Resumen:
El siguiente artículo se propone presentar algunos aportes de la pensadora italiana Carla Lonzi respecto a las representaciones de la feminidad y la masculinidad en un contexto contestatario de los binarismos sexuales y de género. El pedido de las feministas de debatir sobre la cultura patriarcal, así como la opción política cada vez más extendida por el separatismo, exige recuperar a esta autora que tanto ha reflexionado al respecto. El artículo está estructurado en tres partes: la primera, presenta el contexto de producción de sus obras, así como una breve biografía de la autora que nos sirve para entender de forma más profunda la naturaleza de sus postulados. El segundo apartado se detendrá en las principales obras de Carla Lonzi, así como en los aportes más relevantes al campo de discusión del llamado feminismo de la diferencia. Los textos elegidos para el análisis son: Escupamos sobre Hegel, La mujer clitórica y la mujer vaginal, y el Manifiesto de Revuelta Femenina. Finalmente, en la última parte se esbozarán algunas conclusiones en torno a la teoría y las prácticas.
Palabras clave: feminismos, cultura patriarcal, esencialismo, autoconciencia, separatismo.
Abstract:
The following article presents some contributions of the Italian thinker Carla Lonzi regarding the representations of femininity and masculinity in a society structured upon gender binarism. The feminists' request to debate the patriarchal culture and the increasingly women separatism, demands the reading of this author who has in-depth thought about it. The article is structured in three parts: the first part presents the context in which the texts were made, as well as a brief biography of the author. The second section focus on the main works of Carla Lonzi, as well as on the most relevant contributions to the field of discussion of the so-called difference feminism. The texts chosen for the analysis are: Let's spit on Hegel, The Clitoral and the Vaginal Woman, and the Manifesto of Rivolta Femminile. Finally, the last part will outline some conclusions about theory and practice.
Keywords: feminisms, patriarchal culture, essentialism, self-consciousness, separatism.
Dossier
Carla Lonzi: aportes al feminismo italiano de la Segunda Ola. Los movimientos de mujeres: el Sujeto Imprevisto de la historia [1]
Carla Lonzi: contributions to Italian Second Wave feminism. Women's Movements: The Unexpected Subject of History

Recepción: 26 Septiembre 2019
Aprobación: 18 Marzo 2020
(…) si como sostienen algunos críticos del feminismo, es cierto que la teoría feminista ha llegado a un impasse, particularmente en lo que se refiere al problema del esencialismo (la idea de una feminidad innata, de una naturaleza esencial de la mujer, definida ya desde el punto de vista biológico, ya desde el filosófico) o si más aún, es cierto que el pensamiento feminista se encuentra estancado en el debate entre culturalismo y biologicismo, entonces resulta de vital importancia que echemos un vistazo a la habitación y nos preguntemos si existen acaso nuevas caras, alguna perspectiva diferente, cualquier alternativa posible para abrirnos paso a través de la teoría. (Teresa de Lauretis, 1991 [1986]:1996)
El siguiente artículo presenta algunos aportes de la artista, pensadora y activista italiana Carla Lonzi. Su obra ha sido poco difundida en Argentina, pero en los últimos años, el interés por los feminismos, el rechazo a la masculinidad hegemónica, la llamada “cultura de las mujeres” y la crítica a la cultura machista, entre otras cosas, ha despertado un renovado interés por su obra.
Como escriben Verónica Gago y Raquel Gutiérrez Aguilar: “creemos que el movimiento de mujeres que está poniendo en movimiento a nuestro continente [América Latina] puede nutrirse con la pregunta por el gesto de rebelión que Lonzi hizo escupiendo sobre [Hegel]” (Gago y Gutiérrez Aguilar, 2017:5). Cuando Lonzi subvirtió el juicio de este filósofo sobre el valor fundamental de la comunidad y su relación con la feminidad, abrió un espacio de pensamiento que permite hoy en día reflexionar acerca de “cómo se entrelaza el horizonte comunitario y el feminista en nuestras luchas” (Gago y Gutiérrez Aguilar, 2017:6).
La importancia de rescatar los aportes de Lonzi radica en, al menos, tres motivos. El primero es, precisamente, la atención que esta pensadora prestó a la experiencia de las mujeres como un espacio privilegiado de construcción de sentidos que pueden ser contrahegemónicos, al tiempo que construyen narrativas de los subalternos y dan voz a proyectos políticos alternativos. La obra de Lonzi aboga para que “ningún ser humano, ni ningún grupo, sea definido por referencia a otro ser humano o a otro grupo”, haciendo alusión al sujeto masculino que se erige como el Uno y universal (Lonzi, 1970:26).
Otra razón para leer a esta autora es poner el foco en su denuncia a las ideologías monocordes que minan el pluralismo de voces, lo que significa, a veces, romper definitivamente con instituciones como el matrimonio, la religión y la guerra. Cualquier discurso que no entre en diálogo con la mitad de humanidad, no hace sino condenar a las mujeres a llevar adelante una existencia inauténtica, no representada como legítima en el imaginario social de las comunidades. La autora cuestiona los discursos que reifican las relaciones entre los sexos, como si fueran parte de una naturaleza estática que convierte en un signo natural a: 1-la división sexual del trabajo; 2-los roles de género; 3-la diferenciación de las esferas pública y privada, entre otras.
