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Horizontes Educativos en la Sociedad Posdigital: entre la Libertad y la Inclusión
Eduardo García Blázquez; Elena Martínez Piedra; José Javier Hueso Romero
Eduardo García Blázquez; Elena Martínez Piedra; José Javier Hueso Romero
Horizontes Educativos en la Sociedad Posdigital: entre la Libertad y la Inclusión
Educational Horizons in the Posdigital Society: between Freedom and Inclusion
Diá-logos, vol. 17, núm. 30, pp. 11-25, 2025
Universidad Don Bosco
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Resumen: Este artículo aborda los desafíos de la sociedad postdigital en cuanto a la inclusión y vulnerabilidad, subrayando la necesidad de que la ciudadanía y las políticas educativas actúen de manera proactiva frente a estos retos. Aunque las tecnologías digitales ofrecen nuevas oportunidades, no garantizan por sí solas la inclusión. Este desafío es clave en la educación actual, donde es fundamental integrar a todas las personas, especialmente a aquellas en riesgo de exclusión. A través de una revisión bibliográfica basada en fuentes científicas de bases de datos como Scopus, PubMed y ERIC, se establece el marco teórico y contextual del estudio. Se examina cómo el aprendizaje debe expandirse más allá del aula, involucrando a colectivos sociales y diversas profesiones. En este sentido, hospitales y centros de atención primaria, a través de los profesionales sanitarios, se convierten en extensiones del aula tradicional, promoviendo una pedagogía inclusiva que integra el aula hospitalaria. Además, se analiza el impacto de las redes sociales en la construcción colectiva del conocimiento, permitiendo el aprendizaje desde cualquier lugar del mundo digital. Esta expansión del aprendizaje requiere nuevas narrativas y enfoques pedagógicos, especialmente en áreas como la maternidad y la educación para la salud. Por último, se destaca la vulnerabilidad de ciertos grupos ante la desinformación y las noticias falsas, enfatizando la necesidad de una educación que fomente el pensamiento crítico y capacite a la ciudadanía para discernir la información veraz, con el fin de promover una sociedad más inclusiva e informada.

Palabras clave: Educación para la salud, inclusión, políticas educativas, educación no formal.

Abstract: This article analyses the challenges of post-digital society concerning inclusion and vulnerability, where citizenship and education policy must act proactively to combat these challenges. Digital technologies alone cannot ensure inclusion. The challenge in education today is to integrate and include all students, especially those at risk. The study examines how learning must move from the classroom to society through the different groups that constitute society and its various professions. School and university classrooms can be expanded to incorporate hospital settings into the pedagogy. Social networks are also discussed, allowing for creating and constructing knowledge from anywhere in the world via virtual schools. A new narrative and didactic approach are required in health and maternity education areas. Misinformation exposes vulnerable individuals, regardless of their academic limitations, living conditions, illness, or the influence of public figures. Vulnerable people are exposed to a society saturated with misinformation, whether because of academic limitations, living conditions, illness, or the influence of specific public figures. As a result of the rapid spread of fake news on social media, the distinction between truth and falsehood is becoming increasingly difficult to discern. In order to promote a more informed and inclusive society, education must foster critical thinking and empower citizens to discern the truthfulness of information.

Keywords: Health education, inclusion, educational policies, non-formal education.

Carátula del artículo

Artículos

Horizontes Educativos en la Sociedad Posdigital: entre la Libertad y la Inclusión

Educational Horizons in the Posdigital Society: between Freedom and Inclusion

Eduardo García Blázquez1
Elena Martínez Piedra2
José Javier Hueso Romero3
Diá-logos, vol. 17, núm. 30, pp. 11-25, 2025
Universidad Don Bosco

Recepción: 29 Junio 2024

Aprobación: 06 Febrero 2025

Introducción

La inclusión ha sido y continúa siendo un desafío constante a lo largo de la historia. Si nos remontamos a la antigua Roma, la estructura social determinaba el destino de las personas desde su nacimiento, una sociedad, de carácter patriarcal, que concebía lo femenino como opuesto y subordinado a lo masculino. La mujer asumía roles de castidad, austeridad y fidelidad, con su fortaleza centrada en la maternidad y el deber familiar hacia Roma. La figura de la matrona era entendida como materfamilias, con responsabilidad en el hogar y servicio a la comunidad (Bandrés-Goldáraz, 2023).

A pesar de los avances históricos, la inclusión sigue siendo un reto pendiente en la actualidad. La vulnerabilidad de las mujeres, resultado de la socialización de género, ha perpetuado una distribución desigual de roles y responsabilidades, asignándoles una mayor carga en distintos ámbitos de la vida. Sin embargo, este problema no se limita únicamente a cuestiones de género. Las personas mayores, en la sociedad postdigital, enfrentan la creciente digitalización de los servicios, lo que les obliga a depender de familiares o de la solidaridad de terceros. En situaciones de aislamiento, esta dependencia los expone aún más al riesgo de exclusión social.

