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Actualidad y relevancia de Marx en el pensamiento económico

The relevance of today’s Marx on economic thought

Fahd Boundi Chraki
Universidad Complutense de Madrid, Spain

Actualidad y relevancia de Marx en el pensamiento económico

Denarius. Revista de Economía y Administración, vol. 2, núm. 41, pp. 69-93, 2021

Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, Departamento de Economía

Recepción: 17 Julio 2021

Aprobación: 15 Agosto 2021

Resumen: En esta investigación se realiza una lectura comparada de la literatura con el objetivo de dilucidar la actualidad y la relevancia del corpus teórico de Marx. Se plantea que la teoría del valor trabajo es una teoría monetaria de la producción que supera satisfactoriamente las incongruencias de la noción marginalista del capital. Se muestra que la teoría marxiana del dinero anticipa la crítica a la Ley de Say de Keynes e incluye una teoría del dinero endógeno. Asimismo, la teoría de la competencia de Marx representa la base de la crítica de la teoría convencional del comercio internacional.

Palabras clave: valor, capital, dinero, competencia.

Abstract: The research is aimed to disclose the current relevance of Marx’s theoretical corpus. First, we emphasize that the labor theory of value is a monetary theory of production that allows us to resolve successfully the inconsistencies derived from the marginalist notion of capital. We argue that the Marxian theory of money embodies a theory of endogenous money. Lastly, we show that Marx’s competition approach constitutes the basis of criticism of the conventional theory of international trade.

Key words: Value, Capital, Money, Competition.

1. Introducción

Los recientes trabajos sobre la desigualdad de Thomas Piketty (2014) y Branko Milanovic (2018), la crisis de 2007, la recesión de 2008-2014, y las crecientes asimetrías de la economía mundial han propiciado un renovado interés en la obra de Karl Marx. Tanto que es así, que algunas categorías de Marx como la pauperización relativa, el desarrollo desigual, el ejército industrial de reserva o de desempleados, el capital ficticio o la sobreproducción del capital han cobrado una importancia particular para los economistas insatisfechos con las doctrinas de la economía tradicional.

Sin embargo, la teoría del valor de Marx no goza de las mismas simpatías por parte de la heterodoxia económica, que la considera una arcaica reliquia producto de un pasado marcado por las brutales condiciones de la clase trabajadora en la Inglaterra de la época victoriana. Entre sus más agudos críticos, Joan Robinson (1942) escribe que la teoría del valor de Marx no es consistente con las teorías del salario y los precios. Esto es, Robinson percibe una contradicción en El capital, en cuyo primer libro Marx postula que la creciente productividad laboral lleva a la creciente explotación de la fuerza de trabajo. En el tercero, termina afirmando que el aumento de la productividad elevará los salarios reales y declinará la tasa general de ganancia. Pero sobre todo Robinson afirma que la contradicción flagrante es que en el primer libro la ley del valor es válida y en el tercero no, porque rige la ley del precio.

Contrariamente a la idea de Robinson, ambas tendencias expuestas por Marx no representan una contradicción, sino que son cuestiones que se abordan en niveles de abstracción distintos que tienen un denominador común, la teoría del valor. Como afirma Rosdolsky (1968), Marx elabora la teoría del valor en el libro I en el marco del capital en general, por lo que necesariamente se ha de hacer abstracción de la competencia, la nivelación de las tasas de ganancia y las desviaciones entre el valor y el precio de producción de la mercancía. En el libro III Marx transgrede el marco del capital general una vez que ha desvelado en el libro I el secreto del plusvalor.

Esta malinterpretación del método de Marx ha hecho creer que la teoría del valor trabajo, en cuanto un supuesto subterfugio que emana del más primitivo hegelianismo, es prescindible del resto del corpus teórico de El capital. Todo lo bueno que tiene El capital debe salvarse del oscurantismo de la teoría del valor trabajo. Rosdolsky (1968, p. 589) recuerda a este respecto las lamentaciones de Marx ante Engels al exclamar: “iAy, si esas gentes se tomasen cuando menos la molestia de leer correctamente lo que he escrito!”. Inspirados en esta cuestión, en este trabajo se realiza una lectura comparada de la literatura con el objetivo de dilucidar la actualidad y la relevancia de la teoría del valor de Marx y su crítica de la economía política clásica para la comprensión de los problemas de la economía moderna.

La estructura del trabajo es la siguiente. Primero se expone que la teoría del valor de Marx es una teoría monetaria de la producción. La pertinencia de la teoría monetaria de Marx es discutida en la segunda sección. Posteriormente se deriva del enfoque de la competencia de Marx la teoría de la ventaja absoluta de costo. Las principales conclusiones son resumidas en la última sección.

2. La teoría del valor de Marx en cuanto teoría monetaria de la producción

Motivado por las devastadoras secuelas de la crisis de la década de 1930, John Maynard Keynes (1932) escribió un breve ensayo titulado Una teoría monetaria de la producción. El eximio economista inglés se había propuesto arrancar de raíz la doctrina de la economía del intercambio puro que tuvieron a bien instruir durante décadas Alfred Marshall y el profesor Arthur C. Pigou en las aulas de la prestigiosa, y a la sazón influyente, Universidad de Cambridge.

Según Keynes, la economía tradicional fue incapaz de responder a la crisis de su tiempo por carecer de una teoría monetaria de la producción. La creencia hasta entonces fue que el dinero no influía en el carácter esencial de las transacciones ni tampoco sobre las decisiones y las motivaciones de los sujetos implicados en el proceso social del intercambio. La neutralidad del dinero constituía una doctrina del todo insatisfactoria para Keynes, lamentando aún más el hecho de que los economistas, los hacedores de políticas y los empresarios no mostrasen el menor atisbo de espíritu crítico al aceptar todos y cada uno de los postulados sobre los que descansa la teoría del intercambio puro.

Baste decir que las condiciones que suponen la neutralidad del dinero niegan la posibilidad de que ocurran las crisis y las recesiones inherentes al modo de producción capitalista, lo cual -apunta Keynes- contradice los datos evidentes de la vida práctica. Aunque las fases de auge, crisis y recesión en forma alguna son reducibles a un fenómeno puramente monetario, estas responden a una economía en la cual el dinero no es neutral. Keynes cierra su ensayo prometiendo a sus lectores entregarse a la crucial, y a la vez ímproba, tarea de elaborar la teoría monetaria de la producción que complemente las teorías del intercambio puro. Los esfuerzos de Keynes (1936) se materializaron en la Teoría general, obra considerada por Eric Roll (1939) pionera por haber tratado con la debida atención la relación del dinero con el desempleo involuntario, los ciclos económicos, la demanda efectiva y el comportamiento de los agentes.

