Dossier
Los muebles de concreto del arquitecto Edmundo Rodríguez
The concrete furniture of the architect Edmundo Rodríguez
Los muebles de concreto del arquitecto Edmundo Rodríguez
Academia XXII, vol. 15, no. 29, pp. 121-143, 2024
Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Arquitectura
Received: 31 August 2023
Accepted: 18 October 2023
Resumen: Durante la década de 1970 los espacios públicos de Ciudad de México fueron sujeto de un ambicioso programa de remodelación urbana liderado por el arquitecto Joaquín Álvarez Ordóñez, entonces director de la Secretaría de Obras Públicas del Departamento del Distrito Federal. El encargado de diseñar el mobiliario urbano y de cuidar la imagen de los parques y jardines renovados fue el joven arquitecto Edmundo Rodríguez Saldívar, quien ya contaba con experiencia en el diseño de espacios públicos desde años antes. Este texto presenta el trabajo de Rodríguez quien, debido a su corta carrera y a haberse especializado en un género ignorado por la historiografía como es el mobiliario urbano, estaba prácticamente ausente de la historia del arte y de la arquitectura.
Palabras clave: Edmundo Rodríguez, DDF, mobiliario urbano, brutalismo, espacio público, Joaquín Álvarez Ordóñez, Ciudad de México.
Abstract: During the 1970s, Mexico City's public spaces were the subject of an ambitious urban remodeling program led by the architect Joaquín Álvarez Ordóñez, then director of the Secretaría de Obras Públicas of the Departamento del Distrito Federal (DDF) (former official name of Mexico City). The young architect Edmundo Rodríguez Saldívar, who had already had years of experience in the design of public spaces, was in charge of designing the urban furniture and the image of the renovated parks and gardens. This text presents the work of Rodríguez who, due to his short career and specialization in a subject ignored by historiography such as urban furniture, was practically absent from the history of art and architecture.
Keywords: Edmundo Rodríguez, DDF, urban furniture, brutalism, public spaces, Joaquín Álvarez Ordóñez, Mexico City.
A pesar de que a lo largo del siglo XX fueron muchos los arquitectos que se dedicaron al diseño de muebles, ejerciéndolo como parte integral de sus proyectos arquitectónicos, pocos fueron los que se especializaron en mobiliario urbano; esta tipología estaba considerada un trabajo menor, generalmente asignada a jóvenes recién egresados, aún estudiantes o incluso se llegó a delegar a artistas plásticos.1 Por esta razón es muy frecuente que, por más populares, reproducidos o relevantes para la historia del diseño, de la arquitectura y del paisajismo, muchos de estos objetos no tengan autor o fecha conocidos; no obstante existe una importante trayectoria y evolución del diseño de muebles para espacios públicos en México.
La presente investigación ha podido identificar a uno de los más prolíficos diseñadores de mobiliario urbano del siglo XX mexicano y tal vez uno de los más importantes al momento de definir y estandarizar una imagen abierta en los espacios públicos de Ciudad de México y otras poblaciones del país: Edmundo Rodríguez Saldívar. Su nombre resulta desconocido para los historiadores del arte y los arquitectos, esto se debe a que, a pesar de que fue ayudante y luego colaborador arquitectos prolíficos y partícipes de importantes obras públicas desde incluso antes de terminar la licenciatura, abandonó la arquitectura a principios de la década de 1980 sin interés en ejercer como arquitecto en solitario; esto, junto con el mencionado desinterés histórico hacia esta tipología arquitectónica lo hizo un arquitecto olvidado. El objetivo principal de este texto es el de revisar por primera vez la importante labor de Rodríguez, un temprano especialista e innovador dentro de la historia del mobiliario urbano de nuestro país y autor de objetos para el espacio público que han logrado insertarse en la cultura popular y se han convertido en una parte característica de la imagen abierta de nuestra ciudad desde el momento de su colocación.2
Rodríguez se tituló de la Facultad de Arquitectura de la UNAM en 19653 y desde muy joven empezó a colaborar con el arquitecto Joaquín Álvarez Ordóñez.4 Gracias a esto fue precoz en su carrera, haciéndose rápidamente un especialista en el diseño de parques, jardines, mobiliario urbano y de monumentos públicos desde incluso antes de titularse, alcanzando desde joven un lenguaje propio, cercano al brutalismo5 y con una clara influencia del movimiento geómetra que dominó el arte contemporáneo en México desde finales de la década de 19606 (Figura 1).

