EL CAPITAL EN EL SIGLO XXI Y EL ESPÍRITU DEL POST-CAPITALISMO
CAPITAL IN THE TWENTY-FIRST CENTURY AND THE SPIRIT OF POST-CAPITALISM
EL CAPITAL EN EL SIGLO XXI Y EL ESPÍRITU DEL POST-CAPITALISMO
Revista Internacional de Ciencias Sociales y Humanidades, SOCIOTAM, vol. XXVI, núm. 1, pp. 133-159, 2016
Universidad Autónoma de Tamaulipas
Resumen: El ensayo parte de una provocación surgida en el libro de Piketty acerca de la posibilidad de generar nuevas formas de propiedad y democratizar el capital. Para tal propósito comienzo con las condiciones en las que surgió el capital originario en Oriente y Occidente, asumiendo las versiones de Marx, Weber y Sombart que dieron base a la producción capitalista bajo formas distintas de expansión. A continuación desarrollo el vínculo histórico entre las cuatro variables conectadas al capital: organización, estrategia, energía y tecnología, y sus resultantes en distintas fases previasa la formación capitalista y su intervención en las distintas revoluciones industriales que hoy arriban a la globalidad.
Palabras clave: postcapitalismo, ética, desigualdad.
Abstract: The essay starts from a challenge suggested in Piketty´s book about the possibility of generating new forms of property and democratizing capital. For such purpose, I begin with the circumstances that led to original capital rise in East and West, assuming the versions of Marx, Weber, and Sombart, that provided foundation to capitalism production under diflerent forms of expansion. Then, I describe the historic link between the four variables related to capital: organization, strategy, energy, and technology, and its results in both phases prior to capitalism formation, and its intervention in the various industrial revolutions that emerge today in globalization.
Keywords: Post-capitalism, ethics, inequality.
ELOGIO DE MARX, WEBER Y SOMBART
Se me ha pedido un ensayo en torno al espléndido libro de Thomas Piketty1 en derredor de la desigualdad de la cual él hace una amplia exposición. Siempre he creído que a un autor de esta altura no se le critica, ni se le corrige, sino que se le lleva por el camino de proyectarlo más allá de su visión y conclusiones, no para que cambie su punto de vista, sino porque más que repetirlo, hay que desarrollar algunas de las ideas que se deprenden de su libro, pues el elogio dura un tiempo y la repetición de citas es una moda, y es tan sólo la forma de conducirlo hacia el olvido. Al tiempo de que no es posible abordar al capital sin una teoría crítica.
Fue en el siglo XIX cuando el capitalismo pudo consolidarse y avanzar hacia la nueva centuria. Ello requirió de actores sociales constituidos como clases, de condiciones materiales que dieran respuesta a las necesidades y requerimientos de su tiempo; del derrumbe del antiguo régimen, y sobre todo de ideologías, bajo cuyo encantamiento se constituyeron los mitos del progreso; del nuevo orden social; de la ciencia social como promesa explicativa que nos llevaría a estadios superiores, pero que antes requería de la sangre, sudor y lágrimas de las grandes mayorías, y por qué no del holocausto producido en torno de las revoluciones democrático-burguesas y de los movimientos sociales capaces de arrasar el pasado e iniciar el rumbo a lo que se creía eran etapas superiores.
Cuatro soportes materiales fueron las piedras angulares que le dieron la sustentación y que presidían la revolución industrial:
La tecnología, que era impulsada por la exigencia de nuevas formas de producción que contribuyeron a la transformación radical de la relación hombre-naturaleza y que presidió las revoluciones industriales.
• La organización, que se perfilaba a partir del lugar que los sujetos ocupaban dentro de la producción y de la riqueza generada por la sociedad, lo que reclamaba de nuevas estructuras capaces de albergar a la nueva burocracia en el Estado racional, lo que generó una nueva división del trabajo.
• La energía, como elemento motriz que reemplazaba ventajosamente a la fuerza de trabajo humano y animal, mediante el impulso a las máquinas, transformando adicionalmente las ciudades bajo el crecimiento vertiginoso del espacio urbano.
• Como corolario de lo anterior, la estrategia que presidía e impulsaba estos cambios se transformó y generó el paso de lo militar al marco de la dirección civil, que presidía el poder del Estado de Derecho.
En este sentido, el capitalismo fue una resultante histórica que combinó la revolución industrial, la revolución política, impulsada por la lucha de clases que abrió paso a los cambios radicales sobre los que aún reposaba la vida social, y la nueva división del trabajo entre hombres y naciones, trayendo consigo una nueva forma de Estado y, por tanto, una dirección diferente de la sociedad.
De todo lo anterior dieron cuenta los economistas clásicos previos a Marx: el origen de la riqueza de las naciones, con Adam Smith; de la teoría del valor-trabajo con David Ricardo, y de los procesos de acumulación originaria del capital.
Ello, junto con la Revolución Francesa, que mostraría la existencia de clases sociales y la lucha entre ellas, impulsando el surgimiento del Estado Burgués, sinónimo de Estado Moderno; de los cambios que enmarcaron el origen de las nuevas naciones y su encuadre dentro de los nuevos parámetros. Pero fue sin duda Marx quien integró y desarrolló a partir de las categorías clásicas las nuevas aportaciones a la Teoría del Capital.
La tragedia de Karl fue que su contribución sólo fue comprendida a cabalidad hasta el siglo XX por Rosa de Luxemburgo dentro de la revolución alemana de 1919, donde el naciente poder soviético, con Lenin a la cabeza, aniquiló la nueva iniciativa crítica, por lo que Rosa escribió en esos días: “con la doctrina de Marx ha ocurrido lo mismo que con el pensamiento utópico de Fourier, sus discípulos se dedicaron más a repetirlo que a desarrollarlo”.2
En efecto, la teoría de Marx no es un denso número de volúmenes para encontrar citas, y en modo alguno fue una teoría terminada. Recordemos tan sólo que el último capítulo de El Capital quedó inconcluso y nadie quiso emprender la tarea de darle forma para encontrar el sujeto revolucionario. Por ello la praxis del socialismo real fue tan solo la némesis de Marx.
