Artículo de Investigación
Determinismo, psicología y moral en las fuentes de William James1
Determinism, psychology and morality in the sources of William James
Determinismo, psicología y moral en las fuentes de William James1
Cuestiones de Filosofía, vol. 9, núm. 32, pp. 105-125, 2023
Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC)
Recepción: 04 Julio 2022
Recibido del documento revisado: 25 Abril 2023
Aprobación: 28 Abril 2023
Resumen: Hacia la segunda mitad del siglo XIX, una fuerte actitud positivista dio forma a un mundo determinado. El método científico parecía exigir la continuidad del sistema causal en todas las dimensiones de los fenómenos, lo cual entró en tensión con todo lo relativo a la estructura motivacional y volitiva del sujeto. William James interviene en el debate, tiene en cuenta diversas aristas del problema y pone en juego su lectura de los psicólogos ingleses (Mill, Bain y Spencer) y de Renouvier. Daremos cuenta de las consecuencias vitales que tiene el problema del determinismo para el estadounidense, en qué sentido los psicólogos ingleses son deterministas, cómo se opone Renouvier a éstos, y el modo en que James se apropia estratégicamente de los argumentos del francés haciéndolos operar en distintos niveles en su reflexión psicológica y filosófica.
Palabras clave: William James, psicología, siglo XIX, determinismo, voluntad.
Abstract: By the second half of the 19th century a strong positivist attitude shaped a deterministic world. The scientific method seemed to demand a causal continuity in all dimensions of phenomena, which came into tension with everything related to the motivational and volitional structure of the subject. William James intervenes in the debate, takes into account various aspects of the problem and brings into play his reading of English psychologists (Mill, Bain y Spencer) and Renouvier. We will give an account of the vital consequences that the problem of determinism has for the American thinker. The sense in which English psychologists are determinists and how Renouvier opposes them. And also the way in which James appropriates the French's arguments, making them operate at different levels in his psychological and philosophical reflection.
Keywords: William James, psychology, 19th century, determinism, will.
Condicionamiento y descomposición: un asunto teórico y vital
Para los tiempos de James, la visión positivista imperante generó, entre otras reacciones, la comprensión del ser humano y el mundo en términos deterministas. Esto trajo, como es de esperarse, problemas en el orden de la agencialidad y eclipsó los ánimos. La cuestión de la libertad de la voluntad en la época Victoriana dividió las aguas entre quienes adherían a una visión empírica, materialista y cientificista de la realidad, y quienes, sin negar el valor del conocimiento científico en ciertos dominios, lo consideraron abstracto, por no incluir lo relativo al aparato motivacional del sujeto y al rol que la voluntad humana juega en esto2 (Smith, 2016). En una carta a Thomas W. Ward en marzo de 1869, James sostiene: "Estoy inmerso en la filosofía empírica. Siento que somos naturaleza de cabo a rabo, que estamos en todo condicionados (...) y que, sin embargo, estamos en armonía con la razón. ¿Cómo concebir esto? ¿Quién lo sabe?" (1920, VI, 152)3. Este modo de concebir el mundo oprimió a James durante su periodo de melancolía y crisis mórbida ante la certeza de su propia locura. Si su descomposición mental es de origen fisiológico, aparece como una determinación ciega. El suicidio merodea, piensa en "la pistola, la daga y el frasco de veneno" (VI, 96). Su primera vocación fue la de ser pintor, y quedan de su propio puño estos documentos de su experiencia:

La crisis del propio James ha sido objeto de cuidadoso estudio (Croce, 2009). Sumida en ella escribe en su diario el treinta de abril de 1870:
Creo que el día de ayer constituyó una crisis en mi vida. Terminé la segunda parte del segundo de los Essais de Renouvier y no veo ninguna razón por la cual su definición del libre arbitrio -"defender un pensamiento porque lo he elegido cuando podría tener otros pensamientos"- tenga que ser la definición de una ilusión (...) Mi primer acto de libre voluntad será creer en la libertad de mi voluntad (Perry, 1954, p. 323).
Estas referencias biográficas encuentran aquí su lugar como testimonio de que para el psicólogo y filósofo norteamericano la cuestión de la libertad humana nunca fue un asunto meramente académico. Asistimos, según lo consignado en el diario, a una especie de creación performática de la libertad que acaba por liberarlo. Como veremos, este movimiento, que pone en relación lo intelectual, lo moral y lo volitivo, está influenciado por la postura de Renouvier. La batalla que James libró en Harvard contra el determinismo (positivista o hegeliano) se volvió célebre. Cuando James lee a Renouvier en 1868, queda impactado por el "vigor de su estilo y su comprensión (...)" (James, 1920, p. 138). El mismo año de la anotación en el diario, previamente citada, James escribe a Renouvier una carta en francés en la que dice: "Gracias a usted yo poseo una noción inteligible y razonable de la libertad (...) por su filosofía estoy renaciendo a la vida moral (...) En mi país la filosofía de Mill, Bain y Spencer es la que más importa, se hacen excelentes trabajos en psicología, pero desde el punto de vista práctico son deterministas y materialistas (...)" (p. 164).
