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La expresión de la individualidad en el Discurso de mi tragedia y vida de Miguel de Castro
THE EXPRESSION OF INDIVIDUALITY IN MIGUEL DE CASTRO'S DISCURSO DE MI TRAGEDIA Y VIDA
La expresión de la individualidad en el Discurso de mi tragedia y vida de Miguel de Castro
Arte Nuevo, vol. 9, pp. 47-74, 2022
Université de Neuchâtel

Recepción: 23 Noviembre 2021
Aprobación: 20 Enero 2022
Resumen: En este artículo se analiza el Discurso de mi tragedia y vida de Miguel de Castro desde el “yo” y la evolución de su personalidad a lo largo de la autobiografía. A diferencia de los postulados de los teóricos como Lejeune o Gusdorf, quienes consideraban las autobiografías anteriores a las Confe- siones de Rousseau como carentes de una manifestación clara de la personalidad o del desarrollo del “yo”, en este artículo se trata de mostrar cómo el protagonista del Discurso sí que es consciente de sí mismo y de su propia individualidad dentro del sistema social-cortesano en el que se inserta.
Palabras clave: Miguel de Castro, autobiografías militares, autobiografías, Lejeune, sistema cortesano.
Abstract: In this article I intend to analize the expresión of individuality of Miguel de Castro’s Discurso de mi tragedia y vida, and the evolution of his personality throughout his autobiography. In contrast to the postulates of theorists such as Lejeune or Gusdorf, who considered the autobiographies prior to Rousseau’s Confessions as lacking of a clear manifestation of the personality or the development of the “I”, this article tries to show how the protagonists of the Discurso is indeed aware of himself and his own individuality, within the social-courtesan system in which he lives.
Keywords: Miguel de Castro, Military Autobiographies, Autobiographies, Lejeune, Courtly System.
INTRODUCCIÓN
Hasta hace poco, casi toda la crítica literaria dedicada al estudio de la autobiografía ha considerado a Rousseau como iniciador del “género”. A partir de que Lejeune publicase su fundacional trabajo sobre el llamado “pacto autobiográfico”, las obras europeas anteriores a 1770 fueron separadas del conjunto de obras vinculadas a esta variedad genérica. En palabras del crítico francés:
La situation du «déffinisseur» est ainsi doublement relativisée et precisée: historique- ment, cette définition ne prétend pas couvrir plus qu’une période de deux siècles (depuis 1770) et ne concerne que la littèrature européenne: cela ne veut pas dire qu’il faille nier l’existence d’une littérature personnelle avant 1770 ou en dehors de l’Eu- rope, mais simplement que la manière que nous avons aujourd’hui de penser à l’autobiographie devient anachronique ou peu pertinente en dehors de ce champ. (1975: 14)
También Gusdorf, otro de los investigadores más leídos de cara al estudio de la teoría que entraña un “género” como el autobiográfico, opina que la publicación de las Confesiones de Rousseau son el punto de partida, ya que «il faut donc admet- tre que le chef d’oeuvre de Rousseau marque le seuil d’émergence de l’autobiographie “proprement dite”» (1975: 961)1. A esto se le suma, además, la definición que propone Lejeune para la autobiografía, que no es otra que la de un «récit rétrospectif en prose qu’une personne réelle fait de sa propre existence, lorsqu’elle met l’accent sur sa vie individuelle, en particulier sur l’histoire de sa per- sonnalité» (1975: 14). Esta historia de la personalidad es una de las razones por las que una buena parte de los investigadores ha excluido autobiografías como la que propongo estudiar en este trabajo, el Discurso de mi tragedia y vida de Miguel de Castro, casi dos siglos anterior a la obra de Rousseau y a la fecha que, en principio, establece el comienzo de un nuevo género literario. Para Lejeune, de hecho, una de las características básicas que define este tipo de obras es el motivo sobre el que deben girar las autobiografías, que debe ser el de la vida del individuo y el de la génesis de su personalidad: «le sujet doit être principalement la vie individuelle, la genèse de la personalitè: mais la chronique et l’histoire sociale ou politique peuvent y avoir aussi une certaine place» (1975: 15).
Evidentemente, en los últimos cuarenta años se han publicado múltiples es- tudios que matizan o se niegan a aceptar esta definición sobre la autobiografía en sentido genérico, así como las características que la definen, en especial en el marco de lo que podemos denominar como la manifestación de la individualidad o del “yo” autobiográfico. No podemos olvidar las contribuciones de Derrida (1984), De Man (1991), Loureiro (2001) o Pozuelo Yvancos (2006), que cuestionan los límites ficción/realidad intrínsecos a una obra de este calibre, además de proponer nuevas teorías sobre el concepto de construcción del “yo” y las implicaciones que dicha construcción posee en la interpretación de la autobiografía2. Sin embargo, los fun- damentos básicos de Lejeune y Gusdorf, entre otros, siguen siendo, a día de hoy, la base o, al menos, el punto de partida para empezar a estudiar este género con inde- pendencia del enfoque adaptado.
En relación con el Discurso de Miguel de Castro, nos interesa incidir brevemente en la bibliografía sobre las autobiografías militares de los siglos XVI y XVII en España, que, todavía, no han recibido la atención que realmente merecen de acuerdo con el marco teórico previo. Tanto para una posible redefinición como para comprender el alcance de la autobiografía en España durante dichos siglos, una revisión de este tipo de modelos autobiográficos particulares sería necesaria.
A este respecto, la monografía de Levisi, Autobiografías del Siglo de Oro y, anteriormente, la de Pope (1974), se han posicionado, quizá, como los estudios pa- norámicos más representativos sobre la obra que nos va a interesar en este análisis3. En relación con la manifestación de la individualidad y la historia de la personali- dad, para Levisi
no podemos esperar en los escritos de Pasamonte, Contreras o Castro la meditativa actitud ante la propia personalidad que caracteriza a un Rousseau, el cual desde otro momento histórico y cultural se propone explícitamente revelar ante el lector la totalidad de su ser. (1984, p. 19)
Esta investigadora, siguiendo las teorías clásicas de Lejeune, considera que
Contrariamente a lo estipulado en la definición de Lejeune, ninguna de estas auto- biografías presenta una explícita revelación de los procesos interiores de su autor, y no concede particular atención a lo que podría considerarse la historia de la propia personalidad. (1984: 19)
En este sentido, en los escritos de Pozuelo Yvancos, este autor considera que «las autobiografías de soldados en la España del XVI-XVII son textos que ostento- samente evitan toda intimidad o privacidad interior» (2006: 45)4. A pesar de que no es posible hablar de una manifestación clara de la intimidad o una esfera de lo pri- vado en los siglos XVI y XVII, sí que es posible matizar la exclusión de la individualidad, que ha quedado apartada del yo autobiográfico en estas obras. No pretendemos aquí dar a entender la existencia de esta expresión de la intimidad, sino cuestionar hasta qué punto sí que existe cierto conocimiento de la propia per- sonalidad y de la identidad del narrador en estos textos. A diferencia de las teorías de Lejeune y de Levisi que mencionábamos hace un momento, es evidente que la manifestación de la totalidad del ser y del propio yo se desarrolla de una manera diferente en las autobiografías de los siglos anteriores a las Confesiones de Rousseau, lo que no significa que la manifestación de la individualidad o de la propia perso- nalidad no existiesen. Aunque no es nuestra intención contextualizar social e históricamente la obra de Castro, como mostraremos más adelante, esta forma parte del sistema social-cortesano del siglo XVII bajo el reinado de Felipe III, lo que indiscutiblemente conlleva ciertas diferencias con respecto a la forma en que auto- biógrafos como Rousseau hablan de sí mismos y exteriorizan su individualidad.
