Reseñas
Jon Juaristi, Ramón Menéndez Pidal: el último liberal unitario. Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, Madrid, 2024; 291 pp.
Jon Juaristi, Ramón Menéndez Pidal: el último liberal unitario. Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, Madrid, 2024; 291 pp.
Nueva revista de filología hispánica, vol. LXXIV, no. 1, pp. 273-280, 2026
El Colegio de México A.C., Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios
| Juaristi Jon. Ramón Menéndez Pidal: el último liberal unitario. 2024. Madrid. Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales. 291pp. |
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Received: 21 February 2025
Accepted: 28 March 2025
Aunque la envergadura colosal de su obra podría sugerir que estuvo sentado ante un escritorio durante buena parte del casi siglo que vivió, el saldo del paso de don Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) por el mundo asombra aún más por la fecundidad que por la duración. También por la calidad: su nombre, y probablemente (añado yo) el de don Julio Caro Baroja, son los de los maestros de las humanidades del siglo XX que mejor han superado la prueba del cambio de siglo, y que en el nuestro no sólo han mantenido sino que han mejorado su reputación. Al otro lado, los pensamientos de Menéndez Pelayo, Unamuno y Ortega y Gasset, con los que don Ramón pasó parte de su vida midiéndose y confrontando ideas, métodos y hasta actitudes vitales (entre buenas palabras que solían ocultar suspicacias y discrepancias), según corrobora este libro, son cada vez más cuestionados. No en lo que se refiere a los méritos literarios (que cada lector valorará de maneras diferentes) de sus respectivas producciones, ni a la representatividad e influencia (incuestionables) que lograron en su época, sino a las debilidades de sus programas científicos, que se vieron lastrados por lagunas de información, subjetivismos (o personalismos, o egocentrismos), poses y contradicciones evidentes, que agrietan los podios en que quieren mantenerlos sus incondicionales.
Es ésta (la de la superioridad “científica” de don Ramón con respecto a los intelectuales de su tiempo) una lección principal entre las varias que ofrece este libro de larguísimas maduración y depuración, que arrancaron de las lecturas de bachillerato que, en vida todavía del maestro, hizo Juaristi de sus obras, así como de su ingreso formal, en plena Transición, en los proyectos y actividades de la escuela pidaliana que había quedado a cargo del nieto de don Ramón, Diego Catalán. La profusa documentación allegada y la claridad de ideas templadas por cinco décadas no sólo de investigación, sino también de lo que los antropólogos llamarían “observación participante”, en el corazón mismo de la tradición intelectual estudiada, no podían sino dar resultados tan excelentes como éstos. No es el menor el de no caer en el culto a la personalidad, al estilo del que hoy mantienen algunos devotos de aquellos prohombres, sobre todo de Ortega: Juaristi se cuida mucho, en efecto, de idealizar sin más a Menéndez Pidal, maestro lejano suyo pero del que no duda en criticar algunas debilidades y contradicciones.
Ello convierte estas páginas en un severo escrutinio, con momentos de desmitificación, del biografiado principal, de los otros nombres que ya he citado y de dos más, ambos catalanes, que asoman por los extremos: en el arranque, Manuel Milá y Fontanals, maestro decimonónico, indirecto y admirado de don Ramón; y, en el colofón, Pere Bosch Gimpera, quien dio en 1937 en Valencia un discurso que quiso, entre otras cosas, ser reacción y contrapeso de las ideas de don Ramón acerca de España. Porque, hay que recalcarlo, el libro de Juaristi atiende mayormente a los dilemas de la historia, la identidad y la unidad de la nación; los cuales fueron sólo algunos -muy relevantes, eso sí- de los que se dirimieron en el tablero de juego sobre el que pugnaron todas las figuras mencionadas, y unas cuantas más que no pasaron de figurantes.
El único que sale airoso, aunque no del todo impoluto, de tal careo, es Menéndez Pidal. Las profusas citas textuales de unos y de otros, seleccionadas con oportunidad por Juaristi, retratan con crudeza a cada uno y dejan a don Ramón no en el ápice incuestionable, pero sí en una posición de ventaja. Y la hábil ingeniería a la hora de barajar intercambios y contrastes de ideas y de deducir rivalidades y cuentas pendientes (veladas casi siempre, bajo exquisitas formas), convierten este libro en bastante más que la prometida biografía intelectual de don Ramón. Encontramos aquí, más bien, un caleidoscopio certeramente calibrado del modo en que los intelectuales de mayor renombre polemizaron sobre el ser histórico de España en un período histórico fundamental para la construcción de nuestro imaginario histórico-político-cultural: el que va desde la década de 1850 en que Milá publicó algunas de sus obras clave, hasta la de 1960 que puso fin a la producción de Menéndez Pidal.
