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Los últimos Cazambahui: Los saberes y las técnicas alrededor de la producción del tejamanil en Angahuan, Michoacán
Los últimos Cazambahui: Los saberes y las técnicas alrededor de la producción del tejamanil en Angahuan, Michoacán
Revista Chicomoztoc, vol. volumen 5, núm. 10, pp. 75-97, 2023
Universidad Autónoma de Zacatecas
Resumen: La producción de tejamanil dentro de las comunidades purépechas de Michoacán ha sido un saber tradicional que ha pervivido en el tiempo, resistiéndose al olvido. Estas láminas madera de pinabete han sido empleadas en las techumbres de casas y templos a lo largo de la Sierra Purépecha desde la época de la colonia. Si bien, en la actualidad su práctica se ha visto seriamente reducida, ésta aún se conserva en los últimos tejamanileros o cazambahui de estos poblados, en este caso particular en Angahuan. Así, con la finalidad de poder conservar los saberes asociados a esta actividad, se ha realizado un breve recuento de su proceso de producción, enmarcado en su aporte al quehacer arqueológico, desde la práctica de una Etnografía para arqueólogos.
Palabras clave: Tejamanil, saberes, cazambahui, Etnografía para arqueólogos.
Abstract: The production of "tejamanil" within the Purépecha communities of Michoacán has been a traditional knowledge that has endured over time, resisting oblivion. These sheets of pinewood have been used in the roofs of houses and temples throughout the Purépecha Sierra since the colonial period. Although its practice has significantly diminished in modern times, it is still preserved by the remaining “tejamanileros” or “cazambahui” in these villages, particularly in Angahuan. Therefore, in order to preserve the knowledge associated with this activity, a brief account of its production process has been conducted, framed within its contribution to archaeological work, through the practice of Ethnography for archaeologists.
Keywords: Tejamanil, traditional knowledge, cazambahui, Ethnography for archaeologists..
Introducción
El entorno ambiental que rodea a la comunidad de Angahuan, en la Meseta Purépecha de Michoacán, se caracteriza por la presencia de cerros, montañas y volcanes, además de tupidos bosques que cubren su geografía. Esta característica ha permitido una estrecha relación entre los recursos forestales y la comunidad, de modo que, al recorrer sus calles, es común encontrarse con talleres de madera y viviendas tradicionales, conocidas como trojes. Si bien éstas últimas se han visto reducidas por el inevitable ingreso a la modernidad, la relación entre el entorno y las personas salta a la vista.
Entre toda esta variedad de actividades relacionadas al aprovechamiento de recursos maderables se encuentra la producción del tejamanil. El cual es una delgada lámina del árbol de pinabete que, una vez colocado y armado, cumple el rol de techo para las trojes, los templos y diversas estructuras. Esta actividad representa parte de la tradición constructiva del pueblo purépecha, pues, históricamente, su saber ha pervivido desde los inicios de la colonización española. Y hoy corre el riesgo de perderse en el olvido como consecuencia de múltiples causas relacionadas al acceso a los recursos, el alto costo de producción y el empleo de nuevos materiales.
En este sentido, el presente trabajo parte de una contextualización geográfica e histórica del terreno de estudio y la elaboración del tejamanil. Tras definir estos puntos y desde el uso de herramientas etnográficas, se ha dado el seguimiento de las distintas etapas de producción y saberes materiales e inmateriales que confluyen en esta actividad. Es decir, desde la cadena conductual de Michael Schiffler (1990) se ha identificado: la extracción de la materia prima, el corte y transporte, la elaboración y, el reciclaje y tiempo de uso. Como secuencia de una actividad artesanal que se compone de diferentes etapas, reconocibles en un contexto vivo.
Como último punto, con esta información se pretende establecer un apartado de discusión sobre la relación entre el trabajo etnográfico y la arqueología. Con la finalidad de vislumbrar estos saberes tradicionales, no sólo como procesos técnicos y materiales de producción; sino, además de eso, poder reconocer cuáles son los saberes simbólicos e inmateriales que no pueden ser evidenciados desde un contexto arqueológico. De este modo toma relevancia la interacción y los saberes del artesano con su entorno ambiental; cómo perviven y en qué espacio se transmiten los saberes y el bagaje lingüístico que rodea esta actividad. Categorías que también aportan al conocimiento de las sociedades y sus manifestaciones culturales, tanto en el presente como en el pasado.
