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La cosa-arte
The Art-Thing
La cosa-arte
NIERIKA. Revista de Arte Ibero, núm. 21, pp. 196-204, 2022
Departamento de Arte de la Universidad Iberoamericana
Recepción: 30 Septiembre 2021
Aprobación: 06 Octubre 2021
Resumen: El artículo busca dar una respuesta a las preguntas ¿Por qué estamos tan interesados en eso que nombramos arte? ¿Por qué destinamos tiempo, dinero y esfuerzos para admirar estas piezas? ¿Admiramos el objeto, la cosa? o ¿es qué habrá algo más en esas cosas que tanto nos atraen? ¿El arte es una cosa? ¿qué cosa es el arte? ¿qué suscita el arte y cuál es la importancia de reflexionar sobre ello?. Para ello, toma como base el libro “El origen de la obra de arte” del filósofo Martin Heidegger.
Palabras clave: Arte, Filosofía, Malévich, Van Gogh, Heidegger.
Miles de personas se posan frente a los cuadros colgados en las paredes de los grandes museos como el Louvre, el MoMA, o el Munal; millones de personas se han formado para ver las grandes esculturas de Miguel Ángel en el Vaticano; miles de veces se han escuchado las obras de Clara Schumann o Johannes Brahms; hoy en día se cuentan las descargas que se realizan para ver las películas de Lars von Trier y Agnès Varda; en esa cuenta también entran las obras literarias de Jane Austen y Gabriel García Márquez. El sueño de cada persona que dispone de un dispositivo móvil es ser inmortalizado en una buena fotografía para formar parte del instagramismo1 y en cuestión de horas se viralizan las acciones de Banksy desatando polémica en todo el mundo. ¿Por qué estamos tan interesados en eso que nombramos arte? ¿Por qué destinamos tiempo, dinero y esfuerzos para admirar estas piezas? ¿Admiramos el objeto, la cosa, o es que habrá algo más en esas cosas que tanto nos atraen? ¿El arte es una cosa? ¿Qué cosa es el arte? ¿Qué suscita el arte y cuál es la importancia de reflexionar sobre ello?
Las cuestiones que aquí se han planteado resultan de alguna forma inefables; como escribiría Diderot, “las cosas de las que más hablan los hombres (y las mujeres), son normalmente, las que menos conocen”.2 Por ello, es indispensable iniciar con ideas de quien ha comprendido con más claridad el tema, con la esperanza de que sus palabras abran el camino para clarificar las propias. En este caso, el filósofo alemán Martin Heidegger será quien nos ayude con su texto El origen de la obra de arte,3 donde nos dice que, en efecto, la obra de arte es una cosa, pero aclara que ésta es también un símbolo. La cosa, dice Heidegger, es lo que mentamos, ya que al darle nombre le damos forma y de este modo la cosa estará constituida por características que la hacen esa cosa y no otra. Esas características son reconocidas por los individuos por medio de los sentidos; son ellos los que afirman la cosa, y sin embrago esas percepciones no son en sí la cosa misma sino apenas lo que podemos percibir de ella. La cosa-arte es, para este autor, el modo en que se expone la verdad; para él, la verdad es la no ocultación, lo que se pone en obra en el objeto.
Cuando se intenta describir un objeto, se enlistan sus características sensibles como color, olor, tamaño o sonido; sin embargo, al intentar describir una obra de arte se apela no solamente a aquello que los sentidos nos revelan, sino que el objeto mismo nos incita a utilizar la imaginación evocativa que nos permite dar nombre a un listado de sensaciones que la cosa misma, llamada obra, nos provoca. De esta forma, la obra inaugura un mundo posible emanado, sí, de la obra misma, pero también del artista que la crea, y finalmente del espectador que la describe para sí o para los otros. Estas sensaciones extraídas de las experiencias propias y ajenas nos exponen la verdad que el objeto artístico ha puesto a obrar. En este sentido, el arte es más una filosofía que un quehacer ocioso -como abyectamente han descrito algunos-, o un mero acto recreativo, como otros han pensado. El arte emana de la verdad y pone en obra la verdad. En este sentido es ineluctable considerar el arte como un método de comprensión de la vida que se vale, en principio, de la provocación, para devenir en reflexión que resultará ineluctablemente en un saber.