A pesar de que nuestro país cuenta con un gran número de obras que se podrían identificar como brutalistas, muy poco se ha escrito sobre ellas desde la historia del arte y la arquitectura. México, como otros países de América Latina, tuvo arquitectos que abrazaron este estilo, los más prominentes fueron Abraham Zabludovsky, Teodoro González de León, Arcadio Artís, Orso Núñez y Agustín Hernández entre otros, quienes formaron parte de una generación de arquitectos latinoamericanos que se unieron entusiastamente al brutalismo, junto con Emilio Duhart, Clorindo Testa y Paulo Mendes da Rocha, Rodríguez formó parte de esta tendencia pero desde el mobiliario urbano, algo que lo hace particularmente interesante, ya que los arquitectos muchas veces ignoraron estas tipologías.7
Como se verá, sus inquietudes de eficiencia, modularidad y durabilidad fueron llevadas hasta los más óptimos resultados, lo que facilitó que sus muebles se fabricaran masivamente. Gracias a esto el paisaje de Ciudad de México se vio radicalmente alterado por los diseños de Rodríguez que no se limitaban al mobiliario, también fueron ejercicios completos de arquitectura del paisaje y de diseño industrial. El gran alcance de estos proyectos ha hecho que se conserve una buena cantidad de ejemplos, aunque las modificaciones y destrucciones de administraciones posteriores a su fabricación han alterado de manera importante el paisajismo logrado a través de este mobiliario. Su lenguaje y experimentación lograron manifestarse también en un puñado de edificios que Rodríguez diseñó en su totalidad, mostrando su interés por la prefabricación y desafiando los conceptos de espacio público. La producción de Rodríguez es un excepcional ejemplo de diseño que también oscila entre el ejercicio arquitectónico y el escultórico en el espacio público. Sus obras son parte del corpus del brutalismo mexicano que gracias a sus formas, durabilidad y producción en serie fue promovido por el Estado ya que transmitía solidez y estabilidad en tanto que era duradero y fácil de mantener.
Uno de los más tempranos ejercicios de Rodríguez fue protagonista involuntario, en 1962, de una serie tarjetas postales publicadas por la editorial Dimacolor;8 se trató de la que retrató los nuevos edificios y espacios públicos de la ciudad de Campeche. El Campeche Nuevo, como se le conoció a esta remodelación, fue un proyecto que buscaba la innovación de la infraestructura y tránsito de la ciudad en tanto que modernizar su imagen, se construyeron no sólo nuevos espacios públicos sino nueva infraestructura civil, administrativa, comercial y turística; a cargo de la conclusión y diseño final del proyecto estuvo el arquitecto Joaquín Álvarez Ordóñez.9
Las postales explotaron las vistas de los numerosos espacios públicos contemplados por esta intervención urbanística: fuentes, glorietas, plazas y monumentos lejanos de los diseños historicistas arquetípicos, todo en sintonía con los audaces edificios administrativos en un lenguaje completamente moderno, cercano a lo que se estaba construyendo simultáneamente en Chandigarh o en Brasilia por Le Corbusier y Oscar Niemeyer respectivamente.
Para todos estos nuevos sitios se diseñó mobiliario urbano con un lenguaje congruente con el resto de la obra que fue prácticamente omnipresente en las vistas de las tarjetas postales, lo que nos indica la cantidad producida y su aspecto original. De entre fuentes, farolas y señalética, sobresale una banca colada en concreto que equipó indiscriminadamente todos los espacios renovados, fue, como todo el mobiliario urbano de este proyecto, diseñada por Rodríguez (Figura 2).