En una reseña de 1873 acerca de estos mismos Essais de critique générale James señala con entusiasmo que, a diferencia del empirismo inglés, Renouvier respeta los límites críticos y encuentra también la posibilidad de comienzos absolutos o, en otras palabras, de libre albedrío (free-will) (1987, p. 266). En un asunto tan visitado, afirma, Renouvier ha sido capaz de decir algo original y simple.
En lo sucesivo, nuestra tarea es la de señalar, con precisión, el sentido en que los psicólogos ingleses nombrados son deterministas, cómo se les contrapone Renouvier y el modo en el que estratégicamente se apropia James de sus argumentos, extendiéndolos a otros dominios. La explicitación de todas estas aristas puede entenderse como una reconstrucción histórica de la rica discusión sobre la cuestión del libre arbitrio, que afecta tanto a la filosofía como a la psicología, y como un ejercicio de crítica de las fuentes de James a fin de arrojar luz sobre una porción de su proyecto intelectual.
El determinismo de Spencer
Herbert Spencer (1820-1903) agrega al marco teórico asociacionista el estudio fisiológico del sistema nervioso y el sello general de su teoría evolucionista teleológica. Su texto The Principles of Psychology fue publicado en 1855, es decir cuatro años antes que The Origin of Species. En él se establece que los contenidos mentales del sujeto y su correspondiente modo de procesarlos reflejan mecanismos de adaptación al medio ambiente que se han venido dando durante un extenso periodo de tiempo.
Spencer considera que el análisis psicológico de los conceptos de tiempo, espacio, materia y movimiento muestra que todos tienen base en la experiencia de 'fuerza'. Esto es lo último que podemos conocer, y actúa de acuerdo a la ley de la evolución cuya definición es la siguiente: "Evolución es una integración de la materia y su concomitante disipación del movimiento, durante la cual la materia pasa de una relativa, indefinida e incoherente homogeneidad, hacia una relativa, definida y coherente heterogeneidad" (Spencer, 1946, p. 367). Así, la psicología humana es entendida como "(...) el continuo ajuste de las relaciones internas con las externas" (Spencer, 1881, p. 244), y la tarea del psicólogo sería la de mostrar cómo es que se presentan estos ajustes en el curso del desarrollo hacia la perfección. De acuerdo a esta ley, en la medida en que los fenómenos se vuelven más complejos son menos frecuentes, por lo que la conexión entre los fenómenos externos y los estados de conciencia (y el comportamiento concomitante) se vuelve menos cierta, rápida e invariable.
El capítulo "The Will" es el último de The Principles of Psychology, e inicia sosteniendo que a esta altura debe ser obvio que la voluntad debe ser entendida como otro aspecto del mismo proceso general: "No solo la memoria, la razón, las sensaciones, surgen simultáneamente cuando las acciones automáticas se vuelven complejas, infrecuentes y vacilantes, sino que también la voluntad surge al mismo tiempo y bajo la necesidad de las mismas condiciones" (1855, p. 612). Todos los modos de la conciencia son solo momentos de la correspondencia entre el organismo y el medio ambiente y, por lo tanto, son grupos coordinados de cambios por los cuales las relaciones internas se ajustan a las relaciones externas. En este esquema, la diferencia entre un movimiento involuntario y uno voluntario consiste en que mientras el involuntario se realiza sin conciencia previa, el voluntario se realiza solamente después de haber sido representado. En todo caso, se trata de respuestas a estímulos, algunas mediadas por la vacilación propia del conflicto psíquico interno y otras, en cambio, no. La ilusión de la voluntad libre estaría en considerar que el ego es algo más que el conjunto de estados de conciencia pre-existentes que, entrando en conflicto, constituyen un momento de irresolución. Spencer lo explica con una analogía que puede servir, por lo sugerente, de índice general de la propuesta de los ingleses:
Un cuerpo en el espacio, sujeto a la atracción de otro cuerpo, se moverá en una dirección que puede predecirse con toda precisión. Si, en cambio, nuestro cuerpo se encuentra sujeto a la atracción de dos cuerpos, su curso se puede predecir sólo aproximadamente. Si hablamos de la atracción de tres cuerpos, el curso puede predecirse con menos precisión aún. Y si el cuerpo en cuestión es rodeado por cuerpos de todos los tamaños, desde todas las direcciones, desde todas las distancias, su movimiento será aparentemente independiente de la influencia de cualquiera de ellos. Se moverá de un modo indefinido bajo la apariencia de que se auto-determina. Parecerá que es libre (p. 619).
La explicación psicológica esbozada respeta las leyes físicas generales de los fenómenos. Por el contrario, estima Spencer, introducir algo como una voluntad que decide libremente y sin ninguna relación con condiciones antecedentes sería no solo postular una entidad inexplicable, sino plantear la imposibilidad de la psicología en cuanto disciplina que se ajusta a principios explicativos universales.
El determinismo de Bain
Alexander Bain (1818-1903) fue el primero en hacer de la psicología, y de la comprensión del funcionamiento de la mente humana, una meta última, y en parte es por ello que es considerado en algunas historias de la psicología como el primer psicólogo. El capítulo XI de Emotions and Will ("Liberty and Necessity") aborda directamente la cuestión de la libertad de la voluntad.
