Convocatoria temática

Emprender, cuidar, comer Lógicas emprendedoras entre mujeres comerciantes y feriantes en Olavarría (Argentina) en el período 2015-2019

Starting a business, caring, eating. Entrepreneurial logics among women traders and merchants in Olavarría (Argentina) in the period 2015-2019

Empreender, cuidar, comer. Lógica empresarial entre mulheres comerciantes e feirantes em Olavarría (Argentina) no período de 2015-2019

Inés del Águila*
Producciones e investigaciones comunicacionales y sociales de la ciudad intermedia PROINCOMSCI/ Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, Argentina

Emprender, cuidar, comer Lógicas emprendedoras entre mujeres comerciantes y feriantes en Olavarría (Argentina) en el período 2015-2019

Revista Latinoamericana de Antropología del Trabajo, vol. 9, núm. 19, pp. 1-24, 2025

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)

Los autores conservan los derechos

Recepción: 27 Noviembre 2024

Aprobación: 13 Febrero 2025

Resumen: El trabajo analiza un conjunto de representaciones y prácticas sobre ser emprendedora y mamá emprendedora, categorías nativas que exponen una serie de contrastes respecto de los imaginarios hegemónicos sobre el emprendedorismo. La investigación es resultado del análisis del trabajo de campo etnográfico desarrollado en el período 2015-2019 entre mujeres comerciantes y feriantes de la ciudad de Olavarría en la provincia de Buenos Aires, Argentina. Para el abordaje analítico se recuperan los debates aportados por los pensamientos feministas sobre el concepto de cuidados y sobre el trabajo productivo y reproductivo en el capitalismo, los que ponen de manifiesto las tensiones y las interseccionalidades entre la clase y el género.

Palabras clave: lógica emprendedora, mamá emprendedora, cuidados, trabajo productivo, trabajo reproductivo.

Abstract: The paper analyzes a set of representations and practices about being an entrepreneur and an entrepreneurial mother, native categories that expose a series of contrasts with respect to the hegemonic imaginaries about entrepreneurship. The research is the result of the analysis of ethnographic fieldwork developed in the period 2015-2019, among females’ merchant and fair vendors of the city of Olavarría in the province of Buenos Aires, Argentina. For the analytical approach, the debates contributed by feminist thoughts on the concept of care and on productive and reproductive work in capitalism, which highlights the tensions and intersectionalities between class and gender, are recovered.

Keywords: entrepreneurial logic, entrepreneurial mom, caregiving, productive work, reproductive work.

Resumo: O artigo analisa um conjunto de representações e práticas sobre ser empreendedora e mãe empreendedora, categorias nativas que expõem uma série de contrastes em relação aos imaginários hegemónicos sobre o empreendedorismo. A pesquisa é o resultado da análise de um trabalho de campo etnográfico realizado no período 2015-2019, entre mulheres comerciantes e feirantes da cidade de Olavarría, na província de Buenos Aires, Argentina. Para a abordagem analítica, são recuperados os debates contribuídos pelo pensamento feminista sobre o conceito de cuidado e sobre o trabalho produtivo e reprodutivo no capitalismo, que evidenciam as tensões e interseccionalidades entre classe e género.

Palavras-chave: lógica empreendedora, mãe empreendedora, cuidados, trabalho produtivo, trabalho reprodutivo.

Introducción

En este artículo me propongo analizar un conjunto de representaciones y prácticas sobre las categorías “emprender”, “ser emprendedora” y “mamá emprendedora” entre mujeres que buscan aprovisionarse de recursos monetarios para ganarse la vida (Nantotzky y Besnier, 2020), a través de diversas estrategias de producción y comercialización de bienes.La investigación se basa en un trabajo de campo etnográfico desarrollado entre los años 2015 y 2019 en la ciudad de Olavarría, una ciudad con aproximadamente cien mil habitantes, ubicada en el centro geográfico de la provincia de Buenos Aires, Argentina.

El trabajo de campo se desarrolló en dos fases espacio-temporales interrelacionadas. Por un lado, realicé una exploración en establecimientos comerciales del barrio Belgrano, ubicado en el cuadrante suroeste de la ciudad, donde previamente había examinado las dinámicas de intercambio social y económico mediadas por la práctica del fiado[1] entre 2010 y 2015. El foco de indagación se orientó hacia la proliferación de emprendimientos barriales informales y de pequeña escala que pudo observarse a partir del año 2015. Estos incluían principalmente despensas de pequeña escala, locales de venta de productos sueltos -‘todo sueltos’-[2], verdulerías, kioscos[3] y tiendas de indumentaria. Además, se caracterizaban por estar instalados en espacios domésticos readaptados para la actividad comercial. La aproximación metodológica inicial se basó en entrevistas informales y semiestructuradas con dos comerciantes previamente conocidas. A partir de ellas, y mediante la técnica de bola de nieve, expandí la muestra a través de sus redes, pudiendo conocer y entrevistar a mujeres propietarias de comercios en los diversos rubros mencionados. Finalmente, seleccioné seis comercios para el análisis más detallado, donde llevé a cabo entrevistas en profundidad con las comerciantes y observación participante a través de una asidua concurrencia como cliente.

Simultáneamente, entre los años 2015 y 2017 trabajé como productora de plantas que comercializaba en diversas ferias de la ciudad, vinculándome, hacia fines del año 2015, con una asociación civil de “productores y emprendedores de la economía social” denominada La Solidaria. La asociación civil nucleaba mayormente mujeres con emprendimientos orientados a la venta de productos de elaboración propia (jabones, panificados, embutidos, quesos, tejidos, accesorios, plantas, velas y cosméticos artesanales) y otros, a la comercialización de bienes de reventa como bijouterie de acero quirúrgico, cosméticos industrializados y accesorios de cocina. A partir de la actividad feriante establecí vinculaciones con las trabajadoras de la organización, a quienes les explicité mi doble rol de productora e investigadora. Esta situación me brindó la posibilidad de conocer en profundidad sus dinámicas de trabajo, tanto en las ferias como en los ámbitos domésticos, pudiendo explorar las significaciones atribuidas al trabajo a partir de la implementación de distintas estrategias metodológicas. Realicé entrevistas en profundidad a diez feriantes, complementando los registros con entrevistas informales y anotaciones resultantes de la participación observante (Guber 2001) en ferias, en las reuniones organizativas y en los espacios domésticos. En este recorrido, siempre en diálogo con la etnografía desarrollada en los comercios barriales, comencé a interesarme por la figura de la “mujer emprendedora” y por los trabajos de cuidado que emergían como un valor (Graeber, 2018) al promocionar los emprendimientos y al identificarse como “mamás emprendedoras”.