Finalmente, el último motivo tiene que ver con una apuesta por reconstruir genealogías de mujeres. Con el reciente impulso masificador de las luchas feministas, es necesario atender a aquellas autoras que marcaron hitos en la historia del pensamiento feminista. A propósito de ello, Lonzi escribe en Itinerario de reflexiones (1977) a favor de la práctica del reconocimiento:
(…) la importancia de reconocer y nombrar a las autoras que han reflexionado sobre algo y lo han expresado es una práctica política (…); no se trata de mostrar las sintonías con otras feministas o con otras mujeres, sino subrayar que ha habido mujeres que ya han hablado de algo y establecer un diálogo con ellas. El feminismo debe romper el hábito de la cultura de ignorar lo que dicen o hacen las mujeres. (Lonzi en Del Olmo Campillo, 2016)
La atención que las feministas pusieron a fines de los años 60 y 70 en las mujeres –pensadas como una categoría, o al modo de las feministas materialistas francesas, como una clase[2]– manifestaba precisamente la necesidad de visibilizar sus experiencias y de romper ciertos silencios que las rodeaban. El esencialismo en la construcción de la diferencia sexual (que fue posteriormente criticado por el feminismo de la tercera ola), fue una estrategia política para aglutinar a las mujeres en torno a la idea de que existían opresiones compartidas y universalizables., que hacían, por ejemplo, de la supervivencia un valor fundamental (Lonzi, 1970).
El artículo está estructurado en tres partes: la primera, presenta el contexto de producción de las obras, así como una breve biografía de la autora, que nos sirve para entender de forma más profunda la naturaleza de sus postulados. Una lectura de los textos sin un marco explicativo del contexto italiano y mundial, y sin una breve presentación de la tradición peculiar del feminismo y del marxismo autonomista en Italia en aquellos años (ligado al operaísmo), significaría una comprensión muy limitada. Es decir, se atenderá a la relación entre texto, contexto, y la trayectoria personal y política de la autora.
El segundo apartado hará una presentación y comentario de las principales obras de Carla Lonzi, así como de los aportes más relevantes al campo de discusión del llamado feminismo de la diferencia, que retomó algunas líneas trabajadas por esta autora y por el colectivo Revuelta Femenina. Finalmente, la última parte presentará algunas conclusiones y puntos de partida para pensar contradicciones actuales de los feminismos, así como la relación entre la teoría y la práctica.
Carla Lonzi nació 1931 en Florencia y falleció en 1982 en Milán. Fue una crítica de arte y escritora feminista que se dedicó, especialmente a partir de los 60, a pensar cuestiones relativas a lo “propio” femenino y masculino. Lonzi cofundó en 1970 el colectivo feminista Rivolta Femminile (Revuelta Femenina) en Roma, que luego se trasladó a Milán, donde el ambiente era más propicio para la producción y reflexión teórica.
Roma era por aquel entonces la ciudad “dei borgatari”, partidos de la ciudad poblados mayoritariamente por personas integrantes de la clase trabajadora, especialmente del llamado “sottoproletariato” (bajo proletariado). En estos barrios populares surgieron grupos de reflexión provenientes de los partidos de izquierda y de ideología marxista. Roma era la ciudad de la política y de la movilización social: allí se realizaron campañas de partidos que apostaban por una redistribución de la riqueza, surgieron organizaciones comunitarias que atendían varias necesidades sociales (sanitarias, alimenticias, de infraestructura y vivienda), se convocaron marchas, se crearon espacios feministas de discusión horizontal, entre otros.
Durante los llamados «anni di piombo»[3], Roma fue también una región muy afectada por la represión estatal que inició una campaña en contra del llamado “terrorismo rojo” comunista.
Como los feminismos no son impermeables a la situación social y al contexto histórico en que se desenvuelven, las primeras organizaciones feministas en Roma también fueron de izquierda, y su principal objetivo fue combatir la desigualdad económica y de género. Llevaron a cabo numerosas acciones tendientes a la “justicia social”, en su mayoría sostenidas gracias al trabajo voluntario: se fundaron hospitales públicos para mujeres (inspirados en la corriente feminista del “self-help”; atendían principalmente asuntos de salud reproductiva), jardines maternales, grupos de acompañamiento a mujeres obreras que quisieran abortar, entre otros.
Mientras tanto, Milán era el centro de reflexión teórica del feminismo de la Segunda Ola[4], la “capital intelectual” de Italia. Allí, Lonzi y el colectivo Revuelta Femenina encontraron el espacio adecuado para entrar en diálogo con otras corrientes del feminismo, también de distintas regiones y países. De hecho, Revuelta Femenina fue el grupo que, en Italia, llevó a cabo de modo más ortodoxo los postulados del feminismo radical internacional.
