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Desigualdades y emergencias transformadoras en la interfaz urbano-rural. El papel de la agricultura familiar en la producción y circulación de alimentos sanos
Inequalities and emerging processes in the urban-rural interface: the role of family farming in the production and circulation of healthy foods
Desigualdades y emergencias transformadoras en la interfaz urbano-rural. El papel de la agricultura familiar en la producción y circulación de alimentos sanos
Mundo Agrario, vol. 26, núm. 62, e283, 2025
Universidad Nacional de La Plata

Recepción: 11 Febrero 2025
Aprobación: 15 Julio 2025
Publicación: 01 Agosto 2025
Resumen: Este artículo analiza las formas organizativas, productivas y de circulación emergentes en la interfaz urbana-rural que en su hacer cotidiano despliegan prácticas orientadas a resolver las desigualdades en el acceso y distribución de alimentos sanos. Para ello se presenta el estudio de dos experiencias localizadas en Santiago del Estero: el predio agroecológico “La Usina”, vinculado a la Asociación de Familias con Identidad Huertera (AFIH), y ocho huertas urbanas comunitarias en barrios periféricos de la ciudad capital. Desde un enfoque cualitativo, se recupera la hermenéutica de las emergencias para comprender cómo estas prácticas organizativas, sustentadas en los principios de la agricultura familiar, resignifican el trabajo, el territorio y los vínculos comunitarios. Se analizan las dimensiones productivas, organizativas y de circulación, identificando desafíos, potencialidades y aprendizajes. Los resultados evidencian el carácter transformador de estas experiencias frente a un sistema alimentario desigual, y su capacidad de articular lo urbano y lo rural en clave de economía solidaria y justicia alimentaria.
Palabras clave: Desigualdades, Emergencias transformadoras, Producción de alimentos, Interfaz urbana-rural.
Abstract: This article analyzes inequalities in the access to and distribution of healthy food and explores emerging organizational forms in the urban-rural interface, based on the study of two cases localized in Santiago del Estero: the agroecological project “La Usina,” linked to the Association of Families with Huertera Identity (AFIH), and eight urban community gardens in the outskirts of the provincial capital. Adopting a qualitative approach, the study draws on the hermeneutics of emergencies to understand how these practices, rooted in the principles of family agriculture, reshape work, territory, and community bonds. It examines productive, organizational, and distributional dimensions, identifying challenges, potentials, and key learnings. The findings highlight the transformative power of these initiatives in the face of an unequal food system, and their capacity to articulate urban and rural practices within the framework of solidarity economy and food justice.
Keywords: Inequalities, Emerging processes, Food production, Urban-rural interface.
Introducción
La producción y circulación de alimentos se encuentra profundamente condicionada por el contexto global de desigualdad estructural. En un escenario donde las brechas económicas y sociales se amplían, el acceso a alimentos suficientes y nutritivos se ha convertido en un problema persistente que afecta especialmente a las poblaciones más vulnerables. Informes recientes señalan que, en 2022, alrededor de 783 millones de personas padecieron hambre en todo el mundo (FAO, 2023). A esta problemática se suma la existencia de desiertos alimentarios (zonas donde la disponibilidad de alimentos frescos es escasa o inexistente) que agravan las desigualdades en salud y equidad (Acheson, 1998; Ramos-Truchero, 2015).
En Santiago del Estero, Argentina, estas problemáticas adquieren particular densidad. Según la CEPAL (2023), el 34,5 % de los hogares y el 45,2 % de las personas se encuentran en situación de pobreza, lo que restringe su acceso a alimentos de calidad. Esta situación se agudiza en zonas rurales y periurbanas, donde la dispersión poblacional y la falta de infraestructura básica limitan aún más el acceso a bienes esenciales. A esto se suma la alta tasa de informalidad laboral (46,9 %), que incide directamente en la precariedad económica de los hogares y, por ende, en su seguridad alimentaria (Molina y Sayago Peralta, 2021).
Frente a este panorama, cobra relevancia el diseño de políticas públicas integrales que fortalezcan las iniciativas sociales y comunitarias orientadas a la producción, circulación y consumo de alimentos sanos. En este contexto, es necesario reconocer que la frontera entre lo urbano y lo rural, tradicionalmente entendida como una línea divisoria, se ha vuelto crecientemente difusa. Esta nueva configuración espacial da lugar a dinámicas híbridas y procesos de vinculación entre ambos territorios, donde comunidades rurales y urbanas enfrentan desafíos comunes y articulan estrategias compartidas (FAO, 2023; González Maraschio, 2021).
En esta línea, González Maraschio (2021) cuestiona la subordinación histórica del ámbito rural frente al urbano y propone invertir la perspectiva analítica: pensar en una interfaz rural-urbana, que visibilice la influencia activa de las ruralidades en las dinámicas urbanas. Esta relectura permite reconocer el potencial de lo rural en la configuración de alternativas alimentarias territorializadas.
El interés creciente por la agricultura familiar en organismos internacionales como la FAO y la ONU refuerza esta perspectiva. En 2014 se declaró el Año Internacional de la Agricultura Familiar y en 2019 se estableció el Decenio de la Agricultura Familiar, reconociendo su papel estratégico en la erradicación del hambre, la sostenibilidad ambiental y la inclusión social (FAO e IFAD, 2019). A pesar de que el 98 % de los agricultores del mundo pertenece a este sector, solo acceden a una cuarta parte de las tierras agrícolas globales (Grain, 2014).
El presente artículo se propone identificar aspectos comunes, desafíos y potencialidades de dos experiencias urbanas de producción y circulación de alimentos en la provincia de Santiago del Estero, analizadas desde el enfoque de las emergencias transformadoras (Sousa Santos, 2011; Gracia, 2015). La primera es 'La Usina', predio agroecológico gestionado por la Asociación de Familias Huerteras en Clodomira; la segunda incluye ocho huertas comunitarias ubicadas en barrios periféricos de la ciudad capital. Ambas prácticas, ancladas en principios de la agricultura familiar, configuran respuestas territoriales que disputan las formas hegemónicas de producción alimentaria y reconfiguran el vínculo entre trabajo, territorio y cuidado.