Bain, en el tono de Spencer, afirma que de la manera como se viene tratando el asunto se deduce la permanencia de la uniformidad y la ley en los actos de "todos" los seres vivos. A este respecto, afirma que a pesar de las complicaciones y oscuridades que rodean la acción humana, no cabe pensarla como una clase de fenómeno impredecible que procede por fuera de la ley causal. En el punto que responde al título "Choice-Deliberation" explica 'la decisión' de esta manera:
Cuando una persona compra un artículo entre varios inspeccionados, las características del elegido serán mejores que las del resto y nada más puede decirse realmente al describir la transacción. Puede suceder que por un momento las atracciones opuestas se encuentren en exacto equilibrio y, por ello, la decisión sea suspendida. El equilibrio puede incluso continuar durante un tiempo, pero cuando la decisión es realmente tomada el hecho y el significado del hecho es que alguna de las consideraciones ha crecido en la mente, dándole mayor energía al motivo preponderante. Esta es toda la sustancia del acto de elección. La designación 'libertad de elección' no tiene real significado excepto el de expresar ausencia de interferencia extraña (Bain, 1859, p. 549).
Una descripción semejante era previsible. El proceso deliberativo es algo que sucede como un mecanismo en el que se encuentran fuerzas en conflictos y en el que al final una de ellas prevalece. En esta descripción parece que ninguna decisión es verdaderamente tomada o, en otras palabras, no hay un acto subjetivo decidiendo entre posibilidades reales, sino más bien, un desencadenamiento final de energías en tensión, como cuando algo al final -por las leyes físicas- se termina derrumbando. Cuando la mente delibera durante cierto tiempo antes de actuar, no hay excepción a la regla general; si la oposición de los extremos es equilibrada, encontramos un estado de indecisión hasta que nuevos motivos reunidos en torno a uno u otro extremo desequilibran la balanza. Nada más claro sobre el asunto se puede decir.
El determinismo de Mill
El libro VI de On the logic and moral Science inicia con una larga cita de Condorcet, en la que se encumbra el valor de las leyes naturales del conocimiento a través de la experiencia y la posibilidad de extender este camino seguro a todas las esferas de los fenómenos. Por supuesto, en opinión de John Stuart Mill (1806-1873), en asuntos humanos se debe hacer lo mismo que en otras esferas del conocimiento, en donde para lograr el aumento del mismo se aplican principios extraídos de la experiencia. La pregunta que de inmediato aborda Mill queda claramente expuesta "¿Son las acciones de los seres humanos, como todos los demás eventos, sujetas a leyes invariables? ¿Encontramos entre ellas la constancia de la causalidad, que es la base de toda teoría científica de fenómenos?" (1882, p. 581). En su opinión:
Correctamente concebida, la doctrina llamada necesidad filosófica es simplemente esto: que, dados los motivos que están presentes en la mente, y dado igualmente el carácter y la disposición del individuo, la manera en que actuará podría inferirse infaliblemente; que, si conociéramos la persona a fondo y conociéramos todos los incentivos que están actuando sobre ella, podríamos predecir su conducta con tanta certeza como podemos predecir cualquier evento físico (p. 582).
Como veremos, este conocimiento de "fondo" es lo que James considerará imposible. Es decir, considerará imposible saber si en última instancia lo representado es elegido activamente o aguijonea sobre la pasividad del sujeto. Mill, en cambio, pareciera decirnos que la aparente espontaneidad es, en su raíz, falta de conocimiento de las causas operantes. En su opinión, se ha asignado a la palabra 'necesidad' mucho más de lo que significa o debiera significar. Donde hay "mera uniformidad de secuencia" se ha puesto "irresistibilidad" (p. 583). El ser humano posee múltiples motivaciones y, salvo en los maníacos, ningún motivo reina con total soberanía ni desligado de la influencia de otros. Se puede afirmar que la aseveración 'no podría haber sucedido lo contrario' solo debe usarse con la salvedad de que se agregue que 'siempre puede suceder algo que lo impida'. El mundo natural y humano funciona así.
Su idea de 'necesidad' no está teñida del fatalismo, pues: "Si caímos bajo la influencia de ciertas circunstancias, nosotros, de la misma manera, podemos ponernos bajo la influencia de otras circunstancias. Somos igualmente capaces de hacer nuestro propio carácter, si así lo quisiéramos, como otros lo han hecho por nosotros" (p. 584). Nos creemos moralmente libres cuando sentimos que, por más fuerte que sean nuestras inclinaciones, si quisiéramos, podríamos dominarlas. En la experiencia única y singular que el sujeto tiene de su propia vida se forman causas antecedentes nuevas que dan forma a nuevas actitudes y acciones.
Mill usa un lenguaje menos determinista. La lectura no deja la idea de que algo está sucediendo allende el sujeto, como sí sucede con Spencer y Bain. Aunque este punto de la construcción de la experiencia individual es agudo y da cuenta del cambio que constatamos en la vida humana, puede que a James le haya dado la impresión de que esta novedad en la singularidad, que permite la transformación de la conducta, es como una condición antecedente más que ingresa al juego de fuerzas inescrutables que determinan la subjetividad.
