Dossier

Recepción: 14 Septiembre 2019
Aprobación: 18 Marzo 2020
Resumen: En el campo de la historia económica no son frecuentes los abordajes sobre los escritos de las mujeres economistas. En el presente documento se procura identificar y contextualizar dentro de los estudios de género las obras de mujeres que escribieron sobre economía política, en un período que se inicia a mediados del siglo XVIII y llega hasta fines del siglo XIX, especialmente en el mundo británico. Estos primeros escritos representan a mujeres aisladas que no tienen consciencia aún de pertenecer al grupo de mujeres economistas. El método de trabajo es histórico-documental con base en las fuentes escritas. Una clasificación de las economistas bajo un criterio generacional y temático en el período señalado revela cuatro etapas. En primer lugar, la fase de popularización de la economía política, con Jane Marcet y Harriet Martineau, cuya labor se orientó a la difusión de las concepciones liberales clásicas de acuerdo a la exposición de los maestros clásicos, en particular Adam Smith. Luego, con Maria Edgeworth y Elizabeth Gaskell, la economía política adquiere un tono narrativo y de crítica social. En tercer término, se llega con Harriet Taylor Mill a una crítica sobre situación de la mujer y la necesidad de lograr reformas profundas que rompan con la histórica sujeción de la mujer. Por último, se plantea la institucionalización del espacio académico de la mujer economista, con el ejemplo de Mary Paley Marshall. En el documento se muestra un proceso continuo donde las autoras desarrollan progresivamente, la elaboración de temas tradicionalmente vedados para ellas, lo que constituirá un punto de inflexión en la historiografía de la economía política. Se concluye que con el tiempo se sumaron voces femeninas a la discusión disciplinaria, las cuales plantearon nuevas perspectivas y modos de abordajes dentro de la economía, modificando su rol original de meras divulgadoras de las obras a artífices.
Palabras clave: mujeres, pensamiento económico, Europa.
Abstract: In the field of economic history, approaches to the writings of women economists are not frequent. In this document it tries to identify and contextualize within the gender studies the works of women who wrote about political economy, in the period that begins in the mid-eighteenth century and reaches the end of the nineteenth century, especially in the British world. These first writings represent isolated women who are not yet aware of belonging to the group of women economists. The work method is historical-documentary with base on written sources. A classification of economists under a generational and thematic criterion in the period indicated reveals four phases. First, the phase of popularization of political economy, with Jane Marcet and Harriet Martineau, whose work was oriented to the dissemination of classical liberal conceptions according to the exposition of the classical masters, particularly Adam Smith. Then, with Maria Edgeworth and Elizabeth Gaskell, political economy acquires a narrative and social criticism tone. Third, a criticism about the situation of women and the need for deep reforms that break with the historical subjection of women is reached with Harriet Taylor Mill. Finally, the institutionalization of the academic space of the economist woman is proposed, with the example of Mary Paley Marshall. The paper shows a continuous process where the authors progressively develop, the elaboration of traditionally forbidden topics for them, which will constitute a turning point in the historiography of political economy. It is concluded that over time female voices were added to the disciplinary discussion, which raised new perspectives and ways of approach within the economy, modifying their original role as mere disseminators of the works to architects.
Keywords: women, classical, history of economic thought, Europe.
1. Introducción: visibilización de las mujeres economistas
“A vestige of the thoughts that once I had…”
Christina Rossetti. “Remember” (1849)
Scott (1992) afirmó que la visibilización de la mujer economista no se muestra hasta tiempos recientes. En una similar línea de análisis, Willie Henderson (1992) sostuvo que la significación, por caso, de la obra de Harriet Martineau para la historia de la economía estaba comenzando a ser reexaminada. Sin embargo, no abundan las referencias a escritos elaborados por mujeres en la época del nacimiento de la economía política. Por esta razón, en el presente documento se procura recuperar la obra de aquellas mujeres que se abocaron a la comprensión y difusión de esta nueva ciencia, en un período que abarca desde mediados del siglo XVIII hasta fines del siglo XIX. Para cumplir con este objetivo, se clasifica a las autoras bajo un criterio temático-generacional. Al mismo tiempo, se identifica la visión acerca de la economía según lo reflejan sus principales escritos.
El estudio se sitúa en las Islas Británicas, puesto que la economía política, en tanto que ciencia moderna, es fundamentalmente de origen anglosajón. Además, porque esta región fue sede del amplio proceso de transformaciones socio-tecnológicas y económicas que impulsó la “Revolución Industrial”. Por lo tanto, es de esperar que las primeras mujeres economistas pertenezcan –prioritaria, aunque no únicamente- a su núcleo más dinámico.
Lo primero que surge al ojo del observador es que en las historias del pensamiento económico de consulta habitual, sorprende la ausencia de la mujer economista de entre las miles de páginas[2]. Se puede alegar que algunas han sido redactadas en épocas donde aún no se había impuesto la perspectiva de la mujer en los estudios económicos. Sin embargo, en las obras más recientes tampoco se muestra una intencionalidad de inclusión. Por ejemplo, en la compilación sobre los cincuenta economistas más relevantes en el desarrollo de la disciplina, solamente se incluye a Joan Robinson y a Barbara Bergmann (Pressman, 2002). No hay mención de mujeres destacadas como Elinor Ostrom, premio Nobel de Economía 2009, quien para la fecha de la edición del libro antes mencionado ya había publicado artículos de alto impacto académico.
Hay pocas mujeres que figuren como autoras de historias del pensamiento económico. Se destacan algunas voces aisladas, como la de Phyllis Deane (1975), figura influyente en la escena universitaria como historiadora de la primera revolución industrial, biógrafa de John Neville Keynes y antigua presidenta de la Royal Economic Society.
