Resumen: En el presente artículo se describe y analiza la experiencia de trabajadores feriantes de la economía popular en relación al espacio público. La Feria de la Economía Popular del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) de Olavarría constituye el referente empírico de esta pesquisa. Inspirado en algunos desarrollos conceptuales que han problematizado la relación entre economía popular y espacio urbano, y retomando los conceptos mausseanos de morfología social y morfología estacional, se presta particular atención a las prácticas cotidianas que se despliegan en el corsódromo municipal de la ciudad y la configuración de una espacialidad singular que se va construyendo en relación a regulaciones, prácticas y eventos. Esta última articula ideas y valores que se producen a partir de la experiencia espacial, y evidencia la productividad del espacio callejero de trabajo en la creación de una forma de identidad feriante así como en la producción de un lenguaje para interpretar los condicionamientos con los cuales deben lidiar durante su actividad. Los datos sobre los cuales se sustenta el presente trabajo surgen de una investigación doctoral antropológica en curso con perspectiva etnográfica, y un trabajo de campo extendido que ha comprendido, entre otras cuestiones, mi presencia sostenida en el lugar.
Palabras clave: economía popular, feriantes, trabajadores, espacio público.
Resumo: Este artigo descreve e analisa a experiência dos trabalhadores de feiras de economia popular em relação ao espaço público. A Feira de Economia Popular do Movimento dos Trabalhadores Excluídos (MTE) de Olavarría constitui o referente empírico desta pesquisa. Inspirada por alguns desenvolvimentos conceituais que problematizaram a relação entre a economia popular e o espaço urbano, e retomando os conceitos mausseanos de morfologia social e sazonal, é dada atenção especial às práticas diárias que se desenvolvem no corsódromo municipal da cidade e à configuração de uma espacialidade singular que é construída em relação a regulamentos, práticas e eventos. Esse último articula idéias e valores que são produzidos a partir da experiência espacial e evidencia a produtividade do espaço de rua em funcionamento na criação de uma forma de identidade do feirante, bem como na produção de uma linguagem para interpretar as condições com as quais ele deve lidar durante sua atividade. Os dados nos quais o presente trabalho se baseia surgem de uma pesquisa de doutorado antropológico e mandamento, com uma perspectiva etnográfica e um trabalho de campo extenso que incluiu, entre outras questões, minha presença constante no local.
Palavras-chave: economia popular, feirantes, trabalhadores, espaço público.
Abstract: This article describes and analyzes the experience of popular economy street vendors in relation to public space. The Feria de la Economía Popular of the Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) of Olavarría constitutes the empirical reference of this research. Inspired by some conceptual developments that have problematized the relationship between popular economy and urban space, and retaking Mauss’ concepts of social and seasonal morphology, particular attention is paid to the daily practices that unfold on the municipal corsodromo of the city and the configuration of a singular spatiality that is built in relation to regulations, practices and events. This spatiality articulates ideas and values that are produced from the spatial experience, and evidences the productivity of the working street space in the creation of a form of street vendors’ identity as well as in the production of a language to interpret the conditions with which they must deal during their activity. The data on which the present work is based arise from ongoing anthropological doctoral research, with an ethnographic perspective and an extended fieldwork that has included, among other issues, my sustained presence in the place.
Keywords: popular economy, street vendors, workers, public space.
Artículos
Economía popular y espacialidad feriante en el centro bonaerense de Argentina
Popular economy and fair spatiality in the center of the province of Buenos Aires, Argentina
Economia popular e espacialidade das feiras no centro de Buenos Aires, Argentina

Recepción: 20 Febrero 2024
Aprobación: 24 Junio 2024
La Argentina en los últimos años ha atravesado una serie de transformaciones socioeconómicas, que provocaron que una porción cada vez más amplia de la población desarrolle distintas actividades en el marco de lo que se denomina economía popular.[1] Según relevamientos actuales, un 33,8 % de la población del país (Wolanski et al, 2022) desarrolla algún tipo de actividad que se enmarca bajo esta denominación que las propias organizaciones sociales del sector han construido como categoría política y reivindicativa (Fernández Álvarez, 2018). Este tipo de actividades son definidas como las que los propios trabajadores han desarrollado para asegurarse el sustento, contando con medios de producción precarios y sin el reconocimiento de sus derechos (Grabois y Pérsico, 2015).[2]
El complejo y heterogéneo universo de la economía popular ha logrado posicionarse en el debate social del país en los años recientes y trasladar a la agenda pública una discusión que pone en tensión las formas de organización y de representación de un sujeto que emergió con fuerza luego de la crisis del 2001.[3] Asimismo, la economía popular implica un debate conceptual a nivel nacional sobre las transformaciones que el mundo del trabajo ha experimentado en el contexto del neoliberalismo como fenómeno global, al plantear la imposibilidad de alcanzar niveles reales de pleno empleo asociados al Estado de bienestar y conceptualizar el carácter estructural de la exclusión en el contexto del capitalismo financiero (Grabois, 2013; Grabois, 2014).
Las experiencias de la economía popular habitualmente asociadas a los espacios urbanos metropolitanos se extienden a lo largo y ancho del país y en diversas escalas. Frente a una vacancia en esta área de estudios en la región donde se inscribe la investigación, resulta valioso indagar en este tipo de experiencias a escalas urbanas locales como la que aquí nos ocupa, donde los procesos de organización son más recientes. Esto ha contribuido en el último tiempo a que las condiciones de vida de un sector en expansión y crecimiento sean parte del debate público en escalas urbanas medias. En la ciudad en la que se lleva adelante esta investigación, el fortalecimiento de la economía popular a través de la diversidad de sus actividades y la organización gremial dentro del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) en los últimos cinco años constituye un campo fructífero de transformaciones e interés social que reclama la atención tanto de la política como de la academia local.
