Gongorismo, religión y política en Luis de Tovar

Álvaro ALONSO
Universidad Complutense, España

Gongorismo, religión y política en Luis de Tovar

Versants, vol. 3, núm. 69, pp. 57-71, 2022

Universität Bern

Resumen: El presente trabajo se centra en el casi desconocido poeta portugés Luis de Tovar, autor de un poema épico en castellano sobre San Antonio de Padua. Tomando como punto de partida el poema, se intenta precisar cuáles fueron las relaciones de su autor con la monarquía de los Austrias y su capital, Madrid, du- rante el reinado de Felipe III. El profundo apego de Tovar a su patria no implica en él anticastellanismo ni hostilidad hacia la dinastía reinante, aunque sí parece haber lamentado el progresivo incumplimiento de los acuerdos de Tomar. Su in- tensa relación con España se refleja también en el plano literario, ya que Tovar debe mucho a la poesía de Góngora y, en particular, a las Soledades.

Palabras clave: Luis de Tovar, Góngora, épica culta, Monarquía Dual, Madrid, iden- tidad portuguesa.

Introducción

En su clásico catálogo de autores portugueses en lengua castellana, Domingo García Peres señala a propósito de Luis de Tovar que había nacido en Lisboa y que era hijo de Pedro de Tovar, Mayorazgo de Molclos y Comendador de la Orden de Cristo. Le atribuye, como única obra, el Poema místico del glorioso Santo Antonio de Padua, impreso en Lisboa en 1616 (García Peres 1890: 550-551).

Bajo el nombre de Luis de Tovar se publicaron también unos Triunfos de nuestro Señor Jesucristo, en prosa, impresos en Salamanca en 1589, que Nicolás Antonio consideraba obra del mismo autor que el Poema místico, aunque de forma muy cautelosa: «Forte eiusdem est Poema mystico [...]» (Antonio 1788: II, 66-67). En realidad, es problemática la identificación de este «bachiller Luis de Tovar, natural de Astorga» y el poeta de Lisboa autor de la vida de San Antonio (Tovar 1589). En todo caso, el Poema místico es el único poema de cierta envergadura de Tovar, aunque es posible mencionar varios textos suyos de circunstancias, sobre los que tendré que volver.

El ambicioso poema debe su título a un motivo muy concreto, que Tovar explica en el prólogo: «No con nombre de poema heroico le ofrezco este libro [...] me contento con que se le den de místico, como yo le llamo, pues no guardé la regla horaciana de comenzar el caso de en medio» (Tovar 1616: Prólogo al lector 2r-2v; Pierce 1968: 214). No obstante, a pesar de esa salvedad, la obra es un verdadero poema épico, dividido en trece cantos. Escrito en octavas, se mantiene fiel a las convenciones del género, y bastará mencionar la intervención de los dioses paganos, como Neptuno, los extensos pasajes geográficos y cosmográficos (Plagnard 2018), y la descripción del infierno, de raíz claramente virgiliana (Tovar 1616: 80r; 64r-74r; 167v). Es claro que Tovar quiere hacer obra poética, y así afirma explícitamente que no relatará muchos milagros del santo «pues la cantidad es dada al coronista y no al poeta» (Tovar 1616: Preliminares 3v). Proclama también su originalidad, «he querido hacer este libro diferente de los que han salido hasta ahora», si bien reconoce su deuda con sus predecesores (entre ellos «el doctísimo Mateo Alemán»).

En las páginas que siguen analizaré el poema de Tovar desde un único punto de vista, el de su relación con España, tanto en su vertiente personal y política como en la poética, que ejemplificaré con su admiración hacia Góngora.

Entre Portugal y la corte de Madrid

Ya desde el comienzo de la obra, Luis de Tovar proclama con orgullo su condición de portugués: «Siempre puedes llamarte venturosa,/ insigne Lusitania, patria mía» (Tovar 1616: 2r). Algo más adelante, evoca cómo los romanos entraron en la Península:

«allanando Scipión a España fuerte [...]

Hasta entonces mi patria estuvo esenta
del romano furor, mas luego envía
gente el senado»

Fuente: (Tovar 1616: 8v).

