Convocatoria temática

Recepción: 07 Enero 2025
Aprobación: 14 Abril 2025
Resumen: En este artículo nos proponemos abordar, antropológica y procesualmente, un problema recurrente en espacios políticos protagonizados por mujeres en barrios populares urbanos argentinos: la constante (des)valorización del hacer colectivo que allí se moviliza. A partir de nuestras investigaciones doctorales y en un esfuerzo analítico comparativo, fuimos descubriendo que este problema emergía cuando las acciones colectivas eran evaluadas -por otros actores o por ellas mismas- en términos de su “utilidad”. Los cuestionamientos en torno a los para qué sirve lo que hacen/hacemos comenzaron a mostrar debates morales que expresan y tensionan miradas estrechas y excluyentes, tanto del trabajo como de la política que ponen en práctica estas mujeres. Buscando ampliar la comprensión de estos procesos y desde una antropología procesual y vivida de la política, describimos las prácticas concretas atendiendo a lo que estas producen cotidianamente: tramas políticas de cuidados. Pero, ¿qué valores construyen y disputan? El texto muestra que, desde las mujeres protagonistas de nuestras investigaciones, aquello que vale, lo que importa de las acciones colectivas de estos espacios no es unívoco ni se encuentra predeterminado, sino que se construye, se define y se disputa de manera continúa y cotidiana, en la permanente búsqueda, tanto política como económica, por sostener la vida común y por proyectar otros futuros de vida para ellas. La metodología empleada está basada en trabajos etnográficos en barrios populares de las ciudades de Rosario y Córdoba (Argentina), a partir del desarrollo de observación participante y entrevistas en profundidad.
Palabras clave: experiencias políticas, mujeres de sectores populares, cuidados.
Resumo: Neste artigo propomos abordar, antropológica e processualmente, um problema recorrente nos espaços políticos liderados por mulheres, nos bairros urbanos populares argentinos: a constante (des)valorização do trabalho coletivo que ali é mobilizado. A partir da nossa investigação de doutoramento e num esforço analítico comparativo, descobrimos que este problema emergia quando as acções coletivas eram avaliadas – por outros atores ou por eles próprios – em termos da sua “utilidade”. As questões sobre o propósito do que elas fazem/nós fazemos começaram a evidenciar debates morais que expressam e sublinham visões estreitas e exclusivas, tanto do trabalho como da política, que estas mulheres colocam em prática. Buscando ampliar a compreensão desses processos e a partir de uma antropologia processual e vivida da política, descrevemos as práticas específicas levando em conta o que elas produzem no dia a dia: tramas de cuidado político. Mas que valores constroem e disputam? O texto mostra que, a partir das mulheres protagonistas de nossas investigações, o que é valioso, o que importa nas ações coletivas desses espaços não é unívoco ou predeterminado, mas é construído, definido e disputado de forma contínua e cotidiana, no permanente procuram, tanto políticos como econômicos, sustentar a vida comum e projetar outros futuros de vida para eles. A metodologia utilizada baseia-se no trabalho etnográfico em bairros populares das cidades de Rosário e Córdoba (Argentina), a partir do desenvolvimento de observação participante e entrevistas em profundidade.
Palavras-chave: experiências políticas, mulheres de setores populares, cuidados.
Abstract: In this article, we aim to address, from an anthropological and processual perspective, a recurring problem in political spaces led by women in urban popular neighborhoods in Argentina: the constant (de)valuation of the collective actions that are mobilized there. Based on our doctoral research and through a comparative analytical effort, we discovered that this issue emerged when collective actions were evaluated —by other actors or by the women themselves— in terms of their “utility.” The questions surrounding the purpose of what they do/what we do begin to reveal moral debates that express and challenge narrow and exclusionary views, both from the work and from politics that these women put into practice. In seeking to expand the understanding of these processes and from a processual and lived anthropology of politics, we describe the concrete practices by attending to what they produce daily: political webs of care. But what values do they construct and contest? The text shows that, from the perspective of the women protagonists of our research, what is valuable, what matters in the collective actions of these spaces is neither univocal nor predetermined, but rather is constructed, defined, and contested continuously and daily, in the ongoing search, both political and economic, to sustain common life and to project other futures of life for themselves. The methodology employed is based on ethnographic work in popular neighborhoods of the cities of Rosario and Córdoba (Argentina), through participant observation and in-depth interviews.
Keywords: political experiences, women from popular sectors, care work.
Introducción
“Recordemos que monstruo tiene la misma raíz que demostrar, los monstruos significan”.
Donna Haraway
En los últimos años el movimiento feminista alcanzó, en Argentina y en distintas partes del mundo, un creciente protagonismo, logrando colocar en el centro del debate público diversas problemáticas y demandas que, hasta entonces, habían permanecido ocultas y marginadas. La amplitud y masividad que desplegó como fuerza política desbordó tanto a las organizaciones como a las temáticas históricamente constituidas como feministas y de género, integrándose a las dinámicas de la conflictividad social y transformando la gramática de diversas luchas (Gago, 2019). La confluencia con organizaciones sociales, políticas, sindicales, espacios comunitarios y barriales, permitió articular realidades y sujetos heterogéneos, ampliando los horizontes de transformación social de los feminismos contemporáneos. Inscripto en la larga trayectoria del movimiento amplio de mujeres en nuestro país, este “momento de apertura” (Sciortino 2018) desafió fronteras y divisiones que continuaban naturalizadas, poniendo en evidencia, en territorios diversos, los modos en que aún se invisibilizan y desvalorizan experiencias históricamente protagonizadas por mujeres.
Desde el año 2018, y en el marco de nuestras investigaciones doctorales en antropología, venimos indagando la dinámica de estos procesos políticos a partir del acompañamiento etnográfico a organizaciones sociales y políticas que desde las décadas de 1980 y 1990 desarrollan trabajo territorial en barrios populares de las ciudades de Rosario y Córdoba, Argentina. En particular, nuestros estudios se centraron en espacios colectivos que forman parte de estas organizaciones y que, en los últimos años, cobraron un notorio protagonismo e impulso: grupos de y para mujeres.
Como han mostrado diversas investigaciones, la participación de mujeres en organizaciones cobró mayor relevancia en las décadas de 1970/1980 a partir de la acción de ONG y distintos programas sociales vinculados a las medidas de ajuste estructural neoliberal que se pusieron en marcha en ese período, y que se prolongaron de manera masiva en los años noventa en respuesta a los procesos de “feminización de la pobreza” que resultaron de ellas (Fernández Álvarez y Partenio, 2013; Sciortino, 2017). Un rasgo destacado por la bibliografía acerca de la orientación de estas políticas es que tuvieron como principales beneficiarias a las mujeres, interpelando principalmente a las mujeres-madres-pobres (Falquet, 2003; Anzorena, 2015). De esta manera, distintos trabajos señalaron que la participación de las mujeres se estructuró en general alrededor de una “responsabilidad femenina” y en particular “maternal”, a partir de la instrumentalización de esta figura en las políticas de lucha contra la pobreza (Zibecchi, 2013; Anzorena, 2015). Así, distintas indagaciones destacaron la presencia mayoritaria de mujeres en las organizaciones, quienes han ocupado un lugar central en el impulso y sostenimiento de una multiplicidad de tareas y actividades orientadas a atender las necesidades de subsistencia y, al mismo tiempo, como las principales encargadas de la administración y gestión cotidiana de la política social (Sciortino, 2017; Partenio, 2011; Espinosa, 2013, Cross y Partenio, 2011).
Como parte de estos procesos, se registraron desde la década de 1970 una serie de debates académicos y políticos que a partir de estudios críticos de género y perspectivas feministas han reflexionado sobre el rol de las mujeres en distintas instancias de organización, y los alcances y límites de su acción. En sus inicios, estos análisis crearon conceptualizaciones que buscaban distinguir entre “movimiento feminista” y “movimiento de mujeres” -entendido incluso por algunas autoras como “movimiento por la supervivencia” (Luna, 2004)- o entre “intereses prácticos” e “intereses estratégicos” de género (Molyneux, 1985). En particular estos últimos, propuestos por Maxine Molyneux (1985), tuvieron gran influencia. Estos análisis procuraron distinguir entre “intereses prácticos” de género que se fundan en las condiciones materiales de vida de las mujeres, poniendo en el centro sus necesidades inmediatas, y los “intereses estratégicos” ligados a la superación de las relaciones de dominio y subordinación entre los géneros que buscan transformar las estructuras sociales que perpetúan la desigualdad. Así, los intereses prácticos apuntarían a mejorar las condiciones materiales de vida de la mujer, aunque sin desafiar ni transformar necesariamente el orden social y la posición subordinada en la que se encuentra, mientras que los intereses estratégicos llevarían a cambios en la división desigual del poder entre los sexos (Molyneux, 1985 en Fernández Álvarez y Partenio, 2013).