Carla Lonzi abogó por el separatismo e inició la práctica de la autoconciencia[5], que buscaba el descubrimiento de una misma a través del propio discurso. La reconstrucción biográfica personal y de otras mujeres hacía emerger “la conciencia feminista” y la solidaridad. En una entrevista, Lonzi denunció que “la autenticidad de los grupos de autoconciencia [había] sido malinterpretada por los varones y considerada más un espontaneísmo que una práctica política”. Esta pensadora criticó la falsa concepción que cree que los “grupos de autoconciencia [son] lugares donde cada cual dice lo primero que le viene a la cabeza, sin más” (Lonzi, 1977). Por el contrario, para Lonzi estos espacios eran lugares principalmente de debate y reflexión política.
En 1970 publicó el famoso texto Escupamos sobre Hegel en la Editorial “Scritti di Rivolta Femminile”[6], como parte de la colección Collana Libretti Verdi. Este ensayo, junto a La mujer clitórica y la mujer vaginal, y Taci, anzi parla. Diario di una femminista[7], son los tres principales escritos de Lonzi. Los demás ensayos y folletos que produjo el colectivo Revuelta Femenina llevan la firma del grupo, tal es el caso del famoso Manifiesto de Revuelta Femenina. En una introducción a Escupamos sobre Hegel, Carla Lonzi (1970) escribió que los documentos más extensos del colectivo fueron firmados grupalmente, pero que esa etapa se había terminado: “la verdadera autoconciencia [me] ha llevado a una expresión estrictamente personal”.
En la década de los 70, Lonzi abandonó definitivamente su trabajo como crítica de arte, pues entendió que ese campo estaba dominado por las personalidades de varones célebres y lo empezó a considerar como un terreno más de opresión y subordinación para las mujeres. A partir de entonces se dedicó exclusivamente al activismo feminista.
El análisis de los tres textos que se propone este apartado busca recuperar las ideas de Carla Lonzi y el grupo Revuelta Femenina con respecto a la opresión de las mujeres en el patriarcado, la llamada “revolución sexual”, el trabajo doméstico y la (in)dependencia económica y emocional de las mujeres respecto de los varones, el poder nocivo de las ideologías masculinas, las trabas a la liberación de las mujeres, entre otras.
La llamada «ideología masculina», así como la «cultura patriarcal», hacen referencia al carácter mistificador de algunos relatos que se hacen pasar por universales, pero que representan, en realidad, sólo a la mitad de la humanidad: “mediante formas razonadas del poder (…) la humanidad se ha visto empujada a una condición inauténtica, oprimida y consentidora” (Revuelta Femenina, 1970:17). Los tres ensayos que analizaremos comparten la crítica a esta ideología patriarcal, así como a ciertos postulados del llamado “feminismo de la igualdad”.
Lonzi escribe en la Premisa (1973):
Estos escritos, tanto los que llevan mi firma como los firmados colectivamente, señalan la primera etapa de mi toma de conciencia, que va de la primavera de 1970 al invierno de 1972, estimulada por el descubrimiento de la existencia del feminismo en el mundo (…). El riesgo de estos artículos es que se tomen como puntos teóricos estables cuando, en realidad, reflejan sólo el modo inicial que tuve de salir al descubierto, en momentos en que predominaba el desdén porque había comprendido que la cultura masculina en todos sus aspectos había teorizado la inferioridad de la mujer (Lonzi, 1973:11)
A continuación, comentaremos cada uno de ellos.
Fue escrito en Roma en 1970. En él están los puntos centrales sobre los que se fundó el colectivo Revuelta Femenina, sus principios y valores, una concepción metafísica de la identidad de la mujer, y los antagonistas contra los cuales se erigían. Escribe Lonzi que el Manifiesto contiene: “las frases más significativas que la idea general del feminismo nos trajo a la conciencia durante las primeras aproximaciones entre nosotras. La clave feminista obraba como una revelación. El deseo de expresarnos ha sido para nosotras sinónimo de liberación” (Lonzi, 1973:12).
El Manifiesto propone una superación de la concepción dual entre «varones» y «mujeres», y plantea pensar, en cambio, en identidades que se valgan por sí mismas. Se trata de una apuesta por abandonar las identidades y experiencias que se definen exclusivamente dentro del “ser-en-relación-con-el-otro”. La conciencia de la subordinación y de lo simbólico que constriñe a las mujeres es fundamental, “tanto para nuestra lucha como para nuestra libertad” (Revuelta Femenina, 1970:15).
El ensayo señala que varones y mujeres no están en las mismas condiciones: mientras el primero ha sido considerado históricamente como el Universal y el absoluto, la mujer fue relegada a lo Otro, “el sexo”, “lo particular”. Esta idea retoma lo ya planteado por Simone de Beauvoir en El Segundo Sexo (1949):
el hombre representa a la vez el positivo y el neutro (…). La mujer aparece como el negativo, ya que toda determinación le es imputada como limitación, sin reciprocidad (…) la Humanidad es macho, y el hombre define a la mujer no en sí misma, sino en relación a él, no la considera como un ser autónomo. (…) la mujer es lo inesencial frente a lo esencial. (De Beauvoir, 1949:17, 18)
Algunos de los puntos más importantes que sostiene el Manifiesto son:
El varón no es el modelo al que la mujer debe adecuar el proceso de descubrirse a sí misma.
Respecto al varón la mujer es el otro. Respecto a la mujer el otro es el varón. La igualdad es un intento ideológico para someter a la mujer en niveles más elevados. (…)
Para la mujer, liberarse, no quiere decir aceptar idéntica vida a la del varón, que es invivible, sino expresar su sentido de la existencia.