Las guerras también refuerzan estas dinámicas de exclusión. En Ucrania, se han documentado casos de discriminación por edad en el acceso a servicios básicos (Balandina et al., 2022). En el conflicto entre Israel y Palestina, la discriminación se manifiesta de manera evidente, afectando el acceso a derechos y oportunidades.

En este contexto, el acceso inclusivo a la digitalización se ha convertido en una necesidad prioritaria. Para lograrlo, es fundamental transformar la educación desde la escuela y la universidad, promoviendo una comunicación horizontal y bidireccional. Una pedagogía interactiva y participativa puede contribuir a la construcción de una sociedad más equitativa, donde mujeres, personas mayores y otros colectivos en riesgo de exclusión encuentren oportunidades reales de integración.

Además, la proliferación de noticias falsas y la desinformación representan un obstáculo para la democratización del conocimiento. La brecha digital no solo se manifiesta en el acceso a la tecnología, sino también en la capacidad de interpretar y filtrar información de manera crítica. Por ello, es esencial fomentar una educación orientada a la libertad, que dote a la ciudadanía de herramientas para discernir entre información veraz y manipulada.

Construir una sociedad postdigital verdaderamente inclusiva implica abordar las múltiples dimensiones de la exclusión. Desde la educación hasta las políticas públicas, es necesario un enfoque integral que garantice la participación equitativa de todos los ciudadanos en el ámbito digital y social.

El acceso inclusivo a lo postdigital

Al investigar la evolución de las clases sociales en España, se observa, según el informe del Grupo de Investigación WEIPO de la Universidad de Alcalá (INE - Instituto Nacional de Estadística, 2011), que para ese período el número de personas que integraban la clase baja estaba en aumento debido a la recesión económica de esos años. Este fenómeno ha continuado en la última década, agravado por diversas crisis económicas y sociales.

Asimismo, el modelo económico español muestra una tendencia creciente hacia el estilo estadounidense, donde las diferencias entre clases sociales se acentúan cada vez más. Esto ha provocado una pérdida sostenida de quienes antes formaban parte de la clase media, que ahora se ven desplazados a la clase baja. Como consecuencia, la clase media ha disminuido 8 puntos porcentuales, pasando del 66% a poco menos del 58% (incluyendo tanto la franja alta como la baja). A su vez, la clase baja con menos ingresos ha crecido siete puntos, situándose por encima del 32%. Actualmente, el porcentaje de personas en la clase media ha retrocedido a niveles anteriores a los años 90, lo que refleja una clara ampliación de la brecha de la desigualdad en España (Aragó, 2020).

Por lo tanto, los datos nos reportan cómo vivimos en una sociedad estratificada, más allá de la interpretación de los datos anteriormente comentados; un 9,8% de la población, suelen desempeñar cargos de dirección, tener propiedades de empresas y cargos políticos. ¿Tendrá esto influencia con el que aún nos movamos en esa “línea de montaje” heredada de la era industrial? Posiblemente sí, y es que, únicamente, son los modelos horizontales y bidireccionales los que democratizan las sociedades, hacen libres pensadores a los individuos y, en esa igualación, se diluyen las clases sociales, ¿al menos intelectualmente? Por lo tanto, la ciudadanía, independientemente de la clase social en que hubiésemos nacido, estamos llamados a construir una nueva sociedad, empoderada y dirigida y construida por emirecs (Cloutier, 1973) que, desde las posiciones que desempeñen en su vida laboral, sea esta educativa, en compañías laborales, institucional, o donde se emplacen sus funciones tengan carácter transformativo de las mismas. Esta será la única forma de avanzar de esos modelos verticales a tradicionales.

La sociedad postdigital se fundamenta en una realidad social marcada por la tecnología digital. Sin embargo, esta misma naturaleza conlleva desafíos en el acceso equitativo, debido a la persistente brecha digital. Esta brecha tiene su origen en dos dimensiones principales: una económica, relacionada con la disponibilidad de recursos, y otra vinculada al conocimiento, derivada de la alfabetización digital. A estas dos vertientes se suman factores como los citados económicos, pero también familiares, los de los agentes educativos y sociales, incluso factores como el estereotipo de género, pandillaje, salud y otras brechas digitales (Delgado et al., 2023). La vertiente económica responde al encarecimiento de la vida, y la no universalización del acceso a Internet.

Por ello, debemos de ser conscientes que la brecha digital en el ámbito de la economía existe y es algo actual. Adicionalmente, la segunda vertiente es la brecha del conocimiento, si cabe aún más grave que la vertiente económica, ya que personas mayores, o personas con un background no tecnológico, se ven abocadas a un mundo postdigital, en donde hasta sencillas operaciones como pueden ser actualizar una libreta bancaria o hacer un pedido online de la compra, puede suponer para ellos un verdadero infierno (Europa Press, 2022). Así, el conocimiento se convierte en un factor que puede ser limitante y condicionante. Por último, intrínsecamente relacionada, está la edad, resultado de las políticas de educación previas, y el acercamiento de la ciudadanía al entorno informático también es un factor que tener en consideración.