Esta mirada dicotómica ha sido ampliamente revisada en las últimas décadas. Diversos trabajos han mostrado que, si bien la participación de mujeres puede partir de responsabilidades y obligaciones derivadas de los roles reproductivos, intereses prácticos y estratégicos pueden integrarse, dando lugar a problematizaciones que no solo cuestionan estereotipos, roles y mandatos de género sino también explicaciones simplistas sobre sus motivaciones para unirse a la lucha (Partenio, 2011; Espinosa, 2013, Cross y Partenio, 2011).
Retomando y dialogando con estos aportes, en esta presentación nos interesa reflexionar sobre una problemática que observábamos como común en las experiencias que acompañamos a lo largo de nuestro trabajo etnográfico: la constante (des)valorización del hacer colectivo de las mujeres que participan en estos espacios organizativos populares y feminizados. Esta (des)valorización emergía, empíricamente, a través de una serie de interrogantes: “¿por qué se juntan?”, “¿qué hacen tantas horas?”, “¿para qué sirve lo que hacen?”. Preguntas que aparecían, de manera reiterada, en sus interacciones cotidianas y que exponían no solo cuestionamientos hacia ellas por parte de diversos actores, sino también entre ellas. Atravesadas por malestares, tensiones y discordancias, los “por qué estamos acá”, y su traducción en el “para qué sirve lo que hacemos” abrían debates en los cuales sus acciones pasaban a ser evaluadas a partir de una noción particular: su “utilidad”[1].
En este trabajo, entonces, procuraremos mostrar las dinámicas sociales desde la cuales se presentan estos cuestionamientos en los que clase y género se entrecruzan, intentando analizar los motivos de esta desvalorización más allá de los debates morales más amplios respecto de los sectores populares organizados y del avance del feminismo en los territorios populares. En esta dirección nos preguntamos: ¿cómo se construye “utilidad” desde estos espacios colectivos feminizados? ¿qué es considerado “útil” en la vida de las mujeres que allí participan?¿qué vale para ellas?
Con el fin de reflexionar en torno a estos interrogantes, nos proponemos, en un primer momento, contextualizar los espacios de mujeres que acompañamos etnográficamente, atendiendo a los procesos socio históricos en los que se inscribe la diversidad de trayectorias sociales y políticas de las mujeres que participan en ellos. En segundo lugar, nos interesa reponer algunas interacciones de campo en las que se ponen en cuestión y debaten las prácticas, atendiendo a las diferentes voces desde las cuales emana la pregunta por el valor del hacer colectivo de estas mujeres, desde y en sus territorios. A partir de distintas escenas etnográficas nos interesa poder presentar el entramado relacional desde el cual surge la noción de “utilidad” en tanto categoría social y moral movilizada para evaluar sus acciones.
En tercer lugar, con el fin de problematizar estos debates, procuraremos describir las prácticas concretas que se llevan adelante en estos espacios organizativos feminizados, atendiendo a lo que producen cotidianamente. Para ello, recuperamos los aportes de una perspectiva antropológica que alienta un abordaje procesual y vivido de la política (Fernández Álvarez, Gaztañaga y Quirós 2017; Fernández Álvarez, 2016; Quirós, 2018). Este enfoque pretende tomar distancia de determinadas concepciones que sostienen la homogeneidad de los actores colectivos, para atender al sentido fluido, dinámico y contingente de sus prácticas y relaciones, aportando una mirada desde su transcurrir atenta al modo en que la política colectiva se define, negocia y tensiona en el día a día. De esta manera, se sitúa en el centro del análisis el proceso mismo; es decir, lo que se crea como proyecto colectivamente, colocando en segundo plano la preocupación por los resultados o el logro de determinados objetivos.
Asimismo, retomamos los aportes de teorías feministas de la economía para interrogar analíticamente estas acciones colectivas desde la noción de cuidados. Esta perspectiva parte de considerar la interdependencia como condición general de la vida humana, enfatizando la amplitud de procesos, relaciones y trabajos que son necesarios para que la vida se reconstruya a diario (Pérez Orozco, 2014; Carrasco, 2012).
Finalmente, volveremos a la pregunta respecto del valor de aquello que producen estos espacios colectivos y populares de mujeres. Desde los aportes de la teoría del valor de David Graeber, más específicamente de la relectura que propone la antropóloga argentina Julieta Gaztañaga (2018), procuraremos indagar las disputas en relación a la producción, distribución y apropiación de valores; lo que equivale a la definición de aquellas cosas y acciones que, en un contexto dado, importan. Volviendo a poner el foco en la cotidianeidad de estos espacios, buscaremos aproximarnos a la diversidad de significados -en acción y en tensión- que emergen al momento de mostrar qué es lo “útil” para las mujeres que allí participan. De este modo, veremos que, más allá de las miradas morales que constantemente evalúan su existencia, la respuesta al interrogante de qué vale, qué es “útil” en la vida de estas mujeres no es unívoca ni se encuentra predeterminada. Muestra más bien las paradojas, tensiones y desplazamientos que genera la participación política en las mujeres, al continuar ubicando a los cuidados en el centro de las prácticas políticas y de los procesos de reproducción social de estos sectores de las clases trabajadoras.
El presente trabajo se basa en procesos de investigación etnográfica desarrollados en dos espacios de mujeres que funcionan en barrios populares urbanos de las ciudades argentinas de Córdoba y Rosario, donde realizamos trabajo de campo entre los años 2018 y 2023. Desde una perspectiva antropológica, nos valimos del método etnográfico como modo de conocimiento que involucra la inmersión relacional de quien investiga en el universo de estudio (Guber, 2001). El trabajo de campo etnográfico nos permitió interrogar los fenómenos sociales bajo estudio en y en tanto procesos de “vida social” (Quirós, 2018), reconstruyendo e integrando analíticamente las perspectivas de sus distintos protagonistas. Para ello, recurrimos a la técnica de observación-participación y entrevista etnográfica, en pos de reconstruir las construcciones de sentido de los sujetos y las trayectorias de vida de nuestras interlocutoras de campo. Acompañamos en ello diversas actividades cotidianas, los espacios de encuentro y trabajo, reuniones semanales, espacios de formación y discusión; así como actividades más eventuales, festejos barriales, viajes a Encuentros Nacionales de Mujeres y marchas. A su vez, recuperamos las charlas informales surgidas en esas instancias, realizamos entrevistas en profundidad, a referentes, coordinadoras, integrantes de los espacios y análisis de documentos, material de medios periodísticos y redes sociales.
