Resumen: Este artículo analiza el proceso histórico de construcción de la idea de futuro en las preocupaciones de las élites de la ciudad de Pereira en Colombia durante la década de los años treinta y su implicación en la proyección de la urbe moderna. Se revisaron fuentes hemerográficas locales como El Diario, S.M.P y Panoramas. Como resultado se obtiene que las élites locales planearon el futuro de Pereira a partir de una concepción crítica de la ciudad en la que se valoraba el rápido desarrollo urbano alcanzado en pocas décadas desde la fundación en 1863 y, al mismo tiempo, se mostraba a la ciudad como un proyecto inacabado que necesitaba recorrer el camino del progreso material, infraestructural y cultural. Así mismo, se concluye que las élites de la ciudad tuvieron una preocupación reiterada por la Pereira futura que se enmarcó en proyecciones realizables que se fundamentaron en un alto nivel de autoconfianza, el liderazgo de las asociaciones voluntarias de la sociedad civil y en la convicción en el progreso.
Palabras clave: Ciudad, modernización, futuro, progreso.
Abstract: This article analyzes the historical process of construction of the idea of the future in the concerns of the elites of the city of Pereira at Colombia during the 1930s and its implication in the projection of the modern city. Local newspaper sources such as El Diario, S.M.P and Panoramas were reviewed. The results show that local elites planned the future of Pereira based on a critical conception of the city, which valued the rapid urban development achieved in a few decades since its foundation in 1863 and, at the same time, showed the city as an unfinished project that needed to follow the path of material, infrastructural and cultural progress. Likewise, it is concluded that the elites of Pereira had a repeated concern for the future Pereira that was framed in achievable projections that were based on a high level of self-confidence, the leadership of voluntary associations of the civil society and the conviction in progress.
Keywords: City, modernization, future, progress.
Artículos
Pereira futura. La proyección de una ciudad moderna en Colombia, 1930-1938
Future Pereira. The projection of a modern city in Colombia, 1930-1938
Recepción: 22 Febrero 2023
Aprobación: 10 Mayo 2023
“A Pereira todavía, es verdad, le falta extensión cultural de muchos valores; sin embargo, no tiene porqué adelantarse a ello, ni habrá motivo para que retarde en el cumplimiento del ciclo sociológico que hace aparecer la cultura después del esfuerzo civilizador” (Roa, 1993: 1962).
Las ciudades latinoamericanas experimentaron un proceso de crecimiento espacial y demográfico acelerado después de los años ochenta del siglo XIX. Esto dio pie a que en poco tiempo se observara una transformación material y una nueva imagen de ciudad que se concretó en las primeras décadas del siglo XX. La fórmula metafórica de este cambio ha sido la expresión “de la aldea a la ciudad”, la cual aplica de forma especial a las ciudades capitales latinoamericanas y a las intermedias en Colombia, como es el caso de Pereira, una ciudad que en pocas décadas hizo el tránsito de un poblado de campesinos y arrieros en la segunda mitad del siglo XIX, a una urbe protagonista del comercio, la caficultura y la conectividad regional en la primera mitad del siglo XIX, en las estribaciones de la cordillera central de los andes colombianos.
Algunas de estas ciudades fueron construidas por élites políticas, económicas y culturales que fundamentaron sus ideas en muchos de los conceptos que estaban en boga en el siglo XIX como civilización, progreso y modernidad con base en los cuales establecieron tipos ideales de lo que eran las ciudades desarrolladas (Romero, 2011).1 El ideal de progreso estuvo mediado por una tensión entre la anhelada modernidad y la condenada tradición (Almandoz, 2018). Así que estas élites nacionales y locales se enlistaron en un ejercicio constante de comparación entre esas ciudades idealizadas que eran modernas, higiénicas, con progreso material y espiritual, y sus urbes que todavía estaban en proceso de transformación de su infraestructura urbana, por lo que terminaron convertidas en escenarios de contrastes y tensiones alrededor de los propios proyectos de ciudad. José Luis Romero advirtió que de esta comparación entre ciudades modernas y tradicionales se desprendió un sentimiento generalizado de vergüenza y necesidad de cambio en las élites que convirtió a los rasgos históricos y tradicionales de las urbes en los elementos a superar (Romero, 2011: 275).
En el artículo se entiende el progreso a partir de un acercamiento a la forma como las élites de Pereira adoptaron la noción clásica de dicho concepto, en función de sus intereses en transformar la estructura física de la ciudad mediante la participación de autoridades y organizaciones cívicas. Fue un imaginario social característico de una burguesía emergente que había adquirido notoriedad económica a través de la exportación, de la inversión en algunas pequeñas industrias y el comercio, lo que le confirió cierta mentalidad cosmopolita con la cual se diferenciaban social y culturalmente de otras capas sociales, y les concedía un capital cultural que las legitimaba como voceras cívicas del progreso. Dicha noción tuvo como inspiración la condición lineal, acumulativa y optimista del desarrollo material, y la confianza en la técnica, la ciencia y el arte. El progreso conllevaba una vinculación entre historia y desarrollo de forma que la sociedad avanzaba inexorablemente hacia la cúspide civilizatoria, en un constante dominio de la razón y la autonomía. Esta idea tuvo su apogeo entre 1750 y 1900 cuando el progreso fue especialmente “una necesidad” (Nisbet, 1998, p. 252). Sin embargo, algunas críticas han mostrado que la agencia humana como capacidad de hacer termina siendo más relevante en el curso de la sociedad que una predestinación secuencial y que no hay caminos lineales por recorrer porque no todas las personas ni los grupos buscan el mismo futuro (Castaño, 2014; Wagner, 2017).
Así pues, el ideal de progreso que promovían públicamente las élites locales2 fue el motor que impulsó los grandes cambios en el modelo de ciudad al que aspiraban a llegar en las prácticas y hábitos de la población. Para algunos autores, como Gorelik, la ciudad fue producto de la modernidad y, al mismo tiempo, el principal dispositivo constructor de dicha modernidad a través de la formación de personas modernas (Gorelik, 2003: 13). Es la adecuación entre modernidad e ideología cívica con el que las élites latinoamericanas pregonaron su inserción en los ritmos del capitalismo mundial de las primeras décadas del siglo XX.
