Dossier
La deconstrucción del concepto de clases. El posmarxismo y las identidades colectivas no clasistas [*]
The deconstruction of the concept of classes. Postmarxism and non-class collective identities
La deconstrucción del concepto de clases. El posmarxismo y las identidades colectivas no clasistas [*]
Estudios Sociales Contemporáneos, núm. 18, pp. 37-53, 2018
Universidad Nacional de Cuyo

Recepción: 01 Septiembre 2017
Aprobación: 17 Octubre 2017
Resumen: La centralidad de los conceptos de clase y lucha de clases, que comienza con la tradición clásica marxista y prosigue con fuerza en la teoría del siglo XX, fue disminuyendo en las últimas dos décadas de ese siglo, incluso en las filas del “pensamiento crítico”. Después de la llamada “crisis del marxismo”, el reflujo de la izquierda se manifestó, a nivel de la teoría social, mediante un desplazamiento de sus conceptos fuertes -en particular, del análisis en términos de clases- y un reemplazo por “nuevas” nociones.
Palabras clave: clases sociales, pluralidad de lo social, nuevas identidades colectivas, pueblo, discurso.
Abstract:
The centrality of concepts of class and class struggle, which begins with the classical marxist tradition and continues strongly in twentieth-century theory, was declining in the last two decades of that century, even in the ranks of "critical thinking". After the so-called "crisis of marxism," the receding of the left was manifested, at the level of social theory, by a displacement of its strong concepts - in particular, analysis in terms of classes - and a replacement by "new" notions. Starting from this context, in this work we analyze the joint proposal that Laclau and Mouffe make in Hegemony and socialist strategy, since it constitutes one of the first and most important contributions to the postmarxist deconstruction. We critically examine its theses on antagonism, the new logic of social constitution, plurality and indeterminacy, contingency, its reproaches to the marxist conception of society and, in particular, its effort to deconstruct the very notion of “social class” and “class interests”, given the diagnosis of the emergence in mature capitalism of “non-class collective identities”. We also analyze the correlation that this approach has in terms of political strategy.
Keywords: social classes, social plurality, new collective identities, masses, discourse.
1. Presentación
Desde su tradición clásica en adelante, la teoría marxista ha tenido como característica fundamental el hacer un análisis de las sociedades y su historia a partir de los conceptos de clase y lucha de clases. De hecho, la teoría de Marx ha sido definida como el análisis de las diferentes formas de la lucha de clases y su conexión, tal es la importancia que tienen en su sistema conceptual estas categorías.
Marx da al concepto de clase una dimensión científica, al tiempo que le atribuye un papel medular en la explicación de la sociedad y la historia.
Pero esta centralidad del concepto de clase, que comienza con Marx / Engels y prosigue con fuerza en la teoría marxista del siglo XX (Lenin, Gramsci, Luckács, Poulantzas, por citar algunos) empezó a desdibujarse en las últimas dos décadas de ese siglo. En efecto, en este período y luego de la llamada “crisis del marxismo” y del derrumbe de los regímenes socialistas, las ciencias sociales se han visto caracterizadas por el desplazamiento de sus conceptos fuertes, y en particular, del análisis en términos de clases, y el reemplazo por “nuevas” nociones, destinadas a explicar realidades presuntuosamente inéditas[2].
La representación de las sociedades capitalistas a partir de la división en clases, que fue por mucho tiempo hegemónica en el pensamiento teórico de “izquierda”, ha retrocedido. Desde posiciones extremas se llegó incluso a decretar “la muerte de las clases”, objetando la potencialidad del concepto para explicar la desigualdad socio-económica, la formación de identidades y las dinámicas de la “acción colectiva”.
En su crítica a las teorizaciones post (modernas/estructuralistas/marxistas), Eduardo Grüner mostró que durante varios años toda alusión a las clases y a la lucha de clases fue considerada anacrónica y propia de un discurso de viejos “nostálgicos sesentitas” (nostálgicos de la clase), advirtiendo que, frente a los particularismos étnicos, subculturales o de género, la categoría de clase aparece para esa cosmovisión “[…] como una pura entelequia "textual" o un vergonzante resto arqueológico de las eras ‘(pre)históricas’” (Grüner, 1998: 28).
Además de ser muy propia del pensamiento posmoderno, esta negación de las clases es también característica del diagnóstico que hicieron en la última década del siglo XX intelectuales de países centrales en un contexto de capitalismo triunfante. Por ejemplo, Paul Kingston acuñó el término “sociedad sin clases”, que da nombre a su libro, para caracterizar a la sociedad norteamericana. Según su argumento, la complejidad de la división del trabajo habría debilitado las similitudes de condiciones que llevan a la conformación de las clases. La enorme movilidad social existente reduciría las diferencias en el bienestar y evidenciaría así también la inexistencia de las clases (Kingston, 2000). Junto al célebre fin de la historia (Fukuyama, 1992), al fin de las ideologías (Bell, 2015), y a la supuesta disolución de los Estados nacionales frente a una globalización sin límites, muchos intérpretes del capitalismo actual proclamaron también el fin del trabajo o la pérdida de su centralidad, el derrumbe de la condición salarial (Castel, 1997) y la desaparición del proletariado industrial o de la clase obrera (Gorz, 1981).
Sin embargo, no es nuestro objetivo aquí ocuparnos de los embates teóricos al marxismo provenientes de corrientes histórica y abiertamente enfrentadas al materialismo histórico, cosa que por lo demás hemos hecho en trabajos previos[3].
