Estudio sobre el arte Judío del Holocausto. Entre el horror y la esperanza

Study on the Jewish Holocaust art Between horror and hope

Marley Cruz Fajardo
Universidad Distrital Francisco José de Caldas, Colombia

Estudio sobre el arte Judío del Holocausto. Entre el horror y la esperanza

El Artista, núm. 13, pp. 49-61, 2016

Universidad de Guanajuato

Recepción: Noviembre , 16, 2015

Aprobación: Febrero , 15, 2016

Resumen: El presente trabajo es una reflexión en torno a la obra de dos autores judíos, quienes de maneras diferentes vivieron el Holocausto perpetuado por los nazis. Las obras que se analizan son El Diario de Ana Frank y Cuentos, de dicha autora. Asimismo, se analiza el libro Sin Destino de Imre Kertész. Se contrastan estas dos miradas de dos jóvenes condenados por la sangre, a vivir un destino aterrador. La primera mirada con un más allá de los horrores de la persecución y el aislamiento y la segunda, con imágenes de lo más terrible de los campos de concentración y la vida después del horror.

Palabras clave: Holocausto, nazismo, Segunda Guerra Mundial, campo de concentración, literatura, judíos.

Abstract: The present work is a reflection on the work of two Jewish authors, who in different ways lived through the Holocaust perpetuated by the Nazis. The works that are analyzed are the diary of Anne Frank and Stories, of this author. It also examines the book Without Destiny of Imre Kertész. The views of two young people sentenced by the blood, to live a terrifying destination are contrasted. The first glance is assumed with a beyond the horrors of the persecution and the insulation and the second, with images of the most terrible of the concentration camps and the life after the horror.

Keywords: Holocaust, Nazism, Second World War, concentration camps, literature, Jews.

“No creeré nunca que los responsables de la guerra son únicamente los poderosos, los gobernantes y los capitalistas. No, el hombre de la calle también está contento con la guerra. Si no fuera así, los pueblos se hubieran sublevado hace mucho tiempo. Los hombres nacen con el instinto de destrucción, de masacrar, de asesinar y de devorar. La guerra persistirá mientras la Humanidad no sufra una enorme metamorfosis”

(Diario de Ana Frank).

Introducción

En el transcurso de la historia humana han existido gran cantidad de etnocidios, todos ellos atroces e indignos de una sociedad civilizada. Sin embargo, hay uno que es ampliamente conocido y al cual se le ha denominado: El Holocausto. Fue éste el realizado contra el pueblo judío por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial y que se llevó consigo a seis millones de judíos de toda Europa[1]; esto sin contar las tantas víctimas gitanas, rusas, ucranianas, francesas, holandesas, españolas, inglesas, y húngaras; así mismo, los disidentes políticos de todas las denominaciones: anarquistas, republicanos españoles, comunistas y personas de diferentes religiones como católicos o testigos de Jehová.

A pesar de que las víctimas eran tantas y de tantas nacionalidades, el Holocausto se dio de manera más contundente contra los judíos. Fue contra ellos que se formuló la Solución Final en la Conferencia de Wannsee llevada a cabo el 20 de enero de 1942[2] en el suroeste de Berlín, en la cual se planeó el final de la cuestión judía. Y es por ello que pese a que tantos pueblos sufrieron el exterminio por el nazismo, son los judíos las más conocidas víctimas en tales sucesos. Sus seis millones de muertos son un recuerdo vivo de la intolerancia, la indiferencia y la perversidad de un régimen totalitario.

La presente reflexión recorre algunas obras literarias escritas sobre el Holocausto y durante el Holocausto, los dos autores aquí tratados tienen en común que son judíos perseguidos durante la Segunda Guerra Mundial, jóvenes aun cuando estos sucesos acaecieron. Uno sobrevive al campo de concentración, el otro no. Sin embargo, sus letras narran desde el horror, un grito de esperanza.

En el análisis que se hace de las obras se encuentran diferentes tópicos como son: el anhelo de una niña por ver un mañana, dentro de un escondite, el dolor de una voz solitaria que clama por salir, por ser libre, porque las cosas retomen el rumbo; lo manifiesta por un lado con su diario personal y con una serie de cuentos que datan de las experiencias vividas durante dos años. Y por otro lado, se hace la reflexión sobre una novela que brinda un reconocimiento de los buenos momentos en medio del campo de concentración, una explicación de los sentires dentro de las filas de gente con uniformes de rayas y cabezas rapadas.