Se espera que los resultados del análisis contribuyan, por un lado, a enriquecer el debate sobre estrategias organizativas desde los márgenes que enfrentan las desigualdades estructurales del sistema capitalista; y por otro, a generar insumos útiles para el diseño y fortalecimiento de políticas públicas que reconozcan, articulen y potencien estas experiencias como actores clave en la construcción de soberanía alimentaria.
Aspectos metodológicos
Este trabajo se inscribe en una perspectiva cualitativa, sustentada en la estrategia de estudio de caso múltiple (Neiman y Quaranta, 2006), orientada a comprender procesos sociales en contextos situados. La elección metodológica responde al interés por analizar prácticas emergentes vinculadas a la producción y circulación de alimentos sanos, protagonizadas por organizaciones comunitarias en la interfaz urbana-rural en Santiago del Estero.
Desde un abordaje interpretativo, se recupera la perspectiva teórico-metodológica de la hermenéutica de las emergencias (Sousa Santos, 2011), que permite reconocer formas de resistencia al modelo hegemónico capitalista en prácticas concretas que buscan la reproducción ampliada de la vida. Esta mirada se aleja de la lectura escéptica o patologizante de los márgenes, para centrarse en las capacidades organizativas, los sentidos compartidos y la construcción de alternativas que surgen en contextos de exclusión estructural.
Se relevaron dos experiencias en particular ubicadas en dos departamentos de la provincia de Santiago del Estero (Capital y Banda) pertenecientes al área de riego con una presencia importante de producciones hortícolas y experiencias asociativas (CEPAL, 2021). 1) El Predio Agroecológico Comunitario “La Usina” en Clodomira (Figura 1), vinculado a la Asociación de Familias con Identidad Huertera (AFIH), ubicado en la ciudad de Clodomira. Su trayectoria destaca producciones agroecológicas, articulación institucional y participación en redes nacionales e internacionales. 2) Ocho huertas urbanas comunitarias ubicadas en barrios periféricos de la ciudad de Santiago del Estero (Figura 2).

La selección de los casos se realizó atendiendo a criterios de relevancia estratégica (trayectoria, vinculación institucional, replicabilidad) y accesibilidad (por vínculos establecidos a través de proyectos de extensión e investigación en los que participa el equipo de trabajo). Las unidades de análisis se encuentran en distintas fases de consolidación, lo que permite observar tanto desafíos como potencialidades en la construcción de soberanía alimentaria desde abajo.
Posicionados desde una hermenéutica de las emergencias en contraposición a aquella que se ejerce desde el escepticismo, se trata de interpretar las formas en que “las organizaciones, movimientos y comunidades resisten la hegemonía del capitalismo” (Sousa Santos, 2011, p. 18). En efecto, estas unidades son abordadas de manera situada y relacional permitiendo captar la dinámica, complejidad y matices de los proyectos, organizaciones y lógicas participantes (Gracia, 2015).
Las técnicas de recolección incluyeron: Observación participante en talleres, recorridos y espacios de trabajo colectivo. Entrevistas semiestructuradas a referentes de las organizaciones, técnicos extensionistas e integrantes de las experiencias. Registros de campo sistematizados en el marco de proyectos acreditados en UNSE y articulados con organismos como INTA y la Municipalidad. La información fue obtenida entre junio de 2023 y junio de 2024. A los fines de este trabajo, se prestó especial atención a tres dimensiones analíticas para cada una de las experiencias en estudio: a) Los espacios de producción y trabajo. b) Las estrategias organizativas y de articulación interinstitucional. c) Los modos de circulación y distribución de alimentos.
Este enfoque permitió no solo reconstruir la trayectoria y funcionamiento de las experiencias, sino también analizar sus sentidos, impactos y tensiones en el marco de un sistema alimentario desigual, visibilizando así las formas en que lo comunitario, lo rural y lo urbano se entrelazan para reconfigurar territorialidades.
Experiencias colectivas de producción de alimentos en la interfaz urbana-rural
El presente trabajo se apoya en una serie de categorías analíticas que permiten abordar las experiencias estudiadas como prácticas sociales situadas que disputan sentidos, reconfiguran territorios y ensayan formas alternativas de organización económica y social. Estas herramientas conceptuales habilitan una lectura crítica de las desigualdades estructurales que atraviesan el sistema alimentario capitalista, a la vez que visibilizan las capacidades organizativas y creativas de los sujetos colectivos para construir horizontes emancipatorios (Svampa, 2016).
La categoría de interfaz rural-urbana resulta clave para interpretar los escenarios donde se despliegan estas experiencias. Lejos de representar una frontera geográfica estable, esta interfaz constituye un espacio híbrido y dinámico, en el que se superponen prácticas, actores, tensiones y vínculos entre lo rural y lo urbano (González Maraschio, 2021). Como plantea Schneider et al. (2014), estos espacios de borde son también escenarios de disputa territorial y política, donde se tensionan modelos antagónicos de uso de la tierra, producción de alimentos y formas de vida. Es en estas zonas intersticiales donde emergen experiencias que combinan saberes campesinos, indígenas y populares, reconfigurando las relaciones entre trabajo, naturaleza y comunidad.
Desde esta perspectiva, las iniciativas de producción y circulación de alimentos analizadas se entienden como emergencias transformadoras (Sousa Santos, 2011; Gracia, 2015): no solo respuestas a carencias materiales, sino procesos que encarnan sentidos colectivos alternativos al modelo hegemónico de desarrollo. Como sugiere Vázquez (2016), se trata de iniciativas que habilitan "experiencias anticipatorias" de otra economía, otra política y otra ética, aun desde posiciones periféricas. Son territorios de esperanza (frágiles, contradictorios, pero potentes) en los que el alimento se vuelve símbolo de dignidad, autonomía y cuidado.
En este marco, la producción de alimentos sanos se aleja de la lógica mercantil orientada a la ganancia y adopta principios de la agroecología como modo de vida y forma de resistencia (Altieri, 2001; Sarandón, 2002; Paz et al., 2023). Las prácticas agrícolas aquí recuperadas están orientadas al autoconsumo, la redistribución solidaria o la venta justa, y priorizan el bienestar colectivo, la sustentabilidad ambiental y el fortalecimiento comunitario. El trabajo agrícola se resignifica como práctica social arraigada, donde el derecho a la alimentación, la equidad de género, el acceso a la tierra y la organización barrial se articulan en una propuesta integral.
