Dossier
Think tanks y la Fundación Ford en Argentina (1975-1983)
Think tanks and the Ford Foundation in Argentina (1975-1983)
Think tanks y la Fundación Ford en Argentina (1975-1983)
Estudios Sociales Contemporáneos, núm. 24, pp. 48-72, 2021
Universidad Nacional de Cuyo

Recepción: 03 Agosto 2020
Aprobación: 21 Diciembre 2020
Resumen: Este artículo analiza desde una perspectiva socio-histórica el papel que jugó la Fundación Ford en la promoción, financiación y exportación del modelo think tank a la Argentina entre los años 1975 y 1983, examinando en particular la relación que existió entre la Fundación y los investigadores de dos centros académicos argentinos fundados en 1975: el Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES) y el Centro de Investigaciones Sociales sobre el Estado y la Administración (CISEA). A través de un análisis de la red de centros académicos privados hilada y financiada por la Fundación Ford en Argentina durante estos años, propone examinar el papel de los oficiales de la Fundación como “diplomáticos académicos” para la internacionalización de las ciencias políticas argentinas y como agentes exportadores del modelo think tank al país. Asimismo, interpreta y analiza las repercusiones de las acciones de diplomacia académica y de la financiación de la Fundación en la adquisición del papel de think tanks por parte de los centros de estudios CEDES y CISEA durante la reconstrucción del Estado democrático argentino.
Palabras clave: Cooperación internacional, fundaciones filantrópicas, internacionalización, ciencias políticas.
Abstract: This article analyzes from a socio-historical perspective the role of the Ford Foundation in the funding, promotion, and exportation of the think tank model to Argentina between 1975 and 1983, in particular examining the relationship between the Foundation and two Argentine private academic research centers founded in 1975: The Center for Studies of the State and Society (CEDES) and the Center for Social Research on the State and Administration (CISEA). In analyzing the network of private academic research centers facilitated and financed by the Ford Foundation in Argentina during these years, this article examines the role of Foundation officials as “academic diplomats” for the internationalization of Argentine political science and the exportation of the think tank model to Argentina. In addition, it interprets and analyzes the repercussions of the Foundation’s academic diplomacy in the transformation of CEDES and CISEA’s role as think tanks during Argentina’s democratic transition.
Keywords: international cooperation, philanthropic foundations, internationalization, political science.
1. Introducción
En 1959, la Fundación Ford (FF) desplegó su Programa Para Latinoamérica con la intención declarada de apoyar la región en la modernización y profesionalización del campo académico, incluyendo un fuerte énfasis en las ciencias sociales. La Fundación jugó un rol central en la institucionalización de las ciencias sociales latinoamericanas y en términos de financiamiento entre los años 1959 y 1975 donó más de mil millones de dólares al continente para el desarrollo de estas disciplinas (Escobar, 2007: 104).
A partir de 1969, la Fundación facilitó la creación de una extensa red de centros académicos privados (CAPs) a lo largo del continente latinoamericano con el objetivo de apoyar grupos de intelectuales seleccionados para continuar desempeñando tareas en su país de origen a pesar del contexto autoritario en el que se encontraban. En 1975 en Argentina, debido a un conjunto de factores – entre ellos la inestabilidad política crónica, la crisis universitaria y la falta de otra base institucional para los estudios políticos – emergió una nueva red de CAPs, entre ellos el Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES) y el Centro de Investigaciones Sociales sobre el Estado y la Administración (CISEA). Los CAPs rápidamente se convirtieron en el ámbito donde comenzaría un nuevo modelo institucional para la producción de conocimiento en las ciencias sociales argentinas. Durante la dictadura militar (1976-1983), con las universidades nacionales tomadas por los militares y los programas de ciencias sociales eliminados, los CAPs constituyeron el único ámbito de investigación de las ciencias sociales (Brunner y Barrios 1987: 131-132). Esta nueva red de CAPs es importante para nuestro análisis, por un lado, porque fue promovida y financiada en gran parte por la Fundación Ford y, por el otro, porque estos centros luego ocuparon el papel de think tanks durante la transición democrática.
El objetivo principal de este artículo es analizar desde una perspectiva socio-histórica el papel que jugó la diplomacia académica de la FF en la promoción, financiación y exportación del modelo think tank a la Argentina entre los años 1975 y 1983. A través de nuestro análisis sobre la red de centros académicos privados hilada y financiada por la FF en Argentina durante estos años, buscamos comprender el papel de los oficiales de la FF como “diplomáticos académicos” para la internacionalización de las ciencias políticas argentinas y como agentes exportadores del modelo think tank al país. Asimismo, buscamos interpretar y analizar las repercusiones de las acciones de diplomacia académica y de la financiación de la FF en la adquisición del papel de think tanks por parte de los centros de estudios CEDES y CISEA durante la reconstrucción del Estado democrático argentino.
Dado que el enfoque principal del presente artículo estará puesto sobre el papel de la FF en la promoción, financiación y exportación del modelo think tank a Argentina, resulta necesario establecer, en primera instancia, los parámetros conceptuales sobre los cuales analizaremos el papel que cumplió la asistencia técnica y financiera de la FF en las ciencias sociales latinoamericanas. Según los documentos de la Fundación que constituyen la base analítica de nuestras reflexiones[1], el Programa Para Latinoamérica surgió en línea con los objetivos de la Alianza Para el Progreso (ALPRO) del presidente John F. Kennedy, como una forma de “diplomacia académica” contra la percibida ola inminente de revoluciones comunistas precipitada por la Revolución Cubana (Morales Martín 2016: 164-165). Los conceptos de “diplomacia académica” y de “diplomáticos académicos” nos permitirán analizar la función que desempeñaron los oficiales de la Fundación en establecer y canalizar contactos personales e intelectuales, fomentar redes y consolidar nexos institucionales con los países latinoamericanos. Además de conceder recursos económicos, también se ocupaban de supervisar los proyectos financiados y de articular sus relaciones personales y profesionales con los profesores y con las instituciones académicas regionales (Morales Martín 2017: 474).
En efecto, los oficiales de la FF involucrados en los asuntos latinoamericanos durante nuestro período de estudio formaron parte de la élite política-social del establishment de la Costa Este. De tendencia liberal y partidarios del Partido Demócrata, habían asistido a las universidades de Ivy League, además de ocupar cargos de profesores y/o decanos de las universidades estadounidenses más prestigiosas. Asimismo, muchos ocuparon cargos gubernamentales importantes durante las administraciones demócratas de John F. Kennedy (1961-1963) y Lyndon B. Johnson (1963-1968).
Para los propósitos de este artículo, proponemos analizar las acciones de la FF como promotoras del “consenso tecnocrático liberal” que prevaleció durante las primeras décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial que tuvo la intención de “ocupar el amplio espacio entre el capitalismo laissez-faire y los extremos socialistas” (O’Connor, 2007: 2). Aunque incondicionalmente capitalista y anticomunista, el consenso tecnocrático liberal se caracterizó por la promoción de las ciencias sociales como una manera de combatir los problemas asociados con el capitalismo corporativo industrial. Dentro de la perspectiva ideológica de la FF, tanto la derecha como la izquierda socialista fueron percibidas como anacrónicas, ideológicas, irracionales e irrelevantes. De tal manera, las instituciones promotoras del consenso tecnocrático liberal como la FF utilizaron las herramientas teóricas, metodológicas y técnicas para darle al liberalismo y su núcleo de ideas la imagen de ser los representantes de las ciencias sociales aplicadas y el conocimiento objetivo – y no ideológico (Stahl, 2016: 30-31).