Laura Bass ha observado que tanto en Camões como en su comentarista Faria e Sousa, «“España” se refería a la Hispania romana, que abarcaba toda la península ibérica y de la que Lusitania era una de las tres provincias [...]» (Bass 2011: 192). El pasaje de Tovar es menos claro. Lo más natural es entender que contrapone, como entidades independientes, “España” (rápidamente conquistada por Escipión) a “Lusitania” (que tardó más tiempo en ser sometida), pero no es imposible interpretar que Lusitania resistió más tiempo que el resto de España.

De hecho, la relación entre los dos conceptos es ambigua en Tovar, como lo es en otros autores de la época. Incluso en un lexicógrafo castellano como Covarrubias, la palabra “España” tiene diferentes acepciones, ya que si por un lado se concibe como sinónimo de “Iberia” y remite a una entidad que abarca toda la Península, por otro tiene un significado más restringido y se refiere solo a una parte del territorio (Wade 2020: 23-24). Tovar vacila entre ambas significaciones. Así, hablando de la caída de los visigodos, puede escribir:



España, llena de famosa gente,
Fortuna su poder tanto abandona
que el saraceno inorme con trofeo
la ocupa desde Cintra al Perineo

Fuente: (Tovar 1616: 53r).

Pero en otros casos “España” y “Lusitania” se conciben como términos excluyentes. En el mismo contexto de la invasión musulmana, algunos versos introducen una división en la unidad que va “desde Cintra al Perineo”:



Perdiose España en fin, sin que quedase,
en Lusitania o ella, un rincón solo
qu’el berberisco moro no ocupase

Fuente: (Tovar 1616: 12r).

En otro lugar, para destacar el éxito como predicador del santo, Tovar recuerda que venían a oírle gentes de muy diferente origen y de distintas lenguas:

Los galos de la Francia [...].

El español robusto, que la marca
del despojo de Alcides trae ceñidas
sus armas siempre, el lusitano fuerte,
que en no temer es émulo a la muerte

Fuente: (Tovar 1616: 151r).

Aquí los lusitanos parecen colocarse con respecto a los españoles en el mismo plano que los galos, es decir, como grupo claramente diferenciado.

En todo caso, y al margen del uso ambiguo de los términos, Tovar no pierde ocasión de elogiar todo lo que se relaciona con Portugal. Ya la elección misma de San Antonio muestra una decidida voluntad de ensalzar a su patria. El poeta lo considera «honor de España y del mundo», lo que equivale a colocarlo a la misma altura, si no más alto, que los grandes santos del resto de la Península, y a fundar el prestigio religioso de la Monarquía Hispánica en un santo portugués.

Varios aspectos más permiten al poeta definir la identidad portuguesa. El canto primero es un resumen de la historia de la Península, que aunque no pasa por alto los hechos importantes de otras zonas, se centra especialmente en Portugal. El libro se abre con el relato de la fundación mítica de Lisboa por parte de Ulises y de la guerra de los griegos contra los primitivos habitantes del territorio. Al llegar a la época de los romanos, Tovar se refiere muy rápidamente a episodios casi inevitables en los historiadores españoles, como la destrucción de Sagunto, pero en cambio se detiene en las gestas de Viriato, lo que le da pie para ensalzar el valor de los portugueses (Tovar 1616: 9r y ss.). Después de narrar la invasión musulmana, los versos mencionan algunos reyes castellanos y aragoneses, pero el canto se cierra con la creación del condado de Portugal y la historia de sus reyes hasta finales del siglo XII, momento del nacimiento del santo.

Todo ese largo preámbulo coincide, al menos en parte, con las primeras páginas del texto de San Antonio de Mateo Alemán (Alemán 1605), pero, sea cual sea su fuente, los primeros versos del poema dejan bien clara la importancia y la grandeza de la historia de Portugal.

Además de la historia, también la lengua le sirve al autor para mostrar la superioridad de su patria. Después de haber recorrido buena parte de la Península, los frailes enviados por el propio San Francisco entran en tierras portuguesas y advierten que la lengua ya no es la misma:



Suena de Lusitania en sus orejas
la lengua que al latín quiere llegarse
con poca corrupción, y en tiempo breve
[pisan] la ciudad que tocar al sol se atreve

Fuente: (Tovar 1616: 30r).