La banca campechana está construida a partir de concreto armado y precolado en molde en una sola pieza. Se trata de un esquemático asiento a partir de una banda plana de 10 centímetros de espesor y 50 centímetros de ancho que en sus extremos se pliega hacia abajo para anclarse al suelo; en estos soportes la banda se expande formando los costados sendas caras trapezoidales para así tener más soporte estructural en tanto que funcionan como elementos decorativos. En su parte inferior los soportes del asiento tienen un remetimiento, a manera de zoclo de 10 centímetros de altura, que da ligereza al mueble; las caras trapezoidales muestran una ligera inclinación que dialoga con las murallas de los baluartes campechanos. Fue fabricada masivamente y sabemos, gracias a la documentación fotográfica que sobrevive, que equipó por decenas los parques, paseos y plazas del Campeche Nuevo.
La idea de producir un mueble estandarizado para todos los espacios públicos de una ciudad, como parte integral y continuando el mismo leguaje del Campeche Nuevo, fue algo extremadamente vanguardista para su momento; otros casos anteriores o contemporáneos de diseño de mobiliario urbano vaciados en concreto fueron concebidos exclusivamente para proyectos específicos que no fueron reproducidos en ningún otro lado.10 El diseño de la banca campechana, además de ser altamente eficiente por su durabilidad probó ser muy versátil: fue usada en parques infantiles, plazas cívicas, paseos peatonales y posteriormente equipó los espacios ajardinados y abiertos de la Universidad del Sudeste que, aunque también fue proyectada por Álvarez Ordóñez -en colaboración con Lorenzo Madero en 1965-11, fue una obra aparte del Campeche Nuevo. Se puede decir que se trató de un mueble para toda una ciudad, más que para un proyecto específico.
En 1970 Álvarez Ordóñez fue nombrado director de Obras Públicas del Departamento del Distrito Federal (DDF) en donde trabajaría bajo la administración del regente de la ciudad Octavio Sentíes Gómez; Rodríguez siguió siendo parte del equipo del arquitecto, dedicándose al diseño de mobiliario urbano para otros proyectos de gran alcance, uno de ellos fue la renovación de la imagen urbana y de espacios públicos en Ciudad de México, un programa iniciado en 1971 cuyo objetivo fue ordenar y sanear varios centros históricos y muchos sitios abiertos y recreativos de toda la capital, todo en el contexto de mejora urbana derivado de la construcción del Circuito Interior.12
Nuestro joven arquitecto diseñó un numeroso repertorio de objetos urbanos, también colados en concreto, fabricados en grandes volúmenes y para ser colocados indistintamente en diferentes contextos; estos diseños pertenecientes a distintas tipologías homogeneizaron la imagen abierta de Ciudad de México. El material de este nuevo mobiliario -el concreto- fue un importante factor al momento de crear una imagen cohesiva que terminaría caracterizando a la obra pública de ese periodo. Estos objetos formaron parte de todo un lenguaje geometrizante que empezó a dominar los espacios públicos renovados por el DDF y la obra pública en general. Silvia Segarra, especialista en la historia del mobiliario urbano señaló, a propósito del de estos años, que:
Los bancos y jardineras se unían a las obras de infraestructura y arquitectónicas de hormigón, fabricados in situ […]. El concepto se extiende a la mayor parte del diseño de los espacios públicos y arquitectónicos: formas geométricas con líneas rectas que, a finales de la década [de 1970], abandonan las curvas y los círculos que habían caracterizado los años precedentes, para adoptar formas más austeras, con escaso color y dejando cada vez más los materiales estructurales a la vista […].13
Como indica Segarra, el mobiliario urbano de estas obras públicas se iría acercando poco a poco al brutalismo, finalmente mostrando materiales al natural, sin pintura, recubrimientos o decoración, en algunos casos se utilizó la piedra volcánica de recinto con cemento o simplemente bloques de concreto precolados o colados in situ. La idea del proyecto de renovación urbana era la de estandarizar todos los espacios recreativos, preexistentes o nuevos, con equipamiento duradero, práctico y económico; estos objetos funcionarían de manera universal en los distintos lugares intervenidos, una fórmula que había probado eficacia en Campeche. No obstante, en el caso de los centros históricos -tanto el de Ciudad de México como el de pueblos absorbidos por la mancha urbana- se diseñaron bancos, fuentes, pavimentos y farolas acorde a los contextos históricos, tal cual lo pormenorizó una de las publicaciones explicativas de esta intervención:
En el caso de los diseños de equipamiento urbano, se buscó desde el inicio un estilo característico, que no compitiera en forma alguna con los monumentos coloniales, […] se diseñaron en un principio las formas prácticas que de alguna manera fueran como una interrelación entre aquello colonial y estilo moderno.14
La búsqueda de la neutralidad entre “aquello colonial y estilo moderno” dio como resultado ejemplos interesantes que evidencian esta negociación. Para los entornos históricos el arquitecto desarrolló verjas, bancos, placas y farolas con gestos cercanos a la arquitectura novohispana que al mismo tiempo favorecían el lenguaje geométrico y brutalista, así, el mobiliario se integró material y formalmente a estos contextos.
