Artículos de investigación
Received: 21 October 2021
Accepted: 04 May 2022
DOI: https://doi.org/10.22201/fa.2007252Xp.2022.25.83158
Resumen: Desde la teoría de los afectos, del nuevo materialismo y de la antropología simétrica, se propone una historia de las emociones de y desde la arquitectura racionalista (modernista), en términos de una historia de la experiencia subjetiva espacial imaginada por tribus de arquitectos, en cuanto tribus de modernos. Para ello se han seleccionado los relatos con dimensión histórica de los sociólogos Richard Sennet y Nigel Thrift, de la historiadora Barbara H. Rosenwein y de la antropóloga Albena Yaneva. Se plantea en términos metodológicos la liberación de una lógica binaria (cuerpo/mente, humano/no-humano, natural/social) en la interpretación afectivo-emocional del espacio y la espacialidad arquitectónica, y se reflexiona sobre los conceptos “representación” y “más-allá de la representación” en modelos construccionistas que asocian arquitectura, emociones y espacio. Se introducen las categorías “híbridos” y “emotiotopias” y se reflexiona brevemente sobre los retos metodológicos que conlleva la necesidad de liberar a categorías como cuerpo, espacio y edificio, de ontologías antropológicas y sociológicas asimétricas que son comunes, cuando de espacialidad arquitectónica se trata, en las actuales historias de las emociones (y/o perspectiva histórico-afectiva). Por tal motivo, se propone una historia de las emociones desde la arquitectura contemporánea -en términos de una aproximación histórico-antropológica de creencias y prácticas del mundo arquitectónico- como una historia de/sobre híbridos y emotiotopias.
Palabras clave: Historia de las emociones, historia de la experiencia, historia del espacio y de la espacialidad, antropología simétrica, híbridos, emotiotopia, metodología.
Abstract:
Inspired in some aspects of theory of affects, new materialism and symmetric anthropology, the following paper proposes a history of emotions as a cultural history of subjective spatial experience imagined by modern movement tribes (in Latourian terms) of architects. For it, the paper reflects upon the historical approach of sociologists Richard Sennet and Nigel Thrift, historian Barbara H. Rosenwein and anthropologist Albena Yaneva. In methodological terms, the paper proposes the liberation of a binary logic (body/mind, human/non-human, natural/social) in the affective-emotional interpretation of architectural space and spatiality. As well, it reflects upon the concepts “representation” and “more-than-representation” in constructionist logics that associate architecture, emotion and space.
Categories such as “hybrids” and “emotiotopies” are introduced briefly, as methodological challenges that need to free categories such as body, space, and building, from asymmetric anthropological and sociological ontologies that are common, when architectural spatiality concerns current history of emotions. The paper proposes a history of emotions from contemporary architecture -in terms of a historical anthropological approach to beliefs and practices around the architectural modernist antropos- as a history of/about hybrids and emotiotopies.
Keywords: History of Emotions, History of Experience, History of Space and Spatiality, Symmetric Anthropology, Hybrids, Emotiotopia, Methodology.
Introducción
La perspectiva tradicional, al ser mecánica, nunca otorgaba una posesión completa de las cosas. Partía de un único punto de vista […] Es como si alguien que durante toda su vida dibujara perfiles, pensara que el hombre tiene un solo ojo.
Pierre Cabane, “Braque se retourne sur son passé”, 1960
Al explorar qué significa y cómo se imagina y constituye una subjetivación neoliberal,1 qué papel juega el giro afectivo en esta subjetivación y cómo las tribus de arquitectos, en cuanto tribus de modernos,2 han adoptado las cuestiones afectivas en sus prácticas y conceptos de índole neoliberal, recurrí a un modo de análisis desde la teoría de los afectos y del nuevo materialismo, a través del cual el desarrollo tanto del neoliberalismo como de las posiciones arquitectónicas que promueven efectiva y estratégicamente sus causas pueden entenderse en términos históricos. Dicho modo es el rastreo de lo que he llamado en otro lugar, emotiotopias.3
En términos historiográficos, el término introduce una perspectiva analítica que tiene un pie en historia de las emociones y otro en historia del espacio. En otras palabras, se propone una historia de la experiencia (del cuerpo emocionado) en espacialidades diseñadas. Esto con tres objetivos científicos: asociar en términos histórico-antropológicos la invención del espacio y espacialidad arquitectónicas de los modernos con la invención de la mente moderna, rastrear las formas de traducción de las emociones en relato espacial e integrar una historia del cuerpo a la historia de la arquitectura.