Estas experiencias se inscriben en el universo de la agricultura familiar, reconocida por la FAO como un pilar para alcanzar la soberanía alimentaria, preservar la biodiversidad y promover la justicia social (FAO e IFAD, 2019). La agricultura familiar es mucho más que una forma de producción: es un modo de vida que articula valores, relaciones de reciprocidad, saberes tradicionales y estrategias de reproducción social, adaptándose creativamente a los cambios contextuales (Paz, et al. 2025). Este trabajo muestra cómo esos principios son recreados en contextos urbanos y periurbanos, configurando nuevas territorialidades insurgentes (Porto-Gonçalves, 2013) que desafían los patrones dominantes de desarrollo urbano y rural.
En conjunto, estas categorías permiten comprender las experiencias analizadas como manifestaciones de una disputa por el sentido de la vida en común, en la que lo comunitario, lo agroecológico y lo interinstitucional convergen en la construcción de alternativas frente a las desigualdades alimentarias, sociales y territoriales que estructuran la interfaz urbana-rural.
Surgimiento de las experiencias
Las dos experiencias abordadas en este artículo (el Predio Agroecológico Comunitario “La Usina” en Clodomira y las huertas urbanas comunitarias en la ciudad de Santiago del Estero) emergen en contextos de crisis, como respuestas sociales autogestionadas frente a la exclusión estructural y las brechas alimentarias. Ambas se inscriben en la tradición de la agricultura familiar, recuperando saberes, vínculos y prácticas productivas comunitarias, aunque sus trayectorias, niveles de institucionalización y grados de consolidación son diferentes.
La Usina se origina en 1999, en el contexto de la aguda crisis económica y social que atravesaba Argentina y que se profundizaría en 2001, con el estallido de la convertibilidad, el desempleo masivo y el empobrecimiento de amplias capas sociales (Bonnet, 2010). En ese marco, promotores del Programa ProHuerta recuperan un predio abandonado (una antigua usina eléctrica, símbolo del desmantelamiento estatal neoliberal de los años noventa) como espacio para producir alimentos. En 2006, la experiencia es adoptada formalmente por la Asociación de Familias con Identidad Huertera (AFIH), consolidándose como referente en agroecología, sustentabilidad y articulación territorial.
Desde sus inicios, el espacio ha estado habitado por sujetos cuyas trayectorias biográficas y laborales estuvieron atravesadas por procesos de exclusión, migración y militancia. Muchos de sus integrantes tienen antecedentes de participación en movimientos estudiantiles, ONGs e iniciativas estatales vinculadas al desarrollo rural y la agricultura familiar (Abdala et al., 2024). Esta acumulación organizativa confiere a la experiencia una alta capacidad de autogestión y articulación en redes multiescalares, que incluye ferias de semillas, intercambios con delegaciones de otras provincias y participación activa en foros agroecológicos.
Actualmente, La Usina abarca seis hectáreas en las que se cultivan hortalizas, sorgo, plantas aromáticas y se desarrollan prácticas apícolas. Se combinan técnicas de construcción sustentable con actividades pedagógicas, comunitarias y productivas. El funcionamiento cotidiano se organiza en comisiones temáticas (huerta, apicultura, construcción, elaboración de productos) y brigadas de trabajo estacional. La toma de decisiones se basa en el consenso colectivo, y la organización opera como espacio de formación y circulación de saberes agroecológicos y de cuidado del ambiente.
En contraste, las huertas urbanas comunitarias surgen en un contexto mucho más reciente: el año 2020, en plena pandemia de COVID-19, como respuesta inmediata a la crisis alimentaria agudizada en sectores populares urbanos. En terrenos baldíos, basurales y márgenes urbanos degradados, los vecinos organizaron espacios de cultivo que resignificaron el territorio urbano excluyente, transformándolo en espacio común productivo.
Durante sus primeros años, las huertas contaron con el acompañamiento técnico del programa ProHuerta, que desde los años noventa promueve la producción familiar con insumos, capacitación y asistencia territorial. A esto se sumó la acción de promotores municipales y la inserción de beneficiarios del Programa Potenciar Trabajo, quienes hallaron en la agricultura urbana una alternativa productiva, educativa y comunitaria. Sin embargo, a partir del cambio de ciclo político en 2023, estas políticas públicas sufrieron profundos recortes: el ProHuerta fue desfinanciado y reducido a escala mínima, mientras que el Potenciar Trabajo fue desarticulado y reemplazado por dispositivos de menor articulación territorial. Esto afectó la sostenibilidad de las huertas de forma dispar: algunas lograron adaptarse y mantenerse activas gracias a redes locales robustas; otras vieron discontinuadas sus actividades ante la pérdida de recursos y acompañamiento institucional.
A pesar de ello, estas experiencias siguen inscribiéndose en el horizonte de la agricultura familiar urbana, que traslada principios como el arraigo territorial, la organización solidaria y la sustentabilidad productiva a contextos urbanos y periurbanos. Algunas se localizan en zonas donde el uso agrícola del suelo fue desplazado por la urbanización, forzando a familias huerteras a reorganizar su vida productiva en la ciudad. Otras mantienen vínculos con familiares en zonas rurales, estableciendo circuitos de intercambio de productos y saberes que fortalecen una territorialidad expandida.
En este sentido, las huertas urbanas constituyen espacios de reterritorialización, donde el cultivo, el trabajo y la distribución de alimentos no solo permiten el acceso a la subsistencia, sino que también construyen nuevas relaciones sociales, basadas en la reciprocidad, la autonomía y el cuidado mutuo.
