ELEMENTOS PARA LA CONSTRUCCIÓN DE UN MARCO CONCEPTUAL DE LA EDUCACIÓN EN VALORES

ELEMENTS FOR THE CONSTRUCTION OF A CONCEPTUAL FRAMEWORK OF VALUES EDUCATION

Carlos Martín HERRERA DE LA GARZA
Universidad Autónoma de Tamaulipas, México

ELEMENTOS PARA LA CONSTRUCCIÓN DE UN MARCO CONCEPTUAL DE LA EDUCACIÓN EN VALORES

Revista Internacional de Ciencias Sociales y Humanidades, SOCIOTAM, vol. XXVII, núm. 2, pp. 191-212, 2017

Universidad Autónoma de Tamaulipas

Resumen: El presente artículo surge de una arriesgada revisión de la bibliografía disponible sobre la temática de la educación en valores y trata de exponer la importancia que ésta reviste, dada la crisis moral que actualmente se vive en nuestra sociedad, haciendo un énfasis especial en sus causas y su impacto social. Se hacen algunas consideraciones educativas para paliar sus efectos.

Palabras clave: crisis moral, educación, educación en valores.

Abstract: This article arises from a risky review with the available literature on the topic of values education, and tries to explain its importance, considering the current moral crisis in our society, with a special emphasis on its causes and social impact. Some educational considerations are made to alleviate their effects.

Keywords: Moral crisis, education, values education.

INTRODUCCIÓN

Desde hace tiempo un tema recurrente es que la sociedad padece una profunda crisis de valores, lo que ha generado desconfianza hacia sus instituciones y ha disminuido nuestra calidad de vida. Este debilitamiento del sistema de valores se refleja en la paulatina pérdida de las referencias morales que nos permitían distinguir entre lo que es digno de aprecio y lo que contraviene a las buenas costumbres, indispensables para la adecuada convivencia con nuestros semejantes.

La manifestación de la crisis de valores por la que atraviesa la sociedad mexicana tiene preocupadas a las instituciones del estado, ya que la actividad política y el desempeño laboral de algunas autoridades en varios órdenes de Gobierno se ha visto afectada por la pérdida de valores indispensables para su funcionamiento, como son la honestidad y la solidaridad. También la dificultad para practicar la tolerancia ha hecho cada vez más difícil la convivencia entre personas que optan por distintas predilecciones sexuales, ideológicas o religiosas. Asimismo, el debilitamiento del interés por ser cada día mejores en los ámbitos de nuestra vida cotidiana –familia, trabajo, escuela– ha contribuido de manera decisiva al aumento de la pobreza y a hacernos cada vez menos competitivos económicamente, como individuos y como país.

Tras la premisa anterior se establece que entre los principales retos que actualmente enfrentan las instituciones educativas de todos los niveles de enseñanza y en varios países del mundo, está el de educar en valores. Es así que la educación en valores se ha convertido en el problema estratégico número uno de la educación y el debate axiológico ha centrado la atención en dos cuestiones principales: ¿Qué factores determinan los conflictos en los sistemas de valores? y ¿Qué pueden hacer la escuela y los educadores al respecto?

Los conflictos en los sistemas de valores se producen al intentar adaptar los principios de la moral tradicional a la sociedad actual, ignorando que la sociedad es cambiante y que la gran heterogeneidad cultural que existe hoy día exige la creación de un esquema de valores propio. Es por ello que la agitación y confusión actual que se manifiesta como crisis de valores ha de interpretarse, no como una destrucción de los valores antiguos, sino como una confrontación dialéctica entre lo antiguo y lo nuevo, lo que hace aflorar en la sociedad su inherente y propia contradicción.

La familia y la escuela son los protagonistas fundamentales en la formación de los ciudadanos: la familia como primera escuela, y la escuela como segunda casa. Juntos, familia y escuela, han de interactuar para lograr la cohesión necesaria en la educación en valores que la sociedad reclama, para preservar las identidades locales y nacionales, así como para promover la autoconciencia de los derechos humanos y del cuidado del medio ambiente.

La educación en valores no necesita una justificación que le avale; es una necesidad inherente a los individuos, que compromete su vida con los principios éticos que rigen la conducta.

LA GÉNESIS DE LA CRISIS DE VALORES

Coombs (1985) sostiene que la crisis actual del sistema de valores tiene su origen en la transformación social que se produjo en la civilización occidental, a partir del siglo XIX. Las sociedades de Europa y de América del Norte –hasta ese momento, en su mayoría, rurales– cambiaron sus formas de vida como consecuencia de la industrialización y el desarrollo de la urbanización que siguió a aquel periodo. El férreo control moral ejercido mancomunadamente por la familia, la escuela y la Iglesia sobre la infancia y la juventud empezó a relajarse, sin que ningún otro agente o institución social lo reemplazara.