2. La internacionalización de las ciencias políticas argentinas y la diplomacia académica de la Fundación Ford
El golpe de estado en junio de 1966 liderado por el régimen militar del General Juan Carlos Onganía (1966-1970) frenó de manera significativa los procesos de institucionalización y modernización de las ciencias sociales argentinas, y puso fin a una década de autonomía universitaria. Con la fuerte intervención militar en las universidades argentinas, muchos profesores dimitieron o fueron removidos de sus cargos universitarios. Solamente en la Universidad Nacional de Buenos Aires (UNBA), 8.600 profesores renunciaron o fueron removidos durante el gobierno militar de Onganía (Brunner y Barrios, 1987: 69). Muchos intelectuales argentinos fueron exiliados del país o decidieron autoexiliarse para seguir estudiando en el exterior dada la intervención militar y falta de autonomía de las universidades (Buchbinder, 2005: 190).
Dada la inestabilidad política crónica del país, los oficiales de la FF reconocieron que debían centrarse con mayor énfasis en los estudios políticos, y de este modo, las estrategias y los objetivos de la FF comenzaron a enfocarse en el desarrollo de esta disciplina. A las ciencias políticas argentinas “subdesarrolladas” le fueron atribuidos los problemas políticos y sociales que generaron la polarización ideológica e inestabilidad política crónica en Argentina (Manitzas, 1976: 26). Para los oficiales de la Fundación, entender el aparato político argentino y comprender cómo manejar eficazmente la inestabilidad política constituirían las claves para lograr la modernización y el desarrollo económico en el país.
La idea principal sostenía que el cambio de enfoque hacia los estudios políticos podría proporcionar una “base de opciones políticas” para la toma de decisiones, vista como una posible vía hacia una solución para la polarización ideológica y la inestabilidad política crónica del país. Tal sistema requería de individuos capacitados para implementarlo, un proceso en el cual el programa de becas de la FF jugó un papel instrumental.
Debido a las intervenciones militares en las universidades argentinas, durante la segunda mitad de la década de 1960 la FF se enfocó en la formación de intelectuales argentinos en el exterior, con la idea de que formaran un núcleo de científicos políticos en el país luego de finalizar sus estudios.
El sistema de becas otorgadas por la FF a los intelectuales argentinos tuvo la intención explícita de seleccionar una generación de investigadores argentinos para que fueran entrenados en las universidades más prestigiosas de los Estados Unidos y Europa. Como indican los memorándums internos de la FF sobre el nuevo programa, “removió a toda una generación de estudiantes de Argentina y facilitó sus estudios avanzados en Harvard, Yale, Berkeley, Cambridge, Oxford y París, justo cuando los pilares de las ciencias sociales argentinas empezaron a desmoronarse” (Cleaves, 1979). De este modo, según Neiburg y Plotkin (2005), “las universidades más prestigiosas de los EEUU se convirtieron así en espacios de contacto e internacionalización de las élites latinoamericanas” (p. 214).
Dado el nuevo enfoque sobre los estudios políticos, los oficiales de la FF estaban especialmente interesados en los investigadores del Centro de Investigaciones en Administración Pública (CIAP) del Instituto Di Tella (ITDT)[2]. El CIAP fue fundado como un centro asociado del ITDT a mediados de 1964, en respuesta al creciente interés de parte de los organismos internacionales en los estudios políticos y administrativos, y la financiación del centro provenía casi completamente de la Fundación Ford.
Los investigadores del CIAP que eran becarios de la FF incluía a Guillermo O’Donnell, Horacio Boneo, Marcelo Cavarozzi, Oscar Oszlak, Jorge Sábato, Jorge Roulet, Dante Caputo y Néstor Lavergne entre otros. Guillermo O’Donnell fue el primero en recibir una beca de la FF en 1964, lo que le permitió culminar sus estudios de posgrado en ciencias políticas en la Universidad de Yale, y el resto de los becarios empezaron los estudios de posgrado en el exterior en 1966. En este año, Dante Caputo empezó sus estudios de posgrado en el Programa de Relaciones Internacionales de la Universidad de Tufts en Boston antes de seguir con los estudios de doctorado en la Universidad de París.
Por su parte, Jorge Sábato estudió Sociología Política en la Universidad de París, donde se quedó para realizar los estudios de doctorado y estuvo en contacto con otros investigadores del CIAP, incluyendo a Dante Caputo, Jorge Roulet y Néstor Lavergne, quienes estudiaban en la misma universidad.
En 1966, Oscar Oszlak, Marcelo Cavarozzi y Horacio Boneo recibieron becas de la FF para completar los estudios de Maestría en Administración Pública en Estados Unidos. Oszlak estudió en la Universidad California-Berkeley, Cavarozzi en Cornell[3] y Boneo en Syracuse. En 1968, Boneo empezó sus estudios de Doctorado en Economía en Syracuse, mientras Oszlak y Cavarozzi recibieron otra beca de la FF el mismo año para realizar el Doctorado en Ciencias Políticas en la misma institución, la Universidad California-Berkeley[4].
Las estadías en el exterior durante los estudios de posgrado fueron claves para los intelectuales argentinos, dado que les permitieron aprender las técnicas y conocimientos especializados en las ciencias políticas (predominantemente norteamericanas), y les facilitó la oportunidad de establecer contactos personales y académicos con miembros importantes del circuito intelectual internacional. Para nuestros propósitos, es relevante observar que estos intelectuales que formaban parte del circuito internacional, bajo quienes estudiaban los becarios, también mantuvieron estrechas relaciones con la FF.
En los Estados Unidos, por ejemplo, los becarios establecieron contactos con varios científicos sociales importantes de la época como David Apter, Phillippe Schmitter y Albert Hirschmann entre muchos otros. Apter tuvo una estrecha relación con la FF, y participó en varios proyectos latinoamericanos financiados por la Fundación a lo largo de las décadas de 1960 y 1970. Además de ser profesor de Cavarozzi y Oszlak en Berkeley, Apter también fue profesor de Guillermo O’Donnell en Yale, y trabajó con varios de los becarios de la FF durante su tiempo como el director del Programa de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de California-Berkeley (Camou et. al., 2007: 192-197).
Hirschmann, por su parte, fue un consultor importante para la FF y participó en varios proyectos financiados por la Fundación en América Latina durante de las décadas de 1960 y 1970. Hirschmann fue profesor visitante varias veces en Argentina, y es citado por muchos de los becarios de la FF como uno de los profesores más influyentes en sus trayectorias intelectuales, incluyendo Guillermo O’Donnell y Oscar Oszlak (Camou et. al., 2007: 192).
Experiencias similares se contabilizan en Francia, donde los becarios establecieron contactos con intelectuales importantes de la época como Alain Touraine y Celso Furtado. Touraine, quien fue uno de los jurados para la defensa de tesis de Sábato y también de Caputo, había participado en varios proyectos latinoamericanos financiados por la FF, y fue profesor visitante en Argentina en varias ocasiones durante este período.
Los oficiales de la FF a título individual mantuvieron estrechos vínculos con las redes intelectuales y académicas en las que operaban los becarios. Reynold Carlson, por ejemplo, quien fue el oficial de la FF encargado de los asuntos de la Fundación en Argentina durante los años 1969-1973, fue un graduado de Harvard y luego un profesor universitario en Vanderbilt, y durante la presidencia de Lyndon B. Johnson fue embajador de los Estados Unidos en Colombia (1966-1969).
