la toponimia. Pretendió atraer de nuevo a quienes habían dado nombre a la población (Voltregá-Vulturaria-Buitrera) y trazó un anillo en torno a ella compuesto por decenas de cadáveres de porcino convenientemente putrefactos para que resultaran más visibles y atractivos para las aves. Probablemente el gesto no fue valorado del todo25.
Ferrer Lerín es “poeta del enigma, del desmán, del arcano, del rijo, del sindiós, del crimen y de la casquería” (Azúa 2022, p. 271), a lo que habría que añadir una última gracia no menos conspicua: la de haber incorporado un nuevo tipo a la ya de por sí variopinta nómina de los curious naturalists, en expresión de Niko Tinbergen (1968). No falta el humor -junto a brillantes planteamientos sobre su aplicación al hecho de observar la naturaleza- en algunos de los más egregios naturalistas narradores: de los clásicos Gerald Durrell, Konrad Lorenz o Desmond Morris a nuestros recién descubiertos Fredrik Sjöberg o Andrés Cota Hiriart. Y abundan los caracteres pintorescos: familiar resulta para todos (los televidentes) la figura de un Sir David Attenborough susurrante reptando por el interior de un termitero, de mamá Konrad Lorenz bañándose en el lago con sus gansos, de una Dian Fossey emboscada, y basta teclear “James E. Lloyd” en el ordenador para descubrir al “Doctor Luciérnaga” ataviado con reclamos de bombillitas, como si de un lampírido más se tratara... Ferrer Lerín ofrece la caricatura de un equipo de científicos ocupados en inverosímiles indagaciones, “scienziati pazzi”, como los estudiados por Garlaschelli y Carrer (2019):
Eran tres los entomólogos. Todos especializados en la familia de los cuculiónidos. El doctor Mermeque y el doctor Doktor trabajaban en el estudio de las variaciones cromáticas del segundo artejo de las antenas de dos especies -Curculio elephas, Curculio nucum- de la subfamilia de los curculioninos mientras que el doctor Pompenillo investigaba sobre la distancia de saludo entre machos y hembras en la subfamilia de los begoinos. Luego estaba el doctor Dumbo... invitado personal del doctor Grasa, que llevaba a cabo un estudio piloto acerca de la respuesta del miocardio en los murciélagos del género Pipistrellus tras fases de gran estreñimiento. Finalmente, los hermanos Tapón escribían sus tesis doctorales sobre materia que no me quedó clara del todo… comentaron, en mi honor, que el científico que faltaba -un tal Porteño o Postrero- era hombre muy interesado en la interacción hombrepájaro..., pero que ahora estaba en Melilla terminando una investigación acerca del grado de partición de las laminillas subdigitales en Hemidactylus turcicus, “la salamanquesa costera”, aclaró Mermeque... (2011, p. 141).
Producen asombro en los no iniciados los gestos e inclinaciones del naturalista. ¿Qué secreta motivación moverá al ornitólogo a esbozar en su cuaderno de campo, ante la mirada estupefacta o la plena indiferencia del senderista que pasa de largo, las dimensiones de la oblonga agalla o la afilada silueta del abejaruco, a separar con esmero indescifrable los componentes de una egagrópila vomitada sobre el pedrusco, o más aún, a desparramar en un cerro los restos descuartizados de mamíferos para dejarlos dispuestos a merced de los buitres?
Estos “curiosos naturalistas” que nos interesan son, por lo demás, deudores de una secular tradición cuyos orígenes helénicos ha descrito Mario Vegetti:
emerge la figura nueva del artífice de este estilo de racionalidad, distinto tanto del sabio aristocrático-sacerdotal como del technites del mercado y el puerto: el gran intelectual científico, tan devoto como un pitagórico del saber especulativo, pero sin escrúpulos como un carnicero frente al cuerpo del animal -a condición de que se considere un objeto científico, un problema que hay que resolver, un elemento de un método que lo descontamina de su materialidad (1981, p. 34).