A pesar de todo, otros especialistas como Cassol (2000) han reivindicado la consideración de estas autobiografías desde comienzos del actual milenio. El inves- tigador italiano pone en tela de juicio que solamente se pueda denominar como “autobiografía” a las obras producidas después de la publicación de las Confesiones de Rousseau. Esto lo justifica comparando los célebres Comentarios de Duque de Estrada con algunos de los textos que se han considerado canónicos de la autobio- grafía:
In tutti i modi, mi sembra sia legittimo parlare di autobiografía anche per quanto riguarda il Seicento. Sul versante terminológico non c’è spazio per molti dubbi: è vero che il termine non esisteva ancora, ma non si può fare a meno di notare che definizioni quali “Relación de mi vida”, “Discurso de mi vida” o “Historia de mi vida” equivalgono perfettamente al moderno ‘autobiografia’: c’è la vita (vida e bio-
), c’è la scrittura di quella vita e di quella scrittura (mi e auto-). La frequenza con cui tali definizioni ricorrono nelle memorie dei soldati è l’indice di una precisa cos- cienza, viva nell’autore, di trovarsi in un punto che spazialmente e temporalmente differisce da tutti quelli attraversati nel corso della propria esistenza anteriore al mo- mento della scrittura, e che pure ne è il prodotto. Anche Duque de Estrada, esattamente come Rousseau, Burke, Sartre o Nelson Mandela, siede al cospetto del suo passato, lo osserva, cercando di cogliervi le ragioni del suo essere attuale, e lo rimodella poi sulla pagina scritta, permettendosi un uso sapiente e a volte perfino eccessivo di un artificio come il flashback, che certo non è appannagio di un presunto homo autobiographus nato solo sul finire del XVIII secolo. (2000: 60-61)
Cassol, en la misma línea que Lejeune, juzga que el único rasgo común y uni- ficador entre cualquier autobiografía es la coincidencia en la identidad entre las tres personas en las que se expresa el autor en una obra de esta índole: la del autor, la del narrador y la del personaje principal. De esta manera, la propuesta de Lejeune se ajusta a las obras que nos atañen en este trabajo5. Por otra parte, al contrario que el francés, como ahora analizaremos en el caso de Miguel de Castro, Cassol valora que, inevitablemente, la conciencia del yo sí que ocuparía un papel importante en estos textos, dado que estas obras se insertan en una «conscienza dell’individuo nell’età rinascimentale» (2000: 71), así como en una tradición literaria que abarca géneros como la novela sentimental o la novela picaresca, además de los epistolarios o las mismas autobiografías confesionales, que pudieron suponer cierta influencia en la forma y el sentido del relato subjetivo de la propia vida de cada autor (2000: 72).
La concepción de las autobiografías militares como verdaderas autobiogra- fías, que redefinen las teorías propuestas por Lejeune hace más de cuatro décadas, sirven también para realizar una nueva aproximación a las mismas, desde un punto de vista que, en lugar de solo como antecedente o embriones de lo que vendrá más adelante con la publicación de la obra de Rousseau, y el consecuente impacto en el devenir de la autobiografía en Europa, se acercan al sistema autobiográfico aurise- cular del mismo modo que a las autobiografías modernas, sin por ello olvidar las diferencias entre los respectivos contextos históricos. Como recuerda Pozuelo Yvancos:
ningún discurso, y mucho menos un género, es un texto donde un yo pueda verse como instancia separada del momento de su producción, de su axiología, de su rela- ción con el tú que lo interpreta y de los contextos socioideológicos que afectan a esa relación. No ya y no sólo como instancia textual, sino como realidad discursiva e histórica. (2006: 45)
De acuerdo, entonces, con el anterior planteamiento, vamos a considerar de qué manera Miguel de Castro manifiesta su individualidad y relata los hechos que han determinado su perspectiva autobiográfica. No podemos perder de vista las im- plicaciones que posee el hecho de que su trayectoria vital se enmarque en la sociedad cortesana, esto es, en el modelo político y cultural que existía en España bajo el reinado de Felipe III, a principios del siglo XVII. Recordemos que, con Felipe III, «otra de las transformaciones fundamentales que experimentaron las monar- quías durante la primera mitad del siglo XVII fue el cambio en el concepto de cultura y comportamiento cortesano» (Martínez Millán, 2008: 59). Resulta necesa- rio, en este estudio, matizar determinados aspectos para entender de qué manera expresa un individuo como Miguel de Castro su personalidad a partir del relato au- tobiográfico.