David Bell se desempeñó como vicepresidente ejecutivo de la división internacional de la Fundación Ford entre 1966 y 1981. Como Carlson, Bell era un graduado de Harvard y también había servido en las administraciones de Kennedy y Johnson como director de la Oficina del Presupuesto durante 1961-1962, así como director de la Agency of International Development (USAID) durante los años 1962-1966 (Fundación Ford, 2018).
William Carmichael, graduado Yale y Oxford, fue subdirector del Programa Latinoamericano de la FF durante los años 1971-1976 y luego fue el vicepresidente de la Fundación Ford durante 1981-1989. Previamente, entre 1958 y 1962, Carmichael fue director del Programa de Relaciones Internacionales de la Universidad de Princeton, y entre 1962 y 1968 fue Decano de la Escuela de Administración de la Universidad de Cornell.
Kalman Silvert fue otro oficial de la FF que jugó un papel importante en la formación del Programa Latinoamericano de la Fundación, donde se desempeñó como director desde 1967 hasta su muerte en 1976. Graduado de la Universidad de Pennsylvania, Silvert fue un intelectual y profesor universitario en Harvard y Dartmouth[5] y trabajó como profesor visitante en la Universidad de Buenos Aires y en el Instituto Gino Germani durante las décadas de 1960 y 1970. Silvert, de hecho, fue el primer presidente de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA), y fue una figura central en la fundación del Programa Latinoamericano del Woodrow Wilson Center en 1968 junto con Albert Hirschmann, Guillermo O’Donnell y otro oficial de la FF, Abraham Lowenthal (Morales Martín, 2017: 474).
La participación de varios oficiales de la FF en estas redes intelectuales y académicas les permitió actuar como “diplomáticos académicos” a través de establecer y canalizar contactos personales e intelectuales, fomentar redes y consolidar nexos institucionales. Además, le facilitó a la FF ejercer un cierto grado de autoridad con respecto a la decisión de cuáles serían las instituciones y los individuos que se beneficiarían de sus subvenciones. Estas redes intelectuales y académicas les sirvieron a los oficiales de la FF para identificar a los investigadores más prometedores y para orientar sus futuros programas en la región.
Para los investigadores del CIAP, los títulos de posgrado y los contactos personales e intelectuales que establecieron en el exterior los dotaron de un grado importante de legitimidad en los organismos internacionales. Gracias en gran parte a este capital social y cultural, a principios de la década de 1970 empezaron a ocupar cargos como consultores y asesores técnicos tanto en las instituciones nacionales como en los organismos regionales e internacionales como el CLACSO, la CEPAL, la ONU y la OEA, entre otros (Instituto Torcuato Di Tella, 1979: 305-339).
La participación de los investigadores del CIAP en estas organizaciones internacionales les otorgó legitimidad y reconocimiento no solamente de parte de la comunidad académica e intelectual, sino también de los oficiales de la FF. A ellos les demostró que los investigadores del CIAP no solamente contaban con la suficiente capacidad de ocupar estos cargos internacionales importantes, sino que también habían sido capaces de utilizar los contactos personales y académicos que habían establecido para obtener financiamiento y reconocimiento de sus pares en el exterior, una habilidad necesaria para el funcionamiento de cualquier centro académico exitoso. Además, les demostró la importancia del mantenimiento de la red académica en la que operaban los investigadores del CIAP para vehiculizar el capital académico que producían, fomentar la colaboración entre investigadores de la región y los organismos internacionales y establecer vínculos políticos importantes que podrían ser claves a futuro.
Los investigadores del CIAP fueron claramente vistos como los más prometedores por la FF debido a su trato personal con los oficiales de la FF y la aceptación de sus contrapartes académicos en el circuito internacional. A través de la participación de los investigadores del CIAP en estas redes y comunidades académicas y la aceptación por sus pares en el exterior, empezaron a gozar de más reconocimiento y promoción por parte de la Fundación. La confluencia de estos factores explica en gran medida el apoyo de la Fundación a los investigadores del CIAP cuando se separaron del ITDT para formar el CEDES y el CISEA en 1975.
3. La Fundación Ford y los centros académicos privados (CAPs): El CEDES y el CISEA
En diciembre de 1974, los investigadores del CIAP se separaron formalmente del Instituto Di Tella y unos meses después fundaron dos centros
nuevos: el Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES) y el Centro de Investigaciones Sociales sobre el Estado y Administración (CISEA). En el momento exacto de la fundación de los centros el 1 de julio de 1975, el país se encontraba sumido en una profunda crisis económica, política y social, motivada en parte por la ausencia de Juan Domingo Perón, fallecido un año antes, y en medio de una escalada de violencia estatal y paraestatal que contextualizan los meses previos al golpe militar que se impondría en marzo del año siguiente.
Al mismo tiempo, el país también se encontraba en el medio de una crisis universitaria que respondió, en gran parte, a la falta de autonomía por parte de las universidades nacionales como resultado de la inestabilidad política y los sucesivos golpes militares. Más allá del ciclo político prevaleciente, fuese peronista o antiperonista, la injerencia estatal en las universidades significó intervenciones y depuraciones de los claustros de docentes y retrocesos en el desarrollo de los programas de investigación y enseñanza (Brunner y Barrios, 1987: 67).
A pesar de la crisis institucional universitaria y el contexto político-social turbulento, los investigadores estaban determinados a quedarse en Argentina. En este sentido, según Morales Martín (2016), la nueva red de CAPs fue parte de una estrategia por parte de los investigadores argentinos de evitar el brain drain (fuga de cerebros) en el país. Como señaló Guillermo O’Donnell: “Yo quería luchar allí́, desde dentro. Recibí́ varias ofertas formales y muchas más manifestaciones informales de interés de buenas universidades de Estados Unidos” (Morales Martín, 2016: 170-171). Esta percepción fue compartida por la FF, como señala un oficial de la Fundación, Peter Cleaves, con respecto a los investigadores de los nuevos centros, que “tendrían pocas dificultades para duplicar o triplicar su salario en alguna institución extranjera” (Cleaves, 1979).
Sin la posibilidad de entrar a la UBA – en aquel momento tomada por los Montoneros – el CEDES y el CISEA fueron fundados como centros académicos privados en julio de 1975. El primer director del CEDES fue Guillermo O’Donnell, y los miembros originales fueron Oscar Oszlak, Horacio Boneo y Marcelo Cavarozzi, aunque unos meses después una socióloga, Elizabeth Jelin[6], fue incorporada al plantel de investigadores. Por otro lado, Jorge F. Sábato fue el director del grupo del CISEA, con los otros miembros originales Néstor Lavergne, Dante Caputo y Jorge Roulet.
Es importante mencionar que al principio los investigadores del CISEA no estaban dispuestos a aceptar financiamiento de la FF y prefirieron apoyarse a través de consultorías en varias agencias internacionales. Sin embargo, después de un par de años – sobre todo después del golpe de estado de 1976 – la situación económica los obligó a aceptar los fondos de la FF (Camou, 2007: 201).
En cualquier caso, el CEDES y el CISEA tuvieron una relación simbiótica e interdependiente desde el principio, dado que siguieron compartiendo la misma oficina y biblioteca, entre otros recursos, y trabajaron de forma conjunta en varios proyectos e investigaciones. Aunque claramente dos grupos separados con sus propios proyectos y líneas de investigación, compartían la misma sala de reuniones y los investigadores de ambos centros interactuaban entre sí casi diariamente. Como señaló un oficial de la FF Richard Dye: “Ambos grupos perciben sus papeles como complementarios, y seguirán compartiendo la misma oficina, biblioteca, y otros servicios, y colaborarán, como antes, en investigaciones, seminarios, y entrenamiento en proyectos de mutuo interés” (Dye, 1975).
