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Evolución de la estructura de clases y el bienestar material en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires contemporánea (2004-2015)
Evolución de la estructura de clases y el bienestar material en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires contemporánea (2004-2015)
Población de Buenos Aires, vol. 17, núm. 29, pp. 20-35, 2020
Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires
Resumen: En este artículo analizamos los rasgos que asumió la estructura de clases de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) en el período 2004-2015. Utilizando como fuente de datos, principalmente, la Encuesta Anual de Hogares (EAH) relevada anualmente por la Dirección General de Estadística y Censos del Gobierno de la CABA, nos preguntamos acerca de cómo han evolucionado las clases sociales en términos de tamaño y composición, y cuánto se han distanciado o acercado respecto al bienestar material de los hogares que las conforman. Del análisis de los datos se desprende que la estructura de clases mantiene la configuración signada durante los años noventa, aunque con una relativa composición de la clase obrera calificada y la clase directivo-profesional. Por otro lado, el estudio de los ingresos y el acceso a la vivienda, en tanto dos activos del bienestar material de los hogares, muestra cierta reducción de la desigualdad respecto al primero, pero un fortalecimiento en las brechas respecto a la propiedad de la vivienda.
Abstract: In this article we analyze the characteristics assumed by the class structure of the Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) in the period 2004-2015. Using as data source, mainly, the Annual Household Survey (EAH) carried out annually by the General Directorate of Statistics and Censuses of the Government of CABA, we wonder about how social classes have evolved in terms of size and composition, and how much they have distanced or approached with respect to the material well-being of the households. From the analysis of the data, it can be deduced that the class structure maintains the configuration established during the 1990s, although with a relative composition of the qualified working class and the managerial-professional class. On the other hand, the study of income and access to housing, as two assets of the material well-being of households, shows a certain reduction in inequality with respect to the first, but a strengthening in the gaps with respect to home ownership.
Introducción
El presente trabajo tiene como objetivo principal analizar algunos de los rasgos que asume la estructura social y económica de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) para el período comprendido entre 2004-2015. Principalmente nos enfocamos en el estudio de la estructura de clases, en tanto una de las posibles formas de acceso a la problemática de la desigualdad social.
Los propósitos que perseguimos son dobles. Por un lado, como bien señalamos, esperamos poder construir una “imagen” dinámica sobre las persistencias y cambios estructurales en la ciudad para el período neo-desarrollista, intentando dar cuenta del modo en que las estrategias de desarrollo y los arreglos institucionales operan sobre la estructura social (Adelantado et al., 1998). Por el otro, en términos más sustantivos y como contribución al campo de estudios de la estratificación social, nos interesa evaluar los alcances y la potencialidad, al menos desde un enfoque descriptivo, del concepto de clase social en el estudio de la desigualdad social.
Frente a la especificidad de otros estudios que analizan en su conjunto al Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), en este artículo proponemos un “recorte espacial” sobre la CABA, debido a las características y dinámicas propias que la diferencian del resto del aglomerado, convirtiéndola en una “ciudad de clases medias” (Benza, 2016). De este modo, los estudios recientes en la temática han centrado su mirada en la caracterización y/o evolución de la estructura de clases (re)configurada luego del período neoliberal (Benza, 2016; Chávez Molina y Pla, 2018; Chávez Molina y Sacco, 2015; Dalle, 2012; Maceira, 2016; Pla et al., 2018; Sacco, 2019) y en los procesos de movilidad social (Dalle, 2016; Jorrat, 2016; Pla, 2016; Poy y Salvia, 2019; Quartulli, 2016; Rodríguez de la Fuente, 2019a). Sin embargo, estos estudios han fijado su atención en el AMBA o en la Argentina urbana, analizando la CABA únicamente en términos comparativos frente a otras provincias o aglomerados del país. Para encontrar estudios específicos sobre la estratificación social en la CABA, debemos remontarnos al temprano trabajo de Germani (1981 [1942]) sobre la clase media porteña, realizado a partir del censo de la ciudad de 1936, o a los trabajos de movilidad social de Rubinstein (1973) y Jorrat (1997). A partir de dichos antecedentes nos preguntamos: ¿cuál es la configuración de la estructura de clases reciente en la CABA? ¿En qué medida los cambios a nivel de las estrategias de desarrollo tuvieron efectos sobre las clases sociales en su dinámica y composición, aun a nivel subnacional, como es en el caso de la ciudad? ¿Cómo han evolucionado las distancias, en términos de brechas, entre las clases sociales respecto a las condiciones de vida en la ciudad?
En este sentido, dos objetivos específicos se abren en este trabajo. Por un lado, caracterizar y describir la configuración que adquiere la estructura de clases en la ciudad a partir de su evolución, tamaño y composición interna (estratos sociales). Por el otro, indagar, en términos descriptivos, la relación existente entre el posicionamiento de los hogares en la estructura de clases y el acceso al bienestar material. Específicamente nos interesa dar cuenta de las brechas existentes y su tendencia en el período bajo estudio, enfocándonos en dos activos de los hogares constitutivos del bienestar material (Actis Di Pasquale, 2017; Boltvinik, 2004): los ingresos monetarios y el acceso a la vivienda.
El artículo se compone de cinco partes. En una primera instancia realizamos una breve revisión teórica de las nociones de clase social, bienestar material y estrategias de desarrollo, que servirán de herramientas conceptuales para el análisis de los resultados. Posteriormente definimos las principales orientaciones metodológicas que guían la investigación: universo de estudio, fuentes de datos utilizadas y operacionalización de conceptos. A continuación presentamos el análisis de la información, en primer lugar a través del estudio morfológico de la estructura de clases y de sus cambios en el período, seguido por la indagación del vínculo entre el posicionamiento de clase y los dos activos señalados de bienestar material. Finalmente, a modo de conclusión, señalamos algunos elementos emergentes del trabajo así como desafíos futuros que surgen de la investigación.
Clases sociales, bienestar material y estrategias de desarrollo: algunas precisiones conceptuales
¿Por qué clases sociales?
Hablar de clases sociales implica la realización de un recorte sobre las complejas relaciones que conforman la realidad y adentrarse en discusiones teóricas clásicas aún no saldadas (Savage, 2016). Específicamente, el enfoque de clases, deudor tanto de las tradiciones marxistas como weberianas, y de los debates abiertos desde mediados de siglo XX, se constituye como una de las principales formas de acceso al estudio de la estructura social. Ahora bien, ¿por qué estudiar las clases sociales hoy?, ¿qué particularidades presentan, en tanto formato de agregación de individuos y hogares, frente a otras formas de agrupamiento (sobre la base del género, la edad o la identidad cultural)?
