Artículo

Factores de expulsión y retención en la decisión migratoria de jóvenes rurales en Manizales, Colombia

Expulsion and retention factors in the migration decision of rural youth in Manizales, Colombia

Marlon Javier Méndez-Sastoque
Universidad de Caldas, Colombia

Factores de expulsión y retención en la decisión migratoria de jóvenes rurales en Manizales, Colombia

InterSedes, vol. 17, núm. 36, pp. 36-72, 2016

Sedes Regionales

Recepción: 19 Julio 2016

Aprobación: 21 Octubre 2016

Resumen: En respuesta a una preocupación local: ¿por qué los jóvenes no quieren permanecer en el campo?, desde una perspectiva analítico-descriptiva, se identifican los factores de retención y expulsión de jóvenes habitantes de la zona rural del municipio de Manizales, Colombia, integrantes de familias campesinas. A partir del análisis de testimonios de actores vinculados al proceso migratorio, se identifican cuatro factores principales: a) oportunidades laborales, b) acceso a activos productivos, c) particularidades del entorno socioeconómico familiar, y d) educación y profesionalización. Se concluye que, independientemente de la elección, quien se quede o decide partir debe hacerlo en posesión de una serie de instrumentos que le permita proyectar una vida digna bien sea en el campo o la ciudad.

Palabras clave: migración rural, jóvenes rurales, desarrollo rural, dinámicas sociales rurales.

Abstract : In response to a local concern: why young people do not want to stay on the country side area, from an analytical-descriptive perspective, retention and expulsion factors of young people, members of farming families, in the rural area of Manizales, Colombia, are identified.

From the analysis of testimonies of actors involved in the migration process, four main factors are identified: a) employment opportunities, b) access to productive assets, c) characteristics of family socioeconomic environment, and d) education and professionalization. It is concluded that regardless of the election, who decides to stay or leave should do in possession of a number of tools that will allow a dignified life project either in the country site or the city.

Keywords: rural migration, rural youth, rural development, rural social dynamics.

Introducción

En Colombia, la marginalización, la desigualdad en los ingresos, las disparidades regionales y la existencia de amplias brechas sociales entre lo urbano y lo rural son fenómenos vigentes principalmente concentrados en las áreas rurales. En estas zonas, la pobreza y la pobreza extrema (46,1% y 22,1%, respectivamente) superan los niveles reportados para el medio urbano (30,3% y 7%) (Parra et al., 2013, 16). En términos generales, la inequidad en la distribución de los recursos tierra y agua, las dificultades de acceso de los pobladores rurales al capital productivo, el bajo acceso a servicios sociales (salud, educación, agua potable, gas domiciliario), la carencia de vivienda en condiciones dignas, todo esto sumado al conflicto armado interno, contribuye a mantener las condiciones de pobreza.

Bajo estas condiciones, la migración aflora entre los jóvenes del campo como una alternativa de superación o fuga de las restricciones sociales y económicas a las que como miembros de familias rurales se encuentran cotidianamente sometidos. Para ellos, migrar constituye una estrategia de sobrevivencia, de ruptura de ciclos de pobreza, la esperanza en un futuro con menos limitaciones, usualmente forjado en un medio distinto al rural, con capacidad de brindarles lo que se les ha negado. Llenos de expectativas, algunos más preparados que otros, migran a un sitio de destino con condiciones superiores a la del lugar de origen, inicialmente percibido como acogedor e inclusivo.

No obstante, así las condiciones cambien positivamente, es decir, aunque en el ámbito rural particular de vida se avance en superar dichas carencias, entre algunos jóvenes allí situados, la decisión de migrar aún persiste, manteniéndose ligada a otras circunstancias.

Culturalmente, a pesar de los avances en la paridad social alcanzada en ciertos territorios rurales, la jerarquía que sobrepone lo urbano a lo rural continúa reproduciéndose entre los habitantes del campo e influenciando la decisión de algunos sobre quedarse o partir. Así en el medio rural se asegure el disfrute de ciertos bienes públicos (salud, saneamiento, educación, por ejemplo) y el mismo medio proporcione el acceso a fuentes de generación de ingresos, la representación que asocia vida en la ciudad y prosperidad logra sobreponerse a otras. En este sentido, bajo la dominancia del esquema de subordinación subjetiva que promulga que vivir y trabajar en el campo es de menor valía, la opción por migrar continúa siendo, para algunos, el camino a tomar (Magno et al., 2012, 308).

Es un preconcepto hoy imperioso entre muchos jóvenes rurales, aunque también por otros puesto en duda, debido a su mayor conocimiento sobre las dinámicas y problemáticas urbanas. Si bien “el mensaje que la sociedad colombiana ha dado a los pobladores rurales ha sido que su progreso y el de sus familias depende de abandonar el campo” (PNUD, 2011, 27), actualmente más jóvenes perciben que ésta no es la solución. Reconocer la existencia de una ciudad inequitativa y fragmentada, en la que también cohabitan la riqueza y la pobreza, donde el acceso a bienes públicos y empleo no está garantizado, orienta en estos jóvenes la decisión de permanencia. Es una elección que sobre todo cobra sentido cuando comparar lo propio con lo otro, teniendo en cuenta diferentes dimensiones, arroja una lectura positiva del contexto rural particular de vida.

Sin embargo, un espacio rural que brinde la posibilidad de acceder a múltiples bienes y servicios, elementos que hacen más fácil y amena la vida en el campo, no es en sí garantía de bienestar y permanencia. Para poder aprovechar dicha ventaja, las familias rurales deben tener con qué, circunstancia que no siempre se presenta. Las limitaciones económicas debidas a la inestabilidad del mercado agrícola, la escasez de fuentes alternativas de trabajo, el bajo acceso de los pequeños productores los medios de producción, la incapacidad de la actividad agrícola para absorber la totalidad de la fuerza de trabajo familiar, entre otras causas, hacen que emigrar en busca de empleo sea una acción previsible. En esta línea, jóvenes que quieren seguir viviendo en el campo, que dan valor a cualidades diferentes a las meramente económicas y desean continuar con la profesión de sus padres (la de agricultores, principalmente) encuentran limitaciones en el medio que les impide quedarse.

Con todo, aunque lo dicho aplica de manera general, especialmente señalando tendencias, es preciso también considerar que las respuestas a la disyuntiva entre quedarse o partir varían según las circunstancias de ocurrencia, es decir, de acuerdo con el tiempo y el lugar en que se es joven y se tiene que enfrentar dicho dilema.

En este contexto, como contribución al conocimiento local e, igualmente, como aporte desde lo microsocial al reconocimiento de la heterogeneidad del fenómeno migratorio, la investigación tuvo como fin identificar factores de retención y expulsión de jóvenes habitantes rurales en un sitio específico de estudio: la zona rural del municipio de Manizales, Caldas, Colombia. Más allá de la mera inquietud intelectual, la investigación fue motivada por una preocupación local: ¿por qué en Manizales los jóvenes del campo ya no quieren permanecer allí?, pregunta básica que ocupa principalmente la atención de los profesionales vinculados al servicio de extensión rural del gobierno municipal, solidariamente retomada por docentes vinculados al Departamento de Desarrollo Rural y Recursos Naturales de la Universidad de Caldas.

Contextualización sociogeográfica

Manizales, capital del departamento de Caldas, es una localidad intermedia de relieve montañoso, ubicada en la región centro-occidente del área andina colombiana, integrada al Eje Cafetero, también llamado Triángulo del Café, zona geográfica, económica, cultural y ecológica de Colombia, marcada desde sus inicios por el cultivo y la comercialización de café, producto que inició a irradiarse como base de la economía regional, hoy más diversificada en su estructura productiva (Valencia et al., 2013, 3).

Según el último censo realizado en Colombia, Manizales registró un total de 368.433 habitantes, concentrando el 93,8% en la zona urbana y el 6,2% en la zona rural. De los 442,54 km2 que componen el municipio, 8% corresponde a la zona rural, área fraccionada en siete corregimientos, en atención a condiciones agroecológicas equivalentes.

Sobre el uso productivo de suelo, el 67% del área está destinada a la producción de café, predominando en número la pequeña propiedad. Del total de predios cafeteros, el 82% corresponde a fincas menores de 4 hectáreas, cultivadas bajo un modelo de economía familiar campesina. El 1,2% a predios mayores de 80 ha, siendo el 0,23% superiores a 200 ha, casi todos dedicados a la producción intensiva y tecnificada del grano. Se estima un índice de Gini de 0,86, lo que da cuenta de la existencia de un alto número de predios con áreas productivas reducidas y de la alta concentración de la tierra en el municipio (Alcaldía de Manizales, 2014, 52).

En términos generales, sin desestimar la existencia de otros productos cultivados en menor cuantía (cítricos, frijol, guayaba, papa, tomate, cacao, entre otros), la dinámica agrícola local se desenvuelve alrededor de la caficultura.

