Reflexiones
“Camine mis chinitas y me ayudan a lavar”: lavaderos comunitarios en el barrio Antigua Fábrica de Loza de Bogotá D.C.
“Come on, girls, give me a hand with the laundry”: Community Washhouses in the Antigua Fábrica de Loza Neighborhood of Bogotá D.C.
“Caminhem, minhas queridas, e me ajudem a lavar”: lavanderias comunitárias no bairro Antiga Fábrica de Loza, em Bogotá D.C.
“Camine mis chinitas y me ayudan a lavar”: lavaderos comunitarios en el barrio Antigua Fábrica de Loza de Bogotá D.C.
Revista Ciudades, Estados y Política, vol. 12, no. 2, pp. 135-162, 2025
Universidad Nacional de Colombia

Received: 01 July 2024
Accepted: 05 May 2025
Published: 02 December 2025
Resumen: Este artículo presenta un ejercicio de historia colectiva a través de prácticas de memoria colectiva en los lavaderos comunitarios del barrio Antigua Fábrica de Loza, localizados en el centro histórico de Bogotá. El objetivo es reconocer aspectos como la construcción de los lavaderos, las condiciones actuales de la infraestructura, la administración del espacio y las actividades que allí se desarrollan. Se toma como base teórica la propuesta de Maurice Halbwachs sobre la historia colectiva y se adopta un enfoque cualitativo que permite abordar las voces y comprensiones de las usuarias de los lavaderos. Asimismo, se incluye un breve recuento histórico de la lavandería tradicional en Bogotá como contexto general, que permite ubicar el caso específico en una trayectoria más amplia de prácticas comunitarias de lavado. El texto concluye con una serie de reflexiones derivadas del ejercicio investigativo, que ponen en valor los vínculos entre memoria, territorio e infraestructura social.
Palabras clave: lavaderos comunitarios, lavandería tradicional, historia colectiva, memoria, Bogotá.
Abstract: This article presents an exercise in collective history through practices of collective memory in the community washhouses of the Antigua Fábrica de Loza neighborhood, located in the historic center of Bogotá. The objective is to identify aspects such as the construction of the washhouses, the current state of the infrastructure, the management of the space, and the activities that take place there. The theoretical framework is based on Maurice Halbwachs’ concept of collective history, and a qualitative approach is adopted to engage with the voices and understandings of the women who use the washhouses. The article also includes a brief historical overview of traditional laundry practices in Bogotá, providing a general context that situates this specific case within a broader trajectory of community-based washing practices. The text concludes with a series of reflections drawn from the research process, highlighting the value of the connections between memory, territory, and social infrastructure.
Keywords: community washhouses, traditional laundry, collective history, memory, Bogotá.
Resumo: Este artigo apresenta um exercício de história coletiva por meio de práticas de memória coletiva nas lavanderias comunitárias do bairro Antigua Fábrica de Loza, localizado no centro histórico de Bogotá. O objetivo é reconhecer aspectos como a construção das lavanderias, as condições atuais da infraestrutura, a administração do espaço e as atividades que nele são realizadas. A proposta de Maurice Halbwachs sobre a história coletiva é tomada como base teórica e adota-se uma abordagem qualitativa que permite abordar as vozes e compreensões das usuárias das lavanderias. Além disso, inclui-se um breve relato histórico da lavanderia tradicional em Bogotá como contexto geral, o que permite situar o caso específico em uma trajetória mais ampla de práticas comunitárias de lavagem. O texto conclui com uma série de reflexões derivadas do exercício investigativo, que valorizam os vínculos entre memória, território e infraestrutura social.
Palavras-chave: lavanderias comunitárias, lavanderia tradicional, história coletiva, memória, Bogotá D.C.
Introducción
Este artículo busca reconstruir una historia colectiva a través de ejercicios de memoria con la comunidad que vive y utiliza los lavaderos comunitarios del barrio Antigua Fábrica de Loza, destacando principalmente la construcción de los lavaderos, las condiciones actuales de la infraestructura, la administración del espacio y las actividades desarrolladas por las personas del lugar. En el texto, aparecen algunos relatos asociados con las transformaciones espaciales del barrio y el entorno, la organización social (relaciones de vecindad, solidaridad, cohesión y comadrazgo), así como la importancia de este lugar dentro de la vida comunitaria.
El territorio en el que se centra este artículo es el barrio Antigua Fábrica de Loza y, específicamente, el área de los lavaderos comunitarios. Las transformaciones territoriales y los procesos de organización social propiciaron la consolidación de escenarios de resistencia que, desde los liderazgos comunitarios, se han encargado de la gestión de los lavaderos. En este contexto, ha sido central el rol desempeñado por la junta de acción comunal (en adelante, JAC) y los vecinos organizados, quienes han logrado resistir y permanecer en el territorio, así como mantener en funcionamiento el espacio de los lavaderos comunitarios, sin contar con una figura de administración ni con apoyo institucional directo.
La lavandería tradicional ha cambiado con la incorporación de nuevas tecnologías, pasando del lavado a la orilla de los ríos y quebradas a los lavaderos comunitarios, y, posteriormente, convirtiéndose en una tarea privada de cada unidad doméstica con la introducción de redes de acueducto doméstico y lavadoras eléctricas. El aprendizaje del otrora oficio de lavandera se realizaba de manera intergeneracional, transmitido en el seno familiar a las mujeres más jóvenes, como parte de las actividades domésticas cotidianas, desempeñadas exclusivamente por mujeres. Cabe señalar que, en los hogares con jefatura femenina, la lavandería constituía su única fuente de ingresos. Estas mujeres, sin mayores posibilidades laborales, se veían sometidas a largas jornadas y a condiciones que podrían considerarse inadecuadas, las cuales terminaban por afectar sus cuerpos.
El concepto de memoria colectiva, ampliamente trabajado en las ciencias sociales, puede considerarse un enfoque complejo debido a las múltiples vertientes de las que se nutre: geografía, arquitectura, derecho, historia, sociología, entre otras. En esta indagación, se entiende como el esfuerzo consciente de un grupo por narrar su pasado a través de hechos, personajes, lugares y vestigios, ya sean reales o imaginarios, con el fin de valorarlos a la luz de los eventos presentes. Se parte de la construcción de una historia colectiva a partir del reconocimiento de diferentes memorias particulares, para lo cual se retoma como referente teórico lo expuesto por Maurice Halbwachs en su texto La memoria colectiva (1925). En ese sentido, los instrumentos metodológicos utilizados buscaron recoger visiones de memoria particulares y personales de las distintas generaciones que acudieron a la convocatoria, con el fin de recuperar la memoria colectiva del lugar. Para ello, se emplearon diversas técnicas, tales como entrevistas semiestructuradas, el círculo de la palabra y la construcción de un álbum fotográfico con archivos personales de los residentes del barrio. Es importante señalar que, sobre el territorio en cuestión, existen antecedentes que documentan la historia del barrio, especialmente en registros videográficos; sin embargo, en estos no se realiza un análisis de los aspectos abordados en el artículo y señalados anteriormente.
