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Reseña de Ludmila Scheinkman (2021). La fábrica de chocolate. Trabajo, género y edad en la industria del dulce, Buenos Aires 1900-1943
Revista Latinoamericana de Antropología del Trabajo, vol. 8, núm. 18, 1, 2024
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)

Reseñas

Los autores conservan los derechos
Scheinkman Ludmila. La fábrica de chocolate. Trabajo, género y edad en la industria del dulce, Buenos Aires 1900-1943. 2021. Mar del Plata. Editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata. 325 p.pp.. 9789878410456

“La fábrica de chocolate. Trabajo, género y edad en la industria del dulce, Buenos Aires 1900-1943” es el resultado de la tesis doctoral en Historia por la Universidad de Buenos Aires de Ludmila Scheinkman, bajo la dirección de Mirta Zaida Lobato. En el 2019 ganó la primera edición del premio a tesis doctoral de la Asociación Argentina para la Investigación en Historia de las Mujeres y Estudios de Género (AAIHMEG). La pesquisa nutre una renovación historiográfica consolidada en las últimas décadas y dialoga, de manera franca, con un destacado conjunto de historiadoras sociales locales con perspectiva de género que atendieron los clivajes de género y analizaron la historia de la clase obrera argentina. Junto con ellas, pondera la agencia y las voces de las trabajadoras y también sus formas de protesta. A continuación, propongo una lectura del libro desde una mirada antropológica que hace pie en los estudios del trabajo contemporáneos en pos de abonar los fructíferos vínculos entre la historia social y la antropología del trabajo. Lo que resulta en un recorte específico, entre muchos otros posibles. Scheinkman nos brinda un estudio denso del mundo del trabajo en la industria porteña del dulce durante las primeras cuatro décadas del siglo XX. La perspectiva de género recorre las preguntas e interpretaciones que abre el libro y, a la vez, habilita una sensibilidad por parte de la autora hacia las emociones y los sentimientos que conforman a las prácticas y las identidades obreras. Así, su lectura despierta la empatía y cercanía con sus protagonistas. A medida que avanzan las páginas, más queremos saber sobre quiénes, con sus manos, fabrica-ron los chocolates, los dulces y las galletitas que endulzaban a miles de consumidores y consumidoras. En los inicios de la investigación, la autora buscaba mujeres trabajadoras; en consecuencia, se focalizó en un nicho laboral feminizado. Sin embargo, se encontró con un considerable conjunto de infantes que alcanzaban alrededor del 20 % de la mano de obra de las fábricas. La tesis visibiliza y hace lugar al análisis de las experiencias de trabajo de las infancias y allí radica un importante aporte a la historiografía del trabajo. De esta manera, contribuye a continuar en el camino de la desestabilización del “universal” del obrero varón y -podemos agregar- adulto, para iluminar las particularidades de las experiencias obreras de las infancias. Desde una lectura preocupada por el universo laboral contemporáneo, el libro nos devuelve un interrogante: qué lugar tienen en los estudios del trabajo los y las adolescentes y niños y niñas que trabajan en la actualidad. La autora expone la posibilidad de un análisis despojado de tapujos y discursos moralizan-tes de un tema que puede resultar, al menos, incómodo.