En los años treinta del siglo XX surgieron nuevas actitudes de carácter ideológico, que contribuyeron a una despreocupación por las cuestiones de tipo axiológico. La educación moral, confundida por lo general con la educación religiosa, era considerada como anacrónica por los ideólogos más destacados de la educación, sobre todo en las sociedades cada día más pluralistas, en las que la escuela pública deseaba dejar muy patente la separación entre educación y religión.

El aumento del bienestar material favoreció el consumismo, la sobrevaloración del placer, la relajación de todo tipo de normas, la liberación de impulsos y sentimientos, el ansia de nuevas experiencias y sensaciones, y un uso más personalizado del ocio y del tiempo libre. La ampliación de los derechos y libertades individuales, promovidos y acrecentados por el Estado Liberal, trajo consigo la contestación de cualquier forma de autoridad instituida. Se perdió el sentido de la obediencia a toda norma, a la sumisión al deber, a la aceptación de las responsabilidades y la disposición de servir. Se trata de una mentalidad individualista, dispuesta a criticar todo lo que sean normas, tradición y autoridad, preocupada sólo por una satisfacción subjetiva y hedonista. Maestros y representantes de la autoridad temen ser criticados si defienden las normas, y ese ambiente favorece la indiferencia moral, política y educacional, permitiéndose cosas que deberían ser evitadas.

La crisis del sistema de valores caló de forma profunda en todas las fuerzas sociales, pero donde se planteó con mayor dramatismo fue en la escuela, por efecto de la contradicción y del conflicto de valores que se vivió en su seno. A la fe en los valores cristiano-demócratas que practicaban la generosidad, la caridad, el amor al prójimo, la honestidad, la sinceridad, etc., se oponía de forma radical un sistema socioeconómico que incitaba la avaricia, el disimulo, el fraude, la corrupción, la envidia y el afán de poder (Lauwerys, 1978).

El parteaguas establecido para la historia de la educación moderna es al término de la Segunda Guerra Mundial, cuando en los países afectados se inicia el proceso de reconstrucción, cuyo objetivo consistió básicamente en restaurar las ciudades que habían sido devastadas por la guerra. El apoyo económico proporcionado para dicha reconstrucción sirvió de estrategia para que recíprocamente se dieran las condiciones que permitieran una penetración política, económica y social, so pretexto de buscar y mantener un nuevo orden mundial.

Para coadyuvar a este propósito, surgieron una serie de programas políticos que, bajo nombres de organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, 1942), la Organización de Estados Americanos (OEA, 1948), la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL, 1948), difundieron proyectos patrocinados y dirigidos por Estados Unidos de América, y cuyos fines políticos específicos se reflejaban en programas educativos sugeridos directa o indirectamente.

Estos programas educativos proponían modelos pedagógicos que, basados en posturas reformistas y radicales, pretendían construir un paradigma educativo que respondiera a las necesidades del incipiente mercado capitalista en expansión (Marín Aguilar, 2012).

El detonante de la crisis de los valores tuvo lugar en los años sesenta, década en que el panorama social sufrió una gran convulsión como consecuencia de las protestas estudiantiles en los campus universitarios.

Ross (2008) dice:

los acontecimientos de París que, en mayo y junio de 1968, iniciaron grupos de estudiantes de izquierda contrarios a la sociedad de consumo, y a los que posteriormente se les unieron grupos de obreros industriales y sindicatos, desencadenaron la mayor revuelta estudiantil y la mayor huelga general en la historia de Francia, que se encuadra dentro de la ola de protestas protagonizadas por sectores politizados de la juventud que recorrió el mundo durante 1968.

Estos sucesos se extendieron por la República Federal Alemana, Suiza, España, México, Argentina, Uruguay, Estados Unidos, Checoslovaquia e Italia, con toda una carga de subversión contra la sociedad de consumo y los valores que la sustentaban, provocando una profunda inquietud en los líderes políticos, en los padres de familia y en los educadores.

Con el acuñamiento de la frase “Prohibido prohibir” y los desafiantes grafitis “Inventen nuevas perversiones” y “La imaginación al poder”, la opinión pública estimó que la causa primera de esta preocupante desintegración social era el fracaso de la escuela para imponer pautas de comportamiento elevadas y para conseguir que los jóvenes apreciasen los valores morales tradicionales.

