Artículo de Reflexión
La politicidad de la experiencia vivida: reflexiones desde la filosofía y la interseccionalidad1
The politicization of lived experience: reflections from philosophy and intersectionality
La politicidad de la experiencia vivida: reflexiones desde la filosofía y la interseccionalidad1
Cuestiones de Filosofía, vol. 9, núm. 33, pp. 101-125, 2023
Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC)
Recepción: 15 Diciembre 2022
Recibido del documento revisado: 23 Julio 2023
Aprobación: 28 Julio 2023
Resumen:
Este trabajo parte de la idea de que en el marco de una lógica occidental moderna, y de sociedades capitalistas patriarcales, se relega a las mujeres al lugar de alteridad en relación a lo masculino, y se las homogeneiza bajo la representación de una "arquetípica Mujer", que se articula con otra que homologa mujer a madre. Mostraremos que para que estas representaciones sean internalizadas, es necesario que operen discursos que circulan en tec nologías sociales como el cine, en los que se prescriben normas y criterios de "lo normal". Frente a estos discursos normativizantes con sesgos sexistas, racistas, eli tistas y capacitistas, sostengo que las posiciones discursivas excéntricas, al decir de Teresa de Lauretis, son potentes para subvertir los procesos de subjetivación/sujeción que determinan qué lugar ocupar dentro de la es tructura social. Para ello se recuperan críticas desde el margen como las de Adrienne Rich, y sus reflexiones en torno a la experiencia personal sobre la maternidad, experiencia que comprende simultáneamente como insti tución. Así mismo son recuperados los aportes del pensamiento feminista negro y su importancia de narrar en primera persona las experiencias vi vidas. Todo esto tiene el propósito mayor de cuestionar nuestros propios posicionamientos y experiencias, y de abogar por el reconocimiento de un sujeto múltiple, contradictorio, disidente y otro.
Palabras clave: Subjetivación, margen, episteme, resistencias.
Abstract: This study is contextualized under the notion of the relegation of women to a place of alterity with respect to masculinity within modern Western mentality and patriarchal capitalist societies. Additionally, women are ho mogenized under a representation of "archetypal woman", which is in turn linked with other representations such as the pairing woman/mother. We will show that, in order for these representations to be internalized, it is necessary to establish certain discourses stipulating norms and criteria of "normality" via their circulation in social technologies such as films. In the context of such normative discourse with sexist, racist, elitist and ableist baises, we argue that eccentric discursive positions, as stated by Teresa de Lauretis, are powerful forces for subverting the subjectification processes that establish the roles to be performed within social structure. In order to do that, we go back to critiques from the margin, as those by Adrienne Rich, and relect on personal experience related to maternity, which is also considered as an institution. Additionally, we recover the contributions of Black feminist ideas and the importance of narrating experiences in first person. These efforts are oriented towards the purpose of questioning our own positions and experiences, as well as recognizing a multiple, contra dictory, dissident, and "other subject".
Keywords: Subjectivation, margin, episteme, resistances.
Introducción
Este trabajo parte del análisis de los efectos materiales que ciertos discur sos -con carácter fuertemente normativo- tienen para legitimar prácticas de exclusión, violencia y aniquilamiento. Estos efectos se radicalizan en contextos de avanzada neoliberal y neoconservadora como ocurre a nivel regional y global, y reactivan dicotomías jerárquicas -tales como cuerpo/ alma; naturaleza/cultura; pasión/razón; materia/pensamiento- propias de la lógica occidental moderna.
En este marco de referencia, "lo corporal" es homologado a "lo más bajo" -articulando procesos de subjetivación/sujeción con procesos de sexualización, racialización y generización-, lo que tiene como resultado el aniqui lamiento de ciertos sujetos. La matanza de brujas en el periodo de transición del feudalismo al capitalismo, puede ser una ilustración para comprender los efectos materiales que los discursos degradantes en torno a las mujeres han tenido en ese periodo, así como también para comprender las construcciones discursivas como mecanismos de subjetivación/sujeción en articulación con instancias de diferenciación social como la pertenencia de clase, racial, sexual y de género. A continuación, se propone sustentar lo anteriormente señalado, llevando a cabo una lectura culpable, no ingenua, de la siguiente cuestión: ¿Qué relación guarda esta matanza -uno de los mayores sexocidios de la historia- con el surgimiento del nuevo orden capitalista?
Para responder a esta pregunta se recurre al análisis de Silvia Federici, para quien las mujeres homologadas a la naturaleza e identificadas con la corporal idad a través de discursos y representaciones del periodo transicional al capi talismo, sirvió como argumento para que estas sean perseguidas y eliminadas. En este sentido, cabe atender a que estos discursos representaban a las mujeres como carentes de racionalidad: "excesivamente emocionales", "lujuriosas" e "incapaces de manejarse por sí mismas", lo que tuvo como efecto que éstas fueran puestas necesariamente bajo el control masculino y del Estado.
Ciertamente, la degradación de las mujeres a través de las construcciones discursivas de la época las exponía como "(...) poco razonables, vanido sas, salvajes, despilfarradoras, regañonas, bestialmente sexuales, brujas y hechiceras, entre otras cosas" (Federici, 2010, p. 180). Tales representaciones fueron creando las condiciones para que las mujeres fueran privadas del con trol de sus cuerpos y de sus decisiones en todo lo vinculado a sus proyectos de vida, sus trayectorias, deseos y propósitos. Esto ha generado grandes de bates en torno a la relación entre producción-reproducción, público-privado, capitalismo y patriarcado.
