Artículos

Entre la soberbia y la humildad. Guadalupe Amor y sus Décimas a Dios

Between Pride and Humility. Guadalupe Amor and her Décimas a Dios

Pablo Muñoz Covarrubias
Universidad Autónoma Metropolitana, Mexico

Entre la soberbia y la humildad. Guadalupe Amor y sus Décimas a Dios

Connotas. Revista de crítica y teoría literarias, no. 29, pp. 6-41, 2024

Universidad de Sonora, Departamento de Letras y Lingüística

Received: 11 November 2023

Accepted: 01 March 2024

Resumen: En los años cincuenta, Guadalupe Amor (1918-2000) fue una de las figuras más destacadas en México. Debido a su talento literario, fue reconocida ampliamente por escritores, intelectuales y estudiosos. La publicación de las Décimas a Dios (1953) fue un hito en su carrera. En este libro, Amor probablemente logró su mayor y más original obra como poeta. El propósito de este artículo es analizar las maneras en que el orgullo y la humildad se contrastan mientras la poeta busca a Dios en cada verso y en cada estrofa. La soberbia y la humildad son dos componentes fundamentales de su discurso. Además, este trabajo examina el misticismo en Décimas a Dios. Para poder reconocer la originalidad en la obra de Amor, ha sido necesario repasar las maneras en que Dios y la religión han aparecido en la tradición literaria española y mexicana. Finalmente, Sirviéndole a Dios de hoguera (1958) se examina siguiendo el mismo enfoque.

Palabras clave: Guadalupe Amor, poesía mexicana, literatura y religión, misticismo.

Abstract: During the 1950’s, Guadalupe Amor (1918-2000) became one of the most recognizable figures in Mexico due to her literary talent, which earned her wide recognition by writers, intellectuals and academics. The publication of Décimas a Dios (1953) was a milestone in her career. In this book, Amor probably reached her most accomplished and original work as a poet. The purpose of this article is to analyse the ways in which pride and humility are contrasted while the poet searches for God in every verse and stanza of the espinelas. Thus, pride and humility are two fundamental components of her discourse. In addition, this essay examines the mystical component of Décimas a Dios. In order to recognize the originality in Amor's work, it has been necessary to review the ways in which God and religion have appeared in both Spanish and Mexican literary tradition. Finally, this same approach has been used to examine Sirviéndole a Dios de hoguera (1958)

Key Words: Guadalupe Amor, Mexican poetry, literature and religion, mysticism.

Que nunca nos falte Dios o lo que por Dios se entiende. Oremos por encontrar de Dios el equivalente. Guadalupe Amor

“Un eterno problema”

Tras la lectura de los primeros libros de poesía de Guadalupe Amor, ya se destaca la principal preocupación de la poeta a lo largo de su carrera literaria: ella misma. De ese inicial reconocimiento de su excepcionalidad, nacen los versos como trasunto de todo aquello que más la ocupa: centralmente, saberse un ser especialísimo que no puede ahorrarse el asombro de ser y de estar ella en esta vida, con todas las particularidades que la dibujan, que la vuelven enigmática y aun irresistible para sí y, desde luego, para los demás. Puede decirse que la poesía le sirve a Amor para revelar al mundo (y a sí misma) quién es y cuáles son las ideas y angustias que viven en ella y que mejor la podrían, si acaso, explicar en cada una de sus obsesiones. Como bien lo observó Juan José Arreola, “el enigma de sí misma y el enigma de la vida la acongojan sin interrupción” (cit. en Schuessler, La undécima musa 105). Este talante permanentemente curioso, sin embargo, no deja de pagarse con un precio elevado, con la sensación de una soledad plena y una angustia incurable; esa angustia, en reiteradas ocasiones, le hace pensar en Dios e invocarlo en sus versos. En el prólogo de sus Poesías completas (1951), la autora propone considerar su personalidad como un tema fijo: “Mi lenguaje poético es el que uso todos los días para conversar. Claro que mi conversación, generalmente, se reduce a hablar de mí misma y mis problemas personales son los mismos que mis problemas poéticos” (XXII). Su obra surge, pues, ante una mirada especular y narcisista: ella se mira, y no solo eso, se admira con una mirada penetrante, sabia, conceptual e ingeniosa. Como lo observó Elena Poniatowska:

“Pita nunca pudo salir de sí misma para amar realmente a otro; la única entrega que pudo consumar fue la entrega a sí misma. Demasiado enamorada de su persona, los demás le interesaron solo en la medida en que la reflejaban: no fueron sino una gratificación narcisista” (37).

Los versos de la poeta no son solo la constancia de una aguda crisis, sino también inmejorable espacio para investigar o pensar, por ello mismo, en las inquietudes de quien no halla respuestas para las preguntas más urgentes en medio del laberinto de la existencia: ¿quién soy y por qué soy? Estas preguntas las responde considerando la existencia de un creador ajeno, distante, indiferente.

Poesía profundamente analítica y también psicológica y angustiosa, la poesía de Guadalupe Amor obligadamente tuvo que investigar tanto lo minúsculo (el polvo) como lo mayúsculo (Dios) para abarcar los polos, los contrastes, el universo entero; y para ubicarse allí, en tal escenario, como la protagonista única, indisputable, irrepetible de su historia. Ella casi no se entera nunca de que el otro enfrenta los mismos dilemas e incluso de que ese otro existe; su arte no busca ser un ejemplo de simpatías ni de generosidades ni de una humanidad compartida. En sus poemas se manifiesta, por supuesto, una crisis individual e incluso egoísta que no puede resultarnos, sin embargo, ajena: ¿es posible por medio de las navegaciones del alma y de la mente aclarar los radicales enigmas del paso por el mundo? Y si no la filosofía, ¿solo los poemas ofrecen respuestas tentativas? Amor establece las preguntas fundamentales y señala el espacio para intentar responderlas: “¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos? Cuestiones estas que, si bien es cierto pertenecen a la filosofía, y no pueden resolverlas sino las religiones, tratadas con lirismo, creo, que llegan a ser la médula de la poesía pura” (Poesías completas XXII). Por aquellos años, es decir, en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, el proyecto de escribir una poesía pura, más allá de las contingencias de lo inmediato y la cotidianidad, una poesía netamente poética, había dejado de ser la ambición esencial de la mayor parte de los autores del orbe;1 sin embargo, para Guadalupe Amor es todavía un estilo válido, según ella lo comprende y practica, el cual se corresponde con sus preocupaciones, para recrear su angustioso estado de invariable búsqueda o el eterno problema:

En mí siempre el mismo tema:

el de la angustia redonda,

y es que mi razón ahonda

el centro de mi sistema.

Vivo un eterno problema:

a mi ser lo veo perdido,

¿con qué fin habrá nacido,

si tan solo es una sombra

a la que el vivir asombra

sin encontrarle sentido? (Poesías completas 97)

Es la de Guadalupe Amor una angustia redonda, un espacio acotado, claustrofóbico y del que no puede escaparse; es la angustia, como lo planteó el filósofo Søren Kierkegaard, “[…] aquel estado del cual el individuo desea salir […]” (131). La única puerta para que la poeta pudiese salir victoriosa, sin embargo, se encuentra en apariencia cancelada: hallar un sentido verdadero ante lo incomprensible; es esto lo que ella practica en las Décimas a Dios cuando exige al creador una muestra indisputable de su existir divino. La poesía le sirve así para resolver el dilema máximo: la existencia o la inexistencia de un creador responsable no solo del universo, sino sobre todo de ella: la mujer y la poeta. Si para otros la fe bastaría para vivir una vida con un rumbo y significado plenos, en su caso esto jamás le basta:

Fácil es creer en ti

y vivir en tu clemencia,

sin desentrañar tu esencia

y gozando lo de aquí.