Las respuestas a estos interrogantes, centrales en la sociología clásica y actual, remiten a diversos niveles, a los que trataremos de atender resumidamente. En primer lugar, podemos decir, a grandes rasgos, que la centralidad del enfoque radica en la primacía que asume la esfera económica en la definición de los grupos como clases (Giddens, 1991: 319). Podemos encontrarnos con definiciones que hacen mayor hincapié en las ocupaciones, en las relaciones o en los ingresos como aspectos definitorios, aunque la explicación, como señalamos, siempre se concentre en el plano económico. Como señala Carabaña (1997), entonces, las clases sociales son solo un aspecto de la estructura social, en la que intervienen otras formas de agrupamientos y relaciones.
En segundo lugar, dentro de lo que podemos denominar “enfoque de clases”, nos interesa centrarnos en lo que se entiende como “análisis de clase”, es decir, el estudio de los aspectos que están condicionados y vinculados al posicionamiento de clase que presentan los individuos (Carabaña, 1997). El estudio de las clases sociales no solo resulta sugerente en la medida que permite un abordaje sobre la estructura social y su conformación en el tiempo, sino también debido al papel crucial que estas tienen en la definición de un régimen o sistema de desigualdades sociales (Dubet, 2015). Esta concepción llevó, en términos extremos, a considerar a la clase social como la variable independiente por excelencia a la hora de explicar los más vastos fenómenos sociales (ingresos, voto, orientaciones culturales, consumos), poniendo en un rol secundario u omitiendo otros factores de diferenciación.
En tercer lugar, tanto como respuesta a la supremacía de la clase como variable central en la explicación de la realidad social como también al reacomodamiento analítico frente a los cambios ocurridos en el capitalismo postfordista, se llegó a presentar a la clases social como un fenómeno muerto o en vías de descomposición (Clark y Lipset, 1991; Grusky y Weeden, 2001). De este modo, algunos autores marcan el surgimiento y/o la intensificación de otros patrones de desigualdad (sobre la base del género, las ocupaciones, las redes o las trayectorias individuales), que el análisis de clases no puede capturar, y que se filtra, entre otros procesos, en la variabilidad y heterogeneidad de los modelos biográficos vitales (Beck, 1998) y en la aparición de desigualdades intracategoriales (Fitoussi y Rosanvallon, 1997).
Finalmente, como respuesta a dicha crítica, que resumidamente hemos presentado, pero que sirve de fundamento para mostrar el concepto de clases como un “artefacto anticuado”, es importante destacar el enfoque probabilístico que enmarca la relación clase / oportunidades de vida, “en tanto que las primeras no determinan necesariamente el logro de ciertas oportunidades de vida sino solo una probabilidad típica de alcanzarlas” (Benza, 2014: 22). Cada posición de clase implica una “causalidad de lo probable” sobre un rango de oportunidades de vida y cierta variabilidad de oportunidades de vida entre miembros de una misma clase es esperable debido a que estas no dependen de un único factor (Bourdieu, 2012). De esta forma, ni la posición de clase se corresponde a un “paquete” único de oportunidades de vida, ni las oportunidades de vida son estructuradas únicamente por la estructura de clases.
El bienestar material como faceta de las oportunidades de vida
En referencia a las oportunidades de vida, el bienestar puede ser pensado como una faceta sobre la cual la posición de clase genera condicionamientos y probabilidades típicas de ocurrencia. No es objeto de este trabajo presentar detalladamente el debate que se encuentra detrás del concepto de bienestar pero sí vale aclarar que se trata de una noción polisémica y compleja, ya que da cuenta tanto de aspectos normativos (lo deseable), ontológicos (reclamos de caracterización de la realidad “tal cual es”) y epistemológicos (acerca de la manera de conocerlo: en forma objetiva o subjetiva, relativa o absoluta) (Martínez Franzoni, 2006: 46).
Siguiendo a Kessler (2014: 28), podemos definir al bienestar, en términos generales, como la distribución diferencial de bienes y servicios que originan diversos grados de libertad, autonomía y posibilidades de realización personal desiguales. Dentro de los satisfactores de bienestar más revisados y medidos en distintas investigaciones y trabajos, pueden nombrarse las siguientes fuentes: el ingreso corriente; el patrimonio familiar (bienes durables y activos que proveen servicios básicos al hogar); los activos no básicos y la capacidad de endeudamiento del hogar; el acceso a los bienes y servicios que ofrece el gobierno; el tiempo libre y el disponible para el descanso, el trabajo doméstico y la educación y los conocimientos de las personas (Boltvinik, 2004: 439-440).
Puntualmente, en este trabajo nos centramos en dos satisfactores: los ingresos y la propiedad de la vivienda1 . Los ingresos son una dimensión relevada, prácticamente, en todos los estudios sobre el bienestar. En las economías de mercado, estos se configuran como la principal fuente de acceso a bienes y servicios, y como uno de los principales indicadores de desigualdad (Martínez Franzoni, 2006: 13-14). Una serie de trabajos elaborados en distintos países (Albertini, 2013; Weeden et al., 2007) han enfatizado la persistencia de la clase como factor explicativo de los ingresos y ahorros. Asimismo, algunos trabajos señalan el crecimiento, en el último cuarto del siglo XX y principios del XXI, de las desigualdades de ingresos intracategoriales o a nivel de microclases (Benza, 2016; Weeden et al., 2007), lo que se traduce en una mayor importancia que debe asignársele a los mecanismos de cierre que se efectúan a nivel de estratos ocupacionales.
El estudio del acceso de la vivienda también es señalado frecuentemente como un aspecto relevante, en tanto dimensión del bienestar material (Actis Di Pasquale, 2017; Kaztman, 2000). Su importancia radica, al menos, en dos cuestiones centrales: su rol como activo patrimonial y como proveedor de cierta “seguridad ontológica”. Respecto a la primera dimensión, podemos pensar a la vivienda en tanto activo económico que puede utilizarse ante una contingencia y es, en consecuencia, proveedor de seguridad financiera. Así también es un bien proclive a ser transferido de generación a generación (Bourdieu, 2000; Kurz y Blossfeld, 2004; Lersch y Luijkx, 2015). En segundo lugar, en tanto valor de uso, la propiedad de la vivienda otorga seguridad frente a la incertidumbre preponderante en otros tipos de tenencia, tales como el alquiler o la ocupación de hecho (Saunders, 1984). Además de constituirse como una de las inversiones económicas más importantes en la vida de las personas, la propiedad de la vivienda implica “una inversión social, en la medida en que encierra una apuesta sobre el porvenir o, más exactamente, un proyecto de producción biológica y social” (Bourdieu, 2000: 29).
Estrategias de desarrollo y estructura de clases: el caso del neodesarrollismo
Hasta aquí hemos presentado algunos lineamientos conceptuales que nos permiten dar cuenta de la relación existente entre el posicionamiento de los individuos y los hogares en la estructura de clases y la distribución del bienestar material. Si la estructura de clases remite a las desigualdades en las condiciones y oportunidades que los individuos tienen para moverse y desenvolverse en la estructura social, el bienestar material hace referencia a los resultados en la distribución (in)justa de determinados bienes y recursos (Dubet, 2011).
