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Trayectorias en la exclusión residencial durante la emergencia sanitaria debida a la Covid-19

Trajectories in residential exclusion during the Covid-19 health emergency

Juan M. Agulles Martos
Universidad de La Rioja, España

Trayectorias en la exclusión residencial durante la emergencia sanitaria debida a la Covid-19

Ehquidad: La Revista Internacional de Políticas de Bienestar y Trabajo Social, núm. 20, pp. 35-60, 2023

Asociación Internacional de Ciencias Sociales y Trabajo Social

Recepción: 10 Diciembre 2022

Corregido: 30 Mayo 2023

Aprobación: 02 Junio 2023

Publicación: 17 Julio 2023

Resumen: Las medidas adoptadas frente a la pandemia de COVID-19 tuvieron un impacto directo sobre las personas sin hogar en todos los países en las que estas se aplicaron. El cierre temporal de servicios como albergues, comedores o centros de día para la reducción de daños, fue una de las dimensiones problemáticas para aquellas personas que se encontraban sin alojamiento y que habitualmente hacían uso de ellos. En muchas ciudades, la prohibición de utilizar espacios públicos como parques o plazas también significó una presión añadida para las personas sin hogar. El objetivo principal de la presente investigación es conocer las diversas trayectorias de personas que sufrían un proceso de exclusión residencial durante la emergencia sanitaria. Se diseñó un estudio cualitativo, en base a entrevistas en profundidad. Las conclusiones apuntan a que las trayectorias en la exclusión residencial relatadas por las personas entrevistadas se describen como un empeoramiento de sus condiciones de vida, con diferencias significativas entre mujeres y hombres sin hogar y entre los tipos de alojamientos de emergencia que estas personas utilizaron.

Palabras clave: Exclusión residencial, Personas sin hogar, Covid-19, Pobreza, Estudio cualitativo.

Abstract: The measures adopted in response to the COVID-19 pandemic had a direct impact on homeless people in all countries where they were implemented. The temporary closure of services such as shelters, soup kitchens or day centres for harm reduction was one of the problematic dimensions for those who were homeless and used them regularly. In many cities, the prohibition to use public spaces such as parks or squares also put added pressure on homeless people. The main objective of this research is to understand the diverse trajectories of people who experienced a process of residential exclusion during the health emergency. A qualitative study was designed, based on in-depth interviews. The conclusions point to the fact that the trajectories of residential exclusion reported by the people interviewed are described as a worsening of their living conditions, with significant differences between homeless women and men and between the types of emergency accommodation they used.

Keywords: Residential exclusion, Homelessness, Covid-19, Poverty, qualitative study.

1. INTRODUCCIÓN

Las medidas adoptadas frente a la pandemia de COVID-19, sobre todo las referidas al distanciamiento social y el aislamiento domiciliario de la población, tuvieron un impacto directo sobre las personas sin hogar en todos los países en las que estas se aplicaron. En muchas ciudades, la prohibición de utilizar espacios públicos como parques o plazas también significó una presión añadida para las personas sin hogar.

Algunos trabajos (Parsell, Clarke y Kuskoff, 2020) han señalado cómo las medidas destinadas a las personas sin hogar estuvieron condicionadas por criterios de salud pública y de prevención del contagio a la población general. En pocas ocasiones se sostuvo una estrategia que fuese a la raíz del problema de la exclusión residencial. A pesar de la movilización de recursos económicos excepcionales durante la pandemia, el alojamiento de las personas sin hogar se llevó a cabo, en la mayor parte de los casos, bajo la idea de la concentración y la asistencia en grandes recintos o albergues temporales (Owen y Matthiessen, 2020).

Otros estudios (Culhane, Treglia y Steif, 2020; Perri, Dosani y Hwang, 2020) han señalado cómo las consecuencias de la emergencia sanitaria recaían en una población sin hogar que ya estaba sujeta a multitud de efectos adversos sobre la salud derivados del proceso de exclusión residencial. Una población que, además, recibía la asistencia en centros colectivos donde la reducción de las interacciones, el mantenimiento de las prevenciones y del distanciamiento social eran muy complejos de gestionar.

De ahí que las conclusiones de muchas investigaciones señalasen la necesidad de situar la vivienda estable y el alojamiento con apoyos sociales como estrategia prioritaria para el abordaje de la situación de exclusión residencial, en el contexto de la emergencia sanitaria y como orientación a largo plazo.

Trabajos como los de Schwan, Dej y Versteegh (2020), han señalado también la carencia de análisis de las diferentes consecuencias que la emergencia sanitaria tuvo para hombres y mujeres sin hogar. La perspectiva de género aportada por análisis como los de Lakam (2020) resaltaban cómo la exclusión residencial pudo verse agravada para las mujeres por la pérdida de empleos en el sector servicios y la pérdida de autonomía económica, y como, en muchas ocasiones, pudo suponer una mayor exposición al riesgo de perder el hogar o verse obligadas a sostener a la convivencia en un hogar donde sufrían violencia.

La presente investigación parte de la definición del llamado sinhogarismo como un problema derivado, fundamentalmente, del acceso a la vivienda, que genera diversas trayectorias vitales a través de la precariedad en el alojamiento. Se enmarca por tanto en los términos de la exclusión residencial y aborda el fenómeno de las personas sin hogar de manera estructural, como resultado de dinámicas sociales más amplias y no de unos supuestos estilos de vida.

