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Deseo y Archivo. Apología por una literatura menor de las ciencias sociales
Desire and Archive. Apology toward a minor literature of the social sciences
Deseo y Archivo. Apología por una literatura menor de las ciencias sociales
Estudios Sociales Contemporáneos, núm. 24, pp. 188-206, 2021
Universidad Nacional de Cuyo

Recepción: 24 Junio 2020
Aprobación: 21 Septiembre 2020
Resumen: El manuscrito aborda la relación entre el deseo del investigador y los alcances de éste en el momento de investigar en las ciencias sociales. En un principio, se desarrolla la implicación y los afectos del investigador como elementos centrales en la investigación y como posibilidad de habitar un archivo. Tomando como punto de partida la noción de archivo propuesta por Jacques Derrida, el escrito problematiza los pasos políticos y económicos que sigue una investigación hasta quedar indexada y validada por los mecanismos de vigilancia de los archivos. Se propone, en paralelo, hacer una lectura negativa del deseo del investigador y de su escritura que busca destrabar las lógicas mercantilistas del saber y su relación con el capitalismo contemporáneo.
Palabras clave: archivo, capitalismo, ciencias sociales, deseo, investigación.
Abstract: This manuscript deals with the relationship between the researcher’s desire and his effects at the moment of developing research in the social sciences. At first sight, the involvement and researcher’s affections are developed as central elements in the inquiry and as a possibility to occupy an archive. From Jacques Derrida’s concept archive as starting point, the article problematizes political and economic steps that an investigation follows until it is indexed and validated by the mechanisms of surveillance and control over the archives. At the same time, it is proposed to make a negative reading of the researcher’s desire and his writing, which seeks to unblock the mercantilist logic of knowledge and its relationship with contemporary capitalism.
Keywords: archive, capitalism, desire, research, social sciences.
1. Caminar sobre un pie para archivar las ciencias sociales. Una alegoría kafkiana introductoria
A mediados del año 2015, un Tribunal de Tel-Aviv otorgaba al gobierno de Israel los derechos de uso sobre los manuscritos del escritor checo Franz Kafka. La historia de los escritos del autor de La Metamorfosis (1915) ha sido potencialmente contingente desde su muerte hasta la resolución judicial que llevó los archivos a residir bajo la custodia de la Biblioteca Nacional de Israel. Es conveniente en este punto saber, desde luego, un poco de la azarosa historia de las rutas del archivo kafkiano. A la muerte del escritor, Max Brod, su amigo y heredero, decidió publicar sus obras pese a la negativa de Kafka de una publicación póstuma. La sentencia del escritor judío era destruir todo aquello que hubiese sido producido por él. Pronunciamiento que el nuevo centinela del archivo kafkiano se negó a cumplir y que, en su exilio en Israel durante la Segunda Guerra Mundial, permitió que vieran la luz diversos manuscritos del archivo hasta entonces desconocidos.
Posteriormente, a la muerte de Brod, la secretaria de éste, Esther Hoffe había sido encomendada a entregar los archivos de Kafka en alguna institución pública israelí, como la Biblioteca Nacional de Israel, para su custodia. Sin embargo, el nuevo centinela del archivo de Kafka decidió resguardarlo en su casa y ulteriormente subastar partes del mismo que llevaron a algunos manuscritos a descansar en el interior de bóvedas de seguridad en bancos en Tel-Aviv y Zúrich. Después de la muerte de Hoffe, sus herederas, apoyadas por el gobierno alemán, comenzaron un largo litigio contra el gobierno israelí por la adjudicación del uso y resguardo de los archivos que terminó en la sentencia ya mencionada.[1]
Este periplo introductorio al tema que desarrollaré en el presente texto es necesario por dos condiciones importantes. La primera se establece, en efecto, dentro de los usos y reproducciones políticas de los documentos que son archivados y, en un segundo momento, sobre la complejidad de archivar y resguardar algo que fue capturado por las manos y el pensamiento de un escritor, por un sujeto de deseo.
Y la segunda, porque las peripecias del archivo kafkiano me permiten discurrir entre los usos y los lugares que conforman todo aquello que es susceptible de ser archivado, en la captura de la realidad que es transformada en letras y que tiene, inexpugnablemente, la huella del abajo firmante, es decir, el deseo del investigador y su subjetividad. En este sentido, el problema que intentaré desarrollar en el presente escrito versa también sobre aquello que es puesto en juego al momento de decidir qué se guarda, qué se recupera y cómo se ve implicado el deseo del investigador al momento de archivar sus estudios sobre un objeto social en relación con los centinelas del archivo.
Archivar las ciencias sociales es, desde mi perspectiva, un modo simultaneo de abrirlas y vigilarlas desde su propia “dispersión organizacional” como problema coyuntural de las mismas, lo anterior siguiendo el sentido descrito en el conocido libro coordinado por Wallerstein (1996: 78) y el cual parafraseo: Abrir las ciencias sociales. En otras palabras, archivar permite vigilar y reorganizar aquello que es descrito en las investigaciones sociales. Es por eso que los apartados de este escrito son pensados como tres sencillos pasos para archivar; pero son al mismo tiempo, pasos que no tienen un sentido lineal sino, mejor dicho, un sentido lógico ya que no puede existir uno sin los otros y se hacen cojeando puesto que la falta de un pie no impide avanzar. Concluyo esta alegoría introductoria con una pregunta que debe leerse de manera contundente: ¿Qué archivamos cuando investigamos en ciencias sociales? O, si se quiere, ¿De qué pie se cojea al investigar y archivar las investigaciones en enormes indexaciones?