En efecto, el capitalismo no es un acontecimiento histórico que se hubiera detenido, requería por tanto de otros enfoques que desde ángulos opuestos pudieran dar cuenta de un fenómeno singular en el que nadie había reparado, y era –como afirmara hace algunos años el Dr. Luis Aguilar Villanueva– que “el capitalismo no pudo surgir sin ideología”. Este punto, junto con la forma de dominación racional burocrática fue bajo otros supuestos que Max Weber contribuyó a la Teoría del Capital como objeto de análisis.
Recuperemos su contribución; si una obra ha sido tergiversada, desde los traductores hasta sus intérpretes, es La ética protestante y el espíritu del capitalismo, donde la visión vulgar ha llegado a decir que la ética protestante produjo el capitalismo, por lo que la respuesta inmediata es: ¿cómo pudo surgir también en los países católicos? Por lo que la respuesta hay que encontrarla en el texto mismo.
En esta obra Weber parte de dos procesos históricos que están en paralelo en el siglo XVI y que son: la ética calvinista como visión de salvación y los valores del capitalismo en ciernes, y cuya conjunción se produce en la coincidencia de principios valóricos de ambos procesos. La ética protestante calvinista parte del principio absoluto de que Dios conoce el pasado, el presente y el futuro; por tanto, Él y solo Él puede saber de antemano quién ha de salvarse, por haberlos elegido y, por tanto, conocer de antemano quién está predestinado a la condenación eterna, pues la Reforma protestante eliminó el Purgatorio.
De ahí que la visión del creyente a la pregunta: ¿aceptarías la condenación eterna si esa es la voluntad de Dios? Y el creyente deberá afirmar sin ningún dejo de duda: “La acepto”. Respondida la primera pregunta, hay que recordarle al creyente que la vida humana no es para los placeres mundanos, sino para cumplir con la voluntad divina, pues al correr a Adán del paraíso terrenal Dios le dio como único destino el trabajo, para cumplir la maldición de “ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Génesis, 3, 19). Por ello el calvinista debe llevar una vida austera y de trabajo teniendo, al igual que Jehová, el día de descanso para la oración.3
Sin embargo, el trabajo producía utilidades; las cuales reclamaban de la reinversión para lograr abrir más fuentes de trabajo para que otros creyentes se salvaran. Pero para evitar que ellos cayeran en la ambición del dinero, había que pagarles bajos salarios. Bajo estas premisas, los valores del capitalismo naciente coincidían en esa vía de acumulación, pues la concepción calvinista les venía como anillo al dedo. Sin embargo, el capitalismo con el tiempo irá adoptando otros valores, por lo que deviene en laico, y el calvinismo original fue modificado en cuanto a la posibilidad de detentar riquezas.
Como consecuencia de esa particularidad histórica, Weber no iría más lejos, pero podría admitir la posibilidad real de que para España su base de riqueza estuvo dada por la conquista y explotación de sus nuevos espacios en ultramar, mientras que Inglaterra y Holanda no pudieron capitalizarse sin la piratería a costa de los hispanos.
Con ello Weber complejiza la explicación en torno al capitalismo y su desarrollo, no pudiendo quedar ningún fenómeno social reducido a la simple repetición discursiva de las etapas prefijadas.
Dentro de otra línea de pensamiento, Werner Sombart escribió en 1913 una obra de particular importancia en el que escribe la historia del personaje típico del capitalismo: el burgués.4 Parte del espíritu de la vida económica y destaca la mentalidad económica precapitalista, condición indispensable para comprender el surgimiento de esta figura junto con el espíritu de la empresa, que irá rompiendo los moldes de la sociedad anterior.
En ella surgen los gérmenes de la formación capitalista, por lo que el burgués no está constituido de antemano, sino que sus rasgos se van perfilando en las finanzas, en el comercio de armas, en la alquimia, la satrapía y el robo y las formas diversas de especulación, hasta introducirse en el terreno de la producción, de la invención de nuevos procesos de trabajo y en la innovación de nuevas formas especulativas introducidas al comercio.
Al mismo tiempo, Sombart atiende al ámbito de la cultura como sello distintivo de los prototipos de burguesía, ejemplificando con los casos de Florencia, las comunidades judías, los escoceses, como factores de concentración y avaricia, o bien con estructuras como los gremios de artesanos, e incluso con los corsarios como los sátrapas, pues todos ellos aprendieron el uso del trabajo vivo, el lucro, la reinversión y el empoderamiento como formas de acumulación del capital. En síntesis, el capitalismo no tuvo uno, sino diversos caminos para su formación, pues siguiendo a Marx, “el capitalismo fue un producto de múltiples determinaciones”.5
Por lo que no podemos menos que iniciar con un elogio a estos tres hombres que se abrieron paso al conocimiento de un mismo objeto: el capitalismo, bajo enfoques del todo diferentes.
Pero abramos también el espacio de cómo se llegó al capitalismo en Oriente, en particular en Japón. Todo se inicia en la segunda mitad del siglo XIX, cuando el entonces emperador del Japón (Tennóo) decide introducir en el ramo textil la maquinaria occidental para crear el modelo de producción industrial. En efecto, esto se logra implantar, pero no como trasplante de la cultura occidental, sino que se crea la figura del Zaibatzu como el elemento capaz de controlar a núcleos de familias que estaban bajo servidumbre a su servicio y, por tanto, se incluirán en el claustro fabril a estos hombres, mujeres y niños de todas las edades.
El modelo crece y es exitoso por la expansión japonesa a la tierra firme de Asia y, como consecuencia de lo anterior, el capitalismo no surge con la mano de obra asalariada y menos aún con estructuras que posibiliten la formación de un proletariado o de una clase burguesa tipo europeo, pues el Zaibatzu, a su vez, es tan sólo uno de los cuatro ejes en que se sustenta la estructura social. Se complementa por el Tennóo, representante del poder político y autoridad despótica máxima; el Ejército, símbolo de la integridad del archipiélago al que consideraban sagrado, por no haber sido jamás invadido por los extranjeros, y al cual se destinaba una parte muy importante del producto, porque en ellos radicaba la expansión en forma de círculos concéntricos, que aspiraba a constituirse en un poder mundial.