La estructura del artículo es la siguiente: el primer apartado presenta una contextualización del referente teórico que orientó la reflexión académica; el segundo desarrolla la propuesta metodológica; el tercero ofrece una reconstrucción general del oficio de la lavandería en Bogotá y del caso particular de los lavaderos comunitarios del barrio Antigua Fábrica de Loza; finalmente, el último apartado expone algunas reflexiones finales derivadas del ejercicio realizado.
La memoria colectiva como referente teórico
El concepto de memoria colectiva fue desarrollado por Maurice Halbwachs (1925) en su obra La memoria colectiva. En este texto, Halbwachs sostiene que la memoria individual, vinculada a lugares, hechos y personas, está profundamente relacionada con la memoria del grupo, ya que los recuerdos se construyen y comparten socialmente:
Del primer nivel de la memoria colectiva de un grupo se desprenden los recuerdos de hechos y de experiencias que conciernen a la mayor parte de sus miembros y que resultan, sea de su vida propia o sea de relaciones con los grupos más próximos con los que tienen un mayor contacto. Por lo que toca a aquellos recuerdos que conciernen a un número restringido de los miembros del grupo, aun cuando estén ubicados en su memoria, pasan a un segundo plano general. (p. 26)
Halbwachs (1925) afirma que la memoria colectiva, como objeto de estudio, se caracteriza por requerir técnicas múltiples y comprensivas, al tiempo que otorga sentido tanto a los fenómenos sociales como a los significados que los sujetos, individuales o colectivos, les atribuyen. Así, la construcción colectiva de la memoria enfoca su atención en la experiencia que los sujetos recrean a través de sus discursos, los cuales traen al presente recuerdos que no son objetivos o “puros”, sino que están mediados por una interpretación personal atravesada por sentimientos y emociones. El carácter interpretativo de este ejercicio se manifiesta en la intención de comprender y reconstruir la realidad de los sujetos involucrados en torno a una situación y un lugar específicos. Este planteamiento sirvió de base para que otros autores, como Pierre Nora, Jan Assmann y Jacques Le Goff, desarrollaran nuevas perspectivas.
Este tipo de memoria se distingue por requerir enfoques variados e integrales, ya que busca otorgar sentido tanto a los fenómenos sociales como a los significados que los individuos y los grupos les confieren. Su análisis se centra en la manera en que los sujetos recrean sus recuerdos mediante discursos, no como relatos objetivos, sino como interpretaciones influenciadas por sus emociones y experiencias personales. El enfoque interpretativo busca comprender y reconstruir la realidad de los sujetos implicados, considerando sus historias particulares. Así, la memoria colectiva se nutre de la interacción y comparación de diversos discursos, tanto reales como imaginarios, con el fin de construir una visión amplia que recoja las distintas versiones existentes, incluso aquellas que resultan contradictorias o divergentes.
En su obra, Halbwachs (1925) resalta la importancia de la interacción dentro de los marcos sociales para la formación y reconstrucción de la memoria, proceso que varía según la época y el contexto. Su análisis pone énfasis en la pertenencia a un grupo social, y subraya que la lectura individual de los recuerdos depende de la posibilidad de situarlos en un entorno colectivo. De este modo, factores como la familia, la religión y las clases sociales influyen en la manera en que se comprende la memoria, la cual solo puede analizarse adecuadamente si se consideran estos elementos históricos.
Finalmente, este enfoque teórico resalta que la memoria colectiva no es simplemente una suma de recuerdos individuales, sino un entramado social que da sentido a las experiencias compartidas. Por ello, analizar la memoria desde una perspectiva exclusivamente individual, sin tener en cuenta el contexto social y la interacción grupal, resulta insuficiente, ya que se perderían la riqueza interpretativa y el valor que aporta el enfoque colectivo. Lo anteriormente expuesto permite comprender la pertinencia epistemológica de este enfoque para el caso abordado en el presente artículo.
Referente metodológico
Se implementaron estrategias propias de un diseño metodológico cualitativo, centradas en la memoria colectiva como marco, dentro de las cuales se vinculan y contrastan las historias de vida individuales con las comunitarias. Lo cualitativo se consideró la opción más adecuada para reconstruir una versión no oficial o institucionalizada de los procesos históricos ocurridos en el territorio, ya que en dicha perspectiva juega un papel fundamental la subjetividad con una alta carga simbólica, al permitir recuperar lo que no está presente en la historia “oficial”, pero que resulta esencial en la configuración de identidades e ideologías (Hernández et al., 2014).
La ruta metodológica fue acordada en todas sus fases con la comunidad participante1, lo cual otorgó mayor legitimidad y generó confianza en el proceso. Es importante señalar, además, que, siguiendo los principios de las metodologías alternativas que propenden por una decolonialidad en el trabajo comunitario, durante el acercamiento a las personas se promovió una relación horizontal, así como la devolución del conocimiento. También se consideraron relevantes las actividades integradoras, concebidas como espacios propicios para la reconstrucción de la memoria colectiva del lugar (por ejemplo, ollas comunitarias, acompañamiento en actividades cotidianas de la población o trabajo en la huerta).
En cuanto a la población y muestra, los ejercicios realizados estuvieron dirigidos a todos los habitantes del barrio y usuarios de los lavaderos comunitarios, sin restricciones, partiendo del supuesto de que toda persona que deseara participar tenía algo que enseñar y algo que aprender. El muestreo aplicado fue de tipo bola de nieve, el cual consiste en identificar participantes clave que se van agregando a la muestra. A estos se les pregunta si conocen a otras personas que puedan aportar datos adicionales o ampliar la información; dichos contactos se fueron incluyendo en la medida en que aceptaban participar (Hernández et al., 2014). Así, la muestra final estuvo compuesta por quince personas que participaron en la implementación de las diferentes actividades.
