¿Quiénes son y qué hacen los jóvenes de la Ciudad de Buenos Aires?
En 1985, las Naciones Unidas celebraron el primer Año Internacional de la Juventud. Al cumplirse el décimo aniversario, aprobaron el Programa de Acción Mundial que en 2007 ampliaron, estableciendo un marco normativo y criterios para la adopción de medidas nacionales con miras a mejorar la situación de los jóvenes. A partir de allí, se pusieron en escena las aspiraciones y los problemas de la juventud. Han transcurrido treinta años y, si bien, en Latinoamérica, este programa permitió un mayor grado de conocimiento de la condición socioeconómica de los jóvenes, la misma parece no haber mejorado.
La construcción social acerca de la juventud es relativamente reciente y, como tal, ha variado en el tiempo y en el espacio. La juventud es considerada como la fase de tránsito entre la niñez y la vida adulta y cambia dependiendo del contexto social (Calderón, 2003).
Hay un acuerdo generalizado acerca de la edad de inicio de la juventud a partir de los criterios que brinda el enfoque biológico y psicológico (desarrollo de las funciones sexuales y reproductivas); pero es más difícil llegar a un acuerdo sobre el límite de edad. Este último tiene relación con la vida productiva, es decir, con el ingreso al mundo del trabajo, la constitución de la familia propia y de un espacio habitacional independiente. Según Roberto Brito (1996), la juventud se inicia con la capacidad del individuo para reproducir la especie humana y termina cuando adquiere la capacidad para reproducir la sociedad. Las Naciones Unidas han definido a los jóvenes con el rango 15 a 24 años; no obstante, varios estudios referidos a estratos medios y altos urbanos lo amplían, incluyendo al grupo de 25 a 29 años.
Uno de los principales problemas que afligen a este grupo es la incidencia de la pobreza, que influye en su desarrollo futuro. Se ha demostrado que la pobreza de los jóvenes sobrepasa el promedio y que la educación y el trabajo son dimensiones clave en el proceso de la emancipación juvenil. Los jóvenes pobres en medios urbanos que han salido tempranamente del sistema educativo y que poseen una inserción precaria en el mercado de trabajo reproducen a largo plazo su exclusión (Clemente, Molina Derteano y Roffler, 2014). Específicamente, la expresión “transferencia intergeneracional de la pobreza” advierte sobre la imposibilidad de que los hijos de padres pobres experimenten movilidad ascendente (Torrado, 1995). Según las estadísticas disponibles, la exclusión mantiene su vigencia como problema, en correspondencia con las privaciones que vivieron estos jóvenes en su infancia. Mazzeo (2006) muestra que, si bien, en la Ciudad, la pobreza estructural en la década de 1990 y de 2000 era menor al 8%, afectó más a la primera infancia y a la juventud que a la población total. Además, señala que, a comienzos de los noventa, las proporción de jóvenes de 15 a 19 años no escolarizados era del 24,5% y que trepaba al 56,5% entre los 20 y 24 años; estos niveles se reducen una década después al 16,3% y 48%, respectivamente.
En el presente trabajo, se partió de los interrogantes: ¿Quiénes son y qué hacen los jóvenes de la Ciudad? y ¿Existe transmisión intergeneracional de oportunidades en los jóvenes de la Ciudad?, buscando identificar las diferentes situaciones y describir sus rasgos más distintivos.
El objetivo del informe es analizar el comportamiento de tres grupos etarios de jóvenes residentes en la Ciudad de Buenos Aires. El universo está formado por los nacidos entre 1984 y 1998, o sea jóvenes con edades comprendidas entre los 15 y 29 años, que, en 2013, concentran el 23% de la población de la Ciudad.
Se contempló un concepto de generación que no solo la define como mera cercanía de edad, sino que introduce las vivencias de carácter macrosocial que acuerdan principios compartidos de visión de la vida, del contexto y, por ende, de valores comunes (Simón, 2007). Considerando esas referencias macrosociales, se analizaron las diferencias en sus actitudes frente a la vida, su capital educativo y la influencia de sus padres en la transmisión intergeneracional del capital educacional y de oportunidades en general. El análisis es de carácter exploratorio y descriptivo, utilizando como fuente de datos la Encuesta Anual de Hogares de la Ciudad de Buenos Aires del año 2013 (EAH 2013).