Lo que interesa en el presente artículo son los mecanismos que posibilitaron y posibilitan procesos simultáneos de subjetivación/sujeción del binomio mujeres-madres. En tal sentido, desde una lectura sintomal (Parra, 2021a; Pavón Cuellar, 2019) se atiende al hecho de que -como fue mencionado anteriormente- en el periodo de transición del feudalismo al capitalismo las mujeres eran consideradas como irracionales y bestiales, pero cuando se instaura el capitalismo, el discurso sobre estas cambia. A partir de entonces son descritas como "obedientes", "sumisas", "capaces de apaciguar a los hom bres", etc.; lo que manifiesta que el proceso de domesticación de ellas se imbrica con el proceso de degradación social.
Los efectos materiales de las representaciones discursivas degradantes sobre las mujeres implican violencias y exclusiones contra estas, que se radicalizan en contextos de mayor hostilidad, tal como ocurre, por ejemplo, en contextos dictatoriales. Cabe señalar en esta dirección, que en la última dictadura militar argentina (1976-1983) la política ideológica exacerbó los roles estereotipados de género existentes en la sociedad capitalista patriarcal, con la finalidad de doblegar a las mujeres, exaltando sus funciones reproductivas y domésticas, y buscando cristalizar el rol de éstas como garantes de la familia nuclear, como célula básica de la sociedad. En este marco del neoconservadurismo y del neoliberalismo en el que se refuerzan los valores de la institución familiar, militar y religiosa:
(...) las mujeres militantes fueron consideradas como elementos transgresores altamente peligrosos, no solo por su militancia contra el orden establecido, sino en tanto encarnaban una ruptura con los roles de géne ro tradicionales. Esto es lo que explica por qué el terrorismo de Estado incluyó métodos de represión específicos contra las mujeres, que podría mos describir como de "disciplinamiento de género", en el que la violencia sexual constituye el peor castigo para las mujeres militantes. Ser mujer y ser militante las "hacía altamente peligrosas para el orden social", por ello debían ser radicalmente castigadas. El trato con los varones era de humi llación y sometimiento, pero de igual a igual; en cambio, las mujeres eran despreciadas y degradadas mediante la violencia sexual, que fue una forma de sometimiento y humillación radical al punto de deshumanizarlas y ani quilarlas como 'sujetas'. Este disciplinamiento que intenta "encauzar" a las mujeres en los roles socialmente establecidos es el mismo que opera detrás de todas las formas de violencia de género. Disciplinar, controlar, anular es el mensaje dirigido a las otras mujeres que observan estos crímenes, aterrorizadas (Parra, 2020, p. 202).
Ahora bien, en lo relativo a los mandatos de género, a nuestro entender, en la actualidad sigue operando un mandato de género en el que subyace un ideal de "buena madre", en el que se entrecruzan dosis de amor y de entrega incon dicional, con la culpa y el sacrificio que la ideología neoliberal conlleva, y que produce sujetos deseosos de determinados objetos que se perciben como escogidos autónomamente, pero en realidad se encuentran determinados por los requerimientos del sistema capitalista colonial y neoliberal.
En efecto, lo que nos interesa destacar es que el eje central de la existencia lo impone el mercado de trabajo capitalista, sus ritmos y exigencias, mientras los cuidados son invisibilizados, relegados a zonas periféricas, y la vida es supeditada a la producción de ganancias, que se manifiesta en el solapamiento de cuestiones vinculadas al cuidado de quien cuida, al modo de hacerlo y los costos que ello implica.
La brecha de género y los sesgos sexistas-racistas-elitistas y capacitistas son impuestos estructuralmente desde las instituciones -las tecnologías sociales al decir de Teresa de Lauretis (1993)-, que mediante mecanismos discursivos prescriben qué posición ocupar en la formación social. Sin embargo, como la propia autora destaca, también existe la posibilidad de ocupar una posición ex céntrica que subvierta y desestabilice estos anclajes. Uno de los lugares privi legiados para este proceso está en las críticas desde el margen a las tecnologías sociales que prescriben mandatos sociales. En esta dirección se retoma la propuesta de bell hooks (1989) de comprender al margen como metáfora espacial, de un lugar subordinado e inferiorizado por una intersección de categorías de diferenciación social.
Aunque existen múltiples posiciones excéntricas que pueden ser mencionadas y muchas otras que permanecen inexploradas, en este trabajo se recupera la crítica de Adrienne Rich (2019) a las pretensiones universalistas y totalitarias acerca de la maternidad, con el propósito de examinar y exponer los meca nismos mediante los cuales se normativiza y se impone una única manera de ser mujer-madre. Así como nos interesa subrayar sus propuestas alternativas y subversivas de maternar.
Una de las razones para poner la mirada sobre Rich es que la autora otorga centralidad al lugar de las representaciones discursivas para cristalizar y totalizar el binomio mujer-madre, cuyo cuerpo:
(...) con su capacidad para la gestación, que da a luz y cría la nueva vida, ha constituido, durante todas las épocas, un territorio de contradicciones: un espacio investido de poder y una vulnerabilidad aguda; una figura maléfica y la encarnación del mal; un cúmulo de ambivalencias, muchas de las cuales han servido para descalificar a las mujeres y apartarlas del acto colectivo de la cultura interpretativa (Rich, 2019, p. 157).
