Convocatoria temática
Sostener la vida entre drenajes y geografías del miedo Tensiones del habitar y la urbanización popular en Ecatepec (México) *
Sustaining life between drains and geographies of fear: tensions of habitation and popular urbanization in Ecatepec (Mexico)
Sustentando a vida entre esgotos e geografias do medo: tensões de habitação e urbanização popular em Ecatepec (México)
Sostener la vida entre drenajes y geografías del miedo Tensiones del habitar y la urbanización popular en Ecatepec (México) *
Revista Latinoamericana de Antropología del Trabajo, vol. 9, núm. 19, pp. 1-26, 2025
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)

Recepción: 31 Marzo 2025
Aprobación: 07 Mayo 2025
Resumen: Este artículo analiza las afectaciones que experimentan los habitantes de diversas colonias vecinas al Gran Canal de Desagüe —una antigua infraestructura de drenaje— en su paso por el municipio de Ecatepec de Morelos, en la periferia norte de la Ciudad de México. Asimismo, explora las estrategias que las y los residentes despliegan para sostener la vida frente a múltiples precariedades y violencias derivadas de la producción de espacios masculinizados y de miedo. Dichas dinámicas, impulsadas por la presencia del canal y los procesos de industrialización y urbanización que le siguieron, han moldeado la configuración territorial y social de la zona. El análisis histórico se fundamenta en una amplia revisión documental que incluye prensa, tesis, informes técnicos, documentos públicos y entrevistas, y se entrelaza con datos etnográficos obtenidos en trabajo de campo realizado a lo largo de 2024 en veintitrés colonias colindantes al canal. Esta investigación se basó en recorridos etnográficos, cuarenta y tres entrevistas y múltiples conversaciones informales con habitantes. El artículo combina diversas perspectivas analíticas para examinar cómo, en el proceso de sostener la vida en contextos urbano-populares, operan procesos contradictorios y en disputa permanente. Desde la economía política feminista se retoma la concepción del trabajo más allá de las relaciones laborales, extendiéndolo hasta los procesos de reproducción material de la sociedad, en los cuales se despliegan prácticas de sostenimiento de la vida en entornos urbanos (garantizar vivienda, servicios básicos, esparcimiento y seguridad). A su vez, desde la geografía y el urbanismo feministas, se incorpora una mirada crítica sobre la producción de espacios urbanos como parte de una ideología patriarcal con efectos desiguales según el género.
Palabras clave: sostenimiento de la vida, violencias urbanas, geografías del miedo.
Abstract: This article analyzes the impacts experienced by residents of various neighborhoods adjacent to the Gran Canal de Desagüe —an old drainage infrastructure— as it passes through the municipality of Ecatepec de Morelos, in the northern periphery of Mexico City. It also explores the strategies that residents employ to sustain life amid multiple precarities and forms of violence stemming from the production of masculinized and fear-inducing spaces. These dynamics, shaped by the presence of the canal and the industrialization and urbanization processes that followed, have profoundly influenced the territorial and social configuration of the area. The historical analysis is based on an extensive documentary review, including press articles, academic theses, technical reports, public documents, and interviews, and is interwoven with ethnographic data gathered through fieldwork conducted throughout 2024 in twenty-three neighborhoods bordering the canal. This research included ethnographic walkabouts, forty-three interviews, and multiple informal conversations with residents. The article integrates varied analytical perspectives to examine how, in the process of sustaining life in urban-popular contexts, contradictory and contested processes emerge and operate. Drawing from feminist political economy, the study expands the notion of labor beyond conventional workplace relations, extending it to the material reproduction of society, where practices of urban life maintenance unfold (ensuring housing, basic services, leisure, and security). Furthermore, from the lens of feminist geography and urbanism, the article critically examines the production of urban spaces as part of a patriarchal ideology, generating gender-based spatial inequalities.
Keywords: sustainability of life, urban violence, geographies of fear.
Resumo: Este artigo analisa os impactos vivenciados pelos habitantes de diversas colônias vizinhas ao Gran Canal de Desagüe —uma antiga infraestrutura de drenagem— em sua passagem pelo município de Ecatepec de Morelos, na periferia norte da Cidade do México. Além disso, explora as estratégias que os moradores desenvolvem para sustentar a vida diante de múltiplas precariedades e violências, resultantes da produção de espaços masculinizados e do medo. Essas dinâmicas, impulsionadas pela presença do canal e pelos processos de industrialização e urbanização que se seguiram, moldaram a configuração territorial e social da região. A análise histórica baseia-se em uma ampla revisão documental, incluindo jornais, dissertações acadêmicas, relatórios técnicos, documentos públicos e entrevistas, entrelaçada com dados etnográficos obtidos por meio de trabalho de campo realizado ao longo de 2024 em vinte e três colônias vizinhas ao canal. A pesquisa incluiu percursos etnográficos, quarenta e três entrevistas e múltiplas conversas informais com moradores. O artigo combina diversas perspectivas analíticas para examinar como, no processo de sustentação da vida em contextos urbano-populares, operam processos contraditórios e permanentemente disputados. A partir da economia política feminista, retoma-se a concepção do trabalho para além das relações laborais, ampliando-o aos processos de reprodução material da sociedade, nos quais se desenrolam práticas de sustentação da vida em ambientes urbanos (garantir moradia, serviços básicos, lazer e segurança). Paralelamente, a partir da geografia e do urbanismo feministas, incorpora-se uma perspectiva crítica sobre a produção de espaços urbanos como parte de uma ideologia patriarcal que gera desigualdades espaciais de gênero.
Palavras-chave: sustentação da vida, violência urbana, geografias do medo.
Introducción
Ubicado entre vías vehiculares primarias de Ecatepec de Morelos, municipio del Estado de México localizado en la periferia norte de la Ciudad de México, el parque El Dique parece enredado y oculto entre el tránsito vehicular que dificulta el acceso de las personas. A pesar de ello, su diseño incorpora elementos coloridos que remiten a los logos del gobierno estatal, un contraste marcado frente a la soledad que suele caracterizar el espacio.
El parque cuenta con canchas de fútbol y basquetbol enrejadas, pero permanecen cerradas sin que los vecinos sepan quién guarda las llaves. También alberga un skate park que rara vez es utilizado, junto con áreas de juegos infantiles y un gimnasio al aire libre cuyo deterioro avanza debido a las condiciones ambientales y sociales. Entre los restos del espacio, todavía se pueden identificar vestigios de lo que alguna vez fue un jardín polinizador, ahora reducido a pastos secos (figura 1).

