Notas sobre los espacios de sociabilidad: Morelia durante la segunda mitad del siglo XIX
Notas sobre los espacios de sociabilidad: Morelia durante la segunda mitad del siglo XIX
El Artista, núm. 18, 2021
Universidad de Guanajuato
Recepción: 13 Mayo 2021
Aprobación: 01 Septiembre 2021
Resumen: En las siguientes líneas nos proponemos examinar el uso novedoso, distinto al tradicional-virreinal, que se hizo de los espacios públicos y privados en la ciudad de Morelia en la segunda mitad del siglo XIX, y los valores sociales generados a partir de las fiestas colectivas, donde se cultivó, entre otras cosas, lo nacional como necesidad de identidad, lo cultural, al convertir el espacio público y privado en sala de expresión artística, y lo religioso, que se fortaleció ahora con componentes modernos ―festivos― propios de la época.
Palabras clave: espacio urbano, fiesta colectiva, música, sociedad y cultura, expresión artística.
Abstract: In the following lines, we propose to examine the novel use, different from the traditional, that was made of public and private spaces in the city of Morelia in the second half of the 19th century, and the social values generated from the collective festivals, where, among other things, the national was cultivated as need for identity, the cultural, by turning the public and private space into a room for artistic expression, and the religious, which was now strengthened with modern components ―festive― typical of the time.
Keywords: urban space, collective party, music, culture and society, artistic expression.
Introducción
Los espacios urbanos se utilizan ―o reutilizan― con fines específicos de acuerdo con parámetros de la sociedad que construye, en torno a ellos, significantes de identidad acordes a valores de una época determinada. En otras palabras, al espacio público, pero también al privado en cierta medida, le ocurre un proceso de resignificación que puede verse en el ámbito urbano con claridad suficiente, a partir del estudio del festejo colectivo. Es evidente, por tanto, examinar la reconfiguración de los espacios histórico-sociales durante la segunda mitad del siglo XIX, con signos determinantes durante el porfiriato, en el uso social y cultural de plazas, jardines, portales, teatros, patios de escuelas públicas, casonas de familias ricas o incluso, parajes arbolados, como puntos de convivencia, como centros de enlace con los valores de identidad, cultivados por necesidad social y fomentados a partir de la conmemoración colectiva.
De esta manera, en las siguientes líneas nos proponemos examinar el uso novedoso, distinto al tradicional-virreinal, que se hizo de los espacios públicos y privados en la ciudad de Morelia en la segunda mitad del siglo XIX, y los valores sociales generados a partir de las fiestas colectivas, donde se cultivó, entre otras cosas, lo nacional como necesidad de identidad, lo cultural, al convertir el espacio público y privado en sala de expresión artística, y lo religioso, que se fortaleció ahora con componentes modernos ―festivos― propios de la época. Es necesario advertir que el trabajo tiene por centro la música, actividad que se toma como eje del examen pues, de acuerdo con diversos estudios al respecto, tal actividad significó un punto de unión a partir del cual la sociedad construyó elementos de identidad, justamente, resignificando el espacio urbano. Como punto final, la importancia del trabajo radica en que, aún hoy, esos elementos construidos en aquella época permanecen y son signos de la identidad social y cultural.
La ciudad de Morelia y sus espacios públicos
Morelia se fundó un 18 de mayo de 1541. Su primigenio nombre fue Valladolid, y desde su planeación y asentamiento en el denominado Valle de Guayangareo, se concibió como una ciudad renacentista como otras similares creadas a lo largo del siglo XVI, de ahí la trama ortogonal donde la Plaza Mayor fungía como centro a partir del cual se diseñó el resto. De ese punto también partían cuatro calles principales, dispuestas en línea recta con otras más y con plazas y jardines menores.[1] De acuerdo con los usos y mandatos reales, el mismo ordenamiento arquitectónico determinaba una jerarquización social, puesto que en el centro de las ciudades residían los poderes civiles y eclesiástico, consistente en el edificio del gobierno virreinal y la iglesia mayor, donde se asentaba por lo general la máxima autoridad eclesiástica. Así mismo, en el primer cuadro vivían las principales familias de españoles, y siguiendo la tónica de la época, a mayor distancia de la plaza principal, mayor era la diferencia social.
