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“Yo también trato de cuidarme”. Mujeres y cuidados en la horticultura de Córdoba (Argentina)
Luciana Dezzotti*
Luciana Dezzotti*
“Yo también trato de cuidarme”. Mujeres y cuidados en la horticultura de Córdoba (Argentina)
“Eu também tento cuidar de mim”. Mulheres e cuidados na horticultura de Córdoba (Argentina)
“I Also Try to Take Care of Myself”. Women and Care in the Horticulture of Córdoba (Argentina)
Revista Latinoamericana de Antropología del Trabajo, vol. 9, núm. 19, pp. 1-20, 2025
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)
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Resumen: El autocuidado en clave feminista es estrategia sustancial que posibilita el ser y el estar en y entre nosotras mismas para reconocernos, refugiarnos, sanarnos, curarnos, reivindicarnos y satisfacernos. Asimismo nos preguntamos ¿es posible el autocuidado cuando lo que se impone es un ser de y para otres? ¿Qué tiempos vitales quedan para el “yo me cuido”? Y si quedan, ¿en qué consisten estas prácticas? Desde una metodología cualitativa feminista, este artículo propone identificar prácticas de autocuidado en un contexto que, entre otras formas, se configura patriarcal. Para esto se toman los relatos de dos mujeres horticultoras y cuidadoras del cinturón verde de Córdoba como experiencias situadas y parciales. Entre dificultades y limitaciones, Sandra y Noemí se cuidan a ellas mismas y entre mujeres, acciones que aportan a la defensa de sus territorios: cuerpos, hogares-huertas y comunidades. Así, el autocuidado resulta estrategia de mejor-estar en una cotidianidad que da “miedo”, “cansa”, “enoja” y es “muy triste a la vez”. Encontramos en las prácticas de autocuidado de Sandra y Noemí la potencia de recuperar procesos vitales amenazados, reivindicando la indeterminación de lo que se puede, de lo que pueden y de lo que podemos. Recuperar la potencia nos resulta sanador.

Palabras clave: agricultura, sostenibilidad de la vida, salud de la mujer, feminismos.

Resumo: O autocuidado, numa perspectiva feminista, é uma estratégia substancial que nos permite ser e existir dentro e entre nós próprios, para reconhecer, refugiar-nos, curar, curar, reivindicar e satisfazer a nós mesmos. Também nos perguntamos: é possível o autocuidado quando o que é imposto é ser do e para o outro? Que momentos vitais restam para “Eu cuido de mim”? E se permanecerem, em que consistem essas práticas? A partir de uma metodologia qualitativa feminista, este artigo propõe identificar práticas de autocuidado num contexto que, dentre outras formas, se configura como patriarcal. Para tanto, as histórias de duas mulheres horticultoras e cuidadoras do cinturão verde de Córdoba são tomadas como experiências situadas e parciais. Em meio às dificuldades e limitações, Sandra e Noemí cuidam de si e umas das outras, ações que contribuem para a defesa de seus territórios: corpos, casas-hortas e comunidades. Assim, o autocuidado é uma estratégia para melhor- estar em uma cotidianidade que é “assustador”, “cansativo”, “raivoso” e “muito triste ao mesmo tempo”. Nas práticas de autocuidado de Sandra e Noemí, encontramos o poder de recuperar processos vitais ameaçados, resgatando a incerteza do que é possível, do que eles podem fazer e do que nós podemos fazer. Recuperar o poder é curativo para nós.

Palavras-chave: agricultura, sustentabilidade da vida, saúde das mulheres, feminismos.

Abstract: Self-care, from a feminist perspective, is a substantial strategy that enables us to exist and to be in and among ourselves, in order to recognize, take refuge, heal, cure, reclaim, and satisfy ourselves. Likewise, we ask ourselves if self-care is possible when what is imposed is a being of and for others. What vital time remains for "I take care of myself"? And if so, what do these practices entail? From a feminist qualitative methodology, this article proposes to identify self-care practices in a context that, among other ways, is patriarchal. To this end, the accounts of two women horticulturists and caregivers in the green belt of Córdoba are taken as situated and partial experiences. Amidst difficulties and limitations, Sandra and Noemí take care of themselves and each other, actions that contribute to the defense of their territories: bodies, home-orchards and communities. Thus, self-care is a strategy for better-beingin everyday life that is simultaneously "scary," "tiring," "angry," and "very sad." We find in Sandra and Noemí's self-care practices the power to recover threatened vital processes by reclaiming the uncertainty of what they can do, what can be done, and what we can do. Recovering our power is healing for us.

Keywords: agriculture, sustainability of life, women's health, feminisms.

Carátula del artículo

Convocatoria temática

“Yo también trato de cuidarme”. Mujeres y cuidados en la horticultura de Córdoba (Argentina)

“Eu também tento cuidar de mim”. Mulheres e cuidados na horticultura de Córdoba (Argentina)

“I Also Try to Take Care of Myself”. Women and Care in the Horticulture of Córdoba (Argentina)

Luciana Dezzotti*
Centro de Investigaciones en Nutrición Humana, Escuela de Nutrición, Universidad Nacional de Córdoba, Argentina
Revista Latinoamericana de Antropología del Trabajo, vol. 9, núm. 19, pp. 1-20, 2025
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)