La audacia y conciliación de Rodríguez se vio manifiesta en la renovación de la plaza de la Concepción. Para este espacio al norte del Centro Histórico los nuevos pavimentos y mobiliario urbano giraban en torno a la capilla de Cuepopan, un emblemático edificio del siglo XVIII; gracias a la búsqueda por un contraste con las líneas modernas de la nueva urbanización de la plaza, la arquitectura barroca del antiguo templo católico cobraba mayor protagonismo, al mismo tiempo que su rededor se hacía propicio para la contemplación y el descanso gracias al nuevo mobiliario urbano (Figura 3).

Esta renovación contempló grandes jardineras de planta cuadrangular forradas con piedra de recinto, en sus lados exteriores se colocaron bancos de concreto precolado remetidos en la base de piedra. Eran asientos con capacidad para cuatro personas y originalmente no estuvieron pintados de ningún color, fueron pensados para mostrar el gris del concreto que dialogaba con el recinto de la jardinera y el pavimento del resto de la plaza lejos de cualquier gesto novohispano. Estos asientos fueron también colocados en el empedradillo a un costado de la catedral, sin embargo en este espacio los bancos modernos, precolados y modulares fueron insertos en jardineras de cantera con decoraciones neocoloniales, tal vez por tratarse de un sitio mucho más turístico y con una carga simbólica mayor a la de Cuepopan.
Para los espacios fuera de contextos históricos el uso del concreto colado fue llevado al extremo para crear sofisticados objetos que evidencian un profundo estudio e interés por lo escultórico al mismo tiempo que por lo funcional y óptimo; esto formó parte de la concepción de un paisajismo, una especie de parque tipo que se replicó a lo largo y ancho de toda la ciudad, generando una imagen abierta cohesiva pero con variaciones a partir de cambios en la disposición de un limitado pero versátil repertorio de mobiliario urbano. Este ejercicio de arquitectura de paisaje se aplicó indiscriminadamente en parques de nueva creación como preexistentes, integrando incluso elementos de carácter histórico.
Fuera del centro de la ciudad la Secretaría de Obras Públicas de Álvarez Ordóñez se encargó de la renovación de numerosos parques, jardines públicos y de la construcción de nuevos centros deportivos y unidades habitacionales. Para resolver el problema de los asientos que demandaba el magno proyecto, Edmundo Rodríguez concibió una colección de sillas y bancos también en concreto armado, estos son tal vez los muebles más reproducidos de todos sus diseños y los más conocidos por la población ya que se volvieron desde su creación un integrante omnipresente de los espacios ajardinados y abiertos de Ciudad de México; además, su colocación siempre comprendió el rediseño de los espacios preexistentes o, en algunos pocos casos, el diseño de nuevos. La cohesión de estos espacios fue lograda gracias a la densa presencia del mobiliario urbano diseñado exprofeso pero también por los materiales que incluían pavimentos con adoquines prefabricados, distribuciones espaciales a partir de terrazas y desniveles diferenciadas por ladrillos, el uso de piedra bola y otros componentes que conformaban una atmósfera uniforme y característica en todos los espacios renovados por este programa.