El nombre del parque retoma la forma en que históricamente se conocía el paraje donde se encuentra. El Dique, como se le llamaba, fue un punto estratégico para la infraestructura de manejo y desalojo de las aguas del antiguo lago de Texcoco, debido a la abundancia de agua en la zona. Sin embargo, su construcción no responde a este pasado acuoso, sino que surge como parte de las “medidas compensatorias” derivadas de la construcción de la Autopista Urbana Siervo de la Nación, que actualmente pasa sobre él. La edificación de esta vía en 2019 propició el desalojo violento de un pequeño asentamiento popular con más de cincuenta años de historia en el paraje, llevado a cabo por fuerzas policiales del mismo gobierno estatal que después colocó en el parque una monumental y colorida letra "M", símbolo de su administración y en alusión al gentilicio de quienes son originarios del Estado de México: mexiquenses.
El proyecto del parque tenía la intención de transformar un espacio que según la narrativa del colectivo de arquitectos que lo diseñó “se percibía como foco de inseguridad debido a su falta de iluminación y vigilancia, además de encontrarse en abandono, contaminado e invadido”, en “un oasis de espacios verdes que conectará a las personas con la naturaleza” y “un corredor seguro que servirá como espacio de encuentro y relación de sus habitantes”. Sin embargo, estas pretensiones están lejos de concretarse.
Lo que mostraré a lo largo de este artículo es cómo la posibilidad de habitar un entorno urbano que permite la sostenibilidad de la vida resulta cada vez más complicada y contradictoria en este lugar, incluso con la emergencia de nuevos proyectos urbanos y arquitectónicos que operan bajo el argumento de crear una ciudad sostenible. El problema radica en que estas intervenciones no toman en cuenta las violencias (infra)estructurales que han moldeado históricamente la producción del espacio urbano.
En el caso de Ecatepec, estas violencias están vinculadas a la configuración del municipio como un territorio de sacrificio (Mendoza-Fragoso, 2024a), resultado de modelos de desarrollo globalizados que han favorecido la expansión industrial sobre la habitabilidad de sus sectores populares. Desde el siglo XIX, el Gran Canal de Desagüe ha funcionado como un eje central en la urbanización de la zona, primero en la desecación de los lagos y luego en la consolidación de asentamientos precarizados y geografías del miedo.
Para comprender cómo se estructura la habitabilidad en estos entornos, es necesario articular la relación entre la producción de espacios de miedo y las estrategias cotidianas de sostenimiento de la vida en territorios precarizados. En este sentido, recupero el concepto de “geografías del miedo” (Soto, 2022), que invita a pensar el miedo como una emoción espacializada, particularmente para las mujeres. Este concepto examina de manera relacional una emoción: el miedo, y un espacio específico: la ciudad, permitiendo comprender tanto la producción como los efectos espaciales del miedo en la vida urbana de las mujeres. Siguiendo a Paula Soto Villagrán (2022), estas geografías tienen una dimensión física y simbólica, pues delimitan la movilidad cotidiana de las mujeres y generan estrategias espaciales de negociación del miedo, además de estar atravesadas por complejas dimensiones corpoemocionales.
Por otro lado, recupero el concepto de “sostenibilidad de la vida”, definida como un “proceso histórico de reproducción o aprovisionamiento social, dinámico y multidimensional, en continua adaptación de las identidades individuales y las relaciones sociales” (Carrasco, 2014: 44). Sin embargo, propongo expandir esta definición incorporando dos elementos fundamentales. Por un lado, que la sostenibilidad de la vida no solo es dinámica porque se adapta a las identidades individuales y las relaciones sociales, sino también porque responde a la transformación del espacio a lo largo del tiempo, en particular a las modificaciones del entorno urbano y ambiental. En segundo lugar, que este aprovisionamiento no es un proceso lineal ni homogéneo; más bien es profundamente problemático y ambivalente. En el caso que aquí analizo, mientras sostiene la vida en determinados momentos y para ciertos grupos, también puede deteriorarla para otras poblaciones bajo distintas circunstancias.
Finalmente, sugiero que la reproducción social adquiere matices particulares en contextos de urbanización popular como el que aquí estudio. Las infraestructuras que, en un momento dado, fueron fundamentales para la reproducción social y para la construcción de un sentido de pertenencia territorial, pueden también convertirse en generadoras de violencias y vulnerabilidades, marcando la vida urbana con relaciones profundamente contradictorias entre habitabilidad, sostenibilidad y exclusión.
Para analizar esta compleja relación entre urbanización, violencia y sostenibilidad de la vida, el artículo se organiza en cuatro secciones. Primero, abordo el papel histórico del Gran Canal en la transformación del territorio, desde su rol como infraestructura hidráulica hasta su impacto en la configuración urbana. Luego, examino la producción de espacios de miedo, con énfasis en cómo la violencia infraestructural y las desigualdades de género estructuran la movilidad cotidiana de las mujeres. La tercera sección explora las estrategias de sostenibilidad que los habitantes han desarrollado para negociar y apropiarse del espacio, muchas veces de manera ambivalente. Finalmente, contrapunteo estas prácticas populares con los enfoques del urbanismo feminista y la arquitectura de cuidados, discutiendo sus límites y posibilidades en la planificación urbana de territorios atravesados por desigualdades.
Un canal fundante
Aunque hoy en día el paisaje de la Zona Metropolitana del Valle de México se define por calles, industrias y asentamientos urbanos, esta región se encuentra asentada sobre lo que fue un sistema de cinco lagos interconectados durante la temporada de lluvias. Estos cuerpos de agua, alimentados por los escurrimientos de las sierras que rodean el valle, conformaban una cuenca cerrada, lo que hacía de las inundaciones un problema recurrente para la capital.