Las élites de las ciudades latinoamericanas se preocuparon tanto por el desarrollo de las ciudades como por sus propios intereses económicos, sociales y políticos. Esto llevó a que se dieran tensiones en los planos materiales y mentales. A que se mantuvieran las expresiones públicas de dos interpretaciones sobre el rumbo de las ciudades: por un lado, una constante exaltación del avance alcanzado por los centros poblados como una apología a la acción colectiva que en poco tiempo había logrado importantes progresos en infraestructura y servicios3; y por el otro lado, un frecuente llamado a incrementar los esfuerzos -también colectivos- para fortalecer las ciudades, para llevarlas por la senda del progreso, para adquirir los niveles de desarrollo esperados y para alcanzar las dinámicas civilizatorias que se requerían para vigorizar a la ciudad en el concierto de las futuras metrópolis nacionales. Entender la combinación de estas interpretaciones sobre la ciudad remite a privilegiar una mirada desde el análisis de la llamada historia urbana cultural que fue desarrollada originalmente por Lewis Mumford (Mumford, 2012), pero que en América Latina ha sido adaptada y fortalecida por José Luis Romero (Romero, 2011), Arturo Almandoz (Almandoz, 2018), y en un periodo mucho más reciente, por Adrián Gorelik (Gorelik, 2003).
De esta manera, la perspectiva de historia urbana cultural que se plantea en este artículo permite desarrollar un interés en las posiciones públicas de las élites locales que fueron puestas en circulación a través de medios como la prensa, para construir visiones determinadas -muchas de ellas estereotipadas, civilizatorias y clasistas- de la ciudad que se tenía y, en particular, de la que se esperaba construir en el futuro. Es un enfoque que da notoriedad a la idea de que la ciudad es producto de una dinámica de relaciones de poderes que se ponen en tensión entre los actores políticos, sociales y económicos, en las que entran en juego las diversas maneras como las personas de diferentes condiciones sociales se apropian de la misma, la habitan y la transforman. Ciudades dirigidas por una mentalidad burguesa urbana (Romero, 2011) en la que el propio ideal de modernidad permitió e influyó en el desarrollo de ciudadanos modernos (Gorelik, 2003), pero a costos muy significativos para sus pobladores por las prácticas de control social que se impusieron en nombre del progreso, la modernidad y el civismo (Correa, 2014).
En este sentido, el objetivo del presente artículo es analizar la proyección que en los años treinta hicieron las élites de Pereira de una ciudad futuro, a la que dotaron de ambiciosos planes que debían realizarse para plasmar una urbe moderna. Así mismo, se quiere mostrar que hubo una articulación entre la propaganda periodística -donde se plasmaban las posiciones públicas de las élites- y los planes y proyectos de ciudad que fueron discutidos en los espacios públicos y políticos como el Concejo Municipal, la Alcaldía de Pereira, la Cámara de Comercio y la Sociedad de Mejoras Públicas, lo que dio forma a un imaginario de Pereira futura,4 el cual partía de una concepción crítica de la ciudad en la que se le presentaba como un territorio moderno -muy distante de la aldea de colonos y campesinos de 1863-, pero, al mismo tiempo, como una urbe inacabada en términos de progreso material y cultural.
De igual manera, planteamos que el surgimiento del imaginario de Pereira futura tiene que ver con esa dimensión interactiva del tiempo pasado, presente y futuro en la visión de las élites sobre la propia historia de ciudad: la exaltación de lo avanzado, el recordatorio de lo carente y la promesa de lo venidero para lo que necesitaron reforzar una idea de Pereira futura, lo que muestra que las élites locales tenían una confianza en sí mismas que les permitía jalonar la transformación y alcanzar la modernidad de la ciudad, casi que en una condición teleológica y auto legitimadora de los “elegidos”. De ahí que la hipótesis del artículo sea demostrar que las élites de Pereira concibieron la construcción de la ciudad futuro como un escenario prospectivo de auto mejoramiento con base en el compromiso cívico de sus élites, la regulación favorable del Estado, el trabajo solidario de la comunidad urbana y el llamado de los medios de comunicación en estos procesos de transición hacia la modernización.
Esta Pereira futura es un imaginario construido por sus élites a partir de representaciones sobre progreso y civismo, y que sin duda también estaba muy a la par de los anhelos de modernización de los grupos de élite de otras ciudades por aquellos años. Este es un imaginario reiterativo con discursos para la acción y la movilización social y política que tuvo su mayor auge en los años treinta en ciudades como Medellín y Bogotá (Tercer congreso de Mejoras Públicas. Reunido en Medellín del 15 al 22 de agosto de 1934, 1935). Fueron visiones e interpretaciones del futuro de una ciudad con base en el sentido de lo posible que tenían las élites de enfocar su poder económico, político y cultural hacia hechos fácticos, propuestas de ciudad ambiciosas, pero realizables y necesarias para la atracción de una economía agroexportadora en desarrollo. Se trató de una Pereira futura en el marco de un horizonte histórico de futuro (Hölscher, 2014).5
Al respecto de la condición objetiva o imaginaria del futuro, Lucian Hölscher advierte que la diferencia entre los hechos fácticos y ficticios no son tanto del tiempo futuro porque son clasificables solamente en el pasado (Hölscher, 2014, p. 230). Así que las ideas de las élites de Pereira futura están enmarcadas, como se establece en este artículo, por planes e iniciativas que eran objeto de participación y consensos públicos que estimulaban la idea de ciudad, los cuales se encontraban dentro de las posibilidades de unas élites que controlaban la política y la economía, y que además pretendían orientar la educación y la cultura con ideologías como el civismo y las buenas costumbres. El propio Hölscher advierte que el futuro, en este sentido, tiene una composición híbrida entre lo ficticio y lo fáctico, en tanto que el horizonte histórico de futuro aparece como realizable para los actores sociales en cada momento o periodo (Hölscher, 2014, p. 231).
Por su parte, Burke propone que la relación con el pasado-presente es la que establece, de inmediato, la conexión con el futuro (Burke, 2009: 13-14). Así que el momento en el que se observa con evaluación crítica y/o auto elogiosa el pasado es cuando desde el presente se está configurando la posibilidad de expectativa sobre un futuro cercano y lejano. El establecimiento del futuro se hace por parte de las élites con base en su visión de presente (Navajas Zubeldía, 2018), que se encuentra acompañada por elementos del presente inmediato (la mínima expresión del acontecimiento) con los recuerdos del pasado más reciente y las ideas de “anticipación” que no son más que las nociones de futuro (Navajas Zubeldía, 2018)6. El futuro -y las ideas y representaciones del porvenir- ayudan a darle sentido al presente, a través de lo que Bresciano considera como las “representaciones del futuro propositivas”, que son aquellas que buscan construirlo (Bresciano, 2021: 6-7).