Desde esta perspectiva, en un trabajo previo (Agulles, 2022) se analizó la respuesta institucional durante la pandemia de Covid-19 respecto a las personas sin hogar para el caso de la ciudad de Alicante, comparando las tendencias que otros estudios habían señalado en diversas ciudades, y concluyendo que, en el ámbito local, se había observado una regresión desde políticas centradas en el acceso a la vivienda, el apoyo social y la autonomía de las personas, hacia el ámbito meramente asistencial, el tratamiento en recursos de alojamientos colectivos y la respuesta represiva frente al uso del espacio público. En este estudio previo, ya se señalaba que quedaba por explorar la perspectiva de las propias personas sin hogar que experimentaron diversas trayectorias en la exclusión residencial durante la pandemia. Este trabajo trata de cubrir ese ámbito.

2. OBJETIVOS

El objetivo principal de la presente investigación es conocer las diversas trayectorias de personas que sufrían un proceso de exclusión residencial durante la emergencia sanitaria debida a la Covid-19. Se pretende averiguar la percepción de estas personas en lo referido a la evolución de su situación durante la pandemia y su valoración de los distintos servicios que utilizaron durante ese tiempo. Se intenta contrastar la hipótesis de si las medidas adoptadas supusieron un empeoramiento de su situación de exclusión residencial o si, por el contrario, hallaron sus necesidades cubiertas tanto a nivel social como sanitario. Al mismo tiempo, se intenta averiguar cómo las trayectorias de mujeres sin hogar durante la pandemia pudieron mostrar diferencias significativas con los hombres respecto a las percepciones y valoraciones del proceso de exclusión residencial.

3. METODOLOGÍA

Se ha optado por un enfoque cualitativo. Interesaba sobre todo conocer en profundidad las experiencias y la trayectoria vital de personas sujetas a un proceso de exclusión residencial que hubiesen pasado por diversas situaciones de alojamiento durante la pandemia. Se partió del ámbito local de la ciudad de Alicante, que es un contexto conocido y estudiado previamente por el investigador, y que contó durante la pandemia con la suficiente heterogeneidad de situaciones de exclusión residencial y la suficiente diversidad de recursos para personas sin hogar como para poder obtener diversos relatos significativos. Algunas de esas trayectorias no comenzaron en la ciudad de Alicante, aunque sí finalizaron utilizando algún recurso municipal en el momento de realizar el trabajo de campo, por lo que también se incluyeron. Optar por circunscribir la investigación al ámbito local tiene también su justificación en que el funcionamiento de los recursos de atención a personas sin hogar se encuentra descentralizado, y depende de las administraciones municipales de aquellas localidades con más de veinte mil habitantes (los recursos de emergencia durante la pandemia siguieron ese modelo), por lo que los estudios de caso locales son tan pertinentes como necesarios.

La metodología empleada en la inves­tigación sigue las pautas generales de la investigación interpretativa. Un modelo de acercamiento alternativo a los enfo­ques positivistas que permite la observa­ción persistente y prolongada en los con­textos sociales, con la ventaja de adquirir una comprensión profunda de los fenóme­nos que se abordan (Gutiérrez, Pozo y Fernández, 2002).

Más que la representatividad estadística, interesaba la particularidad de los relatos de personas que partían de diferentes estadios en el proceso de exclusión residencial (referidas a las distintas categorías de la tipología ETHOS), [la European Typology of Homelessness, recoge 13 categorías de la exclusión residencial, desde la situación de encontrarse sin domicilio, pernoctando en el espacio público, hasta residir en una vivienda masificada. (Cfr. en https://www.feantsa.org/download/ethos_spain-2451810583 66575 75492.pdf)]. Según Taylor y Bogdan (1994, p. 108): «En el muestreo teórico el número de “casos” estudiados carece relativamente de importancia. Lo importante es el potencial de cada “caso” para ayudar al investigador en el desarrollo de comprensiones teóricas sobre el área estudiada de la vida social».

La selección de las personas entrevistadas se llevó a cabo en tres fases:

  1. 1. Obtención de los listados de personas alojadas en los diferentes recursos para personas sin hogar durante la pandemia en la ciudad de Alicante.
  2. 2. Selección inicial, junto con las profesionales del Equipo de Calle del CAI, de aquellas personas incluidas en los listados que presentaban una situación persistente de exclusión residencial y cuyo testimonio pudiera resultar relevante para el estudio.
  3. 3. Contacto por parte de las entrevistadoras/es con cada una de las personas y firma del consentimiento informado para participar en la investigación. Las dificultades para el contacto con algunas de las personas, su movilidad geográfica, los cambios de número de teléfono y filiación, y el tiempo transcurrido desde que finalizó la emergencia sanitaria, limitaron en parte la accesibilidad a todos los informantes que hubiesen sido susceptibles de participación.

No obstante, se mantuvo el criterio de selección de contar con personas con diferentes trayectorias en el proceso de exclusión residencial (que al inicio de la emergencia sanitaria se pudiesen adscribir a categorías diferentes de la Tipología ETHOS); que se pudiese contar, al menos, con una entrevista a personas que se hubiesen alojado en cada uno de los dos alojamientos de emergencia que prestaron servicio a las personas sin hogar en Alicante durante la pandemia [Los alojamientos fueron el Pabellón Florida-Babel (Pabellón) y el Centro de Acogida Temporal de Emergencia (CATE)]; y que se contase, además, con varias entrevistas a mujeres que hubiesen pasado por alojamientos colectivos o experimentado la exclusión residencial en algún momento de la emergencia sanitaria.

En el municipio de Alicante, según las estimaciones del recuento de personas sin hogar realizado por Homeless Met-Up (2018), 195 personas residían en las calles de la ciudad. Durante el confinamiento debido a la pandemia, desde marzo a junio de 2020, según los datos oficiales, los distintos dispositivos alojaron a un total de 294 personas (CAI: 55; CATE: 89 y Pabellón: 150). No obstante, debemos ser cautos con estas cifras porque muchas de esas personas pasaron por más de uno de estos alojamientos y por tanto pudieron ser contadas varias veces, ya que no existía un registro unificado. En cualquier caso, la población atendida en dispositivos para personas sin hogar durante la pandemia representó el 0.08% de la población total de Alicante (337.304 habitantes en 2021, INE).