En México, el movimiento estudiantil de 1968 dividió la historia contemporánea de este país en un antes y un después, centrando la discusión cultural en torno a la necesidad de la democracia y en la ausencia de espacios críticos. Los aires democráticos que desde entonces se desataron siguen transformando la vida actual, impulsándola todavía hacia un desenlace desconocido. Por primera vez se negaba la justificación de la estabilidad a toda costa, y el rechazo al autoritarismo era la consigna política. Después de que las fuerzas militares masacraran y desaparecieran a cientos de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco, siguen dominando la impotencia, el rencor, el dolor y la desesperanza (Gendrón, 1998).

Si hacemos una retrospección al tiempo remoto de la humanidad, nos hemos de dar cuenta que a cada cultura le ha correspondido un tipo específico de educación, en correspondencia con sus características económicas, políticas y sociales; y hemos de encontrar una gran diversidad de propósitos educativos que se han fijado con base en las demandas, necesidades y características propias de cada comunidad en referencia.

La crisis de valores que desde entonces subsiste, ahora ha de entenderse como pasar por un puente, desde las estructuras ideológicas de una realidad correspondiente a la sociedad que ha quedado atrás, y la ruptura que se da al brusco encuentro con los nuevos paisajes que nos ofrece la modernidad de un mundo globalizado.

CRISIS DE VALORES Y GLOBALIZACIÓN DEL MERCADO INTERNACIONAL

El Fondo Monetario Internacional (FMI) define la globalización como la creciente interdependencia entre el conjunto de los países del mundo, provocada por el aumento del volumen y la variedad de las transacciones de bienes y servicios, del flujo internacional de los capitales, y de la dimensión generalizada y acelerada de las tecnologías.

La globalización se interpreta como un proceso económico ineludible, en el que todo país que quiera participar en el mercado internacional se ha de subordinar a los imperativos del sistema económico establecido por instituciones internacionales, como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial de Comercio (Held y McGrew, 2003).

El ser humano de la nueva sociedad globalizada ha tenido que acostumbrarse al cambio acelerado y permanente en todos los aspectos que ésta ofrece. Inglehart (1991) considera que en las últimas décadas los cambios económicos, tecnológicos y sociopolíticos han venido transformando las culturas de las sociedades industriales avanzadas, de forma profunda e importante. Los incentivos que motivan a la gente al trabajo, los temas que dan lugar a conflictos políticos, las creencias religiosas de la población, sus actitudes frente al divorcio, el aborto y la homosexualidad, la importancia que conceden al hecho de tener hijos y crear familias; todo esto ha venido cambiando.

En este sentido, puede afirmarse que mediante el proceso intergeneracional del cambio en las valoraciones, se transforman las normas culturales y las políticas de la sociedad. Es decir, los elementos que conforman la estructura social evolucionan de una manera conjunta e interrelacionada, por lo que una de las características más importantes de este proceso de cambio, es el impacto recíproco que tiene lugar entre ellos.

En los albores del siglo XXI la humanidad recibe una nueva era, caracterizada por una sociedad en permanente crisis, que vive en la cultura de lo efímero y transitorio frente a lo estable y duradero de hace tan sólo unos pocos años. El pluralismo, la debilidad de las creencias, el relativismo moral y la carencia de ideologías son algunas de las razones que explican la permanente crisis en la que vivimos.

Es a partir de los cambios provocados por el proceso globalizador de las economías, que los individuos hemos ido adaptando, de forma gradual, nuestro estilo de vida y nuestras aspiraciones, a una nueva forma de sociedad basada en lo que se ha dado en llamar progreso materialista. Este nuevo estilo de vida, al que nos ha arrastrado la corriente de la globalización, se caracteriza por una desmesurada ambición de consumo y posesión de bienes materiales –las más de las veces superfluos, innecesarios, provisionales, desechables y contaminantes– que ha invadido sociedades y culturas, desarrollando contravalores como la codicia, la indiferencia, el egoísmo, la avaricia y la mezquindad.

Ante todos estos cambios parecen haberse perdido los valores que aseguraban la coherencia y la cohesión de la sociedad. Las causas son múltiples, una de ellas es la pérdida de fe en la religión y en los valores éticos que ésta proclama; otra es la pérdida de confianza en el sistema político y en sus dirigentes; y no menos importante es la influencia ejercida por el estado de bienestar, que a pesar de todos los beneficios sociales que aporta –contraria e inexplicablemente– deteriora el sentido de responsabilidad del individuo.

La evolución de nuestra sociedad es compleja e incierta; en su proceso de cambio se funden los factores sociales, económicos, tecno- lógicos, culturales y éticos. Ante este escenario el hombre se enfrenta a dos desafíos importantes: el primero es tener que abrirse paso entre los nuevos planteamientos de vida que imponen los cambios y, el segundo, aprender a conocerlos a fondo para poderlos orientar de forma tal que los pueda controlar, evitando así que sean ellos los que le controlen.