En períodos de cosecha, principalmente en las grandes plantaciones, la demanda de mano de obra para la cosecha manual emplea casi la totalidad de integrantes de las familias de pequeños productores. Para éstas, vender su fuerza de trabajo es una actividad sustancial incorporada a sus estrategias de reproducción socioeconómica, circunstancia ligada a la dificultad de sostenerse sólo con lo producido en la finca propia, predios cada vez más pequeños debido a continuos procesos de sucesión.

Se trata de familias que hoy también afrontan la caída del precio internacional del café, la presencia de nuevos problemas sanitarios, el impacto de eventos climáticos agudos, el aumento del costo de los agroinsumos y el abatimiento de la institucionalidad paraestatal construida alrededor del cultivo, que han visto reducidos sus ingresos y su capacidad de ahorro y consumo (Barón, 2010, 125; Cano et al., 2012, 9-10). Sin ser el único motivo, esta situación ha inducido a algunos miembros de las familias a incursionar en actividades distintas a la producción cafetera o a abandonar el campo en busca de alternativas económicas, siendo la escolarización o el aprendizaje de un nuevo oficio no agrícola un paso significativamente valorado como necesario para una mejor partida (Méndez, 2011, 142).

En relación el acceso a la educación, el municipio cuenta con 16 instituciones educativas rurales, distribuidas en 55 subsedes, que en conjunto cubren cuatro niveles formativos: preescolar, básica primara, básica secundaria y media (Alcaldía de Manizales, 2014, 122). A esta oferta se suma el Programa de Educación para el Trabajo, que incluye el proyecto “Universidad en el Campo”, que desde el 2010 permite la articulación de los estudiantes de educación media a programas técnicos y tecnológicos (educación superior) ofrecidos por universidades locales.

Sobre el disfrute de otros bienes públicos sociales, la cobertura de agua potable en la zona rural del municipio es del 75,65% y se cuenta con servicio de recolección de basura en todos los corregimientos. De los 209 km de la red vial básica rural, un 76% se encuentra en buen estado y el restante puede ser clasificado como regular. La cobertura del servicio de energía eléctrica es del 99% y la percepción de seguridad reportada por los propios habitantes rurales es del 82% (Alcaldía de Manizales, 2014, 146-152). De acuerdo con el más reciente Informe Anual de Calidad de Vida de Manizales, “el 91% de los encuestados que habitan en la zona rural se encuentran satisfechos con los servicios básicos domiciliarios recibidos (Programa MCV, 2015, 51)”; dato acorde con la percepción del municipio como un buen lugar para habitar, recurrentemente expuesta por los habitantes del campo y la ciudad.

En contraste con esta percepción, el mismo informe reporta que un alto porcentaje de ciudadanos considera que en el municipio es difícil conseguir trabajo (51%) o crear empresa (67%), situación que evidencia la desconexión entre el avance en la dotación de bienes públicos sociales y la inclusión productiva, proceso que pasa por la generación local y regional de más fuentes de ingreso, incluyendo las dirigidas a los habitantes del campo.

En términos generales, los datos y situaciones descritos corresponden aquellos que permean la vida de las familias y los jóvenes rurales locales, útiles para ubicarlos en contexto, reconociendo aspectos que de una u otra forma influyen sobre sus vidas cotidianas y, en particular, sobre la decisión asociada a quedarse o partir.

Metodología

Asumiendo como premisa orientadora que no existe homogeneidad en la juventud rural, que la condición juvenil es vivida en diferentes escenarios sociales que les otorgan a los jóvenes múltiples peculiaridades (Dayrell, 2007, 1108) y que las “juventudes surgen como grupos sociales diferenciados, con particularidades y especificidades en cada sociedad y cada intersticio de ella (Duarte, 2001, 67)”, el primer paso en la investigación fue definir de qué jóvenes se iba a tratar.

Adoptando este criterio se acogió como factor de diferenciación principal la pertenencia a un lugar específico: la zona rural cafetera del municipio de Manizales, Colombia, medio en que la mayoría de los jóvenes estudiados construyen sus distintas formas de ser, pensar y actuar, influenciados por la cultura, la tradición, la historia y la dinámica socioeconómica local y regional, condicionantes que confieren a sus vidas un matiz particular.

Se optó por esta vía como forma de asegurar su concepción como actores integrados a un entorno social específico, evitando así correr el riesgo de asumirlos como sujetos aislados y encapsulados en un mundo exclusivo para ellos. Acogiendo lo expuesto por Wanderley (2007, 31), se parte de que el objeto de investigación seleccionado (los factores de expulsión y retención de jóvenes en el campo) “únicamente puede ser entendido, a profundidad, en un marco más general, que incluya muchas situaciones concretas, correspondientes a la diversidad de las experiencias de vida de los jóvenes rurales”.

Como se anotó en el apartado anterior, como particularidad primaria, en el municipio se es joven en un ambiente bastante permeado por la cultura del café. Los jóvenes nacen y crecen al interior de una familia que deriva su sustento de este cultivo. Asisten desde niños a una escuela en donde se les prepara para ser el “relevo” de los actuales productores cafeteros (sus padres y abuelos, principalmente). Socializan en un medio en el que las familias hoy todavía enfrentan los efectos de la crisis cafetera, donde el acceso a los activos productivos (a la tierra, principalmente) es escaso y el minifundio y el microfundio son las formas predominantes de tenencia.

Se es joven en la zona rural de un municipio capital de departamento. Se vive la juventud en un lugar donde la movilidad entre campo y ciudad se facilita por la proximidad física y la dotación de vías y medios de transporte. Se mora en una zona en el imaginario nacional reconocida como territorio de paz y bienestar, por algunos estimada perfecta y saludable para el descanso y una vida tranquila, además dotada de una admisible infraestructura en servicios públicos, que supera los promedios nacionales.

Se es joven en un contexto social y familiar en el que enviar a los niños y jóvenes a la escuela (a cursar la educación primaria y secundaria) es una práctica habitual, donde se asocia la escolarización a futuros niveles más altos de vida. Se vive y crece en un lugar en que la escuela secundaria es, para la mayoría de los jóvenes, el sitio o el modo en que viven la juventud: un escenario en el que “adquieren un estilo y un estatutos”, al pasar un tiempo significativo de sus vidas, además de estudiado y preparándose, “compartiendo espacios, juegos, ocio, alegrías, tristezas, que los articula como subgrupo dentro de sus comunidades” (Meneses, 2002, citado por Urteaga, 2011, 20).

Teniendo en cuenta las particularidades señaladas, para efectos de la investigación, se definió a los jóvenes participes del estudio como: individuos habitantes de la zona rural de Manizales, cuyas edades oscilan entre 15 y 22 años, miembros de familias campesinas que generan principalmente su sustento de la producción de café, sujetos aún económica y afectivamente dependientes de sus padres, dedicados la mayoría del tiempo a cursar la educación media, destinando parte a participar de las faenas agroproductivas familiares, en una etapa de búsqueda de opciones formativas vocacionales, ligadas a un próximo futuro laboral que les proporcione independencia.

Reconociendo que en el ámbito local la escuela secundaria es hoy el más importantes contexto de producción de juventud, se optó por conformar una muestra poblacional compuesta por cuatro estratos agrupados alrededor de la ésta: a) jóvenes que están cursando o pasaron recientemente por el sistema escolar, b) padres y madres de familia de jóvenes escolarizados, c) docentes y directivos de instituciones escolares locales, y d) miembros de instituciones públicas o privadas auspiciantes de programas y proyectos de educación rural.

Para identificar y caracterizar los factores locales de retención o expulsión y analizar las particularidades del contexto social que suscitan su emergencia, se optó por la vía analítico-descriptiva. La información requerida se obtuvo a partir de entrevistas abiertas individuales y grupales, alrededor de los siguientes ejes: a) situaciones que suscitan en los jóvenes rurales el deseo o la concreción de la idea de quedarse o partir, b) condicionantes socioeconómicos familiares que influyen sobre las decisiones migratorias, c) particularidades del contexto (de origen y destino) con repercusión sobre dichas resoluciones, y d) fundamento y trasfondo de las medidas locales para la retención poblacional.

Se hicieron 36 entrevistas, entre abril y noviembre de 2015, distribuidas así: 10 a jóvenes estudiantes que en su momento cursaban el último año de la formación secundaria (grado 110), 6 a jóvenes que egresaron de colegios rurales hace máximo 3 años, 3 a grupos de estudiantes de 10o y 110 grado, 7 a padres y madres de familia, 6 a directivos o docentes de instituciones educativas rurales y 4 a funcionarios de instituciones promotoras y ejecutoras de proyectos de educación rural con presencia en el ámbito local. El tamaño de la muestra se definió usando la técnica de saturación. Se dejó de entrevistar e integrar nuevos casos al detectar que el contenido de las entrevistas se hacía repetitivo, por lo que entrevistar a una mayor cantidad de sujetos poco sumaba a los datos ya obtenidos (Morse, 1995, 147).

