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Hacia una teoría biológico-evolutiva de la comunicación humana. Derivas reflexivas para pensar las Ciencias Sociales

Towards a biological-evolutionary theory of human communication. Reflective drifts to think Social Sciences

Vivian Romeu Aldaya
Universidad Iberoamericana, México

Hacia una teoría biológico-evolutiva de la comunicación humana. Derivas reflexivas para pensar las Ciencias Sociales

Estudios Sociales Contemporáneos, núm. 19, pp. 190-211, 2018

Universidad Nacional de Cuyo

Recepción: 02 Febrero 2018

Aprobación: 28 Marzo 2018

Resumen: En este trabajo se busca abordar el fenómeno comunicativo desde la perspectiva biológica-evolutiva del darwinismo moderno, en tanto desde ella es posible concebir a la comunicación como un fenómeno de la experiencia vital de los individuos vivos, incluyendo al ser humano. Desde ella, es factible afirmar que la comunicación es el motor de lo social y no al revés como mayormente se piensa.

Palabras clave: comunicación, ontología, fenomenología, biosemiótica, neurobiología.

Abstract: This paper seeks to address the communicative phenomenon from the biological-evolutionary perspective of modern Darwinism, since it is possible to conceive communication as a phenomenon of the living experience of living individuals, including the human being. From it, it is feasible to affirm that communication is the motor of the social and not the other way around as it is mostly thought.

Keywords: communication, ontology, phenomenology, biosemiotics, neurobiology.

1. Introducción

Las Ciencias Sociales mayormente adolecen de una mirada integral sobre la realidad de la vida humana. Por lo general se enfocan a explicar fenómenos sociales como guiados por la razón, dejando de lado su naturaleza emocional. La comunicación, como campo de estudio inscrito en su interior, ha seguido el mismo camino racionalizante, lo que ha traído no pocos problemas.

Quizá por ello, el conjunto de estudios científicos sobre la comunicación que se aglutinan en torno a lo que se conoce como campo académico de la comunicación, ha olvidado en lo general preguntarse sobre la comunicación como fenómeno, es decir, preguntarse por la comunicación en función de su acontecer u ocurrencia en la vida de quienes comunican. Esta omisión ha permeado el enfoque analítico de los fenómenos comunicativos desde una postura científica que ha soslayado indagar sobre qué hace posible la comunicación y cómo funciona ésta en la experiencia vital, incluyendo la social, de quienes la producen.

Esto, si bien tiene explicaciones históricas plausibles, muestra en sí mismo una falla estructural que ha impedido hasta el momento la emergencia de una conceptualización clara de lo que la comunicación es. Actualmente hay al menos tres acepciones totalmente aceptadas de la comunicación, pero distintas entre sí por las singularidades que cada una de ellas presenta. Está la acepción prístina de la comunicación, desde las perspectiva funcionalista y crítica, como un fenómeno de transmisión de información; también podemos dar cuenta de la comunicación como intercambio de información, que al promover la interacción social, la revela como motor de los procesos de socialización y construcción de las identidades sociales desde la perspectiva de la Psicología Social; y también registramos la acepción de la comunicación como fenómeno de producción de sentido centrado en la mal llamada figura del receptor, al abrigo sobre todo de la perspectiva culturalista promovida por los Estudios Culturales anglosajones.

Esto ha tenido un impacto enorme en la conceptualización de la comunicación como fenómeno de estudio, pues desde cada una de estas acepciones se fincan atributos que con bastante poco rigor la definen, sin acabar de precisar una definición clara que permita ordenar el abordaje científico al cúmulo de fenómenos que investiga y al uso indiscriminado de teorías y enfoques desde los que se articula su estudio.

En aras de intentar ofrecer una respuesta unificadora al respecto, en este trabajo se busca abordar el fenómeno comunicativo desde la perspectiva biológica-evolutiva del darwinismo moderno, en tanto desde ella es posible concebir a la comunicación como un fenómeno de la experiencia vital de los individuos vivos, incluyendo al ser humano. Para organizar la reflexión, estructuramos este texto en tres grandes apartados: uno primero que amplía explicativamente el problema de análisis que da sustento a este trabajo, colocando claramente las preguntas que intentaremos responder mediante él. Un segundo momento que traza con claridad las líneas epistemológicas desde donde articular como fundamental la perspectiva evolutiva de la que partimos para dotar a los estudios sobre la comunicación de un soporte sólido y posible desde el cual fincar nuestra propuesta de conceptualización de los fenómenos comunicativos, y por último, un tercer apartado donde se desarrolla un modelo sintético-explicativo de la comunicación que permita describir y explicar los atributos ontológicos de la comunicación, así como los criterios metodológicos para su abordaje. Lo anterior, servirá a su vez como insumo para proponer una nueva forma de estudiar no sólo la comunicación, sino también el conjunto de las ciencias sociales de las que ella abreva, desde el cual se esboza la necesaria superación del debate metodológico actual entre el individualismo y el holismo metodológico.

2. Desarrollando el problema de análisis

El campo académico de los estudios sobre la comunicación en México y en general en el mundo ha nacido orientado a un objeto de estudio que no le corresponde. Esto ha conducido la reflexión y la investigación científica sobre la comunicación por los derroteros de la sociología tradicional, enfocada al análisis de la sociedad bajo la premisa del control social. Ello ha dado pie al surgimiento de teorías diversas de alcance medio, tal cual señala acertadamente Craig (1999) que a su vez han dado lugar a múltiples tradiciones de estudio o perspectivas teóricas desde las que actualmente, en su mayoría, se estudian los fenómenos vinculados a la comunicación. Así, podemos encontrar trabajos que van desde los clásicos funcionalistas de la llamada Mass Communication Research (haciendo eco del paradigma lasswelliano de quién dice qué, a quién y con qué efecto) hasta acercamientos diversos que podemos englobar desde una perspectiva sociológica crítica soportada en los postulados de los Estudios Culturales de raigambre marxista centrados en la relación entre el orden social y su impacto en la construcción de las identidades sociales, pasando también –aunque marginalmente- por los estudios del discurso, donde lo que interesa es la relación productor-mensaje-recepción, vía el lenguaje.

Mención aparte merecen otras aproximaciones humanistas que hacen eco fundamentalmente en dos vertientes del análisis de la comunicación: la perspectiva que ofrece la Psicología Social que hace centro en la comunicación como motor de la interacción social, y la perspectiva filosófica, pocas veces asumida dentro de los estudios sobre la comunicación en lo que respecta al lenguaje, pero virtualmente aceptada en lo que toca a la aceptación de la naturaleza dialógica o conexionista de la comunicación como fenómeno que ocurre entre dos a través de éste.

