Artículo científico
¿Concretización transindividual? Sobre algunas lecturas de Simondon en Argentina
Transindividual concretisation? On some readings of Simondon in Argentina
Concretização transindividual? Sobre algumas leituras de Simondon na Argentina
¿Concretización transindividual? Sobre algunas lecturas de Simondon en Argentina
Revista de Filosofia Aurora, vol. 37, e202530795, 2025
Pontifícia Universidade Católica do Paraná, Editora PUCPRESS - Programa de Pós-Graduação em Filosofia
Recepção: 19 Setembro 2023
Aprovação: 23 Fevereiro 2025
Publicado: 02 Maio 2025
Resumen: En el marco de la reconsideración global del pensamiento simondoniano sobre la técnica, el artículo reconstruye una serie de lecturas desplegadas en Argentina en la última década. Específicamente, analiza la recuperación y problematización del concepto de concretización, mapea distintas líneas de investigación y reflexiona respecto de las tensiones que plantea dicho concepto con la idea de lo transindividual.
Palavras clave: Concretización, Transindividual, Simondon, Argentina.
Abstract: Within the framework of the global reconsideration of Simondonian thought on technique, the article reconstructs a series of readings deployed in Argentina in the last decade. Specifically, it analyzes the recovery and problematization of the concept of concretization, maps different lines of research and reflects on the tensions that this concept raises with the idea of the transindividual.
Keywords: Concretisation, Transindividual, Simondon, Argentina.
Resumo: Dentro da reconsideração global do pensamento de Simondon sobre a técnica, o artigo reconstrói uma série de leituras realizadas na Argentina na última década. Especificamente, ele analisa a recuperação e a problematização do conceito de concretização, mapeia diferentes linhas de pesquisa e reflete sobre as tensões que esse conceito levanta com a ideia do transindividual.
Palavras-chave: Concretização, Transindividual, Simondon, Argentina.
Introducción
Hay consenso en considerar que, desde la publicación de la última parte de su tesis doctoral principal en 1989, la filosofía de Gilbert Simondon se ha convertido en una fuente fecunda de conceptos, ideas e intuiciones para pensar multitud de problemáticas contemporáneas, en especial las que tienen sede en el campo de la filosofía de la técnica. En este contexto de interés global, los aportes del ámbito iberofónico se destacan particularmente pues acreditan lecturas idiosincráticas que, si bien dialogan con las interpretaciones dominantes en Francia, Italia, Inglaterra y EE.UU., no se reducen a éstas ni se contentan con repetirlas. Habida cuenta de las modalidades dominantes de producción y circulación de conocimiento, esta es una singularidad digna de subrayarse. Y quizá encuentre una plataforma fáctica en el hecho de que, a diferencia de lo que sucede en el ámbito anglosajón, a la fecha, el corpus simondoniano ha sido traducido casi completamente al castellano.1 Ello ha permitido que su recepción no se circunscriba a círculos académicos especializados sino que resuene en vastas zonas de la cultura, favoreciendo una retroalimentación positiva.
Atendiendo a la convocatoria del dossier, y a las posibilidades de extensión que impone un artículo, tematizaremos un conjunto de interpretaciones generadas en Argentina a propósito del concepto de concretización y, contrastándolas con nuestra investigación relativa a la idea de lo transindividual, interrogaremos la relación entre aspectos técnicos, psicosociales y culturales. Consideramos que ambas líneas de lectura tocan fibras íntimas de la filosofía simondoniana, al tiempo que alumbran distintas facetas de su pensamiento. En este sentido, no es casual que ocupen un lugar preponderante en la recepción e interpretación del proyecto teórico de Simondon, y tampoco que abran vías de investigación parcialmente divergentes: la concretización conceptualiza la esencia y evolución del “objeto técnico en sí mismo”, mientras lo transindividual tematiza dimensiones afectivo-emotivas, significativas y tecnológicas anudadas en procesos de individuación psicosocial.