Una vez transcritas las entrevistas, adaptando lo propuesto por Attride (2001, 390-394), los pasos seguidos para el tratamiento y análisis de información fueron, por: a) lectura repetitiva de textos, b) detección y agrupación de situaciones recurrentes alrededor de los motivos para quedarse o partir, c) identificación de categorías descriptivas (factores de expulsión o retención) emergente, d) conformación de unidades de registro por categoría, y e) análisis contextual por unidad de registro.

Resultados y discusión

El análisis de información permitió identificar 4 factores principales de expulsión/retención, enseguida descritos y analizados en función de develar la influencia de cada uno sobre la decisión de los jóvenes locales sobre quedarse o partir.

Oportunidades laborales

Ante la indivisibilidad del ingreso y el producto del trabajo como característica intrínseca del sistema económico campesino, después de culminar la educación media, para los jóvenes rurales locales, poder emplearse en el mismo sitio rural de origen, es decir, conseguir un trabajo en su espacio geográfico inmediato y generar así recursos propios no colectivizados, es un factor que incentiva y favorece su permanencia en el campo. Para ellos, ganar de esta forma independencia económica supone poder vender localmente su fuerza de trabajo, aspirando a ocupar las plazas allí mismo generadas.

Para el caso particular, estas opciones son en primer lugar las asociadas a la producción de café en fincas de mediano o grande porte, donde, a diferencia de las pequeñas explotaciones dependientes de la fuerza de trabajo familiar, el trabajo asalariado es el que prima. A las vacantes disponibles para ocupar los cargos de administrador de finca, mayordomo, vigilante o trabajador doméstico, se suma otra de mayor requerimiento en número, principalmente surgida en época de cosecha: la vinculación como recolectores de café.

De estos oficios, los correspondientes a cargos permanentes de dirección, manejo de cultivo y cuidado del predio (administradores, mayordomos, cuidadores o trabajadores domésticos) son destinados a “adultos responsables”, “a gente con más camino recorrido” o “a personas ya hechas y derechas”, percepciones dominantes entre los dueños de las plantaciones, que niegan a los jóvenes la posibilidad de ocuparlos. En contraposición, aquellos que requieren menor grado responsabilidad, como los pagados por labor realizada (principalmente los cargos de recolector o cortador de árboles a reponer), trabajos regionalmente etiquetados como los peor remunerados y de menor reconocimiento social, sí suelen incluir a jóvenes locales: “muchachos todavía loquitos, aún medio irresponsables”, que han aprendido y practicado el oficio al interior de sus familias.

Sobre esta distinción que conjuga lo intergeneracional con lo laboral, un joven local señala lo siguiente:

Si yo me quedo acá en el campo, lo que hay para mí es dedicarme a coger café. Así me gradúe como técnico o tecnólogo en producción cafetera, nadie me va a contratar como gerente o administrador. Así yo tenga el conocimiento, así yo haya estudiado, aquí nadie va a confiar en un joven de 19 años como yo, pues todavía me ven como a un muchachito incapaz de asumir responsabilidades serias (L. Giraldo, comunicación personal, 22 de mayo de 2015).

En este caso, en términos de vinculación laboral, ser joven es motivo de desestimación y exclusión, elemento que indirectamente se convierte en factor de expulsión. Expulsa en la medida en que las normas operantes en el medio incluyen la edad cronológica y la percepción de madurez (moral, cognitiva, emocional) como criterio de selección laboral, en un contexto en que la formación recibida por los jóvenes (en este caso tecnológica/universitaria) no es suficiente por sí sola para generar confianza entre los empleadores. Responsabilidad, conocimiento y experiencia son atributos apenas reconocidos en personas mayores o adultas.

Así, aunque existe la demanda de perfiles acordes con la formación recibida (técnicos y tecnólogos en producción cafetera, cuyo perfil profesional los habilita para la labor de administradoresmayordomos), el hecho de ser jóvenes, categoría en este caso asociada a inexperiencia, irresponsabilidad e inmadurez (Foracchi citado en Castro, 2009, 161), los inhabilita para ocupar las vacantes disponibles. Es una visión predominante, afín con un modelo binario que contrasta juventud y adultez, que identifica a los jóvenes con el disfrute de cierta moratoria social que les permite, aunque con restricciones, vivir sin angustia y responsabilidad (“entusiasmarse con cualquier otra cosa y dejar el trabajo tirado”), que limita todavía más las oportunidades disponibles e incita la búsqueda de opciones fuera del lugar de origen.

Ante esta situación, para quienes deciden quedarse, emplearse como recolectores es la alternativa que resta, actividad que en el entorno local y regional continúa siendo una labor de subsistencia, generalmente realizada por trabajadores temporales sometidos a condiciones laborales deplorables, que en mayoría acreditan mínima escolaridad. Como señala Castaño (2010, 100-104), cosechar café es una actividad simple pero dura en términos de exposición a las inclemencias climáticas (realizada al sol y al agua en condiciones topográficas de alta pendiente), que carece de un trato justo en términos de salario y formalidad contractual (contratos verbales que sobreexpone a los trabajadores a los arbitrios del empleador, no disfrute de prestaciones laborales), con muy bajo reconocimiento social, a pesar de su importancia para la caficultura y la economía regional y nacional.

Se trata de una actividad desvalorizada, no acorde con las expectativas de los jóvenes, quienes, en general, contando con mayores grados de escolaridad, aspiran a “mejorar la condición de vida, consiguiendo un trabajo menos duro y que sí de garantías [contractuales] (D. Duque, comunicación personal, 19 de junio de 2015)”, en el que les sea reconocido su esfuerzo formativo, opciones que el propio medio rural de vida por lo menos actualmente no está en capacidad de otorgar.

En términos generales, las oportunidades brindadas por el medio rural local suscitan en los jóvenes la evitación y la partida, es decir, la decisión de emigrar a otras zonas (bien sea rurales o urbanas, alejadas o aledañas), en busca de opciones más acordes con su escolaridad y expectativas de vida, para cuyo ejercicio ser joven no sea una condición restrictiva.

Pero si esto es así, ampliando el campo de movilidad un tanto más allá del círculo inmediato, ¿qué alternativas u opciones sustitutas brinda el mismo contexto local?

Dentro de la política municipal de empleo, la instauración de compañías de call center y contact center bajo la modalidad de outsourcing ha surgido como estrategia específica para mejorar la condición de vida de uno de los sectores demográficos con más dificultades de empleabilidad y mayor índice de desempleo: los jóvenes entre 18 y 25 años (Castro y Soto, 2013, 5), actividad que actualmente en Manizales emplea a más de 6000 trabajadores (Castro y Serna, 2016, 206). Si bien la estrategia está principalmente dirigida a jóvenes citadinos, ocuparse como operador telefónico aparece hoy entre las expectativas y posibilidades concretas de los jóvenes rurales locales, en un contexto de articulación, proximidad y relativamente fácil movilidad entre el campo y la ciudad:

Cuando me gradúe lo que quiero hacer es estudiar enfermería, pero antes tengo que trabajar por lo menos un año para ahorrar y ayudarle a mis papás a pagarme los estudios. Algo que he pensado es poder trabajar en el call center. Una prima mía trabaja allá y me ha contado que es un buen trabajo y que siempre están recibiendo hojas de vida y seleccionando gente (L. Torres, comunicación personal, 12 de marzo de 2015).

Es un trabajo formal que, a pesar de la instabilidad causada por vinculación por contratos temporales y la subcontratación, los hace acreedores de seguridad social, seguro contra riesgos profesionales, afiliación a cajas de compensación familiar y pago de cesantías, por el que reciben un salario alrededor del mínimo establecido por ley, condiciones difícilmente encontradas en el contexto rural (Farné, 2012, 13). También es una actividad asociada al uso intensivo de tecnología, mas que no requiere necesariamente fuerza de trabajo especializada (Castro y Soto, 2013, 15), que vincula sobre todo bachilleres (personas que han culminado el ciclo de formación secundaria), requisito cumplido por los jóvenes rurales actualmente empleados y los que aspiran a un puesto allí.

Otras alternativas no directamente asociadas a políticas locales son, entre las más señaladas, emplearse como vendedores en almacenes de ropa, calzado o variedades, como empacadores o cajeros en supermercados e hipermercados o como agentes comerciales en negocios dedicados a la venta de servicios de telefonía móvil, establecimientos comerciales en mayoría localizados en el área urbana de Manizales.

Se trata de un mercado laboral que convoca y vincula a jóvenes hombres y mujeres con o sin experiencia, que para compensar esto último valora positivamente la formación en competencias laborales genéricas (CLG) recibida por los jóvenes en su paso por la educación secundaria: “las requeridas para desempeñarse en cualquier entorno social y productivo, sin importar el sector económico de la actividad, el nivel del cargo, la complejidad de la tarea o el grado de responsabilidad (Ministerio de Educación Nacional, 2006, 6)”, en Manizales ofrecida gracias al proyecto “Educación media rural con profundización para el trabajo”, auspiciado por el Comité de Cafeteros de Caldas en alianza público-privada con otras instituciones regionales (PROCASUR, 2013, 8-10).