En la crítica de Rich hay puntos en común con los aportes del pensamiento feminista negro en los que, de manera novedosa, subyace la propuesta de cons truir conocimientos y estrategias políticas a partir de las narrativas basadas en las propias experiencias vividas (Davis, 1981), otorgando valor heurístico al punto de vista (Standpoint) desde el cual se conoce, comprende, experimenta y percibe el mundo. Estos relatos en primera persona, no sólo son potentes para articular relexiones compartidas con efectos "terapéuticos"1, sino tam bién para posibilitar la elaboración conjunta de programas de transformación. Para muestra de ello, por ejemplo, cabe remitirse al Manifiesto de la Combahee River Collective (1988).
Tanto en la escritura de Rich como en la de feministas negras nucleadas en la Combahee River Collective se otorga un estatuto central a la voz en primera persona y se comprende la escritura como refugio y herramienta reivindicativa, en la que se trenza "lo personal con lo político", sin caer en la trampa de considerar que la dimensión de "lo político" se reduce a "lo personal", aunque sea un buen punto de partida metodológico para tramar una "política de las articulaciones" (Parmar, 2012).
En Nacemos de mujer Rich señala que tras la entrega absoluta que requiere la maternidad -entendida como una de las experiencias más reglamentadas y vigiladas por las normas y mandatos sociales- se produce en la madre una especie de disolución de la identidad. Aunque, claro está, no todas seremos vigiladas de la misma manera, sino que esta vigilancia estará entrecruzada con otras categorías de diferenciación social como la pertenencia geopolítica, etaria, de clase, étnico-cultural, para lo cual es menester asumir una perspectiva interseccional y dar un rodeo en torno a la dimensión discursiva como meca nismo de moldeamiento de la maternidad.
La domesticación de la maternidad a través de construcciones discursivas
En el marco de una posición materialista como la de Louis Althusser en Tres notas sobre la teoría de los discursos (1996), en cualquier formación social "(...) la base requiere la función-Träger (soporte/portador) como una función para asumir, como un lugar que debe tener en la división técnica y social del trabajo" (1996, p. 117). Sin embargo, este requerimiento es abstracto, ya que la estructura no establece quiénes deberán ocupar esos lugares. Es la ideología la que asegura la función de designar el sujeto (en general) que debe ocupar esta función. Y para ello debe interpelarlo como sujeto, proporcionándole las 'razones-de-sujeto' (raisons de sujet) para asumir estas funciones, que "(...) figuran con todas sus letras en un discurso ideológico que es, pues necesa riamente, un discurso referido al sujeto al que se dirige, que implica también necesariamente al sujeto como significante del discurso" (p. 117). Bajo estas coordenadas, el sujeto debe figurar explícitamente entre los significantes del discurso ideológico, porque existe una relación de necesidad entre ambos.
Al reclutar a los sujetos, el discurso ideológico los instaura como tales al mis mo tiempo que los recluta. Todo acontece en un mismo y único acto, ya que separa a cada individuo del resto y en el mismo movimiento llama al individuo a responder por sí mismo. El desarrollo de tal mecanismo pone de manifiesto la circularidad de la ideología, cuya estructura de centrado especular "funciona en un sentido estricto como la policía: interpela y solicita los documentos de identidad al interpelado sin presentar a su vez, sus documentos de identidad, pues lleva el uniforme de Sujeto que es su identidad" (p. 121). La ideología se articula entonces sobre las estructuras económicas y políticas por el hecho de permitir marchar a la función Trager, "transformándola en función sujeto, ya que la forma en la que el discurso ideológico interpela a los individuos es tal que permite al sujeto interpelado reconocerse y reconocer su lugar en el discurso, al mismo tiempo que le garantiza que en efecto es él el interpelado" (p. 120).
Ahora bien, aunque la estructura material del discurso ideológico determina lugares y funciones que son ocupados por agentes de la producción -los porta dores de estas funciones-, la ideología no sólo interpela a los individuos como sujetos, autores y responsables de sus actos. También los "recluta" y "requisa" como Trager, por ende, "como soportes de la base económica de toda forma ción social" (Montag, 2015, p. 28).
Cabe señalar que si bien Althusser utiliza los verbos 'reclutar' y 'requisar' como sinónimos, hay -como bien detecta Montag- una contradicción entre ambos. Mientras que el primero presupone el consenso ("enrolarse", "ins cribirse" voluntariamente), el segundo funciona como cumplimiento ante un mandato. Siguiendo esta línea de análisis, aunque el discurso ideológico sólo tenga sentido como interpelación, reclutando a los individuos y obligándolos a asumir las funciones requeridas por los diferentes niveles de la estructura social, la interpelación no debe confundirse con un reconocimiento intersub jetivo. Este reconocimiento "no es una exhortación pura y simple, sino una empresa de convicción/persuasión: debe pues garantizarse a sí misma con respecto al sujeto que la interpela" (Althusser, 1996, p. 118).
De esta manera, la conciencia que se imagina originaria es, en verdad, un efec to retroactivo de los actos, rituales y prácticas corporales (incluidos los actos, rituales y prácticas discursivas) que componen los Aparatos Ideológicos de Es tado (AIE), y que los constituyen como tales mediante la práctica de la interpe lación. El proceso mediante el cual los individuos se constituyen en sujetos, el proceso de subjetivación, es entonces al mismo tiempo un proceso de sujeción a determinados ámbitos de la vida social de acuerdo con los requerimientos del sistema económico-social. Para llevar a cabo este doble proceso, las eviden cias tienen un papel fundamental: son la condición de posibilidad del sujeto, poniendo de manifiesto la relación necesaria entre el sujeto y la estructura de la interpelación-garantía que produce el efecto de subjetividad ideológica: el efecto ideológico fundamental, su "evidencia".