Los espacios colectivos y las trayectorias políticas de las mujeres en contexto
Los procesos que analizamos en el presente trabajo se sitúan en barrios populares de dos grandes urbes emplazadas en la pampa húmeda argentina: Córdoba y Rosario, la segunda y la tercera ciudades más importantes del país, tanto en términos económicos como poblacionales. Los procesos sociales, políticos y económicos que marcaron sus historias durante el siglo XX muestran puntos en común: un fuerte pasado industrial que condujo a la consolidación de una poderosa y organizada clase trabajadora. La implementación de políticas neoliberales introducidas por la última dictadura militar y consolidadas durante la década de 1990 afectó de manera particular a estos dos centros urbanos. Se generaron así profundas modificaciones en la estructura productiva que significaron la desindustrialización de un conjunto importante de ramas de la producción existentes hasta el momento. Estos cambios afectaron las condiciones de vida de la clase trabajadora, dando lugar a un crecimiento sin precedentes de los niveles de desocupación, informalidad y precariedad, e impactando en la conformación de importantes núcleos de pobreza.[2]
El impacto que tuvieron estas transformaciones encontró resistencia en el surgimiento y fortalecimiento de diversos procesos de organización colectiva, en los que las mujeres tuvieron una destacada participación. Estas experiencias se asentaron fundamentalmente en la organización barrial y en la demanda por trabajo, constituyéndose en importantes focos de acción y lucha frente al neoliberalismo (Partenio, 2011; Andújar y D’Antonio, 2020). Como parte de este contexto se destaca, desde la segunda mitad de la década de 1980, un crecimiento notable de organizaciones de mujeres, el cual tuvo continuidad en los noventa. En ese momento, la vuelta a la democracia en la región y en el país posibilitó la confluencia de mujeres con distintas trayectorias políticas en torno a espacios y agendas comunes, dando lugar a una experiencia de convergencia entre feministas y mujeres de diversos sectores de la sociedad (Barrancos, 2007; Tarducci y Rifkin, 2010; Sciortino, 2018). Así, bajo la apuesta de recuperar derechos y espacios que el contexto represivo había confiscado, comenzaron a reunirse activistas feministas, militantes de movimientos sociales -como el de derechos humanos- y, de manera incipiente, mujeres de sectores populares. El contexto de ajuste y crisis de la década de 1990 resultó un momento en que el movimiento amplio de mujeres se fortaleció y amplificó a partir, justamente, de la incorporación de mujeres de sectores populares, dando impulso a una agenda que se fue expresando en la práctica territorial de estas organizaciones, donde las demandas por trabajo digno se enlazaron con reivindicaciones históricas del feminismo, articulando dimensiones de clase y género (Di Marco, 2010; Sciortino, 2018). En esa línea, algunos trabajos analizaron la conformación de un “feminismo popular”, en tanto articulación de mujeres activistas de sectores populares que adoptaron discursos y estrategias feministas, y desde sus necesidades e intereses plantearon sus prioridades, pudiendo o no coincidir con la agenda feminista (Di Marco 2006:256 en Sciortino, 2018). Esto da cuenta de la conformación de un “movimiento amplio de mujeres” (Molyneux, 2003) en el que el feminismo es considerado un actor más, incorporando a sectores y grupos de mujeres que no se identifican como feministas o que no iniciaron su lucha desde allí pero que han aportado a la movilización de las mujeres en la región. Como señala Sciortino (2018), esta capacidad de articulación entre sectores y pertenencias diversas reaparece de manera renovada en las masivas movilizaciones contra la violencia machista y en torno al lema “Ni Una Menos” en 2015, dando lugar a un “nuevo momento de apertura” del movimiento que logró interpelar un conjunto amplio y heterogéneo de actores sociales (Daich y Tarducci, 2018; Sciortino, 2018; Gago, 2019).
Nuestros casos de estudio etnográfico, es decir los espacios colectivos y las experiencias y trayectorias de las mujeres a quienes acompañamos, se inscriben directamente en estos procesos socio-históricos y en las transformaciones de los movimientos en los cuales emergen.
En primer lugar, Cosas de mujeres, un espacio de y para mujeres formado en 2016 -antecedido, a su vez, por un primer grupo que se originó en 2011- dentro de una organización política y de derechos humanos fundada por ex presos políticos y militantes de izquierda a fines de la década de los ochenta en la ciudad de Córdoba. En línea con los objetivos históricos de esta organización, el grupo se originó como un espacio de promoción y protección de los derechos de las mujeres en barrios populares de la zona suroeste cordobesa, centrando sus acciones en la visibilización y el debate de problemáticas que las afectaban diferencialmente. En particular, el acceso a la salud y el abordaje de la violencia de género. Ambas referentes contaban con extensas trayectorias de militancia en el campo de los derechos humanos, el feminismo y las organizaciones de izquierda, aunque desde orígenes distintos. Una de ellas, mayor en edad (65 años) y proveniente de una familia militante peronista del interior cordobés, se había involucrado en la organización a mediados de la década de 1990 tras abandonar sus estudios universitarios en psicología y ser madre. Formó parte de un momento de trabajo más “superestructural” de la organización -como ella misma le llamaba- en el cual, aunque continuaban sosteniendo las demandas fundacionales de juicio y castigo hacia los responsables de la perpetuación del terrorismo de Estado durante la última dictadura militar, se movilizaban junto a agrupaciones gremiales y políticas de izquierda denunciando públicamente la violación de derechos humanos en democracia (la desocupación, la precarización laboral, la privatización y la violencia policial). La otra referente, más cincuentona, había llegado a la organización tras la crisis de 2001, cuando este grupo de militantes reorientó su trabajo político a barrios populares en el marco del crecimiento del movimiento piquetero en estos territorios, precisamente cuando decidieron instalar una “casa del pueblo” -como le llaman a las sedes territoriales de la organización- en su barrio natal: Villa El Libertador, uno de los barrios populares más importante del ejido suroeste urbano cordobés. Aunque ella reconoce experiencias de organización previa junto a vecinas vinculadas a la “subsistencia”, es a partir de su participación en las actividades cotidianas en la Casa del Pueblo, principalmente en las instancias asamblearias y de discusión política, que comienza a transitar el proceso de construirse como “militante”. Desde su involucramiento en la organización, ambas referentes reconocen haberse formado políticamente desde una perspectiva marxista y anticapitalista. También feminista, a partir de su articulación con otros espacios barriales de mujeres, con trayectorias de más de dos décadas en territorios populares y liderados por antiguas militantes feministas y de izquierda, y su participación, intermitente desde los años 2000, en los Encuentros Nacionales de Mujeres. Desde su trabajo político barrial, estas referentes fueron consolidando relaciones con una diversidad de mujeres, militantes, trabajadoras y profesionales, en algunos casos del hospital y los dispensarios de la zona. Mujeres con itinerarios diversos: algunas mayores, con largas trayectorias de militancia, activa participación gremial en el campo de la salud y/o extenso trabajo profesional en esos territorios. Otras, más jóvenes con recorridos políticos universitarios en organizaciones kirchneristas, comunistas y/o directamente feministas, vinculadas al trabajo en organizaciones más recientes como Ni Una Menos y/o fundaciones que intervenían ante problemáticas de violencia de género. Cosas de mujeres fue así entramando a estas mujeres diversas con vecinas de la zona, con algunas de las cuales, de hecho, las referentes ya tenían vínculos previos: de vecindad, familiaridad -hermanas, cuñadas, hijas, sobrinas- o proximidad desde la organización. Pese a que la participación era fluctuante, el grupo más estable reunía alrededor de diez mujeres mayores de 40 años, algunas con estudios secundarios incompletos, otras jefas de hogar con hijos mayores de edad o adolescentes, que sostenían sus economías combinando empleos no registrados y precarios (principalmente como trabajadoras domésticas o en comercios de la zona) con emprendimientos por cuentapropia, e ingresos provenientes de distintos programas sociales. En términos de trayectorias políticas, muchas de ellas contaban con experiencias de participación en acciones colectivas históricas del barrio (como tomas de dispensarios, asambleas en demanda de servicios o infraestructuras urbanas, organización de ferias y/o clubes de trueque, entre otras). Aunque a la mayoría las demandas feministas les resultaban ajenas o incómodas, a partir de su participación en diversas instancias de encuentro y debate político (como veremos en el último apartado), muchas fueron identificándose con esta perspectiva, sobre todo a la hora de reinterpretar experiencias propias de vida.