En los registros históricos aparecen mencionadas sólo aquellas mujeres que tratan acerca de la labor intelectual de hombres, como historiadoras, compiladoras, divulgadoras o comentaristas[3].
Ningún rastro de planteos o de ideas de mujeres llega hasta el presente. Tardíamente, aparece Joan Robinson en el marco de la escuela poskeynesiana a mitad del siglo XX y Ester Boserup en la economía del desarrollo. Antes de ella, nada, algún rostro entre sombras y palabras entregadas al olvido. No es casualidad que no existan muchas reediciones de los escritos de las primeras mujeres economistas. Es que los pensamientos manifestados en el ámbito de las labores domésticas no tenían interlocutores o eco posible. Como ha señalado irónicamente Katryn Marçal (2015), alguien tenía que cocinarle a Adam Smith.
Es curioso el hecho de que en la identificación de aportes según lo realizan las principales corrientes ideológicas en economía, se incluya junto al largo registro de hombres preclaros a una serie de ignotos precedentes de un concepto o de alguna categoría hoy olvidada. Donde sobresalen los Marshall, los Petty y los Jevons, son reconocidos también personajes relativamente menores, aunque no se menciona ni al pasar a Rosa Luxemburgo o Edith Penrose. Había que esperar a Michèle Pujol (1992), desde el feminismo o a Maxine Berg (1992) desde la historia económica, para recordar que existieron mujeres economistas e historiadoras económicas por su propio derecho, cuyas obras merecen ser resignificadas a la luz de una historia integral de las mujeres y desde una perspectiva de género.
2. Historia de las mujeres y perspectiva de género
Los estudios sobre la mujer deben ser reconocidos como una rama con identidad propia en la ciencia económica, con capacidad para interrogar críticamente y desde otras miradas las narrativas tradicionales; de atravesar distintos espacios de investigación (economía del trabajo, historia de la economía social, economía de la salud, etc.) e incluso de trascender los límites disciplinarios. Es que estos enfoques proveen marcos explicativos con potencial para abrir nuevas líneas de trabajo académico, sobre todo en aquellas áreas donde se interpela la visión unilateral y reduccionista del “camino central” o mainstream de la ciencia económica. Según Pujol (1995), esta perspectiva de la teoría convencional sería en realidad un malestream, esto es, una interpretación fundamentalmente masculina de la economía. Por este motivo es imprescindible pensar la ciencia económica desde otra perspectiva más amplia y abarcativa que incorpora la obra de un conjunto de textos a la historiografía económica.
La historia de las mujeres surge como campo de investigación a partir de la renovación de la disciplina histórica y de los aportes de la teoría feminista. Arlette Farge señala que “las militantes de los movimientos feministas hacen la historia de las mujeres antes que las historiadoras mismas”. (Farge, 1991: 80). En efecto, esta primera historia de las mujeres es una historia feminista que se acerca más al movimiento y a la política que al saber académico. Ahora bien, con el tiempo, un grupo de historiadoras se aleja de la militancia, en lo que Pablo Sánchez León llama proceso de “desidentificación” del compromiso feminista (Sánchez León, 2003), y se acerca a la historia académica institucionalizada en las universidades. Aunque se reconocen las deudas indiscutibles de la historia de las mujeres con el feminismo, la postura del trabajo coincide con Brian Harrison y James MacMillan en que “la historia de las mujeres no debe quedar en manos de las feministas de la misma manera que la historia del movimiento obrero no puede ser coto exclusivo de los historiadores socialistas”. (Harrison y MacMillan en Sánchez León, 2003: 185).
Esta incorporación de la historia de las mujeres al saber académico ha sido variable en los diferentes países y regiones y esto ha tenido que ver con las particularidades de cada país y de cada región. Así, por ejemplo, en los años 1970, se establecen las primeras carreras de posgrado en historia de las mujeres en universidades de los Estados Unidos. Desde entonces, este campo de estudio no ha dejado de crecer, fortalecerse y legitimarse en espacios académicos y centros de investigación de todo el mundo aunque a ritmos muy dispares.
En cuanto a las categorías de análisis, la historia de las mujeres toma la de mujer, patriarcado y género, aunque las mismas, han ido cambiando su significado con el correr del tiempo. Así, por ejemplo, en los años 1970, se entendía la mujer como una categoría homogénea y estática, diferente de la de varón, igualmente homogénea y fija. De ese modo, se estableció claramente la oposición binaria. También por entonces comenzó a utilizarse el concepto patriarcado como herramienta analítica para explicar la subordinación femenina. La historiadora Gerda Lerner lo ha definido como un sistema no natural sino histórico que tiene un inicio en el pasado y, por lo tanto, también puede tener un fin. (Lerner, 1990: 23).
En la década del 1980, Sheila Rowbotham reconoce las limitaciones de dicho concepto debido a que entraña una estructura estática, no expresa movimiento y, al mismo tiempo, “hace pensar en una sumisión fatalista que no deja espacio para las complejidades de la oposición femenina”. (Rowbotham, 1984: 250). Sin embargo, no todas las historiadoras comparten ese pensamiento y rescatan la categoría patriarcado y su utilidad para el análisis histórico. (Alexander y Taylor, 1984). También por aquella época comienza a visualizarse la heterogeneidad de las mujeres; en otros términos, se termina con el significado unitario de la categoría mujer y se empieza a considerar también la etnia, la religión, la preferencia sexual, la clase social, etc. para analizar el pasado femenino. Al mismo tiempo, el género comienza a utilizarse como herramienta conceptual. Como afirma Joan Scott, se trata de una categoría útil para la historia, más neutral y académica que la de mujeres, mucho más politizada (Scott, 1999: 24). Para esta historiadora, la definición de género tiene dos partes: “el género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos y el género es una forma primaria de relaciones significantes de poder” (Scott, 1999: 44).