Igualmente en relación con la falta de experiencia, oportunidades abiertas por el Ministerio de Trabajo también son aprovechadas por los jóvenes rurales locales. Un caso actual es el programa nacional “40.000 primeros empleos”, en Caldas coordinado por COMFA, la caja de compensación familiar departamental, que facilita el encuentro entre jóvenes entre 18 y 28 años (bachilleres, técnicos, tecnólogos y profesionales) y empresas legalmente constituidas dispuestas a ofrecer vacantes ajustadas al perfil de jóvenes sin experiencia formal relacionada con su área de estudio (MINTRABAJO, 2015), programa al que mínimamente se vinculan empresas asociadas al sector agropecuario.

En conjunto, se trata de oportunidades principalmente no agrícolas brindadas por el entorno local que, en medio de un estado de estrechez laboral (menor número de puestos disponibles respecto al de desempleados existentes), no son garantía de ocupación efectiva, pero sí una alternativa a las oportunidades agrícolas disponibles. Son opciones que permiten tomar decisiones intermedias: vivir en el campo y trabajar en la ciudad, cuando optar por ellas no obligatoriamente implica cambiar de sitio de residencia, situación que promueve la emergencia de nuevos arreglos socioespaciales fundados en flujos entre lo rural y lo urbano, que relativizan u ofrecen caminos distintos a la iniciativa concluyente de quedarse o partir.

En este caso, la localización de los jóvenes en un espacio rural física y funcionalmente conexo con un espacio urbano constituye una ventaja y un factor de retención, peculiaridad que directa o indirectamente les da la posibilidad de extender sus márgenes individuales de maniobra a otras partes constituyentes del espacio ampliado de vida. Para el caso de estudio, la ampliación del tamaño y la diversidad del mercado laboral es una de las prerrogativas más notables, convertible en factor de retención al fusionarse con la posibilidad de trabajar en el centro urbano colindante y mantener el sitio de habitación en la zona rural de origen.

Es una ventaja cuyo aprovechamiento también es beneficiado por la formación recibida en CLG, situación que en el medio local coadyuva parcialmente a subsanar una tendencia reportada por múltiples estudios: que los jóvenes migrantes a medios urbanos parten sin los saberes o aptitudes requeridos para insertarse al mercado de trabajo, hecho que acentúa su vulnerabilidad, dada la inoperancia en el entorno citadino de su acervo cognoscitivo agrícola o rural (Durston, 2001, 115; Bonfil, 2001, 533; Méndez, 2015, 318). En esta vía, la formación complementaria recibida, que en teoría los habilita para un buen desempeño en cualquier área laboral, al hacerlos menos vulnerables llegaría, si no a estimular la partida, a darles más grados de confianza en relación con su decisión de migrar cuando este es el camino elegido.

Con todo, es necesario advertir que emplearse o conseguir un trabajo no es para estos jóvenes la única alternativa. Ante el carácter poco alentador de las opciones disponibles en el medio de origen, poder iniciar su propio negocio, ser independientes, tener su propia tierra y dirigir sus propios cultivos, entre lo más señalado, es para algunos la vía prevista para alcanzar la anhelada independencia económica, medida que a su vez promueve la permanencia en el campo. Pero si esta opción se fundamenta en el acceso a activos productivos (tierra y capital financiero, prioritariamente), ¿qué tan factible resulta para ellos en el contexto social de referencia?

Acceso a activos productivos

Como argumentan Gallo et al. (2011, 102), refiriéndose a las rupturas y continuidades en proyectos laborales y profesionales en jóvenes rurales, la permanencia de estos actores en el espacio rural de origen es usualmente condicionada por las posibilidades que el medio les suministre para crear y poner en práctica proyectos personales o autónomos. Lograr esta autonomía, desarrollando actividades productivas, demanda a los jóvenes tener acceso a diversos medios de producción, especialmente tierra, crédito, tecnología y conocimiento, recursos no siempre disponibles.

Para el caso particular, la ganancia de autonomía a partir de la instauración de plantaciones propias de café y otros cultivos asociados es restringida por el acceso a dos de los principales activos requeridos: tierra y recursos financieros.

En relación con la tierra, acceder a este activo es para los jóvenes rurales una tarea difícil cuando el camino previsto para ello es la concreción del relevo generacional. Renovación que supone, siguiendo a Gasson y Errington (1993, 183): a) el retiro de la actual generación cuando cesa su trabajo y el poder sobre los activos integrados a la unidad productiva, b) el traspaso formal de la propiedad de la tierra y de los activos poseídos, y c) la cesión del gerenciamiento de la unidad productiva.

Sobre este tema, en el contexto de estudio, la permanencia del padre (jefe de familia y a su vez de la unidad productiva) hasta una edad avanzada limita la posibilidad de acceso temprano de los hijos a la tierra y pospone las expectativas de autonomía productiva:

Yo sé producir café, soy técnico graduado en producción cafetera de la Universidad de Caldas, sin embargo, lo que me falta es tierra y plata para producir. El conocimiento y las ganas las tengo, pero sé que solo tierra tendré cuando mis padres me la hereden, porque comprarla en estos tiempos es muy difícil. Sé que cuando esto pase yo no estaré tan joven. En ese tiempo yo ya tendré 40 años, y no sé si todavía estaré por aquí, o si estaré todavía interesado en cultivar café (A. Gómez, comunicación personal, 5 de julio de 2015).

En el ámbito local, escenario caracterizado por el aumento de la esperanza de vida, en concordancia con la tendencia señalada por Dirven (2002, 16) para varios países de América Latina, el traspaso del control tanto de los medios de producción como de la propiedad de la tierra en sí se realiza después del fallecimiento del titular, hecho que ocurre, para el caso específico, alrededor de los 75 años (ORMET, 2011, 66).

En estas circunstancias, que el relevo generacional no se dé entre jóvenes y personas mayores, sino entre personas de mediana y tercera edad (Dirven, 2002, 33), constituye un factor más de expulsión: al no ver cercano el retiro de sus padres, y en consecuencia la transferencia legal de la propiedad y la sesión de la administración de los sistemas productivos, la decisión de migrar para ganar autonomía cobra fuerza entre los jóvenes. Situación maximizada por la inexistencia de un sistema generalizado de seguridad social que cobije a los adultos mayores del campo, proveyéndoles una vejez digna con acceso a pensión y asistencia en salud (Rocha, 2014, 15), que hace que las generaciones precedentes continúen productivamente activas, trabajando la tierra hasta edades avanzadas, en detrimento del relevo.

También en relación con el acceso a este activo, la tradición local manda que todos los hijos e hijas hereden de los padres, casi siempre en partes iguales, “un pedazo de tierra”, hecho que les permite convertirse en propietarios, sin que esto llegue a ser una solución funcional. En un escenario en el que las extensiones de las fincas de los padres oscilan entre 0.7 y 1.3 ha, la división llega a ser tan extrema que su herencia pierde relevancia desde el punto de vista productivo, particularmente en una zona como la estudiada, donde unidades menores de 3 ha no generan los recursos suficientes para el sostenimiento de las unidades familiares (López, 2013, 283).

En estas circunstancias, la baja transmisibilidad del patrimonio, entendida como “la capacidad de un sistema familiar de dejar a la siguiente generación un capital mínimo que le permita continuar con el sistema (Tommasino, 2012, 170)”, representa un factor de expulsión. Éste es un hecho reconocido por las propias familias, las cuales, aun deseando que sus hijos den continuidad a la labor por ellos realizada (vale considerar que ésta no es una aspiración generalizada), con antelación saben que el lugar de algunos de sus hijos ha de estar fuera del campo:

Como padre yo soy consciente de que la tierra no da para todos. Como usted sabe, yo tengo tres hijos, el hijo mayor que es policía, el hijo que está terminando el [programa] técnico [profesional] en producción de café y la niña que está en séptimo de bachillerato. Lo que yo les quiero dejar es el estudio, los apoyaré hasta donde pueda, porque la tierra que les podré dejar cuando yo falte va a ser muy poquita y no les va alcanzar para vivir de ella (L. García, comunicación personal, 27 de agosto de 2015).

Ante este panorama, para algunos jóvenes locales acceder a la tierra vía compra ha sido la forma de salirle al paso al proceso de transferencia tardía del patrimonio familiar. Quienes lo logran se quedan en el campo al mando de su propia tierra y plantación, conduciendo su propio negocio, sin que quiera decir que conseguirlo sea sencillo. Convertirse en propietarios les ha significado trabajar en la misma agricultura, principalmente vendiendo su fuerza de trabajo hasta acumular el dinero requerido, acción combinada con recurrir a préstamos concedidos por sus padres u otros familiares, ante la dificultad que para ellos supone acceder al sistema crediticio formal.