Elias, quien mejor ha caracterizado el complejo sistema que representa una sociedad cortesana, en su caso la de Luis XIV, da cuenta de lo complicado que era vivir en sociedad en la Corte y en el ámbito cortesano6. Se trata de una vida sometida al propio sistema, que rige tanto el comportamiento como las acciones de cada in- dividuo que quiera prosperar en la Corte e ir así escalando posiciones en la jerarquía social. Como comenta Elias,
La vida en la sociedad cortesana no era de ningún modo pacífica. Era grande la copia de hombres que se hallaban vinculados en un círculo duradera e inevitablemente. Se presionaban unos a otros, luchaban por las oportunidades de prestigio, por su posi- ción en la jerarquía del prestigio cortesano. Los asuntos, intrigas, contiendas por el rango y el favor no conocían tregua […]. No había ninguna seguridad. (2016: 142)
Más adelante, Elias también se refiere a este sometimiento del individuo a unas reglas específicas que regían todo lo que concerniese al sistema social-corte- sano en el que debía desenvolverse quien quisiese formar parte de él:
Para conservar posición, estimación en la violenta competencia por la consideración y el prestigio en la corte, para no ser víctima de la mofa, del desprecio, del despresti- gio, debe uno subordinar su propia apariencia y conducta en una palabra, su propia persona, a las fluctuantes normas de la sociedad cortesana, que ponen de relieve de manera creciente, la peculiaridad, la diferencia, la distinción de los miembros de la sociedad cortesana. Debe uno vestir determinadas telas y calzar determinados zapa- tos. Debe uno moverse de un modo totalmente determinado, característico de los miembros de la sociedad cortesana. (2016: 292)7
Este funcionamiento era clave en la sociedad cortesana con que funcionaba el reinado de Felipe III y, en general, la España del siglo XVII. Más allá de ser una organización política, la Corte se convirtió en el elemento determinante del com- portamiento y en la vida cotidiana de todos aquellos que estuviesen vinculados a dicho sistema. Álvarez-Ossorio (1999) y Martínez Millán (2016) destacan cómo la discreción y la prudencia eran dos de las facultades exigidas a cualquier ser humano que se preciase de pertenecer a la corte, además de ser los rasgos básicos de cual- quier cortesano: «La cosmovisión del cortesano se levanta sobre dos pilares que constituyen el eje en torno al que gira el comportamiento cortesano: la prudencia y la discreción» (2016: 99). De hecho, uno de los rasgos a los que tendremos que vol- ver en el análisis de la autobiografía de Miguel de Castro es el de la disimulación, propia del cortesano del siglo XVII, ya que, durante el dicho siglo «surge así una literatura de la disimulación y del desengaño al comprobar que no siempre el per- sonaje que poseía mejores cualidades era el que alcanzaba sus objetivos» (Martínez Millán, 2008: 61). De esta conducta surge también «el comportamiento puramente cortesano, esto es, al margen de toda norma ética, referencia religiosa, y orientado exclusivamente a conseguir el propio interés» (Martínez Millán, 2008: 63).
En relación con Miguel de Castro, se añade su condición militar que, por lo dicho anteriormente, seguía formando parte intrínseca del sistema cortesano por el que se regía el resto de la sociedad. Tanto es así que, en el entramado de redes que supone un sistema cortesano como el de la monarquía de Felipe III, soldados como Miguel de Castro, «lo que pretendían en la corte era algún entretenimiento, es decir, alcanzar alguna misión cerca de la persona de un general para acompañarlo y ha- cerle aquellos servicios que se le ofrecieran» (Borreguero, 2005: 54). Esta aspiración, como veremos mediante el análisis textual de su Discurso, plantea la hipótesis de que la expresión autobiográfica de Manuel de Castro y la forma de actuar de este son una singularidad y, a la vez, un ejemplo de por qué la individualidad y la iden- tidad del individuo poseían un papel relevante en este tipo de obras.
Asimismo, en el análisis del narrador y protagonista de esta obra y, por ende, del autor, trataremos de calibrar hasta qué punto Castro forma parte del sistema cortesano en el que se inserta, y de qué manera su conducta resulta una excepción dentro de este mismo sistema, en su relación con el resto de personajes que van apareciendo. De cualquier modo, los choques y disputas en las que se ve envuelto este personaje son dependientes de la axiología cortesana, lo que se reflejará tam- bién en la manera en la que se expresa su individualidad en contraste con el resto de personajes que forman parte de la sociedad de Felipe III. La dialéctica de Miguel de Castro entre su comportamiento y el que se espera de él, como corresponde a un personaje cortesano, será clave en la concepción de su individualidad y de su mani- festación del “yo”8.
Sobre esto último, Elias vuelve a ofrecer aquí una de las claves para compren- der por qué razón el Discurso de Castro es una autobiografía tan anómala si se compara con el resto de obras de esta índole que se escribieron en el mismo siglo.
El investigador hace hincapié en el tipo de racionalidad que determina, en cierta manera, las conductas cortesanas y las relaciones sociales:
Una configuración social dentro de la cual tiene lugar, en un grado relativamente alto, la transformación de coacciones externas en autocoacciones es una constante condición para la producción de formas de comportamiento a cuyos rasgos diferen- ciales uno intenta referirse con el concepto de “racionalidad”. El concepto complementario “racionalidad” e “irracionalidad” se refiere entonces a la participa- ción relativa de afectos más transitorios y de modelos intelectuales más permanentes de los contextos observables de realidad, en la dirección individual de la conducta. (2016: 127)
Como se analizará en los siguientes párrafos, esta autocoacción tan necesaria para que el cortesano sepa integrarse en su sociedad, esta “racionalidad” cortesana con que participa en el sistema que conforma la Corte con el consecuente compor- tamiento exigido, no parece ocasionalmente que Castro tuviera demasiado presentes a la hora de actuar o de tomar decisiones, lo que se reflejará también en sus reflexiones personales y en su debate interno.
LA INDIVIDUALIDAD DE MIGUEL DE CASTRO EN LA SOCIEDAD CORTESANA
El Discurso de mi tragedia y vida de Miguel de Castro, como bien ha recono- cido la gran mayoría de críticos que se ha dedicado a su estudio, llama la atención por su singularidad respecto al resto de autobiografías militares que se conocen de los siglos XVI y XVII. Se trata de una autobiografía escrita, seguramente, alrededor del año 1612 y anotada o revisada cinco años después, cuando el autor todavía no había alcanzado los treinta años. Ya solo por la juventud del autobiógrafo, destaca por su rareza9.
Sin embargo, no es la génesis de la autobiografía lo que nos interesa, sino las vicisitudes vitales que se manifiestan en la misma. La obra de Castro es la historia de un hombre joven que desde un primer momento se ve incapaz de contener su extremado apetito sexual, motor y vehículo que da sentido a todos los hechos que le van aconteciendo. Este ímpetu amoroso estructura los diferentes episodios que dan forma a la autobiografía, ya que es posible dividir el texto según las amantes que van apareciendo y que van llevando al protagonista de una desgracia a otra. Igual- mente, Miguel de Castro tiene contacto con personajes ilustres dentro de la sociedad cortesana en la que se mueve, como dos de sus amos el conde de Benavente y el mismo capitán Francisco de Cañas, «un caballero muy estimado de todos los príncipes y señores españoles e italianos que le conocen […]. Muy comedido, gran cortesano […], muy discreto y buen cristiano» (2021: 75)10. A raíz de esta clara per- tenencia a las esferas cortesanas, insistimos en la anomalía del personaje que nos atañe, dada su actitud respecto al resto de personas que lo rodean. Especialmente, por la poca atención y el poco cuidado con que Castro, como veremos, trata de mantener una posición adaptada a los requerimientos cortesanos, principalmente sobre los dos amos que acabamos de mencionar.