Durante la pandemia por la Covid-19 la brecha digital afectó especialmente al ámbito educativo, transformando el proceso de aprendizaje en una práctica online o de formación a distancia, a la que no todas las familias estaban preparadas para afrontar (González Motos y Bonal, 2023). A pesar de que aún existe una gran brecha digital que excluye en nuestra sociedad postdigital, que arrastra inequívocamente un problema, por un lado, económico, que permite el dotarse de productos y ser parte activa del mundo postdigital y, por otro lado, de una creciente necesidad de educación para toda la vida principalmente, para nuestros mayores, pero también para colectivos vulnerables, que no siempre son conocedores del manejo de los nuevos entornos, afirmamos que cabe lugar a la esperanza que permita romper esta brecha digital.

El impulso desde Europa de Programas y Proyectos I+D+i, financiación de programas formativos estatales, las nuevas aplicaciones móviles, el abaratamiento de los dispositivos, el acercamiento de Internet a la ciudadanía, y el crecimiento de la gratuidad del acceso a la red de redes, mediante una creciente cifra de nuevas conexiones en establecimientos y lugares oficiales está posibilitando a la ciudadanía normalizar la tecnología y con ello el acceso a Internet. También en contextos educativos formales y no formales, se está impulsando desde la educación inclusiva, una apuesta por la digitalización y la incorporación de las metodologías activas que, unidos a planteamientos como la gamificación podría ayudar a acercar la educación a esa ciudadanía descrita (Gil-Quintana y Ortega Cabrera, 2018).

El acceso vulnerable a la desinformación

La calidad y veracidad de la información difundida en las redes sociales es un aspecto clave en los debates sobre inclusión. La desinformación en estos entornos se caracteriza por la circulación constante de mensajes a través de algoritmos, datos y protocolos digitales (Kuhail et al., 2022). Esta dinámica permite que la información, ya sea veraz o manipulada, atraviese fronteras y alcance cualquier parte del mundo, con el riesgo de ser alterada sin que el emisor ni el receptor sean conscientes de ello. Así, en pleno siglo XXI, supuestamente democratizado, la comunicación se enfrenta a ataques constantes. Algoritmos y bots operan de manera incesante, identificando cadenas de mensajes para modificar su contenido o introducir publicidad y campañas de marketing, muchas veces al servicio de grandes corporaciones o regímenes autoritarios en los que la “democracia” y los derechos ciudadanos están ausentes. Ejemplos, como la pandemia de la COVID-19 y los conflictos entre Rusia y Ucrania o Israel y Palestina, han servido como escenarios propicios para el control de la información, la generación de desinformación y la restricción de libertades (Gil-Quintana, 2023b).

En este contexto, resulta clave analizar la vulnerabilidad de la ciudadanía frente a la desinformación, específicamente en ámbitos como la política, la libertad de expresión y los derechos fundamentales. Este fenómeno obliga a cuestionar la información que consumimos, evaluar la veracidad de los contenidos y examinar críticamente las fuentes en las que se sustentan.

Plataformas como X, TikTok, Facebook e Instagram han facilitado la difusión masiva de información sin que los usuarios necesariamente reflexionen sobre el control que se ejerce sobre ella. Así, en muchos casos, este control de contenidos es llevado a cabo por gobiernos, lo que restringe el acceso a información imparcial y ofrece a la ciudadanía una visión fragmentada de la realidad, condicionada por los límites geopolíticos y los algoritmos de cada red. Esta situación invita a reflexionar sobre el estado actual de la democracia a nivel mundial. Según el Índice de Democracia 2022 (Democracy Index 2022 - Economist Intelligence Unit, 2023), de los 167 países y territorios analizados, solo 72 —equivalente al 43,1% del total— pueden considerarse democracias.

El informe destaca un avance en las democracias plenas, cuyo número aumentó de 21 en 2021 a 24 en 2022, destacándose la reincorporación de España, Francia y Chile entre los países mejor clasificados, es decir, aquellos con una puntuación superior a 8,5 puntos. Asimismo, el número de “democracias defectuosas” se redujo en cinco, situándose en 48 en 2022. Un dato relevante en esta clasificación es la posición de Estados Unidos, que ocupa el puesto 30 con una puntuación de 7,85. En cuanto a los 95 países restantes, 59 son catalogados como “regímenes autoritarios”, entre los cuales se encuentran Venezuela y Egipto, mientras que Afganistán cierra la lista, tal como ocurrió en 2021. Por otro lado, 36 países son clasificados como “regímenes híbridos”, en contraste con los 34 registrados el año anterior (Figura 1).


Figura 1

Índice de Democracia 2022, mapa mundial por tipo de régimen (Democracy Index 2022 | Economist Intelligence Unit, 2023, p.5.)

