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El aprendizaje social: compromiso para asumir retos en las aulas disruptivas

Social Learning: Commitment to taking on challenges in disruptive classrooms

Aprendizagem social: compromisso de enfrentar desafios em salas de aula com problemas

Leisa Daniela Rodríguez Rodríguez
Corporación Universitaria Iberoamericana, Colombia
Melanny Paola García López
Corporación Universitaria Iberoamericana, Colombia

El aprendizaje social: compromiso para asumir retos en las aulas disruptivas

Revista UNIMAR, vol. 43, núm. 1, pp. 41-55, 2025

Universidad Mariana

Recepción: 06 Junio 2024

Revisado: 06 Septiembre 2024

Aprobación: 20 Noviembre 2024

Resumen: El objetivo primordial de este estudio fue potenciar el aprendizaje social en entornos educativos mediante el juego pedagógico, con el propósito de disminuir las conductas disruptivas. Para ello, se empleó la metodología cualitativa y la investigación acción. Los resultados del análisis descriptivo de los relatos de cada participante revelaron las posibles causas de la aparición de las acciones disruptivas. Estos hallazgos resaltan la importancia de los principios de la pedagogía para adoptar un rol activo durante la primera infancia y fomentar el autocontrol y la socialización. Finalmente, cabe señalar que las pautas de crianza deben cimentarse en el respeto, ya que les permite a los niños resolver conductas mediante el diálogo y así lograr el bienestar grupal.

Palabras clave: desarrollo afectivo, habilidades sociales, infancia, juego pedagógico, resolución de conflictos.

Abstract: The primary objective of this study was to enhance social learning in educational settings through educational play with the goal of reducing disruptive behaviors. To this end, qualitative methodology and action research were used. The results of the descriptive analysis of the narratives of each participant revealed the possible causes of the occurrence of disruptive actions. These findings underscore the importance of pedagogical principles for taking an active role in early childhood and promoting self-control and socialization. Finally, it should be noted that parenting guidelines should be based on respect, as they allow children to resolve behaviors through dialogue, thus achieving group well-being.

Keywords: affective development, social skills, childhood, pedagogical play, conflict resolution.

Resumo: O objetivo principal deste estudo foi aprimorar a aprendizagem social em ambientes educacionais por meio de jogos educativos com a meta de reduzir comportamentos perturbadores. Para isso, foram utilizadas a metodologia qualitativa e a pesquisa-ação. Os resultados da análise descritiva das narrativas de cada participante revelaram as possíveis causas da ocorrência de ações agitadoras. Essas descobertas ressaltam a importância dos princípios pedagógicos para assumir um papel ativo na primeira infância e promover o autocontrole e a socialização. Finalmente, deve-se observar que as diretrizes parentais devem ser baseadas no respeito, pois permitem que as crianças resolvam comportamentos por meio do diálogo, alcançando assim o bem-estar do grupo.

Palavras-chave: desenvolvimento afetivo, habilidades sociais, infância, resolução de conflitos, brincadeiras pedagógicas.

Introducción

La brecha actual en el aprendizaje y desarrollo integral de los más pequeños exige un replanteamiento de las prácticas pedagógicas. A pesar de los puntos de vista emergentes que abogan por la priorización de los estudiantes dentro del marco educativo, las estrategias pedagógicas que se centran en el maestro siguen dominando las instituciones educativas como punto focal de la difusión del conocimiento, lo que conduce a un descuido significativo en el desarrollo integral, particularmente en el ámbito de las competencias sociales, características de la primera infancia. Esto se evidencia en el aumento de conductas agresivas y egocéntricas en las aulas, debido, muchas veces, a la falta de implementación de dinámicas socializadoras por parte de los docentes. En este contexto, es evidente la necesidad de profundizar en “nuevas” dimensiones, lo que implica una investigación activa y participativa estrechamente vinculada con el entorno y los desafíos del grupo demográfico estudiado.

Algunos autores como Barajas y Camargo (2022) identifican una tendencia preocupante: un incremento en los casos de violencia física, sexual y psicológica en las escuelas. Estas transgresiones tienen consecuencias inmediatas y a largo plazo, obstaculizando el progreso y bienestar futuro de los menores. Por lo tanto, es urgente implementar intervenciones y sistemas de apoyo para abordar esta problemática de manera integral.

Diversos estudios aportan bases teóricas para abordar la problemática. Ardila et al. (2021) proponen una estrategia pedagógica basada en el juego cooperativo, permitiendo a los niños intercambiar acciones de forma positiva. Esta estrategia busca inhibir conductas disruptivas y fomentar el desarrollo social desde una dimensión corporal, relacionando la educación física con la evolución de los sujetos y la interacción entre pares.

Por su parte, Olivares et al. (2021) examinan la influencia de los comportamientos inadecuados en el desempeño académico. El resultado de este estudio indica que los comportamientos agresivos son un reflejo de las acciones observadas en el entorno de los menores. En sintonía con esta información, existe la necesidad de profundizar en la enseñanza de valores, el desarrollo de habilidades sociales y el trabajo en relaciones interpersonales. Además, estos autores resaltan la importancia de generar ambientes sanos y agradables en las instituciones educativas, enfocándose en la sana convivencia donde se involucren a los padres de familia en los procesos académicos de sus hijos.

