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Bolívar en su laberinto epistolar
Bolívar in his epistolary labyrinth
Connotas. Revista de crítica y teoría literarias, no. 30, e542, 2025
Universidad de Sonora, Departamento de Letras y Lingüística

Artículos


Received: 17 September 2024

Accepted: 22 December 2024

Published: 01 January 2025

DOI: https://doi.org/10.36798/critlit.i30.542

Resumen: En este artículo proponemos estudiar el epistolario de Simón Bolívar. La magnitud y riqueza de esta correspondencia posibilita múltiples acercamientos y variadas perspectivas. Nosotros nos centraremos en dos ejes de análisis. El primero se encamina a explorar las formas en las que el género epistolar se manifiesta en las cartas de Bolívar, un asunto ligado de forma estrecha con la expresión del yo autobiográfico. El segundo se construye alrededor del surgimiento del sujeto hispanoamericano que, en el caso que estudiamos, se liga indisolublemente a la emergencia de los nacionalismos del siglo XIX y a los sueños y aspiraciones de la elite criolla. Para estos objetivos nos remitiremos a estudios históricos y teóricos puntuales sobre el género epistolar y a estudios críticos de Beatriz González Stephan y Mabel Moraña, como un apoyo central para ubicar y desarrollar las problemáticas relacionadas con el surgimiento y la configuración de los discursos de independentistas criollos.

Palabras clave: Sujeto epistolográfico, discursos independentistas hispanoamericanos, retórica y política, escrituras del yo.

Abstract: In this article we propose to study the epistolary of Simón Bolívar. The magnitude and richness of this correspondence allows multiple approaches and varied perspectives, we will focus on two axes of analysis. The first is aimed at exploring the ways in which epistolary genre are manifested in Bolívar's letters, a theme closely linked to the expression of the autobiographical self. The second is built around the inquiry into the emergence and expression of the Hispanic-American subject which, in the case we study, is inextricably linked to the emergence of nineteenth-century nationalisms and to the dreams and aspirations of the Creole elite. For these purposes, we will refer to specific historical and theoretical studies on the epistolary genre and to critical studies by Beatriz González Stephan and Mabel Moraña as a central support to locate and develop the problems related to the emergence and configuration of the discourses of Creole independence fighters.

Keywords: Epistolography subject, Hispanic American independence discourses, rhetoric and politics, self-representation and writing.

El que sirve a una revolución ara en el mar. Simón Bolívar

Los discursos de los libertadores independentistas se constituyen en una de las primeras manifestaciones del sujeto americano que pasa de ser súbdito colonial a ciudadano republicano. En ellos se puede leer una tensa negociación entre el persistente anclaje al pasado colonial y la anhelada modernidad. El mundo que se configura en estas escrituras resulta problemático y colmado de ambigüedades, ya que en él se manifiestan las conflictivas intersecciones de clase, raza y sexo de una sociedad sumamente jerárquica y en transición. Los sujetos emergentes de esta nueva realidad, en un primer momento, encontraron su expresión en los textos de los libertadores a los que Mabel Moraña explica como una compleja mixtura de “razón y delirio, escritura y oralidad, realidad y utopía” (32). Entre todos estos discursos destacan los de Simón Bolívar ya que se ubican:

En la cúspide de la discursividad emancipatoria. Por la vastedad y amplias repercusiones del proyecto bolivariano, esos textos nos permiten una aproximación al mismo tiempo global y específica a los conflictos y alianzas ideológicas que marcaron la transición de La Colonia a la vida republicana en la América Hispánica y una apertura a la tensa red de compromisos, negociaciones y desplazamiento que caracterizaron el surgimiento del pensamiento nacionalista y la implantación del modelo liberal a nivel continental. (Moraña 33)

Las epístolas bolivarianas no contradicen los postulados señalados arriba pues también enuncian los núcleos básicos de los nacionalismos y expresan nítidamente las ambigüedades propias del discurso independentista de la época. De la misma manera pueden ser capaces no solo de conferir un determinado sentido a la biografía de su autor, sino que también adquieren un papel de primer orden para examinar la instauración de las comunidades republicanas. Bajo estos supuestos nos proponemos analizar el epistolario de Simón Bolívar y para cumplir este objetivo nos remitiremos a estudios históricos y teóricos puntuales alrededor del género epistolar como los de Nora Bouvet, Pedro Salinas y Roger Chartier. De la misma manera acudiremos a estudios críticos que nos auxilien para ubicar y desarrollar las problemáticas relacionadas con el surgimiento y la configuración de los discursos de independentistas criollos. Para este último punto nos remitiremos principalmente a las autoras Beatriz González Stephan y Mabel Moraña.

El epistolario de Simón Bolívar ha sido material invaluable para historiadores, novelistas y poetas. La biografía e historia que se ha leído en estos documentos se ha mitificado, desmentido, sacralizado e institucionalizado, pues los escritos bolivarianos constituyen un archivo catalogado y certificado por el Estado. Sobre la trascendencia del legado del prócer venezolano, Alicia Ríos afirma que “no existe ninguna otra referencia simbólica que pueda aglutinar, con una fuerza equivalente o por lo menos aproximada, a la sociedad venezolana como conjunto” (19), una afirmación que da cuenta de la influencia que ha ejercido la figura de Bolívar hasta la actualidad.

Ahora bien, dados los extravíos, dispersiones y pérdidas de este material resulta temerario aventurar una cifra exacta de las cartas que el prócer escribió o dictó durante su vida; sin embargo, Edgardo Mondolfi Gaudat (7) afirma que deben ser más de diez mil, suma que independientemente de su exactitud proporciona una idea de la magnitud de este corpus. Lo que sí podemos afirmar es que las cartas jugaron un papel trascendental en la vida de Bolívar. En un primer momento la mayor importancia la alcanzaron en su papel de difusoras de su pensamiento, el ejemplo por excelencia es la célebre “Carta de Jamaica”. En un segundo momento, actuaron como un instrumento importantísimo en sus campañas y casi como una estrategia militar, ya que el intenso cruce de correspondencia de y hacia Bolívar tejió una tupida red a lo largo de los campos de batalla. A través de ellas se acordaban maniobras y se negociaban aprovisionamientos: armas, dinero, hombres, todo lo necesario para las contiendas. También Bolívar las utilizó como un medio para afianzar y consolidar su poder y el nuevo orden que su espada contribuyó a instaurar. En un tercer tiempo, su correspondencia estuvo marcada por la sombra de la muerte y la decepción, cuando se debatía entre la idea de emigrar y el delirio de reanudar el ciclo de las guerras civiles para encabezar una nueva revolución.

En el caso de Simón Bolívar, al igual que sucede con escritos de carácter autobiográfico de otros próceres decimonónicos, como por ejemplo los del argentino Domingo Faustino Sarmiento o del mexicano Guillermo Prieto, el discurso del yo desborda el registro de los acontecimientos menores del transcurrir biográfico para dar cabida a prácticas discursivas mediante las que la vida del militar o del político se entrecruza con temas y formas propias de la intimidad. Es así que las cartas se pueden convertir en documentos ideales para observar la proyección y el desarrollo de la vida pública de estos hombres y de los emergentes nacionalismos, así como para registrar la lábil frontera entre la esfera privada y la pública de sus correspondencias y, con ella, la trabajosa emergencia de la subjetividad del sujeto moderno hispanoamericano.