En la década de 1990, dicha categoría se sigue trabajando y se constituye en el marco conceptual de referencia para analizar las sociedades del pasado:
“La categoría género, o sexo/género, se ha constituido (…) en un marco conceptual de referencia para indagar esta problemática, la historia de los sexos y del género en la trama social de la historia. El género o el sistema sexo/género es primariamente una relación de poder y por lo tanto jerárquica; indica la supremacía del varón y la subordinación femenina, y es también el modelo de relación –desigual y jerárquica- que los hombres impusieron a todo el cuerpo social”. (Lagunas, 1993: 187).
En este contexto, las y los investigadores de las mujeres están lejos de formar un bloque monolítico y homogéneo, debido a que presentan miradas y matices diversos. Así, por ejemplo, se encuentra un enfoque individualista, de tradición británica y estadounidense, y otro, relacional, de tradición mayormente europea. El primero, se centra en el individuo, en cambio, el segundo, en la pareja varón-mujer. Se trata de enfoques operativos que también reflejan las profundas diferencias de opinión que durante tanto tiempo han existido en el discurso occidental sobre las cuestiones estructurales básicas de la organización social y, en particular, sobre la relación de los individuos y de los grupos familiares con la sociedad y el estado. (Offen, 1991: 118).
Un ejemplo del primero se encuentra en la obra de las autoras Bonnie Anderson y Judith Zinsser (1992) titulada Historia de las Mujeres: una historia propia en la que se centra toda la atención en las mujeres y su situación de inferioridad. El segundo, en cambio, se ubica en la Historia de las Mujeres de Occidente dirigida por Georges Duby y Michelle Perrot (1993) en la que prima la relación entre los sexos. El primer enfoque reconoce deudas con el pensamiento feminista angloamericano y el segundo, con la escuela de los Anales. (Lagunas, 1993: 189-190).
En cuanto a las fuentes y metodología de este nuevo campo de investigación, durante la década de 1980, historiadoras de las mujeres entre las que se encuentran la estadounidense Joan Scott y la francesa Michelle Perrot señalan que se ha avanzado más en la visibilización femenina que en la teoría y metodología. (Sánchez León, 2003: 163). Esta afirmación da impulso a una proliferación de reflexiones en torno de los supuestos teóricos de la historia de las mujeres. Respecto de los metodológicos en particular, algunas autoras han considerado que sí existe una metodología propia de la disciplina y otras, que la historia de las mujeres toma prestados de la historia social y de las demás ciencias sociales sus métodos y técnicas. Dentro del primer grupo se ubica Linda Gordon, quien plantea la existencia de una metodología propia de la disciplina y apunta que “En la historia escrita pueden encontrarse métodos feministas o de mujeres para: a) definir lo que sirve como testimonio, b) recolectar pruebas, c) generalizar a partir de lo específico y d) extraer conclusiones. Sólo en la primera categoría encuentro una contribución singular (…) en la historia de las mujeres”. (Gordon, 1992: 120-121).
Es decir, aunque Gordon sostiene la existencia de una metodología propia, reconoce aportes limitados hasta el momento. En el segundo grupo están, entre otras, Joan Scott y Gisela Bock. La primera, señala que “la historia de las mujeres se ha propuesto hacer visibles a las mujeres en los marcos históricos existentes, ha aportado nueva información pero no una metodología propia”. (Scott, 1992: 46). Y agrega que lo que caracteriza a la historia de las mujeres como campo de estudio es justamente la pluralidad de métodos y la diversidad de marcos teóricos (marxismo, psicoanálisis, pensamiento posmoderno) para abordarla. (Scott, 1992: 50). Por su lado, la segunda sostiene que:
“…la historia de las mujeres ha hecho uso de todos los métodos y enfoques de que disponen los historiadores, con inclusión de la biografía, la historia cultural, antropología, economía y política, la historia de las mentalidades y de las ideas, la historia de la tradición oral y los métodos preferidos de la historia social, tales como el estudio de la movilidad, de la demografía histórica y de la historia de la familia”. (Bock, 1991: 57).
En la actualidad, las y los investigadores de las mujeres cuentan con diversas modalidades para abordar su objeto de estudio, al igual que los demás estudiosos del pasado. En otros términos, hasta el momento no puede hablarse de una única metodología propia y exclusiva de la historia de las mujeres sino que debe referirse a metodologías plurales utilizadas para analizar tanto a las mujeres del pasado como así también sus relaciones con los varones.
En cuanto a las fuentes, las mujeres raras veces han aparecido mencionadas en los registros oficiales o estatales, los únicos documentos válidos para la investigación histórica, según la historiografía tradicional. Ahora bien, la renovación historiográfica ha permitido ampliar el campo de estudio y, al mismo tiempo, diversificar tanto las metodologías como las fuentes.
Las y los historiadores que trabajan sobre temas de los últimos siglos como, por ejemplo, el tema que nos ocupa, cuentan con abundantes fuentes; en este caso, con los escritos de las propias mujeres economistas británicas. Pero, aquellos que estudian períodos anteriores, la insuficiencia o la falta de fuentes adecuadas siguen siendo un problema. Estas historiadoras se han apropiado de las herramientas de la etnología para buscar el "silencio" de las mujeres. Al estudiar la historia de las mujeres en las sociedades no alfabetizadas y, en particular, las sociedades no occidentales, donde gran parte de la documentación escrita se encuentra en archivos coloniales, las y los investigadores de la mujer son pioneros en crear aproximaciones a través del análisis de los mitos, las inscripciones, las pinturas o esculturas, las historias orales y demás, etc. (Offen, 2009: s.p.).