Caracterización geográfica
La comunidad de Angahuan forma parte de la Meseta Purépecha, la región geográfica y cultural donde floreció en época prehispánica, el antiguo Estado Tarasco o Purépecha (Argueta y Castilleja, 2018). Aunque, si a términos geográficos se refiere, Patricia Padilla (2011) manifiesta que la terminología más adecuada para definir esta región es la de Sierra Purépecha, pues se encuentra atravesada por el Sistema Volcánico Transversal. Es esta actividad volcánica la que, consecutivamente, fue formando valles aislados, caracterizados por un territorio montañoso donde se han asentado pueblos y comunidades.

Figura 1. Mapa de ubicación de la comunidad de Angahuan. Realizado por Nelly Méndez
Ahora bien, Angahuan pertenece al municipio de Uruapan, se ubica a unos 2450 msnm y cuenta con un clima templado que bordea los 14 y 16°C. Se caracteriza por un terreno accidentado, su paisaje destaca por grandes montañas, cerros y bosques a su alrededor. Como elemento de particular importancia está su cercanía con el Volcán Paricutín, lo que ha generado que sus suelos se caractericen por la presencia de ceniza volcánica y basalto en sus faldas. Por último, en el plano social se caracteriza por su población indígena purépecha (Medina, 2021).

Figura 2. Panorámica del Volcán Paricutín y el entono ambiental, visto desde Angahuan. Archivo personal
Estas condiciones geográficas y climáticas están acompañadas por un tipo de vegetación muy característica de esta región, que consta de vastos bosques de pinos, encinos, pinabetes, etc. Lo que ha producido una intensa relación con el medio, dando paso al desarrollo de diversas actividades de subsistencia: “el trabajo con la madera era esencial, al grado que en algunas poblaciones podía ser tanto o más importante que las actividades agrícolas (Pérez, 2017: 2089)”. En este caso, Angahuan se encuentra vinculada de manera estrecha a este aprovechamiento de la madera, evidenciando en sus calles múltiples talleres y oficios, como es el caso del saber elaborar tejamanil.
Una perspectiva histórica del tejamanil
El uso tradicional del tejamanil en las techumbres de templos y casas purépechas es el resultado de un largo saber cultural, en relación con el aprovechamiento de los recursos de su entorno. Como lo expresa Alberto Torres (2008), la madera ha sido un elemento fundamental en tareas de construcción para los habitantes de Michoacán, donde sus vastos bosques han proporcionado soluciones técnicas muy variadas. De este modo, la vivienda mesoamericana purépecha es el resultado adaptativo del ser humano con el medio que históricamente lo ha rodeado, lo cual es apreciable hasta la actualidad (Salomao, 2008).
En el caso de los hogares purépechas, la asociación más representativa es la troje, la cual se construye a través de la colocación horizontal de tablones gruesos sobre una base de piedra (Ettinger, 2010). De manera particular, esta casa se posiciona dentro un amplio debate sobre su origen prehispánico o colonial, a razón de distintos estudios etnohistóricos. De modo que Fernando Botempo afirma “Las casas representadas en la Relación de Michoacán sí son el antecedente del troje representativas hasta hace algunas décadas del pueblo y la cultura purépecha (1994: 33)”. Mientras que Robert West (1948) en contraparte hace mención a una influencia colonial de cabañas españolas de la época, siendo éstas las que configuraron a las trojes en Michoacán.
Más allá de este debate, lo evidente es que la troje fue la estrategia constructiva más adecuada para resistir el clima frío de los sitios elevados de la meseta (Torres, 2008). Así, el paisaje cultural de la región purépecha históricamente ha sido caracterizado por casas de madera, las cuales contaban ineludiblemente con techos de tejamanil. Entonces, ¿en qué época o contexto se puede situar este elemento contractivo? En este caso existe un mayor consenso en su influencia u origen: se sitúa tras los primeros años de la conquista española del Estado Tarasco o Purépecha en el siglo XVI (Ettinger, 2010; Salomao, 2008).
En este caso, la vivienda prehispánica adoptó el uso del tejamanil y la teja para sus techos como principales materiales. Estos elementos supieron extenderse con rapidez, tanto en la Cuenca de Pátzcuaro como en la Sierra Purépecha, adquiriendo mucha importancia en el virreinato como recurso necesario para cubrir recintos (Ettinger, 2010). A la vez este evento formó parte de un complejo contexto de hibridación y mestizaje de elementos culturales y modos de vida, los cuales se vieron embarcados de forma irreversible en un nuevo proceso histórico de cambios y pervivencias.