La acción en la uniformidad causal de los empiristas del siglo XIX
El universo en el que se presenta la voluntad en estos tres autores responde a la uniformidad causal de la naturaleza, y el método para apropiarnos de este fenómeno es el de las ciencias naturales. Ninguno duda de la pertinencia de las pretensiones del ánimo científico, como era entendido en aquel momento, a la hora de trazar lo humano. En Spencer, cuyas intenciones son de totalidad, encontramos, además de un proceso cósmico, todo el lenguaje positivista de la época, en la que la realidad última es la materia y la energía o la identidad entre ambas.
La cuestión en Bain no se presenta revestida por las coordenadas del energetismo, como en Spencer, aunque el modelo del proceso deliberativo y de la toma de decisión resulte igualmente mecánico. Con distintos matices en estos psicólogos, el acto de la voluntad aparece como una especie de espejismo causado por el previo equilibrio de las fuerzas o motivaciones. La metáfora de la atracción de los cuerpos en Spencer es de lo más clara y cualquiera que se ponga en el lugar del cuerpo central puede percibir que, en tales condiciones, no hay decisión que tomar. En realidad, tanto Bain como Mill, con distinto grado de sutileza, adhieren a este esquema general en el que toda acción, lejos de ser un comienzo espontáneo, es un reflejo, la consecuencia necesaria de causas antecedentes. Mill afirma que 'necesidad' no implica fatalismo, y su planteo supera en sutileza a los anteriores. Queda por verse todavía si en un esquema causal existe la verdadera posibilidad de ponerse a uno mismo en otras condiciones para generar otras respuestas. Lo cierto es que James lo leyó en la línea de sus compatriotas.
Estos planteos exigen mayor tratamiento; muchas sutilezas han sido obviadas, pero se puede sostener que en un enfoque como este, donde todo se decide en función de la necesidad de causas antecedentes, el sujeto queda enclaustrado.
La cuestión de la libertad, un asunto de Jules Lequier
La afirmación de la libertad, que revivió moralmente a James, es central en Charles Renouvier (1815-1903), quien la entiende como condición de posibilidad, no solo del universo moral, sino también del conocimiento. En este punto, Renouvier se declara discípulo de Jules Lequier (1814-1862), quien lo familiarizó con la idea de "futuro ambiguo" (Viney, 1997, p. 37). En los psicólogos ingleses la autodeterminación cae más del lado de lo epifenoménico. Lequier, en cambio, sostiene que el proceso de deliberación, que titubea entre dos cursos de acción posible, tal como lo conocemos, lejos de ser una ilusión muestra el significado profundo de la libertad. En sus palabras: "Real o ilusoriamente, todo acto libre que yo creo producir tiene esto en común: en el momento en que yo tomo la decisión tengo la idea de que tengo la fuerza de voluntad como para ir por otro camino (...) siento que podría elegir otros actos que se me aparecen también como libres, siento y creo que podría" (p. 38). Para el determinismo, en general, y para los psicólogos ingleses, en particular, este "sentimiento" es una ilusión. Lequier, en cambio, afirma que cuando los motivos, hábitos y prejuicios son removidos, queda algo inexplicable que está más allá de toda ley.
Independientemente de nuestras representaciones y de la opción que hagamos o creamos hacer ¿existe una respuesta a la cuestión objetiva de si el ser humano se encuentra determinado o no en este mundo? Según Lequier, ni la necesidad, ni la libertad pueden ser establecidas empírica o racionalmente, con lo cual se presenta una parálisis escéptica, un estancamiento que debe ser superado por un acto de la voluntad. Esta idea será clave en la argumentación de James. Dirá Lequier "(...) es necesario elegir: o la libertad de la voluntad con la posibilidad de la ambigüedad del futuro es real o la libertad de la voluntad es solo apariencia y lo que es real es un futuro infalible" (p. 38). Así las cosas, este acto es, lógicamente, libre o necesario. Dos hipótesis: libertad o necesidad. Elegir una o la otra con una o con la otra. Este es llamado por Renouvier 'El dilema de Lequier'. El esquema es el siguiente:
O la libertad existe
O la necesidad existe.
Libertad con la idea de libertad.
Libertad con la idea de necesidad.
Necesidad con la idea de libertad.
Necesidad con la idea de necesidad (p. 40).
Solo se puede salir 'dando un salto, un acto de voluntad' que resuelva el problema y venza la parálisis a partir de las consecuencias de cada postura. El esquema del dilema indica que lo mejor es creer en la libertad. Como escribió James en su diario, creer en la libertad de la voluntad. Se trata entonces de extraer cuáles son las consecuencias de cada postulado. La tesis determinista provoca una parálisis en la vida humana, tanto a nivel moral (no permite la acción responsable) como a nivel del conocimiento (los juicios serían verdaderos o falsos necesariamente). Por el contrario, el postulado de la libertad es (...) la condición necesaria que hace posible tanto la imperfecta y prodigiosa obra del conocimiento humano, así como la obra del deber que con él se relaciona; esto quizás sea suficiente para dejarnos en claro que no es solo una concepción vana de nuestro orgullo" (p. 40).
