Dossier

Ideología y opinión pública. Un contraste teórico entre Louis Althusser y Niklas Luhmann [*]

Ideology and public opinion. A theoretical contrast between Louis Althusser and Niklas Luhmann

Pablo García Armentano
Universidad Nacional de Cuyo, Argentina

Ideología y opinión pública. Un contraste teórico entre Louis Althusser y Niklas Luhmann [*]

Estudios Sociales Contemporáneos, núm. 23, pp. 42-55, 2020

Universidad Nacional de Cuyo

Recepción: 09 Marzo 2020

Aprobación: 24 Abril 2020

Resumen: En este trabajo se busca una exposición sistemática de conceptos teóricos centrales en la teoría marxista de Louis Althusser y en la teoría funcionalista de Niklas Luhmann en relación a las categorías ideología y opinión pública, respectivamente. Dichos conceptos nos permiten observar las distancias y las adversidades que hay entre cada posición teórica al momento de explicar el origen y los efectos del entramado simbólico de un orden social capitalista.

Palabras clave: marxismo, lucha de clases, funcionalismo, comunicación.

Abstract: This paper searches a systematic exposition of central theoretical concepts in the Marxist theory of Louis Althusser and in the functionalist theory of Niklas Luhmann in relation to the categories ideology and public opinion, respectively. These concepts allow us to observe the distances and adversities between each theoretical position when explaining the origin and effects of the symbolic framework of a capitalist social order.

Keywords: marxism, class struggle, funcionalism, communication.

1. Introducción

El campo de la sociología se encuentra permanentemente atravesado por múltiples debates y oposiciones, muchos de los cuales tienen que ver con la construcción de instrumentos conceptuales que permitan conocer con un carácter científico la sociedad moderna. Entre esas disputas, nos interesa específicamente la confrontación que se despliega entre la teoría marxista y el funcionalismo sistémico a la hora de abordar los procesos ideológicos en el orden capitalista.

Desde la salida de la Segunda Guerra Mundial hasta los sesenta, las teorías funcionalistas hegemonizaron a nivel mundial el panorama sociológico, hasta tal punto que para muchos el funcionalismo llegó a ser la sociología (Alonso, 1987). La “época de oro” del capitalismo y la proliferación de los llamados “Estados de Bienestar” en los sistemas occidentales coincidieron con la preocupación de esta propuesta teórica por el orden, la integración y el consenso, y con su menosprecio por la cuestión de la dominación de clase en el sistema capitalista. Aunque el programa de investigación de Talcott Parsons, exponente primigenio del funcionalismo, fue en los años posteriores muy criticado, marcó el camino de inspiración intelectual de muchas propuestas teóricas vigentes, como la de Niklas Luhmann, referente de la teoría de los sistemas, que desarrolla en la línea argumental funcionalista una teoría sobre la opinión pública.

Mientras tanto, como efecto de la denominada crisis del marxismo y al compás de la hegemonía neoliberal, en el mundo académico de las décadas del ochenta, noventa y la primera década del nuevo siglo, el concepto marxista de ideología resultó menospreciado o abiertamente abandonado a favor de otras categorías, menos sospechadas de “determinismo estructural” (identidades, discursos, violencia simbólica, subjetividad, etc.) (Inda y Duek, 2014: 57). Un hito de este proceso estuvo dado por la publicación de la conocida tesis sobre el fin de la historia y de las ideologías que postuló que el marxismo ya no era una alternativa teórica ni política a las democracias liberales (Fukuyama, 1992). En ese marco, el esfuerzo por justificar el reemplazo del dispositivo marxista por nuevas herramientas conceptuales, como propone la teoría de los sistemas de Niklas Luhmann, se abre paso con fuerza, aunque no sin resistencias.

Las disputas entre las posiciones teóricas señaladas no son el resultado casual de elecciones teórico-metodológicas de un investigador aislado sino una forma que adquieren las luchas sociales en el terreno teórico (Althusser, 2003:44). Entonces, toda teoría sociológica es política. A propósito de esto, es necesario identificar los principios teóricos y filosóficos que ubican a cada producción teórica en una posición política que interviene en una coyuntura dada.