Luego, desde una perspectiva histórica, se puede ver su temprana incorporación en la construcción de las casas purépechas, complementando así a la troje y consolidando un nuevo elemento de la cultura material de este pueblo. En la actual Sierra Purépecha, los cambios inherentes de la cultura han transformado en gran medida el paisaje de las comunidades y sus viviendas, con la variación de materiales constructivos sobre aquellos utilizados otrora. Tal es el caso del uso del tejamanil, pues cada vez es más difícil observar hogares con este material, mismo destino que corre la troje, una posible desaparición.
Esta situación no sólo implica la pérdida de un material constructivo, cuyo origen se remonta a los primeros contactos entre españoles y purépechas. Esta pervivencia abarca todo un cosmos de saberes que están insertos en esta práctica cultural convertida en tradición. Por un lado está la materialidad, evidenciada en: su materia prima, las herramientas empleadas, el producto elaborado y sus desechos. Al mismo tiempo y por otro lado, la inmaterialidad, manifestada en: aquellos saberes transmitidos de generación en generación, en su organización social y en el lenguaje que gira en torno a este oficio. Elementos que pretenden ser esclarecidos por medio del seguimiento de la cadena conductual propuesta por Schiffer (1990), presentada a continuación.
Proceso de elaboración del tejamanil
Extracción de la materia prima
El saber hacer el tejamanil se compone de una compleja secuencia de saberes, los cuales han sido asimilados por varias generaciones de hombres a lo largo del tiempo. Con el afán de definir un punto de partida, esta actividad inicia del conocimiento del espacio y la geografía de zona por el artesano que, de este modo, puede realizar una correcta selección del árbol, es decir, la extracción de la materia prima, la que será utilizada para poder seguir dando continuidad a este ancestral oficio.
Estos saberes pudieron ser registrados gracias a Don Felipe Soto de 63 años, que había dedicado gran parte de su vida a elaborar tejamanil, y a su nieto Vicente Soto de 12 años aproximadamente, que en la actualidad se encamina a aprender este oficio. Cabe mencionar que esta labor está destinada únicamente a los hombres de la comunidad, por lo cual son pocas las manos que hasta hoy trabajan la madera para el tejamanil. Aun así, pervive la transmisión de esta práctica, siendo heredada por una nueva generación que sabrá darle continuidad mientras exista demanda.
Si entramos en materia, la madera empleada para el tejamanil debe ser de Pinabete, el cual es una conífera adaptada a grandes altitudes. Este árbol en particular pasa muchas veces mimetizado dentro de un vasto bosque de pinos, Al menos para quienes aún no acostumbran la mirada, no es tarea fácil el visualizarlo. Situación que no pasa con Don Felipe y Vicente, a quienes les es sencillo identificarlo a la distancia, claro, después de ascender una significativa altura, pues un buen árbol de pinabete se encuentra en las zonas más altas, aproximadamente a una hora de camino desde las faldas de su reserva comunitaria.
Y es este sitio, la reserva de la comunidad, que en purépecha es conocida como Patákata, la que había abastecido durante muchas generaciones la materia prima para el tejamanil. Sitio que otrora estuvo constantemente transitado como lo recuerda Don Felipe, al mencionar que sus senderos fueron recorridos por distintas personas y sus animales de carga, los cuales iban a obtener la madera necesaria para sus diversos oficios. Actividad que en la actualidad no se puede realizar de manera libre, pues está prohibido cualquier tipo de tala de sus árboles, a menos que su finalidad esté destinada a actividades colectivas o eclesiásticas.
Estas condicionantes para la extracción de la materia prima ha generado que en la actualidad el árbol para el tejamanil sea comprado a propietarios privados, aun así, el saber tradicional aún pervive en la memoria del nuestro informante. De este modo, no cualquier árbol es apto para su tala, éste requiere un reconocimiento previo basado en su altura, su grosor y su frondosidad, con la finalidad de saber si el árbol está tierno o schkimic, o en su defecto maduro o tree, en su lengua. Esta identificación previa es necesaria, pues un árbol con una buena altura y edad es apto para realizar un resaque, el cual es el siguiente paso en el reconocimiento de un pinabete adecuado para el tejamanil o Tasampani Ukua.
