Artículos
Resumen:
El papel que desempeñan los procesos implícitos en los juicios evaluativos es objeto central de la investigación en psicología cognitiva. La presente revisión tiene como objetivo profundizar en las implicaciones del concepto de automaticidad evaluativa para la cognición social, con especial énfasis en los errores en la atribución afectiva, y las teorías de la cognición corporizada. Con este fin, se recapitulan los hallazgos más relevantes en estos fenómenos y se proponen posibles líneas de aplicación fuera del laboratorio. Se concluye que los errores en la atribución afectiva se encuentran operativos en diversos aspectos de la cognición social, por lo que entender su funcionamiento puede ser de mucha utilidad para ciertos ámbitos sociales aplicados.
Palabras clave: Automaticidad, Juicios evaluativos, Errores en la atribución, Cognición social, Embodiment.
Palabras clave: Automaticidad, Juicios evaluativos, Errores en la atribución, Cognición social, Embodiment.
Abstract:
The automatic nature of evaluative judgments and, in particular, the role of implicit processes in this type of response is a central theme in cognitive psychology. The purpose of the present review is to explore the implications of the automaticity concept in social cognition, with a special emphasis on two well-documented phenomena: affective misattribution and embodiment. With this aim, we review the most relevant findings in this area, and we propose potential lines of application outside the laboratory. We conclude that affective misattribution is operative in several domains of social cognition, which suggests that our daily life can benefit substantially from a better understanding of how our implicit mind works.
Key words: Automaticity, Evaluative judgments, “Misattribution”, Social cognition, Embodiment.
Keywords: Automaticity, Evaluative judgments, “Misattribution”, Social cognition, Embodiment.
El afirmar que los juicios evaluativos (“me gusta” o “no me gusta”, “está bien” o “está mal”) son realizados en base a las características del objeto o situación percibida parece fácil de asumir. Por ejemplo, si se considera que algo “está bien” es porque se ha hecho un balance entre los pros y los contras de la situación y se ha llegado a la conclusión de que los primeros superan a los segundos. Si un examen es percibido como “muy difícil” es porque el contenido de las preguntas exige un gran esfuerzo analítico. Dicho de otro modo, cuando realizamos juicios evaluativos tenemos la sensación de que nuestras respuestas están fundamentadas en información relevante para la situación, ¿es realmente así?
Bargh (1994) propuso que todos los procesos psicológicos implicados en la cognición humana deben ser entendidos como un continuum que abarca desde aquellos procesos completamente automáticos (rápidos, no controlados, eficientes y generalmente subconscientes) hasta aquellos procesos completamente controlados (más lentos y separables de la percepción). Si bien la distinción entre ambos tipos de procesos es un hecho académicamente aceptado (Kahneman, 2012), conviene señalar que el concepto de automaticidad es ciertamente complejo, en el sentido de que la naturaleza de los factores implicados en este tipo de procesos es un tema de discusión académica (Moors, 2016). En relación a los procesos cognitivos automáticos, es importante destacar que si bien diversos procesos automáticos son generados por la percepción de estímulos físicos del mundo exterior —como la formación inmediata de impresiones en base a los rasgos físicos—, otros son el resultado de la percepción de estados corporales internos. Estos procesos automáticos “preconscientes” (Bargh, 1989) abarcan aspectos tan diversos de nuestra psicología como son la formación implícita de actitudes, la generación de estereotipos, la conducta del consumidor, el embodiment o la cognición moral (ver también, Bargh, Schwader, Hailey, Dyer y Boothby, 2012).
Ciertamente, desde las modernas ciencias cognitivas, la posibilidad de que la mayoría de nuestras respuestas evaluativas estén sustentadas en procesos psicológicos automáticos preconscientes parece imponerse en el panorama académico. En efecto, entender la interacción entre los procesos implícitos y las respuestas cognitivas “visibles” ha sido un tema de gran interés empírico en el ámbito de la psicología cognitiva, hasta el punto de que, en los últimos años, diversos estudios en esta línea han incrementado nuestra comprensión sobre el funcionamiento de este tipo de procesos.