Con respecto a sus actitudes frente a la vida, que responden a la pregunta ¿Qué hacen?, se ha caracterizado a los jóvenes utilizando una clasificación de Filgueira y Fuentes (1998), a través de cuatro situaciones típicas:
1) Adolescente: joven que estudia y no trabaja. Es la típica situación de dependencia económica y residencial; en general, son jóvenes solteros que viven con sus padres.
2) Adulto: joven que trabaja y ha dejado el sistema escolar.
3) En transición: jóvenes que trabajan y estudian. Se los considera formando parte de un proceso de tránsito hacia la vida adulta. 4) Aislados: jóvenes que ni estudian ni trabajan. Son los que han perdido posiciones estructurales en el mundo juvenil sin adquirirlas en el mundo adulto. Son los llamados “ni-ni”.
En el análisis de indicadores laborales, el universo se circunscribe al grupo de 20 a 29 años; y en lo referente a la transmisión intergeneracional del capital educacional, se restringe a los jóvenes de 20 a 24 años que residen con sus padres. Se ha seleccionado este universo, ya que en estas edades deberían haber concluido la enseñanza media y, además, porque la encuesta utilizada como fuente de datos identifica al padre y a la madre de los menores de 25 años, siempre que residan en el mismo hogar.
El capital educativo se ha categorizado a partir de la pregunta sobre años aprobados, estableciendo las siguientes categorías: 1) insuficiente (menos de 10 años); 2) básico (10 a 12 años); y 3) más que básico (13 años y más). Y, con el objeto de evidenciar la existencia de cambios intergeneracionales, especialmente en las jóvenes, se compara la educación de las mujeres contra la de sus madres y la de los varones versus la de sus padres.
Se han armado seis categorías combinando dos variables, según si superan la educación de sus padres y el tipo de capital educativo que lograron, a saber: 1) no superan la educación de madre/padre y no logran capital educativo básico (CEB); 2) no superan la educación de madre/ padre y logran capital educativo básico; 3) no superan la educación de madre/padre y superan capital educativo básico; 4) superan la educación de madre/padre y no logran capital educativo básico; 5) superan la educación de madre/padre y logran capital educativo básico; y 6) superan la educación de madre/padre y superan capital educativo básico.
La incidencia de la pobreza se analiza a través de un proxy, que es el hábitat, variable dicotómica: favorable y desfavorable. Esta última abarca a los hogares que residen en villas, hoteles-pensiones familiares, inquilinatos y casas tomadas, que es una de las formas tradicionales que asume el hábitat popular en la Ciudad (Mazzeo, 2013).
El universo analizado (Cuadro 1) presenta una participación equilibrada de los grupos etarios, registrándose entre las mujeres menor peso relativo de las menores de 20 años. Como correlato, el Índice de Masculinidad es mayor entre los jóvenes de 15 a 19 años y luego desciende con la edad debido a la sobremortalidad o a la emigración masculina.

La juventud se encuentra en las edades en que se adquieren las habilidades y conocimientos que les permitirán desempeñarse el resto de su vida. Como es sabido, los barrios en los que habitan los estratos de menores recursos constituyen espacios que favorecen la perpetuación de condiciones desventajosas para su integración social (CELADE, 2000). En este sentido, se observa que, en la Ciudad, la mayoría de los jóvenes reside en un hábitat favorable y solo el 13% habita en villas, inquilinatos, hoteles o pensiones familiares y casas tomadas (Cuadro 2). Estos últimos, probablemente, tendrán menos chances de salir adelante a través de los logros en su educación y de la obtención de un buen trabajo.