En términos metodológicos se propone liberar algunos obstáculos epistémicos que prevalecen en las historias culturales de las emociones cuando se trata de espacialidad arquitectónica-urbana. Primero, salirnos de la lógica binaria (cuerpo/mente, humano/no-humano, natural/ social). Esto nos obliga a seguir con cuidado el uso de los conceptos “representación” y “más allá de la representación” en modelos construccionistas que asocian arquitectura, emociones y espacio.
La segunda acción metodológica en el rastreo de emotiotopias es un giro epistémico en la comprensión histórica de dichas interrelaciones. Se propone una exploración histórica enfocada en las asociaciones y en la simetría entre lo humano y lo no-humano inspirada en parámetros de “antropología simétrica”4 y “sociología simétrica”.5 Esto es, la implementación de una perspectiva científica con dos premisas fundamentales: primero, la “naturaleza” de las cosas no es una esencia prefijada sino producto de la interacción o asociación dinámica entre las “cosas”; segundo, se reconoce una simetría agencial entre lo humano y lo no-humano.
Ahora bien, ¿cómo se imagina el espacio, la espacialidad arquitectónica o lo arquitectónico en las perspectivas historiográficas actualmente protagónicas en historia, sociología y geografía de las emociones?6 En términos generales, el problema se debate en un terreno incómodo, plagado de incertidumbres. Algunos proponen acercarse a ello a partir del cuerpo humano; un espectro epistémico que va de su construcción cultural bio-sociopolítica a la ambiental bio-afectiva. Otros prefieren centrarse en el espacio; un espectro que incorpora reflexiones desde las representaciones y prácticas de índole socioespacial hasta su abstracción poético-matemática como lenguaje senso-comunicativo (sí, el lenguaje a partir del cual se les define, ¡es similar al de complejas cadenas de material genético!) También están los inconformes, aquellos que reniegan de un cartesianismo endémico y estiran los sufijos de ambas categorías (corporal, espacial, corporalidad, espacialidad) a límites elásticos, holísticos y procesuales; un espectro que se enfoca en la dimensión espacio-tiempo (o movimiento) entre el cuerpo y el espacio y construye péndulos interpretativos que oscilan permanentemente de la tradición fenomenológica occidental a la sociología de las asociaciones; de la teoría de sistemas a las teorías sobre atmósferas afectivas o a micro y macrosferas;7 de la construcción científica de teorías de la percepción, de la empatía y de la perspectiva a las mediaciones híbridas, actores-red y cajas negras en teorías sociotécnicas sobre los modos de existencia.
Nuestra propuesta es la siguiente. Consideramos que en algunas creencias y prácticas modernas arquitectónicas contemporáneas se reconoce la invención de una forma antropológica espacializada cuya génesis cultural -desde una perspectiva construccionista social- no se puede entender analizando “cuerpo”, “edificación” y “espacio” como categorías diferenciadas y asimétricas. En el mismo sentido, resultan reduccionistas los enfoques binarios (humano/no-humano) a partir de los cuales se suele pensar en “cuerpo”, en mímesis poética, en el desdoble del cuerpo humano en el espacio en la agencia afectiva del espacio y, sobre todo, en el modelo del “espacio contenedor” -frecuente interpretación de lo arquitectónico en otras disciplinas académicas-.
Proponemos, entonces, que la naturaleza del antropos arquitectónico es inestable y le llamamos “emotiotopias”: formas de asociaciones sociotécnicas particulares que permiten simetría y ensamblaje entre lo humano y lo no-humano en espacio-tiempo [lugar] creando modos de existencia que construyen híbridos. Por tal motivo, entendemos una historia de las emociones desde la arquitectura contemporánea -en términos de una aproximación histórico-antropológica de creencias y prácticas del mundo arquitectónico- como una historia de híbridos y emotiotopias.
