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¿Qué suscita el arte y por qué es importante reflexionar sobre ello?

What Does Art Evoke and Why Is It Important to Reflect on It?

Marina Miranda Martínez Báez
Universidad Iberoamericana Ciudad de México, Mexico

¿Qué suscita el arte y por qué es importante reflexionar sobre ello?

NIERIKA. Revista de Arte Ibero, núm. 21, pp. 205-213, 2022

Departamento de Arte de la Universidad Iberoamericana

Recepción: 27 Agosto 2021

Aprobación: 08 Octubre 2021

Hace unos años tuve la oportunidad de vivir en París. Estando allá recibí la generosa invitación de unos amigos de la familia para pasar un fin de semana en Holanda. Sin pensarlo acepté, a pesar de que no tenía ni la menor idea de adónde iríamos ni qué actividades íbamos a realizar. Llegamos a Ámsterdam y de pronto el corazón me empezó a latir con fuerza cuando caí en la cuenta de que ahí se encontraba el Museo Van Gogh. Desde niña había sido fanática de su obra y, mientras los demás del grupo hacían planes sobre cómo pasaríamos la tarde, pedí, con timidez, que se incluyera el museo en el itinerario.

Cuando llegamos a la taquilla del museo, el señor que nos atendió soltó una carcajada al ver mis piernas temblando, los grititos de emoción que emitía y mi sonrisa de oreja a oreja. Al darme mi boleto dijo: “Nunca había visto a una persona tan emocionada por entrar a un museo”. Me reí, nerviosa, no podía creer que por fin estaba ahí y que había sido todo un plan de último momento. Yo, que siempre he preferido planear, con un golpe de suerte, tenía en la mano mi entrada. La abracé, fijándola a mi pecho y guardándola en mi bolsa como si fuera el mayor de los tesoros.

Van Gogh fue un apellido que escuché desde que tengo memoria. Mi padre era artista y en la casa en la que pasé la mayor parte de mi infancia había varios libros de arte. Los domingos los dedicábamos a ir a museos y siempre fui la más artística y creativa de mis hermanos. Desde muy joven mi afinidad al arte fue indiscutible. Se sentía surreal el poder ver obras en persona que desde niña sólo había visto en libros. El recorrido por el museo fue un sueño, casi flotaba de sala en sala. No sé cuánto tiempo estuve ahí, pero fui la última en llegar a la tienda de regalos, el punto de encuentro del grupo con el que iba. Recuerdo haber intentado absorber todos los estímulos que tenía ante mí; leí todos los textos, vi todas las obras, pero mi misión de ser meticulosa flaqueó en cuanto subí al segundo piso del museo y vi desde la distancia el cuadro de los girasoles (fig. 1).

Vincent Van Gogh, Girasoles, óleo sobre lienzo, 73 x 95 cm, Colección del Museo de Van Gogh, Ámsterdam, 1886.
Figura 1
Vincent Van Gogh, Girasoles, óleo sobre lienzo, 73 x 95 cm, Colección del Museo de Van Gogh, Ámsterdam, 1886.

De pronto dejé de ver todo lo demás que estaba a mi alrededor, me salté todas las piezas que estaban expuestas en las paredes laterales y, como si estuviera verdaderamente soñando, caminé sonámbula hasta el fondo de la sala y me senté en el suelo a contemplar. Experimenté un suspiro seguido por la pérdida de aliento. Tenía que recordarme el seguir respirando. Antes de que me diera cuenta, comencé a llorar. No sabía decir bien por qué, simplemente sentía que se me desbordaba la emoción, que había cumplido el sueño de ver esa obra en persona, que en ese instante la sala estaba vacía y ese cuadro era para mí. No podía ver más allá de los tonos de amarillo, de los girasoles, de la profunda felicidad y tristeza que sentía al ver la obra. Mi mirada recorrió dos veces cada centímetro del lienzo y sólo me levanté del suelo cuando un guardia del museo interrumpió mi trance para avisarme que estaban por cerrar y debía salir.

Llegué al hotel para contárselo todo a mi madre, quien sabía lo mucho que esa experiencia significaba para mí. Había sido un día agotador, de muchas emociones. Sentí como si las hubiera sentido todas hasta que, durante nuestra llamada, mamá me pidió: “¡Mándame las fotos que tomaste!”. Entonces, presa de confusión, caí en la cuenta : “No tengo ni una sola”.

Ésa fue la primera vez que lloré frente a una obra de arte, y que no sentí en ningún momento la necesidad de documentarlo, de sacar fotos, de hacer un video de mi recorrido por el museo. Nunca se me ocurrió documentar una de las experiencias que recuerdo con más cariño, porque las emociones que sentí ya habían hecho el trabajo de prevenir olvidarlas. Ese día entendí que, a pesar de que ya estaba inscrita para empezar en unos meses la licenciatura en Filosofía, el arte siempre iba a tener un lugar primordial en mi corazón.