El corpus epistolar que ahora examinamos es vasto y alcanza un gran número de registros. Entre las cartas del prócer venezolano se encuentran desde las de tono familiar y de índole comercial, hasta documentos oficiales y de guerra. Se ventilan asuntos de suma trascendencia: se trasmiten órdenes o solicitudes de las que depende el éxito de alguna estrategia militar o política y se piden y conceden favores. Con ellas Bolívar hace proselitismo político, algunas veces corteja o agradece, mientras que en otras busca seducir, persuadir o atemorizar. El género aquí linda con la epístola clásica, la proclama, el ensayo y con géneros asociados a la vida privada como el discurso familiar, confesional e, incluso, amoroso. Además de esta oscilación entre varios estilos y formas, el análisis de estas cartas revela otros rasgos transfronterizos propios de los epistolarios, tales como el tránsito entre el ámbito privado y público, y el desbordamiento del binomio emisor-receptor para incluir otros destinatarios. Se pueden señalar también la autoreflexibilidad en la que se representa el acto mismo de escritura, así como la inestabilidad discursiva ocasionada por el temor de que ojos ajenos violen la confidencialidad o el perímetro de lectores marcado por el emisor. Por último, al igual que en muchas escrituras autobiográficas también están presentes el autoencomio y la justificación de la propia vida.

Este epistolario se ha usado hasta ahora por historiadores para reconstruir la biografía del héroe y la historia de la Independencia. Bolívar ha resultado un personaje fascinante para estudiosos y para escritores. Ha inspirado gran cantidad de biografías, poemas, novelas y estudios diversos.1 La sugestión que ha ejercido quizás tiene que ver con los 123 mil kilómetros que recorrió en sus campañas militares, los cinco países de los que fue presidente y que liberó, o con las sucesivas veces que ganó y perdió y volvió a ganar la Guerra de Independencia. A diferencia de otros próceres del siglo XIX, Bolívar no legó ni sus memorias, ni su diario ni su autobiografía, por lo que los estudiosos se han de conformar con estos documentos como lo más cercano a una autorreconstrucción de su vida.

Ahora bien, es importante no perder de vista que no estamos proponiendo examinar de ninguna manera la obra de un escritor profesional ni una obra propiamente literaria. Se trata del epistolario de un autor cuyo corpus se compone de discursos, arengas, constituciones, proclamas, además de su epistolario. Casi en su totalidad estos escritos se vinculan con la acción política y militar de su autor. Sin embargo, no está de más recordar que la literatura y la política en esta época se expresan de manera indisoluble. El ensayo se convierte en un género fundamental, pues los hombres públicos eran frecuentemente grandes prosistas ya que la divulgación de las ideas era un instrumento esencial para la reorganización de las esferas públicas y privadas de las nacientes repúblicas.

La profusión y el tipo de asuntos relacionados con la vida política y militar que Bolívar trata en su correspondencia hace parecer imposible que sus campañas se hubieran realizado sin contar con este medio. Es como si la guerra se tramara a través de esta red de escritos que cruza en múltiples direcciones los territorios en contienda. Su lectura muchas veces sugiere que el ritmo de la vida de Bolívar y de los países sobre los que ejerció influencia estuvieron marcados por las eventualidades y los designios que contenían estas misivas. Así apunta el siguiente extracto de una carta dirigida a otro héroe independentista, Francisco de Paula Santander:

La plaza de Callao no puede ser batida en brecha, porque la altura del glacis está al nivel de los merlones del muro. Por supuesto este sitio durará mucho tiempo o, por lo menos, hasta el mes de junio. Esperaré aquí hasta que Vd. me conteste la recepción de la batalla de Ayacucho, y junto con la respuesta de Vd. espero las últimas noticias sobre las expediciones navales de Jurien. Entonces me iré para el Alto Perú si no hay novedad de consideración por Colombia. (4: 297)2

Para Benedict Anderson uno de los rasgos que posibilita concebir la nación moderna es la existencia de una comunidad de camaradería horizontal entre ciudadanos considerados iguales entre sí (25). En esta misma lógica, en los países meridionales, afirma Beatriz González Stephan en un sugerente estudio sobre los discursos de los héroes nacionales, se observa que ya entrado el siglo XIX los intelectuales varones que se sentían responsables de la consolidación de las instituciones republicanas -a partir de la autoridad que les proporcionaba la publicación de gramáticas, manuales, constituciones, revistas y periódicos y hasta la fundación de universidades y repúblicas- ejercía una permanente vigilancia de cuerpos y discursos cuidando que el ablandamiento de las costumbres no confundiera la diferenciación de roles, espacios y lenguajes. La consagración de los héroes independentistas y de las gestas bélicas sirvió también, agrega la misma estudiosa, para “mantener a raya” la tendencia a dulcificar o feminizar las costumbres y a relajar las diferencias sexuales (“Héroes nacionales” 24-25).

Ya en una primera lectura del epistolario del prócer venezolano se advierte que la mayoría de sus corresponsales son varones, lo cual no es de extrañar si pensamos que en el conjunto de estos documentos se trata principalmente asuntos relacionados con las campañas militares y negocios de Estado, esferas de las que quedaban excluidas las mujeres. En cambio, puede resultar llamativo que a muchos de esos corresponsales les dedique calurosas muestras de afecto. Especialmente parecen reservadas esas manifestaciones de tierna devoción a sus generales y a varios amigos a quienes no vacila en convertir en objeto de fraternas declaraciones de amor. Esto se puede ejemplificar con el siguiente pasaje extraído de una carta dirigida a sus amigos Francisco y Fernando Toro a quienes suplica regresar a Venezuela para incorporarse a la lucha independentista:

Vamos, mis amigos, no se hagan Vds. de rogar más; yo no añadiré más observaciones a las que antes he hecho; me parece que han sido excesivas y aun duras las más de ellas; pero dictadas por el sentimiento de la más alta admiración y del amor más tierno que un hombre puede profesar a otro. Jamás pienso en Vds. sin gemir, jamás escribo a Vds. sin llorar. Adiós, mis amigos, vengan Vds. a consolar a quien no puede recibir consuelo sino de sus queridos Toros. (II: 125)

El campo militar y la guerra de independencia parecen los espacios más adecuados para el establecimiento de un círculo sellado por un pacto viril establecido entre guerreros hermanados en la vida y en la muerte, por lo que libre de toda sospecha, afirma González Stephan: “la comunidad masculina puede negociar los límites peligrosos de su erotismo sin arriesgar las identidades masculinas socialmente aceptadas” (“Héroes nacionales” 98). Así el deslumbramiento y admiración mutua que el valor y la gallardía despiertan en los compañeros de espada o de lucha ideológica es representada frecuentemente por la retórica neoclásica no sólo en las epístolas estudiadas aquí sino también en la poesía épica dedicada a las gestas independentistas.3 La comunidad imaginada que se gestaba en la Hispanoamérica independiente se concebía como una red de varones ilustrados, adultos, con profesión y solvencia económica. Así se hacía constar en la constitución bolivariana que instituía al ciudadano con derecho al voto.4 Se establecía fácilmente una relación inequívoca entre poder y virilidad, un círculo en el que la mujer o cualquier otro tipo de sexualidad queda excluida.