Palermo y Ventrici (2023) señalan que el término “emprendedor” tiene una genealogía que lo vincula con la figura del empresario, pero también con una transformación cultural más amplia del sujeto neoliberal. No es solo alguien que inicia un negocio, sino una forma específica de subjetividad que internaliza los valores del mercado -autonomía, riesgo, innovación, autoexplotación, entre otros-. Esta figura se ha naturalizado en discursos de políticas públicas, medios y programas de formación laboral, y su genealogía está ligada a cambios en el capitalismo tardío, particularmente a la desarticulación del trabajo asalariado como horizonte de estabilidad.

Desde una mirada antropológica crítica, Palermo y Ventrici (2023) plantean que el “emprendedor” opera como una figura normativa que moldea formas de vida, deseables y valoradas, pero que invisibiliza estructuras de desigualdad. Este sujeto se presenta como libre y autónomo, cuando en realidad responde a condiciones de precariedad y exclusión del empleo formal. El emprendedor se convierte en un dispositivo de subjetivación, en el que las personas son impulsadas a entender su existencia como un proyecto económico, gestionando su vida como una empresa. En ese sentido, no remite a una cualidad innata, sino a una producción social de subjetividades.

A partir de ello, propuse una lectura crítica del término “emprender” en tanto categoría en uso, históricamente situada y cargada de sentidos múltiples y, en ocasiones, contradictorios. A través de la indagación en las contradicciones inherentes al emprendedorismo, examinando las representaciones y prácticas concretas que posibilitan la materialización de las “empresas” en el contexto urbano, sostuve como hipótesis que el imaginario social (Castoriadis, 2003) dominante en torno al emprendedorismo y al homo emprendedor tiende a invisibilizar una multiplicidad de prácticas solidarias y lógicas alternativas, que confrontan con las dinámicas de explotación a las que estamos sometidas en el capitalismo en tanto mujeres y cuerpos feminizados.

Para el análisis de estas tensiones, retomo aportes del pensamiento feminista que problematizan la dicotomía entre trabajo productivo y reproductivo en el capitalismo, así como las perspectivas interseccionales que articulan género y clase social[4] (Magliano, 2015). Asimismo, recupero los debates en torno a la feminización de la pobreza (Amaya Guerrero, 2019; Pérez Orozco, 2014) y su articulación con los cuidados (Rodríguez Enríquez, 2012, 2015; Brites y Fonseca, 2014; Offenhenden, 2017; Comas d’Argemir, 2017, 2019; Scaglia, 2021; Guerrero, Ramacciotti, Zangaro, 2019). La perspectiva feminista permite cuestionar los discursos dominantes sobre el emprendedorismo al visibilizar redes de sostenimiento, solidaridad y cuidado entre mujeres que se reconocen como “mamás emprendedoras”. En este marco, los tres términos que componen el título —emprender, cuidar y comer—, además de parodiar una película[5] norteamericana, condensan un entramado de prácticas cotidianas estrechamente entrelazadas, fundamentales para repensar críticamente las nociones hegemónicas sobre economía.

Contextualización histórica: el período de la Alianza Cambiemos

Para comprender el contenido y las formas de las manifestaciones simbólicas expresadas en estas interacciones, se requiere previamente de una contextualización histórica en términos políticos y económicos del fenómeno. En palabras de Voloshinov (1976) “cada signo se crea en un proceso de interacción entre las personas socialmente organizadas” (Voloshinov, 1976: 34), es decir, refleja y refracta las relaciones de producción y el orden sociopolítico configurado por esas relaciones. Así, en el período estudiado, los conflictos propios del capitalismo periférico fueron profundizados por la experiencia neoliberal tardía en Argentina (Belloni y Cantamutto, 2019) entre los años 2015 y 2019. Las políticas instauradas por el gobierno de la alianza Cambiemos buscaron imponer un proyecto político-económico acorde a los intereses de ciertas fracciones de capital (Cassini, García Zanotti, y Schorr, 2019), del sector empresarial, agrario, de servicios y fundamentalmente del sector financiero. Durante esta etapa se logró trastocar la relación de fuerzas entre las fracciones de clase a partir de tres reformas clave para mejorar la rentabilidad y competitividad del sector empresarial: la reforma fiscal, la previsional y la laboral (Barrera Insua y Pérez, 2019).

Estas reformas, preludio de la experiencia libertaria en nuestro país,[6] fueron acompañadas por una serie de medidas de ajuste en materia de inversión social, un aumento en las tarifas de servicios públicos, sobre todo en el sector energético, el aumento de las tasas de interés y una violenta devaluación, todo lo cual decantó en un fuerte proceso inflacionario. Según datos del IPC-9 Provincia (CIFRA)[7] e INDEC,[8] la inflación interanual de durante el gobierno de Macri alcanzó el 38,3 % (Barrera Insua y Pérez, 2019). A todo ello se le suma la política de apertura de la economía “al mundo” y la toma de deuda con el Fondo Monetario Internacional, siendo Argentina “una de las economías que más deuda tomó en el mundo” (Cantamutto y Schorr, 2022: 2). Según los autores, el saldo de estas medidas fue puntualmente negativo para tres de los segmentos dependientes en mayor o en menor medida del mercado interno: la construcción, la industria y el comercio doméstico. Ello fue configurando un escenario sumamente hostil para las clases trabajadoras y particularmente para los grupos históricamente marginados -mujeres, jubiladas/os, personas trans-.

El impacto del modelo neoliberal entre 2015-2019 arrojó cifras alarmantes en términos de aumento de la pobreza y de la indigencia en el territorio nacional. Según el INDEC (2019), en el primer semestre de 2019 el porcentaje de hogares por debajo de la línea de pobreza era del 25,4 %, lo que correspondía a un 35,4 % de las personas en situación de pobreza.[9] En cuanto a los indicadores del mercado de trabajo entre el 2016 y 2018, el cierre de empresas, así como la creciente reducción de personal en el sector, llevaron a un incremento significativo de los niveles de desocupación. Asimismo, en el período se constata la predominancia de las formas de explotación por fuera de la relación salarial directa, a partir del incremento de monotributistas y trabajadoras de casas particulares, es decir, del paso del trabajo formal hacia formas precarizadas. En efecto, “entre 2016 y 2018 casi la mitad de los puestos de trabajo creados fueron no asalariados y casi un tercio asalariados informales” (Barrera Insúa y Pérez, 2019: 201).