Miguel de Castro queda huérfano desde temprana edad. Nace en Fuente Am- pudia, Palencia, aunque no tarda en pasar de un familiar a otro, lo que le lleva a intentar huir por la vía militar, recurso muy común entre quienes se veían en este tipo de circunstancias11. El joven protagonista se alista en el ejército, específica- mente en la compañía del capitán Antonio Haya, a quien sirve incondicionalmente hasta su muerte en Nápoles, lo que provoca un cambio de capitán y, por ende, un nuevo amo, Francisco de Cañas. Por su irrefrenable apetito sexual, los aconteci- mientos le llevan al servicio del virrey de Nápoles, el conde de Benavente. Su cobardía, así como su incapacidad de llevar a cabo dicha ocupación por culpa de la pasión amorosa, terminan por condenarle casi del todo. Después de esto, pasa por servir al hermano del duque de Sessa y, al poco, ingresa en la Compañía de Jesús. El último episodio destacable de la obra ocurre en Mesina, a raíz de una revuelta pro- vocada por el mismo Duque de Osuna, aunque poco relevante en lo que al tema central se refiere.
Desde la perspectiva anterior, cabe preguntarse por las razones de mostrar la propia individualidad a través de una serie de episodios de su vida amorosa en una época en la que la falta de discreción y «todo atisbo de intimidad era sancionado como tabú por la moral reinante» (Estévez, 2021: 11). Lo que, por ende, cuestiona que las autobiografías de los siglos XVI y XVII no muestran la historia de la perso- nalidad, o de la individualidad, del “yo” autobiográfico. Muchos críticos han aludido a la dependencia directa con la picaresca (Pope, 1974; Levisi, 1984; Cabo, 1992; Estévez, 2021); no obstante, los argumentos solo se dirigen al comporta- miento de Castro en determinadas ocasiones12. Es necesario destacar que, como bien señala Pope, «la experiencia de Castro, con rasgos de pícaro, se proyecta sobre un universo noble en el cual existe un orden establecido y respetable que todavía resguarda de los colores más negros y permite el gozo de la aventura» (1074: 196). En cualquier caso, no se pretende juzgar aquí esta obra como «una escisión de voces y registros que no alcanzan en ningún momento la cohesión necesaria para cons- truir el referente buscado: el yo de aquel soldado que a principios del siglo XVII se atrevió, no sabemos con qué objeto, a contar su vida» (Cabo, 1992: 591), sino tratar de realizar un acercamiento a esta autobiografía desde una perspectiva con la que no había sido valorada hasta ahora.
En primer lugar, de esta autobiografía se desconoce un destinatario mani- fiesto que nos permita responder a cuestiones como la relativa al porqué de una obra semejante. Se ha elucubrado mucho acerca de la posibilidad de que se trate de una autobiografía confesional, «producto de una conversión religiosa, de la cual es índice la entrada de Castro en la Congregación de la Asunción en Malta» (Levisi, 1984: 194-195). Sin embargo, por el tono de la autobiografía, de acuerdo con Levisi, «todo hace sospechar una finalidad práctica, y quizá un destinatario lo suficiente- mente poderoso y magnánimo como para ofrecer al arrepentido soldado una segunda oportunidad para mejorar su posición» (1984: 195). Anteriormente, Pope creía haber visto en el Discurso «un fenómeno que hemos visto repetido con fre- cuencia en las autobiografías» (1974: 195), la de los soldados que encuentran «finalmente el amparo de la Iglesia» (1974: 195).
Desde el primer momento, los aspectos de la vida privada son los que dan pie a los episodios estructuradores de la obra. La autobiografía de Miguel de Castro aparece marcada por su primera experiencia sexual e íntima con una tal Virgilia, que «vivía pared por medio, de buen talle, aunque no muy hermosa», que utiliza, básicamente «por apagar aquella furia sexual» (2019: 30) que viene acumulando in- cluso antes de haber experimentado nada semejante anteriormente y que ya anticipa los hechos que sucederán más adelante. De este episodio amoroso, el lector puede recordar especialmente la violencia con la que concluye el acto, ya que Castro termina envenenando a Virgilia y deshaciéndose del problema, del que sale impune por la ausencia de testigos13, además de matar al hermano y al padre de la susodicha. No parece que Castro, en ningún momento, se arrepienta de estos asesinatos; de hecho, a la hora de expresarlos, no se asume las culpas de nada: «con todo eso, me prendieron, y preso, tomaron la confesión, en la cual no dije nada en contra mía» (2021: 38)14.
No es, sin embargo, hasta que se alista en el ejército como criado del capitán Antonio Haya, cuando realmente comienza a vertebrarse la personalidad del pro- tagonista. Según avanza el relato, Castro casi siempre señala de qué manera evoluciona esa pasión irrefrenable que le hace buscar una amante según el lugar o el momento en el que se encuentra. Cuando hacen una parada en Brindisi, se enca- riña, de forma algo contemplativa, de la hija de un gentilhombre rico, a la que corteja sin llegar a mantener relaciones sexuales:
Aunque tenía aquí mi modo de entretenimiento, pero era sin tocar pieza que hiciese juego que era amor de duende. Solo había señas y requiebros de billetes y favores de chiquillos, porque no nos podíamos hablar de ninguna suerte, sino es de noche por una reja de hierro más alta que cinco estados. Bien creo que las voluntades se con- formaban, pero la reclusión no daba lugar a ello. (2021: 42)
Sorprende, en un primer momento, la necesidad de ir justificando la razón por la que no termina de mantener estas relaciones; no obstante, esta actitud con- trasta casi siempre con la facilidad del protagonista para enamorarse de sus pretendientas: «y yo había recibido de ella también cosas de enamorados de reja, como efectivamente lo éramos, como es cintas, cabellos, empresas y cosas de esta suerte» (2021: 42).