Desde mediados del siglo pasado, existe una traslación del calendario de vida explicable por la notable prolongación de la escolaridad en la adolescencia y juventud y la postergación de la entrada a la actividad económica (Mazzeo y Ariño, 2013; Mazzeo y Gil, 2014). Estos dos factores retrasan el momento en que se abandona definitivamente el hogar paterno. Existen evidencias de que ello se acompaña de cambios en la constitución de los hogares y en la identidad social individual al término de la adolescencia (Torrado, 2010). Los cambios sociales y la dinámica de la economía han afectado las decisiones de los jóvenes sobre sus trayectorias de vida. Alcanzar la independencia económica se ha convertido en un proceso más largo y difícil, y la familia es la instancia que les ofrece la posibilidad de permanecer en la vivienda con sus progenitores hasta que deciden o pueden emanciparse. Jelin (2010) ha observado que la familia y los vínculos de parentesco, ya sea por afinidad (elección de pareja) o por consanguinidad (filiación), sirven como base del compromiso para compartir las relaciones materiales de la reproducción diaria.
En este sentido, se consideró de importancia caracterizar el tipo de hogar en el que viven los jóvenes de la Ciudad. Como se observa en el Cuadro 3, la mayoría vive en hogares familiares. Se destaca que una quinta parte son hogares familiares monoparentales y que algo más de la mitad (57,4%) reside en hogares con núcleos conyugales completos. Se advierte que no hay diferencias por sexo y que, con el aumento de la edad, registran mayor participación los hogares no familiares y nucleares completos debido al inicio de la emancipación del hogar paterno.
Ahora bien, la juventud es un concepto vacío y engañoso; como afirmara Bourdieu (1990), no es más que una palabra. En realidad, lo que existe son los jóvenes situados en determinados contextos sociales y momentos históricos particulares (Robin y Durán, 2005). Sin duda, existen distintos grupos juveniles especiales, pero al menos cuatro de ellos reúnen características que los definen y diferencian. Ellos son los que habitualmente se usan para investigar la situación de los jóvenes frente a la vida, que en este informe se ha llamado “¿qué hacen?”.

Los jóvenes porteños en su mayoría estudian y no trabajan (36,5%), o no estudian y trabajan (32,1%); una quinta parte estudia y trabaja; y el 10,3% restante ni estudia ni trabaja (Cuadro 4). Los más jóvenes en su mayoría estudian y no trabajan. A partir de los 20 años comienza a crecer la participación de los que no estudian y trabajan y de los que estudian y trabajan. En comparación, las mujeres a partir de los 20 años estudian y trabajan más que los varones, y es importante la brecha de las que ni estudian ni trabajan. Estas últimas probablemente son las que desempeñan las tareas domésticas del hogar como estrategia reproductiva de la familia.
Varios trabajos han argumentado que se mantienen las desigualdades y se reproducen núcleos de exclusión extrema entre los que viven en hábitat más precarios (Clemente, 2014; Kessler, 2014; Mazzeo, 2013). En la Ciudad, en el grupo de los jóvenes que ni estudian ni trabajan, se registra una brecha muy importante según tipo de hábitat (Cuadro 5). Representan en el hábitat desfavorable tres veces y media más que en el favorable (27,1% contra 7,8%). En el mismo sentido, en el grupo de los que solo trabajan, es mayor la proporción en el hábitat desfavorable (44,9% contra 30,2%). Lo contrario ocurre entre los que estudian y trabajan, donde se observa una brecha importante a favor del hábitat favorable (23,2% contra 7%). Esto se relaciona, probablemente, con la necesidad de los jóvenes de estratos más bajos de aportar ingresos al hogar paterno.


Solo la mitad de los menores de 20 años del hábitat desfavorable estudian y no trabajan y 9% estudia y trabaja, participaciones que se reducen al 2% en el grupo de 25 a 29 años. Lamentablemente, la exclusión temprana de la educación profundiza y reproduce las desigualdades de oportunidades con las que contarán estos jóvenes al ingresar al mercado laboral. De esta manera, se refuerzan las cadenas de movilidad social segmentadas y se favorece la reproducción intergeneracional de las condiciones de vida familiares.