La novedad que Ferrer Lerín aporta a tan exuberante galería de retratos resulta del solapamiento de los intereses y la experiencia vital del ornitólogo con las facetas del poeta y el tahúr, reunidas en ese perfil como de criatura literaria finisecular -aquella estirpe de “seres agónicos” investigada por Manuel Gregorio González (2014)- cuya compañía nos abisma en los extremos del rigor científico, los dominios del Buitre, justiciero ecológico. Su grotesca caracterización aparece desde muy temprano en su obra, como en esta prosa de “Elena Blum” (Cónsul, 1987):
sedimentos retóricos y el inexcusable cientificismo llevan al autor a revestir al héroe de extraños atributos: por un lado aparece como un rico hacendado ornitólogo, por otro como insigne escritor y, final y lamentablemente, como un esquizoide aniquilador del llamado sector primario (cito de Ferrer Lerín 2018, pp. 110-111).
En estos esbozos seudobiográficos, que diríase cimentan su obra, tampoco oculta su tendencia a cierta necrofagia literaria, donde todo aprovecha: la obra de otros, y aun lo terrible, lo horrísono, lo banal, lo inconfesable. Azúa, el “hombre humillado”, tarda en comprender su funcionamiento:
He tardado muchos años en comprender la maquinaria transformadora de la poesía, ese milagro que se produce a partir de elementos insignificantes -un pedazo de corbata, un sello de correos, el olor de una tintorería- y que devuelve la vida a lo muerto. Pero tanto el Buitre como el Sabio eran ya poetas, aunque por entonces lo ignoraban (1997, p. 57)26.
Pero el de la necrofagia poética es, ante todo, argumento; se convierte una vez más, en manos del Buitre, en materia literaria.
Recuerdo los versos de Yeats que encabezaban la feliz antología de poetas visionarios del Romanticismo inglés editada por Barral en aquellos años en que Ferrer Lerín permanecía en activo en Barcelona (recibía por entonces encargos de traducción, entre otros, de Barral): “El pensamiento es un ropaje y el alma una desposada / que no puede en esa hojarasca y oropel esconderse” (en Bloom 1974). Creo que en la poesía de Ferrer Lerín persiste esa pugna, y aún más: que el pensamiento y el alma de la cita resultan, hasta cierto punto, intercambiables en su obra dispersa y fragmentada, por más que haya quedado anclada desde muy temprano en una serie de elementos fijos y duraderos cuya combinación depara, con todo, momentos de grata sorpresa. Es dado emparentar la suya con la obra de aquel Antón Tornés, poeta bufo de Familias como la mía: “Una obra inconclusa pues. A no ser que el tiempo, la paciencia, la constancia jugaran a su favor y su obra residual alcanzara también dimensiones gigantescas. Se trataría entonces de una obra perdida, diseminada, regalada a intrusos y maleantes” (p. 154).
No está del todo solo Ferrer Lerín en su empeño. El entomólogo Sjöberg esboza en su autorretrato -aspecto pintoresco, extraña actitud en el entorno natural y hasta cierto desencuentro con el mundo circundante, que describe a vuelapluma con fiero humor negro- rasgos que resultarán familiares:
El equipamiento no es nada del otro mundo: la red en una mano y, en la otra, el aspirador, un aparato de succión formado por un corto cilindro transparente de fibra de vidrio con tapones en los extremos. Un tubo de plástico atraviesa uno de los tapones y por el otro sale una manga de un brazo de largo. Con cuidado, se dirige el tubo hacia las moscas posadas en algún lugar mientras se tiene la manga en la boca. Y si uno logra acercarse lo suficiente sin asustar al insecto, basta con una rápida aspiración para que la mosca termine dentro del cilindro de fibra de vidrio. Un filtro de malla tupida en el extremo posterior impide que el animal termine dentro de la boca del entomólogo. Es inevitable que quien utiliza este instrumento tenga que responder a la impertinente pregunta de si está bien de la cabeza. Creedme, he oído toda clase de insinuaciones e ingeniosidades en ese sentido. Y sé, por experiencia, que lo único que puede borrar la vulgar sonrisa de tu interlocutor es enseñarle el tercer componente de tu equipamiento: el frasco de veneno. Me lo saco del bolsillo con la despreocupación de un hombre de mundo y digo, sin faltar en absoluto a la verdad, que tengo en mi mano una cantidad de cianuro suficiente para sumir en el sueño eterno a toda la población de la isla. Entonces, las sonrisas burlonas se tornan inmediatamente en preguntas llenas de respeto sobre cómo diablos puede conseguirse aquello, cosa que yo nunca desvelo. Muchos estudiosos utilizan acetato de etilo; otros, cloroformo, pero yo prefiero el cianuro. Es más eficaz.