Bajo estos parámetros, durante nuestra exploración de campo, se identificó un pinabete de aproximadamente 40m de alto y 1.5m de ancho, quizás con unos 40 o 50 años de vida según la experiencia de Don Felipe, el cual era el ejemplo perfecto de un árbol apto para el resaque. Entonces este resaque consta de un corte de hacha a la altura de su base de unos 20cm de alto por 30cm de largo y consiste en retirar un taco de madera y ver si tiene hilo, es decir, las rayaduras verticales del árbol que permiten que el agua corra para abajo, las cuales deben estar lisas. Si cumple esta característica, el pinabete procederá a ser talado, para lo cual se utiliza un hacha y un machete para poder abrirse camino.

Figura 3. Resaque de prueba realizado a un árbol de pinabete. Archivo personal
Por estar presentes en Patakata, su reserva comunal, no fue posible realizar ningún tipo de tala. Aun así, nuestro informante pudo mencionar que, una vez talado el árbol, éste procedía a ser aserrado con una sierra de jaloneo, el cual emplea la labor de dos personas. Todo este proceso se realiza en el mismo terreno donde se realizó la tala, siendo éste el primer momento de la secuencia de producción para la elaboración de tejamanil, pues a partir de este punto se procederá con una nueva secuencia de corte para su transporte hacia el taller de trabajo.
Por último y por una parte, toda esta secuencia implica un amplio bagaje de conocimientos con relación al trabajo de la madera, quizás desde un plano más técnico y secuencial sobre su identificación. Por otra parte, los saberes inmateriales sobre su producción también están presentes en la extracción de la materia prima, tal es el caso de saber respetar los ciclos lunares, pues al tejamanil hay que saber “prepararlo con la luna” como expresa Don Felipe. En este sentido, resalta la importancia de que el tronco necesita estar verde para su preparación, entonces, durante la luna tierna el tronco se seca más rápido y dura menos; mientras que antes y durante la luna llena, el tronco dura más tiempo verde.
Corte y transporte
Para poder transportar la carga es necesario trabajar la madera en el mismo terreno donde se realizó la tala, cortando las ramas y dejando nada más que el tronco. En este punto, como ya se hizo mención, se utiliza una sierra de jaloneo para ir delimitando los tamaños del tronco, estas medidas son de 100cm, 80cm y 60cm, partiendo desde la base con cortes de 100cm, de 80cm, según la finalidad y, cerca de la punta los cortes, de 60cm. Estas medidas son las necesarias para la manufactura y comercialización del tejamanil, por lo que en el terreno se hacen varios cortes del tronco creando muchos “trozos” de madera a la medida, como lo expresa Don Felipe.

Figura 4. Tamaño de los “trozos” cortados en el sitio de tala. Diseño personal
Estos trozos, a su vez, son nuevamente cortados con el hacha en distintas manos de madera o p´it´ei en purépecha. Las manos son cortes verticales que van dividiendo el trozo en mitades cada vez más pequeñas, que dan como resultado una unidad de madera con un tamaño referencial de una palma, por eso su denominación. Varias de estas manos conforman una erépita, unidad base para la comercialización y transporte del tejamanil, medida que será profundizada más adelante.

Este trabajo previo es necesario para poder facilitar el transporte del material, proceso realizado en la actualidad a través de la fuerza de animales de carga: se utilizan de uno a dos caballos o burros, a los cuales se cuelgan con 1.5 erépitas cada uno aproximadamente. De este modo, se logra abastecer una carga significativa de material para trabajarlo en el taller, mientras que el resto de la madera queda en el sitio donde se taló para continuar con su transporte de manera progresiva en los siguientes días. Aunque claro, estas medidas y la frecuencia de transporte pueden variar según las necesidades del tejamanilero o cazambahui.
Finalmente, si situamos estos primeros procesos de selección del pinabete y su tala, hasta su transporte, puede llegar a tomar un día entero de trabajo. Así lo expresa Don Felipe, haciendo mención a su rutina, pues su salida era “cuando empezaba a amanecer” momento donde emprendía su sendero en búsqueda de un buen árbol, finalizando toda la secuencia de corte y transporte ya en la tarde entre las 3 y 4pm. Momento en que descansaban de su jornada, para dar paso al siguiente día a la elaboración de tejamanil ya en su taller.