LOS ERRORES EN LA ATRIBUCIÓN COGNITIVA Y AFECTIVA: TEORÍA Y EVIDENCIA
Uno de los principios de la Gestalt (contigüidad) señala que aquellos estímulos percibidos en proximidad espacial o temporal suelen ser a su vez percibidos como relacionados (Heider, 1958). Elevado a un nivel más sofisticado de la cognición, este principio parece mantenerse operativo cuando nuestra mente asume que las respuestas cognitivas experimentadas en una determinada situación son “acerca de” los estímulos que percibidos en contigüidad temporal. Higgins (1998) sostiene que existe un principio de “aboutness” operativo en la cognición implícita: la mente humana no interpreta las respuestas cognitivas como un producto accidental; por el contrario, estas respuestas son entendidas como “acerca de” algo, y este “algo” es inferido como la causa de la respuesta cognitiva.
En consecuencia, las respuestas cognitivas suelen ser percibidas como informativas en sí mismas. Por ejemplo, si una persona experimenta miedo, la experiencia de esta emoción será interpretada automáticamente como la respuesta a “algo” percibido conscientemente, y ese “algo” será entendido como el causante de la experiencia de miedo. No obstante, la evidencia empírica sugiere que en realidad son muy comunes las situaciones en las cuales no somos conscientes de los factores reales que influencian nuestras evaluaciones. En esta línea, algunos autores consideran que el acceso introspectivo a ciertos procesos cognitivos es virtualmente imposible, pues la mente humana no es capaz de lidiar con todos los estímulos que influencian las respuestas cognitivas (Nisbett & Wilson, 1977).
Así, sucede que ocasionalmente ciertas experiencias perceptuales son desligadas de su contexto original y terminan ejerciendo una influencia tanto en el procesamiento de la información subsecuente como en las respuestas conductuales derivadas. Esta particularidad ha sido abordada como parte del fenómeno de la atribución cognitiva distorsionada, según el cual nuestra mente atribuye las respuestas cognitivas a aquellos estímulos que son percibidos conscientemente en lugar de a aquellos que resultan inaccesibles a la consciencia (Paéz y Carbonero, 1993; Rohr, Degner y Wentura, 2015).
En este contexto, las respuestas evaluativas parecen ser especialmente susceptibles a la influencia de factores meta-cognitivos. Por ejemplo, existe evidencia de que el nivel de dificultad con el que la información es procesada puede ser percibido como informativo en sí mismo, influenciando por consiguiente el proceso de evaluación. Reber y Schwarz (1999) encontraron que cuando ciertas afirmaciones fueron presentadas de forma claramente visible fueron juzgadas como más verdaderas que cuando fueron presentadas de forma moderadamente visible. En esta línea, McGlone y Tofighbakhsh (2000) encontraron que cuando una serie de aforismos fueron presentados de forma rítmica fueron juzgados como más verdaderos que cuando la presentación de los mismos careció de este recurso. Además, parece ser que aquellos argumentos que resultan fáciles de recordar resultan más influyentes que aquellos cuyo recuerdo implica una mayor dificultad (Haddock, Rothman, y Schwarz, 1996; Wänke y Bless, 2000), y que las discrepancias en la facilidad con que la información es procesada influencia la severidad de los juicios morales (Laham, Alter, y Goodwin, 2009).
Ciertamente, el hecho de que el incremento de la fluidez con que se procesa la información resulte en evaluaciones más positivas —en lugar de facilitar juicios más polarizados en general—, sugiere que algunas experiencias meta-cognitivas podrían implicar un componente hedónico. En otras palabras, aquella información que es procesada de forma fluida parece venir acompañada de una respuesta afectiva positiva, la cual tiene la capacidad de influenciar en las evaluaciones de preferencia (Reber, Winkielman y Schwarz, 1998; Rubin, Paolini, y Crisp, 2010; Winkielman, Schwarz, Fazendeiro y Reber, 2003). Siguiendo el principio de Higgins (1998), se puede decir que la reacción afectiva positiva que acompaña a la experiencia meta-cognitiva (en este caso, la facilidad con la que se procesa la información) es percibida como “acerca de” la información y, a su vez, atribuida al objeto evaluado.