2. Primer paso: Deseo y subjetividad del investigador
El primer paso para archivar una investigación es, en sus primeras líneas, de corte mundano. Muchas ocasiones, en pláticas académicas y fuera de las aulas, he señalado que los dos mejores psicólogos sociales de México son Salvador “Chava” Flores y José Alfredo Jiménez. Me permito, con base en dicha sentencia, introducir una breve digresión citando al cantautor oriundo de Guanajuato; es un préstamo arbitrario pues no se ofrece estilísticamente para la escritura estrictamente académica, pero me permite dar cuenta, cuando menos en los márgenes, de esas literaturas menores que desarrollaré más adelante. En su canción Declárate inocente, José Alfredo versa lo siguiente: Si vas atrás del mar, atrás del mar, ahí te sigo / Si vas al cielo azul, al cielo azul yo voy contigo / Préndeme fuego si quieres que te olvide […] y después por amor, declárate inocente.
¿No es este el devenir armonioso y conflictivo de muchos investigadores en ciencias sociales en torno a su objeto de estudio? ¿No es esta su lucha cuando van solitariamente detrás de los acontecimientos sociales, económicos, políticos, culturales? ¿No es un esfuerzo de los investigadores por declararse inocentes de los recortes de la realidad que se pretende analizar, conocer y resolver? En consecuencia, las ciencias sociales y su gran literatura en México y en muchas latitudes delimitan formas de dar cuenta de la compleja realidad que acontece por parcialidades que remiten, necesariamente, a la posición subjetiva de aquel que investiga. No podría esperarse menos de las complejas y conflictivas mecánicas de la realidad en la latitud geopolítica mexicana y latinoamericana. Guattari y Deleuze (1990: 30), en contrapartida, sugerían que las literaturas menores, partían de un “campo político”, de la “colectividad” y no del registro individual grandilocuente y determinado discursivamente. En este sentido, Frosh (2007: 7), denunciaba ya los problemáticos alcances del “vacío discursivo” en la investigación cualitativa; Parker y Shotter (1990: 7) hicieron lo propio cuando, en su introducción a la compilación Deconstructing Social Psychology, señalan que en las descripciones e interpretaciones solemos ser encantados por “ilusiones dominantes” que convierten a los investigadores en “víctimas de nuestra propia invención” y, en paralelo, de su “propio diseño” de investigación. Es decir, las grandes literaturas en ciencias sociales, las grandes teorías interpretativas, pueden obturar sus propios alcances al negar la imposibilidad de decirlo todo.
Paralelamente, cuando se habla de la posición del investigador en ciencias sociales, se establece una distribución epistemológica hegemónica de determinados saberes y, en el mismo recorrido, también se realiza una apropiación política para adentrarse en la realidad de los procesos sociales que son susceptibles de ser investigados. En otras palabras, es imposible posicionarse como un investigador neutral que produce investigaciones imparciales más allá de la posición cuantitativa o cualitativa, o la intersección entre ambas.[2] A este problema se le ha llamado de diversas maneras, pero hay dos en particular que llaman mi atención: implicación y reflexividad.
La primera tiene una condición muy cercana a lo que se entiende, de manera general, por subjetividad en psicología, así como en otras áreas del pensamiento social. La cuestión de la implicación suele anidarse, por principio, en lo que Pablo Fernández (1993: 120) describe como una “epistemología de la distancia”, en donde “el sujeto y el objeto son dos instancias separadas, dos cosas aparte, distintas y ajenas”. Sin tomar en consideración que ambas son una sola forma que toma el conocimiento gracias a las posibilidades de la interacción entre ambos y que, en algún punto, vuelven a distanciarse para retornar sucesivamente.
La relación entre sujeto y objeto es de facto problemática. En su Tratado de metodología de las ciencias sociales, De la Garza y Leyva (2012: 14) delimitan:
En el ámbito de las ciencias sociales se ha planteado, prácticamente desde su emergencia, una reflexión en torno a cuatro diversos tipos de relaciones: en primer lugar, con respecto a la relación entre teoría e investigación empírica; en segundo lugar, alrededor de la relación entre la teoría y las diversas imágenes del mundo –incluidas aquí tanto aquéllas que remiten a la religión como aquellas otras que se refieren a ideologías políticas; en tercer lugar, sobre la relación entre la teoría y las preguntas normativas que orientan y dan sentido a la propia investigación y, finalmente, en cuarto y último lugar, en torno a la relación entre el saber y la comprensión teóricos por parte de los investigadores, por un lado, y el saber y la comprensión prácticos de los actores sociales legos, por el otro.
Esta última consideración, en torno al saber y su comprensión por parte de los actores legos es a la que recurro a partir de la noción de implicación. Seguir a Bachelard (1991: 21) en este punto es necesario ya que a partir de su noción de “obstáculo epistemológico” invita a pensar que “toda cultura científica debe comenzar por una catarsis intelectual y afectiva”. El punto de partida de la llamada cultura científica se hilvana con la concepción misma de la subjetividad y las formas en que el sujeto (investigado) es producido por diversos dispositivos y sus discursividades. El sujeto (investigador), de igual forma, antes de ser un sujeto de la ciencia es un sujeto de las relaciones sociales y de sus circunstancias culturales y políticas. En este punto hago alusión no sólo a un sujeto corpóreo sino también a la condición de emergencia de la subjetividad, que entiendo como un proceso de construcción discursiva y contingente constante que puede remitir, igualmente, a colectividades y prácticas comunitarias. Un sujeto es, desde luego, un agente que tiene movilidad y mecanismos por los cuales se enuncia y es enunciado, su subjetividad se traza en medio de discursos que no dependen sino parcialmente de él.