En este contexto, el Gran Canal de Desagüe, construido bajo el mandato de Porfirio Díaz entre 1886 y 1900, se erigió como una obra fundamental para transformar la geografía de la cuenca. Su finalidad era drenar los lagos Texcoco, San Cristóbal y Xaltocan, que desde tiempos prehispánicos ocasionaban graves inundaciones en la ciudad. Pero más allá de su función hidráulica, el canal representó un símbolo de modernización y progreso, alineado con los ideales higienistas del Porfiriato, que concebían la urbanización como una forma de dominio sobre la naturaleza. Como documenta Miranda-Pacheco (2019):
“Se concluyó recomendar al gobierno la canalización directa del valle, dando corriente a sus cenagosas aguas, tanto a las de superficie como a las subterráneas y pluviales, pues en el estancamiento de éstas radicaban las emanaciones pantanosas causantes de las graves enfermedades estacionales que se habían arraigado en la población” (Miranda-Pacheco, 2019: 47-48).
Así, el Gran Canal no solo eliminó los cuerpos de agua estancados que se consideraban focos de infección, sino que también permitió la construcción de un sistema de alcantarillado inaugurado en 1903 que recogía las aguas pluviales y residuales de la capital de la ciudad y las vertía en su desembocadura, ubicada en San Lázaro, al oriente del centro de la ciudad, donde inicia el Gran Canal (Connolly, 1997).
El proceso de desecación fue progresivo, y durante las primeras décadas del siglo XX, la flora y fauna lacustre persistieron en los remanentes del lago de Texcoco y las lagunas de San Cristóbal y Xaltocan, que sostenían economías locales. Sin embargo, a partir de los años cuarenta, la transformación del paisaje se aceleró con el auge de la industrialización y urbanización. La eliminación de los cuerpos de agua no solo despejó terrenos, sino que también redefinió el uso del suelo, posibilitando la expansión del cinturón industrial al nororiente de la ciudad.
El Gran Canal de Desagüe, con cerca de 50 kilómetros de longitud y un ancho variable de entre 30 y 50 metros, se convirtió en una infraestructura central para la reorganización territorial. Su condición de canal a cielo abierto, atravesando municipios clave del Valle de México, lo convirtió en un elemento estratégico para el asentamiento de industrias y, posteriormente, de colonias populares.
En 1930, Ecatepec tenía una población de 8.762 habitantes, concentrados en su cabecera municipal y sus cinco pueblos originarios, ribereños al lago de Texcoco (Olivera, 1994: 27). Para 1950, la población se duplicó a 15.226 habitantes, y en tan solo una década volvió a duplicarse, alcanzando 40.815 habitantes en 1960. Para la década de 1970, Ecatepec ya era un municipio industrial con 216.408 habitantes (Araiza, 2016), muchos de ellos asentados alrededor de la zona industrial ubicada a orillas del Gran Canal.
El crecimiento urbano fue impulsado por múltiples factores, como documenta Maribel Espinosa (2010). En primer lugar, la incapacidad del Estado para hacer productivas las tierras desecadas del ex lecho del lago de Texcoco, pues en el contexto del México posrevolucionario, se buscaba convertirlas en tierras agrícolas (Vitz, 2018). Al mismo tiempo, algunos fraccionadores —incluidos políticos y militares— vieron en la venta del suelo “seco” una oportunidad económica y política, promoviendo su uso primero como espacio industrial y luego como asentamiento para sectores populares (Espinosa, 2010).
La expansión industrial fue determinante en este proceso. En 1943, la instalación de la fábrica Sosa Texcoco, que explotaba el lecho salino del lago para la producción de sosa cáustica, marcó el inicio de un modelo de desarrollo basado en la atracción de industrias químicas. Incentivadas por exenciones fiscales, muchas de estas empresas se establecieron cerca de la red ferroviaria, paralela al Gran Canal. Como señala Olivera (1994), esta localización industrial no fue arbitraria, sino que aprovechó los únicos elementos urbanos disponibles en la zona: la vía de ferrocarril, la antigua carretera a Pachuca, las redes de energía eléctrica y, sobre todo, la presencia del Gran Canal de Desagüe, que operaba como sistema de drenaje.
No obstante, el papel del canal cambió a partir de 1975, con la construcción del drenaje profundo, una infraestructura que transformó el sistema de desagüe del Valle de México. A partir de ese momento, el Gran Canal dejó de ser el eje medular del drenaje metropolitano, pero no dejó de ser funcional. Hasta la fecha, sigue operando como desagüe para aguas industriales y servidas municipales, recibiendo descargas provenientes de diversas zonas urbanas y del sector manufacturero. Su uso actual evidencia cómo, aunque su función original ha sido desplazada, la infraestructura sigue desempeñando un papel crucial en la gestión de desechos líquidos, consolidándose como un elemento estructurante del norte de la ciudad.
Es así que el canal se configura como una infraestructura fundante, no solo porque posibilitó la desecación de tierras donde inició la conurbación al nororiente de la Ciudad de México (Connolly, 1997), sino porque fue pieza clave para la localización del sector industrial, que a su vez atrajo a miles de familias de sectores populares en busca de vivienda y empleo. Hoy, Ecatepec es uno de los municipios más densamente poblados del mundo, resultado de un modelo de desarrollo en el que el canal ha operado como eje territorial de una expansión marcada por desigualdades y vulnerabilidades.
Espacio para la producción, espacio masculinizado
Hasta aquí podemos afirmar que el entorno urbano del municipio de Ecatepec es resultado de una serie de decisiones políticas y económicas que tuvieron como prioridad, primero, el desagüe de la cuenca y, segundo, la industrialización de la ciudad. Con respecto a este último propósito, durante la década de 1950 el Estado intervino de manera muy importante, a través de diversas instituciones y fuentes de financiamiento, en lo que Olivera (1994) llama: “la construcción de redes de infraestructura de apoyo a la producción” que moldearon el espacio del municipio.
A mediados de la década mencionada, Petróleos de México (PEMEX) generó líneas de oleoductos y gasoductos que hasta la fecha cruzan el municipio, y algunas corren paralelas al Gran Canal, para dar servicio a las zonas industriales. En la misma época, la Comisión Federal de Electricidad (CFE) construyó la Central Termoeléctrica del Valle de México, ubicada en el extremo nororiente del municipio y que distribuye líneas de alta tensión a la región central del país; redes que se densifican en la zona industrial de Ecatepec.
Por su parte, Ferrocarriles Nacionales, empresa federal de aquella época, procuró y administró dos líneas ferroviarias (una a Veracruz, construida a finales del siglo XIX, y otra hacia Acapulco, construida a inicios del siglo XX) que se unen en la zona industrial de Xalostoc, pero que se distribuyen en toda la zona industrial. Hasta la fecha, diversas empresas tienen espuelas para los movimientos de transporte de carga y descarga de materias primas y sus productos.