Los errores en la atribución afectiva en el contexto de las evaluaciones de preferencia ha sido, y continúa siendo, objeto de estudio de diferentes marcos conceptuales dentro de la psicología cognitiva. Schwarz y Clore (1983) propusieron la perspectiva del “afecto como información”, según la cual la mente humana utiliza todos los criterios disponibles como información relevante al momento de realizar una evaluación. En concreto, los estudios realizados a partir de este marco teórico sugieren que la mente humana tiende a realizar evaluaciones de virtualmente todo objeto percibido “consultando” los sentimientos disponibles en el momento de la evaluación. Por ejemplo, en situaciones ambiguas o difíciles podríamos preguntarnos implícitamente: ¿Cómo me siento acerca de esto? (Schwarz, 2011).
Por consiguiente, esta perspectiva entiende que los sentimientos son una fuente de información en sí mismos. Así, el hecho de que algunas veces resulte difícil distinguir entre sentimientos integrales (aquellos generados por el estímulo percibido) y sentimientos incidentales (aquellos que no son generados por las propiedades del estímulo emocional) supone un punto de partida para la explicación de este fenómeno. Por ejemplo, aquellos juicios en los que existe congruencia hedónica entre el estado de ánimo de la persona (“contento”) y el veredicto del juicio (“positivo”) pueden producirse porque el estado de ánimo incidental es atribuido erróneamente como parte de la valoración global del objeto de evaluación. En otras palabras, la mente humana frecuentemente interpreta las reacciones afectivas incidentales como si se trataran de reacciones afectivas integrales.
AUTOMATICIDAD, EMBODIMENT Y COGNICIÓN SOCIAL
La investigación en procesos evaluativos automáticos ha demostrado ser especialmente fructífera en el área de la cognición corporizada (conocida académicamente como “embodiment”). En este marco, las teorías del embodiment sostienen que los procesos cognitivos complejos se nutren de la información proveniente de nuestro cuerpo, estableciendo una correspondencia psicológica entre las experiencias físicas concretas y las cogniciones sociales de tipo más complejo (Meier, Schnall, Schwarz y Bargh, 2012; Olivera La Rosa y Rosselló, 2013).
Por consiguiente, esta perspectiva asume que procesos de tipo sensorial, motor o perceptual tienen la capacidad de influenciar respuestas cognitivas, afectivas y conductuales. En efecto, el entusiasmo que parece haber generado en el ámbito académico esta línea de investigación ha favorecido la producción de diversos estudios que (en su mayoría) desde una perspectiva más “descriptiva” que “explicativa” han dado cuenta de llamativos resultados.
Por ejemplo, se ha documentado que el adoptar posturas asociadas con una conducta de aproximación genera juicios más positivos que el adoptar posturas implicadas en la conducta de rechazo (Cacioppo, Priester y Berntson, 1993). De forma similar, la acción de retroceder físicamente incrementaría la tendencia al procesamiento controlado de la información (Koch, Holland, Hengstler, y van Knippenberg, 2009). La distancia física parece estar además relacionada con la distancia emocional: aquellos participantes a quienes se les activo el concepto de “cercanía física” reportaron una mayor intensidad en sus respuestas negativas hacia a un tema de discusión que aquellos participantes a quienes se les activó el concepto de “distancia física” (William y Bargh, 2008b). Wells y Petty (1980) encontraron que el simple hecho de realizar movimientos con la cabeza (asentir y negar) tuvo la capacidad de influenciar los juicios evaluativos de los participantes en una forma congruente con el componente hedónico del movimiento realizado (positivo y negativo, respectivamente).
En un estudio clásico, Bargh, Chen y Burrows (1996) encontraron que el activar mentalmente el concepto de “rudeza” en los participantes incrementó su tendencia a interrumpir un experimento, mientras que la activación del concepto de “vejez” influyó en su forma de caminar; concretamente, generó que los participantes caminaran más lentamente cuando abandonaban las instalaciones del experimento. No obstante, es prudente señalar que la solidez de los efectos del embodiment en la cognición y la conducta ha sido cuestionada por algunos autores (Pashler, Coburn, & Harris, 2012). En particular, resultados recientes apuntan a que dichos efectos son altamente sensibles a la influencia de variables situacionales propias del contexto experimental (Cesario, Plaks, Hagiwara, Navarrete, y Higgins, 2010; Doyen, Klein, Pichon, y Cleeremans, 2012).
