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Intérpretes culturales del siglo XIX: los “guías de turismo” no reconocidos
Cultural interpreters of the 19th century: the unrecognized “tourist guide”
Intérpretes culturales del siglo XIX: los “guías de turismo” no reconocidos
PASOS. Revista de Turismo y Patrimonio Cultural, vol. 16, núm. 2, pp. 297-307, 2018
Universidad de La Laguna

Recepción: 13 Marzo 2017
Aprobación: 18 Mayo 2017
Resumen: Antes de las primeras regulaciones de la profesión de guía de turismo en Europa, finales del siglo XIX, los turistas del Romanticismo fueron atraídos por países como Italia, España, Turquía y Egipto (contemplación de la antigüedad, orientalismo y exotismo), alimentados por la literatura de viaje y por la mejora de las infraestructuras (la llegada del tren). Como resultado del gran incremento de turistas en estos países, se pretende analizar a los diferentes grupos de intérpretes del patrimonio cultural, nuestro caso de estudio, quienes fueron los antecesores de los actuales guías de turismo. La investigación se ha desarrollado a través de una revisión crítica de la literatura de viaje, el estudio de los conceptos que definen y se refieren a los intérpretes populares conjuntamente a la selección de algunas fuentes que testimonian su existencia. El objetivo final pretende demostrar que ciertamente los intérpretes populares fueron una especia de mediadores entre el ambiente, el territorio, la cultura local, las tradiciones y los turistas. Su labor era por tanto fundamental para la interpretación in situ del patrimonio material e inmaterial, ambiental y cultural de un determinado lugar. Además, revisaremos dos importantes figuras de intérpretes culturales populares, Chorro e Jumo y Cornelio.
Palabras clave: Siglo XIX, Turismo cultural, Intérprete y mediador turístico, Patrimonio, Profesiones Turísticas.
Abstract: Before the first regulations of the profession of tourist guide in Europe in the late nineteenth century, the tourists of Romanticism were attracted by countries like Italy, Spain, Turkey and Egypt (contemplation of antiquity, orientalism and exoticism), fuelled by travel literature and thanks to improvements in infrastructures (the arrival of the train). As a result of the large increase in tourists in these countries, we intend to analyze the different groups of interpreters of cultural heritage, our object of study, who were the predecessors of today’s tourist guides. The research has been developed through a critical review of travel literature, studying concepts that define and refer to popular interpreters in conjunction with the selection of some sources that provde their existence. The ultimate aim is to show that popular interpreters were indeed a kind of mediator between the envioronment, territory, local culture, traditions and tourists. Their work was fundamental for the “in situ” interpretation of material and immaterial heritage. In addition, we will review two important and popular cultural interpreters, Chorro e Jumo and Cornelio.
Keywords: 19th century, Cultural tourism, Tourist mediator and interpreter, Heritage, Tourism professions.
1. Introducción
La interpretación del patrimonio que hoy en día se define como “el arte de revelar in situ el significado del legado natural, cultural o histórico al público que visita estos lugares en su tiempo de ocio” (AIP)1. Se trata de un concepto que ha ido evolucionando desde la edad antigua y tiene su origen en las primeras actividades económicas del ser humano: cazadores, pescadores, comerciantes y artesanos del medio oriente y Asia (Weaver, citado por Timothy y Boyd, 2003). La interpretación se realizaba por profesionales de varios sectores que utilizaban el don de la palabra para indicar, explicar y prestar un servicio a sus clientes, consiguiendo de manera oral una descripción detallada del objeto o para indicar lugares y rutas comerciales que utilizaban para el intercambio de productos con comerciantes de distinta nacionalidad. La mayoría de estas personas conocían más de una lengua (elemento esencial para viajar), sabían orientarse en las regiones que visitaban y constituían una especie de puente entre la sociedad, los territorios y diversas culturas. Su manera de actuar era a través de una “interpretación por exploración”: descubriendo nuevas sociedades, territorios, paisajes y relaciones mercantiles, se crea una base interpretativa que se explica a otras personas, para que comprendan el nuevo territorio y la nueva cultura (Timothy y Boyd, 2003). Es sin duda el origen de la interpretación cultural, de los lugares, de los territorios y de los elementos patrimoniales materiales e inmateriales.