El segundo refiere a un Espacio de Cuidados destinado a la primera infancia, impulsado por una organización social y política de la ciudad de Rosario, que se conformó tras el estallido social de 2001 a partir de la iniciativa de un grupo de jóvenes, en su mayoría estudiantes universitarios que se acercaron al barrio con el objetivo de colaborar con un centro comunitario. Desde entonces han desarrollado un extenso camino de militancia en el territorio, vinculado principalmente con la educación popular, la infancia y la juventud. En el año 2016, a partir de su vinculación con la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular-CTEP (actualmente UTEP-Unión de Trabajadores/as de la Economía Popular),[3] esta organización amplió y reorientó muchas de sus prácticas en el territorio hacia la promoción de diversas formas de trabajo en el marco de la economía popular, articulando con políticas sociales de “inclusión social” y trabajo asociativo. Como parte de este proceso y de la fuerza que para ese entonces movilizaba el movimiento feminista, se conformó el Espacio de Cuidados con un doble objetivo: atender al cuidado de la primera infancia en el barrio y generar una fuente laboral y de ingreso para las mujeres que sostienen este espacio a diario, reivindicando estas tareas como trabajo. La propuesta de llevar adelante este espacio surgió de la iniciativa de dos integrantes de esta organización, ambas mujeres jóvenes, universitarias y profesionales (una psicóloga y otra cientista política) quienes recientemente habían sido madres. Para esto se convocó a un grupo de mujeres del barrio con el propósito de armar un Espacio de Cuidados, cuya participación se daría en términos de trabajo remunerado. Esto se vinculó fundamentalmente a los debates que se venían dando en el marco de la organización, que recuperaban diversos planteos del feminismo en torno a la reivindicación de las tareas reproductivas y de cuidado en tanto trabajo. Así, el Espacio fue conformado por mujeres de sectores medios, en el rol de “coordinadoras” y mujeres del barrio, quienes sostienen cotidianamente las actividades y tareas. Todas ellas tenían relaciones previas con la organización. Las mujeres generacionalmente más grandes (entre 45-50 años) habían participado en tanto madres de los niños y niñas que habían asistido, en sus inicios, a los distintos talleres dirigidos a las infancias y juventudes del barrio, mientras que las más jóvenes, mujeres de entre 20 y 30 años, habían sido parte de ese mismo grupo de niñas y niños. Entre ellas había a su vez vínculos de parentesco y de vecindad (madres e hijas, hermanas, cuñadas). Al mismo tiempo, cabe destacar que todas eran madres, por lo que, más allá de las diferencias generacionales, el trabajo de cuidados constituía una parte importante en sus trayectorias de vida, tanto por el trabajo doméstico y reproductivo que realizaban en sus hogares como en sus familias más extensas. Asimismo, entre sus inserciones laborales previas, muchas de ellas se habían desempeñado como trabajadoras de servicio doméstico en casas particulares, niñeras y cuidadoras remuneradas en hogares. En relación a sus experiencias de participación política en organizaciones colectivas, las historias familiares de casi todas ellas mostraban vínculos con una comunidad eclesial de base (CEB) que había funcionado en el barrio durante los años 1990, consolidando una fuerte inserción barrial y un importante desarrollo organizativo en distintos frentes. En este marco funcionó, durante esa época, un comedor, un espacio para jóvenes, para las infancias y un espacio de mujeres. Si bien las mujeres generacionalmente más grandes contaron con una participación disímil en este espacio, ninguna se reivindica como feminista. Incluso algunas demandas y propuestas de este movimiento generaban un fuerte rechazo entre muchas de ellas, fundamentalmente la lucha por la legalización del aborto, la cual estaba en el centro del debate público durante el período de trabajo de campo.[4]
Así, podemos observar cómo ambos espacios de y para mujeres se originan en el marco de organizaciones con trayectorias más amplias de trabajo político en barrios populares urbanos, que se remontan a la década de 1980 en el caso cordobés y a la crisis de 2001 en el caso rosarino. Se trata de organizaciones locales orientadas desde sus orígenes al abordaje y atención de problemáticas concretas en y desde esos territorios, como parte de proyectos políticos de transformación social que fueron generando distintos niveles de articulación con organizaciones más amplias de estructura nacional. A su vez, se destaca que ambas experiencias se encuentran conformadas por mujeres con diversas procedencias sociales y trayectorias, tanto educativas, políticas como laborales y/o profesionales. Asuntos que, como veremos a continuación, influirán en los debates y tensiones respecto de los para qué de sus prácticas políticas.
¿Qué hacemos acá?¿para qué sirve lo que hacemos? El cuestionamiento y los debates sobre la “utilidad” de eso que ellas hacen
“¿Por qué se juntan?”, “¿qué hacen tantas horas?”, “¿para qué sirve lo que hacen ahí?”. A quien haya participado y acompañado alguna vez algún espacio colectivo de mujeres seguramente le resuenen estas preguntas. Más aún si se trata de grupos feminizados que funcionan dentro de organizaciones sociales, en algún barrio popular de las periferias urbanas argentinas. Ya sean como tímidas dudas de una vecina, desacreditadores comentarios de un marido o provocadoras intervenciones de un funcionario estatal, estos interrogantes parecen estar siempre ahí, flotando tácitamente, hasta que salen de la boca de alguien.
Son cuestiones que además no vienen solo de afuera, de un otro/a: son también pregunta y debate entre las mismas mujeres que allí participan. Atravesadas por inseguridades, malestares y tensiones, los qué hacemos acá, pero sobre todo su traducción en el para qué sirve lo que hacemos explicitan un dilema más amplio entre y hacia ellas: la (des)valorización del hacer colectivo de estas mujeres y, como parte de esto, el cuestionamiento constante de la “utilidad” de los espacios políticos que habitan y construyen.
Como antropólogas, a lo largo de nuestro trabajo de campo registramos distintas situaciones en las cuales estas prácticas colectivas eran interrogadas y debatidas por diferentes actores. Estos dilemas se presentaban de manera recurrente y bajo diversas formas en la cotidianidad de los espacios, tensionando miradas y valoraciones, poniendo en cuestión el sentido mismo de lo que hacían las mujeres y, por ende, su relevancia.
En algunos casos, estos dilemas aparecían bajo la forma de objeciones y cuestionamientos que provenían del propio entorno familiar, especialmente de sus parejas. “¿Para qué vas a ir? Mejor quédate en casa con los chicos”, contó Vero (vecina rosarina de Villa Banana, de 30 años aproximadamente) que le dijo su marido (principal sostén económico de la familia) cuando decidió anotarse en el taller de formación en carpintería en el marco del programa provincial Santa Fe Más, que iba a arrancar en el antiguo espacio donde había funcionado la CEB. Pese a las dudas que le generaba, se anotó igual. “Yo quiero participar”, le respondió. Al inicio estaba contenta porque, además de aprender un oficio, iba a poder contar con un ingreso propio que, si bien era escaso, “siempre viene bien” y “se necesita”. A los pocos encuentros planteó que lo que más le gustaba del taller era encontrarse con otras personas, conversar, que allí “se despejaba y le hacía bien”. Como ama de casa, insistía en que pasaba mucho tiempo sola, haciendo tareas domésticas y cuidando a sus hijos, y eso la cansaba mucho. Sin embargo, después de muchas dudas, a los meses dejó de ir. Pese a la insistencia de sus compañeras, argumentó que debía encargarse de la atención de la verdulería familiar que habían instalado recientemente, que económicamente le rendía más y no podía comprometerse con los horarios del taller. Situaciones como estas se reiteraban en las experiencias y relatos de las mujeres, quienes muchas veces resaltaban la resistencia que manifestaban sus maridos a su participación en estos espacios colectivos, sobre todo a través de comentarios despectivos: “¿para qué vas a ir?”, “¿qué van a trabajar ustedes? Solo se juntan a tomar mates y a charlar”, “te están lavando la cabeza”.
Otras situaciones mostraban debates entre las mujeres que participaban en un mismo espacio, contraponiendo perspectivas y sentimientos sobre lo que para cada una de ellas valía la pena y era necesario y prioritario hacer colectivamente.“Yo vuelvo al grupo si hacemos algo productivo”, le planteó tajante Ruth (vecina de Villa El Libertador, de 45 años, jefa de hogar monomarental y madre de dos hijas adolescentes) a una de las referentes cordobesas sobre la posibilidad de retomar su participación en los encuentros semanales del grupo de mujeres. Aunque venían intentando desarrollar desde hacía casi un año un emprendimiento asociativo de tejido, en los últimos meses la dinámica de sus reuniones se había modificado, pues se habían sumado dos jóvenes psicólogas feministas que procuraban consolidar un espacio terapéutico de acompañamiento frente a las violencias de género. Se trataba de un trabajo que, de hecho, ellas desarrollaban como grupo de mujeres desde hacía años y que Ruth siempre había valorado: “Aunque piensen que somos vagas y que solo nos juntamos a tomar mates y comer harinas, prefiero venir a engordar con ustedes que estar sola en mi casa, ¡este grupo es mi salud mental!”, les había dicho a sus compañeras, emocionada, al poco tiempo de comenzar a participar. Sin embargo, ese día su argumento parecía ir en rumbo contrario: “Todo bien con juntarnos a matear y charlar de nuestros problemas, pero a mí no me alcanza, ¡necesito laburar!”. Para la referente, la explicación de ello resultaba clara: “Con las urgencias cotidianas, algunas mujeres sienten que venir a encontrarse con otras es una pérdida de tiempo”, le tradujo, a los días, a las psicólogas, quienes no comprendían las inasistencias de las mujeres.