La mujer, en cuanto sujeto, no rechaza al varón como sujeto, sino que lo rechaza como rol absoluto (…) en tanto que rol autoritario. (…)
La imagen femenina con la que el varón ha interpretado a la mujer ha sido invención suya. (Revuelta Femenina, 1970:15-17)
Este tipo de postulados caracteriza la línea de pensamiento que fue luego retomada por el llamado feminismo de la diferencia (que en Italia fue elaborado y difundido principalmente por Luisa Muraro y la Librería de las Mujeres de Milán), y se opone, en principio, al feminismo de la igualdad. Tanto el «feminismo de la diferencia» (de tradición francesa) como el «feminismo cultural» (Estados Unidos), con el lema “ser mujer es hermoso” se propusieron una revalorización de lo femenino, planteando una oposición radical a la cultura patriarcal y a todas las formas de poder, consideradas propias de los varones. Su momento de mayor expresión y alcance fue a mediados de los 70, cuando grupos radicales de feministas (algunas de ellas ligadas al campo de las artes plásticas), empezaron a formular un rechazo generalizado a la organización, racionalidad y discursos masculinos.
El Manifiesto fue escrito en un contexto político de gran auge de los movimientos estudiantiles y de mujeres, que sostenían principalmente postulados antiautoritarios, anticapitalistas, antibélicos y antipatriarcales. El texto tiene un doble carácter: por un lado, de denuncia frente a los abusos históricos y estructurales de la sociedad que han sometido a las mujeres a ser las “segundas” de la humanidad. Por el otro, es propositivo: insta, por ejemplo, a las mujeres a rebelarse contra el trabajo doméstico e insiste en la importancia de que ellas escriban su propia historia –pues la “historia de la humanidad” es, en realidad, la historia de los hombres (p.16-19).
El feminismo es leído por este colectivo como un momento fundamental para la historia de las mujeres: a partir de este movimiento “la mujer se ha manifestado, interrumpiendo por primera vez el monólogo de la civilización patriarcal” (Revuelta Femenina, 1970:17). Sus estrategias, dinámicas y, en general, su forma de activismo, por lo tanto, son diferentes a los de la militancia sostenida por los varones en partidos políticos ya existentes[8] (incluida la izquierda, con la que, en un principio, muchos colectivos de mujeres tuvieron simpatía). Estos otros movimientos, aun habilitando espacios para que ingresen las mujeres, seguían siendo, profundamente jerárquicos, autoritarios y machistas. La crítica que hace el Manifiesto al marxismo, en realidad, intenta acusar a todas aquellas ideologías que esconden la jerarquía de los sexos:
Reconozcamos el carácter mistificador de todas las ideologías, porque mediante las formas razonadas del poder (teológico, moral, filosófico, político), la humanidad se ha visto empujada a una condición inauténtica, oprimida y consentidora. (…) la civilización nos ha definido como inferiores, la Iglesia nos ha llamado sexo, el psicoanálisis nos ha traicionado, el marxismo nos ha vendido a una revolución hipotética. (Revuelta Femenina, 1970:17-19)
Se acusa como principales responsables de la legitimación de la misoginia a los pensadores y filósofos: “ellos han mantenido el principio de la mujer como ser adicional para la reproducción de la humanidad, vínculo con la divinidad o umbral del mundo animal; esfera privada y pietas” (Revuelta Femenina, 1970:20). Es por esto que el Manifiesto llama a las mujeres a no reconocerse dentro de la cultura masculina, a modo de anular su pretendida universalidad.
El «separatismo» fue parte, precisamente, de una táctica de deslegitimación de formas de actuación masculinas y de sus esferas de discusión. Esto significó, para muchas feministas, desligarse de las actividades políticas oficiales (como discusiones parlamentarias), el rechazo del diálogo con varones y su expulsión de esferas de activismo de mujeres, la negativa a participar en partidos políticos, etc. Todas aquellas tácticas de combate contra el orden establecido que respondieran a “lógicas masculinas” (o lo que los colectivos entendían por tales) fueron rechazadas.
El «mito de la complementariedad» “fue utilizado por el varón para justificar su poder” (Revuelta Femenina, 1970:15); sólo después de su rechazo, las mujeres podrían fijar sus propios objetivos políticos y pensar en la liberación. El discurso naturalista en que se basó este mito, hizo que no se cuestionara, entre otras cosas, el origen de la división sexual del trabajo. Mientras que, para los teóricos marxistas, la familia es el núcleo que mantiene las relaciones capitalistas y de clase, para Lonzi, esta se ocupa principalmente de continuar la opresión de un género sobre el otro: “la virginidad, la castidad, la fidelidad, no son virtudes, sino vínculos construidos” que mantienen a esta institución (Revuelta Femenina, 1970:16).
