Convocatoria temática

Recepción: 20 Diciembre 2023
Aprobación: 04 Junio 2024
Resumen: El artículo plantea una breve etnografía que relata la perspectiva y las vivencias de las familias rurales peninsulares de población mayoritariamente maya frente a los megaproyectos turísticos del estado de Quintana Roo en México, desde la creación del estado en 1974. Esta etnografía surge como una reflexión del trabajo de campo que he realizado desde el año 2016 hasta la actualidad en comunidades mayas rurales de la península yucateca que se sitúan en la frontera entre Quintana Roo y Yucatán. Se propone analizar dicho fenómeno desde la propuesta teórica metodológica de la interseccionalidad, una gran herramienta teórico-metodológica en el estudio de las desigualdades sociales, ejercicio que permitirá entender cómo impacta socialmente el turismo en uno de los sectores más desfavorecidos en la contienda: las familias mayas peninsulares.
Palabras clave: turismo, megaproyectos, despojo, indígenas, mayas.
Abstract: The article presents a brief ethnography that relates the perspective and experiences of peninsular rural families with a majority Mayan population facing the tourism megaprojects in the state of Quintana Roo in Mexico since the creation of the state in 1974. This ethnography arises as a reflection derived from a fieldwork immersion in different periods from 2016 to the present in rural Mayan communities of the Yucatecan peninsula that are located on the border between Quintana Roo and Yucatán. It is proposed to analyze this phenomenon from the theoretical methodological proposal of intersectionality, since this turns out to be a great tool in the study of social inequalities, an exercise that will allow us to understand how the social phenomenon of tourism is experienced from one of the most disadvantaged sectors in the contention: the peninsular Mayan families.
Keywords: tourism, megaprojects, dispossession, Mayans, indigenous people.
Resumo: O artigo apresenta uma breve etnografia que relata a perspectiva e as experiências de famílias rurais peninsulares com população majoritariamente maia frente aos megaprojetos turísticos do estado de Quintana Roo, no México, desde a criação do estado em 1974. Esta etnografia surge como uma reflexão derivada de uma imersão de trabalho de campo desde 2016 até o presente em comunidades maias rurais da península de Yucatán, localizadas na fronteira entre Quintana Roo e Yucatán. Propõe-se analisar este fenômeno a partir da proposta teórico-metodológica da interseccionalidade, uma vez que esta se revela uma grande ferramenta no estudo das desigualdades sociais, exercício que nos permitirá compreender como se vive o fenômeno social do turismo a partir de um dos os setores mais desfavorecidos na disputa: as famílias maias peninsulares.
Palavras-chave: turismo, megaprojetos, desapropriação, indígenas, maias.
Introducción
En este artículo se presenta una etnografía que busca reflexionar sobre el impacto que han tenido los distintos megaproyectos turísticos del estado de Quintana Roo, desde la década de los setenta cuando comenzaron hasta la actualidad, específicamente en las vidas y las experiencias de las familias de origen maya con las que he realizado trabajo desde el año 2016. Mi relación con las familias analizadas surgió por mi trabajo de campo en estas localidades entre los años 2016 y 2017 para la realización de la tesis de la licenciatura; posteriormente, en el año 2021, realicé ahí el trabajo de campo para mi tesis de maestría y actualmente me mantengo en contacto con dichas comunidades para la realización de mi tesis doctoral. Considero menester incorporar al debate de las ciencias sociales la realidad social de estos lugares en relación con los megaproyectos turísticos de la región que he tenido la oportunidad de vivenciar a lo largo de estos años, por lo que decidí realizar una breve etnografía que permita ilustrar la situación social de estas comunidades indígenas mayas.
Todo el análisis que se presenta en este artículo considera los postulados principales de la teoría interseccional para comprender mejor cómo opera la desigualdad en relación con los megaproyectos turísticos entre las familias rurales de origen maya peninsular. Si bien es cierto que existen diversos estudios sociales orientados a entender las consecuencias sociales de los megaproyectos turísticos, este estudio plantea un análisis inspirado desde la interseccionalidad para entender cómo impactan las consecuencias de los megaproyectos en otros sectores sociales no hegemónicos, como las mujeres y los hijos que permanecen en las comunidades de origen cercanas a los centros turísticos. Para la antropología resulta vital comprender de qué manera impactan estos megaproyectos en las distintas áreas de la sociedad.
La península de Yucatán está conformada por los estados de Campeche, Yucatán y Quintana Roo, pero nos centraremos solamente en Yucatán y Quintana Roo dado que las comunidades analizadas en esta etnografía pertenecen sólo a estos dos estados. Yucatán cuenta con 2.320.898 habitantes, de los cuales 525.092 hablan alguna lengua indígena (INEGI, 2020); esto representa al 22 % total de la población del estado (sin considerar a aquellos indígenas que no hablan ninguna lengua indígena pero que sí se auto reconocen como indígenas, cifra que no existe aún en las estadísticas oficiales del estado). A diferencia del estado de Yucatán, Quintana Roo es un estado joven, puesto que se institucionalizó como tal hace aproximadamente cuarenta años, específicamente en el año de 1974, con el propósito principal de hacer en dicho territorio lo que hoy es el centro turístico más grande de México. Cabe mencionar que desde los setenta Quintana Roo experimenta un alto crecimiento poblacional, y en la actualidad sus municipios presentan las mayores tasas de crecimiento poblacional en todo el mundo (INEGI, 2021), puesto que mucha gente del país y del mundo entero migra a Quintana Roo para emplearse en la industria turística. Por otro lado, la población total del estado de Quintana Roo es de 1.857.985 habitantes, de los cuales 204.949 hablan una lengua indígena (INEGI, 2020): esto representa un 11 % de la población total del estado. Es decir que estamos frente a un estado con cierta población indígena, mientras que acontece un aceleradísimo crecimiento poblacional sin precedentes en la historia.
Esta etnografía se basa en tres comunidades indígenas que se sitúan precisamente en la frontera entre los estados de Quintana Roo y de Yucatán en México, y se encuentran situadas a menos de dos horas de distancia en automóvil de los centros turísticos de Cancún y Tulum. Las tres comunidades analizadas están situadas a lo largo de la carretera número 190 que va desde el sitio arqueológico de Cobá, en el estado de Quintana Roo, hasta el poblado de Nuevo X-Can, ubicado en el estado de Yucatán. Se trata de dos pequeñas comunidades llamadas Esmeralda y Banco de Cenotes (pertenecientes al estado de Yucatán) con población mayoritariamente de origen maya y con un número poblacional menor a 40[1] personas por comunidad. La otra comunidad de la que se ocupará esta etnografía se encuentra en el pueblo más grande de esta carretera, pues cuenta con una población de alrededor de 500 personas: el poblado de Tres Reyes. Aunque este pueblo se ubica a sólo cinco minutos de distancia de las otras dos comunidades, Tres Reyes ya pertenece al estado de Quintana Roo.
A continuación, se muestran dos mapas de la ubicación del pueblo de Tres Reyes, Quintana Roo, tomando a consideración que las otras dos comunidades que fueron estudiadas se sitúan a sólo un par de kilómetros de distancia, pero se omitieron en los mapas por cuestiones de practicidad.


Para la realización de este artículo me enfoqué en estudiar tres familias pertenecientes a comunidades diferentes, puesto que las tres comunidades que escogí están muy cercanas (a menos de cuatro kilómetros entre ellas), pero cuentan con distintos niveles de desarrollo. La comunidad más desarrollada es Tres Reyes, (Quintana Roo), que cuenta con casi todos los servicios públicos pues es el poblado más grande. Las otras dos comunidades son mucho más pequeñas: en Banco de Cenotes (Yucatán) sólo existen servicios de electricidad, pero se carece de servicios de agua potable, y en la tercera comunidad, Esmeralda (Yucatán), no hay ningún tipo de servicio básico. Elegí analizar una familia por comunidad, puesto que son familias muy representativas de la situación social que ahí se vive, y en el caso de la familia perteneciente a la comunidad de Banco de Cenotes, Yucatán, elegí a esa familia porque el padre es un especialista ritual en la tradición maya peninsular, por lo que me pareció interesante conocer cómo es que una familia tan apegada a los patrones culturales mayas peninsulares vive el impacto de estos megaproyectos de la industria turística. Trabajé con estas tres familias con historias de vida orales, orientadas a entender el pasado y el desarrollo hasta la actualidad de sus situaciones sociales, y, por otro lado, realicé entrevistas a cada una de ellas con preguntas diseñadas desde los principales postulados de la teoría interseccional.