La autobservación de las élites de Pereira fue un comportamiento asiduo porque fueron conscientes de su pasado, lo hacían para celebrar la velocidad en la transformación de la urbe, pero en especial para evitar y condenar la posibilidad de regresar a los estados anteriores ya superados, especialmente aquellos "estados" de postración moral y deterioro económico en que habían quedado muchas regiones del país tras la guerra de los mil días. Así configuraban la proyección de la ciudad futura como aquella Pereira que obligatoriamente sería distinta porque como mínimo no podría volver sobre sus pasos ya recorridos en el camino ascendente del progreso. Para las élites de Pereira ese retorno que había que evitar pasaba por la tradición, la sociedad campesina, el ciudadano humilde que transitaba por las calles y parques descalzo sin indumentarias modernas, el mercado en la plaza central como sinónimo de desorden social, la falta de amor por la ciudad materializada en contribuciones económicas y físicas, etc. De esta forma, quienes incumplían con los propósitos “colectivos” establecidos por las élites eran objeto de cuestionamiento público como “ciudadanos estorbos”(Correa, 2014): aquellos que no exhibían públicamente sus virtudes cívicas altruistas y no querían aportar a la ciudad.
Con todo esto, en las siguientes páginas se establece que las élites locales construyeron un imaginario de Pereira futura que fue promocionado en las páginas periodísticas locales como parte de la validación pública de lo que debía ser el rumbo de la ciudad. Un futuro que fue promovido tanto por las entidades privadas y públicas. De esta manera, el futuro era construido como parte de un compromiso cívico, que reclamaba apoyo de las instituciones, la ciudadanía y el capital privado. Esta idea de Pereira futura estuvo sustentada, a su vez, en las representaciones de las nociones de progreso, modernidad, civismo, desarrollo, orden, entre otras, como esos referentes civilizatorios que, en apariencia, otorgaban a la ciudad una huella distintiva en el concierto nacional y, particularmente, en su rumbo hacia un futuro promisorio. Esto, en medio de su condición de ciudad joven, intermedia y subordinada a la capital departamental, Manizales, lo que suponía mayores dificultades para alcanzar su desarrollo. De forma que este artículo es, al mismo tiempo, una apuesta por contribuir al debate de la historia urbana cultural en América Latina, toda vez que siguiendo a Gerardo Martínez las ciudades intermedias son un campo de todavía muy poca exploración historiográfica (Martínez, 2021: 33).
Para ello recurrimos al método histórico con un enfoque interpretativo, que en el marco de la investigación cualitativa posibilita la interacción entre fuentes primarias y secundarias para el establecimiento de una síntesis de procesos y acontecimientos, antes que para la suma de elementos cronológicos o lineales (Ramírez, 2010; Hernández-Sampieri, Fernández y Baptista, 2014). Así mismo, se utilizan fuentes primarias hemerográficas: El Diari; el S.M.P, órgano periodístico de la Sociedad de Mejoras de Pereira; y la revista Panoramas que analizamos en la perspectiva de lo propuesto por Gil (2022) y que se complementa con la historiografía regional más reciente.

La historia oficial más tradicionalmente aceptada de la ciudad de Pereira plantea que su fundación se llevó a cabo por el presbítero Remigio Antonio Cañarte, el 30 de agosto de 1863, con un grupo de personas provenientes de la vecina población de Cartago (Echeverri Uribe, 1921; Uribe Uribe, 1963; Jaramillo, 1983; Sánchez, 2002)7. Pereira, muy pronto hizo el tránsito de ser una pequeña aldea, en una zona de frontera interior entre Antioquia y Cauca, a una urbe con visos de modernidad infraestructural, económica y comercial. Además del aprovechamiento de ventajas competitivas, como su posición geográfica (García, 1978), Pereira fue generando un mercado interno que le permitió a sus élites en ascenso gozar de una acumulación de capitales, primero por cuenta de ferias ganaderas, luego por la economía cafetera y la primera ola de industrialización (Jaime Jaramillo Uribe en Duque Gómez, Friede y Jaramillo Uribe, 1963; Montoya Ferrer, 2008).
Lo claro, entonces, es que Pereira durante los años veinte ya se visualiza por sus élites como una ciudad moderna. El ferrocarril de Caldas le abrió las puertas a una conexión con el país y el exterior mucho más fluida y al incremento de la actividad comercial8, además que benefició a la economía cafetera que retribuyó con el establecimiento de trilladoras y nuevos servicios conexos en la urbe (Montoya, 2008, p. 46; Martínez y Mejía, 2020).
Pero el avance modernizador de Pereira no se podría leer únicamente -aunque sea breve lo señalado- en términos de un desarrollo en infraestructura, economía y comercio, sino también en cuanto al ideal de transformación y progreso, que en lo mental y cultural dominó el interés de las élites locales. Como lo ha sugerido Adrián Gorelik, la modernidad fue un camino para la modernización de las ciudades latinoamericanas (Gorelik, 2003: 13-14). Se puede decir que las ideas de modernidad en Pereira adquieren una primacía en la agenda pública de aquellos años por intermedio de las personas que conforman, a partir de 1925, la Sociedad de Mejoras de Pereira, desde donde se dio pie al desarrollo de otros proyectos materiales en un ambiente de cambios en las prácticas de los pobladores, los cuales fueron objeto de instrucciones y orientaciones sobre lo que se esperaba fuera su comportamiento social y público (Correa, 2014). Sus élites adicionalmente promovieron, como lo advierte Rigoberto Gil, un emergente movimiento estético que proyectaba un enriquecimiento espiritual con base en las influencias que llegaban desde otros lugares del país y del exterior con lo que se generó una “cultura del espectáculo” que se vivió en teatros y espacios de sociabilidad, como los clubes (Gil Montoya, 2002).