Empero, la originalidad que atribuye Roll a Keynes en cuanto precursor de la teoría monetaria de la producción languidece una vez que es puesta en relación con la obra de Karl Marx. En la Contribución a la crítica de la economía política y en el libro I de su magnum opus El capital, Marx (1859, p. 9; 1867, p. 4) estimó justo comenzar su exposición de la teoría del valor afirmando que la riqueza en el modo capitalista de producción aparece como una descomunal acumulación de mercancías, en tanto que la mercancía individual constituye su existencia elemental.

El filósofo de Tréveris advierte que la mercancía encierra en sí una contradicción por cuanto es una unidad inmediata de valor de uso y valor de cambio. En cuanto producto de un trabajo privado cuyo carácter social no es factible ser aprehendido automática, inmediata y directamente por la sociedad, la mercancía solamente existe en relación con el dinero (Mandel, 1976, p. 31). Dado que la circulación de las mercancías es indisociable de la circulación del dinero, el punto de partida del proceso inmediato de producción es el propio dinero. Aun siendo las formas elementales del capital, la mercancía y el dinero sólo se transforman en capital en determinadas condiciones.

Por el contrario, Adam Smith y Ricardo confundieron las formas elementales del capital, id est la mercancía y el dinero, con el capital en cuanto tal. Los dos grandes exponentes de la economía política clásica redujeron el capital a la mera suma de valores de uso o cantidades físicas de insumos; esto es, a trabajo acumulado o, en sentido de la economía moderna, a trabajo indirecto.

En cuanto relación social, el capital representa no solamente una suma de mercancías, sino de valores de cambio, de magnitudes sociales. El trabajo acumulado, indirecto, deviene capital una vez que es materializado sobre el trabajo vivo, directo. Luego, el trabajo directo es subsumido en el trabajo indirecto con el fin de conservar e incrementar el valor de cambio, en la medida en que el capital es valor en proceso de valorización. La confusión de la economía política clásica sobre el capital que tuvo a bien develar Marx es tanto más relevante cuanto que es extrapolable a la crítica de la función de producción marginalista del tipo Cobb-Douglas y el concepto de la productividad marginal del capital.

La controversia en torno a la naturaleza del capital que enfrentó a Cambridge, Inglaterra, contra Cambridge, Massachussets, evidenciaron que la función de producción marginalista era incongruente a la par que insatisfactoria (Harcourt, 1973, 1976). Piero Sraffa (1960) aduce que la definición marginalista del capital en cuanto cantidades físicas tropieza con el problema fundamental de su medición. Dado que el capital representa una constelación de valores de uso cualitativamente diferentes, los aumentos o decrementos en su cantidad son inconmensurables. Baste reseñar que Aristóteles avizoró este problema hace más de dos mil años al cuestionarse cómo era factible que dos o más valores de uso diferentes podían ser conmensurables entre sí (Rodríguez Herrera, 2015). Marx (1867, capítulo I, p. 32) alaba la perspicacia de Aristóteles por haber comprendido que los objetos cualitativamente distintos no podían relacionarse entre sí en cuanto magnitudes conmensurables sin la existencia de una sustancia común. Sin embargo, Aristóteles no fue capaz de hallar aquella sustancia común que habría de representar un objeto respecto de otro en cuanto algo igual.

La definición de capital de la economía marginalista se ve abocada a este impasse, a menos que los incrementos y decrementos -marginales- del capital se midan en dinero dada la heterogeneidad de los medios de producción (Robinson, 1953, 1955a y 1955b; Sraffa, 1960). Por tal motivo, Anwar Shaikh (1974) destaca la ironía que conlleva la asunción de la teoría del valor trabajo para que las condiciones en las que descansa la función de producción marginalista sean operables. Esto es, el enigma de la medición del capital se descifra una vez que se asume que la sustancia común a todos los medios de producción es el trabajo social.

En su investigación sobre el valor, Marx (1865 y 1867) arguye que la igualdad jurídico-formal sobre la que se asienta el orden de sociedad capitalista revela que la relación entre individuos es una relación social entre poseedores de mercancías, mientras que el valor de cambio de las mercancías se expresa en cuanto trabajo humano homogéneo. En consecuencia, la sustancia social común a todas las mercancías es el trabajo social, en tanto que el valor de las mercancías es la cantidad de trabajo social (directo e indirecto) contenido o cristalizado en ellas mismas. Dadas unas condiciones técnicas de producción promedio, una intensidad social media y una destreza media del trabajo empleado por el capital, la magnitud del valor estará determinada por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir las mercancías (Marx, 1865 y 1867).

Dos mercancías que constituyen valores de uso cualitativamente distintos serán conmensurables entre sí por cuanto son productos del trabajo social, en cuanto que son valores. Se otea así el carácter bifacético del trabajo que ignoraron a la sazón Adam Smith y Ricardo. De una parte, el trabajo es útil y concreto por cuanto es productor de valores de uso, de riqueza. Por la otra, es trabajo abstractamente humano en cuanto que es fuente del valor. La contradicción que encierra la mercancía por ser unidad inmediata de valor de uso y valor de cambio conduce a su desdoblamiento en mercancía y dinero. De esta suerte, el valor de las mercancías se expresa de acuerdo con el equivalente general, el dinero, permitiendo cuantificar los objetos útiles heterogéneos mediante una unidad común de medida. Prima facie, la teoría del valor trabajo de Marx soluciona el problema de la medición de la cantidad de capital, puesto que, tal y como Moseley (2016) hace notar, el dinero es la forma en como aparece el valor. La crítica marxiana de la noción marginalista del capital no se agota en este punto.