Así las cosas, la tesis central de la teoría materialista de la ideología es la prácti ca de la interpelación ideológica -que consiste en rituales que reclaman de los individuos la evidencia de que sus ideas y sus comportamientos no dependan de la propia interpelación-, con lo cual la función del reconocimiento ideoló gico tiene como contrapartida el desconocimiento, por parte de los individuos, de que únicamente pueden ser sujetos en tanto forman parte de una práctica so cial, que además les ha sido asignada previamente, incluso antes de nacer. Sin embargo, esta asignación previa, y los rituales que constituyen a determinados sujetos como tales, pueden fallar "y de hecho fallan" (Pêcheux, 2016).2
Para que tal sistema se mantenga en funcionamiento, y para que la reproduc ción de las relaciones de producción sea asegurada en las prácticas cotidianas, es necesario, por ello, que este mecanismo de reconocimiento especular del Sujeto se desarrolle bajo la forma de un desconocimiento, ya que "la realidad de este mecanismo, aquella que es desconocida en las formas mismas del reco nocimiento es efectivamente, la reproducción de las relaciones de producción y las relaciones que de ella dependen" (Althusser, 1988, p. 63).
Tecnologías de género
Para Teresa de Lauretis, la construcción de la representación forma al mismo tiempo la auto-representación a través de los discursos institucionalizados y de las diversas tecnologías sociales -como el cine-, que tienen la posibilidad de controlar el campo de significaciones sociales y la posibilidad de producir y promover representaciones de género. Se comprende entonces que el cine, en tanto soporte material y actividad significante, es uno de los aparatos sociales a partir de los cuales se construye la subjetividad. Es por ello que a partir de una crítica del cine se puede desentrañar, entre otros, la ideología que subyace en la representación de las mujeres.
En Alicia ya no, de Lauretis plantea que en el cine, lo mismo que en las teorías acerca del lenguaje, como en el psicoanálisis, se niega a las mujeres su posi ción de sujeto y su ser creadoras de cultura, relegándolas al papel de objeto y fundamento de la representación. La subjetividad de las mujeres se define, en realidad, a partir de los sujetos masculinos. Esto produce que las mujeres se encuentren a sí mismas en un vacío de significado, "(...) un lugar no represen tado, no simbolizado, y así robado a la representación subjetiva (o a la auto-re presentación)" (de Lauretis, 1992, p. 19). Esto es lo que no aparece en ninguno de los modelos mencionados anteriormente.
Es a partir de la postulación de sujeto excéntrico, no ya de sujeto-mujer, que Lauretis propone salir del contrato heterosexual y de la ideología de género. En palabras de la autora:
(...) no sólo en el sentido de desviarse de la senda convencional, normativa, sino también ek-céntrico en el sentido de que no se centraba en la institución que sostiene y produce la mente hétero, es decir, la institución de la hetero-sexualidad (...) Lo que caracteriza al sujeto excéntrico es un doble desplaza miento: primero, el desplazamiento psíquico de la energía erótica hacia una fi gura que excede las categorías de sexo y género, la figura que Wittig llamó "la lesbiana". Segundo: el auto-desplazamiento o la desidentificación del sujeto de los supuestos culturales y las prácticas sociales inherentes a las categorías de género y sexo (2015, p. 4).
Esta posición subjetiva que propone la filósofa italiana es "(...) una posición que se logra sólo por medio de las prácticas del desplazamiento político y personal a través de los límites de las identidades sociosexuales y de las co munidades, entre los cuerpos y los discursos y que yo quiero llamar sujeto excéntrico" (1993, p. 106). Esta "nueva" 'posición-sujeto' revaloriza "los discursos de las minorías y la afirmación de los saberes subyugados como parte de la crítica al discurso colonial, y de la crítica feminista a la cultura occidental y al feminismo (blanco) occidental" (p. 106).
De lo que se trata es de producir prácticas y discursos feministas desde los márgenes, desde los intersticios de las instituciones, para dar lugar a las subjetividades dislocadas, disidentes: "fuera del monopolio del poder/saber (hétero) sexual masculino" (2015, p. 4). Esta posibilidad de resistencia y de desidentificación con el discurso masculino hegemónico está dada, según de Lauretis, porque la construcción del género es:
(…) también afectada por su deconstrucción; es decir por cualquier discur so, feminista u otro, que pudiera dejarla de lado como una tergiversación ideológica. Porque el género, como lo real, es no sólo el efecto de la re presentación sino también su exceso, lo que permanece fuera del discurso como trauma potencial que, si no se lo contiene, puede romper o desestabi lizar cualquier representación (p. 9).
Para la filósofa italiana, el género como diferencia sexual no sólo es excluyente al quedar anclado en un esquema dicotómico binario, sino que además no logra dar cuenta del entramado complejo que constituye a las subjetivi dades, y sus múltiples experiencias, a partir de la imbricación de las distintas instancias y la articulación de los distintos sistemas de poder. En este sentido, la crítica que formula de Lauretis está entrelazada con las críticas realizadas desde el margen al feminismo hegemónico, que universaliza las experien cias de las mujeres al no comprender al género como parte de un entramado complejo, en el que la combinación e interseccionalidad de determinaciones vinculadas a la clase, la elección sexual, la pertenencia geopolítica, étnica y cultural, son fundamentales para el sujetamiento a determinados lugares de la estructura social.