La conclusión parece salida de un relato lerinesco: “En la isla viven casi trescientas personas” (Sjöberg 2023, pp. 24-25).
Por último, y contraviniendo quizá el deseo del autor de que sea su obra, no su biografía, la que ocupe el centro de nuestra lectura, de nuestras indagaciones, no puedo dejar de referir un hecho curioso, no diría una certeza, pero sí uno de esos impulsos que determinan la suerte del lector: la intuición de que sus anotaciones de campo -la localización de tal o cual especie, los avistamientos, los rastros ornitológicos, en definitiva- constituyan en última instancia el mejor indicio, y hasta la única prueba fehaciente, de la inverosímil existencia del polímata Ferrer Lerín. Lo encontramos recurrentemente en los textos de otros, en la prensa:
El que pareció convencerlo del todo fue el poeta y ornitólogo Francisco Ferrer Lerín, que no solo le explicó cómo era el pez, si se parecía a la raya o al rodaballo, si era perniciosa o benigna, sino que le hizo su genealogía completa: era un monstruo invasor, sin duda, que se había curtido en lagos y lagunas, primero; luego en ríos como el Matarraña, donde disfrutaba mucho viendo bañarse, en pelota picada, a algunas mujeres a la luz de la luna, y finalmente decidió instalarse en el Canal Imperial por puro amor a las luces tan matizadas del atardecer y por su pasión por el ruido de los aviones (Antón Castro 2022).
Lo vemos aparecer por las calles de Jaca, y más concretamente, en Casa Fau (con detalles sobre sus preferencias culinarias):
Hoy he tomado el aperitivo con el poeta Ferrer Lerín. Ha sido un encuentro casual. Ha llamado al camarero y me ha invitado a un Campari con patatas Lay’s onduladas, su alimento favorito. No ha parado de hablar, sobre literatura, aves y jugadas de póquer, y yo estaba embobado ante disquisiciones tan interesantes pero no dejaba de mirar de reojo a la gente para comprobar si era ya del dominio público mi camaradería con semejante autoridad (“Partida de nacimiento”, en Ferrer Lerín 2018, pp. 42-43).
Intuimos el derrotero de sus indagaciones científicas -y hasta los de su guerrilla ornítica- por esos artículos que siguen el rastro de las aves (o de algún reptil, resabios de su temprana fascinación por la herpetología) y que ofrecen el cómputo de avistamientos en puntos precisos del país. En sus “Notas ornitológicas breves” (1984), por ejemplo, observa un ejemplar de cigüeña negra “junto a 1 Buteo buteo y 8 Corvus corax en Finca Torrefuencubierta (Torredonjimeno/J)” (p. 304), y averiguamos que, como estas “observaciones prenupciales y postnupciales”, su vínculo con aquel municipio de Jaén es asimismo eminentemente amoroso. Lo imaginamos cruzando la geografía española siguiendo la no menos sentimental “Expansión hacia el norte de la lagartija colirroja (Acanthodactylus erythrurus)” (Ferrer Lerín et al. 2019). El año de 1973, supuesto inicio de su larga pausa, firma (en “Valencia, marzo de 1973”) la introducción y traducción de Huesos de sepia de Montale para Visor de Alberto Corazón; pero además toma “Notas sobre nidificación de Ciconia ciconia en las provincias de Lérida, Huesca, Zaragoza y Teruel” (1973) en momentos en que acaso él mismo nidifica en Jaca, su ciudad de adopción. E inaugura la década de 1980 elaborando para la revista especializada Ardeola un “I censo de buitreras. Informe sobre Huesca Norte (Jacetania)” (1981) en colaboración con su mujer, natural de Torredonjimeno y homónima de aquella niña Conchita Jiménez del relato... Se juega a confundir estos artículos puramente científicos con la producción literaria, lo cual se observa en títulos como, por poner sólo un ejemplo, éste de “Ingesta de carne humana a cargo de aves en las provincias de Lérida y Huesca” (en Ferrer Lerín 2022, pp. 127-129). Y por si fuera poco, es dado hallar su firma en el Registro de la Propiedad Industrial, donde inscribe la patente “Prenda de vestir, perfeccionada”, que haría las delicias de un Tzara:
La prenda de vestir objeto de la invención se constituye a partir de lo que puede considerarse como un pantalón convencional que presenta como novedad el hecho de que sobre la parte superior correspondiente al mismo va dispuesta adaptada una segunda prenda, como puede ser una braga, tanga de baño, un short, una minifalda, incluso una liga o liguero, etc., todo ello de tal forma que la comentada segunda prenda al quedar dispuesta sobre el pantalón ofrecerá un aspecto llamativo (Ferrer Lerín 1987, p. 3).