Las actividades realizadas fueron, en su orden: entrevistas semiestructuradas con líderes comunales y algunas vecinas/usuarias2; círculo de la palabra con líderes, lideresas3 y personas de la comunidad4; revisión de fuentes documentales diversas, como documentos técnicos, diarios, videos, pódcast y literatura académica; y, por último, la recolección de material fotográfico para consolidar el álbum fotográfico del barrio.5
En la fase posterior a la captura de datos mediante los diferentes instrumentos, se realizó el tratamiento y la clasificación analítica de la información. Para ello, los discursos relacionados con los lavaderos como lugar y la lavandería como oficio fueron condensados mediante una matriz de codificación abierta. Este tipo de codificación es explicada por Hernández et al. (2014):
Usamos la codificación para comenzar a revelar significados potenciales y desarrollar ideas, conceptos e hipótesis; vamos comprendiendo lo que sucede con los datos (empezamos a generar un sentido de entendimiento respecto al planteamiento del problema). Los códigos son etiquetas para identificar categorías, es decir, describen un segmento de texto, imagen, artefacto u otro material. (p. 426)
En el caso del ejercicio realizado, se construyeron tres categorías principales: la construcción de los lavaderos y las condiciones actuales de la infraestructura; la administración del espacio; y, por último, las actividades desarrolladas por las personas del lugar. Dentro de cada categoría se identificaron subcategorías que les daban sentido.
Los lavaderos comunitarios y el oficio de la lavandería tradicional
Este apartado presenta una breve síntesis de algunos aspectos clave de la lavandería tradicional en la ciudad, que permiten construir un contexto general del oficio antes de profundizar en las dinámicas particulares del caso de interés.
Breve contexto histórico de la lavandería tradicional en Bogotá D.C.
Sigue lavando, lavando, oh lavandera ignorada
Sigue lavando y lavando hasta entrar la oscuridad
Que por más agua en la quebrada
No limpiarás estas manchas
No limpiarás estas manchas de la triste humanidad
Source: Garzón y Collazos, “Lavanderas”
El oficio de la lavandería tradicional hizo parte del imaginario histórico y cultural del país hasta mediados del siglo XX. Se encuentran referencias en diversas fuentes iconográficas (grabados, ilustraciones, fotografías), escritas (periódicos, revistas, novelas) y musicales (como la canción “Lavanderas” de Garzón y Collazos) (Zuluaga, 2023; Sánchez, 2010; Vasco y Vallejo, 2007).
Además de notas periodísticas que, ocasionalmente, registraban la persistencia de los lavaderos comunitarios o la figura de personajes de interés en determinados territorios6, se hallaron investigaciones históricas que documentan las prácticas y saberes del oficio, así como sus transformaciones debidas a diversos factores: las advertencias higienistas de médicos e ingenieros sobre la salubridad del agua, los avances tecnológicos asociados con la instalación de redes de acueducto y alcantarillado domiciliarios, y la masificación de las máquinas lavadoras en los hogares (Gallini et al., 2014; Sánchez, 2010). También se encontraron algunas referencias a procesos de organización social de las lavanderas para exigir derechos o mejores condiciones de trabajo, aunque no existe información suficiente para considerarlos movimientos sociales en sentido estricto (La Hora, 2015; Sánchez, 2010).
En años más recientes, diversas investigaciones han abordado el tema desde distintas perspectivas, como la carga doméstica y de cuidado que recae sobre las mujeres, las transformaciones urbanas y la tecnificación del oficio, que han llevado a su casi desaparición, salvo en sectores rurales remotos donde no hay acceso a acueducto domiciliario (Gallini et al., 2014; Vasco y Vallejo, 2007). Incluso en redes sociales circulan videos de creadoras de contenido que se identifican como campesinas y explican formas tradicionales de lavado que persisten en sus contextos particulares.7
El lavado de ropa en ríos y quebradas hacía parte del paisaje urbano de Bogotá: grupos de mujeres, hincadas sobre sus rodillas a ambos lados del río, buscaban piedras lisas y alargadas para restregar la ropa, el agua más limpia posible para el lavado, y áreas amplias de tendido donde utilizaban los alambrados de los potreros adyacentes, pastizales o árboles cercanos para blanquear las prendas (Sánchez, 2010).
Las limitaciones técnicas para acceder a agua potable de forma permanente y con buena calidad en los hogares obligaban a que el lavado se realizara de manera comunitaria en los distintos cuerpos de agua que rodeaban la ciudad. Este oficio, vigente desde la época colonial hasta comienzos del siglo XX, era realizado exclusivamente por mujeres, quienes permanecían confinadas al ámbito y a las tareas domésticas (Paleo y Novas, 2018).
Una escena representativa de esta práctica puede apreciarse en la figura 1, en la que se observa a una mujer lavando ropa en un arroyo, mientras al fondo se extienden mantas al sol y otra mujer, recostada, cuida a un bebé entre los textiles tendidos. Esta escena no solo ilustra el carácter colectivo de la actividad, sino que también resalta cómo, incluso en medio del trabajo, las mujeres asumían simultáneamente las tareas de cuidado
En los hogares con condiciones socioeconómicas precarias, la lavandería se convertía, además, en la única fuente de ingreso:
Procedentes de los sectores más bajos de la clase obrera, no solo se adhirieron al grupo de mujeres que ingresaron al mundo del trabajo remunerado, sino que también fueron percibidas como una colectividad que simbolizaba la relación entre el agua, el lavado y la feminidad. (Gallini et al., 2014)
En el mismo sentido, Kaika (2004) explica que esta actividad ofrecía a las mujeres acceso a espacios propicios para la socialización y el compartir de alimentos:
La tarea tradicional de las mujeres de recoger agua de pozos o manantiales para uso doméstico seguía siendo, en muchas partes del mundo, una carga adicional a su ya de por sí apretada agenda diaria, pero también creó un dominio predominantemente femenino en torno al pozo, la fuente pública o el río y, en muchos casos, brindó una de las pocas oportunidades para que las mujeres socializaran libremente. (p. 270, [traducción propia])
El lavado de ropa en grupo, durante extensas jornadas, generaba lazos de solidaridad y compañerismo entre las mujeres, ya que el espacio propiciaba lo que algunos autores han descrito como:
[…] la creación de escenarios liberadores en los que las lavanderas pudieron conversar, reír, cantar y fumar cigarrillos juntas, afianzando vínculos de solidaridad y compañerismo que hasta cierto punto permitieron aliviar las penurias y sacrificios que enfrentaban en su vida diaria. (La Hora, 2015)
En torno al oficio de la lavandería existían saberes específicos que aseguraban una jornada provechosa. Por ejemplo, se prefería lavar en días soleados para facilitar el secado de la ropa, ya que, de no lograrse, implicaba cargar mayor peso en el regreso al hogar. Era común el uso de plantas para el blanqueo de prendas, así como el clareo mediante la exposición directa a la luz solar. Tampoco se debía lavar después de días lluviosos, ya que el agua del río arrastraba sedimentos. Además, era importante ocupar un buen lugar en el río para garantizar el uso de aguas limpias, lo cual, de no lograrse, obligaba a trasladarse a fuentes de agua más alejadas.