Por otro lado, cabe señalar el cuestionamiento que la historia de las mujeres hace sobre aquellas interpretaciones del pasado que mantienen invisibilizadas a las mujeres y la crítica, al mismo tiempo, del sujeto de la historia aceptado durante tanto tiempo: el hombre universal, blanco y heterosexual. Por ello, al decir de la propia Joan Scott, “la historia de las mujeres comporta (…) una ambigüedad perturbadora pues es al mismo tiempo un complemento inofensivo de la historia instituida y una sustitución radical de la misma”. (Scott, 1993: 69). Al respecto, Dora Barrancos sostiene que la historia de las mujeres encierra el “apasionante desafío de alterar radicalmente la Historia…”. (Barrancos, 2004-05:66). De esta manera, este nuevo campo historiográfico critica la historia tradicional considerada neutral y objetiva y propone, al mismo tiempo, la inclusión de las mujeres en la reflexión sobre el pasado. Cecilia Lagunas agrega:
“El empuje que adquiere la Historia de las mujeres apunta a la reinterpretación de la historia a través de un renovador planteamiento conceptual metodológico que permite incluir la experiencia, las sensibilidades, las actitudes, de los hombres y las mujeres y las representaciones sociales y simbólicas de las identidades masculinas y femeninas en una historia nueva, total”. (Lagunas, 1997: 54).
Una historia renovada debe incluir entonces, como sugiere Lagunas, las experiencias, sensibilidades y actitudes tanto de las mujeres como las de los varones del pasado. En este caso, las de las mujeres economistas británicas de los siglos XVIII y XIX.
Respecto de la complejidad de su objeto de estudio, es necesario insistir en la diversidad de las mujeres. Como apunta Gerda Lerner, “es un craso error intentar conceptualizarlas esencialmente como las víctimas”. (Lerner, 1990: 21). Al mismo tiempo, también es una equivocación considerarlas siempre como heroínas o igualmente romantizarlas, es decir, asociarlas exclusivamente a los sentimientos y la familia. De allí que Gisela Bock señale que las mujeres tienen historias diferentes; en otras palabras, la historia de las mujeres sólo puede ser comprendida en plural y no en singular. Además, dicha historia no es lineal sino que presenta avances y retrocesos, se trata de un proceso complejo, similar a la historia de los varones, igualmente rica y variada.
“…la historia de las mujeres coincide con la de los hombres en tanto en cuanto que es igual de rica y complicada, y no es lineal, lógica ni cohesiva. (…) es diferente de la de los hombres, y es precisamente esta diferencia lo que la hace merecedora de estudio…”. (Bock, 1991: 56 y 57).
Así, en la actualidad, la historia de las mujeres sólo puede ser abordada en plural, como se verá a continuación al analizar las mujeres economistas de las islas Británicas, de los siglos XVIII y XIX.
3. Primera etapa: popularización y difusión de la economía política
En la primera etapa está el propósito de popularizar y difundir los principios de la economía política clásica, tal como ésta había sido formulada por Adam Smith y David Ricardo, principalmente. Se destacan las figuras de Jane Marcet y la de Harriet Martineau, quienes se orientaron a la educación económica con base en las obras de los grandes pensadores de la economía política clásica (Shackleton, 1990).
Jane Haldimand Marcet (1769-1858), tal es su nombre completo, al igual que la mayoría de las mujeres de su generación, no tuvo la oportunidad de una educación formal. Inquieta y buena escritora se convirtió en autora de obras populares de química, botánica y religión (Forget, 2016). Es de notar que Marcet, al igual que George Sand y George Eliot, utilizó ocasionalmente nombres masculinos para su obra y también publicó anónimamente, a fin de no ser desconsiderada por el simple hecho de ser mujer.
Los trabajos de Marcet sobre economía tuvieron una gran difusión, puesto que a una literatura amena se unía un toque despreocupado sobre asuntos que habían sido tratados de manera más solemne por Adam Smith, con un modo obscuro y dramático en el tratamiento de los temas económico-sociales, como sucede con David Ricardo y Thomas Malthus. La forma argumentativa de Marcet y su estilo narrativo se diferencia notablemente de los textos elaborados por los representantes “pesimistas” de la escuela clásica. De acuerdo a la biografía intelectual elaborada por Dimand (Dimand et al, 2000), Jane Marcet desarrolló a lo largo de su vida interés en los aspectos bancarios, monetarias y agrícolas, entre otras cuestiones económicas; incluso, participó en polémicas públicas, como fue en el caso de los debates por el “bullonismo”, esto es, la suspensión de la convertibilidad en oro de los billetes del Banco de Inglaterra.
Cuando sucedió la crisis del agro y de los granjeros en 1830, escribió especialmente la obra “Nociones de John Hopkins sobre economía política” (Marcet, 1833), la cual se centra en la situación particular de un agricultor, con dificultad para mantener a su vasta familia con los magros ingresos y las malas cosechas. Según Hollis (2002), las reflexiones de Marcet sobre la falta de bienestar de los sectores campesinos contribuyeron a la promulgación de la nueva ley sobre pobres de 1834. Además, redactó un estudio sobre las clases ricas y menos pudientes, y acerca de cómo enfrentan éstas los problemas de salarios, rentas, comercio y el dinero (Marcet, 1851). Lo notable es que esta obra fue escrita para los maestros y la educación de niños, ya que se trataba del público lector al que podían acceder las mujeres escritoras. Aunque sin duda, su título más famoso y difundido en economía fue “Conversaciones sobre economía política”, editado originalmente en 1816, un año antes que los “Principles of Political Economy and Taxation” de su admirado David Ricardo. Es de notar que estas obras fueron recomendadas para su lectura por los propios economistas, en especial por el clérigo Malthus, el cual había conservado una amistad de larga data con Marcet. Sobre las obras de Marcet, el francés Jean Baptiste Say afirmó que el conocimiento que demostraba no era despreciable, por el contrario el mismo era superior al de muchos hombres economistas. De acuerdo con Henderson (1994), Marcet concibió la necesidad de solucionar el problema de los sectores más humildes por medio de la educación, la difusión de la ciencia y la popularización de la economía política. La importancia de la economía radicaba, pues, en que proveía los fundamentos para propender a una reforma social moderada.