Nota. Por Economist Intelligence Unit (2023)

Nota. Por Economist Intelligence Unit (2023)

En el contexto democrático global actual, donde las fake news y los bulos proliferan libremente, el control político sobre la ciudadanía se suma a la manipulación. En los regímenes autoritarios e híbridos, el "papa estado" no solo controla el acceso a plataformas de redes sociales, sino que también filtra la información, limitando lo que las personas pueden ver según los intereses de determinados grupos de poder, generando excluidos digitalmente, afectando directamente a la libertad de prensa.

Por ejemplo, en Venezuela, el país "Vive su momento más oscuro y de reducción a la mínima expresión, reflejándose en una sociedad amenazada por la opacidad y precariedad periodística" (Alcalde, 2023, p.1). Aunque Venezuela es un régimen autoritario, incluso democracias como Estados Unidos enfrentan problemas similares. A pesar de su imagen de gran democracia mundial, en 2020, bajo el gobierno de Trump, se consideró prohibir TikTok, alegando que era "una amenaza para la seguridad nacional", mientras TikTok negó las acusaciones (Ros, 2020). Este es un ejemplo de cómo se puede restringir el acceso no solo a la información, sino también a ciertas plataformas, facilitando la propagación de la desinformación y aumentando la vulnerabilidad social ante la manipulación mediática.

Este control de la información y de las plataformas digitales evidencia cómo distintos países, independientemente de sus diferencias ideológicas, buscan restringir el acceso de sus ciudadanos a determinados contenidos. Tanto Estados Unidos como Venezuela, pese a situarse en extremos opuestos del espectro político, han implementado leyes y políticas orientadas a limitar la circulación de información. Esta dinámica es un reflejo de la sociedad postdigital, caracterizada por el desarrollo científico-tecnológico y la sensación de incertidumbre y riesgo que este conlleva, Mansilla y Nafarrate (2017).

El avance tecnológico, junto con sus "nuevos males", se manifiesta en la expansión de las redes sociales y en la naturaleza de los mensajes que estas difunden. La creciente desconfianza de la ciudadanía se debe, en gran medida, a la conciencia de estar sometida a mecanismos de control estatal. Esta inseguridad y sensación de incertidumbre generan un desequilibrio en la percepción de la verdad, dificultando a la comunidad científica la tarea de explicar los desafíos emergentes derivados del progreso.

En el ámbito educativo, la desinformación en redes sociales ha generado un conflicto latente entre el profesorado y el alumnado, quienes difieren en la consideración de estas plataformas como fuentes legítimas de conocimiento (Guilherme Lucho De Araujo & Leandro Eichler, 2023). En este contexto, la percepción del riesgo por parte de la ciudadanía ya sea real o subjetiva, tiende a diluirse. En consecuencia, el riesgo se convierte en un principio axial de la sociedad postdigital, enmarcado en una modernidad reflexiva, donde surgen nuevos conflictos entre comunidades cuya cohesión se basa, principalmente, en la solidaridad frente a los peligros compartidos por la humanidad.

El acceso educativo por la libertad

Educar y comunicar a través de las plataformas postdigitales y especialmente a través de las redes sociales contra la desinformación y la exclusión digital, es posible. Por un lado, estos procesos deben conllevar un análisis exhaustivo de cada medio, de su modelo de comunicación; esto es, si es más orientado a la imagen, como es el caso de Instagram (IG); al modelo educativo de generación de contenidos en múltiples formatos, como son los casos de Tik Tok,; o de la factoría de Meta en sus diversos canales como el citado previamente IG, Facebook (FB); y por añadidura WhatsApp, este último cada día más cercano al formato IG, o a los formatos textuales caracterizados por mensajes, donde gana la síntesis en los contenidos y la inmediatez, como es el caso de X (Twitter) (TW). Es por ello, que es necesario investigar los contextos de la sociedad postdigital desde una mirada educomunicativa (Gil-Quintana, Parejo, et al., 2021).

A parte, de ser conscientes del tipo de canal en el que comunicamos, comunicamos a ciudadanías digitales (Santiago et al., 2019) tanto si el fin es educativo como de mera divulgación de contenidos, se ha de prestar especial atención al que se encuentra en la red. Y esto hace clara referencia a los contenidos que llegan a la ciudadanía.

Retomando el tema de la afectación del canal de comunicación, esta se puede ver afectada, como indicamos anteriormente, ante los algoritmos, como partes de programas encaminadas a alterar la comunicación original, y ya de los bots (cuentas automáticas), entendidos como sistemas mediante los que se emulan perfiles fake capaces de seguir a otros perfiles, de ser seguidos e incluso de originar comunicación, sirva de ejemplo el caso de las elecciones presidenciales de 2016 de Estados Unidos con el caso de Donald Trump, en donde un análisis de los tuits de las elecciones presidenciales de 2016 en EE UU concluyó que los bots tuvieron un papel crucial en la difusión de noticias falsas. Tan solo un 6% de los bots fueron responsables de propagar el 31% de la información de baja credibilidad en la red.

