La gestión cultural independiente como herramienta de configuración para nuestra identidad y necesidad social
La gestión cultural independiente como herramienta de configuración para nuestra identidad y necesidad social
El Artista, núm. 18, 2021
Universidad de Guanajuato
Recepción: 14 Octubre 2020
Aprobación: 06 Julio 2021
Resumen: El presente trabajo busca hacer una reflexión sobre la gestión cultural independiente e identificar su estrecha relación con la generación de la identidad, responder el por qué podemos decir que funge como una herramienta social e incluso por qué es una necesidad dentro de la sociedad actual, pretende además exponer por qué se puede considerar así; abordar y contraponer el concepto propio de cultura y de gestión cultural, que permitan identificar a qué nos referimos cuando se habla de gestión cultural a través de un modelo independiente.
Palabras clave: Gestión cultural, gestión cultural independiente, cultura, identidad, sociedad, desarrollo.
Abstract: The present work looks to reflect about independent cultural managment and identify it's close relation with identity generation, to answer why can we say that it serves as a social tool and even why is it a necessity among our society. It pretends also, to expose why can we consider it this way; to address and contrast this particular concept of culture and cultural management, allowing us to recognize what are we referring to when we speak about cultural management though an independent model.
Keywords: Cultural management, independent cultural management, culture, identity, society, development.
¿Qué impulsa a la creación de un modelo de Gestión Cultural Independiente y cómo contribuye a la configuración de nuestra identidad y desarrollo social?
Los productos culturales presentan una gran variedad de aspectos distintivos, ello ha traído consigo la necesidad de desarrollar modelos y técnicas específicas para su gestión de acuerdo con necesidades particulares; ha sido precisamente este ambicioso fin lo que ha propiciado la búsqueda de una gestión alterna a la desarrollada por el estado, y por instituciones, que comúnmente suele ser producida por ‘obligación’ o responsabilidad intrínseca a organismos ‘de manera formal’ dentro del sector cultural, y de la cual en innumerables ocasiones los resultados han sido insuficientes y cuestionables en la sociedad contemporánea.
El interés por la comercialización de la cultura y por productos culturales es otro factor que ha ido en aumento, como parte importante de una creciente actividad económica; ello, ha incrementado también la disposición y necesidad de una gestión cultural independiente.
La Gestión cultural desde las instituciones
Bronislaw Malinowsky, señala que el hombre tiene varias necesidades que son cubiertas y satisfechas por instituciones sociales y culturales. Define que una institución es un conjunto de ideas, creencias, valores y reglas que condicionan las formas de intercambio social. "Le hemos dado el nombre de "instituciones" a estos grupos organizados, que están conectados con actividades de un propósito definido y que están invariablemente ligados por la referencia espacial al medio ambiente y al aparato material que regentan". (Malinowsky, 1939).
Cercano a Émile Durkheim, encuentra relación entre la cultura y los individuos, hace mención de que el individuo está condicionado y modelado con la cultura. Sustenta que la cultura responde más a las necesidades del individuo o de la sociedad, las formas culturales que se encuentran funcionalmente integradas satisfacen pues necesidades, plantea a la cultura como un instrumento para un fin y deriva del carácter integrador de la cultura su instrumentalidad.
Malinowsly, ve a la cultura como un patrimonio instrumental. Percibe que esta produce nuevas necesidades y que varían de acuerdo a cada sociedad, o a cada cultura; es a través de las instituciones, en forma organizada que se logra el satisfacer distintas necesidades. Son las instituciones de una sociedad las que ayudan de forma integrada a satisfacer las necesidades de sus miembros. Para Malinowsky, el conjunto de instituciones es la organización social.
Por otro lado, Eagleton, señala que “en el momento en que la idea de cultura se identifica con la educación y las artes, estas actividades confinadas a una escasa proporción de hombres y mujeres, adquiere más grandeza pero también queda empobrecida”. (Eagleton, 2001, p. 32). Podemos vislumbrar entonces un panorama rebasado, al pensar en las instituciones, por ejemplo educativas, como únicas proveedoras de lo cultural y artístico.
Para Ernest Gellner, conforme la nación premoderna da paso al Estado moderno, la estructura de papeles tradicionales ya no puede mantener unida a la sociedad, y “es la cultura, en el sentido de un lenguaje común, una tradición, un sistema educativo, unos valores compartidos y cosas de este estilo, lo que interviene como principio de cohesión social”. (Gellner, 1964).