Recepción: 10 Febrero 2025

Aprobación: 02 Junio 2025

Introducción

Hace tiempo que desde diversas corrientes feministas leemos, escribimos y teorizamos sobre cuidado, parte de los procesos de reproducción social e inherente a la sostenibilidad de la vida (Carrasco, 2017). Nos preguntamos: ¿quiénes cuidamos?, ¿a quienes cuidamos?, ¿cómo lo hacemos?, ¿dónde lo hacemos?, ¿por qué lo hacemos?, ¿cuánto tiempo conlleva cuidar a otras personas?, ¿cuánta energía vital requiere?, ¿corazón?, ¿cuerpo?, ¿conocimientos?, ¿de dónde provienen? o, mejor dicho, ¿quién nos comparte todo eso?, ¿quiénes?, ¿qué valor le damos?, ¿qué valor nos damos?, ¿qué valor nos dan?, ¿cuáles son las particularidades que adquiere el cuidado en los distintos ámbitos, en las distintas geografías?, ¿qué afectaciones implica? Así, se han elaborado conceptualizaciones y metodologías que nos permiten reconocer el cuidado en un mundo que históricamente tiende a drenar y “canibalizar”, de manera sistemática, emociones, energías, tiempos y cuerpos requeridos para recuperar, resguardar y reproducir la vida (Fraser, 2023). En el conjunto de preguntas, respuestas y/o elaboraciones, hemos notado asimismo que el autocuidado queda arrinconado, rozando lo imperceptible: no es tan leído, no es tan escrito y tampoco tan teorizado. He aquí uno de nuestros principales impulsos.

Hace algunos años nos hemos propuesto comprender los procesos de sostenibilidad de la vida y de salud-enfermedad de mujeres que habitan y conforman las ruralidades, en particular la horticultura de la ciudad de Córdoba. Como parte de estos procesos se encuentra el autocuidado, práctica interpersonal, intergeneracional y situada que requiere de acercamientos, abordajes y reflexiones igual de particulares. Requiere ubicarnos en un momento, en un lugar y en un territorio, incluyendo aquí nuestras propias corporalidades: el color de nuestra piel, de nuestros ojos, la forma de nuestros cuerpos, la capacidad de los mismos, las dificultades y también los privilegios. Requiere reconocer la configuración cultural que guía nuestros haceres, decires, pensares y sentires hacia las otras personas pero a su vez, con nosotras mismas preguntándonos, cada tanto ¿es posible encontrarnos fuera de la narrativa de lo poderoso? (García Salamanca, 2021; p. 5) Ese ser y estar en y entre nosotras mismas adquiere sus particularidades al habitar la academia. Leer, escribir, reflexionar y teorizar sobre autocuidado, desde cuerpos cuidadores, se entrelaza con la militancia mientras invita a cuestionar los marcos políticos e interpretativos universalistas sobre las mujeres y sus experiencias (Aguinaga Barragán, Bilhaut, Cubillos Álvarez, Flores Chamba, González Guzmán (...) y Pérez Orozco, 2017).

A partir de lo mencionado, en este escrito nos proponemos identificar prácticas y estrategias de autocuidado en el cinturón verde de la ciudad de Córdoba, contexto hortícola que, entre otras formas, se configura patriarcal. Nos preguntamos, ¿es posible el autocuidado cuando lo que se impone es un ser de y para otres? ¿Qué tiempos vitales quedan para el “yo me cuido”? y si quedan, ¿en qué consisten estas prácticas? Para transitar la propuesta tomamos los relatos de Sandra y Noemí, dos mujeres jóvenes horticultoras y cuidadoras del cinturón verde de Córdoba, como experiencias situadas y parciales. Ambas mujeres conforman un grupo más amplio con el cual compartimos desde el año 2022, desde un abordaje investigativo cualitativo y un posicionamiento epistemológico feminista que implica reconocer las localizaciones de poder que se habitan, aquellas que organizan el espacio de vida y al mismo tiempo, aportan a su desgaste (Alvarado, Fischetti y Fernández Hasan, 2020; Bartra, 2010; Haraway, 1991). Se realizó un encuentro presencial con Sandra y Noemí en el hogar-huerta de esta última. La entrevista no direccionada duró aproximadamente cuatro horas sin intervenciones de personas externas y se complementa con la observación participante. En cuanto al material resultante, fue codificado mediante el software Atlas.ti a partir del cual se conformaron cuatro categorías de análisis: 1) procesos que dificultan y limitan el autocuidado: trabajo hortícola, trabajo de cuidado y trama laboriosa, configuraciones culturales vinculadas; 2) prácticas de autocuidado consigo mismas: alimentación, descanso, recreativas, vinculadas a la exposición a plaguicidas, temperaturas extremas y otros eventos meteorológicos, límites ante expresiones patriarcales, sensibilidad/ insensibilidad, recuperar lo bueno/ reconocer privilegios; 3) prácticas de autocuidado junto a otres: entre familia, entre mujeres amigas, en la cooperativa; 4) manifestaciones clínicas y percepciones de salud.

El artículo se organiza en tres momentos. En el primero se presenta un hilado de teorías, corrientes y antecedentes que fundamentan el objetivo antes mencionado ¿Qué entendemos por autocuidado feminista? ¿Qué configuración cultural guía es ser, hacer, pensar y sentir? ¿Qué particularidades adquiere el cuidado en contextos rurales? ¿Qué conocemos sobre el cuidado en el cinturón verde de Córdoba? Posteriormente se presentan los resultados que intentan situar a la persona lectora en el contexto de vida de Sandra y Noemí y, en ellos, los procesos que dificultan y limitan el autocuidado junto con las prácticas de autocuidado consigo mismas y junto a otras personas. Por último, en el tercer momento reflexionamos sobre el recorrido realizado.