La influencia del embodiment en la cognición moral ha sido un tema de especial interés a lo largo de la última década. Son diversos los estudios que sugieren que cuando pensamos en términos de pureza y suciedad moral existe en efecto una correspondencia física con dichos estados. Por ejemplo, Zhong y Liljenquist (2006) encontraron que cuando los participantes rememoraron acciones inmorales de su pasado evidenciaron un mayor interés por los productos de limpieza, además de una mayor predisposición para usarlos. En el mismo estudio, los autores encontraron que la sensación de limpieza física redujo la experiencia afectiva negativa implicada en la perpetuación de conductas inmorales. En esta línea, se documentó que la preferencia de los participantes por los productos de limpieza bucal o de manos fue susceptible a la manipulación experimental, la cual consistía en inducirlos a mentir de forma oral o escrita (Lee y Schwarz, 2010).
La influencia del embodiment en la cognición moral se ha visto reforzada por una serie de estudios que sugieren que la severidad de los juicios morales se ve afectada por la experiencia de repugnancia física. En efecto, la experiencia de repugnancia inducida a través de la sugestión post-hipnótica (Wheatley y Haidt, 2005), los olores (Schnall, Haidt, Clore y Jordan, 2008) o sabores (Eskine, Kacinik y Prinz, 2011) repugnantes incrementó automáticamente la severidad de los juicios morales. Inclusive, la evidencia sugiere que la experiencia de repugnancia inducida incidentalmente incrementaría el prejuicio hacia las personas con orientaciones homosexuales (Dasgupta, DeSteno, Williams, y Hunsinger, 2009; Inbar, Pizarro, y Bloom, 2011). Complementariamente, Skarlicki, Hoegg, Aquino y Nadisic (2013) encontraron que la percepción de una interacción interpersonal irrespetuosa (que atentaba contra la dignidad) generó respuestas características de la repugnancia, tanto en las victimas como en los observadores de dicha conducta.
Como se mencionó anteriormente, el interés por documentar conexiones corporales-cognitivas parece haberse impuesto a la necesidad de explicar los mecanismos implicados en estos fenómenos. No obstante, cabe señalar que si bien no existe un consenso académico para explicar la influencia del embodiment en la cognición, existen diversas posturas al respecto (con sus diferentes matices). Por un lado, mientras que algunos autores sostienen que las respuestas corporales facilitan la accesibilidad de conceptos de tipo abstracto y por lo tanto son suficientes para generar efectos cognitivos y conductuales (Chandler y Schwarz, 2009), otros autores defienden que el componente corpóreo se encuentra necesariamente implicado en diferentes aspectos de la cognición (Barsalou, 1999; Wilson, 2002).
La investigación en el componente automático del embodiment se ha visto complementada con la investigación realizado en los efectos del appraisal en otros dominios de la cognición (Lerner y Keltner, 2001; Han, Lerner, y Keltner, 2007). Dentro de este marco teórico, las emociones son entendidas como respuestas afectivas vinculadas a valoraciones cognitivas (appraisals) específicas que reflejan el significado central del evento emocional (Lazarus, 1991). Más aún, los patrones específicos que constituyen el appraisal de cada emoción tienen la capacidad de influenciar los juicios evaluativos de forma congruente con las características de los patrones cognitivos involucrados (Horberg, Keltner, Oveis y Cohen, 2009).
Por ejemplo, se ha documentado que la exposición a factores amenazantes incrementó la sensibilidad de la población para percibir señales de peligro, favoreciendo así la ocurrencia de respuestas de miedo (Bar-Tal, Halperin, y Rivera, 2007; ver también Halperin, Sharvit, y Gross, 2011). Lerner y Keltner (2000, 2001) encontraron que la predisposición de ciertos individuos a experimentar miedo o ira es un factor diferencial en la evaluación del riesgo. Así, mientras los primeros presentaron una tendencia a realizar evaluaciones pesimistas, los segundos se decantaron por evaluaciones de sesgo optimistas. Estos resultados son congruentes con el appraisal de ambas emociones: mientras que la emoción de miedo está asociada a appraisals de incertidumbre, la emoción de ira implica control individual de la situación (Smith y Ellsworth, 1985).