Los avances científicos y tecnológicos han incrementado las desigualdades entre países ricos y pobres. Esto ha desencadenado el fenómeno de la migración hacia los países con mayores posibilidades económicas, en busca de los medios indispensables para la sobrevivencia, desvelando en los países receptores los sentimientos inhumanos de la xenofobia y la discriminación, principal caldo de cultivo para la explotación y trata de personas.

Terroristas políticos, bandas homicidas y agrupaciones delictivas dedicadas a la producción, venta, exportación e importación de drogas –con un horizonte de impunidad impensada– reducen hasta la misma soberanía de los Estados. El tráfico de drogas, a su vez, genera nuevos delitos, como la corrupción política, el lavado de dinero y el enriquecimiento ilícito, que merman el ánimo, la credibilidad y la confianza de los ciudadanos hacia las autoridades que les gobiernan, produciendo un efecto de demolición de los valores que les sustentan.

FUNDAMENTACIÓN TEÓRICA DE LA EDUCACIÓN EN VALORES

El ser humano nace y vive condicionado por la cultura que asimila a través de la socialización con los grupos en los cuales se desarrolla. Este condicionamiento se da como consecuencia del ambiente de interacción e influencia mutua que se establece entre el ser humano y la sociedad de la cual forma parte, y en la que están incluidas otras personas de diferentes características. Ello le exige un proceso de adaptación para convivir en armonía con su medio social, siempre supeditado a la aceptación, respeto y cumplimiento de normas, reglas, derechos y deberes establecidos por la sociedad.

El proceso socializador al que se enfrenta el ser humano al interactuar con las personas que le son significativas, es el medio por el cual se da la formación de los valores, actitudes, creencias y hábitos necesarios en el individuo, para participar de manera apropiada como miembro del grupo que forma parte.

Cada sociedad, en un momento determinado de su historia, selecciona del sistema general de valores aquéllos que considera más adecuados para satisfacer las necesidades sociales, siendo la escuela la institución encargada de su transmisión y desarrollo, por medio de la actividad educativa que se desarrolla en su seno. La educación es, por tanto, aquella actividad cultural que se lleva a cabo en un contexto intencionalmente organizado para la transmisión de los conocimientos, las habilidades y los valores que son demandados por el grupo social.

Así pues, todo proceso educativo está relacionado con los valores. Por medio de la educación todo grupo humano tiende a perpetuarse, siendo los valores el medio que da cohesión al grupo, al proporcionarles unos determinados estándares de vida. En todo tiempo y lugar, la escuela ha contribuido de forma decisiva al proceso de socialización de las jóvenes generaciones en los valores comunes compartidos por el grupo social, con el fin de garantizar el orden en la vida social y su continuidad.

Si en las sociedades tradicionales la transmisión de los valores fundamentales era considerada indispensable para preservar la uniformidad de sus tradiciones y sus formas de vida, en cuanto más complejas y plurales son las sociedades modernas, tanto más necesaria se hace la tarea de una educación en valores para el mantenimiento de la cohesión social.

Sin duda, la familia es la institución fundamental en la cual se inicia el proceso de formación de valores y donde se sientan las bases de todo su desarrollo ulterior. La escuela es otro agente de singular importancia en la educación del individuo, puesto que de manera subsidiaria complementa las tareas que la familia no abarca en la formación de los hijos.

Moleiro (2001) identifica al menos cuatro tipos de grupos que tienen gran influencia en la formación de los valores: la familia, la escuela, los medios de comunicación y el grupo de iguales, que varían según la edad. En este sentido, los valores son parte del acervo cultural de nuestros mayores; es la verdadera herencia que nuestros padres, maestros y todos quienes dan significado a nuestras vidas nos legan.

De ahí la razón por la que Moleiro (2001) señala que la familia es la primera escuela de valores donde se forman los primeros hábitos, y es por ello que ni en la familia, ni en la escuela, ni en la sociedad, el proceso educativo por el que pasamos ha de dejar de promover los valores que las personas, las instituciones y la cultura representan.

Las instituciones están tomando conciencia de reafirmar los valores adquiridos en el seno de la familia, pero dejan a la escuela lo que concierne a los aspectos del desarrollo personal y de la formación para la vida social. La educación tiene un papel fundamental en la formación de los ciudadanos: lograr la cohesión comunitaria, difundir valores de carácter social, preservar las identidades locales y nacionales, desarrollar un sentimiento de protección colectiva frente al consumismo fomentado por el libre mercado, y promover la autoconciencia de los derechos humanos y del cuidado del medio ambiente.

La educación en valores se justifica por la necesidad que tenemos los individuos de comprometernos con determinados principios éticos que nos sirvan para evaluar nuestras propias acciones y las de los demás. Estos principios éticos están presentes en nuestra vida cotidiana y los manifestamos mediante conductas.