Será objetivo de este artículo analizar los impactos sociales de los megaproyectos turísticos en estos pueblos y comunidades mayas peninsulares. Este análisis se realizará desde los parámetros pertinentes que marca la teoría de la interseccionalidad para el estudio de la desigualdad social. A pesar de las críticas que han surgido recientemente en torno a la teoría de la interseccionalidad (que también serán recuperadas a lo largo de este escrito), el estudio de las desigualdades en diversas sociedades a través del enfoque interseccional sigue siendo una de las apuestas teórico-metodológicas más completas para entender los distintos rostros de la desigualdad. Por lo que la teoría interseccional será el eje rector de esta etnografía para comprender el impacto y las consecuencias en el corto plazo de los megaproyectos turísticos del estado de Quintana Roo.
El artículo se estructura de manera que en primera instancia se presentan las características propias de los megaproyectos turísticos del estado de Quintana Roo y posteriormente se recupera la teoría interseccional pertinente para el análisis; lo siguiente será plantear un breve recorrido por la situación sociohistórica del pueblo maya para ubicarlo dentro de los parámetros de análisis de la desigualdad que plantea la propia teoría interseccional. Posteriormente se realizará un análisis de las categorías determinantes de la desigualdad en las familias mayas peninsulares, entre las que resaltan las categorías de etnia y raza, por lo que se intentará también comprender el comportamiento de la identidad étnica de este grupo frente a los megaproyectos turísticos. Y finalmente, en la última parte del artículo, se presentará la etnografía propiamente, en la que se plasman algunos relatos y vivencias de las personas de las comunidades de Tres Reyes que sobresalieron en las historias orales realizadas. Cabría añadir que en esta etnografía se presentan los casos de tres familias: la familia Pech en Tres Reyes, la familia Caamal en Banco de Cenotes y la familia Poot en la comunidad de Esmeralda[2].
Los megaproyectos turísticos en el estado de Quintana Roo
El desarrollo turístico del estado de Quintana Roo comenzó en la década de 1970, y desde aquel momento hasta la actualidad, tanto las costumbres de la gente originaria como el territorio mismo han experimentado cambios significativos, como es el crecimiento acelerado de las urbes en donde se ubican las principales ciudades turísticas, tal es el caso de Cancún y Tulum, sólo por mencionar dos de las principales ciudades. Si bien es cierto que actualmente el estado de Quintana Roo representa una enorme entrada de capital al país debido a su gran industria turística, han existido diversas consecuencias sociales derivadas de ello. Por lo que es importante dejar en claro que a pesar de la gran cantidad de dinero que representa la actividad turística en el país:
“el turismo es el eje de una industria altamente depredadora, en términos ambientales y sociales. Impone modelos culturales ajenos e implanta enclaves económicos que, en los países del sur global, exhiben la desigualdad entre quienes viajan, conocen y se divierten, y sus anfitriones voluntarios u obligados, esto es, la población local” (Gasparello, 2021: 3).
A pesar de que las comunidades que se analizarán en esta etnografía son relativamente “lejanas” de las ciudades turísticas de Quintana Roo (a dos horas de distancia en automóvil desde Cancún), y a pesar de que se encuentran insertas en ámbitos rurales donde la mayoría de las personas dependen de sus siembras para sobrevivir, los megaproyectos turísticos de Cancún que comenzaron desde los setenta han impactado ya en muchos rincones de la selva peninsular. Cabe subrayar que un megaproyecto puede considerarse como tal en primer lugar por su tamaño, por su dimensión o por su extensión y, en segundo lugar, por las redes o conexiones sociales que se den a raíz de éste, por lo que es necesario mencionar que los megaproyectos impactan fuertemente en toda la esfera social (Ibarra García, 2016). En otras palabras, se trata de grandes esfuerzos y puestas en acción propios del capitalismo y del Estado que necesitan del espacio y del territorio para desarrollarse, y generalmente conllevan una apropiación de los recursos naturales. Por lo tanto, los megaproyectos turísticos son diversas acciones provenientes tanto del ámbito privado como del público, como es el ejemplo de grandes obras como carreteras, aeropuertos, trenes, hoteles, grandes complejos turísticos, parques de diversión, etc., por lo que “si partimos de que el espacio existente es ya resultado de elementos sociales, políticos y económicos y científico-técnicos de la segunda naturaleza, comprenderemos mejor la lógica de los megaproyectos” (Ibarra García, 2016: 29).Es decir que, los megaproyectos son de segunda naturaleza, porque siempre responden a las creaciones racionales del hombre y no están dados por la naturaleza.
Es importante señalar que los megaproyectos turísticos del estado de Quintana Roo tuvieron su auge en el marco del establecimiento del modelo económico neoliberal en la década de 1970 en México, abriendo así la posibilidad de invertir en la industria turística a grandes capitales internacionales. En 1974 Quintana Roo pasó de ser reconocido legalmente como un territorio federal a un estado más de la república, hecho que significó el inicio de los megaproyectos turísticos en la región, que desde este momento en adelante se han multiplicado. Cabría añadir que actualmente los megaproyectos en la región de más reciente creación son el Tren Maya y el aeropuerto de Tulum. Es decir que lo que hoy abarca Quintana Roo pasó de ser un territorio completamente rural y poblado por algunas comunidades indígenas a un territorio con ciudades turísticas en acelerado crecimiento en tan sólo cuarenta años. Además, no debe perderse de vista la importancia que representa este centro turístico en el país, puesto que actualmente el estado de Quintana Roo “ocupa el primer lugar, a nivel mundial, con mayor porcentaje de su Producto Interno Bruto (PIB) y en generación de empleos derivados del turismo” (GobQroo, 2018). Por lo tanto, el crecimiento de las ciudades turísticas y sus consecuencias sociales en los últimos cuarenta años han sucedido de forma muy acelerada.
El rápido crecimiento de los centros turísticos ha generado consecuencias significativas para el entorno y para la población nativa del lugar. Como bien señala Gustavo Lins Ribeiro, en cualquier proyecto a gran escala acontecen principalmente dos tipos de consecuencias, aquellas que son planeadas, y aquellas que no, de forma que:
“confluyen claramente procesos planificados y no planificados de intervención y ordenamiento. Los procesos planificados son fuertemente coercitivos. Son ejecutados por grandes y poderosas burocracias vinculadas a redes nacionales e internacionales de intereses políticos y económicos. Los procesos no planificados –surgimiento de factores como conflictos y villas miseria en la periferia de las áreas son íntimamente vinculados a las realidades concretas de las poblaciones envueltas en los PGE y sus reacciones a estructura impuesta desde afuera” (Ribeiro. 1987: 8).
Otro rasgo común en la forma de operación de los megaproyectos es que generalmente inician convenciendo a la gente local de apoyar por las promesas idealizadas que se generan y que prometen mejorar la calidad de vida de los implicados, aunque los resultados o las consecuencias a largo plazo resultan ser todo lo contrario, de forma que los megaproyectos:
“intentan apropiarse de bienes comunes, así como también penetran en la vida y la dinámica del sujeto campesino, conminándolo a ‘salir de la pobreza’ y prometiéndole que lo logrará cuando emprenda estos proyectos. Sin embargo, uno de sus resultados es la destrucción de la riqueza natural y el debilitamiento del tejido social de las zonas rurales indígenas” (González Luna & Vázquez Toris, 2016: 58)
Este es el caso de los indígenas mayas rurales de la Península de Yucatán, cuyos elementos culturales están siendo cada vez más amenazados por los cambios sociales que ha acarreado el establecimiento de distintos megaproyectos de la industria turística, como se analizará más adelante.
La interseccionalidad como apuesta teórico metodológica
Se recuperará la propuesta teórico-metodológica de la interseccionalidad para el análisis de los impactos de los megaproyectos turísticos en las comunidades mayas peninsulares aquí estudiadas, puesto que la interseccionalidad es actualmente una gran herramienta metodológica para comprender los distintos escenarios en los que se produce y se reproduce la desigualdad. En ese sentido, valdría hacer hincapié en que históricamente han existido diversas formas de estudiar la desigualdad, y precisamente la teoría de la interseccionalidad ha aportado novedosos ejes de discusión. Sobre todo, porque los primeros estudios y concepciones sociales sobre la desigualdad se basaban únicamente en el ámbito monetario, es decir que en la primera década del siglo XX tanto en la investigación social como en las políticas públicas de aquella época sobre la desigualdad “el eje analítico-explicativo estaba centrado en el mercado de trabajo como distribuidor y estructurador de las desigualdades” (Jelin, 2014: 16).