Como burlando a la mismísima Muerte, se conocen varias versiones del final de Ferrer Lerín. Citemos dos de ellas. La primera, refutada en el párrafo ya leído de Familias como la mía, se da en Diario de un hombre humillado, donde Azúa da cumplida noticia del deceso: “A principios de 1980 lo hallaron muerto en un comedero de buitres próximo a Calaceite. Al parecer se había despeñado, aunque era una zona que se conocía como el patio de su casa” (1997, p. 68). La segunda aparece aquí citada in extenso, pues compendia muchas de las facetas lerinescas consideradas en este artículo:
Pero la vida del ornitólogo de campo parece que nunca consigue ser una vida de color de rosa, voy a contar cómo acabó todo, cómo acabó la vida de Ferrer Lerín, individuo quizá demasiado confiado, rozando la condición de panoli. En Burgos, en la Big Bolera, conocí a Telma Brihuega Bienservida, y muy pronto quedé prendado de sus encantos. Vino a vivir a casa, en la finca La Habichuela, núcleo del conjunto patrimonial, convencido, como estaba, de que ella me quería y de que todo lo que me rodeaba, naturaleza salvaje, muladares rebosantes de piltrafas, buitres agradecidos, iba también a ser objeto de su devoción. Pero me equivoqué. Al principio disimuló. Pero el ocho de agosto del pasado año, a media tarde, viendo juntos en la tele un programa de marionetas, se levantó del sofá, encendió un cigarrillo Pall Mall y dijo que estaba harta, que ella o la carroña, que yo debía elegir, que debía hacerlo ya, que no aguantaba ni un minuto más en esa hacienda (me sorprendió el término “hacienda”). Siempre tengo a mano una orza repleta de ofidios venenosos, me puse un guante anticorte ambidiestro, extraje un manojo de víboras hocicudas (Vipera latastei) y se las arrojé a la vulva, que andaba entreabierta. Llamé con la campanilla a mi fiel Julián Mamarras, la desnudamos, quemamos su ropa y sus cosas, y llevamos el cuerpo (me di cuenta entonces que a luz del sol no resultaba tan maravillosa) al muladar de Peña Negra, situado frente al ventanal de la biblioteca. Estaba oscureciendo, los buitres ya no vuelan a esas horas, pero la mañana siguiente, después de la ducha y el desayuno (Cola Cao 0% azúcares añadidos, leche desnatada de Central Lechera Asturiana, Corn Flakes de Kellogg y una torta de Inés Rosales), me instalé en el gran sillón orejero frente al ventanal y esperé a que el sol calentara, a que se formaran térmicas para que las grandes aves necrófagas volaran sin dificultad. Bajaron unos doscientos buitres leonados, tres alimoches (Neophron percnopterus) y algún que otro milano real. Julián Mamarras me preguntó si retiraba los huesos, y ahí me equivoqué no haciéndole caso, yo esperaba, ingenuo, que algún quebrantahuesos (Gypaetus barbatus), especie ausente de la zona desde mediados de los sesenta, apareciera atraído por la osamenta descoyuntada... pero al atardecer fue una pareja de la guardia civil, de ronda por la zona a la captura de furtivos, quien encontró los restos (Ferrer Lerín 2022a).