La idea de que el portugués es la lengua más cercana al latín y, por consiguiente, la más noble, es un tópico de las gramáticas portuguesas. Ya a mediados del siglo XVI, João de Barros basa su elogio del portugués en su parecido con el latín (Barros 1971: 397); y más cerca de Tovar, en 1606, Nunes de Leão retoma argumentos parecidos. Para él, el portugués tiene a su favor «a muita semelhança que a nossa língoa tem con ela [la latina], que e a maior que nenhua língoa tem con outra» (Nunes de Leao 1945: 322). Si el castellano tiene una mayor difusión, ello se debe a circunstancias políticas puramente accidentales, que nada tienen que ver con la mayor o menor dignidad intrínseca de las lenguas (Nunes de Leão 1945: 38).

Núñez Rivera ha destacado la importancia que estas ideas tienen en la obra de Faria e Sousa, en tanto que Fernando Bouza pone de relieve la indudable dimensión política que llegó a adquirir esta reivindicación lingüística (Núñez Rivera 2020: 82; Bouza 1987: I, 153-156). Ya los contemporáneos, y muchos críticos más tardíos, reprocharon a algunos de estos autores (por ejemplo, a Faria) la aparente contradicción de defender el portugués y escribir en castellano, pero todos ellos debieron de hacer suya la idea de que la mejor manera de dar a conocer la excelencia de Portugal era utilizar una lengua de gran difusión, es decir, el castellano (García Martín 2014: 23). No puede descartarse tampoco el peso de una larga tradición, que se remonta al infante don Pedro, del uso del castellano como lengua literaria en Portugal (Asensio 1944; García Martín 2014: 23).

En varios pasajes del poema, Tovar llama la atención sobre otros aspectos que le sirven para definir la identidad portuguesa. Entre ellos desempeña un papel fundamental la relación privilegiada de Portugal con el mar y la pericia de sus navegantes. La idea era convencional (Wade 2020: 107, 128), y Tovar no pierde ocasión de incorporarla a la vida del santo cuando la nave en la que viaja tiene que hacer frente a una tempestad:



El portuguéz piloto sabio intenta
el daño prevenir que ha conocido,
porque en saber a Palinuro afrenta,
que al lusitano el mar le ha producido

Fuente: (Tovar 1616: 80v).

En ese contexto llama la atención el episodio de los franciscanos enviados desde Italia para fundar la rama portuguesa de la Orden. Los relatos más conocidos cuentan cómo los religiosos desembarcaron en algún lugar de la costa mediterránea y cómo uno de ellos murió mientras recorrían las tierras de la Corona de Aragón. Después resumen en una breve frase el resto del viaje hasta la raya de Portugal (Lisboa 1568: 124v y ss.; Alemán 1605: 48v). Tovar, en cambio, señala un hito importante en su viaje:



Pasan de Cuenca la montaña helada
y para ver el fin de su deseo
vieron de Madrid bello los umbrales
que Manzanares beza con cristales.
¡Oh, quién pudiera aquí, Madrid famoso,
el canto detener, parar la pluma,
para cantar con plectro sonoroso
de tu alabanza la copiosa suma!
Dicen que al extranjero das reposo,
mas aunque yo lo soy no se presuma
que de lo que te debo soy forzado
porque más me quitaste que me has dado

Fuente: (Tovar 1616: 30r).

Si, como parece muy probable, el yo de los últimos versos debe identificarse con el poeta, habrá que concluir que Tovar se encontraba en Madrid en el momento de escribir el poema o, al menos, parte de él. En el agrio clima político del momento, esos versos no pueden ser solo una laus urbis sin segundas intenciones y habrá que ver en ellos una toma de posición contra el anticastellanismo de muchos portugueses. La actitud del poeta debía de corresponder, por tanto, a la “tercera vía” que Fernando Bouza y Estruch Tobella (Bouza 1984: I, 160 y ss.; Estruch Tobella 1999: 119-130) han ejemplificado en la figura de Agustín Manuel de Vasconcelos, autor de una Sucesión del rey don Felipe a la corona de Portugal publicada en 1639:

Su valioso testimonio nos prueba que, entre la castellanización y la independencia, existió una vía intermedia que accedió a integrarse en la Monarquía Hispánica a cambio de la promesa que se les hacía de guardar sus privilegios como reino (Bouza 1984: I, 161).