La contradicción en el Discursoes una constante, especialmente entre las ac- ciones del protagonista y la opinión del narrador, que no siempre llega a condenarse a sí mismo, pero tampoco apoya incondicionalmente lo que realiza. Pope también da cuenta de esta contradicción interna cuando declara que «la actitud del narrador corresponde a veces a la de un desvergonzado participante de la vida liviana de Ná- poles, y otras a la de un sincero practicante de las doctrinas de la Iglesia» (1974: 197). Justo después de despedirse de esta última amante, vuelve otra vez a mostrar la pasión sexual que vehicula su vida: «No por eso comíamos pan a secas, que aun- que no de calidad, ni retirada tanto, ni doncella, había donde ejecutar la ira que de allá se causaba» (2021: 42). Pero es justo después cuando reconoce esta caracterís- tica intrínseca a sí mismo, visto más como una condena de su propio yo que como un error propio de la juventud. Hay una clara asunción del problema, sin que esto llegue a ser un impedimento para la realización de los actos15:
Sólo de esto tengo que estar contento, que jamás gasté ni me costó cosa que fuese de consideración, así por junto como por menudo ninguna mujer, antes he recibido que dado. Solo trabajo y fastidio, puedo decir que pocos han recibido tantos malos ratos, días y noches, como yo, por este maldito animal. (2021: 42)
Aun así, estas primeras experiencias tan solo nos introducen en lo que vendrá más adelante, como una especie de preludio de lo que le va sucediendo antes de asentarse en Nápoles con el capitán Antonio de Haya y, tras su muerte, con Fran- cisco de Cañas. En cualquier caso, es posible constatar, en palabras de Estévez, que el protagonista ya pretende «compilar su identidad precisa […], trazar el diagrama de su tormentosa parábola histórica, se propone sobre todo el desafío de ahondar en su ser» (2021: 12).
Se podría decir que, de todas las mujeres a las que Miguel de Castro alude, Luisa Sandoval es, sin duda, la más relevante, ya que, como dijimos, su relación con ella abarca casi dos tercios de la autobiografía. Sin embargo, antes de conocer a Luisa Sandoval, Castro mantiene relaciones con una esclava llamada Mina, tam- bién, como vimos antes, más cerca de lo contemplativo que de lo físico, cuyo vínculo funciona casi como un antes y un después, o un punto de inflexión, de lo que le llega al lector respecto a sus aventuras amorosas16.
Tanta es la importancia que el narrador otorga a esta esclava que los senti- mientos afloran en él al recordar su nombre y su físico: «Esta se llamaba Mina, y confieso mi flaqueza, que me rindió la voluntad de suerte que aún hay reliquias, con haber pasado seis años, y no tan olvidadas ni tan pocas que no basten a durar mu- chos» (2021: 51). Es una de las pocas mujeres que aparecen en la autobiografía con las que Castro solamente posee un vínculo sentimental y no físico. Se dedica cons- tantemente a proteger a la esclava del resto de tripulantes, «movido de alguna piedad, aunque no tanto como de voluntad» (2021: 51), de manera que vuelve a exteriorizar sus emociones, esta vez hacia una esclava, ni siquiera cortesana como las anteriores.
Lo que más sorprende es la insistencia con que Castro defiende y protege a Mina, la esclava, y cómo la compraventa de la susodicha y su consecuente cambio de ubicación se convierte en el tema central del relato. Castro expresa el afecto hacia esta mujer con sus acciones y sentimientos, de una protección casi obsesiva: «en estos diez días siempre procuraba regalar mi esclava con fruta, que habita harta en Nápoles, y era lo que ella mejor comía, y le hacía muchas caricias» (2021: 53). El comportamiento de Castro con respecto a Mina, la esclava, se hace destacar entre quienes le rodean. Sorprende su poca inhibición relativa a la forma de expresar su cariño hacia Mina delante de su ama. No olvidemos que, según los parámetros de comportamiento de un personaje como Castro, en una sociedad cortesana, las con- secuentes reacciones de quienes observan el desarrollo de dichas relaciones son las esperables:
Estaba delante la mujer de Sancho Estrada y una cuñada suya, que se espantaron harto, tanto de ver el sentimiento que hacía, aunque aquello era ya ordinario cada día y cada noche desde que se supo la muerte del capitán antes que nosotros llegásemos, que se lo dijeron luego, cuanto de ver la suerte que fue a abrazarme; y a no estar las personas que digo delante, y otras de la casa, pasara más adelante. (2021: 70)
La atracción contemplativa de Castro hacia Mina se hace cada vez más pa- tente en las propias palabras del narrador; de hecho, cuando la esclava contrae una enfermedad que le fuerza a mantener reposo, Castro describe sus pensamientos con un detalle poco común para la época:
Estuve un rato con ella, que quisiera estar todo el día y la noche, y me pareciera poco, pero el poquito rato que a mi ver estuve, tuvo algunos amorosos requiebros y quejas y disculpas y toques de labio, y con estar mala, no sé si era la demasiada afición o si verdaderamente natural, que me pareció más hermosa que nunca, con las visitas de médico tan a propósito a su mal y gusto. (2021: 79)
Estas relaciones concluyen con la tristeza del protagonista tras la venta de la esclava y la reconversión de esta, que pasa a llamarse Inés y a cambiar de vida. Aun- que no sean relevantes en el transcurso de la obra, las relaciones, más contemplativas que físicas, que mantiene Castro con esta esclava destacan por la condición de ambos, y la naturalidad con que el narrador describe los momentos que comparte con ella17. No obstante, inmediatamente después de manifestar la tristeza sufrida por la separación con Mina, Castro da pie a la nueva aventura amo- rosa que tendrá lugar en esta obra, y que conllevará el verdadero primer escándalo público y personal del personaje.