1. Los Cuentos de Ana Frank: narraciones de esperanza en un mañana

La historia del Diario de Ana Frank (1980), es una de las más conocidas sobre el Holocausto perpetuado por los nazis. La mirada de una niña quien junto con su familia y otras cuatro personas se escondió por más de dos años en el anexo de una casa en Ámsterdam y que luego fue encontrada por la Gestapo y llevada a un campo de concentración, ha sido una historia llevada al teatro y al cine en diferentes oportunidades. La primera vez que se estrena como obra de teatro es el 5 de octubre de 1955 en el Cort Theatre de Nueva York, luego sería llevada al cine el 18 de marzo de 1959 por el director George Stevens. El Diario que Ana escribió durante los duros años del escondite se convierte en un testimonio bello y conmovedor de una joven mente lúcida y soñadora. Sin embargo, existe otra obra de la misma joven, la cual es menos conocida: los cuentos que escribió durante el tiempo de su escondite y de los cuales hace reiterada mención en su diario.

En la escritura, la joven encuentra la compañía que le hace falta en medio del encierro. Durante los más de dos años que los Frank: su padre Otto, su madre Edith, y su hermana Margot, pasaron junto a los tres integrantes de la familia Van Pels y el dentista Fritz Pfeffer, Ana convierte a su diario en su confidente, en su lugar solitario para reflexionar sobre las cosas que suceden en el anexo, sobre sí misma, sobre sus compañeros de escondite y sobre la situación por la que estaba pasando toda Europa. Las temáticas que aborda Annelies Marie Frank, no están nada lejos de las de cualquier chica curiosa de su edad; habla sobre las remembranzas de los paisajes, los animales, los atardeceres, la luna, el amor. Tanto el Diario de Ana Frank (1980), como los Cuentos (1962), son textos que en gran parte muestran la fragilidad y a la vez la entereza de la juventud, muestran que ella como cualquier joven judía, alemana, o francesa, estaba llena de sueños por cumplir, de viajes por realizar, de estudios por alcanzar.

En todo, parecería que Ana es una joven como las demás, pero esto no es así. Lo que hace que este testimonio sea completamente desgarrador es el contexto en el que fue escrito. Otras jóvenes no judías de la misma edad de Anne, quizás, sí pudieron pasar de la fantasía de sus sueños a la realidad de sus vidas. Esta oportunidad a ella, a su familia, a los demás jóvenes judíos asesinados en los campos de concentración y en los guetos, les fue negada por el nazismo. El lugar en que estos textos fueron concebidos hace de estos temas tan aparentemente triviales para el mundo moderno, una lección de ética y de belleza, de esperanza y de crítica a un mundo incapaz de ver cómo se hundía en lo profundo de las sombras.

Ando indiferente de una a otra habitación, subo y bajo la escalera y me siento como el pájaro canoro al que han cortado las alas brutalmente y, sumido en las tinieblas, se lastima al chocar con los barrotes de su estrecha jaula. Una vos interior me grita:” ¡Quiero salir, quiero respirar aire puro, quiero reír!” No me quedan ánimos para responder a ella y entonces me echo sobre un diván y me duermo para educir el tiempo, el silencio y la horrible angustia, pues no consigo matarlos.[3]

Son las condiciones de encierro las que motivan a Ana Frank a hacer su catarsis por medio de la escritura. Es su necesidad de salir, de ver el mundo lo que le motiva a escribir sobre la naturaleza, los animales y el aire fresco. Desde el inicio de su escondite hasta el final del mismo, la naturaleza fue su refugio y se permitía hacer todo tipo de analogías entre las actuaciones humanas y las de los demás seres vivos. La escritura se convierte en su fuente primaria de escape al ahogo y la reclusión.

Si se lee el Diario a la par con sus cuentos, se encuentra que el uno está dentro del otro. Cada experiencia vivida en el anexo era una posibilidad para la escritura. Es así como surgen cuentos como La florista[4], en donde manifiesta que nadie puede estar solo y triste mientras tenga ese cuarto de hora para estar consigo mismo, ese cuarto de hora llamado libertad. Es por ello que su búsqueda de la felicidad la hace desde dentro, desde el corazón, desde la música que emana de ella misma.