El problema que traen aparejadas todas estas aproximaciones es el de concebir a la comunicación como un fenómeno que se da al interior de las relaciones sociales (cuando en nuestra opinión, esto es justo al revés), dejando de lado una precisión fundamental: ¿cómo se origina la comunicación? Desde la respuesta a esta pregunta, creemos, que es posible preguntarse y contestarse por el papel de la comunicación en la configuración de las relaciones sociales. A partir de lo anterior se echa en falta la respuesta a la pregunta que constituye centro de nuestro análisis, con excepción quizá de las aportaciones sistémicas de Palo Alto, pero que si bien la asume no la explica. Entre las razones que pudieran esgrimirse para entender esta situación de omisión se halla una que es aceptada mayormente por los estudiosos de la comunicación: la incorporación del estudio científico sobre la comunicación bajo la égida de la sociología funcionalista y crítica antes dichas, desde donde se ha anclado a los medios masivos de comunicación como el objeto de estudio por excelencia de la comunicación.

Pero como se puede observar de esto, resulta evidente la confusión metodológica entre objeto de estudio y unidad de análisis, porque los medios, en todo caso, son esto último. En ese sentido, se puede afirmar que lo que ha erigido a los medios en la unidad de análisis preferencial de los estudios sobre la comunicación desde los inicios de su institucionalización como campo académico hasta el momento actual es más bien la búsqueda de una explicación sobre el funcionamiento de la realidad social a través de éstos. Esto resulta incorrecto para el campo académico de la comunicación por dos motivos, el primero porque se trata de una usurpación del objeto de estudio de la sociología, haciendo depender la comunicación de ésta –cuando parece ser al revés-, y en segundo lugar porque, justamente por ello, esta tarea –acotada sólo a la realidad mediática, no menor, pero ciertamente insuficiente para explicar el conjunto de la realidad social- no ha podido responder con claridad exhaustiva al respecto.

El campo ha intentado salvar casi intuitivamente esta omisión a través de incorporar temas como los de identidad, consumo, política, educación, entre otros, que asociados casi siempre a los medios masivos de comunicación coadyuvan a ofrecer una mejor explicación sobre el funcionamiento de las sociedades. Sin embargo, esto ha provocado un superficialismo y relativismo teórico que ha sido denunciado por varios investigadores nacionales e internacionales (entre ellos: Craig, Mancini, Donsbach, Fuentes Navarro, Vidales, entre otros[1]) y bajo el cual se sigue sin dar respuesta al problema de fondo del campo académico de los estudios sobre la comunicación: la ausencia de un objeto de estudio –donde hasta ahora todo cabe y desde casi cualquier perspectiva analítica- que permita dar cohesión al campo de la comunicación y de paso colocar a la comunicación al centro de las Ciencias Sociales.

Es necesario aclarar que no se pretende aquí descalificar las aportaciones que han hecho diversos investigadores al tema, muchas de ellas notables. Desde el campo académico de la comunicación, sin embargo, aunque se ha tendido a la especialización, ésta no ha logrado visibilizarse tras de un eje rector común pues esa pluralidad teórica a la que antes nos hemos referido, paradójicamente revela su fractura como campo específico de saber.

La consecuencia más evidente y nociva de esto ha derivado en una construcción conceptual más o menos arbitraria de la comunicación que si bien ha sido también más o menos funcional, refiere a la comunicación básicamente como humana, simbólica, racional, intencional y orientada al entendimiento. Esto último es en nuestra opinión un despropósito colosal y lo es esencialmente debido a que hay una reducción de la diversidad y complejidad de los fenómenos comunicativos y los tipos de relaciones sociales que a partir de ellos se gestan, lo cual cercena la posibilidad de un abordaje más amplio, y sobre todo la posibilidad de erigir a la comunicación en el motor de lo social. Específicamente es el caso de los fenómenos afectivos (que desde la disciplina sociológica también son marginales, aunque hoy en día hay una revitalización de autores y teorías sociológicas vinculadas al papel de la emoción en el devenir de los procesos sociales), pero hay más. Por sólo poner un ejemplo, están aquellos estudios que se integran al interior de la comunicación animal, desarrollada durante la última década del siglo XX por Manuel Martín Serrano, comunicólogo español, a través de su teoría paleontológica de la comunicación, aunque este planteamiento además ha sido abordado con suficiencia desde otras disciplinas, sobre todo aquellas vinculadas a la biología y la semiótica, y desde las que se desestima una buena parte de los criterios anteriores cuando se refieren a la comunicación.

Precisamente, lo que revela este sesgo en la definición más aceptada de comunicación es entonces más que una omisión, la debilidad estructural de un campo académico que aun especializado, no agota en su seno el fenómeno de la multiplicidad de variantes comunicativas que debe estudiar. Esto guarda estrecha relación con la ausencia clara de un pensamiento acerca del origen de la comunicación para fincar desde ahí sus atributos ontológicos.

Por ello, aceptar que la comunicación es siempre racional, humana, intencional, simbólica y orientada al entendimiento, invita a aceptar también, aunque axiomáticamente, una definición que opera sólo en una parte del estrecho margen de la realidad humana, y decimos que solo en una parte porque en realidad actualmente el ser humano se explora en su comunicar e interacción social desde su condición cogitativa, inserta en los ricos pero constreñidos marcos del orden sociocultural, y sobre todo relegando sin argumentación alguna su condición emocional, sensible, e incluso biológica. Esto, por supuesto, es extensible a las Ciencias Sociales también.

Como se puede colegir, ello significa un reduccionismo inaceptable pues el ser humano es un ser biopsicosocial que, además, construye un mundo de representaciones simbólicas significativas y jerarquizadas a la que llamamos cultura. En cualquier caso, aunque parezca que la relación naturaleza-cultura es irreductible a la unidad, habría que pensar justamente en el reto de reunirlas pues la cultura nace también, aunque posteriormente se autonomice, de la biología del ser que la construye (Maturana, 2015; Damasio, 2015, 2016). Sólo así, creemos, puede ser plausible una comprensión más objetiva del ser humano en la realidad en la que se inserta, y en particular el abordaje de la comunicación como fenómeno crucial en la constitución de dicha realidad, específicamente la social.

Esta reunión necesaria es posible rastrearla a partir de la confluencia de varias disciplinas y campos del saber entre los que se encuentran la biología evolutiva, la neurobiología, la fenomenología, la nueva ciencia cognitiva y la biosemiótica. En el apartado que sigue ofrecemos un esbozo de los principales postulados de cada una de ellas y la manera en que se puede configurar una articulación concreta que sirva de base para elaborar una propuesta ontológica de la comunicación y a su papel medular en la configuración de las relaciones sociales.