Junto al hijo del capitán, Luis de Cañas, Castro y su compañero se dedican a cortejar a la hija y a la nuera de un mercader rico que viven cerca del palacio donde se aposentan. Una vez más, la sinceridad con que Miguel de Castro se refiere a este suceso y a todo lo que conlleva es más que destacable, si tenemos en cuenta lo que uno se espera de un “discreto cortesano” de la época. En primer lugar, se inventa una biografía para agasajar a las dos mujeres («fingime grueso mercader y rico pe- rulero, noble príncipe, digno poseedor de estimables prendas y caballería por los tejados, tratante de gran caudal», 2021: 83), y miente al confesarles su amor corres- pondido: «Si lo creí yo, mala Pascua me venga, pero fingí creerlo, y que todo aquello era un átomo en comparación de lo que me causaba su amor, y que era menester mucha mayor suma para remunerar una pequeña parte de las lágrimas que me era causa» (2021: 83). Esto da lugar a una serie de episodios entre Miguel de Castro y las dos mujeres, a las que acaba ayudando a escapar de su casa y aposentando en la de una conocida, lo que provoca un revuelo en la ciudad, así como la búsqueda del culpable y de las dos supuestas pretendientas. Castro, en un momento, reflexiona sobre el sentido de lo que está haciendo, ya que, recordemos, ni siquiera él sabe a ciencia cierta por qué razón está participando en la escapada y poniendo en peligro su honra18:
Y esto me hizo tener la rienda y andar tibio en poner en ejecución lo que ellas tanto deseaban, y porque tanta prisa me daban y también, como he dicho, la afición en mí no era tan grande que me solicitase a ello, que antes me pesaba en el alma de haberlo hecho, no porque me faltaba ánimo para ello, sino que propiamente no procedía de la voluntad los efectos, porque de ninguna suerte eran de mi gusto, y aunque andaba tan sobresaltado por el odio que las tenía, cuando me veía de ellas ausente, estaba en extremo alegre, y por el contrario, en su presencia estaba como por los cabellos, y que se me hacía cada credo un año, aunque con ellas fingía lo contrario, y no les demos- traba lo que en el pecho sentía con su presencia, ni procuraba declaradamente eximirme de ellas, no porque no lo deseaba, pero porque lo uno no me estaba bien, habiéndome metido una vez en ello, y haberlas sacado, y que después no saliese con ello conforme a mi promesa. Por lo cual me tenían por cobarde y falto de ánimo para ello cuanto realmente lo estaba de voluntad. (2021: 89)19
Esta introspección del protagonista sobre lo que está ocurriendo subraya, una vez más, el debate interno que sufre a lo largo de toda la autobiografía desde dife- rentes formas, aunque siempre entre el ideal cortesano y su irrefrenable pasión amorosa, que le incita a verse envuelto en episodios como estos. Pero, curiosa- mente, no se atiene a la discreción; de hecho, la sinceridad con la que describe sus pensamientos se distancia de la “racionalidad” cortesana a la que aludíamos ante- riormente. Para Castro, «el control de los afectos […] como instrumento de la continua competencia por el status y el prestigio» (Elias, 2016: 129) muchas veces se supedita a la irracionalidad acorde con los principios cortesanos. En cualquier caso, afortunadamente para Castro, el capitán Fernando de Cañas se interpone en el asunto antes de que la familia de las dos mujeres recurra al proceso legal para condenar al militar20.
Tras las múltiples aventuras amorosas que el protagonista vive en la primera mitad de la obra, surge la relación a la que más relevancia otorga en su autobiografía, esto es, la que mantiene con la cortesana Luisa de Sandoval. También es esta la que desencadena casi todos los verdaderos vaivenes e infortunios que le suceden a Cas- tro, que hasta ahora realmente no ha visto todavía peligrar su condición militar de forma alarmante. El protagonista conoce a Luisa de Sandoval a raíz de su amigo y compañero militar Manuel de Quevedo, de la que es amante por correspondencia. Castro se acaba aficionando a ella a causa de traerle las cartas de su amigo, «sin mi- rar al respeto y decoro que a un amigo se debe guardar» (2021: 95). Desde el principio de esta relación, Castro avisa de las consecuencias que dicho vínculo ha provocado en su situación actual: «que hasta hoy día ha sido causa de perdición espiritual y corporal y de mi honra, y lo fuera mucho más, si Dios, nuestro señor, no me hubiera hecho tan gran merced por medio de la muerte de ella, no hubiera refrenándome hasta dar en el precipicio» (2021: 95)21.
La obsesión de Castro por Luisa de Sandoval es inmediata. Según comienzan las relaciones entre ambos, este escapa cada noche para dormir con la susodicha, lo que acarrea su progresiva perdición a nivel cortesano. La poca preocupación del protagonista por su estatus y, consecuentemente, por su propio entorno social, re- sultan sorprendentes, lo que, especialmente a través de estos amoríos, convierten a Castro en un individuo fuera de lo común, así como a su autobiografía en un texto cuya sinceridad sobrepasa los límites de la discreción a la que debe atenerse una persona de su nivel social en el ámbito militar-cortesano.
El desenfreno con el que realiza cada noche la escapada para visitar a Luisa se convierte en el tema central de sus cavilaciones, ya que se ve obstaculizado por los intentos del capitán para impedir sus escapadas nocturnas. Esta obsesión enfermiza es tal, que, en las huidas, el propio Castro se juega su condición física:
No me pareció muy buena aquella manera de salir, porque padecí gran detrimento y trabajo aquella noche pasada, y para continuarlo, era cosa muy contra mi salud y muy peligrosa, y así jamás pensaba sino en cómo podría salir fuera, y que fuese con menos daño; pero al no hallar otro modo, no dejara de usar de aquel, aunque más peligroso fuera, y con más daño, porque a trueque de ir a dormir con la señora cualquiera por peligroso y dañoso que fuera, aunque conocidamente aventurase la vida, lo tenía por menos daño y de más gusto. (2021: 99)
Como era de esperar en un entorno militar-cortesano, el capitán Francisco de Cañas le recrimina dichas salidas, lo que empeora la calidad de su relación pro- gresivamente: «tanta le di hasta que él estaba ya aburrido de sufrirme, y con quererme tanto, le di ocasión a que me perdió muy gran parte de la afición» (2021: 104). Tanto es así que, en más de una ocasión, «Francisco de Cañas no se limita a amonestarle y a intentar cortarle las salidas, sino que le somete a diversos castigos corporales que incluyen la vejación sexual y la reclusión extrema» (Irigoyen-García, 2008: 29). El capitán castiga brutalmente a Castro en más de una ocasión, como cuando le «tomó con ambas manos del miembro, y tiró tan recio, que yo pensé que de aquella vez me dejaba sin aparejo» (2008: 105), además de encerrarle nueve días en un aposento. Sin embargo, la reacción del personaje a este castigo es sorpren- dente por su pasividad y la manera en que asume los hechos: «Y así tragaba con mucho gusto la amarga y disgustada vida, y pasaba el tiempo tan mal entretenido cuanto bueno a mi mal ver, y en gran sentimiento y desconsuelo aquella novenal prisión» (2021: 105-106).