En Pereira, la preocupación de las élites por el progreso en los años veinte avalaba los avances de la urbe como parte de un esfuerzo cívico colectivo. No obstante, estos intereses se articularon con una particular concepción fundamentada en nociones civilizatorias, eugenésicas y clasistas. Entre las ideas que fueron tomando mayor fuerza estuvo la noción de que los pobladores de las primeras generaciones de la ciudad formaban un “crisol de grupos humanos, y unidad y esfuerzo” (Acevedo, 2010: 140), una visión “romantizada” en la que la mezcla de prohombres de características especiales con vocación cívica les había permitido el desarrollo infraestructural y cultural (Acevedo, 2010: 140). De igual forma, se debe considerar que las élites de Pereira que estaban pensando la ciudad futura se veían influidas por las teorías de la urbanización que llegaban, principalmente, desde los Estados Unidos, y que ponían en circulación en Colombia la noción del City Planning que, por ejemplo, en Medellín hizo parte sustancial de la proyección de ciudad a cargo de la Sociedad de Mejoras y del líder Ricardo Olano (Arcila, 2016: 54). El City Planning también fue inspiración para que en Medellín y Bogotá se implementara las figuras de los planos futuros que permitía la proyección profesional de la urbanización (Arcila, 2016: 61-62).9
Así que en Pereira la recepción de los planteamientos de Olano tuvo eco en la Sociedad de Mejoras Públicas y sus integrantes van a trasladar esas influencias y preocupaciones al ámbito de la planeación urbana y de la educación.10 Las ideas de futuro de las élites pereiranas en los años veinte, con base en esta noción de City Planning, se van a combinar con el presente espeso -en términos de Navajas Zubeldía (Navajas, 2018)- en el que ya circulaban imaginarios como la visión de una “raza pujante y titánica”, en el propósito de construir una urbe moderna. En los años treinta se asiste al periodo de la planeación de una Pereira futura que en el objetivo de las élites debía consolidar a la ciudad prodigio y convertirse en el polo del desarrollo regional. De amplias dimensiones es el convencimiento de las élites pereiranas sobre el futuro de la ciudad que comienzan a referirse a los problemas de centralismo, ejercido desde Manizales, como en un abrebocas de las ideas segregacionistas que marcaron la fragmentación de la región del Viejo Caldas, en la década de los años sesenta (López y Correa, 2012).
En los años treinta, la idea de progreso material de la ciudad se intensifica por la necesidad de contar con más instalaciones modernas: cines, teatros, bibliotecas, circuitos de consumo y entretenimiento, centros educativos, vías, zonificaciones estratificadas, etc. La ciudad ha despegado por obra de “la pujanza” de sus gentes, que ayer eran arrieros y hoy ciudadanos modernos convencidos del progreso y optimistas ante el futuro -un proceso que las élites lo asumen como su propia obra, más que la de la sociedad en general-, pero al tiempo expresan públicamente el interés por construir una ciudad futura con desarrollo, planeación e industrialización al nivel de las grandes ciudades de Colombia y América Latina. Esta década, por lo tanto, va a tener en la celebración del 75 aniversario de fundación de la ciudad, en 1938, el momento oportuno para concatenar objetivos y reflexiones sobre la Pereira futura, además que tuvo como telón de fondo la realización de la Exposición Nacional.
Esta Pereira futura se expresa principalmente en las páginas periodísticas de la ciudad, aunque no de forma exclusiva porque son proposiciones que las élites gestionan en otros escenarios como el Concejo y la Alcaldía Municipal,11 sin embargo, son los periódicos locales quienes median la voz y los intereses de una clase dirigente que usualmente convoca a proyectar la ciudad con un sentido de futuro. Es importante mencionar que el uso del futuro al momento de hablar de Pereira no se trata de una herramienta exclusivamente metafórica, sino de una calificación explícita que se planteó en los proyectos de ciudad: las élites de Pereira tuvieron una idea del futuro que la construyeron progresivamente -con variaciones en el tiempo según sus diferentes presentes-, pero con algunas constantes o persistencias, como lo planteamos a continuación. Muchas de estas ideas continúan en el presente porque son parte de una historia que ha tenido casi que un carácter indiscutible y oficial.
Un aspecto característico de la élite de Pereira fue su optimismo por el futuro de la ciudad. Su preocupación por cómo sería la Pereira futura no pasaba por la incapacidad de gestionar una gran ciudad, sino por el convencimiento -expresado públicamente- de que lograrían construirla siempre que tuvieran claro el proyecto de urbe y consiguieran que al mismo se vinculara la mayor parte de la sociedad. Hablamos de una élite que intentó orientar la ciudad desde sus posicionamientos públicos que pretendieron anticiparse al porvenir confiados en que su participación aseguraba que Pereira fuera la Ciudad Prodigio, calificativo que hizo carrera en los años treinta. Claramente, los intereses de futuro estaban mediados por el presente que estas élites experimentaban y por los temas que en la década de los años treinta resultaban de interés social y público en Pereira, en el país y en el mundo; como la transformación urbana, la adecuación infraestructural, el progreso económico, la educación cívica, el embellecimiento y cuidado de la arquitectura, el renombre de Pereira y su posición competitiva en la región, en suma, los aspectos y procesos propios al proceso de modernización en un sentido pleno. La élite de Pereira expresó sus ideas de futuro en su mayoría a través de la prensa, de forma que en las páginas periodísticas se informaban los cambios urbanos, pero también se pincelaba a la Pereira futura.
Si bien encontramos que el esfuerzo por trazar el futuro de ciudad en las élites de Pereira es una característica que se incrementa en los años treinta, es igual de cierto que la simbiosis entre grupos de poder y prensa en esta urbe es un elemento consustancial al siglo XX. Desde muy temprano los diarios se convirtieron en los voceros legitimadores de la dirigencia de la ciudad en todos los planes de infraestructura, industria, transporte, comercio, educación, entre otros.12 Se estableció una relación de interacción constante en la que, a veces, no era posible discernir si los diarios estaban demandando acciones a las élites o estas utilizaban el papel y tinta para comunicar sus decisiones futuras; tal vez fueron ambas porque también en ocasiones se valoraban positivamente las políticas de desarrollo urbano que se implementaron. El futuro se subrayaba como el presente inmediato, como el camino a seguir para consolidar a la urbe cívica y moderna, no era por tanto un futuro lejano ni idealizado (Pereira y su futuro inmediato, 1939: 2). Podría pensarse que esa idea de futuro lograba movilizar a otros sectores de la ciudadanía en procura de materializar el futuro. Los cívicos y sus publicaciones en prensa -y quizás también en la radio de la época- eran como la brújula de la ciudadanía y eran el oráculo público que delineaba el horizonte futuro por venir.