Harriet Martineau (1802 – 1876) se distingue del resto de las mujeres de su generación porque tuvo la posibilidad de convertirse en escritora de tiempo completo, algo inusual para la época. Ni siquiera Jane Austen, la novelista de una generación anterior había llegado a tanto. Para lograr esta independencia de recursos, desplegó su actividad como periodista, novelista, traductora y como escritora de discursos de ocasión, especialmente speechs políticos e incluso parlamentarios. Fue pionera como escritora de viajes y sobre la cuestión de la mujer (Frawley, 2003). Se le reconoce ampliamente por la autenticidad de su autobiografía, con páginas memorables. Keynes anotó en su “Ensayos Biográficos” la capacidad que manifestaba Martineau para evocar personajes. En particular, cuando se refiere a Thomas Malthus, uno de sus grandes amigos. Otros la consideran, especialmente por sus observaciones de costumbres y tradiciones obtenidas en el transcurso de sus viajes, la primera socióloga mujer (Hill, 1993). En economía fue una clara representante del libre mercado, el laissez faire y la supremacía comercial británica, además de condenar la aplicación de tarifas y aranceles y sobre los Bill of Rights (1838). Sostenía que éstas respondían a un vicioso principio aristocrático, diseñado para menoscabar el trabajo de los trabajadores. En síntesis, adoptó sin mayores críticas los tópicos de la escuela clásica. Como nota particular, aunque no menor, se opuso con toda dureza contra la institución de la esclavitud (Le-Guilcher, 2013).
En lo que respecta estrictamente a la economía, su obra principal (Martineau, 1873) se editó en 25 fascículos entre 1832 y 1833 bajo el nombre de “Illustrations of Political Economy”, posteriormente compilados en 9 volúmenes. La escritora afirma taxativamente en el prólogo que se propone con esta serie popularizar la nueva ciencia de la economía política. Al mismo tiempo, justifica la elección de la forma narrativa y la necesidad de ilustrar los principios más generales de esta ciencia con ejemplos, diálogos, personajes e historias. Un análisis superficial de su discurso, revela que Martineau quería difundir su obra para el bien de toda la población del “imperio británico”, lo cual indica que ella creía en el progreso y en la necesidad de sacar de la barbarie a los “pueblos y a las razas” más retrasadas. Si esta visión se lleva al campo de la economía política, es dable pensar que Martineau construye sus argumentos para mostrar la universal relevancia de la economía política clásica (Klaver, 2007). No obstante sus logros, son evidentes también sus limitaciones teóricas. Annette Van (Van, 2006) ha llamado la atención sobre la tendencia de Martineau a realizar una mera labor de “ilustración” de los principios de la economía política, sin un cuestionamiento de sus categorías básicas.
Para comprender mejor la importancia de Marcet y Martineau hay que tener en cuenta que la popularización de las doctrinas económicas clásicas venía de lejos. En efecto, diversos autores habían publicado con anterioridad textos de divulgación, aunque sin mayores éxitos en el logro de sus objetivos básicos. Los Elements of Political Economy de James Mill y los Principles of Political Economy de J.R. McCulloch fracasaron en su intento de acercar el conocimiento científico al público, por ser obras demasiado abstractas y por estar redactadas en un tono demasiado árido para los oídos del vulgo (Berg, 1980). En este contexto se comprende mejor el papel jugado por las primeras mujeres economistas, quienes escribieron cuentos, diálogos y narraciones mediante las cuales se deslizaban ideas y razonamientos, con el fin de popularizar la ciencia, y en particular, la economía política (Freedgood, 1995). Una de las razones puede estar en que era la escritura de poemas, novelas o cuentos para las que habían sido socializadas las mujeres. Además, su educación informal, las llevaba en esa dirección. Por ello, al realizar una historia de la historiografía de la economía política escrita por mujeres, necesariamente deberán tenerse en cuenta textos fuera del canon.
El argumento de fondo sostenía que el ambiente social sería universalmente mejor si la gente participaba -de algún modo- del esfuerzo de la comunidad científica y si adquiría un conocimiento aún somero, de los avances en química y en botánica, en astronomía y en economía política. Es de advertir que detrás de la escena subyace la filosofía utilitarista de Jeremy Bentham y de la cual James Mill fue uno de sus principales impulsores. También se puede detectar, quizás más en Marcet y en Edgeworth, un sabor edificante de lo moral, con un mensaje evangélico de contracción al trabajo y de austeridad.
El ambiente general era propicio para la labor de ambas escritoras. De hecho, tuvieron una influencia directa sobre las reformas educativas. Entre estas, hay que mencionar a la “Sociedad para la Difusión del Conocimiento Útil” (Society for the Diffusion of Useful Knowledge), creada bajo la iniciativa de Sir Henry Brougham, parlamentario y heredero de los ideales de la ilustración escocesa. Esta organización con sede en Londres desarrolló sus actividades benéficas por todo el Reino Unido y sus colonias entre 1826 y 1848. Su propósito fundamental era la difusión de ideas, mediante la publicación de colecciones de libros y revistas accesibles al gran público y a un costo ínfimo. El prospecto de la sociedad también señala que otro de los objetivos primordiales era el de “impartir información útil a todas las clases de la comunidad, particularmente a aquellos que no pueden contar con profesores experimentados, o pueden preferir aprender por sí mismos". (Grobel, 1832).