3. Las fuentes epistemológicas para el abordaje ontológico del fenómeno comunicativo

La biología evolutiva es una rama de la biología que explica el funcionamiento de la vida en la naturaleza desde una perspectiva evolutiva, darwiniana. En ese sentido, el proceso de selección natural adquiere en ella un papel preponderante en tanto se le concibe como mecanismo para el origen de la vida. La selección natural, así entendida, constituye el fundamento de los cambios evolutivos donde juega un papel determinante en los procesos de adaptación por medio de los cuales aquellos se explican. De esta manera se revela que la selección natural es el proceso que explica la lucha de los organismos por la sobrevivencia a través de la competencia por la vida, que es lo que constituye el insumo fundamental para comprender su origen y los cambios evolutivos creativos y adaptativos (Gould, 2010). En cambio, la adaptación, se entiende al interior de estos procesos de competencia como el motor de la variación y la diversidad de organismos y especies, concretándose como la causa de la misma (p. 150) debido a la funcionalidad operativa que comporta ante los inevitables cambios del entorno o medioambiente donde los organismos desarrollan su ciclo de vida. Es así que la adaptación se erige en el escenario por excelencia de la realización de la selección, configurándose como una instancia de transformación lenta pero constante desde la cual los más aptos desplazan a los menos aptos, aumentando con ello las posibilidades de sobrevivencia propia y la de sus descendientes. La adaptación, así entendida, se convierte en el motor de la sobrevivencia al interior de una concepción funcional del progreso maximizador de la vida, desde el cual las especies evolucionan haciéndose más aptas, lo que promueve la aparición, incluso, de nuevas especies más vigorosas y aptas que sus predecesoras.

Pero el carácter azaroso de la selección natural sugiere la no linealidad del proceso adaptativo, pues éste depende fundamentalmente tanto de la variabilidad del medioambiente (en función del lento o apresurado cambio de sus condiciones) como de las necesidades vitales de los organismos frente a él. Esto es lo que se conoce como funcionalismo biológico, fundado por Darwin y aceptado por la comunidad científica especializada, pues explica de forma contundente el funcionamiento de la naturaleza y, particularmente, el origen de la vida. En ese sentido, se puede decir que la influencia de la transformación del entorno en los organismos y especies construyó la explicación fundamental de la teoría evolucionista[2], aunque los desarrollos científicos recientes han dado por hecho que no sólo el medioambiente influye en la adaptación evolutiva, sino que también interviene en ello el desarrollo mismo de los organismos, incluso a nivel químico (celular y genético).

En palabras de Gould, esta adecuación –importante para explicar la evolución hoy en día- no ha restado vigencia a la teoría darwiniana que, según el autor, sigue siendo la más clara y sólida explicación de la biología evolutiva hasta el momento. En opinión de este reconocido paleontólogo evolucionista, son tres los aspectos que suscitan mayor convergencia en esta explicación: el aspecto de la agencia, el de la eficiencia y el del alcance de la selección natural (Gould, p. 37). Siguiendo a Darwin, este autor conceptualiza la agencia como la capacidad de acción de los organismos en función de la lucha por su sobrevivencia y la de sus descendientes; la eficiencia la define en términos de la óptima capacidad de adaptación de los organismos, y el alcance en función de la extrapolación de estos cambios a los descendientes para crear nuevas formas de vida (p. 83).

Aplicado a la comunicación y lo social, estos tres aspectos pueden derivarse lógicamente a partir de entender a la agencia como aquella capacidad vinculada al equipamiento orgánico de los individuos que les permite actuar comunicativamente con el fin de adaptarse y sobrevivir al medioambiente en el que vive, lo que nos lleva a definir la agencia comunicativa, al menos desde una primera instancia, como una praxis comunicativa desde la que se valida a la comunicación –y por extensión a las relaciones sociales que eventualmente se configuran desde ella- como un modo de vivir y experimentar el mundo con fines de adaptación y sobrevivencia. En el caso de la eficiencia, se trata de la capacidad que un individuo despliega en función de lograr una adaptación comunicativa, lo que si bien se relaciona con las capacidades orgánicas antes mencionadas, debe también involucrar una mirada en torno a los recursos (habilidades y competencias) con que cuenta para hacerlo, ya que la eficiencia es un mecanismo que instala a la adaptación como categoría desde un registro variable donde tiene lugar la definición del más y el menos apto en términos comunicativos con respecto a los imperativos del entorno y su propia transformación como ser vivo. Por último, el aspecto de alcance de la comunicación está asociado a la posibilidad de que desde la comunicación se puedan construir nuevas y creativas formas de comunicación.

Lo anterior, no obstante, no debe pensarse desde un anclaje determinista. Ya se ha comentado el carácter azaroso de la selección y por ello es plausible traer a colación la naturaleza también azarosa de la configuración de la realidad, incluida la realidad social, a pesar de sus condicionamientos más o menos fijos, estructurales. Si bien la inserción del ser humano en el mundo está determinada de antemano por reglas y condicionamientos que van más allá de lo biológico (pues el entorno sociocultural es insoslayable para la especie humana), no es menos cierto que el libre albedrío humano admite la posibilidad de su transformación.

El ser humano, a diferencia de otros organismos vivos donde también tiene lugar la comunicación, es un ser biopsicosocial con lenguaje simbólico y articulado, de manera que esta singularidad lo enfrenta al menos a tres ambientes o entornos: el natural o físico, el social y el cultural-simbólico. En ese sentido, los aspectos de agencia, eficiencia y alcance deben ser explicados desde ellos.

Pero no todos los organismos se enfrentan a distintos entornos, los hay que sólo se enfrentan a entornos naturales, vinculados esencialmente a las características físicas del ambiente (por ejemplo, las bacterias o los corales), o bien los hay que se enfrentan a un entorno social, pero no cultural, como sucede con buena parte de lo animales que conocemos, donde es imprescindible la gestión colectiva o conjunta de la vida. Para el caso de organismos cuyo ciclo de vida se desarrolle sólo en un entorno natural, las posibilidades de su agencia comunicativa y social se ven circunscritas mayormente a actuaciones estereotipadas, regidas por un muy limitado equipamiento orgánico para comunicar y relacionarse socialmente, dando por resultado actuaciones comunicativas programadas de forma filogenética que sólo pueden ser no intencionales, inconscientes y desde las cuales se expresan significados configurados desde la información con que previamente vienen equipados desde su fisiología.

En el caso de organismos que se enfrenten a un entorno social, la comunicación resultante se halla restringida a una actuación comunicativa que debe ser funcional en relación con el otro semejante, pues de ello depende la sobrevivencia en términos de reproducción, obtención de alimento, etc. Estas actuaciones suelen ser intencionales, pero pueden ser tanto inconscientes como conscientes (según sea el equipamiento orgánico, en este caso cerebral, neural, que permita al organismo desarrollar consciencia en algún grado o nivel), configurando así actos comunicativos cuyos significados son interpretados por el otro semejante bajo un criterio de codificación unitaria o monosémica, tal y como sucede en los simios cuando se golpean el pecho, disponiéndose a la lucha para alejar a un posible contrincante e incluso a algún depredador. Claramente, los simios pueden tener actuaciones comunicativas inconscientes y no intencionales, pero debido al entorno social en el que se insertan, esto no suele ser un rasgo típico de las mismas.