Lo cierto es que las élites se apropiaron de la capacidad de influir en la opinión pública de la emergente cultura impresa de Pereira para proyectar desde sus páginas los trazos del futuro. Para ello fue importante una asidua representación de los actores dirigentes como los encargados y legítimos portadores de los planes de la ciudad. Entre todos estos actores centrales del proceso de modernización, sin duda, fue la Sociedad de Mejoras de Pereira (SMP) y, más adelante, Sociedad de Mejoras Públicas de Pereira (SMPP) la que asumió a través de diversos y continuos pronunciamientos de sus integrantes el liderazgo (autoproclamado y autorrepresentado) de la urbe del mañana.13 La SMP se representaba como la organización que tenía la ardua tarea de “hermosear calles y parques, velar por el aspecto exterior de la ciudad amable, tratar de embellecer los espíritus […] tallar la piedra dura del cerebro inculto” (Sixto Mejía, 1935: 1), a través de la que consideraban era su “probada” habilidad en la construcción de obras o lo que en la retórica periodística llamaban como el “manejo del cemento y la arena”(Sixto Mejía, 1935: 1). La convicción de que el futuro de Pereira era promisorio fue parte de los argumentos con que se inauguró la circulación de la publicación de la revista S.M.P. en 1935:
“la Junta Directiva siempre ha sostenido la necesidad de un contacto permanente con todos los ciudadanos para informar acerca de sus campañas […] de las obras que imponen como proyecciones realizables en el futuro lejano y que son, quizá, las más trascendentales porque representan el fundamento, de la conciencia previa, sobre la vitalidad de una ciudad predestinada a ocupar un sitio de preferencia en la civilización del porvenir” (Editorial, 1935: 3).
Como se observa de la anterior cita, las expresiones de Pereira futura que este artículo apuesta a resaltar fueron reiteradas en los discursos de los diarios representantes de las élites locales y además tuvieron un carácter manifiesto con lo que la preocupación por el futuro se consideraba uno de los ámbitos centrales y prioritarios para la gestión de la urbe. Así que las representaciones periodísticas que respondían a las orientaciones desde la dirigencia local llevaron a la instauración de un imaginario de futuro como un correlato constante de los procesos de modernización en la época de estudio.

El juicio público y social no pasaba entonces por la pregunta de si Pereira tendría un futuro, sino por el nivel de modernidad y progreso que se podría alcanzar en los años cercanos, en especial en fechas como el cumpleaños número 75 de la ciudad que se visualizó como un momento histórico oportuno para concatenar el mayor progreso. Esto implicaba hacer un seguimiento periódico de las principales carencias locales (Arturo Salazar, 1937: 3). Los dirigentes cívicos se preguntaban cómo mantener el ritmo de progreso de la ciudad prodigio que generaba orgullo en sus pobladores y dirigentes. Se trataba, pues, de una ciudad que siendo desarrollada se podría volver imponente -como lo advertían en el discurso periodístico- en el concierto nacional y regional. Los eventos importantes que recibía Pereira se convertían en el espacio y la oportunidad para promocionar el inocultable prodigio de la ciudad, como se puede ver en el filme promocional de los carnavales de 1936 y en la siguiente editorial con motivo de la gran exposición nacional que se llevó a cabo en el año 1938 y que fue un acontecimiento en el que Pereira se promocionaba ante el país:
“Pereira es una ciudad que crece minuto a minuto estimulada por el civismo de sus pobladores; cada día extienden más sus arterias urbanas, modificando la accidentada topografía; recibe a diario la inmigración de nuevos industriales, comerciantes y trabajadores que llegan con sus familias a instalar su vida y sus negocios en la ciudad acogedora y cordial” (Exposición Nacional, 1939: 1).
De lo que se trataba no era tanto de comprobar que Pereira era una ciudad moderna, sino de plantearse la necesaria continuidad de las grandes gestas cívicas de la ciudadanía. Recordemos en este punto que Hölscher subraya que en esta construcción de futuro se conjugan tanto el horizonte histórico que parte del presente como la configuración del futuro que es el dinamismo y/o la movilidad de esas ideas de futuro, un futuro historiable que es al mismo tiempo un futuro que se puede hacer realidad (Hölscher, 2014) -que se equipara con un enunciado performativo, a la manera propuesta por Austin (John, 1955)-. De ahí que las élites de Pereira en su continuo reconocimiento de la condición privilegiada de la urbe entre las ciudades colombianas estaban buscando que no disminuyera la proyección constante de un futuro que, a ojos y letras de las élites y el periodismo, solamente podía ser promisorio, muchísimo mejor que el presente, siendo incluso este muy bueno. Ahora bien, lograr este propósito colectivo implicaba la planeación constante de Pereira respondiendo a los principios modernos del urbanismo (Gustavo Villegas, 1937: 3).
En este sentido, fue importante la decisión del Concejo Municipal de la ciudad de ordenar la elaboración del plano de la ciudad y el plano de la Pereira Futura, en mayo de 1936, mediante proposición del concejal Camilo Mejía Duque. El plano de la ciudad debía contener un diseño general que incluyera el perímetro urbano, un esbozo detallado de calles y carreras, el perfil de las calles con la señalización de las pendientes, el alcantarillado y los demás conductos subterráneos, un plano a escala que permitiera observar el alcantarillado, los conductos de agua, la distribución eléctrica y telefónica, planos de los barrios obreros, entre otros. Además, el plano de Pereira Futura (Sobre la ciudad futura, 1936: 9).
Sin embargo, la realización del propósito de una Pereira futura no estaba exenta de imposiciones sociales sobre la acción del ciudadano en términos de responsabilidades con la urbe y de establecer antagonismos entre quienes sí y quienes no se involucraban de forma “comprometida” con el cumplimiento de ese futuro. El argumento que se proponía equiparaba el ser buen ciudadano pereirano con el apoyar las obras que conducirían al porvenir de la otrora villa de Cañarte, en tanto no hacerlo se asimilaba con la condición de “forastero” no interesado en vincularse con “los escuadrones del progreso” y, por lo tanto, no se le contemplaba en la realización de la más grande tarea social y pública que estaba en marcha: “nosotros vamos a instalar sobre el Occidente de Colombia una ciudad nueva, repujada y perfecta, que sea asombro del porvenir y gloria de la República” (Que asombro del Porvenir, 1935: 4).