El objetivo de este artículo es describir y analizar la experiencia de trabajadores feriantes del MTE en Olavarría[4] en relación al espacio público. Particularmente, repara en las prácticas cotidianas sobre el espacio y la configuración de una espacialidad singular que se va construyendo en relación a regulaciones, prácticas y eventos, la cual articula ideas y valores que se producen a partir de la experiencia espacial.
Los datos sobre los cuales se sustenta el presente trabajo surgen de una investigación doctoral antropológica en curso que es financiada por una beca de posgrado del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de la Argentina. El trabajo de campo realizado hasta el momento ha comprendido participación en asambleas, movilizaciones, protestas, reuniones, organización de eventos, acompañamiento en la gestión de trámites personales, elaboración de proyectos, además de presencia sostenida en la feria durante los fines de semana, desde hace más de dos años.
El artículo está dividido en tres apartados. El primer apartado reúne aspectos descriptivos que presentan una imagen general de la Feria de la Economía Popular del MTE de Olavarría. El segundo apartado desarrolla un breve marco conceptual para comprender el universo de la economía popular y presentar las ideas teóricas que atraviesan la producción de este escrito, que se detienen en la articulación entre las formas de organización y las dinámicas urbanas. El tercer apartado, que es el núcleo del artículo -tomando como referencia un trabajo de Mauss (1979)- aborda la organización espacial de la feria y los cambios que se producen en sus variaciones estacionales para indagar en las acciones y eventos que se despliegan y habilitan la producción de una espacialidad particular. Dicha experiencia espacial comprende una construcción identitaria moldeada por el carácter colectivo de la organización y distintos factores que condicionan la actividad. Finalmente, se elaboran algunas consideraciones finales e interrogantes que se desprenden a partir de este escrito.
En la ciudad de Olavarría un grupo de feriantes[5]realiza cada fin de semana la denominada Feria de la Economía Popular en el sector del Corsódromo Municipal Gabriel Antonio.[6] La feria es impulsada y organizada por el Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) y forma parte de la rama de Espacios Públicos.
El MTE es una organización social a nivel nacional que agrupa a miles de personas que han sido “descartados del mercado laboral formal como consecuencia de los modelos neoliberales” y han tenido que “inventar su propio trabajo”.[7] En el marco de la economía popular, estas personas se organizan en cooperativas y unidades productivas. Inspiradas en la estructura de organización sindical argentina, las diferentes actividades se nuclean en ramas: cartoneros; textil; rural; construcción; espacios públicos; liberados, liberadas y familiares; sociocomunitario; Vientos de Libertad (dispositivo de atención sobre consumos problemáticos). Además, el MTE desarrolla áreas denominadas transversales como mujeres y diversidades, salud y formación. La rama espacios públicos, que es parte del objeto de atención en esta investigación, tiene como objetivo general organizar a aquellos trabajadores que realizan sus actividades en distintos espacios públicos como calles, plazas, semáforos, etc.: venta ambulante, artesanías, ferias, lavado y cuidado de coches.
El surgimiento de la experiencia organizativa a nivel local de feriantes encuentra un hito fundacional en el contexto de la pandemia de COVID-19, y el calendario vernáculo, a modo de efeméride institucionalizada, marca el 1º de mayo del año 2021 como el nacimiento de la feria.[8]
La pandemia como fenómeno a escala global afectó de manera dramática a la clase trabajadora, pero en forma desigual. En nuestro país, condicionó de manera más significativa a aquellos/as trabajadores/as que realizan sus labores en contexto de precariedad y no gozan de los derechos que son reconocidos en el marco de relaciones asalariadas y formales de trabajo, entre ellos los/as trabajadores/as de la economía popular (Boniolo, Elbert y Dalle, 2022). Al mismo tiempo, distintas experiencias de organización permitieron garantizar la vida en un sentido amplio, además de asegurar el cumplimiento de las medidas de prevención (Fernández Álvarez et al., 2020); aunque en forma divergente, algunas ramas de la economía popular se fortalecieron mientras que otras se vieron muy afectadas (Fernández Álvarez et al., 2022).
En ese contexto, la pandemia constituye un símbolo en la narrativa feriante, más allá de su origen. En sus testimonios, varios de ellos afirman que la pandemia “dejó a muchos afuera del sistema” y, en ese sentido, la feria cobijó a quienes encontraron en la venta una forma de sustento. Los condicionamientos fruto de esta situación obligaron a muchos a “tener que reinventarse”, proceso durante el cual convertirse en feriante significó una manera posible y real de garantizar la vida, a la vez que “la feria” expresa no solo un emergente de la situación crítica sino una forma de superarla.
Tomando como referencia un relevamiento realizado en el marco de esta investigación durante los meses de junio y julio del año 2022, en lo que respecta a las características sociodemográficas y sociolaborales representativas del grupo de feriantes se expresa lo siguiente.