La tarea no era sencilla: además de cargar la ropa sucia recogida en distintas casas, las lavanderas debían recorrer caminos agrestes hasta llegar al río, exponiéndose a ataques de animales o al riesgo de crecientes repentinas. Las condiciones del oficio producían deformidades en las manos, problemas articulares y dolores de espalda. El esfuerzo físico requerido era tan alto que esta población presentaba una mayor incidencia de enfermedades osteomusculares (La Hora, 2015; Zuluaga, 2023).
El oficio de lavar en ríos fue disminuyendo a medida que se implementaban medidas higienistas impulsadas por médicos e ingenieros, quienes advertían sobre los riesgos de contaminación del agua y transmisión de enfermedades. Por ejemplo, se acusaba a las lavanderas de propagar enfermedades de contagio hídrico, como la fiebre tifoidea, debido a los residuos presentes en las prendas (Gallini et al., 2014; Archivo de Bogotá, 2020).
Asimismo, surgieron conflictos ambientales por el uso compartido del cauce del río, empleado también como vertedero de aguas servidas y basuras por otros actores. La disputa por la calidad del agua entre las lavanderas y actividades ubicadas en las zonas altas —como la ganadería o la minería— derivó en prolongados enfrentamientos. Las lavanderas, en respuesta, expresaron su inconformidad ante las autoridades locales. Sánchez (2010) recoge un fragmento de la carta que estas enviaron con el fin de obtener respaldo para continuar su labor.8
Otro factor que marcó la paulatina desaparición del oficio fue la instalación y ampliación de la red de acueducto y alcantarillado doméstico, lo que facilitó el acceso al agua potable en los hogares y convirtió el lavado de ropa en una actividad privada, realizada exclusivamente por las mujeres. A ello se sumó la llegada de las primeras lavadoras a comienzos del siglo XX: inicialmente manuales, luego a gasolina y, finalmente, eléctricas. Si bien al principio solo las familias adineradas podían adquirirlas —y aprovechar la conexión domiciliaria para instalar lavaderos en casa—, con el tiempo su masificación permitió el acceso a sectores de menores ingresos.
Esta “domesticación” del lavado es explicada por Kaika (2004) de la siguiente manera:
Cuando el agua se domesticó en el mundo occidental, la distinción tradicional de género en torno a su manejo no cambió: fueron nuevamente los “cuartos húmedos” del hogar burgués los que se convirtieron en el lugar de las mujeres en los arreglos espaciales domésticos que acompañaron la división social del trabajo, consolidando así su confinamiento al ámbito doméstico. (p. 270, [traducción propia])
En paralelo a estas transformaciones, el Gobierno distrital promovió la instalación de lavaderos comunitarios como equipamientos urbanos de acceso público en barrios populares, donde el acceso al agua requería mayor organización o control. Esta política buscaba mejorar las condiciones laborales de las lavanderas, al ofrecer comodidad y protección ante las inclemencias climáticas. Vasco y Vallejo (2007) y Burgos (2023) señalan que estos lavaderos comunitarios también garantizaban la salubridad del agua empleada y contribuían a mitigar los conflictos ambientales.
Aunque el espacio físico de la lavandería tradicional cambió con la instalación de hileras de lavaderos públicos, las personas, las prácticas y los saberes vinculados a estos oficios se mantuvieron. La socialización continuó, aunque en escenarios diferentes. Una usuaria afirma: “Después de una vida de fregar en estos lavaderos, una no puede desprenderse de la costumbre. Además, aquí tengo mi club de chismografía, porque mientras se lava, se raja del prójimo, pero no se le sostiene a nadie” (Rondón, 2022).
Algunos autores afirman que el carácter popular de los barrios donde se instalaron estos lavaderos explica su relevancia como puntos de encuentro para las usuarias: eran lugares de trabajo, de socialización y también espacios a los que se acudía en situaciones de emergencia. Cabe recordar que muchas de las viviendas de estas comunidades no contaban con servicios domiciliarios básicos, por lo que los lavaderos también suplían funciones como el abastecimiento de agua potable o el acceso a servicios sanitarios. Como lo destacan Gallini et al. (2014): “Los lavaderos seguían siendo socialmente importantes e incluso contaban con su celebración”.
La permanencia física y el uso actual de algunos lavaderos comunitarios —particularmente en zonas céntricas de Bogotá—, a pesar de la cobertura generalizada del acueducto y la proliferación de lavadoras eléctricas, constituyen una huella significativa de la memoria urbana y de los procesos de organización comunitaria. Estos espacios, más allá de su función práctica, resguardan historias personales y colectivas que dan cuenta de la construcción social del territorio (Torres, 2018).
Lavandería tradicional en el barrio Antigua Fábrica de Loza
Cuando inauguraron los Lavaderos Gaitán, se continuó el trabajo, que ha sido el mismo de las lavanderas de toda la vida, como la que esto le cuenta: agua, jabón, refriegue, golpear sobre la piedra para ablandar la mugre, torcer, sacudir y colgar, y cantar para aliviar un poco la dura costumbre.
Source: Magolita Pinzón
En este apartado se presenta una caracterización general de los lavaderos comunitarios objeto de estudio. Para ello, se consideraron tres aspectos que emergieron con mayor recurrencia en las conversaciones sostenidas con las personas participantes durante la implementación de los instrumentos de investigación. Estos aspectos son: 1) la configuración del sector antes de la construcción de los lavaderos y las condiciones actuales de la infraestructura; 2) la administración del espacio; y 3) las actividades desarrolladas por las personas usuarias del lugar.
En cuanto a la configuración del sector y las condiciones actuales de la infraestructura, los lavaderos comunitarios fueron construidos en 1936, durante la alcaldía de Jorge Eliécer Gaitán, en un predio donado para tal fin, el cual exigió la canalización de la quebrada San Juanito. Gracias a un álbum fotográfico construido con la comunidad, fue posible recuperar, por ejemplo, una fotografía en la que se observa a las lavanderas realizando su labor en las márgenes de dicha quebrada. Este es el único registro del que se tiene conocimiento sobre esa actividad en esta zona de la ciudad. Cabe destacar que los lavaderos pueden considerarse como la única infraestructura construida por la administración distrital en este sector durante la primera mitad del siglo XX.