La actitud de los jóvenes frente a la vida, indudablemente, está relacionada con los ingresos del hogar en el que viven. Cuando se analiza la distribución de los jóvenes por quintiles de ingreso per cápita familiar (IPCF) según lo que hacen y su grupo etario (Cuadro 6), se verifica la importancia del entorno familiar, que crece en la medida en que disminuyen los ingresos provenientes del mercado para esa familia. Se observa que la mayoría de los jóvenes que ni estudia ni trabaja se ubica en los hogares con menores ingresos, situación muy evidente en el caso de los mayores de 19 años, donde superan el 85%. En ese mismo grupo etario, en contraposición, los que estudian y trabajan viven en hogares con ingresos superiores. Por su parte, los que solo trabajan y los que solo estudian tienen una distribución más homogénea; los primeros tienen un mayor peso en los ingresos superiores y los segundos principalmente se hallan en los inferiores. Con respecto a los más jóvenes, con excepción de los que estudian y trabajan, en su mayoría se encuentran en los hogares de menores ingresos per cápita.
Evidentemente, un factor de relevancia en las actitudes de vida de la juventud estaría relacionado con los ingresos con que cuentan los hogares y con el rol que juegan el trabajo doméstico en el hogar y el trabajo remunerado de los jóvenes en la organización familiar. Los lazos familiares operan como redes de apoyo y contención para enfrentar la vida y satisfacer las necesidades de la vida cotidiana (Mazzeo y Gil, 2014), pero también pueden influir en su trayectoria educativa. El abandono escolar está relacionado con la situación económica y se expresa con mayor intensidad en los hogares más pobres. La base económica de las familias de bajos recursos, que posibilita su reproducción, es el trabajo asalariado de sus miembros (Jelin, 2010). De allí, la importancia del trabajo remunerado de los jóvenes, que a veces los lleva a dejar de estudiar.

La trayectoria educativa y la experiencia del primer empleo dejaron de representar una movilidad social ascendente en la vida de los jóvenes. Los jóvenes de los sectores populares hacen changas con el único objetivo de sobrevivir (Salvia, 2000). Además de la brecha intergeneracional y de género, la alta segmentación socioeconómica afecta la inserción laboral juvenil. Las evidencias indican que, en América Latina, el mayor desempleo, el desaliento y el subempleo informal se dan entre los jóvenes, donde estarían concentradas la falta de oportunidades y la exclusión (Salvia, 2013).
Respecto de la inserción laboral de la juventud en la Ciudad, la tasa específica de actividad de los jóvenes de 20 a 29 años es del 76,6%, siendo mayor en los varones (Cuadro 7). En su mayoría son asalariados, con calificaciones operativas y técnicas. En comparación, las mujeres registran mayor participación de las no calificadas (el 7,6% son trabajadoras del servicio doméstico). La desocupación es alta (10,8%), prácticamente el doble de la tasa de desocupación de la población de 10 años y más (5,6%), y es mayor en las mujeres. Ahora bien, la juventud resulta particularmente afectada por el problema de la precariedad laboral −son precarios aquellos trabajadores a los que no se les descuenta ni aportan para la jubilación−: cerca de la cuarta parte de los jóvenes ocupados se encuentran en esa situación.

Otra manera de mirar la precariedad es a través de los ingresos personales, que tienen relación con las ocupaciones y su calificación. La distribución por quintiles de ingresos muestra una composición diferente según hábitat (Cuadro 8). En el hábitat desfavorable, la mayoría se ubica en los quintiles más bajos, especialmente las mujeres, hecho relacionado con su mayor participación en actividades no calificadas.

Contrariamente al rol indiscutible que se le atribuye a la educación como factor de movilidad los estudios especializados demuestran que, ante una mayor reproducción de condiciones desfavorables del hogar, la educación no cumple su rol de mejoramiento de las oportunidades de vida de las nuevas generaciones (Clemente, Molina Derteano y Roffler, 2014). También se ha afirmado que la “buena educación” tiende a fortalecer la igualdad de oportunidades, más allá de las diferencias en el nivel socioeconómico; pero que en la Argentina se estaría más cerca de la hipótesis que ve a la educación como posible vía de reproducción de la desigualdad (Jorrat, 2014).
