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Realidad gore y nuevos sujetos violentos en México. Herencia de guerra y estrategia mediática [1]
Felipe Palacios Lozano
Felipe Palacios Lozano
Realidad gore y nuevos sujetos violentos en México. Herencia de guerra y estrategia mediática [1]
Gore reality and new violent subjects in Mexico. War heritage and media strategy
Estudios Sociales Contemporáneos, núm. 22, pp. 89-106, 2020
Universidad Nacional de Cuyo
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Resumen: En este trabajo se analiza y pone en discusión una serie de acontecimientos de violencia extrema en México en las últimas tres décadas, y algunas categorías con que se ha venido explicando y tomando pertinencia teórica y epistémica la expresión plural “violencias” para dimensionar la problemática más allá de los márgenes demográfico, histórico y/o geográficos. Lo anterior en función de que recientemente han surgido sujetos/personajes que ejercen violencias específicas con medios y técnicas extremas con que se caracteriza un capitalismo Gore: todo un sistema de producción, circulación y consumo donde el cuerpo y la muerte son las principales mercancías. Mediante la recuperación de fuentes periodísticas digitales se argumenta la influencia discursiva y social que éstas tienen sobre la población para, al final, sostener que las agendas políticas han incorporado y hecho de estas violencias uno de sus dominios discursivos, mientras que en alianza con los medios de comunicación masiva actuales, ambos frentes materializan en lo cotidiano un orden social perverso basado en la difusión/regulación de la violencia como táctica de condicionamiento subjetivo y legitimación político-discursiva.

Palabras clave: muerte, violencia extrema, mass media, subjetividad, capitalismo.

Abstract: This paper analyzes and discusses a series of events of extreme violence in Mexico in the last three decades, and some categories with which the plural expression "violence" has been explained and taking on theoretical and epistemic relevance to size the problem beyond the demographic, historical and/or geographic margins. The above in terms of recently emerged subjects / characters who exercise specific violence with extreme means and techniques that characterizes a Gore capitalism: a whole system of production, circulation and consumption where body and death are the main commodities. The retrieval of digital journalistic sources argues for the discursive and social influence they have on the population for, in the end, to maintain that the political agendas have incorporated and made of these violence one of their discursive domains, while in alliance with the current mass media, both fronts materialize in the everyday a social order based on the diffusion / regulation of violence as a tactic of conditioning subjective and political-discursive legitimation.

Keywords: death, extreme violence, mass media, subjectivity, capitalism.

Carátula del artículo

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Realidad gore y nuevos sujetos violentos en México. Herencia de guerra y estrategia mediática [1]

Gore reality and new violent subjects in Mexico. War heritage and media strategy

Felipe Palacios Lozano
Universidad Autónoma de Nayarit, México
Estudios Sociales Contemporáneos, núm. 22, pp. 89-106, 2020
Universidad Nacional de Cuyo

Recepción: 05 Mayo 2019

Aprobación: 08 Agosto 2019

1. Introducción

Para el estudio de diversos cambios que se han presentado en las sociedades contemporáneas ha sido necesaria una transición epistemológica del singular al plural con la cual explicar su complejidad, por ello hablar de violencias (Augé, 2015) actualmente permite pensar sus manifestaciones concretas como experiencias que muestran, no solo distintas historias, sino distintas causalidades y efectos. Desde aquellas manifestaciones que podemos encontrar en los medios de comunicación en forma de comparativos internacionales, los indicadores nacionales, récords de homicidios por día, semana, mes y año, violencia social sectorizada, hasta aquellos casos cercanos, todas expresiones de formas específicas de violencia que capitalizan los ambientes sociales e institucionales como espacios de producción y reproducción discursiva de las violencias a las que el individuo se muestra con distintas posturas en lo cotidiano de su existencia.

En este documento parto de revisar algunos planteamientos teóricos con que se caracterizan la violencia de guerra, aquella que combina miedo/riesgo/muerte en grandes dimensiones, y la violencia gore, categoría propuesta y desarrollada por Sayak Valencia (2010) y que al mismo tiempo entrelazan otras categorías re-significadas actualmente movidas por la implementación de nuevas estrategias tortura, desaparición y muerte. Sin fines de diagnóstico, recupero algunos casos y rasgos característicos de lo que considero representan a los nuevos sujetos violentos en México y que los medios de comunicación digital han tenido una influencia señera junto a la tan cuestionada intervención del Estado, enmarcado en una estrategia necropolítica (Mbembe, 2011) de guerra contra el crimen organizado.

Parto de considerar las experiencias de guerra del siglo XX como el contexto que dotó de una extraña herencia a las sociedades y que, a costa de ello, se ha desarrollado en las personas nuevas formas de relacionarse mediante apropiaciones argumentativas de discursos violentos. Si hoy se habla de una cultura de la violencia (Fisas, 1998; Ianni, 1978) o de relaciones entre violencia y cultura (Martín-Barbero, 2005), es porque a costa de que nos gusten o no las propuestas relacionales y/o conceptuales como un componente distintivo de las sociedades modernas, hay un predominio de discursos de odio en torno a éstas y que provienen, claro está, de un ambiente (Salecl, 2002) que lo origina. La rapidez con que circula la imagen actualmente en el internet, hoy es el caldo de cultivo para permitir de manera legítima que el poder del mercado se introduzca en un proceso de producción de subjetividades diversas, y al mismo tiempo hacer de la muerte no solo una amplia gama de técnicas contemporáneas, sino un objeto de consumo por excelencia, y que en el plano de lo cotidiano, parece adoptarse en condiciones normales.