Es bien sabido que el arte es una vía de expresión, que es capaz de suscitar todo tipo de emociones, sentimientos y sensaciones: alegría, tristeza, nostalgia, felicidad, angustia, miedo, pasión. La relación con el arte y las emociones se ha explorado cada vez con mayor profundidad, hasta el punto de intentar sacar provecho de ese vínculo: ha aparecido en la escena comercial la posibilidad de tomar talleres de terapia de arte, o de clases de pintura para desarrollar la inteligencia emocional, por ejemplo. Ahora se admite que el arte es una vía de sanación, no sólo de expresión. Y a pesar de que siempre se ha considerado que el arte es desinteresado y que no tiene un propósito específico, también se ha venido aceptando cada vez más la idea de que quizá el único efecto y propósito del arte es el hacernos sentir; que nos produzca una sensación, la que sea, incluso odio o apatía: reacciones. Visto de esa manera, es imposible mantenerse indiferente ante el arte.

Puede ser que el arte no tenga una función específica, pero eso no lo hace inútil, sólo un poco más complejo de definir. No hay duda de que suscita emociones, pero es imposible asignarle categóricamente un sentimiento, emoción o idea a una obra en específico. Existen tantas formas de arte, tantas formas de vivirlo y tanta subjetividad con respecto a quienes miramos, que no hay manera de llegar a un consenso. El vivir el arte de una manera sensible -entendiéndose como aquella forma que va más allá de la vista o el oído y que involucra las emociones- convierte la obra de arte en un canalizador de lo que el espectador lleva dentro. Podremos comprender o empatizar más con una obra si representa algo que hayamos vivido, si muestra colores que sean de nuestro agrado y que nos auxilien a entender alguna experiencia pasada o presente.

No obstante, no todas las operaciones de la experiencia estética y de la vivencia sensible a la que me refiero recaen en la obra de arte. Es una simbiosis, si se quiere. El sujeto bebe de la obra de arte tanto como la obra tuvo que beber del sujeto para existir en primer lugar. Así, la obra no provo­ca una emoción de manera automática: es el sujeto quien debe contemplar, involucrarse, mirar, interactuar con la obra, establecer un vínculo, sensibilizarse, aprender a escucharla, a adivinar lo que intenta transmitir, para ha­blar de una experiencia estética que puede simplificarse con decir, “me hace sentir x”, “pienso en y”, “me recuerda a z”.

Es posible conectar con una obra de arte e intentar adivinar lo que el/la artista pensaba en el momento en el que la creó, porque a pesar de que no hayamos vivido el mismo contexto político, social, geográfico, religioso, económico, compartimos la condición humana. Incluso si no hemos vivido una situación en específico, podemos empatizar. Quien nunca ha perdido a un ser querido quizá no puede imaginar el dolor de una ausencia semejante, pero puede sentir tristeza al ver una pintura en la que se represente a una madre que acaba de perder un hijo, o de un hijo que recién ha enterrado a su padre. Quien nunca se ha enamorado quizá no se imagina lo bello que se puede sentir, o doloroso que es lidiar con un corazón roto, pero sí es capaz de leer los rostros de los personajes en una obra que represente a una pareja, y discernir si ellos se sienten tristes o felices. Así, el arte es espejo de la condición humana, un reflejo de los artistas en el cual los espectadores pueden hallarse. Sólo requiere mirar, empatizar, abrir el corazón y saber identificar lo que un estímulo externo nos hace sentir.

Más allá de la habilidad de conectar emocionalmente con una obra, o de utilizar el arte como herramienta de inteligencia emocional o de sanación, es importante reflexionar sobre ello porque nos conecta como seres humanos. El arte -en cualquiera de sus manifestaciones: pintura, escultura, arquitectura, fotografía, cine, danza, música, cerámica- es al historiador del arte, lo que el documento y los textos son al historiador. Se trata de nuestra fuente principal de información, y no porque las emociones sean subjetivas deberíamos descalificar o menospreciar esos datos como vehículo­ para comprender el pasado.

Es gracias a las emociones que podemos distinguir situaciones de júbilo en un cuadro que habla sobre el fin de una tiranía o de la guerra, y situaciones de desigualdad en representaciones de un mercado de esclavos, o de las limitaciones de género y raza en incontables obras a través del tiempo. Las emociones que generan las obras, y las que están representadas en las mismas, nos hacen ver problemas y malestares de nuestra sociedad y de las que fabricaron todas las piezas que estudiamos; nos ayudan a empatizar, a comprender lo que las palabras por sí solas no pueden decir.