Isaak Rubin (1929) descubre que la base de todo el sistema de Marx (1867, capítulo I, p. 30-34) y su crítica de la economía política clásica se encuentra contenida en la última sección del primer capítulo de su magnum opus, a saber, el fetichismo de la mercancía, y su secreto. Marx devela que el carácter misterioso de la forma de la mercancía constituye una prisión que encierra a las personas en la falsa conciencia que les hace creer que se enfrentan a meras relaciones entre cosas, cuando en realidad se trata de relaciones sociales entre personas. Adam Smith y Ricardo fueron cautivos de esta falsa conciencia al no penetrar más allá de la apariencia del capital en cuanto objeto. En esencia, el capital es la relación social de la que dimana el fundamento mismo de la sociedad capitalista: la producción de plusvalor. Tal es la crítica de la economía política clásica de Marx, siendo esta extensible a la teoría marginalista por haber desprovisto al capital de su carácter social e histórico al considerarlo meramente un acervo de bienes físicos cualitativamente diferentes.

A fin de ilustrar el concepto marginalista de capital, bastará referirse a Eugen Böhm-Bawerk (1890), quien relata el origen de la formación del capital como la concatenación de dos circunstancias: el ahorro y la producción. De una manera completamente ahistórica, Böhm-Bawerk se vale del ejemplo de una economía cerrada y conformada por un único sujeto, Robinson Crusoe, para explicar la formación del capital. Introduciendo la preferencia temporal, el economista austríaco plantea que el ahorro transmutará en capital, si y solo si Crusoe sacrifica consumo presente por consumo futuro. Esto es, Crusoe debe prescindir de algunos bienes de consumo presentes a fin de ahorrar fuerzas productivas que sean destinadas a la producción de bienes de capital.

Puesto que el fin de la producción es satisfacer las necesidades de consumo (i.e, el valor de uso), por naturaleza todo capital es una masa de insumos intermedios destinada a convertirse en bienes de consumo para el goce y el disfrute del individuo. Rechazando la doctrina de la productividad marginal del capital de Thünen y John B. Clark, Böhm-Bawerk tiene por bien recalcar que los medios de producción en forma alguna son fuente creadora de valor.

Surge entonces la pregunta de cómo es posible que el capital podrá valorizarse si por su naturaleza es improductivo. Böhm-Bawerk resuelve este enigma exponiendo los tres factores que permiten la existencia del interés. Los dos primeros son de carácter psicológico. i) Los individuos prefieren los bienes presentes a los bienes futuros, ii) en tanto que sobreestiman los recursos futuros y subestiman las necesidades futuras. La conjunción de estos dos factores eleva la utilidad marginal de los bienes presentes para con los bienes futuros.

El tercer factor está vinculado a la producción. Según Böhm-Bawerk, la experiencia de la vida práctica demuestra que los métodos indirectos son superiores a los métodos directos para la producción de mercancías. De esta forma, se asegura que los factores originales de la producción, esto es el trabajo y los recursos naturales, serán más productivos que los bienes de consumo (Roll, 1939, p. 371). Por lo anterior, el tamaño del producto global se ampliará conforme se adoptan métodos de producción que requieren de más etapas intermedias entre los factores originarios y los bienes de consumo. Pero ¿de dónde surge la ganancia del capital, o en sentido de Böhm-Bawerk el interés? La respuesta está en la preferencia temporal. Los bienes presentes reclamarán un agio que constituye el interés como consecuencia de que son permanentemente más útiles y deseados que los bienes futuros de la misma calidad y cantidad (Böhm-Bawerk, 1890). Cuando se intercambian mercancías presentes y futuras, el interés (o sea, la ganancia) surge como algo natural, como un fenómeno normal y como un algo económicamente necesario. Pese a su intrincada teoría subjetiva del valor, la definición de capital de Böhm-Bawerk no es más que la vieja doctrina del trabajo acumulado de la economía política clásica.

En los Gründrisse, Marx tiene por bien evidenciar que la idea de que el capital es trabajo acumulado que sirve de medio al nuevo trabajo, considera únicamente la simple materia del capital soslayando su determinación formal, sin la cual dejaría de ser capital. Si el capital es solamente un instrumento de producción, entonces este habría existido en todas las formas de sociedad, lo cual es totalmente ahistórico. El relato de Böhm-Bawerk, además de incurrir en este ahistoricismo, pierde de vista que el dinero es la primera forma que reviste el valor de cambio bajo la envoltura de capital. Más precisamente, la circulación del capital comienza y termina con una suma de dinero:

D - M - D ' ;   d o n d e   D ' = D + D (1)

Cuando el dinero circula en la forma de capital, el fin inmediato de la producción capitalista es valorizar el valor. No obstante, el circuito no dice nada acerca de la fuente de la ganancia, pues representa el ordinario proceso de comprar para vender más caro. Surge entonces el problema de resolver el secreto del plusvalor sin violar la ley del valor. O, formulado en otros términos, ¿cómo es posible que el poseedor de dinero obtenga un valor superior al que invirtió inicialmente, si estrictamente ha de comprar y vender las mercancías por su valor? Para resolver tal enigma el poseedor de dinero ha de encontrar en el mercado una mercancía tan específica cuyo valor de uso sea fuente de valor, esto es, que al ser consumida agregue valor. Esta mercancía tan peculiar no es otra que la fuerza de trabajo que es comprada y vendida libremente en la sociedad capitalista. Como cualquier otra mercancía, el valor de la fuerza de trabajo se determina por la cantidad de trabajo abstracto socialmente necesario para producir el conjunto de medios de vida que permiten la reproducción social de los trabajadores asalariados y sus familias.

Haciendo abstracción de las desviaciones entre valores y precios inherentes a la dinámica del modo de producción capitalista, la mercancía fuerza de trabajo es comprada a un salario monetario que equivale a los costos de la reproducción social, mientras que su comprador, el capitalista, aun cuando satisface su valor de cambio, la adquiere por su valor de uso, el cual no se manifiesta hasta que es puesta en el proceso de producción. El consumo -productivo- de la fuerza de trabajo representa, por tanto, el proceso de producción de las mercancías y el plusvalor. Lo que en apariencia es un intercambio de equivalentes que aceptan libre y voluntariamente las dos partes, es en esencia un intercambio desigual entre el trabajo y el capital. Puesto que el contrato suscrito por ambas partes establece que el producto engendrado por el trabajo corresponde jurídicamente al poseedor del capital, la jornada laboral podrá sobrepasar el tiempo de trabajo necesario para reproducir socialmente la fuerza de trabajo. Consiguientemente, el plusvalor es el residuo que dimana de la diferencia entre el salario y la productividad laboral. El plusvalor nace, pues, de las condiciones sociales e históricas específicas al modo capitalista de producción, por lo que no puede ser algo natural, normal y económicamente necesario como plantea Böhm-Bawerk.