No de menor importancia estaba la unidad ideológica de la creencia, que se depositaba en la religión sintoísta, y que cerraba la estrategia, trayendo consigo la unidad de mando –depositada en el emperador– y la unidad de propósito –donde potenciados por la ideología religiosa, el trabajo del conjunto social y la expansión militar– creaban un Estado fuerte, que se encargaba de ejercer la distribución de bienes y privilegios de manera asimétrica y, por tanto, desigual, lo que establecería una nueva vía de acumulación.6
Con esta estructura Japón entró al siglo XX y floreció como nunca en su historia, pero el proceso fue interrumpido en 1945, cuan- do en agosto dos bombas atómicas obligarían a su primera rendición incondicional, lo que obligó a pactar lo inconcebible. Japón quedaba obligado a retirarse de todas sus conquistas, lo que representaba también la ruina de sus mercados en tierras de ocupación; el emperador fue obligado a decirle a su pueblo que no tenía nada de sagrado, sino que era un hombre común, y al perder su honor, el poder pasó al parlamento que se constituyó.
Los Zaibatzu fueron obligados a perder la propiedad, por lo que ésta se diluyó en sociedades por acciones, lo que abrió paso al mercado de valores; pero muchos Zaibatzu lograron pasar de propietarios a elementos encargados del control a través del Management, lo que llevó también a liberar a la servidumbre y a quebrar la unidad de las familias extensas. Por lo que hombres y mujeres se incorporaron bajo formas contractuales al mercado de trabajo y el ejército fue disuelto, con lo cual la enorme carga que representaba se eliminó y se abrió paso a la modernidad, que aunque no fue la intención original de los aliados, terminó siendo el factor que removió toda la tradición que impedía el ascenso pleno del capitalismo.
Bajo otras condiciones, en China, como antes fue en la Unión Soviética, la ética marxista fue el detonante del espíritu del capitalismo y el sudeste asiático, con China y la India, se abrieron más rápidamente al mundo de las ingenierías y de los nuevos procesos de trabajo. Con ello se implantó la productividad, los procesos de calidad total y las nuevas formas de mercadeo, que sin duda fueron el parteaguas, junto con los mecanismos para entretejer economías, diluyendo su carácter nacional, lo que permitió, con el tiempo, abrir paso a la globalidad.
De esta forma, reconocemos que el capitalismo se forjó por diferentes caminos, y también que su interpretación no puede ser unilateral o bajo una perspectiva cerrada, sin llegar jamás al eclecticismo. Por ello, reconocer los esfuerzos y la obra de estos autores tan divergentes en enfoque, nos alimenta en el largo camino que aún hay que recorrer, pues el capital es una categoría histórica en constante proceso de transformación. No puede ser encerrado en una simple fórmula, sino que se debe reconocer que el camino que separa el capitalismo originario y el post-capitalismo actual, obliga a encontrar las bases de los valores en que hoy se produce esta nueva etapa del capital.
LA FORMACIÓN DEL CAPITAL EN EL DESENVOLVIMIENTO DE SUS VARIABLES BÁSICAS
Consideremos que bajo diferentes formas y estructuras históricas las variables de estrategia, organización, tecnología y energía, en sus diferentes interrelaciones y en cada época histórica han representado instrumentos indispensables para el ejercicio del poder, y bajo cuyas peculiaridades propias de sus aparatos culturales han mostrado una gran correspondencia, que al romperse abren paso a la generación de nuevas necesidades humanas y, por tanto, a una etapa histórica distinta. Al entrar en transición, cada una de estas variables puede desarrollar una dinámica propia, lo que constantemente produce desequilibrios y reclama nuevas formas de estabilización, modificando la naturaleza del fenómeno. No pretendo con esto decir que dicho desenvolvimiento de estos cuatro componentes sean el progreso ascendente, pues la historia no muestra un claro de adelanto o retroceso, sino un trascurrir de acontecimientos no repetibles, por ser únicos.
Comencemos por las etapas más remotas, cuando la humanidad durante siglos identificaba a la energía como su fuerza de trabajo, las herramientas para desempeñarse y la tracción animal; junto al desarrollo de estas formas de energía, las vinculó a la tecnología, y unidas, fueron el instrumento clave de las llamadas fuerzas productivas. Desde el artesanado, el secreto del oficio y las herramientas se constituyeron en el basamento que posibilitó la existencia, desde tiempos inmemoriales, de los gremios artesanales, que preservaron para sí estos saberes.
Ello permitió que, al constituirse estos gremios, dieran vida a su organización y se constituyeran en sociedades secretas, en las cuales, con variantes propias del oficio, se organizaban en grados que correspondían al nivel de conocimiento, destreza y creatividad: aprendices, oficiales y maestros, en forma piramidal.
Nos queda ahora vincular la relación entre energía, tecnología y organización con la estrategia capaz de darle direccionalidad y sentido a las acciones. Para el caso del artesanado, el factor que le permitió su autonomía relativa se fundó en el secreto del oficio y en la organización gremial, que actuaron como un freno al poder de la nobleza y del clero, lo que posibilitó la fundación de burgos o ciudades de hombres libres.
No fue así el caso del campesinado, que era mayoritario, pero al no ser dueño de la tierra, sino que ésta era detentada por los estamentos de la nobleza y del clero, no tuvo más remedio que mantenerse en condiciones de servidumbre. Finalmente, el paso de la sociedad estamental a la de clases hizo posible la constitución de la burguesía, como clase para sí, generando cada uno de estos actores formas distintas de organización de la base productiva.
Con lo anterior no estamos diciendo que el fin de la sociedad tradicional se diera en forma simultánea en todos los espacios. Por el contrario, fue Inglaterra la primera que liberó el comercio de los monopolios reales con la revolución de Cromwell durante el siglo XVII, lo que permitió la injerencia del parlamento en asuntos que antes correspondían a la nobleza, y en el siglo XVIII surgió la maquinaria industrial que incorporó a los llamados obreros de oficio.
Pero este proceso tuvo escenarios diferentes en el caso de Francia, quien hasta la era napoleónica dio inicio a la industrialización, cuando los productos de Francia acompañaban las conquistas militares de Bonaparte. Prusia sólo pudo asumir este rol después de 1830, cuando ya habían pasado la era napoleónica y la restauración. Japón, por el contrario, sería hasta la segunda mitad del siglo XIX cuando la actual dinastía importó la maquinaria de Occidente, lo que no trajo consigo la liberación de la mano de obra sino, por el contra- rio, creó la figura del Zaibatzu, que se encargó de organizar el trabajo, no a partir de obreros, sino de familias que estaban bajo su custodia en calidad de servidumbre.