En nuestros días, el desarrollo es éticamente justificable sólo si es sostenible cultural y ambientalmente y si se tienen en cuenta en su formulación las diferencias culturales. En este sentido, el desarrollo es positivo cuando se construye a partir de la negociación entre las distintas culturas y cuando se asegura que los procesos de planeación sean colectivos y expresen las identidades de los actores beneficiados.
De esta manera, el desarrollo deja de ser un fin en sí mismo y la cultura, en lugar de ser un medio para alcanzarlo, se reafirma como su finalidad última.
Podemos entender pues, que la cultura humana es el proceso y el resultado histórico de auto creación de los seres humanos como tales y de su mundo propio, desprendiéndose “lo cultural”, es decir, aquello que resulta “esencialmente a los sistemas simbólicos que permiten, darle nombre y ubicar el sentido del desarrollo socioeconómico y, por tanto, el sentido específico de la construcción de las diversas culturas humanas”. (De la Mora, 2010).
Uno de los principales desafíos ha sido definir qué es la gestión, qué es cultura, lo cultural y a qué nos referimos cuando unimos estos conceptos con el término “independiente”. Gestar, de acuerdo con el diccionario etimológico del español Joan Coronimas, es dar origen, generar, producir hechos. Su raíz latina, gerere, significa conducir, llevar a cabo (gestiones), mostrar (actitudes). De esta forma la gestión podría verse como el proceso por el cual se da origen a algo.
Alfons Martinell Sempere, señala que la gestión cultural tiene que ver con el fomento y reconocimiento de las prácticas culturales, la creación artística, la generación de nuevos productos, la divulgación con la promoción de los significados y valores de las expresiones culturales y la preservación de la memoria colectiva así como la conservación de los bienes culturales. (Martinell, 2005). Por otro lado, el término “independiente”, dentro de la gestión, si bien no se encuentra del todo referenciado, en el presente escrito se partirá de “la cualidad de ser autónomo, es decir, que no depende de otro” y en particular, no depende del sector gubernamental para su ejecución.
Martinell Sempere, sostiene que la gestión exige cierto gusto por la autonomía para decidir el curso de la acción, y libertad para resolver los problemas que emergen en la ejecución, se aproxima a una cierta creatividad en la búsqueda de alternativas e innovación, con sensibilidad de atención al exterior y a los procesos de su contexto. En particular en el sector cultural, gestionar implica una sensibilidad de comprensión, análisis y respeto de los procesos sociales en los que la cultura mantiene sinergias importantes.
La diferencia entre la gestión genérica (de cualquier sector productivo) se encuentra en la necesaria capacidad de entender los procesos creativos y establecer relaciones de cooperación con el mundo artístico en sus diferentes expresiones. Por lo tanto, se puede considerar que la gestión de la cultura, implica valorar los intangibles y asumir la gestión de lo opinable y subjetivo circulando entre la necesaria evaluación de sus resultados y la visibilidad de sus aspectos cualitativos que signifiquen y configuren valores compartidos entre la sociedad a fin de propiciar una reflexión y/o un pensamiento crítico. La gestión de la cultura debe encontrar referentes propios de su acción, adaptarse a sus particularidades y hallar un modo de evidenciar, de forma muy distinta, los criterios de eficacia, eficiencia y evaluación.
“El agente Estado interviene en nuestro contexto social de forma enérgica y contundente con procesos de legitimación de demandas y necesidades de la población y la institucionalización de organizaciones culturales” (Martinell, 2001).
Para presentar la realidad de la gestión cultural es necesario enmarcar el concepto de formación y profesionalidad en el referente más amplio de los procesos de configuración de las nuevas profesiones. Éstas no se desarrollan y configuran a partir de un proceso planificado en el que las instituciones formativas se dedican a preparar las nuevas figuras profesionales que la sociedad necesitará en el futuro, sino que emergen, en el mercado laboral de forma rápida, generando a su alrededor, un campo de necesidades y demandas que provocan la existencia de unos procesos de profesionalización y una oferta de empleo.
La Identidad abordada desde la profesionalización de la Gestión Cultural
No se puede abordar la gestión de la cultura, sin el gestor cultural, identificado como el eslabón que conecta las definiciones institucionales de las políticas públicas de cultura con la sociedad; se trata de un actor interesado en desarrollar actividades comprometidas con el desarrollo cultural de su entorno y los contextos en los que se desarrolla, en ese sentido su interés se basa en el fundamento ético, la incidencia en lo social, el entramado económico y el contenido estético de lo cultural.
El gestor cultural debe pues, someterse a una capacitación constante, para incorporar en su labor las nuevas herramientas que potencien sus actividades y fortalezcan los procesos culturales.