Indudablemente, el hogar de pertenencia tiene un papel central para evidenciar distinciones en las condiciones de vida y en determinar el mayor éxito o fracaso en las trayectorias educativas de los jóvenes, pero debe ser comprendido en la perspectiva de las trayectorias y contextos socioeducativos que transitaron los padres de los jóvenes. La brecha de desigualdad no solo afecta el acceso a la escuela secundaria, sino que condiciona las trayectorias escolares, generando mayor rezago educativo en el caso de los jóvenes pobres (Clemente, 2014).
Varios trabajos argumentan que se habrían incrementado las desigualdades internas en el sistema escolar. Ya a mediados de los ochenta, se habrían conformado circuitos educativos diferenciados según la clase social. Distintos autores incorporan la idea de fragmentación educativa (Tiramonti, 2004; Tedesco y Aguerrondo, 2005). Por otro lado, se ha observado que un sistema educativo que ha realizado un proceso de inclusión pero que tiene desigualdades internas sería más igualitario que el anterior, que era más homogéneo pero que tenía exclusión (Kessler, 2014). Estos cambios habrían favorecido la inclusión de los sectores menos aventajados, aumentando su cobertura en la escuela media. También se ha afirmado que resulta altamente probable que a los niños que proceden de hogares con alto nivel educativo les vaya mejor, independientemente de la acción de la escuela (Dussel, 2004).
En la Ciudad, los jóvenes tienen en promedio 12 años de escolaridad (Cuadro 9), observándose cerca de 3 años de brecha al compararlos según tipo de hábitat. Cuando se los considera por edad, se destaca que esta brecha aumenta con el incremento de años: comienza en 2 años entre los 15 y 19 años y llega a los 4 años en el grupo 25 a 29 años, debido a la deserción escolar que es mayor en el hábitat desfavorable. En general las mujeres, sin importar la edad ni el tipo de hábitat, registran mayor promedio de años de escolaridad, pero la brecha es mayor según hábitat, especialmente a partir de los 20 años.
Como ya se señalara, para investigar la transmisión intergeneracional del capital educativo, se seleccionó a los jóvenes de 20 a 24 años. Se destaca que, sin importar el sexo, los padres registran altas proporciones de escolaridad insuficiente (menos de 10 años); no obstante, existe una cuarta parte de las madres que registra 13 años y más de escolaridad (Cuadro 10). Cuando se compara la escolaridad de los jóvenes con la de sus padres, en los varones el 60,8% registra mayor escolaridad que sus padres, el 32,8% igual escolaridad y el 6,4% restante menos años de escolaridad. En el caso de las mujeres, el 59,2% tiene mayor escolaridad, el 32,1% registra igual cantidad de años y el 8,7% menos años de escolaridad.



Es evidente que, en su mayoría, los jóvenes registran mayor o igual escolaridad que sus padres. Ahora bien, con el objeto de indagar la incidencia de la pobreza en la transmisión intergeneracional del capital educativo, se analizó la misma información según tipo de hábitat (Cuadro 11).
En primer lugar, se destaca que los padres del hábitat desfavorable, casi en su totalidad, presentan una escolaridad insuficiente: cerca del 96% tienen menos de 10 años de estudio. En cuanto a los jóvenes, también registran una alta participación de esta categoría (entre el 38% y 44% según sexo), cerca de la mitad logra un capital educativo básico y un pequeño porcentaje supera los 12 años de escolaridad, aún menor en los varones. Las brechas más importantes con el hábitat favorable se observan en la escolaridad insuficiente (más de 30 puntos porcentuales) y en la mayor escolaridad (más de 40 puntos porcentuales). Estas diferencias ya se habían verificado al analizar el promedio de años de escolaridad según el hábitat.