Elaboración del tejamanil
El obtener una lámina de tejamanil o cazamban representa todo un proceso de conocimientos técnicos y sistemáticos para su elaboración. En este caso, se parte por especificar cómo se configura una de estas láminas y por qué resulta tan llamativa su producción. Como primer punto, una cazamban tiene un alto promedio de 1m, 80cm o 60cm, esto en relación con la necesidad del cliente, mientras que, como medidas permanentes, cuenta con: un ancho de 10cm, un grosor de 6mm en un extremo y 4mm en el otro, variación necesaria para poder entrecruzar múltiples láminas en una techumbre. Además, cada lámina cuenta con acanaladuras naturales o hilo, lo que permite un fácil descenso del agua lluvia, garantizando así una mejor protección.
Este conocimiento y su pervivencia se mantienen en manos de dos cazambahui en la comunidad de Angahuan, Don Felipe quien hizo de informante en el proceso de selección de la materia prima y su hermano Don Julio. En este caso, Don Julio es el único tejamanilero dedicado casi a tiempo completo a esta actividad, siendo él quien guió el proceso de su manufactura, ya dentro del taller. Don Julio recuerda que en otro tiempo casi toda la comunidad solía trabajar el tejamanil, de modo que hasta 100 personas solían dedicarse a ello, y ahora él es de los últimos habitantes que aún practica este oficio.
Su elaboración se realiza dentro de su unidad doméstica, sitio donde almacenan los p´it´ei, así como las herramientas necesarias. Este espacio presenta múltiples unidades domésticas y sitios de actividad. Particularmente se pueden identificar 5 hogares, cada cual contaba con su propio fogón y reserva de madera para leña, así como una cocina y fogón central, destinado exclusivamente a esta función. A la vez se identificaron dos sitios destinados a actividades económicas complementarias, como un establo para los caballos y un cercado de malla y alambre para el ganado. Mientras que el taller se encuentra techado para facilitar el trabajo y es el sitio donde también se realiza la venta directa de las erépitas de tejamanil.

Figura 6. Distribución de la unidad doméstica y taller donde se elabora el tejamanil. Diseño personal
En este espacio se inicia la elaboración del tejamanil, que como requisito previo requiere que la madera esté verde y fresca, así se facilita realizar los cortes a mano del tejamanil. Don Julio realizó una igualación de la madera, con el fin de que todos sus lados estén parejos, de tal modo que las medidas del tejamanil correspondan a las especificaciones necesarias, este proceso lo hizo con un machete común. Mientras que para realizar los cortes de cada lámina se necesita específicamente de tres herramientas: un hacha metálica sin filo, un mazo de madera o guachi kutákua y un cortador también hecho de madera o guangua.

Una vez ubicado el p´it´ei de manera vertical se utiliza el hacha metálica para ir mostrando el grosor de cada lámina de tejamanil, generando una pequeña fractura a la madera en cada señal, este proceso se realiza ejerciendo fuerza con el mazo de madera, el cual funciona como un martillo. Posterior a este paso se utiliza el cortador de madera, para, en cada señalización hecha previamente, ir ejerciendo fuerza hacia abajo, así se va efectuando un corte limpio a la madera, de modo que se van desprendiendo las láminas de tejamanil una por una. Este proceso que, si bien parece algo rápido, representa un amplio nivel de técnica, pues cada una de las señalizaciones se crean a ojo, es decir, no se utiliza ningún elemento de medida para saber dónde realizar el corte, sino que parte únicamente de la experiencia del artesano.

Figura 8. Erépitas y láminas de tejamanil ya trabajada. Archivo personal
Así es como meticulosamente se producen múltiples cazamban de tejamanil, y se van esclareciendo las distintas unidades de medidas empleadas en su producción. Por un lado, cada mano puede contar con 10 o 12 láminas; unas 35 o 40 manos conforman una erepita; una erepita puede conformar 1.5 o 2 trozos de tronco y, un árbol de pinabete puede representar unos 16 trozos. Estas unidades de medida son aproximaciones, pues depende en muchos casos del tamaño del árbol, la calidad de la madera y el número de láminas dañadas en su elaboración. Este último punto es mencionado porque Don Julio comentó que en ocasiones se presentan manos difíciles de trabajar, cuando las cazamban no salen con las especificaciones requeridas.
