Reseñas
| Miaja de la Peña María Teresa. Adivinancero de Hispanoamérica. 2024. Madrid. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. 566pp. |
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Received: 12 January 2025
Accepted: 31 January 2025
En el prólogo de esta obra, José Manuel Pedrosa dice que el Adivinancero de Hispanoamérica es una obra ciclópea. Si bien coincido en que, en efecto, estamos frente a una obra gigantesca, no me encanta la resonancia polifémica en semejante caracterización. Aunque, si a esdrújulas vamos, prefiero decir que la obra de María Teresa Miaja es, más bien, una monumental obra que produce un enorme placer epistemofílico. Porque la adivinanza abreva en la cultura del enigma que busca ser desentrañado; una búsqueda de la pieza que encaje en un rompecabezas imaginario incomprensible y que, al encajar, opere el milagro de pasar del caos al orden, a lo inteligible. Como afirma Alfredo López Austin -a quien nuestra autora cita- “la adivinanza convierte la incógnita en cognición” (p. 19).
La presentación que hace María Teresa Miaja ocupa las primeras 55 páginas; se trata de un extraordinario ensayo de reflexión sobre todas las formas de “adivinar”, de aproximarse a lo sagrado, a lo divino inscrito en la adivinación: “Todo ello como parte de un rito que tiene algo de sagrado, que oscila entre el divinare o «a lo divino» de la tradición europea y la maravillia de la tradición americana” (id.). El estudio introductorio es también un ensayo de definición, de revisión histórica y geográfica de la adivinanza en Hispanoamérica y de los eruditos que de ella se han ocupado.
Entre otros, quiero destacar el apartado sobre LehmanNietsche, filólogo alemán cuyo proyecto “se ocupó de la recolección y estudio de las adivinanzas populares de los países de la Plata” (p. 20). Su estrategia de recopilación me recuerda la manera en que se conformó el gran proyecto, desde mediados del siglo XIX, del Oxford English dictionary1: pedir a lectores o conocedores voluntarios que aportaran información sobre las palabras, sus definiciones y usos. Lo mismo hizo el filólogo alemán, quien “publicó un artículo, en 1903, en la prensa bonaerense… solicitando colaboraciones” (id.). El éxito de esta empresa, como en el caso del Oxford English dictionary, y de la obra que hoy nos ocupa, fue rotundo. Y pienso que proyectos de esta envergadura nos dejan una gran lección de vida y de sabiduría: la extraordinaria capacidad colaborativa del ser humano para generar conocimiento.
Teresa Miaja nos ofrece, además, un acucioso análisis de la forma, la estructura, los recursos retóricos y poéticos que caracterizan la adivinanza, que, de entrada, está definida como “género breve de poesía tradicional” (p. 17); como tal, la identifican, entre otros, la repetición, la rima, la prosopopeya, la antítesis, la densidad metafórica... Cito puntualmente la definición que nos ofrece la autora:
La adivinanza es un género poético breve de tradición popular, las más veces con rima, en el que un emisor reta a un receptor con el fin de que ofrezca una solución adecuada. El acertijo, a diferencia de la adivinanza, no suele tener rima, mientras que el enigma suele enfocarse en temas más abstractos, no tiene ni requiere una fuerte impronta poética, no es popular, y suele tener un mayor nivel de dificultad, mientras que la adivinanza trata sobre lo cotidiano y, en muchas ocasiones, hace uso de formas poéticas para guiar al receptor hacia la respuesta… La adivinanza resulta idónea como arte de ingenio, ejercicio intelectual o lúdico para encontrar lo velado” (p. 27).
Una vez citada la definición que se encarga, además, de hacer el deslinde de nociones afines, quisiera hacer un ejercicio en sentido contrario: poner en órbita todas esas nociones con las que está relacionada la adivinanza, con lo cual encontraremos aproximaciones sorprendentes, incluso provocadoras, que nos lleven a perfilar la dimensión simbólica de la adivinanza que complementaría la dimensión poética y de cultura popular.