Asimismo, Marx (1867, capítulo VI) supera con su teoría del plusvalor las incongruencias de Adam Smith y Ricardo en cuanto a la distinción entre el capital fijo y el capital circulante, al enunciar dos nuevas categorías: el capital constante y el capital variable. El capital constante se descompone, de acuerdo con el tiempo de rotación de los medios de producción, en capital fijo y capital circulante, siendo la porción del capital que transfiere a la mercancía el valor engendrado por el trabajo indirecto (en sentido de Marx, pretérito u objetivado). Pero es la parte del capital invertida en fuerza de trabajo la que agrega nuevo valor en el proceso de producción de mercancías, puesto que es la simiente de la que brota el plusvalor que es apropiada por el capital una vez que se realiza la mercancía en la esfera de circulación. De ahí que Marx la denomine capital variable. A este respecto, Shaikh y Tonak (1996) llaman la atención acerca de la importancia de no confundir el capital variable de Marx con la remuneración de asalariados de las modernas cuentas nacionales.

A diferencia de la economía marginalista y la tradición keynesiana, los clásicos y Marx tuvieron un especial cuidado por distinguir el trabajo productivo del trabajo improductivo. Sin embargo, la economía política clásica asimiló la definición de Adam Smith según la cual el trabajo productivo es solo aquel que se destina a la producción de mercancías físicas, dejando por fuera los servicios. Marx crítica la definición de Adam Smith en la medida en que equiparó la materialización del trabajo social en un valor de uso con su encarnación en un bien físico (Rubin, 1929; Shaikh y Tonak, 1996; Guerrero, 1997). Marx (1894, 1933) diferencia el trabajo productivo en general, en cuanto creador de valores de uso, y el trabajo productivo para el capital, siendo este último la fuente de la cual dimana tanto el plusvalor como la ganancia comercial. Por consiguiente, los servicios podrán ser fruto de un trabajo productivo desde el punto de vista del capital.

La relevancia de esta cuestión, como sostienen Shaikh y Tonak (1996), descansa en la necesidad de evitar la falsa equivalencia entre la tasa de plusvalor y la ratio excedente bruto de explotación/remuneración total de asalariados con base en las cuentas nacionales. Per definitionem, la remuneración total de asalariados aglutina los sueldos y salarios tanto de los trabajadores productivos cuanto de los trabajadores improductivos. En este segundo grupo, se encuentran los sueldos y salarios de funcionarios, directivos, administradores, gerentes, entre otros, cuyos ingresos proceden de la redistribución del plusvalor.

Una vez que el secreto del plusvalor es comprendido, Marx (1885) entrelaza las tres formas del capital, id est, capital dinerario (D-M), capital productivo (P) y capital mercantil (M´-D´), con el fin de desplegar el ciclo completo del capital industrial:

D - M { F T M P P M ' - D ' (2)

El capitalista invierte una cantidad de dinero para comprar la fuerza de trabajo (FT) y los medios de producción (MP) que en combinación ponen en marcha el proceso de producción de las nuevas mercancías (P) que encierran en sí un nuevo valor (M’) que se realizará en la venta (D’), dando lugar a la acumulación del capital. Las condiciones para que este proceso sea perpetuo y permita la reproducción en escala ampliada del capital son: i) la reinversión del plusvalor en fuerza de trabajo y medios de producción adicionales; y ii) la existencia de un permanente exceso de oferta de fuerza de trabajo (Marx, 1867 y 1885). De esto se sigue que el crecimiento de la economía dependerá de que las condiciones de rentabilidad sean lo suficientemente atractivas para que los capitalistas reinviertan productivamente el plusvalor, por lo que es condición sine qua non que el aumento de los salarios reales tenga como límite superior la máxima tasa de ganancia.

La enunciación de la ley general de la acumulación y los esquemas de reproducción, convierten a Marx en un avanzado precursor de Von Neumann, Keynes, Schumpeter, Arthur Lewis y la teoría del crecimiento endógeno. Grosso modo, la teoría del valor de Marx integra una teoría monetaria de la producción; o, más concretamente, se trata de una teoría monetaria del proceso de producción del valor, el proceso de producción de plusvalor, el proceso de producción del capital y el proceso de producción y reproducción de toda la relación que es específicamente capitalista. Por lo anterior, en la ulterior sección se procede a analizar la teoría monetaria de Marx a fin de develar su pertinencia.

3. La pertinencia de la teoría monetaria de Marx

La teoría monetaria de Marx se encuentra integrada orgánicamente en su explicación general del valor, de la producción del valor y de la circulación autónoma del valor (Mandel, 1976, p.72). En cuanto tal, el dinero es la materialización misma del trabajo social abstracto, de suerte que Marx (1859, capítulo II; 1867, capítulo III) estimó justo iniciar su investigación por el dinero mercancía.

Esto es, Marx se ve en la necesidad de estudiar el dinero en su aspecto general, desproveyéndole de las formas específicas que reviste en el modo de producción capitalista a fin de comprender cabalmente su papel en el capitalismo (Brunhoff, 1967). Solamente de este modo la teoría monetaria de Marx puede entrelazar de manera orgánica y jerarquizada las funciones del dinero en cuanto que es medida de valores, medio de circulación, medio de pago, medio de atesoramiento y dinero mundial.

Dado que es la encarnación del trabajo social abstracto, el dinero mercancía será medida de valores puesto que en sí posee valor. En cuanto mercancía, el valor del dinero estará determinado por la cantidad de trabajo social directo e indirecto necesario para producir una onza de oro. Marx, por tanto, debe discrepar de Ricardo, en tanto y en cuanto el dinero-oro, al tratarse de la encarnación del valor, no puede ser tratado como una mercancía cualquiera. Las objeciones de Marx (1859 y 1867) exteriorizan la inconsistencia de la teoría del dinero de Ricardo para con su teoría del valor al haberse adherido a la ley de los mercados de James Mill y Jean-Baptiste Say, y a la teoría cuantitativa del dinero de David Hume2. De una manera un tanto oscura, Ricardo (1821, capítulo VII) abandona su teoría de los precios naturales para establecer que en el comercio internacional el precio de mercado de las mercancías variará proporcionalmente de acuerdo con los cambios en la cantidad de dinero en circulación. Empero, para Marx la teoría cuantitativa del dinero representa la absurda idea según la cual en la circulación las mercancías llegan sin precio y el dinero sin valor, dando lugar a un intercambio de una parte alícuota de la masa de mercancías por una parte alícuota de un cúmulo de metal.