El arte es un vehículo de expresión tan poderoso que a veces nos ayuda a conocer y a poner en palabras -o formas, colores, sonidos- ideas, emociones y sentimientos que ni siquiera nosotros sabíamos que cargábamos dentro. Es una herramienta que ayuda a exteriorizar y a vivir a través de un poema, una canción, una pintura, una película o una fotografía, algo que ya hemos experimentado o sentido, pero no sabíamos que estaba ahí. Frente a la obra de arte descubrimos lo que nos recuerda a la serenidad, a la felicidad, a la calma, al amor, al dolor, a la muerte, a la nostalgia, al miedo.

Así que, más allá de la utilidad que puede tener estudiar obras de arte, o qué tanta información histórica podamos obtener de ellas, pensar en su dimensión emocional quizá nos ofrece bastante más. Si compartimos nuestras reflexiones y miradas al respecto podemos acercarnos a comprender más a los/las artistas y dejar de verlos/verlas como máquinas de producción prodigio que dejaron una serie de obras espectaculares a su paso, y comenzar a percibirlos/percibirlas como personas: como gente que eligió ciertas formas, sonidos, colores y movimientos porque tuvo un mal día, o porque estaba feliz; como iguales, seres que también experimentaron la alegría, la pérdida, el amor, la desilusión, la impotencia, la esperanza, la tristeza. Si cambiáramos el enfoque a uno más sensible, nos encontraríamos con muchas cuestiones que no podríamos resolver, ante la imposibilidad de conocer lo que estaba en el corazón de las y los artistas que estudiamos. Pero quizá se trata de una de esas situaciones en las que vale más la pena hacer la pregunta que tener la intención de hallar su respuesta.

El arte nos mueve, nos conecta. Si optamos por compartir miradas y reflexionar sobre ellas, como aquí he propuesto, podríamos intentar aprender sobre quién nombra de la manera en la que lo hace, y por qué. Hace tiempo recuerdo haber visto un documental sobre Rembrandt que, al igual que aquella vez en el museo, me hizo llorar por haber transmitido una cálida alegría a mi cuerpo. Vi los últimos minutos del documental dos o tres veces: luego de un recorrido monográfico de la obra de Rembrandt, el historiador del arte, protagonista del video, contó la anécdota de un joven pintor holandés, Vincent van Gogh, hacia quien, fascinado por el arte, entraba al Rijksmuseum en Ámsterdam y caminaba directamente hacia una obra en particular: hacia esa obra que hacía que su corazón latiera con fuerza y sus palmas sudaran ante el anhelo de algún día ser capaz de pintar algo de semejante calidad. Van Gogh escribió en alguna ocasión sobre La novia judía (1665) de Rembrandt (fig. 2): “Con gusto daría diez años de mi vida a cambio de poder pasar diez días frente a esta obra, teniendo sólo migajas de pan duro para comer”, y afirmaba que Rembrandt había pintado esta obra maestra “con manos de fuego”. Es una obra que ataca visceralmente a quien la mira, que nos hace sentir el calor del contacto humano, la mirada del amor. Cuando la pantalla se puso en negro, esas mismas lágrimas que había sentido aquel día frente a los girasoles rodaron de nuevo.

Rembrandt, La novia judía, óleo sobre lienzo, 166.5 x 121.5 cm, Colección del Rijksmuseum, Ámsterdam.
Figura 2
Rembrandt, La novia judía, óleo sobre lienzo, 166.5 x 121.5 cm, Colección del Rijksmuseum, Ámsterdam.

Al saber esta anécdota, pensé en Van Gogh, en lo sensible que era, y en la magia que había detrás de su obra, pues él había sido capaz de hacerme sentir lo mismo que Rembrandt le había provocado. Pensar en la dimensión sensible y emocional del arte nos ayuda a comprender que es un círculo de reacciones y que la mejor manera de acercarnos a una obra es recordar que somos humanos, entes viscerales, que sentimos.

Como he hecho evidente, por diversas razones el vínculo con Van Gogh siempre ha estado presente en mi vida. Pero más allá del gusto plástico por su obra, fue a través del entendimiento de las emociones que comprendí que quería estudiar arte: algo que fuera apasionante, que me hiciera sentir, que me hiciera comprenderme a mí misma y al mundo que me rodea, porque la Filosofía es muy interesante, pero no me hacía sentir. Nunca he llorado de emoción leyendo a Platón o a Aristóteles. Las lágrimas fueron mi parámetro y creo que uno bueno para mí.

Notas de autor

Marina Miranda Martínez Báez Actualmente cursa la licenciatura en Historia del Arte en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México. Previamente estudió un año de la licenciatura en Filosofía en la Universidad Panamericana, antes de darse cuenta que su verdadero llamado era el arte. Desde muy joven le ha apasionado la lectura y la escritura, mismas que han influenciado su deseo por convertirse en curadora una vez que concluya sus estudios. Sus principales intereses se centran en la cultura visual, los estudios culturales, los estudios de género y las intersecciones multidisciplinares con la historia del arte; en especial con la filosofía y la antropología.
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