Por otro lado, el tiempo de trabajo está distribuido en relación con 1 o 2 erepitas por día aproximadamente, pues igual depende del ritmo y tiempo destinado a su elaboración. En este caso, Don Julio es quien dedica la mayor parte de su tiempo a elaborar tejamanil, siendo éste su principal ingreso económico; mientras que Don Felipe dedica sólo una parte a este oficio, nada más bajo pedido. Aun así, ambos artesanos dedican sus fines de semana a actividades complementarias, particularmente a realizar visitas turísticas a caballo al Volcán Paricutín, lo que demuestra que este oficio no significa una especialización de tiempo completo.
La comercialización también mantiene sus propias unidades de referencia. Éstas están fijadas principalmente en relación con el precio de la madera, pues en la actualidad cada árbol de pinabete es comprado alrededor de unos 10 o 12 mil pesos mexicanos cada uno, lo que ha elevado los costos del tejamanil al punto de que no cualquier persona u hogar puede solventar su compra. En este caso, la venta se la realiza conforme a las erepitas y a sus tamaños, como las principales unidades de referencia, a modo que:
| Tamaños de erépitas | Precio aproximado |
| 1 erépita de 100cm | 4000 pesos mexicanos |
| 1 erépita de 80cm | 3000 pesos mexicanos |
| 1 erépita de 60cm | 2000 pesos mexicanos |
Estas medidas son referenciales, las mismas dependen del valor del árbol e incluso de la inflación de la moneda. Al mismo tiempo que a causa de estos costes sus compradores se han visto reducidos. Don Felipe hacía mención de que en el pasado sus principales clientes venían de San Francisco Corupo o de Uruapan, pero en la actualidad el cambio en los elementos constructivos de las casas ha reducido su uso. Por este motivo, hoy en día su compra se realiza principalmente para las techumbres de templos y muy particularmente para su empleo tradicional en las trojes.
Reciclaje y tiempo de uso del tejamanil
Como es de imaginar, toda la cadena operativa de selección y producción del tejamanil va dejando a su paso múltiples elementos de desecho, también aprovechados y destinados a distintas actividades. Por una parte, los primeros restos de madera dejados en el corte del resaque, llamados tecata o tukumbu Ichier en purépecha, son aplicados como elementos medicinales. Así lo supo mencionar Don Felipe, que, al recolectarlos, suele ponerlos a reposar en charanda o aguardiente, luego procede a molerlos y hacerlos como una pasta, la cual funciona como yeso y es útil para los dolores de los huesos.
Por otra parte, los restos de las ramas dejados en la limpieza del tronco no son desechados, éstos también son recolectados y transportados para destinarlos como leña. Lo mismo pasa con los restos de láminas de tejamanil rotos, los cuales son utilizados como leña para el fogón. Mientras que, las partes altas y delgadas del tronco, no aptas para el tejamanil, son utilizadas para diversas actividades, entre éstas, menciona Don Felipe, estaba la elaboración de ruedas para la cajeta, y demás acciones que no siempre estaban eran los cazambahui.
Finalmente, el ciclo de vida del tejamanil desde su elaboración hasta su desecho está determinado por un tiempo aproximado de 6 a 7 años en estado natural. Aunque en la actualidad los tejamanileros proceden a curar la madera para así prolongar el tiempo de vida de este material en las viviendas, logrando un tiempo de uso de unos 10 años aproximadamente. Esta característica permite que el ciclo de producción del tejamanil sea renovado cada cierto tiempo por sus características perecederas, razón por la cual, múltiples familias han optado por cambiar sus techumbres por elementos más duraderos como la teja.
Discusión
Una vez registrada toda la secuencia tecnológica de elaboración y de aquellos saberes que giran en torno a una actividad en el presente, cabe la duda: ¿cómo podemos verlo desde una perspectiva arqueológica? Las respuestas sobre este cuestionamiento pueden evaluarse desde varias rutas o caminos para poder comprenderlo. Una de estas alternativas es la etnoarqueológica, entendida como “el estudio por arqueólogos de la variabilidad en la cultura material y su relación con el comportamiento y organización […] entre sociedades actuales, para usarse en la interpretación arqueológica (Longacre, 1991 en Williams, 2014: 21)”. Es decir, una perspectiva que prime la cultura material que interviene dentro del oficio de hacer tejamanil.