(La quebrada) la canalizaron, lo que pasa es que en la entrada había un puente que atravesábamos para ir a recoger el agua en la poceta. Desde aquí era todo lo que era la quebrada [...]. Y de todos modos, todo eso ya desapareció, esos árboles desaparecieron y esta era la quebrada. (L. A. Tovar, comunicación personal, 17 de mayo de 2022)
Para contextualizar territorialmente la ubicación de los lavaderos, se presenta la localización del barrio Antigua Fábrica de Loza, así como la ubicación de los lavaderos (figura 2). En esta imagen, a la derecha es posible reconocer la diferencia entre el área que cubría el predio original y el área actual. Dicho predio fue reducido en la década de 1970, cuando la administración distrital lo fragmentó para construir un equipamiento comunitario, el Centro Comunitario Lourdes, aún en funcionamiento.

El cambio morfológico del predio original implicó una modificación en el acceso a los lavaderos comunitarios. Antiguamente, se ingresaba por lo que se consideraba la fachada principal del inmueble anexo, en la cual fue instalado un escudo de la administración distrital en piedra, que aún se conserva como vestigio de la obra ejecutada. Actualmente, el ingreso a los lavaderos se realiza a través de una puerta sobre la Avenida Comuneros, que conduce a un pasillo largo y estrecho que bordea el inmueble por un costado.
Otros cambios importantes en el predio actual han sido la segmentación de su espacio en áreas claramente diferenciadas según su uso. Como se observa en la figura 3, el predio incluye las hileras de lavaderos, el inmueble anexo, la zona de tendido, la poceta de agua y la huerta urbana.
La infraestructura original de los lavaderos consistía en una cubierta con implantación en “L”, que alberga 34 lavaderos, y un inmueble anexo de un piso a doble altura, en el cual se encontraban servicios sanitarios como cocina y baños públicos para la comunidad (figura 4). En un espacio adyacente a la infraestructura construida existía un terreno libre donde se instalaban las cuerdas para la zona de tendido de ropas (actualmente ocupada por una poceta de agua y la huerta urbana). Originalmente, las alambradas de púas que cercaban los potreros o pastizales próximos también eran utilizadas para extender la ropa con fines de blanqueo o secado.

El agua que se almacena en la poceta9 y abastece los lavaderos es de origen natural, con un flujo permanente que, al parecer, proviene de la montaña, posiblemente como afluente de la misma quebrada. Este origen natural convierte a esta infraestructura en una experiencia única en la ciudad, pues, a diferencia de otros lavaderos comunitarios del centro de Bogotá, no requiere conexión al servicio de acueducto. En la figura 5 se puede observar el espacio descrito: junto a la huerta urbana, está la poceta de agua y, a continuación, la cubierta que resguarda los lavaderos comunitarios.

Nota: al fondo de observa la huerta urbana.
Fuente: archivo personal de autor.Uno de los entrevistados comentó sobre algunos análisis técnicos realizados a la fuente:
Vine con un grupo de la Universidad Nacional para que hicieran un estudio del agua que llegaba aquí a la pileta […]. De la calidad se supo que era lo más óptimo que había aquí en este territorio, porque no tiene contaminación de nada y viene filtrada desde la parte alta de los cerros centro-orientales. (J. Ramírez, comunicación personal, 27 de mayo de 2022)
El espacio de los lavaderos cobró relevancia para la comunidad del barrio y de sectores vecinos, pues representó un esfuerzo por dignificar el trabajo de las personas dedicadas a la lavandería. Además, ofrecía servicios comunitarios como agua potable, baños y cocinas en el inmueble anexo, en un contexto en el que el barrio carecía de estas prestaciones domiciliarias.
Esto queda registrado en los recuerdos de algunas participantes:
Vivo aquí cerquita y yo me acuerdo que cuando quitaban el agua, todos con las vasijas acá haciendo fila, con el hijo y con otro que le ayudara a uno a llevar la vasija […]. Esto es muy agradable, como recordar ese tiempo y ver cómo llegábamos todos mojados y llegábamos a la casa con un poquito de agua […]. A veces se demoraba mucho en llegar el agua y nos tocaba venir a lavar acá. Nos han sido muy útiles los lavaderos, nos han sido muy útiles toda la vida. (Participante en Círculo de la palabra, comunicación personal, 2022)
Cada vez que se iba el agua, pues haga fila allá afuera y todo el mundo con sus canecas. Y eso era espectacular porque todo el mundo estaba con su anhelo de coger su agua. (Participante en Círculo de la palabra, comunicación personal, 2022)
Personalmente me acuerdo de niña, tenía doce añitos y me tocaba cargar con el agua. Yo cargaba el agua de aquí para la casa mía, a una cuadra de acá. Mi mamá me jalaba las orejas porque no le gustaba que yo no cargara agua. Ella dejaba todo cargado porque se iba a trabajar y dejaba todo hecho para que nosotros no saliéramos, pero nosotros nos escapábamos y veníamos para echarnos agua. (Participante en Círculo de la palabra, comunicación personal, 2022)

En cuanto al inmueble anexo, aún se conserva el volumen original de una planta. Sin embargo, de acuerdo con los informantes, la distribución y servicios originales fueron transformados en la década de 1970: los baños y cocinas comunitarias fueron retirados tras ser destruidos, y el inmueble fue adaptado para uso residencial, siendo ocupado por una de las familias que ha asumido la administración de facto del espacio: “Acá había hasta cocinas que eran de carbón. Los baños que existían eran estos. Aquí había duchas con agua caliente de carbón […]. Había cocina, pero no le digo que se la robaron” (J. A. Moreno, comunicación personal, 27 de mayo de 2022).
En relación con las áreas y usos actuales del predio, estos se han adaptado a las necesidades de cada época. Como se explicó anteriormente, el predio original fue reducido, lo que determinó la forma catastral actual. Asimismo, las áreas de tendido de ropa se disminuyeron en la primera década de los años 2000, cuando se instaló una huerta urbana.
Respecto al segundo tema tratado por las personas participantes —la administración del espacio— se identificaron diferentes versiones sobre la gestión del predio y la infraestructura. Se afirma que el espacio estuvo bajo administración distrital hasta 1974, aunque se desconoce cuál era la entidad responsable. A partir de entonces, fue abandonado sin razón aparente, y ocupado por consumidores de sustancias psicoactivas y delincuentes, quienes sustrajeron elementos del inmueble comunitario. Fue entonces cuando la JAC y las vecinas emprendieron la recuperación del espacio y asumieron su administración:
Eso dejaron cerrar todo […] y fue peor, empezaron a vender, a fumar y a traer niñas. Y como sabían que yo era berriondo, un día me dijo toda la comunidad: “Mijo, se apoderaron de los lavaderos, nos los van a destruir”. Por eso yo fui para arriba a sacar todo eso y les dije que acá no los quería volver a ver, molestando ni robando […]. Mi esposa, Verónica Ayala; la señora Trinidad, que era una señora alta y fornida; y la celadora Marta, arreglaron todo esto […]. (L. A. Tovar, comunicación personal, 17 de mayo de 2022).