En paralelo, la catarsis, usando los términos de Bachelard, es susceptible de entenderse como una reflexión de autonomía del sujeto que investiga en el territorio de las ciencias sociales. Sin embargo, la cuestión va más allá de la condición singular de libre albedrio de quien investiga o solamente como referencia unitaria a sus emociones. Desde el “interés afectivo” (Devereux, 1977: 31), hasta el “secuestro de la dimensión cognitiva como arma contra la ansiedad y los afectos, que resultan amenazantes”, la “subjetividad” del investigador es una categoría fundamental en una investigación en ciencias sociales que se expresa en relación con la “ciencia” y el “poder” (Angulo Menassé, 2018: 39). Una literatura menor, permite, por el contrario, “desterritorializar” para después “reterritorializar” en las directrices del sentido (Deleuze y Guattari, 1990: 33-34) lo que equivale a redimensionar las relaciones de las granes literaturas hegemónicas en ciencias sociales, las funcionalistas y con un alto grado de dependencia a las lógicas políticas y económicas en el mundo.
En este tenor, varios escritos han seguido la línea de pensar en las condiciones “emocionales” como “categorías de la experiencia” subjetiva en el conocimiento (Pribram y Harding, 2002: 2) o como una crítica a la condición “inferior” para “las facultades del pensamiento y la razón” (Ahmed, 2015: 229). Estos alcances son sumamente necesarios para pensar la subjetividad de quien investiga, pero es indispensable no perder de vista el contexto sociopolítico y económico en donde las emociones se producen y se habitan, como puede observarse en Illouz (2007 y 2010), quien lo analiza desde una perspectiva en torno al lugar de las emociones en el capitalismo contemporáneo. Analizar la importancia de las emociones en la producción del conocimiento precisa, desde luego, separarse de una visión psicologizante, pues las emociones no son, desde mi perspectiva, elementos estrictamente propios de la cognición y tampoco sucesos que devengan únicamente en el cara a cara como elementos fundamentales de la interacción social. Como señala la filósofa Martha Nussbaum (2014: 234), “toda buena propuesta para la cultivación de las emociones públicas debe ser no solamente experimental, sino también sumamente contextual” y, en paralelo, como podría enseñar esa otra literatura menor llamada psicoanálisis, lo consciente y sus artilugios cognitivos, no son sino una de las fachadas de todo el aparato psíquico.[3] La territorialidad del psiquismo, de esta manera, es pura potencia exterior, una territorialidad indescifrable que se sostiene en lo público y horada en el mundo privado e interior de cada sujeto. Desde este punto de inflexión, las emociones requieren ese soporte contextual que se sostiene desde un afuera contingente hacia un adentro constreñido.[4]
En otras palabras, las emociones, la implicación subjetiva del investigador y el mundo-objeto investigado se ostentan como recapitulaciones centrales para la posición científica y subjetiva de su andar. Es preciso preguntarse, antes que nada, si esas emociones dependen de la simple operatividad del razonamiento mundano trazado en la cotidianidad, como lo llamara Melvin Pollner (2000), o están precisadas en sistemas estructurales más amplios que permiten cierto margen de operación controlado. En este sentido, busco generar un primer acercamiento en torno a la subjetivación atendiendo a la determinación de la estructura por vía del discurso.
Ya desde Foucault (1975: 35) son conocidas las vicisitudes de la estructura en la acepción de la corporalidad y en la conformación de ciertos dispositivos de saber y poder. Mecanismos que regulan y producen el alma, entendiendo a ésta, como la prisión del cuerpo en donde se desarrolla el ejercicio de una “tecnología política del cuerpo”. El mismo Foucault (1990: 48), amplía mucho más estas reflexiones que se limitan, en Vigilar y castigar, a las técnicas de las sociedades de control disciplinario, y habla de “tecnologías de producción, tecnologías de sistemas de signos, tecnologías de poder y tecnologías del yo”. Es decir, mecanismos que actúan de modo conjunto para producir subjetividad, en relación con el saber y el poder.
La cuestión importante a recuperar, en este sentido, es cómo esos dispositivos de saber-poder ejercen limitantes al deseo y a la producción del investigador en los alcances mismos de su quehacer científico. Es decir, por más que el investigador pueda desear, descubrir, explorar, interpretar, definir o reelaborar, hay un punto coercitivo importante del pensamiento científico. Este momento de coerción parte de la estructura simbólica misma y está en relación con las prácticas discursivas, y ocurre precisamente porque el investigador es un sujeto de la misma estructura que analiza. Se trata aquello que Butler (2001: 22-23) delimita como una “doble naturaleza de la sujeción que parece conducir a un círculo vicioso: la potencia del sujeto parece ser efecto de su subordinación” y “cualquier intento de oponerse a la subordinación forzosamente la presupone y la vuelve a invocar”. Los alcances de posibilidad del conocimiento entonces dependen, desde esta perspectiva, de los límites estructurales del saber y su circulación en las relaciones de poder.