Un tercer aspecto interviniente en la relación entre ambas instancias (posición de clase y bienestar) en la que fundamentalmente operan las relaciones de mercado y producción es el rol que asume el Estado. Torrado (1992, 2007) ha estudiado el modo en que las distintas estrategias de desarrollo, orientadas principalmente desde el Estado, han configurado la estructura de clases argentina en el siglo XX, así como modificado las pautas vinculadas al bienestar. Asimismo, otros autores han identificado a la política social como elemento central para caracterizar la relación entre Estado y estratificación social, al gestionar determinados riesgos sociales originados en la esfera mercantil, identificados en la literatura como riesgos de clase (EspingAndersen, 2000) o desigualdades de clase (Adelantado et al., 1998: 136-137). De este modo, los comportamientos y estrategias familiares que despliegan los hogares para su reproducción (biológica y económica) no solo se ven condicionados por su posicionamiento de clase, sino también por las intervenciones implicadas en función de las estrategias de desarrollo mediante diversas políticas públicas (Torrado, 1982).
En este sentido, es central hacer foco en algunos de los aspectos económicos que caracterizaron la estrategia de desarrollo dominante en el período bajo estudio, a los fines de ser retomados posteriormente en el análisis de los resultados. El marco temporal del estudio se centra en lo que diversos autores han denominado como “neodesarrollismo” (Féliz y López, 2012; Katz, 2015; Varesi, 2016), modelo de acumulación que comienza luego de la crisis social desatada hacia finales de 2001 y la salida de la convertibilidad y que finaliza hacia finales de 2015 con el cambio de gobierno nacional. No es objeto de este este artículo caracterizar el período histórico en forma detallada, sin embargo es necesario, al menos, hacer dos menciones.
En primer lugar, aun asumiendo que los cambios producidos en el plano socioeconómico implicaron ciertas rupturas con el modelo de acumulación previo, no existe un consenso sobre cómo denominar a dicho período, producto de los debates en torno a la preminencia de ciertos rasgos novedosos o continuadores con respecto al pasado. Otros autores han definido al modelo como “de crecimiento bajo políticas heterodoxas” (Lindenboim y Salvia, 2015) o descriptivamente como “posconvertibilidad” (CENDA, 2010; Schorr y Wainer, 2014). En este contexto, la noción de “neodesarrollismo” presenta una explicación positiva sobre aquello que pretende predicar y no se construye únicamente a partir de la diferencia.
En términos resumidos, más allá de ciertas condicionalidades heredadas del proceso de valorización financiera y sin pretender una ruptura explícita con el mismo, el neodesarrollismo se caracterizó tanto por la importante regulación estatal, principalmente evidenciada a través del control de la política económica, como por una relativa impronta industrialista y productivista (Féliz y López, 2012; Varesi, 2016).
En segundo lugar, dentro de esta discusión tampoco hay unanimidad respecto a las características y transformaciones que presenta el modelo a lo largo del tiempo, aun cuando la mayor parte de la bibliografía acuerda en que los años 2007-2008 funcionan como bisagra (Arceo et al., 2012; Beccaria y Maurizio, 2017; Damill y Frenkel, 2015; Kessler, 2014; Piva, 2018; Varesi, 2016) que separaría a un momento de mayor crecimiento económico de otro menor crecimiento y/o estancamiento. La primera subetapa se caracterizó por presentar un alto crecimiento económico; una incipiente aunque notoria recuperación del sector industrial; un aumento sostenido del empleo, acompañado por mejoras salariales y de condiciones laborales; dinamismo del mercado interno y una mejora en el desempeño de la balanza comercial y las cuentas fiscales. Por el contrario, la segunda subetapa mostró ciertas limitaciones a las políticas de crecimiento características del momento anterior, ayudada también por la crisis financiera internacional de 2008; la aplicación de ciertas políticas anticíclicas (Asignación Universal por Hijo, AUH, reestatización del régimen previsional, devaluación gradual, programas REPRO, reestatizaciones); crecimiento de la inflación; restricción externa en la balanza de pagos; agotamiento del crecimiento industrial así como una desaceleración en la creación de empleo.
Diseño metodológico
La principal fuente de datos utilizada fue la “Encuesta Anual de Hogares” (EAH) relevada anualmente por la Dirección General de Estadística y Censos del Gobierno de la CABA. Esta se realiza desde 2002, aunque las bases usuarias disponibles comienzan a partir de 2004, de aquí que nuestro período de estudio tenga como límite inferior dicho año. La muestra es probabilística estratificada proporcional. Por su parte, para el estudio del acceso a la vivienda, se recurrió a los datos de “Encuesta Nacional sobre la Estructura Social” (ENES), llevada a cabo en el marco del Programa de Investigación sobre la Sociedad Argentina Contemporánea (PISAC) en 2014-2015 y la “Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares 2004-2005” (ENGHo) realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC).
La población de estudio a analizar son los hogares con jefe/a y/o cónyuge ocupados, mayores de 30 años, que residían en la CABA en el período 2004-20152 . Esto no implica la exclusión de la totalidad de individuos que por su condición de actividad (desocupada o inactiva) no ingresaran en esa definición. Al ser el hogar la unidad de análisis, una proporción relevante de los individuos “no ocupados” (estudiantes, jubilados, desocupados, rentistas, entre otros) derivan su posición de las características asumidas por el jefe/a y/o su cónyuge. En la bibliografía especializada puede encontrarse esta forma teórica-metodológica de clasificación como relaciones “derivadas” o “mediatas” de clase (de Ipola y Torrado, 1976: 209; Wright, 1997: 132–133). Dependiendo del año del relevamiento, la muestra de hogares seleccionada alcanza entre el 62% y 65% del total de hogares de la CABA3 .
En términos espaciales, el recorte sobre la CABA implica la consideración de una división político-administrativa por sobre el continuum configurado por el Aglomerado Gran Buenos Aires, a través del entramado de edificaciones y calles (Bertoncello, 2010). Entendiendo que dicho recorte puede llevar a desconocer ciertas relaciones y configuraciones socio-económicas del aglomerado en su conjunto, abordadas en Pla et al. (2018), por otro lado nos permite estudiar las dinámicas propias que hacen de la misma una “ciudad de clases medias” y que con frecuencia, quedan soslayadas en la mayor parte de los estudios sobre estratificación social.