En esta línea, un componente central del appraisal de la ira es la atribución de agencia. Por ejemplo, mientras que un determinado evento indeseable causará la respuesta emocional de ira si se percibe como causado por otras personas (atribución de agencia) el mismo evento generará tristeza si es percibido como causado por circunstancias incontrolables (Scherer, 1999). En efecto, Keltner, Ellsworth y Edwards (1993) encontraron que aquellos participantes que fueron expuestos a una inducción de ira evidenciaron mayor tendencia a evaluar una serie de eventos negativos como causados por otras personas, mientras que la inducción de tristeza generó que los mismos eventos sean atribuidos a factores situacionales. Inclusive, parece ser que la percepción subliminal de las expresiones faciales de ambas emociones genera un efecto similar sobre la atribución de agencia (Yang y Tong, 2010).
AUTOMATICIDAD DE LOS JUICIOS EVALUATIVOS: IMPLICACIONES PRÁCTICAS
Ciertamente, la investigación en la automaticidad de los juicios evaluativos tiene implicaciones en ámbitos de especial relevancia para la vida cotidiana. Si bien es cierto que aún se requieren de estudios con mayor validez ecológica para poder contrastar los alcances de este fenómeno en situaciones “reales”, los estudios realizados hasta la fecha nos permiten establecer algunas importantes líneas de aplicación. En este contexto, el presente apartado tiene como objetivo revisar algunos de los hallazgos más relevantes en tres ámbitos que consideramos que pueden verse especialmente beneficiados de esta línea de investigación.
Psicología del consumidor
Uno de los ámbitos más beneficiados con los nuevos hallazgos en automaticidad cognitiva ha sido el de la psicología del consumidor y el branding (Olivera La Rosa y Rosselló, 2014b). En efecto, resulta evidente que en los últimos años ha tenido lugar un creciente interés por investigar empíricamente diferentes aspectos de la psicología del consumidor. Interesantemente, los efectos de los estímulos incidentales se han reportado tanto a nivel evaluativo como a nivel conductual.
Por ejemplo, un fenómeno ampliamente documentado en psicología cognitiva sostiene que la exposición repetida a un determinado estímulo genera actitudes favorables hacia el mismo (Zajonc, 1980). Este fenómeno, denominado como el efecto de “mera exposición”, ha demostrado ser altamente aplicable al estudio del consumidor. En consecuencia, se ha encontrado evidencia de que el hecho de escuchar el nombre de una marca, por una sola vez, fue suficiente para posteriormente incrementar su percepción de solidez (Holden & Vanhuele, 1999). El efecto de la mera exposición también se ha documentado en Internet: la breve exposición a anuncios publicitarios dejó huellas en la memoria incluso cuando los participantes reportaban haber “olvidado” las imágenes (Pêtre, 2005). En esta línea, existe evidencia de que la fluidez con que se procesa la información tiene un efecto positivo tanto en la preferencia por nuevos productos (Brakus, Schmitt y Zhang, 2014) como en la elección de compra (Herrmann, Zidansek, Sprott y Spangenberg, 2013).
La viabilidad de la publicidad subliminal también ha sido abordada a nivel empírico. Por ejemplo, se ha documentado que la exposición subliminal a verbos relacionados con una acción (“confiar”) mejoró la evaluación de un mensaje persuasivo (Légal, Chappé, Coiffard y Villard-Forest, 2012), que el procesamiento implícito de un estímulo auditivo mejoró la actitud hacia un anuncio publicitario (Perfect y Edwards, 1998), y que la percepción subliminal del nombre de una marca de bebida incrementó la preferencia por la marca en cuestión y la intención de consumirla (Karremans, Stroebe y Claus, 2006).
Complementando estos resultados, existe evidencia de que el procesamiento implícito de estímulos relacionados con ciertas marcas puede generar respuestas conductuales relacionadas a la esencia de las mismas. En efecto, se ha documentado que la exposición subliminal a los logos de Apple, Disney y Red Bull incrementó la tendencia de los participantes a comportarse de forma más creativa, honesta y temeraria (respectivamente) (Brasel y Gips, 2011; Fitzsimons, Chartrand y Fitzsimons, 2008).