Ballester (2007) dice que precisamos un nuevo enfoque de educación en valores que permita, en la medida de lo posible, superar sus contradicciones e integrarse con otras propuestas, como la mejora de la convivencia escolar. Por esta razón, es preciso partir de algunos principios clarificadores:

La finalidad principal de la educación escolar, como señala el Informe de Delors a la UNESCO “La educación encierra un tesoro” (1996), es la integración social y el desarrollo personal a través de la participación en valores comunes, de la transmisión de un patrimonio cultural y del aprendizaje de la autonomía. De hecho, una educación de calidad debe integrar valores, contenidos, experiencias y aprendizajes positivos en las dimensiones personales, sociales y éticas de los estudiantes, no sólo en las intelectuales (Escudero, 2005). Dicho de otro modo: una educación de calidad también es la que evita crear “analfabetos morales”.

La educación es valiosa por sí misma, y no es su función resolver los problemas sociales que en cada momento se le derivan. La mejor manera de poder educar en valores es recuperar el valor de la educación (Savater, 1997): que se reconozca la importancia decisiva de la educación escolar y de los docentes en la insustituible tarea de formar personas libres, autónomas y miembros activos de nuestra sociedad. Recobrar el valor social y cultural de la educación, es decir, considerarla como un bien precioso y necesario, prestándole el máximo apoyo, es tarea de todos: familias, profesores, Administración y sociedad en general.

Para recuperar el valor social y personal de la educación también la institución escolar ha de ser coherente con los valores de una sociedad democrática, dando la mejor respuesta posible al derecho y al deber de una educación de calidad para todos. La educación escolar debe ser compensadora de desigualdades, integradora de diferencias, justa, equitativa e inclusiva, para no entrar en una irresoluble y flagrante contradicción: ¿sería posible educar en la democracia, en el respeto, en la solidaridad, en la cooperación..., dentro de una institución que fuera insolidaria, competitiva y autoritaria? (Santos Guerra, 2001).

Toda educación es una educación en determinados valores. Los procesos educativos que se dan en la escuela son necesaria e inevitablemente formadores, transmisores de ideas y valores. Podemos decir que no hay instrucción sin formación (y viceversa), de modo que cuando se está inmerso en los procesos de enseñanza y aprendizaje, parafraseando uno de los axiomas de la Teoría de la Comunicación (Watzlawick et al., 1995), “no es posible no educar”. Junto a las actuaciones planificadas, existe un “currículum oculto” de relaciones sociales, normas y modos de pensar que producen el aprendizaje de hábitos, conductas, costumbres y valores en el seno de la institución escolar. Las relaciones en el centro, su organización y cultura han de tenerse en cuenta como elementos que influyen en la formación de los alumnos.

QUÉ SON LOS VALORES

La Axiología es la disciplina que se ocupa del estudio de los valores y tiene sus inicios en la segunda mitad del siglo XIX. Los valores constituyen uno de los temas trascendentales que hoy en día preocupan a padres, educadores y políticos. Por todas partes se habla de ellos, generalizándose la idea de que la falta de valores se refleja en las conductas de la mayoría de los individuos de nuestra época.

Son muchos los filósofos que han tratado de clarificar el complejo mundo de los valores, insistiendo una y otra vez en su dificultad. Por ello, para no perderse buscando una definición original, es preciso andar el camino por otros abierto.

Pepper (1958), citado por Hernando (1999), afirma que todo lo bueno o malo es un valor. Perry (1950) considera que “un objeto, de cualquier clase que sea, adquiere valor cuando se le presta un interés, de cualquier clase que sea”, por lo que, en este sentido, el valor se reduce a todo aquello que interesa a un sujeto humano.

Rokeach (1973) sostiene que, por una parte, los valores son guías y determinantes de actitudes sociales e ideológicas y, por otra, del comportamiento social. También afirma que los valores son la principal variable dependiente en el estudio de la cultura, la sociedad y la personalidad, y la principal variable independiente en el estudio de las actitudes y de la conducta social.

Marín Ibáñez (1994) afirma que valor es todo lo que responde a las necesidades y tendencias del hombre. Pascual (1980) establece una aproximación descriptiva y operativa de lo que son los valores, afirmando que cabe entenderlos como ideales que actúan al modo de causas finales. Esto es: son, por una parte, el motor que pone en marcha nuestra acción y, a la vez, la meta que queremos alcanzar una vez puestos los medios adecuados.