Charles Renouvier, el liberador
Para Renouvier el sujeto es central y el conocimiento es su responsabilidad, con lo cual queda requerida la libertad. Su concepto de voluntad descansa en un análisis psicológico del acto de deliberación, y en uno filosófico sobre el concepto de causa. Al definir 'voluntad', la confina en el ámbito de una conciencia reflexiva autónoma, distinguiéndola claramente del esfuerzo físico propio del ámbito de las sensaciones. En su Essais de critique générale afirma:
Entiendo por volición el carácter propio de un acto de conciencia que se representa a sí mismo no como simplemente dado, sino como siendo capaz de ser o no ser, excitado o continuo, donde no aparecen otros cambios que el que pueda aparecer en conexión con esta representación en cuanto que se la evoque o se la evite (1875, p. 301).
Al poner la voluntad en el ámbito de una conciencia autónoma de condiciones antecedentes, se distancia del planteo anglosajón. La representación voluntaria, a diferencia de las representaciones que se dan de modo libre según el devenir de la conciencia, es la representación que puede no ser y que debe ser elegida para que sea. Según sea o no elegida, genera cambios. La ambigüedad es posible; mantener o tener una representación entre otras posibles determinaría a otras representaciones que le suceden, con lo cual lo que tenemos en la elección de esta representación es un nuevo comienzo o una representación auto-causada. La libertad se encuentra en esa "acción" de elegir entre posibilidades reales dentro de la esfera de la conciencia entendida como condición autónoma.
Cuando, luego de un proceso deliberativo, mantenemos una representación entre otras, se produce lo contrario de la duda, esto es, la certidumbre. Ninguna creencia se encuentra totalmente fuera de la duda y lo que tenemos en la certidumbre es una decisión de la voluntad libre de creer basada en un análisis crítico, es decir, una 'voluntad de creer'. Resumiéndo esquemáticamente, se puede afirmar que para Renouvier la certeza absoluta no es posible dada la falibilidad del sujeto, de modo que, luego del análisis crítico y disponiendo de todas las razones que nos son posibles, nos resta, desde este residuo indestructible de incertidumbre, la parálisis moral e intelectual o la decisión de creer en el mejor juicio (pp. 351-374). La estrategia de Renouvier -siguiendo a Lequier- es hacer de la libertad el punto central no solo de la ética, sino también del conocimiento. La certidumbre subjetiva es un proceso de la representación que puede terminar en conocimiento o ilusión; es todo lo contrario a la necesidad ciega. En palabras de Dunham: "Deliberación y reflexión terminan solo a través de la libre elección. La búsqueda del conocimiento termina, no necesariamente, sino porque juzgamos que la evidencia es suficiente como para sostener nuestra creencia. Es un acto de voluntad" (2019, p. 765). Queda así involucrada la voluntad en la formación de la creencia, entendida como un juicio justificado del conocimiento que supera, en un ámbito de falibilidad, la parálisis escéptica. Hilary Putnam afirma que "(...) la única característica propia del pragmatismo clásico norteamericano es la de haber podido aunar con éxito el falibilismo con el anti-escepticismo" (1994, p. 152). Sin embargo, esta combinación, mostró Jeremy Dunham, fue desarrollada en 1850 por Renouvier (2019, p. 762).
Esfuerzo, atención selectiva y voluntad
En el capítulo sobre la atención de The Principles of Psychology de 1890, James afirma que un fenómeno tan evidente como la atención selectiva apenas recibe mención entre los psicólogos de la escuela inglesa. Estos pensadores, en su opinión, entienden que las facultades superiores del espíritu son productos puros de la experiencia, que a su vez es sencillamente dada. La atención, en cuanto que es selectiva, implica un grado de espontaneidad y, por tanto, rompe el círculo de la receptividad de la experiencia.
Encontramos en la atención un fenómeno único: la concentración y la localización. Tanto el devenir de la conciencia como el de las sensaciones pueden quedar en segundo plano y esto, en principio, revelaría algún atisbo de autonomía subjetiva. La atención se define de la siguiente manera: "Es la acción realizada por el espíritu de tomar posesión en forma clara y vívida de uno de los objetos o series del pensamiento simultáneamente posibles" (James, 1918, p. 403). Resuena aquí la postura de Renouvier. James sostiene que la atención voluntaria es siempre derivada; nunca hacemos un esfuerzo por atender, a no ser en obsequio de algún interés remoto que el esfuerzo proporciona. En cambio, en la inmediatez, cuando la atención es pasiva y refleja, el ser humano parece que se pertenece menos a sí mismo. En el esfuerzo, en cambio, parece que somos dueños de nosotros mismos en virtud de una representación 'querida' que supera lo inmediato. James sostiene que "(...) la facultad de retrotraer voluntariamente una atención fugitiva es la verdadera raíz del juicio, del carácter y de la voluntad" (p. 424). Pero de lo que se trata es de saber si tal atención es un efecto o una causa; si lo descrito implica autonomía en medio de la naturaleza o si somos puro efecto. Se trata de saber, en fin, si lo que se da en el orden de la representación, cuando la atención se fija por el esfuerzo, es un espejo de condiciones nerviosas antecedentes que se resuelven a nivel puramente fisiológico o si estas mismas representaciones actúan dinámicamente sobre esta actividad nerviosa, incentivándola o reprimiéndola. En el primer caso la atención es un efecto, mientras que, en el segundo, es una causa. La teoría de la causa y la teoría del efecto de la atención son igualmente claras y quien toma una postura en una u otra dirección, lo hace, en opinión de James, desde motivos metafísicos más que científicos.