La discusión sobre la forma en la que se debe abordar y estudiar la desigualdad se ha modificado en décadas recientes, y se ha buscado llevar sus explicaciones más allá del ámbito monetario, comenzando a explorar nuevas vetas de análisis en las que el debate de la interseccionalidad ha resultado fundamental para entender los distintos rostros de la desigualdad:
“¿Cuáles eran estas otras categorías de desigualdades que, además de la clase social, merecían alguna atención? Por un lado, la composición étnica y racial de la población y la inserción de los grupos no blancos en las posiciones más bajas de la estructura social, y el origen inmigratorio europeo (especialmente mediterráneo) en la clase obrera” (Jelin, 2014: 7).
En el análisis histórico sobre las desigualdades que realiza Elizabeth Jelin sobresale también el avance de los asuntos del género respecto a la desigualdad. Ella destaca que una vez reconocidos los ámbitos de la clase, la raza y la etnia y su relación con la desigualdad, otra veta añadida al análisis fue el género, a tal grado de que la interseccionalidad es hoy una de las principales vertientes de estudio dentro de la teoría feminista. Entonces en cuanto al género y la desigualdad se considera como punto de partida que:
“las relaciones de clase se combinan con las subordinaciones de género de manera específica, tanto en el mercado de trabajo (organización de la producción social) como en el ámbito de la domesticidad (organización de la reproducción social). Esta combinación – pensada como ‘doble jornada’ en los análisis microsociales– se mantiene como fuente de tensión a lo largo del tiempo” (Jelin, 2014: 30).
Para entender la propuesta teórico-metodológica de la interseccionalidad es necesario comprender en qué contexto surge. El concepto como tal fue acuñado en 1989 por Kimberle Crenshaw para demostrar cómo el acceso a la justicia en el sistema penal de Estados Unidos estaba mucho más limitado para las mujeres afrodescendientes que para los hombres blancos, de manera que detectaba una doble desventaja en el hecho de ser mujeres y afrodescendientes a la vez. El eje modular de Crenshaw parte del hecho de que la desigualdad no es percibida igual entre las mujeres afrodescendientes que entre otros grupos más privilegiados de la sociedad, como los hombres blancos, por lo tanto:
“centrarse en los miembros más privilegiados del grupo margina a aquellos que tienen múltiples cargas y oscurece reclamos que no pueden entenderse como resultado de fuentes discretas de discriminación” (Crenshaw, 1989:140).
Así se observa que las aportaciones sobre la interseccionalidad de Crenshaw impactaron y reformaron la manera de concebir y estudiar la desigualdad social. Desde ese momento se empezó a considerar que la desigualdad era vivida y percibida distintamente por cada grupo social, y que era determinada principalmente por el género, la clase, la raza y la etnia. Sin embargo, fue tan fuerte el impacto del enfoque interseccional que la triada clase-etnia-género fue tomada como una verdad incuestionable en un gran número de investigaciones sobre desigualdad. En consecuencia:
“durante los últimos quince años, en el análisis de las desigualdades ha predominado la utilización del trinomio clase-etnia-género. Tiende a asumirse que la superposición de la explotación capitalista con la discriminación étnica y la dominación masculina producen todas o la mayor parte de las desigualdades” (Reygadas 2004:92).
En ese sentido valdría recuperar el hecho de que Kimberle Crenshaw no buscaba hacer una propuesta teórica metodológica en las ciencias sociales como tal, sino que ella acuñó el concepto de interseccionalidad para explicar la situación social de las mujeres afrodescendientes en el contexto norteamericano únicamente. Han sido precisamente los investigadores sociales quienes han hecho de la interseccionalidad un paradigma en los estudios feministas de la desigualdad, y han sido también los investigadores sociales quienes han realizado diversas críticas al enfoque, propugnando por un análisis interseccional más apegado a cada sociedad. Por lo tanto, en cuanto a la interseccionalidad como herramienta teórica metodológica en las sociedades latinoamericanas, Luis Reygadas sostiene que:
“la reproducción de las asimetrías en América Latina no opera exclusiva ni principalmente por medio de la explotación de clase y de las relaciones de discriminación directa. Éstas fueron muy notorias en el pasado y todavía son fundamentales, pero a lo largo de la historia se fueron decantando en una distribución desigual de tierras, propiedades, acceso a recursos, oportunidades educativas y capacidades” (Reygadas 2004: 92).
Vale hacer hincapié en que el enfoque interseccional que aquí se propone para el abordaje del análisis de las familias mayas rurales de la península yucateca parte de una interseccionalidad más apegada a la forma en la que se desenvuelve la desigualdad en la sociedad mexicana, donde subsisten distintas categorías más allá de la raza, la etnia y el género, y se toma a consideración que:
“Hoy en día las mujeres, los negros y los indígenas están en desventaja en América Latina no sólo por enfrentar situaciones de explotación y un trato discriminatorio, que aún perduran, sino también porque, como resultado de un proceso histórico complejo, cuentan con menores niveles educativos o con educación de menor calidad, no poseen las mejores tierras, viven en regiones apartadas o en zonas deprimidas de las ciudades” (Reygadas 2004: 92).
Hecho que es muy evidente entre las personas que provienen de locaciones rurales y migran a trabajar en los centros turísticos del estado de Quintana Roo; los bajos niveles educativos, la lejanía de sus localidades, el español como segundo idioma son sólo algunas de las características que posicionan a las provenientes de estas comunidades en una situación de desventaja social frente otras personas más preparadas que provienen de otros lugares del país o del mundo, y que también laboran en estos megaproyectos turísticos.
Las críticas y aportaciones de Mara Viveros Vigoya en el tema de la interseccionalidad resultan ser muy pertinentes, puesto que al recuperar diversas sociedades en las que se reproduce la desigualdad ella da cuenta de cómo en cada una operan distintas condiciones sociales que hacen que ciertas categorías del análisis interseccional tengan más peso que otras. En ese sentido Mara Viveros sugiere utilizar la categoría de la interseccionalidad en los estudios sobre la desigualdad “con precaución, para no convertirla en una caja negra en la que todo cabe” (Viveros Vigoya, 2016: 5). Es vital entonces no perder de vista que la interseccionalidad “busca dar cuenta de la percepción cruzada o imbricada de las relaciones de poder” (Viveros Vigoya, 2016: 2), pero sin dejar de considerar que estas relaciones se materializan en formas distintas en cada sociedad, por lo que Mara Viveros Vigoya propugna por un enfoque teórico metodológico de la interseccionalidad contextualizado y relativizado, dado que siempre “el análisis de configuraciones sociales particulares puede relativizar las percepciones del sentido común sobre el funcionamiento de la dominación” (Viveros Vigoya, 2016: 10).
Como se observó, las recientes aportaciones al tema de la interseccionalidad sugieren manejar el trinomio clase-etnia-género con cuidado y observar atentamente las especificidades que cada sociedad presenta respecto de su forma de vivir y reproducir la desigualdad. En el caso de la sociedad maya peninsular, que es la que está en cuestión, cabe destacar que las categorías de etnia y racismo toman protagonismo, puesto que se trata de un grupo étnico con características propias que ha sido fuertemente racializado históricamente dentro de la sociedad peninsular y mexicana en su conjunto. En el siguiente apartado se analizará de qué manera las categorías de etnia y raza son muy determinantes de la forma en que se comporta la desigualdad entre las familias rurales mayas peninsulares, pero cabe añadir que esta desigualdad también determina la forma en que se desenvuelven las relaciones de este grupo étnico con los megaproyectos turísticos del Estado de Quintana Roo.
La identidad étnica maya peninsular
Como bien ha señalado la teoría interseccional, la pertenencia a un grupo étnico es una categoría que debe tomarse a consideración para entender mejor la desigualdad. Según se analizó en el apartado pasado, hay categorías que pueden tomar más o menos relevancia respecto de cómo se comporta la desigualdad en cada sociedad. En el caso de la sociedad maya peninsular las categorías de etnicidad y racismo toman especial importancia, dado que se trata de un grupo étnico que históricamente ha sido fuertemente racializado y excluido de la sociedad mexicana. El grupo étnico puede definirse como un conglomerado social capaz de reproducirse biológicamente que reconoce un origen común, cuyos miembros se identifican entre sí como parte de un “nosotros” distinto de “los otros” e interactúan con éstos a partir del reconocimiento recíproco de la diferencia y entre ellos comparten elementos culturales como es la lengua y el territorio (Bonfil Batalla 1991: 170). Algunos elementos culturales propios del grupo étnico maya peninsular que han sido reportados por algunos antropólogos (Tozzer, 1907; Villa Rojas, 1985) desde el siglo pasado aún pueden observarse, aunque cada vez con menor frecuencia, en los pueblos de Tres Reyes, Esmeralda y Banco de Cenotes, como será analizado en el próximo apartado. Algunos ejemplos de estos elementos culturales serían: la construcción de la casa tradicional maya, el empleo de la lengua maya, la celebración de rituales y ceremonias propias, la siembra de la milpa y la cacería como principales medios de subsistencia y el empleo de la medicina tradicional maya, por mencionar sólo algunos.