El análisis comparado de estas trayectorias permite advertir que tanto La Usina como las huertas urbanas comparten una lógica de producción no subordinada al mercado, anclada en vínculos solidarios y sentidos comunitarios. Se trata de lo que Sousa Santos (2011) denomina emergencias transformadoras: procesos sociales que, desde los márgenes, responden a condiciones estructurales de exclusión, pero también inauguran formas inéditas de organización de la vida. La elección de estas dos experiencias (en momentos históricos distintos, pero bajo contextos críticos similares) permite observar cómo la agricultura familiar se adapta y resignifica en distintos territorios, tensionando las fronteras urbano-rurales y dando lugar a nuevas territorialidades insurgentes.
Espacios de producción y trabajo
Tal como se viene argumentando, tanto La Usina como las huertas urbanas comunitarias configuran espacios productivos que trascienden la mera producción de alimentos. Se constituyen como ámbitos de trabajo colectivo, aprendizajes compartidos y resignificación del vínculo con la tierra. En estos espacios se articulan principios de la agricultura familiar, adaptados a contextos urbanos y periurbanos, y se materializa una economía popular que prioriza la sostenibilidad, la reproducción de la vida y el cuidado de los vínculos comunitarios.
En el caso de La Usina, el trabajo productivo ha evolucionado desde una huerta comunitaria hacia un entramado diversificado de actividades. El proyecto “Caminos Soberanos” es uno de los espacios al interior de La Usina integrado por mujeres, que brinda talleres para la elaboración de panificados tradicionales de la región y también servicios de desayuno como parte de las actividades de turismo rural comunitario que promueve. Con la incorporación de jóvenes, que tuvo lugar especialmente durante el período de la Pandemia COVID19 las actividades se diversificaron aún más. Se incorporó la cría de aves de corral para la obtención de pollos y huevos y la producción de miel. También se comenzó con la producción de panificados y torrados con harina de algarroba y el servicio de rotisería. Las comidas que ofrecen se elaboran utilizando como insumo las verduras, huevos y pollos que se producen en el lugar.
Respecto de los panificados con harina de algarroba, se elaboran a partir de la propia producción de harina. Existen en la organización recolectores, productores y elaboradores. Más allá del trabajo de la AFIH en la producción, la organización promueve la actividad en la zona por lo que varias organizaciones y establecimientos educativos de ese territorio desarrollan la práctica de recolección.
Todas las producciones se realizan a partir de prácticas agroecológicas que implican desde la no utilización de agroquímicos hasta la construcción con tierra, reutilización y reciclado de materiales a ser empleados en las diversas actividades del predio. En esa dirección se realizaron construcciones como la cocina y horno ecológico.
La creación del Parque de Patrimonio Agrario para la Producción de Alimentos y Servicios Ecosistémicos en el predio constituye una suerte de síntesis de cómo se concibe la forma de producción y su finalidad en La Usina. El parque fue concebido para articular la sericultura con oficios como la carpintería, la gomería y el reciclado. La plantación de árboles de mora garantiza el alimento para la cría de gusanos a la vez que actúa como barrera natural para posibles contaminantes provenientes de fincas vecinas que producen con agrotóxicos.
La estrecha vinculación entre las diversas actividades productivas y de servicios, se constituyen en una trama de prácticas y saberes para la reproducción de la vida.
En ese sistema ha cobrado creciente relevancia, acelerada por el desmantelamiento del Pro Huerta, la cuestión del abastecimiento de semillas. Desde el año 2023, la AFIH fortaleció su participación en diversos espacios de intercambio de semillas. Esto le fue posible gracias a la amplia red de vinculaciones y capacidad logística y organizativa que viene construyendo y sosteniendo desde hace ya más de dos décadas. Su intención respecto del tema va más allá de fortalecer la propia provisión de semillas, se trata de poder aportar también al abastecimiento de huertas comunitarias y colegios de la ciudad de Clodomira. Para ello se propone trabajar en articulación con el gobierno local para el diseño e implementación de un programa de Agricultura Urbana que contemple, entre otras acciones, la compra comunitaria de semillas.
La diversidad de productos y servicios que se articulan en La Usina son el reflejo de la heterogeneidad de actores que habitan esta propuesta. El cruce entre prácticas urbanas como el reciclado de materiales plásticos y caucho o la elaboración de comidas, más vinculadas a la ciudad, se entrecruza con la construcción en adobe y la manufactura de panificados tradicionales y la producción y uso de harina de algarroba.
Esta suerte de dialogicidad en el hacer entre lo urbano y lo rural también se presenta en términos intergeneracionales en tanto en la organización conviven adultos mayores, adultos, jóvenes y adolescentes.
Respecto al caso de las huertas urbanas comunitarias, presentan una notable diversidad en cuanto a escalas, tipos de organización y trayectoria. Si bien sus superficies son menores en comparación con La Usina (por lo general no superan los 20 metros cuadrados), desarrollan prácticas agroecológicas intensivas y adaptadas al espacio urbano, centradas en el autoconsumo, el abastecimiento de comedores y el intercambio vecinal.
La producción incluye hortalizas de hoja (acelga, lechuga, espinaca), raíces (rabanito, zanahoria, remolacha), leguminosas, aromáticas, plantas medicinales y en algunos casos ornamentales y varían de acuerdo a las estaciones otoño-invierno y primavera-verano. El trabajo con el suelo parte de condiciones adversas: muchas huertas se instalaron sobre basurales o terrenos inutilizados, por lo que las tareas iniciales incluyeron limpieza, nivelación, abonado y cercado. Estas tareas fueron asumidas colectivamente por los propios vecinos y vecinas, con apoyo técnico intermitente de instituciones públicas como el INTA y la Municipalidad.
La organización interna de las huertas responde a principios de cooperación horizontal. En cada grupo (que suele estar conformado por entre 10 y 20 personas) se distribuyen tareas como la siembra, el riego, el control de plagas, la cosecha y la participación en ferias. La toma de decisiones se realiza en asambleas informales, con fuerte protagonismo de mujeres adultas y mayores, quienes muchas veces son referentes barriales. En algunos casos, estas mujeres se han convertido en formadoras de otras vecinas, generando procesos de apropiación del conocimiento técnico y de liderazgo comunitario. Dos de las experiencias abordadas son protagonizadas por mujeres de la tercera edad quienes encontraron en la huerta una oportunidad para la salud mental, el despliegue de habilidades y el fortalecimiento de los vínculos barriales.