Es importante resaltar aquí que a principios de la década de 1970 muchas de las agencias de cooperación internacional habían reducido de manera significativa sus contribuciones financieras y técnicas en la región, y en algunos casos habían cesado completamente. No había ninguna institución argentina interesada en el desarrollo de la ciencia política, ni tampoco una organización internacional dispuesta a financiarla. Aunque otras organizaciones de cooperación internacional como el Swedish Agency for Research Cooperation (SAREC) de Suecia y el International Development Research Centre (IDRC) de Canadá tuvieron operaciones en el país similares a las de la FF durante nuestro período de estudio, e incluso eventualmente establecieron relaciones importantes con los investigadores del CEDES y CISEA, no estuvieron dispuestos a otorgar fondos para facilitar su creación en 1975. Esta percepción era compartida por los oficiales Fundación, lo que pudimos evidenciar a partir de las palabras del oficial de la FF, Richard Dye, quien en julio de 1975 sostuvo, en relación a la creación de los nuevos centros, que “el apoyo buscado por la Fundación en esta etapa inicial de manera realista no se podría haber obtenido por otro medio” (Dye, 1975).
El apoyo de la FF al CEDES y el CISEA frente el contexto autoritario representó el compromiso por parte de esta institución no solamente en fortalecer los estudios de las ciencias políticas argentinas, sino también la voluntad de apoyar un grupo de investigadores bien conocidos por los oficiales de la FF que los consideraban los más prometedores. Además, representó una apuesta por intentar comprender las causas del deterioro político en el país y generar modelos conceptuales para un futuro escenario democrático.
El tema del Estado elegido por el CEDES y el CISEA en este sentido fue de suma importancia para los oficiales de la FF. Como analizamos en el apartado previo, el objetivo del apoyo de los estudios políticos argentinos por parte de los oficiales de la FF fue, en realidad, una respuesta a su necesidad de entender la inestabilidad política crónica del país y establecer consensos en torno a la democracia. Para los oficiales de la FF, los regímenes militares en América Latina no fueron simplemente el resultado de las luchas internas dentro del ejército nacional, ni fueron simplemente la personificación de los intereses económicos y políticos de la CIA y el Departamento del Estado norteamericano. Al contrario, los oficiales de la FF percibieron que la inestabilidad política crónica fue una manifestación de ciertas características y tendencias presentes en los sistemas políticos latinoamericanos, las cuales generaron una marcada polarización ideológica y las otras condiciones necesarias para el ascenso de los regímenes militares al poder.
Al mismo tiempo, mientras los oficiales de la FF estaban determinados en brindar su apoyo a los nuevos centros académicos argentinos, eran conscientes de la necesidad de facilitar la creación de una comunidad de intelectuales con legitimidad en el ámbito local, evitando la creación de centros que fueran vistos como simplemente vehículos que sirvieran para avanzar en los intereses de la Fundación que los financiaba.
La estrategia de la FF en su apoyo a los CAPs recién creados se reorientó, entonces, hacia el financiamiento “atado a proyectos” (Brunner y Barrios, 1987: 156). Es decir, en lugar de otorgar subvenciones institucionales como habían realizado durante las décadas previas, la FF empezó a otorgar subvenciones más pequeñas y directas, destinadas a la realización de un proyecto específico dentro de un período de tiempo establecido[7]. Esta nueva estrategia tuvo un beneficio dual. Por un lado, permitió que la FF pudiera seguir apoyando a los CAPs sin ser vista como la única organización financiadora de los centros. Por otro lado, permitió que la Fundación pudiera enfocarse en los temas y áreas de estudio que consideraba más urgentes y relevantes, pudiendo de este modo ejercer más control sobre los mismos.
Con el mismo objetivo en mente, un eje importante de la estrategia de la FF durante la década de 1970 en su financiamiento de los nuevos centros argentinos fue la canalización de fondos a través de otras organizaciones internacionales y regionales más allá de las subvenciones otorgadas directamente a los centros. Por ejemplo, la Fundación canalizaba fondos a través del Social Science Research Council (SSRC), la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) entre otras organizaciones.
Las estrategias de la FF fueron diseñadas para que los CAPs no dependieran exclusivamente de la financiación de la FF, pero también para que los investigadores de los CAPs fueran obligados a participar en el circuito internacional para poder subsistir como instituciones, una estrategia que se revela en varios memorándums internos de la FF.
4. El CEDES y el CISEA durante la dictadura militar
El rol fundamental que jugaron el CEDES y el CISEA durante la dictadura militar fue la profesionalización de los investigadores, proporcionándoles una plataforma institucional y una red importante de contactos regionales e internacionales (Brunner y Barrios, 1987: 131-132).
Los dos centros desarrollaron un papel central en la producción de conocimiento dentro de las ciencias sociales a nivel regional e internacional como la sede central del Grupo de Estudios sobre el Estado de CLACSO, del cual Guillermo O’Donnell y Oscar Oszlak fueron los fundadores. CLACSO fue clave para el funcionamiento de los CAPs, actuando como un foro de intercambio y una plataforma de encuentros para los científicos sociales de la región, proporcionándoles mayor acceso al circuito regional (Brunner y Barrios, 1987: 132). Los vínculos con CLACSO facilitaron la realización de trabajos conjuntos entre los investigadores del CEDES y el CISEA y los CAPs de otros países latinoamericanos, consolidando su prestigio en la región como expertos en los estudios sobre el Estado y la administración pública.
Los investigadores de ambos centros también compartieron una relación importante con el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES)[8]. El IDES funcionó como una “organización paraguas” como un foro, punto de encuentro y lugar de enseñanza y difusión para los varios grupos de investigadores argentinos (Brunner y Barrios, 1987: 128): La revista académica publicada por el IDES, Desarrollo Económico, llegó a ser reconocida internacionalmente como una de las revistas académicas más importantes en el ámbito económico, tanto en Argentina como de América Latina.
Dadas las restricciones impuestas por el gobierno militar sobre los estudios políticos y la participación en actos que podrían ser considerados subversivos, los miembros del CEDES y el CISEA tuvieron que aprender a trabajar dentro de los límites de la tolerancia del gobierno. El contexto autoritario entonces requirió el mantenimiento de un “bajo perfil” y una visibilidad reducida en el ámbito local durante este periodo (Brunner y Barrios, 1987: 152-153). Como resultado, la diseminación de las publicaciones y la difusión de los resultados de los trabajos académicos producidos por CEDES y el CISEA tuvieron lugar en el exterior.
La escasa existencia de fondos durante este tiempo y la necesidad de hacer circular los trabajos en el ámbito internacional generó ciertos efectos observables en el funcionamiento del CEDES y el CISEA. Por ejemplo, implicó que los centros recién creados no estuvieran en condiciones de garantizar un numeroso plantel de investigadores durante los primeros años. Como resultado de ello, la inclusión como miembros de los centros y la participación en sus proyectos académicos se vio restringida habitualmente a los integrantes del núcleo fundador, los que habían establecido contactos internacionales (tanto con instituciones académicas como organizaciones filantrópicas) y contaban con condiciones favorables para la explotación de sus trabajos en el exterior (Brunner y Barrios, 1987: 156).