Por otro lado, una de las principales cuestiones metodológicas en este tipo de estudios es la operacionalización del concepto de clase social. En este caso tomamos como punto de partida la propuesta elaborada por Torrado (1992, 1998), y las posteriores actualizaciones y adaptaciones para su utilización con diversos clasificadores de ocupación (Sacco, 2016, 2019). La autora recurre a cinco variables que conformarán lo que podríamos denominar el “esqueleto” de las clases sociales: la ocupación, la categoría ocupacional, el sector de actividad, el tamaño del establecimiento y la rama de actividad. Del entrecruzamiento de las distintas variables se genera una estratificación ocupacional que da lugar al “Clasificador de la Condición Socioocupacional” (CSO). En anexo presentamos la construcción del CSO a partir de la combinación de las distintas variables intervinientes (ver Tabla 2)4 .
En su versión agregada el nomenclador discrimina once estratos socio-ocupacionales. Mientras que la ocupación, la categoría ocupacional y el tamaño del establecimiento permiten establecer diferenciaciones verticales en la estratificación (formando, según la autora, capas sociales), la rama y el sector de actividad permiten diferenciar a los estratos en términos horizontales, es decir, en fracciones de clase (Torrado, 1998: 235). Finalmente, el nomenclador puede ser agregado en tres clases sociales, definidas por la autora como clase alta, media y obrera, terminologías que “se relacionan más con la forma simbólica en que dichos colectivos existen en la cultura política argentina, que con una adhesión más explícita a algunas de las incontables teorizaciones existentes (…)” (Torrado, 1998: 236).
En este artículo utilizamos tanto el CSO a nivel agregado, es decir, la clasificación de once estratos, así como su recategorización en un sistema de clases de cinco categorías. En primer lugar, la estratificación propuesta por el CSO nos permite indagar sobre diferenciaciones internas a las clases sociales, puntualmente para analizar su evolución de tamaño y composición en el tiempo. Por otro lado, para el estudio del nivel más agregado, proponemos un formato distinto del de Torrado (ver Tabla 1), debido principalmente a tres aspectos5 : 1) el uso de una clasificación tripartita (clase alta, media y obrera) impediría el estudio de fronteras y delimitaciones existentes dentro de la propia “gran clase media”; 2) a su vez, el uso de diferenciaciones, como propone la autora en función de la autonomía laboral (condición salarial o cuenta propia), impide la discriminación entre las clases de otros factores también relevantes, como pueden ser la propiedad, el control del trabajo ajeno o las calificaciones; 3) la consideración de la clase alta como una categoría separada, si bien teóricamente puede ser pertinente, en tanto corresponde a ocupaciones directivas y propietarios de grandes empresas, su incidencia estadística y captación por encuestas de hogares es mínima, por lo que puede llevar a elevados errores de estimación.
Finalmente, una cuestión a considerar es cómo asignar la posición de clase de un hogar. No hay consenso en la literatura sobre estratificación social respecto a qué metodología utilizar y conviven enfoques que derivan la posición de clase del hogar de la situación del jefe/a de hogar, de la comparación de la situación socio-económica del jefe/a y/o cónyuge o de la creación de tipologías de hogares (Dalle et al., 2015; Erikson, 1984; Gómez Rojas y Riveiro, 2014; Torrado, 1982). En esta investigación optamos por el segundo enfoque (de dominancia), que se basa en la determinación de la posición de clase del hogar a partir de la situación de clase del jefe/a o cónyuge cuya inserción sea más decisiva de cara a la determinación de intereses, patrones de consumo o condiciones de vivienda. En términos simplificados, dicho enfoque deriva la condición de clase del hogar de la posición mejor situada entre los cónyuges, en nuestro caso a nivel de estrato social. Puntualmente para aquellos hogares no nucleares o con el núcleo incompleto (ausencia de uno de los cónyuges) se tomará directamente la posición del jefe/a como indicador.

Esquema de clases según Torrado
Fuente: elaboración propia sobre la base de Torrado (1998)Tamaño, composición y evolución de las clases sociales
Siguiendo la propuesta de análisis de la evolución de la estructura de clases a partir de datos censales o encuestas de hogares, iniciada por Germani (1955), continuada por Torrado (1992) y retomada recientemente por diversos autores (Benza, 2016; Chávez Molina y Sacco, 2015; Dalle, 2012; Maceira, 2016; Pla et al., 2018; Sacco, 2019), en este apartado tenemos como propósito caracterizar la estructura de clases porteña en función de su volumen, dinámica y composición. Para realizar esto, partimos del análisis de la distribución de los hogares en el período 2004-2015. Este enfoque nos permite, por un lado, conocer el modo en que se configura la estructura de clases de la CABA. Por otro lado, el análisis diacrónico de la evolución de las clases sociales nos acerca a una mejor comprensión sobre el modo en que dichos agrupamientos son sensibles o no a los cambios ocurridos respecto a la estrategia de desarrollo.
A continuación presentamos la evolución de la estructura de clases (Gráfico 1). En anexo, para consulta, se presenta la información en formato tabla tanto a nivel de clases, como en términos de estratos sociales medidos a partir del nomenclador de la condición socio-ocupacional (CSO) en su versión agregada (Tabla 3).
Como saldo del período 2004-2015, podemos observar que la estructura de clases ha mantenido su configuración consolidada en tiempos pasados, con una clase obrera pequeña que representa en promedio a un 26% de los hogares residentes en la CABA y una gran clase media, que alcanza un 51% en su capa inferior (clase media técnico-rutinaria y pequeña burguesía) y un 23% en la superior. Dichos datos son consistentes con los presentados por Benza (2016) y Maceira (2018) en sus estudios comparativos sobre las regiones de Argentina, en donde a partir de la utilización de datos provenientes de la EPH-INDEC y de la ENESPISAC, respectivamente, muestran a la CABA como el aglomerado con mayor población de clase media y menor a nivel país.

Evolución de la estructura de clases (en porcentaje). Ciudad de Buenos Aires. Años 2004-2015
Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Hacienda y Finanzas GCBA). EAH.Sin embargo, tal como plantea Dalle (2012), la estructura de clases reciente refleja dos procesos de cambio estructural que, podemos agregar, funcionan a distintos niveles: uno signado por el proceso de terciarización de la economía propio del modelo aperturista, y otro, ligado al cambio en el modelo de acumulación, que si bien no ha revertido los efectos anteriores, ha dotado a la estructura de clases de ciertos niveles de recomposición. En este sentido, dos tendencias contrapuestas pueden ser visualizadas. Por un lado, evidenciamos un relativo crecimiento tanto de la clase directivo-profesional como una recomposición de la clase obrera calificada (teniendo la primera un crecimiento de 2,2 pp. y la segunda de 1,7 pp.). Por el otro, la clase obrera no calificada y, principalmente, la pequeña burguesía, han sido las que redujeron su volumen hacia el final del período (esta última en una variación negativa de 4,1 pp.). Claro está que, si bien estos procesos se dieron en forma más o menos sostenida a lo largo del período, su máxima aceleración fue alcanzada en el momento del mayor dinamismo económico y del mercado de trabajo (con fuerza en la rama de la construcción y manufactura), es decir, entre 2004 y 2007 (Benza, 2016: 118). Por su parte la clase media técnicorutinaria, si bien ve reducida su participación relativa en los primeros años, a partir de 2012 comienza a crecer fuertemente y es el grupo que mantuvo, en mayor medida, su volumen inicial.