La agrupación buscaba lograr sus fines actuando como intermediario entre los autores y los editores en varias series de publicaciones diferentes y con frecuencia ambiciosas, para lo cual fijó la forma y el precio de venta de los tratados, la frecuencia de publicación y los pagos a los autores; el editor hizo arreglos con la impresora y organizó la distribución y venta de publicaciones. La Sociedad fue responsable de muchas series de publicaciones que incluyen: 'Biblioteca de conocimiento útil'; 'Almanaque británico'; 'Biblioteca de conocimiento entretenido'; 'Serie del granjero; 'Mapas'; 'Compañero de trabajo'; 'Revista trimestral de educación'; 'Penny Magazine'; 'Penny Cyclopedia'; 'Galería de retratos'; 'Biblioteca para los jóvenes'; 'Diccionario biográfico', etc.
Como las mujeres economistas contribuyeron con estos propósitos de elaborar contenidos sencillos, puede ponderarse que la “Sociedad…” fue uno de los proyectos educacionales más ambiciosos y progresista del siglo XIX en la educación de los adultos de los sectores populares. Es interesante percibir cómo las mujeres se las ingenian para inmiscuirse con habilidad por las pequeñas y estrechas aberturas que presentan la reflexión y conocimiento de los temas que dominaban los varones. Es decir, con sutileza empiezan a ganar espacios en una sociedad, como la británica, que es más permeable para este tipo de participación.
4. Segunda etapa: la economía política en un marco literario
En la primera mitad del siglo XIX surge una corriente de literatura con orientación social, cuyas narraciones reflejan acabadamente las tensiones sociales de la sociedad británica. Las máximas representantes son las escritoras Maria Edgeworth y Elizabeth Gaskell.
No es casual que sean literatas. Se trataba de una profesión “permitida” y hasta fomentada para las mujeres de los sectores medios y acomodados británicos. A pesar de ello, el acceso al conocimiento formal les estaba vedado. De modo que una mirada más atenta permite ver en los relatos de estas mujeres escritoras más que meras líneas de entretenimiento para sus congéneres sino, en muchos casos, agudos estudios sociales, económicos y políticos. Dicho de otro modo, las mujeres de aquella época hacían sus aportes a la economía, con las herramientas con las que contaban, aun sin ser plenamente conscientes de estar realizando contribuciones a la ciencia.
En términos contemporáneos, sería difícil reconocer a Maria Edgeworth (1768 - 1849) como economista, si se tiene en cuenta la normatividad de la ciencia corriente. Ella fue una literata muy exitosa en su momento aunque no redactó de manera específica obras de economía. Igualmente, es una labor promisoria la búsqueda de temas económicos en sus novelas y cuentos, porque aparecen numerosas observaciones sobre el incipiente capitalismo industrial de la época. Es que Edgeworth demostró, según Weiss (2014), un conocimiento económico de sentido común, sin fisuras e incluso sólido. Más aún, agrega, que sus relatos de literatura juvenil contribuyeron a difundir ideas sobre el funcionamiento de los mercados, el comercio y el trabajo.
Otro aspecto a destacar se refiere a la insistencia de Edgeworth, al igual que sucede con Marcet, en el vínculo existente entre la educación moral y el comportamiento económico. Por esta razón supo caracterizar negativamente a los personajes de sus relatos que manifiestan conductas financieras inapropiadas (gastos excesivos, inversiones irresponsables, etc.), o en algunos casos, llega a reprochar la demanda de bienes excesivamente sofisticados y opulentos. En síntesis, Edgeworth no elabora textos científicos en el área económica, pero su capacidad de observación es tan aguda que se anticipa a la labor de algunos historiadores de la economía. Por ejemplo, coincide con McKendrick (1982), quien considera que los inicios del siglo XVIII son los años del nacimiento de la sociedad de consumo. No existen estudios de la economía política clásica sobre estos cambios en los patrones de demanda, solamente se posee la identificación del fenómeno societal mediante la creación literaria.
Elizabeth Gaskell, ha pasado a la posteridad como la principal referente de las “novelas industriales”. En una serie de relatos inolvidables, de los cuales quizás sea la historia de Margaret Heale en “North and South” (1854-55) la más conocida. En estas obras la economía subyace como un aparente telón de fondo de la trama principal. Sin embargo, cuando de la trama emergen un sinnúmero de informaciones sobre la estructura social de la época y la conducta de los nuevos capitalistas-empresarios, junto a reflexiones muy realistas acerca de las clases trabajadoras, como sucede, a modo de ejemplo, con las certeras observaciones de la escritora sobre las condiciones de las fábricas de algodón en las ciudades del norte inglés, los efectos del maquinismo y el contraste entre la serena belleza de la vieja campiña y el hacinamiento miserable de las aglomeraciones urbanas.
5. Tercera etapa: situación de la mujer en una sociedad en crisis
Esta etapa se caracteriza porque las mujeres economistas profundizan su visión crítica sobre la sociedad. La economía política es una herramienta para descubrir los problemas y las tensiones sociales. Téngase en cuenta que es la época de las crisis y de las primeras revoluciones, de las discusiones por la ley de pobres y por la ley de granos. Por lo tanto, la labor con se contenta con el hecho de comentar las obras de los grandes autores o de difundir sus ideas. Van más lejos, ya que son ellas las que desarrollan una visión acerca de las cuestiones de la distribución de la riqueza, de las leyes sociales, y en fin, de lo que hay que hacer para evitar el sojuzgamiento de la mujer. Más aún, impulsan en tal dirección a los hombres. Botkin así lo reconoce en el caso de John Stuart Mill al afirmar que en su labor fue “ayudado, incitado y guiado por su esposa”. (1999: 63).