La colección de muebles en concreto se conforma de una banca para dos personas, una silla individual, una mesa y dos banquitos individuales, uno redondo y uno cuadrangular; originalmente los muebles fueron colocados al natural sin pintura, mostrando el color del concreto, las constantes renovaciones de estos espacios han pintado de diferentes colores estos muebles sin alterar su funcionamiento y aún dejando ver la textura de su material. Estas intervenciones han dado aún más presencia a los muebles, siendo una característica casi inherente al diseño, los hace resaltar en sus entornos y la población los asocia a los playgrounds cercanos que por lo general también muestran colores brillantes (Figuras 4, 5 y 6).



Todos estos muebles muestran eficaces soluciones de ergonomía y funcionalidad: además de tener los ángulos ligeramente redondeados, muestran discretas curvas e inclinaciones en los respaldos y asientos al mismo tiempo que solucionan con ranuras el problema del drenaje de agua. Cada uno de estos muebles se sostiene en un solo soporte, a manera de pilar colocado al centro, esto hace que el espacio debajo del mobiliario no acumule hojarasca o basura. Los asientos y respaldos presentan una superficie lisa mientras que en las partes posteriores tienen una textura rugosa que evidencia las cualidades del concreto, algo que no sólo no se pretende esconder si no explotar; al mismo tiempo, en el caso de la banca y la silla, el molde incluyó un sello en relieve con las siglas DDF, con la tipografía del logotipo institucional en la parte posterior de los respaldos.
La colección muestra una cercanía formal con la banca diseñada para Campeche como el tratamiento plástico de un solo material y, sobre todo, la constante presencia de formas trapezoidales. La disposición de estos muebles cambiaba según las necesidades del espacio que equiparían, de esta forma con un repertorio limitado de objetos se pudieron crear sitios propicios para diferentes tipos de interacciones interpersonales: salas de reunión, mesas para comer, audioramas o gradas fueron hechas a partir de sólo cuatro modelos distintos; incluso, dependiendo de su disposición, podían cambiar de función, como los pequeños bancos que fueron colocados en varias ocasiones como mesitas de centro o laterales.
Estos objetos también dialogan con el diseño de mobiliario para interiores vigente a finales de la década de 1960 y principios de la siguiente, no sólo en sus tipologías sino en su configuración y en la búsqueda por la modularidad y el uso de un solo material. Así, el diseñador concibió muebles para el exterior, pero con dimensiones e incluso con formas cercanas al mobiliario para interiores. Esto, junto con la versatilidad al momento de colocarlos, creó espacios públicos que cambiaban radicalmente su uso mediante la presencia de muebles familiares para todos, como quien amuebla un salón o un comedor, pero a partir de objetos duraderos de concreto y al aire libre. Con las sillas del DDF el mueble tradicional (mesa, silla, sofá) se convirtió en un ejercicio arquitectónico, autónomo y funcional que estandariza el espacio público y a la vez modifica su uso; además todos estos objetos están en el terreno de la escultura participativa, la cual llama al transeúnte a activar estos diseños a través del uso sea lúdico o no. La probada versatilidad de los muebles de concreto no sólo los hizo más presentes en la imagen abierta de la ciudad, sino que proveyó al Estado de su propio mobiliario producido en serie que además reafirmaba la presencia institucional, sin duda unos resultados atractivos para cualquier gobierno.