Al considerar el cruce de los años de escolaridad por sexo, se destaca que, en ambos hábitats, el peso relativo de las mujeres jóvenes que superan la escolaridad básica y tienen madres con escolaridad insuficiente casi duplica al de los varones (12% y 6,5%, respectivamente).
Cuando se utiliza el nomenclador ampliado de seis categorías que combina las dos variables −si superan o no la educación de sus padres y el tipo de capital educativo que lograron los jóvenes (Cuadro 12)−, se observa que más del 70% de los jóvenes alcanza una mayor escolaridad que la de sus padres. El 39% de las mujeres supera la educación de sus madres y el capital educativo básico, es decir registra 13 años y más de escolaridad. Por su parte, cerca del 30% de los varones corresponde a esta categoría; se corrobora, por lo tanto, la mayor escolaridad de las mujeres.

Al analizarlo según tipo de hábitat (Cuadro 13), se destaca que, si bien más del 95% de los jóvenes del hábitat desfavorable supera la educación de sus padres, cerca de la mitad solo logra un capital educativo básico (10 a 12 años), y un mínimo porcentaje, aun menor en los varones, supera los 12 años de escolaridad.[1]

Ahora bien, con el objeto de profundizar el análisis de esta relación, es decir demostrar no solo si superan o no la educación de sus padres y si superan o no el capital educativo básico, sino también si lo pueden superar en el futuro, se circunscribió el universo a los jóvenes de 20 a 24 años que continúan asistiendo a la enseñanza y se agrupó en cuatro categorías la transmisión intergeneracional. Vale aclarar que, en el hábitat favorable, el 60,4% de los varones y el 69,7% de las mujeres continúan estudiando, mientras que en el desfavorable lo hacen el 20% y 22%, respectivamente.
En el hábitat favorable, los jóvenes que continúan estudiando (Gráfico 1), en su mayoría, superan los años de escolaridad de sus padres; cerca de la mitad, en ambos sexos, ya superaron el capital educativo básico; el 20,1% de los varones y el 14,4% de las mujeres pueden llegar a superarlo; y una tercera parte no supera la educación de sus padres, pero quizás pueda llegar a superarla. Por su parte, en el ámbito desfavorable (Gráfico 2), la mayoría supera los años de escolaridad de sus padres y, si bien no alcanza a superar la escolaridad básica, podría llegar a hacerlo. Se destaca una importante participación de jóvenes que van más allá de la educación básica y que continúan estudiando (49,7% de las mujeres y 32,5% de los varones).
Estos valores estarían demostrando que no existiría una relación directa entre la transmisión intergeneracional del capital educativo y el hábitat, pero que sí existe una brecha marcada según tipo de hábitat en la escolaridad de los jóvenes. Esto sí reflejaría la desigualdad de oportunidades, de las chances de estos jóvenes de salir adelante, tanto en los logros educativos como en la posibilidad de obtener un buen trabajo.


La escuela media es cada vez más necesaria; quienes no culminan este nivel quedan casi totalmente al margen de la posibilidad de acceder a empleos de calidad, especialmente en el sector tecnológico moderno. Se ha demostrado que los nuevos usos tecnológicos y las restricciones de calificación que presenta el mercado de trabajo afectan de manera especial a los jóvenes (Salvia, 2000). El empleo, aun el precario, es en general escaso y de acceso privilegiado. Estudios recientes pusieron de manifiesto que el aumento de la tasa de escolaridad no se tradujo en un acceso a empleos de mejor calidad para todos los jóvenes (Salvia, 2013). Por lo tanto, el mayor déficit educacional provoca que los jóvenes de los sectores más pobres enfrenten situaciones de exclusión social.
El objetivo del informe fue aportar al conocimiento y al debate sobre la situación actual de la juventud en la Ciudad de Buenos Aires. Muchas veces se ha considerado que los jóvenes constituyen un problema, pero en realidad se los debería ver como un activo de la sociedad, pues el tránsito hacia su adultez contribuirá al desarrollo económico y social futuro.