En cualquier caso, la relación que mantiene Castro con Luisa de Sandoval es la más duradera de toda la obra, situándose en la frontera entre el arrepentimiento y la felicidad al recordar los momentos junto a la cortesana22. La crítica, como Levisi (1984) o Estévez (2021), ha dado cuenta del cambio estilístico en la voz del narrador en determinadas ocasiones, casi siempre cuando está Luisa de por medio, lo que resulta arbitrario. Si Castro en ocasiones da muestra de su malestar por su incon- trolable pasión sexual, a veces cambia el tono cuando se refiere a sus amores con la cortesana:
Pues imprimieron de tal suerte estas palabras en mí, que aquella misma noche fui a desquitar el ocio que las pasadas había tenido, y acrecentar mis quejas y pasado sen- timiento y significar el presente gozo, y gozando del acostumbrado gusto y sólitas caricias, propagándonos el uno al otro las amorosas deudas, y mostrando con las del demasiado afecto turbadas lenguas los en el interno pecho encerrados y ardientes efectos de dos tiernos amantes. (2021: 106)
Aun así, este estilo, que parece más cuidado que el que constituye el resto de la obra, también aparece cuando se arrepiente de sus actos con Luisa y se deja llevar por sus obsesivos arrebatos sexuales. Castro demuestra su conocimiento de las nor- mas y de la conducta esperable que él no está llevando a cabo su trabajo:
Pero ni lo uno ni lo otro, ni la ley de razón ni la de justicia […] pudieron en mí tanto como el lascivo fuego en que estaba convertido totalmente, que con el mismo desen- fado, en saliendo de la cárcel y aposento de mi reclusión, no estuve media hora que no fui luego a ver el cocodrilo de mi ignorancia, la sirena de mis sentidos, el sísifaco peñasco de mis hombros, la ixiónica rueda de mi tormento, que allí era el paradero de los carros de mi sentido, el mesón de mis potencias, el teatro de mis gustos y el ídolo de mis sacrificios, y a ley de mi fe. (2021: 109-110)23
Otra de las claves para comprender la anomalía del protagonista y su con- ducta a contracorriente del sistema cortesano se clarifica a partir de los demás personajes que interfieren en su relación con Luisa. Evidentemente, como buen capitán y cortesano, Francisco de Cañas amonesta y alerta a Castro, más allá de los castigos físicos y las vejaciones sexuales. El mismo capitán no le prohíbe llevar a cabo dichas relaciones, sino que, siguiendo los dogmas cortesanos, le insta a la dis- creción a la que debe atenerse. Los daños cometidos no son tan graves en el sistema cortesano si no van más allá de la esfera privada, el problema empieza en el mo- mento en que se convierte en un escándalo público:
No te digo que lo hagas de ninguna suerte; pero que ya el diablo te tenga tan arraigado y sujeto, y tu flaco ánimo y fuerzas no puedan resistir sus tentaciones, que no sean tan públicas ni tan continuas, ni tan perseverantes, e incorregibles, y con prudencia, que ya que se comete el pecado, pecase de una sola suerte, y de tarde en tarde. (2021: 119)
Lo mismo ocurre con Luisa de Carvajal, a la que se la denomina como “cor- tesana” desde su primera aparición, y que como tal quiere mantener las formas que corresponden de cara al público. Luisa trata de convencer a Castro de que siga cumpliendo con su servicio al capitán, sin dejar por ello de realizar sus escapadas nocturnas:
Ella siempre me reñía porque dejaba al capitán, y me persuadía a que volviese a su servicio y gracia, y procurase darle gusto, que como yo lo hiciese con discreción, y lo que ella me decía, que era no tardar tanto ni estarme tan despacio allí, ni tan a me- nudo, sino que fuese con consideración, que ella quería más mi sosiego que todas las cosas del mundo, y que no haciéndolo así, era fuerza perder lo uno y lo otro, porque en Nápoles no podía estar. (2021: 121)
Queda claro, entonces, que los personajes son conscientes del comporta- miento al que deben atenerse. Castro, a pesar de ello, no es capaz de frenar su pulsión sexual, de modo que no cumple con los requerimientos de discreción y di- simulo cortesanos. Por ello, y por ser consciente también de su falta de contención, la personalidad de Castro resulta una rareza en contraste con la sociedad que lo rodea.
Como hemos ido sugiriendo a lo largo del trabajo, este personaje parece ac- tuar tanto mediante el conocimiento de la moral cortesana como por una especie de irracionalidad que lo convierte en un rebelde de acuerdo con los demás indivi- duos. Sin embargo, a Castro se le ofrece la posibilidad de trabajar como ayuda de Cámara, al servicio del conde de Benavente, lo que supone un ascenso a efectos sociales, así como individuales, dentro del sistema cortesano. A pesar de su oposición, Francisco de Cañas le regala unas prendas de ropa para que Miguel de Castro vista conforme a su nuevo puesto24.
El relato de su vida varía cuando empieza a servir al conde, al menos en lo que al foco de la narración se refiere. El autobiógrafo parece aquí otorgarle más re- levancia a los sucesos ocurridos durante su estancia en el palacio del virrey, sin dejar por ello de señalar sus escapadas para visitar a Luisa de Sandoval. El protagonista vuelve a hacer hincapié en las características que lo definen como individuo, es de- cir, en su incapacidad de frenar sus impulsos sexuales. Castro, otra vez, se muestra como consciente de sus errores, así como arrepentido del poco aprovechamiento de su etapa como ayuda de cámara del conde:
Volviendo, pues, al discurso de mi tragedia y vida, la cual pasaba en la forma que tengo dicho, anteponiendo en todas acciones la lasciva voluntad al provecho univer- sal de alma y cuerpo, yendo muy desviado de lo que era agradar y servir con cuidado conforme debía a quien me hacía merced y podía hacérmela mucho mayor, como verdaderamente podía seguramente esperar de un tal príncipe, y de la voluntad con que mostraba aumento, pues en el poco tiempo que le serví lo ha mostrado con obras. (2021: 177)
Al mismo tiempo, recuerda cómo los demás residentes y trabajadores al ser- vicio del conde le amonestan por sus relaciones con Luisa, y la poca atención que presta a dichos avisos: «El camarero y las camaradas siempre me reñían, pero a mí por un oído me entraba y por otro me salía» (2021: 181). Él mismo, cuando el conde se entera de lo que se dedica a hacer en sus salidas nocturnas, da cuenta de cómo su razón es incapaz de controlar sus apetencias sexuales: «Pero el demasiado ardor de la endiablada voluntad y gusto, privó la razón de todo ser, y el entendimiento boto no se adoperaba a lo que la razón le dictaba con tanto trabajo, por serle interpuesta la engañosa voluntad del uno al otro» (2021: 182). El culmen y, quizá, el momento en que Castro se acerca más a una sinceridad poco común en estos siglos, es cuando admite haber dejado marchar al conde a España sin él, lo que, en cierta manera, lo convierte en una especie de desertor25. Para un militar, un acto de esta magnitud no era aceptable. Esta sinceridad a la hora de confesar su huida vuelve a abrir el debate en torno al verdadero destinatario de la obra, ya que desconocemos su oficio o el motivo por el que Miguel de Castro se decidió a manifestar un episodio así, sin jus- tificación alguna y expresando su propia vergüenza.