Siguiendo esta línea de análisis, ¿mediante qué mecanismos se prescribe cómo habitar el binomio mujer-madre? De acuerdo con la hipótesis de la materialidad de las tecnologías sociales como el cine, el mandato de la ma ternidad -en articulación con el de la heterosexualidad obligatoria- se re produce a través de representaciones que circulan en medios hegemónicos de comunicación, en publicidades y en el cine, de los que existen sobrados ejemplos a lo largo de décadas. Sin embargo, por supuesto, también exis ten voces disidentes enunciadas desde una posición discursiva excéntrica, como aquellas que cuestionan el "mito de la madre perfecta" en relación de oposición dicotómica con la representación de la mala madre.
Cabe señalar, en este sentido, que se ha generalizado a lo largo de la historia un determinado ideal de buena madre, caracterizado por la abnegación y el sacrificio. La mamá al servicio, en primer lugar, de la criatura y, en segundo, del marido. El mito de la madre perfecta y devota, casada, monógama, sac rificada por sus criaturas y feliz de hacerlo, quien siempre ha antepuesto los intereses de hijos e hijas a los suyos, porque se supone que no tenía intereses propios. Un mito presentado como atemporal, cuando en realidad sus pilares son específicos de la modernidad capitalista y occidental.
El mito de la madre perfecta, de hecho, solo sirve para culpabilizar y estig matizar a las mujeres que se alejan de él. Las madres son consideradas fuente de creación, pero también chivos expiatorios de los males del mundo cuando no responden a los cánones establecidos. Se las responsabiliza de la felicidad y los fracasos de sus hijas e hijos, cuando ni lo uno ni lo otro está a menudo en sus manos, pues dependen más de una serie de condicionantes sociales. La maternidad patriarcal ha hecho que muchas madres a lo largo de su vida sientan "(...) la autonegación, la culpa, y la depresión, así como una ansiedad patológica y un estado de alerta permanente (...)" (Rich, 2019, p. 99).
Es importante señalar, que si bien Rich propone partir del aporte epistémico-político de la experiencia personal en torno a la maternidad, apuesta a la construcción colectiva de conocimientos y de estrategias que posibiliten articular demandas, y no reducir las luchas a las políticas identitarias, puesto que, como la autora señala, "la maternidad institucionalizada revive y renue va todas las demás instituciones" (p. 92). Su crítica a la maternidad como experiencia personal y como institución implica, por tanto, comprender tam bién las posibilidades de transformarla.
El lugar de la experiencia personal. La maternidad como experiencia y como institución
En el marco de una concepción idealista que propone una "arquetípica Mu jer", el mandato de la maternidad ocupa un lugar central. Tal como dan cuen ta las críticas de la poeta y activista lesbofeminista Adrienne Rich, y las dis cusiones contemporáneas en torno a la necesidad de que la "maternidad sea deseada para ser".
Ahora bien, las críticas de Rich tienen total vigencia para mostrar que la maternidad queda sujeta a los procesos de "intensificación neoliberal", en la que se mezclan cultura consumista e imaginarios de clase media en un contexto (el de los incipientes años ochenta del siglo XX) en el que el con servadurismo religioso y político -por la avanzada de ideologías de derecha y de las Iglesias en los Estados Unidos- producía una "guerra contra mujeres pobres y sus hijos", atacando los hogares encabezados por ellas, a los cuales retiraron los servicios y los apoyos federales. Esta experiencia histórica tiene semejanzas con la avanzada neoconservadora -tanto liberal como religiosa, que vivimos actualmente a nivel global, regional y local-, cuyo reactivis mo político arremete contra todo aquello que amenace con desestabilizar el poder económico y político concentrado en algunos sectores. Entre estas amenazas se encuentra lo que estos sectores representan como "ideología de género" (cfr. Parra, 2021b; Machado, 2018).
¿Qué amenaza representa una "mala madre" o una "no-madre"? Desde una perspectiva crítica de las múltiples articulaciones entre capitalismo, capacitismo, sexismo y racismo, podemos trazar similitudes entre los efectos que estas articulaciones tienen en subjetividades inferiorizadas por razones de clase, dis capacidad, sexo-género y racialización. Todas estas subjetividades -no asum idas de manera general, sino singular y diferencial- tienen en común el hecho de ser representadas socialmente como "no productivas", como un obstáculo para la reproducción del sistema. Sin embargo, las prescripciones que buscan determinar de qué manera ubicarse y actuar en el marco del capitalismo neolib eral, no están exceptas de tensiones, contradicciones y ambigüedades.
Por un lado, quienes maternan deben hacerlo de manera sacrificada, abnegada y desinteresada, sin buscar reconocimiento simbólico ni material por las tareas de cuidado hacia los demás, basadas en el amor "incondicional". Simultán eamente, quienes maternan deben también ser productivos en el mercado de trabajo, es decir, trabajar tanto en el ámbito público y privado, sólo que en el segundo se hace de manera solapada.
Estas exigencias, propias de un sistema que supedita todo a la producción de ganancias, hace enfrentar los ideales de madres -consideradas como bastiones de la familia nuclear, entregadas absolutamente a ésta-, con los ideales de madres-máquinas, productivas en el ámbito laboral y público, pero también reproductivas y cuidadoras de la fuerza de trabajo. Desde estas coordenadas, la maternidad -o mejor dicho: las múltiples experiencias de maternidad- que da en una encrucijada debido a los discursos normativos dicotómicos y es tereotipados, que condenan a quienes maternan y no pueden estar disponibles plenamente para el trabajo. De esto dan cuenta investigaciones como la de Mariana Silveira dos Santos Rosa (2023), que cuestiona las políticas estatales de Brasil relacionadas con la educación de la primera infancia -guarderías, jardines maternales e infantiles-, que excluyen principalmente a niños de fa milias trabajadoras a causa de aranceles inaccesibles para ellos.