Cabe señalar que la dimensión antropológica del híbrido y su existir en el mundo de las emotiotopias arquitectónicas tiene una genealogía, o con mayor precisión tiene varias genealogías. Sobre ello no se ocupará el presente texto, pero vale la pena mencionar algunos ejemplos: se encuentran relatos y rastros materiales de su existencia en las creencias y prácticas arquitectónicas relacionadas con tradiciones antropomórficas occidentales, con el factor sociotécnico contenido en las historias científicas y filosóficas modernas sobre la percepción, la empatía y la perspectiva, con la invención de lo arquitectónico y lo urbano desde la psicología y la psiquiatría experimental.8
Establecido el interés que subyace al modo de análisis -es decir, el rastreo de emotiotopias- el presente texto reflexiona sobre lo que en términos metodológicos se planteó antes como “liberar algunos obstáculos epistémicos que prevalecen en las historias culturales de las emociones cuando se trata de espacialidad arquitectónica-urbana”. Por la brevedad de este artículo, solo nos ocuparemos de los puntos ciegos de categorías asimétricas y binarias como “cuerpo/espacio” y “humano/ edificio”, a las que consideramos un obstáculo para entender -ahora lo podemos puntualizar- la conversión y traducción de las emociones en relato histórico-antropológico “emotiotópico”.
En las siguientes páginas se introduce brevemente, a partir del ejemplo que da título al texto (“si sonríes a un edificio, el edificio te sonreirá de vuelta”), a perspectivas analíticas asimétricas y simétricas sobre “cuerpo” y “edificio” sobre el problema del espacio y lo espacial arquitectónico. Se han seleccionado -por ser referentes en la constelación anglosajona del giro afectivo- los relatos con dimensión histórica de los sociólogos Richard Sennet y Nigel Thrift, de la historiadora Barbara H. Rosenwein y de la antropóloga Albena Yaneva.
Puntos ciegos
Al rastrear la constitución del sujeto y subjetividades neoliberales a través de controversias arquitectónicas radicalmente racionalistas o modernistas,9 nos llamó la atención el papel del cuerpo humano, así como los principios y prácticas que definen “la cualidad de ser humano” (humaness), en los términos antropológicos, sociales, éticos y estéticos de culturas espaciales arquitectónicas norteamericanas durante las décadas más álgidas de la Guerra Fría.10
Su enigmático apego a la invisibilidad, desvanecimiento, metamorfosis o franca omisión del cuerpo humano en sus representaciones nos llevó a seguir el rastro espacial del antropos modernista en algunas creencias y prácticas de esta tribu de modernos. A partir de la pregunta ¿en dónde están los humanos?, buscamos entender cómo estas tribus asocian el espacio y la experiencia espacial al relato de una nueva naturaleza en la cual los objetos se transforman/traducen en valores matemáticos.11 Nos interesa entender cómo, en la construcción de los valores que les son queridos al racionalismo modernista, se revelan manifestaciones de su amor a la tecnología, su extraña obsesión por la idea de la agencia afectiva de los objetos, la complejidad de sus intereses apasionados12 y, notoriamente, la ausencia de cuerpos humanos en la representación de lo arquitectónico. El rastreo y descripción de las asociaciones que se producen entre constelaciones de actores-red o actantes -como son las herramientas (planos, fotografía, computación, escalas, maquetas, instalaciones), las prácticas de diseño, los ritos, relatos e instituciones-, nos conduce a reconocer en el racionalismo modernista un acción política centrada en una relación particular entre espacio, cuerpo y emociones que otros enfoques disciplinarios interesados en la espacialidad-tiempo arquitectónico de las emociones modernas y contemporáneas (es decir, desde la historia del cuerpo, la sociología de lo social o la geografía humana y urbana como ejemplos) no han vislumbrado del todo o no aciertan a ver desde sus paradigmas y metodologías disciplinarias.