Algo parecido sucede a los humanos que en tanto nos enfrentamos tanto al ambiente físico y social como al simbólico-cultural, aunque nuestras actuaciones comunicativas se definan típicamente como intencionales, racionales y en función del entendimiento del otro, ello no cancela en sí mismo la emergencia de la comunicación desde presupuestos más básicos como la inconsciencia, la no intención y las actuaciones programadas o determinadas por nuestro aparato neural y motor. Este es el caso del sonrojo, o el retiro violento de la mano cuando está expuesta al fuego. Ambas son actuaciones comunicativas porque vehiculan significados, pero ni van dirigidas intencionalmente a alguien, ni se realizan de manera consciente, mucho menos en función de que otro ajeno las comprenda.

Así las cosas, el énfasis que hemos puesto en la diversidad de las actuaciones comunicativas en función de la diversidad de los organismos que las ejecuten y los entornos a los que se enfrentan durante su ciclo de vida, nos permite alejarnos del determinismo biológico que refrenda de manera sustancial la teoría de la evolución pues la capacidad de adaptación que viene aparejada a la comprensión de la comunicación como fenómeno desde la perspectiva evolutiva conlleva a asumir una diferencia en torno a la ocurrencia de la comunicación como fenómeno de la experiencia, desde la cual se construye la información que se implica necesariamente en la capacidad de agencia comunicativa de todo organismo vivo.

Para explicar la manera en que se construye la información que constituye la materia prima de toda actuación comunicativa, echamos mano en un primer acercamiento de los postulados principales de la fenomenología de la percepción de Merleau-Ponty, para quien toda percepción postula la aparición de una experiencia situada, es decir, anclada en el cuerpo (Merleau-Ponty, 1985) y por lo tanto sentida en tanto vivida desde esa condición corporal de ser en el mundo. Es así que Merleau-Ponty considera al cuerpo propio como un punto de vista, es decir, como un modo de existencia del ser desde el cual se “mira” el mundo (p. 348; 419) y “mira” tambien a sí mismo. Esto es lo que permite al filósofo francés afirmar también que toda experiencia perceptiva es una experiencia de sentido, es decir, una experiencia significativa en tanto significa para el ser que experimenta. Lo anterior, como se puede notar, instala una idea de sentido o significado que proviene del individuo, lo que permite concluir que, en la experiencia, en tanto resultado vivencial de la actividad perceptiva, el individuo logra construir significados sobre el mundo o la realidad con la cual interactúa en su necesario despliegue vital. Pero se trata de significados subjetivos en tanto se construyen desde el cuerpo situado que participa de dicha interacción.

A propósito de lo anterior, desde el campo de la neurobiología se señala que justo la construcción de significados permite la emergencia de representaciones individualizadas sobre el mundo en función de la interacción que sostenemos con él. Esta interacción que fisiológicamente se fragua desde el registro sensible a partir del par dicotómico agradabilidad-desagradabilidad, es el primer estadio en la construcción de sentido que un individuo realiza en su constante e inevitable interacción con el ambiente en el que se inserta. Antonio Damasio, uno de los principales exponentes del pensamiento neurobiológico contemporáneo, señala al respecto que en la actividad perceptiva de los seres humanos se gesta un mecanismo de reconocimiento y valoración al cual nombra como sistema de representaciones disposicionales (2015, pp. 251-257) que asegura al individuo la evaluación de situaciones de recompensa o castigo que son desplegadas durante la experiencia y que actúan por sedimentación como una especie de sistema de valores propio, a modo de un sistema de preferencias biológicas reguladoras innatas que es continuamente modificado por la experiencia en función de la relevancia individual que le otorguemos a un estímulo determinado (pp. 253-254).

Claramente, la tesis de Damasio la expone el autor sólo para el caso de los seres humanos –tal y como hace Merleau-Ponty-, pero ambas son extensibles en sus postulados más básicos al menos a todos los organismos que tengan capacidad de sentir, puesto que ese sistema de valores antes descrito funciona a la manera de una memoria somática, por lo que, en dependencia de la capacidad de memoria de los distintos individuos, este sistema se actualizará o no. En cualquier caso, no obstante, el postulado neurobiológico supone la posibilidad de pensar el papel de las sensaciones en la construcción de significados, lo que aunado a las premisas fenomenológicas en torno al rol de la experiencia en la misma tarea, permite inferir la existencia de significados que se construyen desde el individuo (sean éstos conscientes o no) y que, al menos en principio, no son compartibles pues se anclan en la particularidad de la individualidad desde la cual han sido construidos.

Si tenemos en cuenta que, tal y como lo postula la Nueva Ciencia Cognitiva, la actividad cognitiva se da en todos los seres vivos (Di Paolo, 2013), a partir de ello es plausible afirmar que todos los organismos vivos construyen información a partir de la experiencia perceptiva que despliegan en su interacción vital con el entorno. Esta información que los teóricos de este enfoque –también llamados enactistas o enactivistas- nombran simplemente como conocimiento, se soporta en la idea de que solamente los seres vivos tienen fines propios de una manera intrínseca y subjetiva. Hans Jonas (2000), uno de los filósofos pioneros de la escuela enactista, sostiene que los seres vivos experimentan un mundo con significado porque el cuerpo biológico es precario; de esta forma, señala, es que nos concierne la existencia de ese mundo del que de alguna manera depende la posibilidad de nuestra existencia. Esto es lo que hace de la actividad perceptiva una actividad cognitiva, pues tal y como señala Froese (2016, p. 58), en última instancia, es la mortalidad la que nos hace ser individuos interesados por el mundo y por los otros.

Así entendida, la información construida por cada organismo vivo no sólo depende de la interacción que despliegue con su entorno en tanto requisito vital para su propia existencia, sino que también supone que dicha construcción es en esencia construcción de conocimiento que usa el individuo para adaptarse y sobrevivir. En ese sentido, como se podrá notar, la información dista mucho de ser entendida como en la física, como algo dado y ajeno al individuo, sino que justamente es construida por éste en función de sus capacidades perceptivo-cognitivas. Y es que para los enactistas, la actividad cognitiva de los diferentes organismos vivos se da en diferentes niveles, gestando diferentes tipos de conocimiento. Esto hace que entiendan al conocimiento de una manera distinta a como la concibe la ciencia cognitiva tradicional para la que el conocimiento es fruto de conexiones o asociaciones conceptuales que a manera de juicios permiten explicar la realidad. Esta concepción racional y esencialmente humana del conocimiento no guarda relación con la idea que tienen los enactistas de él. Para los teóricos de la Nueva Ciencia Cognitiva, el conocimiento proviene de las conexiones neuronales que se activan en la mente de los organismos gracias a su relación con el cuerpo, y éstas pueden ser tanto conscientes como inconscientes. Para ellos la cognición es una actividad continua que se da a partir de procesos autorganizados de participación activa en el mundo, así como por la experiencia y autoafección del cuerpo animado (Di Paolo, 2013).