Puesto que las mercancías son lanzadas a la esfera de la circulación con un precio que tiende a gravitar, en el largo plazo, en torno a los precios de producción3, la suma total de los precios (P) determinará la cantidad de dinero-oro (M) dada una velocidad de circulación (k), lo cual contraviene la teoría cuantitativa del dinero:

M = P k (3)

¿Qué ocurre si la cantidad del dinero-oro excede las necesidades de la circulación de mercancías? La función del dinero como medio de atesoramiento hace acto de presencia, pues todo exceso de monedas de oro se atesorará o se convertirá en artículos de lujo, dejando invariable el precio de las mercancías. El mayor interés del atesoramiento, no obstante, se encuentra en su incompatibilidad con la ley de los mercados de Mill-Say4. En su polémica con Robert Malthus y Simonde de Sismondi, Ricardo rechazó la posibilidad de que la economía experimente una sobreproducción general en la medida en que el dinero está condenado a circular ad eternum, haciendo del flujo circular un movimiento ininterrumpido. Por el contrario, Marx (1867, 1885), aun habiendo demostrado con sus esquemas de reproducción que la producción crea un poder adquisitivo equivalente, afirma que la disyunción entre el poder de compra y el deseo de compra conduce necesariamente a la petrificación del dinero, esto es, a la suspensión de la circulación de las mercancías, al cese del flujo circular.

Tras una venta no existe razón alguna por la que debe acontecer una compra. Los vendedores de las mercancías pueden decidir atesorar su dinero, abriendo la posibilidad de que las crisis por una sobreproducción general ocurran. Más aún, cuando el dinero actúa como medio de pago la relación entre el vendedor y el comprador se convierte en una relación entre acreedor y deudor. Las compras realizadas a crédito implican que la mercancía vendida circula realizando su precio en la forma de un título que jurídicamente otorga el poder al vendedor de reclamar su dinero. Las deudas contraídas obligan a vender con el fin de pagar a los acreedores, lo cual, como en el caso anterior, suspende el flujo circular y permite la posibilidad teórica de que la crisis surja. La ley de los mercados de Mill-Say queda, en definitiva, anulada por la teoría monetaria de Marx, pudiendo reclamar un merecido lugar en la economía moderna por haber anticipado en más de setenta años la crítica contra la ley de Say de Keynes (1936) contenida en la Teoría General.

El alcance de la teoría marxiana del dinero es tanto más sorprendente por cuanto de ella subyace una teoría monetaria del crédito. Conocedor de las polémicas que enfrentaron a la Currency School, la Free Banking School y la Banking School, Marx asimiló la teoría del dinero endógeno de Thomas Tooke (1857). La distinción hecha por Tooke entre el dinero bancario y el dinero en sentido estricto, permitió a Marx comprender que el dinero bancario hunde sus raíces en la función del dinero como medio de pago. Durante las fases de expansión del ciclo económico, las condiciones de rentabilidad son tan atractivas que los capitalistas se ven impelidos a invertir productivamente, lo cual necesariamente aumentará la demanda de capital dinerario.

Para financiar los crecientes gastos de inversión en capital constante y capital variable los bancos comerciales otorgarán a las empresas créditos que tendrán como contraparte la creación de nuevos depósitos. La relación entre el acreedor (banco comercial) y el deudor (empresa) se extinguirá una vez que las mercancías se realicen en la esfera de la circulación, si bien el plusvalor que se apropia la empresa en forma de ganancia deberá ser estrictamente mayor que el interés que ha de pagarse al prestamista a fin de que el ciclo continúe perpetuo. Entonces, el ciclo del capital que rinde interés ( se encuentra imbricado en el ciclo del capital industrial:

D * - D - M { F T M P P M ' - D ' - D * * (4)

En este ciclo representa el crédito mientras que denota el principal más los intereses satisfechos. Tal es el mecanismo de creación del dinero endógeno que se desprende de las teorías del valor, el plusvalor, el capital y el dinero de Marx, adelantando en más de un siglo a las diversas escuelas poskeynesianas (Lavoie, 2014). Hassan Bougrine y Mario Seccareccia (2005), empero, sostienen que el ciclo del capital de Marx contradice su teoría del dinero mercancía, en la medida en que la suma de dinero anticipada para adquirir los medios de producción y cubrir la remuneración de la fuerza de trabajo es ab ovo el dinero crédito. Vale decir que ambos autores se inscriben en la tradición según la cual el dinero es per definitionem deuda. En cuanto tal, los gastos del Estado no son financiados vía impuestos, sino que son cubiertos por el banco central. Rolando Astarita (2008) rebate esta idea al señalar que el dinero bancario aparece como consecuencia de que los agentes confían en que sus depósitos devendrán en base monetaria, esto es, podrán ser convertidos en papel moneda.

De igual manera, el papel moneda remite en última instancia al dinero mercancía equivalente, el oro (Astarita, 2008, p. 154). Cabe decir sobre esta cuestión que Marx sigue la tradición de la economía política clásica (Smith, 1776; Ricardo, 1821; Tooke, 1857) al definir el papel moneda como signo de valor que brota de la función del dinero como medio de circulación. En consecuencia, la emisión monetaria del banco central en manera alguna es una fuente de poder adquisitivo, tal y como sugieren Bougrine y Seccareccia, puesto que la existencia misma del Estado, en cuanto sociedad política, depende de que pueda arrancar de la esfera de producción el suficiente plusvalor en forma de impuestos.

Vale la pena, pues, desarrollar sucintamente la crítica que se colige de las teorías del valor y el dinero de Marx a los fundamentos sobre los que descansa el Chartalismo (Knapp, 1905; Keynes, 1930) y el multiplicador del gasto público de Keynes (1936, capítulo X). Influido por el idealismo alemán (Roll, 1939, pp.199-208), Georg Friedrich Knapp (1905, capítulo I) concibe el dinero como una criatura del Estado, siendo su forma ideal el papel moneda no convertible.