Dada la relevancia de los recientes hallazgos en esta línea, no resulta sorprendente que las medidas implícitas de marca se encuentren actualmente en un proceso de incorporación progresiva al ámbito del branding y el estudio del consumidor. No obstante, es preciso ser prudente al momento de considerar las implicaciones prácticas de la investigación empírica realizada hasta la fecha. Por ejemplo, el hecho de que los diseños experimentales mencionados se hayan limitado a identificar efectos a corto plazo deja abierta la interrogante acerca de la duración de dichos efectos, lo cual constituye una cuestión esencial para su posible aplicación.
Derecho
El hecho de que las respuestas afectivas incidentales tengan la capacidad de influenciar los juicios evaluativos presenta serias implicaciones en el ámbito legal, tradicionalmente fundamentado en un paradigma racional. Dado que la evidencia empírica recapitulada cuestiona seriamente este supuesto, ciertos autores han manifestado la necesidad de prestar mayor atención a los descubrimientos cognitivos en la práctica legal (Barsky, Kapla, y Beal, 2011; Fernández, Marty, Nadal, Capó, & Cela-Conde, 2005).
No obstante, son aún muchas las interrogantes pendientes por explorar, en especial lo que concierne al alcance práctico de los resultados obtenidos en el laboratorio. Asumiendo la provisionalidad de los datos obtenidos, el estado de la cuestión sugiere que las respuestas afectivas –tanto integrales como incidentales- influencian las evaluaciones de responsabilidad legal (para una revisión, ver Feigenson, 2016).Por ejemplo, un estudio encontró que la experiencia psicológica de poder incrementa la severidad del castigo a los transgresores. En particular, los resultados de Wiltermuth y Flynn (2013) apuntan a que el incremento de la severidad en los castigos se debería a la sensación de “superioridad moral” en los perpetuadores y no a la percepción de las transgresiones como más inmorales (ver también, Williams, 2014). Asimismo, se ha documentado que aquellos jurados inducidos a experimentar la emoción de ira realizaron atribuciones más severas que aquellos jurados que se encontraban en un estado afectivo relativamente neutral (Lerner, Goldberg y Tetlock, 1998). Inclusive, algunos resultados apuntan a que el hecho de percibir brevemente imágenes negativamente impactantes reduce la severidad de los juicios morales (Olivera La Rosa y Rosselló, 2012). Futuros estudios deberán abordar esta problemática desde un enfoque más ecológico, considerando, por ejemplo, el curso temporal de la influencia de los afectos incidentales en la toma de decisiones.
Cabe mencionar que un tema de especial interés en este ámbito es el que se refiere a la condición de los psicópatas en el sistema legal. La psicopatía se caracteriza por síntomas tales como déficits empáticos, incapacidad para experimentar ciertos sentimientos “morales”, una actitud más positiva hacia la violencia y la tendencia a la conducta manipuladora y la mentira, entre otros (Hare, 2003). Estas particularidades han puesto en evidencia la idoneidad de utilizar procedimientos implícitos para estudiar este trastorno (Suter, Pihet, De Ridder, Zimmermann y Stephan, 2014). Desde esta perspectiva, un estudio reciente encontró que las actitudes negativas implícitas hacia la violencia estarían estrechamente relacionadas con las conductas sociales adaptativas y las facetas antisociales de la psicopatía (Zwets et a., 2015). Futuros estudios deben profundizar en estas cuestiones a través de procedimientos implícitos, en la línea de la investigación realizada con otros trastornos psicopatológicos (Roefs et al., 2011).
Prosociabilidad
Entender el funcionamiento de la automaticidad y de los errores en la atribución cognitiva y afectiva puede ser ciertamente útil para la investigación en conducta prosocial. En efecto, diversos estudios han encontrado que las respuestas prosociales pueden verse influidas por inducciones experimentales. Por ejemplo, Oveis, Horberg y Keltner (2010) encontraron que mientras que la experiencia de compasión favorece la sensación de similitud con aquellas personas que percibimos como “débiles”, la experiencia de orgullo genera el mismo efecto empático frente a quienes identificamos como “fuertes”. Además, parece ser que la experiencia emocional de “elevación” (la cual es descrita como una emoción positiva generada por la percepción de un acto virtuoso; Haidt, 2003) inducida experimentalmente tiene la capacidad de incrementar la motivación por ayudar a terceras personas (Schnall, Roper y Fessler, 2010).