Provenientes de canteras teóricas diferentes y en pugna, los conceptos de ideología (con una larga tradición en el pensamiento marxista) y opinión pública (tal como lo desarrolla el funcionalismo sistémico de Niklas Luhmann) tienen en común su pretensión por abordar aspectos sustanciales de la dimensión simbólica de los procesos sociales. Ahora bien, ¿qué implicancias acarrea el empleo de cada uno de ellos? ¿Es posible separar la opinión de un sujeto de la estructura ideológica en la que este sujeto está inserto o de las condiciones, las formas y los efectos de la lucha de clases (Althusser, 2003: 28)? ¿Tiene sentido hacer un esfuerzo de complementariedad y definir la opinión pública como aquello que aún no se ha verificado (Habermas, 1981), de características mudables, cambiantes, de mayor volatilidad que los valores o la ideología, a los que se puede considerar más estables (Oliva, 2015)?

La primera respuesta que proponemos a estas cuestiones emergentes es que existe una diferencia radical entre la teoría marxista althusseriana y la teoría de sistemas dada por las premisas teóricas en las que fundamentan su propuesta y en la especificidad de las categorías de ideología y opinión pública al momento de estudiar el entramado ideológico y simbólico-organizativo de las sociedades capitalistas. Por lo cual, nos ayudará a esbozar nuestra respuesta saber qué problemas sociales resuelven la ideología y la opinión pública en el espacio simbólico de un orden social. ¿Es la lucha de clases o la comunicación el motor de las ideas sociales?

Bajo estas reflexiones iniciales enmarcamos el presente trabajo que se divide en cinco apartados. Luego de la introducción, en el segundo apartado se revisan dos categorías teóricas centrales para cada autor, lucha de clases (Althusser) y comunicación (Luhmann), en torno a las cuales se estudia la estructura del orden social capitalista como punto de partida que determinará el rumbo de problemas conceptuales antagónicos. En el tercer y cuarto apartado, se busca profundizar el análisis sistemático recurriendo a nociones teóricas que nos ayudan a vincular el problema de la ideología y la opinión pública con cada línea argumental y así observar con mayor claridad las distancias entre cada posición. Tanto las prácticas (Althusser) como los sistemas (Luhmann) se presentan como instancias constitutivas de una formación social y cuando se responde a la pregunta sobre su articulación en la totalidad social llegamos al problema de la dominación de clase, por un lado, y al de la integración funcional por el otro. Por último, se presentan algunas conclusiones sobresalientes enfocadas en las especificidades de la ideología y de la opinión pública estudiadas por su función: reproducción social o reducción de la complejidad social.

2. Lucha de clases o comunicación: ¿qué es la sociedad?

La confrontación entre la teoría marxista althusseriana y la teoría funcionalista propuesta por Niklas Luhmann presenta múltiples posibilidades tópicas. Lo primero que debe quedar claro es que ambas teorías tienen una pretensión de explicar la sociedad como un todo. Por lo cual, debemos ir a los fundamentos elementales sobre los que cada autor erige su arquitectura conceptual para explicar qué es la sociedad.

En la teoría de Louis Althusser encontramos el punto de partida para el análisis teórico en el primado del concepto de lucha de clases mientras que en la teoría de sistemas la primacía está en la noción de comunicación como operación constitutiva y dominante de la sociedad.

La concepción materialista de la historia indica que el factor decisivo del desarrollo social se encuentra en la producción (y reproducción) de la vida material de los seres humanos (Harnecker, 1976:59). En cada fase histórica de la producción hay una clase explotadora y otra explotada. La oposición entre las clases sociales se da a causa de la lucha de clases en la producción, y no en concepciones divergentes acerca tal o cual asunto social, lo que otorga existencia material a las clases sociales y primacía a la lucha de clases sobre las clases sociales (Althusser, 2003: 35).

La lucha de clases, como contradicción fundamental del sistema capitalista, será el punto determinante para explicar las relaciones entre la infraestructura (unidad de las fuerzas productivas y relaciones de producción) y la superestructura (formas políticas, jurídicas e ideológicas) de la sociedad. De modo tautológico: el análisis de la lucha de clases, sus formas y conexiones (Balibar, 1984:47).