El Cuadro 1 muestra la distribución de las diferentes personas entrevistadas según las variables consideradas para los objetivos de la investigación. Los nombres de las personas entrevistadas se han sustituido por otros ficticios.

Cuadro 1
Distribución personas entrevistadas por variables
NombreCategoría ETHOS al inicio de la pandemiaRecurso de emergencia en AlicanteAdscripción de género
GermánCat. 3 Estancia en centros de servicios o refugios (hostales diferentes modelos de estancia)NoVarón
CarlosCat. 7 Vivir en alojamientos de apoyo (sin contrato de arrendamiento)NoVarón
NicolaeCat. 8 Vivir en una vivienda sin título legalSí (Pabellón)Varón
HansCat. 1 Vivir en un espacio público (sin domicilio)Sí (CATE)Varón
GuzmánCat. 6 Vivir en instituciones: prisiones, centros de atención sanitaria, hospitales sin tener donde ir, etc.Sí (Pabellón y CATE)Varón
EmmaCat. 10 Vivir bajo la amenaza de violencia por parte de la familia o de la parejaSí (Pabellón)Mujer
NormaCat. 3 Estancia en centros de servicios o refugios (hostales para sin techo que permiten diferentes modelos de estancia)NoMujer
TelmaCat. 1 Vivir en un espacio público (sin domicilio)NoMujer
Fuente: Elaboración propia.

4. ANÁLISIS

A partir del análisis de las entrevistas en profundidad, se han encontrado regularidades del discurso en torno a las diferentes trayectorias en la exclusión residencial durante la emergencia sanitaria debida a la COVID-19. La interpretación de las entrevistas se ha orientado a la búsqueda de las valoraciones surgidas en el curso de la conversación, el relato de experiencias de mejora o empeoramiento de la situación residencial y de apoyo social, y las diferentes expresiones de género respecto a la experiencia de la exclusión residencial.

4.1. Cierre de los recursos habituales para personas sin hogar

En muchas ciudades, una de las medidas adoptadas para evitar el contagio fue el cierre de muchos servicios públicos o las restricciones de acceso a los mismos, pasando a realizar atenciones por otros medios como las llamadas telefónicas o aplicaciones de comunicación a través de internet. En el caso de los recursos para personas sin hogar, muchos de los alojamientos y centros de día habituales asumieron estas restricciones restringiendo las nuevas admisiones o, como en el caso del Centro de Acogida e Inserción (CAI) en Alicante, suspendiendo cualquier nueva incorporación y limitando la prestación de los servicios externos (duchas y consigna) para quienes no estaban alojados.

Nicolae, tras la salida de la vivienda que ocupaba con su expareja poco después de decretarse el confinamiento domiciliario, comentaba que su sensación al verse sin alojamiento fue la de estar incumpliendo con la normativa del estado de alarma, pero, al mismo tiempo, albergaba muchas reservas hacia la utilización de los recursos de emergencia habilitados en esos días en la ciudad. Por eso se dirigió al CAI, en el cual ya había estado alojado anteriormente, para solicitar acogida:

Como había empezado el confinamiento estaba cerrado todo. No sé si me lo dijo algún trabajador aquí en la puerta del Centro de Acogida e Inserción, que en ese momento estaba cerrado, o alguien que estaba por ahí como yo pidiendo alojamiento. Después, alguna persona por la calle, me dijo que estaba el Pabellón, pero me decían que ahí estaba la gente tirada y que estaban como cerdos ahí. Pero yo soy una persona honesta y si no se podía estar en la calle tenía que ir a algún sitio, no me podía quedar por ahí.

La situación de encontrarse cerrados los recursos habituales destinados a las personas sin hogar y de contar con una información limitada sobre otros recursos se repite en los distintos relatos, especialmente en aquellas personas que partían de una situación de exclusión residencial más severa y que, por ello, los utilizaban frecuentemente. Así lo relataba Hans:

Estaba muy complicado. Porque cerraron el comedor social [se refiere al comedor social de San Gabriel], solo la Cruz Roja iba ahí, a la calle Teulada, y traía un sándwich, una fruta y una botella pequeña de agua para todo el día. Y, encima, por la pandemia, ya no podía pedir en el supermercado, porque, claro, estaba prohibido […] Luego, poco a poco, empezaron las asociaciones a traer comida a donde estábamos acampados. Traían comida por la noche y entonces la situación mejoró. Al principio estaba para ellos también prohibido salir, y no venían. A partir de las 21 o las 22 no se podía salir a la calle, y ellos tampoco podían salir para traer la comida.

La suspensión de los servicios asistenciales más básicos fue una situación que se dio en distintas ciudades y que personas entrevistadas, que vivieron el inicio de la pandemia en otras comunidades autónomas, también relatan. Como Telma, que pasó el primer confinamiento de 2020 bajo el Puente de Vallecas:

Sí [utilizaba] los comedores sociales. Pero también los cerraron. Sí que te daban comida en algunos sitios, pero para hacerla en casa. Pero, ¿dónde la cocinaba yo? Así que, para luego tirarla, no iba a recogerla. […] El SAMUR social no apareció. En ningún momento. Para nada. Ni policía. Nada. Ya te digo, llamabas y no acudían. Nada, por allí no pasaba nadie.