Yo por desgracia nací

sentenciada a investigar,

a atormentarme, a pensar

y a no aceptar el misterio;

pero a mi humano criterio

le está vedado volar. (Décimas a Dios 20)2

Sor Juana Inés explicó en las páginas de su famosísima Carta a sor Filotea de la Cruz que para alcanzar la más alta de las ciencias -para ella, la teología- primero había que dominar todos los demás conocimientos que preparan al individuo para así, por fin, pensar en Dios y para derivar los planteamientos en verdad sutiles acerca de los asuntos pertenecientes a lo divino: la gracia, la providencia, la fe, etc. Por su parte, Santa Teresa indica minuciosamente cómo llevar a cabo la ascesis para humildemente recibir a Dios en la más profunda de las moradas del alma y, sin embargo, rehúye convertirse en la protagonista pública de sus relatos místicos. Guadalupe Amor se ahorra el largo camino sapiencial, de fatigoso y exigente estudio y de preparación del espíritu (la vía purgativa, unitiva e iluminativa), pero llega a la meta con las deslumbrantes composiciones de sus Décimas a Dios; arriba al debate acaso central de la religión y al corazón innegable de la perpetua disputa teológica desde el poema: ¿existe acaso un ser supremo que todo lo sabe, que todo lo puede, que todo lo rige, que la condiciona incluso a ella como una criatura hecha para la vida y para la muerte? Las páginas que siguen exponen ideas generales en torno a este importante y desatendido libro de poesía, el cual, sin embargo, debería ser reconocido por la crítica literaria como una de las obras realmente valiosas de la lírica mexicana del siglo pasado.3 Sobre todo, deseo reconocer aquí la oscilación entre la humildad y la soberbia, entre la petición solo en apariencia piadosa y la exigencia de quien busca ejercer sus despóticos desplantes incluso ante el creador. Es mi planteamiento que esos vaivenes reiterados (y aun las contradicciones en los conceptos y las actitudes) proporcionan a Décimas a Dios un aire vehementemente angustioso, un aire que humaniza aquello que podría, desde otros ámbitos, pensarse solo como un arduo problema filosófico o teológico. ¿Quién si no la poeta Guadalupe Amor podía ponerse “al tú por tú” con Dios? Para cerrar este trabajo, planteo unas pocas ideas acerca de una cuestión que vagamente han tocado los lectores del poemario: su carácter místico; explicaré dicha impronta en las relaciones dialécticas entre humildad y soberbia. Advierto aquí que muchas de las Décimas a Dios aparecieron, primeramente, como parte de un libro, en Más allá de lo oscuro (1951). Estas composiciones se incorporaron a la edición de sus Poesías completas de la editorial Aguilar del mismo año. En 1953 el Fondo de Cultura Económica publicó, ahora sí, un pequeño libro dentro de la colección “Letras Mexicanas”, en el que se concede un lugar exclusivo a las Décimas a Dios y en que se agregan más décimas; en ese mismo año se imprime la segunda edición. Hubo varias ediciones, entre ellas, la de 1975, editada por Carolina Amor de Fournier; la más reciente -una versión facsimilar- es de 2018. Además, hizo la poeta una grabación de estos versos y en varias ocasiones declamó sus composiciones en teatros y foros de televisión.4 Así quiso recordar alguna vez Amor el origen y el éxito de sus poemas sacros:

Fue una melancólica tarde gris cuando, en la playa de Viareggio, frente al mar, comencé a escribir mis Décimas a Dios. Terminé Décimas a Dios en México. En tiempo muy corto. El éxito que alcanzaron fue importante. El reverendo padre Julio Vértiz, un domingo, en vez de sermón leyó mis Décimas a Dios. En España, en México, en Latinoamérica me compararon con san Juan de la Cruz y con santa Teresa de Jesús. Ponderándome por encima de sor Juana Inés de la Cruz. Frente a éxitos tan alarmantes a mí me preocupaba más mi belleza y mis turbulentos conflictos amorosos. (Schuessler, La undécima musa 145)

“Hablo de Dios, como el ciego”

Es vastísima la tradición religiosa en el ámbito de la poesía escrita en lengua española y, claro está, en el ambiente literario en México y desde los tiempos de la Nueva España. No es mi propósito recordar el panorama completo de esas abundantísimas manifestaciones literarias por razones temáticas y de espacio, pero sí pienso que resultaría indispensable decir aquí por lo menos algo al respecto para después subrayar la gran originalidad de las Décimas a Dios. En este libro, la poeta ofrece un tono, sin duda, nuevo. Adelanto que no es ejemplo avant la lettre de la poesía religiosa ni tampoco parece seguir los modelos más típicos del género, los cuales casi cualquier lector familiarizado con la materia reconoce. Margarita Michelena creyó descubrir en los poetas máximos de esta tradición en España la genealogía de Guadalupe Amor, es decir, en dos autores que fueron asimismo reconocidos como místicos:

Todo poeta pertenece a una familia que, por no corresponderle en el tiempo, le corresponde en la eternidad. Y ésta es la de Guadalupe, la de San Juan y Santa Teresa. Ellos la otorgan también, con el ímpetu del vuelo, las alas de una lengua recia y noble, de ese sencillo y hermosísimo español, tan sobrio y tan eficaz. Hasta aquí las influencias legítimas, las remotas y escondidas aguas que corren por este prado que sólo tiene una dueña. (XVI)5

Michelena acota las posibles influencias en la obra de Guadalupe Amor (san Juan de la Cruz y santa Teresa de Ávila) y al hacerlo subraya sobre todo cuestiones de estilo, no necesariamente los alcances doctrinales, religiosos o místicos de sus versos.

En las Décimas a Dios presenciamos la búsqueda de lo divino en los territorios eminentes de lo inmediatamente humano. Palabra fundamental para la poeta mexicana: búsqueda. No es esencial, en cambio, en la poesía de Guadalupe Amor la sumisión plena a la divinidad; no podría ella, por tanto, suscribir, sobre todo en su primera etapa como escritora, lo que señala el autor disputado de un famoso soneto -“No me mueve mi Dios para quererte / el cielo que me tienes prometido, / ni me mueve el infierno tan temido / para dejar por eso de ofenderte” - para después rematar con la idea de que es Cristo en la cruz quien despierta en ella un amor infinito.6 Es más, en las Décimas a Dios hay algo que apunta más allá y más lejos de cualquier lectura ortodoxa que se desee intentar, pero no por ello se omite el diálogo con la tradición religiosa. Sería el suyo pues un dios a la altura de sus necesidades caprichosas y sus veleidades. Por todo ello, Guadalupe Amor pudo declarar lo siguiente:

No soy católica. Mis poemas a Dios demuestran un ateísmo puro. Son un juego poético musical, como las fugas de Bach. Así como elegí a Dios pude haber escogido una rosa para hacer poesía. Mi única religión son las joyas, porque defraudan menos que los seres humanos. Por ello, jamás he inclinado la cabeza ante nadie: ni aun ante presidentes ni genios, ni ante estatuas o deidades: sólo lo he hecho cuando se me ha caído una pulsera de oro. Y el día que esté a punto de partir, tampoco inclinaré la cabeza. (cit. en Schuessler, La undécima musa 217)

Para los poetas del modernismo en México, la religión y la divinidad fueron, en más de una ocasión, elementos reconocibles dentro del gran banquete universal, tal y como puede constatarse en estos curiosos versos de Manuel José Othón (1858-1906), en que las tradiciones religiosas se entremezclan: “y endulzo el amargor de mi ostracismo / en mil de los helénicos panales / y en la sangrienta flor del cristianismo” (cit. en Pacheco 142). Otro tanto podría decirse, por ejemplo, de los versos firmados por Amado Nervo (1870-1919) en su libro Místicas de 1898. Allí la religión es también exotismo, es en el ámbito de la poesía la incursión en lo ecléctico, lo mixto y lo cosmopolita: las imágenes del budismo conviven con imágenes del catecismo tridentino y con referentes mágicos y góticos. A diferencia de lo que ocurre en las Décimas a Dios, para Nervo la fe y la religión se emparentan con las imágenes, los ritos y las nomenclaturas de un muy amplio universo cultural.