La redefinición de la gestión cultural y sobre todo independiente se hace necesaria en la modernidad, al surgir una crisis por la legitimidad. De acuerdo a Anthony Giddens, “el mundo de la modernidad reciente se extiende, mucho más allá del medio de las actividades individuales y de los compromisos personales. Para Giddens, se trata de un mundo repleto de riesgos y peligros al que se aplica de modo particular la palabra <<crisis>>, no como una mera interrupción sino como un estado de cosas más o menos continuo. Pero también se introduce profundamente en el corazón de la identidad del yo y de los sentimientos personales” (Giddens, 1997).
La sociedad actual, demanda cambios en los sistemas de gestión de las organizaciones de forma que se tornen más flexibles y accesibles, menos costosos y burocráticos, de fácil acceso y a los que han de poderse incorporar los ciudadanos en cualquier momento de su vida. Para dar respuesta a estos retos, deben revisarse las herramientas actuales y promover experiencias innovadoras en los procesos antecedidos por la reflexión del entorno y el tiempo.
Un momento de modernización, puede vislumbrase como una reorganización del espacio para la administración política. Cada hecho histórico significativo, nos puede llevar a ser parte de un momento de modernización. Con Michel Trouillot, aparecen otros términos en relación, como <<globalización>>, señala que, “lo que ahora llamamos globalización, y que a menudo reducimos a una mezcla de modas y consignas, es inherente a un cambio fundamental en la espacialidad del capital. Es decir, los procesos sociales en la modernidad no responden sólo a una racionalidad formal preocupada por la economía u optimización de medios sino a la solución de conflictos por motivo del choque de valores e intereses diversos. Por eso en la modernidad, los procesos sociales y culturales son procesos políticos que se deben resolver a partir de una confrontación dialógica.
No podemos entonces huir de la globalización, del movimiento y del “ajetreo”, es parte del ser moderno, pero es necesario generar procesos de reflexión tendientes a hacer conscientes aquellos mecanismos que delinean los horizontes de nuestras vidas, en este sentido, podemos cuestionarnos por nuestra identidad, por cómo se configura según la modernidad.
Ahora bien, el concepto de identidad acepta que las identidades nunca se unifican y, en los tiempos de la modernidad tardía, están cada vez más fragmentadas y fracturadas; nunca son singulares, sino construidas de múltiples maneras a través de discursos, prácticas y posiciones diferentes, a menudo cruzadas y antagónicas. Están sujetas a una hostilización radical, y en un constante proceso de cambio y transformación (Hall, 2003).
Nuestra identidad se va formando de manera anticipada, incluso antes de preguntárnoslo, sin embargo, se va moldeando con políticas en torno a una geografía determinada; tiene que ver con la creación de un lugar como una relación al interior de un espacio concreto, con las relaciones entre lugar y espacio y con la relación entre lugar y tiempo. Si bien, la modernidad conlleva a experimentar la vida personal y social como una “vorágine”, a encontrarnos y encontrar a nuestro mundo en perpetua desintegración y renovación, con conflictos y angustias, ambigüedades, contradicciones e ironías no desintegra nuestra identidad, sino más bien le suma singularidades que van configurándose de forma particular.
La identidad o identidades en la modernidad, carecen de solidez, se percibe fragmentada, y aunque bien podría ser esta última una característica de la propia identidad, el término más bien reconoce un desmoronamiento de la familia, el estado y la iglesia, instituciones que constituyen premisas base de la sociedad moderna. “(…) el debate actual sobre la o las identidades refiere al desvanecimiento de la jerarquía de identidades modernas y asegura que “una vez que la identidad pierde los anclajes sociales que hacen que parezca ‘natural’, predeterminada e innegable, la ‘identificación’ se hace cada vez más importante para los individuos que buscan desesperadamente un ‘nosotros’ al que puedan tener acceso” (Bauman,2005).
En resumen, la modernización tiene que ver también con la economía política, con una geografía de la administración que crea lugares: un lugar llamado Francia, un lugar llamado el tercer mundo, un lugar llamado el mercado, un lugar llamado la fábrica o, incluso, el lugar de trabajo” (Trouillot, 2011).
Las culturas son de algún modo sistemas, no necesariamente homogéneos y sin conflictos, que, sin embargo, constituyen de algún modo un todo ordenado. En segundo lugar, el de que las <> también de algún modo, constituyen entidades diferenciadas y acotadas. Y en tercer lugar, el que las sociedades cuyo estudio propició el nacimiento de la antropología como disciplina (en términos modernos, las sociedades del Sur) se caracterizan por una oposición fundamental entre <> y <> (Crehan, 2004).