Un caso semejante es el de Jerónimo Mascareñas, cuya fidelidad a Felipe IV, «no restaba nada a su orgullo portugués arquetípico, ni a su interés por los fastos y glorias de su tierra natal» (Cid 1999: 157). Pero el ejemplo más conocido es, sin duda, el de Faria e Sousa, profundamente portugués pero, al mismo tiempo, vinculado a Felipe IV y el Conde Duque (Wade 2020: 95-135). Todos esos autores se vieron rodeados de un clima de incomprensión, cuando no de hostilidad, por las dos partes. Quevedo acusó a Agustín Manuel de ser un solapado partidario de la independencia, pero eso no evitó que los braganzistas lo consideraran un traidor (Estruch Tobella 1999: 121). Reproches parecidos se dirigieron, desde uno y otro lado, contra Faria e Sousa, al que uno de sus panegiristas, Moreno Porcel, tiene que defender con la pregunta: «¿Qué crimen es ser afecto a su patria cuanto fidelísimo a su príncipe?» (Núñez Rivera 2020: 51). Tovar es ligeramente anterior a Vasconcelos y a Faria, y está más lejos, por tanto, del momento crítico de la Restauración. Pero debió de padecer ataques semejantes, de manera que los últimos versos, «no se presuma/ que de lo que te debo soy forzado/ porque más me quitaste que me has dado», podían sonar de dos formas diferentes: como una queja (y acaso una súplica) ante los posibles protectores españoles, y como una justificación ante aquellos portugueses que hubieran podido atribuir su elogio de Madrid, con todo lo que eso significaba, al interés o al oportunismo político.

Paralelo a ese elogio de la capital de los Austrias es el elogio de Lisboa que el poeta incluye al final de su obra. San Antonio es milagrosamente trasladado desde Italia hasta su ciudad natal, lo que ofrece a Tovar la posibilidad de incorporar los siguientes versos:

Tus muros llegó a ver, ¡oh patria amada!


Aquí es frozoso interrumper el canto [...]
¡Quién tuviera la lira bien templada
para decir lo que deseo tanto!
En hacerte, aunque lo eres, celebrada,
ocupará mi pluma negro llanto,
en cuanto el curso de la vida breve
mi tosca mano y mis sentidos mueve.
¡Oh cuántos esta deuda despreciando,
nombre a sus patrias de madrastra dieron,
solamente intereses procurando

Fuente: y no fama, que pocos adquirieron! (Tovar 1616: 163v).

¿Por qué la alabanza de Lisboa debería ir acompañada de «negro llanto»? Son posibles varias interpretaciones, pero la más natural es que el poeta lamentaba su alejamiento de la ciudad. Lo más relevante en el texto es que, tras haber explicado los motivos, y los límites, de su adhesión a Madrid, Tovar quiere marcar sus distancias con respecto a los portugueses que, movidos por la ambición, se castellanizan de forma completa y reniegan de su patria. El pasaje recuerda a otro de Faria que, para explicar el significado de su asentamiento en España, se opone a los portugueses que olvidan su país: «En Castilla entré, pero ella nunca pudo entrar en mí, por más y más que después viese en Madrid a muchos portugueses olvidados de su patria [...] que parecía que al pasar los ríos que se pasan de Portugal a Castilla habían pasado el Leteo» (Wade 2020: 90-91). En ambos casos hay una afirmación de que el alejamiento físico de la patria no implica su olvido, como, por el contrario, ocurría en el caso de los malos portugueses. Pero el texto de Faria muestra un desapego hacia Castilla que no tiene el de Tovar con respecto a Madrid.