Observar la composición interna de las clases a nivel de estrato social (ver Tabla 3 en anexo), nos permite profundizar sobre los cambios producidos en el período. De esta forma, ¿cuáles fueron los estratos que experimentaron mayores transformaciones en su tamaño? En el interior de la clase obrera no calificada puede observarse que su disminución fue homogénea en los tres estratos que la conforman; por su parte, la clase obrera calificada vio explicado su crecimiento específicamente por el estrato de obreros calificados, ya que, más allá, de las oscilaciones las posiciones autónomas (TEA) se mantuvieron en niveles estables. Similares resultados pueden hallarse en estudios sobre la estructura de clases del Gran Buenos Aires, tanto desde un enfoque de clases (Pla et al., 2018: 202), como desde la segmentación de los mercados (Salvia et al., 2015) al evidenciarse una reducción de la participación del sector micro-informal, fundamentalmente en los asalariados. Respecto a la clase media técnicorutinaria, si bien se mantuvo relativamente estable, se percibe un mayor aumento en el estrato de técnicos y asimilados. Dentro de la pequeña burguesía, fue el estrato de pequeños productores autónomos el que explicó en mayor medida la caída sostenida a lo largo del período. Esto pudo explicarse principalmente por el crecimiento de la asalarización que habilitó ciertos canales de movilidad hacia posiciones técnicas o al estrato obrero calificado. Finalmente, el incremento entre puntas del período de la clase directivo-profesional tuvo una dinámica similar para ambos estratos sociales que muestra, para el caso de los profesionales, un mayor impulso hasta 2011, aunque luego se reduce su participación en la estructura social. Esta tendencia es de más larga data y tiene como una de sus principales causas el crecimiento del sector servicios y la demanda de puestos de mayor calificación (Benza, 2016: 122). Por otro lado, dicha dinámica adquiere otra dimensión al referirnos a la CABA, donde se concentra el mayor número de empresas vinculadas servicios especializados y financieros, al mismo tiempo que posee una alta proporción de su población con nivel universitario completo.
La desigualdad en el bienestar material desde las clases sociales
Clase social y distribución de ingresos
El análisis de los ingresos a partir del posicionamiento de los hogares e individuos en la estructura de clases es una de las dimensiones más estudiadas en el “análisis de clase”. En primer lugar, nos formulamos los siguientes interrogantes: ¿en qué medida la clase social continúa teniendo una centralidad explicativa en la distribución desigual de los ingresos? ¿Cuál fue la tendencia en el período estudiado? A fin de responderlos utilizaremos el ingreso per cápita del hogar (IPCF), en tanto medida que permite considerar tanto los ingresos laborales como los no laborales de los hogares, controlando por el tamaño que los mismos asumen.
El Gráfico 2 nos muestra la evolución del IPCF por clase social desde 2004 a 2015. Observando los resultados por clase social, en primer lugar podemos hacer notar la estructura jerárquica que se reproduce a lo largo de los años (con excepción de un solapamiento entre los ingresos de la pequeña burguesía y la clase media técnico-rutinaria para los años 2007, 2012 y 2013), en términos de distribución de los ingresos. En este sentido, podemos decir que el esquema de clases utilizado revela cierta jerarquía, al medir los ingresos, dando cuenta de diversos mecanismos que operan, diferencialmente, en la apropiación y obtención de oportunidades de vida. Asimismo, dicha jerarquización de las clases no se ve trastocada al finalizar el período, si bien las distancias se van acotando relativamente.

Media de IPCF deflactada (2004)1 según clase social. Ciudad de Buenos Aires. Años 2004-2015
Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Hacienda y Finanzas GCBA). EAH1 Según IPC 9 provinciasLa variación porcentual salarial entre 2004-2015 (ver Tabla 4 en anexo) nos permite identificar qué clases fueron las que, en mayor medida, se han beneficiado en términos relativos a lo largo del período. Si bien todas las clases mejoran considerablemente sus ingresos (en promedio los ingresos aumentaron 40,5%), la clase obrera calificada experimentó un crecimiento del 64% a lo largo del período. Dichos resultados son consistentes con los hallados en otros estudios, para el total país y el GBA, en los que se remarca el impacto de la revitalización de las negociaciones colectivas y las políticas salariales, principalmente en aquellas inserciones en establecimientos de mayor productividad relativa y que presentan un marco regulatorio mayor (Benza, 2016: 129; Chávez Molina y Sacco, 2015: 301). En segundo lugar, en términos de mejoras del nivel de IPCF, se encuentra la clase media técnico-rutinaria.
Ahora bien, en términos absolutos, la estructura que se reproduce a lo largo de los años, muestra que existen tres “espacios de competencia” (Pla, 2016) que cristalizan los rasgos definitorios de la estructura de clases: un espacio de la clase obrera, uno de la clase media inferior (técnico-rutinaria y pequeña burguesía) y, más alejado, uno de la clase media superior (hogares mejores posicionados en la muestra). Dichos espacios no se solapan entre sí, lo que podría estar dando cuenta de diversos mecanismos y lógicas propias determinadas de cada clase, para la apropiación de recursos (ingresos): calificaciones laborales, credenciales educativas, capital económico y/o capital social. En este sentido, el alejamiento de la clase directivoprofesional, en términos de los ingresos percibidos, continuaría explicando la vitalidad que los mecanismos de explotación (en tanto dicha clase está ocupada por directivos y grandes empleadores de mano de obra) y acaparamiento de oportunidades (mediante el acceso a conocimientos especializados y validados por credenciales educativas) mantienen como generadores y reproductores de la desigualdad (Tilly, 2000).
Otro modo de observar las desigualdades de ingresos es a partir de las brechas, calculando el cociente entre los ingresos medios percibidos por cada clase social en determinado año y el ingreso medio total para ese año. Dicha medida, al relacionar el ingreso por clase social comparándolo con el ingreso promedio, nos aproxima de mejor modo a un estudio propiamente de la desigualdad social, ya que no comparamos únicamente los ingresos a través del tiempo, sino entre las mismas clases. Presentamos las brechas de IPCF según clase social, aunque esta vez para los años 2004, 2007, 2011 y 2015, brindando así una representación más simplificada de la información.

Brechas de IPCF según clase social. Ciudad de Buenos Aires. Años 2004-2015
Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Hacienda y Finanzas GCBA). EAHEn términos generales, podemos observar que la tendencia del período 2004-2015 fue hacia una disminución de la desigualdad de ingresos entre las clase sociales, como sugieren otras investigaciones a nivel nacional o del AMBA (Benza, 2016; Chávez Molina y Sacco, 2015; Dalle, 2012; Maceira, 2016; Pla et al., 2018). Sin embargo, algunas especificaciones pueden hacerse. En primer lugar, la frontera entre las clases medias y las clases obreras continuó funcionando como barrera en términos de percepciones de ingresos: mientras que las primeras siempre se mantuvieron en valores cercanos o superiores al promedio general, las segundas siempre se han mantenido bastante por debajo de este.