En las sillas del DDF Rodríguez continuó explorando sus inquietudes en torno al diseño, sobre todo las de utilizar un solo material que a la vez de funcional fuera plástico y duradero. Rodríguez no partía de cero, desde 1958 el arquitecto Ernesto Gómez Gallardo sacó al mercado su Banca pública prefabricada y pretensada, un mueble pensado para ser producido en masa que estaba hecho a partir de concreto armado; este asiento para exteriores era un diseño modular y precolado, concebido para optimizar el equipamiento de los espacios públicos, un diseño que bien podría ser una escultura abstracta.15
Además de esta banca, importantes ejercicios de la siguiente década probaron la versatilidad y eficiencia del concreto aplicado al mobiliario urbano en México. En 1963 Alejandro Zohn logró una sorprendente cohesión entre edificios y equipamiento de espacios públicos en la Unidad Deportiva Presidente Adolfo López Mateos, sita en Guadalajara.16 En este complejo su entonces ayudante Fabián Medina Ramos diseñó bancos y tableros de baloncesto completamente hechos en concreto; estos objetos continuaban el lenguaje de los demás edificios que explotaron las sombrillas de concreto y el material que mostraba abiertamente las huellas de la cimbra casi de manera escultórica.17 En 1964 otro arquitecto en Guadalajara, Horst Hartung Franz, continuaba esta experimentación aplicando la misma fórmula a bancos, tableros de baloncesto y plataformas de clavado en la Unidad Deportiva Revolución.18
En Ciudad de México existieron importantes antecedentes, el arquitecto Leónides Guadarrama había probado la eficacia del concreto para el mobiliario urbano del Centro Deportivo La Vaquita terminado en 1963, una obra pública difundida en varios medios impresos que, como todas las anteriores, seguro eran conocidas por Álvarez Ordóñez y su equipo ya que circularon en publicaciones especializadas de la época.19 El caso de las bancas de Guadarrama llama especial atención ya que, a pesar de que no equiparon espacios fuera del deportivo, sí se puso en marcha la prefabricación.20
Si revisamos otros casos de espacios abiertos dentro de la tendencia del brutalismo encontramos soluciones cercanas al problema del mobiliario urbano: uso indiscriminado del concreto, modularidad y geometrización; sin embargo, los muebles de Rodríguez funcionaron por sí solos, trascendiendo los contextos específicos que justificaran su naturaleza ya que no fueron pensados para ningún edificio o proyecto determinado, fueron concebidos desde un principio para equipar autónomamente espacios de naturalezas variopintas. Prueba de esto es que llegaron a equipar lugares previamente existentes como el mencionado deportivo de Guadarrama, en el que hoy bancos del proyecto original coexisten con las sillas del DDF de 1971.
Además de centros deportivos, la ciudad empezó a colocarlas en unidades habitacionales, patios de guarderías y escuelas y en los grandes espacios residuales y de distribución de los peatones que nacieron como consecuencia de la construcción del Circuito Interior, otra obra liderada por Álvarez Ordóñez concluida en 1974-1976.21 Los muebles de Rodríguez funcionaron no sólo por su versatilidad, también porque fueron parte de todo un conjunto de obras en donde el interés en el potencial plástico y decorativo del concreto era algo central.
Las obras coordinadas por Álvarez Ordóñez en esta década, y en específico los de remodelación urbana y la del Circuito Interior, pusieron especial atención en el uso del concreto no sólo como material versátil y eficiente, también como materia prima para el mejoramiento de la imagen total de Ciudad de México incluso acercándose a la experimentación plástica. El proyecto puso especial cuidado en la calidad casi escultórica de los grandes soportes de los pasos a desnivel de esta nueva vialidad, utilizando acrílico en la parte interior del encofrado para lograr una superficie lisa y reflejante en el concreto, lo que alternó con superficies rugosas en los sitios menos visibles; esta alternancia también estuvo presente en la colección de mobiliario urbano del DDF.
Contrario a lo que se piensa comúnmente, la imagen de los espacios públicos en los proyectos de esa administración estuvo al centro de sus preocupaciones. La publicación explicativa de esta obra lo confirma:
Las vías de alta velocidad irrumpen en el paisaje urbano, y si no se les diseña y se les da el tratamiento arquitectónico adecuado en cada una de sus partes, pueden causar la destrucción de este paisaje. Cuando estos viaductos se estudian correctamente tanto en su trazo como en su solución estructural, y se da un tratamiento adecuado a los elementos que los forman puentes, distribuidores, pasos de peatones, no sólo no distorsionan el medio urbano en que se ubican, sino, por lo contrario, pasan a formar parte del mismo, integrándose a los elementos arquitectónicos y urbanísticos que los rodean.22
El concreto era visto como un material propenso a ser un agente de mejoramiento urbano, sin importar las dimensiones o la imposición del automóvil y su irrupción en el paisaje urbano. Esta misma memoria dedicó un buen número de páginas a la pormenorización de los espacios verdes y peatonales, incluyendo con orgullo el número de bancas prefabricadas en concreto usadas en cada uno de estos nuevos sitios como emblema de la eficiencia de esta obra pública.