Aunque los cinco grandes capítulos que articulan el libro confrontan a don Ramón principalmente con los cinco intelectuales susodichos, el elenco de autores, obras, corrientes y escuelas que asoman por aquí y por allá es enorme e internacional. Juaristi reconoce el magisterio de Diego Catalán y de Jesús Antonio Cid; recurre con simpatía, como suele, al instrumental crítico de Isaiah Berlin; cita con cordialidad a Julio Caro Baroja y a Julián Marías y se manifiesta indulgente con el idealismo de Croce, sobre el que se explaya mucho y bien. Por el contrario, juzga con severidad, como suele también (lo hizo, por ejemplo, en Los árboles portátiles, 2017), a los estructuralistas: Lévi-Strauss, Jakobson…; y se muestra duro con Rovira i Virgili.
Es excesivamente tibio, en cambio -o eso creo yo-, con el psicoanálisis y con Freud, de quien reproduce, sin los filtros debidos, alguno de sus acientíficos disparates. Así, cuando resume, sin la correspondiente puesta en cuestión, en la p. 130, que, “como es ampliamente conocido, Freud sostiene en este último de sus escritos [en El hombre Moisés y la religión monoteísta, 1937] que Moisés fue un sacerdote del culto monoteísta de Atón, y que el judaísmo no representó sino la supervivencia de dicho monoteísmo en una multitud de esclavos a los que aquel infundió dicho culto”. Una tontería sin respaldo empírico que, por fortuna, medio arregla Juaristi en la p. 131, cuando concluye que “en Menéndez Pidal, fuera cual fuera su particular conflicto neurótico, parece lógico que no se pareciera ni de lejos a la neurosis freudiana”. También en Los árboles portátiles se había permitido ironizar Juaristi a costa del psicoanálisis.
Renan, Fernández de los Ríos, Clarín, Vossler, Laín Entralgo, Maravall, Barthes, Malkiel, Ginzburg, Montaner son otros de los muchos nombres que resuenan en estas páginas. Y no falta alguna que otra evocación, pero muy de pasada, como casi siempre, del desdichado Antonio Machado y Álvarez, Demófilo (1846-1893), el padre de los poetas Manuel y Antonio Machado, a quien muy pocos han leído en profundidad y tienen en cuenta, por más que las enciclopedias no dejan de celebrarlo, con condescendencia, como el padre o el fundador de la folclorística-etnografía-antropología de España. Las ideas, la actividad (de campo, de gabinete, de edición, de traducción, de promoción), las obras de Demófilo en torno a la literatura oral y a la cultura popular españolas fueron mucho más solventes, sistemáticas, “científicas”, “modernas” que las de Menéndez Pelayo, Unamuno y Ortega, y rebasaron por más de un flanco a las de Menéndez Pidal.
No deja de tener un punto de injusticia, por eso, que este libro no se fije en que, en la década de 1880, en la que Menéndez Pidal era todavía un niño, el folclorista sevillano había elaborado, al hilo de versiones anotadas por él mismo o por sus colaboradores, estudios enjundiosos de los antecedentes y la difusión paneuropea de varios romances españoles, con erudición especial aplicada a “La muerte ocultada”; y había hecho reflexiones atinadas, que llenaron muchísimas páginas, sobre (entre muchas otras cuestiones convocadas en este libro) la controvertida relación entre el fondo histórico y la creatividad fabuladora de los artistas de la voz popular; sobre la función vertebradora del patrimonio oral con respecto a la identidad nacional y a las relaciones del centro con las periferias; y sobre lo que, andando el tiempo, daría en llamarse “latencia” oral y tradicional.
Particularmente denodados fueron los esfuerzos de Demófilo por atender, reivindicar y poner en pie de igualdad todos los “folk-lores” de la periferia, expresados en las otras lenguas y dialectos ibéricos, y sus prevenciones contra el centro (que él identificaba más con Madrid que con una Castilla que todavía no habían puesto de moda los noventayochistas) y contra los centralismos culturales. Ello le aparta de una corriente principal que culminaría con el “castellanismo” ideológico que durante gran parte de su vida -creo que menos al final, como argumentaré más adelante- articuló el pensamiento de Menéndez Pidal; pero que venía de muy atrás, como mínimo de la época en que Juan de Mal Lara había dado sus razones para excluir de su Philosophía vulgar (1568) los refranes y los saberes folclóricos que no estuviesen expresados en castellano.