Los intérpretes culturales a lo largo de los siglos han ido adquiriendo más habilidades, no solo indicar o guiar a personas, también son capaces de crear un ambiente teatralizado, como un juglar que recita historias o leyendas del patrimonio local en una plaza, construyendo una experiencia única con los receptores como si de una lección se tratase, donde los maestros deben empatizar y al mismo tiempo formar a sus alumnos. Eso sí, los intérpretes culturales parten desde una visión mercantil y no tan pedagógica como sucede en las horas lectivas de la formación formal tradicional. De esta manera, se convierten en unos verdaderos profesores de la calle2 (Holloway 1981; Cohen 1985).
Muchos de los viajes realizados en la edad moderna estaban acompañados por un intérprete cultural (una profesión remunerada, entendida como una actividad económica). En Reino unido se contrataban los servicios del llamado Bear leader3, quien hacía el papel del guía acompañante y de “profesor de la calle” en los viajes efectuados durante el Grand Tour, guiando a jóvenes de las clases medias‑altas europeas en los siglos XVII y XVIII. Por otro lado, un siglo más tarde, desde el romanticismo hasta la segunda mitad del siglo XIX, un variado grupo de personajes locales de diversas clases resultan activos como intérpretes culturales, contratados in situ y por días, de esta manera nace el papel del guía local como profesión liberal. Eran visitas guiadas, más personales y realizadas con una mayor libertad (no eran fijadas como un paquete turístico cerrado): los viajeros optaban por contratar los servicios de una persona local que le ayudase en su visita a una región o a un bien cultural.
Los viajes se realizaban sobre todo hacia los destinos más importantes de la época: Grecia e Italia, consideradas las metas de la cultura clásica; España, por su imagen romántica y exótica, proveniente de las artes plásticas y de la literatura; Turquía y Egipto, gracias a las aperturas de las inversiones extranjeras en ambos países. Todos estos destinos poseen una fuerte consolidación de viejas imágenes del mundo clásico y de oriente, que desde siglos se habían difundido en el imaginario colectivo europeo y habían calado hondo en los viajeros del siglo XIX. Estos acompañantes turísticos eran contactados en las ciudades de destino y ayudaban a los viajeros a enriquecer sus conocimientos de los territorios visitados. Dentro de este grupo de intérpretes culturales encontramos un variopinto número de “guías locales” que prestaban sus servicios a los turistas. Como afirma la profesora Anna Naddeo (2007: 193) era la manera más habitual de proceder de los turistas del siglo XVIII para ver las ruinas de una ciudad como Roma, a través de la compañía de un cicerone4. Asimismo, como sostiene Scraton y Davidson (2007), los primeros viajeros que contrataban los servicios de un cicerone o de un intérprete cultural, como podía ser un valet-de-place5 o servitore di piazza6, eran lectores de las primeras guías de viaje modernas (Baedeker o Murray). Tales guías impresas daban no solo información útil para los viajeros con datos y recomendaciones a tener en cuenta para el viaje, entre ellas, señalaban la manera de cómo contratar a uno de estos intérpretes culturales para realizar un viaje más completo.
En España el turismo cultural está alimentado por la literatura de viajes, que a su vez ha sido inspirada por las dimensiones orientalistas7 e imperialistas8 presentes en su pasado. En particular los reclamos turísticos teorizados en la literatura odepórica de los viajeros románticos son todavía evidentes. Este mundo de ficción literario sirvió de oferta turística para algunos personajes populares que, pese a no poseer muchos recursos, eran capaces de atraer a los nuevos turistas y de guiarlos hasta aquello que estaban buscando por primera vez: la España musulmana reflejada en la Alhambra o los vestigios imperialistas impregnados en el monasterio de San Lorenzo del Escorial (dos monumentos visitados por los viajeros en el siglo XIX, ambos conjuntos monumentales frecuentados por los turistas acompañados por cicerones populares). De la misma manera, en Turquía y Egipto destacan la figura de los intérpretes‑traductores que trabajaban en consulados, embajadas e incluso formaban parte del séquito de los sultanes, llamados Dragomanes9. Coincidiendo con la apertura de las fronteras, la llegada de las inversiones extranjeras y el aumento de los turistas, muchos de ellos utilizaron sus conocimientos lingüísticos para acompañar y escoltar a los turistas en sus excursiones a través de la “exótica” Estambul o el Egipto de los faraones.