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En hcma Architecture, la fotógrafa de arquitectura Emma Peter y el “estratega de diseño” (engagement specialist) Mark Busse, discutieron sobre tres temas comunes en el mundo de la fotografía y de la arquitectura: la relación simbiótica entre el edificio y la fotografía, la medida en que la fotografía afecta al edificio y la naturaleza del conocimiento de la arquitectura a través de la imagen y de la experiencia. Peter sintetizó su acercamiento empírico a los tres problemas con la descripción de la siguiente experiencia:
Solía decir que si miras a través del lente [view finder] y sonríes al edificio, el edificio te devolverá la sonrisa. Ahí es donde encuentras la esencia -está en tu conexión con ese edificio. Muy filosófico, sí, pero no pensarías eso si yo estuviera hablando de una persona. ¿Por qué no lo veríamos de esta manera?13
Nos preguntamos, ¿es esto una licencia poética, una estrategia de marketing o una cultura visual? (a final de cuentas, el fotógrafo Gabriele Basilico en la década de los setenta aseguraba que su “interpretación de la arquitectura es a menudo física, casi antropomórfica, en el sentido de que a veces se ve un edificio como un cuerpo vivo”).14 Posiblemente es todo ello. Ahora bien, ¿cómo esta asociación ontológica y afectiva que resulta natural para Peter y Busse en términos de subjetividad, es -o no- una traducción modernista que transforma al “edificio sonriente” en un relato arquitectónico-científico convincente?15 Relatos arquitectónicos, cabe señalar, en los cuales se argumenta servir al cuerpo y traducir los deseos humanos, prescindiendo de lo primero, omitiendo la politización de lo segundo y haciendo de la dimensión histórica de lo arquitectónico una bisagra entre una historia del objeto y una historia del espacio.
Espacialidades emocionales y espacialidades afectivas
Es frecuente, alerta la filósofa Elizabeth Grosz, “que los teóricos sociales sean ciegos al espacio más allá de la representación, tanto como los geógrafos -los estudiosos del territorio- lo son a las dinámicas sociales, a pesar de que el giro espacial ha sido adoptado por ambas disciplinas”.16 “Representación”17 y “dinámicas sociales” son dos conceptos organizadores de la mayoría de las historias de las emociones cuando tocan -y de forma notablemente tangencial- la condición de lo humano en la espacialidad arquitectónica. En términos generales, se oscila permanentemente entre cuerpo humano/cuerpo social y espacio arquitectónico/urbano, entre subjetividad y objeto-edificación, entre edificación y contexto social. Los modelos espaciales a partir de los cuales se imagina lo arquitectónico en esta literatura son “la caja-contenedor”, “la ciudad” (idea, diseño, materia y prácticas), “la frontera” (fenomenología de los límites o interior-exterior), “el escenario”, “la atmósfera”, “el paisaje” y otros pocos más.
Por ejemplo, en las historiografías de las emociones y de la experiencia con perspectiva o dimensión sociológica se suele encarar el problema del espacio arquitectónico18 y las categorías “cuerpo” y “objeto/ edificio”, a partir de dos perspectivas ontológicas y estratégicas (que, por supuesto, tienen matices): desde una sociología de lo social, y desde una sociología de las asociaciones. Grosso modo, desde la primera es frecuente el enfoque en la cosa, en un esencialismo naturalista que define las categorías, en la agencia entre las partes de lo social como asimétrica y en la relación entre la construcción social y cultural de lo arquitectónico y la invención de las emociones a partir del concepto “representación”; desde la segunda -adoptada en gran medida por la geografía de las emociones- es frecuente el enfoque en las asociaciones, en el carácter relacional afectivo (en términos presubjetivos o affect), puede mantenerse en la perspectiva esencialista y binaria o incorporar aspectos de la sociología simétrica, y predomina la interpretación sobre la relación afectiva espacial cuerpo-edificio a partir del concepto “másallá-de la representación”.