Es probable que las convicciones políticas de Tovar expliquen también la forma en la que relata otro episodio en la vida del santo. Tras la muerte de San Francisco, sus seguidores eligen como sucesor suyo a fray Elías que, en un primer momento se muestra digno del cargo para el que ha sido nombrado. Sin embargo, con el paso del tiempo, su modo de vida y sus decisiones se apartan del modelo del fundador, de tal manera que se relajan las normas de la Orden. Advirtiendo el peligro, San Antonio acude al papa para exponerle la situación y pedirle que deponga a fray Elías. Lo llamativo es que el santo utiliza con frecuencia un vocabulario profano:

concibe y él mantiene noche y día. [...]

En el pecho del príncipe Dios cría
la república, el cual provecho o daño

más que el suyo, ese es noble ciudadano. [...]

El qu‘el daño del súbdito defiende
No es verdadero rey quien tiene el mando,

Fuente: sino quien obra bien, nos dice Ausonio (Tovar 1616: 146r-147r).

Es cierto que todo el pasaje es una reflexión sobre el poder, y que el vocabulario que el poeta tenía más a mano era el de los tratadistas políticos (Maravall 1954). Pero aunque aplicados traslaticiamente a las dignidades eclesiásticas, las resonancias de esos términos no podían pasarse por alto, sobre todo en una situación tan tensa como la de la fecha de publicación del poema. En 1616, Felipe III había nombrado como virrey de Portugal a Diego de Silva y Mendoza, conde de Salinas, aunque ya en una carta del 20 de junio de 1615, el duque de Lerma informaba al virrey Aleixo de Meneses que quedaba suspendido de funciones y que su sucesor designado era el conde (Gaillard 1982: 179-180 y 362). Este era solo medio portugués, pues su madre, la princesa de Éboli, era una aristócrata castellana. Su ascendencia contravenía, por tanto, uno de los acuerdos de las Cortes de Tomar, que obligaban a nombrar un virrey portugués. De manera que el nombramiento de don Diego «au mois de juin 1615 équivalait a une déclaration de guerre» (Gaillard 1982: 191).

Algunas de las afirmaciones de San Antonio se adaptan muy estrechamente a la situación concreta que vivía Portugal:



Pero aquel que la ley que hizo quebranta
su antecesor, no siendo conveniente
al buen gobierno, su crueldad espanta,
pues en la división daños consiente (Tovar 1616: 146v).

Felipe III quebrantaba la ley que hizo su antecesor, al negar a Portugal la autonomía y los derechos que Felipe II se había comprometido a respetar. Unos versos después, San Antonio advierte: «Entregar el gobierno no se entiende/ la servidumbre, sino el bien humano» (Tovar 1616: 146v). La idea de que una cosa es respetar al monarca y otra aceptar la servidumbre tenía una especial validez en el contexto de las relaciones de Portugal con la monarquía de los Austrias. En particular la expresión «entregar el gobierno» sugiere una cesión voluntaria y apunta hacia uno de los motivos más claros de la oposición a Felipe III y, más tarde, a Felipe IV. Para los portugueses el reconocimiento de sus fueros no era una graciosa concesión del rey sino el resultado de unos pactos, los de 1581, donde las dos partes habían hecho concesiones (García Bernal 2007: 110-113; Rivero Machina 2013: 77). Apenas tres años después del poema de Tovar, el poeta Mousinho de Quevedo, leal a Felipe III, no dejará, sin embargo, de recordarle sus obligaciones. Para Mousinho de Quevedo la visita del rey a Lisboa es motivo de esperanza, pero no de aceptación incondicional:



Propicio y fausto anuncio a su esperanza
que a los deseos los efectos mide,
y es señal que [Portugal] tendrá la seguranza
que para sus antiguos fueros pide.
Y sin alteración y sin mudanza
de los firmados pactos no se olvide
el monarca, que son de un rey prudente
pactos firmados a su amada gente (Rivero Machina 2013: 68-69).