En otros momentos, las dudas podían provenir de las mismas mujeres, anudando sentimientos de impotencia ante problemas estructurales que se presentaban en la cotidianidad de sus espacios de trabajo. “Nosotras no hay nada que podamos hacer”, comentó con desánimo en una reunión Mónica, una vecina de Villa Banana de 45 años, madre de cinco hijos, que integraba el Espacio de Cuidados. Arribó a esta conclusión pesimista luego de que, juntas, analizaran con preocupación la situación de cuatro hermanos que concurrían al espacio. Ellas cono-cían a los/as chicos/as porque vivían en el mismo barrio y notaban que pasaban mucho tiempo en la calle, hasta altas horas de la noche, y que no estaban yendo a la escuela. Sabían que contaban con una vivienda muy precaria y los padres en distintas oportunidades manifestaron tener dificultades económicas. Frente al planteo, la coordinadora del espacio (militante de la organización, joven de clase media y licenciada en ciencias políticas) sentenció con convencimiento: “No desvaloricemos lo que estamos haciendo, este es un espacio de escucha donde los chicos saben que aquí pueden hablar y que van a ser escuchados. Nosotras tenemos que entender la importancia de lo que hacemos, porque acá buscamos desnaturalizar situaciones vividas”. De este modo, procuraba destacar la importancia del trabajo realizado que, en ese momento, parecía no visualizarse, resaltando los aspectos afectivos, de contención y socialización para niños/as frente a las deficiencias que muestran las políticas e instituciones estatales en la atención de las problemáticas de las infancias.
A simple vista, estas escenas parecen involucrar asuntos sumamente diferentes. Sin embargo, pese a la diversidad de contextos y problemáticas de las que emergen, estos planteos dan cuenta de una situación similar que se reitera: se ponen en cuestión las prácticas e iniciativas emprendidas colectivamente por las mujeres y, por extensión, su valor. Como podemos observar, quienes interrogan, cuestionan y ponen en debate el sentido de las acciones son diferentes actores. Pueden ser externos al grupo, como el marido de Vero. Pero también pueden ser las mismas vecinas integrantes de estos espacios colectivos, movilizadas por frustraciones ante problemáticas estructurales o por urgencias materiales en sus economías familiares.
Desde el ejercicio comparativo en nuestras investigaciones, comenzamos a notar que estos dilemas aparecían puntualmente cuando las acciones colectivas eran juzgadas en términos de su “utilidad”. Dicho de otro modo, la “utilidad” aparecía como la noción desde la cual vecinos/as, familiares, militantes, profesionales, inclusive ellas mismas, evaluaban sus acciones; era el significante desde el cual se consideraba y determinaba su valor. Pero ¿a qué refiere? ¿qué perspectivas y criterios moviliza y tensiona esta noción?
Aunque etnográficamente se trataba de un concepto polisémico, dinámico y controversial, definido y debatido en cada situación social, analíticamente detectamos que la noción de “utilidad” expresaba y tensionaba miradas morales, estrechas y excluyentes tanto del trabajo como de la política que ponían en práctica estas mujeres de sectores populares. De este modo, estas miradas no sólo traslucían prejuicios sociales más amplios que existen hacia estos sectores y hacia la práctica política tanto popular como feminista, sino que también exponían distintas percepciones, apuestas y posibilidades de alcances de las acciones de las mismas mujeres.[5]
Como contracara, las intervenciones de aquellas mujeres militantes (en algunos casos también universitarias y/o profesionales) con roles de referencia, como podía ser la referente cordobesa o la coordinadora del Espacio de Cuidados, buscaban visibilizar, problematizar y reconocer positivamente el trabajo colectivo realizado por las mujeres en estos espacios. En el primer caso, reivindicando el valor del encuentro entre mujeres; en el segundo, recuperando los planteos y las reivindicaciones históricas del feminismo en torno a los trabajos de cuidado. En tanto militantes feministas, estas mujeres se esforzaban en mostrar entre sus compañeras de los barrios el valor de estos espacios y de sus acciones, destacando los aspectos emocionales y relacionales que allí se anudaban y su importancia social y política.
Desde sus diversos roles, trayectorias y pertenencias (como referentes, coordinadoras, vecinas o compañeras) y desde los diferentes y cambiantes significados que iba asumiendo la participación para ellas, comenzaban a aparecer discusiones y tensiones en torno a la “utilidad” de lo que ellas hacen. Con la intención de comenzar a explorar estas cuestiones y debates, en el siguiente apartado procuraremos explayarnos sobre las prácticas concretas que movilizan las mujeres en estos espacios colectivos barriales, interrogando antropológica y procesualmente aquello que ellas producen desde la noción de cuidados. En este sentido, nos preguntamos: ¿cómo se define y construye “utilidad” en y desde estos espacios colectivos feminizados? ¿qué es considerado “útil” en la vida de las mujeres que allí participan? Para ellas, ¿qué vale y hace valer su hacer?
Tramas políticas de cuidados: un “hacer juntas” que sostiene y politiza la vida
En sus inicios, el proyecto de conformar un Espacio de Cuidados para la primera infancia en Villa Banana (Rosario), se basó en un diagnóstico que evaluaba la ausencia de este tipo de iniciativas para los/as más pequeños/as en el barrio, tanto estatales como por parte de la propia organización. De esta manera, se procuraba llevar adelante una “propuesta pedagógica” que tuviera en cuenta las edades de las y los niños y que contemplara actividades específicas y diferenciadas “acordes al desarrollo de cada etapa de la vida”.
Sin embargo, en el transcurso de los años que acompañamos esta experiencia, advertimos cómo la dinámica de este espacio se fue modificando y redefiniendo tanto en sus objetivos y actividades concretas como en sus formas de organización. En este sentido observamos que, si bien en un principio este proyecto fue pensado para la primera infancia (0 a 5 años), con un funcionamiento similar a una guardería, luego ese criterio se fue ampliando para incorporar a niños y niñas de diversas edades. Esta decisión se consideró a partir de la evaluación de la situación de gran vulnerabilidad que atravesaban algunos de ellos/as. Como vimos, en la mayoría de los casos se trataba de chicos/as y familias que las mujeres conocían del mismo barrio y, desde esa proximidad, sabían que no estaban asistiendo a la escuela, no se encontraban registrados en el centro de salud o pasaban mucho tiempo en la calle, por lo que consideraban la importancia de que contaran con un lugar de contención, para jugar, merendar o, literalmente, para estar.
Las reuniones semanales del Espacio de Cuidados eran las instancias en las cuales conversaban, evaluaban y definían, entre coordinadoras, vecinas y otros actores con los que articulaban, las diferentes alternativas para abordar y dar respuestas a estas y otras problemáticas de su barrio. Allí, las mismas vecinas solían plantear diferentes situaciones ocurridas en el barrio, problemáticas que atravesaban a vecinos y vecinas, buscando formas de acompañar y ayudar. En este sentido, en distintas oportunidades decidieron intervenir en conjunto con el centro de salud del barrio y generaron sucesivos intercambios con la trabajadora social de esa institución, así como con las familias. Al mismo tiempo, en esas reuniones también definían diversas propuestas y actividades. A lo largo del año 2019, acordaron la realización de una serie de encuentros donde abordaron problemáticas vinculadas al cuidado integral de la salud, en articulación con médicas, enfermeras y odontólogas del centro de salud del barrio, a través de talleres abiertos a la comunidad (primeros auxilios, prevención de accidentes domésticos y enfermedades). Esta propuesta fue impulsada por estas trabajadoras, a modo de “acercarse a la comunidad”, permitiendo el intercambio en torno a diferentes situaciones cotidianas que involucraban estas temáticas.
Ese mismo año, en un contexto de ajuste y crecimiento de la pobreza, las mujeres de este espacio empezaron a plantear la necesidad de atender a la cuestión alimentaria, lo cual movilizó la organización de una olla popular[6]durante la pandemia. Con la flexibilización de las medidas de aislamiento que implicó, reorganizaron las actividades y definieron nuevos talleres en base a las demandas y necesidades de vecinos/as, jóvenes y niños/as. Así, impulsaron un espacio de juego libre y de apoyo escolar. También articularon redes de acompañamiento ante hechos de violencia institucional y urbana que afectaban, particularmente, a los y las jóvenes y sus familias. A su vez, establecieron un día para el asesoramiento en la gestión de trámites sociales, un tema de consulta frecuente por parte de los/as vecinos/as. En este tiempo, a su vez, dos de las integrantes del Espacio se interesaron en formarse en talleres de educación libre y realizaron una diplomatura en cuidados del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación.