La educomunicación aspira a algo más que la simple alfabetización mediática, aspira realmente a dar un verdadero sentido a la palabra educar, desde un sentido social, solidario, crítico, responsable y con una proyección de aprendizaje para y durante toda la vida: hacer que la democracia sea una realidad vivida desde las aulas y transferida en forma de conocimiento colectivo a la capa sociedad. (Gil-Quintana, 2023a, p.58)

Insistimos en este epígrafe que es clave que la educación, desde un planteamiento de alfabetización mediática, luche contra esos algoritmos. Y la respuesta, la tenemos sencilla si, por un momento, nos detenemos y pensamos en los emisores de los contenidos (grupos de poder), independientemente de lo que estén difundiendo. Para eso, al igual que en el marketing, en donde en las primeras clases en las que el alumnado toma en contacto con la mercadotecnia, se enseña que la diferenciación y la segmentación es la clave de cualquier negocio, desde el punto de vista del emprendimiento, pero también desde el punto de vista del “día a día” de los marqueteros para hacer exitoso, cualquier gama de productos o servicio que comercialice.

Desde este enfoque, se plantean, en primer lugar, una segmentación de los perfiles en las redes sociales, hecho esto, encontraremos personas que hablan de un cierto contenido específico. Si estas personas como emisores de contenidos hablan de una temática concreta y, a su vez, son seguidos por un determinado número de personas, quienes leen sus informaciones, en ocasiones, comentan e incluso debaten lo que se les plantea, en este momento habremos llegado a la figura del influencer. Aunque hemos de tener presente que “Todas las personas, de una u otra manera, nos hemos convertido en potenciales influencers de aprendizaje porque, a la vez que aprendemos, podemos compartir lo aprendido” (Gil-Quintana, 2020, p. 44).

Esto es precisamente lo que les ocurre a las personas que, por ejemplo, han vivido la maternidad, y se lanzan a las redes sociales a contar lo que les ha supuesto, sus aprendizajes y enseñanzas, objeto de nuestro estudio. Esto también ocurre, en el ámbito sanitario, quienes más y más en las figuras de matronas como influencers de aprendizaje, tratan de llenar ese vacío en la educación en el que ellas por su especialización pueden ser trasmisores de consejos y educación no formal basada en la evidencia y la experiencia.

Son las y los influencers, por consiguiente, los que con sus opiniones sobre una materia concreta van a ser capaz de crear corrientes de opinión. En la medida que estos influenciadores de contenido correspondan a personas reales, contrastadas, con un bagaje profesional claro, o con unas vivencias que en lo personal puedan servir a otras personas a aprender. Son estos perfiles, los abocados a convertirse en influencers de aprendizaje de materias que ayuden a llegar a la ciudadanía, trasvasando nuestras fronteras nacionales y llegando a todos los rincones en donde ni el idioma sea una limitación, al poder contar con herramientas de traducción online.

Son estas personas, en perfiles en red, actuando como nodos de conocimiento, los que están llamados a crear una cultura horizontal y bidireccional de participación, basada en el humanismo y la solidaridad. Pero para ello, estas y estos influencers, así como para generar esa sociedad del pensamiento crítico mediante una influencia positiva, deberán de cumplir los diez elementos de identidad del rol de influencer: propósito, singularidad, curiosidad, estrategia, pasión, amar lo que haces, servicio, colaboración del equipo, sencillez, humildad y sentido del humor (Gil-Quintana, 2020).

Además de contar con estos valores, los influencers están llamados a convertirse en emirecs (Cloutier, 1973) del conocimiento (Galindo González, 2019). Con base a ello, deberán ser capaces de establecer una comunicación multi nodal, en donde escuchen activamente a la ciudadanía, los cuales, a su vez, serán emirecs, y con ello consigan una comunicación, transparente, clara, bidireccional y abierta al resto de personas. Sólo así se habrá logrado luchar contra la dictadura de las redes, gobernadas en ocasiones por los comentados algoritmos y bots que, dirigidos por intereses políticos o económicos, amenazarán a la democratización y libertad intrínseca a la red de redes. Y es así, como se podrá educar por la libertad de la ciudadanía.

Para el mundo en el que vivimos

Inclusión, contra la desinformación y libertad educomunicadora para el mundo en que vivimos. Como hemos podido comprobar, el mundo en que vivimos es el resultado de décadas de cambios tecnológicos que han afectado a nuestra forma de ser y de relacionarnos socialmente, a nuestra forma de comunicarnos y a nuestra forma de aprender. A pesar de la revolución de las tecnologías digitales, si observamos la sociedad que nos rodea, seguimos reproduciendo modelos verticales en nuestro día a día, así, por ejemplo, si nos fijamos en el ámbito formativo en las aulas, se desarrolla un modelo transmisivo, no compartido, ni participativo, se sigue repitiendo un modelo de carácter reproductor (Aparici et al., 2018).