La juventud, es un “período” caracterizado por aspiraciones: deseos de vivir solo o de convivir con pares, de conocer la vida antes de asumir responsabilidades, etc. Es una etapa biopsicológica, pero también constituye una posición socialmente construida y económicamente condicionada.
En su mayoría, los jóvenes porteños aún viven con sus padres; y vivir en familia implica desarrollar diferentes actividades, afrontar responsabilidades y compartir afectos. Todo esto está marcado por el género, la generación y la clase social.
La dinámica familiar está muy influenciada por la situación socioeconómica, que afecta la forma en que se logra acceder a los recursos y articularlos para obtener y preservar un estilo de vida con bienestar. Por ello se partió de los interrogantes ¿Quiénes son y qué hacen los jóvenes de la Ciudad? y ¿Existe transmisión intergeneracional de oportunidades en los jóvenes de la Ciudad?, buscando identificar las distintas situaciones y describir sus rasgos más distintivos.
En la Ciudad, gran parte de los jóvenes vive en hogares que residen en un hábitat favorable; solo el 13% de ellos habita en villas, inquilinatos, hoteles o pensiones familiares y casas tomadas. Cerca de la mitad son hijos de hogares nucleares completos y solamente un tercio es jefe o pareja del jefe del hogar, es decir se ha emancipado del hogar de sus padres. La mayoría estudia y no trabaja o no estudia y trabaja, y apenas el 10% ni estudia ni trabaja. En general, los “ni-ni” son mujeres y se ubican en los estratos bajos. En las familias de clase baja, son las jóvenes las que se dedican a las tareas del hogar y al cuidado de sus integrantes, situación que no se contempla en el mercado laboral, pero que constituye un uso productivo de su tiempo.
En el ámbito laboral, los jóvenes aquí estudiados registran altas tasas de desocupación, y casi todos los que trabajan son asalariados en ocupaciones técnicas y operativas. La cuarta parte posee empleos precarios. En este aspecto, existen diferencias por sexo y según hábitat: las mujeres registran menores tasas de actividad y mayor desocupación y participación en ocupaciones no calificadas; en el hábitat desfavorable, la mayoría se ubica en los quintiles de ingresos más bajos.
Indudablemente, las trayectorias y contextos socioeducativos que transitaron los padres de los jóvenes tienen un papel central en cuanto a distinciones en las condiciones de vida y a determinar el mayor éxito o fracaso en las trayectorias educativas de los jóvenes. En la Ciudad, los jóvenes tienen en promedio 12 años de escolaridad. Al compararlos según tipo de hábitat, se observa que entre los 15 y 19 años se registra cerca de 2 años de brecha en la escolaridad, la cual llega a los 4 años en el grupo de 25 a 29 años. Esto se debe a la deserción escolar, que es mayor en el hábitat desfavorable. En general, las mujeres, sin importar el grupo etario ni el tipo de hábitat, registran mayor promedio de años de escolaridad, pero ostentan una mayor brecha según hábitat.
Los jóvenes porteños de 20 a 24 años presentan, en su mayoría, mayor o igual escolaridad que sus padres. No obstante, cuando se los compara según hábitat, se constata que parten de niveles educativos de los padres muy diferentes. El 95% de los jóvenes del hábitat desfavorable supera la educación de sus padres, pero cerca de la mitad solo logra un capital educativo básico (10 a 12 años), y un mínimo porcentaje, incluso menor en los varones, supera los 12 años de escolaridad. Si, además, se considera si aún continúan estudiando, las diferencias son muy notables: más del 60% de los jóvenes del hábitat favorable asiste a la enseñanza mientras que en el desfavorable lo hace el 20 por ciento.
Estos valores estarían demostrando que en la escolaridad de los jóvenes existe una brecha marcada según tipo de hábitat Además, refleja la desigualdad de oportunidades y de las chances de estos jóvenes de salir adelante, tanto en los logros educativos como en la posibilidad de obtener un buen trabajo.