Dicha divergencia se registra en las lecturas contemporáneas. En lo que atañe al proceso de concretización, es posible rastrear un impacto temprano en Jean Baudrillard (1968) y en Jacques Ellul (1977): el primero lo rescata como elemento esencial para pensar una “estructuración tecnológica objetiva” y analiza el modo en que ésta es perturbada y modificada por el sistema cultural de significados, el segundo lo convierte en una pieza clave de su concepción sustantivista del “sistema técnico”. Más recientemente, se destacan dos relecturas particularmente influyentes, la de Bernard Stiegler y la de Andrew Feenberg. Mientras que Stiegler (1998, 2002, 2015) postula a la concretización como clave de una “individuación técnica” que, surgiendo de la individuación vital y exteriorizándose en mnemotécnicas, co-constituye lo humano y (re)estructura los procesos de “transindividuación”2, Feenberg (2017) encuentra en la concretización un criterio normativo del desarrollo técnico que permitiría reunir, en el diseño intencional de los objetos técnicos, aspectos tecnológicos-ingenieriles y aspectos sociopolíticos-ecológicos (funcionando, estos últimos, como medio asociado del objeto). La noción de lo transindividual, por su parte, ha sido recuperada en las últimas décadas en tanto abre un espacio para tematizar la articulación entre dinámicas psicosociales, políticas y tecnológicas, y, en dicha medida, aparece como contrapeso de enfoques tecno-céntricos como el de Stiegler. En esta configuración, entre muchos artículos, se destacan los libros de Muriel Combes (1999), Xavier Guchet (2010), Bernard Aspe (2013), Andrea Bardin (2015) y Jason Read (2016). El problema entre concretización e individuación psíquico-colectiva, por otra parte, no es del todo nuevo y puede remontarse a la pregunta por la unidad estructural que reuniría a las tesis de La individuación a la luz de las nociones de forma y de información (ILFI) y de El modo de existencia de los objetos técnicos (MEOT); interrogante al cual Simondon (2017, 392-393) responde, titubeante, señalando la unidad e individualidad del objeto técnico.
En este texto no nos proponemos resolver dicho problema. Nos interesa reconstruir algunas de las interpretaciones que se han venido haciendo en Argentina, mapear los distintos aportes y contribuir, desde nuestra particularidad, a una discusión general en curso. Los estudios a los que haremos referencia han sido producidos por colegas amigos, y por nosotros mismos, y expresan parcialmente años de diálogo y trabajo colectivo en torno a problemáticas de filosofía de la técnica. Debido a la brevedad de un texto de estas características y a la complejidad del asunto, hemos delimitado nuestro abordaje a un conjunto de producciones gestadas en Argentina y, naturalmente, no a todas. Nos centraremos en aquellas que recuperan y problematizan el concepto simondoniano de concretización y, contrastándolo con los enfoques intencionalistas en filosofía de la técnica, despliegan una ontología de los objetos técnicos que destaca la realidad endógena que estos conquistan en su evolución. Este desarrollo nos llevará a discutir dos cuestiones interrelacionadas: la unidad de análisis (artefacto u objeto técnico) y el sentido de su ser (intención humana extrínseca o proceso de concretización inmanente). Sobre dicha base, procederemos luego a destacar una serie de estudios que profundizan las líneas de investigación precedentes y problematizan la filosofía de la técnica simondoniana desde distintos ángulos. Para concluir, haremos un balance de las lecturas previas, y reflexionaremos sobre las tensiones que la concretización y lo transindividual generan a la hora de pensar el estatuto de los objetos técnicos y la filosofía simondoniana en su conjunto.
1. La concretización como esencia y sentido del “objeto técnico en sí mismo”
En el marco de los debates contemporáneos en filosofía de la técnica, el sustrato común que comparten el conjunto de lecturas que tematizaremos anida en pensar la teoría simondoniana en contraposición a los enfoques intencionalistas del fenómeno tecnológico, dominantes en la tradición de la filosofía analítica. Conforme esta última representación, la unidad mínima para pensar las técnicas es el concepto de artefacto, esto es, una entidad física diseñada, construida y/o modificada por seres humanos para cumplir determinado propósito. En términos estructurales, como afirman Diego Lawler y Jesús Vega Encabo (2022, p. 280), el “intencionalismo estricto defiende que las intenciones de los autores/hacedores de los artefactos son constitutivas de la naturaleza de los mismos”. Asimismo, a nivel funcional, Diego Parente y Andrés Crelier (2015, p. 33) señalan que el intencionalismo en sentido amplio “considera que la función de un artefacto es dependiente de historias causales que involucran necesariamente conducta intencional por parte de agentes humanos”. De aquí se desprende que los artefactos no poseen significación sustantiva propia, sino que resultan ontológicamente dependientes de factores externos de los cuales extraen su origen, naturaleza y sentido. La intención subjetiva, por tanto, explica el diseño, construcción y propósito de los artefactos, determinando así su modo de ser.3
Frente a ello, Andrés Vaccari (2011, p. 200-201) señala que la principal atracción de la filosofía de la técnica simondoniana es que “aborda a los artefactos como entidades ontológicamente objetivas”, y ello implica que la unidad de análisis ya no es “el artefacto mismo sino el objeto técnico; es decir, una cadena de artefactos relacionados”. Esta cadena remite al proceso de concretización, dentro del cual el objeto técnico es “causa formal” de sí mismo y evoluciona internamente por “convergencia sinérgica de estructuras-funciones”. Así, lejos de ser la causa determinante, las intenciones y “factores humanos son influencias que alejan al objeto técnico de su trayectoria ideal (concretización)” (Vaccari, 2011, p. 201). Ello no implica que la agencia humana no participe en la invención técnica pero, según Vaccari, dicha intervención no remite primariamente a la conciencia intencional o a representaciones conscientes, sino que estos son fenómenos derivados que encuentran su fuente en un fondo potencias y tendencias vitales del cual se sonsacan las formas técnicas: “La creación técnica es una actividad vital, profundamente arraigada en lo viviente” (Vaccari, 2011, p. 202).