Y esto incluso en nuestros días donde la digitalización está presente en la vida cotidiana de las personas, no parece ser suficiente dicha digitalización para transformar los espacios educativos formales y, en ocasiones, también los no formales, si no se cambian los modelos pedagógicos. En el ámbito pedagógico, la mayor parte de las escuelas e industrias siguen alineadas ahora más que nunca con la clase dominante, en la que las clases sociales, lejos de haber desaparecido se hacen más presentes en una sociedad donde las desigualdades crecen día a día, y en donde como en el caso de Europa, donde en 2022, 95,3 millones de personas en la Unión Europea estaban en riesgo de pobreza o exclusión social, el 21,6 % de la población, en la que sitúan a España como el cuarto país con mayor tasa de pobreza y/o exclusión, solo por detrás de Rumania, Bulgaria y Grecia (“España, cuarto país de la Unión Europea con más personas en situación de pobreza o exclusión social”, 2023).

En este contexto, los fines, materiales y simbolismos de la clase dominante buscan el beneficio de los mecanismos de reproducción por los cuales la estructura de relaciones de clase tiende a reproducirse y replicarse (Bourdieu y Passeron, 2019; Kaplan et al., 2023).

En cuanto a la tecnología, esta no representa un cambio de modelo en sí misma, ni en el ámbito pedagógico, ni en el social, institucional o empresarial, sino que actúa como un facilitador del cambio, que debe ir acompañado de nuevos modelos pedagógicos, sociales y políticos que promuevan la transformación de estructuras verticales en modelos más horizontales. Esto implica integrar una pedagogía centrada en el estudiante junto con diseños formativos basados en el aprendizaje social y el uso adecuado de tecnologías interactivas, lo que puede generar cambios significativos en la educación en línea y fomentar tanto habilidades como identidades propias del siglo XXI en los estudiantes (Herrera, 2022; Charbonneau-Gowdy y Galdames, 2023).

Por ello, es fundamental cuestionar si el modelo educativo y social vigente, particularmente en el contexto de la sociedad postdigital, responde a las necesidades del siglo XXI o si, por el contrario, sigue reflejando paradigmas del siglo pasado. A partir de esta premisa, se propone un análisis transversal que tenga como ejes la comunicación y la educación. Por un lado, resulta imprescindible examinar el rol de la ciudadanía en esta sociedad en red, caracterizada por una sobreexposición constante a un volumen masivo de información, cuyo procesamiento adecuado se ve frecuentemente limitado por la falta de tiempo.

En este sentido, surge la necesidad de reflexionar sobre nuestra respuesta ante dicha información, evaluando su veracidad, su posible manipulación y nuestro posicionamiento frente a ella: si asumimos un papel activo como “emirecs” o si, por el contrario, nos ubicamos en la categoría de “prosumidores” (Marta-Lazo, 2023; Rivero et al., 2024).

En la sociedad contemporánea, resulta imperativo reflexionar sobre la mercadotecnia y sus claves en el ámbito digital, más allá de valoraciones éticas sobre el sistema económico en el que se inscribe. Como parte de una estructura capitalista, la oferta y la demanda configuran la dinámica económica, y dentro de este esquema, el marketing desempeña un papel central en la comercialización, persuasión y venta de productos y servicios.

Desde esta perspectiva, se plantea un contraste entre el marketing del gran consumo y el marketing sanitario en el contexto educomunicativo. En este marco, la figura del profesional del marketing adquiere relevancia, no solo en la formulación de estrategias de mercado, sino también en la promoción del pensamiento crítico y en la habilitación de los consumidores para que tomen decisiones informadas en función de las opciones que se les presentan.

Si bien la desindustrialización o la desdigitalización de la sociedad parecen inviables, sí es posible aplicar los principios de la escuela horizontal al ámbito comercial y empresarial, fomentando así una alternativa a los modelos tradicionales dominados por los grupos de poder. En este proceso, el individuo se convierte en un agente clave, cuya proyección en la sociedad dependerá de su capacidad para afrontar la vulnerabilidad social, de los valores que internalice y de su integración en la construcción del tejido social. Desde la perspectiva del consumidor, es pertinente analizar si los individuos evolucionan hacia un modelo activo de “prosumidores” o si, en contraste, adoptan un rol propio del modelo “emirec”, en el que se combinan las funciones de emisor y receptor de información (Casal y Fernández-Galiano, 2024).