En cuanto al manejo hidráulico, la entonces Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos (SARH) posibilitó la construcción y el mantenimiento del sistema de canales de desagüe a cielo abierto (el Río de los Remedios, el sistema del Canal de Sales y el Gran Canal del Desagüe, con un canal derivador llamado Castera) que recibía (y sigue recibiendo) las descargas industriales de esta y otras zonas industriales al norte de la Ciudad de México (Olivera, 1994).
Es preciso recordar que los parques industriales se fueron estableciendo sobre tierras comunales y ejidales de los antiguos pueblos del municipio. Fue así como todavía hasta la década de los noventa podían apreciarse en el paisaje manchones verdes de espacios sin urbanizar o incluso de parcelas, entre corredores industriales y colonias populares. Estas “redes de infraestructura de apoyo a la producción” (Olivera, 1994) fueron ensamblándose en un paisaje rural en camino a la urbanización.
Como he apuntado en otro trabajo, uno de los efectos de este proceso de industrialización y la configuración de un espacio moldeado para la producción, ha sido la patriarcalización del espacio (Mendoza-Fragoso, 2024a). Lecturas desde los urbanismos y las geografías feministas han planteado que los entornos urbanos son moldeados por, y a su vez refuerzan, las relaciones de género, por lo que hay una fuerte relación entre las ideologías patriarcales y la configuración del espacio urbano (McDowell, 2000: 173), que se ha organizado a partir de la generalización de pares dicotómicos y jerarquizados como público-privado, formal-informal, espacios de reproducción-producción, entre otros, que afectan el ordenamiento urbano y la estructura espacial (Soto, 2016). Estos operan como sistemas de clasificación que se proyectan tanto en el plano material y espacial, por ejemplo casa-calle, como en el plano simbólico, es decir, construyen sentidos sobre el lugar, muchas veces en relación al género, pero también en intersección con otros posicionamientos, como el de clase. Un supuesto fundamental de estos trabajos es comprender profundamente cómo el espacio contribuye a producir y reproducir procesos de desigualdad e injusticia tales como el sexismo que se dan en los espacios urbanos (Soto, 2022: 20).
En este sentido, la zona industrial que se fue perfilando a las orillas del Gran Canal responde a la predominancia de infraestructuras funcionales para la producción y el transporte de mercancías, así como para su desecho, en detrimento de infraestructuras para el cuidado y sostenimiento de la vida, tanto humana como no-humana (figura 2). La prevalencia de un espacio hecho para el trabajo productivo y específicamente para un trabajador varón, joven y escindido de su familia, es evidente. Tan es así que inclusive hoy los puentes peatonales para cruzar el canal y que conectan con las colonias populares que se fueron instalando a las orillas del canal, o no existen o se encuentran en pésimas condiciones. Esto sin duda ha tenido efectos en las vidas de sus habitantes, sobre todo después del declive de la actividad industrial en el municipio, que aunque no desmanteló por completó la actividad industrial ha causado el abandono y deterioro de este espacio. Estos efectos en la población vecina y trabajadora de la zona son diferenciados en función del género. En la actualidad, para los habitantes de las colonias que han quedado encerradas en este entramado de infraestructuras para la producción industrial, el Gran Canal es un lugar que provoca miedo, si bien en gran parte de la población, sobre todo entre las mujeres.

El Gran Canal en su paso por la colonia El Charco, donde puede apreciarse al fondo, uno de los parques industriales de Ecatepec que sigue operando y el paso del ferrocarril de transporte de mercancías que en el momento de la captura de la fotografía ocultó los hogares informales que hay en las orillas del canal. Por encima de éste se puede ver la autopista urbana Siervo de la Nación, inaugurada en 2019.
Fuente: Autora, trabajo de campo mayo de 2024Espacios de miedo
A la orilla del Gran Canal se encuentra el lugar de trabajo de Lulú,[1] una mujer de 46 años de edad que, apoyada en una pequeña mesita y a la sombra de un frondoso árbol de pirul, vende bolsas de snacks: cacahuates, chicharrones, también sándwiches, aguas frescas y cigarros sueltos a los “traileros” (conductores de tráileres) y trabajadores de las plantas de la industria petroquímica y papelera ubicadas en la avenida Hidalgo, en la zona Industrial de Xalostoc.
El pequeño emprendimiento de Lulú prospera porque la avenida Hidalgo es, más que avenida, un puente, en un sentido literal pero también figurativo. Como un apéndice, el puente que atraviesa el afluente de aguas negras es continuación de la avenida Hidalgo que a su vez se conecta con la vía Morelos, el antiguo camino México-Pachuca. Así, el lugar de trabajo de Lulú es un paso de tránsito vital, no sólo para el sector industrial y los pesados camiones de carga que le abastecen de material, sino también para la población de la colonia vecina: la Miguel Hidalgo, que se encuentra del otro lado del canal y donde Lulú ha vivido toda su vida.
En este puente, el constante tránsito de tráileres, automóviles, mototaxis, bicicletas y motonetas se ve frecuentemente interrumpido por el paso o las maniobras del ferrocarril que corre paralelo al canal. El tiempo perdido en la espera para cruzar se convierte en oportunidad para Lulú, quien también vende sus productos a los desesperados conductores y transeúntes.
Pero aún con lo transitado que es este paso, es sólo eso: un lugar de paso, un lugar desolado. En este sitio confluyen las calamidades y prosperidades históricas del municipio. Como Lulú, las personas que se emplean directa o indirectamente en la industria del municipio han encontrado aquí una manera de ganarse la vida, pero al mismo tiempo lidian con la pérdida y el desgaste de sus propias vidas y las de sus vecinas y vecinos.
Lulú se queja constantemente de dos cosas: la contaminación de las industrias y de lo incómodo y retador que es, “como mujer”, trabajar en un espacio masculinizado: “no es nada fácil, ¡eh! hay que sabérsela, tener callo en esto [...] yo ya tengo muchos años trabajando aquí, conozco a varios y ya sé cómo moverme entre esta bola de cabrones, pero una chava solita aquí, se la comen viva, hay puro cabrón trailero, puro hombre por aquí, está difícil”. Aun así, el acoso que Lulú recibe constantemente por parte de los trabajadores de la industria no era su mayor malestar cotidiano en esos días.