Otra postura la encontramos en Karl Marx, para quien el valor es una actitud del hombre ante los objetos de la naturaleza y de la vida material y espiritual, que tienen la virtud de satisfacer sus necesidades y servir a sus fines. La filosofía marxista-leninista considera que el valor es un fenómeno socio-histórico y un aspecto de la interacción práctica del sujeto y el objeto. Por eso, el valor es una propiedad de los objetos surgidos en el proceso de desarrollo de la sociedad y, al mismo tiempo, una propiedad de los objetos de la naturaleza incluidos en el proceso del trabajo y del ser (Konstantinov y Rosental, 1977).

En cualquier bibliografía que encontremos relacionada con la axiología subyace la idea de que los valores sirven para guiar la conducta de las personas, que son principios normativos y duraderos que nos sugieren que una determinada conducta es preferible a otra, que consideramos opuesta o contradictoria. Es así que el término valor está relacionado con la propia existencia de la persona, afecta su conducta, configura y modela sus ideas y condiciona sus sentimientos.

En cuanto a las fuentes o marcos de referencia utilizados para la selección de un patrón de valores con intencionalidad formativa, éstos pueden ser muy diversos, dependiendo de la cosmovisión, es decir, de la concepción del mundo, de la vida y del destino personal del ser humano, asumidos por el contexto sociocultural en su conjunto y por cada comunidad educativa en particular. En ambos casos, las propuestas procedentes del ámbito de la pedagogía axiológica pueden ser muy útiles, por ejemplo:

La clásica escala de valores absolutos de Max Scheler (1941), con su clasificación dual en valores sensibles y espirituales:

De mayor interés, desde un punto de vista didáctico, por su proyección sobre el currículum escolar de las instituciones educativas, son los esquemas de valores que nos ofrecen Quintana Cabanas (1992) y Marín Ibáñez (1976).

Quintana Cabanas (1992) ofrece la siguiente clasificación:

Valores personales

Valores morales

Valores sociales

Valores trascendentes

Marín Ibáñez (1976) establece las siguientes categorías de valores, a partir de las dimensiones del hombre, que vincula a las diferentes áreas curriculares:

Dimensión de la supervivencia

Dimensión cultural

Dimensión trascendental

En las nuevas propuestas de educación en valores se observa una tendencia muy generalizada a prescindir de los grandes valores antropológicos y espirituales, y a considerar tan sólo aquellos valores que garantizan una convivencia democrática, como la libertad, la tolerancia, el respeto mutuo y la solidaridad.

Tal es el propósito de algunas propuestas de organismos internacionales preocupados por dar una dimensión universal a la educación en valores.

Así por ejemplo, la UNESCO, por medio del Informe Delors (1996), formula un ideal social de la educación para el futuro, en el cual se afirma que estaremos al servicio de la paz y de la comprensión mutua entre los seres humanos si valoramos la educación como espíritu de concordia, surgido de la voluntad de vivir juntos como miembros activos de nuestra aldea global, que piensan y se organizan por el bien de las generaciones futuras, contribuyendo así a una cultura de la paz.

El mismo sentido tiene la propuesta de una nueva ética global, sugerida por la Comisión Mundial sobre Cultura y Desarrollo (Pérez de Cuellar, 1997), y cuyos principios fundamentales son:

La relevancia conceptual que se atribuye a esta tipología–Delors/Pérez de Cuellar– dentro de la teorización sobre los valores ideales consiste en que:

Esta última característica permite suponer que la existencia de los valores está determinada por el grado o nivel de racionalidad de los integrantes de la comunidad de referencia.

De acuerdo con lo que se ha planteado hasta ahora, habría tantos tipos de valores como tantas sean las necesidades humanas que se trata de atender, en cada comunidad de referencia. La mayor parte de las aportaciones conceptuales señala que son cinco las necesidades de los integrantes de una comunidad:

Las necesidades físico-vitales del ser humano son muy similares a las de las otras especies biológicas, mientras que las necesidades psíquicas compartidas constituyen una cantidad menor. Eso también se observa con los tres tipos de necesidades restantes, a las que se les considera como necesidades superiores.

La aceptación de esta correspondencia jerárquica basada en la dimensión cualitativa implica que se afirme que hay unos valores superiores a otros. En esta teoría se sostiene que en todos los valores hay un componente emocional y otro racional, siendo diferente la proporción de su presencia en cada valor.

A esta combinación también se agrega el hecho de que, desde los valores más vitales a los más ideales, la racionalidad se va manifestando en grado creciente.

Así, se puede apreciar que en los valores asociados a la salud se evidencia más claramente el componente afectivo, mientras que en los valores de carácter económico predomina la racionalidad. En los valores estéticos se aprecian más casos de equilibrio entre lo emocional y lo racional y, a su vez, los valores de tipo moral, aun- que incluyen un rasgo de afectividad, tienen una mayor proporción de racionalidad, mientras que en los valores lógicos o científicos, la dimensión emotiva es insignificante, pudiéndose decir que son básicamente racionales.