Sobre el total de la población encuestada (n=67), la mayoría (92,5 %) son mujeres (n=62), un dato que se condice con las características de la economía popular a nivel nacional en lo que respecta al género (Renatep, 2022), aunque aquí se expresa de manera más pronunciada. Sobre ese total de mujeres, la mayoría (66 %; n=42) se reconoció como jefa de hogar. En lo que respecta a la distribución por edad, la franja etaria de 25 a 35 años y la de 36 a 45 años comprenden la mayoría dentro de la feria, alcanzando un 59,7 % (n=40) de la población, con un 31,3 % (n=21) y 28,4 % (n=19) respectivamente. Los/as feriantes provienen de diferentes puntos de la ciudad, aunque se registra una mayoría con residencia en barrios próximos a la zona del corsódromo en la periferia norte de la ciudad. El 65,7 % (n=44) no inició o finalizó sus estudios secundarios. El primario completo aparece como el mayor nivel alcanzado en el 35,8 % (n=24) del total de la población feriante relevada, frente a un 22,4 % (n=15) que finalizaron el nivel secundario. Para el 62 % (n=47) la actividad es parte de un proyecto familiar, refiriéndose tanto a la dinámica colectiva familiar que puede asumir el trabajo como en lo que respecta al sustento diario de las familias: para muchas de ellas (más del 60 %) los ingresos provenientes de la feria son los principales. Casi la mitad de quienes fueron encuestadas/os en su momento (46 %, n=31) manifestaron complementar sus ingresos con más de un trabajo. En relación a los otros trabajos que realizan, se observa que la mayoría tiene que ver con trabajos feminizados, entre ellos el trabajo doméstico en casas particulares (22,6 %; n=7) y el cuidado de adultos mayores (9,7 %; n=3). Finalmente, en lo que respecta a los rubros de venta en la feria, la comercialización de ropa encabeza notoriamente la lista de los productos que se ofrecen, aunque en el último tiempo se comenzó a experimentar una mayor diversificación, fortaleciéndose, por ejemplo, el rubro gastronómico.
La economía popular ha ganado un lugar significativo en el debate reciente en la Argentina, tanto en el ámbito académico como el político. En este sentido, si bien el desarrollo de la categoría remite a un trabajo académico-político que se viene dando desde la década de 1980 en el continente, un importante conjunto de investigaciones recientes ha dado forma y solidez a un campo de reflexión, particularmente desde el campo de la antropología social, a través del cual se viene construyendo un corpus teórico y analítico de referencia en los últimos años para el análisis de procesos y experiencias de la economía popular.
Como señalan Cielo, Gago y Tassi (2023), el neoliberalismo se erige como marco temporal en el cual se inscriben las experiencias de economías populares que “confrontan la exclusión de medios y recursos para que una gran parte de la población pueda asegurar su reproducción” (Cielo, Gago y Tassi, 2023:34). En Argentina, la última dictadura cívico-militar instaurada en 1976 introdujo “un giro en el funcionamiento económico tan profundo que implicó un cambio en el régimen social de acumulación, dejando atrás la industrialización basada en la sustitución de importaciones” (Basualdo, 2006:126). Dicha política de desindustrialización inauguró un período signado por el endeudamiento externo, el aumento del desempleo y la pobreza. Este régimen neoliberal se sostuvo durante la etapa democrática iniciada en los años ochenta y se profundizó en la década de 1990, con hondas reformas estatales desregulatorias y privatizaciones que agravaron los niveles de pobreza y desempleo hasta alcanzar un estallido durante la crisis del año 2001.
En el año 2002 el desempleo alcanzó un 21,5 % y la pobreza escaló de un 38,8 % (octubre 2001) al 53 % (mayo de 2002) (Fiszbein, Giovagnoli y Adúriz, 2003). Para enfrentar esta situación, las personas excluidas social y laboralmente se vieron obligadas a realizar un conjunto variado de actividades para lograr el sostenimiento de sus vidas y las de sus familias, con los medios y herramientas disponibles a su alcance. Este abanico heterogéneo de labores incluye, entre otras, la recolección de material reciclable descartado en las ciudades, la venta ambulante y en ferias populares, tareas comunitarias de cuidado en comedores, merenderos y centros barriales, producción y trabajo rural, cooperativas de construcción.[9] Generalmente, estas actividades se desarrollan en contextos de precariedad, bajo la falta de reconocimiento de las mismas como trabajo y, en consecuencia, sin la garantía de sus derechos. En ese marco, caracterizado por las dificultades de retornar o ingresar al mercado formal de trabajo, comenzaron a organizarse para luchar por el reconocimiento de sus actividades y sus derechos como trabajadores. Esto conllevó el despliegue de diversos procesos organizativos que permitieron mejorar las condiciones de vida de esta población.
Como ya han indicado Gago, Cielo y Gachet (2018), la economía popular es una definición en pugna que implica a la vez un debate epistemológico, conceptual y político. En lo que respecta a esta investigación, la delimitación toma como referencia la forma en que las propias organizaciones sociales que representan a estos/as trabajadores/as -especialmente el MTE- definen a la economía popular, que se puede sintetizar en tres puntos centrales.
El primero recupera una de las ideas principales de sus debates: al hablar de economía popular no se está hablando de “otra economía”.[10] Esta posición buscar resaltar que el fenómeno no implica un proyecto alternativo, sino que su comprensión solo es posible a la luz de la aplicación de políticas neoliberales y el consiguiente proceso de exclusión del mercado laboral formal señalado.
El segundo tiene que ver con la definición de las demandas y la construcción de horizontes políticos reivindicativos de las organizaciones en torno al trabajo como categoría central. La reivindicación de las distintas actividades que las personas comenzaron a desarrollar para “ganarse la vida” impulsa una lucha por el reconocimiento de las actividades como trabajo y de quienes las realizan como trabajadores. De esta manera, las organizaciones de la economía popular comprenden una singular expresión, empírica y teóricamente informada, de la reconfiguración, redefinición y reestructuración del trabajo y sus relaciones en las últimas décadas. Si como señalamos, la economía popular es una categoría en pugna, su emergencia y consolidación refleja que las formas de concebir y abordar el mundo del trabajo han sido interpeladas. Como indica Maldovan Bonelli:
“el trabajo es una categoría histórica (...) Resaltar la historicidad del concepto nos remite a pensar, fundamentalmente, en la diversidad y el dinamismo que lo constituye” (Maldovan Bonelli, 2020: 14).