En segundo lugar, podemos señalar que dicha disminución en la desigualdad general pudo deberse a un decrecimiento relativo de la percepción de ingresos por parte de la clase directiva profesional y el crecimiento relativo de los ingresos en la clase obrera calificada, específicamente de 2004 a 2007. Por su parte, la clase obrera no calificada, es decir, aquellas ocupaciones insertas en la informalidad y marginalidad, experimentaron una leve mejoría luego de 2008 (pudiéndose explicar dicha reducción de la brecha debido a políticas sociales específicas como la AUH), no así en un primer momento, en el que la mayor absorción de mano de obra no redundó en mejores salarios. Hacia el final del período se evidencia, nuevamente, un crecimiento de la brecha en dicha clase, producto del constante aumento inflacionario así como de la informalidad.
Hasta aquí pudimos observar ciertas tendencias respecto a cómo la desigualdad se distribuyó entre las clases sociales y nos resultó posible describir cierta disminución de las distancias entre ellas, aunque se mantienen niveles desiguales de apropiación del ingreso en función del posicionamiento social en la estructura. Ahora bien, ¿en qué medida la clase social explica la desigualdad de ingresos? ¿Constituye la estructura de clase, en estos tiempos en el que la desigualdad se concibe multidimensionalmente determinada, un elemento “predictor” de la distribución de ingresos? Asimismo, ¿cómo ha evolucionado dicha relación en el período estudiado?
Para responder a este interrogante calculamos el índice de Theil, basado en la familia de mediciones de entropía. Este índice tiene ciertas propiedades que permiten su descomposición aditiva a partir de diversos factores “generadores de desigualdad” (Altimir et al., 1979: 1). Mide la diferencia entre la entropía que se deriva de la igualdad perfecta y la calculada a partir de los datos observados y da cuenta de la entropía generada por el hecho de que el ingreso no se distribuye de manera igualitaria (Medina, 2001:18). La desigualdad resultante es clasificada “entre-grupos” (parte explicada) e “intra-grupos” (parte no explicada), y por ello es adecuado para el estudio de las clases sociales, debido a que posibilita conocer la cuantía de desigualdad explicada por procesos de apropiación o privación relativa de cada una de las clases y aquella que se efectúa en forma “intracategorial”.
El índice se define del siguiente modo (Ginneken, 1975):


Evolución del índice de Theil. Hogares con jefe/a y/o cónyuge ocupados y mayores de 30 años. Ciudad de Buenos Aires. Años 2004-2015
Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Hacienda y Finanzas GCBA). EAHEn donde qi es la proporción de ingresos que corresponde a cada observación y pi es la proporción que representa cada observación en el total de la población (1/n). Cuando los ingresos se distribuyen de manera equitativa el índice asume el valor de 0, mientras que se concentran en un solo individuo asumen el valor máximo de ln(n).
La evolución del índice de Theil para cada uno de los años se presenta en el Gráfico 4. Los resultados para cada descomposición por año se muestran en el Gráfico 5
El índice de Theil muestra que la desigualdad siguió la senda de la disminución en la CABA, principalmente entre 2006 y 2013, creciendo levemente hacia el final del período. Observando ahora la descomposición por clase social, podemos señalar que la desigualdad entre-grupos tendió a disminuir en el período (aumentando hacia el final) y se mantuvo en un promedio del 19,5% de “nivel explicado”. En este sentido, el primer punto a remarcar es que la clase social aún presenta cierta capacidad explicativa (alrededor del 20%) sobre la desigualdad de ingresos, al mismo tiempo que esta se mantiene a lo largo del período. Como contrapartida, la desigualdad intra-clases aumentó a lo largo del período y pasó de aproximadamente un 78,5% de participación en 2005 a un 82,5% en 2014, dando cuenta de un aumento en la heterogeneidad interna entre ellas.
Clase social y acceso a la vivienda
Los estudios de estratificación social, salvo excepciones (Bourdieu, 2000; Kurz y Blossfeld, 2004; Lersch y Luijkx, 2015; Saunders, 1984), han minimizado el abordaje de la relación entre la estructura de clases y el acceso a la vivienda, al considerar que las condiciones de vida de los hogares podían ser evaluadas indirectamente mediante el posicionamiento de clase. En el caso de la CABA, si bien existe una extensa discusión acerca de la cuestión de la vivienda y el acceso (Carmona Barrenechea y Messina, 2015; Cosacov, 2012; Rodríguez et al., 2015), no existen estudios que hayan partido específicamente desde el análisis de clases6 .
Considerando a la vivienda como un elemento que otorga cierta “seguridad ontológica” ante la trayectoria de vida, así como aspecto patrimonial del bienestar material y la riqueza de los hogares, en tanto ámbito de actividades productivas, como garantía de créditos, renta, o recurso para acumular capital social (Kaztman, 2000: 293), nos hacemos las siguientes preguntas: ¿cómo se distribuye la población propietaria de la vivienda en función de su posición de clase? ¿En qué zonas de la ciudad se asientan los propietarios según clase social? ¿En qué medida la ayuda a través de préstamos familiares, hipotecarios o de terceros para el acceso a la vivienda se distribuyen inequitativamente en la estructura de clases?
En primer lugar, presentamos la evolución en la participación de propietarios de la vivienda por clase (Gráfico 6).
Dos aspectos podemos apreciar al observar las brechas de acceso a la vivienda por clase. En primer lugar, sin importar el año, presenciamos un desigual acceso a la propiedad de la vivienda en función de la posición de clase, prácticamente de tipo escalonado: a peor posicionamiento de clase, menor proporción de hogares que son propietarios de la vivienda. El otro dato relevante es la persistencia en el tiempo de dicho patrón de desigualdad, ya que todas las clases presentan una pendiente de descenso de magnitud similar respecto a la propiedad7 . En este sentido, la ausencia de medidas regulatorias del mercado inmobiliario así como de políticas de desmercantilización de la vivienda, principalmente en los últimos 40 años (Pírez, 2016), tuvieron como saldo el mantenimiento de un formato de desigualdad que afectó, en forma general, a todas las posiciones de clase8 .