Lo que tenemos en el movimiento voluntario es una imagen preparatoria de la consecuencia sensorial de un movimiento, más el fiat que actualizará estas consecuencias. Esto actúa como precursor de la acción. Ahora bien, el fiat del que hablamos es el paso o la decisión propiamente dicha. Cuando diversas representaciones sobre distintos cursos de acción posibles se encuentran en tensión, encontramos el fenómeno de la 'deliberación'. Para hablar de acción voluntaria, en el sentido más fuerte del término, debe darse esa oscilación en donde el fiat de la decisión constituye un esfuerzo: "El fin esencial de la voluntad, en una palabra, cuando el acto es voluntario en su grado máximo, es fijar la atención sobre un objeto difícil teniéndolo bien firme delante de la mente" (p. 561). La voluntad es la capacidad de mantener la atención sobre una representación entre otras posibles, en palabras de Renouvier: el juicio procede de la voluntad. Pareciera que están dadas las condiciones para declarar libre a la voluntad, pero James suspende el juicio. Si pudiéramos distinguir con certeza entre los objetos que despiertan interés y los que no lo despiertan, y mensurar también el esfuerzo que algunos objetos suscitan, para saber si después de que se ha prestado una cierta suma de esfuerzo de atención a una representación, se le podría haber prestado un tanto más o un tanto menos, estaríamos en condiciones de responder al asunto. Pero lo cierto es que no poseemos, sostiene James, las herramientas cognitivas para esto, por lo cual lo más prudente es dejar la cuestión abierta. Este punto es crucial: un objeto puede ser causa u objeto de nuestra atención, y, sin embargo, no de modo tajante, sino gradual. Medir con exactitud hasta qué punto sostenemos un objeto y hasta qué punto el objeto aguijonea la atención no es algo que se pueda hacer. Es por esta razón que se deja abierta la cuestión. Pero si "l'amour de la vie que s'indigne de tant de discours" (p. 573)5 se despierta en nosotros demandando una respuesta, deberíamos proyectar sobre uno de los dos puntos de vista -asumiendo la responsabilidad del error posible- el atributo de ser real y llevar nuestra vida práctica en concordancia. Algo similar a lo que afirma en su diario a partir de la lectura del idealista francés.
James pareciera querer mostrar que los psicólogos deterministas entienden estas representaciones como reflejo del mundo y que por ello no se da la posibilidad de un universo moral genuino. Para el norteamericano todo determinismo es una derrota. En cambio, al estar estas representaciones mediadas por el principio activo de la atención selectiva, se habilitaría la autonomía de lo mental frente a lo físico-fisiológico, así como también la independencia de lo moral frente a lo natural. La discriminación de la atención selectiva hace de la representación una instancia de espontaneidad subjetiva en la que es posible la responsabilidad. Sin embargo, la cuestión debe resolverse desde un punto de vista práctico y para ello nos invita a leer "The Dilemma of determinism".
El dilema del determinismo en la crisis de Fin de Siècle
"The Will to Believe" y "The Dilemma of Determinism"6 completan el mapa de la influencia de Renouvier en este tópico. El segundo ensayo es una conferencia ante los 'Harvard Divinity Students', publicada en la Unitarian Review en 1884. James no se detiene aquí en la cuestión de la mecánica psicológica, como lo hizo en The Principles y afirma -siguiendo a los intelectuales franceses recién visitados- que la cuestión 'determinismo-indeterminismo', en su naturaleza intrínseca, es indecidible. Renuncia a la cuestión metafísica y se aboca a explicitar qué es lo que "(...) está realmente en juego en la controversia" (2009, p. 187). Con este fin el autor lleva adelante un análisis de las inclinaciones morales que se desprenden de uno u otro modelo de universo. En su opinión, los supuestos testimonios objetivos de uno y otro bando son insuficientes y por ello lo mejor es que los argumentos giren en torno a las consecuencias de una u otra visión.
En un universo determinista los brotes de maldad no son un acontecimiento aislado, sino un síntoma de la totalidad. Al negar que ninguna otra cosa pudiera estar en su lugar, el determinismo define al universo como un lugar donde lo que debe ser no puede ser. La vida sujeta a carriles fijos se convierte, en opinión de James, en lo que plantea el pesimismo de Schopenhauer: una lamentación sobre la totalidad del mundo y la vida. Dicha lamentación "judgments of regrets'" (p. 201), es también determinada en este esquema, es decir, necesaria.