Específicamente nos proponemos analizar la crítica “posmarxista” respecto de los conceptos marxistas de sociedad y clase. Esto es, la de una serie de intelectuales que se encuadran o autodefinen a partir de determinado momento como “posmarxistas”, en un intento de “superación” de esta teoría, pero cuyos orígenes intelectuales están ligados a la tradición iniciada por Marx. En un principio estos autores buscan conjugar algunos conceptos del marxismo (en acepciones muy particulares) con contribuciones teóricas de formas de pensamiento muy diversas y distantes. Con el tiempo, su relación con el marxismo se va haciendo más tenue, lo que ha llevado a estudiosos como la marxista canadiense Ellen Meiksins Wood a afirmar que “el posmarxismo fue solo un paso hacia el antimarxismo” (2013: 38); o en un plano local, a Eduardo Grüner a decir que Laclau retrocede “a un pre-marxismo en perpetuo riesgo de deslizarse al anti-marxismo” (2017).
Las preguntas que guiarán nuestro trabajo, en consecuencia, son: ¿cuáles son los fundamentos y argumentos teóricos de la crítica posmarxista a la concepción clasista de la sociedad, a la concepción marxista de la conformación de identidades colectivas y antagonismos sociales?, ¿cómo se redefine la relación de estos autores con el marxismo luego de este fuerte posicionamiento crítico?
Como señala el sociólogo y profesor de la Sorbona Razmig Keucheyan, las teorías críticas contemporáneas son resultado del proceso de reflujo de la izquierda que comienza a mediados de los setenta y que alcanza su punto álgido en 1989, con la caída del Muro de Berlín. Estos nuevos pensamientos críticos son teorías de la derrota: teorías que se encuentran condicionadas por y que reflexionan sobre la derrota. Como consecuencia de esto, muchos pensadores de esta corriente buscan referencias teóricas por fuera del marxismo e incluso del estructuralismo (Keucheyan, 2013). En las ciencias sociales son frecuentes en las últimas décadas los intentos de sustituir al marxismo o de superarlo, pero sin perder la membresía al amplio abanico de la reflexión crítica. Una caracterización similar de estas teorías hace Grüner:
“Desde la ‘microfísica del poder’ de un Foucault a la ‘rizomática de los flujos deseantes’ de Deleuze/Guattari, desde el ‘deconstruccionismo’ de Derrida a la ‘teoría de las multitudes’ de Negri/Hardt o Paolo Virno, desde la ‘filosofía del acontecimiento’ de Alain Badiou a la ‘democracia radical’ post-marxista de Laclau/Mouffe –por sólo nombrar algunas de las más importantes ‘innovaciones’ en la teoría crítica de las décadas recientes–, se ha buscado un reemplazo no-marxista, postmarxista o incluso anti-marxista de la teoría crítica” (Grüner, 2006: 142).
Concentraremos nuestro examen en Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, ya que son indudablemente los principales exponentes de la deconstrucción posmarxista, además de ser, en el caso de Laclau, uno de los más importantes y discutidos teóricos políticos de la actualidad.
El argentino Ernesto Laclau (1935-2014) estudió filosofía e historia en la Universidad de Buenos Aires. Como estudiante se vinculó, en la década del 50, a la militancia socialista y al influjo peronista de la época. En los 60 integró el Partido Socialista de la Izquierda Nacional que lideraba Abelardo Ramos, y dirigió las revistas “Izquierda Nacional” y “Lucha Obrera”, ligadas a ese espacio político. En los 70 obtuvo una beca para estudiar en Inglaterra con Eric Hobsbawn. Allí se doctoró, tomó contacto con la izquierda inglesa y con la “New Left Review”, y desde 1986 se desempeñó como Profesor de Teoría Política (Universidad de Essex). Chantal Mouffe (1943- ), filósofa y politóloga belga, fue su compañera y coautora del célebre Hegemonía y estrategia socialista.
Teniendo como antecedente algunos textos de la década del 70 de Paul Hirst y Barry Hindess, y el publicado por el propio Lacau en 1977, Política e ideología en la teoría marxista, el libro que Laclau y Mouffe publicaron juntos en 1985, Hegemonía y estrategia socialista, es prácticamente el acta de nacimiento de la operación posmarxista y presenta ya toda una serie de posiciones que se desplegarán también en textos posteriores. Este trabajo aparece en un momento de auge del neoliberalismo y, como correlato en el plano ideológico, de difusión del pensamiento posmoderno. Su carácter de “piedra fundacional” del posmarxismo es lo que justifica la elección de esta obra como objeto principal de nuestra indagación.
En Política e ideología en la teoría marxista Laclau (1980) criticaba a aquellos que tendían a considerar toda ideología política como una ideología de clase, ignorando de ese modo aspectos ideológicos que no encajan con los intereses de clase. El problema del reduccionismo en la teoría política marxista era puesto en el centro del debate tempranamente por Laclau, pero todavía evitando un distanciamiento con el marxismo, reconociendo la prioridad de las relaciones de producción en la determinación última de los procesos históricos.
En Hegemonía y estrategia socialista, en cambio, Laclau y Mouffe sostienen la necesidad de redefinir las categorías de análisis del marxismo o de fundar una interpretación posmarxista que abandone / trascienda conceptos ya inadecuados. El diagnóstico del que parten, y que justificaría esa posición, es que la declinación de la clase obrera clásica en los países postindustriales y las nuevas formas de protesta social, así como las nuevas formas de dominación en los países socialistas, dan cuenta de una nueva realidad histórica (de dispersión y fragmentación) que debe estudiarse sin los prejuicios teóricos del pasado.
Un objetivo explícito del libro, que está en el foco de nuestro interés, es “deconstruir la noción misma de clase social”. Veamos en qué consiste y cuáles son los fundamentos de esta empresa.
2. Contingencia e indeterminación de lo social
Los autores apuntan la emergencia de una nueva lógica de constitución de lo social, la hegemonía, que recompone de manera distinta los fragmentos sociales dislocados por el desarrollo desigual y combinado del capitalismo tardío. Esta nueva lógica de lo social —argumentan— es incompatible con las categorías básicas de la teoría marxista (Laclau y Mouffe, 1987: 11).