Según los testimonios, la primera administración directa fue asumida por Blanca Lilia Mora, madre del actual presidente de la JAC, quien permaneció al frente hasta su fallecimiento. Se afirma que instauró un cobro mínimo por el uso de los lavaderos, medida que al principio generó resistencia entre las usuarias —en su mayoría madres cabeza de hogar de bajos recursos— por considerarla arbitraria. Posteriormente, la administración pasó a manos de la JAC (antes denominada Junta de Mejoras10), en cabeza de Luis Alberto Tovar, quien implementó un sistema de carnetización, asignación de lavaderos, reparación permanente de la infraestructura y programación de actividades comunitarias:
Pusimos bien bonitos los lavaderos y cobrábamos cien pesitos por la entrada. Y cuando se iba el agua en el barrio, colocábamos un tarrito para que dieran lo que quisieran voluntariamente, porque eso venían acá también a recoger agua, hasta los bomberos. (L. A. Tovar, comunicación personal, 17 de mayo de 2022)
Más allá de las discusiones sobre la pertinencia del cobro, en relación con la administración del espacio se destacó la capacidad de autogestión ejercida por la JAC para asegurar el funcionamiento continuo de los lavaderos, a pesar de contar con recursos limitados (figuras 6 y 7). En este proceso, fue fundamental el rol de las mujeres, quienes respaldaron activamente la gestión del espacio desde sus inicios. Ellas lideraron la recuperación física del lugar y participaron en la elección de líderes comunitarios11. Su papel en la vida comunitaria se manifestó en diversos niveles:
De un lado, como sabedoras y herederas de oficios y tradiciones como el oficio de la lavandería; por otro lado, como tejedoras de las redes de familias del barrio a través de relaciones de vecindad o comadrazgo; por último, ellas eran las encargadas de la organización y distribución de espacios comunitarios según las necesidades, tales como la limpieza de los lavaderos o de áreas comunes para la realización de actividades comunitarias. En este caso, la solidaridad de las mujeres era clave para entender la vida misma de la comunidad, pues representaban el músculo ejecutor de las actividades. (Mendoza, 2024)
Esta dinámica se mantiene vigente, ya que actualmente las mujeres continúan acompañando las labores cotidianas de mantenimiento del espacio, participan activamente en los procesos comunitarios desarrollados en la huerta urbana y actúan como guías durante las visitas institucionales a los lavaderos.
Finalmente, en el tercer aspecto señalado por las personas participantes del proceso, relacionado con las actividades desarrolladas por quienes habitan el lugar, se identificaron dos tipos de actores y prácticas diferentes, aunque complementarias: la primera tiene que ver con las lavanderas y el oficio de la lavandería tradicional; la segunda, con las demás actividades que allí se realizaban para una comunidad más amplia.
El oficio de la lavandería tradicional en el barrio era el sustento de la mayoría de las familias que habitaban el sector. Era ejercido exclusivamente por mujeres, muchas de ellas cabeza de hogar, quienes atendían a clientes pertenecientes a clases sociales más acomodadas o a instituciones de seguridad con sede en el centro histórico, como el Ejército o la Policía. De acuerdo con los testimonios recogidos, las mujeres fidelizaban a sus clientes mediante diversas estrategias, como el cobro de tarifas económicas. Al igual que en cualquier actividad económica, existía competencia entre ellas por conseguir la mayor cantidad posible de clientes y prendas por lavar.


El oficio de las lavanderas era tan importante que el espacio de los lavaderos comunitarios no era suficiente para todas, por lo cual se asignaban turnos y existía una “designación” no oficial de los lavaderos y áreas de tendido que cada mujer podía utilizar: “Eso antes acá era lleno, uno llegaba acá (a los lavaderos) y había fila para lavar” (L. A. Tovar, comunicación personal, 17 de mayo de 2022). Esto generaba tensiones entre las usuarias, tanto por el uso exclusivo de los lavaderos como por el acaparamiento de las zonas de tendido. Sin embargo, también surgían expresiones de solidaridad entre ellas. Según los testimonios, eran las mismas usuarias quienes resolvían sus diferencias, y en los casos en que esto no ocurría, intervenía la JAC como administradora del espacio. Un ejemplo de ello lo encontramos en el siguiente testimonio: “Ellas lavaban ropa solo del Ejército, entonces llenaban los lavaderos de lado a lado; a uno no lo dejaban venir a lavar. Uno decía que una palomita, pero no, porque ya tenían los lavaderos de lado a lado cubiertos” (Participante en Círculo de la palabra, comunicación personal, 2022).
Asimismo, distintos relatos permitieron identificar que los horarios de trabajo eran bastante amplios. Se prefería lavar en la madrugada, para optimizar el tiempo según la cantidad de trabajo previsto para el día. En otros casos, ese horario era el único en el que era posible encontrar lavaderos disponibles, además de permitir que la ropa tuviera más tiempo para secarse. No obstante, también había jornadas que se extendían hasta altas horas de la noche: “Yo de chiquita recuerdo que a doña Merceditas le daba el claro de luna lavando la ropa y los uniformes de la Policía y el Ejército” (Participante en Círculo de la palabra, comunicación personal, 2022).
El oficio se aprendía intergeneracionalmente: desde niñas, las futuras lavanderas acompañaban a sus madres, tías o abuelas al trabajo:
Yo venía a veces con mi tía Mercedes; uno venía y nos ponía a lavar a mis dos primas y a mí, a la hora en que mi mamá se iba a trabajar. Y como uno se escapaba, ella nos decía: “Camine, mis chinitas, y me ayudan a lavar”. Ella nos ponía a lavar. (Participante en Círculo de la palabra, comunicación personal, 2022)
Lo que al principio era una actividad compartida durante el tiempo libre de la infancia, más adelante se convertía en un aprendizaje útil para el sostenimiento futuro de sus propios hogares.