Las autoras del Manifiesto entienden que los valores de las sociedades occidentales se fundan sobre una división desigual de los recursos y el trabajo, que perjudica a las mujeres y coarta su libertad[9]. Se acusa, además, a la sociedad de erotizar las relaciones desiguales de poder: desde una conveniencia encubierta patriarcal se sostiene que “mantener el statu quo (…) [sería] un acto de amor” (Lonzi, 1970:18). El matrimonio no hace sino conservar el orden patriarcal y capitalista: la mujer que cambia de apellido no ha hecho más que cambiar de propietario, “pasando del padre al marido” (Revuelta Femenina, 1970:16).
La autenticidad se vuelve así un valor irrenunciable por el que luchar dentro de la cultura patriarcal (que es sustancialmente inauténtica, pues se funda en el engaño y el ocultamiento): “Nosotras buscamos la autenticidad del gesto de rebelión y no la sacrificaremos ni a la organización ni al proselitismo” (Revuelta Femenina, 1970:20). Gemma del Olmo Campillo, escribe:
La autenticidad nunca puede ser repetir las verdades aprendidas desde la cultura, las verdades abstractas y aparentemente compartidas, sino que la autenticidad tiene que ver con la búsqueda de sí, con una postura honesta consigo y con el mundo. No es, por tanto, una concepción que tenga que ver con la verdad en sentido clásico, no se pretende llegar a verdades que deben ser compartidas (de forma inducida o no), lo que Lonzi propone es el desarrollo pleno de la libertad, con el reconocimiento de las demás personas y de su libertad. (Del Olmo Campillo, 2016)
La tesis central de este ensayo, escrito en 1971, es que la sexualidad de las mujeres ha sido enseñada y aprendida para satisfacer las necesidades reproductivas del capitalismo y el patriarcado, poniendo a las mujeres en un estado de sumisión e insatisfacción. Para Lonzi, la liberación de la mujer implica su independencia sexual del varón, así como la construcción de sus propios parámetros de goce, erotismo, libertad y seducción –en contraposición a los roles de subordinación y sumisión[10].
Las feministas italianas prestaron atención a un rasgo no menor de la construcción social del deseo, y es que la sexualidad de mujeres y varones es diferente: “en el varón, el mecanismo del placer se halla estrechamente ligado al mecanismo reproductor; en la mujer, en cambio, los mecanismos de placer y de reproducción están comunicados, pero no se superponen” (Lonzi, 1971:69). El clítoris en las mujeres “deviene el órgano sobre cuya base la «naturaleza» autoriza y solicita un tipo de sexualidad no reproductora”[11] (Lonzi, 1971:72).
Todo el modelo sexual del coito “es un modelo cultural de virilidad y femineidad” altamente codificado (Lonzi, 1971:99), a pesar de que los mandatos sociales buscan borrar su marca:
La mujer es monógama, el varón polígamo; la mujer es receptiva, el varón agresivo; la mujer es pasiva, el varón activo; la mujer es para la familia, el varón para la sociedad; la mujer es ejecutiva, el varón creativo; la mujer es presa, el varón cazador; la mujer es irresponsable, el varón responsable; la mujer es inmanencia, el varón trascendencia. La mujer es vagina, el varón pene. (Lonzi, 1971:123)
Precisamente, a la mujer se le ha impuesto el modelo del placer vaginal, haciendo coincidir el «placer» con la «función reproductiva» (Lonzi, 1971:69, 71). La sexualidad manifiesta “una cultura cuyos valores y tabúes reflejan un concepto de «naturaleza» elaborado según los fines de la propia civilización que la origina”. Lonzi piensa que, en este sentido, hay que tomar al aborto como parte del mismo problema: “un proceso de gestación no deseado ya es de por sí consecuencia de un acto de opresión que responde a la satisfacción sexual -y psicológica- del varón patriarcal” (Lonzi, 1971:71). Es decir:
la pareja patriarcal es la pareja pene-vagina, marido y mujer, padre y madre de la cultura animal reproductora: su relación no ha sido determinada sobre la base del funcionamiento sexual, sino sobre la base del funcionamiento de la reproducción a la que ha sido subordinado el sexo femenino. (Lonzi, 1971:118)
La «mujer vaginal» funda la sede de todo mito materno. La autora asegura que, tanto abolir el esquema sexual masculino, como la toma de conciencia de la mujer vaginal, son dos aspiraciones del feminismo. De lograrse ambas, el matrimonio no podría persistir como modelo de relación impuesto y la heterosexualidad dejará de ser un dogma. En este sentido, Lonzi acusa a Freud de haber establecido que “el placer clitórico expresa una personalidad femenina infantil e inmadura”. Para ella, este autor llega a esa conclusión sólo porque la mujer clitórica “no responde al modelo sexual reproductor”, que es, a su vez, aquel que “cristaliza la relación heterosexual según la neta preferencia del pene hegemónico” (Lonzi, 1971:72).
A pesar de la concepción aparentemente esencialista de la biología que aparece en este texto, es importante destacar su advertencia sobre el hecho de que las prácticas sexuales no son puro instinto, ni tampoco universales entre las culturas, sino más bien una secuencia codificada de acciones cargadas de valor social: las relaciones de dominación son justificadas desde la supuesta naturaleza y complementariedad entre varones y mujeres[12]. El ensayo finaliza afirmando que es necesario disolver el nudo creado “por la cultura patriarcal que ha sojuzgado a la mujer mediante la sacralidad de la relación emotiva superior-inferior” (Lonzi, 1971:119).