No parece casual que, al igual que Mousinho de Quevedo, Tovar presente juntas la naturaleza pactada del poder del rey y la memoria de Felipe II o, en sus términos, la idea de un gobierno entregado (y no impuesto o servilmente aceptado) y la necesidad de no quebrantar «la ley que hizo su antecesor». Algunas de las palabras de San Antonio parecen, por tanto, una advertencia dirigida a Felipe III para que evite imitar al «tirano» (el término, de nuevo, es del poeta) fray Elías y acepte las limitaciones que le piden los portugueses.

Una confirmación del vínculo que unía a Tovar con Madrid la ofrecen las fiestas celebradas en el Colegio de la Compañía de Jesús con motivo de la canonización de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier en 1622. Una parte de los festejos estuvo a cargo de los caballeros portugueses, que quisieron agradecer a San Francisco Javier lo mucho que trabajó para Portugal: «Basta decir que este día corrió por cuenta de la nación portuguesa para entender la majestad, grandeza y aparato con que se celebró» (Monforte y Herrera 1622: 70v).

Se presentaron distintas composiciones en honor de los reyes, que habían acudido a la fiesta, y entre ellas «laureáronse en primer lugar las de don Luis de Tovar que dicen», y sigue el texto:



Tú, en breves días príncipe excelente,
tú, en cuanto el fuego abrasa o el helado
polo hace ofensas al contrario suelo,
temido en nombre, en obras admirado,
que de ocaso mayor naciste oriente,
vistiendo luces al confuso velo (Monforte y Herrera 1622: 82v).

Y continúa en el mismo tono, invitando a Felipe IV a recuperar los Santos Lugares con el apoyo de los cuatro santos canonizados (San Ignacio y San Francisco Javier, pero también San Isidro y Santa Teresa).

Este Luis de Tovar, que escribe en castellano y participa en unas fiestas parcialmente organizadas por los portugueses, es con toda probabilidad el mismo que seis años antes había publicado el poema sobre San Antonio. El mero hecho de participar en el certamen y, sobre todo, el ditirámbico contenido de los versos muestran que el poeta se había integrado en la corte más de lo que decían los versos de 1616, o que se esforzaba por conseguirlo. El mismo autor que en su poema épico se quejaba, no sin una punta de vanagloria, de no haber recibido nada de Madrid, escribe una composición que parece expresar su gratitud hacia la corona o el deseo de propiciársela, ahora que el viejo rey había muerto y el nuevo, jovencísimo, acababa de subir al trono.

La intervención en las fiestas del Colegio Imperial de la Compañía muestra a un escritor interesado en participar en la vida literaria de Madrid. Al menos otra composición de Tovar apunta en ese sentido. En ese mismo año de 1622 Tovar toma parte en las fiestas de canonización de San Isidro labrador, con una canción, «Tú, claro sostituto», destinada a elogiar al papa Gregorio XV por haber canonizado al nuevo santo. Tampoco aquí Tovar desaprovecha la ocasión de elogiar a Madrid, «de tanto príncipe excelente madre» (Vega 1622: 123r).

Gongorismo

La relación de Tovar con la vida literaria española no se limita a su intervención en certámenes poéticos sino que se refleja de manera muy clara en su deuda con el poeta más polémico del momento. La huella de Góngora se encuentra a cada paso en el Poema místico. Bastará señalar la proliferación de versos bimembres, como en «quebrando robles, montes allanando», o «pintados bucios y nevadas conchas» (Tovar 1616: 89r y 3v); o las inevitables construcciones del tipo “No A, sino B”, como en «de pompa no, de amor vestido» (Tovar 1616: 124v). En muchos otros casos, la dependencia es muy precisa, y remite a pasajes concretos del modelo, sobre todo, de las Soledades. Así, por ejemplo, los pescadores tienden sus redes, «dando en las redes laberinto al viento», expresión que se inspira claramente en la red como «laberinto nudoso» para los peces de la Soledad segunda (Tovar 1616: 104r; Góngora 1994: 431). Una deuda más extensa se registra cuando la Virgen se aparece al santo envuelta en una intensa luminosidad:



No en medio de la noche tenebrosa
al caminante entre áspera montaña,
por no pisada senda y más dudosa
al miedo que, perdido, le acompaña,
luz pareció más clara y más hermosa,
farol siendo en tal golfo una cabaña,
que a Antonio despertando sin desmayos
llena su celda de celestes rayos (Tovar 1616: 138v).