La antigua Valladolid se consolidó hacia el siglo XVIII en tanto a sus emblemáticos edificios y espacios públicos, que hoy la determinan como una “ciudad colonial”. De hecho, al igual que otras ciudades mexicanas de importancia histórica relevante, la traza urbana poco cambió luego de la independencia, y hasta el porfiriato pudieron verse modificaciones urbanas significativas, aunque determinadas solamente por la intención por ajustar algunas calles a nuevas disposiciones generadas por la modernidad, como la construcción de drenajes, nuevas vías de comunicación, apertura de nuevos espacios urbanos destinados a la convivencia social, entre otras cosas, en más, la traza colonial se mantuvo y varios de los edificios construidos o remodelados en la segunda mitad del siglo XIX, siguieron el orden neoclásico como bien se sabe,[2] sin romper necesariamente con la tradición colonial.
El proceso armado que inició Hidalgo en 1810 no afectó la ciudad en su estructura arquitectónica, ya que en el seno de la misma nunca ocurrieron batallas sino más bien escaramuzas bélicas menores, pero con el proceso de construcción del Estado mexicano, traducido en problemas políticos, primero entre centralistas y federalistas hasta al menos la década de 1840, y luego entre liberales y conservadores, conflicto que no se solucionó hasta 1867 con el triunfo definitivo de los segundos, no olvidando dos invasiones extranjeras ―la norteamericana entre 1846 y 1848 y la francesa entre 1863 y 1867―, los espacios públicos y aun los privados sufrieron de un olvido que provocó un deterioro evidenciado en informes oficiales y, particularmente, en la prensa local.
Ejemplo de lo anterior es el Teatro Ocampo.[3] Construido entre 1828 y 1829, se convirtió en el espacio por excelencia de presentaciones artísticas diversas y como sitio de reunión social, no obstante, derivado de los continuos problemas políticos y enfrentamientos militares ocurridos a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, el emblemático inmueble fue descuidado a tal grado que el techo colapsó y parte de su estructura se deterioró significativamente. Fue solo hasta la década de 1870 que pudo darse un proyecto de remodelación completa, que revivió el Ocampo para posicionarlo como el mayor espacio de expresión artística, social y cultural en Morelia, floreciendo en su máximo esplendor durante el porfiriato.[4]
La remodelación del Ocampo coincide con la llamada República Restaurada (1867-1876). Se trató de un período de reconstrucción del Estado mexicano en lo político y lo económico, pero también en lo social, donde la cultura jugó un papel relevante. La literatura, por ejemplo, sirvió como vía de construcción de una noción de propiedad con respecto al país heredado del proceso independentista.[5] Esto mismo ocurrió con la música, misma que, como sostiene el musicólogo Elie Siegmeister cuando reflexiona sobre el arte y sus funciones sociales, sirvió además como elemento de unión de todos los sectores que emergieron del doloroso proceso de emancipación con respecto a España.[6] Justamente, las actividades que involucraban actos literarios o musicales ocurrieron en espacios que requirieron atención, por lo cual fue necesario un proyecto de remodelación en algunos casos, y de reconstrucción en otros, de los espacios públicos que, desde entonces, fueron distintivos de una sociedad que emergió a la vida republicana en la imperiosa necesidad de emular a naciones que, en la segunda mitad del siglo XIX, eran ejemplos de modernidad, tales como Francia, Inglaterra, Alemania o la propia España.
Para entonces y siguiendo la tradición virreinal, la ciudad de Morelia aparecía organizada y estructurada en cuarteles, que albergaban todo el entramado social que convivía bajo cuatro de estos, emulando a los puntos cardinales. En el primer cuartel se ubicaban la Plaza de la Paz, la Catedral, la Plaza de los Mártires, los portales Allende, Aldama y Matamoros, el Palacio de Justicia, la cárcel penitenciaria, el templo de San Agustín y su mercado, la Academia de Niñas, el Palacio Municipal, el Monte de Piedad, el templo de la Merced, la Plazuela de Carrillo y la de la Soterraña, las capillas del Prendimiento, Santo Niño, Soterraña y la de Santa Catarina. En el segundo cuartel estaba el Palacio de Gobierno, los portales de Iturbide e Hidalgo, el Colegio de San Nicolás, el templo de la Compañía, la Escuela de Artes y Oficios, la plazuela y templos del Carmen, las Rosas y la estación del ferrocarril. Por su parte, en el cuartel tercero figuraba el hotel antiguo de Michoacán, la plaza y templo del señor San José, el templo de las Monjas Catarinas, el cuartel de las tropas federales, los colegios de Guadalupe, el Seminario Tridentino y el de San Ignacio y la garita de Santiaguito. Finalmente, en el cuarto se encontraban el Hotel Oseguera, que aparece mucho en la época porfirista como espacio de fiesta pública, el Templo de la Cruz, el templo y mercado de San Francisco o de la Constitución y la plazuela de Capuchinas, el Hospital Civil y el templo de la Columna;[7] hacía 1895 se establecieron los cuarteles 5º y 6º con los barrios de San Juan y Guadalupe respectivamente.