Darío Sandrone y Agustín Berti (2015) consideran que la lectura precedente no se separa lo suficiente del concepto de artefacto y, por su parte, cuestionan al intencionalismo por permanecer atado a las premisas de las técnicas artesanales, y por suponer un criterio centrado en la coherencia externa y la escala antropométrica (esto es, por pensar el diseño y sentido del artefacto en función de las condiciones de utilización). El objeto técnico industrial, por el contrario, acredita en su devenir un proceso inmanente de concretización, adquiere una consistencia ontológica propia y da así lugar a un criterio estrictamente tecnológico definido por su coherencia interna, por el grado de autocorrelación de sus elementos intrínsecos y por su auto-referencialidad, con independencia de cualquier significación cultural o contexto de uso. Este criterio se expresa en procesos de estandarización que concretizan un conjunto limitado de tipos estables (estándares), los cuales operan como condición ‒y no como efecto‒ de la producción industrial. Con ello, Sandrone y Berti (2015, p. 4) extienden la crítica al intencionalismo y afirman que la posición simondoniana es “diametralmente opuesta a la del constructivismo social de la tecnología à la Bijker y Pinch”, que piensa la formación de estándares técnicos en función de demandas o representaciones sociales dominantes. Simondon afirma lo contrario y “sostiene la tendencia de los esquemas de funcionamiento a estandarizarse a pesar de las tendencias prácticas y sociales a multiplicar los diseños” (Sandrone-Berti, 2015, p. 5). Así, mientras en la concepción intencionalista-constructivista “los estándares sociales de uso moldean al objeto técnico”, en la concretización simondoniana “los estándares intrínsecamente técnicos al que tienden los objetos moldean los usos y las costumbres” (Sandrone; Berti, 2015, p. 5).
Contra el intencionalismo y el concepto de artefacto, Parente y Sandrone (2015, p. 277) subrayan que para Simondon el objeto técnico industrial no es una entidad discreta, creada intencionalmente y desligada de una secuencia histórica, “no es ‘tal o cual cosa, dada hic et nunc, sino aquello de lo cual existe génesis’ [Simondon, 2007, p. 44]”. En este marco, sostienen que la concretización aparece como “una idea de orientación inmanentista acerca del progreso técnico” que busca “des-antropomorfizar” los procesos de invención técnica y que plantea dos principios específicamente tecnológicos: (a) la potenciación de la sinergia interna de los principios operacionales y esquemas de funcionamiento del objeto, la cada vez mayor autocorrelación de sus elementos intrínsecos, la consolidación de una coherencia inmanente; (b) la paulatina adquisición, por parte del objeto técnico, de un medio asociado variable e independiente de la fábrica y el sistema de maquinarias en que se emplazaba originalmente. A través del pasaje de lo abstracto a lo concreto, ambas tendencias conducirían gradualmente a la conformación de “individuos técnicos autorregulados”: entidades (ideales) que, de modo semejante a los seres vivientes y a diferencia de las máquinas automáticas, poseen un margen interno de indeterminación que les permite adaptarse a distintos medios (geográficos, técnicos y/o culturales) y cumplir diversas funciones.4
El alma del individuo técnico está al nivel de los esquemas y principios de funcionamiento, esto es, al nivel de su organización interna. Por debajo hay elementos o componentes materiales (renovables y reemplazables en función del progreso científico), y por encima se encuentra el ambiente psicosocial, económico y cultural que le atribuye funciones prácticas y significados. En este marco, los criterios de utilización y adaptación del objeto técnico industrial a tal o cual tarea (dominantes en el intencionalismo y las sociologías constructivistas de la tecnología) conducen a desrealizar el modo de existencia de los objetos técnicos, y tienden a subemplear la potencia técnica cifrada en los esquemas de funcionamiento produciendo “artefactos hipertélicos”.