Como podemos observar, en el Espacio se presentaban y compartían problemáticas y situaciones que constantemente desbordaban y redefinían las tareas y objetivos propios de este proyecto para las infancias. Esto no solo involucraba asuntos que tenían que ver con otrxs, que sucedían en el barrio a vecinos/as o a niños/as, sino también con ellas mismas. Así, en distintos momentos registramos cómo las instancias de reunión daban lugar a momentos de reflexión donde compartir diversas situaciones y dificultades que atravesaban en tanto mujeres, visibilizando estas problemáticas en términos de desigualdades y violencias de género. Guiadas principalmente por las coordinadoras, reflexionaban en torno a la importancia de acceder a un trabajo, recibir un salario y disponer de un ingreso económico propio, destacando la posibilidad de contar con mayor independencia y autonomía.[7] El hecho de cobrar un salario era valorado a partir de la posibilidad de contar con dinero propio para comprar diferentes cosas y “colaborar” con la economía del hogar: alimentos, vestimenta, pagar a término la cooperadora de la escuela, pagar las clases de danza de las hijas, realizar arreglos en las casas, etc. Algunas destacaban la posibilidad de ayudar a sus hijos ante dificultades económicas, otras, en cambio, planteaban que ese dinero lo destinaban a ellas y se negaban a compartirlo con sus maridos. “Ahora me di cuenta que puedo valerme por mí misma”, comentó en una oportunidad una de las mujeres que recientemente se había separado del marido tras vivir situaciones de violencia. También discutían sobre la relevancia de la organización para afrontar estas dificultades: “ninguna se puede salvar sola, necesitamos estar organizadas y juntas para superar los problemas”, enfatizó una de las coordinadoras.
En sintonía con esos debates, las coordinadoras impulsaron diversas propuestas de formación y discusión para el grupo, relacionadas con los derechos de la infancia y el feminismo (violencias, desigualdades, estereotipos de género, aborto). Aunque en un principio esta última generó tensiones y rechazos más explícitos -en especial la temática del aborto-, en el día a día del Espacio, observamos que eran asuntos que aparecían como parte de conversaciones y charlas más informales y cotidianas. Desde preocupaciones, tristezas y anhelos, las mujeres compartían vivencias e intercambiaban consejos sobre, por ejemplo, la maternidad y sus deseos o no de volver a ser madres, los vínculos de pareja y los malestares que atravesaban, las dificultades económicas, el cansancio y las ganas de estar solas y tener más tiempo para sí mismas, la sobrecarga que experimentaban con las tareas domésticas y de cuidados. Charlas que posibilitaban abrir debates que efectivamente problematizaban roles y estereotipos de género, y desigualdades en lo que respecta al trabajo doméstico y de cuidados. Entre ellos, se discutió el hecho que el Espacio de Cuidados estuviera conformado solamente por mujeres, mostrando la desconfianza que muchas de ellas sentían hacia los varones cuidando: la mayoría planteó que no les dejarían a sus hijos/as a cargo. Al mismo tiempo, esto habilitó que otras manifestaran malestares en relación a trabajar con niños y niñas permitiendo redefinir tareas y responsabilidades entre ellas, desnaturalizando la asociación cuidados-mujeres.
Lejos de ser solo un espacio de trabajo, en sus encuentros también proyectaban actividades juntas: irse de campamento, hacer salidas, ir a marchas feministas “¡tenemos que ir! somos todas mujeres”, planteaban intentando convencer a sus propias compañeras. Así, se generaron también instancias de risas y de disfrute que resignificaban su participación, como un momento que les permitía “despejarse”, “salir de la casa”, cortar con las tareas domésticas y encontrarse con otras mujeres. O, como enfatizaba una de ellas, “es un respiro”.
El grupo de mujeres cordobés surgió con un explícito propósito político: en términos más públicos, debatir y disputar sobre los derechos de las mujeres en su propio barrio; en términos más interpersonales y hacia el interior del grupo, discutir políticamente situaciones de vida comunes entre las mujeres que allí participaban. Como mencionábamos anteriormente, es a partir del impulso de dos militantes de larga trayectoria en la organización de derechos humanos, y de su articulación con médicas, profesionales y trabajadoras de instituciones de salud de la zona que comienzan a desarrollar diversas actividades allí. Clases abiertas de zumba, desayunos saludables, caminatas, encuentros de tejido, ferias de emprendedoras e intervenciones artísticas alusivas a efemérides reivindicadas por el movimiento feminista (como el 8M o el 25N), se combinaban con un espacio fijo y semanal que sostenían en el hall de entrada del hospital: la “mesa de los lunes”, un stand que montaban durante la mañana de ese día y desde el cual interceptaban, con volantes y revistas, a transeúntes del hospital. Aunque los objetivos de estas acciones eran siempre debatidos entre ellas, en general procuraban, por un lado, visibilizar y brindar información sobre problemáticas que cotidianamente afectaban a las mujeres de la zona (como los efectos ambientales de ascenso de las napas freáticas, las dificultades de acceso a trabajos bien remunerados, las desigualdades en las tareas de cuidado, la importancia de la salud sexual y reproductiva, el padecimiento de situaciones de violencia de género); por el otro, reunir y convocar mujeres. O, como decía una de las referentes, “amucharnos”, procurando involucrarlas en un espacio organizativo y de encuentro semanal que sostenían en la Casa del Pueblo: las reuniones de los jueves.
Estas reuniones se fueron construyendo como un espacio de encuentro, conversación y debate donde, entre mates, panificados y cosas dulces, sentadas alrededor de alguna mesa de la sede de la organización y sin un temario preestablecido, las mujeres solían compartir diversas experiencias personales, pasadas y/o presentes, muchas de las cuales les podían implicar malestares o distintas formas de padecimiento. Estas podían ir desde dolencias o síntomas corporales asociados a patologías diagnosticadas, a dificultades en su relación con un hijo o situaciones de violencia con parejas, familiares, compañerxs de trabajo o vecinxs; dramas amorosos o de su vida sexual, peleas o tensiones con algún patrón o patrona; contrariedades económicas familiares; dificultades laborales o problemas de inseguridad o infraestructura de sus barrios y/o viviendas. El despliegue de las conversaciones iba denotando cierta ciclicidad en los climas emocionales de sus encuentros: generalmente comenzaba con la catarsis de alguna de las mujeres, se continuaba con un momento de conversación y reflexión colectiva -guiado por alguna de las referentes y/o profesionales-, para finalmente confluir en una charla más distendida, acompañada de risas, chistes y sarcasmos.
Para muchas mujeres, esas reuniones se iban transformando en un espacio fundamental, ya que era el lugar donde comenzaban a hablar, debatir y reflexionar en torno a experiencias que les resultaban dolorosas y que presuponían como íntimas y subjetivas. Así, las sobrecargas y los cansancios cotidianos que podían implicarse en el vínculo con un hijo adolescente y/o una pareja eran replanteados por alguna referente desde el peso de los ideales sociales de madre y de familia. O un testimonio de abuso o de violencia sexual era, además de acompañado por escucha atenta y respetuosa, validado como tal a través de la intervención de una psicóloga o, incluso, desde la experiencia compartida de una compañera. “Te escucho y se vuelven a abrir mis heridas, te entiendo porque pasé por lo mismo. Yo me sentí rota por años hasta que pude empezar a hablar acá”, supo decirle una vecina a otra, tras compartir una situación de abuso que había vivido en su infancia. Pues lo que se generaba en sus encuentros, a partir de conversaciones entre mujeres diversas, eran claves de interpretación de estas experiencias en términos de desigualdades, opresiones y violencias de género. Esto habilitaba, en algunos casos, un proceso subjetivo de revisión o, como le decía una de ellas, de aprender a “procesar lo vivido” y hacerse de herramientas para “entender y procesar la violencia que sufriste como mujer”.
A diferencia del espacio de cuidados rosarino, en el grupo cordobés participaban mayoritariamente mujeres adultas, con hijos ya adolescentes o mayores de edad. Así, los procesos que estos encuentros generaban podían movilizar grandes cambios en sus vidas. Como Marisa, quien encontró en el grupo el sustento anímico y material para poder separarse del padre de sus hijos. O como Claudia o la misma Ruth quienes, con el correr del tiempo, fueron encontrando en el espacio la posibilidad de formarse y reivindicarse como militantes: un rol que en sus barrios tenía importancia y que, en sus vidas como madres de hijos grandes, les permitía proyectar otros destinos. Como solía decir Claudia: “Este grupo es mi casa. Yo acá me salvo la vida y quiero que eso le pase a otras mujeres”.