En sintonía con estos proyectos el DDF se alió con el Instituto Nacional de Protección a la Infancia (INPI) para que se hiciera cargo de las zonas de juegos infantiles en los parques renovados por la Dirección General de Obras Públicas.23 Para resolver el equipamiento de estos nuevos espacios públicos se diseñaron nuevos juegos infantiles y se continuó el uso de las sillas del DDF. El INPI aportó su propio mobiliario urbano infantil, también prefabricado y en concreto: las esculturas-juego en forma de animales diseñadas por Alberto Pérez Soria en 1969, sin embargo, el DDF a través de Rodríguez también aportaría sus propios playgrounds, confirmando su interés por la escultura participativa y la actividad lúdica.24
El mobiliario urbano infantil diseñado por Rodríguez también fue hecho a partir de piezas precoladas en concreto: cilindros, cubos, prismas, que la mayoría de las veces eran elementos constructivos de estructuras más grandes coladas y armadas in situ. La prefabricación no impidió que cada uno de estos juegos presentara variaciones en su disposición, haciéndolos piezas para el sitio específico, más aún si tomamos en cuenta que los colores utilizados variaban en cada parque.
Uno de los más característicos de estos juegos es el trepadero hecho a partir de cilindros de concreto. Se trata de una acumulación de estos cuerpos geométricos que, al estar colocados a distintas alturas, logró volúmenes atractivos para jugar; son aparatos de juego que además sirven como escondite o como un punto elevado para dominar todo el parque; esta variación en alturas hace que puedan ser utilizados por niños de varias edades (Figura 7).

Estos trepaderos fueron los que más se reprodujeron, ellos dialogaban directamente con todo el paisajismo de estos parques renovados, lo que incluyó las sillas del DDF, y otros aparatos de juego también diseñados por Rodríguez, como resbaladillas cónicas y piramidales que fueron construidas también con cilindros prefabricados de diversos tamaños; además de un interesante pabellón de juegos con aplicaciones de piezas precoladas: un puente colgante anclado a dos grandes bloques de concreto que integraban resbaladillas, escaleras, pasadizos y escondites (Figura 8).

En el número de marzo-abril de 1973 de la revista del Instituto Mexicano del Cemento y del Concreto (IMCYC) un artículo alardeaba sobre el uso del concreto en las nuevas obras del DDF; ilustrado profusamente, incluyó una panorámica de uno de estos parques renovados. En la fotografía podemos ver el aspecto original, en donde la cohesión de todos los diseños de Rodríguez se hace manifiesta, creando un parque con todos los servicios posibles, todo a partir del concreto. Este aspecto brutalista y geometrizante fue logrado en muchos parques de Ciudad de México, una estandarización del paisaje urbano que claramente buscaba el Estado. El pie de figura en la publicación del IMCYC reza “Parque público en donde se aprecia el resultado estético y práctico del uso del concreto, actualmente coadyuvante de la pedagogía infantil: pirámides, resbaladillas, bancos, etc.”25
El artículo no especificó el nombre del sitio renovado ya que hablaba de un parque tipo, el nuevo aspecto de los espacios públicos estandarizados y renovados por el Estado y su nuevo mobiliario de concreto; además, no sólo se habían rescatado parques, también se colaboraba en la educación de los niños. Esto se repitió en las publicaciones oficiales que promovieron el rescate de parques y jardines, en donde fotografías de estos espacios terminados mostraban la cohesión del paisajismo, el mobiliario urbano y los pavimentos, todo a partir del concreto. En ellas también se omitió puntualizar la ubicación de los parques ya que se estaba ilustrando más bien el nuevo paisaje estandarizado de los espacios públicos de la ciudad (Figuras 9 y 10).


Los muebles de Rodríguez fueron diseñados para funcionar independientemente de sus contextos; entre ellos sostuvieron una estrecha cohesión y gracias a su reproductibilidad se llegaron a producir grandes volúmenes que estandarizaron la imagen abierta de la ciudad. Estos objetos muestran actualización con lo construido en el país y en otras latitudes con lenguaje brutalista, pero son únicos por la manera en la que se utilizó el concreto para crear muebles cercanos al ejercicio escultórico desde la arquitectura y así, gracias a sus formas y su versatilidad, pudieron modificar cómo se utilizaba el espacio público, todo orientado también a la propaganda a favor del Estado, materializada en objetos pensados para durar para siempre que ostentaban las siglas del gobierno de la ciudad.