Ejemplos de lo primero se tienen en las estrategias historiográficas del sociólogo Richard Sennet y de la historiadora medievalista Barbara H. Rosenwein. La naturaleza del orden y el desorden son el bajofondo de buena parte de la obra de Richard Sennet.19 Al explorar la construcción social del cuerpo, emprendió la escritura de lo que él sostiene como una historia de la ciudad narrada a través de las experiencias corporales de las personas. Aseguró que su interés se enfocaba en “cómo se movían mujeres y hombres, qué veían y escuchaban, los olores que asaltaban sus narices, dónde comían, cómo vestían, cuándo se bañaban, cómo hacían el amor en las ciudades”.20 ¿Fue esta una historia narrada desde las experiencias corporales de las personas?
Los títulos de las secciones (“Los poderes de la voz y el ojo”, “Los movimientos del corazón”, “Arterias y Venas”) son el eco de una tradición antropomórfica inscrita en la tratadística arquitectónica occidental; los títulos de los capítulos (“El poder de los cuerpos fríos”, “Los cuerpos sufrientes”, “Circulación y respiración”) parecen introducirnos a una antropología de los cuerpos. Sin embargo, el autor -quien fuera amigo e interlocutor de Foucault- se centra en estudiar, con una aproximación a la biopolítica, los lazos cívicos que se forjan entre la ciudad y el cuerpo. Paradójicamente, recurre a dos estrategias que desmienten tanto el antropomorfismo como la antropología del cuerpo: establece una imagen modelo (master image) del cuerpo por un lado y una imagen “escenario” de la ciudad (en donde se desenvuelve el drama). Su análisis oscila entre un interés por la práctica institucionalizada del espacio y la configuración de la vida urbana. Las categorías “cuerpo”, “espacio”, “edificación” son asimétricas y autónomas. Esto es particularmente notorio en la relación causa-efecto con el que reflexiona sobre el “individualismo urbano” y la privación sensorial que se produce en las ciudades industriales de fines del siglo XIX y principios del XX:21
[Reconocí] La privación sensorial que parece condenar a la mayoría de los edificios modernos; la torpeza, la monotonía y la esterilidad táctil que aflige al entorno urbano. […] Cuando comencé a explorar la privación sensorial en el espacio, el problema parecía un fracaso profesional: los arquitectos y urbanistas modernos habían perdido de alguna manera una conexión activa con el cuerpo humano en sus diseños. Con el tiempo llegué a ver que el problema de la privación sensorial en el espacio tiene causas más amplias y orígenes históricos más profundos.22
En las investigaciones de Barbara H. Rosenwein, tenemos otra manera de interpretar la experiencia arquitectónica en términos de agencia asimétrica y nomenclatura binaria: “la caja-contenedor” y sus “fronteras”. Rosenwein, como Sennet, se centra en las normas de la práctica emocional y, en términos espaciales, en la lógica del cuerpo en el espacio. A diferencia de este, el eje espacial de Rosenwein no es el cuerpo sino las nociones de espacio que tienen las comunidades emocionales y su investigación se enfocan en el lenguaje, el texto y el relato:
Puesto que ordinariamente las comunidades -un gremio, un monasterio, una industria- ocupan un espacio, pero en nuestros días las salas de chat de televisión y correo electrónico han creado comunidades emocionales que no existen en ningún espacio limitado, y creo que, de manera similar, algunas comunidades emocionales medievales pueden haber sido creadas más por textos que por contigüidad física. Por lo tanto, no asumo que cada comunidad emocional implica un espacio. Pregunto, más bien, qué nociones de espacio tenían las comunidades emocionales (si las hubiese) y dónde los sentimientos [feelings] encajaban en esos espacios (si es que lo hacían).23
¿Dónde “encajan” los sentimientos en esos espacios?24 La selección de la palabra encajar es indicativa, puesto que su aproximación a la espacialidad arquitectónica es la de fronteras del edificio o “caja-contenedor”. Es decir, cuando analiza la coexistencia de nociones de espacio en el siglo VI (a través de los escritos de autores del siglo VI y XII d. C.), concluye que los autores -y nociones espaciales colectivas- diferían entre ellos, entre otros asuntos, en la manera en que relacionaban el espacio físico con el sentimiento (feeling). Cuando concebido como “tiempo” (espacio de tiempo), el término “espacio” presenta la oportunidad para que las emociones sean sentidas y tengan un efecto; cuando las emociones son conectadas a “lugar”, se transforma en el locus de sentimientos particulares, lo que es denominado como la “práctica emocional” de un espacio.25 Cuando el espacio “lugar”, también se entendía como “espacio interior”, en este las emociones son a la vez atemporales como ilimitadas.