Ahora bien ¿Cómo desembarazarse de esa elección forzada para definir de entrada al sujeto? Permitirse el uso de las estructuras discursivas para producir conocimiento desde sus propios límites conlleva, inexpugnablemente, una resolución del tipo: ¿la bolsa o la vida?, mediante la cual, cualquiera que sea la respuesta del sujeto, se sabe en una posición de pérdida ante el soporte estructural que delimita su posición subjetiva en toda investigación. Por lo tanto, para entrar en una investigación, el investigador cede algo de sí que implica una perdida o, por el contrario, si supone que no pierde nada, quizás la investigación puede cubrirse con un velo de carácter neutralizador.
Por otro lado, acudimos también y brevemente a la noción de reflexividad articulada desde el pensamiento de Pierre Bourdieu. A través de la cual se contrapone a una idea narcisista por la que puede ser acusada la posición del investigador y referente a las emociones y la subjetividad desarrollada anteriormente. La apuesta del sociólogo francés gira la discusión en el sentido propio de la reflexividad, en la potencia de lo común, en las prácticas banales, en el pensamiento sencillo y cotidiano.
En palabras de Bourdieu y Wacquant (2005: 259), “la existencia de un cuerpo común de instrumentos de reflexividad, colectivamente controlados y utilizados, sería un formidable instrumento de autonomía” y esto es debido, según el mismo Bourdieu, a “la falta de una cultura epistemológica mínima” la cual “explica por qué los investigadores a menudo construyen teorías de sus prácticas que son menos interesantes que sus prácticas de la teoría”. Mi interés no es hacer un amplio recorrido por este concepto que abordó profundamente Bourdieu a lo largo de toda su obra. Por el contrario, quisiera fundamentar que tanto la visión subjetiva de las emociones, como el poder de los dispositivos de producción de saber-poder y la propuesta reflexiva de Bourdieu pensando la autonomía del sentido práctico y reflexivo, se preguntan de una forma muy limitada acerca de la potencia negativa del deseo.
Una de las condiciones más singulares de lo que se puede llamar potencia del deseo, radica en su oposición a la voluntad y a la positividad organizadora del orden social y de la subjetividad. Ambos elementos, necesariamente, confluyen en la disposición del investigador para abordar un problema social. La voluntad puede tener –y ha tenido a lo largo de la historia de las ciencias sociales– referencias morales, productivas, reguladoras y, casi en paralelo, se presenta a la par de mecanismos administrativos ubicados en los límites de la gobernanza en los Estados Nación y del contubernio de la ciencia en general con sus disposiciones.[5] Los objetos de investigación son, por su misma condición orgánica, positivizados en muchas ocasiones mediante el funcionamiento de los dispositivos como máquinas en donde se reproducen y establecen saberes. Foucault (1969), edifica la noción de positividad definiéndola como “un campo” en donde se “despliegan identidades formales, continuidades temáticas, translaciones de conceptos, juegos polémicos” y, de esta manera, “la positividad desempeña un papel en lo que podría llamarse un a priori histórico” (p. 167).
Si las prácticas sociales son en sí mismas prácticas discursivas, la condición a priori de la positividad está en el centro de toda producción científica y, con esto, obedece a normas, estándares, nominaciones, reproducciones, delimitaciones y singularidades que positivizan la implicación del deseo de todo investigador.[6] La ciencia, en general, es un gran territorio común y positivo, y esto le otorga un espacio fundamental, incluso un lenguaje propio, en las relaciones humanas cuando menos desde la modernidad a estos días. Pero en el caso específico de las investigaciones de corte social –aunque también en muchas de las investigaciones de las denominadas ciencias duras o con rigor científico– se precisa una legitimidad que depende de los sistemas enunciados como válidos y necesariamente adecuados a un modelo paradigmático, como postuló Kuhn (2013); o, siguiendo a Jorge Alemán (1999: 103), la ciencia es “un discurso en el que todo el mundo quiere estar incluido, es decir, tiene un gran poder de legitimación” en donde “hay una aspiración del campo del saber de pertenecer al discurso de la ciencia”.
Si el deseo es negativo y la ciencia una positivización que permite el establecimiento de saberes en contubernio con instancias administrativas y políticas, entonces se trata aquí de valores antagónicos como efecto de la problemática del objeto en cuanto a su estudio. No obstante, la cuestión es mucho más compleja para remitirla a una oposición. La necesidad del deseo como negativo no se resume a las emociones o condiciones subjetivas –en el sentido llano del término– por las cuales un investigador social se aproxima a su objeto de estudio. Articulo aquí la condición del deseo a la estructura como un desconocimiento parcial y al lenguaje como ground que permite su existencia negativa y que posibilita una oposición generadora de efectos contingentes sobre los objetos de estudio de las ciencias sociales.
Por otro lado, en la teoría de Jacques Lacan (1958: 397), “el deseo se presenta como un trastorno” ya que “trastorna la percepción del objeto” por tanto “lo degrada, lo desordena, lo envilece, en todos los casos lo sacude, y a veces llega a disolver incluso a quien lo percibe, es decir, al sujeto”. No hay, en efecto, una relación con el objeto de investigación que deje de lado una posición antagónica, disruptiva, paradójica y, singularmente, una posición positivizante del conocimiento. La particularidad del deseo como trastorno, se presenta en el hecho fundamental de que el deseo no es reconocible en las facultades del cogito cartesiano pero no puede surgir sin la astucia de éste. En otras palabras, el deseo no es voluntad pues se escapa al designio de la razón y la consciencia pues con su fuerza negativa introduce la falla, el desfase, en su constitución misma. Esto implica que forma parte de ella, pero no se establece unívocamente en sus límites. Tampoco, desde luego, es posible localizarlo en una facultad puramente cognitiva del sujeto investigador y es por eso que se escabulle entre los confines de los actos de indagatoria en torno al objeto de estudio.