La sensibilidad de la época, que señalaba el amor y la lealtad fraterna entre varones como la expresión de la reciedumbre y solidez de los valores masculinos, encuentra un cauce idóneo en la correspondencia personal de Bolívar; a través de ella mantenía una constante comunicación con sus generales, amistades y correligionarios; y aun cuando se tratara la mayoría de las veces de asuntos militares o políticos, el carácter privado e íntimo del discurso epistolar favorecía la expresión de los afectos y las emociones: “Yo no sé si he dicho a Vd. todo lo que deseo que Vd. sepa, porque cuando empiezo a conversar con Vd. no quisiera acabar, aunque se me acabe la conversación” (III: 68). De esta manera, podemos afirmar que, incluso cuando la correspondencia bolivariana oscila entre un estilo generalmente formal, directo -y a veces también se desliza hacia una retórica grandilocuente e incluso épica-, no en pocas ocasiones adquiere un matiz más relajado cuando se dirige a sus generales, para quienes reserva un trato afectuoso e íntimo, hasta permitirse un tono de irónico humor:

Tengo tres puntos que tratar: el padre Cuervo, el padre Cuervo y el padre Cuervo. Primero, sobre diezmos. Hasta ahora no se han tomado más que 11.000 de los señores canónigos entre Tunja y Pamplona. Cuando tomásemos la mitad de sus rentas, no haríamos más que ponerlos a medio sueldo como está todo el mundo. Respeto mucho su ministerio sagrado, pero como su reino no es de este mundo, por desprenderlos de los bienes mundanos debemos aliviarles la conciencia. Todo esto es fuera de chanza. (II: 116)

Resulta entonces natural que Bolívar ofrezca su amistad al General O’Higgins, en ese momento Director de la República de Chile, con quien podía establecer esa relación de camaradería horizontal de la que habla Benedict Anderson como esencial entre aquellos hombres a quienes unían los lazos invisibles pero profundos de las comunidades nacionales; tal como puede ejemplificar la siguiente cita en la que está presente también el homenaje a los méritos del otro como un elemento esencial en esa relación entre iguales:

Me será muy grato que nuestra correspondencia epistolar sea tan frecuente, cuanto posible, y que reine en ella la sinceridad y el candor que son tan propios para unir a los compañeros de armas y amigos natos. Por mi parte, ofrezco a Vd. los sentimientos de una verdadera amistad y el tributo de admiración que inspiran a todos las relevantes cualidades que adornan a V.E. (III: 81)

Encontramos conjugadas, en esta cita, escritura epistolar, amistad y guerra como una trinidad que estrecha y consolida a lo largo de la red de correos esta comunidad dinástica de próceres.

En este mismo sentido, resulta ilustrativa la carta del 4 de septiembre de 1824 dirigida a Antonio José de Sucre. En ella, Bolívar se empeña en satisfacer al general por lo que juzgó éste una falta de consideración a sus méritos y a su rango militar. Para ello, Bolívar recurre a parafrasear el inicio de la carta XVII que Julia dirige a su amante ultrajado en la novela Julia o la nueva Eloísa de Rousseau: “Esta es la única cosa que ha hecho Vd. en la vida sin talento” (IV: 179), le argumenta a Sucre para convencerlo de su error. Es un momento de gran autorreflexibilidad genérica, pues se recurre a una carta ficticia de carácter amoroso para iniciar a su vez una carta de desagravio a un amigo y valioso colaborador. Este episodio da pie para dos reflexiones alrededor de los asuntos que hemos venido examinando. La primera es el conocimiento que Bolívar tenía del uso literario del género epistolar y que, por lo menos parcialmente, revela la escritura del venezolano como un ejercicio meditado; así podríamos explicar la solicitud a sus corresponsales de no publicar sus cartas al considerar, tal como se citó más arriba, que fueron escritas con descuido y desorden. Con esta afirmación se puede advertir en Bolívar la conciencia de la divulgación y sus implicaciones, que posee todo aquél que ejerce asiduamente el género.5 La otra reflexión es sobre el constante cruce entre amistad y amor. Por las mismas razones resulta revelador que cuando Bolívar pierde la confianza en Francisco de Paula Santander y decide romper con él, lo haga por medio de una carta y que el signo de tal ruptura sea precisamente la interrupción de la correspondencia, tal como lo hace saber en la posdata de una carta dirigida al General Carlos Soublete:

Ya no pudiendo soportar más la pérfida ingratitud de Santander, le he escrito hoy que no me escriba más, porque no quiero responderle ni darle el título de amigo. Sepa Vd. esto para que lo diga a quien corresponde. Los impresos de Bogotá tiran contra de mi, mientras yo mando a callar los que tiran contra Santander. ¡Ingrato mil veces!!!!! (VI: 231-232)

Tampoco resulta entonces extraño que esta relación de íntima amistad tome el cariz de un paternalismo que ejerce tanto hacia sus subordinados como hacia todos aquellos que se pudieran considerar desprotegidos. Bolívar, el Libertador, estaba en dominio del género, la racionalidad, la clase, la raza, la edad y hasta del estado civil adecuados para ejercer el auxilio de la patria y reorganizar bajo su protección los conglomerados que la conforman: pardos, negros, mujeres, niños, ancianos (González Stephan, “Héroes nacionales” 55). Así lo asume él y así lo entenderán después quienes tomaron su figura como modelo de patriotismo y ciudadanía.

De dichas colectividades que El Libertador se siente llamado a proteger, algunas resultan conflictivas al atribuírseles una índole ajena a la nobleza del espíritu identificado con sentimientos como la amistad y carentes de las cualidades necesarias para la guerra como el raciocino y la templanza. Esta idea se puede ejemplificar en el siguiente extracto de una carta dirigida al Dr. Pedro Gual, en el cual Bolívar asocia la naturaleza femenina con pasiones imposibles de conciliar con la defensa de la patria, con la amistad y con el raciocinio:

¿Podré yo posponer los intereses de mi patria a viles y violentas pasiones? ¿Podré yo dar oídos la venganza y hacerme sordo a la voz de la razón? ¿Podré yo despreciar a un amigo que me ofrece la amistad de un enemigo? No, no, no, querido Gual. Yo sigo la carrera gloriosa de las armas sólo por obtener el honor que ellas dan; por la libertad a mi patria; y por merecer las bendiciones de los pueblos. Ahora pues, ¿cómo he de dejar yo marchitar los laureles que me concede la fortuna en el campo de batalla por dejarme arrastrar, como una mujer, por pasiones verdaderamente femeninas? (I: 130)

Bolívar se mantuvo célibe después de un juvenil y fugaz matrimonio que lo dejó en la viudez, pudo entonces desempeñarse como el esposo, padre, hermano de toda mujer desamparada y como padre y jefe de todos los hombres. Son múltiples las alusiones o las cartas dirigidas a viudas u otras mujeres en las que ofrece su protección. La más antigua es quizás la que envía a Josefa María Tinoco, madre de los hijos de su hermano recién fallecido entonces y de quien Bolívar fue heredero. Esta misiva es la respuesta a otra que le dirigió Josefa María en la que le suplicaba una entrevista para acordar el amparo de los sobrinos del héroe venezolano. En el siguiente fragmento de la breve, directa y perentoria respuesta, Bolívar promete a la mujer:

Mi primer cuidado ha sido disponer que los bienes de Juan Vicente, le toquen a tus hijos: que se te dé una pensión de cincuenta pesos mensuales, hasta que estos bienes den producto, y después el todo. […] Antonia tiene orden de asistirte como a mí mismo y sé que lo hará mejor que yo. Cuenta con esto. Estoy de prisa y quizás no podré verte: pues el honor y mi patria me llaman a su socorro […] (I: 26)

En muchas otras misivas, el prócer venezolano dicta disposiciones o solicita que alguna viuda sea atendida o bien acude al auxilio de alguna dama en situación difícil, como lo expresa en estas palabras dirigidas a Doña Gertrudis Toro:

Si me fuera permitido entrar en esa plaza, iría sólo por sacarla a Vd, de en medio de tantos enemigos, Yo no tengo nada, lo poco que traje ya lo he repartido entre mis compañeros de suerte, pero, Gertrudis, tengo un corazón que no teme a los ataques de la fortuna. Yo tendré con que servir a Vd; venga en la confianza de que no le faltará nada para vivir, y esté Vd. cierta que primero muerto yo de miseria que le falte a Vd. ninguna cosa. (I: 154)

Así, por medio de una tupida red de cartas que franquean el territorio de la América meridional, no sólo combate a los enemigos de la patria, sino que salvaguarda a viudas y huérfanos. Es decir, todos aquellos que por su inmadurez o fragilidad tienen que ser sujetos de cuidado y protección.

En este mismo tenor podemos entender las cartas amorosas dirigidas a Manuelita Sáenz, su devota amante y partidaria, a quien llama “la amable loca”, calificativo que la ubica entre aquellas “sensibilidades subalternas y bárbaras”, tal como entiende González Stephan a aquellas entidades que desde el razonamiento masculino predominante son necesarias controlar (“Héroes nacionales” 48). Es por lo mismo revelador que durante mucho tiempo la presencia de esta mujer haya sido borrada de la historia nacional y de la biografía institucional del padre de la patria. Es también sintomático que, en muchas colecciones de cartas bolivarianas, las intercambiadas entre Bolívar y Manuela estén ausentes o sólo se incluyan unas cuantas. Pese a todo es también cierto que esta relación ha gozado en años más recientes del interés y la fascinación suficientes para que su correspondencia haya merecido una mayor difusión.

Paralelamente a la tendencia paternalista, se presenta constantemente en Bolívar una inocultable desconfianza hacia otros sexos, pieles o clases diferentes a la suya. En las cartas a su hermana expresa su convicción de que las mujeres no sirven para los negocios mercantiles y que deben mantenerse al margen de la política: “Es muy impropio de señoras mezclarse en los negocios políticos” (I: 154). La sublevación de negros, pardos y mestizos es otro de los peligros que ve cernirse sobre la estabilidad de la república: “Ni federación general ni constituciones particulares son capaces de contener a estos esclavos desenfrenados; sobre todo ahora que cada cual tira para su lado” (VI:10). Ya instalado en la desesperación de ver cómo se desmorona el edificio republicano que ha edificado, declara en otra misiva:

El origen más impuro es el de nuestro ser; todo lo que nos ha prendido con el negro manto del crimen. Nosotros somos el compuesto abominable de esos tigres cazadores que vinieron a la América a derramarle su sangre y a encastar con las víctimas antes de sacrificarlas, para mezclar después los frutos espúreos de estos enlaces con los frutos de esos esclavos arrancados del África. Con tales mezclas físicas con tales elementos morales ¿cómo se pueden fundar leyes sobre héroes y principios sobre los hombres? (VI: 11)

De su miedo obsesivo por la revolución haitiana y su horror hacia la pardocracia quedan múltiples constancias en su correspondencia. El pasaje citado arriba es quizás uno de los más claros en ese sentido. La radicalidad con la que expone aquí su concepción de la naturaleza mestiza del continente americano marca una notable diferencia con las ideas expuestas en la “Carta de Jamaica”, en la que, si bien es cierto que también expone sus dudas acerca de la capacidad de los americanos para asumir sus destinos recién alcanzadas las independencias,6 predomina, no obstante, el optimismo y la esperanza en el futuro que abrirían para América las guerras de emancipación.

Lo cierto es que en parte por la urgencia de la realidad social y política que se vivía en ese momento, pero también quizás por esta virilización de la inteligencia criolla que pretendía manejar los destinos nacionales, la lírica y la ficción quedaban opacadas en la realidad literaria hispanoamericana. Los géneros más cercanos al ensayo, los que facilitaban la comunicación como la epístola o aquellos más acordes con el tropo neoclásico y con los tiempos de masculinidad guerrera que corrían, tales como la épica, parecían más adecuados en ese preciso período histórico para expresar los apremios del momento. De hecho, no en pocas ocasiones las cartas que escribe Bolívar parecen acercarse a esos géneros, en tanto dan cuenta de las penurias y batallas en las que se ve envuelto en sus afanes independentistas.

En efecto, el epistolario bolivariano se erige en el relato de un héroe nacional que cuenta sus propias hazañas y así da fe de su protagonismo en la historia hispanoamericana, en este sentido podemos pensar que estas cartas hilan el testimonio de un sujeto cuya trayectoria vital traza un laberíntico recorrido biográfico que lo lleva de la utopía de la unificación americana a la desoladora certidumbre de la imposibilidad de lograr ese sueño. Es como todo relato autobiográfico, más allá de las rupturas y fragmentación propias de toda escritura epistolar, una puesta en sentido del transcurrir vital en función de los valores que orientan y justifican las acciones de su protagonista. Tal como Sylvia Molloy señala para el caso de la mayoría de los documentos autobiográficos del siglo XIX (17-18), tampoco en el corpus bolivariano encontramos demasiadas referencias a su etapa formativa. Realmente en estos documentos son escasas las reminiscencias sobre la niñez, pues más que un regodeo en el pasado se muestra un claro anclaje en las urgencias del presente y en la utopía del futuro. Es decir, hay en ellos una voluntad de insertarse en la historia que se está gestando. Sin embargo, quizás por tratarse de escritos privados y por lo tanto apropiados para la expresión de las emociones, existen varios pasajes en los que Bolívar marca un antes y un después en su vida y con ello se significa también un corte en la historia de las naciones americanas. Quizás una de las epístolas en las que este hecho se puede advertir de una manera más nítida es la dirigida a su tío Esteban el 20 de julio de 1825. En ella, el núcleo resistente de los tiempos pasados se hace presente, el tiempo ido se evoca en lo concerniente a su biografía personal como un tiempo idílico:

¡Cuántos recuerdos se han aglomerado en un instante sobre mi mente! Mi madre, mi buena madre tan parecida a Vd., resucitó de la tumba, se ofreció a mi imagen. Mi más tierna niñez, la confirmación y mi padrino, se reunieron en un punto para decirme que Vd. Era mi segundo padre. Todos mis tíos, todos mis hermanos, mi abuelo, mis juegos infantiles, los regalos que Vd. me daba cuando era inocente… todo vino en tropel a excitar mis primeras emociones… la efusión de una sensibilidad delicada. (V: 20)

Los tópicos de la infancia y del pasado como períodos inocentes e incontaminados por las batallas y los intereses que van marcando la vida del político, se presentan en esta carta contundentemente. Se delinea una especie de concepción rousseauniana de esa etapa entendida como un estado de gracia, pues se supone que en ese tiempo se vive en conformidad con las tendencias innatas del sujeto: “Todo lo que tengo de humano se removió ayer en mí: llamo humano lo que está más en la naturaleza, lo que está más cerca de las primitivas impresiones” (V: 20).