Su búsqueda e idea de Dios más allá de una figura mítica está dada por la paz que le da la propia conciencia; para Ana, Dios se encuentra en la tranquilidad de la naturaleza y en la esperanza de la libertad. La idea de la religión es vista por la joven como una guía para que los seres humanos actúen de manera recta, para evitar los desmanes que causa no tener unos principios éticos.

Sin embargo, ella le pide constantemente a Dios que haga el milagro de salvar algunas vidas, como lo hace el 29 de diciembre de 1943, cuando piensa en su abuela y reflexiona sobre la situación de tantos muertos por la guerra. Ahí se encuentra una de las recurrentes relaciones entre El Diario y sus Cuentos. Cuando piensa en su abuela decide rememorarla por medio del cuento: El Ángel de la guarda[5] donde, es su abuela quien siempre está con ella, quien le devuelve la voluntad de seguir adelante a pesar de la muerte; y de cierta manera con cuya protección quisiera también cubrir a sus amigos y familiares caídos. En suma, para la joven escritora la idea de Dios está íntimamente relacionada con la de la naturaleza y la de la felicidad interior, con la dicha del corazón.

Ana, trata el tema de Dios y la naturaleza como un planteamiento ético y lejos de la moralidad, entendiendo esta última como el conjunto de reglas que orientan la convivencia entre los hombres, reglas que tienen que ver con el uso cotidiano y con las actividades comunes para todos, que se dan como un mandato tácito y que dotan al hombre de un fundamento social y cultural, además de usarse para sostener las costumbres que lo arraigan a su entorno. La Ética por el contrario de la moral, no intenta inspirar a nadie fuera de sí mismo, son un conjunto de principios orientadores que ha adoptado cada ser humano para obtener una vida lograda o la tan mencionada felicidad, son un mandato inmediato que se impone a la conciencia en la medida que se buscan los logros que se cree harán a la persona feliz. Es por estas razones que se analiza el cómo la autora se pone en el papel de una joven que se pregunta por las maneras de actuar de la sociedad en la que nació, y que pasa de la admiración por la belleza del exterior a una crítica a la sociedad en la que vive. Al alejarse de la idea de un Dios hebreo, y más bien situarlo como un asunto del ser, Ana manifiesta implícitamente que la persecución nazi contra los judíos, no tenía nada que ver con el judaísmo, es más bien una cuestión de raza no de religión, se les persigue por judíos, no por ser judaicos.

Se acentúa el tema de Dios, porque es una posición diferente a la que se plantea en el judaísmo. El Dios de Ana no es el Dios Yahvé, el que los sacó de Egipto y los llevo al desierto 40 días, no, el Dios de Ana es un Dios ético, y así ella marca una diferenciación entre la religión y la espiritualidad. Por tanto, el antisemitismo no estaba dado por el concepto de Dios, sino por el concepto de raza. Eso lo tenía claro Ana y también lo tenía claro Hitler. El antisemitismo no estaba ligado al judaísmo, sino al imaginario judío. Ella narra cómo mira en las noches pasar a familias enteras que son cazadas por los alemanes y como para estos es casi un juego el llevar a los judíos al matadero. Los capturan como en los tiempos de los esclavos, por la única razón de ser judíos.

En su análisis del por qué se le persigue y juzga con la muerte su condición de haber nacido judía manifiesta:

Los judíos no tenemos derecho a defender nuestros sentimientos. El único refugio que nos queda es la fortaleza, el valor. […] Un día esta terrible guerra acabará; un día volveremos a ser seres como los demás, y no solamente judíos […] ¿Quién nos ha marcado así? ¿Quién ha decidido la exclusión del pueblo judío de todos los demás pueblos?[6].

Respecto al tema judío propiamente, la autora se refiere al antisemitismo como la generalización de los males de un judío sobre todo el pueblo, así mismo se pregunta ¿de dónde surge el antisemitismo? ¿Por qué a los judíos se les pide más que a cualquier otro pueblo?, esas mismas preguntas que aun hoy siguen en el aire. Frente a estos planteamientos Ana siempre se mostró optimista hacia el futuro, creía, como muchos judíos que el antisemitismo sería una cosa pasajera y que pronto todo volvería la normalidad.