El deseo es una experiencia negativa que habita en las mismas coordenadas estructurales de la positivización del saber, opera como un saber otro, un saber que no se sabe que se vuelve tan operativo como el saber positivo y del cual también se goza. Dar lugar al deseo en las investigaciones implica un acto ético pues confronta al investigador con el su ese saber oculto y operativo que causa su deseo por investigar puesto en acto. El acto de desconocimiento, más allá de una facultad intelectiva que implica desconocer algo del objeto de estudio, puede ubicarlo como un desorden estructural que conmina a cambiar la posición hacia el objeto mismo que se pretende estudiar o interpretar. Esto pone en suspenso la objetividad pero mediante el deseo, abierto y contingente, se descoloca a la positivización del saber.
En este sentido, Hegel planteó, de modo magistral, la condición de lo negativo más allá de la simple oposición en términos de una búsqueda de la verdad. No me detendré en la condición problemática de ésta, pero considero que es una cuestión en la que todo científico social debe detenerse a cavilar cuando menos un momento. El filósofo alemán, retomo, mostró que la negatividad, algo que persiste en la lucha por el reconocimiento entre el amo y el esclavo, era el núcleo de toda posibilidad de saber, una hiancia en la que habita el deseo. En palabras Mladen Dolar (2017: 77), Hegel “considera la hiancia no como una falla o como un mal funcionamiento, sino como un principio habilitador, la productibilidad de lo negativo”, una ruptura “que posibilita toda entidad positiva”.[7]
El deseo del investigador es algo más que la llana intención voluntariosa de conocer e interpretar el mundo. Se trata de lograr ubicar la potencia del deseo también en los límites de aquello que no podrá ser elaborado por un ejercicio extenuante de la razón. En palabras más sencillas, el investigador en ciencias sociales debe reconocer ese punto ciego de todo objeto de estudio no como una limitante cognitiva o de interpretación, tampoco como una grieta en el objeto estudiado, sino como una constitución y condición estructural del deseo mismo de investigar, si se quiere, una falla (exterior y discursiva) de la relación entre sujeto y objeto producida por lo negativo del deseo subjetivo y la investidura del objeto de estudio.
Para concluir este apartado resumiría, con cierta premura, que los intentos de legitimidad discursiva de las ciencias sociales dependen de las formas en que se archiva el deseo del investigador para dar paso a una correlación epistemológicamente válida entre sujeto y objeto. Desde mi punto de vista, cuando el investigador reconoce algo del objeto estudio registra también, muchas de las veces, el modo positivo y discursivo sobre el cual se asienta su investigación.
El registro que deja toda investigación sea de corte cuantitativo o cualitativo, es una parte trascendental para la exploración debido a que es un territorio discursivo en el cual los límites de la investigación se orientan desde un deseo que, aunque pueda pretenderse profundamente objetivo si es pensado como una voluntad, compete a todo investigador que intente producir alguna clase de conocimiento. Registrar, entonces, es una labor del investigador social y, al mismo tiempo, se trata de una exigencia no sin deseo pues es éste el que permite la relación, problemática la mayoría de las ocasiones, entre el sujeto investigador y el objeto de estudio. Es en las comisuras de la investigación, en sus bordes, en donde la intención de objetividad ya no responde sólo a la voluntad sino obedece a la lógica negativa del deseo y su puesta en acto. Es allí donde se manifiesta lo que Deleuze y Guattari (1990: 44) definen como “líneas de fuga del lenguaje”, donde acontece “el silencio, la interrupción, lo interminable” que sustentan toda la formación de las literaturas menores.
3. Segundo paso: Potencia de Archivo. Entre almacenar y subvertir la investigación
Quiero comenzar este segundo paso haciendo una referencia transoceánica (casi imposible de realizarse a pie) que me permite ilustrar las astucias del archivo y del deseo como una literatura menor. En 1930, en Frankfurt, Alemania, fue otorgado el premio Goethe al médico vienés Sigmund Freud. A causa de una enfermedad que le aquejaba, Freud no pudo acudir a recibirlo, pero un escrito realizado para la ocasión fue leído por su hija, en él se exponía la relación entre la obra de Goethe y el psicoanálisis. Freud (1930: 212), un hombre de ciencia y lector acontecimental de su tiempo, finalizó su escrito señalando que Goethe era un “cuidadoso ocultador”, cerrando con una referencia a Mefistófeles en Fausto que reproduzco a continuación: “lo mejor que alcanzas a saber no puedes decirlo a los muchachos".
De Alemania hasta México, y con poco menos de cien años de diferencia, en un reciente informe sobre las ciencias sociales en México, coordinado por Puga y Contreras (2016: 28-29), se refiere que actualmente en las ciencias sociales en México: “la edición de revistas y otras publicaciones periódicas refleja un cierto grado de madurez e institucionalización de la actividad académica en las instituciones y regiones”; señalando, además, que “la existencia de publicaciones especializadas en el área de ciencias sociales resulta un buen indicador de consolidación de las comunidades académicas”. Así, en términos positivos y en esa numeraria que suele endulzar los oídos de las instituciones, el informe muestra adicionalmente que “en México se editan 433 publicaciones periódicas relacionadas con las ciencias sociales”.