En oposición, para Niklas Luhmann, la economía es un sistema funcional más de la sociedad. Sostiene que la operación elemental de la sociedad es la comunicación, pues es el único fenómeno que permite el establecimiento de una relación social entre individuos (Luhmann, 2006: 58). La comunicación es entendida como una síntesis de tres selecciones: selección de la información-modo de darla a conocer-entenderla. Este fenómeno ocurre entre un Alter (selecciona información y la da a conocer) y un Ego (comprende), siendo la comprensión el aspecto donde la teoría de sistemas ubica su atención. Así, en esta teoría, se vuelve un problema saber cómo se produce una comunicación específicamente política, científica o económica y cómo es posible que sea aceptada o rechazada para que la sociedad continúe con su autopoiesis.

Los pensamientos que viven en la conciencia de una persona solo se transforman en elementos del sistema social cuando son comunicados, cuando una opinión, un artículo científico o una obra de arte son publicados, lo mismo cuando se cancela un pago con dinero. Por consiguiente, no puede adjudicarse el sentido de la acción a un individuo sino al sentido semántico de la comunicación social que atribuye acciones simbólicas y materiales a los individuos. Esas atribuciones están organizadas por los sistemas sociales que configuran la sociedad moderna bajo el principio de la diferenciación funcional, verificable, como dijimos, en el plano de la comunicación.

La sociedad moderna, especial objeto de la teoría luhmanniana, es el sistema que abarca todos los sistemas sociales (de comunicación) encargados de una función (el derecho, la política, la economía, etc.). Cada uno de ellos se constituye como sistema diferenciado (distinguido de un entorno) contribuyendo a la reducción de la complejidad social que debe efectuarse en la sociedad para que ésta pueda proseguir con sus comunicaciones. En otros términos, el primado del concepto comunicación permite observar cómo se elabora socialmente, de forma coordinada, la información y cómo ésta puede aceptarse o rechazarse (en las organizaciones o interacciones) de modo que la sociedad continúe su autopoiesis, es decir, su existencia (Luhmann, 2014: 52).

Ambos teóricos se distancian del individualismo metodológico, suscribiendo al supuesto de la dominación de clase o de la comunicación como operaciones sociales dominantes que exceden la acción de un individuo y a los procesos de su conciencia. Sin embargo, colocar la categoría lucha de clases (Althusser) o comunicación (Luhmann) como piedra angular de una teoría social, marca una distancia probablemente irreconciliable entre ambas posiciones.

Para Althusser la centralidad de la lucha de clases esta puesta en función de un apotegma profundamente materialista: las formaciones sociales están determinadas por sus relaciones de producción y reproducción (Althusser, 2003: 118). La organización productiva de una sociedad, para Luhmann, representa un problema vinculado a los rendimientos sociales que debe dar el sistema económico, más allá de quién se beneficia o se perjudica con el orden social que de allí se desprende. Lo único que la sociedad necesita producir y reproducir, para seguir existiendo, es la comunicación y solo la comunicación produce más comunicación. El dispositivo teórico luhmanniano se despega de la materialidad de las relaciones sociales y se eleva hacia el mundo simbólico que cristaliza en el concepto de comunicación.

3. Prácticas sociales o sistemas sociales: ¿qué hay dentro de la sociedad?

Una vez establecidas las categorías que consideramos como fundamentales para cada posición teórica en cuestión, mediante las cuales esbozamos su importancia para una definición del todo social, el paso siguiente consiste en profundizar el análisis en un sentido más específico. Por consiguiente, se trata de responder la pregunta sobre cómo y dónde se puede constatar la presencia de la comunicación y de la lucha de clases como elementos constitutivos de un orden social. Intentaremos ver qué conceptos propone cada autor para dar cuenta de estas cuestiones y los problemas que subyacen cuando se contrastan ambas posiciones.

En primer orden, según Luhmann, los instrumentos de la teoría deben distinguirse en varios planos para ofrecer la posibilidad de aplicar el análisis a múltiples circunstancias sociales. El concepto de sistema ofrecería este beneficio, siendo aplicable al sistema sociedad como a la unidad diferenciada de subsistemas que existen dentro del mismo, vale decir, a todas las instancias comunicativas que abarca la sociedad.

Por lo dicho, el conjunto de las relaciones humanas y sociales, según esta teoría, puede observarse como sistemas: uno o varios individuos formando parte de una decisión política, cenando con su familia, trabajando en una fábrica o reprimiendo en una manifestación. La cuestión que debe considerarse es cómo, el concepto de sistema, posibilita el conocimiento de los diferentes acontecimientos de la sociedad.