En el contexto descrito, la dificultad de acceso a la tierra, hecho que a su vez obstaculiza el acceso al crédito, en la medida en que la propiedad de la tierra es la principal garantía hipotecaria exigida por la banca, constituye un factor reconocido de expulsión; problema que demanda crear nuevos productos adaptados a las necesidades y dinámicas de los jóvenes rurales (créditos blandos, capitales semillas, garantías especiales), práctica hoy poco atractiva para la banca privada.

Sobre esto último, cabe considerar que, a pesar de la existencia de políticas públicas que lo fomentan, el acceso de los jóvenes al crédito aún es incipiente. Leyes como la 1429 de 2010, que otorga a jóvenes rurales y urbanos menores de 28 años créditos para crear empresa con incentivos a la tasa y al capital, periodos de gracia, incremento de las garantías brindadas por el Estado y simplificación de trámites, entre otras prebendas, todavía no han tenido el efecto deseado. Sin estos beneficios, los jóvenes rurales con ideas de negocios, aquellos que quieren permanecer en el campo, crear allí empresa y generar autoempleo, ven coartados sus proyectos y expectativas, siendo en ellos predecible la decisión de partir, sobre todo en procura de trabajo.

En respuesta a esta realidad, en el contexto regional, como producto de la alianza entre la institucionalidad cafetera, el gobierno departamental y la empresa privada, surgió el proyecto “Nuevos Propietarios Cafeteros”, que permite a jóvenes y adultos entre 18 y 40 años adquirir una finca cafetera entre 3 y 4 ha; acceso permitido por el otorgamiento de un crédito hasta por 57 millones de pesos (USD$18.500, aproximadamente), con un plazo de pago hasta de 12 años, con dos años de gracia, sin codeudor y una reducida tasa de interés, a través del Banco Agrario de Colombia.

En el 2013, de los 1032 jóvenes inscritos al proceso de selección, 603 fueron preseleccionados y 5 recibieron, como prueba piloto, el crédito para la compra de la finca y el capital de trabajo (Comité Departamental de Cafeteros de Caldas, 2013), cifra que da cuenta de las limitaciones exhibidas por este tipo de iniciativas, que, a pesar de lo loables, son hasta ahora muy cortas en impacto y cobertura:

Lo que más trabajo nos ha costado es el acceso al crédito en el banco. Nosotros como institución promotora y gestora del proyecto garantizamos la viabilidad técnica de las propuestas de los jóvenes, garantizamos que ellos tienen la formación y el conocimiento requerido, y que los vamos a acompañar muy de cerca brindándoles la asistencia técnica necesaria para que las concreten. Sin embargo, ellos no dejan de ser clientes de muy alto riesgo, clientes que no les sirve a los bancos, y de ahí lo poco que se ha podido avanzar (A. Vázquez, comunicación personal, 17 de septiembre de 2015).

Otra alternativa de acceso a activos productivos es el proyecto “Bolsa concursable”, iniciativa promovida por la misma alianza público-privada, consistente en financiar total o parcialmente la ejecución de los mejores planes de negocio presentados por jóvenes estudiantes que cursan programas de formación tecnológica en áreas agropecuarias. Principalmente financian proyectos productivos de corto y largo plazo, ejecutados bien sea en fincas propias o arrendadas, o propuestas dirigidas a prestar servicios conexos a la actividad agropecuaria (PROCASUR, 2013, 14). Dada la dificultad de acceso de los jóvenes a la tierra, el acceso a estos recursos está supeditado a la firma de un documento que compromete a los padres propietarios a aportar este recurso durante el tiempo de duración del proyecto de los hijos.

Se trata de un acuerdo intrafamiliar encaminado a generar confianza entre jóvenes y mayores respecto a la delegación de responsabilidades en el manejo de la finca, orientado a generar en la población adulta referentes positivos sobre las capacidades administrativas de los jóvenes, facilitando y estimulando, así, los procesos de relevo como medida conducente al anclaje poblacional.

Cuando arreglos como el descrito son consolidados, el apoyo familiar para la inserción productiva, cuya intensidad depende de las posibilidades económicas y las expectativas a futuro de cada grupo, representa un determinante factor de retención. En estos casos, que los padres vislumbren la actividad agrícola como una actividad que garantice el presente y el buen futuro de sus hijos, al punto de confiarles tempranamente parte de sus recursos, es una apuesta familiar y un voto de confianza a la continuidad vocacional y generacional agrícola, afín a la decisión de permanecer en el campo.

Sin embargo, es preciso también considerar que no siempre el entorno familiar estimula o predispone a los jóvenes para que ellos sean la generación de relevo. Como se expondrá a continuación, las particularidades del contexto familiar, incluyendo la historia y trayectoria de sus miembros en calidad de agricultores y pobladores rurales, direcciona, hasta cierto punto, el deseo y la decisión de los jóvenes sobre quedarse o partir.

Particularidades del entorno socioeconómico familiar

En términos generales, los jóvenes rurales heredan los problemas estructurales y las consecuencias de modelos de desarrollo que históricamente han desconocido el rol central de los campesinos y la economía familiar campesina en la manutención del bienestar social de las naciones. En Colombia, la predominancia de una política agropecuaria que favorece el fortalecimiento de la producción empresarial en detrimento de la campesina (Tobasura, 2011, 643) y de una tendencia histórica a subordinar el desarrollo rural al urbano, que somete a la población campesina a condiciones de desigualdad, exclusión y marginalidad social, hace parte de la problemática heredada, alentadoras de la decisión de partir.

En el plano microsocial, esta situación se refleja y vivencia cotidianamente en el contexto familiar, siendo el estímulo a abandonar el campo ejercido de padres a hijos una estrategia de ruptura de los ciclos anotados de marginalización y exclusión.

Como se presentó en apartados anteriores, muchos padres conocen de antemano la incapacidad familiar para garantizar la incorporación digna de los jóvenes a las dinámicas agroproductivas locales, a diferencia de ellos, cuando sea su vez gozando de garantías contractuales, capacidad de ahorro e inversión. Si las condiciones se mantienen, lo que les auguran en caso de permanecer en el campo es una vida igual o parecida a la experimentada por sus predecesores:

Vida bastante sufrida, de inestabilidad económica, de no saber qué va a pasar con la cosecha, si los precios van a ser malos o buenos, de no poder darle gustos a la esposa y a los hijos, de no poder tener la casa como uno quisiera, de mucho trabajo físico, de estar siempre buscando otras cosas para hacer, porque la agricultura, aunque bonita, hace tiempo dejo de ser negocio para los pequeños [productores] (M. López, comunicación personal, 26 de abril de 2015).

Cuando ésta es la percepción de los padres, es decir, de quienes en el proceso de socialización primaria los jóvenes aprender a ver y leer el mundo, su proyección de futuro resulta más que permeada por esa noción de vida en el campo llena de tensiones y conflictos; siendo la idea de abandonar el campo un camino previsible y dotado de sentido. En este contexto, la imagen simbólica con la que es representada dicha experiencia y proyección de vida, unida a la vivencia concreta y cotidiana de las condiciones socioeconómicas al interior del núcleo familiar, constituye un aliciente para la partida.

Como plantean Vivanco y Flores (2005, 182), bajo condiciones como las descritas, los padres “están convencidos de que sus hijos no van a poder a acceder a mejores condiciones de vida si se dedican a la agricultura”, motivo por el que cual, persuadirlos para que estudien y tengan una profesión no agrícola ejercida primordialmente en la ciudad es la actitud por ellos asumida. En estas condiciones, la asociación del oficio de agricultor a ideas y realidades ligadas a sufrimiento, inestabilidad económica, baja remuneración y desgaste físico excesivo, entro otros aspectos, cala intensamente en el pensamiento de los jóvenes, llevándolos a tomar una actitud de rechazo frente a éste, además proyectado sobre la vida en el campo en general.

En este contexto, la internalización de toda esa serie de prejuicios, sentimientos, amenazas y miedos coligados al trabajo agrícola predisponen a los jóvenes hacia la partida, representando un importante factor de expulsión.

Con todo, a pesar de su fuerza y relativa permanencia, se trata de predisposiciones aprendidas que, sin desconocer el peso de las condiciones materiales, puede ser transformadas a la luz de nuevas informaciones o experiencias, incluyendo la relación con individuos o grupos con actitudes, perspectivas o historias de vida diferentes.