Las fuentes utilizadas son nutridas y variadas, algunas más clásicas, como los documentos oficiales de dependencias estatales, la prensa de circulación masiva o los censos. Con motivo de acercarse a una visión patronal de la industria se relevan publicaciones de empresas y empresarios; relatos y memorias patronales; memorias de cámaras patronales y documentos internos de fábricas. Para ahondar en las perspectivas y experiencias obreras, se recurre a periódicos sindicales y documentos obreros. En diálogo con la historia oral, se realizan entrevistas de elaboración propia a extrabajadoras y extrabajadores del periodo estudiado y de las décadas posteriores. Entre las fuentes analizadas se destaca un original con-junto de objetos materiales vinculados a la industria -y a su publicidad- como latas, álbumes de figuritas y catálogos de productos que fueron, en algunos casos, hallados por la autora en mercados de pulgas y antigüedades. Así, una foto o una imagen da inicio a cada uno de los capítulos dando textura al texto. El libro busca responder cómo las experiencias obreras se ven condicionadas y diversificadas por las desigualdades de género y etarias. Su estructura se organiza en cinco capítulos en función de un orden temático. Los dos primeros principalmente abordan la historia de la industria y el consumo, así como las acciones patronales que gestionaron y controlaron la mano de obra. Los dos siguientes atienden a las condiciones de trabajo y de vida de adultos varones y mujeres y de las infancias, así como a sus acciones de protesta. El último capítulo indaga la sindicalización y la organización política, jerarquizando la presencia femenina. El primer capítulo argumenta que el periodo bajo estudio (1900-1943) coincide con un proceso de sustitución de importaciones en la industria del dulce, posibilitado por el aumento del mercado local, la disponibilidad de materia prima nacional y de insumos extranjeros, y por medidas de protección económica. En consecuencia, la industria se propaga gracias a la construcción de una demanda nacional de dulces sostenida por mujeres, niños y niñas, quienes eran las principales destinatarias de las publicidades. Esto se expresó en la gradual popularización del consumo de dulces. Como parte de aquellas transformaciones, algunos talleres artesanales pequeños que habían sido fundados a finales del siglo XIX se convirtieron en las grandes usinas tecnificadas que luego hegemonizaron la rama, como Bagley, Noel, Canale, Saint (“El Águila”) y Terrabusi. Estas se fueron concentrando en el barrio de Barracas y sus zonas colindantes debido a la amplitud de los terrenos allí disponibles. También aumentaron durante todo el periodo la cantidad de establecimientos y la mano de obra empleada, utilizada de manera intensiva. Es así como se afianzó una industria del dulce en la que las grandes fábricas convivían con numerosos talleres pequeños. En relación con la configuración de la industria, el texto, lejos de centrarse en tal o cual fábrica, plantea un análisis de la rama -circunscripto a los límites geográficos porteños- compuesta por un puñado de grandes fábricas mecanizadas y capitalizadas que concentraron la mano de obra y la producción y a la vez modelaron los gustos de los y las consumidoras. Por cierto, se percibe la complejidad del ejercicio historiográfico al estudiar toda una rama de la industria desde una mirada holística.

Del segundo capítulo es de destacar que durante los años estudiados la autora registra un cambio en las políticas patronales de contratación de mano de obra. Desde fines del siglo XIX, además de varones adultos y cualificados que utilizaban máquinas y tenían conocimientos técnicos (confiteros), se empleaban varones menores para las tareas que requerían escasos conocimientos técnicos y mucha mano de obra (decoración, empaquetado, entre otras). Luego de la primera posguerra, y en mayor medida en la década de 1930, se los reemplaza por mujeres jóvenes. Así, el proceso de producción se dividía en dos etapas que se combinaban con una segregación del trabajo basada en el género y la edad, haciendo que mujeres y niños compitieran por las mismas labores. Estas des-igualdades del mercado de trabajo se apoyaban en marcadores sociales de la desigualdad, y reforzaban la desvalorización del trabajo de niños y mujeres. De conjunto, configuraban una estrategia de reducción de costos, debido a que los salarios de infancias y mujeres eran más bajos. Además, con la tecnificación de la rama se simplificaron algunas tareas que ahora eran ocupadas por mujeres que desplazaban a varones adultos de la línea de montaje. De esta manera, la industria del dulce alimenta un proceso más general en el que, durante los años de entreguerras, se amplía el mundo del trabajo femenino. Al margen de los bajos salarios que beneficiaban a las patronales, los niños y mujeres eran considerados “dóciles”. Más, muestra la autora, esta obediencia era diariamente construida. A la par de los mencionados cambios en la contratación de mano de obra, se transformaron las formas de promover la disciplina: a partir de la década de 1920 se crean iniciativas sociales (como escuelas específicas para las obreras) que van desplazando a los castigos corporales aplicados sobre los menores. Así, la primera etapa estuvo caracterizada por una disciplina panóptica que fue reemplazada por acciones paternalistas extensivas que buscaban desbordar por fuera de las fábricas. Resulta significativo que en el medio de ambas etapas (1918-1920), hubo una serie de huelgas que, aunque fueron derrotadas, pusieron en entredicho el control patronal.