CONCLUSIONES

Por todo lo anteriormente expuesto, si bien es cierto que es en la familia donde se inculcan los primeros valores, la crisis moral que estamos viviendo requiere que se enfatice el cultivo de valores en la familia y en la escuela e, incluso, en el resto de los ámbitos de la vida social.

Para ello, será necesario que se incorporen, a todo programa institucional, acciones que promuevan en la sociedad los valores que permitan la construcción de una nueva cultura basada en nuestras capacidades de trabajo, concebido éste como parte esencial de la vida y como elemento indispensable para la realización personal y para el desarrollo de la sociedad en general.

El desarrollo social depende principalmente de la realización que, como seres humanos, alcance cada individuo en la sociedad. Depende, entre muchos otros valores, en cómo cada individuo incorpore a su vida el respeto a la dignidad humana, el diálogo, la justicia, la búsqueda del bien común y las relaciones de reciprocidad.

En este sentido, nuestro quehacer diario como docentes ha de enfocarse en acciones que permitan a los alumnos dar orientación y sentido a la valoración del mundo y construir una identidad fundamentada en el respeto al ser humano, mediante la cual se logre la realización de una vida de armonía con ellos mismos y con su entorno.

No basta que de nuestras escuelas egresen excelentes profesionistas; necesitamos lograr que nuestros egresados sean profesionales y personas de excelente calidad moral. El compromiso que hemos de asumir como profesores lleva implícita la obligación de cambiar el marco de referencia de valores que los estudiantes hayan arrastrado por todos los niveles educativos anteriores. La responsabilidad de todo maestro ha de ser enderezar el rumbo que han tomado las circunstancias en los diferentes escenarios en los que se desenvuelven los alumnos que pasan por las aulas.

Tenemos que hacer frente al reto que representa el fracaso de la formación y transmisión de valores en el seno de la familia, y aceptar que nuestra labor como docentes incluye una acción tan quijotesca como abatir los contravalores transmitidos diariamente por la decadente programación televisiva, que hoy día se ha convertido en la principal enemiga de la educación en valores.

Los educadores debemos plantearnos la necesidad de proponernos vivir y promover consciente y sistemáticamente los valores que conlleven a una mejor convivencia social y al desarrollo integral de los alumnos.

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26 PEDRALS, J. (1997). La educación de valores y virtudes en la escuela, México, Editorial Trillas, p. 40.

27 PÉREZ DE CUELLAR, J. (1997). La nostra diversitat creativa. Informe de la Comissió Mundial sobre Cultura i Desenvolupament, Barcelona, Centre UNESCO de Catalunya.

28 PERRI, R.B. (1950). General Theory of Value, Cambridge, Harvard University Press, pp. 115-116.

28 QUINTANA CABANAS, J.M. (1992). Educación en valores y diseño curricular, Granada, ICE de la Universidad de Granada.

30 ROKEACH, M. (1973). The Nature of Human Values, N. York, Free Press, p. 24.

31 ROSS, K. (2008). Mayo del 68 y sus vidas posteriores, Madrid, Acuarela Libros.

32 SANTOS GUERRA, M.A. (2001). Una tarea contradictoria. Educar para los valores y preparar para la vida, Buenos Aires, Ed. Magisterio del Río de la Plata.