El proyecto de “embellecimiento urbano” vino por parte del Estado alrededor de 1868, y fue encargado a Guillermo Wodon de Sorinne, arquitecto belga avecinado entonces en Morelia[8]. Entre otras cosas, se repensó el Bosque de San Pedro ―ubicado al Oriente de la ciudad― como un espacio de convivencia social, de ahí que llevaran a cabo acciones de remodelación del sitio en particular, así como sus calles aledañas, convirtiéndose desde entonces en lugar de esparcimiento y diversión, y donde las familias de la alta sociedad moreliana construyeron casas de campo donde pasaban fines de semana o días festivos. Se remodelaron también las fuentes de las plazuelas de San José y Las Rosas y, en ésta última, se niveló el piso de todo el jardín y se plantaron árboles para convertirlo, como lo es hasta el día de hoy, en uno de los espacios predilectos de la sociedad moreliana. La Plaza Mayor, conocida como de los mártires por el fusilamiento en 1830 de varios jóvenes simpatizantes del federalismo, fue objeto de la mayor remodelación urbana del proyecto encabezado por Wodon de Sorinne. Se reestructuró prácticamente todo el jardín y se construyeron cuatro fuentes, y como prueba del ánimo social por embellecer los espacios de convivencia, los mismos vecinos donaron plantas de todo tipo logrando revivir el centro de Morelia como el eje de las actividades sociales.[9]
En resumen, para 1883 existían en la antigua Valladolid 21 templos y capillas, 3 colegios, 9 escuelas públicas, 2 teatros, 14 plazas y plazuelas y una plaza de toros,[10] y en todos ellos la sociedad centró sus actividades colectivas en un contexto propicio para consolidar una noción del ser nacional. El espacio entonces se resignificó. A partir de diversas fuentes de la época, sobre todo hemerográficas, se ha logrado observar la manera en que, a partir del festejo público, la propia sociedad literalmente salió a los distintos paseos urbanos las tardes de los jueves y domingos, así como los días festivos, que fueron en cantidad significativa mayores al periodo virreinal, impulsados por la urgencia de socializar, necesidad no cubierta del todo en las décadas posteriores a la independencia debido, sobre todo debido a los continuos conflictos políticos muchas veces derivados en guerras. Fue así que, al primer momento de paz importante, que fue la referida República Restaurada, la sociedad se vertió a los distintos paseos y los hizo suyos en un interesante proceso de apropiación, y no bastaron los espacios urbanos de uso tradicional: plazas y jardines, teatros, portales y una calzada denominada de Guadalupe, sino que hubo que preparar también zonas arboladas y cauces de ríos aledaños a la ciudad, como uno que ya desapareció pero que entonces existía en la Loma de Santa María, al Sur, o en el de San Juan, en la salida Norte de la ciudad, donde la gente solía bañarse el 24 de junio, precisamente, en el onomástico del santo que daba nombre al cauce de agua.[11]
Es posible afirmar que la misma sociedad provocó que el Estado atendiera la remodelación de los espacios urbanos, asunto interesante y significativo que ocurrió de forma similar en otros puntos del país, teniendo la ciudad de México como ejemplo a seguir en la consolidación de los sitios de convivencia social.[12] Ahora bien, en todos estos puntos urbanos y en no pocos privados, hubo necesidad de un elemento de cohesión social que llevó a la construcción de una identidad colectiva, y ese elemento fue la música.