En todo este periodo la estrategia estuvo definida por las figuras que estaban al frente del Estado y, en lo particular, por los ministros encargados de las finanzas públicas y de los cancilleres. Y por qué no de los militares que expandieron los imperios, pues todos ellos fueron quienes construyeron un mundo en el que las naciones emergentes serían los proveedores de materias primas, mientras que ellos se constituyeron en las naciones encargadas de la industrialización de sus economías.
No menos importante fue la introducción de tecnologías aplicadas a la producción industrial, y vinculadas a la energía del vapor. Podemos destacar el papel que sin duda desempeñaron hombres como Tomás Alva Edison, cuyos inventos dominaron el siglo XX y Henry Ford, que no sólo inventó el motor a explosión sino que introdujo la producción en serie y las mejoras salariales, con lo que revolucionó el mercado.
Corresponde a Nicolás Tesla el ser –a más de un siglo–, quien contribuyó con los procesos inalámbricos, que sin duda dominarán esta nueva centuria. Ellos, y otros más, dieron la pauta para introducir la innovación y quebrar en su base el modelo tecnológico que hasta entonces se tenía como paradigma, y abrieron la producción en masa, factor que hizo posible la primera y la segunda guerras mundiales, pues al igual que la producción crecía de manera exponencial en procesos seriados. La matanza generada en ambos conflictos adquirió los mismos matices por involucrar a millones de personas, devastar todo rasgo de vida a su paso e impulsar las tecnologías como nunca antes se había dado en la historia humana.
Estos ejemplos nos muestran las diferencias y tiempos distintos en los cuales se incubó el capital en un sentido moderno, lo que nos ilustra la transición de las condiciones en las que se produjo –por vías y tiempos distintos– la primera revolución industrial, que comenzó a utilizar el vapor y modificó las pautas de trabajo tradicional como forma de energía alternativa a la fuerza humana y a la tracción animal, vigentes por siglos.
A lo anterior, a finales del siglo XIX, sucedió la electricidad, coincidiendo con los hidrocarburos, lo que reclamó una rápida adaptación mediante la generación de nuevas necesidades. Por lo que fueron las revoluciones industriales las que transformaron la producción y generaron la clase obrera encuadrada dentro de la fábrica, en un proceso necesario de acoplamiento de la relación hombre- maquinaria. Con esto hubo un desplazamiento del artesanado y una preeminencia de la organización industrial, lo que trajo aparejada la existencia de una burocracia –con su correspondiente aparato administrativo y de nuevas formas de organización del trabajo– como fue en su tiempo el taylorismo.
Queda también reconocer el papel de las elites que, en el siglo XX, representaron los dueños de los grandes capitales, personas decisivas para abrir paso a los nuevos intereses, muchos prevalentes hasta nuestros días. Hombres como Krupp, en la siderurgia alemana; Rockefeller, con sus empresas ferroviarias y petroleras; los Astor, como dueños de grandes extensiones urbanas en las grandes ciudades de Norteamérica; Carnegie, en la siderurgia que modificó la faz de Estados Unidos con el acero; Henry Ford, con su empresa automotriz, desde donde diseñó el modelo T, o el que abrió las bases de la nueva contratación por hora, el que restringía la vida del trabajador a la fábrica, la familia y el deporte, por lo que impulsó la famosa ley de la prohibición. Estas figuras, como tantas otras, se constituyeron en sus tiempos como la base de la concentración de la riqueza y fueron, al mismo tiempo, símbolo de expansión del capital en el mundo.
Hoy, en el siglo XXI, estamos en presencia de un desplazamiento de las antiguas formas de energía y el concepto se dinamiza con las energías alternas que van más allá de los hidrocarburos y otras formas de energía convencionales. Lo que representa no sólo una revolución en los sistemas de trasmisión de energía, sino una ampliación de las fuentes generadoras, teniendo como referencia a la ecología, que es una gran preocupación de nuestro tiempo.
De hecho, la inminencia del efecto invernadero y la extrema concentración de dióxido de carbono, ozono y otras sustancias tóxicas en un mundo predominantemente urbano, colocan este modelo de desarrollo como una propuesta limitada y limitante, pues es imposible pensar en un mundo que de modo indefinido pueda proveerse de las formas tradicionales de energía, lo que lo vuelve insustentable, y replantea la exigencia de renovación plena del modelo tecnológico que sirvió de base al siglo anterior.
Recordemos tan sólo que los superconductores serían los grandes trasmisores de energía y que las capacidades de las propuestas tecnológicas actuales tendrían que ser desplazadas del mercado, como pronto lo serán los televisores y los electrodomésticos, entre otras cosas de uso cotidiano.
La tecnología marcha en líneas definidas siguiendo los lineamientos de los fondos corporativos de investigación y desarrollo dentro de los que destacan: genética, salud, telecomunicaciones, fuentes alternas de energía, superconductores, informática y sociedades de la información, biotecnología, ecología, tratamiento de aguas, reciclaje de desperdicios, ingeniería de alimentos, nuevos materiales, exploración espacial, industria automotriz. Propuestas e ingenierías organizacionales, entre otras, donde todas ellas están modificando sustancialmente nuestra cotidianeidad y los ámbitos de nuestro desempeño, lo que incide sobre la crisis educativa, con el desplazamiento de las viejas tecnologías, que aún se siguen reproduciendo inútilmente en los espacios áulicos, pero que no tardarán, como todos los sistemas que nos rodean, en ceder frente a la creciente innovación y automatización que hoy modifican la estructura del empleo y la noción misma de la ocupación.
Todo lo anterior representa, en el ámbito organizacional, el paso del mundo burocratizado a una etapa post-burocrática de la administración, con predominio de la informática, con un tipo de empleo eventual, por tiempo y obra determinada, sobre capacidades a las que se les reclama polivalencia, lo que posibilita la rotación de operarios, que a su vez inciden sobre un producto cuya vida es cada vez más corta. Sus materias primas no son ya las tradicionales, sino sintéticas y los procesos aprendidos poco o nada tienen que ver con el momento, pues se vive en el vértigo de grandes cambios.