Para Heidegger “saber significa: haber visto, en el amplio sentido de ver, que significa: percibir lo que presencia en cuanto tal”;4 cada cosa puesta en el mundo contiene algo de sí, algo suyo que la hace ser eso que es y no otra cosa; el arte, como cosa puesta en el mundo, tiene de suyo la provocación, diametralmente opuesta a la ocultación. Provocar aquí se entiende como fomentar o promover algo en alguien, en este sentido la provocación es principio y fin en la cosa-arte. El artista sin duda ha sido provocado y a partir de ello ha reflexionado y generado una idea creadora desembocada en el objeto artístico. Este objeto contiene tal provocación, que se pone en obra para fomentar algo en quien la admira, sin importar si ésta debe ser vista, escuchada, leída e incluso sentida en sentido táctil. De esta forma, la cosa-arte obra ante el espectador provocando una reacción profusa que desembocará en reflexión; estas acciones necesariamente evidencian la verdad y, por lo tanto, un saber en el sentido que Heidegger lo comprende.
De tal forma, Arthur Danto5 tenía razón cuando señalaba que el arte es un componente del espíritu junto con la filosofía y la religión (haciendo referencia a Hegel),6 ya que su función provocativa, como se ha dicho, es diametralmente opuesta a la ocultación; provocar es sacar a la luz, poner ante los reflectores aquello que mueve a algo, aquello que de alguna forma devela la verdad, lo cual resulta en un saber. Aquello que mueve resulta anodino, ya sea el llanto, la preocupación, el elogio o la repulsión, porque lo sustancial es que se ha obtenido un saber; se ha desentrañado algo que sólo podría ser puesto ahí gracias al obrar de la cosa-arte. Así, el arte es producto en tanto que es la cosa producida, pero a su vez produce acto, tanto en el creador como en el espectador, porque su contenido es provocador.
Producto no se toma aquí como aquel objeto producido para ser desechado, sino como un principio fundador del cual emanará una acción. Producir, producto y provocación se encierran en un círculo que conforma el objeto-arte pero que a la vez contienen al artista, al espectador y a la realidad que de todo ello emana. De ninguna forma esto podría ser desechado aun cuando así se pretendiera, dado que el propio ser en sí de la obra se revelaría ante ese presagio. Pensemos, por ejemplo, en las obras de Van Gogh (más para seguir en la línea de Heidegger que por no encontrar otros casos) sobre las que en su momento se concluyó que no tenían valor artístico. La provocación en ese momento causó rechazo; no obstante, con el paso del tiempo esas obras develaron una verdad ineluctable que las hacen ocupar su lugar en la historia del Arte. Es un error pensar que ese lugar lo otorgó un crítico de arte, un curador o el director de un museo: la develación de su ser arte proviene de la verdad que emana de ellas y se abre ante los ojos del espectador (no importa quien sea éste), dejándose provocar por ellas. En cambio, aquellos artificios que no contienen verdad y que pretenden ocultar su ser artificial encontrarán su lugar en el olvido porque sólo contienen mentiras de las cuales no se podría desprender un saber, ya que no lo contienen por ser artificio. Esto comprueba entonces que el arte tiene de suyo la verdad, la no ocultación. De la cosa-arte se desprende un saber venido de la provocación creadora y ello provoca acción.
Heidegger utilizó Zapatos de Vicent van Gogh (fig.1) para evidenciar su pensamiento. Otorgó a la obra la interpretación de una realidad que se constataba en un objeto claro, como son un par de zapatos; empero, para fortalecer las ideas que se presentan en este artículo funciona mejor una obra suprematista,7 ya que esta vanguardia nos reclama “la no objetividad del arte”8 y se contrapone a la objetividad concreta de Zapatos, permitiendo explicar con ello el modo en que ambas contienen verdad siendo tan diferentes en su producción, pero colocando ambas en el estatus objeto-arte.