Si bien este enfoque puede aportar de muchas maneras a un entendimiento arqueológico entre el pasado y el presente a través de analogías con la evidencia material hallada, ignora otra gran parte de estos saberes y ciertas expresiones culturales que una actividad envuelve. Al fin y al cabo, remitirnos a lo material deja de lado a la gente que se encuentra detrás de este oficio, quienes han sabido hacer perdurar en el tiempo el saber, a sabiendas que la finalidad última del quehacer del arqueólogo es el poder conocer y entender a las sociedades (García, 2022). Posición que permite dar paso a distintas maneras de emplear las herramientas etnográficas con el fin de enriquecer la arqueología.
En este caso, puede ser aplicada la propuesta de Magdalena García (2022), que menciona el hacer “etnografía para arqueólogos”. Lo cual se posiciona como una perspectiva que busca el saber vincular de manera paralela la cultura material, así como los saberes que se encuentran presentes en las personas y sus prácticas culturales. Relaciones que se encuentran estrechamente vinculadas por medio de su pervivencia en el tiempo, por lo cual es necesario el establecer un vínculo diacrónico entre el pasado y el presente. Enfoque que puede ser enriquecido desde la Etnohistoria, la Etnografía y el contexto arqueológico. Entonces, bajo estas pautas:
hacer etnografía de actividades artesanales o del ámbito de la cosmovisión permite integrar en la discusión elementos que amplían la observación, típicamente enfocada en la relación entre la conducta humana y la cultura material, hacia la comprensión del contexto social que las justifica; esto es algo que difícilmente (por no decir imposible), podríamos inferir sólo del contexto arqueológico (García, 2022: 18).
Bajo esta premisa de investigación, situamos nuevamente el trabajo del tejamanil, en donde es identificable toda una variedad de elementos tangibles en la materia prima y las herramientas empleadas, las cuales forman parte de la cultura material. Aun así, la mayoría de estos elementos están hechos de madera, lo cual implica una clara problemática “la materia orgánica muy pocas veces se conserva en los contextos arqueológicos, siendo su conservación resultado de procesos físico químicos o de fenómenos que no se producen más que de manera muy excepcional (Huerta, 2006: 3)”. Entonces, es una dificultad evidente el poder registrar patrones conductuales en cuanto al uso de la madera, nada más desde una prospección o excavación, ante ello resulta imprescindible el registro etnográfico de su labor en la actualidad.
De modo que, para establecer esta relación entre la materialidad y la inmaterialidad de los saberes a través del tiempo, es necesario reconocerlo e identificarlo a partir de la pervivencia de actividades tradicionales. Para tal caso, desde la producción de tejamanil se pueden desglosar algunas categorías de esta correlación. Una de éstas parte de la interacción entre el bosque y el cazambahui, cuya relación no sólo se establece desde la tala y el acceso a la materia prima. El ingresar al bosque implica el reconocimiento de las rutas, tiempos y lugares donde se puede encontrar el pinabete adecuado para trabajarlo, cuyo aprovechamiento está condicionado por los ciclos lunares y el respeto a los códigos de la comunidad.
A la vez que la memoria construye también diversos panoramas de esta interacción. Por un lado, recorriendo aquellos senderos, Don Felipe recordaba cómo estas rutas otrora estaban constantemente transitadas por artesanos y sus burros, quienes componían un gran cosmos de oficios relacionados con la madera. Por otro lado, Don Julio supo mencionar lo que una vez su tío le contó, que en otro tiempo “se debía conversarle al árbol antes de talarlo” palabras y saberes que ahora yacen en el olvido. Incluso así, es una muestra de esta estrecha interacción entre la comunidad y la madera o tazamban, relación que, a día de hoy, está marcada por el cuidado colectivo y la reforestación de los bosques.
En el caso de la elaboración de las cazamban, ya en el taller se vislumbra un gran nivel de técnica y conocimiento del material que se trabaja. Resulta llamativa la facilidad con la que se hace el proceso, evidentemente sin ser tal el caso, pues este saber se construye como resultado de un largo camino de aprendizaje que, como lo expresa Don Felipe, inicia desde la infancia. Y si se lo observa desde una perspectiva diacrónica, el tejamanil pervive desde inicios de la colonia, es decir, la transmisión de este saber tradicional lleva siglos de existencia como producto de un aprendizaje heredado de generación en generación.