Frente a la representación clásica de la sociedad y la historia como totalidades inteligibles explicables por “leyes”, a partir de la “necesidad histórica”, y al intento inherente a la teoría marxista de capturar en sus conceptos la “esencia” o sentido subyacente de la historia, la “contingencia” es la marca distintiva de esta nueva lógica. Trataremos de explicar esto a lo largo de estas páginas.
Según este análisis, en el capitalismo maduro (y las periferias no escapan a este fenómeno), emergen identidades colectivas que no se constituyen a priori en términos de clase. Esto es, las identidades colectivas y populares que surgen “no se recortan en términos de la divisoria de clases” (Laclau y Mouffe, 1987: 7).
Con la democratización del Estado y la sociedad, los trabajadores pasan de ser “proletarios” a ser “ciudadanos”, y comienzan a participar en distintos planos de la vida de su país, es decir, en muy diferentes relaciones sociales, ocupando así una pluralidad de “posiciones de sujeto” (en función de su sexo, nacionalidad, clase social, etc.). Por lo tanto, su identidad es inestable. La unidad de las “posiciones de sujeto” (de la pluralidad de puntos de antagonismo y formas de lucha en las que se participa) —entienden— es precaria y está sometida a una constante “rearticulación hegemónica”. Nada garantiza a priori cuál de estas posiciones operará como elemento suturador, ello es contingente.
El sujeto político que surge, entonces, es indeterminado, no necesariamente es un sujeto de clase. La conflictividad social no queda encerrada en el terreno de las relaciones de clase sino que se extiende a otros terrenos (movimientos feministas, de minorías étnicas, nacionales y sexuales, antinucleares, antiinstitucionales)[4]. De aquí la necesidad para ellos de deconstruir la noción de clase.
En términos políticos, la consecuencia de este nuevo enfoque es una redefinición del proyecto socialista. El propósito de la nueva izquierda debe ser, según la propuesta de Laclau y Mouffe, el de una radicalización de la democracia para avanzar hacia sociedades más libres e igualitarias. Esto se logra conjugando y articulando las luchas de diferentes movimientos sociales contra variadas formas de subordinación (de clase, de género, raciales, ecologistas, etc.). En otras palabras: expandiendo a distintas esferas la revolución democrática iniciada en el siglo XVIII.
El concepto de hegemonía, de raigambre marxista, es retomado en el planteo de Laclau y Mouffe, por eso repasan su significación en diferentes autores y expresiones del pensamiento marxista (Lenin, Gramsci, Rosa de Luxemburgo, Kautsky, Plejánov, Bernstein, trotskismo). Más allá de todos los matices y sutilezas largamente analizados en la obra en cuestión, el problema, para la mirada laclauniana, es que en todos esos casos el concepto de hegemonía remite al de clases: ya sea porque el sujeto es un sujeto de clases; porque la unidad resultante de la articulación es una unidad de clase o una alianza de clases; porque los objetivos, demandas o intereses tienen un sentido clasista; porque la política es representación de intereses de clase; porque las ideologías son ideologías de clase; o porque la hegemonía es la hegemonía de una clase.
Para ponerlo claro: el supuesto común (materialista) que está en la base de todas estas concepciones marxistas es que hay una relación necesaria (lo que –agreguemos nosotros– no significa directa, mecánica, automática, unidireccional) entre condiciones socio-económicas e intereses político-ideológicos. Y esta es una barrera que separa al marxismo del posmarxismo: el pensamiento posmarxista, aferrado a la contingencia, tiende a negar que exista esa relación necesaria o “lógica”. En el caso de algunos desarrollos teóricos, más extremos que el de Laclau y Mouffe, se invierte la relación mecánica del marxismo vulgar, entendiendo que la situación económica se define por intereses políticos e ideológicos. La política y la ideología son prácticas autoconstituidas; es imposible decir de dónde surgen porque simplemente caen del cielo. Se pasa, en estos enfoques, del economicismo a una hiperpolitización (Eagleton, 2005: 269-273).
Economicismo y esencialismo de clase son los reproches fundamentales que Laclau y Mouffe le hacen al marxismo, en aquel recorte que constituye nuestro objeto de análisis. El economicismo consiste en explicar la sociedad globalmente en términos de intereses económicos. El esencialismo supone pensar que las identidades colectivas se constituyen a partir de una “esencia” en función de las relaciones de producción y que son exteriores o independientes de los procesos sociales y políticos. Es decir, la concepción esencialista de la estructuración del espacio económico desconocería que en el espacio de la economía operan, como en otros niveles de lo social, prácticas hegemónicas.
A pesar de la disgregación de las formas más ortodoxas de la teoría marxista, hay algo que persiste aún en las más interesantes de sus tendencias –advierten en el texto Laclau y Mouffe, al tiempo que se distancian de esta tesis–: la idea de la determinación en última instancia por lo económico. El mundo sigue siendo pensado en las diferentes lecturas marxistas a partir de la existencia de intereses económicos en disputa. Para los marxistas, estos intereses no explican sólo la vida económica sino la sociedad en general.
“Ya se considere a la clase obrera como líder político de una alianza de clases (Lenin), o como núcleo articulador de un bloque histórico (Gramsci), su identidad fundamental se constituye en un terreno distinto de aquél en el que las prácticas hegemónicas operan. Hay así un umbral que ninguna de las concepciones estratégico–hegemónicas traspasa. En consecuencia, al mantener la validez del paradigma economicista en una cierta instancia —última pero decisiva, ya que constituye el sustrato racional de la historia— se le atribuye una necesidad que sólo deja lugar para pensar las articulaciones hegemónicas como simple contingencia. Y este último sustrato racional, que da sentido tendencial a los procesos históricos, tiene una ubicación específica en la topografía de lo social: en el nivel económico” (Laclau y Mouffe, 1987: 133-134).