En efecto, hay acuerdo en que el ejemplo más notable del período corresponde a Harriet Taylor Mill (1807-1858), cuyo interés primordial se orientó a la situación de la mujer en la Inglaterra Victoriana. Fue una reformadora más que una economista en el sentido estricto del término. Así, las reflexiones contenidas en “The Enfranchisement of Women” (1851), tuvieron un efecto crucial sobre las dinámicas cotidianas y concretas de los grupos sociales, ya que sostenía la necesidad social de avanzar hasta alcanzar la libre admisión de la mujer en todas las áreas de la actividad humana.
Taylor Mill plantea que una libertad integral debía reemplazar de una vez por todas al habitual sistema de privilegios y exclusión. En suma, plantea una verdadera teoría de la emancipación en el contexto de los sistemas de dominación, tales como la dependencia económica de la mujer, la igualdad en el acceso a la educación y el empleo para la mujer. Para esta causa, escribió varios artículos junto a su esposo y la voz de ambos se expresó conjuntamente en el volumen XXI "Essays on Equality, Law, and Education” de las obras completas de John Stuart Mill, así como en “On liberty”. Según algunas interpretaciones, la participación de Taylor Mill fue decisiva no sólo en las obras mencionadas, sino también en los “Principles of Political Economy”. Debe recordarse que el propio Mill reconoce en su “Autobiography” que la contribución de su mujer fue particularmente profunda. Ahora bien, ¿por qué no figura su nombre en los créditos? Ríos de tinta se han gastado sobre el tema, pero lo cierto es que la amistad Mill – Taylor signa una nueva etapa en la relación intelectual de ambos. Ya no es la mujer economista que simplemente comenta las obras del gran hombre, sino que de manera compartida las mentes se aplican a los mismos esfuerzos e ideales. Como ha señalado von Hayek (2015: 114ss.), la obra de Mill, en especial durante el período 1847-49 fue en realidad una “producción conjunta”.
En el campo económico, la figura de los Mill fue muy relevante, entre otros factores, porque sostuvieron –en contra de la opinión pública- que el principio de la libertad individual no se encuentra directamente involucrado en la doctrina del libre comercio, lo cual significa que un verdadero defensor de la libertad filosófica, no siempre coincide con los intereses de los sectores exportadores e importadores de bienes. Esta afirmación les permitió implementar una visión de la economía que rechazaba alguno de los fundamentos de la escuela clásica, en relación a la noción liberal de la armonía a largo plazo de los intereses de todas las clases sociales. Por el contrario, plantearon con audacia la necesidad de reformular las políticas de distribución económica, en el contexto de una Europa inmersa en el cuadro de las revoluciones iniciadas en 1848.
En lo que respecta a la mujer, los Mill no estaban tan equivocados al poner el foco en las consecuencias sociales de la actividad económica y en la necesidad de preservar un marco de libertad para todos, especialmente para las mujeres, ya que en última instancia, la libertad auténtica requiere "autonomía". No obstante, por argumentar de esta manera, los Mill fueron acusados de romper con la tradición recibida, de deformar el concepto de libertad e incluso, de promover argumentos socialistas. A fin de menospreciar su aporte, se ha afirmado que los Mill simplemente se habían dejado llevar por la “tiranía de sus sentimientos” hacia los sectores vulnerables, en vez de realizar un análisis técnico y aséptico de la realidad socio-económica y política a través de un planteo sobre cómo funcionan en realidad la sociedad y los mercados. (Cfr. von Mises, 1927).
Desacreditar a mujeres o a varones vinculados con mujeres a través de lo sentimental, ha sido el argumento más utilizado a través del tiempo, lo que no hace sino reforzar los estereotipos de la mujer asociada al corazón y el varón, a la razón.
6. Cuarta etapa: institucionalización del espacio académico de la mujer economista
El período que se inicia en el fin de siécle, corresponde a otra fase en la economía, en la cual se modifica parcialmente la situación específica de las mujeres economistas, puesto que acceden a los estudios superiores. Sin embargo, el acceso a la universidad será limitado, en cantidad de mujeres y por la incapacidad de acceder a cátedras de importancia. Sólo serán reconocidas como buenas administradoras, como sucede con Rose, madre de John Maynard Keynes, alcaldesa de Cambridge o serán relegadas de las cátedras y de las publicaciones.
La vida de Mary Paley (1850-1944) se desarrolla en un momento crítico de la economía política y que supone el cambio disciplinario sobre fines del siglo XIX del clasicismo al neoclasicismo (Keynes, 1951: 324). Téngase en cuenta que es la época del centenario de la obra clave del liberalismo clásico. La publicación de los escritos de Adam Smith en 1776, generó una nueva era en la organización económica y política de los países y signó la preponderancia inglesa tanto en los mares como en las fábricas. Se ha sostenido que la economía política clásica puede ser ponderada como la representación económica de su tiempo en tres dimensiones principales (Roll, 1968): a) como una teoría científica sobre el funcionamiento de la industria y de los mercados; b) como una teoría de la evolución económica y sobre el desarrollo de los pueblos; c) como una teoría de la política económica basada en el librecambio y en la libre iniciativa.
Tal como ha demostrado Terence Hutchison (1953), el agotamiento que mostraba la “Riqueza de las Naciones” en su capacidad para inducir comportamientos individuales y sociales, generó una serie de nuevos autores, quienes con toda audacia intentaron superar las limitaciones del andamiaje teórico algo perimido del sistema clásico smithiano. Entre otros cambios, se abandona la antigua concepción de la “economía política” (political economy), auspiciando de allí en más, una ciencia económica pura (economics), bajo modelos de equilibrio, con mayor neutralidad axiológica, sin intromisión de la esfera política. Paradójicamente, es la época de mayor extensión del imperio económico británico.