En cuanto cultura del enigma, la adivinanza se relaciona con el equívoco, el doble sentido y, sobre todo, con el ocultamiento. De ahí que se conecte, simbólicamente, con los oráculos, con las prácticas adivinatorias, incluso con los sueños premonitorios. La adivinanza nos impele a buscar esa pieza que falta en el rompecabezas del mundo para generar orden, para hacer la luz, para dar ese paso de la incógnita a la cognición, de la ignorancia al conocimiento, del ocultamiento a la develación o a la revelación… La adivinanza es una transformación poética del mundo, pero también una transformación lúdica, pues la adivinanza es un “juguete mental”, a decir de Sánchez Lihón, citado por la autora (p. 24). Así, la adivinanza es, simbólicamente, un rito -y vuelvo a insistir en la etimología que remite a lo divino, divinare-, un rito en el cruce de lo sagrado y de lo lúdico.
Afirma nuestra autora que son “pocos los géneros literarios [que] pueden vanagloriarse de ser tan variados, en cuanto a temática se refiere, como la adivinanza” (p. 47). Sobre esta variedad temática, Teresa Miaja hace su clasificación. Son diez los temas generales: el mundo de lo abstracto, las personas, la fauna, la flora, la naturaleza, la religión, la comida y la bebida, los objetos, la recreación y, finalmente, los lugares. A esta clasificación, miscelánea, más o menos arbitraria -tan arbitraria y diversa como la realidad misma-, imbuida de “lenguaje popular”, que es “la característica definitoria del género” (p. 46), se suma otro principio de clasificación: el de las regiones, dividida en tres zonas: 1) Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay; 2) Bolivia, Ecuador y Perú; 3) Colombia, Costa Rica, Cuba, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela.
Quisiera ahora hacer una suerte de calas para mostrar el funcionamiento semántico, retórico y poético de estos “juguetes mentales”. Me centraré sólo en algunos recursos, como la metáfora, la prosopopeya y la fragmentación/diseminación léxico-sintagmática. Así, por ejemplo, algunas adivinanzas se construyen sobre la base de una metáfora lexicalizada, como apagar la sed:
Zona 1: Crece y disminuye / y nadie lo ve / no es luz y se apaga / acierta lo que es.
Zona 3: Crece y se achica / y nadie la ve; / no es luz y se apaga, / adivina qué es.
Zona 2: Dentro de todas las bocas / es parte donde habito, / me matan y resucito, / pero no hay quien me conozca.
Respuesta: La sed (p. 68).
Es interesante que la más difícil de desentrañar sea la formulación de la zona 2, pues alude a otra metáfora lexicalizada (matar la sed) menos común que apagar la sed. Lo sugerente es que la adivinanza opera el milagro de la resurrección: el paso de la metáfora muerta o lexicalizada a la metáfora viva, como la ha caracterizado Paul Ricoeur (La métaphore vive, Seuil, Paris, 1975).
En otras adivinanzas, la respuesta se encuentra implícita en una configuración que la disemina en fragmentos o que los ofrece en sintagmas enigmáticos pero que son clave en el proceso de adivinar. Esto ocurre, por ejemplo, en las adivinanzas de nombres propios:
Zona 3. Detrás de ella va él / y si ella vira / él vira. Respuesta: Elvira (p. 78).
Zona 1. Parece que araña ya / hasta a su propio marido. / Su nombre empieza con A / y acaba con un maullido.
Respuesta: Ágata (p. 75).
Nótese, de paso, el fenómeno cultural inscrito, o, no sé, oculto y patente al mismo tiempo: la misoginia. La mujer es, obligadamente, una gata violenta que araña a su marido.
Otras son más neutras y divertidas:
Zona 1. Crece una flor en maceta / cuyo nombre importa nada / más si se trasplanta en tina; / decidme, ¿cómo se llama?
Zona 2. Si es que puedes, adivina: / ¿Qué flor se cayó en la tina? Respuesta: Florentina (p. 79).