Frente a estas observaciones, restaría poner de relieve cuál fue la situación de las mujeres en el período analizado con relación al empleo. En este sentido Barrera Insua y Pérez (2019) señalan que, tomando como referencia la tasa de desempleo de 8,7 % y haciendo una discriminación por género, el desempleo impacta en un 7,3 % en varones y un 10,5 % en mujeres, con el empleo doméstico, situándose como el peor remunerado y con las condiciones de trabajo más precarias de la economía. Sector que hoy día está cubierto en un 95 % por mujeres. En términos generales, para el tercer trimestre de 2017, las mujeres cobraban un 25 % menos que los hombres (Paz y Carracedo Villegas, 2018).

Emprender: lo coyuntural y lo estructural

Las necesidades de compatibilizar los cuidados a personas dependientes y de tener una fuente de ingresos en términos monetarios para poder comer, vestirse, pagar los servicios, el alquiler o las deudas contraídas, constituyen factores que condicionan las decisiones sobre las posibilidades de búsqueda o creación de un empleo. Siendo que en el ámbito doméstico -en contraste con la fábrica- se pueden complementar el trabajo de cuidados con la producción y la reventa de productos, tanto la feria como el comercio ponen en tensión la distinción hegemónica entre trabajo productivo y reproductivo, así como la comprensión lineal y fraccionada de los procesos económicos y sus espacialidades (Narotzky, 2004).

Tal como señalé previamente, el universo de las ferias relevado se caracterizó –y continúa caracterizándose– por una composición mayoritariamente femenina. A modo ilustrativo, en el caso específico de las ferias gestionadas por la organización La Solidaria entre 2015 y 2019, si bien el número de feriantes exhibió variaciones inter-feria, se registró un promedio de veintitrés puestos estables. De esta cifra, solo una unidad productiva correspondía a elaboraciones artesanales masculinas, mientras que otras cuatro eran emprendimientos llevados adelante por matrimonios heterosexuales. Las dieciocho producciones restantes eran gestionadas por mujeres, quienes motivadas por diversas circunstancias se vieron en la necesidad de generar ingresos autónomos o complementar la economía de otros miembros del hogar a través de la elaboración de productos alimenticios, la producción de manualidades y el cultivo de plantas, entre otras iniciativas.

Considerando la alta proporción de mujeres con responsabilidades de cuidado hacia dependientes –hijos/as, madres, padres, entre otros–, entre las circunstancias documentadas que impulsaban su participación en las ferias se identificaron las siguientes:

a) Mujeres que ejercían como únicas responsables del cuidado y la crianza de sus hijos/as u otros dependientes, quienes necesitaban complementar ingresos laborales precarios, en ocasiones asalariados, mediante la actividad informal en los espacios feriales.

b) Mujeres que habían incurrido en endeudamiento como resultado de los procesos inherentes al cumplimiento de las tareas de cuidado, fundamentalmente aquellas vinculadas a la salud, tales como la adquisición de medicamentos e insumos costosos o la financiación de tratamientos médicos.

c) Mujeres que buscaban complementar los ingresos familiares debido a la insuficiencia del salario de sus cónyuges.

d) Mujeres que, tras haber perdido recientemente su empleo formal, recurrían a la actividad ferial como una estrategia de subsistencia ante la falta de alternativas laborales. Solo una participante, una mujer jubilada como empleada de comercio, manifestó participar en la feria como una actividad que contribuía a su bienestar personal, evitando el aislamiento doméstico.

Con relación a los comercios barriales estudiados, la gestión y organización de los cuidados, también constituían condicionamientos al momento tomar decisiones sobre las estrategias económicas. Instalar el comercio[10] en una de las dependencias de las casas permitía cuidar a dependientes, limpiar y obtener un ingreso monetario, una changa ante la falta de trabajo asalariado o la subocupación horaria.

De los seis comercios barriales recuperados para este trabajo, cuatro estaban instalados en una habitación de la vivienda acondicionada para la comercialización:

1) Un kiosco-despensa gestionado por Susana (54) trabajadora doméstica de medio tiempo, cohabitante con su hermana Laura (57) y con tres de sus hijos varones de 17, 22 y 25 años. Susana atendía a sus clientes por medio de una ventana con postigos de chapa. En su interior se podía observar una repisa de machimbre con escasos productos: yerba, harina, algunas galletitas, pan embolsado, aceite, azúcar, huevos y cigarrillos.

2) Otro kiosco, gestionado y atendido por Brenda (63) ama de casa y jubilada por moratoria, que vivía con su marido jubilado de una fábrica cementera. Al kiosco se accedía por medio de una puerta de madera, la que muchas veces se encontraba abierta. Esta espacialidad seguía siendo la entrada principal a la casa, aunque la familia se había habituado a ingresar por el portón de la cochera cuando el kiosco permanecía cerrado.

3) Un comercio de venta fraccionada –“todo suelto”- de productos de limpieza en envases usados de bebidas, gestionado y atendido por Brisa (26) quien vivía con su marido albañil y cuatro hijes de 1, 3, 5 y 8 años. Brisa comercializaba sus productos exhibiéndolos en la vereda de la vivienda. El fraccionamiento lo realizaba en el living de la casa a medida que le iban solicitando los productos.

4) Finalmente, una tienda de ropa infantil gestionada y atendida por Mariela (25), que vivía con su esposo temporalmente desocupado y con problemáticas de salud mental -depresión- y su hija de 2 años. Mariela había comenzado a vender ropa de bebés en ferias, pero luego del embarazo y el parto, decidió ocupar la cochera de su vivienda para instalar el emprendimiento en su domicilio. Resta mencionar que, en todos los casos, las mujeres eran propietarias de las viviendas.