El tercero se refiere al componente gremial y sindical que caracteriza a las organizaciones de la economía popular. Como dijimos anteriormente, el concepto de economía popular se remonta a la década de 1980 (Maldovan Bonelli, 2018), pero existe un factor novedoso que aparece en los últimos años y que tiene que ver con el “camino hacia la sindicalización de los trabajadores y trabajadoras de la economía popular” (Maldovan Bonelli, 2020: 16), quienes construyen sus imágenes y lenguajes a partir de tradiciones históricas argentinas muy ligadas al peronismo y la clase trabajadora (Sorroche y Schejter, 2021). Este rasgo se cristalizó formalmente en el año 2011 con la creación de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) y más recientemente, en 2019, la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP).
En resumen, se entiende en esta investigación a la economía popular más allá del prisma de las actividades económicas que implica, lo que habilita su abordaje como categoría vernácula con incidencia política y práctica a escala nacional y local. Los modelos socialmente legitimados de trabajo y de representación de los/as trabajadores/as son tensionados por las actividades que este campo comprende, el sujeto colectivo que representa y las formas de organización que activa. Pero también la economía popular como experiencia de organización da lugar a procesos de politización de las condiciones de vida en las ciudades, a través de los cuales se evidencia una disputa por el espacio urbano y los modos de vida habilitados para el sector.
En ese sentido, este trabajo se asienta en lo desarrollado por Fernández Álvarez, Señorans y Pacífico (2023), quienes abordan el vínculo entre las economías populares y las dinámicas urbanas retomando lo que planteó Lefebvre (2013) en relación al espacio urbano en tanto producto y productor de relaciones sociales y como un terreno de lucha política. Al prestar atención a las formas en que los procesos de organización de trabajadoras/es de la economía popular han politizado[11] las condiciones de vida en la ciudad, las autoras sostienen que dichos procesos ponen en evidencia una disputa por la producción y apropiación del espacio urbano, así como también por los modos de vida social y políticamente habilitados para este sector.
Por su parte, Fernández Álvarez (2018) afirma que el proceso de construcción de demandas de trabajadores/as de espacios públicos “pone en primer plano el derecho a la utilización del espacio público como un espacio de trabajo y (re)producción de la vida” (Fernández Álvarez, 2018: 28), que se opone a los principios de regulación estatal según los cuales estas actividades son calificadas como “ilegales”. Militantes y trabajadores construyen una teoría de la producción del valor que restituye su dimensión relacional, ilumina las relaciones de apropiación-expropiación, de producción de desigualdades y asimetrías que la idea de ordenamiento del espacio público oculta (Fernández Álvarez, 2018).
Existe una larga tradición de estudios que han problematizado la cuestión del espacio, el territorio y los lugares, tanto desde la geografía como desde la antropología, cuyo tratamiento excede los objetivos de este texto. El núcleo que atraviesa el apartado analítico que sigue, en relación a la discusión sobre el espacio que las formas de organización y trabajo en la economía popular activan, está inspirado en algo que Señorans (2018, 2021) ya adelantó cuando propuso analizar de manera articulada las formas de organización política y las configuraciones socioespaciales de clase. La autora señala que “el modo en que se experimenta la precariedad está vinculado a como se experimenta, vive y produce el espacio urbano” (Señorans, 2018: 51).
Finalmente, interesa plantear la importancia de analizar la experiencia del espacio público en el contexto de procesos de trabajo cotidianos y en el marco de formas de organización. De esta manera, se puede experimentar un desplazamiento desde las formas de la protesta y/o movilizaciones callejeras para reparar en aquellas vinculaciones cotidianas de los grupos organizados, cuáles son las prácticas que se activan y qué relaciones se generan en relación a los espacios que habitan en tanto trabajadores. Esto permitirá poner el foco en aquellos aspectos que desbordan una interpretación meramente productiva y económica del trabajo y del espacio desde un sentido materialista utilitario y, de esa forma, reflexionar sobre la interrelación de elementos que se combinan en los procesos de demanda por mejores condiciones de trabajo y en la búsqueda por formas dignas de ganarse la vida (Fernández Álvarez y Perelman, 2020).
En todas las ramas de la economía popular la cuestión del “espacio” es un asunto de debate, pero el caso particular sobre el que aquí nos explayamos reúne entre sus características centrales la atención permanente a los espacios públicos. Si bien el adjetivo público alude desde el sentido común a lo accesible, lo cierto es que las regulaciones de estos espacios es materia jurisdiccional de los estados municipales.
Para el caso de la venta ambulante y el comercio en espacios públicos, en la ciudad de Olavarría aún permanece vigente una normativa del año 1984 (ordenanza 195/84) que prohíbe la venta “sin autorización municipal”, constituyendo una conducta tipificante de contravención. Esta situación agrava la precariedad en la que se lleva adelante la actividad, ya que mantiene un marco de incertidumbre sobre la continuidad del trabajo, por lo que los feriantes temen desalojos o confiscaciones, a la vez que resisten o enfrentan la presencia recurrente de personal policial, además de ser sujetos de las infracciones que se labran en su contra en el marco de la ordenanza mencionada.[12]
Algunas de las situaciones anteriormente señaladas, como los desalojos o las confiscaciones, habitualmente se evitan como consecuencia del escenario de negociación que desde la organización se impulsa y se busca establecer con el gobierno municipal. Localmente, durante la gestión municipal que tuvo mandato hasta diciembre del año 2023, la práctica de negociación –que durante el último año fue prácticamente nula cuando la gestión de gobierno endureció su posición frente a los reclamos de los/as feriantes- estableció múltiples interlocutores, dependiendo de la dinámica del conflicto. El hecho concreto más significativo ocurrió en marzo del año 2022 cuando se logró un acta acuerdo que permitía la realización de la feria en el corsódromo hasta diciembre del mismo año.[13] Frente a la negativa del municipio, el acuerdo no logró ser renovado; sin embargo, esto no impidió el desarrollo periódico de la feria.[14]
Interesa aquí reconstruir las dinámicas y los ritmos de producción espacial que feriantes despliegan en el corsódromo municipal. Este elemento resulta de importancia para indagar en cómo el grupo se organiza en cuanto al espacio en cuestión, de qué manera la calle es reapropiada, qué prácticas se despliegan y qué lenguajes se habilitan a partir de este proceso. En sintonía con la idea que plantea Perelman (2017: 21) acerca de “pensar el espacio no sólo como el lugar donde ocurren cosas”, sino como constitutivo de las personas que realizan las actividades y los mercados de trabajo o compra y venta, se intenta presentar cómo la apropiación de este espacio habilita la producción de una espacialidad feriante que es central tanto para la constitución identitaria del “ser feriante” como para la construcción de un lenguaje en el que sus acciones y demandas son interpretadas a la luz de dicha espacialidad.