Como bien señalamos, ser propietario mejora las condiciones de vida de un hogar, como así su posibilidad de capitalización económica, al funcionar como activo que puede ser utilizado ante situaciones críticas o frente a contingencias. Asimismo, estos atributos que otorga la tenencia de dicho bien se ven condicionados también por el emplazamiento o la zona en la que se encuentra. De esta forma, el espacio actúa como un elemento estructurador de desigualdades, al cristalizar procesos de acceso diferencial a servicios urbanos y públicos (salud, educación, transporte, recreación). Particularmente en la CABA, existe una polarización entre la zona norte y sur, que marca una persistencia de la segregación residencial socio-económica (Fachelli et al., 2014; Mazzeo et al., 2012; Rodríguez et al., 2015). Los datos del Censo 2010 nos muestran que la proporción de hogares con alguna necesidad básica insatisfecha (NBI)9 , se encuentran particularmente por encima del promedio en las comunas 1, 3, 4, 7 y 8, es decir, en el sur de la ciudad. Por otro lado, en dicha región se concentra la mayor cantidad de las villas y asentamientos precarios.
A continuación presentamos una serie de mapas en los que se muestra dónde se localizan los hogares propietarios de la vivienda en la que residen, en función de su posicionamiento de clase.
La ubicación espacial de los hogares propietarios de viviendas se distribuye de manera gradual de norte a sur en función de su posicionamiento en la estructura de clases. La clase directivo-profesional tiene mayor representación en las comunas del norte, es decir, en los barrios de Palermo, Belgrano y Núñez, así como, en menor medida, en los barrios de Caballito, Almagro y Boedo, mientras que la clase peor posicionada en la estructura social (clase obrera no calificada), si bien presenta bajos niveles de propietarios por comuna, se asienta, en mayor medida, en los barrios del sur: La Boca, Barracas, Parque Patricios, Nueva Pompeya, Villa Soldati, Villa Riachuelo, Villa Lugano, Liniers, Mataderos y Parque Avellaneda. La clase obrera calificada se asienta mayoritariamente en los mismos barrios, aunque también en los barrios del centro suroeste de la ciudad. La pequeña burguesía propietaria se ubica en los barrios del extremo noroeste, es decir, Coghlan, Saavedra, Villa Urquiza, Villa Pueyrredón, Villa Gral. Mitre, Villa Devoto, Villa del Parque y Villa Santa Rita. Por último, la clase media técnico-rutinaria, tiene una presencia más homogénea en la ciudad, aunque emplazándose específicamente en barrios como Villa Real, Monte Castro, Versalles, Floresta, Vélez Sarsfield, Villa Luro, Balvanera, San Cristóbal, San Telmo, Monserrat y Constitución.

Contribución relativa intra-grupos y entre-grupos al índice de Theil por clase social. Ciudad de Buenos Aires. Años 2004-2015
Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Hacienda y Finanzas GCBA). EAH

Distribución de hogares propietarios de sus viviendas según clase social. Ciudad de Buenos Aires. Años seleccionados
Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Hacienda y Finanzas GCBA). EAH.Como señalábamos anteriormente, a la desigualdad de clase existente en el acceso a la propiedad de la vivienda se superpone una desigualdad de tipo socio-residencial que sitúa a los hogares, con mayores o menores niveles de determinación, en espacios específicos de la ciudad. Esto no solo redunda en un proceso de reproducción de las desigualdades respecto a las condiciones de vida, por la cual las zonas de la ciudad se diferencian en función de la cercanía o no de espacios contaminados (toda la franja sur limita con el río Riachuelo), de la existencia de mayores o menores equipamientos urbanos para el ocio (plazas, parques, teatros) o de la calidad de los servicios públicos (educación y salud), sino que también cristaliza situaciones de desigualdad patrimonial. Tomando como puntos de referencia el promedio de lo que costaba el m2 de un departamento de dos ambientes usado, en la zona norte de la ciudad (Belgrano-Núñez), en 2015, podía alcanzar un valor de U$S 2600, mientras que en la zona sur (Boca y Parque Patricios) llegaba a los U$S 170810.
Finalmente, una vez analizadas las desigualdades de clase respecto a la propiedad de la vivienda, nos interesa conocer la forma de acceso a ella. En este sentido, nos referimos a la existencia de ayudas de familiares o de préstamos hipotecarios que faciliten el capital necesario para la adquisición de una vivienda. Como han señalado algunos autores, la disminución en la proporción de propietarios fue traccionada, en gran parte, por la merma en el desarrollo de créditos hipotecarios subsidiados por el Estado que permitían la desmercantilización parcial de la vivienda y el fortalecimiento de la solvencia popular (Carmona Barrenechea y Messina, 2015; CEDEM, 2012; Cosacov, 2012; Pírez, 2016). Sin embargo, dicha disminución en el acceso al crédito ¿se reprodujo de forma igualitaria en la estructura de clases?

Porcentaje de hogares propietarios por comuna según clase. Ciudad de Buenos Aires. Año 2015
Fuente: Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Hacienda y Finanzas GCBA). EAH 2015. 1 En rojo se superponen las villas y asentamientos existentes en la ciudadUtilizando como fuentes para observar las puntas del período analizado, la ENGHo 2004-2005 y la ENES 2014-2015 podemos aproximarnos a la solución de dicho interrogante. En el Gráfico 7 presentamos el porcentaje de hogares por clase que ha accedido a algún tipo de ayuda (por fuera del uso exclusivo de ahorros propios o de herencias) para la adquisición de una vivienda. Es necesario aclarar que mientras que en la ENGHo 2004-2005 se pregunta “¿Obtuvo algún préstamo o crédito para comprar, construir o reparar la vivienda?”, en la ENES se han agrupado las siguientes respuestas a la pregunta por el tipo de financiamiento para la compra o construcción de la vivienda: crédito hipotecario/bancario, crédito de un prestamista, préstamo de un familiar amigo, préstamos de un desconocido. En este sentido, puede ser que para 2004-2005 (ENGHo) haya una sobrestimación en los cálculos.
El camino de llegada a la propiedad de la vivienda se presenta de forma diferenciada en función de la posición ocupada en la estructura de clases. Algunos autores han puesto el foco sobre la existencia de transferencias de la familia de origen (Bourdieu, 2000; Kurz y Blossfeld, 2004; Lersch y Luijkx, 2015), otros han hecho eje en el rendimiento de las redes de amistad y el capital social (Kaztman, 2000), así como también en la solvencia económica producto de un ventajoso posicionamiento en el mercado de trabajo (Pírez, 2016; Savage et al., 1992). De este modo, una primera mirada permite señalar que el uso de ayuda tanto estatal como familiar o de amigos para el acceso a la vivienda es también desigual por clase social, y a su vez, dicha distancia se intensificó hacia el final del período. Mientras que en 2004- 2005 más del doble de los hogares propietarios de clase directiva profesional pudieron acceder a algún préstamo respecto a la clase obrera no calificada, para 2014-2015 esa brecha casi se sextuplicó. Tanto la clase media técnicorutinaria como la obrera calificada vieron drásticamente disminuido este tipo de ayudas. Por contraposición, la pequeña burguesía es la única clase que aumentó levemente su capacidad de acceso a préstamos para el acceso a la vivienda.