De otro lado, Jiménez (2021) propone investigar estrategias de prevención basadas en un enfoque cualitativo, ya que, según la autora, explora una recopilación de técnicas que permiten a los niños tener mayor control emocional, considerando el vínculo familiar como eje transversal. De este modo, se denota la necesidad que, durante los primeros años escolares, se aborde dicha problemática, con el fin de prevenir que estas sean las causantes de problemas sociales a futuro. Entonces, la brecha en el aprendizaje y desarrollo integral de los menores exige una profunda transformación de las prácticas pedagógicas; por ende, es necesario implementar estrategias innovadoras que fomenten el desarrollo social, la sana convivencia y la participación activa de los actores en las vidas de los niños.

En línea con los resultados de la investigación, en este artículo se presentan los referentes teóricos que sustentan la reflexión sobre las infancias. Para iniciar, infancia, según Piaget (1977, como se citó en De Ara, 2021), es una etapa vital o un periodo donde los niños y niñas se autorreconocen y adoptan lo que observan en su entorno; por ende, durante esta etapa, la socialización entra como un recurso evidente para el funcionamiento de los menores, puesto que es donde ellos se posicionan frente a la interacción de normas que aplican en la comunidad donde se fomenta la cultura de los participantes.

En consonancia, la perspectiva cultural propuesta por Bruner (como se citó en Rodríguez y Rojas, 2018) reconoce que el niño es el protagonista de su proceso, quien organiza la información por esquemas metacognitivos, información que va descubriendo por medio de la observación y la convivencia en el entorno; todo esto se suscita acorde con el avance que va demostrando en su propio desarrollo, de forma independiente y creativa.

Desde esta perspectiva, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF, 2021) confirma que, para los niños, es indispensable tenerlos en cuenta como sujetos con derechos, donde se les brinde oportunidades de interactuar con la sociedad, debido a que cada uno da aportes que vinculan su contexto. De ahí que la necesidad educativa de formarlos con la destreza de adaptabilidad a diversas situaciones se constituye en un aporte fundamental a las características propias de su desarrollo, que deben ir más allá del aula y así puedan enfrentar retos según la etapa de desarrollo en la que se encuentran.

Entonces, en las primeras etapas de la educación, es común observar algunas conductas disruptivas, las que se caracterizan por algunas dificultades en el desarrollo normal de las actividades y el aprendizaje. Tal como lo señalan Gómez y Tapia (2013, como se citó en Rogel, 2017), estas conductas disruptivas pueden definirse como aquellos comportamientos inadecuados que obligan al docente a invertir un tiempo considerable en su manejo, en deterioro de las actividades pedagógicas.

Villavicencio et al. (2020) clasifican las conductas disruptivas en tres tipos: 1) manifestaciones motoras, movimientos constantes en el puesto, levantarse con frecuencia, realizar actividades ajenas a la clase, consumir alimentos dentro del aula, salir del salón o ponerse de pie de forma repetitiva; 2) manifestaciones verbales, incluyen hablar constantemente en el aula, usar lenguaje inapropiado, insultar, silbar, murmurar, gritar y burlarse de los demás, y 3) manifestaciones físicas, se caracterizan por actos agresivos como golpear, dañar objetos personales y ajenos, y empujar a los compañeros.

Es importante destacar que estas conductas disruptivas no solo afectan el proceso de aprendizaje de los estudiantes involucrados, sino también el de todo el grupo. Entonces, las aulas disruptivas se caracterizan por la presencia de comportamientos inapropiados dentro de las instituciones educativas, donde el rol docente es crucial. No solo se interrumpe el aprendizaje, sino que se vulnera la convivencia y el bienestar de los niños. El docente, al estar inmerso en estas aulas y tener una relación directa con estas situaciones, debe estar capacitado para abordarlas de manera adecuada y en el momento oportuno.

Desde otro punto de vista, el desarrollo afectivo, se constituye en un factor relevante, dado que las personas poseen un esquema emocional desde su nacimiento, mediante el cual se desenvuelve en el contexto. Según Piaget, el desarrollo emocional de un niño está estrechamente vinculado al desarrollo cognitivo, y comienza con una búsqueda instintiva del afecto materno. Sin embargo, a medida que el niño atraviesa las distintas etapas de su desarrollo, surge una distinción entre los estímulos placenteros y los amenazantes, lo que fomenta una relación más matizada entre sus estados emocionales y su entorno. Esta interacción de las dimensiones afectiva y cognitiva dota a los niños de las herramientas necesarias para adaptarse emocionalmente, siempre que se establezca un vínculo seguro caracterizado por el respeto de los límites personales (Equipo Editorial Eres Mamá, s.f.).