Prescindiendo momentáneamente de la forma particular en que la presentan (“paradigma economicista”, “sustrato racional”), reparemos en que esta divergencia con el marxismo no es un detalle ni un sutil matiz, pues se aparta o incluso enfrenta las tesis básicas, que se encuentran en el corazón mismo de la teoría marxista de la sociedad, y que definen intrínsecamente al materialismo histórico: la determinación económica en última instancia, y la lucha de clases como motor de la historia. Aunque esta última tesis no es mencionada aquí explícitamente, no caben muchas dudas: lo que ellos llaman el “sustrato racional” de la historia, las “leyes” que la gobiernan, es lo que el marxismo designa como “motor” o fuerza motriz de los acontecimientos históricos: la lucha de clases.
Desde el punto de vista de esta lectura deconstruccionista —discutible, pues simplifica y elude toda una serie de discusiones— ese sentido y sustrato racional de la historia que asignan al marxismo está dado por el desarrollo de las fuerzas productivas, las cuales tendrían además, en ese esquema conceptual, un carácter neutral. La economía es concebida en la teoría marxista “[…] como una mecánica de la sociedad, que actúa sobre los fenómenos objetivos independientemente de la acción de los hombres” (Laclau y Mouffe, 1987: 137). Para que esto ocurra, agregan, en el proceso de trabajo ningún elemento puede escapar a la determinación de ese mecanismo. En el proceso de producción capitalista, nada escaparía a la lógica del capital, la cual podría dominar sin trabas.
Esta es una de las tesis que Laclau y Mouffe atribuyen al marxismo y se esfuerzan por refutar. El espacio económico —contraponen— no es un espacio autónomo, con leyes endógenas, sino que él mismo es político y está atravesado por prácticas hegemónicas. El proceso de trabajo, por ejemplo, es el terreno de una lucha: en él hay un elemento que puede poner en cuestión la lógica de dominación del capital, que puede resistir a los mecanismos de control y así influir en el desarrollo económico: ese elemento es la fuerza de trabajo. Presentando a la fuerza de trabajo como una mercancía, equiparable a cualquier otra, el marxismo —afirman— soslaya justamente ese hecho, el hecho de que su valor de uso no se realiza automáticamente a partir de su compra (el capitalista tiene que lograr hacerla producir trabajo). Y esto porque no es un insumo cualquiera del proceso productivo, sino que se trata de personas capaces de acción. El desarrollo de las fuerzas productivas, la organización del trabajo, no es un desarrollo natural sino que está condicionado por la necesidad de los capitalistas de ejercer su dominación en el proceso de trabajo (Laclau y Mouffe, 1987: 138-142).
Ahora bien, ¿con qué versión vulgarizada del marxismo discuten pretendiendo discutir con el marxismo en su conjunto? Porque, digámoslo claramente, la idea de que el espacio económico no es autónomo sino que lo político actúa a su vez sobre él no sólo está presente en muchos pensadores marxistas contemporáneos que enfatizan la sobredeterminación o la importancia de lo político (Althusser y Balibar, Poulantzas, Hall, Meiksins Wood, por citar algunos de los que escribieron en las décadas de los 60, 70 y 80[5]), sino en los mismos clásicos (explicitado fundamentalmente por Engels en varias de sus cartas[6]). La tradición marxista clásica proclamó reiteradamente la interacción de las distintas fuerzas y la autonomía relativa de los campos ideológico y político. La discrepancia está en que para ella la acción recíproca es entre fuerzas desiguales, una de las cuales tiene finalmente primacía. Hay un factor que a la larga o en última instancia (lo que no significa siempre, inmediata ni directamente) es determinante: el económico, y esto es el que Laclau y Mouffe denominan “economicismo” y no están dispuestos a defender a partir de su trabajo de 1985. Para ellos, la categoría althusseriana de “sobredeterminación”, que reivindican, y la de “autonomía relativa”, son incompatibles con la de “determinación en última instancia por lo económico” (Laclau y Mouffe, 1993: 128).
Tampoco pueden ignorarse, añadamos, todos los esfuerzos dentro del marxismo (con excepción de sus formas más deterministas o mecanicistas) por mostrar la no neutralidad de las fuerzas productivas y de las formas de organización del trabajo. El análisis de la plusvalía relativa y de las formas para elevar la productividad del trabajo de El capital ilustra cómo el desarrollo de las fuerzas productivas no es neutro, sino que es la realización material de las relaciones de producción capitalistas. Para Marx, como lo explica Althusser (1977), todas las condiciones de producción están dominadas por la existencia de clases y lucha de clases[7]. Bastaría una lectura atenta de algunas secciones del tomo I de El capital para descubrir que la atribución a Marx de un determinismo tecnológico es bastante descuidada: todo el proceso de producción capitalista está atravesado en su análisis no por premisas neutrales de desarrollo y eficiencia sino por la explotación de clases, la dominación y la lucha.
En otras palabras, la crítica al economicismo o a la “ilusión economicista” no es una novedad posmarxista, sino que es interior a la teoría marxista desde sus inicios. Lo que sí es una novedad (en realidad esta no es la palabra adecuada, porque desde Max Weber en adelante toda la sociología académica se empeña en ese sentido) es el abandono por parte de los posmarxistas de la tesis materialista de la determinación económica en última instancia.
3. Conformación de los sujetos sociales y de la clase obrera
Otra tesis del marxismo que no es aceptada en el texto fundador del posmarxismo es la de la unidad a nivel económico de los agentes sociales, es decir, la de la constitución por la economía de sujetos colectivos unificados. Para el caso de la clase obrera, esa premisa de la unidad está asociada a la tesis de la pauperización y homogeneización crecientes.