Para el mundo que construimos

Tras examinar previamente la digitalización de la sociedad desde diversas perspectivas y reconocer la necesidad de adaptar los contextos educativos a las demandas postdigitales, también es crucial resaltar la importancia de la participación en estos espacios. Hoy en día vivimos en una cultura de la participación, que favorece modelos de comunicación más horizontales, donde las dinámicas de poder permiten a cada individuo compartir puntos de vista, expresar opiniones y experiencias. Y es que “sólo puede llevarse a cabo si conservamos esos terrenos comunales que son las redes de comunicación que Internet ha hecho posible, una creación libre de amantes de la libertad” (Castells, 2009 p. 552).

Nuestra vida, con el rápido crecimiento de Internet y la aparición de aplicaciones móviles en donde prácticamente podemos hacer de todo, desde reservar un viaje, interactuar con otras personas, hacer la compra, conocer personas, etc., junto a las redes sociales nos ha ligado profundamente a Internet y todo lo que este concepto engloba. La arquitectura web se reinventa y actualiza continuamente, siendo en la actualidad, una arquitectura descentralizada distribuida, que es más inteligente y segura que antes.

Otro aspecto relevante de este contexto tecnológico es el relacionado con la inteligencia artificial y el metaverso. Se define inteligencia artificial (IA) como la capacidad de un sistema para interpretar correctamente datos externos, aprender de dichos datos y emplear esos conocimientos para lograr tareas y metas concretas a través de la adaptación flexible (Haenlein et al., 2019).

En ocasiones la IA aplicada y gestionada por “manos ocultas” afectan al modo en que nos relacionamos, aprendemos, y que incluso en ocasiones pueden transformarnos, pudiéndonos hacernos pasar de individuos como usuarios a ser prosumidores de marcas, desde la inconsciencia de esas “rutinas” o trozos de software, que analizando nuestra “huella digital” moldean nuestros hábitos, nos hacen caer en las manos de la mercadotecnia, transformándonos en embajadores gratuitos de marca, que en el sentido más estricto del prosumidor, nos van a hacer ser parte de la maquinaria del negocio. Prosumidores, por tanto, en el sentido de reproducir, en su acepción de “individuo que trabaja (gratis) para el mercado y reproduce el modelo existente”. Un prosumidor que vincula las actividades de producción y consumo, substentando a la perpetuación del sistema económico (Gil-Quintana, 2022).

En constante evolución, nos encontramos también con el metaverso que hace referencia “al mundo permanente, inmersivo y de realidad mixta donde las personas y los objetos pueden interactuar sincrónicamente, colaborar y vivir sobre la limitación de tiempo y espacio, utilizando avatares y dispositivos de soporte de inmersión, plataformas e infraestructuras” (Lee y Kim, 2022, p. 619).

En este entorno, será fundamental adquirir competencias para aprender y funcionar en el metaverso, en donde la alfabetización mediática para el metaverso sea una de las habilidades tecnológicas más importantes del siglo XXI que la ciudadanía debería aprender para facilitar su aprendizaje y su vida (Ng, 2022). Otra definición entiende el metaverso desde la interconexión de mundos virtuales ubicuos que, en parte, se superponen y mejoran el mundo físico.

Al igual que planteasen los autores anteriores, entiende que usuarias y usuarios representados por avatares “interactúen y se conecten entre sí, consumiendo y experimentando con contenido generado por el usuario en un entorno inmersivo, escalable, síncrono y persistente” (Weinberger, 2022, p. 13). Las relaciones que se construyen en diferentes entornos implican la existencia de relaciones que permitan compartir, resolver problemas y desarrollar tareas, en una construcción colaborativa de generar conocimiento en canales dinámicos, generando una cultura de la participación, que aplicada a contextos formativos y educativos.

En la sociedad postdigital en la que vivimos, la figura del prosumidor, acrónimo formado por la unión de las palabras productor y consumidor, se enmarca, por tanto, en EAV (explotado, acosado y víctima del mercado), CD (construido digitalmente), MM (Muerto digital y analógico), I-I (interactuante e interactuado) y, como alternativa a todos ellos, el emirec acrónimo formado por la unión de las palabras emisor y receptor (Gil-Quintana et al., 2022). Mientras que, para hablar de comunicación democrática, entre iguales, sí que cabe el término emirec, no podemos hablar de términos comunicativos cuando nos referimos a los prosumidores, “la verdadera comunicación no está dada por un emisor que habla y un perceptor-recipiente que escucha, sino por dos seres o comunidades humanas que dialogan (aunque sea a distancia y a través de medios artificiales” (Kaplún, 2010, p. 17).

En este contexto, la tecnología, se plantea como una ventana abierta a la inclusión de nuevos modelos sociales, horizontales y bidireccionales. Aún queda mucho por hacer para preguntarnos si el modelo que se está empleando en estos momentos, tanto dentro como fuera de las aulas en contextos educativos, se corresponda a un nuevo modelo del siglo XXI. Se detecta una resistencia en la sociedad a la implementación de la cultura digital, “nos apañaremos mientras esperamos pacientemente la vuelta a las aulas, con el mismo entusiasmo que esperamos el retorno de los abrazos perdidos” (Alcoba, 2020, p. 1, párrafo 6), así, como parte de esa cultura digital, los entornos de trabajo virtuales están aumentando y forman parte del futuro de muchas organizaciones. Aunque las organizaciones virtuales presentan numerosas ventajas, los obstáculos a la comunicación y la colaboración efectivas generan reticencias organizativas a la hora de comprometerse con este tipo de entorno.