Mauss (1979), en relación a la morfología general de los esquimales, señala que en lugar de la tribu la auténtica unidad territorial es el establecimiento (settlement). Este es definido como:
“un grupo de familias aglomeradas y ligadas por lazos especiales, que ocupan un ‘hábitat’ sobre el cual están desigualmente distribuidas durante los diferentes momentos del año (…) aunque ese ‘habitat’ constituye su dominio. El establecimiento es la masa de casas, el conjunto de espacio dedicado a tiendas y de espacio dedicado a caza marina y terrestre, que pertenece a un número determinado de individuos, al igual que el sistema de caminos y senderos, de canales ypuertos usados por estos individuos y donde se encuentran constantemente”.(Mauss, 1979: 370)
Agrega el autor que eso forma “un todo poseedor de una unidad”, al que le atribuye características distintivas con las que reconocer a un “grupo social limitado”. Dichas características son: 1. un nombre constante que posee el establecimiento; 2. es un nombre propio, que llevan todos los miembros del establecimiento y solo ellos; 3. el distrito del establecimiento posee fronteras netamente delimitadas; y 4. además del nombre y del territorio, el establecimiento posee unidad lingüística y una unidad moral y religiosa (Mauss, 1979: 370-371).
Esta definición se concentra en las características constantes, en ciertos rasgos fundamentales que se conservan iguales y de los que dependen las particularidades variables. Es un aspecto de la morfología social,
“la ciencia que estudia, con objeto de describirlo y explicarlo, el sustrato material de las sociedades, es decir, las formas que adoptan al establecerse sobre un lugar, el volumen y la densidad de población, la forma en que ésta se distribuye y además todas aquellas cosas que sirven de base a la vida colectiva” (Mauss, 1979: 360).
El otro aspecto es la morfología estacional, que observa las variaciones que se dan de acuerdo con las diferentes fases del año. Estas variaciones, muy particulares y de gran amplitud entre los esquimales, permiten, según el autor, estudiar
“el modo en que la forma material de las agrupaciones humanas, es decir, la naturaleza y composición de su sustrato afecta las diferentes modalidades de la actividad colectiva” (Mauss, 1979: 361).
La referencia al trabajo de Mauss, salvando las distancias etnográficas entre los dos universos de análisis, sirve para pensar en primer lugar las dinámicas de organización de feriantes sobre el espacio, cómo se distribuyen en él, qué infraestructura se monta sobre el mismo, cuáles se apropian, de qué manera las variaciones estacionales o climáticas afectan su actividad, y luego, de qué modo esto repercute en cierta imaginación espacial, en la producción de espacialidad.
Antes de establecerse en el corsódromo, la feria funcionaba de manera itinerante, trasladándose de un lugar a otro según las posibilidades de realización que se ofrecieran en diferentes lugares como plazas, juntas vecinales o sociedades de fomento. Una vez que decidieron ocupar este lugar, habitarlo e imaginarlo, su establecimiento y la regularidad alcanzada hicieron del corsódromo un sinónimo de la feria.[15]
La feria actualmente se extiende desde calle Belgrano hasta casi Necochea. Alrededor de 80 feriantes arman sus puestos cada fin de semana, un número promedio estimado dentro del grupo total vinculado a la feria, que involucra aproximadamente a 120 feriantes. En ocasiones especiales, como puede ser la organización de eventos multitudinarios,[16] el número de feriantes con puestos puede superar los 100. En dichas oportunidades, el flujo de personas que transita por la feria también se incrementa notoriamente alcanzando y/o superando el millar.
La feria cuenta con 35 stands desmontables fabricados con hierro, que junto al color azul con el cual fueron pintados, constituyen un signo de identidad tanto laboral (en relación a la actividad feriante) como política (en cuanto a su pertenencia al MTE). Estas estructuras también sintetizan una muestra material de los logros alcanzados por la organización y además suelen ser objeto de debate habitual en relación a su asignación para el armado de los puestos. El criterio general adoptado propone que se asignen a quienes llevan más tiempo en la feria y concurren con regularidad. También son reclamados por algunos feriantes, lo que algunas veces ha provocado situaciones de tensión. Varios de los stands cuentan con techo de lona y/o tela quirúrgica para proteger del sol y el viento, elaborado por los propios feriantes. Como la cantidad de stands no es suficiente, el resto de los puestos se arma con gazebos, tablones y caballetes, mesas desarmables, percheros y cajas que exponen la mercadería que se ofrece; incluso algunos también despliegan alguna manta sobre el piso y distribuyen sus productos allí para su exposición.