2. Riesgo, miedo y muerte: la herencia de las guerras

Si bien, los que podemos contar haber vivido la mitad o al menos la última parte del siglo XX, sabemos que un modelo de guerra es el que identificamos con las dos experiencias mundiales, aun con sus variaciones tácticas y tecnológicas, y que los textos propios de la enseñanza formal nos dicen, y un sinnúmero de información y desinformación que pulula recientemente en medios virtuales. Sus efectos económicos y humanos, sin entrar en el compromiso del detalle, sabemos que han sobrepasado ciertos límites en la historia contemporánea de por lo menos los últimos tres siglos. Guerras ha habido desde que tenemos noción de nuestra existencia, pero es necesario distinguir entre experiencias de guerra que nos distancian históricamente, pero que como referentes nos permiten entender y asimilar algunas violencias que, hoy por hoy, se presentan preocupantemente de manera cotidiana.

Comparar una guerra por la supervivencia en tiempos remotos, donde pequeños grupos de hombres se enfrentan para mantenerse vivos y juntos en las largas e interminables trayectorias por distintas latitudes que durante miles de años el hombre primitivo transitó, dista mucho de equipararse a la violencia experimentada en la primera y segunda guerra mundial, y aún más con la llamada guerra fría. Los motivos fundantes de actos violentos varían de acuerdo al grado de desarrollo social y, paradójicamente civilizatorio, en la vida del hombre, lo cual también es un reflejo de cierto nivel de conciencia sobre el acto y sus implicaciones más allá de las sensaciones de dolor físico y/o muerte ejercida al cuerpo.

Parte de esa conciencia humana relaciona, por un lado, la sofisticación de la creación y uso de instrumentos de trabajo para la supervivencia y la mejora de las condiciones de vida, y por otro, la elaboración táctica de instrumentos de ataque para lograr un nivel de eficacia favorable con el cual lograr el sometimiento del otro en un enfrentamiento. En ambos casos, la condición ontológica de los objetos guarda una correspondencia con el contexto histórico en que fueron creados; el mismo acto creativo va imprimiendo, en uso, una utilidad en el instrumento que trasciende el objeto de su creación, una especie de excedente que va más allá del uso y de la táctica definida, más relacionada con la experiencia subjetiva con que se explican las relaciones de dominación. En este sentido, cada forma específica de violencia expresa, en mayor o menor medida, una relación de dominación definida más por la sofisticación de los instrumentos y las tácticas que por la fuerza física.

Podemos destacar que las sensaciones, expresiones y estados subjetivos de miedo y riesgo, hoy se suman a las manifestaciones que acompañan a las violencias características de nuestras sociedades actuales. No significa por ello, que un aldeano de la Edad Media no manifestara miedo o sensación de riesgo ante alguna amenaza o peligro, pero sí acentuar que es hasta el siglo XX que nuestro régimen mundial basado, paradójicamente, en la democracia, que tales nociones se convierten en asuntos de importancia, tanto para la sociedad como para el Estado.

Como aspectos previos, uno de los principales fenómenos fue que la urbanización de las ciudades aumentó los delitos en Europa y Estados Unidos iniciando el siglo XX (Kessler, 2009). La misma reorganización social y económica que se dio con el desplazamiento de habitantes del campo hacia las pequeñas y grandes ciudades, fue lo que incidió en el aumento de conflictos que principalmente fue por los espacios para la vivienda, la escuela y el empleo. Con la intensificación de los procesos sociales el sentimiento de inseguridad es lo que predomina en las sociedades contemporáneas a la par de las manifestaciones discursivas de inseguridad que evocan al miedo (Kessler, 2009), algunas de éstas fuertemente influidas por la aparición de violencias “menores” como la delincuencia y el vandalismo (Imbert, 2004), aquellas consideradas de carácter común en cualquier país, además de conductas y violencias específicas como las ejercidas por Kamikazes y skinhead, en varios países europeos y asiáticos. Cada uno sostiene su propio mensaje y fundamento en sus actos; en el primero

la posesión del kamikaze es triplemente un acto de muerte: el hombre es portador de una bomba que lo matará; hará morir a aquellos a quienes tenga cerca; y el mensaje destinado a los sobrevivientes será redactado, leído o transmitido por la organización que lo ha elegido y contendrá otras amenazas de muerte (Augé, 2015:34).

La decisión, una vez asimilada por el portador de la bomba, es irrevocable más por su nueva condición deificada que se consuma con la concreción del acto. La situación del skinhead no es muy distinta pues, en su caso “le gusta pegar a los inmigrantes, que la presencia de éstos le molesta” (Žižek, 2010:37), sea preciso retomar la distinción de Porzio (2004) para desvincular directamente lo skin con nazi, pues si bien predomina en el imaginario social la relación entre skinhead y nazi, la autora deja en claro que como movimiento juvenil en España, los skinhead son también jóvenes antifascistas y antirracistas. Tanto el del kamikaze como el del skinhead (neonazi) se constituyen como actos racionalizados a través del mensaje que transmiten, pero al segundo lo distingue ese cinismo burlesco y gozante con que expresa su relación con el otro.

En América Latina el miedo se convierte en objeto de estudio, principalmente debido a las dictaduras en el cono sur y las vivencias cotidianas, en el tránsito a la modernización, en los espacios urbanos y en la exclusión económica (Kessler, 2009). En ese orden de ideas, de la relación entre temor y delito surgieron objetos de investigación y agendas políticas en los países, haciendo de la violencia un asunto de primera importancia. Una vez que el tema de la violencia pasa a ocupar un lugar en las agendas de los distintos niveles de gobierno, es al mismo tiempo su legitimación como elemento estructural del orden Social.