En este punto termina el relato autobiográfico de los episodios amorosos que narra Castro en su obra; sin embargo, todavía el texto continúa, aun cuando no aporta demasiado sobre la personalidad ni el individuo. Solamente, casi como un cronista, Castro describe minuciosamente una serie de sucesos y revueltas que tu- vieron lugar en Nápoles al convertirse el duque de Osuna en virrey, sin aportar nada sobre sí mismo o sobre sus relaciones sociales con el resto de individuos.
CONCLUSIONES
Tras analizar la manera en que se proyecta la personalidad y la individualidad de Castro en su autobiografía, se evidencian múltiples ideas concluyentes sobre la obra y sobre la expresión de la individualidad del protagonista. A pesar de la poca atención que ha recibido el Discurso de mi tragedia y vida de Miguel de Castro, al- gunos estudios panorámicos sobre las autobiografías de los siglos XVI y XVII nos sirven como apoyo para justificar la propuesta argumentada en este artículo.
Como asegura Martínez (2019), «muchas de estas “vidas en armas” revelan la extrema debilidad de los vínculos y lealtades de la soldadesca común respecto al rey y la institución a que sirven» (2019: 88). Sin embargo, a pesar de que la obra de Castro también registre este mismo patrón de desacato a la institución militar, pre- sente también en las autobiografías de Alonso de Contreras o Duque de Estrada, el Discurso va mucho más allá de lo esperable en una obra de esta índole. Como hemos visto, no es solo la problemática militar por la que se debate el propio Castro, sino por toda la estructura jerárquica de la Corte y del sistema social cortesano en el que se inserta. La asunción por parte del protagonista de su incapacidad a la hora de frenar su pulsión sexual y su necesidad de mantener relaciones con múltiples mu- jeres convierten a este personaje y a esta autobiografía en un texto singular para la época. Plenamente consciente de sí mismo, como hemos señalado, Castro muestra los procesos mentales mediante los que se cuestiona los actos que va cometiendo y se arrepiente de sus errores. Es, de hecho, este aspecto, el que nos parece el más relevante pare comprender la anomalía de esta autobiografía.
El comportamiento y los pensamientos de Miguel de Castro a veces no pare- cen concordar con los del resto de integrantes que conforman la sociedad cortesana en la que vive. Los patrones de conducta que sigue, basados en la discreción y la prudencia, no son los de Castro, al menos por lo que narra en los distintos episodios. Sin embargo, como venimos repitiendo, en muchas ocasiones existe una contradicción, tanto a nivel personal como en las propias acciones del protagonista, que se debate entre actuar según el comportamiento cortesano que se espera de un criado de un capitán o un ayudante de cámara de un virrey y sus propios impulsos, siempre en busca de satisfacer su irrefrenable pasión sexual y su deseo de relacionarse con el sexo femenino. Esta obra sirve, en cierta manera, como contraste para los demás autobiógrafos militares de los siglos XVI y XVII cuya conducta viene condicionada dentro de la sociedad cortesana de aquella época. Como ejemplo de ellos, sirve la autobiografía de Alonso de Contreras, al redactar estas memorias para justificar su ascenso a capitán y glorificar sus acciones.
Es curioso, a modo de conclusión, repasar las declaraciones que algunos crí- ticos han aportado sobre su propia interpretación de la obra o sobre diferentes elementos que han considerado importantes, dado que casi todos llegan a la misma conclusión. Por ejemplo, para Juárez Almendros:
Castro dramatiza el complejo de Edipo en la creación de su identidad por su resis- tencia a abandonar el principio del placer del estadio pre-edípico (o etapa imaginaria), conectado con sus amoríos con mujeres mayores que reproducen su re- lación primordial materna, y a abrazar la Ley del padre o el orden simbólico, según la terminología lacaniana, que representan sus paternales amos. (2004: 1116)
También Estévez, quien define la escritura de Castro como «una inquieta búsqueda de la identidad personal» que «convierte su narración en única a través de una poética basada en la lujuria y su intento vano de contención», concluye que «quien trata de compilar su identidad precisa, o de trazar el diagrama de su tormen- tosa parábola histórica, se propone sobre todo el desafío de ahondar en su ser» (2021: 9 y 11-12)26. Por lo tanto, queda claro que, a pesar de las ocasionales diver- gencias, se considera que el elemento fundamental de la obra de Castro es la manifestación de su identidad o individualidad, y su articulación a través del texto en que proyecta sus vivencias.
El Discurso de Castro no presenta una introspección del yo como la que lleva a cabo Rousseau en sus Confesiones; ello no impide, a diferencia de lo referido por Lejeune, Gusdorf o Levisi, que sea posible encontrar manifestaciones del conoci- miento y la construcción del yo. Se trata de un contexto diferente y, por lo tanto, de una forma de expresión muy diferente de la que aparece en Rousseau, pero no de una ausencia total de individualidad. En una línea diferente a la de Levisi (1984), el análisis de esta obra ha dado lugar a considerar la existencia de cierta intención por parte de Castro de mostrar su personalidad con el paso del tiempo, así como de manifestar, quizá no la totalidad, pero sí los elementos más relevantes en la consti- tución de su ser.
En definitiva, el Discurso de mi tragedia y vida de Miguel de Castro es una autobiografía singular, y a la vez bastante resolutiva de cara a los prejuicios negativos al estudiar este tipo de obras por parte de la crítica. Como señala Cassol (2000), quizá lo más sensato sea juzgar estas autobiografías como el verdadero comienzo del supuesto género, y no como su prehistoria, lo que las ha situado hasta ahora al margen de los estudios autobiográficos.
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Notas
«si nos interesamos por la instauración de una tradición auténticamente literaria de la autobiografía, sin duda ésta data de mediados o fines del siglo XVIII y su impulso se debió en gran parte a la notoriedad y el éxito que alcanzaron las obras póstumas de Rousseau» (1979: 13).
«entendido en un sentido más amplio, impregnó toda la escritura autobiográfica popular» (2003: 88).
«que si ellos están según obligación, o acuden a prima, tercia, sexta, nona, vísperas, completas, maitines y laúdes, yo acudo a oficiar la prima de mis disgustos, la tercia de mis trabajos, la sexta de mis antojos, la nona de mis desvelos, las vísperas de mis males, las completas de desasosiegos, los maitines de desvelos, los laúdes de mi infeliz vida y de las demás horas que quedan así de día como de noche» (2021: 110). Francisco Estévez ha visto en este «juego metafórico», cómo «el jugo literario que desprende nos advierte ya de una visión de la vida aco- gotada por las restricciones de la época y las imposiciones religiosas, pero dominada por una sangre temperamental que se revela contra el minutero de los dogmas» (2021: 7).