Con estas nociones espaciales e interesada en el impacto de la tradición estoica en el cristianismo durante estos siglos, explora las fronteras temporales y territoriales de culturas emocionales medievales (y con ello, acuña la categoría “comunidad emocional”) a partir de una investigación sobre el lenguaje emocional en los epitafios de las poblaciones de Trier, Vienne y Clermont.26 Los epitafios funerarios se inscribían generalmente en pequeñas placas de mármol colocadas en nichos en la cubierta de una tumba. “Aunque a menudo dispersos, existen grupos importantes en algunos lugares, lo que nos permite asociar tipos de epitafios -y los sentimientos que expresan- con lugares y asentamientos”.27
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Ahora bien, tanto la geografía crítica como la geografía de las emociones se enfoca en lo arquitectónico en cuanto práctica de y experiencia del espacio, utilizando herramientas metodológicas de la teoría no-representacional, de la sociología de las asociaciones y de teorías (cognitivas) del afecto (affect).28 Desde este horizonte, la localización, relación y representación de las emociones en cuanto mediaciones y articulaciones socioespaciales, en lugar de estados mentales subjetivos enteramente internalizados, permiten “una visión no-objetivadora de las emociones como flujos o corrientes entre personas y lugares, en lugar de ‛cosas’ u ‛objetos’ para ser estudiados o medidos”.29
Esta ontología negativa, en la cual la experiencia del contacto con las cosas no es al modo clásico platónico de un sujeto con un objeto, sino de una relación de coimplicación, ha abierto a otras categorías de lo afectivo: “paisajes afectivos”, “atmósferas afectivas”,30 “arquitecturas afectivas”,31 “ecologías afectivas”.32
Ejemplos del problema del espacio arquitectónico y las categorías “cuerpo” y “objeto/edificio” desde esta perspectiva se tienen en las estrategias del sociólogo Nigel Thrift y de la antropóloga Albena Yaneva. Particularmente en la relación que reconocen entre la intersubjetividad “más-allá-de la representación” y la dimensión pre-cultural afectiva (affect), y la instrumentalización de las herramientas epistémicas y metodológicas que toman de Bruno Latour y de otros de la teoría del actor-red; esto es, de una metodología que no se enfoca en la naturaleza de las cosas sino en la interacción entre las cosas y reelabora una visión antropológica y social a partir de la simetría entre humanos y no humanos (y con ello, la exploración de ensamblajes e híbridos).
En términos del sociólogo Nigel Thrift, esto ha significado “superar dos problemas que han plagado la sociología de las emociones en el pasado”:33 el problema de la descontextualización y el problema de la representación. Para Thrift, las emociones son, en gran parte, no representativas en cuanto evidencia formal de lo que en la intersubjetividad “el habla no puede ocultar”.