Ciertamente falta mencionar un número no muy bajo de casos y experiencias que en la historia reciente han impactado a nuestras sociedades, a tal grado de hablar de una cultura de la violencia, en la que para Imbert (2004) el riesgo y la muerte son los ingredientes principales en las sociedades del espectáculo que retoma para su análisis de G. Debord (2007). La espectacularización de la violencia es, en ese sentido, un atributo que adopta rasgos específicos y que signan a la época actual por la latencia, en todo momento posible, de situaciones violentas. De acuerdo con Imbert (2004), todavía hacia la segunda mitad del siglo XX algunos aspectos clave con que se caracterizan a los sujetos violentos por la implementación de nuevas formas y usos de la violencia, donde una de ellas se distingue por ser de signo gratuito donde, por ejemplo, la bala perdida del sicario que mata a alguien sin ser éste el objetivo del ataque; otros con objetos indefinidos, el asiático o negro que activa su metralleta en la escuela estadounidense, o en los no pocos casos de hombres blancos jóvenes que por motivos raciales detonan armas de alto calibre en lugares concurridos; y una violencia “sin sentido”, muy reciente, ejercida en las redes sociales, y que resulta muy discutible por lo novedoso de la modalidad y por los resultados y efectos que está teniendo en diversos grupos sociales.

De Luna (2007) propone hablar del tema de la muerte y la reconfiguración que a lo largo del siglo XX se ha presentado en su relación con el cuerpo, y cómo al mismo tiempo se ha disociado en algunos casos. Las guerras mundiales y la guerra fría se presentan como objeto de reflexión para este autor, el cual considera que existe un nexo indisoluble que une la guerra con la muerte, en donde el triunfo ya no es el sometimiento o el rendimiento del enemigo, sino su aniquilación. Todo el espectro de armas, tácticas, sistemas de comunicación y de explosivos empleados, incluidas las bombas atómicas en la segunda guerra, hizo de los enfrentamientos militares técnicas de aniquilación y muerte mucho más sofisticadas que en siglos anteriores. En ese orden de ideas, El sentido de la muerte, vista como sanción suprema ha dejado de ser, en las violencias contemporáneas, objeto de una actitud reverencial (Imbert, 2004), como venerar al caído en guerra, al que sacrifica su vida por un pueblo, etc.

Actualmente predomina una brutalidad ejercida al cuerpo del enemigo que, aunque no es distintiva del siglo XX, sobresale por las cifras tan altas. Son bastantes los datos existentes entre aproximados y comprobados, uno de ellos, solo por ilustrar, de 1900 a 1993 hubo en el mundo 54 guerras (De Luna, 2007), y cuando el aproximado de muertes redondea a varios cientos de millones, la realidad del siglo es más patológica que alentadora. Un elemento central en las escenas de muerte fue el uso de armas de destrucción masiva, que no solo arrasan con estructuras físicas sino con poblaciones enteras. El mismo autor llama a esto muerte masiva. Edificaciones diversas como casas, museos, oficinas, centros laborales, parques, escuelas, iglesias entre otras, además de personas de todas las edades, especies animales urbanos y resguardados en zoológicos, tal como lo retrata Emir Kusturica (1995) en Underground, todo desaparece o queda en ruinas con el uso de armas de destrucción masiva como las detonadas en la segunda guerra mundial en Japón. Muerte masiva que coincide con la violencia ejercida sin algún fin axiológico (Imbert, 2004), mediante el uso de armas químicas en una guerra, con la intención de arrasar con todos por parejo mujeres y niños, no solo a los armados. O en el caso del crimen organizado no solo disparar contra el buscado sino con todos los existentes cercanos.

El uso de la imagen como recurso de interpretación sobre la verdad de la guerra (De Luna, 2007), ¿hasta dónde representa la imagen obtenida de la guerra, del cuerpo muerto, a la guerra misma y al sufrimiento del cuerpo? La intención metodológica es hacer de la imagen un medio para hacer hablar a los muertos. Aunque, como ha revisado N. Braunstein (2012) al hablar del psicoanálisis y la memoria en sociedades que han experimentado el régimen de control político y social dictatorial, donde es la memoria de la víctima la que se procura preservar y el borramiento del registro y de la memoria del otro –el verdugo, por ejemplo- pareciera que, por las heridas que la historia reciente aún conserva, es necesario que de ello se hable lo menos posible, acallar ciertos registros de la memoria para conservar un “patrimonio” optimista, que impida a toda costa resucitar ciertas imágenes, ciertos discursos. Por eso, en el caso del judeicidio, palabra que Braunstein emplea para hablar de manera crítica del mal nombrado holocausto, toda referencia a las imágenes de terror, muerte y destrucción, testimonios, evidencias, y discursos en general (a excepción de la literatura), después de la segunda guerra mundial se ha intentado eliminar por esas visiones progresistas que hablan de una reconstrucción alemana, de una realidad nacional que se ha deshecho de los tormentos del pasado inmediato.

La proliferación de métodos novedosos de eliminación en el siglo XX (De Luna, 2007), tales como guerrillas urbanas, bombas en restaurantes y actualmente el narco como actor social y económico, fosas, tambos de ácido, sin mencionar la muy variada forma de fragmentación y exhibición pública de cuerpos humanos. Como parte de esa herencia, el material periodístico es vasto para caracterizar el sinnúmero de casos en que establecimientos comerciales de diversos giros han sido escenarios de violencias inesperadas por sus usuarios (estaciones de trenes y metros, centros comerciales, restaurantes, bares), además de escuelas públicas y avenidas de gran circulación no han estado exentas de ataques y actos de desaparición.

Los espacios sociales donde era inimaginable que ocurriera un hecho violento actualmente se convierte en una posibilidad real y latente. Asimismo, la reproducción discursiva sobre noticias, hechos y casos de violencia ha hecho que se fortalezca la sensación de riesgo y miedo en dichos espacios, así como la potencial suma de nuevos miembros a los grupos del crimen organizado. Lo anterior en conjunto guarda una estrecha relación con aquello que Renata Salecl (2002) describe como ambientes discursivos, los razonamientos y los hábitos de la comunidad, y que hoy está muy presente en las expresiones cotidianas de chicos y no tan chicos, que librando la ingenuidad, son los discursos contemporáneos de odio y violencia los que hablan a través de ellos.