Por otra parte, se condena socialmente a quienes maternan y no pueden hacerlo de acuerdo a lo que es establecido como bueno en sociedades capitalistas y patriarcales, es decir, con tiempo suficiente y de calidad para los hijos y todo lo relacionado con ellos. Desde una perspectiva interseccional se aprecia que esta condena social está jerarquizada sexogenéricamente, en articulación con la clase y la raza a la que se pertenece. La comparación entre licencias de ma ternidad y de paternidad es un buen ejemplo que ilustra lo anterior.
Por otra parte, no se puede dejar de señalar que estos gestos condenatorios a quienes no cumplen con los ideales de "buenas madres": abnegadas, produc tivas y, además, complacientes, han permeado también los espacios de orga nización y movimientos sociales que se pretenden emancipatorios, tales como los feministas, al devaluar debates vinculados a las crianzas y maternidades. Esto se debe a que se supone a las feministas como mujeres independientes, autónomas, liberadas -o con pretensiones emancipatorias- de los amarres de los cuidados que implica criar (más aún si involucra escasos recursos económicos, problemas de salud, discapacidad, familias monoparentales y "disfuncionales").
Sin embargo, frente a estas condenas y mandatos de cómo habitar la mater nidad, existe la posibilidad de resistencia y subversiones. Para algunas au toras como Rich, narrar las propias experiencias constituye una herramienta epistémica y política. En este sentido, la escritura es no sólo una fortaleza, una especie de refugio, sino "un lugar de combate" (hooks, 2017), tal como lo ilustra Rich:
Las mujeres han sido madres e hijas, pero han escrito muy poco sobre este tema; la vasta mayoría de imágenes visuales y literarias de la maternidad nos llega filtrada por una conciencia masculina individual y colectiva. Tan pronto como una mujer sabe que lleva un hijo en el vientre, cae dentro de la esfera de poder de las teorías, ideales, arquetipos y descripciones de su nue va existencia, pero casi nada de eso proviene de las otras mujeres (a pesar de que sean las mismas mujeres quienes lo transmiten), aunque ha flotado invisiblemente sobre ella, desde que por vez primera se consideró mujer y, después, potencialmente, como madre (2019, p. 111).
Pero la experiencia de la maternidad no es única, así como no existe una "mujer" arquetípica ni comprendida de manera esencialista. Sin embargo, hay que reconocer que en Nacemos de mujer Rich se refiere a madres como mujeres a partir de su genitalidad, lo cual podría ser visto como un resabio de posiciones biologicistas. Sin embargo, es acertado su abordaje de la expe riencia de la maternidad en clave interseccional, atendiendo al hecho de que la raza y la clase son fundamentales para comprender la experiencia única, irrepetible, singular e intransferible de la maternidad.
Los aportes del pensamiento feminista negro en clave interseccional
El punto de partida del atento tratamiento de la complejidad que supone el entrecruzamiento de múltiples experiencias -tanto de opresión como de pri vilegio- es el reconocimiento de que los espacios de privilegio que ocupan algunos sujetos en la estructura social tienen como reverso la exclusión de otros, y son el efecto de procesos de jerarquización racial, sexual, funcional, de clase y de género.
Más que destacar las características, aciertos y límites de la perspectiva in terseccional, lo que importa es subrayar sus raíces históricas. En este sentido, cabe señalar que la perspectiva interseccional está inspirada en reivindica ciones de movimientos sociales, especialmente afroamericanos y feministas antiimperialistas. Tal como dan cuenta investigaciones que trazan una ge nealogía que vincula la perspectiva interseccional con sus antecedentes en el blues femenino de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, con la Alianza de Mujeres del Tercer Mundo y con la resistencia política de la Co lectiva Combahee River (Parra y Busquier, 2022), enfocada en las violencias interseccionales, al reconocer que "el eslabonamiento/entrecruzamiento de los sistemas mayores de opresión crea las condiciones específicas" de vida. Las integrantes de la Colectiva apuntan, además, al reconocimiento de sus antecesoras, afirmando que "el feminismo Negro contemporáneo es un re florecimiento de incontables generaciones de sacrificio personal, militancia y trabajo por parte de nuestras madres y hermanas" (Colectiva Combahee River, 1988, p. 173).
Siguiendo este gesto de reconocimiento, resulta pertinente recuperar la expe riencia histórica de resistencias feministas soslayadas y opacadas por un fe minismo hegemónico centrado en la experiencia de mujeres con privilegios de raza, clase, sexualidad y pertenencia geopolítica. El feminismo negro estadounidense3 -que albergaba tradiciones marxistas, feministas y antirracistas- constituía una resistencia política con su crítica radical tanto al racismo del feminismo blanco hegemónico y liberal conservador, que no era sensible a las experiencias vividas desde el margen (hooks 1984; Davis, 1981), como al sexismo de los activistas afroamericanos, que no advertían o querían atender al carácter generizado de la dominación racista o de la lucha de liberación negra (Viveros Vigoya, 2009).