Al hablar de grupo étnico se alude también a la existencia de una identidad de tipo étnica, es decir a la idea de un “ellos” frente a un “nosotros” en tanto que “la identidad étnica es una construcción que realizan tanto las sociedades para expresar su alteridad frente a otras, como el mismo antropólogo que pretende vislumbrar las identificaciones sociales que se hacen inteligibles en los contextos interétnicos” (Bartolomé, 2006: 29). Dentro de la antropología, en el estudio de las identidades étnicas resalta la aportación Fredrik Barth (1998) en tanto que “Barth disocia al grupo étnico de la tradicional relación con una cultura específica, y lo propone como una forma de organización orientada a regular la interacción social a través de la presencia de fronteras a la interacción” (Bartolomé, 2006: 34). Es decir que gracias a las aportaciones de Fredrik Barth en el estudio de las identidades étnicas se empezó a reconocer que éstas pueden existir sin necesariamente corresponder a una adscripción cultural. No obstante, parece imprescindible reconocer que entre el problema de la identidad y la cultura no hay que perder de vista que la identidad “puede entenderse mejor si se plantea, no como un atributo necesario, sino como una resultante de la preexistencia del grupo con una cultura propia” (Bonfil Batalla 1991: 171).
A partir de la idea de que la cultura no define a la identidad étnica pero sí la considera como una parte preexistente de esa identidad étnica, es que Guillermo Bonfil Batalla propone su teoría del control cultural. El control cultural es definido como un “sistema según el cual se ejerce la capacidad social de decisión sobre los elementos culturales. Los elementos culturales son todos los componentes de una cultura que resulta necesario poner en juego para realizar todas y cada una de las acciones sociales; mantener la vida cotidiana, satisfacer necesidades, definir y solventar problemas, formular y tratar de cumplir aspiraciones” (Bonfil Batalla 1991: 171). La teoría del control cultural está definida entonces por la interacción que existe entre los elementos culturales propios y los ajenos, en tanto “son propios, los que la unidad social considerada ha recibido como patrimonio cultural heredado de generaciones anteriores y los que produce, reproduce, mantiene o transmite, según la naturaleza del elemento cultural considerado. Inversamente, son elementos culturales ajenos aquellos que forman parte de la cultura que vive el grupo, pero que éste no ha producido ni reproducido” (Bonfil Batalla 1991: 173).
La antropología ha demostrado que las identidades no son algo fijo, sino que son dinámicas y están en constante cambio, “por ejemplo, ‘lo maya’ de ahora no es idéntico a ‘lo maya’ del preclásico. Lo ‘maya’, como toda identidad étnica, se construye, en cada momento histórico” (Bartolomé, 2006: 36). En el apartado siguiente se demostrará de qué manera la entrada en vigor de los megaproyectos turísticos en Quintana Roo desde la década de 1980 ha comenzado a modificar los elementos culturales propios de la identidad maya peninsular, lo que está generando acelerados procesos de reconfiguración de la identidad étnica.
En cuanto al tema de las identidades étnicas en la península de Yucatán, cabe mencionar que no existe una identidad étnica homogénea en los tres estados que conforman el territorio peninsular (Campeche, Yucatán y Quintana Roo). De acuerdo con Ella Fanny Quintal, a las personas que hablan la lengua maya yucateca se les conoce como “mestizos”, y en otras regiones de la península las personas mayahablantes se autodenominan “mayeros”. Sin embargo, en la parte sur y oriente de la península se ocupa el etnónimo “macehual” como una autoidentificación de los mayas peninsulares que en el pasado figuraron con un rol activo dentro del conflicto social del siglo XIX, la guerra de castas. Por otro lado, menciona Ella Fanny Quintal que el término “maya” es empleado principalmente por antropólogos o agentes externos a las comunidades, como es el caso de la misma industria turística (Quintal Avilés, 2005).
El etnónimo “macehual” continúa siendo empleado entre las comunidades del sur y oriente de la península que en el pasado tuvieron un rol activo en el conflicto (Quintal Avilés, 2005), y más adelante se analizará una familia en la comunidad Esmeralda que se autoidentifica como macehual puesto que sus antepasados fueron activos en el conflicto armado. En ese sentido cabría añadir que la identificación de un grupo étnico con motivos políticos es una expresión propia de la etnicidad, en tanto ésta se manifiesta “como una adscripción totalizadora que orienta las conductas sociales y políticas y que puede llevar a confrontaciones radicales” (Bartolomé, 2006: 29). Sin embargo, si analizamos este conflicto histórico de etnicidad podemos dar cuenta de qué tan racializados han sido los mayas peninsulares a través de la historia social de la península de Yucatán, puesto que este conflicto fue una respuesta a arduas medidas de exclusión social hacia los indígenas mayas, como se verá posteriormente. Por tanto, no debe perderse de vista que la capacidad de ser racializado es un factor determinante de la desigualdad social de acuerdo con la teoría interseccional. Según la investigadora Olivia Gall, en el racismo están en juego las cuestiones de las identidades étnicas, pero resulta imprescindible no perder de vista que el racismo está relacionado siempre:
“al ámbito de lo político, lo económico y lo social, y coloca a un gran número de personas, de grupos étnicos, de minorías migrantes y de naciones (en el sentido ya sea de pueblos o de países) en diversas y complejas situaciones de sufrimiento, cuyo componente central puede ser la exclusión, la interiorización, la asimilación discriminatoria o, en casos extremos, el exterminio” (Gall, 2014: 9).
También vale resaltar el papel que la historia juega en los sujetos racializados, puesto que “no hay nada en la esencia racial; hay procesos históricos que podían haber sido diferentes” (Jelin, 2014: 21). Históricamente, el pueblo maya peninsular ha sido fuertemente racializado, y en consecuencia “la identificación entre etnicidad y marginación se gestó como requisito —a la vez que resultado— de la colonización española, así como del proceso de formación neocolonial del Estado-nación” (Bracamonte y Sosa & Lizama Quijano, 2003: 253).Y así, por lo tanto, se observa que:
“la posición racial es una construcción cultural de relaciones con una historia materializada de racismo que ha construido espacios separados para las razas, una división racista del trabajo, lenguaje racista, expectativas acerca de los discursos y las prácticas de los individuos pertenecientes a las razas subordinadas” (Castellanos, 2008: 518).
El rechazo hacia la cultura y hacia el grupo étnico maya peninsular comenzó desde la conquista de México cuando llegaron los españoles a América, hecho que se expresó en fuertes manifestaciones de racismo y exterminio social. Posteriormente, una vez que se estableció el México independiente en el siglo XIX, la situación social de exclusión y racismo hacia las personas mayas persistió; ejemplo de ello fue la guerra de castas el año de 1848, una sublevación indígena abierta en contra de los dzules (así se le llama a alguien extranjero en lengua maya, pero también es una forma de referirse en específico a la población blanca) por las terribles condiciones a las que vivían sometidos (Reed, 1971). La resistencia indígena de los mayas macehuales en el poblado de Chan Santa Cruz, hoy Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo, como consecuencia de la guerra de castas de 1848 permaneció hasta el año de 1901, cuando fue invadido por órdenes del entonces presidente Porfirio Díaz[3].
El cese de la resistencia indígena no supuso el fin de la discriminación, ni tampoco de la exclusión a la que históricamente habían estado expuestos los mayas peninsulares; al contrario, ésta se encrudeció durante el tiempo de la fiebre del oro verde: el auge de la industria henequenera en la península. Para 1908, asombrado por las condiciones sociales que presenció en Yucatán durante la fiebre del oro verde, el escritor norteamericano John Kenneth Turner denunciaba que las personas de origen maya vivían en arduas condiciones de esclavitud: no podían ni siquiera transitar libremente por las calles puesto que la mayoría de los indígenas mayas trabajaban en las fincas henequeneras, en las que, relata, se les azotaba y trataba en las peores condiciones sociales que en su vida había presenciado (Turner, 2009: 33).