En cualquier caso, brillan las páginas de Juaristi cuando desentrañan, leyendo muy entre las líneas, las prevenciones que siempre mantuvo Menéndez Pidal con respecto a Menéndez Pelayo, pese a que hubo de sufrir durante toda su vida lo que para él debió de ser el sambenito de alumno y, peor aún, de presunto albacea y heredero; tan marcada debió de ser aquella suspicacia que don Ramón prefirió reclamar una filiación intelectual, más tolerable para él, con Milá y Fontanals, pese a que no había llegado a conocerle en persona. Ilumina Juaristi, en otro capítulo, la relación difícil con Unamuno, una figura atormentada, llena de dudas y paradojas, en la que el autor de este libro es experto máximo. Y acierta, sobre todo, en la denuncia del veneno instilado en la reseña que Ortega publicó de los Orígenes del español (1926) y de las pullas malintencionadas que lanzó contra La España del Cid (1929), obras maestras de don Ramón.
Pudiera haber añadido Juaristi que Ortega acababa de llevarse una sonora decepción en lo que se refería a la picota en que hubiese querido poner a los estudios españoles de literatura oral, cultura popular, folclore. Había invitado en 1924 al “antropólogo” alemán Leo Frobenius a dar unas conferencias en Madrid, y había publicado varios artículos encomiásticos de sus extravagantes teorías, que pasaron al volumen Las Atlántidas, de aquel mismo año. Y en 1925 había hecho publicar la traducción del Decamerón negro de Frobenius, en la Revista de Occidente. Aquella arriesgada apuesta, que en el fondo pretendía desacreditar y humillar la etnografía y la folclorística españolas (empezando, claro, por las de Menéndez Pidal), presentándolas como más atrasadas y provincianas que las que hacían los avanzadísimos alemanes, acabó en agua de borrajas, más por prosaicas disputas de dinero (Frobenius vino a Madrid, más que nada, a hacer caja, y pidió más de lo que razonablemente se le podía dar) que porque Ortega tuviese la perspicacia de caer en la cuenta de que aquel charlatán (que en la década siguiente se convertiría en nazi de relumbrón) tenía muy poco de científico auténtico. Todo este excurso enlaza con una cuestión que no desatiende Juaristi: que Ortega fue un autor básicamente de artículos de periódico, que a posteriori compilaba en libros; don Ramón era, en cambio, un arquitecto de libros de largos aliento y maduración, hasta el extremo de que tres de ellos (la historia del romancero, la de la lengua, la de la épica) quedaron truncados por la muerte, al cabo de muchas décadas de trabajo. La opinología fragmentaria del primero no podía competir con la ciencia empírica y de amplísimos trazos del segundo.
Este volumen de Ramón Menéndez Pidal: el último liberal unitario sabe, en fin, pese a sus casi trescientas apretadas páginas, a poco. Su colofón, que identifica la “historia progresista” reivindicada por el discurso de Bosch Gimpera en la Valencia en 1937 como reacción frente al “liberalismo unitario” de Menéndez Pidal, no puede menos que abrir el apetito y encender la esperanza de que el futuro nos depare por lo menos un segundo volumen, en el que Juaristi ponga, ojalá, el foco sobre las últimas décadas de la producción del sabio, que introdujeron novedades llamativas con respecto a aquellas que más han atraído su atención en este libro.
Porque justo en aquel fatídico año de 1937 en el que se despiden estas páginas dio el incombustible don Ramón una conferencia en La Habana, que repitió al año siguiente en Nueva York, acerca de la Idea imperial de Carlos V. En ella exaltaba la figura del emperador y los fundamentos de la política imperial, y además no sobre las acostumbradas fuentes en última instancia orales y tradicionales, sino sobre documentación de escritorio; era aquél un ensayo que defendía, en fin, un ideario y un método que pudieran haber sido suscritos por más de un ensayista conservador, nacionalista e incluso franquista de la época. A aquel siguieron otros títulos atentos no a la España medieval (la que más había interesado hasta entonces a don Ramón), sino a la renacentista (la favorita de Menéndez Pelayo): el giro resulta llamativo, más aún si se considera a la luz de las páginas que dedica Juaristi a las querencias medievales del uno y a las renacentistas del otro, en cuya línea de separación ve, con argumentos razonables, indicios de suspicacias soterradas.