A pesar de las dificultades estructurales (falta de herramientas, insumos, acceso regular al agua o acompañamiento técnico sostenido), las huertas lograron sostenerse por más de tres años. Algunas han incorporado iniciativas de formación con escuelas del barrio o centros de salud, donde los productos frescos se destinan a reforzar la alimentación de niños, personas mayores o familias vulnerables. Esto revela que, al igual que en La Usina, las huertas urbanas también cumplen una función pedagógica, al promover la valoración de los alimentos locales, los saberes comunitarios y la importancia del trabajo colectivo.
Asimismo, se observa una dimensión intergeneracional: mientras las mujeres adultas lideran las actividades, en algunas experiencias los niños y adolescentes se suman en tareas de recolección, armado de plantines o participación en ferias. No obstante, en otras huertas preocupa la escasa participación juvenil, lo que representa un desafío para la sostenibilidad a futuro. Este punto también refuerza la necesidad de políticas públicas que acompañen y visibilicen estas prácticas.
Estas iniciativas han permitido a sus participantes mejorar su alimentación, adquirir habilidades agrícolas y fortalecer redes comunitarias. Además, las instituciones estatales desempeñan un papel central, proporcionando insumos, capacitaciones y acompañamiento técnico a través de promotores locales. La interacción con actores estatales y sociales asegura el acceso a recursos críticos, mientras que el intercambio de saberes entre productores fortalece la cohesión y el empoderamiento comunitario.
Estas huertas constituyen espacios donde se ensayan otras formas de habitar la ciudad, producir alimentos y reconstruir lazos sociales. Lo que en principio fue una estrategia de subsistencia ante el avance de la crisis, se transforma en un proceso organizativo que interpela la lógica del consumo alimentario hegemónico, promueve la reapropiación del territorio y construye nuevas formas de economía urbana basada en el bien común.
En síntesis, tanto La Usina como las huertas urbanas comunitarias configuran formas organizativas que revalorizan el trabajo como práctica colectiva, socialmente significativa y territorialmente situada. A pesar de sus diferencias en escala, trayectoria e institucionalización, ambas experiencias expresan los principios de la agricultura familiar y despliegan formas de producción sustentadas en la cooperación, la autogestión y la soberanía alimentaria. Desde la perspectiva de las emergencias transformadoras (Sousa Santos, 2011), estos espacios se constituyen como territorios de experimentación social donde se ensayan modos alternativos de producir, distribuir y vivir, en tensión con las lógicas del mercado. En el cruce entre lo urbano y lo rural (esa interfaz donde se activan memorias, saberes y trayectorias migrantes), se construyen territorialidades insurgentes que desafían el modelo agroalimentario dominante, resignifican el vínculo con la tierra y promueven una economía centrada en el cuidado y la reproducción de la vida.
La circulación de alimentos y redes
La circulación de alimentos en las experiencias analizadas trasciende la lógica funcionalista del transporte y distribución de bienes: constituye una dimensión clave para comprender cómo se configuran redes comunitarias, territorios solidarios y formas alternativas de economía. En este sentido, la circulación se convierte en una práctica política que expresa sentidos, valores y relaciones sociales, y que disputa el control sobre qué se produce, cómo y para quién.
La circulación de alimentos producidos en las huertas urbanas y en la Usina se organiza a través de redes locales que priorizan el intercambio solidario y la distribución directa. Estas redes promueven la distribución equitativa de alimentos frescos y nutritivos. y pueden entenderse como ejemplos de economías solidarias, en tanto que destacan la articulación de mecanismos de producción, distribución y consumo que desafían las lógicas capitalistas (Paz, et al., 2025).
Estas redes operan como manifestaciones concretas de economías populares y solidarias, en tanto articulan mecanismos de producción, distribución y consumo que se alejan de la lógica de maximización de beneficios, para poner en el centro la sostenibilidad de la vida. La circulación, en este sentido, no sólo traslada alimentos: construye vínculos, redistribuye saberes, visibiliza prácticas locales y fortalece el capital social comunitario.
En el caso de La Usina, las redes de circulación adquieren una dimensión multiescalar, que articula lo local con lo provincial, nacional e incluso internacional. La participación en redes agroecológicas nacionales e internacionales les permite acceder a semillas diversas, intercambiar conocimientos con especialistas, recibir delegaciones y fortalecer su posicionamiento como actor colectivo con incidencia territorial. Estos vínculos inciden directamente en lo que circula (productos, tecnologías, saberes) y en cómo circula, consolidando una lógica de redistribución socialmente orientada.
En el plano económico, La Usina ha desarrollado múltiples canales de comercialización e intercambio que se adaptan a los contextos. Entre ellos, se destacan: la venta directa al pie de la huerta, donde las personas seleccionan sus productos; la participación en ferias agroecológicas y populares; la venta mediante redes sociales con entregas a domicilio; la articulación con redes provinciales de distribución de bolsones; la sostenibilidad de puestos de venta fijos en ciudades cercanas como La Banda y la capital; la experiencia durante la pandemia de COVID-19 en la que participaron del programa de “compre estatal” como parte de una red de bolsones agroecológicos que abastecía barrios vulnerables.
Más allá de la dimensión comercial, la circulación de productos también se integra en actividades pedagógicas, en las que el alimento se convierte en herramienta educativa. La Usina desarrolla acciones con jardines de infantes, escuelas primarias y secundarias, institutos de formación docente y espacios comunitarios, promoviendo huertas escolares, talleres, visitas guiadas y degustaciones. Asimismo, articula con experiencias de turismo rural comunitario y formación en oficios vinculados a la producción agroecológica, el agregado de valor y la economía circular.
Este entramado de vínculos no sólo potencia la producción local, sino que expande los sentidos del alimento como bien común, práctica cultural y derecho colectivo. En ambas experiencias, la circulación de alimentos se convierte así en un proceso integral que enlaza territorio, economía, comunidad y política, redefiniendo el acto de alimentarse como una acción solidaria, organizada y transformadora.