Escupamos sobre Hegel es quizás el texto más famoso de Carla Lonzi. Fue publicado en la editorial Escritos de Revuelta Femenina en 1970. Se trata de una crítica a la dialéctica del amo y del esclavo de Hegel y a su teoría del reconocimiento: “[Hegel] ha racionalizado el poder patriarcal en la dialéctica entre un principio divino femenino y un principio humano masculino” (Lonzi, 1970:29); de lo que se deriva que el varón preside la comunidad, mientras que la mujer solo preside la familia[13]. El problema femenino:
significa una relación entre cada mujer –carente de poder, de historia, de cultura, de rol– y cada hombre –con su poder, su historia, su cultura y su rol absoluto. El problema femenino cuestiona todo lo hecho y pensado por el hombre absoluto, por el hombre que no tenía conciencia de que la mujer fuese un ser humano de su misma dimensión. (Lonzi, 1970:23)
Lonzi acusa a la Fenomenología del Espíritu de ser “una fenomenología del espíritu patriarcal” (Lonzi, 1970:32). En palabras de la autora: “la relación hegeliana amo-esclavo es una relación interna del mundo humano masculino”; la mujer no se halla en relación dialéctica con el mundo masculino, no hay antítesis, sino que más bien las mujeres se mueven en otro plano (Lonzi, 1970:60). Para Lonzi, la filosofía occidental no ha tomado en serio la discordia entre los sexos, pues para la mujer no se ha previsto ninguna solución dialéctica: “la cultura patriarcal no la ha considerado un problema humano, sino un dato natural” (Lonzi, 1970:27). Esto es:
la dialéctica amo-esclavo es un arreglo de cuentas entre colectividades de varones: no [prevé] la liberación de la mujer, la gran oprimida de la civilización patriarcal. La lucha de clases, como teoría revolucionaria desarrollada a partir de esta dialéctica, excluye igualmente a la mujer. Por esto es necesario poner en tela de juicio el socialismo y la dictadura del proletariado. (Lonzi, 1970:19)
Escupamos sobre Hegel es una crítica tanto a la ideología patriarcal –que posiciona al varón en un rol absoluto, en el que “no [tiene] conciencia de que la mujer [es] un ser humano de su misma dimensión” (Lonzi, 1970:23)– como al feminismo de la igualdad. Lonzi escribe que, cuando las mujeres pidieron la igualdad en el siglo XVIII y “Olympe de Gouges fue condenada al patíbulo por sus «Declaraciones sobre los derechos femeninos» (…) esa presencia [la del feminismo de la igualdad] fue oportuna”. En aquella época, “la demanda de igualdad entre mujeres y varones en el plano jurídico coincidió históricamente con la afirmación de la igualdad de los varones entre ellos” (Lonzi, 1970:23).
El reconocimiento significa concederle a la mujer “su derecho a participar de la gestión del poder en la sociedad” mediante la afirmación de sus capacidades. Sin embargo, en el plano de la gestión del poder “no concurren capacidades, sino una forma particular de alienación que es muy eficaz” (Lonzi, 1970:24). Por esto, las feministas no deben pedir la igualdad (que sería un principio sostenido en una esfera de existencia inauténtica), sino sostener la diferencia: “el mundo de la igualdad es el mundo de la mentira legalizada, de lo unidimensional; el mundo de la diferencia es el mundo en el que el terrorismo depone las armas y la farsa cede al respeto de la variedad y multiplicidad de la vida” (Lonzi, 1970:25). Tampoco deben participar del poder masculino ni pedirle al Estado que las reconozca como ciudadanas en los mismos términos que al varón: hay que cuestionar el concepto mismo de «poder».
Lonzi desconfía de que el problema de la opresión de las mujeres sea sólo un subordinado al problema de la clase: la mujer está también subordinada a nivel del sexo (Lonzi, 1970:28). Acusa al materialismo histórico de ser una ideología que funciona con lógicas masculinas que olvidó “la llave emotiva que ha determinado el tránsito a la propiedad privada”, es decir, “el primer objeto que el varón concibe: el objeto sexual” (Lonzi, 1970:26).
Cuando el marxismo confió el futuro revolucionario a la clase obrera, ignoró a la mujer como oprimida y como portadora de futuro; por tanto, sería “una teoría revolucionaria cuya matriz se halla en la cultura patriarcal” (Lonzi, 1970:28). En este sentido, “el proletariado es revolucionario en su enfrentamiento al capitalismo, pero reformista en su enfrentamiento al sistema patriarcal” (Lonzi, 1970:34):
La abolición de la familia no significa ni comunidad de mujeres, como Marx y Engels ya habían aclarado, ni ninguna otra fórmula que haga de la mujer un instrumento ejecutivo del «progreso», sino liberación de una parte de la humanidad que habría hecho oír su voz y se habría enfrentado, por primera vez en la historia, no sólo con la sociedad burguesa, sino con cualquier tipo de sociedad proyectada que tenga al varón como protagonista, situándose así mucho más allá de la lucha contra la explotación económica denunciada por el marxismo. (Lonzi, 1970:34)
Lonzi advierte que “en los países del área comunista, la socialización de los medios de producción apenas si ha cambiado la estructura familiar tradicional, más bien (…) ha reforzado el prestigio y el papel de la figura patriarcal” (Lonzi, 1970:33-34). El amor libre “era la versión feminista de la crítica a la familia”, mientras que “el matrimonio proletario con amor es la consecuencia viril [en el comunismo]” (Lonzi, 1970:42).