La segunda mitad del siglo XX estuvo determinada por el cese de la industria henequenera y un cambio de la política del Estado y de las élites hacia los indígenas mayas de Yucatán, ya no caracterizada por la exclusión como en el pasado, sino por la inclusión, pero a costa de la pérdida de su lengua y de sus elementos culturales. El nacionalismo fue el gran proyecto del Estado posrevolucionario mexicano y se buscaba incluir a todos los grupos culturales del territorio bajo la figura del mexicano, inspirada en la idea de Lázaro Cárdenas de “mexicanizar al indio”, como lo mencionó en el Congreso de Pátzcuaro de 1940. De esta manera la política indigenista del Estado mexicano del siglo XX se caracterizó por la inclusividad, pero siempre y cuando se adoptasen la lengua y los patrones culturales dominantes. En ese sentido, en México “el indigenismo, pues, fue desde el principio una política del Estado mexicano diseñada y llevada a cabo por intelectuales mestizos en beneficio de los indígenas, pero sin la participación de éstos” (Stavenhagen, s/a:32). En términos de Guillermo Bonfil Batalla, la política indigenista del Estado mexicano ha sido caracterizada por la imposición de elementos culturales ajenos a los grupos indígenas del país, es decir bajo la figura del control cultural, como ha sido el caso histórico de los mayas peninsulares. Actualmente, como veremos en el siguiente apartado, los megaproyectos turísticos han aparecido como un elemento más que ejerce patrones de control cultural y de despojo entre los mayas peninsulares de los pueblos analizados.
Reconfiguración de la identidad étnica y despojo entre las familias mayas peninsulares en relación con los megaproyectos turísticos del estado de Quintana Roo
Las tres comunidades mayas que se analizarán en estre artículo, Tres Reyes, Banco de Cenotes y Esmeralda, están establecidas a un costado de la carretera número 190 que va de Cobá (en el estado de Quintana Roo) hasta el poblado de Nuevo X-can (estado de Yucatán). A lo largo de esta carretera se encuentran establecidos nueve poblados cuyos habitantes son mayoritariamente indígenas mayas (Campamento Hidalgo, Punta Laguna, Pacchen, Banco de Cenotes, Esmeralda, Tres Reyes, Villa Guadalupe, Nuevo Durango y Nuevo Xcan).
Para realizar una etnografía ilustrativa de la realidad que se vive en estos nueve pueblos mayas decidí escoger tres poblados con niveles distintos de desarrollo: el poblado más grande y desarrollados de todos, así como la comunidad menos desarrollada de todas y finalmente otra comunidad que se encontraría a la mitad de camino entre estos dos extremos. Tres Reyes es el poblado más desarrollado de todos (puesto que a diferencia de ellos, Tres Reyes posee servicios de drenaje, agua potable, luz y electricidad, además de que cuenta con escuela primaria, secundaria y bachillerato, elementos inexistentes en los otros pueblos y también cuenta con un centro de salud). Banco de Cenotes es una comunidad mucho menos desarrollada puesto que ahí sólo hay servicios de luz y electricidad, pero no hay agua potable ni servicios de drenaje, ni casas de cemento. Finalmente, Esmeralda es la comunidad menos desarrollada de todos los pueblos en tanto que ahí no hay servicios de ningún tipo; es una pequeña comunidad indígena inserta en medio de la selva a cuatro kilómetros de distancia de la carretera.
En el pueblo de Tres Reyes en Quintana Roo, el más grande de las tres comunidades que se analizan en el presente artículo, la población es de aproximadamente 500 personas. Las otras dos comunidades estudiadas antes eran una sola comunidad que se fragmentó. La comunidad situada a 4 kilómetros de distancia de la carretera lleva por nombre Esmeralda, su población es no mayor a las 40 personas y ya forma parte del estado de Yucatán. En Esmeralda no hay servicios básicos de ningún tipo y por eso, en cuanto anochece, las actividades forzosamente deben parar. Por eso, hace veinte años la mitad de la comunidad Esmeralda decidió salir de ahí y establecerse a un costado de la carretera para poder tener acceso a luz eléctrica. Esta nueva comunidad fue llamada Banco de Cenotes por sus fundadores porque hay muchos pequeños cenotes por ahí; al igual que Esmeralda se trata de una comunidad de no más de 40 personas.
De acuerdo con el testimonio de uno de los fundadores del pueblo de Tres Reyes, hace unos treinta años todos estos pueblos eran muy homogéneos, puesto que todos poseían el mismo nivel de vida, todas las casas eran iguales hechas de palos y palma y todos se dedicaban por completo al trabajo de siembra de la milpa. Desde que comenzaron los megaproyectos turísticos en Quintana Roo la desigualdad entre todos estos pueblos se ha polarizado bastante, en tanto que actualmente es posible ver que en Tres Reyes predominan las casas de cemento, y en Esmeralda y en Banco de Cenotes no hay ninguna casa de cemento, todas son hechas con palos y palma.

La tenencia de la tierra en estas comunidades es mediante la figura del ejido, y la gran mayoría de sus habitantes se dedican a la agricultura familiar mediante la siembra de la milpa tradicional. También en Tres Reyes, a diferencia de las otras comunidades, hay varias tiendas de abarrotes, incluso una ferretería, pero esos son los elementos más cercanos a negocios e instituciones que hay. Por ejemplo en ninguno de estos tres pueblos existen los puestos de comida ni los restaurantes, pues todos se alimentan de lo que cultivan en sus milpas; comprar frutas o verduras en las tiendas de abarrotes es muy caro porque son pocos quienes las compran (aunque cabe mencionar que el consumo de alimentos procesados que se consiguen en las tiendas de abarrotes está siendo cada vez mayor). Tampoco existe un camión de la basura o una policía que esté constantemente vigilando el lugar, es decir que los servicios son escasos.


Estas comunidades de indígenas mayas se establecieron en este territorio a raíz del reparto agrario del expresidente Lázaro Cárdenas en la década de 1940 y, posteriormente, se construyó la carretera sobre la que actualmente se establecen en la década de 1980. Se cuenta que en aquel tiempo el gobierno convocó a diversas comunidades a formar el pueblo de Tres Reyes, que contaría con una plaza central y una escuela. Por eso este pueblo se conforma de familias provenientes de diversos lugares de la península. La construcción de la carretera significó un gran paso hacia la comunicación de estas comunidades; el otro gran paso sucedió en la medida en la que ha ido desarrollándose la actividad turística en Quintana Roo, pero de una manera mucho más acelerada que en el pasado.
Es importante señalar que el concepto de familia que se emplea en este estudio no sólo se limita a la familia nuclear de padres e hijos, sino que se considera que la familia “está incluida en una red más amplia de relaciones –oblligaciones y derechos– de parentesco, guiada por reglas y pautas sociales establecidas” (Jelin, 1984:15); el concepto de la familia está además en constante cambio según cada tipo de sociedad, por eso se tomará en cuenta que:
“Desde la perspectiva demográfica las familias y, por lo tanto, los hogares que las albergan, constituyen ámbitos de relaciones sociales de naturaleza íntima, donde conviven e interactúan personas emparentadas, de género y generaciones distintas. En su seno se construyen fuertes lazos de solidaridad; se entretejen relaciones de poder y autoridad” (Gutíerrez Capulín et. al., 2016: 222).
Se buscará escapar a la noción tradicional de la familia nuclear, y se le ubicará en su sentido de unidad doméstica en la que confluyen las relaciones de parentesco y residencia muy diversas, ya que “la composición de la unidad doméstica, siempre normada por los lazos familiares, es el resultado de diversos procesos a lo largo del ciclo vital de sus miembros. Por un lado, están los acontecimientos ligados a la historia de la formación de la familia, incluyendo matrimonios, separaciones, nacimientos y muertes, así como las mudanzas, migraciones y otros accidentes” (Jelin, 1984:17).
La familia Pech de Tres Reyes, Quintana Roo
La familia Pech es una de las familias en Tres Reyes con quien mayormente me he relacionado a lo largo de mis estancias de campo. Concibo a la familia Pech desde la unidad doméstica en la que habitan la señora Enedina y el señor Gabriel, quienes tienen el rol de ser los padres, junto con sus hijos y sus hermanos, quienes se relacionan con ellos. Actualmente, la señora Enedina vive con su padre y su hijo menor de 12 años en Tres Reyes, Quintana Roo, pero su marido vive en la ciudad de Cancún donde labora, y sus hijos viven y trabajan en la ciudad de Playa del Carmen y visitan el pueblo en ocasiones. En la casa de junto vive el hermano de Enedina, con su pareja y su hija, con quienes conviven prácticamente todos los días. Esta situación es típica de las familias de estos pueblos mayas, donde algunos miembros viven fuera del pueblo en las ciudades turísticas y el resto de los familiares permanece en el pueblo y sobrevive principalmente de sus siembras tradicionales comúnmente llamadas milpa. Enedina apoya económicamente a la familia de su hermano, y a cambio ella consume el maíz y los alimentos que cultiva su hermano en sus siembras.