“Las identidades sociales, solo cobran sentido dentro de un contexto de luchas pasadas o presentes: se trata, siempre según Bourdieu, de un caso especial de la lucha simbólica por las clasificaciones sociales, ya sea a un nivel de vida cotidiana, en el discurso social común, o en el nivel colectivo de forma organizada, como ocurre en los momentos de reivindicación regional, étnica, de clase o de grupo” (Giménez, 2005, p.92).
Siguiendo a Gilberto Giménez, la cultura se entiende como un proceso simbólico, nos menciona que, es un proceso de evolución según etapas definidas por los que se tiene que pasar obligatoriamente, aunque con un ritmo y velocidades diferentes marcados por cada grupo y/o sociedad. Dentro del significado que Giménez le da a la cultura, incluye a los hábitos y a las capacidades adquiridas por la sociedad, y estos hábitos y capacidades mencionadas, son también factores sociales necesarios dentro del proceso para el desarrollo social.
El ser social, crece y se desenvuelve en comunidades, toma una línea, y es cuando se presenta el sentimiento de pertenencia, el cual es exactamente la línea que se sigue, cuando una persona nace en un lugar, tiene contacto con la comunidad y su entorno, crece observando y adhiriendo todo lo que ve, escucha y pasa en dicha comunidad. Este sujeto adquiere las llamadas “costumbres”, “tradiciones”, “códigos” o “signos” y esto provoca un sentimiento que, aunque el sujeto se retire o abandone la comunidad, sigue siendo su referente colectivo, o “habitus” de los que habla Bourdieu. Las colectividades entonces, son las líneas que forman el proceso para una constante y cambiante formación de la identidad cultural. Es importante recordar que el término cultura, es un concepto vivo y evolutivo por lo que la identidad cultural también tiene cambios constantes, pero sin desprenderse absolutamente de los grupos o comunidades ya abandonadas.
Se necesita tener bien definida cuál es nuestra identidad cultural para fortalecerla, transformarla y mantenerla. Aunque el concepto identidad cultural es dinámico y evolutivo, tenemos que tomar en cuenta los elementos que determinan la identidad cultural para trabajar en cada uno de ellos, tales como los instrumentos de comunicación entre miembros de una comunidad, sus relaciones sociales, comportamientos colectivos, sistemas de valores, creencias, entre otros. Recordemos que estos elementos, por ser productos de la colectividad, serán defendidos y conservados de generación en generación hasta que exista un valor o creencia más fuerte que las motive a transformar esa identidad que las distingue culturalmente.
Nuestros grupos sociales, definen nuestra dimensión social de la identidad; de acuerdo con Giménez, las representaciones sociales, traen consigo una representación de nosotros mismos; “la identidad social se define y se afirma en la diferencia”, busca apoyarse en criterios y en rasgos distintivos.
La memoria colectiva, se liga entonces a un “soporte de un grupo determinado en el espacio y tiempo”, compartida de manera grupal pero autónoma; vivida por un grupo y a semejanza de nosotros mismos, puede entonces, existir una memoria individual que forma la colectiva.
“Los seres humanos inventan un espacio imaginario, totalmente simbólico, y anclar ahí sus recuerdos” (Giménez, 2005).
Por otro lado, Néstor García Canclini, mantiene que si la dimensión cultural de nuestras vidas se moviliza fuertemente en los periodos de grandes mutaciones, es sin duda porque el espacio simbólico, el de las representaciones que nos proveen un orden posible de las cosas resulta un espacio decisivo, tanto para la tensión como para la resolución de tensiones. La cultura no escapa, -por el contrario expresar las fracturas y tensiones que nutren a la sociedad en esta etapa del proceso de globalización. La dimensión cultural, bien puede actuar como puerta de apertura a nuestro crecimiento y desarrollo o de cierre a esas oportunidades; de emancipación, como de repliegue y de integración como de fragmentación.
El diseño y desarrollo de nuevas políticas culturales para este siglo reclamará un nivel de toma de decisiones mucho más fundamentadas y rigurosas que las que se han tomado hasta este momento. De esta manera el mismo sector necesita diseñar proyectos basados en estudios más profundos que la intuición de los representantes políticos o de los técnicos con más o menos experiencia.
Cultura y economía
De acuerdo a datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía el sector cultural tuvo un participación de 3.2 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) nacional durante 2018, con un monto de 702 mil 132 millones de pesos. De acuerdo con los datos de la Cuenta Satélite de la Cultura de México 2018, una medición que constituye una fuente de información económica y un acervo estadístico para apoyar la toma de decisiones sobre esa industria, el incremento más alto se registró en 2016 con una tasa de 10 por ciento.