El acercamiento temprano de las niñas al oficio también garantizaba la transmisión de conocimientos específicos, ya que existían distintas estrategias que las mujeres empleaban para asegurar un lavado adecuado según el tipo de prenda, su tamaño, material y las preferencias del cliente. Era común el uso de elementos vegetales o animales para blanquear, suavizar o aromatizar las prendas12, o bien para rendir los materiales de trabajo:
A mí me ponía con dos tusas; las dos tusas para restregar los cuellos de las camisas y las rodillas, y los cuellos de las camisas eran con unos pelos de caballo. (Participante en Círculo de la palabra, comunicación personal, 2022)
Era la ropa blanca que se secaba de un día para otro para que se blanqueara más. Al otro día uno venía y recogía la ropa, o ese mismo día la juagaba, la lavaba y después se colgaba de lado a lado. (Participante en Círculo de la palabra, comunicación personal, 2022)
Se machacaba finito sobre la piedra […] se iba moldeando hasta hacerlo bola. (Participante en Círculo de la palabra, comunicación personal, 2022)
Ingresar al grupo de lavanderas implicaba el reconocimiento por parte de las demás mujeres, quienes identificaban a la familia a la que pertenecía la persona, conocían sus historias personales —como su origen, su esposo, entre otros aspectos— y establecían relaciones de comadrazgo. Esto favorecía la construcción y el fortalecimiento de redes sociales entre las usuarias, a partir del uso cotidiano del mismo espacio. Por ejemplo, en los testimonios recabados abundan los relatos de solidaridad entre las personas, motivada por diversas situaciones, como la pérdida de un objeto personal o el compartir alimentos:
La señora, como lavaba ropa del Ejército, traía mucha comida, traía carne, sopa, papa salada, y a todas nos daba. (Participante en Círculo de la palabra, comunicación personal, 2022).
Un día se robaron unas camisas de una pobre mujer lavandera. Cuando yo la vi llorando, le pregunté qué había pasado y me dijo que le habían robado unas blusas. Yo le respondí que ella sabía que acá no se podía dar papaya, pero igual llamé a Marta y le dije que sacara del tarro (donde estaban las monedas) para que se fueran a comprar esas blusas, porque a las personas que les robaban la ropa se les compraban de nuevo las cosas para poder ayudarles. (L. A. Tovar, comunicación personal, 17 de mayo de 2022)
En este sentido, las relaciones familiares y de vecindad fueron fundamentales para la constitución de un tejido social relativamente homogéneo, con necesidades y exigencias comunes, lo cual permitió el desarrollo de una organización comunitaria articulada, en la que los lavaderos jugaron un papel clave.
Por otra parte, en cuanto a otras actividades desarrolladas en el espacio de los lavaderos comunitarios, este ha servido históricamente como punto de encuentro para la comunidad del barrio Antigua Fábrica de Loza. Ante la ausencia de un salón comunal propio, las actividades comunitarias se han realizado en el área de tendido. Los lavaderos también se convirtieron en un punto de referencia para habitantes de barrios cercanos —como Las Cruces y Belén—, mediante jornadas organizadas por la JAC o por la administración de la ciudad, tales como brigadas de salud, capacitaciones o lanzamiento de actividades institucionales:
Hicimos jornada de peluquería, de médicos, hicimos bazares, cosas que se hicieron, ¿con qué fin? Para que todos diéramos un aporte y pudiéramos pagar la luz y el agua. [...] Hablamos con un señor que iba a traer una brigada de salud con los médicos y todo, y él cumplió. Entonces se hizo la primera brigada de salud aquí en el barrio, que nunca se había hecho. La gente participó y quedó contenta. Más de uno se mandó a peluquear. (Participante en Círculo de la palabra, comunicación personal, 2022)
En algunos casos, los relatos remiten a anécdotas de la infancia, en las que los lavaderos estaban presentes como espacio de juego para niñas y niños, y también como lugar de reunión de líderes y lideresas para tratar temas importantes para la comunidad. Así, los lavaderos comunitarios pueden considerarse un epicentro de la organización comunitaria. Mendoza (2024) expone antecedentes históricos del barrio que permiten reconocer en este predio un primer ejercicio de resistencia de la comunidad al recuperar el espacio y autogestionarlo. La persistencia y permanencia tanto de los lavaderos como de la comunidad en el territorio, frente a diversas amenazas de desalojo, constituyen una segunda manifestación de dicha resistencia.
En esta línea, palabras y valores como “ayudar”, “solidaridad”, “confiar” o “enseñar” emergen de los discursos de las participantes, quienes destacaron la importancia del espacio para el desarrollo de juntanzas que permitieran coordinar acciones como la realización de obras públicas, la recolección de recursos o el involucramiento de más personas en la JAC. Como se señaló anteriormente, los lavaderos fueron y siguen siendo el espacio físico donde se desarrollan estas reuniones, así como el lugar donde se concretan acciones específicas (por ejemplo, jornadas de salud comunitaria).
La comunidad resaltó, en relación con los aspectos históricos del espacio, lo que podría denominarse como “raíces de amor y resistencia”, que motivaron su conservación. No se trata solo de una añoranza por preservar lo original, sino también de la voluntad de contar la historia del lugar y de su gente, considerándola su legado cultural más importante:
[…] Se le cuenta la historia, así como se la contamos a usted. De eso se trata: se trata de que con la recuperación de la huerta, ya pasada la pandemia, es como le digo, arreglar bien la entrada para poder traer al turista y que el turista nos deje un fondo para seguir arreglando todo el contorno. Queremos ponerlo más turístico, que sea más agradable para la gente y que no desaparezca. (L. A, Tovar, comunicación personal, 17 de mayo de 2022)
Los lavaderos comunitarios, como espacio, y el oficio de la lavandería no han sido ajenos a las transformaciones sociales y tecnológicas de las últimas décadas. En el apartado sobre el contexto histórico de la lavandería ya se mencionaron factores que contribuyeron a la disminución de usuarias y al potencial riesgo de pérdida del espacio por falta de uso; por tanto, no se repetirá aquí lo ya expuesto, dado que estos procesos fueron generales y ocurrieron de forma similar en otros territorios de la ciudad:
En el presente no viene la gente porque como tienen agua, luz y todo en la casa… La gente que no tiene lavadora, la alquila (aunque sea en una hora lava la gente). Aquí, por ejemplo, mucha gente que venía, se fue. (L. A. Tovar, comunicación personal, 17 de mayo de 2022)
Para finalizar, bien vale señalar que la práctica del lavado en los lavaderos comunitarios del barrio Antigua Fábrica de Loza se mantiene vigente, aunque en menor medida. El tipo de población que acude al lugar ha cambiado: ahora también asisten hombres y personas jóvenes. Además, llegan otras personas que requieren el servicio de agua potable para satisfacer necesidades personales, como el aseo o el consumo (en el caso de habitantes de calle), o para el baño de animales de compañía (como ocurre con algunos vendedores ambulantes de la Plaza de Bolívar) (Guevara, 2022). Los conflictos por el uso del espacio persisten, pero no se consideran profundos ni de largo alcance como para entorpecer la actividad cotidiana y habitual del lugar.