En una época signada por la necesidad de producir escritos para generar ingresos, a la hora de tener que vender los trabajos académicos en el circuito internacional los investigadores del CEDES y el CISEA tuvieron la ventaja enorme de haber establecido una multiplicidad de contactos personales y académicos con intelectuales importantes durante sus estudios de posgrado en el exterior (Neiburg y Plotkin, 2005: 157). Además, los títulos de posgrado obtenidos en las universidades más prestigiosas de EEUU y Europa les dieron un destacado grado de capital académico/social en el circuito internacional que, según Brunner y Barrios (1987), “podía entonces operar como ‘crédito’ para la obtención de apoyos” (p. 131).
La participación de los investigadores del CEDES y el CISEA en el circuito internacional y su estatus como parte de la élite intelectual política les dio un cierto grado de seguridad frente a las posibles amenazas del gobierno[9], pero también generó ciertos efectos en el tipo de trabajo académico que produjeron, dado que tuvieron que tomar en cuenta el público del exterior al que estuvieron dirigidos los trabajos, y tuvieron que elegir temas merecedores de inversión de las organizaciones internacionales. Tal sistema facilitó la participación de los investigadores argentinos en el mercado internacional de ideas[10].
Sin embargo, en tal mercado, el mérito o la relevancia de los estudios dependía del apoyo o no por parte de las instituciones financiadoras internacionales. Dezalay y Garth (2003) caracterizan a este mercado de ideas como un proceso de “la dolarización” de los nuevos saberes del Estado, donde el valor de las técnicas y los conocimientos especializados producidos en América Latina viene atado al poder de capacidad de compra que ellos tengan en el circuito internacional. Estos autores sostienen que un aspecto clave del trabajo producido por los centros latinoamericanos era su aceptación en las universidades y centros de estudio más reconocidos en Estados Unidos (p. 80).
Para algunos, esta estrategia de financiamiento proveniente del exterior puso en discusión la autonomía de los CAPs, dado que la aprobación o rechazo de los proyectos dependía en gran parte de las decisiones de los oficiales de las organizaciones internacionales. En efecto, aunque la decisión final con respecto a las orientaciones y delimitaciones de las agendas de los centros fue una decisión interna, los centros al mismo tiempo tuvieron que proponer proyectos que serían de interés para los oficiales de la FF y las otras organizaciones internacionales que serían merecedoras de su inversión.
Esto no implica sugerir que los centros carecían de la autonomía necesaria para formular sus propias orientaciones de los trabajos o que fueran totalmente dependientes de los intereses de las organizaciones internacionales. Por lo contrario, como señala Heredia (2012), los CAPs argentinos que participaron en el circuito internacional utilizaron una forma de “cartografía ideológica” de las agencias de financiación existentes para determinar un cierto alineamiento entre sus filiaciones y las de sus patrocinantes para obtener financiamiento donde existiera proyectos de mutuo interés (p. 313).
La FF en este sentido jugó un papel importante con respecto a las sugerencias y recomendaciones para las agendas de investigación de los centros, con el objetivo de que lograran competir en el mercado internacional. Como nos revelan los archivos internos de la Fundación, los oficiales de la Fundación estaban en contacto constante con los investigadores del CEDES y el CISEA, intercambiando propuestas de trabajo y posibles oportunidades de colaboración entre los centros y con la FF. Las visitas ocasionales de los oficiales de la FF a Buenos Aires y las evaluaciones formales periódicas patrocinadas por la Fundación también fueron importantes para que los oficiales de la FF pudieran evaluar el progreso de los receptores de las subvenciones e informarse sobre el contexto político-social del país. Estas evaluaciones son relevantes para nuestros propósitos también porque demuestran cómo la comunidad académica extranjera percibía el trabajo producido por los investigadores argentinos y cómo los evaluadores transmitieron una cierta imagen a los oficiales de la FF que les repercutió la confianza de seguir o no invirtiendo dinero en estos centros.
Aunque tanto el CEDES como el CISEA se vieron obligados a sostenerse en gran parte a través de su participación en el circuito internacional, Brunner y Barrios (1987) identifican una diferencia importante con respecto a la caracterización del papel que cumplieron estos centros durante la dictadura militar. Estos autores sostienen que mientras el CEDES marcaba su identidad en términos primordialmente “profesionalistas” y de “excelencia académica”, el CISEA se caracterizó por “la combinación de la búsqueda de competencia profesional con una orientación hacia el medio político” (p. 130).
En sus primeros tres años como institución, el CEDES publicó 22 artículos y 5 libros[11]. En 1978, la serie de revistas del centro, Estudios CEDES, ya contaba con 25 artículos, y 10 de ellos ya habían sido publicados en 13 revistas académicas internacionales (Fagen et. al., 1978). Los trabajos de los investigadores del CEDES fueron publicados en revistas académicas internacionales importantes de la época como Studies in Comparative International Development, Latin American Perspectives y Latin American Research Review, y casi todas las ediciones de Desarrollo Económico contaron con un artículo escrito por un investigador del CEDES (Fox y Manitzas, 1980: 35).
Gracias a sus contactos internacionales y su reconocimiento como una institución de “excelencia académica” por sus pares en el exterior, a finales de la década de 1970 varios investigadores del CEDES fueron invitados a servir como profesores visitantes en las universidades más prestigiosas de EEUU y Europa. Marcelo Cavarozzi pasó una gran parte de 1979-1981 como profesor visitante en la Universidad de Tufts y después en Yale gracias a una subvención de la Fundación Tinker (CEDES, 1979). Elizabeth Jelin y Jorge Balán fueron profesores visitantes por un año en la Universidad de Texas durante 1980-1981 (CEDES, 1981). Guillermo O’Donnell, por su parte, fue profesor visitante en las universidades de California-Berkeley, Michigan y Princeton, además de trabajar por un tiempo en el SSRC (Morales Martín y Algañaraz, 2016: 239).
Estas experiencias fueron importantes para mantener los contactos personales y profesionales con la comunidad académica internacional. Al mismo tiempo, el hecho de que fueran seleccionados por sus pares en el exterior para participar como profesores visitantes en estas universidades prestigiosas, demuestra la visibilidad y legitimidad internacional que habían logrado estos investigadores argentinos durante los primeros años de la dictadura en este sistema de consagración que otorga prestigio y reconocimiento.
Por otro lado, como señalan Brunner y Barrios (1987), el CISEA se caracterizó por la combinación de una búsqueda de competencia profesional con una orientación hacia el medio político (p. 130). La labor del CISEA se caracterizó por su asistencia técnica a los organismos regionales e internacionales durante la dictadura militar, donde ocuparon varios cargos importantes. Dante Caputo, por ejemplo, ocupó varios cargos como un consultor para la OEA en Ecuador durante 1975-1976 y para un programa de la ONU, la United Nations Conference on Trade and Development (UNCTD), en Perú durante los años 1977-1979. Jorge Roulet fue consultor para la OEA y fue director de proyectos del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Perú durante los años 1977-1979. El cargo como director del programa le facilitó a Roulet incorporar a los otros investigadores del CISEA a los varios proyectos del PNUD. Casi todos los investigadores del CISEA, de hecho, pasaron tiempo en Perú trabajando para organizaciones internacionales como la PNUD, la OEA, la ONU y la FF.