Estas expresiones de sensación de abandono y de exclusión del acceso a servicios fundamentales para las personas sin hogar, nos está hablando de una de las consecuencias de la toma de decisiones que, llevadas por la urgencia del momento e insistiendo en el lema: «Quédate en casa», reforzaron la exclusión residencial generando una sensación que podríamos llamar de clausura social entre algunas personas sin hogar.

En muchos casos, las restricciones sobre el espacio público empeoraron las posibilidades de realizar actividades tan básicas como la higiene personal que, por otro lado, se recomendaba constantemente a la población general. El cierre de las fuentes públicas, que se llevó a cabo en muchas ciudades durante el confinamiento, tuvo también un impacto directo en las personas sin hogar, como relata Telma:

Luego, para ducharme, por la noche, cuando no me veía nadie, me iba a una fuente que había al otro lado de la carretera y me lavaba como podía. Me lavaba la ropa, me ponía otra y, al día siguiente, ya tenía seca la primera (si no me la robaban, que un día hasta me quitaron unos zapatos). Pero nos cortaron el agua de las fuentes. Claro, llegó un momento en que se enteraron. Yo lo hacía por la noche, pero había quienes también lo hacían por el día. Así que, al final, cortaron el agua de las fuentes. No teníamos ni agua para beber.

Hans también relataba una situación similar en la ciudad de X:

[…] porque, claro, en el Centro de Acogida las duchas y la lavandería estaban cerradas. Claro, estábamos en pandemia y nadie podía entrar en el Centro ni para ducharse ni para lavar ropa ni nada. Entonces, ¿qué haces? No puedes estar todo el tiempo sin ducharte, sin cambiarte.

Esta situación de cierre de los servicios básicos para personas sin hogar, que finalmente asumían otros recursos de emergencia (que habitualmente contaban con menos prestaciones y se orientaban de modo exclusivo a una labor meramente asistencial), es señalada por varias de las personas entrevistadas como una de las condiciones que en primer lugar, y de manera más ostensible, provocaron una sensación de empeoramiento de su situación a partir de las que se consideraban medidas de protección para el resto de la población.

4.2. Aislamiento e inseguridad

La ausencia de apoyos en un primer momento se asocia, en algunos de los testimonios, con una sensación reforzada de aislamiento e inseguridad, que se añadió a la situación de exclusión residencial:

[…] tenía una sensación de impotencia y miedo… Llegó un momento en el que pasé miedo. Pero, ¿dónde me iba? ¿Qué hacía? Era el único sitio que si llovía no me mojaba. Es que, en esos momentos, me acobardé […] Como todo estaba cerrado… Yo tenía la sensación como que me miraban como un bicho raro. Por estar en la calle. Como si fuese un peligro para la sociedad, ¿me entiendes? (Telma).

Se veía muy raro Sol sin nadie en la calle. Además, coincidió con un tiempo muy gris, con un camión de militares en el centro, y nada de gente. La policía te paraba y te decía, te preguntaba “¿dónde vives?” y “¿de dónde vienes?” (Norma).

Perdí a mi madre por eso, por la pandemia y… estuve desolado, al estar solo, me afectó más. Sales a la calle [a pasear a sus perros], pero estás solo. La gente ignora al débil, ven a una persona en la calle tirada y en vez de socorrerla o preguntarle, pasan por encima (Carlos).

Así que me voy ahí con mi música y, de repente escucho: “Oye, oye, tú”, y me quito los cascos y veo que viene hacia mí un agente de la Guardia Civil corriendo y me dice: “¡Qué haces aquí!”, y le digo “Pasear al perro”, y me dice: “¡¿Es que no sabes que solo se puede pasear hasta 250 metros delante de tu casa?!” Y le digo yo: “Mira, estás en medio de mi salón”. Y me dice: “¿Cómo?” Y yo: “Que estás en medio de mi salón. Porque yo vivo en la calle, ahora dime tú donde empieza mi casa y donde terminan los 250 metros”. Entonces, me dijo: “Enséñame tu documentación”. Se la di y le hizo una foto, y me dijo que me iba a poner una multa. Yo le dije: “Vale, esperaré que me llegue la multa a casa” (Hans).

Algunas de estas sensaciones, a menudo, se relacionan con la vigilancia sobre el espacio público, en el que quienes no tenían ningún tipo de alojamiento tenían la sensación de convertirse en una especie de amenaza para la seguridad del resto. La ausencia de actividad en el espacio público y la soledad también aparecen aquí como una fuente de incertidumbre e inseguridad.

Otras de las personas entrevistadas, que se encontraban en una situación de exclusión residencial donde podían disfrutar de cierta privacidad y seguridad en el alojamiento (categorías 3 y 7 ETHOS), relataron su vivencia durante el confinamiento de manera diferente. Germán, que se encontraba alojado en unas viviendas compartidas semi-tuteladas, dentro del edificio del Centro de Acogida e Inserción, comentaba:

No, yo me encontraba muy seguro. Además, no estaba solo en la casa, éramos cinco y con cinco personas al final se pasa muy rápido el día. Ves la televisión un rato, cocinas, hablas con uno y con otro, internet, juegos… pasa el tiempo rápido. También hablaba por teléfono con mi familia, todos estaban un poco preocupados, no sabían bien cómo estaba, porque en la televisión salían cosas (la televisión desinforma más que informa), tantas muertes, muchos muertos, pero aquí estábamos bien, ninguno se puso enfermo. Además, se veía la seguridad porque en el Centro no hubo ningún enfermo durante toda la pandemia. Claro, así estaba seguro y bien.