Todo lo anterior, dentro de un mundo corporativo donde las elites son temporales, donde las empresas ya no son propiedad exclusiva de un sujeto, sino que aun la permanencia de un presidente corporativo (CEO)7 está en relación directa con los resultados de su dirección, políticas, rendimiento y utilidades, y donde el desplazamiento es una condición que las corporaciones imponen en todos los niveles, tanto a sus recursos humanos, como a sus componentes tecnológicos.
En síntesis, en el mundo actual la estrategia está vinculada a procesos, dirección y sentido que imprime el Comando, no sólo a partir de la toma de decisiones, sino del desarrollo del proceso. La organización está dada en función del diseño, operación y desempeño de la estructura, para lo cual se dispone del Control. La energía establece el vínculo entre generación y enlace, de la que deriva la motricidad, movilización en tiempo y forma, atributo de las Comunicaciones.
En cuanto a la Tecnología, ésta se constituye con ingenios físicos y humanos, posibilitando la integración entre información y recursos mediante su procesamiento y aplicación, y se relaciona con las Capacidades, que son los recursos de que se dispone. Todo lo anterior se resume en la fórmula que preside el mundo de hoy –C4–, que es la expresión matemática en la que se establece la potenciación entre las variables subrayadas, y de la que se deriva la noción actual de Seguridad, bajo esta perspectiva de la Estrategia.
De las cuatro variables iniciales a su vez se derivan seis enlaces, comenzando por:
• C1 Entre Energía y Organización, de la cual depende la posibilidad de movilización de los recursos en tiempo, forma y circunstancia, lo que es propio de la logística.
• C2 El vínculo entre Estrategia y Energía permite proyectar tanto los recursos energéticos, como anticipar su horizonte en tiempo y sustitución futura.
• C3 De la relación entre Estrategia y Tecnología posibilita tanto la operación en tiempo real, como el sistema de necesidades que reclama ser resuelto mediante propuestas tecnológicas.
• C4 Entre la Organización y Tecnología se encuentra el punto nodal de la determinación y sentido de los recursos a ser invertidos en Investigación y Desarrollo.
• C5 En otro plano, la relación entre Energía y Tecnología deriva en la viabilidad y sustentabilidad de una propuesta y su estimación en términos de mercado y oferta del producto.
• C6 En cuanto a la relación Organización y Estrategia, ésta representa la vinculación entre estructura y dirección.
DE LA DIFERENCIA COMPLEMENTARIA A LA DESIGUALDAD POLARIZADA
Fue Emilio Durkheim quien estableció las bases de la vida social, al reconocerla como nómica, o sea, que reclama de normas impuestas a los hombres como condición de relación entre los sujetos.
Al mismo tiempo, estableció la solidaridad mecánica entorno a lo común al género humano, al tiempo de plantear la solidaridad orgánica con relación a las diferencias complementarias, como condición de derivar funciones para la vida social.
La concepción positivista durkhemiana reconocía la necesidad de lo común y lo diferente. Sin embargo, al transformar la diferencia en desigualdad se terminan polarizando los actores y se concluye quebrantando el orden social y, por tanto, la vida social bajo esas condiciones, lo que él advertía como un riesgo.8
El orden social anterior está planteado en la división del trabajo social, que sirvió de base para explicar la sociedad, las formas de derecho dominantes en cada periodo y, en particular, la cohesión social a través de la solidaridad, apoyado en la noción de normalidad y anomia, en referencia clara a las formas más generalizadas de la vida social.
Pero el problema de la desigualdad se consideraba como una exigencia funcional de la sociedad, siempre y cuando no llegara a la polarización extrema. Sin embargo, la humanidad ha sido sometida a desigualdades que han posibilitado pasar de las castas como concepto sempiterno, a los estamentos como estructura de poder y privilegio, y de ahí a las clases, como la asignación de un rol en un sistema de producción socialmente determinado, de acuerdo con Marx. O bien, conforme a Weber, bajo criterios económicos en relación a su acceso al mercado de consumo; político en referencia directa al poder de que disponen y social con referencia a los criterios de prestigio.9 Todo ello, sin considerar además la visión de la estratificación, que plantea la posición en relación a la distancia social de los hombres de acuerdo con criterios de diferenciación asignados por el mundo social.
Bajo estas directrices las diferencias humanas son vistas en una escala piramidal en función del poder, que les asigna posiciones no elegidas por el sujeto, pero asignadas socialmente y que en la mayoría de los casos se vuelven irrenunciables. Pero considerar que la diferencia es sólo económica sería una simpleza, pues la desigualdad en lo económico deriva de otros factores, no necesariamente de la riqueza, por lo que es de primera importancia reconocer los signos de la desigualdad en nuestro tiempo.
Comencemos por la desigualdad en el acceso a la información, lo que implica quedar reducido a la condición de receptor de ordenamientos, pues su selección, contenido, orientación y vínculos es lo que limita el horizonte por quien administra la información. Ello significa ubicarnos en torno a la sociedad del conocimiento como sujetos que no pueden acceder a la posibilidad del procesamiento, pues sus tareas están siempre segmentadas y, por tanto, no alcanzan la posibilidad de generar conocimiento. Lo que en términos de la posición en la escala, reduce a la persona a una evaluación que lo coloca de modo necesario en una posición de superior a inferior, que lo lleva a situaciones que van desde la exclusión –lo que representa la marginalidad–, hasta la del ejecutor pasivo, eficiente y recomendable.
La importancia de lo anterior radica en que el ejercicio de la voluntad –que es el factor esencial de la libertad–, volvería al hombre impredecible, al regirse mediante su libre albedrío, lo que representa para el sistema un atentado contra cualquier posibilidad de prever su comportamiento. Para domarlo se erige frente al sujeto la racionalidad, que es la negación de la condición de ser libre, porque en esa condición el sujeto es regulable, reproductible y previsible en lo cotidiano. A fin de cuentas, para eso se creó la ciencia social, para convertir este atentado en norma capaz de regir a lo humano.