Esto no implica que la agencia humana no tenga algún rol en el desarrollo tecnológico. Según Parente y Sandrone (2015, p. 289 y ss.), hay que distinguir entre invenciones técnicas originarias (que dan lugar a objetos abstractos y, luego, tienden a “optimizar el funcionamiento del objeto”) e invenciones sociales derivadas (que restringen “sus posibles modalidades de funcionamiento para satisfacer con mayor éxito la realización de una función determinada”). En las segundas la agencia humana es manifiesta, mientras que en las primeras presenta un carácter peculiar y se centra en lo que los autores llaman “invención sintética constitutiva”. Ésta remite a la génesis de un linaje técnico, a la aparición de un objeto técnico abstracto o primitivo que “si bien funda el esquema que define al linaje técnico, no lo clausura”, “está signado por la fecundidad”, es fuente de compatibilidades y posibilita una descendencia (Parente; Sandrone, 2015, p. 291). A diferencia de la interpretación de Vaccari (2011), aquí la agencia humana inventiva presenta rasgos conscientes (elección, anticipación, interpretación del mundo, aplicación de principios científicos). En este sentido, como afirma Simondon (2007, p. 67), el objeto técnico primitivo “es la traducción física de un sistema intelectual” pero, una vez inventado y establecido, da lugar a la concretización como segundo momento de la invención técnica (lo que los autores llaman “invención analítica o concretizante”). Con esta distinción, los autores matizan la lectura stiegleriana de la invención técnica como exhumación5 y señalan que ésta sólo sería válida para la invención concretizante.
Ahora bien, la invención originaria que funda un linaje ¿no plantea un fundamento intencional de los objetos técnicos? Parente y Sandrone (2015) niegan esta posibilidad pues, si bien reconocen la intervención de la agencia humana, subrayan que la misma no puede ser confundida con el modelo romántico-intencionalista de creación técnica, y tampoco con la idea de un proceso acumulativo impersonal (“modelo humeano”). Diego Lawler (2015) aborda el problema y señala que el “acto de invención” que da lugar a una esencia técnica y a un linaje, si bien implica un “productor intencional”, éste no es del mismo tipo que el que suponen los enfoques intencionalistas. Para estos últimos, “la dependencia de las intenciones humanas que importa es aquella que se juega en la definición misma de un objeto técnico”, por lo que “no es una dependencia histórica” (Lawler, 2015, p. 333) sino ontológica. Para Simondon, por el contrario, los objetos técnicos no son una mera creación de la mente y tampoco se agotan en el acto de invención originario, sino que atraviesan un proceso evolutivo que les concreta una consistencia ontológica propia. Del mismo modo que Parente y Sandrone (2015), Lawler subraya que las esencias técnicas (u objetos técnicos abstractos) son originariamente invenciones mentales, pero en dichas esencias no están prefiguradas las líneas de evolución del objeto y, consecuentemente, tampoco están previstos los eventuales usos y funciones que habilitará. Por ello, Simondon “suscribiría una tesis esencialista realista, y admitiría que los agrupamientos de objetos técnicos pueden tratarse como si fueran clases naturales” (Lawler, 2015, p. 335).
En lo que respecta al acto de invención, Vaccari (2015) acentúa otras proposiciones simondonianas y reafirma que dicho acto no es primariamente intelectual sino vital. Plantea que el pensamiento humano presupone un “origen no-humano en las metaestabilidades activas a nivel preindividual”, en un fondo o “reservorio de formas potenciales” y, por tanto, la invención técnica remite a una “epistemología de la acción-percepción” que “se origina en las formas más primigenias de lo viviente”, “formas ‘naturales’ que el pensamiento capta y plasma, pero que no se originan en éste” (Vaccari, 2015, p. 302). Consecuentemente, la concretización técnica se inscribe en un proceso más amplio de individuación vital, aparece como “el principio de individuación de los artefactos” e implica como tendencia “la búsqueda de la organicidad” (Vaccari, 2015, p. 308). Esta última se plasma siguiendo tres dinamismos inmanentes (la sobredeterminación funcional de los componentes, la convergencia estructural-funcional de los elementos en el funcionamiento total del objeto, y, en el caso de los individuos técnicos, la conformación de un medio asociado como entorno operativo) y conduce a una marcada separación entre las dimensiones humanas y los procesos técnicos.