Debido en gran parte a su participación en las redes internacionales, el CEDES y el CISEA lograron consolidar su prestigio y legitimidad en el circuito internacional como importantes productores de conocimiento y especialistas en los saberes del Estado. Esto estimuló la aparición de una pluralidad de instituciones internacionales financiadoras, entre ellas la Swedish Agency for Research Cooperation (SAREC) de Suecia y el International Development Research Centre (IDRC) de Canadá.
El trabajo producido por los académicos argentinos en el CEDES y el CISEA durante la dictadura militar jugaría un papel instrumental en la generación de propuestas políticas y económicas durante la eventual transición democrática. Como afirmó Nita Manitzas al respecto, “la agenda de investigación del CEDES no es simplemente un ejercicio académico” (Manitzas, 1979). Los oficiales de la FF eran conscientes de que tal transición requeriría especialistas en los saberes del Estado, y la profesionalización del CEDES y el CISEA durante la dictadura militar les facilitó desarrollarse como expertos en tales temas desde la perspectiva de la comunidad internacional y la de los oficiales de la FF.
A partir de la década de 1980, el contexto político-social se iría transformando gradualmente en Argentina, y el debilitamiento de la dictadura militar y las nuevas posibilidades de retorno del sistema democrático, comenzó a cambiar la función que desempeñaban estos centros, como veremos en el próximo apartado.
5. La exportación del modelo think tank a Argentina: El CEDES y el CISEA durante la transición democrática
Para poder analizar la reorientación del CEDES y el CISEA que los condujo ocupar el papel de think tanks durante la transición democrática, es importante establecer cómo definimos el concepto de un think tank y el papel que los think tanks han ejercido históricamente en el sistema político.
En términos generales, entendemos el concepto de un think tank como un instituto o centro académico sin fines de lucro cuya función principal es la de realizar investigaciones sobre un tema o un grupo de temas seleccionado, con el objetivo de movilizar la opinión pública y proveer una base de información útil para la formulación y elaboración de políticas públicas. Según Paul Dickson (1972), el sentido general de un think tank es el de ligar el conocimiento con el poder y a la ciencia y la técnica con la elaboración de políticas (pp. 26-27). De manera similar, James McGann (2016) describe a los think tanks como un puente entre la comunidad académica y la comunidad política, entre el Estado y la sociedad civil (p. 13).
En los Estados Unidos, los think tanks desde mediados de la década de 1950 se han desempeñado como actores centrales tanto en el ámbito académico como en el escenario político, y han jugado un papel fundamental en la formulación y la elaboración de políticas públicas, además de un rol instrumental en el encauzamiento de la opinión pública sobre los asuntos políticos. Convocan seminarios o conferencias en que participan varios funcionarios del gobierno y/o académicos reconocidos, sus miembros son frecuentemente invitados para ser entrevistados en los medios de comunicación o para brindar algún testimonio en al congreso, y son considerados expertos en su área de estudio tanto por el público como por los funcionarios del gobierno y los medios de comunicación.
Existe también un fecundo intercambio entre el mundo de las políticas y el de los think tanks. Por ejemplo, si un think tank apoya a un candidato político y genera aportes importantes que le facilitan su elección, es frecuente que, tras ganar las elecciones, algunos miembros del think tank pasen a ocupar cargos importantes dentro de su administración. Por otro lado, es bastante común que después de servir como oficiales públicos, algunos de ellos regresen al mundo de los think tanks para continuar su trayectoria profesional. McGann (2016) refiere al movimiento entre los think tanks y las administraciones políticas como casos típicos de “puerta giratoria” (p. 101).
El primer caso de tal situación ocurrió con el Brookings Institute, cuyos miembros ocuparon cargos importantes en las administraciones de John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson. Como señala Smith (1991), las designaciones políticas de los miembros del Brookings en el gabinete de Kennedy marcaron una nueva era en el gobierno para los académicos especialistas (p. 2).
Una gran parte del ascenso al poder del establishment del Este durante la década de 1960 puede ser atribuido a las contribuciones del Brookings Institute. El éxito del Brookings estuvo marcado por el triunfo de los candidatos apoyados por el establishment del Este, John F. Kennedy en 1960 y Lyndon B. Johnson en 1964. Muchos miembros del Instituto pasaron a ocupar cargos importantes en ambas administraciones, como hicieron también otros miembros del establishment del Este y oficiales de la Fundación Ford.
La estrecha relación que existió entre la FF y el Brookings Institute y el ascenso del establishment del Este al poder en 1960 a través de la instrumentalización de los think tanks como una estrategia en la generación de capital político y cultural son elementos claves para nuestro análisis. Los oficiales de la FF debieron reconocer la importancia de los think tanks en la generación de capital político y cultural al mismo tiempo que empezaron a apoyar a los centros académicos privados en el Cono Sur. Esta experiencia es importante para nuestro análisis porque refleja la voluntad de la FF de replicar el mismo modelo en los países latinoamericanos en los que estaba involucrado.
Según Dezalay y Garth (2003):
Esta estrategia, que había sido desarrollada de forma consistente por los intelectuales en acción de Kennedy, ofreció la ventaja de reforzar los vínculos con las grandes universidades, poniendo así el capital académico al servicio de las decisiones políticas. En aspectos cruciales este es el mismo enfoque político puesto en marcha en los países en desarrollo. Las inversiones en conocimiento provenientes del exterior también lograron reproducir una clientela de protegidos que ocupaban posiciones bastante similares en los ámbitos de poder de sus propios países (p. 219).
Los think tanks argentinos tendrían una importancia dual en este sentido. Por un lado, proporcionarían el capital social de legitimidad y una justificación académica/intelectual para los planes políticos-económicos promovidos por el nuevo gobierno democrático. Por otro lado, modificarían el proceso de toma de decisiones políticas, en el cual los científicos sociales miembros de los think tanks empezarían a jugar un papel central que facilitaría la creación de consensos alrededor de conceptos como la democracia, la globalización y la apertura externa.
A principios de la década de 1980 en Argentina, La Guerra de las Malvinas y el desmoronamiento de la Dictadura Militar cambió radicalmente la función que cumplían los centros, cuyas estrategias empezaron a girar hacia el ámbito político. Como señalaron Marcelo Cavarozzi del CEDES e Hilda Sábato del CISEA en su informe para la FF al respecto:
La aventura de las Malvinas y su desenlace no sólo forzaron la defenestración de Galtieri y el archivamiento del intento de generar una descendencia al régimen militar. (...) Esta drástica modificación de la escena política argentina durante 1982 tuvo una serie de consecuencias en lo relativo a la posición ocupada en ella por los partidos y, por ende, sobre nuestra estrategia de trabajo (Cavarozzi y Sábato, 1983: 1).
Los centros ya no se limitaron a la presentación de proyectos a las agencias internacionales, sino que comenzaron también a atender a las demandas locales generadas por la apertura política. Según Vessuri (1992), el cambio principal de los CAPs durante la transición democrática radicó en la reorientación de las actividades de los centros desde un perfil "hacia adentro" a otro "hacia afuera" (p. 359). Como señala Thompson (1994), estas oportunidades comenzaron a surgir paralelamente a la apertura política, y los CAPs comenzaron a anunciar públicamente los cursos y conferencias, a brindar apoyo técnico a los sindicatos, a convocar a dirigentes políticos para el debate, organizar "cátedras paralelas" para la comunidad universitaria, a ampliar el mercado de distribución de las publicaciones en el ámbito local y a constituirse como opiniones "expertas" para el periodismo local, sin ser sospechados o denunciados (p. 87).