Salecl lo plantea claramente al referir que aquel sujeto que emite un discurso injurioso o amenazante lo que está haciendo es citar elementos de un corpus ya existente y disponible de algún discurso racista o de odio, del cual el sujeto solo repite partes de ese discurso: “Sigue molestándome y te voy a sicarear” sería un ejemplo de la aceptación social del uso del neologismo “sicarear” para referirse a aquellos asesinos a sueldo pero que pertenecen a algún grupo del llamado crimen organizado, o en específico de los cárteles de la droga. En otro sentido, distintas expresiones que señalan la relación entre homosexualidad y anormalidad evocan a una asociación entre la definición de lo masculino y lo femenino con formas de ser y estar en el mundo socialmente normalizados por un origen natural-divino, y la homosexualidad como una existencia patológica que se simboliza con movimientos, gestos, gustos, prácticas, que no se adscriben al binomio heterosexual hombre-mujer. Y ante esto, el sujeto nunca es el autor de sus afirmaciones: “El sujeto, como autor ficticio del discurso, ha recibido la carga de la responsabilidad para que la historia quede velada. Puesto que la historia no puede ser llevada a juicio, el sujeto sirve como chivo expiatorio” (Salecl, 2002:136). En este sentido, el referente histórico pasa a segundo plano, o desaparece, ante la evidencia que el sujeto formula al hacer uso de elementos del discurso que está, como la mesa servida, listo para su disposición.

Las sensaciones de temor y miedo como expresiones subjetivas tienen actualmente un espectro no muy reducido de fuerzas discursivas y situaciones concretas que las alimentan:

Digamos que un inventario rápido de los nuevos miedos humanos tiene evidentemente la obligación de registrar el ascenso de formas de violencia relativamente inéditas y tanto más significativas por cuanto los países más favorecidos de Occidente también están expuestos a ellas. Esas violencias pueden repartirse en tres categorías, a su vez compuestas por subcategorías: las violencias económicas y sociales, particularmente en el marco de la empresa; las violencias políticas (entre la que se incluyen el racismo y el terrorismo), y, por último, las violencias tecnológicas y las violencias de la naturaleza, estas últimas a menudo desencadenadas por aquellas (Augé, 2015:10).

Así, de la violencia que los salarios mínimos de los trabajadores ejerce sobre sus modos de existencia y la constante disminución de garantías y prestaciones laborales; la violencia ejercida consciente o inconscientemente de manera directa o indirecta hacia grupos minoritarios; los conflictos religiosos e ideológicos que han inspirado ataques terroristas en lugares públicos de países “primermundistas”; el ciber-bullying y ciber-terrorismo tan presentes en la actualidad; y la violencia, destrucción y muerte que los fenómenos naturales provocan en los asentamientos humanos (terremotos, huracanes, erupciones volcánicas), en conjunto fortalecen y de cierta forma legitiman el predominio discursivo de los usos que hacemos de datos, hechos, casos y teorías que tengan que ver con la violencia como fenómeno reciente, algo del acontecer cotidiano.

El siglo XX fue un siglo de guerras que involucró a grandes sectores de la población, y se reafirma con la pregunta que plantea Foucault en Defender la sociedad (2006): ¿a quién se le ocurrió que el orden civil era un orden de batalla? Desde la lógica militar, los países requieren de crear y mantener un numeroso ejército listo para atender cualquier contingencia bélica que implique una participación directa. Sin embargo, tal parece que en las últimas cuatro décadas, la pregunta de Foucault nos puede resultar útil en un sentido mucho más complejo, para poder entender aquello que Žižek caracteriza como violencia sistémica, y que bajo condiciones de “normalidad” nos referimos como “las consecuencias a menudo catastróficas del funcionamiento homogéneo de nuestros sistemas económico y político” (Žižek 2009:10), haciendo de los civiles, desarmados por supuesto, un blanco perfecto, un punto estratégico para dañar y combatir o, incluso, para extender el ejercicio de la crueldad militar, la violencia por la violencia, a los espacios urbanos.

3. Violencia extrema, mass media y sujetos gore en México

Conforme la razón tecnológica fue apoderándose de diversos espacios de la vida social, la tendencia hacia la individualización de las prácticas sociales fue orientándose hacia una reconfiguración de los vínculos sociales caracterizada por el aislamiento. Al respecto, Lipovetsky (1993) explica la manera en que se fueron adaptando tanto el espacio público como el privado a las nuevas realidades urbanas una vez que el capitalismo industrial adquirió una dimensión abismal, lo privado adoptó nuevas formas de relación interpersonal, y lo público, con nuevos usos tendientes al individualismo.

Diversos signos dan cuenta de esta re-significación de lo público y lo privado en las sociedades actuales, caracterizadas por: una producción industrial a grandes escalas, nuevos medios de comunicación movidos principalmente por las computadoras y el internet, una re-significación de la práctica del consumo más como un acto estético que ético (Bauman, 1999), la (in)satisfacción del deseo como fuerza movilizadora de nuestra relación con los objetos de consumo siendo, en el mundo virtual, uno mismo objeto de circulación mercantil.