En el caso de las huertas urbanas comunitarias, la circulación se produce en una escala más acotada pero no menos significativa. La mayoría de las huertas destina su producción al autoconsumo de las familias involucradas, pero también se destacan prácticas solidarias que incluyen la donación a comedores barriales, merenderos, ollas populares y vecinos en situación de vulnerabilidad. Estas formas de redistribución no institucionalizada construyen circuitos de proximidad donde el alimento es concebido como un bien común, y no como una mercancía.
Las redes construidas en torno a las huertas también permiten articular esfuerzos con actores estatales y no estatales, generando sinergias que potencian el impacto de estas experiencias en el territorio. Un aspecto interesante para destacar en las dinámicas de circulación de alimentos es la presencia de acciones solidarias como la colaboración con alimentos a vecinos en situación de pobreza, indigencia o vulnerabilidad social que no forman parte de las huertas; a profesionales de la salud como nutricionistas y médicos que se desenvuelven en los centros comunitarios vecinales (como es el caso de la huerta del Centro Integrador Comunitario Campo Contreras) y que necesitan de verduras frescas para brindar educación alimentaria a los padres y niños que recurren al centro; y la entrega de mercadería diversificada a comedores infantiles ante una necesidad de preparar almuerzos o cenas más sanos.
De esta manera, muchas huertas se han convertido en puntos de referencia territorial: “Acá no se vende, se comparte”; “si un vecino no tiene, lo ayudamos con una bolsa”; “el médico del centro de salud nos pide verduras para las familias con chicos con bajo peso” (entrevistas personales, septiembre de 2023). Estas frases no solo muestran el sentido del acto solidario, sino también el lugar que estas huertas comienzan a ocupar en el ecosistema barrial: una suerte de infraestructura social de la alimentación, tejida desde abajo, silenciosa pero esencial.
Además, algunas huertas han logrado participar en ferias populares o en iniciativas de comercialización impulsadas por instituciones públicas. Si bien aún se trata de experiencias aisladas y con escaso margen económico, permiten generar pequeños ingresos y, sobre todo, visibilizar el trabajo colectivo ante la comunidad. Estos espacios fortalecen el reconocimiento de las huerteras y huerteros como trabajadoras y trabajadores de la tierra, recuperan su voz pública y habilitan formas de articulación con otros actores, como centros educativos, centros de salud o parroquias.
Estas ferias funcionan como espacios de intercambio cultural y económico donde se fortalecen los valores de solidaridad, cooperación y sostenibilidad que caracterizan a las huertas comunitarias al mismo tiempo que promueven el consumo de alimentos saludables en la comunidad más amplia generando condiciones para transformar los sistemas alimentarios locales, articulando esfuerzos entre productores, consumidores y actores institucionales. En este sentido, las huertas contribuyen a construir economías basadas en el bien común, donde se prioriza la sostenibilidad ambiental y el bienestar colectivo por sobre el lucro.
En síntesis, tanto en La Usina como en las huertas urbanas, las redes que sostienen la circulación de alimentos también sostienen vínculos, formas de cooperación, aprendizajes colectivos y horizontes comunes. Son redes que no se limitan al movimiento de bienes, sino que configuran territorios relacionales, espacios donde se tejen formas de vida alternativas, más allá de la lógica del lucro o el consumo masivo. Esta dimensión relacional y política de la circulación permite pensar a ambas experiencias como partes de un proceso más amplio de construcción de economía popular agroalimentaria urbana, donde el alimento es medio, símbolo y horizonte.
Desde una mirada situada en la interfaz urbana-rural, estas redes también desdibujan fronteras, articulando trayectorias de vida rurales con prácticas urbanas, y permitiendo que saberes campesinos encuentren nuevas formas de expresión y circulación en la ciudad. Las redes que se consolidan a partir de estas experiencias no son sólo organizativas, sino también afectivas, pedagógicas y transformadoras: habilitan la reproducción ampliada de la vida en contextos marcados por la precariedad y la desigualdad estructural.
Ampliando horizontes en la producción de alimentos en las ciudades
Sousa Santos (2012) propone dos criterios fundamentales para identificar experiencias que pueden considerarse emergencias transformadoras: por un lado, el cambio en las condiciones de vida de quienes participan; por el otro, la ampliación de los campos sociales a los que acceden. Estos procesos no solo modifican realidades individuales, sino que habilitan la creación de formas alternativas de vida que disputan sentido frente a la lógica del mercado capitalista como eje hegemónico de organización social.
Desde esta perspectiva, las experiencias de La Usina y las huertas urbanas comunitarias no pueden reducirse a respuestas de subsistencia. Son espacios de creación colectiva, subjetivación política y reconfiguración del vínculo con el trabajo, el ambiente y los otros. Constituyen territorios donde se ensayan nuevas maneras de habitar, organizarse y proyectar futuros posibles.
En La Usina, los testimonios recogidos durante un taller participativo dan cuenta de una dimensión central: la ampliación de vínculos y horizontes. Los participantes destacan el valor de haber conocido otras personas, lugares y experiencias, así como la referencia nacional que hoy representa la Asociación de Familias con Identidad Huertera (AFIH):
Aprender muchas cosas y conocer gente.; Mucha compañía, conocer gente de muchas provincias, ir a otros lugares.; Organización madre de otros espacios (…) Cuando voy afuera la AFIH es referencia a nivel nacional. Conocí a mucha gente. Anduve por lugares que ni hubiera imaginado. Significa crecimiento personal para mí; La Usina es como un barrio, es tener a toda la familia aquí. Cuando vengo no quiero volver para casa. (Participantes del taller, 27/06/2023)
Estas expresiones evidencian que el sentido de pertenencia, la expansión territorial de las relaciones y el aprendizaje continuo configuran un campo social ampliado, donde el trabajo comunitario se experimenta como un acto vital y político, superando la fragmentación impuesta por la lógica individualizante del capitalismo (Mercatante, 2022).