La mirada oligóptica latouriana,34 que reconoce Thrift y que desarrolla con mayor alcance Yaneva en su antropología arquitectónica,35 reemplaza lo social por el de asociación, lo cual da cuenta de diversas conexiones entre múltiples ontologías, sean humanas o no humanas, reconociendo en estas últimas la capacidad de agencia, es decir, su coparticipación de la red sociotécnica a la que pertenece:
Los edificios provocan profundas transformaciones en las facetas de sus entornos, generan subjetividades y reinventan relaciones enteramente contextuales. Por tanto, no es la arquitectura lo que debe ser explicado por la sociedad. Tampoco es sencillo explicar las diferentes formas de control social y gobernanza haciendo referencia a las herramientas que los arquitectos emplean y la organización material en la que dependen. Sin embargo, las agrupaciones sociales, las culturas parlamentarias, los agregados morales se comprenden mejor rastreando las asociaciones, separaciones y agregaciones específicas que proporciona la arquitectura que varían según la forma, el tamaño y la heterogeneidad. Seguir cómo se desarrollan los procesos arquitectónicos significa seguir qué tipo de senderos y asociaciones entre elementos heterogéneos se dan forma.36
Esta comprensión de las formas construidas sostiene que un edificio no es una forma autoevidente, sino que se convierte en tal a través de una gama diversa de procesos humanos y no-humanos más o menos elaborados: discursos, rutinas cotidianas, condensación, conversación. En las líneas de que los espacios no son consumidos, sino producidos por intensidades inhumanas o presubjetivas humanas y de individuos viviendo sus vidas, las materialidades de la forma construida se incorporan a una gama de prácticas humanas, eventos-edificios37 y paisajes/ atmósferas/ecologías afectivas (self-landscape engagement).
En Nigel Thrift como en Albena Yaneva -y en buena parte de la literatura actual sobre la llamada “arquitectura afectiva”- la respuesta afectiva tiene efectos: el diseño del espacio, esto es, en una forma de ingeniería de paisaje que produce nuevas formas a medida que avanza y una condición performativa de índole político. En este sentido, lo afectivo “no puede reducirse simplemente a un campo cambiante de autorreflexión comunitaria o a la pulcra economía conceptual de una ideología”.38
El objetivo particular del programa no-representacional de Thrift es discutir la naturaleza política del afecto a partir de mostrar algunas de las formas en que las ciudades y el afecto interactúan para producir una política: “El espacio ya no se ve como una jerarquía anidada que se mueve de ‘global’ a ‘local’. Esta absurda noción dependiente de la escala es reemplazada por la noción de que lo que cuenta es la conectividad y que lo social es solo un pequeño conjunto de conexiones estrechas y estandarizadas entre muchas otras”.39 La cuestión es la composición de la relación afectiva con la ingeniería del afecto. Es decir, la forma en que las actitudes y declaraciones políticas están parcialmente condicionadas por intensas reacciones corporales autónomas que no reproducen simplemente la huella de una intención política y no pueden recuperarse por completo dentro de un régimen ideológico de verdad.40
La incorporación de la teoría del actor-red a las perspectivas no-representacionales o “más-allá-de la representación” de la geografía de las emociones, así como su notoria presencia en los actuales estudios interdisciplinarios entre geografía crítica y arquitectura, es una herramienta que libera a una propuesta como “emotiotopias” de una ontología binaria y asimétrica el problema cuerpo, espacio, edificio. Sin embargo, se requiere puntualizar que esta teoría (que es, en realidad, una metodología) tiene límites. Como bien lo señala Nigel Thrift:
Latour y otros teóricos del actor-red a menudo no ven la importancia del lugar: su visión de una red de redes radicalmente simétrica, que consiste en diferentes aspectos como humanos, animales y cosas, y móviles como la escritura, la impresión, el papel y el dinero constantemente combinándose y recombinándose es un importante correctivo para los humanismos simples y las nociones sencillas de conectividad, pero también significa que la teoría del actor-red no puede hablar de ciertas cosas. En particular, Latour y otros teóricos del actor-red a menudo no ven la importancia del lugar porque son renuentes a atribuir competencias diferentes a diferentes aspectos de una red o a comprender el papel de un terreno común en el cómo las redes se replican de un lado a otro.41