Anulada la libertad, hay que obligarlo a creer para qué dispone de valores que orienten su acción de modo previsible y guíen su mermada iniciativa, pues el comportamiento que externa es la llave para introducirlo a la posición de acceso a un mercado laboral, donde su realización dependerá, no de su deseo –que es el atributo humano que siempre desea alcanzar más–, sino de concebir la realización del Leviatán como un triunfo propio.
Ello significa quedar subsumido en la aceptación del horizonte de visión y condenado al espacio de la misión de la organización, donde su breve vida humana será consumida en la aspiración a llenar su existencia de mercancías.
A partir de lo anterior, el círculo se cierra en su capacidad limitada de propuesta, donde el poder de que está investida la sociedad del conocimiento determina lo verdadero como lo útil y funcional. Por tanto, la nueva jaula de hierro10 está construida y el hombre aprisionado dentro de ella.
Por tanto, la desigualdad se impone como consecuencia de las premisas que actúan como el comportamiento normal para alcanzar –de acuerdo con su nivel y con los medios disponibles– los fines que no son otros, sino aquéllos en los que se sustenta y posibilita la reproducción de la organización.
Un rasgo típico de la desigualdad que este modelo en construcción busca es que impide la agrupación y coloca cada posición como individual dentro de un continuum de diferencias que imponen situaciones particulares a cada sujeto. Desde este ángulo, la lucha de clases es sustituida por una competencia feroz de individuos, donde hay un desplazamiento constante de personas que, al igual que las mercancías, sólo tienen un ciclo limitado de posicionamiento y una corta existencia, como los productos en el mercado.
Esta movilidad se constituye en la exigencia de la vida de cada ser humano, al que se le impone –bajo modalidades distintas– la exigencia de migrar de sus lugares de origen, de cambiar de cultura, lenguaje y hábitos, de desintegrar la familia como condición de as- pirar a una ubicación personal, como acceso diferenciado a las oportunidades, al consumo. Pero lo más grave, a la pérdida necesaria de la identidad y pertenencia, a cambio de una sociedad que no ofrece más vía que la ilegalidad para permanecer durante los mejores años, para después desecharlos. Y de nuevo la resultante es la desigualdad, que coloca de manera diferenciada en roles y funciones a los sujetos, siempre bajo un nuevo esquema de poder.
En este sentido, la sociedad de la información es selectiva, inequitativa y excluyente en materia de su acceso; condicionante y determinante en cuanto a la ubicación funcional de los sujetos que pueden participar de ella. Asume los valores del consenso para posibilitar su realización. Regula las propuestas en su aceptación, rechazo o recuperación parcial de las iniciativas. Crea sus propias figuras para encabezar el liderazgo sobre las propuestas que busca concretar en derredor de metas y objetivos, por lo que las regula a partir de la disposición o no de sus medios. Por otra parte, crea comportamientos ajustados a sus perfiles de desempeño, y en función de estos atributos integra o desintegra.
Por tanto, una sociedad de la información constantemente se construye y de construye, pues no hay elementos que permanezcan en el sistema de modo permanente, por lo que tiene la capacidad adaptativa de modificarse a los ritmos del ambiente como condición de mantener su existencia.
LOS VALORES DEL POSTCAPITALISMO
Los valores son la guía de la acción humana, y al concretarse, el hombre construye en su entramado de relaciones lo que denominamos Estructura Social,11 que no es otra cosa sino un complejo institucional, donde descansa el ejercicio cotidiano del poder. Bajo esta consideración el mundo anterior a la era del predominio del capital se sustentaba en el mito de la fe y la creencia, cambiando sus objetos en Occidente de manera tal que en Grecia predominaron la ética, la estética y el pensamiento abstracto. En Israel la fe. En Roma la dominación, el derecho y el placer. Dios en el Medioevo Occidental. El Islamismo representó la recuperación, la generación de la cultura y la coexistencia entre creencias. La idea del hombre y la estética fue central en el Renacimiento. Para el Absolutismo, fue la idea de que el orden de la naturaleza debía corresponderse al orden social. Y al arribar la era contemporánea, fueron la razón y la ciencia las que marcaron el inicio de los grandes cambios. Por lo que vemos que, en su espacio y tiempo, cada cultura desarrolló sus ideas dominantes.
A partir de finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX surgió el mito del individuo y la libertad, por las vías de la filosofía alemana y la ilustración, en las cuales la problemática central fueron las interrogantes kantianas:12 ¿qué puedo conocer?, ¿quién soy?, ¿qué puedo hacer? y ¿qué puedo esperar?
Al arribar el siglo XX, se instituyó el mito del progreso, y las preguntas centrales fueron: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿hacia dónde voy?, ¿cómo seremos? Y el orden perfectible está en el futuro que hoy construimos, que no fue otra cosa más que el disfraz de los estados totalitarios de todo signo.
Hoy, en el siglo XXI, se están constituyendo con una enorme rapidez los mitos de la posmodernidad y del escepticismo y las preguntas son: ¿seremos?, ¿qué tengo?, ¿qué puedo hace?, ¿qué puedo alcanzar? Y se va, del sentido de la libertad que antes nos daba el horizonte de futuro, a la idea de que la verdadera libertad no puede tener sentido como guía frente a un porvenir que nada nos garantiza. Por lo que ya no es posible ceder libertad a cambio de seguridad y satisfacción de la necesidad.
Hay que admitirlo, nos encontramos bajo nuevas preguntas y las respuestas no podrán ser únicas, porque los valores derivados han cobrado múltiples significados y, por tanto, están orientados en todas direcciones. Bajo esta atmósfera, los valores centrales del capital no han sido cambiados en su fase nominal, pero sí han sido redefinidos de una manera radical.13
De esta forma, el post-capitalismo se instaura como una reorientación tajante de lo que antes fue el principio central del capitalismo originario que era la propiedad, que hoy queda disuelta en su capacidad de acceso. Porque, ¿quién puede asegurar qué es lo que tiene, cuando esta idea de propiedad es tan sólo inmediata, pues se nos ha sustituido la propiedad por la posesión.
Pensemos tan sólo en la crisis hipotecaria de 2008, que condenó a la pérdida de lo más importante: la vivienda de millones de personas, por la especulación en bienes raíces que jamás los Estados regularon, sino que dejaron pasar de manera criminal, para dejar en condición de desahucio a millones de familias.