De acuerdo con Knapp el Estado posee la capacidad de proclamar el valor del dinero y, por extensión, fijar el precio de las mercancías. Asimismo, los impuestos solamente se recaudarán una vez que todo el dinero creado por el Estado (o el banco central) haya sido gastado. Merced al monopolio estatal de la emisión del dinero, el gasto del gobierno podrá financiarse a perpetuidad sin temor a que quiebren las finanzas públicas. La inflación tampoco supondrá un problema, dado que el Estado es quien designa en todo momento el valor del dinero. La teoría estatal del dinero de Knapp, popularizada tres décadas después por Keynes (1930, capítulo I) en su Tratado de la moneda, inspira la solución de Hyman Minsky (1986) al problema de la inestabilidad financiera.

Con base en la hipótesis de Michal Kalecki (1954) de que el gasto de consumo e inversión de los capitalistas determina su nivel de ingresos, Minsky postula que el gasto del gobierno financiado por el banco central tendrá como contraparte el crecimiento de la producción. Para alcanzar el pleno empleo bastará entonces con que el Estado ejerza de empleador en última instancia y el banco central sea el prestamista de última instancia. Si bien en la Teoría general Keynes abandonó su teoría del dinero endógeno al suponer que la oferta de dinero está determinada exógenamente por el banco central, el mecanismo que establece el multiplicador del gasto fiscal resulta compatible con la propuesta de Minsky. Dada una propensión marginal al consumo, cuando existe desempleo involuntario el gasto del gobierno ex post podrá crear nueva riqueza y elevar el nivel de empleo. Pese a que el Chartalismo acierta en su crítica a la idea de Adam Smith según la cual el dinero surge como consecuencia de las dificultades que entrañaba el trueque, yerra al deslindar la génesis del dinero del intercambio de las mercancías. Para Marx el dinero emerge del propio proceso social del intercambio, es decir de la contradicción que encierra en sí la mercancía por ser unidad inmediata de valor de uso y valor de cambio.

Por consiguiente, Knapp pierde de vista la naturaleza social del dinero imbricada en las relaciones sociales de producción capitalistas al afirmar que el valor del dinero estará asignado por el Estado. Marx aduce que el valor del papel moneda está determinado por su relación con el dinero mundial (divisas y oro) (Astarita, 2013). Si el banco central incrementa la base monetaria a un ritmo que supera el crecimiento de las reservas internacionales, ceteris paribus el papel moneda nacional podría depreciarse, mientras que la reacción del proceso de la circulación será igualar la fuerza de los signos nacionales de valor a la cantidad de su respaldo (divisas y oro), provocando con ello la escalada de los precios (Marx, 1859, 1939a). La solución de Minsky a la inestabilidad financiera tropieza irremediablemente con las teorías del valor y el dinero de Marx. A saber, el dinero que media en la compraventa es un signo que simboliza el valor engendrado en la esfera de producción. Por tanto, para que acontezca el acto de comprar previamente las mercancías deben haber sido producidas para ser vendidas. Luego, la emisión monetaria no agrega un nuevo poder adquisitivo a la sociedad, pues no se puede comprar lo que aún no ha sido producido.

En relación con esto último, Guglielmo Carchedi (1991, 2012) apunta a que el multiplicador del gasto público representa una falacia, en la medida en que el mecanismo propuesto por Keynes solamente permite realizar el valor de las mercancías que no fueron lanzadas a la esfera de la circulación como consecuencia del atesoramiento. Más aún, dado que la creación de nuevo valor depende de que la rentabilidad sea lo suficientemente elevada para motivar a los capitalistas a reinvertir el plusvalor, la tasa general de ganancia constituye el auténtico multiplicador que expande la producción.

Estos elementos críticos que subyacen siguiendo las teorías del valor y el dinero de Marx parecen explicar la lógica de las metas de inflación de los bancos centrales. En una reciente investigación, Ignacio Perrotini-Hernández y Juan Alberto Vázquez-Muñoz (2017) encuentran suficiente evidencia econométrica que sugiere que las auténticas anclas de la inflación son los salarios reales y los costos laborales unitarios. De esto se infiere que los bancos centrales han estado influyendo sobre la distribución funcional del ingreso a fin de alcanzar las metas de inflación. Baste decir que la relación entre los precios y los costos unitarios de producción es analizada por Marx (1894) una vez que abandona el capital general para comprender la interacción entre los capitales individuales y la redistribución del plusvalor entre las ramas. Por tal razón, el objeto de estudio del siguiente apartado es la teoría de la competencia de Marx.

4. Sobre la competencia y el comercio internacional

Marx (1939a) aduce que la ley fundamental de la competencia reside en que el valor es determinado por el tiempo de trabajo social necesario para la reproducción. Solamente de esta manera el capital individual es puesto en las condiciones del capital en general, en tanto y en cuanto la competencia constituye el mecanismo por el cual las leyes de la acumulación toman su manifestación. En cuanto proceso, la competencia entre capitales está enraizada en las relaciones sociales de producción capitalistas, esto es, el fundamento de la competencia subyace de la fuente de la ganancia; la compra y venta de la fuerza de trabajo.

En la esfera de la producción la competencia entre el capitalista y los trabajadores por el control del proceso laboral deviene en la subsunción del trabajo en el capital. Como unidad inmediata del proceso laboral y del de valorización, la forma general del proceso de producción capitalista de mercancías dimana de la subsunción formal del trabajo en el capital. Marx (1933) arguye que el proceso laboral se consagra en el instrumento de los procesos de valorización y de autovalorización del capital. Una vez subsumido formalmente el proceso laboral en el capital, el capitalista puede reclamarse como su amo y señor5.

Empero, la subsunción real pertenece al carácter específico del modo de producción capitalista cuya expresión material es el plusvalor relativo. El desarrollo de la fuerza productiva del capital permite la extracción del plusvalor relativa merced a la mecanización, el perpetuo cambio técnico, la expansión de la escala de la producción, la prolongación o la elevación de la intensidad de la jornada normal de trabajo, y el abaratamiento de los bienes salario. En virtud de lo anterior, la competencia impele a los capitales a elevar la productividad del trabajo con el propósito de producir plusvalor extraordinario.

En la esfera de la circulación la competencia induce a los capitales a expandir su participación en el mercado con el objetivo de forjar las mejores condiciones para la realización del plusvalor. De este modo, Marx (1894) delimita dos dimensiones en el análisis de la competencia: i) la competencia intrasectorial; y ii) la competencia intersectorial. En el interior de una rama las empresas pugnan por conquistar la porción más grande del mercado, donde el precio y la publicidad se erigen, respectivamente, en el arma y la propaganda que sirven para atraer al más extenso número de consumidores (Shaikh, 2016).