En el tercer capítulo, a partir de una triangulación de diversas fuentes, la autora reconstruye la jornada de trabajo diaria (que iba de 9 a 11 horas diarias) y los salarios del período, que variaban considerablemente de acuerdo con la cualificación, el género y la edad (como se dijo, mujeres y menores ganaban menos que los varones adultos). La condición de varón o mujer era determinante y las diferencias salariales radicaban en la propia “naturaleza femenina”. En la serie salarial elaborada en el largo plazo, el salario de varones menores se valorizó, a diferencia del de las mujeres adultas que se desvalorizó y esto se vincula, de acuerdo con la autora, con la señalada feminización de la industria. Asimismo, encuentra que, en los periodos de crisis, son las niñas y las mujeres las mayores afectadas por la reducción salarial. Por otra parte, a las mujeres y los menores se los cargaba con el trabajo a destajo. Todas estas situaciones (extensas jornadas de trabajo, bajos salarios y trabajo a destajo) fueron denunciadas de manera recurrente durante las décadas en cuestión. Al poner en relación los salarios con el costo de vida, surge que las familias obreras precisaban entre dos y tres salarios para cubrir la canasta básica. Como se puede desprender del panorama antes planteado, la única excepción la constituían los varones, adultos calificados y capataces. Es decir, la minoría de la rama. Uno de los puntos más interesantes y desafiantes del capítulo es el abordaje de las vivencias obreras. Esto es, más allá de las condiciones laborales, ¿cómo vivenciaban las personas reales de principios del siglo XX sus experiencias de trabajo? A partir de allí, la autora devela que las sociabilidades y afectividades también encontraban diferencias entre varones y mujeres. La identidad masculina, por caso, se asociaba a los oficios, las tareas y la calificación. Sus interacciones tenían canales de expresión propios en la fábrica debido a que trabajaban separados de mujeres y niños. A su vez el sindicato constituía un espacio central para su sociabilidad. Por su parte las infancias, presentaban mayor rotación, en tanto percibían bajos salarios y eran destinatarios de violencia física y control. Así, constituían trayectorias de mayor discontinuidad. Sin embargo, encontraban espacio para el juego y ciertas picardías, como el consumo mediante hurto. Las sociabilidades femeninas se expresaban principalmente en amistades y lazos afectivos y, de igual modo, tensiones, conflictos y enemistades. Para muchas jóvenes, la fábrica representaba un primer encuentro con el espacio público que luego se expandía, por ejemplo, hacia los bailes. A pesar de las intenciones patronales, entre mujeres y varones había pequeños espacios de sociabilidad común que escapaban a la posibilidad de control y, en ocasiones, estimulaban romances y matrimonios. En los dos últimos capítulos, la tesis contribuye a explorar las actividades colectivas de protesta, así como un gremio aún poco indagado por la historiografía sindical como es el alimenticio. La autora plantea la hipótesis de que esta invisibilización -común con otros gremios feminizados como el textil- se vincula con que tanto la bibliografía como previamente las “historias militantes”, se concentran en gremios masculinos por considerar intrascendentes a los femeninos. Nuevamente, nos podemos preguntar si encontramos una vacancia similar en el estudio de los gremios feminizados contemporáneos, y decir que ambos procesos vienen siendo revertidos en las últimas décadas por investigaciones feministas y con perspectiva de género. En estas páginas, Scheinkman jerarquiza el rol de infancias y mujeres en las protestas y muestra el desarrollo de una agenda de reivindicaciones propias. También releva el rol de sindicatos anarquistas, comunistas y socialistas. A principios de siglo, su retórica de clase privilegiaba la participación masculina imperante. Es desde la década de 1930 que la autora identifica una bisagra, en tanto registra el avance de la sindicalización femenina y la participación de las mujeres en espacios relevantes del gremio.

Sobre el final, quiero destacar las contribuciones que hace el libro a la antropología del trabajo contemporánea en varios sentidos. En primer lugar, como adelantamos, no habla de “trabajadores” en términos universales y en singular, sino que repone las especificidades de las experiencias laborales de varones y mujeres, de adultos y menores de edad. Interpreta, de una manera exhaustiva, cómo el género y la edad condicionaron y, a la vez, diversificaron las múltiples dimensiones de la experiencia obrera. Este ejercicio interseccional dialoga con aquellos estudios del trabajo, por fortuna abundantes en las últimas décadas, que evitan reducir la experiencia cotidiana de las personas a los condicionantes de clase. En segundo lugar, aunque el análisis de la experiencia laboral se centra en el interior de las fábricas, la pesquisa sobrepasa holgadamente sus límites e incorpora la espacialidad del barrio de Barracas, lo que expresa una preocupación, presente en los estudios sociales de nuestros días, por la comunidad obrera y su territorialización. En tercer lugar, una de las grandes apuestas de la pesquisa es incorporar la esfera de consumo, en lugar de reducirse a la preocupación por la cuestión productiva. Por caso, mirar ambas caras de la moneda resulta otro ejercicio que dialoga con la tradición de la antropología económica interesada por la producción, el consumo y los intercambios, y con estudios más recientes que sopesan la reproducción de la vida. Por último, quisiera enfatizar el notable esmero de la autora por reconstruir las vivencias concretas de los trabajadores y las trabajado-ras, quienes hacían (y hacen) usos propios de las fábricas.

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ARK: https://id.caicyt.gov.ar/ark:/s25912755/e9rzadxxa

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