Lo anterior queda más claro en uno de los diseños de Rodríguez cuya función fue meramente la de refirmar la presencia del Estado en las renovaciones de espacio público o en obra pública en general: el cubo del DDF. Este objeto se articula a partir de un poste que carga un cubo hecho de piezas modulares. En sus caras lisas están en bajo relieve las siglas del Departamento del Distrito Federal; al mismo tiempo el cubo tiene una banda horizontal también en concreto en cuya cara más ancha se lee “Dirección General de Obras Públicas”. Es el más complejo de los diseños de Rodríguez, y su calidad modular de se hace evidente gracias a que no esconde cómo está construido, este objeto transmite solidez y estabilidad al mismo tiempo que se eleva elegantemente a una altura de 5 metros aproximadamente.
Este es tal vez el más explícito de los objetos diseñados por Rodríguez respecto a la intención del Estado por reafirmar su presencia en el espacio público y de la estandarización del mobiliario urbano de Ciudad de México en tanto que ilustra muy bien las inquietudes de su autor en torno a la modularidad y el geometrismo.
Rodríguez abandonó la arquitectura en la década de 1980, no sin antes también haber diseñado edificios que por cuestiones de espacio no han sido revisados en este texto. Sin embargo se trata de importantes ejemplos de infraestructura deportiva, como el Deportivo Guelatao y el Deportivo Plateros; no obstante, su obra para el equipamiento de jardines y espacios públicos y algunos monumentos no le significaron nada de reconocimiento, sin embargo, según Álvarez Ordóñez, su interés estaba más en la producción artística. A pesar de su breve trayectoria como arquitecto sus diseños cambiaron para siempre los espacios públicos de Ciudad de México. Hasta el día de hoy sus aparatos de juego siguen siendo objeto de renovaciones y resignificaciones, y sobreviven gracias a los grandes volúmenes producidos y por el material elegido, significando un éxito rotundo.26 Al día de hoy la colección de sillas del DDF es un elemento característico de la imagen abierta de Ciudad de México, de igual forma los playgrounds de cilindros y, aunque mutilados, los pabellones de juego y algunos cubos DDF también han logrado sobrevivir, todos bien insertos en la memoria colectiva de los habitantes de la ciudad.
Tristemente con cada nueva administración el volumen de estos objetos se ve mermado. Su destrucción da paso, por lo general, a mobiliario urbano de mala calidad y de muy poca vida útil que sólo beneficia la imagen de la administración en turno, ignorando no sólo la relevancia de los muebles de concreto, también su historia, su autor y el hecho de que formaron parte de un magno proyecto de renovación de espacios públicos de toda la ciudad.
La ausencia de Rodríguez en la historiografía y el completo desconocimiento de su persona en la historia urbana y del arte contrasta con lo conocida y usada que es su obra, lamentablemente este no es un caso aislado, históricamente la academia ha ignorado a los arquitectos y diseñadores del espacio público, ya que se piensa que son obras efímeras o simplemente de equipamiento sin calidad plástica o histórica. No obstante, los diseños de nuestro arquitecto formaron parte de proyectos completos de arquitectura de paisaje, jardinería y diseño de espacios lúdicos propensos para la contemplación y convivencia.
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Notes
Universidad Nacional Autónoma de México
solanorojasaldo@gmail.com
https://orcid.org/000-0002-2523-8280
Doctor en Historia del arte por el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM (IIE/UNAM, 2022). Se especializa en arquitectura y espacio público del siglo XX mexicano; autor de Playgrounds del México moderno (Cubo Blanco, Fundación Jumex Arte Contemporáneo, 2018). Actualmente realiza una estancia posdoctoral DGAPA/UNAM en la Facultad de Arquitectura de la UNAM en el Laboratorio de Áreas Verdes y Espacios Públicos con la Dra. Amaya Larrucea Garritz.