El futuro preocupaba a las élites económicas, políticas y cívicas en conjunto con periodistas locales porque en el ambiente de la época se otorgaba gran relevancia al modelo estadounidense y europeo que se enmarcaba en lo que se consideraba moderno y desarrollado. La confianza en que se podían desarrollar las obras materiales era plena, pero también preocupaba que en ese futuro se enriqueciera el espíritu, el ambiente estético y cultural de la sociedad pereirana (Pro-Cultura, 1935: 1). Queda al menos la pregunta de si en estas preocupaciones hay un implícito ambiente de rechazo social elitista hacia las culturas y formas populares, que durante el periodo de la República Liberal tomó mayor fuerza por la necesidad de los gobiernos de establecer fórmulas para la llamada integración de los sectores populares al proyecto de nación (Silva, 2000).14
Así, en síntesis, la preocupación por el futuro de la ciudad estaba mediada por la relación dinámica entre la denuncia de lo que faltaba y la posibilidad de realizarlo gracias a la gestión de los líderes cívicos (empresariales, políticos, etc.) que integraban la Sociedad de Mejoras Públicas. E, incluso, desde el propio órgano de comunicación de la entidad se planteaba esta ambigüedad en el discurso sobre el porvenir de Pereira cuando se advertía con el título de La Ciudad Futura que:
“Tenemos ahora ingentes problemas de higienización y ornato […] Pereira constituye un paradigma dentro del concierto ciudadano de Occidente […] Hay que proyectar ante todo la construcción de la ciudad futura. Flaca empresa sería la edificación de obras que solo pasaran ante nuestra vista, si no hubiesen de deslumbrar la de nuestros sucesores. Nuestras realizaciones de ahora deberán servir para regocijo y ejemplo para las generaciones por venir. Con base en este concepto cualitativo, no importa la tardanza en llevar a efecto esta tarea monumental. La demasiada presteza marcharía en razón directa de su calidad efímera (Manuel Echeverri, 1935: 3).
La perspectiva de futuro siempre acompañaba las posiciones públicas que eran representativas de las visiones de las élites. La idea de que Pereira ocupaba y consolidaría un lugar de centralidad cuando menos en la región del occidente -y plenamente en el Gran Caldas- daba cuenta de la preocupación constante por fortalecer la imagen de la ciudad como una urbe moderna y competitiva. Así mismo, las referencias a la ciudad futura, a las generaciones por venir y a lo no efímeras que debían ser las realizaciones de Pereira también fortalecen la perspectiva de una ciudad que se proyecta hacia el futuro a través de los imaginarios de sus propias clases dirigentes. De ahí que las gramáticas sobre el futuro se acompañaran de calificativos sobre “lo monumental” y “lo determinante” de las obras que se adelantaban en la ciudad, de modo que cada parque, calle, edificio, resultaba fundamental en los planes de una ciudad que enarbolaba orgullosa, a los cuatro vientos, su progreso y modernidad.
Podemos decir que esta preocupación por el futuro de Pereira que se manifestaba de manera reiterada, principalmente en la S.M.P., también tenía una retórica de regulación social y clasismo, en tanto que se proponía que aquellas personas que no se sumaran al proyecto urbano del futuro entonces fueran castigados en alguna forma, principalmente a través del escarnio público y de multas que eran avaladas por el Concejo Municipal de la ciudad, con lo que podían crearse desde la Sociedad de Mejoras Públicas listados de ciudadanos estorbo, o bien publicar en periódicos locales el nombre y las características de la displicencia con la ciudad de las personas.15 Tenemos entonces que el imaginario de futuro era creado y recreado con la suma de pinceladas de imágenes difusas de una modernidad anhelada, pero que tenía gravosas contraprestaciones para aquellos que siendo pereiranos o viviendo dentro de la ciudad no fueran cívicos (Un ciudadano, 1936: 4). Es decir, la Pereira Futura exigía realizaciones materiales, pero también un tipo de ciudadano futuro o, si se quiere, moderno y comprometido en auspicio del discurso hegemónico de control social de la época.16
Así pues, esta dimensión del futuro como la hemos planteado, en tanto que una preocupación material y espiritual, cobra mayor sentido cuando se entiende que pasaba o, más bien, superaba las formas arquitectónicas y urbanísticas tradicionales de pensar y concebir la ciudad -aunque partiera de ellas, como lo vemos a continuación-, así que hacerlas visibles tiene mucho sentido toda vez que, como lo plantea Eduardo Kingman, una de las tareas contemporáneas de los historiadores preocupados por lo urbano y la ciudad es entender las relaciones de doble vía entre la vida social y el espacio, en el que los espacios contienen e impulsan la vida social, es decir, el espacio es visto de una forma integral “como parte de la dinámica social y de la formación de arenas culturales” (Kingman, 2021: 64).
La Pereira futura exhibía formas materiales como prueba de las grandes realizaciones en infraestructura, ornato y equipamiento urbano. Si bien el City Planning que defendía Olano propugnaba en apariencia por un equilibrio entre la urbanización y el desarrollo social, en la práctica las clases dirigentes evaluaban el progreso a través de las grandes obras, de las nuevas conexiones viales internas, de la articulación de transporte con otros municipios y departamentos, del desarrollo de espacios modernos de sociabilidad en los que se pudiera alimentar el espíritu al tiempo que se acordaban los negocios y planes de transformación urbana, entre muchos otros proyectos que eran necesarios para la ciudad del futuro.
Las obras materiales que le darían forma al futuro de Pereira reflejaban la preocupación por adecuar el equipamiento urbano con proyectos que ayudaran a fortalecer la economía, el comercio, el transporte, la educación y la cultura. La idea de ciudad futura como totalidad de la ciudad moderna pasaba por la construcción esos espacios y escenarios en los que el progreso se manifestaba con plenitud. Un claro ejemplo de ello se encuentra en la inquietud que se presentó por la construcción del teatro de la ciudad. Desde la prensa local -y en la condición de vocero público de El Diario-, el señor Emilio Correa aprovechaba las editoriales para responsabilizar a líderes como Roberto Marulanda, Bernardo Mejía, Germán Vélez, Nepomuceno Vallejo, Carlos Marulanda, Arturo Ángel, Camilo Gutiérrez y Víctor Mazuera; y señoras como Pastora, viuda de Mejía, y Luisa, viuda de Marulanda, del compromiso de construir un teatro (Un teatro, 1933: 3; Hace falta en Pereira, 1936: 5).
La preocupación periodística visiblemente no se concentraba en el presupuesto que requería dicha obra. Esa tarea se le asignaba a los mencionados lideres cívicos y empresariales (o los capitalistas de la ciudad como se les presentaba), pero lo importante era no perder de vista que el teatro era requisito para que la Pereira del futuro tuviera más altos niveles de cultura; la visión hacia el progreso implicaba superar a los “intentos de teatros” que funcionaban desde los años diez (Un teatro, 1933: 3). Tener un teatro en Pereira se equiparaba con las mayores realizaciones de los grandes hombres que habían construido la ciudad, se constituía en el elemento nodal para completar la obra de la civilización que era propia de las grandes culturas, grupo en el que los pereiranos esperaban tener (o consolidar) su gran lugar histórico (L.E.O.G, 1935: 3; Propósitos, 1936: 8-35). La prolongada ausencia del teatro en una ciudad tan moderna implicaba que todavía se mantenían los llamados “lunares en su desarrollo y progreso” con los que sencillamente se afeaba a Pereira:
“Es casi insoportable mostrar estos armatostes, estrechos y peligrosos. A un pereirano que se estime debe caérsele la cara de vergüenza, al pensar en el prodigio de su ciudad, se ve ennegrecido y afeado porque de teatros se tienen las casas más desvencijadas que sirvieron hace cuarenta años para las exhibiciones de las ‘vistas mobibles’ (sic) y de Fregoli Vargas, con sus actos de ventriloquía y de ilusionismo” (Por la ciudad, 1936: 3).