Para Lenin, por ejemplo, la liberación de la mujer sucedería “cuando, en la sociedad comunista, se hubiese librado del trabajo doméstico improductivo para enfrentarse al trabajo productivo” (Lonzi, 1978:38). Un pensamiento de este tipo es, para la autora, una forma más de devaluar el “universo femenino”. La instrumentalización del feminismo que hizo la “revolución comunista” fue la causa de que, una vez instaurada la dictadura del proletariado, se haya querido destruir “la rebelión contra los valores masculinos que la mujer [deseaba] llevar hasta el fondo, más allá de la dialéctica de clases interna al sistema patriarcal” (Lonzi, 1970:39). La escisión entre infraestructura y superestructura:
ha sancionado una ley según la cual las mutaciones de la humanidad (…) han sido y serán mutaciones de estructura: la superestructura ha reflejado y reflejará estas mutaciones. Este es el punto de vista patriarcal. Según nosotras la creencia en los efectos ha periclitado. (Lonzi, 1970:55)
La apuesta política del feminismo es, para Lonzi, la desculturación de las mujeres de toda la cultura patriarcal: “no se trata de una revolución cultural que sigue e integra la revolución estructural, no se basa en la verificación a todos los niveles de una ideología, sino en la carencia de la necesidad ideológica” (Lonzi, 1970:53). Desmentir la cultura significa “desmentir la valoración de los hechos que constituyen la base del poder” (Lonzi, 1970:54).
Estas acusaciones a la cultura patriarcal, acarrean una serie de preocupaciones de Lonzi también respecto de la teoría psicoanalítica. La autora muestra su incredulidad “ante el dogma psicoanalítico que atribuye a la mujer en su más tierna edad el sentido de comenzar en desventaja por la angustia metafísica de su diferencia” (Lonzi, 1970:44). Lonzi no comparte que la sumisión de la mujer al varón sea explicada por el psicoanálisis como la expresión de una ley natural.
La autora italiana se pregunta en qué se han basado los filósofos para reconocer el acto de trascendencia masculino y en qué para negárselo a la mujer: cuando “era el trascendente quien hablaba no podían existir dudas sobre la excelencia de su gesto; y si la femineidad es inmanencia, el varón ha tenido que negarla para dar inicio al curso de la historia”. La oposición entre “inmanencia” (=la mujer) y “trascendencia” (=el varón) subyace a los escritos de Freud[14]. Esta contraposición que propone, en general, toda la filosofía, es la que “ha espiritualizado la jerarquía de los destinos” (Lonzi, 1970:55).
La mujer, por lo tanto, debe enjuiciar “esa cultura y esa historia que tienen como supuesto la trascendencia masculina” así como al principio mismo de la trascendencia (Lonzi, 1970:55).
Escupamos sobre Hegel finaliza afirmando que:
quien no pertenece a la dialéctica amo-esclavo toma conciencia e introduce en el mundo el Sujeto imprevisto (…) que niega el mito del hombre nuevo (…); el problema femenino es, por sí mismo, medio y fin de las mutaciones sustanciales de la humanidad. (Lonzi, 1970:56)
En un clima de radicalización de las consignas de los movimientos sociales de los años 70, Lonzi realizó un doble gesto de desconfianza: hacia el capitalismo y hacia los aliados del feminismo italiano de la segunda ola, es decir, la nueva izquierda (de procedencia marxista). Esta difidencia nace de la percepción de la existencia inauténtica de las mujeres dentro de las sociedades modernas, lo la que llevó a abogar por la creación de espacios para mujeres como lugares para la práctica política, cognoscitiva y de emancipación.
El feminismo y la práctica del separatismo debería ser capaz de reflexionar acerca de lo que en la actualidad entendemos por “cultura masculina”, así como cuáles son los alcances del capitalismo:
La opresión de la mujer no se inicia en el tiempo, sino que se esconde en la oscuridad de sus orígenes. La opresión de la mujer no se resuelve en la muerte del hombre. No se resuelve en la igualdad, sino que se prosigue dentro de la igualdad. No se resuelve en la revolución, sino que se perpetúa dentro de la revolución. El plano de las alternativas es una fortaleza de la preeminencia masculina: en él no existe un lugar para la mujer. (Lonzi, 1970:24)
Lonzi denuncia que de lo que disponen las mujeres es una igualdad política, formal, no filosófica. Siendo el concepto «igualdad» uno que proviene del campo de las leyes, por lo que deben apostar las mujeres, en realidad, es por la diferencia. Se trata de “un principio existencial que se refiere a los modos del ser humano, a la peculiaridad de sus experiencias, de sus finalidades y aperturas, de su sentido de la existencia en una situación dada y en la situación que quiere darse” (Lonzi, 1970:24-25).