En la obra de Amor, por cierto, no deja de haber, con llamativa frecuencia, cierta actitud que recuerda los principios del budismo, la revelación de la nada y del agotamiento final de todo deseo: “¿Para qué acongojarse / cuando todo tendrá que terminar? / Es mejor olvidarse, / no sentir, no pensar; / sencillamente ser, sin desear” (Poesías completas 165). Ramón López Velarde (1888-1921) hizo, por su parte, del erotismo una liturgia y de la liturgia un acto erótico (recuérdese, de La sangre devota, su “Canonización”). Para la poeta Amor, el sentimiento amoroso es un camino de la angustia y de la muerte: “manjar que si no mata, deja luto” (Otro libro de amor 14) y es también una emoción que se confunde con lo divino: “Llega a Dios el amor, / y en su esencia se queda detenido, / y pierde su vigor, / porque se ha confundido / con el eterno, universal gemido” (Otro libro de amor 17). Enrique González Martínez (1871-1952) convirtió la expresión lírica en apacible remanso y en “divina comunión”, no sin olvidar las dificultades que conlleva aceptar los misterios de la fe en su sentido más recto (léase su “Iglesia de barro”). Para Amor, Dios es la angustia, Dios nunca es la paz ni tampoco el remanso. La tranquilidad nunca existe porque el pensamiento, por su imparable y tortuoso mecanismo, la evita o la cancela; tan solo en uno de los poemas de Décimas a Dios se resuelve tal ansiedad, como se verá más adelante. González Martínez concibió de este modo la poesía de Amor: “Estos versos limpios y serenos de forma, rompen el secreto de un alma conturbada que acaso no dé fin nunca a la agonía que la tortura en la bella cárcel de su cuerpo” (cit. en Schuessler, La undécima musa 142).

Entre los modernistas, por supuesto, hubo algunas voces que se apegaron a la religiosidad católica, pero no sin ingenio y con una personalidad reconocibles; por ejemplo, esto puede confirmarse en los poemas del padre Alfredo R. Plascencia (1875-1930): “Así te ves mejor, crucificado. / Bien quisieras herir, pero no puedes. / Quien acertó a ponerte en ese estado / no hizo cosa mejor. Que así te quedes” (cit. en Pacheco 326). Gabriel Zaid ha demostrado que hay algunos poemas firmados por el autor de Visión de Anáhuac en que las mayores tribulaciones del espíritu se revelan en composiciones hoy casi olvidadas. Como lo advierte Zaid, “nada parece más ajeno a la obra de Reyes que el espíritu religioso” (351). ¿Qué habrá pensado Reyes -defensor de primera hora de la poesía de Amor, de ese famoso caso mitológico- acerca de aquellas décimas a lo divino?

Como efecto de la modernidad y de las vanguardias artísticas y literarias, las imágenes religiosas se transformaron en la obra de muchos autores vigorizando y renovando así el fervor y también las formas en que se expresa. Imposible olvidar en este último sentido los hallazgos del padre Manuel Ponce (1913-1994) y de Carlos Pellicer (1897-1977). Ponce practica una verdadera novedad: composiciones similares al haikú, pero con tema católico. En Sirviéndole a Dios de hoguera (1958), Guadalupe Amor escoge la intensidad y la brevedad de la copla para el poema religioso. La reiterada presencia de Cristo y de la divinidad aparecen en la obra de Pellicer a lo largo de toda su larga trayectoria literaria. Pueden citarse los sonetos de Práctica de vuelo como inmejorable muestra y estos versos particulares como un ejemplo concreto de aquella modernidad: “Y tengo que ir a Ti de un modo o de otro: / a pie, en avión, locomotora o potro. / ¿En dónde estás? ¿Por dónde está el camino?” (122). En las Décimas a Dios no se intenta captar lo moderno ni mucho menos el mundo contemporáneo al buscar a Dios. En todo caso, hallamos un ingenio conceptuoso. Por encima de la imagen impera la idea y el planteamiento deslumbrante: es una poesía más allá de las modas. Para José Luis Martínez, “en cuanto a su lenguaje poético, Guadalupe Amor parece reducir la poesía exclusivamente a su dimensión conceptual” (cit. en Schuessler, La undécima musa 139). En todo caso, si en algo se hermanan las poéticas de Pellicer y de Amor es en la preferencia por las formas clásicas: el soneto y la décima. Así concibió Michelena el uso de la estrofa, aquella misma estrofa que ya antes Xavier Villaurrutia utilizó en su “Décima muerte”:

“Diez líneas -ecuación de angustia - y Guadalupe ha expresado ya, hasta agotarlos, con su pavorosa intensidad, el dolor infernal y celeste de la sangre, y el infinito implacablemente mudo, su desolación de polvo mortal y su amoroso espanto frente al escondido rastro de Dios” (XIII).

Es de la autoría de uno de los miembros del grupo de los Contemporáneos, sin duda, el poema más ambicioso, más altamente filosófico y más original en aquello que tiene qué ver con la plasmación del lugar de Dios en el hombre y del hombre en Dios; me refiero, claro está, a Muerte sin fin de José Gorostiza (1901-1973), aquel texto en que la imagen del vaso y el agua alegorizan la intensa relación. Gorostiza halló el lenguaje necesario para expresar aquello que, desde los rigores del pensamiento, pareciera imposible o impracticable.

Una de las obras más intensas en su central preferencia por lo religioso es, sin duda, la de la poeta Concha Urquiza (1910-1946). Es la poesía el camino que ella prefiere, entre otros, para entregarse a Dios como un alma siempre anhelante. La obra de Urquiza se apega a los referentes de la tradición hispánica y universal: la poesía de San Juan y de Fray Luis de León, la Epístola Moral a Fabio, los textos bíblicos. Son sus poemas testimonios de una persona verdaderamente ocupada en su vida espiritual y religiosa como se ve en estas palabras de su cuaderno íntimo:

Tengo miedo de empezar a desviarme hacia este tema -¡Dios! - porque Él es cada vez más frecuentemente mi obsesión; choca esta palabra empleada acerca de Él, pero explica lo que siento. Todas las energías del alma y del cuerpo -así las corrientes claras de la razón, de la voluntad, del corazón mismo, como esas obscuras, turbias, misteriosas corrientes del ser inferior-, corren hacia Él por un mismo cauce. No es literatura lo que escribo. Padre mío, antes voy midiendo mis palabras: bien puede el niño decir todo a su padre. (253)

En cualquiera de los autores que he citado, me refiero a la poesía de Othón, Nervo, López Velarde, González Martínez, Plascencia, Reyes, Ponce, Pellicer, Gorostiza y Urquiza, hay un lenguaje y un estilo para convertir las inquietudes religiosas y espirituales en verdadera poesía, para conceder a Dios un lugar dentro del discurso poético, para intentar hacer, a veces, de la poesía un lugar místico. A ninguno de ellos se parece en definitiva Guadalupe Amor en sus Décimas a Dios, tampoco demasiado a los clásicos españoles que ella quizá pensó emular y que Michelena nos señala. La poeta Guadalupe Amor se distingue por la exactitud con que enuncia su angustia, por escoger un interlocutor del cual desconfía y por no poder asegurar, incluso, su existencia;7 por la constitución de un discurso poético que oscila entre la humildad y la soberbia. La ambigüedad, por cierto, no es rara en la poesía de Amor, incluso más allá de los textos de Décimas a Dios:8

Dos escaleras existen

en el fondo de mi ser;

si por una al descender

me voy hundiendo en el suelo,

por la otra me elevo al cielo (Poesías completas 157)9

“Desconcertada y desconcertante”

Me ha interesado transcribir la cita de Urquiza porque allí se establece una idea que contrasta con el proyecto literario de las Décimas a Dios de Guadalupe Amor y con la forma en que la autora de Yo soy mi casa entra en la tradición de la lírica religiosa en México. Para Urquiza resulta importante establecer, según lo revela en este singular testimonio íntimo, en esta confesión, que lo que ella escribe no es literatura (“No es literatura lo que escribo”); propone que el suyo no sea, pretendidamente, un uso de la lengua con fines estéticos, aunque termine, sin duda, siempre siéndolo. Su talento se somete a ese particular objetivo, a medir las palabras en sus expresiones, a no excederse. Urquiza prefiere entender pues el ejercicio de la creación como un mecanismo auténticamente válido para acercarse a Dios, pero desde una humildad plena y convencida. Ella explora

“el juego entre dolor y deseo, dolor y plenitud, son las marcas visibles del desarrollo espiritual de una creadora del siglo XX del cual contamos como testimonio versos y frases que lo aluden, referencias que si bien no pueden ser probadas y verificadas por la tradición literaria y la preceptiva mística, no pueden ser desestimadas” (León Vega, “Dolor y plenitud” 595).