El valor de la seguridad, que el Estado traduce hoy como vigilancia y castigo, bajo formas más sofisticadas que ni el propio Foucault pudo haber advertido, pues ahora se penetra, no sólo el espacio público y privado, sino que se arriba a la intimidad misma de la persona, a pesar de lo que pusieron al descubierto los casos de Wikileaks y Snowden, que son denuncias abiertas al nuevo orden de cosas, donde la información se ostenta como capacidad de decisión, pero que queda constreñida al no existir ni la privacidad, ni el derecho a la intimidad.
La igualdad jurídica es tan sólo un mito que los Estados son incapaces de impartir, pues la igualdad se quiebra desde su base al limitar su acceso, de acuerdo con las circunstancias de nacimiento, condición migratoria o capacidad económica, entre otras, para poder introducirse mediante abogados en los vericuetos del Derecho.
El valor de la competencia no es ya el mito de la superación, sino de la lucha por mantenerse en una posición que siempre será efímera y, por tanto, con la posibilidad de ser desplazado, por lo que la evaluación es una forma de introducir la descalificación del sujeto a partir de la subjetividad de un poder que elimina o rechaza, al no poder satisfacer las demandas.
La noción misma del bienestar que está contenida en la definición de la salud en los ámbitos biológicos, sociales, ambientales y mentales no pasa de ser una utopía inalcanzable en un mundo donde el consumo cotidiano no es más que fórmulas de ingenierías de alimentos, semillas transgénicas, carne con hormonas para rápido crecimiento; donde el ejercicio físico es un vano esfuerzo por realizarse en un ambiente contaminado; donde en las relaciones interpersonales prima la distancia social, y en el ámbito de la estabilidad emocional los sujetos tienen que coexistir en largas terapias grupales, que sólo contribuyen a su descalificación.
La democracia, a la que se le ha hecho sinónimo de elegir entre opciones marcadas por partidos, no se sustenta en principios, sino en frases huecas de mercadotecnia política, sin ninguna vinculación con las necesidades del sujeto, sustituyendo toda forma de participación social.
Derecho a manifestarse es tan sólo una larga espera que las instituciones imponen a los demandantes, hasta que su agotamiento cesa con el tiempo, lo que reivindica la interrogante de ¿qué puedo hacer?
Finalmente, en un mundo que sólo administra los conflictos, regula las aspiraciones y se desfoga en las guerras, donde la violencia ilimitada se ejerce, no sólo entre Estados, sino que admite la asimetría de conflictos entre Estados frente a actores no estatales –como es el caso de las distintas formas en que se presenta el crimen organizado, que ha penetrado a las instituciones mismas que supuestamente lo combaten–.
El mundo de hoy es efímero, como la idea del poder que sólo se conjuga en presente, porque en pasado es nostalgia y, en futuro, especulación. Por ello, el post-capitalismo hoy se nos presenta bajo los rostros de una globalidad: que no integra, sino que excluye; que todo reclama, pero que no da nada; que no promete, porque no tiene forma de generar valores que constituyan sus fuerzas morales que comprometan a los seres a luchar por ellas.
En síntesis, hemos llegado al fin de la ilusión.
EL ESPÍRITU DEL POST-CAPITALISMO
El post-capitalismo representa una fase del capital donde se han rebasado las condiciones de su origen. Por lo que la propiedad ha sido sustituida por el control; la libre competencia en el mercado ha derivado a una fase oligopólica y corporativa; el trabajo vivo ha sido desplazado por la automatización creciente en las más diversas ramas; la desigualdad no sólo es económica, sino que ha sido ampliada por diversos criterios de inclusión y selección; la riqueza se ha concentrado en muy pocas manos, polarizándose con la pobreza extrema de las mayorías; los saberes profesionales han derivado a ingenierías de ejecución; el imperialismo se ha transformado en globalidad; y las viejas ideologías con valores de una moral cívica y laica han sido relegadas por la publicidad y la mercadotecnia.14
Todo ello presidido por una lógica sistémica que sustituye las estructuras piramidales por redes, donde el liderazgo no está en la cúspide, sino en la capacidad de enlace entre información y decisión, dejando al margen los espacios que antes eran propios de los Estados Nacionales, y donde los sistemas de integración y conflicto son desiguales, asimétricos y verticales.
En la base misma del mundo actual la sociedad que en el siglo pasado catalogábamos como moderna ha envejecido, después de quebrar resistencias fuertemente arraigadas en el pasado. Al romper la base rural en que descansaba el mundo anterior; desintegrar la familia; quebrar las identidades nacionales y regionales; desarraigar a los sujetos de su cultura y espacio; generar rupturas generacionales en cuanto a expectativas; incorporar de una manera inequitativa, generando con ello nuevas prácticas de exclusión.
De hecho, la modernidad globalizante está fincada en todo un sistema de complejas rupturas. Aquí pretendemos tan sólo caracterizar algunas de ellas:
La primera y más dramática es la ruptura hombre vs naturaleza, pues representa nuestro origen, y que se manifiesta en la profunda crisis ecológica frente al riesgo del efecto invernadero, el deshielo de los polos y el aumento del nivel del mar. Unido a la desaparición de especies, al crecimiento urbano sin planeación ni concierto, y quizá –lo más grave– a la ausencia de una conciencia colectiva que cuestione a las corporaciones y a las comunidades sobre los excesos cometidos.
La ruptura entre razón y sentir que muestra la tragedia humana es cotidiana, pues la razón orienta al ser humano a la búsqueda de resoluciones y opciones, mientras que el sentir mueve su voluntad. Esta condición a la que ha llegado el ser humano es lo que crea una ciencia sin conciencia, una técnica sin personas y una pérdida del sentido, al no mostrar hacia qué y hacia dónde nos dirigimos.
La ruptura hombre-sociedad, que cobra expresión en la desintegración de la familia, en la tendencia hacia un individualismo extremo, en la incapacidad de aproximarse y reconocerse en el otro, al esconderse tras el velo de un mundo lejano y virtual, donde dominan la soledad y el desamor.