De acuerdo a la interpretación de datos, los hogares, el gobierno, las sociedades no financieras y los no residentes en nuestro país, entre otros, realizaron un gasto en bienes y servicios culturales por un monto de 881 mil 679 millones de pesos durante 2018. Cabe señalar que, este consumo se concentró en la adquisición de medios audiovisuales, artesanías y la producción cultural propia de los hogares, con 78.3 por ciento del gasto total en cultura.
Conclusiones
Resulta entonces pertinente, un quehacer cultural no solo para reafirmar nuestra identidad, sino también, porque se hace necesaria una administración de lo cultural fuera de la función pública, no a manera de rebeldía, sino como una contribución al desarrollo de la sociedad, económico, pero sobre todo humano, que permita la oferta de una cultura holística y no fragmentada, libre y no impuesta.
Un proceso de gestión de la cultura asume que los cambios logrados no deben ser momentáneos, sino permanecer y perdurar en el tiempo. Esto será posible cuando los cambios logran involucrarse en la cultura de forma significativa y reflexiva, es decir, cuando se crean y propician a conciencia de un bien constante. Si los cambios se buscan con el propósito de dar respuesta a una exigencia y se observan como una conveniencia, su carácter corre el riesgo de ser efímero y momentáneo, incapaz de estructurar un proceso de calidad, pues un proceso falto de sentido no podrá generar transformaciones lo suficientemente fuertes que puedan incorporarse a la estructura y al orden social.
El concepto de <<Cultura>> es amplio, poco delimitado, y transmutador; quizá uno de los retos principales al que se sigue enfrentando la cultura como tal es a tener sus propios límites y más allá de ello a tener una definición que permita un punto de partida para estudiosos, situar el término en una posición flexible.
El término, con el paso del tiempo ha sufrido adaptaciones, cambios en su significado y representación a medida del desarrollo de la sociedad misma. Por otro lado, interrogarnos sobre qué es el gestor cultural y cuáles deben ser sus capacidades y cualidades va más allá de un ejercicio técnico. Supone desde nuestro punto de vista relacionar el ejercicio de la política, las transformaciones de la cultura y los procesos de conocimiento de nuestro tiempo para tratar de dar con las claves que nos permitan comprender la importancia de este actor social. Nuestra época vive encrucijadas que han caracterizado la modernidad desde hace cuatrocientos años y pero también ocurren procesos que le son propios.
Resulta pertinente añadir que la cultura de un país juega un papel determinante en el desarrollo de los seres humanos, sin importar la condición social o económica que estos tengan; siempre el factor cultural está inmerso en su desarrollo conductual, social y económico, que de una u otra manera influye para que las personas alcancen un nivel de vida acorde a sus condiciones donde se desarrollan. El Estado debe trascender en trabajar por la formulación de políticas culturales que fortalezcan o transformen áreas importantes como los modos de vida, las formas de convivencia, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias, a pesar de que entidades independientes trabajen por su cuenta o de manera coordinada.
El tema del desarrollo, como el de las políticas culturales, solo puede ser pensado entonces como imaginación de la democracia, fortalecimiento de las instituciones políticas (más ágiles y eficientes) y constitución de nuevas formas de la ciudadanía.
La gestión cultural, no se rige por reglas dictadas sino por un ejercicio de pensamiento y responsabilidad en función de un objetivo. Gestionar podemos decir que, es definir estrategias que tienen en otros sujetos –individuales a colectivos- su contraparte. Es, por tanto, un ejercicio dialógico en el que hay que tomar decisiones que minimicen los daños o incluso que potencien los efectos.
Una política cultural democrática debe empezar por escuchar a todos los sectores y promover la mayor participación social posible. La gestión cultural independiente tiene el derecho de ser reconocida y apoyada por el estado sin exigencias de adhesión partidaria o ideológica de ningún tipo. Y tiene, también, la obligación de profesionalizar su gestión, crecer en convocatorias de público y en calidad de propuesta
Diana Angélica Sánchez Hernández, originaria de León, Gto., es licenciada en Cultura y Arte por la Universidad de Guanajuato, campus León, egresada del posgrado de Nueva Gestión Cultural en Patrimonio y Arte por la misma institución y se desarrolla laboralmente en Grupo Multimedios dentro del área de producción de televisión y de prensa escrita. Ha participado en la creación y logística de eventos, destacando en la coordinación de proyectos artísticos y culturales a través del Colectivo ProvocArte por más de tres años, en colaboración con instituciones públicas y privadas.
REFERENCIAS
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