Así mismo, en las etapas tempranas, se toma en cuenta las habilidades sociales, cuyo término se refiere a un conjunto de comportamientos que le permiten a una persona desarrollarse en un contexto interpersonal o individual, posibilitando la expresión de sentimientos, deseos, actitudes, derechos u opiniones de manera adecuada a la situación, lo que facilita la generación de soluciones a problemas actuales o futuros. En sintonía, Villegas et al. (2018, como se citó en Mendoza-Medina, 2021) establecen que las conductas se manifiestan como una variedad de comportamientos que denotan una interacción social exitosa. Además, se caracterizan por la facilidad para expresar pensamientos sin dañar a los demás, la capacidad de expresar emociones y puntos de vista, la habilidad para trabajar en conjunto y con empatía, así como la capacidad de adaptarse a diferentes entornos sociales.

En línea con lo anterior, es posible identificar que el desarrollo de estas habilidades es fundamental para los estudiantes, ya que les ayuda a establecer relaciones amistosas y saludables, y formar vínculos laborales productivos. En el ámbito educativo se fomentan estas competencias, esenciales para crear un ambiente de aprendizaje positivo y colaborativo, dado que la capacidad de interactuar de manera efectiva y respetuosa no solo mejora la cohesión social dentro del aula, sino que también fomenta un entorno donde los estudiantes se sienten valorados y seguros; en consecuencia, se fortalece su motivación y participación en el aprendizaje.

Por lo tanto, es crucial que las instituciones educativas implementen estrategias y programas que promuevan el desarrollo de estas habilidades desde una edad temprana. Esto asegura un desarrollo integral y prepara a los estudiantes para un futuro exitoso, tanto en el ámbito personal como profesional. Asimismo, la integración de estas competencias en el currículo educativo contribuye a la formación de ciudadanos capaces de enfrentar los desafíos del mundo moderno con empatía, colaboración y adaptabilidad; valores esenciales en una sociedad globalizada y en constante cambio.

Así, las estrategias pedagógicas en el aula son todas las acciones del maestro que facilitan la formación y el aprendizaje de las disciplinas en los estudiantes. Para que estas estrategias no se reduzcan a simples técnicas, deben apoyarse en una sólida formación teórica de los maestros, dado que en la teoría reside la creatividad requerida para abordar la complejidad del proceso de enseñanza y aprendizaje. Para Torres (2021), todas las acciones que se deseen implementar en el aula de clase deben tener un propósito claro de enseñanza y aprendizaje, de manera que el estudiante logre obtener un aprendizaje significativo o desarrolle habilidades que le permitan afianzar conocimientos y destrezas. Es fundamental que estas estrategias pedagógicas se diseñen con el fin de transmitir información y, además, fomentar el pensamiento crítico, la resolución de problemas y la aplicación práctica de los conocimientos adquiridos.

En este contexto, también se identifica el juego pedagógico como enfoque educativo crucial, el cual se debe reconocer como un método valioso de aprendizaje donde los niños se involucran en situaciones que les ayudan a comprender las complejidades del mundo. Así, Reyes-Rodríguez (2022) subrayan que los juegos se relacionan con el concepto de herramienta pedagógica, al representar simbólicamente la naturaleza autónoma y autorreferencial del juego. Teniendo en cuenta que la formación de representaciones sociales durante la infancia es tan significativa, como cualquier otra actividad que requiere participación personal para crear experiencias enriquecedoras y fomentar el disfrute colectivo del grupo, es esencial reconocer el profundo aspecto sociocultural del comportamiento humano, que subraya nuestra capacidad inherente para adaptarse y prosperar en diversos entornos sociales.

Este factor clarifica el interés del juego dentro del proceso infantil, y con ello surge la exigencia de incorporar la visión de los educadores, ya que cada uno posee un papel fundamental. Además, al propiciar nuevos espacios que les permita a los niños acercarse al juego como facilitador del aprendizaje, desde lo individual hasta lo grupal, se reconoce no solo el valor educativo del juego, sino también su capacidad para fomentar el desarrollo social y emocional de los estudiantes, preparándolos para interactuar efectivamente en una variedad de contextos sociales. Este enfoque holístico asegura que los estudiantes no solo adquieran conocimientos académicos, sino que también desarrollen competencias sociales y emocionales, esenciales para su crecimiento integral y éxito futuro.

En consonancia con el desarrollo social expuesto, cuya finalidad es contribuir al desarrollo pleno de la vida humana, un factor presente es el conflicto, dado que es una situación cotidiana en cualquier ambiente, donde los partícipes de este problema deben ser conscientes de los efectos y consecuencias. Al respecto, Castro (2011, como se citó en Grajales et al., 2019) afirma que la sociedad está orientada a las agresiones, debido al interés egocentrista de los sujetos, que, además, toman a su favor la falta de normas para que un ambiente sea adecuado para el desarrollo de la comunidad. No obstante, aprender a resolver el conflicto requiere de la inteligencia emocional, ya que esta permite que los individuos sean capaces de establecer una comunicación asertiva y empática, de tal modo que las diferencias sean opciones de intercambio donde prevalece el trabajo en equipo.