Hilado teórico político: autocuidados feministas, cuidados y configuraciones patriarcales situadas

Tomando los aportes de la Red de Salud de las Mujeres Latinoamericanas y del Caribe (García Salamanca, 2021) junto a los abordajes de María de los Ángeles Arias Guevara y Dayma Echevarría León (2021) entendemos el autocuidado como estrategia sustancial, una práctica de ser y estar para reconocernos, refugiarnos, sanarnos, curarnos, reivindicarnos y satisfacernos. A diferencia de otras propuestas, el autocuidado en clave feminista desgasta las nociones individualistas de cuidarse: no hay cuerpo aislado de otros cuerpos, del cuerpo colectivo y de los territorios.[1] En este sentido cuidar y cuidarnos es proceso aprendido a través de relaciones interpersonales, intergeneracionales y situadas, tanto en un contexto social como en la particularidad de los cuerpos marcados. Somos blancas, negras, marrones; jóvenes, adultas, viejas; rurales, urbanas, rururbanas; ricas, pobres, desclasadas; entre tantas otras marcaciones en permanente cambio. De esta manera elaboramos creativamente, con nosotras mismas y junto a otras, múltiples y diversas formas de autocuidarnos, que van desde prácticas de quietud hasta otras que implican mayor movimiento: dormir un poco más o un poco menos, elaborar alimentos, compartirlos; respirar, leer, escribir, escuchar música, hacer música, bailar; realizar otro trabajo, asistir a espacios de atención para nuestro bienestar; compartirnos desde nuestras similitudes y diferencias; establecer alianzas, despliegues, rupturas; pintarnos las uñas, los labios, los ojos, o no; sentir los sabores, olores, texturas; poner límites ante aquello que nos duele, que nos incomoda; y más.

A su vez, el autocuidado requiere reconocernos merecedoras del mismo, ser capaces de cuidarnos, conocernos, comprendernos y tener tiempo propio planificado y/o pausas cotidianas, ¿no tan fácil, no? Por esto, al igual que práctica, el autocuidado es una estrategia feminista, un acto político de reivindicación que se torna difícil en tiempos de “ser de y para otras personas”, categoría propuesta por Marcela Lagarde (1995). De acuerdo a la escritora, la configuración cultural patriarcal condiciona a las mujeres, entre otros cuerpos femeninos-feminizados, a ser a través de los otros, parte de los otros y para los otros. En palabras de la autora un cautiverio-círculo vital que se estructura de acuerdo al cuerpo sexualizado y la relación de poder. Así, seamos madres, esposas, hijas, hermanas, entre otras, se nos asignan y nos asignamos ciertos haceres, decires, pensares y sentires posibles y dependientes, en donde el desconocimiento e imperceptibilidad de nosotras mismas y de nuestras capacidades es central. Las prácticas de cuidado y autocuidado están íntimamente relacionadas con las configuraciones culturales vividas; no solo guían comportamientos de cuidado hacia otras personas sino generan “bajos niveles de autoconcepto, autonomía y autoestima” (Uribe, 1999: 115). En este sentido, dedicamos gran parte de nuestros días al cuidado directo de otras personas, la atención específica a cuerpos y emociones del entorno familiar y/o comunitario, a prever las precondiciones materiales para realizar los mismos y finalmente gestionarlos lo que implica el control, la evaluación o supervisión del proceso y su planificación (Rodríguez Enríquez y Marzonetto, 2015)

En Argentina existen informes que confirman lo mencionado: la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del Instituto Nacional de Estadísticas (INDEC, 2021) y el Observatorio de Géneros y Políticas Públicas (OGyPP, 2023).[2] Ambos presentan datos que emergen de relevamientos realizados en aglomerados urbanos, por ende insuficientes para conocer otras realidades. ¿Qué sucede en las ruralidades y/o rururbanidades en relación al cuidado? Sabrina Logiovine y Vanina Bianqui (2023) sostienen que existe un sesgo urbano céntrico que permea los distintos ámbitos sociales y corporalidades universalizando la figura femenina urbana, de clase media y alfabetizada (p. 70). De igual manera, investigadoras, extensionistas y militantes feministas contrarrestan esta minorización.[3] Hoy sabemos que en contextos de ruralidad existe una feminización del trabajo de cuidado (Alberti, 2022), que permea ámbitos domésticos y comunitarios, entre los cuales se distinguen las organizaciones campesinas que algunas veces -solo algunas- dialogan con el estado (De la Vega, 2024). Sabemos también que existe una repartija no arbitraria de las actividades que implican los distintos trabajos agrícolas asociadas a lo femenino-feminizado (Bendini y Bonaccorsi, 1998; Mingo, 2008) y en muchas ocasiones su naturalización (Korol, 2016). En el cinturón verde de Córdoba (CVC), territorio en el cual se sitúa y del cual emerge este artículo, los datos son similares. Se conoce que las mujeres son las principales cuidadoras directas de las personas miembras de la familia nuclear y extendida, de los espacios domésticos y además son responsables de la realización de trámites y otras gestiones en entidades públicas (Dezzotti, 2025; Giobellina, Marinelli, Lobos, Eandi, Butinof, Narmona y Romero Asis, 2022). A su vez, observamos que el cuidado se extiende más allá de los límites domésticos aportando al sostén de mujeres, hombres e infancias de la comunidad hortícola. Asimismo resulta relevante mencionar que en aquellas huertas en las que se utilizan plaguicidas para la producción de hortalizas, son ellas quienes identifican el riesgo vinculado a la exposición ocupacional y no ocupacional, cuidando y promoviendo prácticas que disminuyen los mismos (Dezzotti, Eandi y Butinof, 2021).