Por su parte, Guadalupe Amor indica, antes que nada, en el prólogo de sus Décimas, una necesidad concreta que desborda los puros motivos piadosos:

“Empecé a escribir estas décimas por necesidad apremiante. Cuidé de que su forma fuese pura, respetando la más clásica tradición castellana. Quizás deseaba yo tratar a Dios con las palabras que él ya está acostumbrado a oír, ya que lo que pensaba decirle era una expresión muy personal para comprometerlo de una manera o de otra” (Décimas a Dios 5).

En otras palabras, hizo del discurso poético una trampa para que Dios se ocupara de ella.

Si decidió usar la retórica con que los santos y con que los poetas religiosos han construido sus composiciones, es porque así lograría forzar el encuentro, pues Dios no podría negarse a las palabras que ha escuchado desde tiempos inmemoriales, por lo menos desde los profetas del Antiguo Testamento. No hay pues una preparación preliminar del espíritu, sino una llamativa intención de sometimiento de la divinidad gracias a los dones órficos de la poesía. Incluso podría captarse cierto carácter demoniaco en todo esto: una suerte de hechizo o encantamiento, un desplante de soberbia casi luciferina -“Hay que buscarlo de modo / que Dios tenga que entregarse” (Poesías completas 23)-. ¿O acaso es el suyo un discurso en que se actualiza el quebranto desesperado del profeta Job en la medida en que exige ser escuchada y atendida? El lenguaje puede ser prístino, pero no deja de ser algo turbia -e insisto en ello- demoniaca la estrategia: forzar la presencia del interlocutor. Hacia el final del prólogo hay ideas que obligadamente deberían atenderse, porque si bien, estrictamente hablando, estas palabras no son parte del poemario sí guían y orientan las lecturas, y revelan, claro está, lo que la poeta pensaba acerca de su obra:

Yo soy un ser desconcertado y desconcertante; estoy llena de vanidad, de amor a mí misma, y de estériles e ingenuas ambiciones. He vivido mucho, pero he cavilado mucho más; y después de tomar mil posturas distintas, he llegado a la conclusión de que mi inquietud máxima es Dios.

Estos versos, estos renglones contradictorios, los he escrito en diferentes estados de ánimo; de ahí que oscilen desde la fácil herejía hasta el impaciente misticismo; desde el punto más lúcido de mi mente, hasta el más exaltado latido de mi corazón, pasando por la sombra, por la opaca indiferencia.

Aunque no peque yo de modesta, tengo que confesar que a estas líneas les tengo un especial amor. Escribirlas me costó muy poco esfuerzo, puedo decir que ninguno. Engendrarlas, esto, sólo Dios puede saberlo. (Décimas a Dios 7)

Las anteriores líneas del prólogo me parece que iluminan grandemente, como ya lo advertí, los contenidos y la técnica poética de las Décimas. En primer lugar, debe de remarcarse la extraña combinación de ideas en el primer párrafo citado: la consideración pública de saberse un ser “desconcertado y desconcertante” que no omite jamás el pecado de la vanidad; y de inmediato declara un descubrimiento personal que, según ella, la define: que su máxima inquietud la encuentra en Dios. Guadalupe Amor correctamente observa que las lecturas que se emprendan de las Décimas a Dios no podrán conformarse con un esquema rígido. Quiero remarcar que la poeta, según se lee, vislumbra haber encontrado, si acaso, la inspiración para estos versos en la divinidad, lo cual para nada podría considerarse como un hecho menor; más adelante apuntaré algo acerca de su “misticismo herético” (La undécima musa 27), afortunada definición propuesta por Michael Schuessler.

“Si mi soberbia te invoca”

¡Oh, humildad, humildad!

Las moradas, Santa Teresa de Jesús

Al leer las páginas de Las moradas, pronto se percibe que santa Teresa de Ávila se halla en un dilema para el cual propone, sin embargo, una elegante solución en la escritura de su obra en prosa. Si bien sus hermanas del monasterio necesitaban conocer el método por medio del cual ella había logrado, paso a paso, recibir a Dios en la más íntima de las moradas del castillo espiritual, al describir tal proceso corría el riesgo de convertir en motivo de presunción aquella gracia recibida. Por ello, y para evitar el envanecimiento, pecado grave, sin lugar a duda, escoge la santa el tono idóneo. La objetividad y el distanciamiento de las descripciones sirven para que no ocupe ella el lugar de honor en el minucioso relato. Es más, la autora española explica en términos muy sencillos que la razón por la que escribe es la obediencia ante el mandato que ha recibido de sus superiores (lo mismo ocurre en las más secretas páginas de Libro de la vida). Escribe entonces santa Teresa con absoluta humildad.

La carmelita anticipa que si ella en algo atina no será un simple efecto de su inteligencia, sino una concesión extrahumana: “[…] y está muy claro que cuando algo se atinare a decir, entenderán que no es mío, pues no hay causa para ello, si no fuere tener tan poco entendimiento como yo habilidad para cosas semejantes, si el Señor por su misericordia no la da” (Las moradas 32). Nótese el matiz para alcanzar la impersonalidad: “cuando algo se atinare a decir”. En Libro de la vida también establece la radical importancia de esto mismo: “Y como este edificio todo va fundando en humildad, mientras más llegados a Dios, más adelante ha de ir esta virtud, y si no, va todo perdido” (198). He recordado esto para remarcar lo que normalmente ocurría en los textos de materia cristiana, en la tradición religiosa: la predilección por la humildad por ser una virtud auténtica y la coherente anulación o escondimiento del sujeto enunciante o la atenuación modesta en el discurso. En las Décimas a Dios, la poeta Guadalupe Amor oscila, en cuanto al tono, entre la petición fervorosa -acompañada con algunos matices de humildad por el reconocimiento de su naturaleza humana- y los requerimientos de quien exige pronto una satisfacción para su deseo. Por supuesto, no se esconde: se exhibe, más bien, en su calidad de única dueña de la voz. Es la protagonista irremplazable de las experiencias plasmadas en su poesía. Es necesario remarcar que estos poemas son casi siempre un virtuoso instrumento literario para requerir la comparecencia divina y confirmar su existencia: son la búsqueda urgente. Por lo tanto, desde un punto de vista retórico, tienen que construir esa invitación seductora para que el hipotético interlocutor, por fin, responda a la inexcusable convocatoria, acaso como pudiese haberlo hecho la amada del Cantar de los cantares al requerir el encuentro con su Amado, pero con matices diversos como se verá.

Amor investiga las maneras en que ella debe hablar para hacerse escuchar, cuál debe de ser su actitud entre estas dos opciones en contraste, desatendiendo así por completo la recomendación teresiana: “[…] porque muy menos podemos tener soberbia, antes nos hace estar humildes y temerosos, viendo que como el Señor nos quita el poder para ver lo que queremos, nos puede quitar estas mercedes y la gracia, y quedar perdidos del todo, y que siempre andemos con miedo mientras en este destierro vivimos” (Libro de la vida 376). No es fortuito que la composición que a continuación copio se ubique casi al comienzo del libro, de las Décimas a Dios, por plantear un cuestionamiento inicial que podría afectar el resto de la obra:

Yo siempre vivo pensando

cómo serás si es que existes;

de qué esencia te revistes

cuando te vas entregando.

¿Debo a ti llegar callando

para encontrarte en lo oscuro,

o es el camino seguro

el de la fe luminosa?

¿Es la exaltación grandiosa

o es el silencio maduro? (13)

¿Es pues el silencio o es la exaltación lo que la poeta debe practicar para asegurar el encuentro y la confirmación de la existencia de Dios? ¿Es el quietismo o la expresión fervorosa lo que más le conviene?

Es indispensable resaltar el matiz metapoético que existe en las Décimas a Dios: en algunas de las composiciones se manifiesta la conciencia plena ante lo que se escribe y la disputa entre un método o bien otro: silencio o exaltación. Casi al comienzo de la obra, la poeta hace un pequeño descubrimiento acerca de cuál debería de ser su actitud si es que desea alcanzar el éxito en lo que se ha propuesto. Esto tiene que ver con la forma en que dispone sus palabras y en que construye su actitud ante el inminente encuentro:

Tal vez yo no quiera hallarte

y por eso no te veo,

que es el ansioso deseo

el que logra realizarte.