La figura del caminante extraviado podría remitir a cualquiera de los peregrinos de amor de la poesía áurea, pero la complejidad sintáctica y la referencia al farol y al golfo muestran que el poeta tenía en mente el comienzo de las Soledades, cuando el náufrago se encamina hacia



breve esplendor de mal distinta lumbre,
farol de una cabaña
que sobre el ferro está, en aquel incierto
golfo de sombras anunciando el puerto (Góngora 1994: 209).

Como se ve, Tovar altera profundamente su modelo. La diferencia más llamativa, porque corresponde a un procedimiento muy frecuente en el poeta portugués, es que la tenue luz del fragmento gongorino se convierte en su contrario, la deslumbrante luminosidad que irradia la Virgen María. Es posible, además, que ese pasaje de las Soledades haya imantado en los tres primeros versos otros vagos recuerdos gongorinos: la noche tenebrosa podría haber sido sugerida por el poema «Descaminado, enfermo, peregrino,/ en tenebrosa noche con pie incierto»; y la asociación entre el verbo “pisar” y el adjetivo “dudosa” evoca el famoso verso del Polifemo «pisando la dudosa luz del día».

En ocasiones, Tovar funde varios recuerdos gongorinos. En uno de sus viajes, San Antonio, como buen franciscano, vive de lo que generosamente le ofrecen:



Voluntades aquí le ofrecen ciento
y, sobre blanco lino, no aquel ave
del nuevo polo en espléndido augmento,
mas limpia voluntad que mejor sabe,
leche que el sol miró al nacer contento
(émulo de la Aurora) en corcho grave,
y en bellas manos la cuajada pura,
que esta muestra vergüenza, ellas blancura (Tovar 1616: 123v).

El punto de partida son los versos de la Soledad primera :



Limpio sayal (en vez de blanco lino)
cubrió el cuadrado pino;
y en boj, aunque rebelde, a quien el torno
forma elegante dio sin culto adorno,
leche que exprimir vio la Alba aquel día
mientras perdían con ella
los blancos lilios de su frente bella,
gruesa le dan y fría (Góngora 1994: 227).

Pero a ese recuerdo se suma el del pavo de Indias, «ave peregrina, arrogante esplendor, ya que no bello, del último Occidente» (Góngora 1994: 265). El «corcho grave» y las manos de los tres versos finales evocan otra comida rústica, la de la Soledad segunda, con sus mesas de corcho y su comida servida por bellas manos. Vale la pena observar que, de nuevo, Tovar se complace en contradecir el texto de Góngora: si este niega que los manteles sean de lino, eso es justamente lo que afirman los versos del poema épico; y si en Góngora el pavo está destinado a la mesa de los novios, Tovar lo excluye de la comida del santo.

La deuda más extensa del poema portugués con las Soledades corresponde al momento en que la Envidia, para evitar que el santo llegue a Sicilia, le pide a Neptuno que obstaculice su viaje por mar. Partiendo de esa referencia marina, el poema retoma a lo largo de varias estrofas el discurso de las navegaciones de la Soledad primera. El fragmento se abre con un verso tomado tal cual del modelo, «Tifis el primer leño mal seguro», y continúa con una octava que amplifica con habilidad las referencias gongorinas al propio Tifis y a Palinuro (Góngora 1984: 279; Tovar: 1616: 78r). Sigue una descripción de las navegaciones, atribuidas, como en Góngora, a la Codicia, aunque de forma algo contradictoria, Tovar no deja de atribuir a esas mismas navegaciones una consecuencia, la expansión de la fe, que tenía que considerar santa:



Los hijos desta Orden el luciente
lecho verán del sol, y adonde llora
en tapetes de nácar trasparente
perlas puras y netas el Aurora (Tovar 1616: 79r).