Los días que se celebra la feria son los sábados y domingos. Los horarios varían de acuerdo a la época del año, en un rango que va desde las 14 hasta las 20 horas. Además del atractivo comercial, el “grupo de coordinación” está permanentemente generando actividades artísticas que tienen lugar en la feria –mayoritariamente convocan cantantes y bandas de música, aunque además se incluyen números artísticos de danza y circo– con el objetivo y el deseo, según lo que manifiestan algunos feriantes, de atraer mayor cantidad de gente para que repercuta en un aumento de las ventas. Actualmente, estos shows se realizan en un escenario que se monta debajo de un gazebo y uno de los integrantes del grupo de coordinación se encarga de las tareas referidas al sonido (instalación de equipos, ecualización, control en bandeja, etc.). En ocasiones particulares se ha contado con un escenario desmontable de hierro provisto por el gobierno municipal actual o se hace uso de un escenario fijo de hormigón que cuenta con una caja de electricidad. Por otra parte, la feria cuenta con un baño habilitado ubicado detrás de los galpones que distintas comparsas y batucadas utilizan para ensayar además de resguardar sus artefactos. Uno de estos galpones oficia como lugar de encuentro para el grupo de coordinación de feriantes, y es donde realizan tareas de refacción y acondicionamiento, tanto de las estructuras para el armado de puestos como también del lugar, por ejemplo, instalación de pisos y arreglo de techo, entre otras. Esto es parte de un acuerdo que el grupo tiene con un integrante de una de las comparsas, quien está a cargo del galpón. Allí no solo se guardan las estructuras de los stands, sino que también se les permite a varios feriantes dejar sus bolsones con ropa y mercadería de venta cuando las dificultades de movilidad no les permiten trasladar tantos elementos. También se ofrece allí agua caliente para el mate a un precio módico, que sirve para reunir fondos para la rama, gaseosas, choripanes, panchos, papas fritas y licuados. Además, se han realizado talleres de canto y un curso de marketing y venta digital, y últimamente se llevan adelante reuniones que involucran no solo a los feriantes sino también a otras ramas de la organización.
Cada fin de semana, más de una hora antes de que inicie la feria, un puñado de feriantes comienza a llegar al corsódromo para elegir con antelación la ubicación donde montar su puesto. El grupo de coordinación empieza a preparar los stands para su distribución, montan el gazebo de la organización sobre el escenario, acomodan y conectan el equipo de sonido, cortan las calles para interrumpir la circulación de vehículos que puedan afectar la seguridad de los asistentes, delimitan las zonas de estacionamiento y distribuyen tarros de basura para los residuos.
Los puestos generalmente son ocupados por más de una persona. Esto tiene que ver con que para muchos de los integrantes de la feria, como indicamos en un apartado anterior, la actividad involucra a sus familiares como parte de un mismo proyecto. Por otro lado, el hecho de que la feria se realice durante los fines de semana también alienta el acompañamiento de familiares y/o amigos en carácter de ocio y dispersión.
Esta descripción es una imagen estática de la feria en el corsódromo. Podría decir que responde a esas “características constantes” que menciona Mauss (1979). Pero es necesario notar que esta configuración general también se ve afectada por distintos tipos de variaciones. Me detengo en esta parte en lo que respecta a las estacionales.
La composición de la feria, la disposición espacial, la infraestructura (medios e instrumentos de trabajo) y los ritmos se ven alterados en relación a la época del año. Parafraseando la clasificación mausseana, se puede afirmar que existe una feria de invierno y una feria de verano.
Durante el invierno la frecuencia e intensidad de la feria se ve mermada. Al ser el lugar con el que se cuenta un espacio al aire libre, las inclemencias climáticas como el frío afectan su desarrollo normal. Muchas mujeres feriantes tratan de no llevar a sus hijas/os para prevenir alguna enfermedad estacional. Al no contar con apoyo para el cuidado de sus hijos, otras tienen que relegar la asistencia a la feria. La dimensión de género atraviesa en forma directa la experiencia organizativa que se aborda, no solo por la mayoría cuantitativa en la conformación del grupo de feriantes que destacamos anteriormente, sino al indicar una de las desigualdades sobre las que se asienta la vida en las ciudades, conectada con la desigualdad espacial y laboral urbana. En este sentido, las dificultades que surgen en el contexto de las variaciones estacionales iluminan problemáticas de raíz estructural.
También la cuestión de la movilidad y de la permanencia durante varias horas a la intemperie condiciona de manera considerable la asistencia. Las distancias que algunos feriantes tienen que recorrer para llegar hasta el corsódromo -lo que condiciona la presencia o la cantidad y el volumen de los productos a trasladar para su venta- y la larga exposición a temperaturas muy altas o muy bajas, constituyen factores a atender. Durante el invierno del año 2022, a partir de mediados de julio hasta fines de septiembre, se optó por realizar la feria únicamente los días domingo debido a las bajas temperaturas que afectan a la localidad. Este tipo de decisión generalmente suscita cierto debate y reflexión. En términos de ingresos resulta conveniente feriar sábado y domingo, ya que para algunos significa la posibilidad de “sumar un mango más” o de equilibrar una mala venta del día anterior. Además de estas dificultades que deben enfrentar, el flujo de visitantes siempre se toma como un indicador del funcionamiento de la feria más allá de la estación. Hay una idea bastante repetida entre muchos feriantes de que los sábados no se vende tanto, “no anda mucha gente”, a diferencia de los domingos cuando la concurrencia es más masiva y esto mejora las ventas.
Existe un elemento que debe llamar la atención alrededor de esta cuestión. Las inclemencias del tiempo no solo condicionan la vida material de la feria, sus ritmos, horarios y frecuencias. Cuando se advierte un mal pronóstico o, incluso, cuando se evidencia empíricamente, en el grupo de WhatsApp de los/as feriantes comienzan a circular una serie de mensajes al respecto. Se pueden enumerar de tres tipos: los que preguntan si la feria va a realizarse ese día; la respuesta institucionalizada por parte de la referente, algunos integrantes del grupo de coordinación y otros feriantes -generalmente del grupo de “los más viejos”- de que hay que esperar hasta último momento, pero mientras tanto “la feria se hace”; y los mensajes que expresan oraciones, pedidos y hasta recomendaciones rituales con vistas a que el pronóstico mejore y/o el mal tiempo se revierta.