Basándose en lo anterior es que los enactistas argumentan que el proceso cognitivo implicado en toda actividad perceptiva se da al menos por tres vías diferentes: la vía metabólica, que implica una actividad perceptiva que tiene lugar a través de los procesos químicos; la vía sensible, donde el aparato sensorial se involucra en la actividad perceptiva; y la vía intelectiva, en la que interviene la razón, o la construcción simbólica de la información (Di Paolo, 2013). Cualquiera de estas tres vías está implícita en la actividad perceptiva de los seres humanos, pero no funciona así para todos los organismos vivos. Por ejemplo, los protozoos sólo despliegan una actividad perceptiva de tipo metabólico, mientras que buena parte de los animales, como las hormigas, los murciélagos o los caballos, se implican en una actividad perceptiva de tipo sensible, además de la metabólica que es común, en tanto básica, a todos los seres vivos.

Weber y Varela (2002) señalan con claridad al respecto que en la medida en que la información no está dada sino que se construye, ésta se activa como una búsqueda del sentido en pos de la sobrevivencia y la adaptación, lo que a su vez conlleva a pensar que la construcción de la información, así como el significado resultante de la misma varía no sólo de experiencia a experiencia, sino también de individuo a individuo, e incluso de especie a especie. Esa es la razón por la que dentro del proceso de construcción de información, el acto de atención/selección de estímulos constituye un antecedente insoslayable ya que atender al estímulo implica la asignación de sentido al transformar la percepción del dato/estímulo en información en la medida en que éste es interpretado individualmente en función de la experiencia misma que despliega el organismo vivo en su interacción con él. Y es en esta experiencia donde tiene lugar la ocurrencia de lo que conocemos como fenómeno.

Heidegger señala al respecto que un fenómeno es algo que aparece o se manifiesta en tanto nos sale al encuentro al vivir (citado en de Lara, 2009, p. 381). Dice que es el modo en que algo comparece ante nosotros vía la experiencia (Heidegger,1999), en tanto sentida y vivida, por lo que la experiencia garantiza siempre la emergencia de una interpretación situada. Los fenómenos –según Heidegger- tienen un modo de estar-ahí ante y por el ser o individuo que los experimenta de manera que se implica en su vivir, y eventualmente, en su sentir y su pensar, configurando una relación de sentido que es en esencia representacional.

Es esto lo que permite afirmar que los actos perceptivos configuran, cada uno en su nivel, una estructura de conocimiento que no es otra cosa que una estructura de sentido, dada por la formación de patrones cognitivos regulares que se configuran neuralmente en todos los organismos vivos (Varela, 2005). Si vinculamos esto a las tesis de Damasio (2016) en torno a la mente como relación funcional entre el individuo y su entorno, parece claro que la emergencia de esta estructura de conocimiento que va desde una muy primaria (articulada en función de las interacciones químicas e interconexiones neurales y las sensaciones) hasta las más complejas, (asociadas al pensamiento racional, que en el caso de los seres humanos se vincula con la construcción de subjetividad), se torna aún más plausible la tesis de Varela acerca de que la estructura del conocimiento no es más que una co-determinación entre lo que un individuo puede conocer y lo que finalmente conoce (Varela, 2005, p. 102).

Y es que como para los enactistas el pensar y el percibir son esencialmente categorías del vivir (Di Paolo, 2013) en todos los organismos vivos, en tanto participan del mundo construyendo información sobre él (y en ocasiones desde él con respecto al sí mismo, tal y como sucede en los humanos y algunos mamíferos superiores) es justo esta estructura de conocimiento emergente de sus interacciones con el entorno lo que les sirve para sobrevivir y adaptarse a las condiciones siempre cambiantes del ambiente. Así, como se puede ver, la actividad cognitiva resulta crucial también para entender el comportamiento de cualquier ser vivo.

Esta idea, que ha sido desarrollada además por la biosemiótica, argumenta a favor de la selección natural como aquel mecanismo que centrado en la capacidad de adaptación de un individuo al entorno, posibilita la correcta o adecuada interpretación de éste por parte de aquel, permitiéndole “comprender” la inmensa variedad de signos en el entorno y “elegir” los más favorables para su desarrollo vital.

La biosemiótica se instala así como una rama teórica de la biología evolutiva (Santilli, 2004) que vincula la evolución de la vida con los procesos semióticos o interpretativos de los organismos vivos derivados de su actividad perceptiva. Así entendida, estos procesos semióticos devienen mecanismos biológicos naturales de selección y adaptación con fines de sobrevivencia a través de los cuales los individuos interpretan el entorno para actuar en consecuencia en él, a la manera del acoplamiento estructural propuesto por Maturana y Varela (2009). De esta manera, coligen, si estas interpretaciones son exitosas darán por resultado actuaciones también exitosas que por la vía de la herencia –en el caso de los humanos, además simbólica-, serán desarrollados por los descendientes fraguando así un proceso óptimo en términos tanto adaptativos como de sobrevivencia. Y si no son exitosas, tal y como lo postula la teoría darwiniana, esto causará la desaparición “simbólica” paulatina de dichos organismos cancelando con ello la posibilidad de su sobrevivencia tanto en el presente como en el futuro.

Sebeok (2001), antecesor innegable, junto a Von Üexkull de los postulados de la biosemiótica, señala a la semiosis como mecanismo que opera la vida tanto en la naturaleza como en la cultura. Así entendido, semiosis, información y experiencia forman caras de una misma moneda que es lo que constituye, desde los postulados biosemióticos, el centro neural de todo acto y proceso de adaptación y sobrevivencia, vía la interpretación. Es esto lo que configura a partir de lo antes dicho la comprensión de toda actuación o comportamiento de los organismos como parte de los dispositivos de agencia, eficiencia y alcance de la selección natural en su competencia y lucha por la vida.

Dentro del cúmulo de estos comportamientos o actuaciones, la comunicación ocupa un lugar especial pues es a través de ella que los individuos pueden expresar esos significados construidos previamente en el despliegue de su experiencia vital como seres vivos y configurar, eventualmente, relaciones sociales. Pero el comportamiento comunicativo se distingue de otros comportamientos porque ocurre en el orden del “decir”, constituyéndose así en una expresión de sí en tanto la expresión, aún la más primitiva, configura actuaciones comunicativas a través de las cuales un organismo “dice”. En el apartado que sigue elaboramos una reflexión más detallada al respecto.

4. La comunicación como expresión

El comportamiento comunicativo se diferencia de otros comportamientos en que su despliegue se da en el orden del “decir”. Esto significa entender al decir desde un espectro amplio, no circunscrito sólo a la palabra, pues se puede “decir” a través de diversos soportes: el movimiento, los colores, la temperatura, el espacio, los sonidos, los silencios, los objetos, las emociones y sentimientos, el tiempo, la vestimenta, la comida, etc. El “decir” implica todo aquello que diga, señale, apunte, muestre o indique algo, de manera que su único requisito es que sirva como soporte de un significado.