Considerando la existencia simultánea de múltiples realidades en un mismo periodo y espacio social de referencia, en la zona de estudio, actitudes positivas acerca de la vida y el trabajo en el campo surgidas e internalizadas por los jóvenes en el seno familiar también tienen cabida; conductas que llaman a superar dificultades, a usar el pensamiento creativo para generar alternativas y a valorar el modo de vida rural figuran entre las reconocidas en la investigación. Son actitudes de los padres que en la convivencia familiar permean asertivamente las concepciones de los jóvenes sobre lo que significa vivir en el campo y vivir de lo que éste ofrece. El siguiente testimonio da luces sobre ello:

Con el café yo me quebré tres veces. Insistí e insistí con él, hasta que dije no más, alguna otra cosa tengo que ponerme a hacer, sobre todo al ver a mi familia casi pasando hambre. Con el desespero duré un tiempo trabajando fuera, trabando en construcción en la ciudad, y con eso conseguí algunos recursos, pero un día reflexioné y dije: lo mío es el campo y aquí es donde quiero estar y levantar a mi familia. Un día me dio por pensar que más se podía hacer aquí mismo, y fue que cuando me encontré que aquí se podía producir miel, prácticamente nadie lo hacía, pero me di cuenta que las condiciones para hacerlo era buenas. Fui, me formé, pedí ayuda en la UMATA (Unidad Municipal de Asistencia Técnica) y lo logré. Hoy eso es lo que hago y ya no dependo del café. Esto es lo que yo le digo a mis tres hijos: no es que el campo no dé, lo que no está dando es el café. Yo les demostré a ellos que hay que ser creativo y arriesgado, ver otras posibilidades y no quedarse solo con lo tradicional, como si no hubiera más en la vida. Eso yo lo aprendí a golpes, a golpes que da la vida, pero yo ahora se los muestro con ejemplo. Ellos ven y saben que del campo sí se puede vivir bien (A. Gómez, comunicación personal, 13 de agosto de 2015).

En este caso, la adaptación a los cambios ocurridos en el medio de vida, así como la exploración de alternativas productivas, son valores y actitudes vivenciados e internalizados por los jóvenes en el ámbito familiar, que alientan la predisposición a permanecer en el campo. En términos generales, la situación esbozada, similar a otras observadas donde lo actitudinal juega un papel esencial, es muestra de la capacidad de adaptación y resiliencia de las familias rurales, que les permite hacer frente a situaciones de desequilibrio, en otras circunstancias asumidas como irreversibles y extintoras (McManus, et al., 2012, 21; Camarero y Del Pino, 2014, 379), además de sustentadores de una predisposición negativa hacia la vida en el espacio rural.

En síntesis, las actitudes adquiridas en el entorno familiar, resultantes de la experiencia y el aprendizaje social que los jóvenes rurales han obtenido a lo largo de sus historias de vida, contribuyen a delinear una tendencia predictiva bien sea favorable o desfavorable sobre quedarse o partir. Situación que a su vez incita a ver y asumir a estos jóvenes rurales en su condición de actores plurales, hombres y mujeres que definen lo que son a partir de aprendizajes y experiencias diversas, acontecidas en contextos igualmente múltiples, a veces también contradictorios (Dayrell, 2007, 1114).

Con todo, aunque la tendencia predictiva se incline más hacia la partida, sostener la idea objetivada de que el lugar de los jóvenes rurales es el campo y que la agricultura ha de ser su actividad principal, continúa siendo la labor de las agencias afines a este designio. En el entorno local, en representación de la institucionalidad cafetera, dicho papel es asumido por el Comité de Cafeteros de Caldas, que debe su existencia como institución y gremio a la presencia sostenida de una comunidad local y regional de productores de café.

Como se expondrá a continuación, en un contexto general de desvaloración de lo rural y lo agrícola, usar la escuela y la profesionalización agrícola como medios de relegitimación del modo de vida cafetero entre los jóvenes ha sido la vía a seguida, camino a su vez adoptado y adaptado según situaciones y estimaciones específicas.

Educación y profesionalización

En la medida en que la agricultura pierde su funcionalidad, es decir, deja de ser la actividad principal que provee a las familias rurales las condiciones necesarias para asegurar su reproducción socioeconómica, el orden legitimado (“el sitio de los jóvenes rurales debe ser el campo y su actividad principal la agricultura”) paulatinamente pierde claridad, por lo que transmitir su significado a las generaciones más jóvenes resulta aún más complicado (Méndez, 2004, 142). En estas circunstancias, mantener ese orden y contrarrestar la tendencia de los jóvenes a abandonar el campo implica relegitimar tanto el modo rural de vida como el trabajo agrícola asociado como alternativas convincentes. Pero si éste es el camino previsto, ¿qué se ha hecho en lo local sobre el tema?

En un contexto de deslegitimación del orden institucionalizado, la misión de quienes insisten en su continuidad es diseñar e implementar estrategias encaminadas a introyectar en los jóvenes ese mundo u orden objetivado. En este caso, intervenir la escuela y el sistema educativo ha sido la estrategia seguida por la institucionalidad gremial cafetera (el Comité de Cafeteros de Caldas auspiciado por la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia), particularmente a partir de las propuestas “Escuela y Café” y “Universidad en el Campo”.

“Escuela y Café” es un proyecto pedagógico-productivo que intenta, desde la escuela, preparar a la nueva generación de cultivadores de café del departamento de Caldas. Vigente desde 1996, pretende que los niños y jóvenes rurales aprendan en la escuela pública, dentro del horario lectivo e incorporado al currículo, todo lo necesario para la producción y el manejo competitivo del producto que sustenta la economía de sus familias (Comité de Cafeteros de Caldas, 2013).

Se confía en que estos jóvenes, si deciden optar por la caficultura como modo de vida y actividad productiva (lo cual implica su permanencia en el campo y dar continuidad a la labor histórica familiar), consigan desempeñarse mucho mejor que sus padres, profesionalizándose como agricultores/caficultores expertos. Se vislumbra que, en un futuro próximo, esta ganancia formativa garantice elevaciones sustantivas en productividad y eficiencia, con el consecuente alcance, vía aumento de ingresos, de superiores condiciones de vida.

Como mencionan Schuh et al. (citados en López, 2013, 267), se espera que un mayor nivel de escolaridad de la generación de relevo traiga consigo una mayor adaptación tecnológica, mayor densidad de siembra y menor edad de las plantaciones, indicadores que apuntan a elevar la competitividad productiva. Se prevé que por cada nivel adicional que un caficultor logre completar, la densidad del cultivo se incrementará en un 15.6% y que los caficultores con mayor educación, además a tener predios más grandes y árboles más jóvenes, serán más receptivos a incorporar innovaciones tecnológicas (Escobar, 2011, 40), proyecciones positivas con repercusiones sobre la economía familiar, local y regional.

Con esto se aguarda que, gracias a la tecnificación e aumento de la productividad, los jóvenes decidan quedarse en el campo, sustentando la decisión en la posibilidad de dedicarse a una actividad agrícola rentable y en la cual son expertos, generadora de recursos suficientes para un buen vivir.

En esta misma línea, en el 2008 surge el proyecto “Universidad en el Campo”, propuesta desarrollada por el Comité de Cafeteros y la Gobernación de Caldas, con el apoyo de tres universidades locales, que busca promover y facilitar el acceso de los jóvenes rurales a la educación superior, específicamente a los niveles técnico profesional y tecnológico (PROCASUR, 2013, 13). En articulación con la educación media, en un proceso en que la universidad traslada su infraestructura docente y formativa a los colegios rurales, se forman jóvenes en los siguientes programas: Técnico profesional en producción cafetera, Técnico Profesional en Procesos agroindustriales, Técnico profesional en formulación e implementación de proyectos agropecuarios, Tecnología en gestión agropecuaria y Tecnología en aseguramiento de la calidad en empresas agroindustriales.

En relación con el impacto de estos programas, el Centro Regional de Estudios Regionales Cafeteros y Empresariales (citado en PROCASUR, 2013, 17) indica que para un porcentaje significativo los jóvenes egresados insertarse a la cadena productiva del café es una expectativa destacada. Resultado que pude atribuirse a la función cumplida por el sistema educativo de relegitimar, reproducir e inculcarla la llamada “cultura cafetera”. Preparar a los jóvenes para reforzar y mantener la economía y la cultura del café, la mística gremial y asociativa, para tecnificar y manejar modernamente la finca y continuar asumiendo el negocio cafetero como la actividad económica personal y familiar principal hace parte, en conjunto, del papel desempeñado.

A partir de esta serie de acciones intencionadas (profesionalizar a los jóvenes como caficultores expertos, capacitarlos para llevar a cabo proyectos productivos bajo un enfoque de agricultura empresarial, abrir su mente al cambio y la modernización tecnológica) se espera forjar transformaciones en el “ser” “pensar” y “querer ser” de los sujetos proyectados como la generación de relevo. En términos de conservar el orden vigente, se trata de brindarles, sin que tengan que salir de su sitio de origen, la cualificación hoy requerida para dar continuidad a la economía local y regional cafetera, acción que casi obligatoriamente demanda la retención de los jóvenes en el campo.

Ante la amenaza de cambio (“jóvenes hijos de productores de café, a quienes ya no les interesa continuar con la tradición cafetera ni quedarse en el campo”), tratar de mantener y legitimar el orden social, usando el sistema educativo como mecanismo de reconducción, ha sido el camino seguido por la institucionalidad gremial. En términos prácticos, el interés se ha centrado en perpetuar en la población rural local un rol social especializado y específico: sustentar la economía cafetera y proporcionar la fuerza de trabajo para ello necesaria. Imposición funcional e identitaria que percibe a los jóvenes rurales, más que como actores o sujetos en sí, como promesas (González, 2003, 158), es decir, como futuros adultos agricultores familiares, llamados a dar continuidad al proyecto cafetero.