El problema es que existe poco conocimiento sobre cómo las personas socializan informalmente en estas organizaciones, incluyendo cómo aprenden la cultura de la empresa, se comprometen y comparten conocimientos utilizando la tecnología de comunicación digital. Crear una cultura digital que propicie la socialización informal fomenta la positividad, los vínculos y la unidad, la facilidad de conectividad y la productividad, promueve la cultura y puede producir un ambiente similar al de una oficina (Cimperman, 2023).

Por otro lado, existe una resistencia que las nuevas generaciones formen nuevas comunidades, que habrán de basarse en el respeto de reglas informales (reciprocidad, divulgación) y que incluyan el riesgo en consecuencia de degradarse muy rápidamente, cuando algunos de sus miembros no tienen la posibilidad (o la voluntad) de respetar esas reglas. La comunidad académica debe velar por la construcción de espacios formativos abiertos masivos gratuitos que permitan al alumnado inscribirse, formarse y avanzar sin impedimento económico democratizando nuestra sociedad y ayudando al crecimiento y empoderamiento de la ciudadanía.

A modo de conclusión

La necesidad de inclusión y el peligro de la vulnerabilidad de los colectivos y los individuos son parte intrínseca de una sociedad postdigital, en la que la ciudadanía estamos llamados a actuar desde nuestras capacidades para combatir las vulnerabilidades y luchar por la inclusión de los colectivos e individuos. Las tecnologías digitales, como se ha analizado en el presente capítulo, no es igual a inclusión, sino las políticas educativas y transformadoras son las que deben velar por la inclusión educativa de los colectivos y por evitar las vulnerabilidades. Constituyen un reto del día a día en la educación en la sociedad postdigital, en la que se debe luchar por integrar e incluir a la ciudadanía y a las personas que están en situaciones en riesgo de exclusión.

En el ámbito de la educación, el aprendizaje no está supeditado al aula, sino que se extiende a la sociedad, a los colectivos que la conforman y a las profesiones. Desde esta perspectiva, el entorno del Hospital y la Atención Primaria, con lo que respecta a la presente investigación, hacen extensivo el aula de la escuela, o de la universidad, a la pedagogía del hospital, al aula hospitalaria o al aula de la atención primaria.

Con el surgimiento de las redes sociales de una manera significativa, estas escuelas también se virtualizan en la sociedad postdigital, en donde el aprendizaje ha dejado de ser entendido como limitado al entorno escolar, abriéndose una puerta también a la Inter creación y construcción colectiva del conocimiento desde cualquier parte del mundo digital. Esta apertura del aprendizaje al exterior debe dotarse de nuevas narrativas como parte de una nueva forma de entender la didáctica desde el campo de la maternidad, y lo que supone desde la educación para la salud.

Las personas vulnerables, bien por su formación académicas más limitadas o bien por el entorno de su día a día, por enfermedades que les afecten a su comprensión o simplemente por que confíen en determinados interlocutores como influencers que, por su fama o supuesto prestigio, transmitan ciertos mensajes, también les hace estar expuestos a una sociedad, cuya proyección en el ámbito de los social media, se ve bombardeada diariamente por noticias falsas y la desinformación.

Hechos que vivimos continuamente y que plagan las redes sociales de desinformación, de mentiras que se propagan en la red mejor que las verdades. Se da crédito a cuanto se ve y se toma por real aquello que comenta cualquier persona sin ni siquiera citar las fuentes (Hameleers et al., 2021; Pérez-Velasco, 2022).

A partir de estos hallazgos, futuras investigaciones deberían enfocarse en desarrollar estrategias que fortalezcan el pensamiento crítico en la sociedad postdigital, promoviendo la alfabetización mediática y la formación de ciudadanos capaces de discernir la fiabilidad de la información. Asimismo, resulta imprescindible seguir explorando cómo las nuevas narrativas y metodologías educomunicativas pueden integrarse en contextos de educación para la salud, asegurando que los colectivos más vulnerables accedan a información veraz y útil. Solo a través de un enfoque integral y multidisciplinar será posible construir un entorno digital más equitativo y resistente a la manipulación informativa.

Material suplementario
Información adicional

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Notas
Notas de autor
1 Universidad Nacional de Educación a Distancia, España
2 Universidad Nacional de Educación a Distancia, España
3 Universidad Nacional de Educación a Distancia, España

Figura 1

Índice de Democracia 2022, mapa mundial por tipo de régimen (Democracy Index 2022 | Economist Intelligence Unit, 2023, p.5.)

Nota. Por Economist Intelligence Unit (2023)
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