Hogares que han recibido algún tipo de préstamo para el acceso a la propiedad de la vivienda según clase social. Ciudad de Buenos Aires. Años 2004-2005 y 2014-2015
Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de ENGHo 2004-2005 y ENES 2014-2015.Conclusiones
El presente artículo tuvo dos grandes propósitos: por un lado, analizar algunos aspectos generales de la desigualdad social en la CABA, en el marco de un período reciente en el que se han evidenciado ciertos cambios en las tendencias económicas y sociales a lo largo del país y en la ciudad; en segundo lugar, partiendo desde el enfoque de clases sociales, nos preguntamos en qué medida en términos teórico-metodológicos, continúa el mismo funcionando como una aproximación válida a la estructura social.
En primer lugar presentamos la evolución de la estructura de clases, en términos de tamaño, composición y dinámica. A lo largo del período se observa un cierto crecimiento de la clase directivo-profesional y la clase obrera calificada, así como un decrecimiento de la clase obrera no calificada y de la pequeña burguesía. Asimismo, hacia el final del período, identificamos un considerable crecimiento de la clase media técnico-rutinaria. En términos históricos, podemos decir que la estructura de clases porteña está signada fuertemente tanto por los procesos de terciarización y desindustrialización de la economía impulsados hacia finales de los años setenta y profundizados en la década del noventa, así como por el rol que ocupa la urbe en tanto “ciudad global” (Sassen, 1998) y que redunda en una mayor demanda de ocupaciones profesionales y de alta calificación. Por otra parte, las transformaciones ocurridas en la estructura de clases porteña no fueron ajenas a los cambios ocurridos en la estrategia de desarrollo a nivel nacional. La recomposición de la clase obrera calificada, principalmente hasta 2007, así como la reducción en el peso de los estratos autónomos de la clase obrera no calificada y la pequeña burguesía, se muestran como correlato del impulso de la incipiente reindustrialización y el proceso de asalarización que retomó la centralidad, en comparación a la dinámica laboral que caracterizó a los años noventa. Como bien señalan Dalle (2016) y Maceira (2016), la estratificación social del neodesarrollismo condensa dos procesos que han dejado su huella estructural: exclusión y marginalidad forzada en el período neoliberal y recomposición social, principalmente de los sectores calificados de la clase obrera y rutinarios de la clase media.
La relación entre la posición ocupada por los hogares en la estructura de clases y el acceso al bienestar material, da cuenta de la operación de determinados mecanismos de clase que aún garantizan la apropiación diferencial de activos y recursos. Para el caso de la distribución de ingresos, los diferentes formatos de medición (ingresos deflactados, brechas de ingresos) dan cuenta de la reproducción de una apropiación jerarquizada de la masa de ingresos disponibles: a mayor posición de clase, mayor nivel de ingresos apropiados. Sin embargo, al comparar entre las puntas del período, evidenciamos un mayor crecimiento relativo en la percepción de ingresos para la clase obrera calificada y la clase media técnico-rutinaria, grupos con un importante peso de trabajadores asalariados formales que se han visto favorecidos por los procesos de regulación estatal (negociación colectiva, fijación periódica del salario mínimo, transferencias de ingresos directas e indirectas). Al observar la distribución de ingresos a través de las brechas, a pesar de su achicamiento en los primeros años, identificamos un mantenimiento de la frontera entre la clase media y la obrera como barrera social que posiciona a los hogares por encima o por debajo del promedio general.
Por otro lado, a través de la descomposición del índice de Theil, observamos que la posición de clase mantiene un nivel explicativo de la desigualdad de ingresos de alrededor del 20%, valor que tendió a disminuir hasta 2012, a tono con la reducción general de la desigualdad de ingresos, para luego incrementarse en los últimos años. En este sentido, sin basarnos propiamente en un análisis explicativo y sin realizar controles por otros tipos de factores desigualadores (género, edad, origen social, entre otros), la clase social continúa siendo un elemento estructurador central de las desigualdades económicas. Futuras investigaciones deberían hacer hincapié en el estudio intraclases o de agregados ocupacionales que permitan dar cuenta de la desigualdad que no puede ser explicada a nivel de clase social (Weeden et al., 2007).
Por último, al analizar el activo “vivienda”, la proporción de hogares propietarios también disminuye a medida que se desciende en la estratificación. Esta tendencia persiste en los años estudiados, aun ante un decrecimiento general en el acceso a la propiedad de la vivienda. Por otro lado, los mapas temáticos presentados nos permitieron comprender cómo la desigualdad en el acceso también se complementa con una desigualdad de tipo socio-residencial: mientras que los propietarios de la clase directivo-profesional se ubican preferentemente en los barrios ubicados al norte de la ciudad, los hogares propietarios de clase obrera no calificada se asientan sobre los barrios del sur. Respecto al acceso a préstamos para compra de la vivienda, si bien se muestra una merma generalizada a lo largo del período, la desigualdad se continúa manteniendo bajo un formato escalonado por clase social.
El análisis de ambos activos del bienestar nos permitió evaluar el modo en que las desigualdades sociales persisten en el tiempo, a pesar de las oscilaciones que pueden mostrar en determinados momentos del período analizado. En este sentido, si en términos de ingresos, la desigualdad en la CABA experimentó cierto retroceso (fuertemente hasta 2008), al considerar la posesión de la vivienda como un umbral de cierto nivel de bienestar, la brecha se sostuvo en términos de clase, aumentando en algunos aspectos (acceso al crédito). Aunque el estudio de estas dimensiones del bienestar tiene la ventaja de poder ser estudiado a lo largo del tiempo debido a su relevamiento frecuente en encuestas de hogares, no se agota en esas dos facetas. Es necesario incorporar en futuros trabajos, abordajes que consideren el carácter multidimensional del bienestar, por ejemplo, a partir de indagaciones en torno al acceso al consumo así como sobre las percepciones subjetivas del bienestar que tienen los distintos hogares según su posición de clase. Por otra parte, se torna imperioso complementar este estudio con otros abordajes explicativos de la desigualdad que permitan el análisis conjunto de otros factores que interactúan, potencian y/o atenúan los efectos de clase, tales como el género, la edad, el capital educativo, las trayectorias intrageneracionales e intergeneracionales ocupacionales, la migración, los comportamientos demográficos, entre otros.
Anexo

Definición de los estratos socio-ocupacionales según valores de las variables intervinientes
Fuente: Elaboración propia sobre la base a Torrado (1998) y Sacco (2016). 1 1 Modificación respecto a la propuesta de Torrado2 Codificable a partir del CNO-91 y CNO-01.

Evolución de la estructura de clases y estratos sociales. Ciudad de Buenos Aires. Años 2004-2015
Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Hacienda y Finanzas GCBA). EAH.

Media de IPCF deflactados (2004)1 según clase social. Ciudad de Buenos Aires. Años 2004-2015
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Notas