Los dos comercios restantes eran comercios instalados en edificios destinados para tal fin: una panadería de un matrimonio heterosexual, Amanda (30) y Lucas (32) con dos hijes de 4 y 8 años, quienes alquilaban el inmueble preparado para la producción de panificados. Amanda se ocupaba de la contabilidad, gestión de proveedores y la atención al público y de la repostería, mientras su compañero se dedicaba a la producción de los panificados. Una despensa gestionada y atendida por Anabela (34) que había invertido el dinero obtenido por una indemnización por despido -de una cadena de supermercados-, en la compra de mercadería y en alquilar un local para su comercialización en el barrio. Su marido era albañil y tenían un hijo de 3 años y a los meses de abrir el local comenzó a gestar otre hijo, siendo su hermana Yolanda de 19 años, quien se ocuparía de ayudarla y luego reemplazarla en todas las tareas requeridas por el emprendimiento.

En estas espacialidades feriales, comerciales y doméstico-comerciales, además de la transacción de productos, se constataban procesos de socialización de información diversa y de prácticas de cuidado. En el ámbito de las ferias, la dinámica de intercambio trascendía la mera comercialización de productos orientada a la obtención de ingresos monetarios para la adquisición de bienes de subsistencia. Se constataban, además, diversas modalidades de intercambio no monetario, tales como el trueque, el préstamo y el obsequio entre feriantes e incluso entre feriantes y clientes. Asimismo, estos espacios continúan siendo escenarios de producción de bienes y servicios destinados a la venta –donde persiste la elaboración artesanal– y de la realización de actividades que, hegemónicamente, se adscriben a las esferas de la reproducción social y el ámbito doméstico, como la lactancia, el aprovisionamiento, la alimentación y el cuidado infantil, entre otras. Susana Murillo (1996) argumenta que lo doméstico consiste principalmente en una responsabilidad vinculada a lo femenino y no un ámbito definido, circunscrito al hogar, tal como se observó en los contextos analizados. Finalmente, en la feria se festeja, se juega y se ejerce lo común, desde los cuidados hasta la organización de la comercialización colectiva. Espacialidad que se organiza bajo lógicas alternas que contrastan fuertemente con las lógicas hegemónicas, blancas, individualistas, racionales, heteronormativas y patriarcales que rigen el ideal de plaza pública y plaza central de la ciudad (del Águila, 2021).

De manera similar a lo observado en los espacios feriales, la presencia de elementos domésticos en los establecimientos comerciales se registró como una intrusión percibida negativamente. Esta mirada externa provenía principalmente de “las quejas” de los propietarios de viviendas y de los comerciantes establecidos en locales ubicados en cercanías de la plaza del centro urbano. Algunas expresiones documentadas incluían: “se armó el tolderío”[11] -en referencia a las ferias- y “parece un rancho” o “tiene un rancherío en el local” -en el caso de los comercios-. Esta terminología actualizaba una imagen con una fuerte raigambre en la configuración diacrónica de la identidad urbana local, que Gravano (2005) vincula a las síntesis ideológicas sobre los tribalismos blancos y la ciudad frontera -en oposición al indígena-, donde lo étnico desempeñaría un papel central en los procesos de segregación social y espacial de las clases sociales. No obstante, los significados atribuidos a “rancherío” y “tolderío” incorporaban una dimensión vinculada al género y a los espacios considerados “naturales” para las mujeres –como el ámbito doméstico– que, al transgredir sus límites espaciales, se interpretaban como “salvajes”. En general, en los establecimientos comerciales relevados y gestionados por matrimonios heterosexuales, se observó una división sexual del trabajo, espacialmente diferenciada: los varones tendían a ocupar la posición de cobro de la mercadería en el área de la caja, estratégicamente ubicada en la entrada, mientras que las mujeres se dedicaban al despacho de fiambres, pan y otros productos de venta a granel, en sectores internos o laterales con respecto al acceso principal. Los establecimientos comerciales relevados gestionados por mujeres, tales como los kioscos-despensas, la panadería y la tienda de indumentaria, exhibían indicios tangibles de la esfera doméstica: presencia de infantes, juguetes y elementos propios del ámbito doméstico, como utensilios de limpieza y cocina -pava eléctrica, horno microondas, anafe-. En estos espacios híbridos se evidenciaban procesos de socialización entre comerciantes y sus clientes. Se compartía información sobre quejas, consejos de salud, dolencias y enfermedades. Además, se observaban prácticas de cuidado infantil que trascendían los límites del parentesco nuclear, extendiéndose a sobrinos/as, nietos/as e hijos/as de vecinas y amigas.

Por otro lado, una despensa facilitaba el aprovisionamiento de bienes comestibles a precio más bajo que el de góndola al realizar compras mayoristas. Susana sostenía que:

Por ahora a mí me conviene porque lo que necesito para comer y limpiar lo consigo barato. Lo que vendo me sirve para reinvertir y para pagar algunos gastos, luz, gas. Y así voy. A veces se hace difícil y tengo que pedir prestado (Susana, entrevista personal, 2018).

No obstante, reconocía que “a veces se hace difícil, por ejemplo, ahora la cuestión económica complica la reposición… antes por ahí eran más que los chicos que se me comían las golosinas, eran otros problemas” (Id). En el contexto de las entrevistas realizadas, las dificultades en la reposición de stock se vinculaban a la inflación sostenida y a la presión económica que experimentaban los comercios barriales, debido a la venta de productos bajo modalidades de pago diferido -o “fiado”, en términos vernáculos-. Sin embargo, una de las causas primordiales que compelían a las comerciantes a solicitar préstamos radicaba en el consumo de mercadería por parte de dependientes, familiares y amistades, excediendo la capacidad de reinversión del negocio. Susana, al reflexionar sobre la problemática ligada a “comerse el negocio”, sintetizó con humor: “esto no es amar, rezar, comer como la película [...], esto es emprender, cuidar y comer”.Desde una perspectiva económica hegemónica, esta lógica podría interpretarse como antieconómica, al concebir el emprendimiento como un fin en sí mismo. No obstante, resulta analíticamente necesario problematizar estas prácticas en tanto estrategias de aprovisionamiento, en las que las acciones de comer, cuidar y emprender se integran en un horizonte vital más amplio, constituyendo formas de procurarse la subsistencia en los términos propuestos por Natotzky y Besnier (2020).