Es hora de divertirse
Para la segunda mitad del siglo XIX los espacios urbanos habían sido objeto de atención por parte del Estado, quedando dispuestos como puntos de reunión social. Pero mayormente el proceso de sociabilidad permeo con fuerza durante el extenso período de gobierno de Porfirio Díaz. En efecto, durante los años que van de 1876 a 1911, la sociedad mexicana experimentó un intenso proceso de construcción de una identidad que, empero, recibió del exterior elementos culturales que la moldearon de forma particular. Así, las expresiones colectivas tuvieron en la música, la literatura y en diversas manifestaciones cotidianas, como las modas en el vestir, el cine, la comida, el circo, la pantomima y hasta el espiritismo, una importante influencia europea, aunque en ese entramado, la tradición local pudo verse en la música, con el son y el huapango y en general la canción ranchera, que ya apuntaba a un nacionalismo a partir de letras de canciones con temas propios de la realidad de cada región de México,[13] y lo mismo ocurría en la poesía de autores mexicanos y, en general, en la incorporación de elementos locales a la tradición que se esparcía, principalmente por los medios de difusión que podríamos considerar, masivos, como la prensa y el cinematógrafo; el primero de larga tradición [14], el segundo de catadura moderna que impregnó fuertemente la sociedad mexicana desde la década de 1890,[15] sin olvidar el fonógrafo y el gramófono, que hicieron lo propio desde los primeros años de la década de 1900.[16]
Las influencias recibidas se mezclaron con la propia tradición derivada de los hechos históricos vividos durante el siglo XIX, nos referimos, por ejemplo, al festejo cívico. Desde el Congreso de Chilpancingo se estipuló que el 16 de septiembre habría de celebrarse como la fecha fundacional de la nación mexicana; de hecho, fue el propio José María Morelos quien estableció, en sus Sentimientos de la Nación, que debía conmemorarse la fecha pues a partir de entonces la nación había abierto los labios a la libertad.[17] Posteriormente, cada momento político coyuntural se consideró e incluyó como parte del calendario cívico-festivo. Habrían de incorporarse fechas como el 30 de septiembre para el caso concreto de Morelia, por el natalicio del héroe insurgente José María Morelos y Pavón, el 5 de febrero por la promulgación de dos constituciones, la de 1824 y la considerada de catadura liberal de 1857, el 5 de mayo por la histórica batalla contra los franceses en Puebla en 1862, y el 2 de abril por el triunfo definitivo del ejército republicano nuevamente contra el francés, en 1867, en cuyo caso, Porfirio Díaz habría de ser el héroe militar. Decir finalmente, que durante el porfiriato también se celebraba el 27 de septiembre, fecha que marcó el nacimiento de México como nación independiente con la entrada, a la ciudad de México, del Ejército Trigarante.[18]
La fiesta cívica fue el mayor festejo, primero, porque significó una fiesta colectiva que importaba a todos sin excepción ya que la patria era un bien común, segundo, porque paulatinamente fue construyéndose un amplio calendario donde quedaron comprendidos espacios urbanos de festejo colectivo con cierta particularidad, y así mismo, se establecieron modos de diversión concretos, desde audiciones y serenatas con banda de música, hasta conciertos con orquesta y veladas literarias llevadas a cabo en el mencionado Teatro Ocampo, o corridas de toros en una plaza construida ad hoc desde 1844.[19]
El modelo de la fiesta cívica, construido hacía la segunda mitad del diez y nueve es específico y vale la pena mencionarlo, en particular por ser determinante del uso significativo del espacio urbano.[20]
Por norma debía formarse una “junta patriótica”, misma que debía formarse, por costumbre, por ciudadanos honorables, lo que casi siempre se hacía en Morelia con personajes vinculados con las esperas del poder político y económico. Con algunos días de antelación se realizaba el bando cívico de estricto carácter público, que no era otra cosa que el anuncio con la “pega” de los cartelones con el programa de las fiestas patrias en cada ocasión de festejo. Para esto se realizaba un breve desfile presidido por las autoridades locales y estatales, quienes custodiaban los símbolos patrios toda vez que las músicas de viento hacían lo propio, amenizando el evento con el estruendo de marchas militares, un género triunfalista en suma apropiado para ocasiones como la referida, donde era menester exaltar el valor patriótico, una de las funciones esenciales de la música recordando al citado Siegmeister.