En la era del internet, la vida privada, o íntima, se convierte en objeto de libre circulación en un mercado digital que ha echado raíz en distintos dispositivos electrónicos (Celular, tableta, laptop o PC), haciendo pasar al sujeto de ser un consumidor anónimo a ser un producto público, donde las “hazañas” cotidianas (comer una pieza de pollo frito, salir de la jornada escolar, o simplemente levantarse por la mañana) se convierten en la materia prima de la economía mundial actual a través de las redes sociales virtuales de internet. Nuestra era se define por la gran influencia de los medios de información digital, por un individualismo que es asumido como verdad propia y sobre todo por el poder hacer con el cuerpo toda una gama de posibilidades que la misma época ofrece.

Estos procesos de re-significación en el individuo han estado influidos por toda la parafernalia comunicativa, pero además de aquello que Valencia (2010) denomina: la violencia como herramienta de la economía mundial. Hasta antes del incremento exponencial en el acceso al servicio de internet apenas empezado el nuevo milenio, la televisión y los medios de información impresos seguían gozando de una amplia prioridad para enterarse de los acontecimientos locales, nacionales e internacionales. La vorágine mediática se presentó al convertir al internet de un espacio de comunicación a un espacio de consumo, comercialización y control político e ideológico; paradójicamente, también fungió como espacio de modelación subjetiva, de exhibición y realización del yo (Sibilia, 2008) y de extensión de la violencia hacia el espacio digital con el ascenso de las redes sociales como medio principal de comunicación y de circulación de información.

Tal combinación de comunicación masiva de la televisión e instantánea del internet y la violencia como herramienta económica explican por qué hace algunas décadas el cuerpo haya sido el principal objeto de mercadeo que en Juárez y Tijuana se expresara en forma de crimen organizado. Así lo expresa Valencia al referirse a Tijuana, pero que bien podríamos pensar la siguiente descripción más allá de sus límites geográficos si le concedemos una dosis de veracidad a la información que proyectan recientemente los medios digitales de comunicación:

Cuerpos concebidos como productos de intercambio que ‘alteran y rompen las lógicas del proceso de producción del capital, ya que subvierten los términos de éste al sacar del juego la fase de producción de la mercancía, sustituyéndola por una mercancía encarnada literalmente por el cuerpo y la vida humana, a través de técnicas predatorias de violencia extrema como el secuestro o el asesinato por encargo (Valencia 2010:15).

Desde esta perspectiva, se concibe al cuerpo y la vida misma como elementos de una soberana estrategia, una política de seguridad que convierte la guerra, contra el crimen organizado, en un mecanismo legítimo donde la muerte de civiles tan solo son daños colaterales necesarios. Es éste el lado B de la globalización que Valencia nombra como producción oculta del capitalismo industrial. Capitalismo gore que produce sus personajes, los proyecta, los inyecta en las conciencias individuales y éstas los consumen inconscientemente, o a plena conciencia, como los (anti)héroes de la globalización cultural.

Esta nueva era es la de la movilidad global. Una de sus principales características es que las operaciones militares y el ejercicio del derecho a matar ya no son monopolio único de los Estados, y que el «ejército regular» ya no es el único medio capaz de ejecutar esas funciones (Mbembe, 2011:56-57).

La proliferación desregulada de armas de alto calibre y/o de uso exclusivo del ejército ha favorecido la aparición de nuevos grupos del crimen organizado con un equipamiento que bien podría bastar para tener un enfrentamiento con algún control o base militar en México. Que las armas entren en ese gran paquete de movilidad global ha repercutido en que su acceso y uso vaya muy de la mano de los efectos que la violencia puesta en circulación como objeto de consumo de una cultura mediática está teniendo en la modelación de estilos de vida, conductas y nuevas formas de subjetividad.

Un fenómeno interesante y recurrentemente en los medios de comunicación recae en la insistente manera de referirse a estos personajes como el sicario, el torturador, el que desaparece los cuerpos, el dealer, el jefe de la banda, el traficante de órganos, entre otras categorías como si fueran áreas de formación donde “hacer carrera”. La gama de profesiones ha sobrepasado la formación académica, para las cuales el capitalismo gore incorpora a sus filas de producción económica a estos y otros que pareciera que, sin darse cuenta, fomentan en niños, jóvenes y adultos la seria convicción de adscribirse a este tipo de carreras.

Las mismas categorías asociadas al capitalismo gore: violencia extrema, cuerpos descorporalizados, la vida como mercancía, trans-valorización de los valores, por citar algunos, ¿acaso no señalan un desfase categorial con el que tradicional y paradójicamente se asocian las discusiones en torno a la globalización y la posmodernidad y que de forma más visible, señala Valencia, se llevan a cabo en los territorios fronterizos y que, actualmente, no se limitan a ellos? Me adscribo a esta crítica, en tanto que se señalan prácticas que el discurso del deber ser de la política, de la educación y de las instituciones se anteponen al plantear abiertamente escenarios de situaciones reales que sobrepasan los alcances tanto de prácticas como de discursos.

El incremento de muertes con violencia extrema en México se puede fechar en el sexenio del presidente Felipe Calderón (2006-2012) cuya estrategia para enfrentar el narcotráfico y el crimen organizado fue reforzando la presencia de elementos de seguridad pública de los tres niveles de gobierno en las calles de ciudades donde el conflicto entre cárteles para la distribución y venta de droga ha dejado un sinnúmero de escenas fatales. Reflejo de tal estrategia fue el incremento de una sensación de inseguridad en los ciudadanos que en balances recientes (Dávila, 2018) se estima que de los 2 dos mil asesinatos anuales registrados hasta antes del 2008 atribuidos al crimen organizado, ha habido un aumento de dos mil por mes, según ha registrado Semáforo Delictivo, una Organización no Gubernamental que da seguimiento a este fenómeno.