A su vez, fuimos registrando etnográficamente cómo sus acciones -tanto aquellas más públicas en el hospital como las reuniones en la Casa del Pueblo-, eran dinámicas e iban modificándose, en algunos casos en función de las propias demandas, deseos y motivaciones que las mujeres explicitaban. Estas podían ser involucrarse en las asambleas barriales en reclamo de la instalación de cloacas para la zona, emprender juntas algún proyecto de trabajo para generar ingresos económicos -el cual, de hecho, dio inicio en 2018 a un emprendimiento asociativo de artesanías-, armar alguna feria para convocar a nuevas mujeres y poder comercializar también, sus artesanías o las producciones de sus emprendimientos individuales, u organizar, en la mismas Casa del Pueblo, una reunión con pizzas y karaoke para divertirse y tener un tiempo distendido para ellas. En otros, a raíz de las interacciones y relaciones que se construían con otras mujeres interesadas en acompañar y/o intervenir profesionalmente en el grupo. En los años de trabajo de campo, registramos: 1) un espacio de discusión sobre “valores y sociedad”, acompañado de un momento de meditación guiada, coordinado por una docente jubilada e histórica militante del movimiento humanista; 2) un proyecto productivo de tejido -que ampliaba el espacio de producción de artesanías que ellas ya venían desarrollando-, encabezado por una joven artesana y coach ontológica, quien participaba de un reconocido emprendimiento feminista local; y 3) un espacio terapéutico de abordaje de problemáticas de violencia de género, el cual transformaba las reuniones de los días jueves, a partir del acompañamiento y la intervención de dos jóvenes psicólogas feministas en el marco de un proyecto de extensión universitaria.
Estas acciones colectivas se entramaban, a su vez, en el discurrir de un sinfín de prácticas cotidianas de acompañamiento afectivo e interpersonal que trascendían sus espacios grupales pautados. Por ejemplo, Clara se caía a la casa de Celia a tomar unos mates si sabía que estaba transitando un momento conflictivo con su hija; Sandra acompañaba a Sara al centro de la ciudad a conseguir un turno para una resonancia por la lesión de su espalda; Clara le llevaba lanas a Marisa para que pudiera avanzar más rápido con algún trabajo de tejido; Sara y Sandra le ayudaban a Celia con las tareas que le daban en la escuela donde estaba terminando el secundario; entre varias les ayudaban a Marisa a cocinar empanadas para recaudar fondos por la internación de un hijo.
En el acompañamiento etnográfico del hacer cotidiano y relacional de estos espacios, uno de los primeros aspectos que comenzamos a observar fue el carácter desbordante de estas experiencias de organización colectiva, a partir de la diversidad y amplitud de prácticas que ellas desplegaban y de las relaciones que construían. En este sentido, notamos cómo en el discurrir de estos procesos, las acciones impulsadas se iban modificando, redefiniendo y diversificando constantemente en base a las necesidades, contingencias y problemáticas que atravesaban la vida de las mujeres, de sus familias y de sus barrios, pero también, dando lugar a sus propios deseos, demandas y motivaciones. El carácter ecléctico, fluctuante y dinámico de estos espacios mostraba, además, un entramado relacional de agentes movilizados en pos de intervenir y acompañar estos procesos, abarcando en simultáneo una multiplicidad de iniciativas diversas. De este modo, un proyecto colectivo que en sus orígenes había sido proyectado hacia los cuidados de las infancias podía transformarse o ser en simultáneo un espacio donde atender problemáticas de salud y/o de asesoramiento en la gestión de programas sociales estatales o de acompañamiento frente a situaciones de violencia, o un espacio orientado al abordaje de situaciones de violencia de género podía convertirse en un emprendimiento productivo de artesanías que permitiera a las mujeres generar ingresos para, por ejemplo, terminar con una relación de pareja violenta. En este sentido, es posible advertir cómo, lejos de constituirse en espacio cerrado en sí mismo con objetivos delimitados a priori, el hacer cotidiano de estas mujeres se encontraba permeado por diversas situaciones y problemáticas estructurales que las atravesaban, las cuales en muchos casos eran compartidas y abordadas desde estas instancias colectivas a partir del encuentro y la articulación entre mujeres diversas: vecinas, militantes barriales, profesionales y trabajadoras estatales.
La diversidad y amplitud de estas prácticas -siempre cambiantes- permiten dar una primera explicación respecto de las dificultades que existían entre ellas para poder visualizar y nombrar todo eso que hacían y, más aún, en reconocer su valor. Esta heterogeneidad parecía por momentos inabarcable y desbordaba cualquier intento de clasificación y definición. Al mismo tiempo, podía implicar jornadas diarias que ponían a jugar formas desmesuradas de tiempo: suponían trabajos sin bordes precisos que, cual hojaldre, superponían jornadas laborales diversas (Gago, 2019). En primera instancia podemos entonces pensarlas a partir de aquello que Fernández Álvarez conceptualizó como “hacer juntos(as)”: prácticas que son necesariamente colectivas y, por eso, también contingentes, contradictorias, fluidas y parciales, inescindibles tanto de las relaciones sociales como de las condiciones estructurales que las hacen posibles; acciones que, a su vez, se definen, negocian y tensionan en el día a día, dando cuenta de procesos sociales abiertos, impredecibles e inciertos (Fernández Álvarez, 2016).
Desde la perspectiva antropológica que recuperamos, y que alienta a un abordaje procesual y vivido de la política (Fernández Álvarez, Gaztañaga y Quirós, 2017), la amplitud de estas prácticas colectivas y su condición desmesurada, multidimensional y dinámica puede comprenderse al observar analíticamente su capacidad generativa desde el universo de los cuidados. Nos referimos a cuidados en términos feministas e integrales. Siguiendo a Amaia Pérez Orozco, estos describen al “conjunto de actividades que, en última instancia, aseguran la vida (humana) y que adquieren sentido en el marco de relaciones interpersonales” (Pérez Orozco, 2014:104). Es decir, se trata de ese cúmulo de acciones, relaciones y trabajos que son necesarios para que la vida se mantenga y se reconstruya a diario. Con esta noción procuramos trascender una idea de cuidado más restringida -limitada a aquellos sujetos considerados dependientes (niños/as, adultos mayores, enfermos/as)-, para adoptar una mirada analítica que abarque la vida en su totalidad (Fernández Álvarez, et al, 2019). Desde allí, reconocer y visibilizar una amplitud de actividades que se orientan a la sostenibilidad de la vida tanto en términos materiales como emocionales y afectivos. Pues, ante todo, los cuidados posibilitan trascender recortes economicistas y mercantiles que, ligados unívocamente a la producción de mercancías, desestiman los múltiples intercambios de bienes, afectos y relaciones que atraviesan la cotidianidad de las personas, sus familias y comunidades (Vega Soliz, Martínez Buján y Paredes Chauca, 2018). De este modo se desdibujan las fronteras entre lo productivo y lo reproductivo, el trabajo remunerado y no remunerado, advirtiendo la superposición y dependencia mutua entre estas esferas (Carrasco, 2012; Pérez Orozco, 2014; Federici, 2015). Esta perspectiva permite poner de relieve aquellas actividades cotidianas cuya importancia y “utilidad” suele quedar oculta e invisibilizada, así como los sujetos -generalmente feminizados- que los realizan y sus experiencias (Cielo et al, 2016), evidenciándolos justamente como trabajos: formas de explotación y extracción de valor en el capitalismo actual (Gago 2019).
Sin embargo, precisamos hacer una aclaración: no queremos decir con esto que lo que ellas hacen sea literalmente cuidados. Desde nuestro análisis, su hacer colectivo pone social y políticamente a los cuidados en el centro: producen cuidados. Cuidados orientados tanto a sí mismas como a otros y otras, y que dan cuenta de la interdependencia como una condición sustancial de la vida humana (Carrasco, 2012). Ya sea en el impulso de generar proyectos productivos con objetivos claros en términos de formación, trabajo e ingresos monetarios para ellas, o en la necesidad y el deseo de construir espacios de acompañamiento y contención para otras mujeres, sus dinámicas cotidianas se fundaban en la producción y el sostenimiento de vínculos que visibilizan tanto los problemas de reproducción social que afectan a estos sectores sociales como las formas diferenciales en que las afectan en tanto mujeres.
Es desde este universo amplio, desbordante y dinámico de prácticas que nos animamos a pensar a este hacer colectivo como la producción de tramas políticas de cuidados. Con ello nos referimos a lo que efectivamente co-producen estas prácticas: redes interpersonales que movilizan tanto medios materiales como emocionales y afectivos, que son fundamentales para la sostenibilidad de sus vidas como de la vida más amplia en estos territorios urbanos populares.