Carlos, que estaba alojado en una vivienda de un proyecto Housing First (Modelo de atención a personas sin hogar centrado en el alojamiento en una vivienda, en primer lugar, y en el apoyo social a partir de la consecución de esa estabilidad residencial), relataba lo siguiente:

Estás en tu casa y estás muy tranquilo. Si tú eres consciente y tomas tus medidas no tienes por qué tener ningún miedo. Yo estaba en mi casa con mis perros, salía con ellos a pasearlos, como estaba de baja (aunque no cobraba por tener un contrato de menos de 4 horas) tampoco tenía que salir mucho. Además, el trabajador social venía todas las semanas a verme. Era muy fácil: si tenía cualquier problema, lo llamaba y si no en ese momento más tarde se acercaba a verme sin problema. Así fue durante todo el confinamiento. Es más, en algún momento tuve problemas para la manutención y me gestionó una ayuda de inmediato.

Norma, que estaba alojada en un hostal a cargo de los servicios sociales de la Comunidad de Madrid, relata su experiencia del confinamiento decretado en marzo de 2020 del siguiente modo:

Mucha gente estaba desesperada, pero yo muchas veces estaba leyendo y meditando, y no cogía ni el teléfono. Bajaba a comprar unos días a un sitio, otros a otro, para darme una vueltecita y tal […] Era como una pensión, entre pensión y hotel, que funcionaba con turistas también, pero tenía que tener un cierto número de habitaciones para gente de Servicios Sociales […] Y la verdad es que estuve muy bien. Y el encargado llevaba muy bien el sitio aquel. Nunca escuché una pelea, nunca escuché nada de eso.

4.3. Condiciones de los recursos de emergencia

Hemos visto cómo las trayectorias y valoraciones de la situación bajo la pandemia se diferencian claramente entre aquellas personas que se mantuvieron en el espacio público y aquellas que partían de su alojamiento en un recurso residencial que les permitía actuar conforme a la indicación «quédate en casa». Otra situación fue la de aquellas personas que fueron alojadas en recursos de emergencia, organizados en las semanas posteriores a decretarse el estado de alarma.

Las mismas instalaciones de emergencia, que sustituyeron a los recursos habituales para personas sin hogar y que trataban de dar acogida a quienes permanecían en el espacio público, generaban también cierta inseguridad e incertidumbre. Sobre su estancia en el Pabellón, Emma comentaba:

A ver, tenía vergüenza y miedo, porque había muchos hombres y yo era muy joven. Era una chiquilla de veintiún o veintidós años; entonces tenía miedo de conocer a la gente y tenía ese «yu-yu», porque después de haber sufrido lo que sufrí con el papá de mi hija… [se refiere a los malos tratos].

Nicolae, que también estuvo en el Pabellón después de salir de la vivienda en régimen irregular en la que convivía con su pareja, comenta de su sensación al llegar:

Seguro no estaba. No podías encontrarte seguro. Por la noche, alguno sale y trae drogas ahí, y después hay uno drogado… ¿qué confianza tienes? […] Es que éramos 60 personas allí, y no sabías si uno venía drogado o montaba escándalo. Los que tenían más confianza con la gente de [la organización que gestionaba ese recurso] tenían un trato de favor y eran como los jefes. Eso te creaba inseguridad. Además, si venía uno de fuera lo metían ahí con nosotros, sin mascarilla, ni le hacían prueba ni nada.

Guzmán, que venía de otra localidad, de estar interno en un recurso privado para la rehabilitación de adicciones, buscó en el Pabellón un lugar donde obtener alojamiento y manutención:

Fue duro, si fue duro. Lo que pasa es que, en verdad, allí había gente que hemos pasado realmente situaciones un poco… [se refiere a situaciones conflictivas] los servicios, los que somos de aquí de la zona de Alicante, nos los conocemos, conocemos un poco a la gente, y para mí fue más llevadero. Bueno, estar en un mismo sitio 24 horas es complicado, pero bueno, era un lugar grande, podías caminar un poco por fuera, y bueno, dentro de lo malo, más o menos bien. Tampoco tuve una sensación de agobio muy grande, la verdad.

Aquí vemos distintas valoraciones que generalmente dependen de la trayectoria previa. Viniendo de una vivienda (en el caso de Nicolae) o viniendo de un centro de rehabilitación donde tenía muy restringidas sus actividades (caso de Guzmán), las carencias del Pabellón se matizan de distintos modos.

Se ha encontrado en el análisis de las entrevistas cierto acuerdo, al relatar la experiencia comparada entre el Pabellón y el CATE, en las limitaciones del primero y las mejores prestaciones del segundo. Aunque no todas las personas pasaron por los dos alojamientos de emergencia, conocían por referencias de otras personas las condiciones de uno y otro. En el relato de las trayectorias individuales, estas valoraciones y comparaciones surgieron de forma natural:

Estar sesenta personas sin mascarillas, todas ahí dentro [en el Pabellón], y después de estar un mes y medio o dos aislados traes a personas de fuera y las metes ahí sin hacer ninguna prueba ni nada y sin mascarilla… Pero no podías hacer nada, ni decir nada, porque si te quejabas te ibas fuera. […] A veces llegaba la comida y la daban cuando querían ellos y estaba fría. Se podrían mejorar muchas cosas. Todo. No había ningún profesional para atender a las personas. Cuando una persona viene de la calle necesita ayuda. No había un educador o un psicólogo. No tenías nadie con quien hablar (Nicolae).

Allí cada uno tenía su habitación privada, con su aire acondicionado, su propio cuarto de baño, podías entrar y salir, y entrar en tu habitación cuando quisieras, salvo los momentos en los que estaban limpiando, que limpiaban tres veces al día, claro, por el tema del Covid […] empezaron a hacer talleres, y estaba muy bien porque teníamos un patio para jugar al fútbol, también jugábamos al ping-pong… hacían muchas cosas para que pasásemos el día bien. Además, no teníamos comida de catering, como en el Pabellón, allí venían cada día dos señoras que cocinaban siempre, y la comida, de verdad, era de lujo […]. El personal con mucha experiencia, muy amable, y muy bien (Hans).