El trabajo de cuidado es parte del proceso de sostenibilidad de la vida y por ende de la salud-enfermedad pero a su vez, uno de los determinantes principales de la salud biopsíquica de quienes cuidan (Laurell, 1993). Según la corriente de la medicina social-salud colectiva, la salud es un proceso complejo, sociocultural e históricamente condicionado: los cuerpos elaboran formas específicas de acuerdo a los procesos sociales, impregnados de dinámicas de poder y estructurados en matrices de opresión: coloniales-colonialistas, patriarcales, extractivistas y demás (Laurell, 1982; Casallas Murillo, 2017; Santos Madrigal, 2024). Estas formas específicas o “modos de andar en la vida” (Laurell, 1982) pueden interpretarse a partir de las manifestaciones clínicas diagnosticadas por profesionales de salud y también a partir de las percepciones de salud, enfermedad y cuidado de las trabajadoras: bienestares y malestares (Laurell, 1993).

Resultados

A partir de lo mencionado y reconociendo el cinturón verde de la ciudad de Córdoba como un contexto hortícola que define las experiencias de las mujeres, retomamos las preguntas iniciales ¿Es posible el autocuidado cuando lo que se impone es un ser de y para otres? ¿Qué tiempos vitales quedan para el “yo me cuido”? y si quedan, ¿en qué consisten estas prácticas? En un principio se describen los contextos de vida de Sandra y Noemí, y en ellos los procesos que dificultan y limitan el autocuidado. Luego, las prácticas de autocuidado consigo mismas y junto a otras personas. En ambos se recuperan las manifestaciones clínicas y percepciones de salud vinculadas a las limitaciones y prácticas de autocuidado descritas.

Entre dificultades y limitaciones para el autocuidado

Sandra y Noemí tienen veintipocos años cada una, nacieron en el norte de Argentina, una de ellas en Salta y la otra en Jujuy, pero desde pequeñas viven en el cinturón verde de Córdoba (CVC), territorio que rodea y provee de hortalizas frescas a la ciudad capital y localidades cercanas. Sus padres y madres nacieron en Bolivia, Tarija y Bella Vista y en cada traslado siempre trabajaron en horticultura. En sus inicios fueron familias peonas y medieras, en la actualidad arriendan entre cinco y ocho hectáreas en la zona sur del CVC, con características rurales y a su vez urbanas, a 15 kilómetros del centro de la ciudad. Las calles del barrio son de tierra, salvo la avenida principal. El barrio cuenta con agua corriente, conexión de gas de red, electricidad y recolección de basura doméstica.[4] En ambos terrenos se encuentran las huertas y, a pocos metros de estas, las viviendas en donde conviven con sus familias. Los hogares-huertas están rodeados de campos de producción extensiva, canchas de fútbol, barrios cerrados, almacenes, instituciones educativas, talleres de autos, comercio de venta de forrajes, deportes ecuestres, servicios municipales y, por último, otros campos de producción hortícola, viviendas y personas que trabajan la tierra. Como sucede a lo largo y ancho del país, el extractivismo inmobiliario y agrícola, en donde se entrelazan grandes empresas transnacionales junto a la desregulación estatal, propician que la horticultura se desplace a localidades cercanas o desaparezca, amenazando la sostenibilidad de la vida de quienes producen y elaboran alimentos y de quienes dependemos de los mismos (Eandi, Dezzotti y Butinof, 2021; Giarraca y Teubal, 2010, 2017; Marinelli, 2020).

Sandra convive con su mamá, un hermano, una hermana mayor y el hijo de esta última, de diez años. Cuando era pequeña, su madre se separó de su padre por consumos problemáticos:“es más matriarcal mi casa, mi mamá evolucionó mucho, se hartó”. A su vez, tienen una vivienda propia en el barrio vecino “Nuestro Hogar Tres”, que se consolida en el año 1997 a partir de un loteo fraudulento y su posterior ocupación informal (Marengo y Monayar, 2012). Dependiendo de los trabajos que el día requiera, descansan en una u otra, van y vienen. Por otra parte, Noemí convive con su madre, su padre, su hermano, su tío, y con la familia del tío, su pareja y tres hijos, cada quien en pequeñas viviendas, pegadas unasa otras. En sus relatos, Sandra y Noemí se reconocen privilegiadas por sus condiciones de vida, en relación al pasado y a las situaciones de otras personas y familias del CVC: “hay vecindarios acá en el campo que hay varias casitas que vive mucha gente y que trabajan en el campo (...) como están hechas las casas peor, algunas de nylon o de chapa” (Sandra). A diferencia de esto, sus viviendas son de material, tienen baño, cocina con gas y habitaciones para descansar en donde se sienten cómodas.

Salvo ciertos rituales entre familias, nuclear, extendida y medieras, mencionados por Noemí, en ambos casos el trabajo hortícola y el de cuidado se organiza o asigna entre personas miembras de la familia nuclear. Ellas van y vienen. Por un lado, las jornadas de trabajo hortícola son extensas, al menos de doce horas de martes a sábados y media jornada los días domingos y lunes. Las actividades comienzan a las seis, siete u ocho de la mañana dependiendo la estación del año, las temperaturas y las horas de sol:

“Si es verano comienza a las seis (...) de nuevo a las cuatro hasta las ocho (Sandra).

Hasta que puedas ver algo (...) cuando hace frío yo recuerdo un invierno que fue muy duro, nos tuvimos que levantar tres de la mañana con linterna a preparar porque después a las seis caía la helada y no podías hacer nada (Noemí).”

Las temperaturas, muchas de calor extremo, modulan los tiempos de trabajo y también sus percepciones de salud. “Los cuarenta del verano te sofocan” (Sandra). “Te cansas mucho en la quinta, el sol. Después llegás todo destruido a tu casa, te duele todo” (Noemí). Se sienten destruidas, pesadas, descompuestas y, además de esto, los cultivos se dañan, lo cual les genera preocupación, ansiedad e incertidumbre. A pesar de que les gusta el trabajo con la tierra, por momentos les resulta difícil, lo cual se traduce en manifestaciones de salud “yo me resfrío bastante, dolor de espalda si (...) me duele la espalda, las piernas” (Sandra).