Las dinámicas del día a día de las familias mayas han cambiado fuertemente desde la puesta en marcha de los megaproyectos turísticos en Quintana Roo. La señora Enedina relata que cuando ella era joven, todos los días de su vida comía venado, tepezcuintle, jabalí (o cualquier otro animal cazable) y que incluso en aquel entonces, ella estaba ya muy cansada de comer siempre la misma carne de venado, pero asegura que éste siempre era adquirido mediante la actividad de la cacería -su papá los cazaba-; esta actividad se practica con menor frecuencia cada vez. Incluso, ella relata cómo las perscripciones rituales para la cacería antiguamente eran muy respetadas por todos, porque de esta actividad dependía su vida; actualmente que ya casi no se cazan venados se descuidan muchos de los aspectos rituales, pero cabe mencionar que, si bien estos rituales suceden cada vez menos, aún se siguen practicando junto con la actividad cinegética. Enedina dice que actualmente son pocas las veces que se caza un venado y ahora han sustituído la caza con la ganadería de cerdos principalmente; esto ha sucedido en gran medida por el capital que la actividad turística les ha proporcionado, que les permite comprar animales para la subsistencia.
El inicio de los megaproyectos también ha significado grandes cambios en las dietas, no sólo por el gran aumento de la crianza y consumo de cerdos, sino también por la llegada de productos alimenticios procesados que se consumen con mayor frecuencia. Estos cambios han significado un fuerte aumento de la obesidad en los últimos veinte años; será fundamental analizar de qué manera operan las consecuencias de los cambios en la dieta en la salud en el largo plazo de estas personas. Si bien en ninguna de las familias analizadas se presentan casos de personas con enfermedades graves por la obesidad, entre las personas entrevistadas aseguran que observan que la gente del pueblo ha comenzado a tener enfermedades que antes no existían con tanta frecuencia, como es el problema de piedras en los riñones, enfermedad que Enedina en el pasado tuvo que atravesar. Por otro lado, en las historias de vida de todas las familias se hizo mención que antiguamente familiares que ya eran mayores (ochenta o noventa años) aún trabajaban la tierra y que ahora la gente mayor tiene menos salud o muere antes, como a los setenta.
En general todos los patrones de vida se han modificado abruptamente para ellos desde hace cuarenta años, pues todo ha cambiado a un ritmo muy acelerado, y aunque hay varios beneficios derivados de la derrama económica de la industria turística que son reconocidos por todas las personas entrevistadas, las historias orales de vida que se realizaron están impregnadas de un clima de nostalgia por la pérdida de muchos elementos culturales que han acontecido en los últimos cuartenta años. Cabe mencionar que si bien hay otros fenómenos sociales que han provocado pérdidas en los elementos tradicionales de la identidad maya, actualmente en la dinámica social de estos pueblos la industria turística aparece como la principal protagonista, por ser la principal actividad económica de la región.
La situación rural y de lejanía de las urbes es sin duda una desventaja para las familias mayas que habitan en estos pueblos, puesto que todos saben bien que si no se prepara a los hijos para la vida fuera de la comunidad ésta puede resultar ser muy dura, por eso es que se busca educar y dotar de herramientas a los hijos para que puedan sobrevivir tanto dentro como fuera de sus comunidades. Uno de los momentos que mayormente impactó la vida de Enedina fue cuando su esposo decidió que era necesario salir a buscar trabajo a la ciudad de Cancún, para poder ahorrar dinero y en algún momento sustentar la educación de sus tres hijos. Enedina describe este momento como uno de los más díficiles en toda su vida, y aunque ella no quería que su esposo se fuera, sabía que sería lo mejor para el futuro de sus hijos. Desde hace dos años los dos hijos mayores de Enedina también tuvieron que salir del pueblo a buscar trabajo en la ciudad de Playa del Carmen, puesto que ellos eran empleados de una empresa turística que contrató a algunas personas de los pueblos para hacer actividades de ecoturismo en los cenotes de las comunidades; sin embargo, después de casi quince años de relaciones laborales, la empresa decidió retirarse del pueblo por cuestiones económicas y los hijos mayores de Enedina se vieron forzados a salir a buscar trabajo en las ciudades turísticas. Ahora Enedina vive sola con su hijo menor y su padre en el pueblo de Tres Reyes.
La forma en la que sobreviven el día a día las familias de Tres Reyes es por acciones de solidaridad familiar y comunitaria. Así es como Enedina sobrevive desde hace veinte años, cuando su esposo decidió irse a trabajar a Cancún: su papá fue durante estos años quien, con la ayuda de sus nietos, se encargó de sembrar el maíz y los alimentos para el sustento diario. Desgraciadamente, el papá de Enedina es grande y hace un par de años se enfermó y ya no tiene capacidad física para sembrar la milpa; desde ese entonces, Enedina consume el maíz de las siembras de su hermano y apoya económicamente con lo que a él y su familia le es necesario gracias a los ingresos que generan su esposo y sus hijos.
Vale mencionar que la división sexual tradicional del trabajo está muy marcada entre las familias peninsulares rurales: mientras que los hombres son quienes se dedican a la agricultura familiar, las mujeres son quienes se dedican a las labores domésticas (Villa Rojas, 1985). Sin embargo, cuando el hombre migra hacia las ciudades para trabajar hay un quiebre en esta división tradicional del trabajo, y muchas veces, si nadie de la familia trabaja la tierra las mujeres viven a la expectativa de los alimentos y bienes que el esposo es capaz de traer desde la ciudad donde labora. La gran mayoría de las veces sucede que gracias a las redes de solidaridad con familiares y amigos los habitantes de estos pueblos mayas pueden seguir alimentándose de su dieta tradicional, que consiste en los alimentos de la milpa y del solar de las familias, como ha sucedido con la familia Pech.
Aunque la migración es en cierto sentido “parcial”, en tanto se trata de una migración interna y quienes laboran fuera del pueblo regresan cuando pueden a visitar a sus familiares, este hecho significa un cambio en los patrones de vida, donde las mujeres que permanecen en el pueblo deben aprender a criar solas a sus hijos y, dados los cambios, deben adoptar nuevas estategias de supervivencia ante la ausencia de sus esposos. Esta doble carga en las tareas de las mujeres por la ausencia de los hombres es sin duda una situación de desventaja y desigualdad para las mujeres que viven este tipo de situaciones. A costa de la migración que ha implicado la industria turística existe también una fragmentación de la familia, en la que los hijos deben crecer en ausencia de la figura paternal, mayormente resposable de transmitir los conocimientos de las siembras tradicionales mayas. Por ende, el abandono del campo es cada vez mayor, y también menos atractivo para los jóvenes que cada vez poseen menos saberes. Por eso es que se puede hablar de un control cultural, en la lógica de Guillermo Bonfin Batalla (1998), de los megaproyectos turíticos en estos pueblos mayas, pues la situación socio-económica los ha empujado a tener que adoptar elementos culturales ajenos y abandonar los propios.
Los megaproyectos turísticos han logrado infiltrarse de alguna u otra manera en el territorio de estas comunidades indígenas. Durante quince años, una empresa turística firmó un convenio con algunos habitantes de Tres Reyes y Esmeralda y contrató a algunas personas del pueblo como empleados; la dinámica consistía en que la empresa se encargaba de llevar a turistas hasta las comunidades y se les permitía hacer actividades ecoturísticas en los cenotes del lugar. Si bien el ser empleados dentro del pueblo significó una gran ventaja al poder generar un ingreso sin tener que migrar fuera de Tres Reyes, hubo mucho disgusto entre los empleados, ya que recibían únicamente el salario mínimo por largas jornadas de trabajo. Sin embargo, desde 2021 las relaciones laborales cesaron y por cuestiones económicas la empresa se retiró de los pueblos. También cuentan con mucha nostalgia los adultos mayores entrevistados que desde que la empresa comenzó a llevar a los turistas, los jóvenes del pueblo ya no quieren aprender las costumbres mayas y sólo se interesan por la tecnología.
Sucede también que la pérdida de la lengua maya está siendo veloz; cada vez se habla menos. Si bien desde el siglo pasado, con las políticas indigenistas del Instituto Nacional Indígenista (INI) por parte del Estado mexicano, se buscaba imponer el idioma castellano entre la población indígena de México y de Yucatán, el proceso de la pérdida de la lengua se agudizó en los últimos quince años aproximadamente y cada vez más son los niños en crecimiento que no saben hablar la lengua maya, puesto que ésta no se necesita en el trabajo turístico.

La familia Caamal de Banco de Cenotes, Yucatán
La familia Caamal de la comunidad Banco de Cenotes se encuentra inserta en dos mundos distintos: por una parte, es una de las familias que conserva muchos elementos propios de la cultura maya peninsular, pero por otra parte, es una familia atravesada por los megaproyectos turísticos también. De entre todos los pueblos mayas establecidos a lo largo de los ochenta kilómetros de la carretera, el único especialista ritual, llamado Aj-meen en lengua maya, es don Pascual Caamal. Él es padre de dos hijos que viven en la ciudad de Cancún y trabajan para el turismo. En la casa de Banco de Cenotes de la familia Caamal viven únicamente don Pascual, su esposa doña Susana y su hija menor Ady.