En particular, la era neoclásica de la economía se inicia en las Islas Británicas con los “Principles of Economics” (Marshall, 1890). Esta obra tendrá versiones y ampliaciones sucesivas hasta una octava edición y que se convertirá –en términos de Joan Robinson- en la Biblia de los economistas hasta la crisis de la década de 1930s. “It’s all in Marshall!” fue la expresión aceptada (Turner: 1989: 15). Paralelamente a esta publicación, surge una generación de economistas de profesión, con cátedras y departamentos académicos, donde se gradúan las primeras mujeres de profesión economista, entre ellas, Mary Paley, quien era heredera de una larga línea de intelectuales británicos. Mary, mujer de había estudiado con Alfred Marshall, cuando éste último dictaba clases para mujeres en el Newnham College de la Universidad de Cambridge. Allí cursó los Moral Sciences Tripos desde 1874. (Keynes, 1951: 324-347). El vínculo de ambos se concretó en el matrimonio y la compañía intelectual dio frutos en la redacción, poco después de “Economic of Industry” (1879). Desgraciadamente, tal como lo ha descripto sobriamente Keynes, su maestro Marshall cambió su postura original de promoción de la situación de la mujer hacia otra reaccionaria. De hecho, esta obra conjunta es reveladora de la situación de mujer intelectual en la era victoriana, puesto que a pesar de sus méritos Mary Paley será quitada de los créditos en su categoría de autora y ya en las próximas reediciones de la obra su nombre no figura. Tampoco podrá enseñar en la Universidad que la formó. Nunca volvió a publicar, salvo las memorias de su vida. Lo que se sabe de ella proviene, además, de los recuerdos que elaboraron personas cercanas, como John Maynard Keynes, discípulo de Alfred Marshall. La evocación de Keynes (1951) es notable porque deja en evidencia la claridad del análisis económico que poseía Mary Paley y su profunda formación en el campo de la ética. Esta preocupación filosófica se relaciona con la labor de los filósofos y reformadores sociales relacionados con Henry Sidgwick y Thomas Hill Green.
7. Concluisiones
La historia de las mujeres, entonces, permite abordar el estudio de las economistas de las Islas Británicas de los siglos XVIII y XIX desde la perspectiva de género. Así, se visibilizan experiencias de vida, escritos y reflexiones de estas mujeres marginadas de la historia canónica de la economía política y, al mismo tiempo, se advierte que, una necesaria relectura de los mismos, registra recorridos diversos, estereotipos de género vigentes por entonces y agudos pensamientos que hacen posible una visión más amplia y abarcativa de la disciplina. La popularización de las obras de la economía política fue la principal tarea de las primeras mujeres economistas (cfr. Berg, 1980: 292), pero con una fuerte tendencia a la emulación de los grandes hombres (Smith, Ricardo, Stuart Mill). Se ha argumentado que en ambos casos, no hay una reflexión crítica sobre el corpus de la economía política clásica, sino que simplemente se transfieren los principios básicos de la ciencia a la consideración del lector. Sin embargo, las economistas desarrollan contribuciones significativas en el tratamiento de los temas y se destacan, asimismo, por su participación activa en polémicas de la época, como sucedió con el tema de la esclavitud o la situación productiva en el campo.
Queda claro que no hay una crítica a las categorías básicas del sistema clásico de economía política. Es así que se mantienen sin cuestionamientos los conceptos de división del trabajo, el análisis del valor y del precio de mercado, las ventajas absolutas del comercio y la especialización, la asignación de recursos. Aunque sí puede notarse una perspectiva más crítica con Harriet Taylor Mill sobre los temas de reforma social, la pobreza, y el problema de la distribución. Desde el punto de vista de la ciencia económica en relación a las mujeres economistas, se advierte un avance de Taylor Mill con respecto a las posturas algo más ingenua de la generación anterior y que preanuncian los logros de las futuras mujeres economistas. Para los Mill, los maestros, por importantes que sean, no han promulgado verdades eternas sino observaciones sobre realidad situadas una sociedad específica. Al mismo tiempo, se rescata la figura de Mary Paley, ya que ha sido el modelo de la moderna mujer economista, al ser la primera graduada en economía por la Universidad de Cambridge y por haber publicado una obra señera de la economía neoclásica, en la cual incorpora novedades teóricas sobre sectores industriales y políticas de localización.
Aunque no se olvida la labor de aquellas pioneras de la economía política, puede afirmarse que la invisibilización de la obra y pensamiento femeninos no fue siempre consciente, ya que estaba naturalizado y aceptado que la producción del conocimiento era solo masculina y que la mujer era meramente colaboradora marginal del mismo. Incluso las propias mujeres tampoco se reconocían como autoras o reconocían el valor de sus aportes en su tiempo.
Se trata de un grupo de mujeres aisladas, que no tienen consciencia aún de pertenecer al grupo de mujeres economistas. Son mujeres curiosas, inquietas, cuestionadoras que se interesan por temas considerados exclusivamente del ámbito masculino. Eran ellos los que, contando con una educación formal, podían ocuparse de la política y la economía; mientras que ellas permanecían relegadas al ámbito privado y doméstico, solo ocupándose de la economía familiar en algunos casos. Por ello, las mujeres que inicialmente difunden las obras de sus maridos, comienzan a pensar con ellos temas tradicionalmente vedados para ellas y esto constituirá un punto de inflexión en la historiografía de la economía política. Tímidamente se sumarán voces femeninas que plantearán nuevas perspectivas, nuevos modos de abordajes y temáticas dentro de la economía. Se tratarán de textos marginales (Jenkins, 2009) o fuera del canon, pero que exponen la necesidad actual de no proseguir con la invisibilización.
Para terminar este documento, un repaso de la trayectoria y pensamiento de estas mujeres plantea la posibilidad de continuar con la visibilización de las economistas de los siglos posteriores en el mundo anglosajón y, al mismo tiempo, de otras mujeres que, en otros contextos, también se atrevieron a pensar la economía política, a pesar de las limitaciones impuestas por los estereotipos vigentes.
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Notas
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