La ruptura Estado-corporación, que se manifiesta en el debilitamiento de la institucionalidad del Estado frente al predominio creciente de los actores no estatales, como es el caso de las corporaciones multinacionales y del crimen organizado. En el primer caso estamos en presencia de Estados que sucumben frente a la presión de los organismos financieros y de poderosas corporaciones que regulan el comercio mundial y, en particular, las dedicadas a la venta de alimentos y armas, frente a las cuales no hay mecanismos de apelación.
La ruptura entre la capacidad de crédito y la posibilidad de pago es un caso que hay que manejar con sumo cuidado, pues lo mismo afecta a países, que a empresas o a personas, donde lo sorprendente es saber cómo fueron creciendo los pasivos, acumulando altos intereses en adquisiciones e inversiones del todo inciertas, pero que conducen hoy en día a crisis prolongadas en cuya resolución van sociedades completas al sacrificio, estén o no involucradas en el déficit.
La ruptura base-dirigencia, en el ámbito de la gestión que se hace presente por el crecimiento de la organización, lo que ha llevado a un aislamiento de la dirigencia frente a las bases que las miran como algo lejano e inaccesible, sin pensar que la vinculación entre ambas es el principio para integrar los niveles de dirección y ejecución, que es el fundamento del control.
La ruptura entre ciencia y cultura, que operan en una relación bajo valores y orientaciones distintos, en la que la ciencia ha quedado envuelta entre la practicidad de lo útil y lo inútil, frente a la identidad y pertenencia cultural que manifiestan un desfase entre los valores que hoy guían la práctica científica, sometida por los mecanismos de inversión de los fondos de investigación y desarrollo frente a los intereses y derechos de la humanidad.
La ruptura entre educación y empleo se forma a partir de una educación para ayer, que no corrió en paralelo al desarrollo científico técnico, lo que genera un proyecto carente de referencias y bases con respecto a la ocupación. Por lo que la educación queda sometida por los cuatro jinetes de la apocalipsis educativa: ineficacia, impertinencia, irrelevancia e ingobernabilidad.15
La ruptura entre educación e ingreso representa la pérdida de la expectativa en la que se movió la educación al término de la Segunda Guerra Mundial, lo que trajo aparejado la explosión de la matrícula y la expectativa de movilidad a través de la formación. Hoy en día preparamos a un profesional para puestos que ya no existen, para prácticas profesionales que han sido modificadas, para procesos que ya son obsoletos y con saberes que han sido agotados. Por tanto, la expectativa de movilidad ha quedado pendiente para las generaciones actuales.
Finalmente, estamos en presencia de una ruptura entre intención y hecho, que también puede traducirse entre deseo y realidad, que se miran como incompatibles, donde el deseo aparece como una utopía que se mira inalcanzable frente a una utopía negativa, que es la de una realidad resultante que cuesta trabajo asumir, porque lo deseable no fue posible ante lo real que se mira como inadmisible, pero que se sabe que costó mucho esfuerzo en realizarlo, aunque nadie lo quería. Esta estupefacción es propia frente a la guerra, capaz de destruir en segundos lo que generaciones se esforzaron en hacer; cuando no admitimos los pogromos y la intolerancia cotidiana; cuan- do todavía no alcanzamos a comprender la magnitud de la riqueza concentrada en muy pocos, frente a la miseria de millones.
CONCLUSIONES
Todas estas rupturas desembocan en que los tres grandes fines de la sociedad que alguna vez conocimos se han derrumbado. Donde la triada de libertad, democracia y bienestar aparece sustituida por autoritarismo, miseria de una sociedad productiva y reducción de los espacios de elección. Pero lo más grave, el valor que generaron las revoluciones democrático-burguesas de los siglos XVIII y XIX de la fraternidad ha sido abandonado –y en él radican el amor, la identidad, el sentir que pertenecemos a una comunidad y la necesidad de convivencia– hoy ha sido sustituido por una virtualidad que proyecta futilidades o es la vía de la evasión mediante las distintas formas de adicción.
¿Es posible hoy en día crear controles para democratizar el Capital, cuando los propios Estados Nacionales han quedado como sus subalternos?16
La humanidad no ha muerto aún y las opciones son: el suicidio de mantenerse linealmente dentro de la línea vertiginosa que nos impone el Capital actual; la exigencia que demanda cambiar el rumbo, buscando las reformas para encontrar vías de redistribución de la riqueza, entre otras cosas; o la necesaria destrucción del Capital, por atentar contra toda forma de vida. Pero esto también sería nuestra extinción civilizatoria.
Por eso, hoy, la respuesta está en el viento...
BIBLIOGRAFÍA
1 DURKHEIM, E. (1972). De la división del trabajo social, Buenos Aires, Schapire.
2 FREELAND, Ch. (2011). The Rise of the New Global Elite, EUA, The Atlantic.
3 HABERMAS, J. (1991). Problemas de legitimación en el capitalismo tardío, Buenos Aires, Amorrortu Editores.
4 KANT, E. (1962). Lógica, introducción a la filosofía, México, Editora Nacional.
5 KNAUTH, L. et al. (1987). Política y pensamiento político en Japón 1926 -1982, México, El Colegio de México.
6 LIPOVETSKY, G. (1996). El crepúsculo del deber, Barcelona, Editorial Anagrama.
7 LUXEMBURGO, R. “La Doctrina de Marx”, Obras Escogidas, II Tomos, Bogotá, Editorial Pluma.
8 MARX, K. (1974). El método de la economía política, México, Editorial Grijalbo.
9 MILLS, C.W. y GERTH, H. (1963). Carácter y estructura social, Buenos Aires, Paidós.
10 MITZMAN, A. (1976). La jaula de hierro, una interpretación histórica de Max Weber, Madrid, Alianza Editorial.
11 PIKETTY, Th. (2013). El capital del siglo XXI, México, Fondo de Cultura Económica.
12 PIKETTY, Th. (2015). La crisis del capital en el siglo XXI. Crónicas de los años en que el capital se volvió loco, México, Siglo XXI Editores.
13 PRAWDA, J. y FLORES, G. (2001). México educativo revisitado, México, Editorial Océano.
14 SOMBART, W. (1972). El burgués, Madrid, Alianza Editorial.
WEBER, M. (1974). Economía y sociedad, México, Fondo de Cultura Económica.
15 SOMBART, W. (1983). “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, Ensayos sobre Sociología de la Religión, Tomo I, Madrid, Taurus.
Notas