Para alcanzar el aprendizaje social, es fundamental una base que surja de la interacción con los demás. El desarrollo de nuevas aptitudes depende de cómo las habilidades individuales se combinan para beneficiar a la comunidad. En la primera infancia, se promueve que los niños adopten un rol activo y actúen como orientadores, puesto que esta dinámica fomenta el desarrollo de situaciones problemáticas en las que destacan aptitudes como la empatía, la escucha activa y la negociación. Esto se enmarca en una pedagogía de la paz, que valora la voz de cada sujeto, promoviendo un diálogo que permita intervenir y resolver circunstancias de manera íntegra para garantizar una convivencia pacífica.

Esta metodología, según lo articulado por el Centro Internacional para la Educación y el Desarrollo Humano (2004, como se citó en Aristizábal, 2019), desempeña un papel esencial en el fomento de relaciones constructivas y el establecimiento de un entorno donde todas las personas se sientan valoradas y respetadas, contribuyendo así al desarrollo integral de los individuos.

Metodología

Blasco y Pérez (2007) destacan que el enfoque cualitativo es esencial para examinar la realidad dentro de su contexto natural, ya que permite capturar y analizar los eventos desde una perspectiva que privilegia su comprensión contextualizada y dinámica. Este enfoque cualitativo resulta crucial en la educación infantil, especialmente para la observación y análisis de conductas agresivas, que suelen ser un fenómeno común en las interacciones entre compañeros. La elección de este método en la investigación se justifica plenamente, dado que no solo permitió alcanzar los objetivos planteados, sino que también favoreció una comprensión más profunda de las relaciones entre pares, maestros y estudiantes, al considerar a los sujetos como cocreadores activos de las realidades que emergen a lo largo del proceso investigativo.

En línea con lo anterior, la investigación se fundamentó en la metodología de investigación-acción, en la cual, según Yuni y Urbano (2005, como se citó en Cardozo, 2020), los participantes comprenden las fluctuaciones del contexto comunitario, lo que les permite tomar decisiones informadas. Esta aproximación facilita una comprensión más profunda de las experiencias de los maestros con los niños, cuya manifestación en las aulas convencionales exhiben ciertas conductas disruptivas que impactan negativamente en la calidad del proceso de enseñanza y aprendizaje. De este modo, el alcance descriptivo permitió observar aspectos específicos del fenómeno, delimitando las características individuales de cada sujeto. En concordancia con Sabino (1992, como se citó en Guevara Alban et al., 2020), este tipo de estudio ofrece mayor confiabilidad en las observaciones, dado que organiza las condiciones en función de la manifestación del problema. Esto permite una valoración más precisa en el ámbito educativo, facilitando una interacción profunda con los participantes para comprender cómo el fenómeno afecta a la población y evaluar sus efectos.

A partir de lo anterior, la muestra estuvo conformada por siete profesores de primera infancia (de grados prejardín, jardín y transición), y por diez estudiantes de entre 5 y 6 años, seleccionados en función de las conductas específicas indagadas.

Para el proceso de recolección de información, se emplearon tres técnicas cualitativas clave: cuestionarios iconográficos dirigidos a los niños, observación directa a un grupo de estudiantes y entrevistas semiestructuradas dirigidas a los docentes. Estas herramientas, por un lado, permitieron una comprensión más profunda y holística de las experiencias de los niños en relación con las conductas disruptivas. El cuestionario iconográfico aclaró los desafíos de socialización infantil y las percepciones de los niños sobre las interacciones sociales. Por otro lado, las entrevistas semiestructuradas con los educadores facilitaron la exploración detallada de la intermitencia de los patrones de crianza como factor que contribuye a estos comportamientos, basándose en las experiencias y observaciones de los educadores. En última instancia, la observación participante se empleó para discernir contextualmente el surgimiento de estos comportamientos en el entorno escolar, resumiendo así la intrincada dinámica de estos escenarios.

Con esta información, se triangularon los datos, los cuales fueron cruciales para contrastar y complementar los hallazgos de múltiples técnicas. Este enfoque facilitó la identificación de patrones, temas y significados, mejorando la comprensión del fenómeno estudiado. La triangulación reforzó la validez de los resultados y permitió una interpretación integral de las conductas disruptivas y sus causas, incorporando los puntos de vista de los niños, los maestros y las observaciones directas.

El cuestionario iconográfico otorgó voz a los niños en la recolección de datos, puesto que les proporcionó seguridad al relatar información sobre sus elecciones a través de representaciones gráficas. Esta metodología, formulada para adaptarse a las capacidades cognitivas y emocionales de los niños, les permitió participar activamente en el proceso de recopilación de datos, gracias a que facilitó su capacidad de transmitir información a través de sus propias selecciones e ilustraciones, obteniendo ideas importantes que habrían permanecido esquivas a través de los enfoques verbales tradicionales.

Por otro lado, mediante las entrevistas semiestructuradas, se logró recopilar las perspectivas de los docentes acerca de las conductas de los niños en el aula y de las estrategias de intervención utilizadas. Estas entrevistas permitieron articular diferentes puntos de vista en un espacio informal (Flick, 2012, como se citó en Mata, 2020). La vinculación de las respuestas de los participantes con fundamentos teóricos permitió clasificar la información recopilada según frecuencias de categorías de análisis, lo que proporcionó una visión más clara sobre la frecuencia de estas conductas disruptivas y las estrategias para abordarlas en el ámbito educativo.