33 SAVATER, F. (1997). El valor de educar, Barcelona, Ariel

34 WATZLAWICK, P.; BAVELAS, J.B. y JACKSON, D. (1995). Teoría de la comunicación humana, Barcelona, Herder.

Notas

1 BALLESTER H.F. (2007). Educación en valores y mejora de la convivencia: Una propuesta integrada, Consejería de Educación, Formación y Empleo, Dirección de Promoción Educativa e Innovación, Servicio de Innovación y Formación del Profesorado. Consultado el 21 de agosto de 2014. Disponible en: teleformacion.carm.es/moodle/mod/resource/view. php?inpopup...id.
2 CAPPELLO, H.M.; RECIO, M. y RIVERA L. (en prensa). Libro sobre Educación en Valores para Bachillerato, Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia, Gobierno del Estado de Tamaulipas.
3 COOMBS, Ph.H. (1985). La crisis mundial de la educación. Perspectivas actuales, Madrid, Santillana.
4 DELORS, J. (1996). La educación encierra un tesoro, Informe de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI, Madrid, Santillana/UNESCO.
5 ESCUDERO, J.M. (2005). Educación para la ciudadanía democrática. Currículo, organización de centros y profesorado. Ponencia en la Escuela Julián Besteiro, 28 de abril de 2005, Madrid, Colectivo Lorenzo Luzuriaga.
6 FUENTES JUSTICIA, E. (en línea). Educando en valores: Valores en movimiento. Consultado el 21 de agosto de septiembre de 2014. Disponible en: www.eduinnova.es/monografias09/Educando_valores.pdf.
7 GENDRON, A. (1998). “1968, el año decisivo”, en J. González (coord.), México, 30 años en movimiento. Una cronología, México, Ed. Universidad Iberoamericana, pp. 121-125.
8 HELD, D. y McGREW, A. (2003). Globalización/Antiglobalización. Sobre la reconstrucción del orden mundial, Barcelona, Paidós.
9 HERNANDO, M.A. (1999). Estrategias para educar en valores. Propuestas de actuación con adolescentes, Madrid, Editorial CCS.
10 HORROCKS, J.E. (1984) Psicología de la adolescencia, Madrid, Ed. Trillas.
11 INGLEHART, R. (1991). El cambio cultural en las sociedades industrializadas avanzadas, Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas.
12 ISSACS, D. (1981). La educación de las virtudes humanas, Tomo I, Pamplona, Eunsa, p. 68.
13 JUÁREZ, P. y JOSÉ, F. (en línea). “Hacia una educación posible: valores, virtudes y actitudes en el aula”, Revista Ciencias de la Educación, Venezuela, Universidad Católica Andrés Bello Valencia. Consultado el 8 de septiembre de 2014. Disponible en: www.santillana.com.ve/fotos/articulos/2-19-162808.pdf.
14 KING, A. y SCHNEIDER, B. (1991). La Primera Revolución Mundial. Informe del Consejo de Europa al Club Roma, Barcelona, Plaza y Janes Editores.
15 KONSTANTINOV, F. y ROSENTAL, M. (1977). Fundamentos de filosofía marxista leninista, México, Ediciones de Cultura Popular.
16 KRISHNAMURTI, J. (1972). La educación y el significado de la vida, México, Ed. Orión, pp. 11-15.
17 LAUWERYS, J. (1978). Some Thoughts on Moral Education. A Think Paper Prepared for the International Council for Educational Development, Connecticut, Essex.
18 LLOPIS, J.A. y BALLESTER, R. (2001). Valores y actitudes en la educación. Teorías y estrategias educativas, Valencia, Tirant lo Blanch.
19 MARÍN AGUILAR, R. (2012). Evaluación del Programa Educación en Valores desde la perspectiva de los alumnos de educación primaria en Tamaulipas, tesis doctoral, México, UAMCEH, Universidad Autónoma de Tamaulipas.
20 MARÍN I., R. (1976). Valores, objetivos y actitudes en educación, Valladolid, Editorial Miñón, p. 144.
21 MARÍN I., R. (1994). Los valores, Madrid, Dykinson.
22 MOLEIRO, M. (2001). Relatos para educar en valores, Caracas-Venezuela, Editorial San Pablo.
23 PALMQUIST, S. (en línea). Glossary of Kant’s Technical Terms. Consultado el 7 de octubre de 2014. Disponible en: http://staffweb.hkbu.edu.hk/ppp/ksp1/KSPglos.html.
24 PARRA ORTÍZ, J.M. (en línea). La educación en valores y su práctica en el aula. Consultado el 21 de agosto de 2014. Disponible en: www.tendenciaspedagogicas.com/Articulos/2003_08_04.pdf.
25 PASCUAL, A. (1980). El diálogo clarificador de valores en la orientación educativa, Madrid, I.E.P.S.
26 PEDRALS, J. (1997). La educación de valores y virtudes en la escuela, México, Editorial Trillas, p. 40.
27 PÉREZ DE CUELLAR, J. (1997). La nostra diversitat creativa. Informe de la Comissió Mundial sobre Cultura i Desenvolupament, Barcelona, Centre UNESCO de Catalunya.
28 PERRI, R.B. (1950). General Theory of Value, Cambridge, Harvard University Press, pp. 115-116.
29 QUINTANA CABANAS, J.M. (1992). Educación en valores y diseño curricular, Granada, ICE de la Universidad de Granada.
30 ROKEACH, M. (1973). The Nature of Human Values, N. York, Free Press, p. 24.
31 ROSS, K. (2008). Mayo del 68 y sus vidas posteriores, Madrid, Acuarela Libros.
32 SANTOS GUERRA, M.A. (2001). Una tarea contradictoria. Educar para los valores y preparar para la vida, Buenos Aires, Ed. Magisterio del Río de la Plata.
33 SAVATER, F. (1997). El valor de educar, Barcelona, Ariel. WATZLAWICK, P.; BAVELAS, J.B. y JACKSON, D. (1995). Teoría de la comunicación humana, Barcelona, Her- der.
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