Repasando los debates marxistas en torno a la definición y a los límites de la clase obrera, la propuesta de Laclau y Mouffe es drástica: ya que nos encontramos ante una fragmentación de posiciones al interior de los agentes sociales —hay pluralidad de posiciones débilmente integradas o incluso contradictorias en cada agente—, que no tienen entonces una identidad última o privilegiada, hay que abandonar la idea clásica de una “clase obrera”, en tanto agente unificado y homogéneo, constituido a priori.
Para los autores de Hegemonía y estrategia socialista la unidad de la clase obrera, constituida en torno a un “interés de clase”, no existe. Y este planteo tiene consecuencias teóricas importantes, pues parece que de postular la inexistencia de la unidad de clase a postular la inexistencia de la clase hay un paso bastante corto. La deconstrucción de la noción de clase, cobra aquí contornos definidos.
En efecto, uno de los fundamentos que encuentran los politólogos para cuestionar la unidad de clase es poner en duda la idea misma, común entre los marxistas, de que existe un “interés objetivo” de clase, más allá de la conciencia de los agentes. Ellos tienden a ver más que un interés “objetivo” (lectura esencialista), una atribución arbitraria de intereses a un grupo por parte de los analistas (Laclau y Mouffe, 1987: 137). “En definitiva, el argumento de Laclau y Mouffe es que no existen cosas tales como los intereses materiales, sino solamente ideas sobre ellas construidas en términos discursivos” (Meiksins Wood, 2013: 133).
Para los posmarxistas, no existen identidades o intereses “fijos” sino que son siempre construcciones cambiantes, a partir de prácticas ideológicas, institucionales y discursivas en la que los agentes sí participan. O lo que es lo mismo: los “intereses” no son objetivos sino que son productos históricos precarios sujetos a procesos de disolución y redefinición (Laclau y Mouffe, 1993: 133)[8].
Similar cuestionamiento está presente en otros cientistas sociales que adoptan una postura anti-realista (contra el realismo filosófico) y entienden que no hay intereses objetivos dados por la realidad, sino que los intereses son aquello que construimos. De esta manera, como advierte Eagleton en su análisis del posmarxismo, en particular de la obra de Hirst y Hindess, “la política marca la pauta a la economía”. Los fines o intereses políticos “no pueden derivarse de la realidad social, pues la realidad social deriva de ellos; y están por ello obligados a permanecer tan misteriosamente huérfanos y autorreferenciales como la obra de arte para toda la tradición de la estética clásica” (Eagleton, 2005: 264).
Pero volvamos al planteo de Laclau y Mouffe. No sólo se equivocan —prosiguen— quienes ven en la unidad de la clase obrera un dato de la estructura social, también quienes se la representan como un efecto de la proletarización y pauperización, y luego, quienes la conciben como producto de la descalificación. La clase obrera no es homogénea ni atraviesa un proceso de homogeneización: por el contrario —aseguran— se observa cada vez una mayor fragmentación del mercado de trabajo (según calificación, sexo, raza, condiciones de trabajo y salariales, y por la existencia de desocupados estructurales) y una consecuente división de la clase en fracciones.
Además, la denominación “clase obrera” (o como prefieren llamarle estos pensadores de manera no casual ni inocente, el “rótulo” clase obrera) se vuelve problemática y ambigua, ya que hace alusión a dos condiciones diferentes, y con diferente evolución histórica: la condición salarial (vendedores de la fuerza de trabajo a cambio de un salario), por un lado, y el lugar ocupado en el proceso de trabajo (trabajadores manuales o productivos), por otro.
En realidad, para los filósofos argentino y belga, la clase obrera está atravesada por una pluralidad de posiciones de sujeto fragmentadas, débilmente integradas, a veces contradictorias, que ponen en jaque la noción misma de clase obrera. En este punto, el planteo no difiere del de muchos posmodernos. He aquí la empresa deconstructiva en toda su espesura:
“[…] No hay ningún fundamento para privilegiar ciertas posiciones de sujeto antes que otras en la determinación de los intereses «objetivos» del agente como un todo —en verdad, esta última noción pasa a carecer de todo sentido—. Si se quiere avanzar en la determinación de los antagonismos sociales lo que hay que hacer, por tanto, es analizar esta pluralidad de posiciones diversas y en muchos casos contradictorias, y abandonar la idea de un agente perfectamente unificado y homogéneo tal como la «clase obrera» del discurso clásico. La búsqueda de la ‘verdadera’ clase obrera es un falso problema, y como tal carece de toda relevancia teórica o política” (Laclau y Mouffe, 1987: 149).
Ahora bien, que la teoría marxista hable de “burguesía”, “clase obrera”, “pequeña burguesía”, etc., no significa que considere a esas clases como clases totales, “perfectamente homogéneas” y carentes de contradicciones internas. En sus análisis concretos el propio Marx alude a la existencia de fracciones de clase (por ej.; en El dieciocho brumarios de Luis Bonaparte) y otros pensadores marxistas posteriores han teorizado sobre la división de las clases en fracciones, capas, categorías.
Lo que nos interesa subrayar es que pareciera que para el posmarxismo refutar la tesis de la homogeneidad de la case llevara de manera inmediata e indiscutible a aceptar la idea de que es necesario superar el análisis de clase. Desde nuestra perspectiva, el posmarxismo no tiene en cuenta el hecho de que el modo de producción capitalista y su forma de acumulación / explotación sigue dominando en las formaciones sociales, que las relaciones de producción siguen oponiendo a los que viven del trabajo y los que viven de la propiedad (cada vez más concentrada), es decir, a trabajadores y propietarios de medios de producción, más allá de toda la complejidad que esto tenga en las formaciones sociales concretas, y que estas son razones sustantivas para no desechar tan livianamente el análisis de las sociedades en términos de clases.