La observación, según Hernández et al. (2010, como se citó en Rincón, 2023), es una estrategia de registro de datos que vincula los ideales con la manera en que se enfrentan diversas situaciones. Esta técnica permite abordar directa o indirectamente el contexto del problema. Por lo tanto, la observación se realizó a un grupo de cinco niñas y trece niños, con edades entre 5 y 6 años. Estos estudiantes mostraron variaciones en sus conductas, entre ellas, falta de motivación, baja interrelación entre sí y un excesivo nivel de autoridad y dominancia, lo que resultó en un alto grado de agresividad y desafío hacia los adultos. Estos indicadores fueron clave para determinar la frecuencia y el contexto en que se manifestaban estas conductas, reflejando las experiencias cotidianas de los niños.

Resultados

Para entender los principios del aprendizaje social y su relación con los resultados de la triangulación, se utilizó el diagrama de árbol (ver Figura 1), cuyo método permite ilustrar de manera conceptualizada las relaciones conceptuales entre las categorías de análisis, por ende, posibilita la disposición de los componentes de manera jerárquica, simplificando la interpretación de la conexión entre los distintos factores y su veracidad.

Aprendizaje social
Figura 1
Aprendizaje social

De acuerdo con la Figura 1, el aprendizaje social se basa en cuatro pilares fundamentales para el desarrollo integral de los niños en el aula. Estos pilares mejoran las habilidades sociales y el desarrollo de contenidos, creando un ambiente saludable y enriquecedor para el aprendizaje. Sin embargo, un análisis de la evolución de las competencias sociales en el entorno educativo reveló una deficiencia en la preferencia del aprendizaje social. Los estudiantes se concentran de forma predominante en sus necesidades y logros académicos personales, con frecuencia evitan las conexiones interpersonales y, cuando se esfuerzan por relacionarse con sus compañeros de clase, suelen demostrar una capacidad inadecuada para adaptarse al entorno. Esta situación puede provocar sentimientos de frustración y, en algunos casos, comportamientos agresivos como reacción a diversas circunstancias. Este escenario subraya la necesidad de fomentar la inteligencia emocional y las habilidades colaborativas, dado que ambas inducen un estrés significativo entre los alumnos.

Esto indica que el desarrollo de la inteligencia emocional y las habilidades colaborativas constituyen factores que inducen un estrés sustancial entre las personas. En consecuencia, emprender la iniciativa para determinar la importancia del desarrollo afectivo durante la primera infancia, como lo demuestran las narrativas de los estudiantes, reveló que en esta fase de desarrollo poseen una profunda necesidad emocional que ejerce una influencia en sus vidas. Por lo tanto, es imperativo, dado que, en los años de formación, los niños construyen activamente sus identidades y requieren un entorno seguro para interactuar con su entorno.

En este sentido, es evidente que la afectividad es fundamental, ya que permite a los niños ir más allá de las experiencias emocionales al tener en cuenta sus inclinaciones, intereses y preferencias, determinantes que pueden moldear sus comportamientos. Así, es crucial inspirarlos y dirigirlos a través del apoyo afectivo para facilitar su desarrollo holístico.

Así mismo, acorde con las perspectivas de los docentes frente a las aulas disruptivas, se reveló una preocupación constante por la frecuencia de conductas inadecuadas en el aula, las cuales obstaculizan el óptimo desarrollo de los objetivos de aprendizaje. Esto demostró la necesidad de transformar los procesos educativos y enfocarse en la sana convivencia y el desarrollo de un sentido de pertenencia. Esto implica la creación de ambientes positivos en el aula, fomentar la participación reciproca de todos los actores involucrados y mejorar las relaciones mediante el diálogo y la reflexión entre pares. Además, se acentuó la importancia del vínculo entre la escuela y el hogar, destacando que esta relación es crucial para el desarrollo integral de los estudiantes.

En concordancia con lo anterior, se identificó la influencia del entorno familiar en la disrupción, debido a que se considera que las conductas presentadas por los niños en clase, a menudo, reflejan lo que experimentan en el hogar. Manifestando así que los estudiantes que se habitan en entornos violentos tienden a adoptar estas conductas, percibiéndolas como “normales” y no reconociendo la gravedad de sus actos. Además, los niños en la primera infancia están inmersos en una etapa de desapego del núcleo familiar, lo que puede manifestarse en cambios frecuentes de comportamiento por sentimientos de abandono y falta de apoyo afectivo de los padres.

Del mismo modo, el impacto de la conexión familiar es pronunciado, ya que los comportamientos que se producen dentro y fuera del entorno educativo sirven como una manifestación destacada de cada hogar, lo que lleva a los niños a normalizar a sus modos de interacción con los demás, a menudo sin darse cuenta de que las acciones agresivas no son conductas propicias en el entorno de sus compañeros, y permanecen ajenos a su gravedad. Sin embargo, es primordial complementar el ingreso a la escolaridad, puesto que en esta etapa los niños experimentan una separación repentina con sus cuidadores principales, ocasionando cambios en su conducta, debido a un mal manejo emocional, en consecuencia, los niños pierden su estabilidad social. Ese desapego abrupto requiere del apoyo de un ambiente familiar positivo, a fin de facilitar la comunicación social y emocional en los menores.