A ti no te toca darte:

si mi soberbia te invoca,

es a mí, a quien me toca

salir al encuentro tuyo.

Me acerco a ti, te construyo…

Ya tengo fe, ya estoy loca. (14)

Ella es quien se ha propuesto encontrar a Dios. No se trata de un Dios deseado y deseante, para recordar el título de un libro firmado por Juan Ramón Jiménez, otro poeta que decidió, eso sí, subvertir, con toda la subjetividad y con una visión personalísima, las concepciones tradicionales en el discurso poético religioso. Si bien Dios es omnipotente (u omniausente, como alguna vez lo calificó el poeta Jaime Sabines), no se encargaría de buscar las almas; las almas tienen que ser quienes activamente emprendan el viaje espiritual en pos del creador -santa Teresa, en Las moradas, apunta esto: “[…] a cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y la consideración” (36)-. En la décima antes citada se plantea una hipótesis para la invisibilidad divina, para su ausencia física: que en realidad la poeta no quiera verlo, pues solo por el ansioso deseo podría ocurrir por fin el milagro: no se puede falsificar ese sentimiento de implacable urgencia. La ansiedad no es un sentimiento que santa Teresa desconozca: “¡Cuán triste es, Dios mío, / la vida sin ti! / Ansiosa de verte / deseo morir” (Obras completas 714).10 Aquí hay que destacar algo más: después de la vida ocurriría el encuentro definitivo. La poeta mexicana no tiene la paciencia para esperar tanto: exige la materialización de la entidad espiritual aquí y ahora: “No, no es después de la muerte, / cuando eres, Dios necesario; / es en el infierno diario / cuando es milagro tenerte” (39). La ansiedad también tiene, para la escritora, otro ángulo importante; sugiere que es la divinidad, precisamente, quien despierta ese sentimiento:

Dios, invención admirable

hecha de ansiedad humana

y de esencia tan arcana

que se vuelve impenetrable.

¿Por qué no eres tú palpable

para el soberbio que vio?

¿Por qué me dices que no

cuando te pido que vengas?

Dios mío, no te detengas,

o ¿quieres que vaya yo? (11)

En otro momento del poemario la poeta detecta precisamente en ese sentimiento ansioso la existencia de lo divino:

No tengo nada de ti,

ni tu sombra ni tu eco,

solo un invisible hueco

de angustia dentro de mí.

A veces siento que allí

es donde está tu presencia,

porque la extraña insistencia

de no quererte mostrar,

es lo que me hace pensar

que sólo existe tu ausencia (25)

En los términos de este apartado de mi investigación lo que me interesa es el esclarecimiento de la actitud con que la poeta llama o invoca a Dios: desde una acotada y consciente soberbia. En el sentido más estricto del catecismo, la soberbia es un pecado grave, pues fue, además, el practicado inicialmente por Satanás (“el primer soberbio”, lo llamó Dante). Recuérdese lo que se lee en la Imitación de Cristo: “Más la seguridad de los santos siempre estuvo llena del temor divino. Ni por eso fueron menos solícitos y humildes en sí, aunque resplandecían en grandes virtudes y gracia. La seguridad de los malos nace de soberbia y presunción, y al fin se vuelve engaño de sí mismos” (98). ¿Aquel que pida ser inundado por el amor divino evita el egoísmo, la avaricia o la soberbia de pensarse sujeto digno de tal gracia? ¿Es posible eludir la paradoja? Por su parte, el polígrafo italiano Giovanni Papini concibió el paradójico problema así:

“Cuando san Juan de la Cruz quiere anularse totalmente a sí mismo y hacer en sí el vacío, la nada, para que Dios pueda entrar en su alma y llenarla, tenemos al mismo tiempo el colmo de la humildad (el anonadamiento) y el colmo del orgullo, porque el santo, de esta manera, está seguro de poseer en sí a Dios, de unirse a su omnipotencia y omnisapiencia” (39)

La poeta corrige la actitud soberbia y admite su humana impotencia:

Es la soberbia, Dios mío,

la que me está haciendo hablar,

¿por qué insisto en descifrar

el ser, la luz, lo sombrío?

Si sólo existe el vacío,

no es a mí a quien me toca

volver mi cabeza loca

tratando de entender todo.

Este orgullo de mi lodo

sólo con fe se sofoca. (Décimas a Dios 19)

Es mi impresión que en los versos de Guadalupe Amor tendríamos que reconocer una palpable preocupación epistemológica: ¿es posible y sensato hablar de aquello que no se entiende a cabalidad? ¿Para escribir acerca de Dios hasta dónde debería de llegar su conocimiento de lo divino? Ante estas consideraciones, Amor pudo haber llegado a la misma conclusión del filósofo Wittgenstein: respetar los límites del lenguaje o preferir el silencio; pero ella no deja, sin embargo, de escribir sus versos, de investigar con sus palabras, de enfrentar su eterno problema. De forma reiterada, la poeta concluye que acaso Dios solo pueda existir en su pensamiento. Una porción importante, sin duda, de las Décimas a Dios plantea esa imposibilidad, todo lo cual ha de remitir a la poeta hacia los ámbitos del reconocimiento humilde de su aparente ignorancia (allí está en el cierre la muy elocuente imagen del lodo para resaltar su pobre humanidad). Ella -como se lee en la décima previamente copiada- acepta esos límites, los cuales, por otra parte, quizás sean compartidos por todos los hombres y todas las mujeres cuando acudimos ante los mayores enigmas. Hacia el final de esta composición aparece la fe como el vehículo ideal para hallar una solución para aquel dilema. Al margen de esta décima, podrían leerse unos versos de san Anselmo en que el famoso teólogo advierte acerca de colocar la fe siempre en una posición privilegiada: “Porque tampoco busco entender para creer, / sino que creo para entender. / Pues también creo esto: / que ‘si no creo, no entenderé’” (78). En variadas ocasiones, aparece la fe en el libro de Amor como elemento que sirve para resolver la cuestión; por supuesto, como lo pensó Miguel de Unamuno, hay que aceptar que en muchas ocasiones “la fe crea, en cierto modo, su objeto” (234). No es la única ocasión en que Amor se detiene a cavilar acerca de estas cuestiones:

Hablo de Dios, como el ciego

que hablase de los colores,

e incurro en graves errores

cuando a definirlo llego.

De mi soberbia reniego,

porque tengo que aceptar

que no sabiendo mirar

es imposible entender.

¡Soy ciega y no puedo ver,

y quiero a Dios abarcar! (Décimas a Dios 22)

He aquí una imagen adicional que sirve para simbolizar humildemente la situación en que la poeta dice encontrarse. Me refiero a la imagen de la ceguera (antes hizo del lodo un símbolo de su condición humana y de su aparente incapacidad).

Desde el ámbito de la teología, los santos y los doctos creen allanar el camino hacia la descripción y la comprensión de la divinidad, pero eso no los exenta del error y de las falencias, de los argumentos débiles o debatibles aun entre sus pares. La poeta plantea no solo aludir a Dios, sino incluso definirlo. Por supuesto, falla en ello, pues implicaría delimitar -definir: poner un fin- a lo inabarcable. Recuérdese el debatido y polémico argumento de san Anselmo: “Pues Dios es aquello mayor que lo cual nada puede pensarse” (81). Casi al final del poemario, Amor renuncia ante tal objetivo: “Sé que eres inexpresable, / que es torpeza definirte, / que el acierto es sentirte, / y así alcanzar lo inefable” (51). En fin, la soberbia es mala compañera sobre todo porque sin poder mirar será imposible luego comprender algo y abarcar la totalidad de aquel ser que convoca su interés y curiosidad. Acaso lo que san Anselmo planteó en los versos que antes cité -primero creer y luego entender- aquí levemente se modifique por la presencia de un verbo distinto, más concreto: mirar. Guadalupe Amor exige no solo la sensación de la divinidad, sino la imagen reconocible por el sentido de la vista (“hasta ver no creer”, como lo indica el pasaje bíblico). En los términos de la teología católica, esta cuestión se plantea como algo que va más allá de lo puramente intelectual, tal y como lo entendió santo Tomás de Aquino: “El hombre no debe analizar con sus solas fuerzas naturales lo que excede su comprensión; sin embargo, esto que le excede ha sido revelado por Dios para ser aceptado por la fe” (53). Por supuesto, lo que hay en las Décimas a Dios no es una discusión puramente teológica, sino la singular creación de la poeta en los términos válidos del ejercicio poético.