Emprender en la incertidumbre

En consonancia con diversas investigaciones que han examinado la relevancia y las consecuencias concretas de la pugna por la hegemonía cosmovisional de la clase dominante en la configuración del sentido común social (Barrera Insua y Pérez, 2019; Palermo y Ventrici, 2023), las narrativas hegemónicas sobre el emprendedor exitoso adquirieron notable centralidad durante el período analizado. Esta noción se erigió como un imperativo discursivo manifiesto, tanto en los relatos oficiales de actores políticos como en las narrativas difundidas por los medios de comunicación durante la etapa estudiada.[12]

Cabe destacar la relevancia de los significados atribuidos al emprendedorismo en los conflictos observados durante el trabajo de campo. En efecto, una de las principales discusiones relevadas en el grupo de feriantes La Solidaria, estuvo relacionada con la imposición del nombre y la imagen que se quería mostrar a la ciudad, en un contexto de lucha por el uso del espacio público urbano para feriar. Mientras que un grupo de “solidarios” sostenían que debían llamarse “La Solidaria: productores de la economía social, solidaria y popular”, otro grupo -mayoritario- pensaba que en el nuevo contexto lo popular podía ser tomado por parte de las autoridades locales alineadas con la coalición Cambiemos como una postura política kirchnerista -en referencia a lo nacional y popular del movimiento-. Por el contrario, proponían denominar a la asociación como “La Solidaria: economía social” a secas y en la presentación pública, tanto en redes sociales como en la cartelería de las ferias, aclarar que eran “emprendedores y emprendedoras de la economía social”. En aquel contexto, el cambio de “productores” a “emprendedores” no era casual. Si bien pudo haber constituido una estrategia local de agencia y movilización de símbolos por parte de los actores sociales para negociar recursos, en sintonía con Ivana Petz y Guadalupe Hindi (2020), en general, "las dinámicas implicadas en la ESyS buscarán renombrarse como emprendedorismo" (Petz y Hindi, 2020:7). Esta resignificación no se limitó a los términos formales a partir de la sanción de la ley 27349 de Apoyo al Capital Emprendedor,[13] sino que también se vio impulsada por la orientación de las políticas públicas neoliberales, las cuales se focalizaban en sujetos individuales en detrimento de la organización colectiva, y por las formas enunciativas de los discursos dominantes. En este sentido, se promovía la idea de que "ni de una empresa ni del Estado, la generación de empleo depende de la misma persona, de la propia trabajadora o trabajador, convertido ahora en un emprendedor que deberá ser activo, innovador y tomar riesgos en contextos de incertidumbre" (Barrera Insúa y Pérez, 2019:201).

La referencia al riesgo, por otro lado, expone la problemática ligada a los préstamos personales adquiridos para los proyectos productivos o de comercialización.

“Yo me la jugué, me cansé de andar limpiando casas por dos pesos y me dije, ¿por qué no? ¿Por qué no ser mi propio jefe? Y al principio tomé un préstamo, me fue re mal y me endeudé mucho, pero después tuve la suerte de ganarme un auto en una rifa y con eso, que lo hice plata, me puse el negocio, pagué lo que debía y bueno… no es que me hice millonaria pero acá estoy…” (Susana, entrevista personal, 2018).

La figura dominante del emprendedor/emprendedora también se hacía carne, transformándose en prácticas concretas como en el pedido de préstamos para financiar los emprendimientos, en las expectativas de “jugársela” y “aventurarse” en nuevos emprendimientos para “no depender de nadie” o “ser tu propio jefe”. No obstante, si bien los ideales hegemónicos sobre el sujeto emprendedor no estaban ausentes al ser materializados en las estrategias de reproducción de la vida, los modos en que estos grupos de mujeres se definían, se pensaban como emprendedoras y lo practicaban, eran mucho más complejas y contradictorias.

Mamá emprendedora: ¿reproducir y ser productiva?

La categoría nativa mamá emprendedora pone en tensión la dicotomía entre trabajo productivo y reproductivo. En este sentido, los debates ligados a los cuidados y el género (Rodríguez Enríquez, 2012, 2015; Brites y Fonseca, 2014, Pérez Orozco, 2014, Offenhenden, 2017; Comas d’Argemir, 2017, 2019; Guerrero, Ramacciotti, Zangaro, 2019; Scaglia, 2021; Pérez, Cutuli y Garazi, 2022) aportan elementos para reflexionar y abordar esta tensión. María Cecilia Scaglia sostiene que:

“… en un intento de superación de estas dicotomías, la Economía Feminista va a proponer el concepto de ‘cuidados’ entendido como ‘sostenibilidad de la vida’, e incluyendo el espectro de labores necesarias para el mantenimiento y la gestión de la vida cotidiana” (Scaglia, 2021: 9).

Al focalizarse en la relación entre cuidados y estrategias emprendedoras de feriantes y comerciantes y al ser estas actividades desarrolladas en espacialidades y temporalidades superpuestas, es necesario repensar las vinculaciones entre producción y reproducción. En este sentido Scaglia (2021) sostiene que:

“La superposición entre unidad doméstica y unidad productiva (es decir la esfera de la producción y la de la reproducción) obligan a recuperar a las teóricas feministas de los 70 y a los teóricos de la reproducción social. Si bien estos autores tienen diferencias a la hora de definir y caracterizar el concepto de reproducción, y remiten a diferentes lecturas, algunas más críticas que otras, del propio Marx, todes reconocen la necesidad de superar las perspectivas que dicotomizan los procesos de producción y reproducción, y plantean la necesidad de considerar ambos aspectos como parte de un mismo movimiento dialéctico” (Scaglia, 2021:17).

Así, desde distintas posturas los enfoques feministas problematizan la distinción entre producción y reproducción, mostrando, la necesidad de vinculación dialéctica entre ambos conceptos y enfatizando que esta separación no es natural sino que responde a un momento histórico específico del desarrollo de las relaciones capitalistas. Silvia Federici (2018) argumenta que:

“… el capitalismo ha subordinado las actividades reproductivas, en la forma de trabajo femenino no remunerado, a la producción de fuerza de trabajo y, por tanto, el trabajo no remunerado que los capitalistas extraen de los obreros es mucho mayor que el que extraen durante la jornada remunerada, puesto que incluye el trabajo doméstico no retribuido realizado por las mujeres, incluso aunque se reduzca al mínimo” (Federici, 2018:56).

