Reseñas
Laura Méndez de Cuenca, Poesía. Comp., est. prelim. y ed. de Ángel José Fernández. Universidad Veracruzana, Xalapa, 2024; 728 pp.
Laura Méndez de Cuenca, Poesía. Comp., est. prelim. y ed. de Ángel José Fernández. Universidad Veracruzana, Xalapa, 2024; 728 pp.
Nueva revista de filología hispánica, vol. LXXIV, no. 1, pp. 259-262, 2026
El Colegio de México A.C., Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios
| Méndez de Cuenca LauraFernández Ángel José. Poesía. 2024. Xalapa. Universidad Veracruzana. 728pp. |
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Received: 05 March 2025
Accepted: 25 April 2025
Comencemos por un lugar común. Hay, en la larga cadena de omisiones que tanto ha lastimado la historiografía de nuestro siglo XIX, un fantasma que estimo inevitable: la obcecada tendencia a comparar los frutos que nos dio con los que cosecharon otras literaturas allende las fronteras de nuestro continente. Dicho impulso, acaso tan gratuito como descabellado, ha dado pie a una serie de acerados equívocos cuyo mayor perjuicio ha sido transformar en una operación de búsqueda y rescate lo que debería ser memoria viva, sustento de un ideario de escritura y de una educación sentimental.
En el caso concreto de Laura Méndez de Cuenca -y, en general, de aquellos otros nombres a los que no recubren las nieblas del olvido-, sería inexacto hablar de una vindicación en términos estrictos. Inclusive cuando su figura goza de lozanía y visibilidad, ha debido sortear otros abismos, casi todos parientes del descuido y de cierta indolencia intelectual. Si a eso se añade que las muchas tensiones que rodearon su vida y su quehacer artístico influyeron, de cierto, en sus flacos empeños por ordenar su obra, se puede deducir lo demandante que sería proyectar una edición en donde se resuelvan viejas inconsistencias, pero, también, se aspire a componer una estructura cuya naturaleza, aun siendo especular, intente inferir la que la autora habría dado a sus versos de haber acometido esa labor.
Con Poesía, impreso bajo el sello de la Universidad Veracruzana, el poeta y editor Ángel José Fernández parece haber cumplido, de manera encomiable, la exigencia. Nacido del fervor y de una vocación que sabe conjugar el rigor filológico con la profundidad del hermeneuta, el libro es mucho más que una piedra de toque en la bibliografía de una de las autoras más singulares del siglo XIX: es un esfuerzo -quizá el más minucioso hasta el momento- por reunir y fijar en un volumen “la práctica totalidad de sus poemas” (p. 75), devueltos al lector en versiones impecablemente editadas tras la impresionante labor documental que las respalda.
Aun cuando Fernández se ha sumergido a fondo en los archivos, basta con reparar en su austera propuesta de un título que evade deliberadamente el adjetivo, para sobreentender que su intención es marcar distancia respecto de la categoría de “Poesía completa”. Se trata, por lo tanto, de un volumen abierto que renuncia a asumir principios restrictivos, pues su primer criterio es la plena conciencia de los irremediables vacíos que ensombrecen, sin distinción alguna, la vida y la poesía de Laura Méndez. Poco sorprende, pues, el no por acertado menos desconcertante atrevimiento de hablar de esta exhaustiva empresa de edición como de una faena “rigurosamente provisional”, realizada -eso sí- con la ayuda de todos los que han intervenido en el rescate “de esta obra poética de incomparable valor ético y literario” (id.).
Ahora bien: visto a través del prisma de sus aspiraciones, es decir, desde la perspectiva de un modelo textual estatuido como propuesta estética a la vez que metódica y de investigación, me atrevería a afirmar que su sistema es casi tan idóneo como novedoso. Me explico: en el entorno, cada vez más abstruso, de las academias se han vuelto una rareza los trabajos que logran concertar esos extremos tensos llamados claridad y erudición. Pocas veces, también, recuerda el estudioso que su primer deber no es el de difundir una jerga pletórica de términos donde el placer del texto se sacrifica en pos de una profundidad y de una precisión siempre controvertibles. No existe, a mi entender, un mejor planteamiento intelectual que aquel que considera la obra artística un organismo vivo, cuya infinita carga de sentido consiente y justifica todo lo demás, máxime la osadía de hacer de ella un objeto de estudio. Sólo por esa ruta se puede encaminar el ejercicio crítico a su más alta cima, esto es, a un discurso que iguale, con las inevitables atenuantes, la estatura de aquello que estudia o que critica sin descuidar un palmo el rigor analítico o la agudeza de sus contenidos.