En cuanto al cambio en las condiciones de vida, se observan procesos de mejora subjetiva, acceso a trabajo digno, apropiación del territorio y elaboración de proyectos personales en articulación con lo colectivo:
Me hace bien salir a compartir. Al principio esto era monte.; Con mucha fuerza he elegido hacer lo que me gusta; 22 años de presencia tangible, de cosas (…) Ver lo que hace 20 años imaginábamos es lindo; Con el sacrificio de tod@s se ha hecho La Usina y cada uno aquí con su proyecto. Ahora veo que se ha hecho un grupo unido.; Fuente de laburo. Me ha ayudado a salir adelante; Estar aquí me enseñó cómo cuidar la tierra; Representa un respiro, el buen vivir, la agroecología. (Participantes del taller, 27/06/2023)
Estos fragmentos de discurso dan cuenta por un lado de la ruptura del aislamiento a la vez que de la posibilidad de elegir aquello que se quiere hacer. Asimismo, la concreción de diferentes proyectos pero que se articulan en la organización. Estas cuestiones son las valoradas por los integrantes que fueron fundadores. Por otro lado, es posible distinguir en los más jóvenes el aprendizaje de formas de producción en clave de cuidado ambiental, así como la posibilidad de trabajo.
Aunque con menor institucionalización, las huertas urbanas comunitarias evidencian también procesos significativos de transformación personal y colectiva. Testimonios recogidos en distintas experiencias muestran cómo la huerta se convierte en espacio de contención, empoderamiento, acceso a educación y resignificación del trabajo.
Algunas mujeres retomaron la escuela secundaria gracias a la articulación con programas educativos surgidos del entorno de las huertas; otras iniciaron proyectos cooperativos o comenzaron a participar en redes de agricultura urbana. La huerta se convierte en espacio de contención emocional, de sanación, de socialización y de afirmación de saberes largamente invisibilizados.
Por lo tanto, no solo cumplen un rol esencial en la producción de alimentos sanos, sino que también transforman profundamente sus condiciones de vida al proporcionarles un espacio de acción colectiva, empoderamiento y crecimiento personal.
Esto es importante para poder tener una alimentación más sana por nuestra edad (Huertera del B° Ejército Argentino, comunicación personal, julio 2023).
Donde había tierra sin vida, fueron apareciendo bellezas que no sólo impactan a los ojos de quienes los visitan, sino que también nutren a las familias (huertera del Barrio Smata, comunicación personal, julio 2023).
En el plano social, las huertas han fortalecido la cohesión comunitaria y ha generado redes de apoyo mutuo entre vecinos. La colaboración en el trabajo cotidiano de las huertas, así como la participación en actividades formativas y culturales, fomentan la solidaridad y reduce el aislamiento social de los participantes, en particular de mujeres y adultos mayores, quienes constituyen gran parte de las personas involucradas.
La huerta es un orgullo para nosotras. Acá nacen nuevos proyectos cooperativos, tenemos la oportunidad de terminar el secundario, trabajar, salir de la calle que es un lugar hostil [...] Resistimos en comunidad para que nuestras voces sean escuchadas, pero también para acompañarnos en cada proceso. Me empodera ver que voy logrando mis metas (Blanca, comunicación personal, 18 de abril de 2023).
Un aspecto central en este proceso ha sido el fortalecimiento de la autovaloración y la construcción de sentido. Como señalan las propias huerteras en entrevistas, “la huerta me devolvió dignidad”, “me permitió ver que tengo algo para enseñar”, o “me ayudó a entender que producir es también resistir”. Estos enunciados revelan que las huertas no solo transforman la dieta o la economía del hogar: transforman la forma en que las personas se perciben a sí mismas y su lugar en el mundo. En contextos marcados por el desempleo, la informalidad y la precariedad, la posibilidad de producir con otros y para otros habilita una experiencia vital que restaura el lazo social y abre expectativas que antes estaban bloqueadas.
La experiencia de las huertas también opera como un catalizador para ampliar los horizontes de quienes participan. En primer lugar, las capacitaciones brindadas por programas como ProHuerta han permitido a los productores adquirir conocimientos agronómicos y técnicas innovadoras, combinando saberes tradicionales con prácticas modernas. Este aprendizaje no solo incrementa sus habilidades, sino que también abre nuevas oportunidades para proyectar sus actividades hacia el futuro.
“Nosotros comenzamos este proyecto de la huerta urbana para poder disponer de alimentos sanos a nuestro alcance, cuando nos involucramos con la Universidad, el INTA y la Municipalidad nuestra perspectiva cambió y ahora soñamos con construir una gran red de huerteros y huerteras, porque conocimos muchas experiencias de familiar que producen juntas y eso es una inspiración para trabajar por el bien de toda la comunidad”. (Claudia, comunicación personal, julio de 2023)
Por otro lado, las huertas generan espacios donde se resignifica el trabajo, pasando de ser una actividad meramente productiva a una forma de construcción de sentido y pertenencia. Los participantes destacan cómo el trabajo colectivo, al estar orientado al bien común, permite imaginar alternativas al modelo económico hegemónico, impulsando economías solidarias basadas en valores como la reciprocidad y la sostenibilidad. Este proceso de resignificación se ancla tanto en los saberes populares como en los vínculos que se generan en torno al trabajo compartido, permitiendo imaginar nuevas formas de existencia más allá del mercado laboral formal y las relaciones salariales tradicionales.
Al respecto, los testimonios de las huerteras recabados en entrevistas dan cuenta de esta transformación. Una de ellas afirmaba: “Yo trabajaba limpiando casas y no me sentía bien. En la huerta aprendí a sembrar, a cuidar la planta, y también a compartir. Ahora sé que lo que hago tiene valor, aunque no me paguen con plata”. Otra decía: “Antes no salía de mi casa. Acá encontré gente que me escucha, que me ayuda. La tierra me sanó”. Estos fragmentos revelan cómo el trabajo en la huerta habilita procesos de recuperación subjetiva, de empoderamiento y de recreación del lazo social, especialmente entre mujeres que arrastraban trayectorias de informalidad, soledad o violencia.
En varias experiencias, el trabajo colectivo también ha generado una revalorización de los saberes locales y ancestrales, en particular los vinculados al cuidado de las plantas, la preparación de abonos naturales, la selección de semillas o el uso medicinal de ciertas especies. Estos conocimientos, muchas veces transmitidos por mujeres mayores o migrantes con raíces rurales, cobran visibilidad y legitimidad dentro del grupo, operando como un capital cultural comunitario que se reproduce y se expande. La huerta, en este sentido, no sólo produce alimentos: produce reconocimiento, confianza y orgullo.