El formato del festejo cívico ya fuese el 5 de mayo o el 16 de septiembre, el formato era similar. Al alba, las músicas tocaban por las calles de la ciudad mientras que en las iglesias se tañían las campanas; eso anunciaba el inicio del festejo e invitaba al público a unirse al mismo. Entre las nueve y las diez de la mañana se realizaba un acto donde se “solemnizaba” la fecha para darle la importancia debida. En Morelia hubo dos espacios al respecto. Uno era en la plaza denominada Morelos. Ubicada en el oriente de la ciudad, frente al Bosque de San Pedro, dicho lugar se usó en ocasiones para hacer el acto protocolario de la fecha cívica, pero comúnmente, fue en el portal Matamoros, a un costado de la Plaza de los Mártires, donde se organizaba el acto que incluía piezas de música, por una banda de viento o una orquesta, una o varias poesías, odas o himnos, y el obligado discurso oficial. En este caso y en todo festejo cívico, la plaza o el portal, y también la calle, eran espacios referentes del nacionalismo en ciernes donde el grueso de la sociedad participaba. En efecto, luego del acto solemne se realizaba el desfile que tenía el carácter de cívico-militar. Era común en este caso, la participación social con niños de escuelas públicas, gremios de artesanos y comerciantes y desde luego, las fuerzas militares, de la entidad y del gobierno de la República. Aquí, las músicas de viento hacían su participación ejecutando principalmente marchas a lo largo de la principal avenida de la ciudad, la entonces nombrada Calle Nacional o Calle Real.
Al final del desfile solían ubicarse las músicas en diversos parajes urbanos, principalmente en la Plaza de los Mártires, Las Rosas, el Jardín Azteca contiguo a la Calzada de Guadalupe, y en ocasiones también en el ya citado Bosque de San Pedro, espacios que se convirtieron en salas de concierto al aire libre por horas, puesto que por la tarde y el resto del día la música acostumbraba a tocar hasta que, a eso de la media noche, se quemaban “fuegos de artificio”. Lo interesante en el tema que nos ocupa es que aquellos espacios tomaron un nuevo sentido como ya se dijo, en el proceso de construcción de una identidad propia, adjunto al hecho de fortalecer los vínculos entre los distintos sectores de la sociedad moreliana, a partir de lo cual quedaron determinados elementos de esa identidad que aun hoy se conservan y que no son exclusivos de Morelia, ya que el proceso ha sido similar en el resto del país, al menos en las ciudades centro de cada entidad. Importa decir en este caso, que, gracias al festejo patrio y el resto de las celebraciones que involucraban a la sociedad en general, se disimulaban las diferencias sociales, es por esto por lo que Octavio Paz escribió que la fiesta solía hacer a todos iguales.[21] Esto es en cierto punto verdad, misma que puede comprobarse a partir de las celebraciones porfiristas morelianas. Y es que, al momento de una audición por la tarde, o una serenata por la noche, lo mismo acudía el gobernador del estado, un diputado local o el más rico comerciante, que el campesino o el obrero. Desde luego, las diferencias de clase se percibían desde la forma de vestir o por la posición de cercanía al templete donde la música ejecutaba, pero el hecho significativo era que el fin de la fiesta favorecía la consolidación de una identidad social, mexicana, generando vínculos importantes entre los diversos sectores de la sociedad.
Dentro de la plaza principal se ubicaba el histórico kiosco, donde las músicas solían hacer sus actuaciones, siendo desde entonces un espacio de confluencia que completaba el cuadro del festejo cívico, que se extendía, sin embargo, a zonas arboladas como en el ya citado Bosque de San Pedro. En aquel paraje, distante a casi un kilómetro del centro de la ciudad, llegaron a organizarse carreras de caballos y una curiosa actividad de origen francés: las batallas de flores. Se trataba de todo un espectáculo donde las señoritas de la alta sociedad se lanzaban flores desde ligeras calesas, toda vez que alguna música amenizaba el evento por orden del gobierno local; pese a ser de élite, este tipo de eventos eran frecuentados por un público mayoritariamente popular, con referencia a sectores de clase media y especialmente aquellos en condición de pobreza, que era la mayoría en el México porfiriano. Las batallas de flores no era una actividad exclusiva de Morelia, más bien se emulaba a lo que ocurría cotidianamente en la Alameda central de la ciudad de México, que a su vez era una imitación de una actividad parecida llevada a cabo en las ciudades de Niza y Paris.[22] Esto significa que, como se decía al principio, la sociedad mexicana en general, buscaba referentes externos como ejemplos para construir la propia identidad nacional, un signo que fue examinado por el filósofo Samuel Ramos como reconocimiento a una reconocida superioridad cultural de Europa frente a la realidad histórica local.[23]
Como se ha hecho notar, la celebración cívica era el festejo colectivo más importante, y favoreció la convivencia al utilizar diversos espacios públicos como medio de vinculación social. Pero aquél no era el único motivo de festejo, ya que en el México porfirista las intenciones se desbordaron por lo que se hizo fiesta por casi todo aquello que involucrara el hacer patria, por lo que el entramado festivo incluyó salones, patios de escuelas y de teatros para dar salida a las necesidades de diversión de los distintos grupos que componían la población moreliana.