Porque sí, claro, todo se puede mejorar. Por ejemplo, podrían no habernos enviado al Pabellón, podrían habernos enviado a otro sitio mejor. Como por ejemplo el CATE, que era un lugar maravilloso. Me refiero, con unas instalaciones que eran acordes con lo que se necesitaba. Pero como te he comentado antes, el Pabellón era para una situación de emergencia y demasiado bien para cómo se tuvo que organizar, así rápidamente, que eso también hay que valorarlo (Guzmán).

Sí, al principio pusieron el Pabellón de Babel, pero después pusieron el de la Florida [se refiere al CATE] […] Y era totalmente diferente, está más acondicionado, cada uno tiene su habitación, tienes intimidad, tienes ropa, los baños están más acondicionados. Yo ahí salía a comprarme tabaco o un teléfono, cosas que me hacían falta, no caprichos. Salía con un monitor de los que estaban de turno. Organizaban un grupo de 5 personas y se salía una hora y luego otro, y así (Emma).

De modo que, en el relato de la trayectoria de estas personas queda claro que el Pabellón significaba un recurso de emergencia con muchas carencias, mientras que el CATE era visto como una situación más deseable, por la intimidad, el apoyo social y las prestaciones en el alojamiento, la comida y la seguridad a nivel sanitario.

Varias de las personas entrevistadas, que utilizaron alguno de estos dos recursos de emergencia habilitados en Alicante, señalaron cómo, con el decaimiento del primer estado de alarma en junio de 2020, se encontraron en una situación de incertidumbre respecto a su futuro alojamiento, volviendo, en algunos casos, a pernoctar en el espacio público. Nicolae, que estuvo alojado en el Pabellón durante tres meses, comentaba:

Había una lista, y nos dijeron: “Mirad, esto se va a cerrar y hay gente que se va al CAI y otra que se va al CATE” […] al final me enteré de que me mandaban al CAI. […] Hay varias personas que volvieron a recoger chatarra y a las tiendas de campaña que tenían antes. Al CAI fuimos, al principio, unas doce personas creo, no lo sé bien. Al CATE también fue gente. A la calle quien se ha ido se ha ido porque no quiso que lo derivasen al CAI o al CATE, otra gente no sé, pero del Pabellón hubo gente que no se fue a ningún centro porque se fue a trabajar o volvió a trabajar en la chatarra o lo que fuese.

Hans, alojado en el CATE durante varios meses, relataba así el final del alojamiento de emergencia:

Nos lo dijeron sobre la primera semana de julio, nos dijeron: “Cerca de finales de julio esto ya va a cerrar, el Ayuntamiento no paga más…”, o no sé qué. Entonces me encontré otra vez en la calle. Hasta finales de septiembre o así estuve acampado por ahí detrás […] y entonces se pasó el Equipo de Calle y me preguntaron si tenía interés de entrar en el CAI.

Carlos, que se encontraba en un piso del programa Housing First cuando se inició el confinamiento, comenta así su sensación a partir del cierre de este proyecto que, sin ser un recurso de emergencia, dejó de prestar servicio nada más finalizar el estado de alarma de 2020:

Yo lo tenía muy claro, era muy consciente, con dos perros iba a ser muy difícil encontrar una habitación, misión imposible. Entonces, yo ya me había hecho a la idea: «Me compro una tienda de campaña, cojo a mis animales y me voy al monte», por ahí por el Campello o así. No me gusta quedarme en la ciudad en la calle, prefiero irme donde la gente no me vea. Yo no podía comprometerme a pagar un piso para mí y para mis animales. Entonces, dije: “Bueno, si tuviese que compartir, lo haría con el otro compañero” [se refiere a otro participante del programa HF]. Así que coincidimos los dos […] y acordamos irnos a vivir juntos para compartir piso.

En otros casos, como el de Emma, que se alojó en distintos momentos en los dos albergues de emergencia habilitados (el Pabellón y el CATE), fueron las condiciones de restricción de movimientos aquello que la llevó a abandonarlos antes de que cesasen de prestar servicio:

Estaría dos o tres meses [en el CATE], porque luego ya me cansé y dije: “Si tengo la tienda… bueno ya he descansado, he estado bien… pero necesito la tienda”. Ya estaba cansada. Estaba agobiada. Sinceramente, a mí me gusta ir de un sitio para otro y estar allí metida 24/7, no me iba, me agobiaba.

En general, en la trayectoria de la exclusión residencial, la utilización de estos recursos de emergencia, puestos en marcha tras el decreto de estado de alarma de marzo de 2020, se valora por las personas entrevistadas de muy distinta forma. El dispositivo colectivo en el Pabellón deportivo se presenta a menudo en los relatos como un lugar inseguro y con muchas carencias en cuanto a las prestaciones, incluso presentando inseguridad a nivel sanitario por la concentración de personas en un mismo lugar y las restricciones para salir al aire libre. En el caso del CATE, por el contrario, es valorado en todos los relatos de forma muy favorable, tanto en los aspectos asistenciales como en los de apoyo social. Sin embargo, el cese de actividad de los dos recursos de emergencia se vivió por las personas entrevistadas como un momento en el que la trayectoria vital volvía a la incertidumbre e incluso a la falta de alojamiento y, en algunos casos, a la vuelta al espacio público como lugar habitual de residencia.