Aunque esta cuestión haya quedado fuera del foco de este libro, la producción del Menéndez Pidal de los años siguientes estuvo en buena medida dedicada a las literaturas de las élites y no del pueblo: “El estilo de Santa Teresa” (1941), El Imperio hispano y los cinco reinos de España (1950), “La lengua en tiempo de los Reyes Católicos” (1950), Los Reyes Católicos según Maquiavelo y Castiglione (1952), El padre Las Casas. Su doble personalidad (1963). Son títulos que han pasado sin pena ni gloria y que muestran -para incomodidad de algunos de sus admiradores, entre los que me cuento- a un don Ramón más “imperial”, más nacionalista, más conservador, que aquel que, según nos recuerda la útil “Cronología” trazada por Juaristi en las pp. 243258 de su libro, se había distinguido en 1929 por publicar “una carta al Dictador protestando por las detenciones y sanciones impuestas a profesores y alumnos de la Universidad de Madrid a causa de la huelga contra la ley Callejo, que equiparaba las universidades eclesiásticas con las públicas en capacidad para la expedición de títulos”; que había votado “el 12 de abril [de 1931] por la coalición republicano-socialista”; que en 1956 “firma un manifiesto pidiendo la libertad de los detenidos por las revueltas en la Universidad de Madrid”; que en 1957 “firma una carta al Ministro de Educación pidiendo el levantamiento de sanciones a profesores y alumnos de la Universidad de Barcelona”; que en 1959 “apoya el homenaje a Antonio Machado en Collioure”; que en 1962 “se suma a la protesta contra la represión de las huelgas de Asturias y las detenciones de miembros de la oposición de izquierda al régimen”; y que en 1963 “protesta contra la ejecución de Julián Grimau”. No estará de más recordar, justo aquí, que la biografía de su abuelo que escribió Diego Catalán para el Diccionario biográfico (en red) de la Real Academia de la Historia subrayaba que don Ramón se había manifestado hasta contra la guerra de Vietnam y había viajado “al nuevo estado de Israel cuando el Gobierno español no lo reconocía”. Gestos políticos que apuntan, más o menos, hacia lo progresista, y que no encajan bien con la otra cara, la más “imperial”, de parte de la obra última del maestro.
Tampoco fueron éstas las únicas contradicciones y paradojas que llaman la atención en el último Menéndez Pidal. Fuera de la lente del libro de Juaristi han quedado también ciertos vaivenes tardíos que atañeron a la noción de “Castilla”, que tan central había sido en no pocas de sus obras de juventud y madurez. En una conferencia del Ateneo de Madrid de 1919 y en otra de La Habana de 1937 defendía don Ramón que la cuarteta y la seguidilla, los metros más representativos de la poesía oral en español junto con el romance, eran de raíz castellana, no andalusí. Sin embargo, a partir del afloramiento de las llamadas jarchas mozárabes en 1946, Menéndez Pidal se convirtió, con temeridad incluso, a las teorías no “castellanistas” sino “andalusistas”; y en 1951 publicó su resonante artículo “Cantos románicos andalusíes, continuadores de una lírica latina vulgar”, que sería corroborado por España, eslabón entre la Cristiandad y el Islam en 1956, y, más aún, por “La primitiva lírica europea. Estado actual del problema” de 1960, en los que no sólo defendió la conexión entre jarchas mozárabes, cantigas de amigo galaico-portuguesas, poesía castellana medieval (que perdía, dentro de tal batiburrillo, su carismática centralidad) y seguidillas y cuartetas de la Edad Moderna, sino que admitió en la misma ecuación los cánticos y bailes de las gaditanas celebradas por sus músicas y bailes entre los romanos, y las siguiriyas de los gitanos:
El tradicionalismo se funda en una experiencia segura sobre la enorme perduración de una actividad tradicional en estado latente, oculta a través de varios siglos, dando sólo a largos intervalos alguna señal de vida. Por eso no tememos ahora relacionar esa difusión del canto lírico de Córdoba y Granada por todo el imperio árabe, con la gran boga que, en el imperio de Roma, alcanzó el canto de las famosas muchachas andaluzas, puellae Gaditanae; las canciones de la alegre Cádiz, la iocosa Gades, eran de gran moda, lo mismo entre los jóvenes elegantes que en las reuniones de los graves magistrados o en el popular estruendo de las saturnales, según nos informan Marcial, Juvenal, Estacio y Plinio en los últimos decenios del siglo i y primeros decenios del ii. Pero además debemos asociar estos dos episodios, el árabe y el romano, con el vuelo que por todo el imperio hispanoamericano toma en la época moderna el “cante andaluz” en múltiples formas de sevillanas, peteneras (de Paterna, en Cádiz), malagueñas, granadinas, etcétera, etcétera, y sus continuadoras acriolladas, guajiras, habaneras de Cuba, malagueñas de Méjico, tangos argentinos, siirillas (seguidillas) de Chile, etcétera (“La primitiva lírica europea. Estado actual del problema”, en Estudios sobre lírica medieval, eds. E. Barroso y M. Latorre, CECE, Madrid, 2014, pp. 277-363; cita en pp. 331-332).