La lucha para producir más barato6 implica que las mercancías homogéneas tenderán a venderse en el largo plazo a un mismo precio de mercado, en tanto que las empresas que disfrutan de los menores costos de producción obtendrán ganancias extraordinarias en relación con el promedio social. Cabe destacar que en la literatura existen dos posturas sobre el origen de la ganancia extraordinaria que prima facie son contrapuestas. La más extendida hunde sus raíces en la tesis del intercambio desigual de Henryk Grossman (1929), Carchedi (1991) y Shaikh (2016), según la cual las empresas dotadas de las técnicas más rezagadas e intensivas en fuerza de trabajo engendran más valor por unidad de producto.

De acuerdo con estos autores, parte del valor de estas empresas se transfiere a las empresas que gozan de la mejor tecnología del sector a través de los precios de mercado. La segunda corresponde a la explicación de Marx del plusvalor extraordinario expresada en el capítulo X del libro I de El capital. Según Marx, el trabajo empleado por el capital dotado de la mejor tecnología del sector actúa como trabajo potenciado en relación con el trabajo social medio de la misma clase, en la medida en que requiere de menos tiempo que el tiempo socialmente necesario para producir la misma cantidad de mercancías. Por ende, en el mismo espacio de tiempo el trabajo potenciado genera más valor que el promedio social que se traduce en la apropiación de plusvalor extraordinario para la empresa poseedora de la mejor técnica de la rama. Una vez generalizado el uso del mejor método de producción, el plusvalor y la ganancia extraordinarias desaparecen. La investigación nuestra se inclina por la posición de Marx, en tanto y en cuanto permite comprender no sólo el surgimiento de la ganancia extraordinaria de acuerdo con la ley del valor, sino que también explica el origen de la renta agraria en las condiciones capitalistas de producción. Así pues, como consecuencias de las diferentes condiciones técnicas de producción de las empresas de la competencia intrasectorial emerge una constelación dispar de tasas de ganancia.

La competencia intersectorial, por el contrario, tiende a nivelar las tasas de ganancia a través del movimiento del capital. El capital se retira de los sectores con las peores condiciones de rentabilidad y migra hacia aquellos en los que puede conseguir tasas de ganancia superiores al promedio social. Tendencialmente, estos movimientos alteran la relación entre la oferta y la demanda de tal suerte que equiparan los precios de mercado con los precios de producción hasta uniformar las tasas de ganancia del conjunto de la economía.

De acuerdo con Shaikh (2016), estas dos tendencias aparentemente contradictorias conviven como consecuencia de que los capitales con las mejores condiciones técnicas de producción reproducibles de cada sector operan como los capitales reguladores o precio-determinantes. Esto es, las tasas de ganancia y los precios de producción de los capitales reguladores representan los centros de gravitación en el largo plazo de los flujos del capital-dinero y los precios de mercado, respectivamente.

Vale decir que aun cuando en la economía política clásica y en Marx existe un pleno consenso en cuanto que los precios de mercado son regulados por los precios de producción, este se resquebraja una vez que nos trasladamos al mercado internacional. David Ricardo (1821, capítulo VII, p.133) afirma que la misma ley que regula los valores relativos de las mercancías dentro de un país, no regula el valor de las mercancías intercambiadas entre dos o más países. Para demostrar tal aserto, Ricardo presenta dos mecanismos que tenderán a nivelar en el largo plazo las balanzas comerciales. Siguiendo la teoría cuantitativa del dinero de David Hume, Ricardo arguye que los precios internacionales de las mercancías fluctúan con arreglo a los aumentos y a los decrementos de la cantidad de dinero oro en circulación, i.e, el país con déficit comercial devendrá más competitivo con la salida del dinero oro, y viceversa.

Más adelante, Ricardo (1821, pp. 136-137) alude a la experiencia de su tiempo y sostiene que el capital tropieza con multitud de barreras que impiden su movilidad a nivel internacional. Aun lamentando este hecho, Ricardo reconoce que es conditio sine qua non para establecer el equilibrio de las balanzas comerciales en el largo plazo, pues de lo contrario el capital tenderá a migrar hacia los países que gozan de tasas de ganancia superiores al promedio mundial, condenando a su suerte a las naciones con las peores condiciones de rentabilidad. Ricardo tiene a bien concluir que la ventaja comparativa intersectorial se impone a la ventaja absoluta de costo intrasectorial en cuanto regulador de los términos reales de intercambio entre las naciones.

Sin embargo, Shaikh (2016) lanza fuertes objeciones contra los dos mecanismos expuestos por Ricardo. Siguiendo el enfoque monetario de Marx visto en el anterior apartado, Shaikh contraargumenta a Ricardo señalando que el incremento de la cantidad de dinero-oro en circulación no deviene en el aumento del nivel general de precios, sino en la elevación de las reservas de los bancos comerciales y el descenso de las tasas de interés bancarias. Shaikh destaca que ello entrelaza con la aguda observación de Roy Harrod (1957), según la cual los flujos comerciales son indisociables de los flujos financieros. Más precisamente, el déficit de la balanza comercial es compensado en la balanza de pagos por la entrada del capital financiero, desautorizando así la disyunción ricardiana entre el comercio y las finanzas internacionales.

Por lo anterior, Shaikh (2016) postula que las relaciones reales de intercambio entre las naciones se encuentran reguladas en el largo plazo por los niveles relativos de los costos laborales unitarios reales verticalmente integrados de los capitales reguladores. Dicho de otra manera, el país que posee las mejores condiciones técnicas de producción generales y los salarios relativos más bajos ostentará en ciertos sectores una ventaja absoluta de costo. Diego Guerrero (1995) añade que el país más productivo solo será más competitivo que el país con los menores salarios si la diferencia en productividad es más alta que la diferencia en salarios.

Llegado a este punto, es interesante hacer notar que de la ventaja absoluta de costo se colige que el desarrollo desigual entre las naciones es producto del movimiento del capital-dinero y la competencia real en escala mundial, lo cual engarza con la causación circular acumulativa de Gunnar Myrdal (1957), el crecimiento desequilibrado de Albert O. Hirschman (1958) y las leyes del crecimiento de Nicholas Kaldor (1970). Dado que la acumulación del capital [reinversión productiva del excedente] se erige en el motor del desarrollo capitalista, las regiones que disfrutan de ventajas competitivas crecerán a una tasa más elevada que el resto merced a los flujos de la inversión productiva.