Todo análisis social sistémico parte de la existencia de sistemas: hay sistemas (Luhmann, 1991, pág. 16). Vimos que las reducciones de complejidad social son requerimientos para la experiencia y la acción humana, pues no se puede experimentar todo de una sola vez, siempre habrá algo excluido. Esto da como resultado, bajo condiciones históricas determinantes, la formación de sistemas sociales.

No es la ciencia la que construye sistemas sociales, son las personas que se organizan a sí mismas en referencia a un sistema particular (de acuerdo a las circunstancias). En cada caso existen reglas y límites del sistema, lo que organiza y posibilita la comunicación en un sistema distinguido de su entorno. Los medios simbólicos (poder, dinero, validez jurídica, etc.) los códigos especializados, las distinciones semánticas, la clausura operativa, los acoplamientos, etc., estructuran la comunicación de un sistema y la hacen específica (y más probable). Estas especificidades, observadas como sistema, indican que se trata de una participación en el sistema político, el económico o el jurídico, por ejemplo. De allí que no se pueda cuestionar una decisión política a partir de un juicio estético ni pagar por un servicio con amor. Esto, como veremos, sitúa una opinión política en el marco de una comunicación política, en consecuencia, con efectos en el sistema político.

La palabra práctica, por el contrario, indica una relación muy activa con la materialidad de lo real (Althusser, 2015: 100). La posición materialista de Althusser organiza el conocimiento del orden social explicándolo como un todo complejo estructurado por diferentes realidades o instancias que son prácticas: práctica económica, práctica política, práctica ideológica. La práctica, bajo esta concepción, es entendida como la transformación de una materia dada en un producto mediante un trabajo.

Ahora bien, toda práctica, tiene un aspecto concreto y un aspecto abstracto. El aspecto concreto de una práctica hace referencia a su materialidad y el aspecto abstracto a la conciencia que tiene de esa práctica el agente que la ejecuta. Nunca una práctica está sola por un lado y la idea por otro, una es constitutiva de la otra. De este modo, cada práctica está asociada a una ideología, a un mundo simbólico. Pero lo realmente decisivo es que todas las prácticas están constituidas por la lucha de clases, por lo tanto, la idea que se hacen los agentes de tal o cual práctica es consecuencia de la lucha de clases.

Althusser y Luhmann ponen el mismo énfasis en el peso de la estructura social: la práctica de los agentes en la cual se reencuentra la estructura y las operaciones concretas mediante las que se constituyen y reconstituyen sistemas/prácticas. Tendremos que aclarar las relaciones de determinación o causalidad entre los sistemas y las prácticas sociales que componen la sociedad, con el objetivo final de estudiar la dimensión simbólica de la sociedad vista desde la ideología por un lado y desde la opinión pública por el otro.

4. Dominación o integración: ¿cómo se constituye la sociedad?

Si algo tienen en común las pretensiones de las teorías que buscamos confrontar, es que ambas procuran explicar la estructura de la sociedad capitalista o sociedad moderna. Sin embargo, vemos que otra dificultad se encuentra al momento de pensar las propuestas de cada autor para vincular, teóricamente, las diferentes instancias que constituyen dicha sociedad. Creemos que las distancias centrales se afirman sobre dos problemas fundamentales que dan forma al objeto de cada teoría: la dominación de clase en Althusser y la integración de sistemas funcionales en Luhmann. Intentaremos contrastar, de forma sistemática, algunos conceptos clave para resolver este problema y definir hasta dónde llega la dificultad planteada a priori.

Uno de los conceptos principales que Luhmann utiliza para describir los sistemas sociales es la autopoiesis. Resultaría una explicación sumamente parcial si se describiera a la sociedad moderna como conjunto de sistemas funcionales autónomos que no se deben ningún miramiento, sino que solo obedecen a las exigencias de reproducción de su propia autopoiesis. Lo que indica este concepto es que los sistemas sociales son sistemas autopiéticos porque pueden producir y reproducir, por sí mismos, sus propias estructuras dentro de los límites del sistema (Luhmann, 2006: 70).

La autopoiesis implica necesariamente autorreferencia y clausura operativa, esto es, un sistema puede influir, pero no determinar la vida de otro sistema. Como consecuencia de lo anterior, el concepto acoplamiento estructural (forma del vínculo intersistémico) precisa que en la clausura de operación la causalidad queda canalizada de tal manera que existe una cierta coordinación o integración entre sistema y entorno.