Estos primeros intérpretes culturales poseían un aspecto en común, acompañaban a los turistas sin haber realizado una prueba de habilitación oficial, acreditación necesaria para ejercer las funciones de guía de turismo oficial en nuestros días. Al principio del siglo XIX, en el campo de la interpretación cultural, no había todavía evidencias de que existiesen personas que realizan este tipo de trabajo. A partir de este vacío legal, se crearon diferentes maneras de guiar y acompañar a los turistas que llegaban cada día a los lugares turísticos. Supuso una gran oportunidad para muchos individuos al ofrecer una alternativa para conseguir un sustento económico en el turbulento siglo XIX.
El intérprete cultural mientras tanto fue adaptándose a la llegada del turismo de masa hacia mediados del siglo XX. Las masificaciones turísticas están relacionadas al desarrollo de las infraestructuras urbanas (hoteles, restaurantes y balnearios), a la revolución de los transportes (con el tren como protagonista) y a la revolución social. Todo esto ha traído un incremento de viajeros, viajes en masas gracias a las mejores condiciones de contrato para la clase media y baja y por el aumento del tiempo libre. Todas estas causas han favorecido al turismo para crecer hasta el punto de formar parte importante en la economía de muchos países (Battilani, 2001). El incremento del flujo de turistas viene utilizado, como dice el profesor Méndez, también por los cicerones, con el objetivo de ofrecerse ante los mismos turistas para acompañarlos y obtener una recompensa al final del tour:
(…) los primeros oportunistas, que conscientes de una mínima posibilidad de negocio se lanzan a la aventura de explicarles a los visitantes lo que están viendo, tan sólo por unas monedas (…)
(Méndez 2010: 373)
A continuación, la metodología utilizada pretende poner en valor la literatura de viaje, dar coherencia a los documentos reencontrados en los archivos históricos consultados, definir cada uno de los conceptos que describen a cada uno de los intérpretes culturales, el objeto central de este artículo. La metodología es funcional a la puesta en valor de las funciones sociales y culturales de los intérpretes populares, antes de que estos últimos desapareciesen a causa de la regulación de las profesiones turísticas actuales.
2. Modus Operandi
La manera de trabajar de los intérpretes culturales decimonónicos recuerda a los juglares que se encontraban en las ciudades, recorriendo de plaza en plaza cantando o recitando de manera ambulante. Se trataba de una tradición milenaria iniciada el siglo X en Europa y que tomó fuerza en los lugares de mayor tránsito de personas: plazas, calles principales y a la salida de las iglesias. Espacios abiertos donde se hacía un corro entorno a estos artistas de la calle, contaban sus historias de la tradición popular acompañadas con instrumentos musicales de cuerda o de viento, formaban parte de la cultura del lugar y no era necesario poseer conocimientos de un sistema de escritura o de alfabetización estandarizado. Por esto los intérpretes culturales del siglo XIX se pueden definir como una especie de “juglares” del patrimonio histórico y natural. Usaban de manera similar los mismos procedimientos de comunicación: contaban con una gran cantidad de historias populares sumadas a la descripción histórica de los lugares; una serie de contenidos (datos históricos, ambientales, leyendas, etc.) que habían heredado o recopilado del bagaje cultural del lugar y que transmitían a los turistas. El nivel cultural era en cambio más alto del nivel de los juglares y con un público objetivo distinto: los viajeros. Estos últimos buscaban una narración oral más específica, sin ser acompañada de música y con contenidos histórico‑artísticos acordes con las exigencias de los lugares visitados.