Más allá de una lectura crítica y directa centrada en el llamado capitalismo cognitivo, que se situa en las veloces formaciones y exigencias del conocimiento (Rullani, 2004) o su presencia y desarrollo en conjunto con la nueva división del trabajo (Vercellone, 2004). Busco revelar, desde esta referencia a los estándares productivos del capitalismo cognitivo, que hay una relación muy interesante entre aquello que propone Freud con Goethe y lo que vemos, hoy en día, en torno al espectro de la publicación de artículos científicos en ciencias sociales. Los vasos comunicantes y su relación estriban en el hecho de que, además de posicionarse a la publicación como un ente clave del quehacer de las ciencias sociales en México y en el mundo, se ha consolidado una pasión por el archivo que oculta, resguarda, atesora, produce y distribuye los contenidos. Es el ímpetu productivo el que conlleva, siguiendo a Derrida (1997: 18-19), un deseo de “consignación” y una “pulsión de muerte” que en una “anarchivística” arroja, necesariamente, un elemento oculto, algo que no se puede ver, pero que lleva la huella del autor en su “repetición” y su “exterioridad” como una acumulación en ocasiones ilegible.[8]
Lo anterior se debe a dos condiciones singulares. En principio, la más evidente pero indestructible, refiere al uso de los términos académicos, la profundidad intelectual de la redacción validada por arcontes investigadores a doble ciego y por la necesidad valorativa de los puntajes academicistas que son necesarios para la obtención de becas, apoyos y excedentes institucionales. En palabras de Michael Billig (2014: 62), “cualquiera que entra al mundo académico de las ciencias sociales debe estar preparado para llenar sus oraciones con nombres abstractos y vaciarlas de personas, ya sea reales o hipotéticas” que servirán para llenar la vista y relativizar numéricamente los contenidos.
La segunda, y esta es la más importante desde mi punto de vista, remite a cierta necesidad por producir una archivación de los acontecimientos sociales, una huella memorística del acontecimiento. Evidentemente no todas las investigaciones terminan indexadas en un paper académico, el ejemplo de la investigación acción participativa y la llamada literatura gris en muchas investigaciones en México, Latinoamérica y el mundo podría oponerse válidamente a este juicio parcializado sobre el fin último de las investigaciones. Pero es innegable, por lo menos en el mundo académico mexicano de las ciencias sociales, que los artículos son moneda de cambio común para validar experiencia, sagacidad, validez y operatividad de la ciencia, una especie de “memoria consignada” que está a la espera de un “porvenir” de reescritura desconocido (Derrida, 1997: 41-42).
Si la relación entre sujeto y objeto es problemática en sí misma, entonces la archivación de las ciencias sociales viene, adicionalmente, a complejizarla aún más. Esto compete a las exigencias de mecanismos gubernamentales que regulan la producción científica pero también a la mencionada pasión de archivo en la cual todos, quienes se dedican a la investigación, son esencialmente juez y parte. El archivo tiene, en su porvenir, una “incompletud” que se someterá a escrutinio de las “nuevas interpretaciones” que no dependen solamente de los ávidos investigadores sino de lecturas administrativas de la consignación e incluso de la inutilidad que los hace, paradójicamente, útiles en muchos casos (Derrida, 1997: 59-60).
Me aproximo, a esta última condición, desde la insistencia y necesidad de la auditoría gubernamental y técnica en el quehacer académico y la exploración exacerbada de los mecanismos institucionales para producir, auditar y controlar aquello que se produce en las ciencias sociales. Cris Shore y Susan Wright (2000: 62), observan que “el sujeto auditado se reformula como una unidad despersonalizada de recursos económicos cuya productividad y rendimiento deben medirse y mejorarse constantemente” y, en paralelo, “las tecnologías de auditoría remodelan de alguna manera la forma en que las personas se perciben a sí mismas en relación con su trabajo”. La primera explicación, del auditar y producir, conlleva a la reproducción de estándares de un cuerpo académico sumamente politizado y ceñido a los cánones de regulación impuestos por el Estado y sus comités científicos institucionales.
Aunque existen algunas visiones opuestas a estos patrones, lo cierto es que las publicaciones en México son parte de una inevitable indexación económico-política, que incluso deviene como un plusvalor y admite dar mayor visibilidad a aquellos trabajos que están indexados en las esferas del primer mundo accediendo a diversas ganancias adicionales. Aunque hay quien asegura que es posible trazar una “práctica transformadora” en medio de las exigencias burocráticas (Giri, 2000: 175), la cultura del archivo y de la auditoría de la producción académica permea no sólo la implicación del investigador, sino que re-politiza económicamente, en nuevas coordenadas positivas, la condición del deseo. Hoy en día no sólo basta con el reconocimiento académico sino es necesaria también un auditorio local en las universidades y gobiernos y otra global en las métricas de indexación internacionales.