El viernes 24 de mayo de 2024 medios de comunicación difundieron el hallazgo del cuerpo de una mujer sin vida y los restos del cuerpo de otra, ambas no identificadas, a la orilla del Gran Canal, a la altura de la colonia Miguel Hidalgo. Fue Lulú, precisamente, quien los encontró, cuando, como cada mañana alrededor de las siete, pasaba en su motoneta a la orilla del canal para llegar a su lugar de trabajo. Desde aquel día, Lulú no ha podido dormir bien: le atormenta la imagen de ese hallazgo. Sin embargo, siente que nada puede hacer: “Es mejor que lo supere. No puedo vivir con miedo siempre, porque tengo que venir a trabajar y ése es mi paso diario. Ahora ya paso rapidito sin asomarme más para allá”. Me inquieta su relato, pero, sobre todo, la naturalidad con la que intenta tomar la situación. Al verme un tanto descolocada, me dice como en una especie de consuelo, que ese tipo de acontecimientos no son nada nuevo: “eso siempre ha pasado aquí; pasa muy seguido”.
La frecuencia de este tipo de hallazgos explica que, según los trabajadores de las fábricas, los conductores de los tráileres y la misma Lulú se suelan “espantar” por las noches en ese sitio: “Son muchas ánimas en pena que andan por aquí y que no han tenido santa sepultura. Por eso se oyen como llantos por las noches […]”, me compartió un conductor de tráiler, quien transporta cartón reciclado para la fábrica papelera y suele pasar la noche esperando a “ser descargado” en la cabina de su tráiler, estacionado a la orilla del canal.
Lulú coincide con él: “si no es el miedo a que te asalten o violen, es el miedo a que algún ánima te meta un susto”. Pero insiste en que, pese a la frecuencia de este tipo de hallazgos en los alrededores del canal, algo que percibe distinto es la forma en la que en los últimos años se encuentran los cuerpos, o, mejor dicho, las partes de los cuerpos arrojados al caudal o a las orillas de éste: “como que las muertes son cada vez más sádicas”, dice mi interlocutora. Y así como otras investigadoras y periodistas lo han documentado en otros canales vecinos que se interconectan con éste (Torres y Smith 2023; Carrión 2018), Lulú tiene claro que, durante los últimos años, las víctimas son cada vez más mujeres.
En la colonia El Charco, también localizada a las orillas del Gran Canal, pero a unos tres kilómetros adelante de la Miguel Hidalgo, Lucía, una mujer de 67 años, quien trabaja atendiendo la pequeña tienda que ha instalado en su casa aprovechando como mostrador una de las ventanas que da hacia la calle y por la que a su vez transita el Gran Canal, también me narró una historia similar a la de Lulú: una mañana al salir por la leche, encontró el cuerpo de una de sus vecinas que, como gran parte de la población del municipio, todos los días salía como a eso de las cinco de la mañana de su casa a tomar el transporte público para dirigirse a su trabajo en la Ciudad de México. La mujer asesinada, según me dijo Lucía, fue muy querida por ella y otras tantas vecinas de la colonia, madre de tres niños, trabajadora y alegre. Lamentablemente fue agredida sexualmente por una persona antes de quitarle la vida con un arma punzocortante. Desde entonces, dice Lucía:
“yo cierro tempranito aquí porque ¡me da un miedo!, en la tarde solo estamos ya mi nieta y yo [...] Imagínese todo lo que la gente no es capaz de venir a hacer acá porque ven así todo feo y solo, con el canal ahí, las vías acá a lado, donde llega mucho vago”.
Otras mujeres de su colonia, me compartieron también la sensación de miedo que les provoca transitar por ese lugar después de lo sucedido con su vecina. Una de ellas, Alicia, joven de 20 años a quien entrevisté en el negocio familiar de papelería que también se encuentra de frente alcanal, mientras su padre y tío se encontraban del otro lado del negocio conversando, me dijo sobre el mismo suceso:
“[…] desde entonces me muero de miedo [...] de por sí ya está bien peligroso por todos lados, ya no puede andar uno solo por ahí, menos de noche [...]. Lo que me da coraje es que ya ni en mi propia calle puedo estar segura, así como decir que puedo andar caminando tranquila por aquí como antes. Y todos aquí [se refiere a su casa, volteando a ver a su padre y su tío] me dicen que exagero. Pero es que prácticamente la mataron aquí en mi calle, es como decir que la mataron en mi casa […] pero ni modo que diga que ya me quiero ir de acá nada más por eso, si es mi casa, aquí vivo, y ¿cómo voy a dejar mi casa? Uno tiene que seguirle.”
Lo que nos muestran estos testimonios es que el miedo asienta un sentido espacial del género; el miedo confina, limita y excluye el movimiento principalmente de las mujeres (Soto, 2022: 19). Así, lo que vemos es que miedo y espacio se estructuran mutuamente en una política espacial del miedo para las mujeres (Ahmed, 2014: 117). No obstante, la interpretación del miedo a la violencia sexual que podemos encontrar en los testimonios de Lulú, Lucia y Alicia da cuenta de cómo el significado del miedo es tanto social como espacial; es decir, se encuentra asociado con algunos lugares más que otros (Soto, 2022: 25).
Por otro lado, las formas en que el miedo se materializa y encarna en estos relatos, traen a la discusión diferentes dimensiones espaciales. Por un lado a las condiciones físico-materiales de los alrededores del canal, pues el miedo a la violencia sexual se expresa en relación a este entorno particular: la suciedad de los flujos del canal, el mal olor, la acumulación de basura, la escasez de luminarias, los lugares deshabitados, el deterioro ambiental y físico, la presencia de espacios de poca visibilidad y el mal estado de puentes peatonales, son características que las mujeres mencionan y que podemos pensar como “elementos que configuran un escenario material que queda fijado en los imaginarios sobre el miedo de las mujeres” (Soto, 2022: 26). No obstante, los espacios del miedo no se producen sólo por las características físicas del lugar, sino también a través de las prácticas sociales y las relaciones de poder (Pain, 2000). La falta de vigilancia y el dominio espacial de ciertos grupos de hombres (choferes de tráileres, trabajadores de la industria, migrantes), señalados por las mujeres, revelan esta interacción entre lo social y lo espacial.