Vaccari (2015) critica esta “distinción tajante”, sostiene la noción de artefacto, y cuestiona la entronización de la concretización como modelo “netamente internista” y “autónomo” del proceso de cambio tecnológico. Por un lado, afirma que dicho concepto es esencialmente normativo, expresa un supuesto deber ser del progreso técnico y manifiesta un “fracaso empírico” a la hora de dar cuenta del desarrollo efectivo de la mayoría de los objetos técnicos. Analiza el devenir histórico de los tubos electrónicos (diodo, triodo, tetrodo, pentodo, tubo de Crooke, tubo de Coolidge) y muestra que en dicha evolución no se constata un desarrollo por autoadaptación, convergencia estructural-funcional e incremento de la coherencia interna, y afirma que ni los transistores ni los microprocesadores pueden ser explicados en términos del proceso de concretización. Por otro lado, subraya que los factores funcionales externos6 (los intereses prácticos y las intenciones humanas) juegan un rol causal ineludible en el cambio tecnológico, y son también un aspecto “necesario a la hora de explicar el ensamblaje ‘interno’ de subconjuntos y elementos” de un objeto técnico (Vaccari, 2015, p. 305). Por último, reivindica el carácter productivo y generador que acreditan los procesos de “abstracción” en el desarrollo tecnológico. Señala casos en los cuales antagonismos o conflictos internos al funcionamiento de un objeto técnico no se resuelven por reestructuración sinérgica concretizante, sino por adición de nuevas estructuras (que hacen al objeto “más abstracto”). Y, por otra parte, tras señalar que la lógica de la concretización no es aplicable a conjuntos técnicos sino solo a elementos, máquinas e individuos técnicos, plantea que los conjuntos (definidos “por un grado óptimo de abstracción”) no juegan un rol “meramente organizativo” en los procesos de cambio tecnológico, sino que también operan como “principio generativo” (Vaccari, 2015, p. 320). En ese sentido, subraya fenómenos de “transferencia horizontal” y de “transmisión transversal” de componentes, soluciones y/o procesos técnicos que no encajan con la idea de evolución vertical que signa a la concretización de los linajes técnicos.
Sandrone (2016) concede que en los procesos de “cambio tecnológico” inciden las intenciones prácticas y las significaciones humanas, y que diseñadores y utilizadores son agentes en dicho cambio, pero subraya que dicho devenir no explica la “evolución tecnológica” industrial. Esta última, desarrollada en el capítulo II de la primera parte del MEOT, tematiza una “dinámica de vínculos intrínsecos” entre elementos, individuos y conjuntos técnicos, y complementa el proceso de concretización. Sandrone despliega su argumento distinguiendo netamente dos enfoques, uno semántico y otro sintáctico. El primero remite al intencionalismo y a las filosofías del artefacto que, sobre la base del modelo artesanal, plantean que los objetos técnicos dependen esencialmente de significaciones humanas y escalas antropométricas. El autor le dirigirá dos críticas. En términos sincrónicos, el enfoque semántico no puede ofrecer criterios de tecnicidad para ordenar y jerarquizar los distintos objetos técnicos industriales, pues los valoriza en función de consideraciones extrínsecas y no a partir de sus esquemas de funcionamiento interno. Al no hacer esta distinción, la perspectiva semántica puede clasificar objetos técnicos con esquemas totalmente diferentes dentro de una misma categoría de uso (reloj de arena, reloj mecánico, reloj digital) o, por el contrario, multiplicar categorías y diferenciar objetos técnicos que, en realidad, responden a un mismo esquema de funcionamiento.7 Esta crítica se asocia con la distinción entre objetos artesanales y objetos industriales. Mientras que una herramienta o un instrumento dependen completamente de un sujeto humano para funcionar (comportando un nivel bajo de tecnicidad), los objetos técnicos industriales son entidades “funcionantes” y, cuanto más se acercan al ideal del individuo técnico autorregulado, más tecnicidad tienen, más concretos son, y menos dependen de significaciones y escalas humanas. En términos diacrónicos, el enfoque semántico no puede dar cuenta de la especificidad del diseño de los objetos técnicos industriales, y tampoco de la lógica de su evolución. Puede, sí, explicar cómo se adapta tal o cual esquema de funcionamiento a una utilidad práctica, o cómo cambia en función de intereses y significaciones humanas, pero nada nos dice respecto del carácter estructural del objeto técnico industrial y su modo de evolución específico.