Como los juglares o los cantastorieen Italia, también los cicerones más importantes fueron personas del pueblo que no poseían un título de estudio y por la oportunidad de ganarse la vida sin tener que mendigar se convierten en los predecesores de los primeros guías turísticos. Según el profesor Méndez, la mayoría de ellos eran unos charlatanes que contaban historias ya aprendidas y lo mezclaban sin orden ni un estudio histórico previo. A veces incluso suponían un estorbo para muchos de los viajeros que huían de ellos para poder ver el monumento a solas; otras veces, realizaban una buena labor y eran los únicos mediadores culturales entre los monumentos, el territorio y los turistas.
3. Taxonomía
El término “intérprete cultural” es una evolución de los diferentes términos asignados a lo largo de la historia a los que hoy llamamos guía acompañante y guía de turismo. Las palabras en griego Periegetai: “quién muestra el camino sobre algo” y Exgetai: “quién explica el lugar” (Casson 1994: 264), ambos términos utilizados en la Grecia clásica son el origen del concepto de cicerón en la edad moderna, se puede definir como las personas que dirigen a personas foráneas para explicarles los aspectos culturales y peculiares del lugar turístico. Un intérprete cultural del siglo XIX desempeñaba estas funciones, ayudaba a los viajeros a encontrar el destino y además les explicaba los aspectos históricos, artísticos, naturales o arqueológicos de la zona.
En diferentes definiciones enciclopedistas como la del The Oxford English Dictionary aparecen afirmaciones de que los cicerones o los intérpretes culturales eran políglotas y con un vasto conocimiento en varios ámbitos disciplinarios: arte, arqueología, etnografía, historia, literatura, geografía. Con el grado de contar anécdotas del pasado y del presente, de explicar las tradiciones y también numerosos aspectos de la cultura de un determinado sitio. Debemos aclarar que en este grupo de cicerones solo se pueden encuadrar a los Anticuarios y a los Bear-leaders, ambas figuras son cicerones con un nivel cultural alto. Los Anticuarios eran para muchos turistas, a partir del siglo XVIII, el servicio habitual para ver las ruinas de ciudades antiguas como Roma o Atenas. Algunos estudiosos como la profesora Ann Naddeo (2007: 193) sostiene que la mayor parte de los anticuarios profesionales utilizaban las visitas guiadas para captar clientes y luego de esta manera vender los bienes muebles, a modo de souvenirs, todo aquello que poseían en sus tiendas: pinturas, esculturas, restos arqueológicos, etc… Un recuerdo de lo que han visto en su recorrido por la ciudad capitolina o de otros centros visitados.

Los Bear-Leaders eran contratados en cambio como mentores e intérpretes culturales en los largos viajes realizados durante el Grand Tour por jóvenes europeos. Hacían el papel de “profesor de calle” a lo largo del todo el viaje, eran encomendados por las familias para cuidar del aprendiz en todo el recorrido; es decir, como guía personal e intérprete cultural. Eran seleccionados por sus conocimientos lingüísticos, una grande cultura y un conocimiento amplio del país o de los países que iban recorrer.

Lejos de esta categoría de cicerones de “alto nivel” existían otros que trabajaban para la clase media‑baja. En este grupo, hay diferentes apelativos valet-de-places en francés y servitori di Piazza en italiano, son intérpretes culturales populares muy variopintos desde gente de la iglesia, como son los sacristanes a los vendedores ambulantes, gitanos e incluso patriotas de los viajeros que residían en el país de destino. Se solían encontrar en las tabernas y portaban unos atributos para ser identificados por los viajeros como el bastón, usado por el pastor con el objetivo de guiar el ganado, al cicerón le servía de prolongación del brazo para realizar las oportunas indicaciones y como punto de apoyo (Bacca10, 2000). También se le pueden asignar otros tipos de símbolos como el dedo índice alzado, para indicar los puntos que comprenden su explicación; un sombrero, para protegerse del sol; y una antorcha, para desenvolverse en la oscuridad, en zonas poco iluminadas o para adentrarse en grutas.