4. Correlato político del desplazamiento teórico: la democracia radical y plural
Así las cosas, si en esta problemática los conceptos de “clase obrera” y de “interés de clase” de la clase obrera pierden consistencia, la idea de un interés de la clase obrera en el socialismo también pasa a ser relativizada, en tanto no hay ya, para estos analistas, ninguna relación lógica ni necesaria entre las posiciones económicas (posiciones en las relaciones de producción) y los objetivos o mentalidad política. Nada certifica que haya una relación “natural” o intrínseca entre las demandas obreras y las banderas socialistas.
Dicho de otro modo, no hay desde este punto de vista un agente “privilegiado” del cambio histórico, pues una variedad de demandas democráticas pueden articularse al socialismo sin ser secundarias respecto de las demandas clasistas.
En palabras de Ellen Meiksins Wood[9], este Nuevo Socialismo “Verdadero” —como le gusta llamar al posmarxismo de los 80 por analogía al “socialismo verdadero” criticado por Marx y Engels en El manifiesto comunista— supone que,
“al no haber una correlación necesaria entre economía y política, la clase obrera no ocupa una posición privilegiada en la lucha por el socialismo. Sostiene, en cambio, que es posible construir un movimiento socialista apelando a medios ideológicos y políticos relativamente (¿absolutamente?) autónomos de las condiciones económicas de clase, y motivado no por los crudos intereses materiales de clase sino por el atractivo racional del ´bienestar humano universal’ y la sensatez del orden socialista” (Meiksins Wood, 2013: 48-49).
Esto nos lleva otra vez al tema de la pluralidad e indeterminación de lo social, que es el hilo conductor del análisis de Hegemonía y estrategia socialista y la categoría que permite entender la deconstrucción de la noción de clase social y el abandono de la idea de lucha de clase como principio explicativo fundamental.
Marx pensaba la diferenciación o división social a partir de las oposiciones o luchas de clases. Pero esta representación, alertan los posmarxistas, elude una cuestión: que el conflicto social no se agota en el conflicto de clases; que la oposición de clases no puede dividir a la totalidad del cuerpo social en dos campos antagónicos, ni reproducirse con esas mismas fronteras en el plano de la lucha política.
Dejada atrás entonces la problemática del materialismo histórico y sus postulados teóricos, Laclau y Mouffe procuran, en el último capítulo de su célebre libro, delinear el proyecto de una “democracia radicalizada”, que profundice la ideología liberal-democrática, y que tenga como sujeto no a la clase obrera sino a un sujeto plural indeterminado, no constituido por relaciones de clase, una alianza popular de individuos con identidades sociales múltiples.
Como no creen que la resistencia a situaciones de subordinación o la lucha contra el poder sean inevitables o un resultado natural, la pregunta que se formulan e intentan responder es: ¿cuáles son las condiciones de emergencia de una acción colectiva de lucha contra las desigualdades?, ¿cuándo la subordinación pasa a ser opresión/antagonismo? La respuesta está en el discurso: es necesaria una determinada formación discursiva, un nuevo imaginario social.
“[…] No hay relación de opresión sin la presencia de un ‘exterior’ discursivo a partir del cual el discurso de la subordinación pueda ser interrumpido. […] Nuestra tesis es que es sólo a partir del momento en que el discurso democrático va a estar disponible para articular las diversas formas de resistencia a la subordinación, que existirán las condiciones que harán posible la lucha contra los diferentes tipos de desigualdad” (Laclau y Mouffe, 1987: 253-254).
Desde la Revolución francesa en adelante –explican– se impone el principio de libertad e igualdad y se afirma el poder absoluto del pueblo. Este proceso que simboliza la ruptura con la sociedad jerárquica y desigualitaria del Antiguo Régimen es designado con la expresión “revolución democrática”. Este discurso democrático es la condición que permite pensar los distintos tipos de desigualdad como ilegítimos e identificarlos (equivalencia) como formas de opresión. El feminismo, por ejemplo, sólo puede surgir cuando el discurso liberal-democrático impregna el imaginario social. En la historia, primero son los derechos políticos los que se reivindican, luego serán las desigualdades económicas las que se ponen en cuestión.
Las reivindicaciones socialistas son así un momento interior a la revolución democrática y su lógica equivalencial (equivalencias entre las distintas luchas contra la opresión). Esta revolución democrática encuentra además un momento de expansión con el Estado de Bienestar y su satisfacción de variadas demandas. El imaginario democrático-liberal se desplaza a nuevas áreas; la conflictualidad y el reconocimiento de derechos se extienden a nuevas relaciones sociales; aparecen nuevas luchas protagonizadas por los llamados “nuevos movimientos sociales”.
Desde el punto de vista de Laclau y Mouffe, esta proliferación de antagonismos a partir de diferentes posiciones de sujeto acaba con la idea de un sujeto unitario de las luchas sociales (la clase) y conduce a una concepción pluralista y democrática. De ahí el proyecto de una “democracia radicalizada y plural”.
La distancia respecto de las tesis básicas del materialismo histórico es nítida: no hay una instancia que pueda ser en último término determinante (la económica), no hay un principio fundante (la relación de clase, la explotación) al que puedan reconducirse o que sobredetermine, atraviese, dé sentido o explique las diversas identidades y sus luchas.
Como ya lo hiciera la sociología académica desde sus formulaciones clásicas en adelante, la sociedad es pensada, en esta tentativa post, como conjunto de esferas u órdenes autónomos. Lo que es un principio de análisis, cobra aquí además la forma de una propuesta o proyecto político: “El proyecto de una democracia radical y plural, por consiguiente, en un primer sentido, no es otra cosa que la lucha por una máxima autonomización de esferas, sobre la base de la generalización de la lógica equivalencial–igualitaria” (Laclau y Mouffe, 1987: 275).