A propósito del momento en que escribe Góngora (que es también el de Tovar), Mercedes Blanco observa que ese orgullo de llevar el cristianismo a países idólatras «era ya a aquellas alturas cosa del pasado, aunque siguiera alimentando discursos propagandísticos» (Blanco 2012: 403). El de Tovar sin duda lo era, pero esa intención apologética cuadraba mal con el verdadero sentido del texto gongorino, tan crítico con la expansión ultramarina de España (Blanco 2012: 395-406).

Al recordar a Neptuno que sus aguas más remotas han de ser surcadas por los franciscanos, la Envidia despierta la cólera del dios, que desencadena los elementos contra el santo. Ningún lector de Os Lusíadas podía dejar de recordar el canto VI del poema, en el que Baco provoca la furia de Neptuno con argumentos parecidos (aunque referidos a los navegantes portugueses) de manera que el episodio termina también con una tempestad. Tovar superponía, por tanto, indudables recuerdos gongorinos a un pasaje deudor de Camões, y aliaba así en un mismo texto a los dos poetas más célebres de la literatura peninsular en las dos lenguas.

El nombre de Luis de Tovar deberá añadirse, por tanto, a la larga lista de seguidores de Góngora en Portugal (Ares Montes 1956). De hecho, dos de sus poemas menores se incorporan a los paratextos de dos conocidos gongoristas. La primera de las composiciones aparece en las Varias poesías de Paulo Gonçalvez de Andrada, «uno de los más interesantes gongoristas portugueses» (Ares Montes 1956: 99-100), al que Tovar elogia precisamente por su condición de poeta culto: «dando lisonjas, culto, al pensamiento/ hasta que a Marte cantes furibundo» (Gonçalvez de Andrada 1658: preliminares). El adjetivo se vinculaba, también en Portugal, al estilo de Góngora, o de sus malos imitadores, tan hábilmente caricaturizados por Jacinto Cordeiro:



Los críticos, los cultos, que arrogantes,
escribiendo a las musas en diptongo,
que piensan papagayos ser gigantes,
transformando su lengua en la del Congo (Cordeiro 2017: 112).

La admiración, real o impostada, de Tovar debió de ser recíproca, pues Gonçalves de Andrade es autor de un soneto de elogio a Tovar en los preliminares del poema de San Antonio.

El segundo poema laudatorio se incluye en los paratextos del poema épico Gigantomaquia de Manuel de Gallegos, que confiesa de forma explícita su dependencia del poeta cordobés (Gallegos 1626: preliminares). En el prólogo a su obra, Gallegos admite con modestia que difícilmente podrá competir con el cíclope de Góngora a la hora de describir la monstruosidad de los gigantes (Ares Montes 1956: 384). Curiosamente, el destino de Gallegos coincide hasta cierto punto con el de Tovar: en 1630 se instaló en la corte de Madrid, donde se incorporó al círculo reunido en torno al Conde Duque. Pero esa vinculación con el valido, y con la corona, no fue obstáculo para que, tras la Restauración, ocupara cargos importantes en la nueva corte portuguesa (Ponce Cárdenas 2018).

Conclusión

La figura de Luis de Tovar que dibujan sus poemas es muy parecida a la de otros autores portugueses del momento, y recuerda a personajes de más fuste como Faria e Sousa. Profundamente apegado a Portugal, recurre en el poema épico a muchos de los elementos que contribuyen a configurar la identidad de su patria: la vocación por el mar, la singularidad y la superioridad de la lengua, la historia propia, el brillo de Lisboa y, por supuesto, la importancia de sus santos. Sin embargo, Tovar no es contrario a la unión de las Coronas, al menos en los términos en los que la habían propuesto los acuerdos de Tomar. Aunque parece alarmado por la deriva cada vez más autoritaria de Felipe III, no hay en sus versos un abierto anticastellanismo; más aún, sus composiciones incluyen elogios de Madrid y de los Austrias. Literariamente habría que estudiar su deuda con los poetas españoles, pero su indudable gongorismo lo vincula a lo más vivo, y más polémico, de la poesía española del momento. Publicado muy pocos años después de que se dieran a conocer los grandes poemas del cordobés, el Poema místico es un testimonio de admiración hacia Góngora, y uno de los primeros textos que introducen las novedades gongorinas en la épica religiosa.

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