Los significados se construyen por la vía de la experiencia en la actividad cognitiva que los individuos despliegan en su necesaria e insoslayable interacción con el entorno. En ese sentido, hay significados que se configuran de manera más individual que otros, pues aunque toda experiencia es contingente e individual, los seres humanos en particular estamos expuestos a significados que se instituyen desde esa instancia abstracta de valores y representaciones del mundo y la realidad a la que llamamos cultura; de estos significados también echamos mano a la hora de comunicar sobre todo cuando es imperioso el entendimiento con el otro, en tanto precisa de la puesta en común de referencias, desde la que erróneamente se ha definido a toda la comunicación hasta el momento.

Así entendido, el comportamiento comunicativo configura un acto expresivo desde el cual el individuo proyecta al exterior su experiencia en el mundo. No se trata de una proyección hacia el otro, al menos no en todos los casos, sino más bien de una proyección que consciente o inconscientemente se hace desde y para el sí mismo. Esto es lo que permite desestimar no sólo a los criterios humanos, racionales, intencionales, simbólicos y orientados al entendimiento como atributos ontológicos de la comunicación (en todo caso, se trataría de modalidades operativas de la comunicación social), pues como se ha visto, el “decir” no sólo se circunscribe a lo humano, y tampoco a lo consciente, intencional, racional o simbólico. Para “decir” basta la expresión y ésta puede estar orientada o no al otro semejante, que es lo que aseguraría el entendimiento y en consecuencia la necesidad de un aparato simbólico que lo garantice.

En ese sentido, la expresión, que según el Diccionario de Ferrater Mora (1964) es la forma subjetiva que adquiere un contenido (p. 626) y es fruto de una vivencia (p. 647) no puede quedar constreñida a estos criterios, so pena de perder diversidad y complejidad. En función de las diferentes capacidades (aparato orgánico para ejecutar una acción), habilidades (entrenamiento de las capacidades orgánicas) y competencias (saberes varios para poder ejecutar la acción) que un individuo tiene y/o desarrolla a lo largo de su ciclo de vida para construir información y usarla expresivamente, dependerá la complejidad de su expresión, que no es otra cosa que la complejidad y diversidad de su “decir” donde se asienta, eventualmente, la relación social.

Por eso el “decir”, en tanto comportamiento que se ejecuta de muchas maneras, implica siempre un movimiento con sentido. Así lo afirman Galarsi et al. (2011) cuando señalan que los comportamientos son acciones orientadas por el sentido. Las autoras plantean que los comportamientos son actividades que cualquier ser vivo realiza para mantener y desarrollar su vida en relación con su entorno, respondiendo a él y [en su caso][3] modificándolo (p. 99), lo que aplicado a la comunicación implica que siempre que decimos, decimos algo y lo hacemos a través de algo.

En consecuencia con lo dicho, todo comportamiento expresivo se define como una acción de respuesta que deviene significativa para quien la ejecuta, a la manera de una reacción menos o más sofisticada a un estímulo. Así visto, el estímulo constituye una instancia de interpelación para el individuo que o bien lo acepta, o bien lo ignora, en función de su interés o motivación al respecto. Si lo acepta, se configura un acto expresivo, y si lo ignora se cancela no sólo su emergencia, sino también el propio estatuto de estímulo ya que éste es todo aquello que un individuo percibe como tal y la percepción implica siempre algún grado de interés o atención de un individuo sobre algo (Di Paolo, 2013). Por eso, definir el comportamiento expresivo como una acción significativa para el individuo en el orden del “decir” es aceptar al estímulo como una instancia de interpelación que demanda –ya sea que se dé o no- una respuesta expresiva por parte de los individuos.

Esto permite pensar al acto expresivo como un significado mostrado a propósito de algo, y no necesariamente –como se cree normalmente- para alguien. El significado resultante proviene, como ya se ha dicho, de lo que el individuo ha previamente interpretado del estímulo, porque interpretar un estímulo es “hacerse una idea de él”, tan acabada como mentalmente le sea posible al individuo, e incluso necesaria. Es esto lo que da lugar a reflexionar sobre la naturaleza del ser expresante, sobre todo en lo que respecta a su estructura mental.

Dejando esto claro, la comunicación, como cualquier otro comportamiento, es imposible sin la presencia de un estímulo. El estímulo es aquello que interpela al individuo, por lo que la expresión que eventualmente se configure depende de él, en tanto deviene vehículo de una relación de implicación del individuo con respecto al estímulo ante y por el cual responde. De esta manera, la expresión viabiliza la emergencia de una relación que llamamos de socialidad, en tanto gesta una implicación entre el individuo y el estímulo que posibilita pensar al acto expresivo como resultado indivisible entre uno y otro, lo que refuerza la idea de comportamiento. Por ese motivo, la expresión que se constituye como respuesta expresiva a un estímulo evidencia no sólo el papel de la experiencia en su constitución sino, sobre todo, la relevancia que el estímulo comporta para el individuo, de manera que el acto expresivo se instituye como la instancia en que dicha respuesta se torna efectiva a partir del uso expresivo que se le da a la información previamente construida por el individuo durante los procesos de experiencia vital a la que su propia condición de ser vivo lo somete.

Lo anterior hace aflorar una consecuencia lógica: se comunica no para establecer una relación con el otro –éste, en todo caso, es un corolario derivado de la emergencia de un interés particular del individuo-, sino más bien para adaptarse y sobrevivir desde el ámbito de la expresión en el entorno donde cada individuo se inserta. En ese sentido, en la comunicación, como en cualquier otro tipo de comportamiento (el político, por ejemplo) anida un componente biológico-evolutivo que no cancela las aproximaciones socioculturales que de ella se han hecho desde la comunicación humana, sino más bien que las trasciende para reinsertarlas en un modo nuevo de pensar, incluso, a la sociedad, a la cultura misma.

Es así que el comportamiento comunicativo, en función de las capacidades, habilidades y competencias de cada individuo y cada especie, desata actos expresivos que pueden ser intencionales o no, conscientes o inconscientes, simbólicos o no simbólicos, en dependencia de las capacidades, habilidades, competencias y motivaciones del individuo a la hora de responder al estímulo mediante el uso expresivo de la información construida previamente durante su experiencia vital.

Esta conceptualización, que dista mucho de las acepciones tradicionales, abre el espectro de ocurrencia de la comunicación a muchísimos más fenómenos que hoy en día son desestimados desde el punto de vista científico por los estudiosos del área, pero sobre todo deja claro que así como la transmisión de información sólo explica aquella modalidad de comunicación que se da cuando se prevé la consecución de un efecto en el otro, tanto el intercambio de información como la producción de sentido desde la interpretación del receptor resultan acepciones incorrectas para definirla. Por ejemplo, en el caso del intercambio de información, proceso comúnmente conocido al interior del campo científico de la comunicación como interacción comunicativa, tal y como está pensado hasta el momento supone la existencia de dos voluntades expresivas articuladas alrededor de un mismo objeto de referencia (de lo que se habla en la comunicación) en el supuesto también de que por medio de la comunicación un comunicante le indica algo al otro que éste a su vez entiende. Esto también supone una modalidad de la comunicación que en realidad es una versión maquillada de la acepción de transmisión, sólo que de ida y vuelta.