Por otro lado, los saberes tradicionales asociados al uso de materiales vegetales se han reducido con la aparición de productos químicos que facilitan las labores de lavado, como detergentes, suavizantes, blanqueadores, aromatizantes o quitamanchas.
Según comentaban las participantes —especialmente las mujeres mayores—, algunas aún asisten al lugar para lavar y secar prendas de gran tamaño que no pueden lavar en sus hogares, como tendidos de cama o cortinas. También mencionan que algunos usuarios provienen de territorios lejanos, como la localidad de Kennedy. Ellas mismas visitan el espacio esporádicamente, no tanto para lavar13, sino para socializar con sus pares. Por último, algunas participan en el proyecto de la Huerta Comunitaria, por lo que su visita al lugar se centra en esa actividad.
Conclusiones
Ahora bien, retomando los tres niveles de lectura realizados en los lavaderos comunitarios del barrio Antigua Fábrica de Loza, puede señalarse que, en lo que respecta a la construcción de los lavaderos y a las condiciones actuales de la infraestructura, se evidencia la aparición de una obra que se convirtió en eje clave del desarrollo de la vida comunitaria. En los relatos presentados fue común la referencia al proceso de transformación del espacio, tanto en términos físicos como sociales, en el que se han atravesado momentos de tensión con la administración de la ciudad o con personas que han vandalizado el lugar, así como sucesivas adaptaciones según las necesidades y recursos disponibles en cada época. Esta infraestructura, considerada por la comunidad como la única construida por la administración distrital en su barrio durante la primera mitad del siglo XX, constituyó un ejercicio relevante en la dignificación del trabajo de las lavanderas. A su vez, los servicios comunitarios prestados en el inmueble anexo representaron, durante su vigencia, una mejora en la calidad de vida de una población que habitaba un barrio sin acceso a servicios domiciliarios (Mendoza, 2024).
Esto conduce al segundo aspecto: la administración del espacio. El cambio de administración, de manos del Gobierno distrital a la JAC, significó retos y oportunidades para que las vecinas y usuarias del barrio se unieran bajo una causa común. Esta administración ad hoc —pues nunca fue oficializada por la administración distrital— fue clave para resolver conflictos entre usuarias, asignar turnos y espacios, organizar actividades comunitarias y mantener la infraestructura. Las usuarias participantes manifestaron su gratitud hacia la JAC, ya que se sentían acompañadas y reconocían su papel en la administración y conservación de los lavaderos. Se destacó la capacidad de autogestión para garantizar la continuidad del servicio, a pesar de los escasos recursos, y el papel determinante de las mujeres, quienes respaldaron las gestiones de la junta.
Finalmente, en cuanto a las actividades desarrolladas por las personas del lugar, el ejercicio realizado permitió evidenciar distintos procesos ocurriendo simultáneamente: recuerdos sobre las características originales del espacio antes de la construcción de los lavaderos, la importancia de las relaciones de vecindad y comadrazgo entre las lavanderas, así como una fuerte organización comunitaria en respuesta a las dinámicas institucionales y a las transformaciones urbanas que, en diversos momentos, buscaron la expulsión de la comunidad o la eventual destrucción de los lavaderos comunitarios. En términos generales, el uso y la apropiación del espacio por parte de la comunidad se dio a través del desarrollo de sus oficios cotidianos, lo que permitió que los lavaderos se mantuvieran en pie y el oficio de la lavandería continuara vivo.
En relación con la lavandería tradicional, se destacó la feminización de esta labor, ejercida principalmente por mujeres cabeza de hogar, quienes establecían redes de socialización y códigos propios: la enseñanza a mujeres jóvenes sobre el uso de implementos y técnicas necesarias, los horarios, los espacios asignados, entre otros. La búsqueda de clientes y la cantidad de prendas también formaban parte del repertorio de saberes compartidos. Una vez integradas al oficio, las mujeres se reconocían entre sí y eran reconocidas por sus pares, sus historias personales y familiares, lo que permitía establecer vínculos de comadrazgo. Este fortalecimiento de redes sociales fue crucial para consolidar un tejido social relativamente homogéneo y una organización comunitaria articulada, en la cual los lavaderos desempeñaron un papel fundamental.
Respecto a otras actividades desarrolladas en el espacio, se resalta la continuidad de acciones comunitarias de diversa índole: desde festivales culturales locales o la instalación de un aula ambiental en la huerta urbana, hasta la realización de eventos institucionales promovidos por el gobierno distrital (por ejemplo, la ruta agroecológica en la huerta urbana de los lavaderos, organizada por el Jardín Botánico de Bogotá, el Instituto Distrital de Turismo y el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural). El tipo de actividades ha variado con el tiempo: algunas han perdido relevancia, como las jornadas comunitarias de peluquería, mientras que otras, como las actividades culturales o recreativas, han cobrado mayor importancia y recurrencia.
Por otra parte, en los discursos de las participantes se identificó la preocupación por la “pérdida de referentes comunitarios” que permitan sostener la legitimidad de la resistencia ante agentes externos. En este sentido, la disminución de la capacidad de convocatoria de los lavaderos como espacio colectivo, la llegada de nuevos residentes con un perfil diferente y el escaso involucramiento de las personas jóvenes en las actividades comunitarias han llevado a una paulatina pérdida de las interacciones, dejando el espacio en manos de un grupo cada vez más reducido de usuarios.
Aunque se trata de una idea preliminar que podría desarrollarse en investigaciones futuras, esta eventual pérdida del contacto entre pares podría transformar las relaciones de comadrazgo y compadrazgo tal como se conocían hasta entonces. Esta preocupación se manifestó entre las participantes como una sensación compartida de que “ya no queda gente del barrio”, lo que podría explicar las dificultades actuales en las actividades promovidas por la JAC. Aunque existe voluntad de continuar con la formulación de proyectos para la obtención de recursos, la comunidad no responde como antes: “Ha llegado gente nueva, pero no es lo mismo. Hay gente que no se le ve la cara. Ya no se conocen” (L. A. Tovar, comunicación personal, 17 de mayo de 2022).
Contar la historia colectiva de los lavaderos comunitarios del barrio no implica únicamente narrar la historia de un espacio físico, sino la de una comunidad que lo ha habitado durante al menos noventa años. Esto, según las propias participantes, constituye el legado cultural más importante que pueden dejarle a la ciudad.
Referencias
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Notas
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