No deja de impactar que casos como el del pozolero o “El hombre que disolvió en ácido a 300 personas” (Nájar, 2014a) en Tijuana, ha sido uno de los primeros con que se ha vinculado una política de Estado para iniciar, a finales del 2006, una guerra contra el narcotráfico que derivó en actos de violencia extrema y desaparición de personas con métodos poco usuales y en cantidades inverosímiles. Tanto las cifras, sean reales o aproximadas, la técnica de desaparición de los cuerpos, el trauma vivido por los familiares de las víctimas, como la imagen creada del responsable y su “oficio” de disolver materia humana, troquelan un imaginario sobre la violencia que irrumpe contra las explicaciones lógicas clásicas de asimilación (por ejemplo, una expresión común: lo mataron porque andaba en malos pasos), con otro en el que lo inexplicable basado en un imposible imaginado confronta con lo real de la descripción narrativa de los informantes, sean éstos medios de información, testigos, culpables y/o familiares afectados:

Aquella mañana [el encargado de disolver en ácido los cuerpos] tenía en la mente las instrucciones precisas que le habían enseñado: los cuerpos debían estar desnudos, sus prendas las guardaba en una bolsa de plástico; había que introducirlos siempre igual, de cabeza; se utilizaban unos dos botes de ácido por persona, dependiendo del tamaño; después, se llenaba de agua durante un minuto con una manguera; empezaba a burbujear, salía humo; entonces, sellaban la tapa con cinta plateada; limpiaban el suelo con cloro y esperaban dos días. Normalmente, después de 48 horas, regresaban al lugar, vaciaban los bidones en unos cubos, para luego tirar su contenido en terrenos baldíos (Reina, 2018). (Agregados del autor)

La descripción corresponde a un trabajo periodístico de recuperación testimonial sobre el caso de los tres estudiantes de cine que, utilizando la misma técnica de desaparición, fueron disueltos en ácido en abril de 2018 en Guadalajara, Jalisco por quien podríamos denominar como un pozolero amateur. El reducto de la existencia, de lo humano a su dimensión física, la descomposición química de la materia que unas horas antes era un cuerpo muerto sobre el cual ciertos elementos de la dimensión sociocultural podrían cobrar algo de sentido en forma de ritual mortuorio, se vacía de sentido. Si la muerte la hemos entendido como un elemento de la cultura de los pueblos, el fin de la muerte se alcanza con la imposibilidad de honrar, de “despedir” al cuerpo de nuestros muertos, que estas nuevas técnicas de desaparición y violencia extrema impiden[2].

Los hechos violentos de los últimos años en México han ampliado la violencia gore más allá de su conceptualización geográfica fronteriza que la originó: hoy bien podemos hablar de una realidad gore en la que ni la violencia extrema ni los cuerpos descorporalizados guardan esa exclusividad geográfica fronteriza a la que refiere Valencia, sino que la violencia ha alcanzado un estatuto epistémico para explicar las actuales condiciones económicas, sociales políticas y culturales (Valencia, 2010). En otros estados, signos de violencia gore han dejado huella en las memorias individuales y en la historia reciente, donde el poder mediático de la televisión como estrategia de producción económica hacia la década de 1990, llegó a alcanzar efectos inusitados:

Todos lo sabemos bien: vivimos en un mundo dominado por la omnipresencia del video y la televisión. La invasión de la imagen artificial, del hiperrealismo en formato de spot publicitario es absoluta. […] la vida copia a la televisión y no a la inversa. Los hechos se ordenan para ser televisados, se producen como representación para el mundo televisivo como universo visual autosuficiente, que se tiene a sí mismo como referente (Follari, 1996:140).

Todavía en el 2001 muchos pudimos presenciar “en vivo” los atentados terroristas perpetrados con aviones de vuelo comerciales a varios puntos estratégicos en los Estados Unidos, como un programa matutino televisivo entre otros, que compiten por acaparar teleaudiencia. En ese mismo contexto, el ascenso del internet como estrategia de control mediático abanderado como una “democratización de los medios de comunicación” (Sibilia, 2008:14) ha convertido a los espectadores en protagonistas, y a los sujetos violentos en héroes o en modelos a seguir, incluso como objetos de deseo. En el 2006 “El asesino de Cumbres” (Índigo Staff, 2018) irrumpe en los espacios informativos no solo de la ciudad de Monterrey, el lugar de los hechos, sino a nivel nacional como el joven que asesinó a los hermanos menores de su expareja en una trama que a la fecha en que el acusado purga la sentencia dictada, no se logró comprobar la participación de la expareja en los crímenes, tampoco su inocencia. La difusión y seguimiento del caso fue tan amplio que, años después, y con la aparición de las redes sociales en internet, el asesino de cumbres ganó tal fama que, “por la belleza del inculpado”, un grupo de mujeres jóvenes crearon un club de fans; un lazo sentimental surgió entre el asesino y la líder del club, resultando de ello un matrimonio y un hijo. Ocho años después del crimen, el caso llega al cine con una película titulada “Cumbres”, basada en los hechos.

Distinguir a los héroes de guerra (¿pero es que, todavía es merecedor de distinción una persona por haber matado o colaborado, a un número incalculable de soldados enemigos y/o civiles?) que por haber sobrevivido y desempeñado un papel estratégico en alguna batalla u honrar su memoria por haber caído, ha dejado de ser información prioritaria para fomentar un heroísmo patriótico en una sociedad cuyos intereses y prioridades de información y consumo están orquestados por el inmenso gusto y exaltación de lo banal y la exhibición de lo instantáneo. La muerte con violencia extrema cotidiana cae en los dominios de lo banal toda vez que entendemos los usos económicos e ideológicos que las empresas de comunicación (Televisión, prensa escrita y digital, principalmente) asumen para mostrar, configurar y fortalecer esa influencia discursiva de la violencia en la mayoría de la población, y con ello abrir campo a la estrategia política del reforzamiento de la presencia policiaca y militar en ciudades donde hay disputa entre grupos del crimen organizado por el control en la distribución y venta de droga.