La mala acción de un cristiano recae sobre quien la ha cometido. La mala acción de un judío recae sobre todos los judíos […] Quiero esperar que esta oleada de odio contra los judíos sea pasajera y que los holandeses se mostrarán pronto tal como son, conservando intactos su sentido de la justicia y su integridad. El antisemitismo es injusto[7].

A ese respecto Poliakov (1954)[8], manifiesta que la culpabilidad judía viene de los tiempos ancestrales, que el antisemitismo y la persecución a los judíos tenían como base una enorme campaña de difamación que atravesaba todos los medios y hallaba eco en un odio histórico que hacía al judío por definición, un responsable de todo.

Ahora bien, es válido aclarar la situación de Holanda durante la guerra: según los estudios de Hannah Arendt (2013)[9], los judíos apátridas venidos la mayoría de Alemania (como la familia Frank), fueron los primeros en ser deportados. La situación política de Holanda era diferente a la de países como Francia o Bélgica; cuando el consejo de ministros y la familia real huyeron a Londres hicieron que Holanda no tuviera un gobierno propio y que el mismo fuera civil y no militar, quedando el país a merced completa de los designios nazis. El papel de la población Holandesa no fue muy diferente al del resto de Europa frente a los judíos refugiados: a pesar de que aproximadamente veinticinco mil judíos hayan sido escondidos y ayudados por ciudadanos holandeses, también es cierto que más de la mitad de los mismos fueron descubiertos por delaciones, dando como resultado una catástrofe sólo comparada con la de Polonia. Sin embargo, hubo situaciones particulares como que fue el único país en donde los estudiantes protestaron por la desposesión de sus profesores judíos. Esa ambigüedad lleva a Ana Frank, también a preguntarse el papel de los ciudadanos corrientes y a saber que así como había personas ayudándoles en su escondite, también podía haber unas tantas dispuestas a delatarles por un mendrugo.

Para ese momento de la guerra, a pesar del revés del ejército nazi en Europa del este, (la derrota en Stalingrado, las derrotas navales de los japoneses, etc.), ya era sabido a modo de rumor, que los judíos eran asesinados en las cámaras de gas. Esto lo sabía también Ana, cuando en una reunión familiar en la que se habla del peligro que constituye el diario, confirma: “Mi Diario no será quemado más que conmigo”[10]. También cuando el 11 de noviembre de 1943, respecto a su querida pluma que fue a dar al fuego en medio por una equivocación humana dice: “Por pequeño que sea, me queda el consuelo de que mi pluma ha sido incinerada y no enterrada, espero lo mismo para mí cuando llegue la hora”[11]. O como en el cuento del Enano sabio[12], donde presenta un campo de concentración, pero dándole una connotación diferente, ella intenta darle un vuelco a lo que ya se sabe, intenta que para los protagonistas de su cuento Dora y Peldron, exista otra salida, que el campo no sea de exterminio sino de conocimiento de sí mismo, intenta que ellos puedan escapar de su encierro interior.

Son esas las razones que llevan a la joven a plantearse la discusión moral de Europa, ¿Por qué los europeos entregaron a los judíos? ¿Por qué los aliados no hicieron nada para evitar el Holocausto? ¿Cuál es la responsabilidad del ciudadano común con estos hechos? Frente a estos planteamientos la autora propone una profunda metamorfosis en el alma misma de la humanidad, porque considera que el hombre de la calle también está contento con la guerra, no solo los poderosos, que sin el apoyo que brinda la indiferencia de la mayoría de personas, los señores de la guerra no pueden llegar muy lejos en su cometido.

Con el Desembarco de Normandía en junio de 1944, quedó claro que la situación de Holanda y los países ocupados a nadie le importaba. Según el diario de Ana el ambiente general de la población, no sólo de las personas en el anexo sino de toda Holanda, era que lo primero que iban a hacer los soldados estadounidenses era liberar a Europa, a su población del yugo nazi, sin embargo, la estrategia era otra: primero la derrota militar, luego lo demás.