En el lado althusseriano de esta contraposición, también se defiende la especificidad que tiene cada una las prácticas sociales, mediante lo cual se llega, entre otras cosas, al concepto autonomía relativa. Sin embargo, la clave no es tanto identificar todas las prácticas existentes y clasificarlas sino saber cuál es la práctica que es determinante en la totalidad de las prácticas. Así pues, vimos que la práctica que ocupa una posición fundamental en el todo social es la práctica económica, que es determinante solo en última instancia de las otras prácticas.

Los conceptos de contradicción y sobredeterminación permiten a Althusser precisar la eficacia de la superestructura en las relaciones de determinación considerando una coyuntura determinada. Las formas políticas e ideológicas no solo son un simple efecto de la base material de la sociedad, por su eficacia y consistencia propias, pueden causar efectos decisivos, de sobredeterminación, sobre la infraestructura y la articulación de la práctica social (el conjunto de todas las prácticas) (Althusser, 2011: 79). Por ejemplo, una formación social capitalista cuya contradicción principal es entre capital/trabajo, en una coyuntura determinada puede estar sobredeterminada por contradicciones políticas e ideológicas. De este modo, el problema teórico central queda establecido bajo las formas de la dominación material y simbólica de clase.

En contraposición a esto, Luhmann resuelve el problema de la relación base/superestructura apelando a la independencia operativa que guardan los sistemas respecto a su entorno. A simple vista, esto podría tomarse como una coincidencia con la noción de autonomía relativa, pero ya sabemos que esta idea no funciona sola en el dispositivo althusseriano. Para Luhamann no existe un vértice u órgano central desde donde se marquen las pulsaciones del desarrollo social.

Los sistemas sociales, luego de constituirse como sistemas autopoiéticos, solo definen en sus propios términos los problemas sociales que asumen, es decir, establecen sus condiciones de autonomía. Esto no excluye que procesos externos puedan desatar acontecimientos dentro del sistema, pero es el sistema que, en última instancia, decide cómo asimila la irritación en base a su medio simbólico y codificación especial.

Pero si la sociedad fuera un conjunto de sistemas autónomos, cómo sería posible que no se desintegre de un momento a otro. Aquí aparece la utilidad del concepto de acoplamiento estructural asociado al de autopoiesis para responder teóricamente al problema resultante de la integración de sistemas funcionalmente diferenciados. Por ejemplo, el acoplamiento entre derecho y política se regula por la Constitución. Derecho y política se condicionan mutuamente, sin embargo, las operaciones (entrelazadas recursivamente en cada uno de los sistemas) se mantienen separadas: la importancia política de una ley es algo enteramente distinto a su validez jurídica.

Los trazos teóricos que demarcan los conceptos aquí tratados, figurados como contraste, sostienen nuestra afirmación sobre lo inconmensurable de las teorías en cuestión. La primera discordancia expuesta es la definición que propone cada autor sobre la forma de la sociedad actual: para Althusser, es una sociedad de clases y para Luhmann es una sociedad diferenciada por funciones. En segundo orden, son estas distinciones las que construyen el problema teórico que intentan resolver cuando se preguntan por los vínculos que se establecen entre las instancias que componen la sociedad. Tenemos, pues, una tercera observación concluyente derivada de las anteriores: Althusser afirma que dichos vínculos son contradicciones emergentes determinadas y sobredeterminadas por las relaciones de dominación de clase, mientras que para Luhmann, el tema consiste en explicar cómo es posible la integración de los sistemas sociales autopoiéticos que guardan una función específica para una sociedad compleja.

5. Consideraciones finales: reproducción social o reducción de complejidad

La relación entre ideología y opinión pública es el punto más específico de este artículo, y tanto para Althusser como para Luhmann, forman parte de la dimensión simbólica de la sociedad. La ideología, en general, es la atmósfera simbólica que permite la reproducción de todas las prácticas sociales, mientras que la opinión pública se corresponde con los procedimientos simbólico reductivos del sistema político. Lo importante es que ambos conceptos pueden explicarse y definirse por su función social. Proponemos considerar como relevante el vínculo teórico entre estructura social y formas simbólicas de la sociedad a fin de observar las distancias decisivas en relación a la función social que señalan los autores en dichos conceptos.