A pesar del reconocimiento de las dificultades que implicaría entender a Dios, no por ello la poeta deja de exigir la presencia de lo divino en lo real. Ya se verá más adelante cómo, en los términos de Décimas a Dios, se vive el excepcional contacto con la divinidad en instancias que parecen abrevar de un discurso puramente místico; pero lo más recurrente en la obra es el reclamo sin ningún tipo de pudor ni tampoco de refreno. En esta décima, y en otras más, puede reconocerse algo parecido al chantaje contundente:

Tú sabes de mis pavores

y de mis noches eternas;

de las batallas internas

en que luchan mis ardores

contra los bruscos rigores

de mi helado pensamiento;

conoces mi sufrimiento,

y no me quieres salvar.

¿Qué intentas conmigo hallar?

¿Te sirvo de experimento? (29)

En esta otra décima, claro, con un matiz algo diferente, volvemos a encontrar la dialéctica entre la humildad -la poeta acepta que su conducta es egoísta- y la soberbia. Leemos en los versos un desplante que la lleva a reconocer un imposible cambio en su perpetua conducta:

¡Ay, cómo te comprometo

con mi egoísta insistencia

de reclamar tu presencia

violando así tu secreto!

Sé que lanzo casi un reto

al no aceptarte como eres.

Pero dime, ¿qué prefieres?

¿Que por cobardía calle

o que, torturada, estalle

diciendo cuánto me hieres? (35)

En el fondo, Amor no solo reclama al creador que no acuda a su llamado, sino que por encima de todas las cosas cuestiona los mecanismos con que Dios actúa: como un ser escondido, como un ser ausente, como alguien que exige, sin embargo, el ejercicio de una fe ciega. El dios de Guadalupe Amor es aquel que se ha olvidado, con o sin voluntad, de nosotros. Todo lo anterior lleva a la poeta al enervamiento, al enojo, al desconsuelo. Incluso al argumentar para favorecer la presencia material o visual de Dios, arguye la poeta la gran ventaja que esto, sin más, tendría: provocar la paz de su atribulado espíritu. A diferencia de santa Teresa que ansía morir para encontrar en la trascendencia por fin a Dios pleno, la impaciencia de Amor es palpable e infinita:

¿Por qué tratas de ocultarte

y de ser tan misterioso

cuando el corazón ansioso

te siente y no puede hallarte?

¿Por qué no quieres mostrarte?

Dime si tiene sentido

que tú existas escondido,

sabiendo que tu presencia

salvaría mi existencia

de la angustia y del olvido (36)

“Hoy Dios llegó a visitarme”

Por los referentes literarios que ya se han señalado en varias ocasiones como los principales influjos de las Décimas a Dios -la poesía de san Juan de la Cruz y de santa Teresa- y por el tema del poemario, se ha querido luego reconocer un aparente carácter místico en el texto. Incluso Guadalupe Amor interpretó así su propia obra literaria: “No es el tema de Dios la inquietud de sor Juana. Yo soy mucho más mística que ella” (cit. en Schuessler, La undécima musa 164). Como ya ha sido ilustrado en las páginas anteriores, la poeta en realidad no se interesó demasiado por apegarse a los planteamientos más ortodoxos del cristianismo - “dios-demonio, ya es la hora / de que por fin te definas, / o te muestres o declinas, / pues tu ausencia es delatora” (Décimas a Dios 43)-; sin embargo, resulta imposible no distinguir en sus décimas importantes imágenes, palabras e ideas que, en realidad, sí pertenecen a esa tradición religiosa milenaria. Hay que recordar aquí la oportuna advertencia de Margarita León Vega: “Al enfrentarnos a la poesía de los místicos ‘consagrados’ por la tradición, pero sobre todo a textos de poetas modernos que se inspiran en ellos o cuyas expresiones provienen de una vivencia mística, o cercana a ésta, habría que actuar con cautela” (“Mística y lenguaje poético” 35). Por la muy variable forma en que en el libro se encara el vínculo con Dios -con la humildad y con la soberbia-, no resulta extraño sino natural y lógico que en ocasiones la poeta incurra en aparentes herejías o blasfemias, tales como dudar si existe o no Dios, pensar si es o no una invención humana o considerarlo en una dimensión maniquea -divino y a la vez demoniaco-: “No creo en ti, pero te adoro. / ¡Qué torpeza estoy diciendo! / Tal vez te voy presintiendo / y por soberbia te ignoro” (Décimas a Dios 18). Lo relevante, sin embargo, es observar la palpable libertad, la sinceridad y aun la rebeldía con que la poeta se expresa, indicando a su invisible interlocutor lo que contradictoriamente siente más allá de los protocolos de las plegarias y de las letanías; allí radica en gran parte, según creo, la originalidad de las Décimas a Dios, en no seguir un camino antes trazado:

Oculto, ausente, baldío,

hermético, inalterable,

asfixiante, invulnerable,

absorbente, extraño y frío,

así te siento. Dios mío,

cuando sola y angustiada

me consumo alucinada

por lograr mi plenitud,

rompiendo esta esclavitud

a la que estoy condenada (Décimas a Dios 26)

Discutir si las Décimas a Dios pertenecen o no al ámbito de lo místico representa una serie de problemas importantes y acaso irresolubles por motivos ideológicos y asimismo culturales. En el caso particular, por ejemplo, de san Juan de la Cruz, la poesía sirve a este para compartir los matices de su experiencia, su hallazgo pleno, para él, de la divinidad al gozar por fin del Amado. Escoge el poeta, sin duda, algunas de las representaciones simbólicas o alegóricas más atinadas de toda la lírica española para comunicar lo aparentemente vivido por él. Amor recoge algunos de estos motivos y los convierte en algo propio y distinto: “Mi Dios, te propongo un trato: / ¡que sin tardar me enamores!” (Décimas a Dios 51). Aquí valdría la pena recordar lo que apuntó Jorge Guillén al respecto, acerca de la perfecta unión del arte con la vida en su singular caso: “El santo [san Juan] nos advierte que a esta poesía corresponde una experiencia personal y una reflexión doctrinal. Ante todo, hubo la experiencia” (342). José María Gallegos Rocafull, en La experiencia de Dios en los místicos españoles, plantea algo muy parecido: “Pueden descubrirnos un nuevo mundo interno y sobrenatural, porque previamente lo han explorado; no hay teología o literatura mística sin vida mística como no hay manera de comprender plenamente aquella sin vivir esta” (28). Una advertencia más antes de proseguir con este mismo punto, una observación que tiene que ver con las dificultades que los místicos tendrían para establecer verbalmente su máxima vivencia:

Para los místicos su propia vida es una realidad primaria, inasimilable a ninguna otra, que no hacen más que balbucear; luchan y se afanan por explicarla con claridad, pero aun en los casos en que, como santa Teresa o san Juan, lo logran plenamente, ellos mismos se encargan de desengañarnos y nos advierten que no han podido decirnos nada de los aspectos más ricos y profundos de su experiencia. (Gallegos Rocafull, 31)

Puede derivarse luego que lo místico deja de ser de la competencia únicamente de los estudios literarios; si la literatura se involucra, tiene ella el arduo encargo de enunciar lo imposiblemente enunciable, de convertirlo en poesía. Cuando la poeta mexicana cifra una vivencia mística, lo hace, sin embargo, con total aplomo. Es mi impresión que al leer este libro de Guadalupe Amor principalmente presenciamos la fervorosa búsqueda, tal y como ya lo he ilustrado, de Dios. Encontrar a Dios, vivir en su inmanencia, sería un efecto de percibirlo.