El último cuento que escribe Ana, se titula La vida de Cady. Este tiene varios capítulos, en los primeros narra por medio de una protagonista sus propias angustias en el anexo, su relación con Peter, sus reflexiones frente a vida, la naturaleza y Dios; pero en el último capítulo se da un viraje, una ruptura drástica en la narración: de repente se empieza a hablar de la situación de los judíos en 1942, y es por medio de ese cuento que ella manifiesta su culpa al sentir que una de sus amigas, Hannah con la que asistieron a la Sexta Escuela Pública María Montessori, pero a quien ella llama en su diario: Líes, creía que estaba en peores condiciones que ella… su culpa, por no poder hacer nada por su amiga, su ansiedad al creer que pudo haber hecho algo por ese ser a quien tanto quería se ven plasmadas a lo largo de este relato. El cuento queda inconcluso y sin fecha, y al final queda la paradoja de la vida: Líes sobrevive al exterminio por parte de los nazis y Ana no logra hacerlo.

Otros de los temas recurrentes de Ana a lo largo de sus dos libros, son el temor a ser descubiertos evidenciado en el cuento Miedo[13]; o su insistente preocupación por la indiferencia, la pobreza y la desigualdad entre los hombres. Esto último se manifiesta abiertamente en el cuento Dar[14], en donde dice que una persona vale por su bondad no por su riqueza, vale por su condición de humanidad.

De esta manera se observa que a través de su diario y sus cuentos Ana realiza una continua observación de sí misma y de los demás; del amor por la naturaleza y esperanza en un mañana que no hubo de llegar. Desde 1944 relata con más asiduidad los hechos de la Europa caída a manos de Hitler, en un constante preguntarse, por qué y hasta cuándo. Para una niña de 13 años siempre es difícil asumir ciertas cuestiones, los cambios le vienen de golpe, no es lo suficientemente pequeña para ser considerada una niña y no es lo suficientemente grande para ser tomada en serio como un adulto. A Ana esta etapa la tomó en el anexo, sus cambios se vieron en su diario y en unas condiciones tan particulares como las de un escondite.

2. Sin Destino: más allá de Auschwitz

Después de reflexionar sobre los escritos de Ana Frank y su fatal desenlace, se pasa a examinar otra de las obras que narra los hechos de un joven en un campo de concentración. Imre Kertész en su novela Sin destino (2003), brinda una mirada menos siniestra de los hechos: el autor hace una apuesta por rescatar los buenos momentos en medio del infierno, de un modo semi-autobiográfico presenta los acontecimientos en su paso por los campos de concentración de Auschwitz, Buchenwald y Zeilt cuando tenía 15 años. Hablar del Holocausto es hablar de la tragedia y de la historia de infamia, pero Kertész habla desde la voz de un joven que poco le interesan asuntos de religión o de la política, de un joven al que al inicio sólo le interesa que le traten como adulto, aunque las preocupaciones de los adultos no le intranquilicen tanto.

La situación de Hungría en la Segunda Guerra Mundial, lugar de nacimiento del autor, era paralela con la de Rumania y Bulgaria: también se convirtieron en países satélites del III Reich. A diferencia de los judíos franceses u holandeses, los países adheridos al eje convirtieron a sus judíos en apátridas apenas sus territorios entraron bajo el dominio del nazismo. Hannah Arendt hace un análisis minucioso de la situación de Hungría en su obra Eichmann en Jerusalén (2013)[15], ya que fue este el destino del nazi en cuestión, poco tiempo antes de terminar la guerra y fue en Hungría desde donde Adolf Eichmann enviaría los últimos trenes a Auschwitz. Las medidas legislativas antisemitas ya estaban instauradas en el país desde 1938, pero estas hacían una férrea distinción entre los judíos nativos y los que venían de los territorios anexados. Gracias a esta ambigüedad en Hungría y a que el gobierno fue respetado por los nazis hasta marzo de 1944, los judíos húngaros tuvieron posibilidad de sobrevivir en este oasis; sin embargo, al aproximarse las tropas rusas, la obsesión nazi por la liquidación de toda la raza judía, llevó a Eichmann a deportar a miles de personas a los campos de concentración en los últimos meses de la guerra.