Al hablar del trabajo hortícola y de manera sintética, Sandra y Noemí obtienen los insumos de trabajo, reproducen y mejoran las semillas, realizan la siembra y plantación, las labores culturales, la cosecha y carga de hortalizas para la comercialización en los mercados aledaños. A su vez, como parte del trabajo se encuentra el intercambio de conocimientos entre miembres de la familia, entre amigas, entre compañeras “colegas” (Sandra) y la participación en procesos organizativos. Desde el año 2018, Sandra y Noemí forman parte de una cooperativa de trabajo conformada en su mayoría por mujeres horticultoras del barrio que se reúnen mensualmente, definen problemáticas comunes, diagraman posibles caminos para sus soluciones y los llevan a cabo.

Como fue mencionado anteriormente, en el ámbito rural existen actividades que son más de mujeres y otras más de hombres. En las experiencias de Noemí y Sandra, solo el padre y/o hermano aplican plaguicidas y comercializan hortalizas. En la experiencia de Sandra, el uso del tractor es aquella actividad “que no se hace sin el hombre”. En sintonía, ambas se refieren a un “machismo” que permea el ámbito rural, que no sólo define las actividades propias del trabajo hortícola para uno u otro género sino también los ámbitos posibles para las mujeres, la dependencia de estas de los hombres y lo invisible que son para quienes conforman lo ruralidad, lo rururbano y para quienes miramos desde afuera y nos nutrimos de sus alimentos.

Hay mucha dependencia económica y dependencia social. Porque el hombre como se dice le da cierto respaldo, cierto respeto a la mujer (...) sería mucho mejor que trabajen muchas más mujeres y que se notara más (Sandra).

Así, ellas van y vienen entre la horticultura y el cuidado, replicando con ciertas particularidades los haceres de sus madres y también lo documentado en el ámbito rural: “desde chiquita vi que la mujer trabaja más que el hombre, en la quinta y en la casa” (Noemí); “la mujer hace todo ese trabajo más que tiene hijos” (Sandra). De sus relatos es posible recuperar diversas actividades que forman parte del cuidado, algunas referidas por ellas como trabajo y otras no. Sandra y Noemí realizan el cuidado directo de personas dependientes y de las que pueden auto proveerse de cuidado; junto a esto establecen necesidades de consumo diario, teniendo en cuenta gustos y posibilidades monetarias, para luego producir, intercambiar o trasladarse a grandes supermercados para obtenerlas. También limpian y ordenan las viviendas, preparan alimentos y lavan la ropa, gestionan la compra de tecnologías domésticas como lavarropas y aire acondicionado portátil, para aliviarse y alivianar los cuerpos de sus madres en un contexto de feminización y naturalización del cuidado: “mi papá nunca le hubiese comprado un lavarropas” (Noemí). A su vez, en la huerta tienden a trabajar más de lo que fue acordado entre otras personas miembras de la familia, con la intención de alivianarles cargas y disminuir desgastes. La horticultura y el cuidado resultan procesos de trabajo que se entraman casi todo el tiempo. En este sentido, Noemí refiere que destina parte de su tiempo, energías, saberes y conocimientos al trabajo hortícola para cuidar el vínculo con su madre y su padre: “desde chiquita vi eso y siempre tengo en la cabeza tratar de ayudarlos lo más que pueda. (...) ellos nos vistieron, nos dieron de comer”.

Ellas refieren que las mujeres, madres, hijas y hermanas, son las principales cuidadoras, siendo de y para otres, no todo el tiempo, pero sí más de lo que les gustaría. En sus relatos es posible entrever que no solo pesa y aburre cuidar de otres y de lo otro, sino la configuración cultural que les asigna, en palabras de Marcela Lagarde (1995) el cautiverio-círculo vital:

“La mujer del campo toma como una responsabilidad de... materna (...) tenés que hacer, tenés que limpiar y por ahí te enojas que alguien que tire algo, que no respete tu trabajo” (Sandra); “Yo veía que mi mama a la hora de la siesta aprovechaba para lavar la ropa y no dormía, y me enojaba un montón, me daba rabia” (Noemí).

La feminización del cuidado, imposición estructurada de acuerdo al cuerpo sexualizado y la relación de poder con el masculino-masculinizado, les genera incomodidad, enojo, angustia y dolor. Asimismo, como sucede en relación al trabajo hortícola y la “mujer rural” (Sandra y Noemí) las impulsa hacia el desgaste del orden establecido, “que se vayan a freír churros” (Noemí), y también a recuperar autocuidados consigo mismas y entre mujeres, amigas y compañeras.

Autocuidados consigo mismas y junto a otras, prácticas y potencias

Al hablar de autocuidados alimentarios los límites ya difusos entre el trabajo hortícola y de cuidado se vuelven casi imperceptibles. Sandra y Noemí no solo producen para comercializar sino también para autoabastecerse, para alimentarse, nutrirse, cuidarse. Para ellas el desayuno es un momento de autocuidado previo a la jornada de trabajo hortícola, para tener, como ellas mencionan, energías y resistir. A veces comen “lo que haiga” (Sandra), en referencia a alimentos comprados como galletas, pan, criollitos y facturas; otras veces, preparaciones elaboradas por sus madres, muy presentes en los relatos alimentarios. Ellas perciben la diferencia entre lo de almacén, panadería o supermercado y lo artesanal, “si comes mal te baja la energía, se nota, cuando comes solamente criollito se nota mucho. La humita es muy buena la verdad” (Sandra). Así, las elaboraciones, el cuidado, de sus madres es fundamental para su autocuidado, nutrición, energía y disfrute:-“mi mamá hace mucho eso, avena con leche, con huevo y banana" -"sí, cuando tienen un tiempito libre hacen pan (...) pan casero mmm" -“cuando hay choclo, humita” (conversación entre Sandra y Noemí durante la entrevista). Junto a estos alimentos eligen una infusión, la preferida, para Sandra el mate, para Noemí el café.