Pero al mismo tiempo, como vimos, la participación de las mujeres en estas tramas políticas de cuidados colectivas permitió trascender lo doméstico y construir espacios de socialización, de encuentro y de experiencia política, que contribuyeron a la reflexión, visibilización y problematización de cuestiones que hasta ese momento aparecían naturalizadas y reducidas al ámbito privado-íntimo. La posibilidad de compartir y poner en palabras vivencias y experiencias permitió reconocer distintas formas de violencias que atravesaban, dando lugar a prácticas de acompañamiento y cuidado de sí mismas en las que la problemática de género se conformó como parte de una praxis política a partir del involucramiento en nuevas redes sociales, que articuló a mujeres de diversas trayectorias y procedencia social y política. De esta manera, se habilitaron nuevas formas de significar la propia historia que potenciaron la construcción de vínculos de compañerismo, amistad y solidaridad entre mujeres, no exentos de tensiones y conflictos como también observamos (Partenio, 2011; Espinosa, 2013; Pacífico, 2018). La misma dinámica de participación también habilitó tensionar y revisar roles, mandatos y responsabilidades, poder salir de relaciones violentas, delegar tareas de cuidados, “divertirse”, “despejarse”, dando lugar a una emergente “politización del género” (Espinosa, 2013), que permitió generar en algunos casos transformaciones en sus vidas personales y familiares.
A modo de cierre. Prácticas políticas y valor(es) en espacios populares de mujeres, o sobre las potencialidades de los monstruos escurridizos
Volvamos a la pregunta con la cual iniciamos nuestro trabajo: ¿cómo se construye(n) valor(es) desde estos espacios colectivos y populares de mujeres?
A partir de los aportes de la teoría antropológica del valor de David Graeber, más específicamente de la relectura que propone la antropóloga Julieta Gaztañaga (2018), entendemos que el valor -aquello que vale y hace valer- es el resultado de una dinámica social específica; es una representación de una clase de objetos (existentes) y un objetivo (constituyente) de actividad social. En otras palabras, las personas creamos, luchamos y disputamos valores en y a través de nuestras acciones, definiendo aquello que importa en un contexto social dado (Gaztañaga, 2018; Fernández Álvarez et al., 2017). Volviendo a poner el foco en la cotidianeidad de estos espacios colectivos, nos interesa poder atender a las disputas y tensiones que emergieron en torno a la producción, distribución y apropiación de valores; traducido desde la mirada de Graeber y de nuestro problema inicial, a los procesos de definición -en acción y en tensión- de aquello que es considerado “útil” en torno a su praxis política.
Así, a partir de nuestra lectura del quehacer colectivo desbordante que realizan estas mujeres en sus barrios, si hay algo que pudimos vislumbrar al describir procesualmente aquello que hacen juntas, es que lo que importa para ellas no puede clasificarse ni determinarse unívocamente. Como observamos a partir de las descripciones de campo, en su discurrir diario las prácticas colectivas anudaban valores que podían abarcar, en simultaneidad y en tensión, diversos asuntos de sus vidas, de sus familias y vecinas/os. Lo que importaba, como vimos, podía ser la posibilidad de acceder a un trabajo remunerado para tener un ingreso monetario propio, para colaborar en la economía de su hogar o para lograr mayor autonomía económica (de las parejas masculinas principalmente) y romper con relaciones violentas. Pero también, y al mismo tiempo, podía ser la chance de salir de sus casas, despejarse y descansar de sus rutinas domésticas, encontrarse con otras mujeres, procesar situaciones vividas, charlar, reírse: ese “respiro” del que hablaban en el Espacio de Cuidados o la “salud mental” que enfatizaban en el espacio cordobés. Inclusive, la oportunidad de intervenir en la resolución de problemáticas de su barrio, “ayudar” a sus vecinos/as, a los niños/as que allí habitan, como solían resaltar las mujeres del Espacio rosarino; o a otras mujeres, como enfatizaban las vecinas cordobesas. En este sentido, observamos que, en la cotidianidad de estos espacios, la definición misma de eso que nosotras nombramos “tramas políticas de cuidados” era constantemente problematizada, debatida y re-definida desde la heterogeneidad de recorridos y experiencias de las mujeres que allí se encontraban, pero también desde los significados múltiples que tensionaban estas mujeres respecto del para qué de sus prácticas políticas, poniendo en disputa y tensión diversos modos de comprender qué es “útil” para ellas: la generación de ingresos, el trabajo, la contención, la socialización, el bienestar y la salud, el ocio y el disfrute, la lucha, la participación política. Una multiplicidad de asuntos que se enlazan y anudan en las experiencias cotidianas de estas mujeres, en las tensiones entre mandatos, necesidades, prioridades, intereses y deseos, y en la trama de relaciones en la que coexisten. Así, las controversias o jerarquías que entraban en juego a la hora de definir aquello que vale para las mujeres que participan en estos espacios colectivos no puede reducirse a miradas dicotómicas y limitantes que diferenciaban “intereses prácticos” / “intereses estratégicos” (Molineux 1985).
Respecto del Espacio de Cuidados, pudimos ver cómo más allá de la intención política inicial de generar trabajo remunerado o de resolver problemáticas concretas que hacen a la reproducción de la vida a través de la obtención de un ingreso fijo, las mujeres fueron construyendo su participación no únicamente desde el cumplimiento de un trabajo orientado al cuidado de las infancias, sino que el espacio fue adquiriendo otros significados para ellas, en tanto espacio de encuentro, socialización, contención, de cuidados para sí mismas y politización, desbordando los sentidos iniciales. De esta manera observamos que si bien esta experiencia reproduce y actualiza roles de género tradicionales -al conformar un espacio de cuidados para las infancias solamente con la participación de mujeres-, la misma dinámica de acción colectiva fue produciendo tensiones, resignificaciones y desplazamientos.
El espacio cordobés, por su parte, aunque nace a partir de explícitas intenciones de visibilización y debate político y público en relación a los derechos de las mujeres en estos territorios urbanos y entre militantes feministas diversas, termina movilizando una diversidad de acciones, entre tejidos, caminatas, clases de zumba, encuentros de meditación y/o discusión política. Al mismo tiempo construye, en la intimidad de las reuniones semanales en la Casa del Pueblo, uno de los espacios más valorados por las mujeres. Estas diferentes actividades, entre encuentros y conversaciones no solo les permitían “salir de sus casas”, “charlar de temas que les interesan” y “no sentirse solas”, sino también “aprender a procesar lo vivido”: un proceso tan subjetivo como político que podía movilizar importantes movimientos vitales, desde separarse de un marido a proyectar su vida como militante.
De esta manera, lejos de ser procesos lineales que contraponen intereses o dan cuenta de una evolución de las conciencias o de contradicciones, observamos la potencialidad política en estos espacios colectivos de construir nuevos sentidos, resignificaciones y desplazamientos a partir de las paradojas en las que la propia participación política coloca a las mujeres. En esta dirección, el feminismo popular en estos territorios no solo apuesta a visibilizar y disputar que lo que ellas hacen y producen, vale -en algunos casos explícitamente a través de la remuneración, politizando los trabajos de cuidados comunitarios que históricamente sostuvieron las mujeres de sectores populares de manera gratuita-, sino también a politizar sus vidas, animando a imaginar y transformar proyectos vitales.
De este modo, vemos que la respuesta al interrogante sobre lo que vale y lo que es “útil” en la vida de estas mujeres se construye, se define y se disputa de manera continua y cotidiana en la práctica colectiva y política, englobando una amplitud de acciones e iniciativas que producen y politizan cuidados. Estas acciones dan cuenta del carácter fundante de las redes de interdependencia que permiten sostener la vida común pero que, también, posibilitan imaginar otros futuros para cada una de ellas.
Estas mujeres y sus prácticas políticas nos recuerdan a los monstruos de Donna Haraway (2019), monstruos que, desde metáforas de figuración feminista y ciencia ficción, vienen a cuestionar las trampas bipartitas, los dualismos heredados de las culturas occidentales. En su condición de inclasificables y perturbadores, no encajan en el taxón economicista y desplazan los mapas disponibles que ubican a actores y narrativas. Perturban el encasillamiento y, con sus miles de brazos que producen cuidados, hacen estallar la noción -tan economicista como racional- de “utilidad”. Ellas y su política son monstruos escurridizos que pulsan por existir. Porque, como “inadaptados/ables otros” que son, buscan dar lugar a “algo diferente de la imagen sacralizada de lo Mismo, algo inadaptado, fuera de lugar, y, por tanto, tal vez inapropiado” (Haraway, 2019:47).
Referencias
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