En Italia, con la publicación de las primeras de guías de viaje11 la fama de estos guías acompañantes fue poco a poco mermándose. La edición de 1868 de la famosa guía de Karl Baedeker cita la presencia de los Valets-de-Place. servitori di Piazza como personas respetables y que pueden ser contratados por 5 francos por día, los aconsejan a quienes no tienen una presión por el tiempo y, sobre todo, contratarlos en aquellos lugares de menor relevancia cultural o por quienes querían descubrir progresivamente las particularidades del lugar en el que se encontraban. Así podrían integrar las informaciones dadas por las guías de viaje Baedeker con otros datos y elementos. También advierten de no contratar dichos servicios a través de un mediador, como, por ejemplo, los vetturini o cocheros, que cobraban comisiones por ofrecer los servicios de un intérprete cultural.
En la literatura odepórica encontramos descritos los aspectos negativos y positivos de los servicios ofrecidos por estos tipos de acompañadores turísticos. Por un lado, había posturas en contra de algunos viajeros, en muchos casos se denunciaba su superficialidad, el escaso conocimiento, ya que algunos de ellos intentaban ganarse la vida haciéndose pasar por un intérprete cultural sin poseer unos conocimientos profundos de la zona, mezclando leyendas (aprendidas de antemano) e imitando a los cicerones más afamados. En esta dirección, el profesor y jurista alemán K.J.A. Mittermayer12 (1842) en su paso por la Italia del siglo XIX, da su opinión sobre este tipo de personajes en Italia Quien juzga a Italia, tal como es costumbre de diversos viajeros, de sus porteros, servitori di Piazza, navicellaj y cocheros, los cuales incordian el disfrute de la hermosa naturaleza y de las obras artísticas. (pág. 292, traducida).
Por otro lado, hay otros viajeros que estaban a favor de quienes hacían una buena labor y eran los únicos mediadores del monumento con el turista. En el siglo XVII el marqués Vicenzo Giustiniani afirma: contratad un guía si queréis ver aquello que vale la pena (Nicosia, 2005: 78, traducida). Los intérpretes culturales, además de conocer el terreno, poseen una información de primera mano que el turista no conoce y por ello son conocedores de los puntos de referencia del lugar. Carlo Amoretti, erudito enciclopedista, habla de ellos en un pasaje de su libro cuando les dedica una descripción al área de los lagos lombardos:
la elección de un lenguaje accesible y de una mirada divulgativa depende de la idea de sustituir a un barquero, un postiglioni13 y un servitore di piazza, es decir, “expertos” no especializados (…) los consejos prácticos, que los libreros no disponen todavía de una guía fiable sobre los lagos lombardos14.
(Clerici, 2008: 49, traducida)
4. Los intérpretes populares
En la España del romanticismo encontramos muchos personajes que acompañaban a los visitantes y turistas a descubrir monumentos y lugares. Definidos como mulateros, lazarillos, etc. Estos mediadores no se dedicaban tanto a interpretar el patrimonio cultural para los turistas, como a ser meros acompañantes con un gran conocimiento del terreno. Encontramos a dos grandes figuras de la tradición popular cuyo modo de proceder les hace dignos de etiquetarlos como intérpretes culturales. Chorro e Jumo, gitano de Granada y Cornelio, guía ciego del monasterio de San Lorenzo del Escorial.
Chorro e Jumo (Granada, España)
En la ciudad de la Alhambra encontramos en la primera mitad del siglo XIX a Mariano Fernández Santiago, apodado “ Chorro e Jumo o Chorrojumo”, gitano del Sacromonte granadino que ejerciendo su profesión de ayudante de herrero (de ahí su apodo “Chorro de humo”), pasó un día por su trabajo el famoso pintor del romanticismo español Mariano Fortuny, quien lo ve en pleno trabajo y lo quiere de modelo para sus pinturas, apartándolo de esta manera de la fragua, le consiguió indumentarias de época que tenía en mente para caracterizarlo a la imagen idealista de un rey gitano romaní (Anguita Castillo, 2005). Posando para él consiguió poco a poco fama en la Granada decimonónica, hasta tal punto que muchos artistas querían pintarlo y fotografiarlo como un ejemplar único de las raíces orientales que aún perduraban en la antigua capital nazarí.