La iniciativa del teatro se mantuvo como un tema recurrente en la agenda de la Pereira Futura. En 1936, el Concejo Municipal de la ciudad creó la Sociedad Anónima para la creación del Teatro-Hotel, este propósito fue presentado por el Dr. Santiago Londoño en compañía del político Camilo Mejía Duque, y contó con un capital inicial del $200.000 pesos. La dirección de la Sociedad Anónima fue encargada a una junta de cinco líderes: Dr. Santiago Londoño, Dr. Bernardo Mejía Marulanda, Dr. José María Rodríguez, el señor “don” Nepomuceno Vallejo, y el señor “don” Alfonso Jaramillo G. Además, se contó con el apoyo de la colonia sirio-libanesa a través de Abdala Nauffal y Jesús Iza (Propósitos, 1936: 8-35). La idea de contar con un teatro del futuro se concretó hasta mayo de 1938 con la inauguración del Teatro Consota en mayo, en la carrera novena, contiguo al Gran Hotel que fue inaugurado el mismo año en diciembre; los planes del teatro y el hotel se aceleraron para que allí se pudiera realizar la apertura y clausura de la VII Exposición Nacional (Elogioso concepto sobre el Gran Hotel, 1938: 4; La VIIa. Exposición Nacional. Su clausura se verificó en el Teatro Consota el 2 de enero, 1939: 35).
Obras como la finalización de la Plaza del Lago, el embellecimiento del Parque La Libertad y su pavimentación (Pavimentación del Parque de la Libertad, 1935: 6-7), el mejoramiento de la iluminación en la Plaza de Bolívar, la construcción de un jardín en el ábside de la Iglesia Parroquial, el planeamiento y la construcción de la Plaza Olaya Herrera, construir la avenida que conectara a la Plaza de Ferias con el sector de Turín, la arborización y la iluminación de la salida para Santa Rosa de Cabal, arborización de la carretera Pereira a Cartago, obtener una estatua del libertador, construir una escuela de Artes y Oficios, construcción de la carretera Libaré-Río Otún-Turín, la construcción del teatro (actividades permanentes de la Sociedad de Mejoras de Pereira e iniciativas para realizar, 1935: 1-8A; Obras de acción inmediata por parte de la S. de M de P, 1935: 6), renovar la plaza de mercado (La nueva plaza de mercado, 1937: 3), entre otras, eran parte de los proyectos urbanos para afianzar la Pereira futura. Estas obras se sumaban a otras que habían sido concluidas en los años veinte y treinta como el tranvía, el ferrocarril, planta de teléfonos, servicio alcantarillado y planta de tratamiento de aguas, entre otros.
Con un sentido similar al propuesto para llevar a cabo la construcción del teatro, los dirigentes de la ciudad coincidían en que era necesario contar con una biblioteca moderna que sirviera de escenario para el fortalecimiento de la cultura local y regional. Las continuas visitas de los líderes pereiranos a Estados Unidos, y países latinoamericanos como México y Argentina sirvieron para que vieran estos espacios modernos destinados a los libros y la investigación, con instituciones encargadas de la formación de profesionales en el área (Acevedo, Rodríguez y Giraldo, 2009). De ahí que se hicieran la pregunta de cómo podría hablarse de una ciudad moderna y con progreso y al mismo tiempo carecer de una biblioteca pública. Si de verdad se quería que Pereira mantuviera su lugar destacado en el concierto de las ciudades nacionales se requería que la Sociedad de Mejoras Públicas llevara a buen término, lo más pronto posible, el proyecto de la biblioteca, que:
“llena una de las más inaplazables necesidades de Pereira, a la vez subsana la más notoria de las irregularidades o reparos que pueden hacerse a esta ciudad […] Pensar que esta ciudad carece de una biblioteca […] es cosa que asombra verdaderamente […] Es urgente a todas luces preocuparse por llenar esta necesidad a la cual en forma pronta y generosa deben atender los fondos municipales y los de la Sociedad de Mejoras Públicas […] Hoy en los Estados Unidos la profesión del bibliotecario es una de las profesiones liberales a cuya meta, el correspondiente título, sólo se llega después de disciplinas mentales de verdadero interés […] México que posee un verdadero Ministerio del Libro, ha dedicado notable porcentaje de su presupuesto para el establecimiento de Bibliotecas públicas y para la difusión profusa del libro […] es preciso no olvidar, que el libro es la única luz que pueda desterrar la tupida mañana de prejuicios en que tan penosamente trata de desarrollarse nuestra sociedad (Biblioteca, 1935: 1).17
De esta manera, lo que planteamos es que la preocupación acerca del futuro de la ciudad pasaba de forma directa por la capacidad de su dirigencia por adelantar la construcción de importantes obras, pero al mismo tiempo de armonizar el progreso material con el espiritual. Las obras se convertían en ese correlato material del progreso y la modernidad, en la punta de lanza de la idea de un futuro idealizado en el que Pereira se erigía a la par de las grandes urbes del país. En el impreso de la Sociedad de Mejoras de Pereira se hacía propaganda del tipo de obras que se realizarían y del papel de la entidad como gestora de estas:
“para iniciar una obra de conveniencia pública, es menester el demostrar a las gentes la necesidad de ella; pues es indispensable crear la necesidad. […] Pereira carece de Teatro, de Banco, de Palacio Nacional. La mayor dificultad estriba en hacer que estas obras se construyan. Hablar mucho acerca de ellas es cosa fácil y agradable, pero con sólo esto no se consigue nada útil. El ideal máximo sería que la Sociedad de Mejoras de Pereira lo hiciera todo […] Aferrados a la solución de los pequeños problemas que nos presentan en el día a día, parece que carecemos de la capacidad suficiente para pensar cosas diferentes […] pues bien, ya va siendo hora de que vamos reaccionando contra este desgraciado mal y que, haciendo a un lado las pequeñas preocupaciones personales nos enfrentemos con nuestro mejor empeño a la realización de alguna obra definitiva” (Don K. Nuto, 1935: 8).