En virtud de los rendimientos crecientes de los sectores manufactureros exportadores, Myrdal subraya que en las regiones dinámicas el crecimiento de la productividad laboral tiende a ser superior al promedio social mundial como corolario de la ampliación de la escala de la producción, el cambio técnico y la introducción de innovaciones que traen consigo las nuevas inversiones productivas.

Hirschman agrega que el cambio técnico no surge simultáneamente en todas las regiones, sino que aparece primero en las regiones que concentran los flujos del capital-dinero y la fuerza de trabajo, explicando de esta suerte su elevado crecimiento en relación con el promedio mundial. Kaldor hace notar que el movimiento del capital, los rendimientos crecientes y las economías de aglomeración reducen los costos laborales unitarios reales de las regiones dinámicas a una tasa mayor que el promedio, lo cual refuerza sus ventajas competitivas en el largo plazo. En sintonía con los clásicos y Marx, estos autores concluyen que la dinámica del modo de producción capitalista es tendente al desarrollo desigual y, en consecuencia, los desequilibrios de la balanza comercial constituyen la regla (Shaikh, 2016). Así pues, la teoría de la ventaja absoluta de costo representa una síntesis coherente de las teorías del valor, el plusvalor, el dinero, los precios y la competencia de Marx que coadyuva a la cabal comprensión de las relaciones reales de intercambio entre las naciones al superar las inconsistencias de los modelos tradicionales de comercio internacional que postulan con base en la teoría de la ventaja comparativa de Ricardo el equilibrio de las balanzas comerciales.

5. Conclusiones

A lo largo de este ensayo se han ido desarrollando algunos elementos que muestran la relevancia y la actualidad de la teoría del valor trabajo de Marx, siendo el aspecto más destacado el hecho de que se trata de una teoría monetaria de la producción, donde la forma del valor, esto es el valor de cambio, sirve para la ulterior comprensión cabal de las leyes que rigen el movimiento de la sociedad capitalista. Empero, los críticos de Marx se afanan en ver una supuesta dualidad en El capital por cuanto coexisten dos sistemas inconexos, a saber, uno expresado en valores trabajo y otro con base en los precios de producción que hacen inconsistente la transición que va desde el libro I hasta el libro III.

Rosdolsky (1968) responde a los detractores de Marx el hecho de que pasan por alto un punto crucial de El capital: los precios de producción no son otra cosa que la forma transfigurada del valor de la mercancía que nace de la competencia intersectorial. Por ende, El capital es una obra que debe ser comprendida por lo que es; una teoría general del capital que parte de sus formas elementales, la mercancía y el dinero. La teoría del valor constituye en este sentido la clave de bóveda para descifrar el misterio del capital que aún atormenta a la economía marginalista incapaz medir las cantidades físicas de una masa de insumos intermedios heterogéneos sin violar su teoría subjetiva del valor.

El capital aparece como una relación entre iguales, entre poseedores de mercancías que libre y voluntariamente firman un contrato para intercambiar sus equivalentes. En esencia es una relación social con base en la dominación de una clase sobre otra, que da lugar a un intercambio desigual en la esfera de producción. El resultado más inmediato de aquello es el plusvalor, fundamento mismo de la existencia de la sociedad capitalista. La teoría del plusvalor se une a la ley general de la acumulación capitalista y a los esquemas de reproducción a fin de explicar otro de los secretos que aún no ha resuelto satisfactoriamente la economía marginalista: el crecimiento económico.

El capital de Marx anticipa en casi un siglo a los modelos de crecimiento al exponer que el ahorro y el cambio técnico son variables endógenas que se encuentran determinadas por la inversión productiva, la competencia y los rendimientos crecientes en escala. Las teorías del valor y el plusvalor se enlazan armoniosamente con la teoría del dinero de Marx, arrojando al pozo de la historia del pensamiento económico las críticas de la ley de los mercados de Mill-Say y la teoría cuantitativa del dinero que encumbraron setenta años más tarde a Keynes.

Aún incomprendida por sus críticos modernos, la teoría monetaria de Marx no es una obsoleta doctrina del dinero-mercancía, tanto más cuanto que es una teoría general del dinero de la cual dimanan una teoría monetaria del crédito y una teoría del papel moneda, ambas integradas orgánicamente en las teorías del valor y el plusvalor. La explicación de Marx sobre el valor, el plusvalor, el capital, el dinero y la competencia llevan a la teoría de la ventaja absoluta de costo, según la cual las asimetrías entre países y los desequilibrios comerciales constatables en el mundo real son el producto mismo de la acumulación y el movimiento internacional del capital. Por todo ello, la teoría del valor de Marx y su crítica a la economía política clásica mantienen su relevancia para analizar y explicar los problemas económicos actuales de turbulencia financiera, desempleo rampante, ciclos de inestabilidad y crisis productiva, bancaria, ecológica y civilizatoria.

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Notas

2 Vale la pena reseñar que Ricardo concibió el oro como la mercancía patrón que había de representar la medida invariable del valor. Para Marx aquello es incongruente, puesto que para que el dinero-oro pueda ser medida de valores, su valor ha de ser variable.
3 Debe remarcarse, además, que el precio de las mercancías se encuentra en relación inversa con el valor de la onza de oro. Esto es, si las condiciones técnicas de producción promedio del sector de la minería mejoran de tal suerte que el tiempo socialmente necesario para obtener una onza de oro disminuye, ceteris paribus el precio de las mercancías expresado en dinero oro se incrementará.
4 Por otro lado, tal y como se verá en el siguiente apartado, el atesoramiento tiene efectos sobre la tasa de interés y la balanza de pagos.
5 Ben Fine y Alfredo Saad-Filho (2016) agregan que institucionalmente la hegemonía del capital sobre el trabajo es amparada por procedimientos de encaje de la propiedad y el control organizados jerárquicamente a fin de garantizar la maximización de la eficiencia corporativa.
6 La guerra de precios espolea a las empresas a ajustar sus estructuras de costos a través del perpetuo cambio técnico y el sometimiento del salario relativo. Respecto a esto último, Marx subraya que el salario tiende a disminuir, en el largo plazo, su participación en la creación del nuevo valor como corolario del desarrollo de la fuerza productiva del capital y los rendimientos crecientes.
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