Si somos monistas, la forma de salir de este pesimismo es a través de una transformación completa de la realidad, logrando, de tal forma, un optimismo "sistemático e incauto" acompañado de una renuncia a los juicios de lamentación (p. 204). Ahora bien, si estos son rechazados, quiere decir que otros juicios -los de aprobación- deberían ocupar su lugar. Pero en un mundo determinista nada puede ser distinto de lo que es, por lo que esta salida del pesimismo nos sumerge en la perplejidad. He aquí el atolladero lógico que constituye el dilema del determinismo.
Una manera de salir de él es la opción romántica de los litterateurs parisiennes. Su actitud consiste en afirmar que el mal no es en realidad tal, sino que es una oportunidad para que nuestra sensibilidad adquiera un más profundo conocimiento sobre el mundo. Para ellos, dice James: "La vida es una larga comilona del árbol del conocimiento" (2009, p. 206). Ésta es la inclinación "gnóstica" o "subjetivista" que exploran tales intelectuales, siguiendo lo iniciado por Rousseau, con las importantes figuras de Ernest Renan y Émile Zola a la cabeza. En una publicación anterior (Jatuff, 2018) he mostrado que la verdadera discusión aquí es con Renan, cuyo diletantismo y falta de compromiso es un tópico muy conocido (Bourget, 2008, p. 123). Zola no es en realidad una figura que aparezca constantemente en sus reflexiones, pero constituye, a sus ojos, un tipo de literatura decadente. La novela experimental buscó adecuarse al espíritu positivo de la época y exploró, entre otros tópicos, la veta de la descomposición que aparece como consecuencia, al menos literaria, del entrecruzamiento de los menos aptos y de la segunda ley de la termodinámica (Pizer, 2006, p. 56). Esto alimentó todo tipo de figuras relacionadas a la falta de agencialidad humana y a la corrupción (Burgwinkle, 2011, p. 529). Para la imaginación naturalista, el determinismo y la degeneración aparecen como leyes que el sujeto no puede eludir. El punto en común que señala James es que por diversas razones estas grandes figuras de fin de siglo no tienen nada para decir en tiempos de crisis. Tanto el pesimismo de Schopenhauer, el gnosticismo romántico de Renan con su diletantismo híper-delicado y el determinismo naturalista Zolasiano que supuestamente emula el proceder científico, son muestras de una sensibilidad en crisis, signada por la vanidad y el agotamiento. A este modo débil y fatalista, James le opone la recia enseñanza de Carlyle: "¡Aparcad vuestras sensibilidades! ¡Olvidad vuestras llorosas quejas y vuestros igualmente llorosos éxtasis! ¡Dejad de lado todos vuestros caprichos emocionales, y poneos a TRABAJAR como hombres!" (James, 2009, p. 215). Ponerse del lado de Carlyle no parece ser la mejor opción; abundan las críticas a su fideísmo anti-ilustrado, a sus invectivas jerárquicas y a lo que sus textos fermentaron políticamente (Sorensen, 2013, p. 1). Pero quizá se pueda rescatar que la apuesta a una voluntad vigorosa, que de forma a una conducta objetiva e independiente del vaivén emocional que generan los dilemas abordados, intenta romper con el determinismo, con el pesimismo y con el gnosticismo. Estas posturas, la apuesta a la libertad y la fuerza de la voluntad constituyen momentos de un gran debate de época. James, como Renouvier y Lequier, abandona la cuestión metafísica por irresoluble y se concentra en lo único que, en alguna medida, depende de nosotros: nuestra actitud.
Incertidumbre y necesidad práctica
En "The Will to Believe", ofrecida ante los clubes filosóficos de Yale y Brown, y publicada en The New World en junio de 1896, James sostiene que en determinadas ocasiones es legítimo escuchar nuestra demanda emocional7. Esto no implica abandonar la actitud crítica, sino más bien, utilizarla con agudeza en asuntos prácticos en los que el escrutinio racional no puede resolver el problema que nos concierne, y no es posible, por la naturaleza misma de la cuestión, no decidir nada. La cuestión de la hipótesis religiosa constituye un caso de este tipo. Para quienes tal hipótesis está viva, es decir, para quienes pueden creer en ella, lo que tenemos es una opción de gran importancia, en el sentido en que nuestra creencia nos permite ganar, desde el mismo momento en que creemos, un cierto bien que es vital. En efecto, para James lo importante del vínculo de fe para con lo supra natural es que sus efectos son terrenales e inmediatos, por lo que permanecer escépticos implica la pérdida de tales frutos. Sostiene James: "En este sentido, el escepticismo no supone evitar la decisión, sino optar por una cierta clase de riesgo particular. Mejor arriesgar a perder la verdad que a caer en el error: tal es la posición exacta de quien impone un veto sobre la fe" (2009, p. 215). Lo que hay aquí, en opinión de James, es una apuesta igualmente pasional, pero cobarde. Se tiene miedo a creer por miedo a errar. En ambos casos el error acecha, pero en un caso encontramos un salto y en el otro la parálisis. En casos indecidibles o inverificables (que hablan, por ejemplo, de la naturaleza eterna de la realidad última o de la libertad de la voluntad) nuestra necesidad empática debería poder establecer un postulado. Sucede, en este caso metafísico