Uno de los principios materialistas esenciales en la teoría marxista es que 1) toda sociedad está determinada (solo) en última instancia por su nivel económico y, 2) la lucha de clases es el motor de la historia. Por esto, afirmamos que en una sociedad de clases la ideología es siempre una ideología de clase, determinada en su contenido, por la lucha de clases, y que en ella la ideología dominante es la ideología de la clase dominante.

Esto significa que el marxismo considera a la sociedad como un todo complejo estructurado con diferentes niveles, específicos e irreductibles, articulados entre sí y, aunque contemple su dimensión simbólica como algo específico, muestra la primacía que tienen las relaciones de producción en el todo social. Las relaciones de producción, como vimos, son relaciones de explotación de clase que, a fin de sostenerse como tal, requieren dominación económica, política e ideológica. Solo después de estas consideraciones, es posible comprender las formas ideológicas de una sociedad capitalista a partir de su función social.

La demostración de la tesis althusseriana sobre la ideología está organizada en torno al problema de la reproducción: de las condiciones de producción, de los medios de producción, de la fuerza de trabajo y de las relaciones sociales de producción, momentos en los cuales interviene decisivamente el Estado y sus aparatos represivos e ideológicos (Althusser, 2011b: 14). El Estado interviene, para lograr la obediencia de los individuos (sujetos ya sujetados por la ideología), a través de los Aparatos Ideológicos de Estado (AIE). Las instituciones del Estado como la escuela, la Iglesia o el Ejército aseguran las habilidades, reglas y valores necesarios para el sometimiento de los agentes de la producción a la ideología dominante y al dominio de su práctica.

Lo dicho hasta aquí nos permite reconocer que las prácticas sociales se corresponden con una ideología específica (relativa a la ideología dominante) y con espacios físicos, donde se materializan esas ideas en prácticas concretas bajo la forma de rituales, que son los aparatos ideológicos de Estado. En el lugar de los AIE (iglesias, edificios escolares, canales de televisión, familia) se produce el proceso de inculcación ideológica (principalmente mediante ideología y también, aunque secundariamente, con represión) que opera sobre la representación imaginaria que se hacen los individuos de la relación que establecen con sus condiciones reales de existencia.

Por consiguiente, destacamos el lugar decisivo 1) de la lucha de clases en la producción, 2) la violencia física del Estado al servicio de la clase dominante en la producción y 3) de la materialidad de los aparatos ideológicos de Estado y las prácticas de su dominio, a fin de reconocer la grieta profunda que separa categóricamente una posición teórica de la otra. Bajo la consideración de estos principios materialistas, surge la pregunta sobre cómo los individuos, en la teoría funcionalista de Luhmann, aceptan el poder político de Estado, la propiedad (dinero), o la validez jurídica del derecho, como medios simbólicos generalizados que condensan referencias de sentido (expectativas) y hacen más probable la autopoiesis de la comunicación. Conviene repasar el enfoque luhmanniano al respecto.

En las antípodas de la teoría marxista, Luhmann describe a la sociedad contemporánea por su forma dominante de diferenciación funcional (bajo esta óptica, de acuerdo a la etapa evolutiva de una determinada sociedad puede considerarse segmentaria, estratificatoria o presentar formas combinadas

[2]). La diferenciación por funciones es provocada por la necesidad de mantener la cohesión bajo condiciones de crecimiento, donde los sistemas parciales reconstruyen al sistema total a través de una diferencia propia (sistema/entorno) (Luhmann, 2006: 473).

La diferenciación por estratos, antecedente histórico la sociedad moderna, está vinculada a la existencia de una aristocracia que, como casta superior, asume la responsabilidad de realizar la autodescripción de la sociedad. Cada estrato se convierte en un universo comunicativo separado de los demás, pero donde la clase superior ocupaba un lugar privilegiado que le permitía representar la sociedad como un todo (Luhmann, 1994, pág. 12).

Al contrario, la sociedad moderna funcionalmente diferenciada se caracteriza por la ausencia de jerarquía y de control del centro. Esto no significa que, en la sociedad moderna, no existan órdenes de subordinación o de desigualdades, sino que estos no resultan de la estructura primaria de la sociedad: una función deja de depender estructuralmente de su relación con las demás funciones.