En el marco de lo aquí discutido, el éxito de dichas estrategias es un factor más de retención. No obstante, dicha intención sobrepuesta, que hace uso del sistema escolar para intentar prefijar en los jóvenes rurales un rol específico afín a las expectativas institucionales gremiales, llega chocar con otras que avanzan en camino contrario. Mientras la educación es asumida por algunos como estrategia de retención, otros guardan en ésta la esperanza de que les facilite la partida:

Yo le digo a mis hijos que estudien para que lleguen a ser alguien en la vida, para que puedan superar lo que yo soy. Esa es la herencia que les quiero dar, el estudio. Por eso los apoyo para que terminen el bachillerato y luego puedan seguir estudiando algo, ojalá diferente a la agricultura. Que sean técnicos o tecnólogos en sistemas, a la niña que estudien enfermería o preescolar, o que vayan a la universidad para que aseguren un futuro, porque aquí [en el campo] la cosa está muy dura (O. Hernández, comunicación personal, 14 de septiembre de 2015).

Como menciona Urteaga (2011, 18), educación y migración son percibidas por los jóvenes y padres como recursos básicos para forjar un futuro, ganar un espacio y un estatus social, superando las barreras impuestas por los contextos socioespaciales de origen. En el área de estudio, incrementar la formación académica, aprovechar las oportunidades otorgadas por el medio, independientemente de la modalidad formativa (en este caso cafetera/agropecuaria) constituye, para algunos, una estrategia de ampliación de perspectivas, que sobrepasa lo institucionalmente intencionado: preparar a los jóvenes rurales para constituir la generación de relevo.

Según esta lectura, asumida como medio de movilidad social ascendente, algunos padres y jóvenes esperan que la educación recibida en el mismo campo contribuya a superar la condición rural/agrícola de vida, preparando a los jóvenes para enfrentar y articularse a escenarios socioeconómicos y culturales distintos, incluyendo el urbano. En este caso, la escuela y la escolarización son valoradas como medios que preparan para el desplazamiento, el reposicionamiento social y la superación de la pobreza, situaciones en general asociadas al acceso a un trabajo fuera del sitio rural de origen (Cragnolino, 2011, 150) y al abandono del campo como lugar de vida.

Como se expuso en apartados anteriores, para parte de estos jóvenes rurales, culminar la educación media significa “poder conseguir un trabajo en la ciudad” o bien prepararse para ello. Situación asociada en el medio local a ampliar las posibilidades de ingresar a la universidad pública, al Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) (institución de formación técnica y tecnológica para el trabajo en áreas múltiples: regencia de farmacia, mantenimiento de automotores, mantenimiento de equipos de cómputo, obras civiles, cableado estructurado, entre otras, con una sede en Manizales) o a cualquier otra institución educativa, incrementando así su capacidad de adaptación a un posible nuevo entorno citadino de vida.

En relación con lo dicho, es preciso mencionar que hoy día ser bachiller (haber cursado totalmente la educación secundaria) es casi un requisito indispensable para obtener un empleo formal o ingresar a una institución de educación superior. Bajo esta circunstancia, el paso por la escuela, por unos considerado el medio para legitimar la vocación agrícola, reivindicar el modo de vida rural y motivar la permanencia en el campo, es por otros prioritariamente asumido como el medio para certificarse u obtener una credencial educativa (un título de bachiller), que facilite la incursión en la ciudad (Cragnolino, 2011, 157); ocurrencia que revela la condición antagónica del factor educación.

Por otra parte, para algunos que se gradúan como técnicos y tecnólogos en las áreas definidas por “Universidad en el Campo” y que además confirman su convicción y elección por la vida rural y el trabajo agrícola, ante la dificultad de emplearse in situ, ejercer su profesión fuera de las localidades de origen es una de las vías seguidas. A diferencia de los que optan por quedarse allí, trabajar para comprar tierra, instalar su propia plantación u otro tipo de negocio, su aspiración es vincularse a empresas del sector agropecuario localizadas en otras zonas rurales o en cabeceras pobladas de municipios movidos por la actividad agroproductiva. Recurriendo a programas como “Conexión laboral”, iniciativa del Comité de Cafeteros de Caldas que busca emparejamientos entre los egresados de “Universidad en el Campo” y empleadores asociados al sector agropecuario, varios de ellos han logrado ocuparse.

En estos casos, la educación y la profesionalización favorecen un tipo de migración rural-rural que, aunque implica abandonar el sitio de origen (la zona rural de Manizales), no supone renunciar al acervo cultural rural y agrícola, beneficiando así la adaptación de los jóvenes tanto al ambiente laboral como al nuevo sitio de residencia. Es una muestra en que la educación formal agrícola, originalmente usada como estrategia de retención de los jóvenes en el medio rural municipal, dadas las condiciones socioeconómicas locales, promueve un tipo de movilidad que, si bien supone la partida, conserva la esencia de la intención inicial.

En medio de la diversidad existente, para algunos otros jóvenes locales, la escolarización y las oportunidades de profesionalización ofrecidas adquieren menos importancia. Culminar el ciclo de formación secundaria, dedicar tiempo extra a formarse como técnicos y luego un año más para hacerlo como tecnólogos llega a considerarse “una pérdida de tiempo”, en la medida que retarda el ingreso a la vida productiva:

A diferencia de otros, algunos de los estudiantes están aquí casi obligados, si se retiran tienen que pagar la multa que les impone el Comité [de Cafeteros de Caldas). Lo que ellos quieren es trabajar pronto, tener su propio dinero y no depender de los papás, darse gustos que en la casa no tienen. Como profesora yo les inculco que estudiar es el camino para una mejor vida, que los resultados luego se verán, que lo que les corresponde en estos momentos de sus vidas es prepararse, pero para varios de ellos trabajar, ganar plata, es lo más importante (S. López, comunicación personal, 17 de septiembre de 2015).

Próximo a lo expuesto por Saraví (2009, 55), situaciones como estas evidencian la pérdida progresiva del interés por la educación, desidia generalmente acompañada de una ascendente valoración del trabajo, en un contexto en que ingresar tempranamente al mercado laboral facilita a los jóvenes acceder por sí mismos al consumo, así disminuyendo la dependencia del seno familiar. En términos de tiempo de oportunidad, la retribución que a largo plazo promete la escuela entra en conflicto con los ingresos inmediatos que garantiza el trabajo (Saraví, 2009, 55). Así estén dedicados a labores informales, mal remuneradas y precarias, la obtención anticipada de recursos propios desplaza la asistencia a la escuela, dando paso prematuro, en el medio local, a jóvenes trabajadores, recolectores de café, o a emigrantes que se integran a la economía informal de Manizales u otras ciudades aledañas, principalmente como vendedores ambulantes o trabajadores domésticos.

Ligado a lo anterior, conocer la experiencia de familiares, amigos o vecinos que “luego de estudiar no consiguieron un mejor trabajo” y hoy están dedicados a trabajos informales bien sea en el mismo campo o la ciudad, ha hecho que algunos jóvenes y sus familias cambien la percepción sobre los beneficios de estudiar. En este caso, el valor (o la utilidad) de la escuela como vía de incorporación productiva, movilidad e integración social empieza a ponerse en duda, siendo colocarse tempranamente a trabajar el camino elegido (Saraví, 2009, 54), decisión asociada, según sea el caso, al abandono también precoz del campo y el núcleo familiar.

Desde otro ángulo, próximo a lo expuesto por Jurado y Tobasura (2012,72), la posibilidad de trabajar en el campo sin mayores restricciones laborales, como la exigencia de estudios o títulos académicos, puede verse como un punto a favor de quienes autónomamente deciden no estudiar más y permanecer en el campo. Lo aprendido en casa, es decir, en el diario acontecer productivo/reproductivo familiar, los habilita para vender su fuerza de trabajo usualmente en el mismo lugar de origen, hecho que evidencia que formarse como agricultor no únicamente implica hacerlo mediante el aprendizaje escolar.

Con cierta afinidad con lo anterior, ante las condiciones no siempre exitosas de acceso al mercado de trabajo citadino, esta misma facultad, es decir, ser agricultor, también es positivamente valorada, ahora como opción sustituta:

Si yo tengo que regresar el campo, algo tendré para hacer, porque coger café es algo que aprendí desde niño, es una ventaja que yo tengo ante cualquier joven de la ciudad, si yo me llego a ir y me va mal, aquí puedo regresar (A. Nieto, comunicación personal, 13 de octubre de 2015).