La fotografía fue tomada en el cruce cotidiano de las y los habitantes de dos colonias colindantes al Gran Canal: Prados de Santa Clara y Jardines de Casanueva. Puede observarse al fondo una bodega industrial abandonada, así como otros residuos de construcción y domésticos que suelen ser depositados en las orillas del canal.
Fuente: Autora. Trabajo de campo julio 2024Además, otra referencia importante en este sentido son los imaginarios construidos sobre los lugares a evitar, en donde juegan un papel importante las experiencias de otras vecinas, los rumores, las noticias, lo que va construyendo “una valencia de género espacial de los lugares como peligrosos” (Soto, 2022: 28). Esto tiene como consecuencia en la vida diaria de las mujeres la limitación de su movilidad y actividades cotidianas (por ejemplo, en el caso de Alicia que ha cambiado sus horarios de atención en su tienda), también la producción de un sentido de exclusión y vulnerabilidad (en el caso de Lulú, que no deja de acudir a su lugar de trabajo, pero sintiéndose incómoda, temerosa y siempre a la defensiva) y lo que Sarah Ahmed (2014), ha planteado también como una sobrehabitación del espacio privado (en el caso de Lucía, quien siente que ya ni en su propia calle puede estar segura).
Si bien habitar tan cercanas a estas geografías del miedo ha llevado a las mujeres a cambios de hábitos significativos que podemos pensar como estrategias de adaptación -andar acompañadas (sobre todo por varones), dejar de salir de noche o muy temprano, cambiar sus rutas de traslado, etcétera-, me interesa destacar a continuación prácticas espaciales forjadas en el proceso de la urbanización popular, que pueden ser pensadas como estrategias de resistencia colectivas que negocian formas de apropiación simbólica y material del espacio.
Prácticas populares para el sostenimiento de la vida frente a las violencias urbanas
Como he planteado hasta aquí, Ecatepec fue, en sus inicios, constituido como un territorio a expensas de la acumulación de capital, de la producción y no para la reproducción social, lo que ha tenido como resultado la configuración de geografías del miedo que excluyen, confinan o vulneran particularmente a las mujeres. Sin embargo, aunque lejos de la idea normativa de la planificación urbana estatal, el propio proceso de industrialización fue propiciando una urbanización irregular para dar cabida a las familias de los sectores populares que se fueron asentando en las inmediaciones de la zona industrial y a las orillas del Gran Canal. Estas familias tuvieron que enfrentarse a la labor de hacer habitable no sólo su espacio doméstico, sino el espacio más inmediato a este: sus calles, su barrio, el cual no fue pensado para el resguardo social, sino para la producción y flujo de mercancías, así como el flujo de desechos. Una de las formas en que lo han hecho ha sido mediante la apropiación material y simbólica de lugares a las orillas del Gran Canal, a través de las propias dinámicas del habitar popular.
Antes de mis primeras aproximaciones en campo, partía de la intuición de que asentarse en las inmediaciones de un canal de aguas negras era una calamidad para las personas y así había sido siempre. Para mi sorpresa, desde mis primeras conversaciones con habitantes de las colonias ribereñas al canal, los relatos sobre su llegada a estos barrios me hicieron ver que los sentidos en torno al canal eran más complejos, a veces contradictorios y, sobre todo, que las emociones relacionadas con el miedo en torno a este lugar no siempre han sido predominantes.
En la colonia Altavilla, una población que ha quedado atrapada en una de las esquinas de la conexión entre dos canales de aguas negras, el Gran Canal y el Río de los Remedios, conocí a Norma, una mujer de 63 años, quien me relató cómo a su llegada a esta colonia, en el año 1968, cuando tenía 6 años:
“el canal era como nuestra área verde, como área de juegos […] un lugar de recreación […] jugábamos detrás del bordo del canal, en donde se hacía como una especie de ribera del río, porque aunque es artificial y el otro natural [el Río de los Remedios] para nosotros de niños era como un río, así lo consideramos y había árboles, vegetación […] sí, había basura en la orilla, la que aventaban ahí porque no había servicio de recolección al principio […] pero es que antes no estaba así de apestoso, de niños podíamos jugar ahí alrededor todavía”.
Norma no niega que se padecían enfermedades gastrointestinales y de la piel, relacionadas con los desechos que acarreaban tanto el Gran Canal como el Río de los Remedios, y que se dispersaban por el ambiente a través de las tolvaneras que se levantaban frecuentemente. Sin embargo, dice que la gente se “adaptó” porque “no había de otra” y enfatiza: “Aquí te tocó vivir, jugar, pues te adaptas a esto y de niño pues tú ni lo notas, te digo, te adaptas y ahí andas jugando feliz”.
En la misma sintonía que Norma, otras personas se refieren a las maneras contraintuitivas en que hace un tiempo el canal era percibido. Esteban es un hombre de 49 años de edad, quien diseña e imprime gráficos para eventos sociales o promociones de negocios locales y habita la colonia Valle de Ecatepec, la cual se encuentra encerrada entre el Gran Canal y el Canal de la Draga, otro cauce a cielo abierto que se intercepta con el primero, conduciendo las aguas negras del oriente de la ciudad. Esteban llegó a vivir a esta colonia en el año 1986, pues con su familia tuvieron que dejar su hogar en el entonces Distrito Federal a causa del terremoto de 1985, que ocasionó que el edificio en el que vivía en el barrio de Tepito en el centro de la ciudad se dañara estructuralmente. Al preguntarle qué impresión le ocasionó, siendo un niño, el nuevo entorno en el que viviría a su llegada, me contestó de una manera que me extrañó bastante en ese momento, pero que al ponerla en relación con otros testimonios, como el de Norma me hizo sentido:
“Me dio mucha emoción. Imagínate, yo venía de la ciudad, del mero centro, del barrio de las vecindades. Era un chamaco y ver tanto campo, tanta área verde… ¡había milpas todavía por aquí! Me emocionó. Era muy padre en ese entonces vivir por aquí, se jugaba re bien, uno se las ideaba para cómo aprovechar todo esto […] incluso en el canal, era un lugar como para divertirse. A lo mejor no de niño, pero ya de adolescente. Ya de más grande, te juntabas con tus cuates y te ibas al que decíamos ‘el río’, te ibas ahí a cotorrear ahí. […] Ahora ya no, ya son otros tiempos, ya todo empeoró, pero yo sí te puedo decir que aquí tuve una infancia muy feliz”.