Esta lógica supone la expansión de las luchas democráticas y su articulación en cadenas de equivalencia a través de una construcción hegemónica: por ejemplo, de la lucha anticapitalista, antisexista y antirracista en pie de igualdad, y no unas a costa de otras.
5. La determinación discursiva
Sin apegarnos a la letra del escrito de 1985 podemos repreguntarnos: ¿realmente no hay ningún tipo de determinación en esta problemática, no hay ninguna instancia determinante? Arriesgamos una respuesta: en el planteo posmarxista la determinación está dada por el discurso, pues lo social se constituye discursivamente. Claro que se intenta dar a la noción de discurso un sentido amplio, relativo al ordenamiento de relaciones sociales, a la práctica que articula elementos, y no a un campo puro del pensamiento. Las identidades sociales o colectivas así son construcciones discursivas, definidas relacionalmente, por eso tienen un carácter precario, no fijo, no necesario, un sentido transitorio o contingente.
La opresión y el antagonismo (por ejemplo, de las distintas clases explotadas: de los esclavos, de los siervos, de los obreros) están supeditados en esta problemática a la existencia de una formación ideológica que las ponga en palabras y convierta a la subordinación en una relación ilegítima, permitiendo la emergencia de una acción colectiva de lucha contra la desigualdad. Más que de “indeterminación de lo social” podríamos hablar de “determinación discursiva”.
Coincidimos por ello con la apreciación de Atilio Borón cuando dice que, queriendo combatir el “reduccionismo clasista”, Laclau termina cayendo en la trampa del reduccionismo discursivo. En su planteo —observa agudamente el intelectual marxista— las contradicciones de la sociedad son meramente discursivas: no reposan en la naturaleza de las relaciones sociales, sino que son construcciones mentales, pura creación del discurso.
“Conclusión interesante, si bien un tanto conservadora: las contradicciones del capitalismo se convierten, mediante la prestidigitación ‘posmarxista’, en simples problemas semánticos. Los fundamentos estructurales del conflicto social se volatilizan en la envolvente melodía del discurso, y de paso, en estos desdichados tiempos neoliberales, el capitalismo se legitima ante sus víctimas pues sus contradicciones sólo serían tales en la medida en que existan discursos que lacanianamente las hablen. La lucha de clases se convierte en un deplorable malentendu. No hay razones valederas que la justifiquen: ¡todo se reduce a un simple problema de comunicación!" (Borón, 2000: 79).
Paradójicamente, dada la centralidad que su antiesencialismo le otorga al discurso, el planteo de Laclau y Mouffe termina siendo idealista, justamente la tendencia filosófica y la concepción de la historia que más se empeñaron Marx y Engels por combatir. Porque el antagonismo depende en ese planteo de condiciones discursivas (de la existencia de ideologías, idearios, valores, principios), entonces la explotación, concepto central de la concepción marxista de la historia, no resulta de la propia naturaleza de las relaciones de producción, de la propiedad privada de los medios de producción, sino de un discurso que visibilice esa relación como injusta o ilegítima ante los oprimidos. Borón lo advierte:
“En esta renovada versión, ahora sociológica, del idealismo trascendental –ciertamente pre-marxista, y no posmarxista, al menos cronológicamente hablando– el discurso se erige en la esencia última de lo real […]. La explotación capitalista ya no es resultado de la ley del valor y de la extracción de la plusvalía, sino que sólo se configura si el obrero la puede representar discursivamente o si, como decía Kautsky, alguien viene "desde afuera" y le inyecta en sus venas la conciencia de clase. La apropiación capitalista de la plusvalía, como proceso objetivo, no sería así suficiente para hablar de antagonismo o lucha de clases mientras los obreros no sean conscientes de ello, se rebelen y resistan esa exacción” (Borón, 2000: 79).
La categoría de discurso lo abarca todo y termina borrando la distinción entre pensamiento y realidad material. Al respecto, la crítica del marxista británico Terry Eagleton es muy atinada:
“Con Laclau y Mouffe llega a su apogeo lo que Perry Anderson ha denominado la ‘inflación del discurso’ en el pensamiento postestructuralista. En una desviación herética de su mentor intelectual Michel Foucault, Laclau y Mouffe niegan toda validez a la distinción entre prácticas ‘discursivas’ y ‘no discursivas’, en razón de que una práctica está estructurada de acuerdo con un discurso. La réplica sumaria a esto es que una práctica puede estar organizada como un discurso, pero de hecho es una práctica más que un discurso. No es necesario confundir las cosas y homogeneizarlas para subsumir bajo el mismo nombre algo como predicar un sermón y quitarse un guijarro del oído izquierdo” (Eagleton, 2005: 279).
Según él, la teoría del discurso fue la herramienta esencial por la que todo un sector de la izquierda (el posmarxismo) se desplazó de posiciones revolucionarias al reformismo; fue la llave ideológica de esa retirada política. Y añade:
“En este medio teórico rarificado, toda referencia a la clase social o a la lucha de clases pasó a tacharse rápidamente de ‘vulgar’ o reduccionista, en una reacción de pánico al ‘economismo’ que en cualquier caso todo socialista inteligente había abandonado mucho tiempo atrás. Y entonces, tan pronto esta posición se convirtió en la ortodoxia de moda de sectores de la izquierda política, un sector de la clase trabajadora inglesa se embarcó en la fase mayor y más prolongada de militancia industrial de los anales de la historia sindical inglesa…” (Eagleton, 2005: 279).
20 años después de su libro con Mouffe, y siguiendo esa línea, Laclau publicará La razón populista, en donde se interroga también sobre la constitución de las identidades colectivas. Aquí, la categoría social que está en el centro del análisis y que desplaza a la clase es la categoría de pueblo. Este es el “nuevo actor histórico”, el actor de las futuras transformaciones, y se caracteriza por una heterogeneidad social irreductible.