Un sesgo de este tipo es cuanto se requiere para explicar que el libro se estructure en dos planos casi tan simultáneos como concomitantes: uno volcado hacia la escrupulosa empresa filológica que, no obstante su completo aparato de notas y variantes, no interfiere jamás con la experiencia del poema; otro más bien cercano a un subdiscurso, es decir, al deseo manifiesto de establecer un diálogo cuya intención, en principio hermenéutica, se propone, también, entresacar esos hilos delgados que conectan realidad y ficción, la trama de una vida sólidamente aunada a la escritura. El resultado: una erudita propuesta de lectura, ordenación y exégesis de la obra literaria que, paralelamente, compone una ambiciosa biografía intelectual, un fresco de sentido en donde la poesía pareciera alcanzar virtualmente a la vida, y viceversa.
Por supuesto, todas estas virtudes serían poco si no desembocaran en la reconstrucción de una poética, dispuesta e historiada en el lapso diacrónico de sus transformaciones estéticas como en la sincronía de un panorama en donde representa, si no un producto artístico desconcertante, una voz singular, ceñida a los dictados de la tradición, aunque siempre en la búsqueda de una complejidad expresiva y formal:
Mas volverá la alegre primavera
y otra vez la pradera
de galas cubrirá su fértil suelo;
tendrá el arroyo límpidos rumores,
el bosque ruiseñores,
frutos la tierra y arrebol el cielo.
También el corazón atribulado
tiene su invierno helado,
y la alegre estación en vano espera;
que para el alma, que sus duelos llora,
no hay iris, no hay aurora,
no hay cielo azul, no hay sol, no hay primavera (pp. 417-418).
Tales características -entendidas, también, como las estaciones de un sendero cuyo más alto fin sería la madurez creadora- rematan en un esquema lírico que propone o contempla tres etapas, todas signadas por un regusto trágico y resuelto en poemas de corte metafísico. Salvo aquellos períodos en los que sobresale una marcada voluntad social (rasgo, por cierto, atípico, “y con el cual se deslinda y distingue de la mayoría de los poetas de su tiempo”, p. 33) o en los que se decanta por una suerte de épica ceñida a motivos prehispánicos, independentistas o revolucionarios, se impone una visión sombría de la existencia tras de la cual asoma, sin mediaciones ni atenuantes, aquello que solemos llamar universal y se encuentra en la base de toda gran poesía:
Por virtud de una ley genitora
que oculta sus causas,
indefensos, inermes, desnudos,
al mundo nos lanzan.
..............................................
¡Oh, existencia! ¡Oh, azote sangriento!
¡Oh, ruda batalla!
¿Qué te hicimos -¡oh, Dios!-, qué te hicimos para esta jornada? (pp. 486-487).
Dado que la labor de dispositio nos permite seguir, de manera ascendente, el inventario de sus obsesiones, resulta sugestivo pensar en la factura de la obra como en el resultado de un trabajo de orfebre que moldea y recalienta la materia mil veces modelada. Ciertamente, esto implica aceptar que su universo (y con él los procesos de su composición) es semicircular, quiero decir, vuelto sobre sí mismo. Ello no en un sentido de invariabilidad, mas sí de reincidencia, de tesón en la forma y el fondo de lo escrito o, lo que sería igual, en el intento extremo de asediar los límites del verso no sólo para dar la filigrana, sino para tensar y llevar a la cima sus posibilidades de expresión:
Si es triste -en el invierno de la vida,
bajo negro crespón-,
ver las rosas del alma deshojadas
-sin néctar ni color-,
¿qué sentirá mi espíritu que mira
-presa de su aflicción-,
vuelto el oasis de sus sueños de oro
páramo aterrador? (p. 362).
La aurora de mi vida está apagada
por el helado soplo del dolor.
¡Adiós, mi amor! ¡Adiós, mis alegrías!
¡Adiós, mis esperanzas de otros días!
Solo y triste dejáis el corazón (p. 615).
Por último -como una apostilla, acaso innecesaria, dada la claridad con que lo muestra la suma de sus versos-, hay que tomar en cuenta que este esmerado esfuerzo por la forma (y la atención que a ello dedica el editor en sus anotaciones de los textos), basta para impugnar, todavía más, si cabe, la idea de una poesía poco propositiva en las etapas previas a las audacias rítmicas del modernismo. Quede, para el escéptico, la laboriosa hechura de esta obra y el amoroso trabajo de edición que, además de evidenciar la madurez ecdótica de Ángel José Fernández, la reinstala lo mismo en nuestro tiempo que en el lugar de honor que tiene, por derecho, en nuestras letras.