Las contribuciones teóricas de las intelectuales feministas negras, que a partir de la década del ochenta introdujeron en las agendas académicas re flexiones en torno al entrecruzamiento de opresiones tales como el género, la raza, la clase y la sexualidad, se sustentan, principalmente, no solo en las experiencias personales, sino también colectivas de diversas mujeres afro-descendientes, que desde la esclavitud en los Estados Unidos desarrollaron diversas propuestas emancipadoras buscando combatir, especialmente las opresiones de género y raza.
En efecto, a partir de la década del ochenta empezaron a salir a la luz tex tos producidos por intelectuales negras, entre las que podemos destacar a bell hooks, Audre Lorde, Angela Davis, Patricia Hill Collins y Kimberlée Crens haw, entre otras. Cabe decir que bell hooks, por ejemplo, ofrece un análisis político y teórico que resignifica los márgenes del feminismo y visibiliza el lugar de las mujeres afrodescendientes en el colectivo de mujeres concentradas exclusivamente en el género como único determinante de sus destinos. Para la autora, la literatura producida por las feministas blancas estaba atravesada por un racismo que negaba la participación política de las mujeres negras en el movimiento feminista, generando la falsa idea de que el género, la raza y la clase eran asuntos separados. En contraposición a esto, hooks (2004) entendía que en la sociedad estadounidense las estructuras de clase estaban conforma das a partir de criterios raciales, por lo que solo a través del análisis acerca del racismo y de su lugar en la sociedad capitalista sería posible comprender de manera acabada las relaciones de clase.
Según Patricia Hill Collins (2012), el pensamiento feminista negro tiene como principal objetivo enfrentar las múltiples opresiones de raza, género y clase que recaen sobre las mujeres negras, ya sea de manera simbólica o física, para establecer lazos entre ellas, quienes a partir de sus experiencias individuales pueden generar procesos de conciencia colectiva.
La idea de triple opresión, compuesta por el género, la raza y la clase, a la que se referían las feministas negras de la época, adquirió diversas denominaciones y definiciones tales como simultaneidad de opresiones, impulsada por la Co lectiva del Río Combahee anteriormente mencionada. El término perspectiva interseccional o interseccionalidad, fue propuesto por Kimberlée Crenshaw (1989), quien sostiene que las realidades de las mujeres negras no pueden ser explicadas separadamente a partir del género o de la raza. Por el contrario, tener una perspectiva interseccional serviría para observar "las distintas formas en las que la raza y el género interactúan y cómo generan las múltiples dimensiones que conforman las experiencias de las mujeres negras" (Crenshaw, 2012, p. 89).
De esta forma el feminismo negro redefine el concepto de opresión al incor porar la noción de matriz de dominación (Hill Collins, 1998) y al adoptar la "teoría del punto de vista" como bases del pensamiento feminista negro, enfatizando la perspectiva de las propias mujeres negras acerca de sus expe riencias vividas. En efecto, distintas autoras afrodescendientes han partido del análisis de prácticas políticas como base para la construcción de saberes en la academia, retomando la propuesta del "punto de vista", procedente de la epistemología feminista crítica -que nuclea a autoras blancas norcéntricas como Donna Haraway, Sandra Harding, Nancy Harstock-, para poner en cuestión las formas estandarizadas de la producción de saberes en el marco de una lógica eurocéntrica y moderna, permitiendo vislumbrar cómo raza, género y clase se entrelazan dentro de la matriz de poder en el orden social.
Sin embargo, si bien en sus orígenes la propuesta del "punto de vista" por parte del feminismo blanco sirvió para cuestionar el androcentrismo y la objetividad en las ciencias, terminó por reforzar un 'sujeto mujer' universal y homogéneo que, según las autoras afrodescendientes, solo expresaba el punto de vista de las mujeres blancas, de clase media y heterosexuales (Espinosa Miñoso, 2019).
Por el contrario, las autoras feministas afrodescendientes proponen recu perar las diversas experiencias, en este caso de las mujeres negras, para llevar adelante nuevas epistemologías críticas producidas a partir de saberes situados. Esto posibilitó cuestionar aquellas ideas que tendían a universa lizar y homogeneizar al sujeto mujer, perdiendo de vista las pluralidades y singularidades propias del colectivo de mujeres, en general, y de las mujeres afrodescendientes, en particular.
Es por ello que se considera importante reivindicar y revisibilizar perspecti vas y prácticas interseccionales atentas a las especificidades y singularidades de las múltiples experiencias de las subjetividades, para posibilitar estrate gias y resistencias de quienes forman parte de los grupos más vulnerados, por fuera de los gestos "tokenistas", paternalistas y revictimizantes. En este sentido, se reconoce que las mujeres no son un grupo homogéneo o estable en el tiempo y en el espacio, sino que constituyen una categoría política. De esta manera se articulan localizaciones específicas, materialidades concretas, así como memorias e historias diversas de subordinación, pero también múl tiples experiencias de resistencias y luchas. Tales experiencias constituyen el material a partir del cual los feminismos descentrados aportan sus visiones que dan cuenta de "la multiplicidad de opresiones que viven las mujeres, así como matrices de opresión en las que se entrecruzan la opresión patriarcal, la opresión clasista, racista y heterosexista, entre otras" (Parra, 2018, p. 93).