El juego como una estrategia pedagógica en los procesos de aprendizaje escolar se presenta como una táctica efectiva para fomentar las relaciones entre pares, ya que permite una proximidad socioemocional, donde los niños pueden participar en actividades que les interesan y les gustan, facilitando el intercambio de ideas con otros. Esta estrategia requiere de una interpretación cooperativa que permita a los menores asumir roles dentro de la actividad, aprendiendo a convivir con tolerancia y respeto hacia las diferentes formas de jugar de cada individuo. Así, se adoptan comportamientos sociales positivos, integrando el disfrute cotidiano en diversos contextos.

En resumen, el desarrollo integral de los estudiantes en la primera infancia requiere un enfoque multifacético que incluya el apoyo emocional, la colaboración entre escuela y familia, y el uso de estrategias pedagógicas como el juego para fomentar habilidades sociales y emocionales. Este enfoque no solo mejora el ambiente escolar, sino que también prepara a los niños para una vida social saludable y el éxito académico, siendo el aprendizaje social un eje central en este proceso.

Así, el aprendizaje social es un mecanismo crucial mediante el cual los niños adquieren conocimientos al observar las acciones y comportamientos de los demás en su entorno. Este proceso impacta significativamente en el desarrollo cognitivo, académico y social, permitiendo la formación de valores y principios esenciales para la convivencia.

La observación e imitación de modelos de rol desempeñan un papel esencial, debido a que los niños tienden a replicar conductas positivas que observan en su entorno. Albert Bandura, en su teoría del aprendizaje social, destacó el aprendizaje vicario, mediante el cual los niños asimilan lecciones a través de las experiencias de otros, evitando errores sin enfrentarse directamente a las consecuencias. Estas dinámicas son fundamentales para construir su identidad y desarrollar habilidades como la resolución de conflictos y la gestión emocional.

Sin embargo, la efectividad del aprendizaje social en las aulas depende, en gran medida, de las estrategias pedagógicas utilizadas por los educadores. Las prácticas convencionales, que no se alinean con los objetivos contemporáneos, contribuyen a interacciones inadecuadas y a un ambiente de insatisfacción para estudiantes y profesores. En respuesta, los estudiantes adoptan comportamientos de compañeros que consideran ejemplares, ajustándose así a las dinámicas del aula y promoviendo la cohesión social.

Por otra parte, la respuesta de los educadores, en ocasiones, recae en enfoques controladores que buscan equilibrar los comportamientos, pero que pueden limitar la autonomía y participación de los estudiantes. Por lo tanto, es importante que este control se complemente con estrategias que promuevan un aprendizaje inclusivo y dinámico, permitiendo a los niños desarrollar habilidades sociales y emocionales que los preparen para enfrentar con éxito los retos del futuro.

Discusión

Teniendo en cuenta que el aprendizaje social es una base vital para la primera infancia, los resultados de este estudio señalan dificultad en el manejo de las conductas disruptivas. Heyes (1993, como se citó en Ojeda et al., 2018) concluye que la formación transversal conlleva que los sujetos se adapten a su entorno, intercambiando las perspectivas individuales.

La agresividad es una forma de comunicación no verbal que se manifiesta como una respuesta emocional que busca la atención por parte de los menores. En este contexto, las estrategias utilizadas por el cuerpo docente no abordan adecuadamente las necesidades integrales de los menores; en consecuencia, en las clases, no hay participación de los niños, ya que son clases magistrales en las cuales el docente es el eje central, tampoco hay interacción con los estudiantes. Esto empeora el problema, debido a que existe un limitante pedagógico

Por otro lado, es crucial analizar las circunstancias únicas de cada estudiante, reconociéndolos no como modelos sociales homogéneos, sino como individuos con necesidades emocionales específicas. Según Guevara Benítez et al. (2020), los niños de primera infancia comienzan a comprender las emociones de los demás y las propias; su capacidad para manejar su comportamiento y evitar los impulsos emocionales depende de estos elementos. Por ende, estas necesidades deben ser atendidas para regular eficazmente sus respuestas emocionales, al hacerlo, se promueve un entorno de aprendizaje más inclusivo y sensible, que reconoce y valora la diversidad emocional y social de cada estudiante, lo cual es esencial para su desarrollo integral.

Así mismo, el objeto de estudio requiere de factores importantes, tales como la convivencia educativa, debido a que los niños y niñas empiezan a ejercer la toma de decisiones frente a cada elemento que interfiere con su proceso. Por ende, deben consensuarse pautas donde prevalezca el bienestar de cada sujeto dentro y fuera del aula, considerando que la emocionalidad con la cual se afrontan las circunstancias es diferente en cada persona. A partir de esto, se puede respetar las respuestas, así como guiar el intercambio del diálogo para contribuir al crecimiento personal; además, la forma de relacionarse debe entablar algunas normas, con el fin de que los infantes puedan negociar sus límites (Calderón et al. 2018).