Ciertamente, resulta interesante mencionar un efecto ampliamente documentado empíricamente: la sensación de ser observados incrementa los niveles de comportamiento prosocial (Gervais y Norenzayan, 2012; Norenzayan y Shariff, 2008). En este contexto, una línea de investigación que ha despertado especial interés en el ámbito de la psicología cognitiva es el estudio de la relación entre religión y prosocialidad. Si bien los resultados son en ocasiones contradictorios, el estado de la cuestión favorece –en líneas generales- que la activación de conceptos religiosos inducida experimentalmente produce efectos ambivalentes: mientras que por un lado incrementa las tendencias prosociales hacia aquellos percibidos como miembros del grupo, a su vez enfatiza la percepción de diferencia con los miembros de otros grupos de pertenencia (Galen, 2012; McKay y Whitehouse, 2015; Thomson, 2015).
Desde otra perspectiva, se ha documentado que el activar mentalmente la noción de “grupo” en los participantes redujo de forma significativa su compromiso para ayudar en una tarea conductual (Scaffidi Abbate, Boca, Spadaro, y Romano, 2014). Dentro del ámbito de la ética laboral, parece ser que las decisiones en este contexto pueden ser influenciadas por factores ambientales inaccesibles al procesamiento consciente. Un estudio multicultural encontró que aquellos participantes a los cuales se les activó el concepto de “rudeza” percibieron una serie de escenarios laborales como más éticos que aquellos participantes a los cuales se les activó el concepto de “cortesía” (Nolder y Riley, 2013).
La investigación realizada en el marco del embodiment también ha aportado resultados de interés en este ámbito. Por un lado, los estudios sobre la influencia de los estímulos afectivos incidentales en la prosocialidad han producido resultados llamativos, encontrando por ejemplo que los olores de ciertos productos de limpieza favorecen la reciprocidad y la caridad (Liljenquist, Zhong, y Galinsky, 2010). Por otro lado, son diversos los estudios donde se ha documentado de que el hecho de experimentar contacto físico incrementa la conducta prosocial (Kleinke, 1977; Vaidis y Halimi-Falkowicz, 2008). En esta línea, se ha demostrado que la sensación de “calidez” física se encuentra relacionada con la percepción de “calidez” interpersonal. Por ejemplo, el sostener brevemente un brebaje caliente incrementa la percepción de “calidez” de una determinada personalidad (al contrario de sostener un brebaje frio) (William y Bargh, 2008a) y el hecho de recordar una experiencia de rechazo o inclusión social afecta a la percepción de la temperatura ambiental (disminuyéndola o incrementándola, respectivamente) (Zhong y Leonardelli, 2008). Inclusive, parece ser que la sensación de rechazo social puede reducir la temperatura corporal (IJzerman et al., 2012).
Para finalizar, cabe mencionar que si bien los estudios revisados han aportado resultados sugerentes para la investigación en prosocialidad, queda aún un importante camino para discutir su viabilidad en un contexto no experimental. Al igual que en el caso de los ámbitos previamente mencionados, es la tarea de futuras investigaciones solventar esta asignatura pendiente.
CONCLUSIONES
Nuestra mente implícita parece funcionar con sus propias leyes. La evidencia empírica recolectada en las últimas décadas favorece, de forma concluyente, la caracterización de nuestros procesos evaluativos como procesos predominantemente automáticos susceptibles a la influencia de variables incidentales. En este marco, la especial interacción existente entre estados corporales y estados psicológicos define diversos aspectos de la cognición social, constituyendo un factor que facilita la presencia de los errores en la atribución afectiva. En efecto, la ubiquidad de este fenómeno en los procesos evaluativos supone un reto para la investigación en psicología cognitiva y social, pues diversos ámbitos de la vida social cotidiana pueden beneficiarse de una mejor comprensión de los mecanismos subyacentes.
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Notas de autor
Antonio Olivera La Rosa. Universidad Católica Luis Amigó. Transversal 51A #67B 90. Medellín. Colombia E-mail: acensulay@yahoo.es