4.4. Carencia de apoyo social y acceso a rentas básicas y servicios de salud

Mucha de la inseguridad generada al estar en un proceso de exclusión residencial en el momento en que se declaró la pandemia se vio agravada, según algunas de las personas entrevistadas, por la falta de apoyo social para tramitar rentas básicas que permitiesen encontrar un alojamiento alternativo al recurso de emergencia o el espacio público:

Allí nadie tramitó papeles de nada [se refiere al Pabellón]. Ni había información de ese tipo. Había gente sin la documentación. Yo no tenía la documentación y no me ayudaron en nada. Después ya en el Centro de Acogida sí pude arreglar los papeles, pero allí no, nadie hacía papeles de nada (Nicolae).

[…] en mayo, cuando salió lo del Ingreso Mínimo Vital, tuve una cita con la Trabajadora Social [del CATE], pero al final… ella no parecía tener mucha experiencia para tramitar eso, y me dijo que lo haría la trabajadora social de otro Centro al que me derivarían […] Así que, al final ya, no hicimos el trámite. Además, me pilló muy cerca de finales de julio, que ya iban a cerrar el CATE, y al final no pedí el Ingreso Mínimo Vital (Hans).

[…] cuando me quedé sin móvil, ya no tenía cómo enterarme de nada. De la Vital [se refiere al Ingreso Mínimo Vital] no me enteré. Nada, nada. Si es que no pasaba nadie para dar información. Ni trabajadores sociales, ni SAMUR social, nadie (Telma).

Muchas de las personas entrevistadas relatan estas carencias como un empeoramiento de su situación, al no disponer de alternativas para acceder a cierta garantía de subsistencia a través del IMV. Observamos estas expresiones fundamentalmente en aquellas personas que se encontraban entre las categorías 1 y 3 de la tipología ETHOS, donde el uso del espacio público o de recursos asistenciales se vio muy condicionado por las restricciones derivadas del estado de alarma, mientras que los servicios colectivos de emergencia no ofrecieron un apoyo social amplio y continuado para gestionar la solicitud de las prestaciones que se pusieron en marcha.

No solo en el ámbito de la atención social, sino también en el acceso a los servicios de salud aparecen valoraciones negativas en cuanto a su accesibilidad en aquel momento. Carlos comenta sobre la atención sanitaria:

Yo llevo dos años sin revisión cardiológica y ahora, cuando vaya, si me dicen que he empeorado en este tiempo eso tiene poca solución. En los recursos para las personas sin hogar… ese tema es más candente. Porque claro, yo desconozco todos los recursos. Yo sé que algunos recursos se cerraron justo con la pandemia, el CAI por ejemplo, en vez de cerrarlo se tendría que haber abierto para atender la emergencia.

Guzmán describía así su impresión sobre el acceso a los recursos durante y después de la pandemia:

Desde la pandemia había muchas dificultades. También es verdad que era una situación muy extrema. Sí que es verdad que cuando antes tú llamabas al Centro de Salud, aunque tardaban te lo cogían. Pero ahora mismo es imposible que te lo cojan. Durante la pandemia tardaban porque estaría saturado, pero ahora es como si no existiera […] con los asistentes sociales, ahora mismo pides cita y te dan cita para 4 meses […] La gente cuando necesita las cosas es en el momento. Eso sí que veo que ha ido un poco a peor a raíz de la pandemia.

Norma, que pasó del alojamiento en un recurso asistencial durante la pandemia a las habitaciones de alquiler sin contrato de arrendamiento, valoraba así su trayectoria:

Así que tuvo que venir la policía [por un intento de agresión de un compañero de piso], y me dijeron que me fuese de allí. Pero cada sitio que veía me parecía peor. Y al final me fui a otra habitación […] Tampoco podía hacer mucho, porque todos los sitios que miré para mudarme, con lo que yo podía pagar, eran muy malos. Me conseguí un sitio, pero tuve abusos… bueno, violación directamente. Entonces, al final, estuve ahí y me pasaba el día entero en la cama… con los pelos así […] Y me llevaron a la fuerza al hospital, y por eso estuve un mes entero ingresada.

Telma narraba así las consecuencias de haber pasado gran parte del confinamiento en el espacio público, bajo el Puente de Vallecas:

Me ingresaron en el hospital, porque me dio algo, por no haber estado comiendo todos los días, el cansancio, se ve que me vino todo. El caso es que yo iba andando y empecé a notar que me encontraba mareada, cuando de repente, ¡pum!, y me desperté en el hospital. No sé qué me pasó […] El caso es que estuve un mes ingresada, y me recuperé. Me daban los botes esos que sirven como una comida, que llevan alimentación… pues me daban tres al día. Para aumentar de peso.

Emma valoraba así su situación residencial antes y después de la pandemia:

[…] era de una manera diferente, no estaba en la calle, estaba con mi padre o con mi madre. Pero como ahora las cosas han cambiado, mi madre está en un Centro, mi padre está en una casa con otra mujer, trabajando, y yo, pues, con mi pareja, en una tienda de campaña. Distanciados totalmente de todo.

Hans describía su situación, cuando tuvo que abandonar el último recurso de emergencia en el que residió durante la pandemia en Alicante, del siguiente modo:

Pues estaba triste, claro. Pensaba: otra vez en la calle. Es que, si no tienes experiencia de vivir en la calle, estás perdido […] Conozco a gente que está otra vez en la calle y todavía sigue allí, y los veo y, pufff, yo los veo…. Y como ahora mismo los echan de todos lados, hoy viene un artículo muy grande en el periódico que lo cuenta, de aquí mismo del campamento los echan, del campo de fútbol, de todos sitios los echan… ¿Y dónde van a ir? Yo veo esta situación y no quiero estar así otra vez.