Si el poder no satisface las demandas sociopolíticas de los distintos sectores, si hay una acumulación de demandas insatisfechas y una “incapacidad del sistema institucional para absorberlas de un modo diferencial” (por separado), la “lógica de la diferencia” (dada por la heterogeneidad constitutiva del mundo social) puede transformarse en “lógica de la equivalencia”, a partir de una alianza de aquellos cuyas reivindicaciones han sido rechazadas. Es decir, en la inconformidad con el statu quo, las demandas populares articuladas comienzan incipientemente a constituir al “pueblo” como actor histórico potencial (Laclau, 2005: 99). Esto divide la sociedad en dos campos y dicotomiza el espectro político, traza fronteras internas antagónicas. En oposición a un adversario situado en el campo del poder (el “régimen”, la “oligarquía”, los “grupos dominantes”), el pueblo puede constituirse así en un sujeto político y conformarse en el principal vector de la emancipación.
6. A modo de síntesis y conclusión
Como dijimos ya, el apriorismo esencialista y el clasismo han sido, para la mirada laclauniana que intenta superar al marxismo, los obstáculos fundamentales del pensamiento de izquierda[10]. Porque para esta mirada, que tiene por rasgo distintivo autonomizar la ideología y la política de cualquier base social y especialmente clasista, todas las luchas son parciales: no hay una ontológicamente diferente. No hay una fuerza social capaz de operar un cambio radical en la sociedad, no hay un sujeto “privilegiado” de la emancipación, ni antes (la clase obrera), ni ahora (nuevos sujetos políticos). No hay tampoco puntos privilegiados de ruptura, ni formas de organización positivas o negativas en sí mismas (partidos por ej.), ni contenidos determinables de una política de izquierda al margen de cada contexto. Toda flota en el océano de la contingencia. No hay sujetos estables (en las prácticas articulatorias los elementos establecen relaciones que modifican su identidad) ni intereses objetivos de los individuos especificables a priori (sino que son producidos discursivamente)[11].
Políticamente las consecuencias no son inocuas: el proyecto socialista, la crítica al capitalismo y la búsqueda de oponer una forma radicalmente distinta de organización de la sociedad, se entremezcla en el amplio abanico de reivindicaciones del proyecto profundizador de la revolución democrática, el de la “nueva izquierda”, que no tiene por qué otorgar primacía a ningún tipo de contienda. Sólo rechazando la idea de que hay una relación de explotación definitoria del capitalismo (la explotación del capital sobre el trabajo), es que puede pensarse que el agente subordinado de esta relación no ocupa un lugar central en la lucha por un nuevo orden social no capitalista. De hecho para Laclau y Mouffe, existe una variedad de luchas anticapitalistas justamente porque existen muchos puntos de antagonismo entre el capitalismo y distintos grupos de la población (por la contaminación, por la carrera armamentista, etc.).
La “estrategia socialista”, que iba a fondo porque atacaba las bases mismas del régimen capitalista al perseguir la eliminación del capital como relación social, es fuertemente reformulada por Laclau y Mouffe. Desde el momento en que se deja de lado el concepto de clase, el propósito fundamental del socialismo, a saber, la abolición de todas las clases y el tránsito hacia una sociedad sin clases, pierde su razón de ser o al menos su centralidad.
En base a todo el análisis precedente, concordamos entonces con los pensadores ya citados (Meiksins Wood, Grünner, Cinatti) que han visto en el “posmarxismo” una ruptura o un abandono del marxismo, más que una renovación o continuidad crítica, sobre todo si atendemos a la dinámica de las clases y al papel de la lucha de clases, que es lo que particularmente nos ocupa. Esta cita lo sintetiza bien:
“Frente al triunfalismo capitalista de la época y al fracaso del stalinismo, Laclau se propone ‘salvar al proyecto marxista de la obsolescencia’, al precio de negar sus fundamentos y la posibilidad de una subversión de la sociedad de clases. Es decir, un abandono del marxismo a favor de una reelaboración de los temas del liberalismo político, pretendiendo que éste puede ser separado del liberalismo económico” (Cinatti, 2006: 3).
Nuestra postura concluye que, poniendo en tela de juicio algunas premisas básicas de la concepción materialista de la historia -la idea de la determinación de los procesos históricos en última instancia por las relaciones de producción, o en términos más generales, por las condiciones económicas; el señalamiento de la lucha de clases como motor de la historia; la existencia de intereses objetivos de clase; la perspectiva materialista de la ideología (ligazón estructural entre ideologías y lucha de clases); la remisión de la hegemonía a las contradicciones y luchas de clases; etc.- y postulando la existencia de un nuevo modo funcionamiento de lo social -dado por la diversidad de posiciones de sujeto, las identidades inestables, la articulación de diferentes luchas a través de una construcción hegemónica y su permanente rearticulación- Laclau y Mouffe forjan, en su trabajo de 1985, herramientas teóricas que ya no son compatibles con la problemática marxista ni con el análisis clasista de la sociedad que la caracteriza. Inauguran así un “posmarxismo” que justamente por esas razones puede leerse como ruptura o abandono de la teoría inspirada por Marx más que como continuación / superación.
En fin, lo que hemos visto a lo largo de estas páginas es que, junto a la del posmodernismo, el posmarxismo significó otra avanzada en el ámbito académico, aunque en este caso dentro del campo del llamado pensamiento crítico, en el intento de desalojo y sustitución de la teoría que tiene por centro las clases y la lucha de clases, a partir de la renuncia definitiva a la centralidad de las clases. El análisis posmarxista de la expansión del conflicto social y de los “nuevos movimientos sociales”, en detrimento de las determinaciones clasistas, resultó intensamente influyente en el pensamiento sociológico y político contemporáneo.
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Notas