En este contexto, el libro de Kertész, comienza con la partida del padre del protagonista a un campo de concentración y de las implicaciones económicas que esto tiene para la familia; lo que este no sabía era que las causas lo irían cercando hasta llevarlo a trabajos forzosos y estaría en un tren que lo llevaría a trabajar en un país extranjero. Conoce Auschwitz, y mientras mira a los presos se pregunta por el qué habrán hecho para estar condenados, sin saber que es el mismo motivo por el que él está allí. Casi que sin poder meditarlo se ve dentro de un uniforme de rayas, con la cabeza rapada y el número 64921 sustituyendo su nombre.

En el transcurso de año y medio que pasó por los campos de concentración pudo constatar que estos lugares poco les importaban a los europeos, en tal medida que no eran bombardeados durante la Segunda Guerra Mundial. El autor narra el cómo escuchaba los bombardeos y el cómo los alemanes en el campo no tenían miedo de ellos: al inicio él sí, porque recordaba cómo le temían a las bombas en su casa, pero los alemanes estaban seguros de que allí no ocurriría nada, ellos sabían que los campos no iba a ser bombardeados por los aliados.

Hay cosas que hacen de esta novela una lectura particular del Holocausto y es la importancia que le da a lo hermoso, a la belleza en el paisaje sin vida, mientras caminaba hacia las duchas en Auschwitz narra de su percepción del lugar: “todo lo que vi en el trayecto resulto de mi agrado. Sobre todo, un campo de futbol que estaba en un claro, a la derecha, y que parecía estar en perfecto estado: con su prado verde todo bien cuidado y ordenado. En seguida nos pusimos a hacer planes: después del trabajo iríamos allí a jugar futbol”[16]. En el fondo, aún era un niño, aún conservaba cierta ingenuidad y cierto amor al juego, quizás sea esa misma fuerza infantil, su imaginación y su capacidad para volver a los días del pasado lo que le da la fuerza para resistir las vicisitudes de aquellos días.

Es increíble que cosas malas pasen, por lo menos eso es lo que se puede pensar mientras se tiene 15 años, es ese otro: el preso, es ese otro el que está confinado, pero al final se da cuenta que él se ha convertido también en otro, metido en aquella ropa de preso. Eso le pasa al narrador principal de ésta novela, al inicio es la negación, la imposibilidad racional de que algo de ese tamaño le esté pasando: pero luego, llega la naturalización del uniforme, del olor, de los hornos, y sin la posibilidad de pensar en ello, porque si pensaba en su realidad enloquecería antes de tiempo.

Casi que sin tener tiempo para reflexionar en lo que pasaba, los días fueron pasando y el hambre haciéndose más atroz, más implacable. Sus carnes van desapareciendo, haciendo de él y de sus compañeros unas esqueletos andantes; el trabajo duro hacía que su escape fuera la imaginación de estar en su casa, bajo el abrigo paterno. Pero aun así lo peor aún no había llegado. Las cosas cambiaron para mal muy de repente, y el joven se da cuenta que “non scolae sed vitae discimus” que no lo educaron para la vida: su crítica a la educación es fuerte, pues siente que lo prepararon para una vida muy distinta a la que le tocó vivir. Va sintiendo la diferencia entre un campo y el otro y va extrañando los días dorados en Buchenwald.

¿Cómo define a Auschwitz?: como un lugar de aburrimiento y espera. ¿Cómo se define el mismo frente a los alemanes después de haber pasado varios meses en los campos de concentración? Como un ser diferente, como un alguien distinto, porque: no, él no era como ellos, ya puede dar cuenta de ello. Al finalizar el libro, analiza cómo sucedieron las cosas, así sin esperarlas, casi que por casualidad, porque no existe el destino, porque fue como en la parábola de la rana que al ponerla en agua se le va subiendo la temperatura sin que pueda notarlo, hasta que se cocina: “Al reflexionar ahora sobre todas estas cosas comprendo que yo asistí a aquel proceso de manera gradual, acostumbrándome a cada fase sin verlo en realidad”[17] viviendo simplemente, con un firme deseo en el corazón: “El deseo de seguir viviendo por otro ratito más en este campo de concentración tan hermoso” [18].

La enfermedad le salva la vida, por azar, la fortuna juega a su favor al ponerlo en manos caritativas en el lugar más inhumano del planeta. En dónde se pone a prueba la humanidad misma, en donde el hambre hace de los hombres el más animal de los animales, porque no existe cosa peor que la escasez de alimentos: “Yo estaba por supuesto muy contento de que fuéramos libres, pero no podía evitar pensar que el día anterior no había ocurrido nada por el estilo pero teníamos sopa”[19].