Como estos testimonios muestran, las familias que fueron llegando a habitar estas colonias populares, tuvieron que “rescatar”, “aprovechar” espacios de entre este ambiente hostil. Norma me compartió fotografías de la época en la que un torneo de fútbol barrial se desarrollaba cada fin de semana en una cancha de fútbol que los propios habitantes de la colonia construyeron. En palabras de Norma: “hicimos una cancha de futbol, que siempre fue parte del canal, nada más que nosotros rescatamos ese pequeño espacio para hacer una cancha”. En dichas fotos se puede observar la presencia de mujeres de diversas edades jugadoras de fútbol, portando uniformes deportivos, pero también a un gran número de personas, hombres y mujeres conviviendo en lo que, según me cuenta Norma, fue la final y entrega del trofeo de un torneo de fútbol barrial. No obstante, la cancha fue destruida en el año 2012, cuando comenzaron a construir una autopista de cuota sobre el cauce del Río de los Remedios y el terreno, al ser propiedad federal, se cercó para colocar el campamento de trabajadores y maquinaria de las obras.
De la misma manera, a lo largo del cauce del Gran Canal es posible ver pequeños jardines que resaltan entre el desolador paisaje y que son intentos familiares por domesticar este lugar agreste. Desde árboles frutales, nopaleras, milpas, plantas medicinales, hasta simples plantas ornamentales en espacios bien delimitados, la mayoría cercados, son posibles de apreciar en algunos lugares a las orillas del canal. Gustavo, habitante de la colonia El Charco y dueño de una tienda ubicada sobre la avenida Gran Canal, que corre paralela al cauce, me compartió que el motivo por el cual él, su familia y otras dos familias vecinas construyeron el jardín ornamental que se encuentra frente a sus casas, en la orilla del canal es: “dar una buena impresión, mejorar el lugar para que no se sienta como solo, feo, y que así la gente no lo ocupe para cosas malas […] como echar basura. Que sepan que es un lugar que se cuida, que estamos al pendiente”. Sin embargo, lamenta que, aunque él y su familia han motivado a varios de sus vecinos a cuidar este jardín e inclusive a construir más, suelen ignorarlo:
“Es que antes eso se hacía aquí, teníamos todo esto lleno de plantas, ahora ya no hay unión, ni interés de los vecinos. […] es que, por ejemplo, si tu arreglas, dejas bonito, pero luego ves que llegan otros a destrozar, que les vale y tiran o rompen, pues se te van acabando las ganas de hacer cosas en pro de la colonia”
Así, como otras tantas personas me lo manifestaron en distintas entrevistas, Gustavo destaca también que, desde su punto de vista, se ha ido perdiendo el sentido de la orilla del canal como espacio común entre los y las vecinas y desgastado el interés colectivo. Sin embargo, otra forma en que se le hace frente a la inseguridad que rodea los alrededores del Gran Canal tiene que ver con el establecimiento de altares, sobre todo a la Virgen de Guadalupe y otras figuras religiosas femeninas de la religiosidad popular, principalmente católica, que abundan en muchas de las esquinas de las calles que colindan con la avenida Gran Canal. La religiosidad popular ha sido una estrategia usada por los y las habitantes para conjurar un espacio de colectividad y seguridad, pues estos altares, además de “bendecir” los lugares para evitar que “cosas malas” sucedan, propician también en ciertas ocasiones del año reuniones vecinales, ya sea para rezar a la imagen o bien para arreglar el altar.
Entre la sostenibilidad urbana y el urbanismo de cuidados: disputas sobre la habitabilidad
Como he intentado mostrar a lo largo de este trabajo, el habitar popular en territorios precarizados está atravesado por complejas estrategias de negociación espacial y sostenimiento de la vida, mediante las cuales los habitantes adaptan, disputan y resignifican su entorno urbano en respuesta a dinámicas de violencia y exclusión. Estas prácticas no solo configuran relaciones cotidianas con el territorio, sino que también evidencian la agencia territorial colectiva en contextos atravesados por geografías del miedo.
Como hemos señalado previamente, si bien las mujeres enfrentan los mayores niveles de restricción social y espacial debido al temor —en particular a la violencia sexual en los espacios adyacentes al canal— las poblaciones populares despliegan estrategias para sostener la vida que desbordan la lógica de la resistencia tradicional. Las prácticas de negociación espacial permiten la apropiación de lugares en disputa, la redefinición del uso del suelo y la gestión de la habitabilidad en condiciones de precariedad.
En este marco, resulta clave reconocer las estrategias de sostenibilidad urbana, entendidas como el conjunto de acciones que posibilitan la continuidad de la vida cotidiana en territorios atravesados por violencias estructurales. Estas estrategias incluyen el fortalecimiento de redes comunitarias y la generación de dinámicas que desafían la imposición de geografías del miedo. Más que respuestas institucionalizadas, son procesos que emergen desde la cotidianidad y que evidencian la capacidad de los habitantes para transformar el espacio urbano desde su propia experiencia.
Sin embargo, estas estrategias suelen quedar invisibilizadas o minimizadas en los enfoques predominantes del urbanismo feminista y la arquitectura de cuidados. Si bien estas perspectivas han impulsado la exigencia de una planificación urbana más equitativa, suelen centrarse en el diseño y reestructuración del espacio desde una lógica técnica y normativa, sin integrar plenamente las formas en que las poblaciones populares ya están sosteniendo la vida en condiciones adversas.
El caso del Parque El Dique, con el que abrí este texto, ilustra bien esta tensión. Presentado como un espacio de renovación urbana y sostenibilidad, el parque no solo ignora las estrategias locales de habitabilidad, sino que además desplaza del paisaje las violencias (infra)estructurales que han configurado históricamente el entorno. En su diseño urbano, el canal de aguas negras que marca la geografía del lugar es ocultado mediante barreras arquitectónicas y visuales, funcionando como un dispositivo que maquilla la precariedad sin abordar sus causas materiales.
En este sentido, las imágenes del Parque El Dique permiten visualizar esta discrepancia entre la intención del proyecto urbano y su impacto real en la cotidianidad de quienes habitan el entorno. Las figuras 4 y 5 contrastan la expectativa y la realidad del parque.