En consecuencia, debe prevalecer las singularidades de cada uno y hallar el camino que permita conocer los rasgos culturales, ya que, como conjunto social, emergen en los niños modificaciones en la forma en cómo se comunican cuando salen del entorno familiar, enfrentándose a un contexto social donde muestran las costumbres y valores inculcados en el hogar para aportar al crecimiento de sus pares.

Ahora bien, en el ámbito educativo, se implementan intervenciones pedagógicas a través del juego para facilitar la socialización de los menores. Esta metodología permitió a los docentes manejar el aprendizaje social de manera más efectiva, contribuyendo a mejorar las conductas disruptivas que afectan negativamente tanto al individuo que las presenta como al entorno educativo. Vygotsky (1978, como se citó en Pérez et al., 2020) afirma que es relevante brindar a los niños entornos diversos para que adquieran los conocimientos y habilidades esenciales, así como crear sistemas y herramientas que permitan la comprensión de los mecanismos sociales que fomentan las actividades grupales afectivas, ofreciendo, a educadores y a personas que se están formando para el trabajo con niños, herramientas bases para afrontar la diversidad del aula.

En un análisis exhaustivo de la dinámica del aula, destinado a evaluar los comportamientos de los estudiantes, el educador está facultado para adaptar el entorno de aprendizaje de acuerdo con los rasgos más destacados que prevalecen en los estudiantes. Este enfoque tiene en cuenta las diversas necesidades que mejoran la interacción social, reduciendo así los casos de conductas inadecuadas (Bandura, 1977, como se citó en Delgado, 2019).

Como resultado de la implementación del juego pedagógico dentro del aula, la mejora más significativa observada fue el aumento de la participación y la motivación de los niños en las actividades relacionadas con la socialización y la interacción dentro del entorno educativo, esto debido al uso de retroalimentación inmediata que usan ellos mismos al apreciar nuevas experiencias que requieren del apoyo entre pares para cumplir el propósito del juego.

Acorde con estos principios, surge la necesidad de orientar a los docentes en el uso de una estrategia flexible a los diferentes requerimientos de la comunidad:

  1. 1. Evaluación: se recomienda observar y notificar todas las variaciones de las conductas dentro y fuera del aula, de tal modo que se le permita al docente estructurar un plan de acción.
  2. 2. Tipo de juego:
    • A partir de las anotaciones, se debe tener en cuentas la etapa de desarrollo en la que se encuentren los estudiantes y las conductas con mayor preponderancia.

    • Se deben determinar, teniendo en cuenta las diversas aptitudes que se desea fortalecer, los juegos que suplan el manejo adecuado de la socialización (roles, simbólico, circuitos deportivos y de mesa).

  3. 3. En práctica:
    • Es necesario el acompañamiento guiado durante cada uno de los juegos, pero se debe permitir la interacción natural de los niños. Igualmente, se deben establecer pautas para el pleno desarrollo de estas interacciones.

    • Realizar el seguimiento continuo para verificar los avances de cada acción, con el fin de mejorar las falencias.

A la luz de la extensa investigación realizada sobre este tema, donde se aclara que el asunto en cuestión trasciende la caracterización de ser simplemente una distracción en el aula, encapsulada en etiquetas como «niño cansón», se hace imperativo implementar medidas proactivas desde el inicio mismo de la educación formal, para garantizar el desarrollo holístico integral y óptimo de los estudiantes.

Además, el análisis de la metodología que implica juegos adaptables revela que el elemento fundamental del beneficio compartido tiene sus raíces en el movimiento físico, dado que se ha demostrado que la estimulación motora facilita significativamente la capacidad de los estudiantes para expresarse con mayor libertad y participar activamente en diversas actividades educativas, lo que mejora su motivación general. Esta transformación del comportamiento es crucial para fomentar un entorno de aprendizaje propicio. Por lo tanto, es de suma importancia reconocer estos hallazgos e integrar estos enfoques dinámicos en las prácticas educativas para promover no solo el éxito académico, sino también el crecimiento integral de cada alumno.

Considerando la información analizada, se coincide en que debido a la escasa profundización sobre esta temática en el ámbito pedagógico se sigue repitiendo interpretaciones inadecuadas de las conductas generadas en los estudiantes, lo que lleva a estereotipar a los niños en las aulas de clase, evidenciando como daño colateral un mayor desgaste físico presentado por los docentes con respecto a su quehacer docente, lo que es un limitante para el desarrollo de los objetivos propuestos, que buscan el proceso de un ambiente pleno para su desarrollo social.

Finalmente, las conductas son un eje cotidiano que se presentan en las aulas; no obstante, al tratarlas desde edades tempranas, se puede alcanzar un mayor nivel metodológico. Además, los menores son más accesibles, lo que permite la adaptabilidad de diversas acciones de manejo frente al nivel de respuesta de cualquier problemática social que este a su alcance.