Otras son aún más obvias:
Zona 3. Nombre de mujer, / nombre de color, / también de una flor. Respuesta: Rosa (83).
En muchísimas de las adivinanzas, la metáfora es el principio organizador, como en el caso de los dientes. Aquí, además, las variantes culturales son muy interesantes:
Zona 1. Treinta y dos sillitas blancas / en oscuro comedor / y una vieja charlatana / que las pisa sin temor (Argentina).
Zona 2. Treinta y dos sillitas blancas / en un viejo comedor / y una vieja parlanchina / que las pisa sin temor (Perú).
Zona 3. Treinta dos asienticos blancos / en un rojo comedor / y una vieja parlanchina / se movía sin temor (Colombia) (p. 85).
Vale la pena hacer notar la prosopopeya que es común a las tres variantes: la lengua personificada como una vieja. En una versión es charlatana -lo cual tiene connotaciones denigrantes-, en las otras dos, parlanchina; una alusión a la lengua, no solamente como órgano corporal, sino en su acepción de sistema de comunicación verbal, que activa así la polisemia del lexema lengua. Otro aspecto sugerente en estas variantes son los juicios de valor implícitos en la metáfora que se refiere a la boca. En una variante, es un oscuro comedor, en otra, un viejo comedor, y en la tercera, un rojo comedor. Poniendo estas tres variantes en yuxtaposición, lo que resalta es el valor afectivo de la metáfora para designar el interior de la boca, sin dejar pasar por alto, claro está, la misoginia implícita en la prosopopeya de la lengua que se da con el paso del género gramatical al género2: vieja charlatana/vieja parlanchina.
Un último ejemplo en el que predomina la personificación:
Zona 1. Una señorita / muy aseñorada /que siempre está adentro / y siempre está mojada (Argentina).
Zona 2. Una señora muy enseñorada / siempre va en coche / y siempre está mojada (Perú).
Zona 3. Una señorita / no sale de casa, / pero siempre lleva / las faldas mojadas (Panamá) (p. 92).
En muchas otras variantes, alterna la prosopopeya de la lengua con otros seres, animales o vegetales, con sendas variantes diatópicas o diastráticas:
Zona 1. Entre pared y pared / hay una palomita echada, / llueva o no llueva / siempre está mojada (Argentina).
Con sus diferencias diatópicas y diastráticas:
Entre paré y paré / hay una zúrzula echá, / llueva o no llueva / siempre está mojá (Chile).
En una montaña muy oscura / hay una tenca parada; / llueva o no llueva / siempre está mojada (Chile).
Zona 2. Entre peña y peña / hay una flor morada. / Que llueva o no llueva /siempre está mojada (Bolivia).
Zona 3. Entre solapa y solapa / está una dama, / que llueva o no llueva / siempre está mojada (Puerto Rico).
Al lado del cielo / hay una tablita / que llueva o no llueva / siempre está mojada (Cuba).
Con sus diferencias diastráticas:
Tengo una guanaja echá / en la puerta del cielo; / llueva o no llueva / siempre está mojá (Cuba) (p. 92).
Por último, quisiera establecer una conexión comparatista de esta obra verdaderamente monumental con otro de los grandes monumentos de la literatura comparada, la gigantesca (¿ciclópea?) recopilación y clasificación de motivos en los cuentos populares, leyendas, mitos y baladas de todo el mundo del gran folklorista Stith Thompson, quien publicó, entre 1932-1936, su Motif-index of folk literature en 6 tomos (publicación revisada entre 1955 y 1958). La monumental obra de Stith Thompson es un acervo indispensable para los estudios de literatura comparada, en particular para las ramas de la literatura folklórica, la temática y el estudio de temas y motivos en general. De hecho, el Adivinancero de Hispanoamérica y Si quieres que te lo diga, ábreme tu corazón: 1001 adivinanzas y 51 acertijos de pilón (2014), ambos de María Teresa Miaja, conforman una suerte de díptico que se convertirá en otro tesoro para el comparatismo.
Notes