La realización de las obras materiales que poco a poco consolidaban la idea de una Pereira moderna permitía visualizar el anhelo de progreso en las personas que dirigían la ciudad y que encontraban en la celebración de los 75 años una ocasión adecuada para concatenar los proyectos de la urbe. La conmemoración se mostraba como un momento para valorar que en pocos lustros Pereira se hubiese puesto a la altura de las grandes ciudades del país, pero al mismo tiempo demandar que las entidades públicas acometiesen obras que se consideraban necesarias como la ampliación de la red eléctrica, el mejoramiento de las vías, entre otras (Tenemos que celebrar el 75 avo aniversario, 1938: 3). Los 75 años se consideraron como una tarea colectiva y, por lo tanto, se buscó instalar en el imaginario la responsabilidad de la ciudadanía y las instituciones, como lo señaló perentoriamente Emilio Correa desde la página editorial de El Diario:
“Pereira está en la obligación definitiva y perentoria de no dejar en silencio la admirable y grata efeméride. Hacemos un llamamiento a todas las fuerzas vivas de la ciudad para que se apresten a la conmemoración de la gran fecha. Nuestro llamamiento va a la prensa hablada y escrita, en todos los corresponsales; a los Clubs, a la Sociedad de Mejoras y con la bandera gloriosa de la fiesta, al H. Concejo. Pero exigimos que se diga algo. El silencio alrededor de esto no es solamente bobalicón, sino que es criminal. Aguardando nos quedamos” (La fiesta de la ciudad, 1938: 3).

El llamado del periodista Correa para contar con una celebración generosa en actividades y obras, en muchos sentidos tuvo eco durante 1938 porque la intención de las élites locales siempre pasó por aprovechar la ocasión para la inauguración del teatro Consota en mayo, el Gran Hotel en diciembre y la VII Exposición Nacional18 como esa gran vitrina de la ciudad moderna, que además de promocionar a Pereira y sus actividades industriales y comerciales, le permitió a sus élites corroborar que el futuro que habían estado pensando desde años atrás era, en efecto, una posibilidad que se concretaba poco a poco. Y años más tarde se ensalzaría aún más el sentido cívico del progreso de Pereira con la construcción de la pista de aterrizaje en el sector de Matecaña (Jaramillo, 2013), aunque también se quedaron en el tintero otras grandes propuestas como eran la construcción de una plaza de toros y la propuesta de un plano regulador del desarrollo urbano de la ciudad de Pereira.
Se ha mostrado que la idea del futuro hizo parte sustancial de la forma como las élites de Pereira construyeron visiones e imaginarios modernos de la ciudad. La proyección de una urbe moderna se acompañó de la valoración de una aldea que se había transformado muy rápidamente, pero que requería continuar fortaleciendo su desarrollo y progreso material y espiritual. La idea de Pereira futura fue tanto un imaginario persistente del ámbito cultural que requería una mayor formación de los ciudadanos como un propósito que daba fundamento a la necesidad de realizar una serie de obras materiales de todas las esferas: desde lo cultural con teatros y bibliotecas hasta lo vial y lo infraestructural con transportes, conexiones, soterramientos de quebradas, organización de la plaza de mercado, etc.
El hábito de las élites de Pereira por visualizar el futuro de la ciudad no fue una característica sui generis de esta urbe, sino que en muchas formas recogió la experiencia acumulada en Medellín y Bogotá -o incluso con la vecina ciudad de Manizales, capital del departamento de Caldas- respecto a la forma como se debía planear un territorio urbano moderno. Las adaptaciones de esta idea de futuro se acompasaron con asidua relación entre el pasado, el presente y el futuro en la formulación de una Pereira del mañana, que se sustentara en las realizaciones de los primeros 75 años, pero que se proyectara hacia el centenario (Cfr., Correa, Samacá y Martínez, 2022). Se acumulaba progreso de la misma forma que se acumulaba capital. El espacio de realización de ese progreso era el futuro, lo que llevó a que en los años cuarenta y cincuenta algunas obras que habían significado progreso como el ferrocarril y el tranvía pasaran a ser consideradas símbolos del pasado o como un obstáculo para el futuro.
La Pereira futura propuesta en los años treinta es posible que se haya concretado parcialmente con grandes obras en los años cuarenta a sesenta, muchas de las cuales se enmarcaron en procesos como la construcción del Aeropuerto Matecaña en 1947, la creación de la Diócesis de Pereira en 1952, la Universidad Tecnológica de Pereira en 1961, la celebración del Centenario en 1963 y la creación del Departamento de Risaralda en 1966-1967.
En las élites locales hubo, en forma consciente y reiterada, un esfuerzo por la promoción del futuro. Para ello se utilizaron las páginas periodísticas en las que se informó sobre las obras que se requerían y las características de esta Pereira futura que tanto se anhelaba. Las obras materiales y el progreso cultural (espiritual como se afirmaba en la época) eran un tema que pasaba de los intereses privados a la agenda pública en la medida que así lo proponían importantes formadores de opinión como El Diario, S.M.P y la revista Panoramas. En la clase dirigente local hubo una característica que, al parecer, fue inherente a la modernidad, como lo es la mímesis del futuro, en una especie de arquitectura imaginaria de la ciudad. Esto, a su vez, se completaba con esa idea de búsqueda y renovación constante en la que el progreso y el futuro se articulaban como columnas de la comunidad imaginada cívica, moderna y local, con bases de planeación, urbanismo y control social.
No obstante, como todo proceso de transformación social de una ciudad en crecimiento demográfico, expansión espacial y complejidad urbana, el alcance de Pereira futura fue parcial porque en algunos ámbitos como lo empresarial o lo social no se cumplieron plenamente los ideales o el porvenir esperado. Muchas de las industrias que emergieron en los años veinte y treinta se encontraron con un nuevo escenario en los años cuarenta y cincuenta que no les permitió mantener su desarrollo (Montoya Ferrer, 2004, p. 34). De la misma forma que la crisis urbana y del desborde de lo popular mostraría en los años sesenta y setenta que la planeación no contemplaba un crecimiento poblacional incluyente, por lo que para mantener las características de la Pereira moderna los nuevos pobladores apenas pudieron encontrar asiento en los márgenes de la ciudad prodigio (Calle, 1964; Correa, 2019).
Este artículo de investigación es resultado del proyecto “Cine, Ciudad y Modernización: Pereira 1930-1940”, Código 4-21-6, Vicerrectoría de Investigación, Innovación y Extensión de la Universidad Tecnológica de Pereira, Colombia.