A su vez, la obra latouriana proviene de la sociología de la ciencia y la tecnología y lo afectivo denomina simplemente la interrelación entre las cosas a partir de los términos mediación y ensamblaje, ya que su propuesta ontológica y metodológica no inscribe un giro afectivo en los términos de experiencia subjetivo afectivo-cultural humana.42 Sin embargo, consideramos particularmente útil -entre muchos de sus conceptos y perspectivas que directamente han inspirado pensar en “emotiotopias”- su aproximación antropológica simétrica a los no-humanos. Albena Yaneva, discípula de Latour e interesada en una antropología de los arquitectos y de la construcción sociotécnica del conocimiento arquitectónico, se acerca un poco más a nuestra perspectiva desde una historia de las emociones y del nuevo materialismo, al conjugar una sociología de las asociaciones con la construcción cultural de la experiencia espacial arquitectónica:
Somos capaces de captar los fenómenos sociales: el “castigo moral” del siglo XVIII avalado por la arquitectura específica de los edificios carcelarios reformistas; el exitoso proceso de deliberaciones “políticas” en los primeros parlamentos en la época de la Revolución Francesa como cognitivamente condicionado por los arreglos espaciales de las cámaras de asambleas semicirculares; la nueva cultura parlamentaria de la Alemania reunificada, como mediada por la arquitectura de cúpula de cristal del edificio del Reichstag; distintas “culturas científicas” de la biología molecular en el siglo XX como siendo facilitadas por diseños alternativos de laboratorio.43
Ideas finales
A fines de los sesenta, dos críticos del Racionalismo italiano advertían que, en los nuevos jardines de la naturaleza industrial, a diferencia del jardín del barroco italiano, el espacio no estaba hecho de valores, sino de cosas; de mantenerse esa condición y “si los objetos son valores matemáticos, el ambiente en que vivirán los hombres dará un ritmo particular a la emoción que los circunda”.44
El espacio de los juegos de verdad modernistas, la propia autodefinición de las tribus de arquitectos, la invención espacial de su antropos a través de las prácticas y creencias que lo hacen convincente, han producido ambientes infinitamente flexibles para sujetos infinitamente adaptables. La arquitectura ha dado servicio al neoliberalismo como un instrumento de control y de obediencia, afirma el historiador de la arquitectura Douglas Spencer. El discurso del afecto en la arquitectura, asegura, está totalmente en consonancia con los modelos neoliberales del sujeto como necesariamente ignorante y con el imperativo de que se entregue a la confianza de procesos que él mismo no puede aspirar a conocer o controlar;45 una especie de ser postilustrado, ambientalmente adaptativo que impulsado por el afecto, más que por la racionalidad, se construye arquitectónicamente en el flujo de procesos que han sido históricamente eficientes y sensualmente atractivos. Una antropología arquitectónica que ha sido poco entendida o atendida cuando se incorpora el giro afectivo en el estudio de la experiencia del espacio y espacialidad arquitectónica y urbana desde la historia, la sociología y la geografía de las emociones, así como de la propia historia de la arquitectura.
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Notes
A su vez, exploramos el neoliberalismo en términos de su interrelación con el americanismo y la teoría de la modernización. En correspondencia con Ivan Krastev y Alan Mcpherson (eds.), The Anti-American Century (Budapest y Nueva York: Central European University Press, 2007); Véase: Johanna Lozoya, “‘No diseñamos espacios, diseñamos experiencias’: Cuerpos gozosos la constitución arquitectónica del sujeto neoliberal” (ponencia presentada en el 1st Congress of International Network of Sociology of Sensibilities, Buenos Aires, 23 de junio de 2021)
La investigación reconoce que la agencia de afectos y emociones (en cuanto conceptos, prácticas, producción y formas materiales arquitectónicas neoliberales) son fundamentales para las agendas instrumentales de subjetivación en cuatro sistemas sociotécnicos del americanismo: el mercado de diseño de experiencias, el giro afectivo en el conocimiento académico, el llamado “industrial-military-academy complex” y la gobernanza, gestión y política a partir de las ciencias de la computación e ingeniería social. Véase también: Johanna Lozoya y Ana Paula Montes Ruiz (eds.), Diseñar Experiencia. Reflexiones (México: Outbox ediciones, en edición 2022); Johanna Lozoya, “La producción cultural de las emociones: un desafío conceptual para las tácticas analíticas del diseño emocional”, en: María C. Zetina Rodríguez y Leonardo Moreno Toledano (eds.), El Diseño desde la mirada social: un diálogo con las ciencias sociales (Ciudad Juárez: Universidad Autónoma de Ciudad Juárez / CONACyT, 2021).