Con la gradual apertura política en el país, las prioridades y las estrategias de la FF empezaron a cambiar también en línea con las de los CAPs y las perspectivas de una futura escena democrática. Según un reporte interno de la FF de 1986 en el que los oficiales de la FF reflexionan sobre los últimos años y el papel de la Fundación en estos procesos:
En la década de 1980, mientras muchos países de la región comenzaban sus transiciones a la democracia, la Fundación ayudó a muchos centros a desarrollar investigaciones, análisis de políticas y diálogos sobre instituciones y procesos democráticos. Poca atención se había prestado a cómo los mecanismos existentes funcionan en la mayoría de los países, o cómo podrían ser cambiados para canalizar las demandas y resolver los conflictos más eficazmente. La meta era fortalecer la capacidad de los científicos sociales de responder a los problemas prácticos de la gobernanza democrática, y de esta manera acelerar el proceso de renovación y consolidación institucional (Fundación Ford, 1986).
Entre 1980 y 1983, la FF financió por lo menos siete proyectos académicos en los cuales participaron los miembros del CEDES y el CISEA[12]. Los proyectos financiados por la FF se enfocaron en las relaciones internacionales y la economía internacional, el sector agropecuario de la economía argentina, la planificación urbana y regional y el papel de los partidos políticos en el sistema democrático. El ímpetu principal para el financiamiento de estos proyectos por parte de la FF fue el de proporcionar una base de información y de opciones políticas para el futuro gobierno democrático.
Como señaló una oficial de la FF, Jane Barber Thery, en 1983 sobre las estrategias de la Fundación en el país en su apoyo a estos proyectos a principios de la década de 1980: “la estrategia de nuestro programa es apoyar los esfuerzos generadores de información y análisis de alta calidad sobre los asuntos reconocidos como centrales para las futuras políticas públicas y los esfuerzos redemocratizadores” (Thery, 1983a).
Un proyecto específico financiado por la Fundación, titulado “Partidos Políticos y Democracia en la Argentina Contemporánea” es particularmente relevante para nuestros propósitos. Este proyecto demuestra la reorientación del papel de los centros hacia el rol de un think tank dado que les facilitó establecer lazos con el aparato político y con los medios de comunicación, y también porque les otorgó legitimidad en el ámbito local como actores importantes en el sistema político democrático.
El proyecto fue gestionado por Marcelo Cavarozzi del CEDES e Hilda Sábato[13] del CISEA, y contó con la participación de una multitud de investigadores del CEDES y el CISEA, incluyendo a Dante Caputo, Oscar Oszlak, Jorge Sábato y Oscar Landí. El grupo inicial se compuso de 11 dirigentes políticos que representaban una diversidad de partidos políticos, entre ellos cuatro miembros del Partido Justicialista, un miembro de la Unión Cívica Radical, dos del Partido Intransigente, un miembro del partido Demócrata Cristiano, un conservador y dos socialistas.
El proyecto se inició en septiembre de 1982 y fue programado originalmente por un período de dos años, aunque resultó ser tan útil que fue extendido hasta 1985. El proyecto se componía de dos elementos principales: los almuerzos mensuales y las jornadas. Por un lado, se organizaban un almuerzo mensual durante el cual se reunían los 11 dirigentes políticos participantes en el proyecto junto con los coordinadores del grupo. Los almuerzos mensuales eran actividades menos formales y sirvieron para avanzar en el tratamiento de la temática central en discusión – la de los partidos políticos y la estabilidad de la democracia – y también para analizar la labor del grupo y planificar sus tareas futuras (Cavarozzi y Sábato, 1983: 7). Dentro de esta amplia problemática, y en base a los tópicos elaborados por el grupo de investigación durante los almuerzos mensuales, se fueron seleccionando los puntos específicos que luego serían sometidos a indagación sistemática durante las jornadas.
Las jornadas, por su parte, se desarrollaron con una frecuencia aproximada de cada seis meses, y fueron actividades más formales que se extendían por medio día, organizadas alrededor de una temática específica elaborada por el grupo previamente. Los primeros dos temas seleccionados para las jornadas de 1982-1983 fueron “La prensa, los partidos políticos y la transición a la democracia”, que se discutieron el 10 de diciembre de 1982, y “El rol de las Fuerzas Armadas en el Estado de derecho”, que se debatieron en las jornadas del 8 de julio de 1983 (Cavarozzi y Sábato, 1983: 12-13)[14].
Un eje importante de cada una de las jornadas fue la publicación y difusión de los resultados en las redes de comunicación locales. Para aumentar la visibilidad y la legitimación del proyecto en el ámbito local y para generar interés sobre el tema en el ámbito público, las jornadas fueron diseñadas para contar con la participación de varios miembros de los medios de comunicación y otras redes de difusión importantes. A este fin, entre los participantes de las jornadas se encontraban Roberto Guareschi y Jorge Halperín del diario Clarín, el director de revista Redacción, Hugo Gambini, el director de la revista Búsqueda, Ernesto Poblet, Doug Tweedale del diario Buenos Aires Herald, y varios miembros de la Sociedad Argentina de Análisis Político (SAAP)[15] entre otros.
La participación de los medios de comunicación en el proyecto gestionado por el CEDES a lo largo de 1982-1985 jugó un papel fundamental en aumentar la visibilidad y legitimidad de los centros académicos privados, tanto dentro el aparato político como en los debates políticos públicos. El proyecto resultó tener un rol fundamental en la elaboración de las plataformas políticas de los diversos grupos partidarios de dos maneras complementarias. Por un lado, la influencia del proyecto fue directa a través de las contribuciones de los mismos dirigentes políticos que eran miembros del grupo mediante su participación en las actividades partidarias. Por otro lado, la influencia fue indirecta, como sostienen Cavarozzi y Sábato, “vinculada con la posibilidad de difundir en la opinión pública temas y argumentos que sirvan para reforzar las propensiones democráticas en la cultura política argentina” (Cavarozzi y Sábato, 1983: 5). De esta manera, el proyecto sirvió tanto para fomentar el consenso sobre los ideales democráticos y el rol de los diversos grupos de la sociedad civil dentro del sistema democrático, como para solidificar el papel de los CAPs como actores políticos importantes en el sistema político democrático.
Mientras la influencia y el reconocimiento del CEDES durante la transición democrática se derivaron principalmente de su realización de actividades académicas como el proyecto previamente analizado, el CISEA se caracterizó por la inserción más directa al campo político. Aunque el CISEA también realizó investigaciones académicas importantes durante la transición democrática financiadas por la FF, la labor del centro estuvo más marcada por su intervención en la campaña electoral del candidato presidencial de la Unión Cívica Radical (UCR), Raúl Alfonsín, quien resultaría elegido presidente y ocuparía el más alto cargo gubernamental entre 1983 y 1989.
Como señalan Fernández y Guardamagna (2011), Alfonsín había mostrado su interés por acercar los intelectuales a la política, un hecho que funcionaría como una “caja de resonancia” en el desarrollo e institucionalización de la disciplina. Según estos autores, la reconstrucción del Estado democrático “ponía nuevamente en la agenda política la demanda de cuadros políticos formados para la generación de políticas públicas y técnicos capaces de generarlas” (p. 8).
La conexión entre Alfonsín y el grupo del CISEA fue facilitada por Jorge Roulet, quien había sido partidario de la UCR desde sus días en el movimiento universitario estudiantil y conoció a Alfonsín durante su campaña electoral en las primarias de la UCR de 1972 (Rizzo, 2018: 88). El contacto personal entre Roulet y Alfonsín facilitó la incorporación de otros miembros del CISEA a la campaña electoral, principalmente Dante Caputo y Jorge Sábato, y estos investigadores se convirtieron en los principales asesores de Alfonsín durante su campaña presidencial[16].