Vemos en los relatos como, en la trayectoria de empeoramiento de la exclusión residencial durante la pandemia, la falta de alternativas económicas y las restricciones de acceso a los servicios sociales y a los servicios de salud, derivó, en algunos casos, en un ingreso hospitalario o en la vuelta a la situación de calle previa sin mayores perspectivas.

4.5. Cuestiones de género

Del análisis de las entrevistas a las tres mujeres que pasaron por distintos momentos de exclusión residencial durante la pandemia, se han encontrado elementos comunes en los relatos. Fundamentalmente, el temor a sufrir una agresión sexual (totalmente ausente en el relato de los hombres, que rara vez aluden al temor a una agresión física de cualquier tipo); el abuso a partir de la situación de dependencia generada por la falta de alojamiento; o las condiciones de los recursos de emergencia que exponían a una falta de intimidad donde las diferencias de género se expresaban claramente.

Norma, por ejemplo, diferenciaba así la situación entre mujeres y hombres:

El proceso es distinto… pues sí. Por ejemplo, sí, en el tema de siempre [está aludiendo a la agresión sexual]. Cuando llegué aquí y tuve que pasar cuatro días en la calle hasta tener plaza, se lo dije al trabajador social: “Tú sabes que las mujeres estamos expuestas a…” Pues efectivamente, también en la búsqueda de alojamiento, meterme en cualquier sitio y al final salir violada. Pues sí. El tema es un poco diferente […] Abusan porque saben que eres vulnerable, y que si no duermes ahí pues duermes en la calle. Y en la calle tampoco es más seguro […] A parte, tú fíjate, dormir una mujer en la calle. Yo creo que es muy diferente en ese sentido.

Los recursos de emergencia, según algunas de las mujeres entrevistadas, no contaban con la perspectiva de género y la vivencia bajo determinadas condiciones. Emma, que estuvo alojada en el Pabellón durante el confinamiento, contaba:

Había una tela, tipo red de vóleibol. Ellos estaban separados, en la parte que también se utilizaba luego para el comedor, y detrás estábamos las mujeres. Pero había muchos más hombres que mujeres […] Teníamos una distancia de un metro o así. Intimidad no había absolutamente ninguna, ni en las duchas tampoco. Entonces, tienes ese miedo de que te vean, solo en el baño podías meterte y cerrar la puerta y así no te molestaba nadie.

Telma, que durante la entrevista relató en varias ocasiones episodios de intentos de abuso mientras estuvo en la calle, comentaba:

En esa situación, llegó un momento en que dejé de sentirme hasta persona. No sé, a mí me daba igual todo. Es que llegó un momento en que intentaron violarme allí en el Puente. Y menos mal que me pude refugiar en el metro. Estaba muy mal […] Ha sido siempre el miedo. Porque una mujer no es lo mismo que un hombre en la calle. He dormido siempre con un ojo abierto, y a veces con los dos.

En las trayectorias que relataron las tres mujeres entrevistadas se encuentran a menudo expresiones de miedo e inseguridad e incluso relatos de abusos a los que se vieron sometidas como consecuencia de su proceso de exclusión residencial. La situación durante la pandemia, según su perspectiva, empeoró a medida que tuvieron que pasar de un alojamiento a otro o ingresar en un recurso colectivo de emergencia.

5. CONCLUSIONES

El análisis de las entrevistas en profundidad realizadas nos permite establecer una serie de conclusiones respecto a las diferentes trayectorias de la exclusión residencial durante la pandemia.

La primera de ellas apuntaría en la dirección de la situación previa dentro de la categoría ETHOS. Se puede apreciar que aquellas personas que partían de una peor situación (Categoría 1 ETHOS), experimentaron un empeoramiento de sus condiciones de vida. En las entrevistas hemos podido observar cómo esta situación se hacía depender de varios factores: el cierre de recursos habituales para personas sin hogar; la sensación de aislamiento, soledad y miedo por las restricciones de circulación en el espacio público; la falta de acceso a prestaciones económicas y orientación social; y el mismo funcionamiento de los dispositivos de emergencia para personas sin hogar durante la pandemia, así como el cese de sus servicios al decaer el primer estado de alarma en junio de 2020.

Las personas que estaban alojadas en formatos más cercanos a las viviendas tuteladas, las pensiones y hostales de carácter público o proyectos Housign First (Categorías 3 y 7 ETHOS), relatan una trayectoria diferente, donde la incertidumbre frente a la situación generada por la emergencia sanitaria se atenuó mucho y el relato de la experiencia vivida solo empeora cuando algunos de esos recursos cambian sus condiciones o desaparecen.

Se ha evidenciado cómo las trayectorias de las mujeres que experimentaron la exclusión residencial durante la pandemia estaba muy marcada por experiencias de abuso y agresión sexual, y el temor constante a que una situación así se reprodujera al tener que asumir alojamientos precarios y sin ninguna garantía ni seguridad. Incluso en los dispositivos de emergencia públicos, este temor no desaparecía del todo debido a las condiciones de alojamiento que relataban varias de las personas entrevistadas.

Como se apuntaba en la introducción, las investigaciones previas sobre la emergencia sanitaria debida a la COVID-19 y las personas sin hogar han señalado las carencias que la respuesta institucional ha mostrado en la mayor parte de los países. En las entrevistas en profundidad realizadas, se ha podido comprobar cómo han aparecido muchas de estas carencias al relatar la propia trayectoria vital por algunos de estos recursos, y cómo, desde la percepción subjetiva, quienes partían de una situación de exclusión residencial más severa han experimentado unas peores consecuencias, sintiendo a menudo que su mera existencia, como relataba Telma, parecía representar un peligro para el resto de la sociedad.

6. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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