Sobre la base de dichos límites, se plantea la necesidad de un abordaje sintáctico del fenómeno tecnológico. Sandrone (2016, p. 221) afirma que Simondon sería representante de este enfoque, inscribiéndose en una “tradición mecanológica” (iniciada en el siglo XIX con Charles Babbage, Karl Marx, Robert Willis y Franz Reuleaux, y continuada en el siglo XX por Jacques Laffite), que podría ser caracterizada como “realismo técnico débil”.8 En este marco, destaca dos conceptos simondonianos: concretización y evolución técnica. El primero ofrece el criterio de tecnicidad del que carecen los enfoques semánticos, y afirma la consistencia ontológica de los objetos técnicos industriales. Mientras que para el enfoque semántico “el objeto industrial es lo que es porque significa lo que significa para algún sujeto humano”, para Simondon “todo objeto artificial industrial -incluso el elemento más simplees lo que es porque el sistema de objetos técnicos que lo produce (el conjunto técnico) es lo que es” (Sandrone, 2016, p. 231-232). Esto nos permite deslizarnos al punto de vista diacrónico y advertir una contraposición entre una concepción antropogenética del cambio tecnológico y una teoría de la evolución técnica. Esta última se plasma en una dinámica inmanente que compromete tres niveles de realidad técnica: elementos, individuos y conjuntos. Siguiendo a Simondon, Sandrone ejemplifica esta lógica evolutiva señalando que los conjuntos técnicos preindustriales parieron los primeros elementos termodinámicos que, tras reunirse en individuos técnicos y dar lugar a conjuntos termodinámicos, generaron los primeros elementos eléctricos que, a su vez, posibilitaron la génesis de individuos técnicos eléctricos y la conformación de conjuntos técnicos eléctricos.
A diferencia de Vaccari (2015, p. 319), para quien la distinción entre elemento, individuo y conjunto es imprecisa y entra en tensión con la idea simondoniana según la cual “no hay individuos estrictamente hablando, sino niveles relativos de individualización”, para Sandrone dicha distinción es fundamental y explica la especificidad sintáctica de la evolución tecnológica, que “no es lineal sino que va de los elementos a los conjuntos y vuelve a los elementos como ‘dientes con forma de sierra’. La intencionalidad humana es casi irrelevante en este esquema” (Sandrone, 2016, p. 233). Así como la diferencia entre invenciones técnicas originarias e invenciones sociales derivadas (Parente; Sandrone, 2015) no excluye la agencia humana, la distinción entre evolución técnica y cambio tecnológico tampoco la exterioriza, pero la sitúa casi exclusivamente en el segundo término. El cambio tecnológico, donde inciden las significaciones culturales y los propósitos prácticos, trabaja sobre una trama de objetos técnicos que “compone el sistema técnico de una época”, y, en el marco de esta realidad objetiva estructurada por la evolución técnica, “los inventores y usuarios no crean los límites y posibilidades de ese desarrollo sino que están inmersos en él y deben estudiar sus patrones y regularidades para operar con éxito” (Sandrone, 2016, p. 234). Para apuntalar esta conceptualización, e interrogar sobre las relaciones entre enfoque sintáctico y semántico, el autor apela a la teoría de las tres capas del objeto técnico que Simondon presenta en Imaginación e Invención (IMIN), y destaca la sintaxis de la capa interna o netamente técnica como autónoma con respecto a las intenciones y significaciones humanas.
2. Desarrollo de las líneas de investigación precedentes
De las lecturas tematizadas se desprende que, contra la concepción intencionalista, las teorías del artefacto y el constructivismo social de la tecnología, el concepto simondoniano de concretización habilita una defensa del estatuto ontológico de los objetos técnicos industriales y de la lógica evolutiva endógena que estos despliegan. Sobre la base de este consenso, sin embargo, surgen diferencias de apreciación y, con ellas, una serie de problemáticas: el carácter humano o vital de la invención técnica, la naturaleza descriptiva o normativa del concepto de concretización, el rol de la agencia humana en el desarrollo de la tecnología, la relación entre individuo técnico y conjunto técnico, etc. Estas inquietudes se reflejan en una serie de desarrollos posteriores.