El joven protagonista de esta historia, en medio de las torturas que se dan en un campo de concentración nazi, se hace hombre, pero prefiere ver las cosas bellas, prefiere recordar los buenos momentos, prefiere recordar a los amigos, los campos de fútbol al atardecer, el sabor de la sopa que lograba a veces mitigar el hambre, en definitiva en el campo de concentración, nuestro joven protagonista, aprende a ser judío.

Imre Kertész, sobrevive a la barbarie, sale con vida de Auschwitz, pero también logra ponerse en paz con su alma y los dolores de la posguerra para continuar viviendo. En el año 2002 gana el premio nobel de literatura y a la fecha ha trabajado como periodista, traductor, y productor de guiones cinematográficos, entre otros.

3. Reflexión

Hace algún tiempo llegó a mi esta pregunta: "¿Qué sentido tiene discutir de algo sólo por discutir, si no va a servir de nada por seguir haciéndolo, no entiendo qué sentido tiene que todos aquí sepan lo mismo y lo repitan?". Es el eterno dilema: ¿Para qué escribir más sobre los judíos si sobre ellos ya se han hecho cientos de películas, libros, ensayos? ¿Para qué decir cosas de las que ya se sabe tanto?

El problema básico de las humanidades y de todas las áreas que permean el pensamiento, la crítica y la discusión radican en esas preguntas, las personas que se dedican a cosas técnicas, algunas veces consideran que el pensamiento es volver sobre lo que ya está dicho, o que simplemente no sirve para nada, ven el cerebro como una herramienta para solucionar problemas, ya sea realizar un nuevo software, encontrar la cura a una enfermedad, sacar una muela, construir casas y puentes... todos conocimientos necesarios para la realización de la vida de los humanos y que tienen un fin práctico.

La filosofía, la historia y el arte no tienen nada de ello. Son completamente inútiles a los ojos de la técnica. Pero sin ellas no somos más que un orangután aprendiendo a usar herramientas. Lo que nos hace verdaderamente humanos es la capacidad de pensar, no solamente para solucionar problemas mecánicos sino por el simple placer de pensar. El negarnos a hacerlo es renunciar a nuestra propia humanidad y quedarnos como monigotes capaces de manejar instrumentos.

Pero esa es la herencia que nos dejó la revolución industrial y con ella la modernidad, la practicidad, la imposibilidad de ver la realidad y de conmovernos por el otro, el creer que los problemas del otro no nos incumben. Fue esa irreflexión la que llevó a los alemanes a ver con tranquilidad como asesinaban a millones de personas en las cámaras de gas. Porque pensar es un ejercicio y uno no puede correr una maratón sin haber entrenado previamente; eso le pasó a Alemania, creyó que ya habían hablado lo suficiente de asesinatos, de las trincheras de la Primera Guerra Mundial, que ya no había nada más que hacer, que todo estaba dicho y que no tenía sentido seguir hablando de lo mismo. Esa irreflexión los llevó a no tener con qué pensar en lo que les estaba pasando y se hundieron en lo profundo de las sombras. Sus cabezas no estaban preparadas para correr la maratón de pensamiento que debía darse a raíz del Holocausto. Su irreflexión fue el mayor logro de los nazis, quienes durante más de diez años les vendieron comodidad y banalidad para impedir que pensaran. Lo lograron y nos lo heredaron.

No hay mejor manera de manejar a la masa que haciéndola uniforme y carente de crítica, carente de humanidad. Los nazis lo lograron por medio de la educación. En la sociedad actual lo quieren lograr con la sociedad de consumo, la televisión, el cine, los centros comerciales y el querer vivir banalmente sin interesarse por estas cuestiones terribles, porque se ha vendido la imagen de que eso es un problema del otro y que nosotros, pobres, no podemos hacer nada. La sociedad de consumo quiere hacer de nosotros unos incapaces de ver la otredad.