Uno de los festejos favoritos que gustaba organizar y publicitar el Estado eran las ceremonias de entrega de premios a las escuelas públicas. Siguiendo el lema orden y progreso, el régimen porfirista se empeñó por favorecer con todos sus recursos la educación en Michoacán. Siendo Morelia la capital del estado, ahí se concentraron importantes proyectos encaminados a consolidar un proyecto educativo que se pensó integral, esto con relación a “proporcionar una cultura general lo más amplia posible, sin descuidar ninguno de los aspectos del ser humano”.[24] Así, al finalizar cada período escolar, desde las escuelas de primeras letras, colegios de educación secundaria, y el histórico Colegio de San Nicolás, donde se había educado y sido regente Miguel Hidalgo, se organizaban ceremonias cuyo objetivo era el reconocer a los mejores estudiantes, aunque el ceremonial llevaba implícito el legitimar al Estado y su labor a favor de la educación. Fue común en este sentido que, en el patio de San Nicolás, se llevarán a cabo lucidas veladas literario-musicales donde se presentaba lo exitoso del proyecto educativo porfiriano, esto a partir de la exposición de las notas obtenidas por los alumnos más destacados, convirtiéndose cada evento en un acto público, de interés colectivo y sumamente publicitado, además porque era común que los alumnos galardonados participaran ya fuese con una poesía o una pieza musical pues, la música, en efecto, era un elemento de labor cotidiana formativa. Para esto, las músicas militares y los literatos locales hicieron “grandiosos” aquellos festejos, motivando el uso del espacio de manera similar al que tenía la plaza, el jardín, el portal, la calle y el bosque cuando se les utilizaba en el festejo patrio.
San Nicolás era el colegio emblemático de Michoacán desde la época colonial y en sus aulas se preparó la sociedad privilegiada, no obstante, a partir de que el gobierno de Michoacán se hizo de su control en 1847, en sus aulas se educaron jóvenes de diversos sectores, otrora ignorados, por lo que el colegio se convirtió en la segunda mitad del siglo XIX en un espacio de consolidación del proyecto liberal, vinculado este con la necesaria modernidad política pero también cultural, sin olvidar que esa referida modernidad tenía que ver, también, con los significativos adelantos tecnológicos, como el amplio desarrollo del ferrocarril, el telégrafo, la luz eléctrica y el teléfono, y hasta el arribo de la banca, elementos que remitían a un avance hacia la industrialización y la positiva consecuencia que se veía en países altamente desarrollados, tales como el vecino del Norte y en otros de Europa.[25]
Acorde a lo anterior, la fiesta y el uso de los espacios públicos como puntos de diversión coincidían con la construcción de una sociedad “civilizada”, mención que suele encontrarse de forma especial en medios periodísticos. Es relevante la forma en que en Morelia se llegaron a publicar bisemanarios como El Odeón Michoacano, La Lira Michoacana . Euterpe, por citar algunos, cuya característica principal era ser vehículos de difusión de valores que debían ser base para consolidar la sociedad michoacana, que debía evolucionar hasta consolidarse y estar a la altura de otras sociedades, consideradas de primer mundo. Euterpe, por ejemplo, una revista de variedades dedicada con especial signo a la mujer michoacana, fungió como un espacio de transmisión de la vida musical y cultural de Morelia. Su editor, el licenciado Ramón Martínez Avilés, quien además profesaba el oficio de músico, organizó, desde la década de 1860, una orquesta de calidad extraordinaria, y posteriormente, una organización ciudadana cuyo objetivo era el fomento de valores sociales acordes a ese orden y progreso, tan pretendido por el régimen porfirista. Los editores de Euterpe estaban seguros que la amplia difusión de la música de concierto europea, especialmente del clasicismo alemán, habría de favorecer la consolidación de una sociedad correcta. Por esto se decía con insistencia que había que difundir con toda amplitud a Haydn, Beethoven y a Mozart al menos, pues el seguimiento y disfrute de la obra de aquellos compositores era construir una sociedad altamente civilizada.[26]
En efecto, en Morelia el ideal europeo se seguía con atención por el grueso de sus habitantes, pues en las audiciones y serenatas públicas en plazas, jardines y hasta en las verbenas del Bosque de San Pedro, los programas se estructuraban siguiendo formas musicales, precisamente europeas, entre estas, se ejecutaban oberturas, arias de óperas famosas, sobre todo de Verdi, valses, schottisch y las tradicionales polkas y alguna canción también. Esto significa que se daba cabida a formas sencillas de lo complejo de la tradición de concierto, signo que puede atribuirse a la hipótesis de que la sociedad mexicana, desde el siglo XIX, ha sido de hábitos sencillos en las formas de diversión, y en el gusto también ocurre el consumo de música también de baile.