Los alimentos, infusiones y otras bebidas resultan práctica de autocuidado durante toda la jornada de trabajo hortícola. Se sostienen, recuperan de las cargas que este implica y se resguardan de posibles afectaciones de salud: “con los cuarenta del verano te sofoca (...) yo por lo menos trato de tomar mucha agua, te llevas cosas al campo, te llevas hielo, te llevas fruta (...) la merienda, el mate” (Sandra). Además los alimentos se transforman en medicinas para la calma y otros bienestares: “a mí me da ansiedad o no sé, y yo voy a la casa a hacerme algo y vuelvo” (Noemí), “cuando ves solamente dos colores te sentís aburrido, pero cuando vez algo más colorido, con más verdura, con más fruta, ahí cambia” (Sandra). Los alimentos también se transforman en gustitos dulces y, otras veces, son protagonistas en el autocuidado con otras personas, en las celebraciones: “nos juntamos ahí y hacemos asados los domingos, sí o sí” (Noemí).

Junto a los alimentos y bebidas refrescantes y que proporcionan cuidado, Sandra y Noemí utilizan ropa liviana y gorra para resguardarse de las altas temperaturas y el sol, “aunque lo mismo se siente” (Sandra). Por otra parte, en relación a la exposición a plaguicidas utilizados en la huerta, Sandra toma ciertas medidas precautorias:

“Yo también trato de cuidarme, por ahí cuando fumigas te pones todas las cosas. No sé, barbijo, para los ojos y las botas digamos (...) yo trato (...) botas, por lo menos botas, si o si botas, porque cuando hace mucho calor es horrible, te da en los pies. Por ahí se te sube arriba, que se yo. Yo siento que te protege” (Sandra).

Los plaguicidas, insecticidas, herbicidas y fungicidas se utilizan para repeler, matar o controlar formas de plagas (Maroni, Colosio, Ferioli y Fait, 2000). Asimismo, se sabe que las exposiciones masivas y en cortos períodos, y de menor intensidad pero prolongadas en el tiempo, pueden ocasionar intoxicaciones agudas y crónicas: síntomas irritativos, fatiga, dolores de cabeza, depresión, sudoración excesiva, hasta patologías como cáncer, malformaciones congénitas, trastornos inmunes, afecciones neurotóxicas, disrupción endocrina (Butinof et al., 2014; Eandi, 2020; Franchini, 2019; Sanborn et al., 2007). Para prevenir las afectaciones mencionadas y como parte del discurso que pone el acento en un incremento de la productividad (Giarracca y Teubal, 2010), se recomienda el uso de un equipo de protección personal (EPP) que consta de diversos elementos: máscara anti gas, anteojos o protector de cara, ropa impermeable, guantes químicamente resistentes, guantes de tela o cuero (Lantieri et al., 2009). Distintos acercamientos dan cuenta de que el uso del EPP resulta poco accesible para las familias y personas horticultoras. Algunos de ellos hablan de las limitaciones de tiempo, conocimientos, capacidades y recursos de familias productoras (Pizarro, 2012: 172); otros lo relacionan con un contexto general que obtura las prácticas individuales protectoras de cuidado y autocuidado de su salud (Eandi, Dezzotti y Butinof, 2021), mientras que Daniela Dubois (2018) sostiene que las buenas prácticas hortícolas, que incluyen la utilización del EPP, son propuestas por parte de las corporaciones y el estado para “hacer un lavado de cara a los agrotóxicos” (p. 142).

Como mencionamos anteriormente, las largas jornadas de trabajo hortícola y las cargas que este implica conllevan manifestaciones de salud: resfríos, dolores de espalda, de piernas, manos “cuarteadas” “tajeadas”. Ante esto, las mujeres manifiestan que sus cuerpos “como que resisten”; son adaptaciones que pueden ser interpretadas como prácticas de autocuidado situadas. Las resistencias ante las cargas que implica el trabajo hortícola pueden traducirse en insensibilidades si hacemos referencia a la organización patriarcal y la minorización de cuerpos y procesos que realizan las mujeres. En este sentido, les genera “rabia”, “enojo” y también las angustia, mientras se vuelven impermeables, al menos un poco:

“Yo vi llorar a mi mamá un montón de veces, por mi papá, por los patrones, por los hijos (...) si la veo llorar sé por qué es y, como que te endurece ¿no? acá el campo te hace cueruda, como que te acostumbras a ver injusticias” (Sandra).