No es fácil responder a esa pregunta en un mundo que cada vez se niega más y más a ver de frente los monstruos que aquejan su propia humanidad, está latente el hacernos menos pensantes, menos críticos sin interés en mirar por la ventana de la realidad, porque como dice Bauman (1989)[20], se quiere mostrar un cuadro, y la realidad es eso: una ventana. Lo que se ve por ella no es completamente bello, pero si nos negamos a asomarnos la humanidad estará irrevocablemente en peligro. La ceguera es peligrosa y suicida si no pensamos en nosotros como personas dentro de una sociedad y no como entes individuales dentro de torres de marfil. La ceguera de la que Saramago (2003)[21] nos habla no es física, es la ceguera mental la que a él le preocupa la ceguera mental que trae consigo una inevitable ceguera moral.

Pensar y hablar de aquellas cosas terribles, volver sobre los hechos hace que no olvidemos, porque el olvido es lo que hace que no aprendamos de los errores. El mundo tiende a la irreflexión y una posición ética desde el pensamiento es no dejar que las cosas pasen banalmente. Como dice el filósofo argentino José Pablo Feinmann[22]: hay que buscar pensar, no ser pensados. Esa es la única explicación a esa pregunta, se diserta sobre lo mismo, porque nos negamos a ser pensados, porque es mentira que no se puede hacer nada, porque es mentira que el pensamiento no sirve para nada: sirve para hacernos humanos.

Referencias

Arendt, H. (2013). Eichmann en Jerusalén. (C. Ribalta, Trad.) Bogotá, Colombia: Desolsillo.

Bauman, Z. (1989). Modernidad y Holocausto. (A. Mendoza, Trad.) España: Sequitur.

Frank, A. (1962). Cuentos. (A. M. Fuente, Trad.) Barcelona, España: Plaza & Janés .

Frank, A. (1980). Diario de Ana Frank. (J. Cornudella, Trad.) Bogotá: Ediciones Nacionales Círculo de Lectores.

Hilberg, R. (2005). La destrucción de los judios europeos. (C. P. Aldao, Trad.) Madrid, España: Akal.

Kertész, I. (2003). Sin destino. (J. Xantus, Trad.) Buenos Aires, Argentina: Sol90.

Poliakov, L. (1954). Breviario del odio. Buenos Aires: Stilcograf.

Saramago, J. (2003). Ensayo sobre la ceguera. Madrid: Punto de lectura.

Notas

[1] Raúl Hilberg (2005) La destrucción de los judíos europeos. Madrid. Ediciones Akal, p.1347.
[2] León Poliakov (1954) Breviario del odio. Buenos Aires. Editorial Stilcograf, p.36.
[3] Ana Frank (1980) Diario de Ana Frank. Bogotá. Círculo de lectores, p. 135.
[4] Ana Frank (1962) Cuentos. Barcelona. Plaza & Janés, p. 58.
[5] Ibíd. p.70.
[6] Ana Frank (1980) Diario de Ana Frank. Bogotá. Círculo de lectores, p. 236.
[7] Ana Frank (1980) Diario de Ana Frank. Bogotá. Círculo de lectores, p. 267.
[8] León Poliakov (1954) Breviario del odio. Buenos Aires. Stilcograf, p. 111.
[9] Hannah Arendt (2013) Eichmann en Jerusalén. Bogotá. Debolsillo, p. 244-247.
[10] Ana Frank (1980) Diario de Ana Frank. Bogotá. Círculo de lectores, p. 232.
[11] Ibíd. p. 139.
[12] Ana Frank (1962) Cuentos. Barcelona. Plaza & Janés, p. 99.
[13] Ana Frank (1962) Cuentos. Barcelona. Plaza & Janés, p. 84.
[14] Ibíd. p. 87.
[15] Hannah Arendt (2013) Eichmann en Jerusalén. Bogotá. Debolsillo, p. 283-292.
[16] Imre Kertész (2003) Sin destino. Buenos Aires. Editorial Sol 90, p. 61.
[17] Ibíd. p. 104.
[18] Ibíd. p. 127.
[19] Imre Kertész (2003) Sin destino. Buenos Aires. Editorial Sol 90, p. 156.
[20] Zygmunt Bauman (1989). Modernidad y Holocausto. España: Sequitur.
[21] José Saramago (2003). Ensayo sobre la ceguera. Madrid: Punto de lectura.
[22] En su programa televisivo: Filosofía aquí y ahora en Argentina.
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