Cuando le pregunté a don Pascual Caamal la razón por la que sus hijos no habían continuado en la tradición de ser Aj-meen, él contestó que todo lo que aprendió fue por medio del don y no fue un saber transmitido generacionalmente por sus padres; sus hijos, como no recibieron el don, tuvieron que ir a buscar trabajo en el desarrollo turístico de Cancún. También cuestioné a don Pascual respecto del hecho de por qué ya casi no había especialistas rituales en la península, y él contestó que ya no era posible obtener el don, puesto que él lo había obtenido a raíz de pasar largos periodos de reflexión en el “monte” y en contemplación de la naturaleza, y que dadas las distracciones de las ciudades y la tecnología actuales, “ya no existe nadie que tenga el don para ser Aj-meen, eso se acabó ya, eso era de antes” (Entrevista don Pascual, Banco de Cenotes, Yucatán, 2021).
Cabe mencionar también que la familia Caamal se ha acomodado muy bien a los cambios que se han vivido en Banco de Cenotes desde la llegada del turismo al estado de Quintana Roo. Puesto que el hecho de ser Aj-meen brinda mucho estatus social entre los pueblos tradicionales mayas, la familia de don Pascual es una de las más acaudaladas de todas las comunidades cercanas. A diferencia de la mayoría de las familias de la comunidad, don Pascual posee varios terrenos y un automóvil propio. Él se ha beneficiado mucho de los cambios introducidos por la modernidad, puesto que don Pascual es muy demandado por gente de toda la península, que lo contrata cotidianamente para celebrar diferentes rituales y ceremonias. No obstante, la vivienda de esta familia posee pocos elementos de la modernidad y muchos de la casa tradicional maya; además, la familia Caamal asegura preferir vivir lejos de las urbes. A pesar de la forma en que don Pascual Caamal se ha beneficiado con el uso de tecnologías de la comunicación en el oficio, él preserva aún muchos de sus elementos culturales propios. Sin embargo, él no deja de asegurar sentir nostalgia por ver su propia vocación extinguirse desde que comenzaron los megaproyectos turísticos.

La familia Poot de Esmeralda, Yucatán
Los habitantes de la comunidad Banco de Cenotes son familias que antes vivían en la comunidad Esmeralda, la comunidad más adentrada en la selva y más alejada de la carretera de las tres comunidades aquí estudiadas. Estas personas, como la familia Caamal, decidieron mudarse para poder tener acceso a la electricidad, pues en Esmeralda no hay ningún tipo de servicios básicos y actualemente ya sólo unas cuantas personas viven ahí: alrededor de ocho viviendas tradicionales mayas se despliegan alrededor de un cenote pequeño localizado en el mero centro. En Esmeralda habita una de las familias más apegadas a las tradiciones mayas de estos pueblos, se trata de la familia Poot. La pecularidad de esta familia es que se trata de mayas macehuales hijos de los sublevados de la guerra de castas, quienes aún conservan los rifles de hace más de cien años con los que orgullosamente pelearon sus abuelos. Así también, en Esmeralda hay una pequeña choza que cumple la función de adoratorio de la comunidad, en la cual se resguardan tres cruces verdes de madera que datan de la época de la guerra de castas (siglo XIX). Aunque ya no estén en vida los abuelos de la familia Poot, ellos siguen siendo un motivo de orgullo y de identidad para las familias de Esmeralda; cada 3 de mayo, el día de la Santa Cruz, muchas personas de todos los pueblos aledaños acuden a visitar a estas cruces, y la familia Poot es siempre la protagonista en la organización de la fiesta.
Pedro Poot es esposo de Concepción Poot y ambos preservan aún muchos elementos culturales propios. Pedro se dedica por completo al cultivo de la milpa y Concepción a la preparación de las tortillas y a los cuidados del hogar. Dado que no pudieron ser padres, Pedro y Concepción apoyan a los hermanos de Pedro, quienes viven en Esmeralda, con el cuidado de sus hijos. De todas las familias que he conocido en mis estancias de trabajo de campo, la familia Poot es la que menos emplea el español y es la que más apego posee hacia las costumbres mayas. La comunidad Esmeralda se encuentra alejada de los ruidos de los coches y uno puede percatarse de la infinidad de sonidos que emiten los animales de la selva y la tranquilidad que transmite el entorno natural; no obstante, no podríamos decir que el mundo del turismo es un elemento alejado de la comunidad. Incluso la empresa turística que laboraba en Tres Reyes incursionó en Esmeralda, y establecieron relaciones laborales durante tres años en los que la empresa llevaba a turistas a la comunidad para nadar en el cenote. Las actividades no duraron mucho tiempo puesto que los habitantes de Esmeralda consideraban que era muy poca la paga que recibían por parte de la empresa, y en consecuencia sucedieron conflictos directos entre ellos y la empresa terminó por retirarse.

A pesar de que fue muy poco el tiempo de actividad turística en la comunidad, la vida para sus habitantes cambió por completo; ejemplo de ello es el hecho de que anteriormente utilizaben el agua del cenote para sus actividades diarias y desde que el turismo llegó la han tenido que dejar de consumir, obligándolos a tener que ir hasta el pueblo de Tres Reyes a conseguir el agua potable. Sin embargo, ocasionalmente alguno que otro turista pasa a la comunidad Esmeralda a nadar en el cenote, lo que les permite obtener la entrada de algo de capital aunque no sea muy significativo.
Migración, despojo y desigualdad, algunas consecuencias de los megaproyectos turísticos de Quintana Roo entre los mayas peninsulares
La consecuencia más inmediata y perceptible de la relación entre los megaproyectos turísticos del estado de Quintana Roo y los indígenas mayas que habitan en los pueblos cercanos de Tres Reyes, Banco de Cenotes y Esmeralda es el efecto de la migración. Cabría recalcar que la migración representa una novedosa estrategia para los campesinos mayas peninsulares de generar capital económico, situación que desde las comunidades de origen es dificil de generar dado el escaso desarrollo económico; en ese sentido, la migración es una estretegia de supervivencia que los campesinos adoptan cuando las condiciones climatológicas no son favorables para el correcto desarrollo de sus siembras. En consecuencia se observa un fenómeno de migración indígena interna; es decir, la migración sucede dentro de las mismas fronteras nacionales. Sin embargo, cuando se habla de migración interna no debe dejar de tomarse en consideración que “como cualquier otro fenómeno social de gran significación en la vida de las naciones, las migraciones internas son siempre históricamente condicionadas, resultando de un proceso global de cambio, del cual no se debe separarlas” (Singer, 2003: 51). En este caso, la migración de campesinos mayas peninsulares no sólo es resultado de la entrada en vigor de megaproyectos turísticos, sino que también es resultado de la desigualdad histórica y social que han representado los indígenas mayas en México.
La migración en las tres comunidades mayas peninsulares que se han analizado no ha supuesto un quiebre por completo con la comunidad de origen, sino todo lo contrario, puesto que los ingresos generados en consecuencia de esta actividad son destinados para el mantenimiento de las unidades domésticas de las comunidades de origen. Los estudios antropológicos sobre la migración interna en México han demostrado que la comunidad de origen generalmente resulta beneficiada por la migración, dadas las redes de solidaridad y apoyo que se dan entre quienes permanecen y entre quienes salen de la comunidad. Esta situación efectivamente se da en las dinámicas de las unidades domésticas, en las que “los migrantes, independientemente del lugar en donde se encuentren, siguen perteneciendo a su comunidad. Esa pertenencia se da por la existencia de diferentes tipos de relaciones e instituciones que son reelaboraciones, o mejor dicho reactualizaciones, de sus relaciones e instituciones e instituciones tradicionales” (Sánchez Gómez, 1995: 17). Asimismo, la antropología ha comenzado a dar cuenta de cómo procesos sociales como la migración no suponen un corte con la identidad étnica del grupo de pertenencia, sino que más bien se trata de procesos de resignificación de la misma identidad étnica (Arizpe, 1978; Espino Torres, 2015; Rea Ángeles, 2009; Sánchez Gómez, 1995).
A pesar de que la migración interna no supone una pérdida de la identidad étnica, cabe mencionar que sí existe un proceso de resignificación en las mismas comunidades de origen. En estas comunidades surge en consecuencia una situación de control cultural, por la pérdida de los elementos culturales como consecuencia indirecta de la relación de los pueblos mayas indígenas con los distintos megaproyectos turísticos. Aún existen familias que viven de acuerdo a los elementos culturales propios de la cultura maya peninsular, a pesar de que algunos miembros de la familia hayan migrado hacia las ciudades turísticas. Sin embargo, se puede deducir de las historias orales de las familias estudiadas que en un muy corto tiempo se han ido perdiendo elementos culturales propios de la cultura y éstos son cada vez son menos empleados.