Este inaudito y tardío rapto de cosmopolitismo cultural de don Ramón, que rebasaba incluso el andalucismo-arabismo tardorromántico de Manuel de Falla, y hasta el eclecticismo intercultural de Américo Castro, discípulo fundamental de don Ramón (primero muy leal y luego distante y hasta disidente), sería razonablemente refutado por Federico Corriente, desestimador en su Poesía dialectal árabe y romance en Alandalús (1998) de cualquier relación entre la cuarteta, la seguidilla y las estrofas árabes y mozárabes. Se halla, en lo que tiene de curiosidad hacia lo de fuera, en sintonía con el renovado interés del Menéndez Pidal ancianísimo por la épica francesa (La Chanson de Roland y el neotradicionalismo. Orígenes de la épica románica, 1959), y con su nuevo interés por la recién “descubierta” épica yugoslava (“Los cantores épicos yugoslavos y los occidentales. El Mio Cid y dos refundidores primitivos”, 196-566). Se sitúa además esta otra veta de la producción pidaliana, y eso es llamativo, a mucha distancia de sus anteriores devociones castellanistas, que podría ser ahora oportuno preguntarse si no serían, al menos en parte, resabios o achaques del noventayochismo del que don Ramón se reconocía compañero de viaje. Llama la atención, de hecho, que en su postrer trabajo acerca de la épica yugoslava y de los refundidores del Cid eludiera don Ramón escribir siquiera la palabra “Castilla”, que tanto había traído y llevado en décadas pasadas, y se limite a hablar en una ocasión, en términos absolutamente técnicos y asépticos, de la “poesía castellana” y en otra de la “métrica castellana”.
Es de lamentar que Menéndez Pidal evitara confrontarse (pese a los envites que por carta le enviaba, desde el exilio norteamericano, su antiguo asistente) con las teorías de Américo Castro, porque de una controversia de tal altura hubiesen saltado sin duda chispas iluminadoras para nosotros, probablemente de mayor enjundia que las mantenidas décadas antes con los limitados Menéndez Pelayo, Unamuno y Ortega. Y puede que sea otra pena que tales chocantes devaneos “imperiales”, por un lado, y “andalusistas” y cosmopolitas, por el otro, del último don Ramón se aparten en bastante medida de la filología más objetiva y depurada de obras señeras como Orígenes del español (1926) y La España del Cid (1929), y se acerquen más bien a las elucubraciones de trazo grueso e impreciso de un Unamuno o de un Ortega. Entre los factores que dificultaron que don Ramón sea reconocido como forjador incuestionable y definitivo de un humanismo español intachablemente científico y objetivo, ajeno a cualquier emoción nacionalista (o regionalista), han de contarse, creo, aquellas especulaciones que se agudizaron en su ancianidad.
Insondables son, en fin, la figura, la obra, el significado, la influencia, las polémicas surgidas en torno a Menéndez Pidal. Este libro de Jon Juaristi elude, sensatamente, intentar abarcarlo todo, y opta por indagar en algunas de las vetas posibles, más atentas a las etapas primeras y centrales de su itinerario; a la confrontación con sólo unos cuantos de los intelectuales más o menos coetáneos; y a las cuestiones de la historia, la identidad, la unidad política y cultural, la latencia oral como hilo conductor de una tradición de larga duración. Podía haber tirado, desde luego, por otros caminos, pero estaba en su derecho de buscar precisamente éstos, que además se hallan entre los más sustantivos y más precisados de luz.
Y por ellos nos ha guiado, seduciéndonos con una prosa tan dúctil y “esbelta” (es ése un epíteto que ha usado alguna vez el maestro Giuseppe Di Stefano, citado también en estas páginas), una documentación tan solvente y un busturí crítico tan quirúrgico, que ha puesto el listón muy alto a las exploraciones pidalianas, suyas o de otros, que esperemos que nos regale el futuro.