Ya afamado y con una buena reputación, empezó vendiendo tarjetas con su retrato como si fuera un personaje famoso de la Alhambra. Se convierte en un verdadero intérprete popular del patrimonio cultural, aprovechando los escritos y las leyendas del gran escritor Washington Irving, que había conocido durante una de las estancias del escritor en la Alhambra. Chorrojumo usó los cuentos de Irving como base para las explicaciones que ofrecía a los viajeros. Tras pasar 38 años acompañando a turistas por toda la ciudad palatina, después de una larga carrera como cicerón, murió a los 82 años por un infarto cerebral de camino a una visita.
Cornelio (El Escorial, Madrid)
También a principios del siglo XIX encontramos la figura de un intérprete cultural en el centro de España, concretamente en el conjunto monumental de San Lorenzo del Escorial. Tradicionalmente eran los religiosos los que se encargaban de explicar las maravillas del palacio‑convento de la Edad de Oro española a los viajeros. Eran expertos cicerones y entre ellos, uno de los más famosos, por sus hermosas descripciones, fue el padre Guadalupe. Al morir este religioso un discípulo suyo se encargó de esta labor, que no era fraile y que se llamaba Cornelio. Era hijo del administrador de los bienes del convento, durante su juventud recorrió el monasterio de cabo a rabo, conocía sus rincones más ocultos, disfrutaba de los más bellos. Aprendió y practicó el oficio de sastre hasta los 24 años, edad en la que por una enfermedad se quedó ciego y después de muchas vicisitudes entró a servir en una fonda local. Desde allí tuvo la oportunidad de acompañar a los viajeros que se alojaban en ella y querían visitar el Monasterio. Acompañándolos oía y aprendía las explicaciones del padre Guadalupe, explicaciones que memorizó una a una. Unido esto al conocimiento que tenía Cornelio del lugar hizo del ciego un famoso intérprete cultural, casi indispensable en la visita.

Cornelio es citado en las guías de muchos viajeros extranjeros que visitaron el monasterio en el siglo XIX y se habla de él en la famosa historia del Escorial escrita por Rotondo15.
5. Los dragomanes
Los viajes en la península Anatolia en el siglo XIX se realizaban con la idea de un Oriente maravilloso, fascinante, lleno de riquezas minerales y un lugar virgen para abrir nuevas rutas comerciales que ayudasen al intercambio de productos y de culturas, se buscaba un beneficio cultural que empezó a dar sus frutos con la llegada de gran número de viajeros, buscadores de aventuras y literatos en busca de lo exótico y lo desconocido (Serrano, 1993). A raíz de estos viajeros aparece el servicio ofrecido por los primeros intérpretes culturales en países como Egipto y Turquía, los llamados “dragomanes”. Había dos tipos de dragomanes: dragomanes que hacían de intérpretes culturales con los turistas y dragomanes que realizaban las funciones de diplomáticos en la corte del sultán.
En Constantinopla los dragomanes eran, la gran mayoría, descendiente de europeos, hablaban varios idiomas y eran fáciles de encontrarlos en el suburbio de Pera de la capital turca. Encontramos como primer referente al dragomán Giovanni Destuniano, citado en la guía de viaje Murray de 1845 como un guía muy recomendado, muy inteligente y activo para descubrir y adentrarse en la capital del estrecho del Bósforo: los turistas que querían contratarlo debían pagar un dólar español al día. Este tipo de actividades dieron una buena reputación al estado turco que quería abrirse al mundo como destino turístico y de esta manera equipararse con los demás estados históricos, entablando relaciones sociales fuera de la corte. Se mejoró la calidad del servicio ofrecido por los dragomanes y se realizó la primera regulación sobre los intérpretes y los guías en Turquía, aprobada en 1890 (Arslan y Polat, 2016).
Encontramos otro dragomán citado en numerosas ocasiones en las crónicas del siglo XIX, activo en Egipto, Artim Bey, considerado el mejor dragomán del país porque había recibido una educación europea y porque hablaba bien varios idiomas. Con la llegada del turismo de masas a Egipto, sobre todo de origen británico y la difusión de la compañía de Thomas Cook (inventor del viaje organizado), supuso una competencia atroz para todos los dragomanes. Los tours organizados por Cook contaban con un precio fijo de todo el viaje, que incluía: los billetes de trenes, los hoteles, y los acompañadores (intérpretes culturales). Según la información recogida por los investigadores Scraton y Davidson en su libro sobre la economía del turismo, en 1874 un grupo de ocho dragomanes de Siria y Egipto publicaron una carta en el periódico The times of London quejándose de la monopolización del mercado de las grandes compañías como la de Thomas Cook & Son. Las agencias de viajes usaban algunas prácticas muy cuestionadas: como espantar a los turistas que querían realizar un viaje hacia oriente sin apoyarse en ellas y afirmaban que no había buenos dragomanes que pudiesen realizar el servicio de intérprete del patrimonio cultural.