Conclusiones

En el contexto educativo actual, las escuelas enfrentan importantes desafíos derivados de dinámicas sociales, como la falta de interacción efectiva y emocionales, el manejo inadecuado de conflictos, que influyen tanto en los estudiantes como en los educadores, entre otros. La disrupción en estos espacios no solo se manifiesta en conductas visibles, sino también en la pérdida de conexiones significativas entre los actores educativos, impactando negativamente el aprendizaje y el desarrollo integral. El aprendizaje social se vuelve esencial para transformar las aulas en espacios de crecimiento colaborativo, promoviendo la interacción respetuosa, la participación activa y el bienestar emocional de todos los involucrados.

Esto implica un compromiso colectivo entre docentes, instituciones y familias para abordar los factores que obstaculizan el desarrollo de competencias sociales y emocionales, esenciales para crear comunidades educativas más inclusivas y dinámicas. Desde esta perspectiva, dicho análisis señala las principales causas de la disrupción en las aulas y permite proponer estrategias para enfrentarlas desde un enfoque integral, promoviendo el aprendizaje social como base del desarrollo humano y académico.

Entre las principales causas de las aulas disruptivas, se encuentra la limitada interacción entre los estudiantes, que conduce a una pérdida de interés por el diálogo respetuoso. Este déficit de comunicación genera aislamiento y afecta negativamente su desarrollo social y emocional. En este contexto, otro componente influyente en esta situación es el cuerpo docente, que a menudo no se interesa por el proceso de enseñanza y aprendizaje para que se desarrolle desde una perspectiva integral y fomente el pensamiento crítico y la participación activa en el aula. Esto resulta en una experiencia monótona y poco estimulante en las instituciones educativas; además, no promueve el crecimiento integral de los alumnos.

Para responder a esta problemática, es esencial brindar a los educadores herramientas efectivas mediante la implementación de metodologías activas, para que asuman de manera consciente su papel fundamental como facilitadores del proceso de aprendizaje. Esto implica asumir con conciencia y responsabilidad su profesión, que es social, emocional, exigente y con múltiples desafíos diarios. En este sentido, los educadores deben ser capacitados para identificar y responder a las necesidades emocionales y sociales de los estudiantes, utilizando estrategias pedagógicas que promuevan un entorno de aprendizaje inclusivo y positivo.

Una estrategia clave para fomentar el aprendizaje social en el aula es la implementación de juegos simbólicos, tecnológicos y corporales, ya que propician una línea de mejora frente a la desmotivación en el aula. Los estudiantes consideran que estas acciones son un medio efectivo de formación, porque valoran sus sentimientos y los consideran funcionales en el desempeño social de la comunidad. El uso de estas metodologías lúdicas fomenta la creatividad, la cooperación y el respeto entre los alumnos, lo que contribuye a un ambiente educativo más dinámico y enriquecedor.

Ignorar el desarrollo de habilidades sociales y emocionales en la infancia no solo afecta el desempeño académico, sino que también tiene repercusiones a largo plazo, como dificultades en la toma de decisiones y conflictos en la vida adulta. Estos hallazgos pueden atribuirse, al menos parcialmente, a una deficiencia en la inteligencia emocional, la cual obstaculiza la capacidad de las personas para comprenderse a sí mismas y a los demás. La falta de habilidades emocionales y sociales puede llevar a problemas de adaptación en diversos contextos, tanto personales como profesionales. Esto subraya la importancia del aprendizaje social como una herramienta esencial para prevenir estas limitaciones.

Por consiguiente, implementar enfoques profundos y sistemáticos en los entornos educativos es una respuesta necesaria para abordar los desafíos identificados. Estos enfoques deben lograr conectarse con sus emociones y desarrollar habilidades para resolver conflictos de manera pacífica. Esto también incluye integrar programas de educación emocional y social en el currículo escolar, la capacitación continua de los docentes en estas áreas y la creación de un ambiente escolar, que apoye el bienestar emocional de todos los estudiantes. Al hacerlo, se contribuye a formar individuos más equilibrados, capaces de manejar sus emociones de manera constructiva y de interactuar positivamente con los demás, fundamental para su éxito y bienestar a lo largo de la vida.

Conflicto de interés

Las autoras declaran que no existe ningún conflicto de intereses en relación con la investigación, autoría y publicación de este artículo. Todas las opiniones y resultados presentados son independientes y no están influenciados por ninguna entidad o financiación externa que pudiera afectar la objetividad o la imparcialidad del estudio.

Responsabilidades éticas

La responsabilidad ética implica el compromiso de informar a los sujetos de investigación que su participación no tendrá repercusiones negativas para su bienestar. Esto garantiza que no haya riesgos para su estabilidad, cumpliendo así con lo estipulado en la Resolución 8430 de 1993, específicamente en el título 2, capítulo 1. En concordancia con esta resolución, se enfatiza la importancia de la confidencialidad. Todos los datos utilizados serán tratados con estricta privacidad, y no serán divulgados. Para asegurar esto, se obtuvo una autorización en la que se detalló que la información consensuada de los participantes se manejaría de manera que su bienestar permaneciera intacto durante y después de la investigación, lo que conlleva que la integridad personal se mantenga en óptimas condiciones (Ministerio de Salud, 1993).

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