La jornada de trabajo hortícola y de cuidado les deja poco tiempo para los descansos y la recreación. De igual manera ellas destacan que ser arrendatarias, en comparación con las personas medieras, les permite organizar mejor su día y a su vez no trabajar si se sienten enfermas: “tenemos también esos gustos, nosotros por ahí porque no somos medieros, por ahí salimos a la hora que queremos y entramos a la hora que queremos, o cuando estás enfermo” (Sandra). En la entrevista aparece también la posibilidad de tener algunos descansos y actividades recreativas. Ellas disfrutan de tomar mates al lado de la huerta, cantar, hacer música: “es re lindo expresarte con instrumentos, con un arte, es lo más sanador” (Sandra), viajar, “conocer”, hacer artesa-nías, “pintar, o también con el barro” (Noemí) y en algunas ocasiones, pocas, salir a bailar. Autocuidados consigo mismas, entre ellas y con otras amigas. En este sentido, Raquel Gutiérrez Aguilar, María Noel Sosa e Itandehui Reyes (2018) nos hablan de un “entre mujeres”. Tomando los aportes de las autoras, son prácticas cotidianas de relación entre nosotras, de apoyo mutuo, inscritas en redes de parentesco, amistad, tramas asociativas comunitarias, conformadas o no como experiencias explícitamente feministas que en su permanencia construyen orden simbólico (p. 8). Para Sandra y Noemí, los encuentros entre ellas no solo les permiten descansar y recrearse sino también compartir experiencias y malestares relacionados con la configuración patriarcal, racista, extractivista, entre otros pilares del capitalismo caníbal (Fraser, 2023), del sistema biocida (Pérez Orozco, 2019) que permea el territorio. Ellas se reconocen como pares, amigas y compañeras “feministas”, “compartimos mucha historia también, el laburo” (Sandra) “el pensamiento” (Noemí). Entre conversaciones, entrevista y observación participante es notorio cómo comparten para continuar, para recuperarse, para sanarse y diagramar acciones para posibles cambios: “ahora estamos luchando para hacer un viaje a Chile de la asamblea, es un encuentro de mujeres, entonces nos queremos ir las dos” (Sandra).

El encuentro entre nosotras, que bien sabíamos en el marco de qué se encontraba, las invitó a compartirse. Ante lo que duele, lo que angustia, lo que es difícil, lo que da miedo, lo que cansa, enoja y entristece fueron estableciendo límites:“no sabes lo que costó. Mi familia era muy machista, cuando yo era más chica lo sentía en todo (...) en mi casa ya no pueden decir: la mujer no hace eso, porque yo, cachetadón, me enojo” (Noemí).

Estos límites se proponen como prácticas de autocuidado que deviene de la percepción de ellas mismas en el contexto ya mencionado. Como dice García Salamanca (2021) el autocuidado necesita ser una experiencia sensorial, “entender mi relación con el olfato, con el gusto, con el tacto, con el movimiento, con el dolor como alarma y con el placer como espacio de pausa” (p. 9). En este sentido, Sandra y Noemí conversaron entre ellas durante el encuentro. Esa conversación dejó entrever otra práctica de autocuidado, consigo mismas y en ese momento entre mujeres: recuperar lo bueno, recuperarse.

“Es malo y por ahí tenés que buscar cosas que te hagan bien, no sé… ¿agradecer no? agradecer que por ahí tenemos la suerte de tener familia” (Sandra); “tener salud, papás con salud” (Noemí); “familia junta, familia viva” (Sandra); “que puedas comer bien” (Noemí); “hay situaciones tan feas, peores mucho peores que las nuestras. Nosotras nos quejamos pero bueno” (Sandra); “la gente necesita psicólogos jaja” (Noemí).

Por último, y complejizando aún más el análisis, se refieren ala horticultura como prácticas de autocuidado. “El campo, la naturaleza, los pajaritos” (Noemí) les hacen bien, bienestar que aporta a la permanencia más allá del contexto desgastante. El campo para ellas no es estático sino un territorio vivo, en movimiento, que manifiesta sus propios sentires, que forma parte de sus corporalidades: “cuando estás pasando algo con tu vida, o estás pasando un momento se nota en la quinta, se nota en cómo te devuelve, yo creo que también cosas de la vida. Y la tierra forma parte de todo eso (...) es parte de nosotros” (Sandra).

A partir de este deseo de permanencia, conformaron junto a trabajadores de la horticultura de zona sur del CVC, en su mayoría mujeres, la cooperativa “El quirquincho”. Se reúnen semanalmente en el hogar-huerta de una “colega” y realizan distintas actividades. En un principio fue la gestión del plan social “Potenciar trabajo”, a lo cual se sumó la puesta en común de las problemáticas sentidas por cada una de ellas vinculadas al trabajo hortícola, la búsqueda de soluciones y puesta en acción. Todo esto resultó en diálogos con otras organizaciones sociales, con instituciones y funcionaries de la provincia de Córdoba; feriazos, elaboración de bolsones con hortalizas de casi todas y participaciones en encuentros de mujeres rurales. Para Sandra y Noemí el encuentro cooperativo es autocuidado, se reconocen entre las mujeres, también sus bienestares y malestares y al mismo tiempo aportan a “visibilizar que hay muchas mujeres en el campo” (Noemí). Es urgente para ellas.

Reflexiones finales

Leer y escribir sobre autocuidado nos recuerda lo difícil que puede ser cuidar de nosotras mismasen un mundo que nos define cuidadoras. Pero también nos recuerda lo bien que se siente y lo bien que hace cada presencia, cada caricia, cada mirada y cada escucha. Así, leer y escribir sobre autocuidado puede ser una experiencia dolorosa y a su vez sanadora. Sanar, en un contexto en donde los procesos vitales están siendo casi todo el tiempo amenazados (Pérez Orozco, 2019), nos es suficiente.

La propuesta de recuperar las experiencias de autocuidado surge de otras entrevistas en el mismo contexto, entrevistas que dieron cuenta del “ser de y para otras personas” mencionado. Con ciertas particularidades, los relatos de Sandra y Noemí se suman a los mapeos anteriores. Ellas cuidan de sus hermanos y hermanas, de su padre, de sus madres y abuelas; cuidan de manera directa e indirecta, sobrecargando sus cuerpos para alivianar los de las otras personas. Junto a esto identifican imposiciones propias de una configuración patriarcal en sus experiencias de cuidado, lo cual las enoja, les da rabia, las angustia, las vuelve más cuerudas, pero también las impulsa al autocuidado feminista. Este impulso se refuerza con las largas jornadas de trabajo hortícola, con las exposiciones al sol, a las altas temperaturas y las descomposturas, a las sofocaciones y a los cansancios vinculados; con los dolores y la pesadez de las cargas; con la incertidumbre, la angustia, las ansiedades y preocupaciones que este implica cuando la tierra no es propia, cuando el extractivismo inmobiliario y sojero las arrincona, cuando el estado se ausenta, entre otras implicancias.