En su lugar, aquí se propone pensar la interacción comunicativa como una secuencia convergente de comportamientos y actos expresivos entre distintos individuos, de manera que el “decir” de uno sirva de estímulo para el “decir” del otro, conformando así la relación social por la vía de la expresión convergente de significados. De esta manera, pierde pertinencia la idea de la interacción comunicativa como puesta en común que se logra en función de un objeto de referencia mutuo porque como el sentido de los “objetos” se fragua desde la experiencia individual, esta resulta imposible. Esto es lo que nos permite definir la interacción comunicativa como un acto de convergencia expresiva, que lejos de fincarse en la definición común que supone la presencia de individuos con lenguaje social o compartido para dar cuenta de la interacción comunicativa, permite dar cuenta de otros fenómenos comunicativos donde se da la interacción como convergencia expresiva tal y como sucede con la comunicación balbuceante que se establece entre una madre y su bebé, o entre un ser humano y su mascota.

Con esto, además, deja de tener sentido también la idea sumamente extendida de que la comunicación indica o apunta necesariamente algo a otro, en tanto ello supone -erróneamente también- que hay un reconocimiento de las intenciones significativas de quien dice por parte del otro semejante, pues tal reconocimiento es imposible en tanto resulta improbable acceder a las intenciones del otro. Las intenciones de un hablante son a lo sumo reconstruidas como tales por medio de la interpretación que hacemos de ellas, pero ello no arroja certezas ni garantías de su forma y contenido, tal y como bien lo señala Peters (2014); de ahí que también la acepción de producción de sentido desde la recepción atribuida con creces a la comunicación al menos desde finales del siglo pasado, constituya una definición equivocada de la comunicación. Incluso si se presta atención, se puede notar cómo esta idea de la comunicación como producción de sentido desde el receptor desestima no sólo la cuestión de la intención y el entendimiento, sino que también cancela la idea misma de comunicación como transmisión de información, reduciendo el acto comunicativo a un acto de interpretación.

Pero la interpretación, como ya se ha visto, es condición necesaria pero no suficiente para la comunicación, en tanto la expresión resulta de la construcción de información que deriva de los procesos interpretativos que tienen lugar durante la experiencia perceptiva de los individuos ante las cosas del mundo, pero nunca resulta en su conclusión. Así entendido, junto a la interpretación, la presencia del estímulo también resulta una condición necesaria, pero no suficiente para la concreción de un acto expresivo. La respuesta expresiva es, como ya hemos dicho, resultado de una valoración que hace el individuo en función de la relevancia significativa que otorga al estímulo a partir de su interés o motivación para implicarse expresivamente en la relación de socialidad que ha construido el individuo con él, de lo que se colige que no todo estímulo moviliza una respuesta expresiva. Así, queda claro que nuestra conceptualización de estímulo no parte de un punto de vista mecanicista o conductista, sino más bien que se implica desde una posición fenomenológica y semiótica; de ahí el carácter vital de la implicación expresiva como comportamiento.

En resumen, a nuestro juicio, la comunicación debe conceptualizarse como una respuesta expresiva propia del individuo en su experiencia vital, que tiene lugar –en dependencia de las capacidades, habilidades y competencias de éste- mediante el uso expresivo de la información que construye como parte de sus procesos de adaptación y sobrevivencia en la gestión experiencial de su vida, lo implica a su vez la presencia de un interés o motivación que la oriente e incluso la movilice. Si el individuo tiene la capacidad para expresarse por voluntad propia, como sucede fundamentalmente con los seres humanos, el acto expresivo puede adquirir carácter intencional, posibilitando además la producción de actos expresivos de intervención que, en tanto tales, hacen emerger comportamientos de agencia social. En cambio, cuando se trata de individuos que no tienen capacidad de expresar(se) volitivamente, el acto expresivo se torna intencionado o no intencional y deriva en comportamientos significativos que son simples actuaciones performativas. En ninguno de los dos casos los actos expresivos pierden o cancelan su naturaleza implicativa, pues ésta depende esencialmente, como en cualquier comportamiento, del imperativo estimular vía el interés o motivación de los individuos. Por eso se sostiene que la comunicación posibilita la relación social, pero de ninguna manera es equiparable a ella.

El concepto de comunicación como comportamiento y acto expresivo aquí propuesto rinde tributo a la multiplicidad de fenómenos comunicativos disímiles que existen, soportando esta conceptualización en tres criterios fundamentales y jerarquizados. El primero es la capacidad, habilidad y competencia perceptivo-cognitiva de los individuos que es desde donde se percibe y se construye información con respecto al estímulo que le demanda al individuo una respuesta expresiva. El segundo lo hemos situado en las motivaciones e intereses del individuo a la hora de expresar(se). Y el último corresponde a la capacidad, habilidad y competencias expresivas de los individuos que es desde donde se activan los recursos expresivos propios y/o sociales para “decir”,

En el primer nivel, hay que tener en cuenta el grado de consciencia del individuo el cual está en función de la posesión o no de cerebro y el tipo de actividad perceptiva que a partir de ello puede desplegar. En el nivel de las motivaciones, se implican los diferentes intereses de los individuos para responder –sea expresivamente o no- a un estímulo; estos intereses pueden ser conscientes o no, intencionales o no intencionales, pero en cualquier caso fungen como mecanismos de valoración/evaluación que determinan la ocurrencia de una respuesta, en función de la relevancia individual implicada en el estímulo en términos de sobrevivencia y/o adaptación. En ese sentido, como se podrá notar, la comunicación no se diferenciaría hasta aquí de otros comportamientos, pues estos dos niveles constituyen la base de todos los comportamientos de los seres vivos. Por último, es en el tercer nivel donde se configuran los actos expresivos, de ahí que resulte el nivel propiamente comunicativo, en tanto se involucran en él el abanico de recursos expresivos que junto con las capacidades, habilidades, competencias e intereses/motivaciones del individuo, permiten configurar el acto expresivo resultante. No obstante ello, resulta imposible entender en su totalidad el acto expresivo de un individuo, sobre todo en el ámbito social, sin antes saber qué y cómo se ha originado, que es a lo que permite acceder el análisis de los dos niveles anteriores.

El fundamento biológico-evolutivo antes expuesto se articula en resumen alrededor de tres ejes conceptuales: el de la construcción de información, el del uso expresivo de la información construida y el de interés/motivación. Como ya se ha visto, definimos al concepto de información como el resultado de la actividad perceptiva-cognitiva de los individuos en su insoslayable interacción con el ambiente o entorno en el que se desenvuelven, mientras que el de uso expresivo de la información –que es lo que planteamos propiamente como comunicación-, se definió en función de hacer de la información la materia prima de la expresión, o lo que es lo mismo: en el uso de la información para expresar(se). Esto, que conlleva a su vez a un proceso de selección y organización de la información en función de “decir”, obedece a las capacidades, habilidades y competencias expresivas del individuo, tanto como al interés o motivación que éstos tienen para comunicar(se) respondiendo expresivamente ante un estímulo determinado y configurando a partir de ello, eventualmente, la relación social.