Para representar el choque que puede suscitar la comparación entre un tiempo de esperanza y otro de destrucción, Bolívar recurre al muy romántico artificio del sueño para figurar un antes y un después en la historia venezolana: “Vd. habrá sentido el sueño de Epiménides: Vd. ha vuelto de entre los muertos a ver los estragos del tiempo inexorable, de la guerra cruel, de los hombres feroces. Vd. encontrará en Caracas como un duende que viene de otra vida y observará que nada es lo que fue”. Bolívar no ubica el tiempo idílico en el pasado colonial, al que resume aquí como “el sudor de trescientos años”, sino en los inicios del tiempo republicano: “Vd. dejó una patria naciente que desenvolvía los primeros gérmenes de la creación y los primeros elementos de la sociedad” (V: 20-21), pero esa prometedora realidad fue arrasada por terremotos y guerras para dejar en su lugar escombros que dieron lugar a la memoria de ese tiempo efímero. Sin embargo, persiste aún la certidumbre de que “sus cenizas, sus monumentos, la tierra que la tuvo, han quedado resplandecientes de libertad y están cubiertas de la gloria del martirio” (V: 21). Bolívar agrega como conclusión: “Este consuelo repara todas las pérdidas, a lo menos, este es el mío; y deseo que sea el de Vd.” (V: 21). Así pues, más que lamentar el pasado ido, sea este el colonial o el de la promesa de una naciente república, glorifica el presente. No podía ser de otra manera para este hombre que estaba más ocupado en construir un presente que en reconstruir el pasado reciente.

Existe otra importante referencia a su etapa formativa: se encuentra en la carta del 20 de mayo de 1825 dirigida al General Santander, en la cual hace una apología de sí mismo como respuesta a los ataques que recibe de Mr. de Mollien quien, al parecer, lo acusa de poseer una educación descuidada. Bolívar se esfuerza por enumerar las materias, profesores y lecturas que contribuyeron a su instrucción con detalles y énfasis sumamente reveladores de sus deseos por aparecer ante los otros como una persona de amplia cultura y educación (IV: 337); anhelo que no resulta extraño en un hombre obsesionado con la idea de barbarie que precedía a las naciones americanas. Además del autoencomio, en las cartas encontramos otros asuntos propios de las autobiografías del siglo XIX hispanoamericano, como la oscilación entre la gloria personal y el amor patrio, entre el yo público y el yo privado. Estos temas en las cartas bolivarianas toman primero la forma obsesiva de las alusiones y de la descripción de los homenajes, elogios y reconocimientos de los que es objeto; después, de la amarga queja por los ataques recibidos y de múltiples solicitudes e instrucciones a sus amigos para que salgan en su defensa. En las últimas cartas Bolívar convierte su discurso en un largo lamento por las injusticias y la falta de reconocimiento, lanza reiteradas amenazas de abandonar el servicio público para dedicarse a la vida privada y al cuidado de su reputación, insiste en asegurar que no persigue sino el bien de la nación antes que cualquier otro fin sin importar cualquier sacrificio personal y, por último, aparece un miedo casi enfermizo a perder lo que él llama su “gloria”. Todos estos tormentos se pueden entender como síntomas de una crisis individual que se enlaza con la pretensión de consolidar las nacientes repúblicas, ambición que en las cartas se torna debate de los grandes problemas nacionales y ansiedad por liberar de enemigos los territorios nacionales, por edificar el sueño panamericanista que aspiraba a la unión de las nacientes repúblicas y por dotar a éstas de un marco legal y conceptual moderno.

Si para Ricoeur la configuración del tiempo de la experiencia humana posibilita la indagación del propio yo a través del relato, pues “[c]omo lo confirma el análisis literario de la autobiografía, la historia de una vida es refigurada constantemente por todas las historias verídicas o de ficción que un sujeto cuenta sobre sí mismo. Esta refiguración hace de la propia vida un tejido de historias narradas” (Tiempo y Narración III 998), parece entonces importante detenernos en las distintas figuraciones con las que se representa Bolívar las etapas de su vida. Estas y el escenario en el que transcurren se cifran en distintos pasajes de sus cartas, ya sea como un teatro, un laberinto, un infierno, un abismo o un caos, pero no es sino cuando se siente ya cansado y en la madurez cuando insiste una y otra vez en la idea de que ya ha gastado los dos tercios de su vida. Mientras que la etapa de su vida militar y pública la califica como una tormenta, se figura el tiempo que le resta como un período dedicado al cuidado de su reputación y a su reposo. Sin embargo, los desvelos, las preocupaciones y enfermedades lo acosan en los últimos años de su vida, al punto de convertirlo, según sus propias palabras en:

un rico muy avaro, que tengo mucho miedo de que me roben mi dinero: todos son temores e inquietudes; me parece que, de un momento a otro, pierdo mi reputación, que es la recompensa y la fortuna que he sacado de tanto sacrificio. A Vd, le ocurrirá otro tanto; sin embargo, puedo observarle que Vd. es todavía muy joven y tiene mucho a que aspirar. Ojalá yo estuviera en el caso de Vd. para no estar temblando por mi propia fortuna; al menos tendría deseos, tendría esperanzas que me lisonjeasen. (IV: 27)

El epistolario, junto al resto de los escritos bolivarianos, representa una de las cumbres de los relatos nacionales y también una de las primeras narraciones de la emancipación. Bolívar, como hijo de la Ilustración, encontró en el mundo clásico las claves para entender y definir la realidad que se abría ante él. En este buscó la definición y los principios para fundar las repúblicas. Quizás podríamos afirmar que en la forma el pensamiento de Bolívar es el de un escritor neoclásico; pero la expresión arrebatada de sus pasiones y el sino heroico-trágico con el cual en el epistolario se representa su vida dibujan a un personaje romántico. Sus cartas están llenas de alusiones a la Antigüedad clásica. A ella acude para discernir y explicar sus sentimientos, el mundo que le rodea y el que pretende fundar. Al universo grecolatino acude también para legitimar la historia que se está gestando, compara las luchas independentistas con los grandes momentos de la historia universal. Recurre también a las mismas aversiones del mundo occidental cuando compara a sus enemigos con persas, bárbaros, africanos u orientales: “V. E. no se ha engañado en suponerme sentimientos compasivos; los mismos caracterizan a todos mis compatriotas. Podríamos ser indulgentes con los cafres del África; pero los tiranos españoles, contra los más poderosos sentimientos del corazón, nos fuerzan a las represalias” (I: 67).