Conclusiones
La relación que Ferrer Lerín, dentro y fuera de su obra, establece con la naturaleza es ciertamente singular, por más que se acoja a una inveterada tradición que cabe resumir en tres vertientes: la representada por los enciclopedistas de la Antigüedad clásica y sus herederos, los a menudo anónimos autores de bestiarios; la de los poetas que secularmente se han servido de las aves como referente simbólico; la de esos “curiosos naturalistas” -desde los humboldtianos pioneros John Muir o John Burroughs hasta Gerald Durrell y sus epígonos- que conjugan de manera brillante divulgación, narrativa y autobiografía. A nuestro autor cabe el honor de haber añadido a esa noble y extravagante estirpe el perfil originalísimo de su trasunto novelesco, el Buitre, que lleva a extremos esperpénticos el estudio y la defensa de las aves necrófagas y la recuperación del ecosistema de los muladares. Dicha figura es reconocible a lo largo de su producción literaria por la conjunción de tres cualidades o afanes persistentes: el cultivo de la poesía, sus dotes de tahúr y la vocación de ornitólogo. Tan reconocible su figura como inseparable de la persona poética, pues Ferrer Lerín pretende salvar aquel obstáculo formulado por Thoreau: “My life has been the poem I would have writ, / But I could not both live and utter it”27. Sostengo desde el comienzo mismo de estas páginas que la responsabilidad de aquel “desvío de la atención hacia mi biografía en detrimento de la atención a mi literatura” de que habla nuestro autor no recae en última instancia en sus lectores y en la crítica, sino que es una maniobra artística, acaso la principal estrategia narrativa de Ferrer Lerín.
Los tres oficios referidos parecen arrumbar al Buitre hasta los márgenes: como poeta rehúye encasillamientos y círculos literarios (y más concretamente la Barcelona de los Novísimos, movimiento en el que desempeñó, al parecer sin pretenderlo, el papel de iniciador y factótum), como tahúr coquetea con el delito y conoce la canalla, mientras que como ornitólogo se traslada a una población prepirenaica, frecuenta a las fieras y rara vez abandona la periferia para recalar en la urbe (sus visitas a la ciudad tienen un aura de incursión o abordaje). En ese extrarradio halla un nuevo centro: el muladar, comedero de sus admiradas carroñeras y gran hallazgo literario.
Frente a imágenes ciertamente inspiradas pero ya convencionales (las ya aludidas analogías de buitres y córvidos con los caza-testamentos que pululan en torno a los ricos sin herederos o con envilecidos poetastros que persiguen únicamente el medro), en el caso de nuestro poeta-ornitólogo el vínculo con las necrófagas adquiere la forma de una perfecta simbiosis: son ellas las encargadas de hacer desaparecer los cuerpos que el Buitre ha neutralizado, primero en su afán conservacionista -algo así como un bandolerismo o guerrilla ecologistas- y luego como resultado de actividades criminales que nada tienen que ver con aquel propósito primero. Pero la identificación con las aladas criaturas trasciende estos pormenores de la trama: como el lector omnívoro que es, las carroñeras aprovechan hasta el último jirón, sin contemplaciones, y como ellas trabaja el poeta Ferrer Lerín, quien recopila con fruición de naturalista materiales dispersos, lo maravilloso y lo insignificante, y reconoce sin empacho un don particular para reciclar fragmentos de obra preexistente, propia y ajena, tanto en ese Arte Casual de raigambre duchampiana que ejerce, como en su literatura. Si el Buitre es el polímata criminal aliado de las carroñeras, su escenografía, más allá de riscos y desfiladeros, es el muladar, ámbito liminal, laboratorio e imagen suficiente de su manera desprejuiciada y aventurada de entender la creación. Nadie en nuestro panorama literario como Ferrer Lerín, verdadero maestro del humor negro cuya obra hace equilibrios entre la genialidad y el pastiche, para dar cuenta, con determinación de cronista, de las grietas que sobre la realidad dibuja el horror.
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Notes