Adicionalmente, puesto que el sistema social está formado por la comunicación, la evolución hacia la diferenciación depende de la producción de semánticas autónomas, y se traduce por la aparición de secuencias de comunicaciones propias a cada subsistema (. La unidad de la sociedad moderna se presenta de forma variada desde las perspectivas de sus distintos subsistemas; no puede darse una autorepresentación que abarque a la sociedad entera. Así, desde un punto de vista religioso, puede observarse una decisión política como obra del diablo, sin embargo, la religión no posee el monopolio de las múltiples autodescripciones que pueden hacerse en la sociedad.

Esto nos permite reunir tres elementos clave 1) estructura de la sociedad moderna, 2) centralidad de la función de los sistemas y 3) semántica histórica, dominante, autónoma y relativa al subsistema. Intentaremos observar la posición del concepto de opinión pública en este dispositivo teórico, a partir de su función simbólica y la relación que establece con la estructura de la sociedad a través del sistema político, porque ahí creemos que se ubica el punto central de contraposición entre Luhmann y Althusser.

En la teoría marxista, dijimos que de cada práctica los seres humanos se hacen una idea, que es la ideología de esa práctica, y todas esas ideas coexisten en la medida que coexisten las prácticas que las materializan. En un plano equivalente, para la teoría de sistemas funcionales, de cada participación en cada sistema, los individuos también se hacen una idea, condensada en un medio simbólico que reúne las expectativas de las comunicaciones y las hace posibles. Así como para Althusser, lo simbólico de una práctica se relaciona con una ideología regional, para Luhmann, los sistemas encierran una semántica propia.

En la teoría funcionalista, el sistema político de la sociedad conquista la capacidad funcional de tomar decisiones colectivamente vinculantes (Luhmann, 2009: 154). Alrededor del poder como medio simbólico, de sus codificaciones y programas, el sistema organiza un conjunto de distinciones propias que posibilitan la toma de decisiones políticas en un marco de complejidad reducida. La opinión pública contribuye a la elaboración de información del sistema político para calcular qué comunicación podrá ser aceptada y cuál rechazada, además, opera como una solución potencial al acceso desde los subsistemas funcionales hacia el sistema político en los procesos de tematización pública de problemas sociales (Luhmann, 2009: 312).

Como no existe un estrato superior que se adjudique totalmente la descripción del mundo, la sociedad produce sus descripciones e interpretaciones a través de los sistemas sociales. La observación de segundo orden es un modo de observación que desarrollan los sistemas para poder describirse, observarse a sí mismos y a su entorno. Este mecanismo de observación implica la observación de observadores, es decir, observa las distinciones que utilizan los observadores de primer orden. El sistema político observa observadores en la opinión pública para simplificar y filtrar procesos de comunicación.

El público habilita la clausura autorreferencial del sistema político, al tiempo que asegura el contacto o dicho en términos exactos: el acoplamiento estructural con el entorno, pues ofrece una solución al problema de cómo observa y cómo es observado el sistema político (Constantínides, 2013, pág. 11). En este esquema encuentra su lugar teórico y su función la opinión pública, no como recurso de dominio o deliberación, o como instancia intermedia entre la sociedad civil y el aparato administrativo, sino como solución, como logro evolutivo frente a la complejidad creciente del entorno y a la consecuente incertidumbre sobre lo que está allí.

Cumpliendo su labor sistémica, los individuos humanos (sistemas psíquicos) del público observan y señalan utilizando distinciones semánticas (significados de sentido para la comunicación) que provocarán un efecto en el sistema cuando sean comunicadas. Esas distinciones pueden ser liberal/proteccionista, conservador/progresista, honesto/deshonesto, constitucional/inconstitucional, estabilidad/inestabilidad, etc. No obstante, la diferenciación de la sociedad y la consiguiente autonomía semántica de los sistemas, impide universalizar e integrar a la sociedad a través de opiniones públicas libres de cualquier vínculo con un subsistema.

Según nuestras consideraciones, el punto ciego de esta teoría, es que desconoce la presencia decisiva que juegan las relaciones sociales de explotación (y la lucha de clases) en la organización, unificación y significación, por la función social de la ideología, de ese conjunto de distinciones (estabilidad/inestabilidad, constitucional/inconstitucional, o simplemente la valoración bueno/malo) que opera sistémicamente por medio de la opinión pública. Es decir, la semántica de las opiniones del público está organizada en y por aparatos ideológicos de Estado (familia, escuela, medios de información, etc.), y por esto, unificada y significada por la ideología de la clase dominante.