Ángeles Durán (1988), problematizando la definición hegemónica y patriarcal que asimila y reduce el trabajo al trabajo asalariado extradoméstico, define a las mujeres ama de casa como “trabajadoras por cuenta propia del sector doméstico, [que] asumen la gestión y dirección de la producción doméstica en un hogar. La mayoría trabaja exclusivamente en este sector, pero algunas simultanean su dedicación con el trabajo en el sector extradoméstico” (Durán, 1988:152 [citada en Murillo, 1996:13]). La precarización y sobreexplotación (Marini, 2008; Díaz Lozano y Féliz, 2020) a la que estamos sometidas las mujeres y cuerpos feminizados, es factible debido a la consideración de los cuidados, es decir, del trabajo productivo/reproductivo de la fuerza de trabajo, como don[14]y obligación moral (Comas d’Argemir, 2017). Esta asociación -el trabajo doméstico como un don- permite legitimar la desvalorización del cuidado (Cutuli, 2022) como trabajo socialmente reconocido. Sin embargo, el estudio de prácticas y representaciones emprendedoras en contextos barriales y feriales sugiere que el cuidado es producido como valor (Graeber, 2018) a través de actividades que sí son socialmente reconocidas y valoradas como trabajo. Repasemos algunos casos.

Mariela se autoidentificaba como una “mamá emprendedora”. En sus redes sociales una imagen de su hija infante durmiendo bajo el mostrador, acompañada de su almohada y juguetes predilectos, ilustraba las arduas condiciones de la puesta en marcha de su emprendimiento en el contexto de la maternidad. Su relato detallaba las dificultades inherentes al traslado con una lactante por rutas consideradas riesgosas, la necesidad de improvisar espacios para el cambio de pañales en entornos diversos, y la exigencia física de cargar a su hija mientras atendía a la clientela. En contraste con una narrativa centrada exclusivamente en los logros económicos del emprendimiento, el testimonio de Mariela, al igual que el de otras mujeres, ponía de relieve las complejas imbricaciones entre la actividad emprendedora y las labores de cuidado.

“Tener el negocio en casa me permitió estar con mis hijos” comentaba Susana, argumentando que:

“…nunca quise, no quería que me los críe otro. Por suerte tomé esa decisión y no me arrepiento. Yo siempre fui movediza, de no quedarme quieta nunca, siempre emprendiendo, siempre pensando negocios, pero tenía que elegir entre buscar trabajo afuera o mis hijos. Pero no, yo quería ser mamá. Así que de a poco fui haciendo, fui armando el negocio (…) Mi hermana se vino [a vivir a su casa] hace poco por cuestiones de salud y ahora nos ayudamos mutuamente” (Susana, entrevista personal, 2017).

Graciela, madre soltera de 42 años, feriante de La Solidaria y pastelera, ante la propuesta de gestionar una cocina comunitaria desde la organización, sostenía que la dificultad de la producción colectiva de panificados era que ella y otras mujeres preferían producir en su casa para estar con sus hijos.

“Prefiero estar en casa, ya tengo todo organizado y tener que ir a otro lado a cocinar me dificulta mucho con los horarios, dónde dejo los chicos, o tener que llevarlos a otro lado para que me los cuiden (…) Mientras los chicos sean chicos, prefiero estar en casa… y mientras tanto voy haciendo algo que nos deje unos pesos y que además me guste” (Graciela, entrevista personal, 2017).

Flavia, otra de las feriantes de La Solidaria de 37 años, me contaba con orgullo cómo fue organizando su emprendimiento textil “entre telas y pañales”. Mientras su marido, gasista de obra de 45 años intentaba reestructurar su actividad laboral, ella había decidido recuperar unas máquinas que había adquirido cuando estudiaba diseño de indumentaria, para emprender “mi propio negocio, mi propia marca de ropa. Con esto del gordo [su marido] que está con poco laburo, me dije ¿por qué no animarme a hacer lo que siempre quise?”. En la red social Facebook, Flavia publicaba fotos de sus hijes de 3 y 5 años jugando entre telas y cajas del taller, o ayudándola con quehaceres del hogar, mientras ella confeccionaba indumentaria. En efecto, Flavia sostenía que si quería buscar un trabajo debía ser uno “que me permita trabajar cuatro horas diarias o, en su defecto pagar [que le paguen] lo suficiente para poder bancar la doble escolaridad”.[15] Pero “haciendo cálculos”, consideraba que lo mejor para ella, sus hijos y la “dinámica familiar”, era organizar un emprendimiento a partir de sus saberes mientras permanecía en la casa.[16]

Dos observaciones principales se desprenden de estas citas. Una de ellas tiene que ver con los cálculos que las mujeres en particular y las familias en general realizan a la hora de tomar decisiones sobre los costos, las ganancias, las ventajas y desventajas -no solamente en términos monetarios-, de tercerizar los cuidados de sus dependientes. Magdalena Villarreal (2010) incorpora la noción de marcos de calculabilidad de Michel Callon (1998) justamente para analizar los contextos reales en que mujeres de barrios marginados de Guadalajara en México realizan sus cálculos financieros. La autora demuestra que estos cálculos son el resultado del acceso a determinada información, de normas morales, de relaciones de poder, de creencias, de temores, de esperanzas y no solamente de un razonamiento lógico matemático. Este análisis brinda elementos para comprender las economías de los sectores populares. Pensar las acciones económicas operando dentro de estos marcos, y fundamentalmente de relaciones de poder, permite problematizar los estereotipos deshistorizantes sobre las mujeres emprendedoras, y considerar la posibilidad de una “resistencia a una explotación intensiva, a consumirnos en la fábrica y después consumirnos todavía más rápido en casa”(Federici, 2018:31).

La segunda observación se vincula al proceso de producción de valor de las prácticas de cuidado, a partir de mostrarlas o explicitarlas a través de sus emprendimientos. Por ejemplo, al presentarse como mamá emprendedora o al visibilizar el “doble trabajo” de emprender y cuidar a partir de las fotos en redes sociales.

Retomando el objeto de este trabajo, a partir de estas indagaciones surge la pregunta ¿qué hay detrás del símbolo de mamá emprendedora? ¿Qué se oculta y qué se expone a través de este sintagma? Un primer análisis devela un proceso de puesta en valor de un conjunto de prácticas y representaciones que le son asignadas al sustantivo mamá, y que no son socialmente valoradas como trabajo. Pero que al convertirlo en y valorarlo como sujeto -en este caso sujeta- del emprendimiento, transforma sustancialmente el significado sobre este segundo término. Los sentidos recuperados en estos contextos sobre el emprendedorismo, se alejan de una idea ligada a la empresa como un universo desvinculado de los procesos de la vida cotidiana y como un fin en sí mismo. Si bien el ideal de convertirse en una empresaria exitosa puede emerger como expectativa última de las mujeres, sobre todo al iniciar y planificar los proyectos, en la totalidad de los casos relevados, estos proyectos quedan subsumidos a los tiempos y las dinámicas familiares.