Lo anterior puede verse en diversos ejemplos festivos de la colectividad moreliana, especialmente aquellos relacionados con las prácticas populares, esto es, la fiesta de las mayorías. Al respecto, fue común en Morelia la realización de bailes o lo que comúnmente se denominaba jamaicas.[27] Se trató de momentos de fiesta organizados como negocio por algún empresario en salones preparados ad hoc, como el ubicado en pleno centro de la ciudad en el Hotel Oseguera, el que antiguamente fue el hospital de San Juan de Dios. En ese lugar, cotidianamente, se contrataba una orquesta y se cobraba un boleto de entrada, teniendo en cada ocasión una asistencia sobre todo de la juventud moreliana, que acudía a divertirse practicando el baile, un modo de esparcimiento que, se sabe, había sido ampliamente censurado desde que los sones o las genéricamente denominadas “canciones del país” aparecieron a finales del siglo XVIII.[28] Pero la sociedad había cambiado, y para la época porfirista también se organizaban corridas de toros, peleas de gallos, funciones de circo y de cine con cierta cotidianeidad.
La fiesta brava era una herencia hispana, y aunque férreamente criticada hasta su clausura temporal en 1888, fue tal el arraigo que la gente llenaba la plaza en cada festejo, lo mismo cuando la plaza de toros se ocupaba en actos de circo, de prestidigitación o de elevaciones en globo aerostático.[29]
Queda un espacio de festejo extraordinario, los interiores de templos y capillas y sus atrios aledaños.[30] En estos lugares, siguiendo el calendario religioso, ocurrían los festejos cuyo centro eran las conmemoraciones a santos y vírgenes. Lo interesante en lo que nos ocupa, es que, a diferencia del pasado virreinal, el festejo religioso se diversificó en dos evidentes formas. Al interior del templo la fiesta sacra, al exterior, ya fuera en los atrios o plazas contiguas a los recintos católicos, se daba la fiesta profana, con música de viento, kermesse con comida tradicional y diversas expresiones culturales. Esto inauguró de hecho, una nueva forma de conmemorar la religión, costumbre que se mantiene actualmente.
Finalmente, queda decir que el centro de unión, que fue la música, se cultivó gracias al apoyo del Estado en la apertura de escuelas de música públicas, y el fomento de otras de carácter privado. En Morelia, el arte de Euterpe[31] se enseñó en el Colegio de San Nicolás desde 1869, en la Academia de Niñas a partir de 1885 y en la Escuela de Artes y Oficios al crearse, en 1887, su academia de música.[32] Esto favoreció la creación de músicas de viento, orquestas y diversos grupos de cuerda, que amenizaron sendos festejos sociales cuya intención era el fomento a la creación de una identidad necesaria. Y aunque el Estado y los sectores de poder generaron proyectos de fomento de una determinada línea de desarrollo social-cultural, la sociedad en su conjunto, y coincido con Elie Siegmeister al respecto, fue quien impulsó el desarrollo desde abajo, de las artes, que fueron el fermento en torno al cual, se construyeron el importante nacionalismo mexicano.
Ricardo Alejandro Pérez Granados
Inició sus estudios musicales a los 14 años en la Escuela de Música Silvino Robles, ahora Escuela de Música de León. En el 2006 se titula como licenciado en Psicología por la Universidad del Valle de Atemajac, Campus León, continuando a la par con su formación musical en la batería. En el 2012 recibe la beca artística municipal “Apoyo a Jóvenes Creadores”. Desde entonces se ha desempeñado como músico de jazz participando con diversas agrupaciones en múltiples festivales a lo largo y ancho del país. Actualmente, a la par de su actividad como músico profesional, labora como responsable de actividades artísticas de la Universidad Iberoamericana León y en proceso de titulación de la Maestría en Nueva Gestión Cultural en Patrimonio y Arte por la Universidad de Guanajuato.