Los aportes del CISEA a la campaña electoral de Alfonsín resultaron fundamentales. De hecho, Dante Caputo y Jorge Sábato redactaron muchos de los discursos de Alfonsín, además de aportarle lecturas que el futuro presidente posteriormente utilizaría en sus discursos (Pavón, 2012). Además, muchas de las consignas de la campaña electoral de Alfonsín salieron de las reuniones que tuvo con los investigadores del CISEA (Elizalde, 2009: 62).
Tras la victoria del candidato del partido Radical, Raúl Alfonsín, el 30 de octubre de 1983, muchos miembros del CEDES y el CISEA pasaron a ocupar cargos importantes dentro del gobierno alfonsinista. Como recuerda un investigador del CISEA, Jorge Schvarzer (2008), en su autobiografía: “en diciembre de 1983, el influjo del CISEA como think tank en el país llevó a que varios miembros del CISEA pasaran a cargos de gobierno” (p. 6).
Del CISEA, Dante Caputo se desempeñó como Ministro de Relaciones Exteriores durante todo el mandato de Alfonsín, mientras que Jorge Sábato ocupó el cargo de Viceministro de Relaciones Exteriores en el período 1984-1987 y luego fue nombrado el Ministro de Educación y Justicia entre 1987 y 1989. Jorge Roulet, por su parte, fue nombrado Secretario de la Función Pública, y Martín Piñeiro ocupó el cargo de Subsecretario de Economía Agraria.
Del CEDES, Oscar Oszlak fue nombrado el Subsecretario de Reforma Administrativa, un cargo que ocupó durante todo el mandato de Alfonsín. Adolfo Canitrot ocupó el cargo del Subsecretario General de Planificación durante entre 1983 y 1985 y luego fue el Viceministro de Economía entre 1985 y 1989. Roberto Frenkel fue nombrado Subsecretario y Jefe de Asesores del Ministerio de Economía. Marcelo Cavarozzi, por su parte, trabajó como un asesor del Ministerio del Interior.
Como señaló una oficial de la FF, Jane Barber Thery, sobre la incorporación de los investigadores del CEDES y el CISEA al gobierno: “Este tipo de movimiento entre las comunidades de las ciencias sociales y las comunidades políticas es una manera efectiva de traducir información y habilidades analíticas hacia las esferas de la planificación y elaboración de políticas (Thery, 1983b).
6. Conclusiones
En las páginas anteriores, analizamos el papel que jugó la diplomacia académica de la Fundación Ford en la promoción, financiación y exportación del modelo think tank a la Argentina. A través de nuestro análisis del programa de becas de la FF durante la segunda mitad de la década de 1960, observamos su papel en la internacionalización de las ciencias políticas argentinas, y la importancia del desarrollo de esta disciplina desde la perspectiva de la Fundación. Asimismo, este análisis nos permitió examinar las relaciones que se gestaron entre los oficiales de la FF y las comunidades académicas e intelectuales en las que operaban los becarios, indagando el modo en que dichas relaciones facilitaron la emergencia de los investigadores como parte de una nueva élite intelectual especializada.
Dada la escasa existencia de fondos provenientes de las fundaciones extranjeras a principios de la década de 1970, sin el apoyo financiero de la FF en 1975 para la creación de los nuevos centros, es muy probable que los investigadores argentinos tuvieran que irse del país para seguir trabajando en el exterior. La base institucional proporcionada por los centros académicos privados durante la dictadura militar fue instrumental en este sentido. El apoyo financiero y técnico de la FF a este grupo seleccionado de investigadores a lo largo de la dictadura militar facilitó que los centros lograron aumentar su prestigio y legitimidad en la arena internacional a pesar del contexto político-social en el que operaban. De hecho, la justificación académica de varias políticas públicas durante el gobierno alfonsinista provenía de los estudios realizados por el CEDES y el CISEA durante la dictadura militar[17].
Al ser una parte integral del establishment del Este, la Fundación Ford buscaba establecer una red de intelectuales, políticos, académicos y especialistas que compartieran la misma visión del mundo con la intención de convertir sus creencias en políticas públicas y programas gubernamentales. Como analizamos anteriormente, un eje central de su estrategia a partir de la década de 1960 fue el desarrollo y financiamiento de think tanks, como el Brookings Institute, como herramientas que permitieran justificar los planes económicos-políticos que promovían. Justamente durante la misma época en la cual los oficiales de la FF empezaron a reconocer la importancia y la utilidad de los think tanks en el aparato político, habían hilado y financiado una red de CAPs latinoamericanos – entre ellos el CEDES y el CISEA – gestionados por élites intelectuales políticas que tuvieron el mismo potencial para generar cambios en sus respectivos países de manera similar a los think tanks estadounidenses.
En Argentina, conscientes de que la ciencia política y los saberes del Estado serían de suma importancia durante la transición democrática, los oficiales de la FF promovieron y facilitaron la reorientación de estos centros en think tanks durante el período transicional. Debido al estado débil de las instituciones universitarias, las agencias estatales y los partidos políticos tras siete años de dictadura, estos centros empezaron a funcionar como espacios de reclutamiento y capacitación para funcionarios gubernamentales durante el gobierno democrático. A partir del ciclo iniciado en 1983, estos centros se relevaron tan útiles que varios otros fueron creados, y el surgimiento de estos think tanks inició una marcada transformación en los mecanismos de la producción de conocimiento académico y la elaboración de políticas públicas en Argentina.
El surgimiento del modelo think tank en Argentina es un tema particularmente relevante en esta coyuntura, dado que según el Global Go-To Think Tanks Index más reciente de 2019, actualmente Argentina cuenta con 227 think tanks, el quinto monto más alto del mundo (McGann, 2020: 41). De hecho, la utilidad de los think tanks en los años recientes se revela por el hecho de que el número de think tanks en el país casi se duplicó durante la última década, de 122 think tanks en 2008 a 227 en 2018.
Sin embargo, Argentina no fue el único país latinoamericano en el que la FF tuvo operaciones similares y tampoco fue el único en el que surgió el modelo think tank. De hecho, encontramos dentro de los archivos internos la Fundación casos en los cuales los oficiales refieren a su papel en la emergencia de los think tanks a nivel regional al sostener que “muchos de los individuos que ahora están ocupando cargos importantes en el diseño de políticas dentro de los nuevos gobiernos democráticos provienen de, o han sido influidos directamente por, estos centros independientes” (Fundación Ford, 1986).
En base a estas premisas, un trabajo futuro que indague sobre el surgimiento del modelo think tank en otros países de la región en los cuales la FF tuvo operaciones similares[18] – y el papel que jugó la diplomacia de la FF en este proceso – podría aportar algunas contribuciones importantes para profundizar su papel en América Latina y la adopción de este modelo a nivel interno. De manera similar, se podría estudiar el papel de los centros académicos privados durante las transiciones democráticas de otros países latinoamericanos y comparar estos casos con el caso argentino examinado en este trabajo para evaluar el impacto que tuvieron estos grupos en el proceso de retorno a la democracia.
En definitiva, este trabajo ha contribuido a identificar los factores principales del surgimiento del modelo think tank en Argentina y el papel que jugó la diplomacia académica de la FF en este proceso, que puede resultar de utilidad, asimismo, para cruces disciplinares y ejercicios de comparación con otras experiencias.
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Notas