Si bien los escritos de Lonzi y del colectivo Revuelta Femenina retoman al «sexo» como categoría de análisis (que había estado ausente de los estudios marxistas tradicionales), conceptualizándolo como un territorio político de la experiencia, dejan de lado la preocupación por la clase social y su íntima relación con la racialización y la colonialidad, así como la vida misma de aquellas mujeres que no pertenecen al mundo blanqueado occidental y burgués.
Se puede observar en el feminismo de Carla Lonzi una suerte de filosofía de la praxis, una teoría emancipatoria nacida de la resistencia a la opresión. El feminismo debe ser una práctica: la apuesta por la «autoconciencia» es el intento de reconocernos como mujeres, entre mujeres. Por otro lado, la desconfianza hacia los varones y sus instituciones llevan a Lonzi a adoptar el separatismo como forma de lucha para “desculturarse” de la sociedad que se basa en valores inauténticos. Se busca la adscripción simbólica a un orden femenino: que las interlocutoras para el feminismo sean mujeres.
El primer paso para la desculturación es reconocer en nuestra cultura una interpretación interesada de la historia y las costumbres, que favorece a los varones y coloca a las mujeres en una posición inferior. La nueva cultura a la que debemos apuntar “tendrá la capacidad de incluir los deseos de las mujeres, su diversidad, así como nuevas formas de relación más auténticas y menos instrumentales” al sistema capitalista y patriarcal (Del Olmo Campillo, 2016).
Para ello es fundamental la práctica de la autoconciencia, que debe llevarse a cabo en grupos de mujeres, en los que cada una pueda hablar de sus experiencias sin buscar explicaciones en teorías previamente elaboradas. Las feministas deben dejar de dar crédito “a teorías hechas desde presupuestos culturales que están estructurados en el desprecio a lo femenino” (Lonzi en Del Olmo Campillo, 2016).
Según Lonzi, en los 70 se inició un proceso de usurpación del feminismo que consistió en su “ideologización e integración en la cultura masculina”. Esto le ha hecho perder gran parte de su potencia transformadora, por lo que las feministas deben reaccionar:
lo primero que hay que hacer es romper con la búsqueda de reconocimiento de los hombres y de su cultura. El diálogo debe hacerse fundamentalmente con las mujeres, con otras feministas, no con quienes ocupan el lugar de los opresores. (Lonzi, 1977, s/p)
Consideramos que la práctica del affidamento[15] –concepto de difícil traducción, elaborado por el grupo de Milán– es una apuesta política que apunta en la misma dirección trazada por la pensadora analizada en este artículo. Como antecedente a este concepto teórico-práctico encontramos, en el grupo Rivolta Femminile (1972), por ejemplo, la afirmación de que "el feminismo comienza cuando la mujer busca la resonancia de sí en la autenticidad de otra mujer" (Rivolta Femminile en Rubio Castro, 1990).
A partir de la revisión de los aportes de Carla Lonzi, se puede concluir que el feminismo debe ser una ética: de los afectos, del cuidado, de las solidaridades y de las prácticas políticas. Su atención a la experiencia es casi un método que “crea el espacio para un sujeto ausente y una experiencia ausente, para que sea ocupada por la presencia y la experiencia oral de mujeres concretas hablando sobre y desde las realidades concretas de sus mundos cotidianos” (Smith, 1987: 107).
La sexualidad, el placer, la maternidad, la cultura, son un campo en disputa que sólo podrán ser un espacio de liberación si se alejan de las ideologías masculinas. En este sentido, Lonzi propone trasladarse al plano simbólico y que sea allí donde se produzca la efectiva liberación de la mujer y de su deseo.
La sociedad ideal para Lonzi es aquella que puede hacer a las mujeres libres, sin jerarquías y sin un orden social patriarcal. Como escribe Gemma del Olmo Campillo:
Solo fuera de ese sistema, fuera de la cultura que menosprecia lo femenino, será posible una vida vivible para las mujeres. Es imposible que las mujeres consigan ser libres y saber lo que desean en una cultura que las desprecia y limita sus deseos. (Del Olmo Campillo, 2016)
Los feminismos, en la actualidad, podrían bien nutrirse del gesto político de Lonzi que busca experiencias auténticas para rebelarse al orden patriarcal:
No es casual que las figuras que Lonzi describe como aquellas que desmienten de forma contundente el espíritu de la Historia –con mayúsculas– que describe Hegel son dos: la mujer que rechaza la familia (como lugar de trabajo reproductivo gratuito, desvalorizado y obligatorio) y el joven que rechaza la guerra (como modelo de virilidad patriarcal). (Gago y Gutiérrez Aguilar, 2017:7)
Actuar –a partir de lo que las autoras Gago y Gutiérrez Aguilar llaman “la autonomía interdependiente” (de sostén recíproco en una trama colaborativa)– se convierte en la urgencia que interrumpe el soliloquio patriarcal y crea nuevas subjetividades. El doble movimiento que se le exige a las mujeres involucra que, a la vez que “se hace cargo del lugar de sujeto en el que ha sido colocada, socializada y fijada”, pueda también “subvertir ese lugar sin desplazarse al lugar del dominador; es decir, desplazarnos sin aceptar la mediación patriarcal” (Gago y Gutiérrez Aguilar, 2017:8, 9).