En México, no han sido pocos los casos en que personas no involucradas son asesinadas, en escenas indescriptibles, por comandos armados. El asesinato de 15 jóvenes estudiantes en enero del 2010, algunos apenas mayores de edad, en el Fraccionamiento Villas de Salvárcar en Ciudad Juárez (Mayorga, 2016), ha dejado como secuela familias traumatizadas por el recuerdo y por la incompetencia judicial que, a ocho años de los acontecimientos, la idea de justicia solo existe en las imágenes mediáticas que transmiten incesantemente las películas comic de Hollywood. Aunque la década de 1990 ha dejado marcada a la ciudad por la dolorosa ola de feminicidios perpetrados, y que hasta la fecha no han dejado de ocurrir, persiste un imaginario que ha trascendido los límites geográficos y poblacionales, donde la visión “desde fuera” señala a Ciudad Juárez como un lugar donde asesinan a las mujeres; en esta apreciación, principalmente los medios televisivos fueron los que, por el contexto, cumplieron un papel primordial en la difusión constante a nivel mundial de los hechos ocurridos.

Un segundo episodio con características similares, pero que fue realizado con otra táctica de tortura, ocurrió con el hallazgo de 11 personas sin vida a principios de agosto de 2018 también en un fraccionamiento de Ciudad Juárez (Tiempo Redacción, 2018). Como acto de venganza por el asesinato de su hijo, un líder de un cártel dio la orden de matar a las once personas reunidas en una casa de una forma que “sonara y se recordara en la ciudad”, mediante tortura y asfixia hasta lograr sus muertes sin usar una sola bala. La prescripción de la muerte en los últimos años en México está supeditada al estilo o recomendación de quien da la orden de eliminación por disolución, por uso de armas de fuego, por destazo, tortura extrema y/o asfixia, incineración, entre otras.

Se suman a estos acontecimientos de violencia gore el perpetrado contra los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos en septiembre de 2014 y que, de resultar cierta la versión tan dudosa que dio la Procuraduría General de la República, los estudiantes fueron incinerados en fosas comunes encontradas cerca de Cocula, en el estado de Guerrero (Franco, 2018). La cifra de desaparecidos y muertos en Coahuila a causa de la lucha por el control de la droga entre grupos del crimen organizado que se calcula no menor a 1600 personas tan solo en registros de 2011 a 2014 (Nájar, 2014b); las más de 600 fosas clandestinas encontradas en Veracruz, del 2011 a 2018, donde la cifra de cuerpos encontrados ronda los 1200 según los datos más recientes (Ávila, 2018) quedando más de 50 mil fragmentos de cuerpos sin identificar; los cuerpos pozoleados en ollas encontrados en Tepic, Nayarit, y que a diferencia de los casos arriba expuestos donde los cuerpos son disueltos en ácido, éstos fueron encontrados en trozos y revueltos con los ingredientes con que se prepara el plato típico (Fantasma, 2011).

La pregunta que queda en el aire es en relación a la condición del sujeto, artífice de la producción económica con que se enmarca la disputa por los territorios para controlar la distribución de las drogas en la que, desde esta lógica, no hay cabida para un mercado basado en la competencia, sino en su desplazamiento y eliminación. Las nuevas violencias se constituyen como expresiones de un valor agregado a la muerte donde el espanto, las imágenes difundidas con una obsesiva rapidez, ese excedente de producción cuyos objetos de circulación son la abyección, la ignominia y el terror, ventilan esos remanentes del pasado que nunca han dejado de estar presentes, salvo que hoy cuesta trabajo asimilarlos como las nuevas figuras de la perversión. Los pozoleros, los diversos “puestos de trabajo” en las fosas clandestinas (cargadores de cuerpos, excavadores, asesinos múltiples, transportadores), torturadores, destazadores entre otros, confirman la tesis de que “la perversión es intrínseca a la especie humana” (Roudinesco, 2008:14), solo que cada época se encarga de crear a sus propios perversos[3]. Lo que hoy está disponible y se ofrece sin esconderse, como objetos y servicios de centro comercial, es esa potencialidad de agenciamiento perverso (Valencia, 2010) donde da lo mismo encontrarse en cualquier lugar con un agente del orden que con un elemento del crimen organizado, toda vez que ni las políticas de Estado ni las funciones propiamente diseñadas para combatir el crimen dejan de señalar al mismo Estado como juez y parte en el incremento de la violencia extrema.

El sujeto y la subjetividad endriaga Valencia los propone como las formas en que actualmente se expresa la condición del individuo en el capitalismo gore. Si el nuevo capitalismo lo distinguen prácticas de hiperconsumo, la subjetividad endriaga la poseemos todos, o al menos está latente en aquellos que somos partícipes como consumidores de este tipo de prácticas económicas; como un efecto de reproducción endriaga o de sospecha ante el no-saber quién es sicario en la fila de la tienda de autoservicio o del banco, en la escuela, en la colonia, en el bar, etc.

El narcotraficante, el descuartizador de cuerpos, entre otros personajes que emergen de este lado B del capitalismo industrial, se constituyen hoy como “los nuevos sujetos ultra-violentos y demoledores del capitalismo gore” (Valencia 2010:267). Muy al estilo de Natural Born Killers de Oliver Stone (1994), a los asesinos inusuales, los asesinos en serie hay que convertirlos en héroes bajo la lógica de la persecución policiaca; los medios televisivos se encargan, de una forma aberrante y productiva, de hacérselo llegar al televidente. Son en sentido amplio estos otros subalternos, o como llama la autora, subjetividades limítrofes, las que en el capitalismo actual configuran y re-configuran las prácticas sociales y culturales y que están, definidas o no, siempre en búsqueda de agencia y de resistencia, aun cuando éstos se han consolidado dentro del mismo sistema global al que buscan oponerse.