Así, la propuesta biológica-evolutiva de la comunicación que aquí se ha esbozado logra articular la vastedad y riqueza del fenómeno comunicativo a partir de los matices explicativos de su funcionamiento. De esta manera, el carácter modélico de esta propuesta revela una nueva forma de pensar la comunicación que, dada su naturaleza integradora, permite a su vez pensarla con relativa independencia de sus modalidades operativas concretas, fundamentalmente centradas hasta hoy en los procesos de transmisión e intercambio de información. En ese sentido, desde la perspectiva que aquí se ha desarrollado, esta propuesta explica a la comunicación, de manera parecida al esbozo que hace de ella Palo Alto o bien Niklas Luhmann, para quienes la comunicación es el motor o base de las relaciones sociales y la sociedad, respectivamente.

5. Conclusiones

De todo lo dicho con anterioridad, rescatamos dos aspectos esenciales. Primero, la comunicación como campo científico de estudio debe reconocerse como parte esencial de las Ciencias Sociales toda vez que resulta una matriz de análisis insoslayable para el análisis de la sociedad, aún y cuando su objeto de estudio lo esquive. En síntesis, el objeto de estudio de la comunicación es el acto comunicativo, es decir, la expresión resultante del comportamiento expresivo de los individuos en su desempeño vital relacional. La familia, la religión, la política, la educación, el arte, la filosofía, el derecho y la cultura en general… son esferas comportamentales de acción de los individuos humanos en las que confluyen condicionantes emocionales y racionales, tal y como proponen Maturana (2015) y Damasio (2015; 2016) a través de los esquemas de representación cognitiva que inevitablemente construyen los individuos en el marco de la gestión de su vida personal y social.

Esto coloca al estudio de la sociedad y al conjunto de relaciones sociales que en ella se instituyen a las puertas de un nuevo paradigma del conocimiento que imbrica tanto a las ciencias biológicas como a las sociales y humanas desde una perspectiva biológico-evolutiva que invita a desterrar el postulado racional universalizante que normalmente las caracteriza bajo el manto de una pretendida objetividad que, en realidad, es inexistente, pues la realidad toda, incluyendo la social no existe como tal, sino más bien tal cual la percibimos desde nuestra experiencia vital en ella. Es en ese sentido que la idea de lenguaje como mecanismo onto-epistemológico de la representación que posibilita el acceso a dicha realidad, cobra sentido en toda su extensión. No se trata, como se puede ver, de entender al lenguaje como un medio de comunicación (que es como lamentablemente mayormente se entiende), esto es más bien un corolario adyacente adjudicable sólo a las especies sociales; de manera que la comprensión del papel mediador y fundador del lenguaje en el acceso a la realidad contribuye al entendimiento de nuestros comportamientos a partir de él.

Justo ahí pretendemos situar el segundo aspecto a rescatar de este trabajo, el cual se relaciona con el atributo ontológico de la comunicación que parece regirse a partir de dos criterios: la configuración de un lenguaje (ya sea individual o social) y la vehiculización de un significado a través de algún soporte expresivo desde el cual se expresa tanto el contenido como la forma de dicho lenguaje en tanto información. En el caso de la configuración de lenguaje, éste se entiende como ese sistema representacional o esquema de representaciones cognitivo-perceptivas que resulta imprescindible para comunicar y establecer relaciones sociales, por el simple hecho de que constituye onto-epistémicamente su materia prima.

En el caso de aquel acto comunicativo que promueva la relación social (insistimos: esto sólo es posible en especies sociales), parece claro que ésta se configura a partir de la relación de socialidad que se implica desde las actuaciones expresivas convergentes de los individuos, donde una sirve de estímulo a la otra para “decir”. En ese sentido, es que referimos una conexión directa entre los recursos cognitivo-perceptivos y los expresivos como parte de una posible configuración del hecho social ya que éste es imposible sin aquéllos.

Lo anterior coloca a la comunicación, sin reducirla a ello, como mecanismo para la fundación de lo social explicando cómo esto es posible a través de los procesos de convergencia expresiva. De esta manera, puede colegirse que el hecho social tiene lugar vía la comunicación como relación de socialidad en la que se implican los significados, informaciones o representaciones del mundo y del otro que construyen los individuos en su experiencia de vida por cualquier vía perceptiva (metabólica, sensorial-afectiva e intelectiva), y no necesariamente en función del entendimiento, el otro semejante, la intención, lo simbólico y lo racional.

Así entendida, la comunicación no puede más que ser un hecho de la vida, tanto de la vida contingente del aquí y el ahora vivencial como de la histórico-geológica que admite la lectura de especie, lo que nos permite plantear dos niveles de análisis: uno vinculado a la experiencia vital individual, y otro a las estructuras y relaciones lógico-sistémicas donde se inserta, para su comprensión teórica y abordaje empírico desde los que creemos se evidencia el falso debate del post-positivismo en torno a la separación radical de las metodologías holísticas e individualistas, ya que unas complementan a las otras desde una absoluta red de complicidad conjunta, mutua . Desde el enfoque biológico-evolutivo de la comunicación que aquí se ha propuesto, nos parece se allana el camino para comprender su necesaria reunión, sobre todo en el caso de las ciencias sociales.

En ese sentido, entender las distintas maneras en que la comunicación tiene lugar en los diferentes organismos vivos y sus comportamientos también en los ámbitos sociales, supone incluso la necesidad de una mirada biohistórica mucho más amplia para dar cuenta de la evolución de los comportamientos de los seres vivos –incluyendo el comunicativo y otros como el estético, el político, etc.- como mecanismos de adaptación y sobrevivencia en la vida, desde este imperativo insoslayable –aún por explicarse desde la misma ciencia biológica- que parece que tenemos los seres vivos por vivir. Creemos que el esbozo que aquí hemos trazado contribuye a poner una de las primeras piedras en este largo y urgente camino inter y transdisciplinario todavía por construir no sólo en el campo académico de los estudios sobre la comunicación, sino también en el campo de las ciencias sociales en general.

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Notas

[1] Para mayor información consultar la obra de estos autores referida en la bibliografía de este trabajo.
[2] En el argot de la teoría evolucionista, esto es traducido al lema darwiniano: el entorno propone, la selección natural dispone. Sin embargo se argumenta que cuando el entorno cambia a una velocidad mayor que la adaptación de los organismos a él, también los organismos disponen a través de su capacidad de agencia. Esto es un insumo esencial para comprender nuestras actuaciones en la época del llamado turbocapitalismo. Para mayor información consultar la obra de Gould, referida en el bibliografía de este trabajo.
[3] Las cursivas son nuestras, puesto que la cita está inserta en un apartado que hace referencia a los seres humanos solamente que, en buena medida, tienen la capacidad de modificar el ambiente con su comportamiento.
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