indecidible sobre la realidad de lo religioso, algo análogo a lo que sucede con la cuestión de la libertad, y es aquí donde se identifica la influencia de Renouvier. Hemos visto que la cuestión de la libertad es un asunto indecidible, pero existe una diferencia radical entre creer en el determinismo y creer en la libertad. La misma lógica se aplica a la religión: así como el dilema del determinismo es irresoluble, saber si la hipótesis religiosa es verdadera o falsa sólo puede lograrse después de morir. De esta manera, si la hipótesis religiosa está viva para el sujeto en cuestión, solo resta un salto de la voluntad basado en las consecuencias que se siguen de una u otra postulación. Si no se quiere caer en la miseria intelectual y moral, se debe postular la libertad de la voluntad; si se quieren ganar los frutos de la religión (serenidad, confianza, vigor) se debe creer en su realidad. Estas creencias no son arbitrarias, en el caso de que sean creencias vivas, susceptibles de ser creídas subjetivamente, se decide, en casos indecidibles, en virtud de las consecuencias prácticas favorables, sin trascender límites críticos. Los efectos morales beneficiosos que produjo la creencia en la libertad en el propio James serían análogos a los efectos beneficiosos que produce la hipótesis religiosa cuando, siendo una hipótesis viva, se tiene el coraje de abrazarla a pesar del riesgo de que al final sea falsa. Se puede ver cómo, en un trasfondo de falibilidad e incertidumbre, se apela, siguiendo el tono renouvierano y sin caer en un voluntarismo irracional, a un salto que tiene el coraje de elegir lo mejor.
Palabras finales
James manifiesta que no encuentra salida a la cerrazón del mundo empírico y, tal como hemos mostrado, los psicólogos ingleses que él nombra -con diferencias de matices y rigor, siguiendo el procedimiento ejemplar de las ciencias de la naturaleza - entienden que todo acto de la voluntad tiene una causa material antecedente. La uniformidad de la naturaleza exige el estudio empírico basado en la experiencia, y si se quiere avanzar en el ámbito de las ciencias humanas se debe poder dar una respuesta en estos términos. Por lo tanto, una visión crítica de la realidad, que no huya hacia el misticismo o hacia la trascendencia, llevaría al determinismo y este a la ruina moral. Los Essais de critique générale de Renouvier llegan en este punto crucial para aportar una perspectiva de rigor fenomenológico, que a nivel vital liberará a James de entender su malestar psicológico en términos de una descomposición fisiológica determinante, y a nivel teórico le brindará la posibilidad de pensar la libertad sin abandonar el rigor crítico. Fue Lequier quien inició esta corriente haciendo notar a Renouvier que el dilema del determinismo es irresoluble, por lo que solo resta un salto de la voluntad, basado en la información incompleta disponible y en las consecuencias que se siguen de una u otra concepción del mundo. Queda establecida así la necesidad práctica de ciertos postulados sin los cuales no sería posible el conocimiento ni la vida moral. Renouvier sigue este planteo y señala un punto psicológico fundamental: la autonomía de los fenómenos mentales con respecto a la dimensión fisiológica. De esta manera, se presenta un desplazamiento del planteo naturalista reduccionista y, por ello, se abre una posibilidad, para James, de conjugar el rigor teórico crítico con el indeterminismo. Si no se quiere caer en la miseria intelectual y moral se debe postular la libertad de la voluntad.
Esta creencia no es arbitraria, sino que llega luego de un proceso deliberativo que evidencia que el asunto no puede resolverse positivamente y por ello se elige, por sus consecuencias, un juicio sobre otros posibles.
Hemos precisado el modo en que los psicólogos ingleses (Bain, Mill y Spencer) son deterministas y cuál es la vía que ofrece Renouvier. Ésta se encuentra a mitad de camino entre la metafísica y la filosofía práctica. En otras palabras: se resuelve desde el punto de vista de la necesidad práctica el dilema de la libertad que, en sus propios términos, parece metafísicamente irresoluble. Este modo de proceder, que vincula lo psicológico, lo moral y lo metafísico, es un fragmento representativo de investigaciones filosóficas y psicológicas de la época. Muchos científicos, los ingleses revisados y gran parte de la incipiente psicología del siglo XIX, caen en el determinismo en el intento de extender los métodos de las ciencias naturales de su tiempo al ámbito de lo humano. Sea o no epistemológicamente viable, esto trajo aparejado una serie de problemas a la reflexión moral y culturalmente ensombreció el ánimo. Si no se presupone algún tipo de libertad subjetiva las posibilidades de la vida humana se desvanecen, lo que fue uno de los constituyentes de lo que hoy se conoce como la crisis de Fin de siècle. James tiene algo que decir en este debate psicológico, filosófico y cultural. Al poner en relación entre sí The Principles of Psychology, "The Will to Believe" y "The Dilemma of Determinism" con sus fuentes y anotaciones, esclarecimos, a nuestro entender, esta dimensión de su apuesta teórica.
Referencias
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Notas