Esta imagen conceptual muestra la distribución espacial y los elementos arquitectónicos del Parque El Dique, diseñado por Taller de Urbanismo MX como parte de una estrategia de regeneración urbana en Ecatepec.
Fuente: Taller de Urbanismo MX. Tomado de Revista Landuum (https://www.landuum.com/intervenciones/parque-el-dique/).La figura 4 captura la visión del colectivo de urbanistas en el taller de diseño: un espacio concebido como un “oasis verde”, un corredor seguro que fomentaría la integración comunitaria. Sin embargo, la figura 5, una fotografía tomada cuatro años después de su inauguración en 2020, evidencia la distancia entre esa propuesta y su materialización urbana.

Si bien la infraestructura colorida y el mobiliario permanecen, el uso del espacio sigue limitado por condiciones estructurales y ambientales: áreas en deterioro, mobiliario cerrado y un parque que, lejos de ser un área de encuentro cotidiano, convive con el peso de la autopista elevada, imponiendo su lógica de circulación sobre la posibilidad de apropiación vecinal. El contraste entre ambas imágenes permite cuestionar hasta qué punto los proyectos urbanos compensatorios realmente transforman la vida cotidiana de las comunidades, y si la estética del diseño logra sobreponerse a las condiciones estructurales que perpetúan exclusión y precariedad territorial.
La arquitectura pareciera servir como un dispositivo de ocultamiento, una estrategia estética que encubre problemáticas profundas sin transformarlas. Como se observa en la figura 6, que corresponde al plano del taller de urbanistas que diseñó el parque, el canal de aguas negras aparece desplazado al fondo del paisaje y separado del nuevo espacio público mediante un alambrado.

Esta intención de excluir el canal del paisaje se vuelve aún más explícita en el diseño arquitectónico del parque, donde se han incorporado dispositivos urbanos diseñados para minimizar su impacto sensorial. Entre estos mecanismos se incluyen una “barrera de seguridad”, una “pantalla para malos olores” y un “buffer vegetal” que bloquea las visuales hacia el canal contaminado. Estas estrategias no solo buscan modificar la percepción del entorno, sino que refuerzan la lógica de exclusión de los elementos urbanos considerados indeseables, sin transformar las condiciones materiales que los originan.
Este tipo de intervenciones urbanas se enfrentan a una contradicción fundamental: ¿puede la producción de espacios urbanos delimitados y sostenibles mejorar la calidad de vida de los habitantes si no se aborda la violencia sedimentada en el territorio? Pensar la ciudad exclusivamente en términos de su transformación arquitectónica ignora las capas de violencia previas, aquellas con las que las poblaciones tienen que lidiar en su cotidianidad.
En los últimos años, el urbanismo y la arquitectura feministas han avanzado en la exigencia de ciudades diseñadas para la sostenibilidad de los cuidados. Sin embargo, la transformación del espacio urbano no puede reducirse a la incorporación de elementos compensatorios dentro de proyectos que siguen respondiendo a lógicas de acumulación y (re)especialización del capital. Como advierte Paula Soto (2022):
“La complejidad de las geografías del miedo de las mujeres exige nuevas aproximaciones conceptuales y respuestas que no se reduzcan a políticas exclusivamente centradas en el diseño ambiental-urbano sin considerar paralelamente los factores estructurales de la violencia que sustentan este problema en los espacios públicos” (Soto, 2022: 68).
El caso del Parque El Dique muestra que estas aproximaciones no pueden ser secundarias ni agregadas de manera accesoria, sino que deben constituir el punto de arranque de la planificación urbana. La sostenibilidad de la vida en estos entornos no puede depender únicamente de la renovación estética, sino de una transformación estructural del territorio, que reconozca la violencia sedimentada, incorpore los sentidos y prácticas del habitar popular, y priorice la habitabilidad sobre la especulación urbana.
Conclusiones
A lo largo de este texto he mostrado cómo el proceso de sostener la vida urbana en la periferia nororiental del Valle de México ha implicado un doble movimiento: por un lado, procurar y aprovisionar la reproducción social mediante trabajos específicos; por otro, desproteger y descuidar ciertos espacios y socioambientes. Este abandono no es fortuito, sino que responde a una lógica estructural que prioriza el desarrollo infraestructural y la circulación de mercancías sobre la habitabilidad de sus poblaciones. El Gran Canal es un ejemplo claro de esta dinámica: ha sido una pieza clave en la consolidación de colonias populares, ofreciendo vivienda asequible y oportunidades laborales, pero también ha mantenido a sus habitantes expuestos a múltiples vulnerabilidades socioambientales y espaciales.
Si bien la producción de geografías del miedo afecta a la población en su conjunto, aquí me he enfocado en cómo las mujeres experimentan estas violencias a partir de la restricción de su movilidad cotidiana. En este contexto, proyectos de intervención urbana vinculados a grandes infraestructuras —como autopistas y terminales aeroportuarias— han intentado atender los efectos del deterioro urbano como generador de violencia. Sin embargo, he demostrado que estas iniciativas siguen operando bajo una lógica compensatoria que maquilla las condiciones estructurales del territorio sin transformarlas.
Mientras no se reconozca que los entornos urbanos construidos están atravesados por un proceso histórico que marca su distribución, diseño y sentido, cualquier intento de mitigar sus desigualdades seguirá siendo insuficiente. Es necesario que la planificación urbana incorpore las relaciones de poder que se materializan en el espacio y que dialogue con las contradicciones propias de la urbanización popular. En este sentido, resulta fundamental no solo analizar las violencias estructurales, sino también observar las formas en que los habitantes han sostenido la vida a pesar de ellas. Frente al abandono estatal y las condiciones de precariedad, las poblaciones han desplegado estrategias de apropiación territorial que resignifican su entorno desde prácticas cotidianas, muchas veces invisibilizadas por los discursos institucionales sobre ciudad y habitabilidad.
Así, cabe preguntarnos si el trabajo de sostener la vida urbana no debería sustentarse en las lógicas y prácticas del habitar popular que han emergido de este proceso de urbanización, en lugar de en iniciativas diseñadas desde afuera, desvinculadas de las experiencias y necesidades de quienes habitan estos espacios. Más que soluciones tecnocráticas o proyectos de renovación estética, la transformación urbana requiere reconocer y potenciar las estrategias comunitarias que han permitido la subsistencia cotidiana en territorios precarizados.
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Notas
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