Para algunos de jóvenes, ser agricultores y sentirse reconocidos como tal, profesión pasada de padres a hijos, además de reforzada por el sistema educativo, es una medida de mitigación y protección ante las incertidumbres y condiciones ofrecidas por el mercado urbano de trabajo. Cuando éstas son desfavorables o contrarias a sus expectativas, el conocimiento agrícola acumulado pude aflorar, según sea el caso, como: a) factor de espera (cuando se usa para retarda la partida, al poder trabajar en el campo mientras se accede al mercado de trabajo urbano en condiciones consideradas favorables), b) factor de retención (cuando se visualiza como un referente de identidad que profesionalmente los sitúa en el campo, avizorando el entorno urbano como un espacio que los descalifica, transformándolos, en caso de migrar, en ignorantes o analfabetas funcionales) y c) factor de retorno (cuando se opta por regresar al campo, todavía conservando la experticia que los habilita como agricultores, en caso de que el proyecto de vida afuera no resulte propicio o se dé por culminado).

En síntesis, en términos de quedarse o partir, la educación formal recibida y otorgada es apropiada de diferentes maneras. Mientras para algunos hace parte de una estrategia de escape (estudiar como medida preparatoria para una mejor partida), para otros es la base de una estrategia para fomentar la permanencia (formar a los jóvenes para que voluntariamente asuman el rol social tradicional de agricultores), constituyéndose simultáneamente, según las circunstancias específicas, en un factor de expulsión o retención.

Conclusiones y consideraciones finales

En un contexto como el descrito, donde las familias rurales campesinas afrontan dificultadas para su reproducción socioeconómica, donde las oportunidades de trabajo formal son escasas, donde la mayoría de productores prácticamente depende de los resultados de un único cultivo (hecho que los hace aún más vulnerables), estrategias orientadas a asegura la permanencia de las actuales y nuevas generaciones en el campo, como las basadas en la formación y profesionalización agropecuaria y la dotación de otros activos productivos, han de ser parte integral de medidas sistémicas para el desarrollo agrícola y rural.

Como aquí fue expuesto, formar profesionales (técnicos y tecnólogos en campos agropecuarios) en un espacio que no asegura su absorción laboral, en el que no existe una política encauzada a crear empleos especializados y a dotar a los jóvenes de otros activos requeridos para la actividad productiva, por ejemplo, evidencia que algo está faltando, que la situación no está siendo tratada integralmente.

Aunque haya un significativo avance en el acceso al conocimiento, mínimamente se está avanzando en el acceso a la tierra, activo de total importancia para generar nuevos jóvenes rurales propietarios, fortalecer la agricultura familiar campesina y actuar de manera efectiva contra uno de los principales obstáculos que afronta el desarrollo rural: la concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos.

En este caso, asegurar el acceso de los jóvenes a la escuela, incluso contemplando la formación profesional, es una acción, aunque loable, incompleta, en la medida en que no va acompañada de otras que movilicen el aprovechamiento efectivo de esa ganancia en capital social. Si en lo local estas dos gestas no avanzan a la par, que los jóvenes opten por partir continuará siendo una decisión previsible. La tomarían en medio de un espacio social que, dada su incapacidad de retención, adquiriría características de zona exportadora de gente o fuerza de trabajo cualificada, inclusive por encima de la media (jóvenes rurales técnicos y tecnólogos), movilidad a lo mejor beneficiosa para las localidades rurales o urbanas receptoras.

Entretanto, mientras el entorno local sea asumido como la territorización de un sector particular, el agrícola cafetero, y no como la base físico-social para un conjunto diversificado de actividades y de mercados en potencia, las opciones fraguadas desde la institucionalidad rural seguirán siendo restrictas. Si los jóvenes solo son vistos como futuros adultos cultivadores de café, quien quiera ir más allá de lo predeterminado tendrá que asumir casi un camino en solitario, es decir, con mínimo apoyo institucional, carente de políticas públicas e iniciativas privadas que lo impulsen y ayuden a consolidar.

Todo esto conlleva a plantear que la situación de vida de los jóvenes rurales, aquella que motiva la permanencia o la partida, no puede verse aislada del mundo que los rodea. Como se exploró en esta investigación, los jóvenes viven su juventud no en un espacio encapsulado y exclusivo para ellos, sino en medio de una realidad más amplia, heterogénea y compartida con otros, que condiciona e influencia las decisiones a tomar.

Se decide sobre quedarse o partir al interior de una familia con trayectorias, historias y expectativas de vida diferentes. Dentro del espectro posible, se decide siendo parte de una unidad familiar que, subsistiendo a partir de la actividad agrícola, añora que sus hijos dejen de ser agricultores y lleguen “a ser alguien en la vida”, apartándose del campo y ejerciendo alguna actividad no agrícola. También se llega a decidir dentro de una familia que, aunque confía en la agricultura como actividad económica, de antemano sabe que los recursos a heredar a sus hijos no serán suficientes para todos, hecho que tempranamente predispone a algunos a partir, casi de manera obligatoria.

Se enfrenta el dilema de quedarse o partir en un contexto escolar que en ocasiones confunde. Mientras en casa los inducen a dejar de ser agricultores, a ascender socialmente dedicándose a otro oficio, en la escuela insisten en su titulación como agricultores profesionales y modernos. Mientras allí son formados para administrar y tomar decisiones, lo ofrecido en el medio en el que viven, aquello inmediatamente disponible, corresponde a oficios en su mayoría manuales (recoger café, principalmente), socialmente subvalorados, para cuyo ejercicio estarían sobrecalificados, que además no cumplen con sus expectativas laborales.

Se enfronta la disyuntiva en un contexto escolar que, más allá de adiestrar solo para el trabajo y la vida en el espacio rural, directa o indirectamente contribuye a activar y agudizar el pensamiento crítico sobre el rol social atribuido: ser la generación de relevo. Se decide en medio de un sistema escolar que, a pesar de reforzar la aceptación de dicho rol, contribuye a acrecentar el poder individual de elección, brindándoles elementos para expandir sus horizontes por encima de lo prefigurado, coadyuvándoles a extender sus múltiples aspiraciones (personales, laborales, profesionales y de vida) por encima de lo conocido o inmediato.

Con esto se llama nuevamente la atención sobre los jóvenes como actores plurales: individuos que construyen su experiencia de vida en contextos sociales muy diversos y específicos, llenos de oportunidades y condicionamientos múltiples, que responde a distintos intereses. En este sentido, más allá del localismo del caso aquí tratado, se espera que la vía analítica planteada sirva para leer y entender otros, recurriendo, más que a suposiciones generales, a lo expuesto por la evidencia empírica, contribuyendo así a nutrir y evidenciar la diversidad de expresiones del fenómeno.

Recapitulando, se recalca que la categoría juventud rural cobija a un grupo de composición muy diversa, pluralidad en parte concedida por las particularidades del medio social en que se es joven. Contextos sociales de igual forma diferentes, que otorgan esta misma característica a los factores bien sea motivantes, determinantes o condicionantes de la permanencia en el campo o la partida de los jóvenes.

Sobre las limitaciones del trabajo es preciso anotar que, aunque la atención se centró en la cuestión socioeconómica, decisión orientada los propios hallazgos, al momento de optar por permanecer o partir otros factores de distinta índole entran también en escena.

Entre otros, la investigación permitió esbozar los siguientes: a) la fuerza de los vínculos afectivos y de cuidado al interior de las familias: quedarse para estar cerca de los padres y abuelos, compartir con ellos un mismo espacio, aunque no siempre la misma actividad, generando condiciones, más que de dependencia, de solidaridad intergeneracional, b) el sentido de pertenencia a la comunidad de origen: permanecer para seguir perteneciendo a una colectividad de la cual se siente miembro, haciendo parte de una red de relaciones de apoyo y solidaridad, compartiendo con gente en la que puede confiar, y c) el impulso aventurero: salir para experimentar, conocer nuevos contexto y poner a prueba lo aprendido y lo que cada uno es.

A manera de cierre, es prudente enfatizar que no se trata únicamente de dar luces acerca de qué y cómo intervenir para evitar la partida, ni de pensar que todos los jóvenes rurales deberían permanecer en el campo. Más allá de esto, se trata de darles visibilidad, de asumirlos como sujetos sociales con capacidad de elegir y forjar caminos diversos de vida, acciones que pueden apoyarse contribuyendo a ampliar sus posibilidades. En términos generales, quien nació en el campo, lo cual ha de asumirse como un evento fortuito, en su condición de ser libre, está en capacidad de decidir seguir viviendo o no allí. Sobrepasando cualquier tipificación o institucionalización del deber ser de los sujetos (los jóvenes rurales de hoy predestinados a ser los agricultores del mañana o de relevo), ejerciendo su autonomía, cada quien está en capacidad de construir su propia historia.

Sea cual sea la elección sobre dónde continuar viviendo su juventud y después la vida adulta, quienes se queden o decidan partir deben hacerlo en posesión de una serie de instrumentos que les permita proyectar una vida digna bien sea en el campo o la ciudad. Para quienes se quedan eso incluye, sin desconocer que lo rural supera lo únicamente agrícola, vivir en una sociedad más amplia, que valore tanto material como simbólicamente la agricultura como actividad sustentadora de la vida humana y, consecuentemente, la profesión de agricultor.

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