En este sentido, la paradoja epistemológica genuina del investigador, señalada por Tomás Ibáñez (2001), entre “fondear la objetividad o navegar hacia el placer” en el momento de hacer investigaciones en ciencias sociales se ve truncada también por las formas político-administrativas que obturan muchas de las investigaciones avaladas por mecanismos gubernamentales como el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) en México, en sus estándares y también por las exigencias académico-burocráticas en el interior de las universidades nacionales. El plusvalor de los papers, como toda mercancía, tiene un mercado que es precisamente el que puede sostener y validar los conocimientos, aunque estos describan o interpreten la realidad, los estándares permiten gozar del saber simbólico mediante una mercancía. Los artículos académicos devienen, trágicamente, como “documentos de cultura” que, siguiendo la tesis de Walter Benjamin (1974), son también “documentos de barbarie”.[9]
Por otra parte, cualquiera que sea el repositorio de destino de los documentos, ya sea internacional o nacional indexado por CONACYT, Taylor & Francis o Elsevier, la realidad es que hay una dependencia abismal a la cultura del archivo y las nuevas tecnologías de la información sólo agudizaron la dependencia a los documentos. El paso del documento impreso al Portable Document File (PDF) amplió el espectro del conocimiento y su difusión y generó archivos enormes e ilegibles, debido a esto hoy en día se pueden tener tantos archivos en pdf como la capacidad de nuestra cloud o computadora permita, una especie de Biblioteca de Borges 2.0 a un click de distancia que terminará por ocultar, indefinidamente, muchos contenidos.
Pero la condición del archivo tiene, adicionalmente, una clave singular más allá de la acumulación y el intercambio. Ella estriba en que todo archivo tiene un contenido o lugar y un cuidador o arconte. Es lo que Derrida (1997: 10) llama “guardianes” del archivo, los cuales remiten a la condición del “arkhé” como un “mandato” y “origen”. Son ellos quienes “tienen el poder de interpretar” en el porvenir “los archivos”. Entre los repositorios de las universidades, los colegios de investigación y las bases de indexación públicas y privadas que almacenan archivos conviene preguntarse: ¿Quiénes cuidan y leen los archivos de las ciencias sociales? y, también: ¿Qué es lo que cuidan? Me atrevo a señalar que, de inicio, es el mismo investigador el que protege, adecua, remite y somete su escrito a las condiciones de posibilidad, legal y arcónticamente cuidada, regula la escritura para que pueda ser publicado, pero esto, parcial y ulteriormente, produce una problemática epistémica que conmina la escritura en su relación política con la archivación mediante la neutralizada arquitectura de la indexación y la validación del conocimiento. El investigador cuida su manuscrito adecuándolo a la normalidad políticamente correcta y a estándares que deciden los vericuetos de su texto ¿anula esto su libertad para escribir?, ¿la encasilla en la virtualidad? ¿Cuántos caracteres hay de diferencia entre un hashtag y una cita o referencia? O peor aun, ¿se le censura su escritura en aras de la legitimidad de ciencia?
En este sentido, Alejandro Castillejo (2016: 124) escribe: “el archivo es por definición un lugar de lo político”. Adicionalmente, en paralelo, los archivos son necesariamente restos de articulación de las prácticas político-acontecimentales que pasaron a ser reservadas a lo íntimo de la consulta que conlleva un “cuerpo de procedimientos de lectura” (Morey, 2014: 195). Este proceso de mutación convierte al archivo en un elemento susceptible de ser afectado por el deseo de quien investiga. Ya no sólo se trata del deseo de investigar sino del deseo del propio archivo operando contra sí mismo, según Derrida (1997). El resguardo de los archivos tiene entonces dos vías, la primera está ceñida en las demarcaciones de la publicación y el investigador reservando (ocultando) algo de su deseo en la impresión de sus huellas sobre los acontecimientos y, por el otro camino, las ciencias sociales y su aparato coercitivo singular de Estado y de la iniciativa privada que les permite seguir subsistiendo como entes válidos de la investigación.
El deseo del archivo y del investigador tiende, desde su escritura, entonces, a la muerte. No sólo porque aquel que lee el archivo lo reconfigura y lo reescribe sino porque se somete a la realidad y a la traducción validada por las ciencias sociales. Participa con el Estado que posibilita su existencia mediante la administración de recursos públicos y prácticas que configuran la estatalidad o es entregado a una gran corporación editorial. Para Rufer (2016: 166), “la dimensión de ‘institucionalización’ del archivo es clave” y esto “no porque todos los archivos que consultamos sean ‘estatales’, sino porque en gran parte de los casos son lógicas, imaginarios y discursos de estatalidad los que se imponen en los mecanismos de archivación”.
El investigador está, entonces, bajo el auspicio y designio de un nuevo enemigo en la construcción del conocimiento en ciencias sociales: el mal de archivo. Achille Mbembe (2013: 21) precisa, en el mismo sentido, que “el archivo impone una diferencia cualitativa entre la co-posesión de tiempo muerto (el pasado) y el tiempo vivo y el presente inmediato”. Todo archivo, “configura una relación singular con la muerte que persiste como deseo depositado en un resto que actúa de modo fantasmático en la escritura sobre la realidad y en la administración del vestigio”. El mal de archivo es, en efecto, una intensidad por querer resguardar y conservar todo, buscando evitar que lo oculto tenga reminiscencias problemáticas por aquello que no se inscribe. A esto se le sumarían también las distribuciones y el prestigio legal y coercitivo de las grandes casas editoras en el mundo, las cuales establecen los tipos de cambio por los que se compra y vende la ciencia.