Alejandro Mercado Villalobos
Doctor en Historia por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Con adscripción actual en el Departamento de Estudios Culturales, de la División de Ciencias Sociales y Humanidades, Campus León, de la Universidad de Guanajuato.
Miembro del Sistema Nacional de Investigadores de CONACyT (nivel I) y Perfil Deseable SEP-PRODEP. Desarrolla el campo de estudio de la música, los músicos y espacios de actuación, fiestas y festividades, educación artística.
Autor de cinco libros —en prensa actualmente el liberalismo político en Michoacán, 1851-1861 (2021)— y coautor en una veintena más sobre la temática expuesta, así como de artículos arbitrados en revistas especializadas y en algunas de difusión histórica. A la fecha, es editor de la revista El Artista. Se han impartido diversas ponencias en seminarios y congresos nacionales e internacionales.
Referencias
Arreola Cortés, Raúl (2001), Breve historia del Teatro Ocampo, Colección Nuestras Raíces No. 8, Morelia, Morevallado Editores.
Euterpe. Revista quincenal de música, literatura y variedades (1892-1894), Morelia, Imprenta del gobierno en la Escuela de Artes.
Bolaños Martínez, Raúl, “Orígenes de la educación pública en México”, en: Solana, Fernando, Cardiel reyes, Raúl y Bolaños Martínez, Raúl (Coordinadores) (2010), Historia de la educación pública en México (1876-1976), 2ª ed., México, Fondo de Cultura Económica.
Cerrillo (2018), Cardinales musicales. Música para amar a México, México, Plaza y Valdes Editores.
Cortés Zavala, María Teresa (1989), “El recuento educativo, cultural, artístico y científico del siglo XIX”, en: Florescano, Enrique, Historia General de Michoacán, siglo XIX, Morelia, México, Gobierno de Michoacán, vol. III.
De Jesús Torres, Mariano (1894), La Lira Michoacana, Morelia, Imprenta del redactor.
____________________ (1991), Costumbres y fiestas morelianas del pasado inmediato, Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.
De la Torre, Juan (1986), Bosquejo histórico de la ciudad de Morelia, Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.
Díaz Frene, Jaddiel (2016). A las palabras ya no se las lleva el viento: apuntes para una historia cultural del fonógrafo en México (1876-1924), Historia mexicana, LXVI: 1. México: El Colegio de México, pp. 257-298.
Galeana, Patricia (prólogo) (2013), Los Sentimientos de la Nación de José María Morelos. Antología documental, México, INEHRM.
González Navarro, Moisés (1990), “El porfiriato. Vida social”, en: Cosío Villegas, Daniel, Historia Moderna de México, México, Hermes.
Gutiérrez Guzmán, Jesús (2017), Orquesta Sinfónica de Michoacán. Orígenes, México, Secretaría de Cultura.
Leal, Juan Felipe et al. (2005), Anales del cine en México, 1895-1911, México, Voyeur.
Mercado Villalobos, Alejandro (2009), Los músicos morelianos y sus espacios de actuación, 1880-1911, Morelia, México, Gobierno del Estado de Michoacán.
________________________ (2015), La educación musical en Morelia, 1859-1911, Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.
Moreno Rivas, Yolanda (1979), Historia de la música popular mexicana, México, Alianza Editorial.
Paz, Octavio (2012), El laberinto de la soledad, México, Fondo de Cultura Económica.
Pineda Soto, Adriana (2004), Catalogo hemerográfico michoacano, 1829-1950, Guadalajara, México, CONACyT, Universidad de Guadalajara.
Ribera Carbó, Eulalia (2004), Trazos, usos y arquitectura. La estructura de las ciudades mexicanas en el siglo XIX, México, UNAM.
Ramos, Samuel (2002), El perfil del hombre y la cultura en México, México, Planeta mexicana.
Saborit, Antonio, Sánchez Prado, Ignacio M., y Ortega, Jorge (Coordinadores) (2010), La literatura en los siglos XIX y XX, México, CONACULTA.
Siegmeister, Elie, (2011), Música y sociedad, México, Siglo Veintiuno Editores.
José Alfredo Uribe Salas (1993), Morelia. Los pasos a la modernidad, Morelia, Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.
Vargas Chávez, Jaime Alberto (1997), La producción arquitectónica del ingeniero Guillermo Wodon de Sorinne en la Morelia del siglo XIX, AM. Arquitectura mexicana, México, Universidad Nacional Autónoma de México, núm. 5, pp. 65-70.
Notas