La teoría de sistemas sociales observa que la estructura de la sociedad y sus dinámicas empiezan en la comunicación, pues 1) la operación elemental de la sociedad es la comunicación, 2) solo la comunicación comunica y por eso, 3) solo la comunicación produce y reproduce comunicación. La comunicación es la operación dominante en la estructura de la sociedad, por lo tanto, dicha estructura es observada principalmente en su aspecto simbólico, por estas premisas, la función de los sistemas sociales es la reducción de la complejidad simbólica dada por y en la comunicación, entonces y en contraposición:

1) Si reconocemos la existencia social de la ideología y su presencia eficaz, debemos afirmar que la ideología es siempre una ideología de clase, determinada en su contenido, por la lucha de clases, y que en ella la ideología dominante es la ideología de la clase dominante.

2) Si en el proceso de diferenciación funcional de las sociedades modernas, una función deja de depender estructuralmente de su relación con las demás funciones y cada subsistema funcional tiene una semántica autónoma, entonces cómo se viabilizaron las relaciones de producción y circulación de mercancías, en “libertad e igualdad”, entre una masa de trabajadores desposeídos, una clase terrateniente y una nueva burguesía propietaria; cómo se posibilita que esa libertad e igualdad sea también una concepción dominante en la organización del nuevo derecho y del poder político de Estado y cómo es posible que esas condiciones sociales provoquen transformaciones en el corazón de las concepciones científicas y filosóficas que ponen en crisis los fundamentos divinos del poder y desplazan a la religión como aparato ideológico dominante en la ya antigua sociedad, o por consecuencia,

3) cómo se explica que la simbólica dominante de la comunicación de los sistemas sociales coincida con los intereses de la clase materialmente dominante en el sistema económico.

Si la sociedad es comunicación, y los individuos son el entorno de la sociedad (Luhmann, 2009: 381), un sistema psíquico, aun otorgando efecto causal al proceso de socialización[3] por interpenetración[4] en su formación como sistema (Luhmann, 1991: 224), no puede ser sujeto de una ideología si forma parte del entorno de la sociedad, es decir, de la comunicación. Según Luhmann, el proceso de socialización es autosocialización por la reproducción autorreferencial que efectúa el sistema psíquico en base a un esquema de diferencia (sistema/entorno). La conciencia no es ni sujeto, ni portadora de la comunicación (Luhmann, 2006: 75).

Bajo este enfoque, el individuo visto como sistema solo está sujetado a sí mismo, a las operaciones autopoiéticas de su conciencia acopladas a un entorno y determinadas por ese esquema de diferencia que lo hace único y complejo (¡de intranquilidad endógena!). Por consecuencia, para el sistema político, el espacio de lo público implica opacidad, intransparencia de comunicación y de los efectos de esa comunicación, pues “(…) lo público es el símbolo de opacidad que se crea cuando lo que se comunica es justo algo traslúcido” (Luhmann, 2009: 308).

Luhmann no niega que la opinión pública tenga efectos sobre lo que piensan los seres humanos, pero su teoría de la comunicación social le impide posicionar el problema bajo la perspectiva de la dominación y reconocerlo en su profunda materialidad. Por tanto, y de forma concluyente, creemos que la viabilidad y la eficacia de las reducciones de complejidad sistémica es inaprehensible sin un conjunto de ideologías particulares unificadas en la ideología dominante y constituidas en la lucha de clases. O, dicho de otra forma, la reducción de complejidad por medio de la opinión pública, como reducción de las multiplicidades subjetivas de lo que es jurídica y políticamente posible (Luhmann 1978: 89), es dominación política, económica e ideológica de clase.

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Notas

[*] El artículo es resultado de la tesina de grado, “¿La Opinión Pública existe? Un contraste entre la teoría de la ideología de Louis Althusser y la teoría de la opinión pública de Niklas Luhmann”, aprobada en diciembre de 2019 en la Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza, Argentina).
[2] De ahí que para Luhmann haya sociedades ubicadas evolutivamente en la periferia de la modernidad.
[3] Proceso que, mediante la interpenetración, forma el sistema psíquico y el comportamiento corporal controlado del ser humano.
[4] Concepto utilizado para indicar cuando dos sistemas ponen a disposición su complejidad para la formación del otro sistema, en este caso: sistema psíquico/sistemas sociales.

Notas de autor

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