“Me iba muy bien, empecé a producir como loca y, como habrás visto llegué a tener dos chicas que me cosían y el local a la calle casi en zona céntrica. Cuando desde la escuela me empezaron a llamar la atención por las actitudes de Nacho, empecé a ver que él me necesitaba. En la vorágine no me di cuenta que él tenía una condición diferente. Y bueno… [hace un silencio] yo tenía que estar más integra para él. Así que deje todo por un tiempo. […] Ahora estoy retomando de a poco, pero la situación tampoco acompaña mucho” (Flavia, entrevista personal, 2017).

Mi intención no consiste en sostener que es un deseo de las mujeres abocarse al cuidado o sobrevalorar esta actividad por sobre otra, sino fundamentalmente mencionar que estas situaciones son resultado de lógicas minuciosamente pensadas a la hora de hacer cálculos tanto financieros como afectivos, en un contexto histórico particular, signado por la desposesión de las clases trabajadoras.

Por otra parte, el emprendedorismo, en tanto actividad laboral socialmente valorada pero subsumida a las responsabilidades de cuidado –trabajo históricamente desvalorizado en el marco de la división sexual del trabajo-, tiende a ser asimilado a una supuesta “esencia de lo femenino y de las mujeres”. Esta operación ideológica actualiza connotaciones preexistentes sobre el homoemprendedor vinculadas a la flexibilidad y la capacidad de adaptación en contextos de incertidumbre económica. En este sentido, Mariela sostenía: “Nosotras podemos… cuando el hombre se cae, nosotras nos levantamos y salimos a pelearla”, mientras que Amanda argumentaba que “cuando hay crisis el hombre se desmorona más fácil, viste. Nosotras somos más aguantadoras”. Anabela, por su parte, relataba que, ante la falta de oportunidades laborales en la albañilería para su cónyuge, había optado por invertir el capital de su indemnización en la creación de un emprendimiento comercial:

“no pensaba trabajar más con esto del embarazo, pero la realidad nos empezó a golpiar fuerte, así que menos mal que no me gasté la plata y pude poner el negocio… yo no sé de dónde saco fuerza, pero la tengo… Nosotras somos así, luchadoras.” (Anabela, entrevista personal, 2018).

Similares testimonios referidos a la lucha y el salir a pelearla como virtud fueron recuperados en los contextos de feria, como función social de sostenimiento tanto en términos económicos, como psicológico-emocionales del grupo familiar, entreverado en las tramas del emprendedorismo generizado.

“Emprende una y emprende toda la familia”: las tramas solidarias del emprendimiento

Un último aspecto significativo del análisis del trabajo de campo concierne a la dimensión colectiva y solidaria de las estrategias de autoempleo, que amplían el valor del quehacer cotidiano de las mujeres emprendedoras más allá del mercado, integrando además de los cuidados y los afectos, la dimensión comunitaria. Es crucial destacar las tramas de solidaridad que se establecen entre las mujeres, manifestándose tanto en la socialización de las responsabilidades de cuidado como en las estrategias de acompañamiento y asesoramiento mutuo en los diversos proyectos productivos. Estas dinámicas se extienden a tácticas de compras colectivas y formas de asociativismo de hecho, que se configuran entre las diferentes unidades económicas. En efecto, el título del presente trabajo busca explicitar estas complejas redes de relaciones que contrastan significativamente con las narrativas vinculadas al sujeto emprendedor luchando individualmente para conseguir el éxito. Mariela reconocía el valor de los vínculos con su madre, hermana, suegra y cuñadas en el sostenimiento y viabilidad del proyecto comercial, al manifestar: “eso de emprender no es soplar y hacer botellas, hay un montón de cuestiones familiares atrás… emprende uno y emprende toda la familia”. Asimismo, al frecuentar su lugar de trabajo, pude observar que no solamente ella contaba con la asistencia de su parentela femenina para los trabajos de cuidado. Mariela también asistía a sus familiares y vecinas en las necesidades de cuidado.

Este tipo de prácticas de cuidado recíproco fue observado en todos los locales comerciales referenciados, así como en los espacios de feria. Amanda, la panadera, cuidaba a los hijos de su vecina peluquera y esta cuidaba a los/las suyos/as a modo de retribución. En diversas oportunidades, al ingresar a la panadería podía observar al hijo mayor jugando con el celular junto al hijo de la vecina sentaditos en el suelo y con las espaldas pegadas a la pared contigua al mostrador.

Los espacios feriales constituían asimismo lugares de socialización de las crianzas en los que, como mencionaba Flavia representado la voz de muchas otras feriantes, “los chicos se entretienen jugando con otros chicos y podés pasar la tarde en familia, tomando mate, compartiendo con amigas que te vas haciendo en el camino”. En estos espacios las feriantes emprendedoras con mayor experiencia asesoran a las novatas suministrándoles contactos de lo que ellas denominan “las buenas ferias”. Porque “en todas las ferias podés vender ciertos productos. Hay ferias en las que podés ir y tener buenas ventas de un jabón artesanal, por más que no circule tanta gente, mientras que, en otra feria más popular, con mucha gente, no vendés ni medio jabón”. Este tipo de conocimientos y asesoramientos circulaban entre las emprendedoras que decidían moverse a través de ferias para comercializar, así como entre las mujeres que por sus circunstancias optaban por asentarse para organizar sus negocios.

Las estrategias de compras colectivas entre las comerciantes para conseguir descuentos en los comercios de venta mayorista como Maxiconsumo, así como las vinculaciones comerciales entre mujeres feriantes, artesanas o manualistas, constituyen otras formas de asociativismo y cooperación. Formas que, por un lado, no necesariamente se condicen con una esperable socialización de los medios de producción, como el caso de la propuesta de la cocina comunitaria de La Solidaria. Y por otro lado, quedan veladas en las representaciones y discursos hegemónicos sobre el emprendedorismo.

A modo de cierre

La problemática de las clases populares, de las mujeres y cuerpos feminizados en el capitalismo no se limita a los períodos de avanzada neoliberal. No obstante, en la etapa analizada correspondiente al gobierno de la alianza Cambiemos en Argentina, la consolidación y profundización de las relaciones de desigualdad social impactaron fuertemente en las trabajadoras, precarizando aún más las condiciones de trabajo, impulsando al autoempleo y a la renuncia a los derechos laborales, en un contexto social que facilitaba material y simbólicamente las estrategias emprendedoras.