La organización del trabajo (horizontal, cooperativa, solidaria) permite además que cada integrante pueda aportar desde sus posibilidades, sin presiones ni jerarquías. En varias huertas, por ejemplo, se organizan cronogramas flexibles donde quienes tienen responsabilidades familiares o limitaciones físicas encuentran formas de participar. Este modo de organización rompe con las lógicas disciplinarias del trabajo formal y favorece la inclusión social desde el hacer colectivo. Tal como expresa una integrante del B° Ejército Argentino: “No todas podemos venir todos los días, pero cada una sabe que su esfuerzo vale. Acá no hay jefes, hay compañeras”.
Desde un punto de vista económico, si bien muchas de estas actividades no generan ingresos directos sostenidos, habilitan formas de reproducción ampliada de la vida. La producción para autoconsumo reduce gastos en alimentos, mejora la calidad nutricional y permite compartir con otros vecinos, reforzando el capital social barrial. Estas dinámicas se inscriben en lo que Coraggio (2015) denomina economía popular solidaria, donde el valor del trabajo no está dado solo por su resultado económico, sino por su capacidad de sostener la vida y regenerar vínculos.
En un contexto de creciente informalidad y precarización, tanto la experiencia de la Usina como de las huertas urbanas comunitarias, permiten a quienes participan en ellas, recuperar el sentido del hacer, reconstruir autoestima, imaginar futuros y disputar el significado mismo de lo que vale y lo que cuenta como trabajo.
Emergencias que transforman desde los márgenes. Lecciones a modo de reflexiones finales
Las experiencias de producción y circulación de alimentos analizadas en este trabajo, desarrolladas en la interfaz urbano-rural de Santiago del Estero, constituyen expresiones concretas de lo que Sousa Santos (2011) denomina emergencias transformadoras: prácticas que, aún en condiciones de vulnerabilidad estructural, generan horizontes colectivos alternativos desde los márgenes. Estas experiencias no solo responden a necesidades inmediatas, como el acceso a alimentos sanos, sino que también representan un horizonte de esperanza al construir alternativas más justas y sostenibles desde los márgenes.
Estas experiencias no solo responden a necesidades inmediatas, como el acceso a alimentos sanos, sino que también representan un horizonte de esperanza al construir alternativas más justas y sostenibles desde los márgenes.
En primer lugar, las huertas urbanas comunitarias y el predio agroecológico de La Usina muestran la capacidad de las organizaciones populares para generar formas de producción orientadas a garantizar el acceso a alimentos sanos y fortalecer la autonomía comunitaria. Estas prácticas no se limitan al autoconsumo, sino que incluyen estrategias solidarias de distribución y comercialización que revalorizan el trabajo cooperativo, el conocimiento compartido y la reciprocidad.
En segundo lugar, ambas experiencias reconfiguran las relaciones entre ciudad y campo, actualizando los principios de la agricultura familiar en contextos urbanos y periurbanos. Las trayectorias de migración, los vínculos familiares y el uso del suelo evidencian una territorialidad compleja que trasciende las dicotomías tradicionales. Esta interfaz se constituye así, como un espacio de innovación social y de resignificación del territorio desde abajo.
En tercer lugar, la dimensión organizativa emerge como un eje clave: tanto La Usina como las huertas urbanas construyen redes de cooperación que articulan actores estatales, instituciones educativas y organizaciones sociales. Estas alianzas han sido fundamentales para el sostenimiento de las iniciativas, aunque también muestran límites cuando las políticas públicas se reconfiguran o se retraen, como ha ocurrido recientemente. Al desafiar las inequidades estructurales y abrir caminos hacia una sociedad más justa, estas experiencias se consolidan como ejemplos de cómo la acción comunitaria puede transformar realidades y ampliar los horizontes hacia futuros posibles. A pesar de nutrirse de políticas públicas como el potenciar trabajo o el Prohuerta estas experiencias antes que tornarse vulnerables se reinventan habilitando a sus integrantes a expandir horizontes y generar nuevas alternativas. Sobre todo, en el caso de la Usina facilitado por la diversidad de sus actividades y el fortalecimiento de la organización social.
En cuarto lugar, se destacan los efectos subjetivos y sociales que producen estas experiencias. La participación genera sentido de pertenencia, mejora la calidad de vida y habilita procesos de empoderamiento individual y colectivo, especialmente entre mujeres, personas mayores y jóvenes. La huerta y el trabajo en común se convierten en espacios donde se produce no solo alimento, sino también ciudadanía, vínculos y futuro. Mientras que las huertas urbanas reflejan cómo las comunidades urbanas pueden responder colectivamente a las inequidades alimentarias, la Usina representa un modelo innovador de articulación entre sostenibilidad ambiental y empoderamiento comunitario. Ambas experiencias inician en diferentes momentos de crisis económica y social. Sin embargo, los esfuerzos y horizonte no están vinculados a volver a insertarse al sistema que los expulsó, sino que por el contrario construyen una alternativa que en su hacer disputa sentido.
Finalmente, el análisis permite afirmar que estas experiencias constituyen una contribución valiosa para pensar alternativas al modelo agroalimentario dominante. Si bien se desarrollan en condiciones adversas, su capacidad de sostenerse, reinventarse y expandirse demuestra que es posible construir prácticas económicas centradas en la vida y no en la acumulación. Por ello, requieren reconocimiento, acompañamiento institucional sostenido y políticas públicas que fortalezcan su viabilidad a largo plazo.
Roles de colaboración
| Escritura - revisión y edición | María Victoria Suárez y Viviana Graciela González |
| Investigación | María Victoria Suárez y Viviana Graciela González |
| Metodología | María Victoria Suárez y Viviana Graciela González |
| Redacción - borrador original | María Victoria Suárez y Viviana Graciela González |
| Supervisión | María Victoria Suárez y Viviana Graciela González |
| Visualización | María Victoria Suárez y Viviana Graciela González |
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