Si bien casi todas las décimas del libro enuncian la injusticia divina, la cual consiste en rechazar la invitación de la poeta, hay una composición en el libro en que se expresa, finalmente, el encuentro excepcional y momentáneo:

Hoy Dios llegó a visitarme,

y entró por todos mis poros;

cesaron dudas y lloros,

y fue fácil entregarme,

pues con solo anonadarme

en la exaltación que tuve,

mi pensamiento detuve,

y al fin conseguí volar…

¡Sin moverme, sin pensar,

un instante a Dios retuve! (42)11

Aquí ya estamos más allá de la soberbia y la humildad; ha dejado de ser necesario el sopesar el contenido del discurso como una petición o exigencia pues por fin Dios habría aceptado hacerse presente. En primer lugar, hay que destacar el hecho de que es Dios quien toma la decisión de visitar a la poeta. Es decir, a diferencia de lo que ocurre en el “Cántico espiritual” de san Juan de la Cruz (“Buscando mis amores / iré por esos montes y riberas”), aquí el alma no tiene que emprender un viaje simbólico, sino que sencillamente es avasallada por la presencia de lo divino en su espacio personal. No en el espíritu, sino en el cuerpo se recibe, según leemos, la tan especial gracia: “y entró por todos mis poros”. Es importante resaltar que coincide esta experiencia con el final de la angustia, del dolor, de los pensamientos tortuosos. Si es cierto que la nada engendra la angustia, como lo explicó Kierkegaard, el conocimiento de la plenitud o de la totalidad, aunque sea por un solo instante, logra su anulación. La inmovilidad permite el milagro. Un aspecto interesante, el cual tal vez fue sopesado por la autora, es la colocación de esta décima no al final del libro, como una conclusión; de esta manera se mantiene la búsqueda perpetua. En cambio, en la edición de sus Poesías completas (1951), este poema cierra el volumen y el ciclo de décimas.

Finalmente, deseo revisar cómo el componente místico prácticamente se diluye en las composiciones del otro libro que dedica Guadalupe Amor a explorar las facetas de Dios. En 1958 apareció Sirviéndole a Dios de hoguera. Esta obra no retoma aquello que fue fundamental en Décimas a Dios -el uso de la poesía como un método para buscar y seducir al creador, y la angustia en su dialéctica relación con la fe-, en ella se percibe más bien el registro de la existencia, la permanencia y la resistencia de lo divino en el espacio, en el tiempo y en las zonas más interiores del alma y la conciencia. Si en las Décimas a Dios la voz de la poeta había tenido que explorar las posibilidades -el grito o el silencio, la soberbia o la humildad, la congoja o la aceptación, el chantaje o el pacto con lo trascendental-, las composiciones de Sirviéndole a Dios de hoguera reflejan un estado perpetuo e inconmovible en el cual la divinidad inunda el mundo real de los seres humanos y de la poeta. Es más, podría decirse que se prefiere aquí una visión levemente panteísta: “Dios es vida que comienza / desde el último estertor; / cada sangre deshojada / filtra la sombra de Dios” (Sirviéndole a Dios de hoguera 12). Si para Tales de Mileto todo está lleno de dioses, para Amor, entonces, Dios está en todos lados casi agobiando la eternidad. La angustia -emoción que se liga con el futuro- todavía es un estado permanente: “Cabe en Dios la eternidad, / yo en mi angustia me eternizo; / Dios hizo todo a su modo: / a mí en mi ser me deshizo” (Sirviéndole a Dios de hoguera 14). La relación no deja de ser de algún modo opresiva. No sobra decir que, acaso por todo lo anterior, Sirviéndole a Dios de hoguera no tenga la fuerza ni el vigor de las Décimas a Dios, ese constante debate con la divinidad, ese mar de preguntas sin respuesta, ese rosario blasfemo e inaudito. En esta obra de Amor, más allá de la singular imagen del alma consumiéndose en el fuego, ya no hay una experiencia mística en potencia, no es algo necesario por la forma en que Dios se instala en lo eterno, pero también en lo inmediato: “Quien puede pensar en Dios, / por Dios está cultivado; / aquel que logra sentirlo / ya por Dios está tocado” (Sirviéndole a Dios de hoguera 33). Como lo compartió la poeta con Elena Poniatowska, el tono de este libro es, sin duda, diferente:

Creo que estas coplas son menos religiosas que las Décimas a Dios y más optimistas. He cavado más profundo. Sirviéndole a Dios de hoguera es mucho más universal que mis libros anteriores. Con toda premeditación y ventaja, hice 110 coplas con una gran pobreza de palabras. ¡Fíjate tan solo tengo cuatro o cinco palabras esenciales: ¡Dios, eternidad, sangre, universo y astros! (cit. en Poniatowska 46)

Conclusiones

Porque cualquiera que pide recibe, y el que busca halla

Mateo 7.8

En las páginas de este trabajo he revisado el tratamiento de lo divino en la obra de la poeta mexicana Guadalupe Amor. Me he concentrado en la época en que ella aparece en el escenario literario mexicano y en que sus libros provocan gran admiración y suspicacia: los años cincuenta, década en que aparecen Décimas a Dios y Sirviéndole a Dios como hoguera. Particularmente, he atendido el primero de estos dos libros por tratarse de una obra sin duda original, la cual aprovecha el imaginario cristiano y una tradición poética a la que tangencialmente se adscribe. En sus años de infancia, Amor conoce los contenidos de la religión católica; su padre, como lo han apuntado sus biógrafos, solía pasar largas horas leyendo y debatiendo obras piadosas y con contenido teológico. La poeta no hereda propiamente ese trato con las ideas, con los autores, con la fe, con la ortodoxia ni con la institución. En cambio, en sus poemas registra la urgencia por encontrar a Dios en sus propias condiciones y métodos. En 1958, en las páginas autobiográficas de Yo soy mi casa, la escritora explicó así esa urgencia inconmovible:

¿Por qué, Dios mío, por qué para mirar a Dios no basta cerrar los ojos, y para sentirlo no son suficientes las palpitaciones del propio corazón? ¿Y por qué para implorarlo se tiene que recurrir a oraciones estereotipadas que tratan de limitar la omnipotencia de Dios? Un instinto casi animal me hacía rebelarme en contra de esos enjutos rezos y de ese rostro malamente pintarrajeado, que cada noche de mi infancia presidía el rosario. (124)

Es precisamente la poesía de Guadalupe Amor la huida del discurso estereotipado, pues ostenta la sinceridad de quien crea unas formas propias, una nueva y arrebatada concepción de lo divino: “No al que me enseñaron, no. / Al eterno inalcanzable, / al oculto inevitable, / al lejano, busco yo” (Décimas a Dios 21). En sus versos está pues la libertad de quien demanda, exige, seduce y convence por medio del arte de la poesía.

Las Décimas a Dios convocan a la divinidad en términos individuales y personalísimos; y esos términos vacilan entre la humildad y la soberbia, entre el reconocimiento de la débil humanidad y la posibilidad de exigir el mayor de los premios: la plena confirmación del ser sagrado, el arrobamiento o el éxtasis. Por supuesto, Amor se aleja de los tópicos y de las estrictas imágenes manidas de la poesía religiosa: reinventa lo que requiere para expresarse, nunca rehúye de la blasfemia y de la herejía. Por último, en estas páginas me he detenido en uno de los textos de Décimas a Dios en que la búsqueda ha llegado, solo en apariencia, a su deseable conclusión o cierre. Solo en una de las 43 composiciones que configuran la edición de 1953 se manifiesta un instantáneo contacto con Dios, algo muy similar a la experiencia mística. Ese contacto transcurre vívidamente en los diez versos del texto de forma pasajera; pero en el ámbito del libro quizás basten para pensar que el ejercicio de la poesía no ha sido, en dicho sentido, en vano.

Bibliografía

Amor, Guadalupe. Décimas a Dios. 3ª ed., Fondo de Cultura Económica, 2018.

______. Décimas a Dios. 4ª ed., Fournier, 1975. Fondo de Cultura Económica.

______. Material de lectura. Edición de Roberto Fernández Sepúlveda, Universidad Nacional Autónoma de México, 2012.

______. Otro libro de amor. Fondo de Cultura Económica, 1955.

______. Poesías completas (1946-1951). Prólogo de Margarita Michelena, Fondo de Cultura Económica, 1951.

______. Sirviéndole a Dios de hoguera. Fondo de Cultura Económica, 1958.

______. Yo soy mi casa. Fondo de Cultura Económica, 1958.

Aquino, Tomás de. Suma teológica mínima. Los pasajes filosóficos esenciales de la Suma teológica de Santo Tomás de Aquino. Edición de Peter Kreeft, traducción de los textos de P. Kreeft por Julio Hernández Oliveras, Tecnos, 2014.