Es fundamental señalar que este impulso al emprendimiento se enmarca en un discurso hegemónico que exalta la figura del homo emprendedor. Este discurso, promovido por políticas públicas, medios de comunicación y programas de formación laboral, idealiza un sujeto autónomo, individualista, que asume riesgos y se autoexplota en busca del éxito. Se presenta al emprendedor como un modelo a seguir, en contraposición a la figura del trabajador asalariado, considerado dependiente y poco productivo. No obstante, lejos de ser una categoría universal y unívoca, el emprendedorismo constituye una categoría en uso y contradictoria, un conjunto de prácticas y representaciones concretas e históricamente determinadas. El análisis de las lógicas emprendedoras permite dar cuenta de que el sostenimiento de la vida constituye un objetivo significativo de las prácticas económicas emprendedoras. En este punto sería pertinente poder ahondar en la correlación entre los ciclos de vida familiares y los ciclos emprendedores, siguiendo los estudios inaugurados por Alexander Chayanov (1974 [1925]) sobre la organización de la unidad económica campesina, al considerar a la familia como una unidad económica de consumidores y trabajadores.

Las lógicas descritas complejizan los esquemas dicotómicos que oponen el espacio productivo al reproductivo, el espacio público al privado, así como las espacialidades de ocio de las de comercialización y de aprovisionamiento. Pero esta aparente superposición de momentos y espacios constituye al mismo tiempo un indicador de la sobre-explotación a la que somos sometidas las mujeres y cuerpos feminizados de la clase trabajadora.

El análisis de las prácticas y significados en torno a “emprender” revela, desde mi perspectiva, una dialéctica emprendedora que articula el trabajo productivo, socialmente valorado, con el trabajo reproductivo, históricamente desvalorizado en el capitalismo. Esta tensión se expresa en la expresión vernácula “mamá emprendedora”, a través de la cual se manifiesta una pugna por la revalorización y la visibilización del cuidado como una forma de trabajo, con implicaciones tanto productivas como reproductivas en la esfera social. Esta resignificación busca trascender o incluso confrontar el imperativo moral generizado, que asocia a las mujeres con la resiliencia y la capacidad de “salir adelante”. La socialización y la cooperación emergen como elementos constitutivos de las relaciones emprendedoras, en consonancia con la concepción del trabajo como una condición fundamental de la existencia humana, a pesar de que las estructuras de significado dominantes tiendan a opacar estas dimensiones. Finalmente, se espera que este estudio contribuya a establecer ejes de comprensión y debate críticos en torno al emprendedorismo, particularmente en un presente marcado por políticas de ajuste y precarización que, bajo un discurso individualista y de competencia exacerbada, tienden a invisibilizar y legitimar las desigualdades estructurales.

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Notas

* Licenciada en Antropología Social FACSO/UNCPBA. Doctoranda en Antropología FFyL-UBA. Integrante del Núcleo de Producciones e Investigaciones Comunicacionales y Sociales de la Ciudad Intermedia.
[1] El fiado es un término nativo que refiere a una relación de compraventa en la que una persona adquiere un producto o servicio bajo la promesa de pagarlo en un futuro, generalmente sin necesidad de firmar contrato formal alguno. El mencionado estudio derivó en la tesis para la obtención del título de licenciada en Antropología.
[2] Consiste en un emprendimiento de venta de productos de limpieza a granel como jabón líquido, suavizante para lavar la ropa, lavandina, entre otros. Éstos son envasados en botellas de plástico reutilizadas.
[3] Un kiosco es un pequeño comercio de proximidad que vende principalmente golosinas, cigarrillos, bebidas, snacks, artículos de librería y puede contar con servicios como el cobro de facturas y recarga de saldos en tarjetas telefónicas y de transporte urbano. Los kioscos relevados no cuentan con estos servicios y cuentan con poco stock de mercadería.
[4] Si bien se puede reconocer una dimensión racial y étnica en la problemática, en esta primera aproximación antropológica al fenómeno se profundizará en la clase y el género.
[5] Hacen referencia a la película “Eat, pray, love” (2010) producida por Columbia Pictures y protagonizada por Julia Roberts.
[6] Me refiero al proyecto político de La Libertad Avanza, liderado por Javier Milei, quien en 2023 fue elegido democráticamente como gobierno de la Nación Argentina.
[7] Las siglas refieren al Índice de Precios al Consumidor de la provincia recuperados por el Centro de Investigación y Formación de la República Argentina.
[8] Instituto Nacional de Estadísticas y Censos de la República Argentina.
[9] Fuente: https://www.indec.gob.ar/uploads/informesdeprensa/eph_pobreza_01_19422F5FC20A.pdf
[10] Sobre todo, pequeñas despensas y verdulerías.
[11] Alude al conjunto de viviendas de estructura simple tipo toldo, elaborado con cuero, telas y ramas, que utilizaban los pueblos originarios o ciertos grupos rurales que practicaban el nomadismo o la trashumancia.
[12] Puede consultarse el siguiente video en el que Esteban Bullrich, por entonces ministro de Educación de la Nación, expresaba con toda nitidez este ideal, al exponer en el Foro de Inversiones y Negocios del año 2016: https://www.youtube.com/watch?v=1dvO-jorNow.
[13] Ver: https://servicios.infoleg.gob.ar/infolegInternet/verNorma.do?id=273567
[14] El cuidado como don en estado puro de las mujeres, entendiéndolo como algo natural e instintivo, es problematizado a la luz de la división sexual del trabajo en el capitalismo. Comas d’Argemir (2017) muestra que las dimensiones de género están presentes en las bases morales del cuidado, y que en efecto estas obligaciones morales están desigualmente repartidas entre hombres y mujeres, así como entre la familia, el Estado y el conjunto social. En esta línea se comparte la caracterización que realiza Balazote (2007) respecto a la violencia que esconde el don. No solamente en relación con quien tiene las posibilidades históricas y el poder para dar -y otros la obligación de recibir-, sino además con quien tiene las posibilidades históricas y el poder para demandar, en este caso el cuidado, y otras la obligación de dar “desinteresadamente”.
[15] En Olavarría en este período sólo se podía acceder a la doble escolaridad en instituciones privadas y con altos aranceles.
[16] Entrevista informal en contexto de feria. Noviembre de 2015.

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