El modo de transmitir estos conocimientos comienza desde el hogar, como el espacio de producción y reproducción de saberes. En este caso, Don Felipe supo comentar que él aprendió esta actividad de su padre, a la vez que él transmite el saber a su nieto Vicente, siguiendo una sucesión sanguínea de esta práctica, particularmente destinada a los hombres, pues “no es costumbre que las mujeres trabajen la madera”. Esta asignación de roles pudo ser evidenciada dentro de la unidad doméstica, donde las mujeres de la familia se dedicaban a otras actividades, como la venta de abarrotes y el bordado. Además, la elaboración de tejamanil no es una tarea de tiempo completo, en otro tiempo fue complementada con la agricultura, y en el caso de los cazambahui citados por trayectos turísticos al Volcán Paricutín.
Otro elemento cultural de particular interés fue el tomar registro de las denominaciones en purépecha que giran en torno a esta actividad, pues el saber también pervive en el lenguaje. Lo cual evidenció el amplio cosmos de terminologías específicas asociadas con esta actividad donde: el espacio, los materiales, las herramientas y quien profesan el oficio, poseen su denominación propia. Elementos que viven en la memoria de quien aún lo practica, por eso la susceptibilidad al olvido, o como lo expresa Patricia Padilla, “la tradición muere cuando los textos de una cultura dejan de significar, cuando se pierden en el tiempo y ya no son referentes (2011: 21)”.
A modo de cierre, todos estos saberes se construyen en torno a una actividad de producción que se ha transformado en tradición, entendiéndose como “la permanencia del pasado vivo en el presente (Arévalo, 2004: 927)”. Más allá de los inevitables cambios en el tiempo, queda la pervivencia cultural de materiales, técnicas y saberes, esta continuidad diacrónica de personas trabajando el tejamanil por grandes espacios de tiempo y transmitiendo el saber desde lo cotidiano y lo familiar. Y si es vista esta actividad como estrategias de aprovechamiento del entorno ambiental, relacionada con procesos históricos y con la vida cotidiana de los sujetos, este saber empieza a formar parte de sus modos de vida (Lindón, 2002).
Conclusiones
Evidenciar cómo las prácticas tradicionales conforman un amplio bagaje de saberes culturales es quizás el principal aporte de la etnografía para arqueólogos, buscando un marco de compresión más completo de la cultura. Sin la intención de parecer repetitivo, pero sí reiterativo, los saberes no sólo pueden verse limitados a la producción de la cultura material, que si bien es vasta y aporta de sobremanera al quehacer arqueológico, los saberes también poseen una carga simbólica y lingüística, no material, digna de ser retratada en la sociedad que le da vida. Dando paso a la posibilidad de ver estas mismas prácticas y conocimientos en el tiempo, es decir, ver gente tanto en el presente como en el pasado.
Además, con el pasar inevitable de los años y los embates de la globalización, antiguas prácticas culturales y modos de vida que definieron la identidad de diversos pueblos, cambian de manera irreversible. En tal encrucijada se encuentra el saber hacer tejamanil, pues en la comunidad de Angahuan, a día de hoy, nada más una persona dedica la mayor parte de su tiempo a trabajarlo y, como saber heredado, un niño es quien asume como portador de este conocimiento sin la certeza real de su continuidad a futuro. Pues, como en otros casos, varios habitantes en Angahuan aún poseen los conocimientos de su elaboración, pero ya no lo practican, destinándolo al olvido, quizás, a fin y al cabo, “es la memoria la que dicta y la historia la que escribe (Nora, 2008: 37)”.
Para finalizar, el presente trabajo tiene la finalidad de ser un primer aporte al conocimiento de aquellos saberes en relación con las prácticas de aprovechamiento del entorno natural en la comunidad. Si bien, las restricciones comunales y la protección de recursos es la tónica actual sobre el acceso a la madera, el caminar por sus calles y bosques expresan otra realidad. Los oficios relacionados a los recursos forestales aún están presentes en Angahuan, desde actividades modernas hasta aquellas de gran tradición en el tiempo. Lo que, ineludiblemente, demuestra que entre cambios y continuidades seguirá perviviendo esta interacción.
Referencias consultadas
Argueta, A. y Castilleja, A. (2018) Los Purépechas un pueblo renaciente. Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México.
Botempo, F. (1994) “Un análisis del troje purépecha”. En Amerlinck, Mari-José (comp.) Hacia una antropología arquitectónica. Guadalajara: Universidad de Guadalajara, pp. 145-155.
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Notas
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