De esta manera se ve como las variaciones estacionales y sobre todo las variaciones del clima, no solo afectan los ritmos habituales de organización, sino que activan un conjunto de expresiones que revelan aspectos característicos de este grupo. Ante la eventual pregunta sobre el desarrollo de la feria, surge como respuesta una idea que atraviesa a varios de los feriantes y es que “llueva o truene siempre estamos”. Esta actitud y este modo de canalizar los desafíos que impone la naturaleza, provocan a la vez que se activen una serie de creencias que portan al menos una doble condición: la creencia en poder revertir las condiciones desfavorables y la búsqueda de un sentimiento de unidad.
Estos elementos reunidos y combinados (ya que no se expresan necesariamente en un orden lineal) contribuyen a la producción de un discurso en el que la fe, el “esfuerzo” y el “sacrificio”, que se vincula con el trabajo feriante, y la proyección de una imagen de resistencia ante las adversidades –en este caso climáticas– finalmente, en algunas instancias, logran producir un sentimiento de unidad. Asimismo, en algunas situaciones, esto deriva en una traducción política y social a través de la cual se marcan fronteras y distancias con otros mundos, como sucedió en octubre del año 2022 cuando se organizó la presentación de un artista conocido regionalmente y ante las malas condiciones del tiempo se optó de todas formas por llevar adelante el evento. Ese mismo día, otras actividades, algunas apoyadas por el gobierno municipal de turno, fueron suspendidas lo que provocó que el hecho fuera catalogado como “el único que no se suspendió” y que permitió a muchos vecinos de la ciudad, pero especialmente de barrios aledaños, disfrutar de un espectáculo de fin de semana.
Como se ve a lo largo del apartado, el espacio es un recurso fundamental para el desarrollo del trabajo feriante. Sobre la basedel trabajo de Mauss (1979), se trató de recuperar la morfología de la feria identificando los aspectos más estables y que configuran la rutina del trabajo en relación a la organización del espacio. Pero también se puede ver cómo las variaciones estacionales condicionan el desarrollo normal del trabajo y las distintas actividades previstas. Al prestar atención a esos cambios, se puede apreciar de qué manera los/as feriantes los interpretan en relación al espacio y como se va construyendo una especialidad feriante en la que la resistencia a las inclemencias del tiempo se vuelve un aspecto central en la construcción identitaria y política, ligando creencias e ideas sobre el sacrificio y la persistencia con la producción de una legitimidad radicada en sostener y llevar adelante los objetivos propuestos aun en un escenario adverso.
Resta, por último, reforzar la atención sobre un aspecto que tiene que ver con la dimensión moral de la espacialidad feriante que aquí tratamos. Si bien se depositó especial atención en la producción espacial, para lo cual la mirada se detuvo en las variaciones morfológicas experimentadas por la feria, vale realizar algunas observaciones más respecto a la cuestión moral alrededor de este fenómeno. De esta manera, se iluminan algunos aspectos que a partir de la recuperación de Mauss se esbozaron de manera un tanto implícita. Resulta interesante aquí pensar la articulación entre las prácticas en el espacio de la feria, las relaciones políticas con el gobierno municipal marcadas por tensiones y conflictos, y las características particulares del trabajo feriante en la calle, más que en una moral sui generis estática e inalterable. Es el grupo el que produce articuladamente la espacialidad y los valores asociados a ella. No es el espacio en sí mismo y por sí mismo, sino que en cuanto recurso fundamental para sus vidas este es valorado y habilita la producción de una moral distintiva. Esta se estructura alrededor del oficio u ocupación (feriante), la cual está vinculada y condicionada por las variables que el trabajo en la calle conlleva. Aquí, inspirados en Mauss, resaltamos las variaciones estacionales. Pero también mencionamos otras que son de relevancia, por ejemplo, la resistencia al hostigamiento por parte de efectivos policiales y de control urbano. Por lo tanto, “resistir” forma parte del corpus de valores de los/as feriantes, sea frente a las inclemencias del tiempo que alteran la dinámica de la feria, como a la presencia de la policía o el rechazo del gobierno municipal local que ponen en tensión no solo su trabajo sino su condición de trabajadores.
Estos resultados demuestran la importancia del espacio urbano, en este caso la calle, en relación al trabajo en la economía popular, permitiendo arrojar luz sobre sus dinámicas, formas de organización y las problemáticas que atraviesa. Para el caso de los/as trabajadores/as feriantes organizados/as colectivamente en el MTE en Olavarría, la producción moral de esta experiencia se contrapone a un conjunto de ideas y normativas que hacen de esta actividad -es decir, del comercio en la vía pública de sectores populares y las actividades que el mismo habitualmente conlleva como bailes, la presentación de diferentes artistas y la reproducción de música- no solo algo ilegal y/o informal, sino algo moralmente condenable (“es un quilombo”).