Paralelamente, cada vez más se adoptan patrones culturales ajenos propios, en términos de la teoría del control cultural establecida por Guillermo Bonfil Batalla. Algunos ejemplos de este cambio de patrones culturales, de los propios a los ajenos, que se observa dentro de las historias orales realizadas como consecuencia de la entrada en vigor de los megaproyectos turísticos serían el cambio de la alimentación de la milpa y la cacería hacia la cría de cerdos y el consumo de alimentos procesados, el cambio de consumo de agua de cenote por la compra de agua potable, la pérdida de la lengua maya y cambios en la reconfiguración y dinámicas de las familias que suceden como consecuencia de la migración.
Si bien es cierto que la pérdida de los elementos culturales de este grupo étnico es un proceso histórico muy complejo, hay que mencionar que esta reconfiguración de la identidad ha comenzado a suceder de manera muy acelerada desde el comienzo de los megaproyectos turísticos. Por otro lado, y en términos de la teoría de la interseccionalidad, hay que recordar que la etnia es en sí una determinante de la desigualdad. No obstante,“la práctica diferenciada y el acceso desigual a la cultura propia coloca a individuos y a grupos en posiciones jerarquizadas” (Bonfil Batalla 1991: 194), por lo que una consecuencia de los megaproyectos turísticos es la desigualdad que se genera en consecuencia de la pérdida de elementos culturales propios del grupo étnico maya peninsular.
La pérdida de elementos culturales también puede explicarse gracias al concepto de despojo. El despojo puede definirse como “la privación o pérdida violenta de la posesión, goce y aprovechamiento de un recurso o un bien –entendidos de forma amplia–” (Arias Vanegas & Caicedo Fernández, 2017: 11). Los estudios sobre despojo en ciencias sociales insisten en que el despojo no siempre involucra la posesión material, la cuestión de la tierra o los recursos naturales, es decir que éste sucede en diversas dimensiones; por lo tanto“la expresión violenta del despojo resulta de la supresión, corte, pérdida o privación de algo que es significativo para la reproducción de la vida de quien lo sufre” (Arias Vanegas & Caicedo Fernández, 2017: 12). En el caso de los pueblos mayas rurales estudiados, el despojo ocasionado por los megaproyectos de la industria turística sucede en la pérdida de elementos culturales como sus saberes, sus tradiciones, su lengua, etc.
Valdría mencionar sobre el argumento anterior que la mayoría de estas familias han optado voluntariamente por trabajar en la industria turística, y ellos mismos consideran que es algo benéfico en sus vidas. En ese sentido, es importante situar al pueblo maya peninsular como una sociedad fuertemente excluída y que precisamente su inclusión a la sociedad dominante mediante el turismo supone una gran estrategia de supervivencia. Esto no significa que el despojo no exista en estos pueblos mayas, puesto que el despojo no siempre involucra acciones violentas directamente y puede incluso ser consensuado, por lo que:
“habría que insistir en que la violencia que entraña el despojo puede no ser solo el producto de una acción coercitiva que se ejerce sobre unos sujetos. De hecho, puede pasar inadvertida y funcionar de manera sutil con el consentimiento de sus propias víctimas. Aunque asuma estas modalidades consensuadas” (Arias Vanegas & Caicedo Fernández, 2017: 12).
Retomando la teoría de la interseccionalidad planteada al centro del análisis, y más allá del fuerte despojo cultural que se observa en las comunidades mayas analizadas, es importante mencionar que la desigualdad social provocada por la entrada de capital proveniente de la industria turística entre los miembros de estas comunidades es un hecho, por lo que se observa que los cambios sociales incorporados en las últimas décadas por los megaproyectos turísticos han generado como consecuencia una polarizarización de la desigualdad económica y social dentro de sus comunidades. Existen familias que están más preparadas para el trabajo turístico que otras, y eso es uno de los principales resultados y factores de esta reciente desigualdad que es cada vez más evidente. Sí bien siempre han existido familias que poseen mayores riquezas que otras, desde el comienzo de los megaproyectos turíticos de Quintana Roo se ha comenzado a polarizar cada vez más la desigualdad entre ellos. Lo anterior es perceptible puesto que hay familias que tienen coches, mientras que hay familias que no; también existe el caso de las diferencias en las viviendas, quienes aún construyen sus casas de palos y palma a la manera tradicional y quienes incorporan a sus construcciones el cemento. Sucede también que la introducción de objetos materiales modernos genera una situación de estatus entre los mismos miembros de las comunidades.
Conclusiones
El análisis de la desigualdad desde el enfoque de la interseccionalidad es una útil herramienta para entender de qué maneras tan diversas esta se percibe y opera. El haber centrado el análisis sobre los efectos de los megaproyectos de la industria turística en los pueblos mayas peninsulares desde el enfoque de la interseccionalidad fue un ejercicio muy ilustrativo, porque permitió comprender el papel de otros sujetos involucrados de manera indirecta, pero quienes también se ven afectados por el turismo, como fue el caso de las mujeres mayas y de los hijos de las familias que permanecen en las comunidades de origen. Es decir que el haber relatado la etnografía sobre el turismo en los pueblos mayas desde los postulados de la teoría interseccional permitió develar que los megaproyectos turísticos no afectan sólo a los sujetos que salen de sus comunidades a trabajar, sino que impactan fuertemente también en los modos de vida de las familias que permanecen en la comunidad de origen generando situaciones de control cultural y despojo en consecuencia. De manera paralela se observó también en las historias orales de las familias analizadas que aquellos sujetos que permanecen en la comunidad también son beneficiados de los ingresos que los familiares que migran aportan.
El análisis realizado con respecto a los postulados de la teoría interseccional parte de la idea de que la desigualdad está atravesada por las categorías de raza, etnia y género, entre otras más, situación que depende mucho de la sociedad a analizar. En el caso de la sociedad maya peninsular se observa que las categorías de etnia y raza son las que más peso tienen en cuanto al comportamiento de la desigualdad: la etnia por los patrones culturales que la pertenencia al grupo étnico supone y la raza en tanto que el pueblo maya peninsular ha sido históricamente racializado y excluido de la sociedad en su conjunto. La desigualdad que se genera en consecuencia de este acelerado proceso respecto de la identidad étnica impacta principalmente a las mujeres y a los niños de las comunidades de origen, quienes permanecen ahí puesto que se enfrentan a acelerados cambios en el estilo de vida. También se observa que los megaproyectos turísticos han comenzado a polarizar la desigualdad entre las personas de estos pueblos, según las distintas oportunidades que se tengan para obtener ingresos de esta industria. Por tanto, el problema al que nos enfrentamos dicta que mientras la etnia define a la desigualdad, la pérdida de elementos culturales propios en la identidad indígena y los acelerados procesos de resignificación suponen la generación de más desigualdad.
A manera de conclusión, en esta breve etnografía sobre tres pueblos mayas de la península de Yucatán se detectaron principalmente cuatro ejes en los que se reflejan algunos impactos del establecimiento de megaproyectos turísticos en la región: la migración, el control cultural, la reconfiguración de la identidad étnica y el despojo.
La migración acontece como la primera y la más visible consecuencia en las historias orales de vida que se realizaron, en un principio en tanto que es la más perceptible en el corto plazo por la ausencia de los familiares y, como se analizó, esta situación migratoria genera cambios en las dinámicas de la comunidad de origen. Se observó en la dinámica de las familias analizadas que la cuestión migratoria y la entrada de nuevos capitales ha significado el abandono forzado de algunos elementos culturales propios, un proceso que se puede ubicar dentro de la teoría del control cultural. Entendiendo a los indígenas mayas peninsulares como un grupo étnico, se concluye que la pérdida de los elementos culturales propios está generando un acelerado proceso de la reconfiguración de la identidad étnica como consecuencia de los megaproyectos turísticos de Quintana Roo. La pérdida de los elementos culturales propios también puede traducirse en una situación de despojo.
Es fundamental continuar estudiando las diferentes formas en que la industria turística y la migración operan desde el enfoque teórico-metodológico de la interseccionalidad en diversas sociedades, puesto que este ejercicio permitirá visibilizar las diversas formas en las que se expresa y se vive la desigualdad. Quizás lo más rescatable de este ejercicio de recurrir a la teoría interseccional en el análisis social fue dar cuenta de cómo el relacionarse con los megaproyectos desde la desigualdad, como sucede con los mayas peninsulares, sólo genera situaciones que la perpetúan y la reproducen con mayor fuerza.
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