Por un lado, es posible distinguir una línea de lectura que, asumiendo la autonomía del fenómeno técnico con respecto a las dimensiones humanas, profundiza distintos aspectos ontológicos y ontogenéticos del objeto técnico considerado en sí mismo. Sandrone y Javier Blanco (2019), tras señalar semejanzas con las tesis de Jacques Laffite, subrayan el carácter organológico y mecanológico del proyecto teórico simondoniano, y su conato de extender principios biológicos (organización y herencia) al estudio de las máquinas. En línea con la lectura stiegleriana, destacan la organología como forma de pensar “relaciones transductivas entre órganos somáticos, técnicos y organizaciones sociales” y, por otra parte, definen a la mecanología como “un método empírico de estudio y clasificación de la totalidad de los individuos técnicos para explicar sus patrones de cambio” (Sandrone-Blanco, 2019, p. 209-210).
Este entendimiento de la mecanología laffiteana-simondoniana se desarrolla en otros textos: Sandrone y Lawler (2021) la articulan con las tesis del realismo especulativo y despliegan una ontología orientada a las máquinas9, y ambos, junto con Vaccari (2022), analizan en detalle la centralidad de Laffite en la tradición mecanológica y su vínculo con Simondon. Asimismo, dentro de esta línea de lectura organológica-mecanológica, cabe destacar un artículo de Sandrone (2022) donde despliega una taxonomía de los objetos técnicos analizando las conceptualizaciones del MEOT, L'invention et le développement des techniques (1968) y L'invention dans les techniques (1971), y otro de María Luz Ruffini y Blanco (2022), quienes exploran las potencialidades políticas neguentrópicas de la organología simondoniana-stiegleriana.
Por otro lado, encontramos un conjunto de estudios que van más allá de la conceptualización simondoniana del “objeto técnico en sí mismo”. En el marco de un análisis sobre la validez de la analogía simondoniana entre organismos y máquinas, Parente (2019) sostiene que son los bioartefactos (objetos naturales artificializados) los mejores candidatos para pensar la analogía con los objetos técnicos industriales. Tras asumir la centralidad de la concretización en el pensamiento simondoniano, y cuestionar sus límites como modelo netamente inmanentista del fenómeno tecnológico, Parente subraya la necesidad de apelar a las categorías de hibridación y coevolución para poder dar cuenta de la articulación entre elementos inmanentes y trascendentes. Ejemplo de ello serían los objetos técnicos industriales y los organismos modificados artificialmente, pues en ambos casos se articularían en una misma estructura aspectos evolutivos (inmanentes) y aspectos intencionales (trascendentes).
Parente (2020) profundiza este análisis en otro texto donde, tras señalar ciertas afinidades teóricas entre el poshumanismo (centrado en pensar las cosas en sí mismas desde premisas no antropocéntricas) y la filosofía de la técnica inmanentista (de la cual la concretización simondoniana sería un ejemplo), defiende la necesidad de un enfoque de cultura material que dé cuenta de la hibridación y coevolución de humanos, no-humanos y ambientes artificiales. Este enfoque, sostiene el autor, permitiría evitar tanto el instrumentalismo como el determinismo tecnológico y, por otra parte, se mantendría a distancia de otras dos posiciones extremas (el intencionalismo y el poshumanismo radical).
Vaccari, por su parte, prolonga su interpretación de la filosofía simondoniana en dos textos de 2020. En uno de ellos retoma la crítica al intencionalismo pero la enfoca a partir del debate entre posiciones representacionistas y anti-representacionistas. Mientras que las primeras se enrolan en el intencionalismo y sostienen la centralidad de las representaciones mentales a la hora de pensar el diseño y la acción técnica, las segundas (referenciadas en las teorías de la agencia material de Kirchhoff y Malafouris, y en el enfoque ecológico de Ingold) destacan el rol constitutivo que juegan en la producción técnica las propiedades de los materiales y sus interacciones dinámicas con niveles preconscientes de agentes humanos. Frente a esta controversia, Vaccari (2020a) sostiene que la filosofía de la imagen que Simondon desarrolla en Imaginación e Invención permite repensar el problema desde otras bases, integrando en una teoría general aspectos subjetivos y objetivos, abstractos y concretos, vitales y psicosociales, técnicos y culturales. El ciclo de la imagen, de este modo, se convierte en un pivote central para articular la individuación vital y transindividual con la concretización técnica, y permite entender que la “naturaleza de un artefacto no se limita a sus características funcionales y técnicas, sino que abarca aspectos culturales, simbólicos, sociales, afectivos y religiosos” (Vaccari, 2020a, p. 280).