C’est le malaise du document! Un malestar de archivo se precisa necesario por la productividad de su agente enunciado, por los actores que buscan regularlo, controlarlo, monetizarlo y, en última instancia, por el deseo que problematiza toda la producción discursiva sobre los actos humanos y sociales ante aquello que es depositado, mediante la escritura, en un artículo digno de archivación e intercambio. El deseo de saber ha dado paso a la administración del saber y el archivo resulta un cofrade perfecto para encapsular el deseo de quienes habitaron y produjeron el mundo descrito por el investigador. El almacenamiento estatal o privado del archivo, vía cualquier isomorfismo institucional, remite a una reformulada economía política del saber administrada desde los restos de deseo que se inscriben en los archivos sobre las investigaciones.[10] Archivar, matizo enfáticamente, no puede ser el último y único punto del proceso de las investigaciones en ciencias sociales.
4. Paso 3. A modo de conclusión o la apuesta definitiva por una literatura menor
El tercer y último paso de los modos de producción archivístico se ciñe alrededor del lenguaje académico pues parece, cada vez más, perder de vista el uso de la metáfora como creación para hacer solamente una metáfora de extracción-mercantilización. Una metáfora, conviene recordarlo aquí, es también una retroacción que descoloca de modo lógico aquello que se ha producido en el futuro, es decir, regresa y transforma el pasado. Es por esa razón que este último paso se conecta retroactivamente a la base kafkiana que utilicé para comenzar el escrito. Para Deleuze y Guattari (1990: 28), “una literatura menor no es la literatura de un idioma menor, sino la literatura que una minoría hace dentro de una lengua mayor”. La literatura de Kafka tiene esa condición por su apuntalamiento político-administrativo, que es también la segunda característica de una literatura menor, como se vio en la historia de la introducción, pero también por su talante de resistencia ante los imperativos de las literaturas mayores que intentan domeñar la escritura.
En el caso de las ciencias sociales hay discursos periféricos por la condición misma de ser literaturas menores. En el mejor de los casos se hablaría de narrativas limítrofes segregadas por la policía epistémica y su validación. Sin embargo, existen, indudablemente, ostracismos en donde comúnmente aparecen todas aquellas aproximaciones intelectuales que no reúnen las características científicas válidas y que contienen elementos reflexivos importantes. La cuestión debe leerse con cuidado pues es posible ser presa del relativismo científico ingenuo, en donde todo vale y todo es posible con el garante último de una verdad unívoca en torno al conocimiento. Tomás Ibáñez (2011: 277) ha alertado sobre esto al señalar que “nadie, ni tampoco quienes defendemos posturas relativistas, cuestiona que la verdad tenga un enorme valor pragmático, pero desde el relativismo se afirma que en eso se agota precisamente todo su valor”.
El estudio del deseo y su relación con el archivo no suelen ser tomados en cuenta como una potencia negativa y transformadora en las ciencias sociales; salvo cuando se les encasilla, en ocasiones, en la generalidad posmoderna de subjetividad. Pero la relevancia no se mide aquí en términos de cuantificación de los artículos o libros publicados sino de la importancia de las delimitaciones del deseo. Todo esto acontece en el momento donde el investigador intenta posicionarse ante sus objetos de estudio. Referir aquí a la lógica del caso por caso o del universalismo totalizante es infértil. Podría achacarse esto a las enormes carencias y adaptaciones positivistas en torno a la filosofía de la ciencia en muchos de los programas académicos universitarios. Por el contrario, considero mucho más puntual señalar cómo ciertos saberes hegemónicos y debidamente registrados impiden que las posiciones altamente positivas se permitan navegar hacia el placer pues constantemente pretenden validarse como agentes unívocos de la verdad.
Sin duda, una literatura menor, aquella que de lugar al deseo y cuestiona altamente la condición política, económica e histórica del investigador y sus archivos suele ser vilipendiada y constantemente descalificada por no cubrir los criterios de la ciencia normalizadora, los criterios del arconte archivístico, o las dinámicas gozantes de las políticas neoliberales de la producción de conocimiento en aras del progreso científico y social. Dar lugar al deseo implica, desde luego, recordar la condición negativa de todo saber y cuestionar aquello que queda inexorablemente archivado en los documentos aprobados y validados por las ciencias sociales.[11]
Desde mi perspectiva, no sólo queda archivado el deseo del investigador como un resto operativo, también quedan resignados los acontecimientos sociales, los vacíos narrativos, la imposibilidad de decirlo todo cuando se investiga y, desde luego, también se archiva toda posibilidad de validez ecológica en las ciencias sociales cualitativas. Es indispensable que quien escribe, desde las ciencias sociales, se cuestione incesablemente su deseo desde los medios gozantes del mismo, a saber, preguntarse la utilidad de su investigación, la inserción de la misma en un proyecto social y político, los alcances de su pesquisa y, desde luego, cómo sus letras provocarán un revulsivo cuyas coordenadas alteren el mundo social que habita y desordena al intervenir en la realidad.
Finalmente, una literatura menor, posicionada radicalmente ante su entorno debe evitar, en la medida de lo posible, servirse de posiciones intelectuales e ideológicas sobre la ciencia social y sobre su quehacer. Es decir, ninguna ideología puede dar una noción conceptual o teórica de completud ante la verdad pues ésta se constituye por el vacío negativo del deseo que es positivizado en el archivo y en las prácticas sociales determinadas por la ciencia. Es imperativo, en concordancia, evitar el cinismo ilustrado y racional que decide qué es susceptible de archivarse y reconocerse. Sirva, por último, este texto como tres sencillos pasos retroactivos en la investigación de una apología, por una literatura menor, que estriba en la defensa del deseo, de otras posibilidades de archivación y de la potencia negativa de ambos elementos en los límites y fronteras del pensamiento de las ciencias sociales.
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Notas