Autocuidarse, en el contexto mencionado, es un acto político de reivindicación. Sandra y Noemí se nutren, mantienen y recuperan a partir de ciertos alimentos, en lo posible elaborados de manera artesanal, con colores, energía, ricos sabores y frescos para soportar los grandes calores durante el trabajo hortícola. A su vez, los alimentos son protagonistas en los autocuidados con otras personas, de momentos de descanso, recreación y/o celebración. Ellas despliegan prácticas de autocuidado para resguardarse de las altas temperaturas, del sol y de la exposición ocupacional a plaguicidas; mientras se van adaptando a ciertos malestares relacionados al trabajo hortícola y al “ser de y para otras personas”, se vuelven resistentes, se insensibilizan. Por más difícil que les resulte encontrar momentos de descanso y recreación lo hacen, entre ellas y con otras amigas y/o compañeras, "entre mujeres”. Esto les permite compartirse para continuar, conservarse, recuperarse, sanarse y, mientras tanto, diagramar acciones que defiendan sus cuerpos, sus hogares-huertas, sus comunidades y sus territorios de los extractivismo mencionados.

Identificamos en las prácticas de autocuidado de Sandra y Noemí “potencia feminista”, en palabras de Verónica Gago (2019): el poder de reivindicar la indeterminación de lo que se puede y de lo que podemos para así desplazar los límites que nos hicieron creer y obedecer (p. 9). Encontrarnos con estas potencias y sin pretender pruebas objetivas y descorporizadas, sino por el contrario experiencias situadas y parciales, nos resulta aún más sanador. Nuevamente se evidencian las dinámicas de poder que impregnan y se enraízan en territorios rurales, dinámicas que marcan cuerpos y los moldean o, al menos, lo intentan. Somos cuerpos racializados, generizados, disponibles para ciertos trabajos, para ciertos sentires y para ciertas geografías. La configuración patriarcal se amalgama a otras configuraciones, coloniales-colonialistas, capitalistas, extractivistas y demás. Asumimos la necesidad de incorporar en próximas reflexiones la perspectiva teórica y metodológica de la interseccionalidad y o fusión, de acuerdo a la autora de referencia (Viveros Vigoya, 2016) ¿Qué otras violencias marcan los cuerpos más allá del patriarcado y el género como herramienta de minorización? ¿Qué encubrimos y/o encubren cuando reproducimos y/o reproducen solo unos marcos interpretativos? El recorrido y los encuentros no están acabados y he ahí nuestro compromiso académico militante.

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Notas
Notas
* Licenciada en Nutrición por la Escuela de Nutrición (EN) de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina (UNC). Doctoranda en Estudios Sociales Agrarios por el Centro de Estudios Avanzados por la UNC. Integrante del Centro de Investigaciones en Nutrición Humana de la EN.
[1] Al igual que los feminismos latinoamericanos, la corriente de la medicina social-salud colectiva (MS-SC) critica el concepto de autocuidado desarrollado, utilizado y extendido desde la biomedicina por su carácter marcadamente individualista. De igual manera, a diferencia de lo dicho hasta el momento, en donde es notoria la resignificación feminista del concepto de autocuidado, la MS-SC refiere al autocuidado grupal y social como “autoatención” (Menéndez, 2003).
2] En la actualidad se vive una reorganización del estado argentino con efectos concretos en los cuidados. De acuerdo a la mesa intersectorial “La cocina de los cuidados” (CELS, 2024), de las 43 políticas de cuidado de alcance nacional vigentes hasta diciembre del 2023, 21 ya fueron desarmadas, 15 están en estado de alerta y 7 se encuentran vigentes. Esto impacta directamente en los municipios, en las organizaciones sociales, en los hogares y en particular en los cuerpos de las mujeres como sujetas femenino-feminizadas y por ende cuidadoras. A su vez, resulta pertinente mencionar que dentro de las políticas de cuantificación del cuidado en pausa o, “en estado de alerta”, se encuentra la elaboración de la 2da encuesta nacional de uso del tiempo, en el marco de la ley 27.532.
[3] De acuerdo a Rita Segato (2018), el patriarcado se sostiene y renueva mediante la minorización sobre lo femenino-feminizado. Minorización alude a “tratar a la mujer como menor y arrinconar sus temas en el ámbito de lo íntimo, de lo privado y de lo particular como tema de minorías y en consecuencia como tema minoritario” (p. 99). Así, tanto los cuerpos, procesos (productivos y reproductivos, unos más que otros), conocimientos, saberes y afectaciones vinculadas, y las formas políticas que estos condensan, resultan suplementarios.
[4] A diferencia de lo que sucede en los ámbitos urbanos, en el cinturón verde existen residuos resultantes de los procesos de trabajo hortícola, entre estos los envases de plaguicidas vacíos, que son considerados residuos peligrosos. De acuerdo a la ley 9.164 de la provincia de Córdoba, la responsabilidad del lavado y desecho de estos residuos recae en las personas o familias que los manipulan: la ley establece que deben realizar un triple lavado para descontaminarlos y luego acercarlos a centros de acopio, estando prohibido “el enterramiento, quema y/o disposición final de aquellos sin previo lavado”
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