La lucha reivindicativa no se apoya únicamente en la idea fuerza de la rama de trabajadores de espacios públicos del MTE a nivel nacional:“trabajar en la calle no es delito”, que hace clara referencia a la situación normativa legal de la actividad y la persecución policial, sino en resaltar por un lado la condición de trabajador (o “laburante”) frente a otras figuras, y por otro, el valor social que tiene la feria para vecinos de la ciudad en lo que respecta al acceso a distintos productos a un precio más accesible (“precios populares”) y a un momento de disfrute y ocio. En un video transmitido en vivo por la red social Facebook que tenía como objetivo promocionar la feria, el protagonista del mismo -un feriante- elaboró una larga escena en la que iba interactuando con distintos feriantes en sus puestos al mismo tiempo que les hablaba a los oyentes. A lo largo de su discurso, destacó enfáticamente la cualidad asociada al trabajo y la condición de “gente trabajadora”. A continuación, se citan en extenso algunos fragmentos de su intervención:
¡Corsódromo… economía popular… estamos trabajando! (…) ¡Vení a vernos! ¡Vení a visitarnos! ¡Olavarría acá en el corsódromo! (…) ¡Economía popular! Todas familias trabajadoras… Trabajando para que tu economía no sea un problema. (…) Acá tenemos la gente linda que trabaja. Y salen adelante trabajan do ¡Vamos gente de Olavarría! Vení a comprarle, veni a comprarle! Otra piba laburante, de acá de Olavarría. Acá tenes otra compañera trabajadora. Acá tenes ropa… Una cartera mira, para tu novia, para tu novio también. Súmense que es buena gente, ¡súmense que es buena gente! Mirá, mirá, toda esta gente laburadora, vengan a visitarnos al corsódromo. Y acá estamos recorriendo, más de 50 puestos. Con ropa, calzado, comida para que vos puedas venirte a tomar unos mates con torta, empanadas ¡y mucho más! ¡Todo económico! Mirá la gente que viene a tomar mates… Mirá… toda gente traba ja dora(transmisión en vivo por Facebook, 5 de junio de 2022).
Las formas novedosas, emergentes y/o actualizadas de trabajo en contextos de crisis no dejan de estar conectadas sensiblemente a categorías que han sido centrales a lo largo de más de un siglo, como la de trabajo y la de trabajador. Consideramos que el carácter colectivo de la organización es de especial importancia para esto, al insistir en el carácter gremial a través de un conjunto de dispositivos como asambleas, reuniones, encuentros de formación, lenguaje centrado en el trabajo, proyección de horizontes de lucha reivindicativos y asignación de responsabilidades, entre otros. En este sentido, se puede afirmar que el trabajo se configura como categoría moral unificadora y distintiva de los/as feriantes de la economía popular en Olavarría.
A diferencia de otras perspectivas, no me centré en la pregunta sobre cómo significan el espacio, sino que reconstruí y presté atención a las acciones que se despliegan y regulan. Solo a partir de allí, traté de agregar el foco sobre una producción simbólica y moral del espacio.
A lo largo de este artículo se expusieron datos generales sobre la composición poblacional de la Feria de la Economía Popular con el objetivo de presentar un mapa global del grupo de feriantes, los actores centrales de esta investigación que conforman el colectivo de trabajadores/as en el espacio público objeto de indagación. Seguidamente se delimitó un breve marco conceptual sobre la economía popular y su articulación con la discusión sobre el espacio urbano, con el objetivo de señalar en qué términos se propone reflexionar sobre el universo de estudio. Este marco opera como guía de algunos de los interrogantes que se han planteado en el curso de esta investigación, los cuales condujeron a la pregunta por la relación entre procesos y formas de organización en el contexto de la economía popular y las prácticas que se despliegan en el espacio. Partiendo de esa base conceptual, y tomando los conceptos mausseanos de morfología social y morfología estacional como apoyatura, en el apartado central del artículo se intentó reconstruir las acciones que feriantes llevan a cabo en el corsódromo municipal de Olavarría durante su rutina de trabajo y cómo el grupo se organiza en dicho espacio. Además, para captar las transformaciones que se experimentan al realizar la actividad en ese ambiente, se identificó la manera en que las variaciones estacionales vinculadas al trabajo en la calle condicionan al grupo. Atentos a estas acciones y a la materialidad del espacio, los resultados expusieron la manera en que se construye una espacialidad feriante que articula prácticas, creencias y discursos productores de una interpretación de los condicionamientos que afectan su dinámica de trabajo, anclada en el espacio que cotidianamente habitan en tanto feriantes. Se logró captar la importancia que la organización colectiva tiene en ese proceso y mostrar la significación moral de un lenguaje que se organiza alrededor del trabajo y el espacio ante un contexto en el que su reconocimiento normativo está en tensión y es disputado. De esa forma, el foco en las prácticas, la materialidad y sus variaciones permitió el desplazamiento hacia aspectos más simbólicos, vinculados con el espacio callejero en el que trabajan y que, de manera conjunta, moldean la identidad feriante generalizando nociones que surgen en los modos en que el grupo debe lidiar con las contingencias del espacio en el que ejercen su labor.
El artículo brinda un aporte al campo temático de estudios al ampliar la observación hacia escalas no metropolitanas, particularmente a través del registro y análisis de una experiencia local que permite reflexionar sobre la productividad del espacio público en los procesos de organización y construcción identitaria de trabajadores feriantes de la economía popular. Los hallazgos que revelan aspectos constitutivos de la espacialidad feriante observada indican la potencia que este tipo de experiencia provee para el análisis de la incidencia que tiene la organización gremial en formas de trabajo históricamente asociadas a la “informalidad” por un lado,y por otro, la importancia del espacio urbano como recurso fundamental para el sostenimiento de la vida y la participación ciudadana de sectores populares en el continente latinoamericano, particularmente en Argentina en el contexto de afirmación de la economía popular como experiencia organizativa. Los resultados alcanzados también sugieren la manera en que las tensiones y disputas por el espacio caracterizan debates sensibles de la vida social en torno al trabajo y los nuevos procesos de demanda por derechos de quienes aún reclaman el reconocimiento como trabajadores.
Finalmente, cabe mencionar algunas líneas de indagación que se abren a partir de este trabajo. Entre ellas, sería provechoso abordar de manera más profunda la relación entre el espacio público, los vínculos generados en el trabajo y su impacto en la vida de las personas para desbordar la mirada del proceso de trabajo hacia el sostenimiento de la vida en términos amplios. Por otra parte, es necesario analizar con más detenimiento la cuestión de las regulaciones sobre el espacio público y los escenarios de conflicto que habilitan, particularmente entre la organización y el gobierno municipal.
ARK: https://id.caicyt.gov.ar/ark:/s25912755/koo9ryddy
redalyc-journal-id: 6680