Él mismo se trasmuta en Agamenón cuando quiere esclarecer su sitio entre los militares que están bajo sus órdenes: “Yo, es verdad, podría contestar el coronel Castillo; pero esto sería justificarlo, dando pruebas de bajeza, degradándome hasta la esfera del coronel Castillo, que no merece entrar en lid conmigo, sino como Tersites con Ulises” (I: 125), o en Sísifo al sentirse cansado y decepcionado del rumbo que han tomado las independencias:

No se sabe en Europa lo que me cuesta mantener el equilibrio en algunas de estas regiones. Parecerá fabula lo que podemos decir de mis servicios, semejantes a los de aquel condenado que llevaba su enorme peso hasta la cumbre para volverse rodando con él otra vez al abismo. Yo me hallo luchando contra los esfuerzos combinados de un mundo: de mi parte estoy yo solo, y la lucha, por lo mismo, es muy desigual. (VI: 296)

Pero alejado del equilibro al que aspira el clasicismo, las cartas de Bolívar frecuentemente están llenas de fuego, de quejas, de alusiones a su cuerpo enfermo, trasminan sus aversiones, sus temores y delirios. Por eso es significativo que los inmediatos sucesores del prócer venezolano como Andrés Bello, Domingo F. Sarmiento o Bartolomé Mitre busquen otro tipo de orden alejado de las pasiones y tragedias representadas por la figura de Bolívar, aunque quizás no ajeno a su proyecto de clase y raza.7

Como sabemos, algunas de las cartas que el prócer escribió fueron pensadas para su difusión, concebidas incluso como un instrumento al servicio de la causa independentista. De nuevo el caso paradigmático sería “la Carta de Jamaica”. Otras, sin embargo, sin poseer este carácter proselitista están pensadas para la lectura no sólo del destinatario primero o principal, sino también de un público mayor. Efectivamente, no es raro encontrar en estas misivas indicaciones para que estas sean tomadas como suyas por otros personajes o que se pida que se dejen leer a otros, o bien, se ordena que se muestren a alguna autoridad con el fin de hacer cumplir alguna disposición. Este hecho resulta especialmente llamativo en el caso de algunas cartas en las que se vuelcan las emociones del autor, con lo que se convierten en documentos que normalmente podemos considerar íntimos pero que al mediar la solicitud de Bolívar para que se esgriman ante alguna instancia administrativa o familiar como prueba de su voluntad, se convierten en una especie de oficio o letra de cambio. Un claro ejemplo del primer caso lo podemos encontrar en la emotiva y célebre carta que Bolívar dirige a Simón Rodríguez, su mentor. A la llegada de este a tierras venezolanas le solicita: “Amigo, si tan irresistibles atractivos no impulsan a Vd. a un vuelo rápido hacia mí, ocurriré a un apetito más fuerte: la amistad invoco. Presente Vd. esta carta al Vicepresidente, pídale Vd. dinero de mi parte, y venga Vd. a encontrarme” (IV: 34).

Así, desde la concepción pragmática del lenguaje, las cartas de Bolívar, además de comunicar emociones, “hacen cosas con las palabras”, ya que trasmiten órdenes, disposiciones, solicitan envíos e incluso se convierten, al conjuro de sus palabras, en oficios o documentos al portador. Al ser Bolívar fundamentalmente un hombre de acción, esta dimensión discursiva es quizás más acusada que en otros epistolarios.

Como quiera que esto sea, resulta importante observar cómo, aun cuando se trata de correspondencia privada, muchos de los temas son de carácter público; por lo que la naturaleza íntima propia del género se encuentra aquí casi ausente, o bien, se imbrica con otras condiciones que modifican esta particularidad. De tal manera que el carácter privado se circunscribe a la forma utilizada pues incluso el binomio “emisor-receptor” queda desbordado. En efecto, la esfera de intimidad que la pareja de corresponsales delimita aquí se rompe para incluir frecuentemente a otra u otras personas como destinatarias:

Remito a Vd. la respuesta que doy a Páez, sobre la proposición que me ha hecho por medio del señor Guzmán. Esta respuesta va un poco fulminante aunque modificada con algunas cosas agradables a Páez. Después de manifestarle que su proyecto es insensato, le digo que si el pueblo le da a él su voto y lo acepta, puede contar con mi espada y con mi autoridad para sostener la voluntad nacional […] Mando a Vd. esta respuesta abierta para que Vd. la cierre después de leída con lacre y con un sello cualquiera y que no sea conocido: luego se la mandará Vd. con toda seguridad al general Páez, de mi parte, diciéndole que la llevó el coronel Picón que va a Bogotá casi con esta mira. (IV: 248)

Así el círculo de receptores-lectores de las cartas se va ensanchando hasta formar una especie de comunidad epistolar paralela a una comunidad republicana.8 Ambas son fundadas a partir de un grupo de lectores convocados en el ir y venir de esta correspondencia y en su apertura a una multiplicidad de formas de lectura y de circulación. Este proceso, en muchos casos, traspasa tanto las fronteras del corresponsal primero o principal como la red de correos nacional o de mensajeros personales, para convertir de esta manera a sus propios corresponsales en un eslabón para lograr la difusión de los objetivos que se trazaba Bolívar en y con sus cartas. La suerte de sus misivas no estaba pues dejada al azar, sino que frecuentemente él organizaba su propio destino de recepción.

La constante alusión a la lectura y escritura de su correspondencia y la insistente preocupación por definir el destino de esta es un tópico recurrente, por lo que muchas de sus cartas son asombrosamente performativas. Todas estas preocupaciones que dejan traslucir los escritos epistolares bolivarianos muestran la enorme importancia que el prócer venezolano le concede a su correspondencia; resaltan la conciencia que tenía el caudillo del carácter ambiguo del género en su búsqueda constante de las formas más adecuadas para el tránsito de la esfera privada a la pública.

Este tema conduce a otro: la publicación del epistolario bolivariano. En las cartas queda muy claro que Bolívar era consciente de que ya había pasado a formar parte de la historia y del riesgo de que estos documentos pudieran ser editados y difundidos. Él mismo se refiere a este tema en su correspondencia, lo que lleva a pensar que, aunque llegó a considerar esta posibilidad, la descartó. Del temor a que estos escritos se divulguen queda constancia en una carta enviada a Santander: “No mande Vd., publicar mis cartas, ni vivo ni muerto, porque ellas están escritas con mucha libertad y con mucho desorden” (V: 136). Al mismo general le reitera en otras ocasiones desacuerdo con su divulgación, pues si mantener correspondencia implica un grado de confianza que sólo otorga la amistad y la necesaria reserva en el tratamiento de asuntos oficiales, lo contrario implica, argumenta, una traición a estas:

Me parece muy bien la carta de Vd. a Páez, pero diré con franqueza, que escribir confidencialmente para publicar estos escritos, no es muy propio de la amistad ni del decoro de un gobierno. Si Páez ha empezado con esta carrera indecente, nosotros no debemos seguirla. A mí me disgusta infinito esta conducta con respecto a mí, pues una confianza que se hace pública, es una violación del secreto. Mil veces he estado tentado a no escribir más cartas ¿qué dirá la Europa de documentos semejantes? (VI: 84)9

Conviene resaltar esa dimensión “secreta” a la que este fragmento alude y que muchos de los comunicados de Bolívar poseen. Recordemos que la confidencialidad es una de las características asociadas al género epistolar y que, en este caso, se refiere al ámbito delimitado de lectura que exige especialmente la naturaleza de estas misivas. Este rasgo aquí resalta debido a la índole de estrategia política o militar que muchas de estas comunicaciones toman. Normalmente la correspondencia personal está destinada a circular fundamentalmente en esferas privadas e íntimas, reviste así un carácter inviolable, por lo que se presenta como un medio apropiado para comunicar información reservada:

En estos días he recibido cartas de diferentes amigos de Venezuela proponiéndome ideas napoleónicas. El general Páez está a la cabeza de estas ideas sugeridas por sus amigos los demagogos. Un secretario privado y redactor de “El Argos” ha venido a traerme el proyecto. Vd. lo verá disfrazado en la carta que incluyo original que Vd. deberá guardar con infinito cuidado para que no la vea nadie. El redactor de esta carta es Carabaño. El general Briceño me ha escrito diciéndome que él ha tenido que contener a los que querían dar el golpe en Venezuela y que les aconsejó que me consultasen. (IV: 223)

Las cartas mismas se constituyen en una táctica de guerra, lo que da lugar a la posible existencia de comunicaciones fingidas: “Vd., Gual, Briceño deben escribirme mil exageraciones de paz, guerra, tropas y cosas de Europa, para que yo pueda mostrar esas cartas a todos, principalmente a los enemigos; pero exageraciones que sean creíbles” (III: 14). La guerra se convierte pues en un lenguaje cifrado que descubre el modus operandi del estratega militar y político. Hay, pues, en esta cita una curiosa mise en abyme del género, en el que se aprovecha el carácter presuntamente confidencial y por lo tanto fidedigno del discurso epistolar para divulgar noticias falsas. En otras ocasiones, por el contrario, aparece en el cuerpo textual el temor de que un otro indeseable se inmiscuya en la correspondencia: “Esta carta debe Vd. romperla, porque no quiero que Zea tenga motivos de sentimiento conmigo, pues le estoy muy agradecido aunque conozco sus defectos” (II: 183).

Conviene en este punto de la exposición señalar que el carácter íntimo en sentido estricto de la correspondencia bolivariana queda desmentido también por el performance de la escritura epistolar. No es precisamente un momento de soledad y sosiego el que dedica Bolívar al dictado y redacción de sus cartas. En muchas de ellas deja ver que se encuentra enfermo, sumamente agitado o abrumado por las responsabilidades. Tampoco se aparta del mundo para la escritura de sus cartas, pues se las dicta a un amanuense. No es pues una práctica generada en la soledad de la alcoba o del despacho, sino que la mayoría de las veces su correspondencia era dictada a un secretario en los escenarios públicos que deparaban la vida de militar o de político.

Bouvet señala que el escribir cartas es una manera de establecer coordenadas espaciales y temporales en un momento dado (27). En el caso de esta correspondencia, la dimensión espaciotemporal cobra una dramática vigencia por la continua movilidad de su autor, a tal punto que parece que las cartas fueran marcando el territorio que recorrió el prócer en sus campañas, dibujando un mapa de las victorias y derrotas del ejército libertador y de los sucesivos momentos de utopía y desencanto que vivió su autor. El momento de la enunciación primera parece un compás de espera entre un desplazamiento y otro, o bien, las batallas y las acciones desplegadas parecen no ser sino un espacio temporal que se toma entre la lectura y la escritura de la correspondencia que viene y que va.

Los amanuenses que se encargaban de tomar el dictado también han sido objeto de escrutinio como parte del escenario en el que Bolívar despachaba su correspondencia. Las propias epístolas dan cuenta de la relación no siempre tersa que Bolívar sostuvo con ellos:

Yo no tengo quien me escriba y yo no sé escribir. Cada instante tengo que buscar un nuevo amanuense y que sufrir con ellos las más furiosas rabietas por lo que me es imposible tener correspondencia con nadie. Alguna vez he estado tentado por publicar en la gaceta esta carencia a fin de que todos sepan la causa de mi silencio. Vd. sabe que un hombre como yo no puede dictar a cualquier amanuense sus secretos. (IV: 313)

“Martel está más torpe que nunca”, le dicta Bolívar al propio Martel, su amanuense de turno (IV: 313). A pesar del continuo descontento hacia sus secretarios, Bolívar parecía depender de ellos hasta el grado de suspender el envío de correspondencia cuando no tenía alguno a su servicio. La figura del escribano se asoma frecuentemente en las cartas pues se refiere constantemente a él, generalmente para disculparse por el mal estilo o por no escribir o no responder cartas ya que, argumenta, él no sabe y no puede escribir. No pocas veces nos encontramos también con que el amanuense continúa la redacción de una carta que Bolívar dejó a medias por tener que salir intempestivamente, aunque también podemos encontrar otras en las que este personaje escribe a nombre del Libertador. La preocupación de Bolívar por contar con un buen secretario para el manejo de su correspondencia se puede constatar en múltiples pasajes. Resalta una carta a su sobrino Fernando Bolívar, a quien el prócer venezolano había enviado a Estados Unidos a estudiar. Cuando el primero regresa a Venezuela, Bolívar le indica las materias en las que ha de poner especial empeño con el fin de convertirlo en su secretario: “Haces muy bien en entretenerte con tus libros, y yo prefiero que sean españoles para que te perfecciones en el idioma; sobre todo, te encargo que te ejercites en copiar el castellano a fin de que curses la letra y te perfecciones en la ortografía, pues mi deseo es que vengas a mi lado a servirme en mi correspondencia. En otra ocasión te diré adonde te has de incorporar conmigo” (VII: 186).

Cabe aquí detenernos para señalar que el dominio de la escritura epistolar y el ejercicio del poder en América Latina están mucho más relacionados de lo que se puede suponer. Páginas antes ya hemos esbozado algunas ideas sobre este tema. Ahora, para ilustrar la afirmación que encabeza este párrafo, nos remitiremos a Nora Bouvet, quien examina la conformación del Estado independiente en el Paraguay a través del análisis de la escritura epistolar y de la figura del secretario asociada al poder vicario que ejerció el Doctor José Gaspar Francia. Si orientamos nuestro análisis en esta misma dirección puede resultar provechoso tender una línea de reflexión alrededor de la construcción de las repúblicas bolivarianas, la innumerable correspondencia y todo tipo de documentos que despachó Bolívar y el gran poder que ejerció. En este punto conviene recordar el título de dictador que para sí mismo asumió el prócer venezolano en distintos momentos de su gestión política.

La relación entre correspondencia y política se puede rastrear desde la antigua acepción de la palabra que define secretario como la persona encargada de despachar la correspondencia del rey y que ejerce por delegación la autoridad de este (Chartier 288-289). El secretario encarna al letrado que en el siglo XVIII europeo contribuyó, según Nora Bouvet, a articular el campo de los discursos políticos y literarios, esta figura ejerció un gran poder en las colonias americanas y posteriormente en los estados nacionales (23-26). Así pues, el despacho de correspondencia se vincula a la escritura como práctica política y jurídica sedimentada en los largos siglos coloniales.

La misma autora ofrece un recorrido histórico de la práctica del secretario como el hombre de letras ocupado de los asuntos de Estado, hasta desembocar en la figura medieval del “dictador”10 como aquel que no escribe, sino que dicta (dictamina) y que da lugar a “una clase intelectual nueva que proclama su competencia política, jurídica y literaria, de aquellos que conocen la retórica político-social de rangos y dignidades, las diferencias sociales, el derecho y las leyes” (144). Podemos considerar a esta casta como el antepasado no demasiado lejano de la elite que conformó la ciudad letrada de las repúblicas decimonónicas hispanoamericanas y que Simón Bolívar parece encarnar.