Beuchot, Mauricio. “Cantos intempestivos: los de la mística y la poesía”. Mística y lenguaje poético: discursos sobre experiencias de lo Absoluto, edición de Margarita León Vega, Universidad Nacional Autónoma de México, 2020, pp. 353-370.

Canterbury, Anselmo de. Proslogion. Con las réplicas de Gaunlión y Anselmo. Edición y traducción de Julián Velarde Lombraña, prólogo de Mariano Álvarez, Tecnos, 2009.

Cruz, Juan de la. Poesía. Edición de Domingo Ynduráin, Cátedra, 2000.

Gallegos Rocafull, José María. La experiencia de Dios en los místicos españoles. Central, 1945.

García, Elvira. Redonda soledad. Grijalbo, 1997.

González Frías, Víctor René. El discurso religioso en las Décimas a Dios de Guadalupe Amor y La tristeza terrestre de Margarita Michelena. 2022. UAM-Azcapotzalco, tesina de especialización en Literatura Mexicana del Siglo XX.

Guillén, Jorge. “Lenguaje insuficiente. San Juan de la Cruz o lo inefable”. Obra en prosa, edición de Francisco J. Díaz de Castro, Tusquets, 1999, pp. 337-360.

Jesús, Teresa de. Libro de la vida. Edición de Otter Steggink, Castalia, 2001.

______. Las moradas. Prólogo de Marco Antúnez, Universidad Veracruzana, 2012.

______. Obras completas. 7ª ed., edición de Luis Santullano, Aguilar, 1951.

Kempis, Tomás de. Imitación de Cristo (Primer tratado). Prólogo de Enrique Miret Magdalena, Debate, 2002.

Kierkegaard, Søren Aabye. El concepto de la angustia. 2ª ed., traducción de Demetrio G. Rivero, Alianza, 2013.

León Vega, Margarita. “Dolor y plenitud humanos en la búsqueda de la unión mística: la poesía de Concha Urquiza”. Mística y lenguaje poético: discursos sobre experiencias de lo Absoluto , editado por Margarita León Vega, Universidad Nacional Autónoma de México, 2020, pp. 555-597.

______. “Mística y lenguaje poético”. Los ríos sonorosos de la palabra (Mística y poesía), editado por Margarita León Vega, Universidad Nacional Autónoma de México, 2018, pp. 23-48.

Michelena, Margarita. “Prólogo”. Poesía s completas (1946-1951), de Guadalupe Amor, Fondo de Cultura Económica, 1951.

Pacheco, José Emilio, editor. Antología del modernismo. Era, 2019.

Papini, Giovanni. El diablo. Tomo, 2010.

Pellicer, Carlos. Hora de junio. Práctica de vuelo. Fondo de Cultura Económica / Secretaría de Educación Pública, 1984.

Poniatowska, Elena. “Pita Amor en los brazos de Dios”. Las siete cabritas, Era 2000, pp. 31-54.

Schuessler, Michael. “Guadalupe Amor y la creación / destrucción del sujeto poético femenino”. Metate. Periódico de la Facultad de Filosofía y Letras, no. 23, 2008, pp. 1-6.

______. La undécima musa. Guadalupe Amor. Diana, 1995.

Unamuno, Miguel de. Del sentimiento trágico de la vida. La agonía del cristianismo. Prólogo de Antonio Sánchez Barbudo, Akal, 2017.

Urquiza, Concepción. Hambre del corazón. Poesía y prosa. Prólogo de Gabriel Menéndez Plancarte, Secretaría de Cultura de Michoacán, 2010.

Vergara, Gloria. “Lo sagrado en las poetas mexicanas de principios del siglo XX”. Agathos, vol. 12, 2021, pp. 77-92.

Zaid, Gabriel. Tres poetas católicos. Penguin Random House, 2021.

Notes

1 Atinadamente, la poeta Margarita Michelena, en una conferencia leída en el Palacio de Bellas Artes el 17 de enero de 1951, y cuyo texto después figuró como prólogo para la edición de Poesías completas de Guadalupe Amor, vislumbró la obra de esta autora como un fruto de la preferencia por lo eminentemente puro: “Poesía más de ideas que de metáforas, la de Guadalupe se mueve bajo una estrella pitagórica. Y como a la música de Bach, nada le falta y no le sobra nada. Es poesía cuya esencia pide un vaso esencial. Y así está, sostenida en su pura desnudez, como un astro en su luz infalible” (XIII).
2 Todas las citas de Décimas a Dios corresponden a la edición de 2018.
3 Michael Schuessler plantea lo siguiente acerca de la cuestión: “Pita sí pertenece al grupo de los ‘excluidos’ de la historia porque su obra ha sido sistemáticamente excluida, ninguneada, ignorada y hasta reprendida, por los llamados dueños de la cultura en México” (“Guadalupe Amor y la creación” 2).
4 “Pita Amor fue de escándalo en escándalo sin la menor compasión por sí misma. En un programa de televisión, cuajada de joyas, dos anillos en cada dedo, y sobre todo con su escote que hizo protestar a la Liga de la Decencia, que afirmaba que no se podía recitar a San Juan de la Cruz con los pechos de fuera, se puso a decir décimas soberbias. Sus Décimas a Dios fueron el delirio” (Poniatowska 38).
5 En una entrevista recogida por Elvira García, Amor declaró: “Yo no estoy influenciada por nadie. ¿De los místicos españoles? Tal vez, aunque cuando comencé a escribir ni los conocía” (224).
6 En los años ochenta, Amor publicó una colección de sonetos: Ese Cristo terrible en agonía. Desde el título, ya se nota la impronta cristiana, pero con una perspectiva bastante singular: “Ese Cristo tan negro y vengativo / al que debo una deuda prometida, / permanece agónico y con vida / esperando mi tardo donativo // Ese Cristo de sangre fugitivo / prolonga su agonía desmedida / y su sangre está ya comprometida / con su cuerpo sangriento y abatido // Ese Cristo de noche a mí me sigue / y me cobra y me reta y me persigue / y su mirada eterna de agonía // a la luz de mis ojos desafía / Cubierto con un tápalo morado / es testigo de mi íntimo pecado” (Material de lectura 21).
7 Margarita León Vega ha subrayado lo siguiente acerca del interlocutor en la poesía mística: “Llamar a Dios, apostrofarlo, habla de la lucha del místico por unirse al Amado; pero también tiene que ver con su intención implícita de convencer a otros —los virtuales receptores del poema— de su experiencia” (“Mística y lenguaje poético” 32).
8 Michael Schuessler ha sabido destacar este rasgo —la ambigüedad— en la escritura de la poeta: “Con Guadalupe Amor estamos frente a una serie de dicotomías que forman sus emociones y su intelecto, su voz poética y su vida personal, su estilo clásico y su ser iconoclasta... la razón y la locura” (“Guadalupe Amor y la creación” 3).
9 En un trabajo reciente acerca de la poesía de Margarita Michelena y Guadalupe Amor, Víctor René González Frías recobra el panorama religioso de la poesía de la época y atiende más nombres representativos del género en México. Gloria Vergara, por su parte, ha estudiado la poesía religiosa de varias autoras del país, entre ellas, Guadalupe Amor; para Vergara su obra mantiene “una poética contestataria ante los principios de la fe y la cultura católica mexicana” (86).
10 A propósito de ese deseo teresiano de morir, y de anular la temporalidad, Mauricio Beuchot ha señalado: “[…] veía, con real desengaño, la vanidad del mundo, la fragilidad de tiempo, y por eso suspiraba por lo eterno, es decir, por la gloria celestial, por la visión de Dios” (356).
11 En libros previos, Guadalupe Amor ya había planteado la posibilidad de la trascendencia, pero sin la ayuda de Dios: “Mi cuerpo, andando el camino, / muy poco lugar recorre. / En cambio, mi alma no corre / y traspasa su destino. / Procede los dos sin tino: / el uno vuela y no llega; / inmóvil la otra navega / por regiones que no existen; mas en su mente persisten, / y al universo se entrega” (Poesías completas 94).
HTML generated from XML JATS by