4. Conclusión

La violencia extrema en México está en una etapa difícil de descifrar, principalmente por que la intervención y quehacer del aparato judicial en muchos de estos casos hoy es fuertemente cuestionado desde varias aristas, abarcando varias décadas y distintos niveles de gobierno. El contexto reciente señala al menos tres momentos en que México experimentó nuevas formas de violencia: en los noventas los feminicidios en Ciudad Juárez, después del 11 de septiembre del 2001 el reforzamiento de las fronteras entre México y Estados Unidos y con ello los impactos sociales e individuales resultantes de tal política, y en tercer lugar los narco-homicidios que del 2008 al presente parecería perpetuarse. Aclaro que, a la fecha, ni los feminicidios, ni las relaciones violentas entre los países, ni los narco homicidios han desaparecido, solo señalar que en ese orden fueron emergiendo en el escenario público.

Como parte de estos cambios recientes, en México proliferan nuevas formas de violencia y nuevas subjetividades violentas que los medios de información actualmente se encargan de difundir, creando imágenes comunes sobre estas subjetividades y espacios limítrofes. Ciudad Juárez quedó estigmatizada como la ciudad donde asesinan a las mujeres, por tanto, el juarense como sujeto social, es mal visto o se sospecha de él, no por su apariencia, sino por el concepto que los medios de información han difundido a raíz del contexto violento. Ecatepec en el Estado de México como el lugar donde la mujer se ha convertido en una mercancía para asesinos y violadores; el estado de Veracruz como la gran fosa clandestina del país; Matamoros como una de las ciudades más violentas, y la lista sigue. Asimismo, los tres niveles de gobierno han adoptado dentro de sus discursos y campañas la idea de combate a la violencia, con policías mejor preparados, tecnología y armamento adecuado para justificar una guerra contra el crimen organizado que ha manchado de sangre a la mayoría de los estados. Por otro lado, en internet no es difícil encontrar imágenes, información y videos de cómo existe un salvajismo como medio de desaparición de víctimas: cuerpos vivos que son destazados, desprendimiento de la piel como mensaje de amenaza, mutilaciones diversas entre otras, que hacen ver, precisamente, que la muerte ha dejado de ser objeto de reverencia.

Lo que hoy estamos presenciando es una reinterpretación y/o reordenación en la relación dada entre delito y suplicio otorgado, que el orden institucional moderno intentó o supuso desaparecer bajo la égida de la razón, de la razón de Estado y de un discurso de bienestar y de democracia que cada vez se reduce a los informes oficiales y se aleja de lo real de la experiencia diaria. Por último, sin pretender ser este trabajo un compendio exhaustivo de casos, lo que se destaca es que la violencia extrema y los sujetos que la soportan no solo está dada en los hechos y en la información cuantificada, ni en los nuevos sujetos ultra violentos descritos, sino en el mensaje que cada uno de estos hechos transmite y debe ser expuesto en los “aparadores digitales” para su exhibición, circulación y consumo; el éxito no está en la violencia usada para alcanzar la muerte del enemigo, sino en su reconocimiento como mercancía. Las condiciones tecnológicas, las estrategias políticas y las nuevas necesidades subjetivas están, por así decirlo, alineadas para alimentar algo que bien podríamos llamar, una economía de la perversión.

Material suplementario
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Notas
Notas
[1] Investigación realizada durante el periodo de estancia postdoctoral, con recursos del CONACyT (México) 2018-2019, en el Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Nayarit.
[2] El relato bastante conocido sobre el suplicio de Damiens con que Foucault (2002) da inicio su análisis de los sistemas penitenciarios en Europa y Estados Unidos, es empleado para explicar el paso de las sociedades donde el cuerpo de los condenados era sometido a un castigo acorde al delito cometido, a sociedades donde la vigilancia permanente de la conducta del condenado se convierte en el imperativo de corrección y de control sobre los cuerpos tanto en los sistemas penitenciarios como en general en las instituciones sociales (iglesias, escuelas, trabajos). Si bien, el contexto que Foucault analiza está orquestado por una autoridad monárquica y religiosa ejercida con mecanismos de coerción y sanción al cuerpo y mente de los individuos (traslado, sujeción de extremidades, tortura corporal, uso de materiales lacerantes, reducción del cuerpo físico a su mínima composición material, por ejemplo) es contrastante que en los últimos 12 años en México, la guerra entre los cárteles por el control en la distribución y venta de droga, haya sido el leitmotiv para recurrir a necrotécnicas y aniquilamiento con un mensaje que rebasa a la misma muerte, y que expande la sensación de miedo, riesgo y muerte a la población en general. Sin embargo, a más de dos siglos y medio de distancia entre Damiens y los estudiantes de cine, ¿cómo explicar que ambas descripciones guarden ese nivel de semejanza?
[3] Hacia el siglo XIX el homosexual, el niño masturbador y la mujer histérica se constituían como las tres figuras comunes de la perversión, toda vez que la historia de los perversos trazada por Roudinesco (2008) señala a no pocos personajes asociados, por sus prácticas, a esta figura. Se identifica, en ese sentido, a personajes distanciados en tiempo pero muy cercanos por sus actos, ideas, tendencias y gustos perversos: la emperatriz Teodora de Constantinopla en el siglo VI, Gilles de Rais en el XV, Claudine de Culam en el XVII, el Marqués de Sade en el XVIII por mencionar algunos, juntos o por separado, sentarían esas bases de lo antinatural sobre lo que se conformaría el discurso perverso y el mecanismo moral y psiquiátrico para señalar, sancionar y/o medicalizar cualquier práctica, comportamiento o ideas así entendidas hasta el presente.
Notas de autor

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