De este modo y después de leer la correspondencia y el resto de los escritos bolivarianos, resulta difícil sustraerse a la idea de un Bolívar semejante al tirano de la novela hispanoamericana, quien dicta incansablemente proclamas, cartas y todo tipo de documentos con el afán de conjurar la soledad, de desanudar las intrigas que se tejen alrededor suyo y, quizás, de poder afirmar igual que el Dr. Francia en Yo, El supremo: “yo no escribo la historia, la hago” (210). No en vano era la historia, según algunos de sus biógrafos, el género favorito del Libertador y no en vano también personifica “una pasión sin parangón por lo que denominamos ingeniería social”, afirma Álvaro Vargas Llosa.

Siguiendo estas ideas, no es difícil asociar el ejercicio vicario de este poder monárquico y después republicano al papel que desempeñó Bolívar como el incansable epistológrafo y productor de constituciones, arengas y proclamas políticas que contribuyeron a forjar los nacionalismos hispanoamericanos del siglo XIX. Simón Bolívar ejerce el poder ayudado en gran medida por la práctica de la escritura. Sus cartas públicas y privadas apuntalaron su influencia política y social, del mismo modo que el diseño de constituciones, leyes y decretos de su autoría contribuyeron a instaurar las nacientes repúblicas del Río de la Plata. No está de más recordar que, con este tipo de escrituras normativas, además de manuales de conductas y gramáticas, se buscó responder a las exigencias de una ciudad letrada que aspiraba a legitimar el estado republicano y regresar al orden después de las independencias.

El vacío de autoridad que deja la desaparición de la administración colonial es un asunto que ocupa la correspondencia de Bolívar. Su desempeño como dirigente de varias naciones hispanoamericanas, su tan discutida tentación de proclamarse emperador y su designación como dictador, podemos pensarlos todos como distintos ensayos para llenar un espacio de autoridad y conferir legitimidad a un nuevo estado de derecho.

Resguardado en la ciudad letrada, el sujeto epistolográfico que aquí hemos examinado, podemos afirmar, busca dar cauce a la utopía independentista, negocia sus límites, se asoma a sus abismos y explora sus diferencias mientras busca para sí un lugar en el sueño ilustrado. No importa el sentido heroico o íntimo que enuncian estas misivas pues son concebidas a partir del deseo de trascendencia del yo, aspiración que impone un valor y un orden a su vivencia. El epistolario repasado aquí confirma el siglo XIX como un mundo en transición, en el que el umbral entre lo público y lo privado se reviste de un carácter paradójico, especialmente habilitado para mostrar la complejidad de la relación entre el individuo y sus lazos sociales.

Bibliografía

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Notes

1 Como ejemplos de esta diversidad tenemos un estudio sobre los libros que leyó Bolívar, cuya fuente principal son precisamente las cartas: Libros que leyó el libertador Simón Bolívar, de Ramón Zapata. También podemos aquí citar el libro de Alicia Ríos: Nacionalismos banales: el culto a Bolívar. Literatura, cine, arte y política en América latina, en el que se ofrece una interpretación sobre la importancia de la figura de Bolívar en la revolución iniciada por Hugo Chávez en Venezuela.
2 Todas las citas de las cartas de Simón Bolívar corresponden a la edición de Vicente Lecuna, en adelante sólo citaré el tomo y la página. Para mayor detalle remitirse a la bibliografía.
3 En la siguiente estrofa de “La batalla de Junín. Canto a Bolívar”, de José Joaquín Olmedo, se manifiesta precisamente el uso de estos recursos retóricos para exaltar las cualidades viriles adquiridas en el campo de batalla por medio del contraste del afeminamiento y delicadeza propias de la anterior vida palaciega de los ahora valientes guerreros: “¿Son ésos los garzones delicados / entre seda y aromas arrullados? / ¿los hijos del placer son esos fieros? / Sí, que los que antes desatar no osaban / los dulces lazos de jazmín y rosa / con que amor y placer los enredaban, / hoy ya con mano fuerte / la cadena quebraban ponderosa / que ató sus pies y vuelan denodados / a los campos de muerte y gloria cierta / apenas los despierta, / la noble emulación, la clara fama / de aquellos que su patria libertaron” (128-129).
4 El artículo 27, título VII, de la Constitución de 1830 establece que se considera ciudadanos a quienes puedan votar y además “[h]ayan cumplido los veinticinco años y sepan leer y escribir […] Sean dueños de una propiedad raíz, cuya renta anual sea de doscientos pesos, o tener una profesión, oficio o industria útil que produzca trescientos pesos anuales, o gozar de un sueldo anual de cuatrocientos pesos” (cit. en González Stephan, “Cuerpos de la nación” 89).
5 Pedro Salinas considera que la carta, como toda escritura, contiene la posiblidad de desanudarse de sus amarres pragmáticos y deslizarse a la esfera literaria. Afirma también que toda escritura epistolar sucita en el escritor constante de misivas el deseo de escribir bien (238).
6 “Es más difícil, dice Montesquieu, sacar un pueblo de la servidumbre, que subyugar uno libre. Esta verdad está comprobada por los anales de todos los tiempos, que nos muestran las más de las naciones libres sometidas al yugo, y muy pocas de las esclavas recobrar su libertad” (I: 196). Sin embargo, esta afirmación queda fuertemente matizada en el final de la carta donde expresa lleno de confianza: “Luego que seamos fuertes, bajo los auspicios de una nación liberal que nos preste su protección, se nos verá de acuerdo cultivar las virtudes y los talentos que conducen a la gloria: entonces seguiremos la marcha majestuosa hacia las grandes prosperidades a que está destinada la América Meridional; entonces las ciencias y las artes que nacieron en el Oriente y han ilustrado la Europa, volarán a Colombia libre que las convidará con un asilo” (I: 204-205).
7 Iván Jaksic destaca que la ideología republicana de Bolívar fue útil en tiempos de guerra, pero significó un fracaso en tiempos de paz, en la que el pensamiento modernizador de Bello permitió poner en práctica algunos ideales sustentados por Bolívar (218).
8 Otro ejemplo del mismo fenómeno puede apreciarse en la siguiente cita de una carta al General don Andrés de Santa Cruz: “Tenga Vd. la bondad de presentar esta carta a los hombres más dignos del Perú, a los que por salvarlos diera mi vida: Pando y Larrea; y Vd. también, mi querido general, merece este sacrificio, y toda la amistad franca y leal de su mejor amigo que le ama de corazón” (V: 95).
9 Otra referencia al mismo tema la encontramos en una posdata de una carta también para Santander: “Nada me gusta que se de al publico mi correspondencia privada. Creo que es una violación de la fe de la amistad. En Europa esto es un crimen” (VI: 84).
10 A este respecto resulta interesante la siguiente reflexión de Carlos Moreno Hernández, quien afirma que: “Brunetto Latini había ya definido la retórica como ‘el enseñamiento de los dictadores’ y si bien el ars dictaminis se aplica sobre todo al género epistolar, no son claras tampoco las competencias entre el letrado o dictator, el notario, el poeta y el secretario, desde Berceo a Juan de Mena. Los humanistas no serían sino los sucesores de los dictadores a finales de la Edad Media, con una evolución en España del dictador al dezidor y de este al poeta” (108).


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