Kazimir Malévich escribió en su manifiesto “ya no hay imágenes de la realidad; ya no hay representaciones ideales; ¡no queda más que un desierto! Pero ese desierto está lleno del espíritu de la sensibilidad no-objetiva, que todo lo penetra”.9 La no-objetividad del arte no es lo mismo que el objeto-arte, Malévich exige la representación no-objetiva para, de esa forma, conseguir un objeto artístico supremo. La obra Blanco sobre blanco10 (fig. 2) resulta aquí el objeto-cosa-arte y la realidad que éste contiene, es lo no-objetivo, ya que no existe ahí objeto alguno, no hay nada que describir objetivamente más que una figura geométrica acromática y, sin embargo, la verdad que de ese objeto emana es avasalladora. A primera vista el cuadro es un lienzo vacío, pero al observarlo detenidamente encontramos una figura geométrica cuadrada, ladeada y de un tono menos blanco que el fondo del lienzo; de pronto se obtiene un saber, el lienzo se convierte en una posibilidad infinita para el artista y junto a éste, el propio arte es, entonces, una posibilidad infinita en constante movimiento. El arte no es evidente, ni necesariamente objetual, mucho menos estático, pero sí es necesariamente real y verdadero.

Tanto en la obra de Van Gogh como en la de Malévich existe un diálogo con su momento histórico y social, existe en ambas una producción provocada y provocativa que deviene en un saber reflexivo no solamente del propio objeto-arte sino de lo que en él se contiene de histórico y social, es un mapa no sólo de quien la produjo sino de su entorno real. La verdad no proviene entonces de la pericia de recrear un objeto de la realidad o de representar una idea conceptual; la verdad emana de la provocación creadora del artista y de lo que ésta provoca en el espectador para devenir, como hemos dicho, en un saber.
De esta forma podemos concluir que la importancia de reflexionar sobre lo que el arte suscita es, nada más y nada menos, la importancia de la filosofía en la humanidad. En palabras de Kant11 diríamos que el arte, como la filosofía, es una ciencia de la relación de todo conocimiento al fin esencial de la razón humana, entendiendo ese fin esencial como el de la felicidad. Cada acto de la humanidad busca el fin primordial, que es la felicidad. Las acciones de la vida son necesariamente encaminadas a ese fin. Si la vida es el acontecimiento mismo y el arte es un objeto provocador de acción, no puede desprenderse la cosa-arte de la vida misma, ya que es ella un elemento provocador esencial para la acción, para el acontecimiento.
El arte deviene acción y a su acontecer lo llamamos vida.
Bibliografía
Danto, Arthur C. Qué es el arte. Barcelona: Paidós, 2013.
De Micheli, Mario. Las vanguardias artísticas del siglo XX. Madrid: Alianza, 1966.
Diderot, Denis. Escritos sobre arte. Madrid: Siruela, 1994.
Heidegger, Martin. El origen de la obra de arte. Santiago de Chile: Departamento de Estudios Humanísticos-Centro de Documentación de Artes Visuales del Centro Cultural Palacio de Moneda, 1976.
Kant, Immanuel. Crítica de la razón pura. Buenos Aires: Losada, 2007.
Calvo Santos, Miguel. “Zapatos viejos. ¿Hay algo más digno de pintarse que unos viejos zapatos gastados?”. Historia/Arte (HA!), 21 de septiembre de 2021. Disponible en https://historia-arte.com/obras/zapatos-viejos (consultado el 30 de agosto de 2021).
Highfield, Tim. “El instagramismo y los metodos digitales: el estudio de los medios sociales visuales, desde las selfis y los GIFs hasta los memes y emojis”. Recuperado por el blog de León de la Rosa. Disponible en https://leondelarosa.files.wordpress.com/2018/03/el-instagramismo-y-los-mecc81todos-digitales.pdf (consultado el 30 de agosto de 2021).
Manovich, Lev. “Instagram & Contemporary Image”. Consultado el 30 de agosto de 2021. Disponible en http://manovich.net/content/04-projects/158-instagram-and-contemporary-image/instagram_book_manovich_2017.pdf .
Wikipedia. “White on White (Malevich, 1918)”. Consultado el 30 de agosto de 2021. Disponible en https://es.wikipedia.org/wiki/Blanco_sobre_blanco#/media/Archivo:White_on_White_(Malevich,_1918).png .
Notas
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