En el segundo texto, Vaccari (2020b) moviliza la filosofía de la técnica simondoniana y la cosmotécnica pluralista de Yuk Hui contra la ideología transhumanista de Silicon Valley y los profetas de la singularidad tecnológica. En este sentido, cuestiona la emergencia de un “neosustantivismo” triunfalista que, promoviendo una teología de la tecnología, desrealiza el fenómeno tecnológico con mistificaciones y “megadiscursos” que justifican la actual estructuración del poder y obturan las posibilidades políticas de transformación. Frente a ello, Vaccari recupera una serie de críticas simondonianas (al mito del robot, al tecnocratismo ubicuo y a la alienación producida por la incomprensión de las tecnologías) y, tras señalar que la mecanología simondoniana comparte premisas con el sustantivismo, reivindica el proyecto de reinscribir a la técnica en la cultura a efectos de propiciar un “diseño concertado y colectivo de los sistemas” técnicos que vaya más allá de los intereses corporativos y la economía de mercado (Vaccari, 2020b, p. 46). En esta línea, teniendo en cuenta que “los objetos técnicos son actores políticos que producen efectos estructurales en forma de sistemas sociales”, se vuelve necesario desarrollar “instituciones fuertes que puedan mediar en el bucle de retroalimentación entre técnica y transindividuación” (Vaccari, 2020b, p. 48-49).
Consideraciones finales
A la luz de las lecturas tematizadas en la primera parte de este texto, la filosofía de la técnica simondoniana encuentra su idea-fuerza fundamental en el concepto de concretización. Este permite reivindicar un estatuto ontológico específico de los objetos técnicos industriales y, en este sentido, va más allá de las intenciones humanas tanto a nivel de su diseño como de su utilización. Esta concepción se fundamenta en la primera parte del MEOT y en la teoría de las tres capas del objeto técnico de IMIN, dando lugar a la idea según la cual lo esencial del desarrollo tecnológico, y de la filosofía simondoniana del objeto técnico, pasa por pautas internas, inmanentes e intrínsecas que son autónomas con respecto a las significaciones interhumanas. Consideramos que esta perspectiva está bien articulada, es consistente con los textos que analiza y toca fibras íntimas de la filosofía simondoniana, pero resulta problemática desde el momento en que se convocan otras zonas del pensamiento de Simondon: ¿qué quiere decir cuando afirma que lo “que reside en las máquinas es la realidad humana” y que “hay naturaleza humana en el ser técnico”? ¿Cómo interpretar el rol de la agencia humana en los conjuntos técnicos (y su incidencia en la conformación de nuevos elementos técnicos y máquinas)? ¿Por qué Simondon celebra -en la segunda parte del MEOT- la posibilidad cibernética de crear (intencionalmente) la finalidad y la organización? ¿De qué modo se podría conciliar la concretización y la evolución técnica con el devenir de la tecnicidad que se tematiza en la tercera parte del MEOT? ¿Cómo pensar el vínculo entre “técnicas de manipulación humana” y “pensamientos sociales y políticos” si no es a través de una intención humana colectiva informada por una cultura técnica? ¿Por qué el objeto técnico considerado según su esencia puede ser considerado “símbolo de lo transindividual”? ¿Qué relación habría entre la individualización de los seres técnicos y la individuación psíquico-colectiva?
Desde nuestra perspectiva, si bien resulta atractiva la demarcación clara entre dimensiones humanas y dimensiones tecnológicas, y si bien logra dar cuenta de la voluntad simondoniana por afirmar la dignidad ontológica de los objetos técnicos contra las reducciones que hacen de ellos elementos útiles, ensamblajes de materia o meras derivaciones de las ciencias, consideramos que el concepto de concretización es solo un aspecto de la teoría simondoniana de la técnica, y excluye otros aspectos no menos importantes. Compartimos, en este sentido, algunas de las reservas que plantean Vaccari y Parente al respecto y, por nuestra parte, creemos que una fructífera línea de lectura se abre con la idea de lo transindividual (Heredia-Rodríguez, 2017, 2019). Esta permite pensar la articulación del fenómeno tecnológico con dimensiones afectivo-emotivas, culturales y políticas, desafiando la concepción internalista y sustantivista del desarrollo tecnológico por concretización.
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Notas
Autor notes