En este sentido se considera que es urgente reconocer el legado de las femi nistas negras para construir una teoría enraizada en las propias experiencias de opresión y de lucha de las mujeres lesbianas, indígenas, negras, pobres, migrantes, mestizas y racializadas. Para ello es fundamental reconocer la ins cripción compleja de prácticas interseccionales en espacios fronterizos, entre academia y activismo, entre teoría y práctica y, en última instancia, entre cuer po y política (Ciriza, 2015; Ochoa, 2012). En estrecha relación con lo anterior, la propuesta busca, asimismo, interpelar la propia práctica académica que está en riesgo de neutralización al ajustarse a los criterios de la ciencia moderna, y busca promover la politización de las propias vivencias, siguiendo la propuesta de "narrar nuestras experiencias en primera persona" (hooks, 2004).
En última instancia la invitación es a trenzar aún más "lo personal con lo político" en los espacios académicos y universitarios, sin caer en la tram pa de considerar que lo político se reduce a lo personal, como pretenden las políticas de la identidad las prácticas políticas que sólo toman como punto de partida los modos personales y experienciales, lo que conduce a una cerrazón retrógrada. Subrayando esta última cuestión, es necesario construir praxis críticas, fomentar debates y discutir experiencias en torno a las maternidades, así como cuestionar las condenas que acechan a quienes deciden maternar.
Reflexiones finales: hacia una politización de la experiencia vivida
A lo largo de este trabajo se ha sostenido que existen múltiples formas de maternar (y de criar), vinculadas a los entrecruzamientos de distintos condi cionamientos sociales, a procesos de precarización, racialización, sexo-generización, así como a las posibilidades de acceso a la salud integral, a la educación inclusiva y a políticas públicas atentas a garantizar crianzas res petuosas para todos, pero también trayectorias de vida dignas, de comienzo a fin. Asimismo, se ha destacado la importancia de adoptar el punto de vista situado y atento a las trayectorias múltiples de las distintas subjetividades, eludiendo los sesgos biologicistas, pero también paternalistas y capacitistas, que restan agenciamiento político a subjetividades inferiorizadas.
Este trabajo propone, para ello, el proyecto de politizar la maternidad a través de la potencia de la construcción colectiva de conocimientos y de herramien tas políticas. En tal sentido, la escritura, entendida como resistencia contra un sistema que detracta a las mujeres en tanto 'sujetas políticas', capaces de valerse por sí mismas, constituye un aporte invaluable de 'colectivas' y espa cios de organización históricos, que nos remontan a los feminismos negros. Tanto para Rich como para autores del pensamiento feminista negro de los años ochenta del siglo pasado, compartir las experiencias "personales" -apa rentemente privadas y a menudo dolorosas- es eficaz para aliviar emocionalmente no solo a quien la compartía, sino también para desplegar y propiciar resistencias, y pedagogizar entre pares, creando una descripción colectiva del mundo "que será verdaderamente nuestro".
No se trata de valorar la experiencia personal por sí misma, como si intrínse camente tuviese un estatuto mayor, sino como narrativa que tiene un efecto terapéutico, es decir, que posibilitaría "sanar", como lo ha aseverado Audre Lorde: "Qué queremos unas de otras después de haber contado nuestras his torias (...) Queremos ser curadas, queremos una musgosa calma que crezca sobre nuestras cicatrices, queremos la hermana todopoderosa que no asuste, que haga que el dolor se vaya, que el pasado no sea así" (Lorde, 1986, citada por Rich, 2019, p. 28).
Sobre esta cuestión se hilvanan autoras de distintas coordenadas y situacionalidades, que otorgan un estatuto al punto de vista desde el cual se interpreta, se mira y se busca comprender una experiencia o un hecho. En sus problematizaciones se encuentra de manera transversal el estatuto central que tienen las narraciones en primera persona para politizar procesos sociales, pero también subjetivos ("lo personal es político"), y para establecer alianzas y soluciones conjuntas. Esta estrategia política involucra un posicionamiento epistémico desde el margen, que otorga centralidad a los conocimientos y saberes pro ducidos a partir de las propias experiencias, y comprende como privilegiado el punto de vista -aparentemente- marginal.
Todo ello constituye una interpelación a adoptar praxis interseccionales, en las que cuestionemos, entre otras cosas, nuestros posicionamientos, los inter-juegos de poder y nuestros (posibles) privilegios, que a menudo puedan encon trarse muy solapados. Es también una interpelación a compartir experiencias, a narrar en primera persona -por ejemplo, sobre la necesidad de tener red o recursos para maternar de manera digna-, pues de lo contrario puede ser una experiencia abrumadora con efectos negativos, principalmente para la madre. En esta misma dirección Rich señala que mientras la institución "maternidad" exista, será la madre la observada y responsabilizada de todo.
Para finalizar, vale resaltar que en este trabajo se ha buscado aportar al análisis de una de las experiencias más contradictorias, ambivalentes, vigiladas, exigi das y, también, desprotegidas como lo es la maternidad. Una cuestión que se encuentra en el espacio fronterizo y ambivalente entre lo personal y lo político, pero también en los bordes y márgenes de la academia y de los activismos; una cuestión urgente al tratarse de la reproducción de la vida, pero que queda relegada en las agendas de la política pública. Se ha buscado también con tribuir a discusiones solapadas por otras más urgentes, que tensan y compleji-zan nuestros aparatos teóricos y nuestras estructuras de pensamiento. Se trata de una invitación a complejizar la mirada, pero también a buscar comprensión de experiencias complejas, así como a mantener la crítica constante y, con ello, provocar desplazamientos continuos en contra de las estabilizaciones que neu tralizan y despolitizan las experiencias. La invitación queda realizada a habitar la casa de la resistencia frente a los discursos normativizantes y excluyentes.
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Notas