6. Conclusión
Todas las diferentes clases de intérpretes culturales que se han citado anteriormente no habían realizado una prueba de habilitación para ejercer la profesión de guía de turismo como la entendemos hoy en día. En el campo de la interpretación cultural en esta época no había todavía evidencias de que existiese alguna formación, pero si encontramos, la primera ley que regula este sector, fue en el estado pontificio en la primera mitad del siglo XIX. Se trató del edicto del Cardenal Tiberio en 1816 que constituye la primera normativa en la península itálica para la “protección de los visitantes” a la ciudad pontificia, otorgaban los permisos habilitantes a través del cuerpo de policía, presentando en el mismo ente un certificado de origen, domicilio y un certificado de conducta moral. De esta manera regulaban una profesión que poco a poco estaba creciendo en las ciudades más transitadas de la península itálica. Cabe señalar que las primeras regulaciones de la actividad profesional de guía de turismo oficial, llegan de la mano del turismo de masa, que supuso un incremento en la economía de muchas zonas de la Europa y África de la segunda mitad del siglo XIX. En consecuencia del incremento de los viajeros, las autoridades optaron por controlar el ejercicio de intérprete cultural o guía de turismo, legalizando la profesión para controlar los abusos que los intérpretes “no habilitados” cometían contra los turistas; por un lado, las autoridades conseguían unos beneficios para las arcas públicas, hasta ahora no obtenidos y legalizaban una profesión. Por otro lado, los anteriores cicerones se vieron apartados por los nuevos agentes intermediarios turísticos, las agencias de viaje, quienes organizan el paquete de viaje a los turistas incluido el guía. A partir de la estandarización de los viajes, con la agencia internacional Cook & Son entre otras agencias, empiezan a abrirse en los países de destino las primeras agencias turísticas locales en las zonas más transitadas. De esta manera, los intérpretes culturales que no poseen la habilitación en el lugar de residencia no podían ejercer su trabajo y debían abandonarlo. Los cicerones populares tuvieron dificultades al ser, a menudo, analfabetos, no conseguían trabajar como antes y poco a poco empezaron a desaparecer de la escena de la interpretación cultural. Dejando espacio libre a las guías de turismo oficiales provistas de una autorización concedida por las instituciones públicas.
Todas las figuras de intérpretes culturales recogidas anteriormente: cicerones, bear leaders, servitori di piazza, valets de place, anticuarios y dragomanes forman parte de las diferentes clases profesionales desconocidas y encargadas de guiar a los viajeros hacia el patrimonio cultural, histórico y natural de sus zonas. Algunos de ellos eran personas con poca formación, pero con un gran cono‑ cimiento del terreno, otras en cambio eran estudiosos e intelectuales con un conocimiento profundo del patrimonio material e inmaterial de su zona. Todo lo que tenían en común era su vocación a la “orientación cultural”, guiar a los turistas hacia el descubrimiento de patrimonio ambiental y cultural. En el siglo XIX se convirtieron en figuras indispensables para los viajeros al tratarse de personas fundamentales por su conocimiento del lugar y porque eran además los mediadores con los países de destino. Por este motivo, el intérprete cultural conocía varios idiomas y proporciona al turista una información esencial para su viaje. Durante tantos siglos de ardua labor como guías de personas, tan valioso para las relaciones culturales entre países, los intérpretes culturales del siglo XIX no han obtenido un reconocimiento justo. Tras la regulación de la profesión y la obligatoria formación académica, han ido perdiendo su huella en la historia del turismo, hasta el punto de olvidarnos del legado que nos han dejado.
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Notas