Resumen: ¿Quién no ha sentido alguna vez ganas de conocer un lugar, incluso cuando este está cercano a su núcleo de residencia? El turismo está cada día más presente en nuestras vidas, tanto es así que, hoy en día, hacer turismo debería entenderse como algo incluso necesario, que fomente las relaciones sociales y los intercambios culturales, a pesar de que a veces puedan surgir fricciones entre las sociedades receptoras y los visitantes debido a una relación poco respetuosa. El arqueoturismo es una de las muchas modalidades turísticas que se puede practicar, sea o no de modo complementaria a otras tipologías. En este artículo se pretende reflexionar acerca del arqueoturismo en la actualidad, su relación con el uso del Patrimonio y el problema que puede conllevar una mirada del mismo basada exclusivamente en la generación de riquezas económicas.
Palabras clave:ArqueologíaArqueología,CulturaCultura,Nuevas tendenciasNuevas tendencias,PatrimonioPatrimonio,TurismoTurismo.
Abstract: Everybody feels the urge to get to know a place better some time, no matter whether it be close at hand or remote. Tourism is on the up and has become almost a basic need in our lives. It promotes understanding and communication between cultures whenever managed and controlled respectfully. Archaeo-tourism is one of the many ways of enjoying tourism and can be mainstream or complementary to other modes. The present article is an analysis of the state-of-the-art in archaeotourism and its links to the use of heritage in the field plus the risks entailed in merely considering the same as a source of economic income.
Keywords: Archeology, Culture, Heritage, New trends, Tourism.
Artículos
Arqueoturismo ¿un fenómeno en auge? Reflexiones acerca del turismo arqueológico en la actualidad en España
Is Archeo-tourism on the up? Reflections on archaeological tourism in present-day Spain

Recepción: 06 Mayo 2017
Aprobación: 30 Agosto 2017
El turismo arqueológico, o arqueoturismo como también se le denomina (Verdugo Santos y Parodi Álvarez, 2011: 42), hace referencia a un nuevo producto de mercado o modalidad del Turismo Cultural vinculada a la Arqueología (Menéndez et alii, 2015: 45), en pleno crecimiento (Fernández Reche, 2001: 43), consistente en aquellos desplazamientos que vienen motivados por el interés de conocer el potencial arqueológico de un lugar por parte del turista (Andreu Pintado, 2014: 62; Manzato y Rejowski, 2007: 73; Querol de Quadras, 2009: 11-12). Ya conocíamos desde los años 80 la existencia del denominado Turismo de Intereses Especiales (TIE), en el cual, el turista demanda nuevos servicios turísticos relacionados con la identidad cultural y ambiental de un destino en concreto, a diferencia de la estandarización y masificación del Turismo de Sol Y Playa. Además, en el Turismo de Intereses Especiales, se plasma la idea de Turismo Sostenible al no sólo valorarse por parte del turista y de la población local el escenario histórico y natural, sino contribuir al desarrollo económico del mismo (Trauer, 2006: 183-200).
Volviendo al Arqueoturismo o Turismo Arqueológico, este tiene como objetivos la divulgación de los enclaves y yacimientos, y realizar rutas arqueológicas en las que se inserta el Patrimonio, con idea de ponerlo en valor, difundir a la población la existencia del mismo y concienciar a la sociedad de su impor- tancia (Hernández Ramírez, 2011: 225-236; Menéndez et alii, 2015: 45; Morère Molinero, 2012: 57-68).
Tal y como veremos más adelante, en España, la arqueología como pretexto para realizar una visita a un lugar diferente del que se procede, ahonda sus raíces siglos atrás, aumentando con fuerza este fenómeno conforme nos acercamos a la actualidad, fenómeno que también se ha reproducido en otros países (Moreno Melgarejo y Sariego López, 2017: 167). No obstante, podemos considerar esta tendencia de visitar enclaves o museos arqueológicos como una tipología definida dentro del Turismo como algo reciente, sobre todo a raíz de la puesta en valor de los yacimientos arqueológicos y al interés por ofrecer una alternativa al Turismo de Sol y Playa (García Sánchez y Alburquerque García, 2003: 97-105), una diversificación de los destinos y la exposición del Patrimonio como elemento definitorio de la propia historia o como instrumento de atracción de visitantes para el desarrollo local.
Hay que partir de la base de la consideración acerca de los recursos patrimoniales, pues son vistos como generadores de riqueza, de empleo y de desarrollo sostenible (Treserras Juan, 2003: 1-26; Verdugo Santos, 2003). El Patrimonio abarca desde el Arqueológico (Moreno Melgarejo y Sariego López, 2017: 163-180; Xicarts, 2005: 51-71), Industrial (Álvarez Areces, 2007: 9-25; Pardo Abad, 2010: 239-266) y Paisajístico (Ayuso Álvarez y Delgado Jiménez, 2009; Ojeda Rivera, 2003: 52-53); a los paisajes y elementos históricos en sí. Pero, a rasgos generales, es de reseñar dos objetivos prioritarios: el Patrimonio y el Turismo, los cuales no han tenido coordinación en cuanto a su desarrollo. Así pues, vemos ejemplos de esto en cuanto a la incidencia del crecimiento urbanístico, la explotación masiva de unos yacimientos significando la descontextualización de los mismos, frente al olvido y la destrucción de otros, etc. (Verdugo Santos y Parodi Álvarez, 2011: 42).
No cabe duda de que, en muchas ocasiones, la propia Arqueología ha sido vista como un foco de curiosidad y atracción en la que la actividad cotidiana del propio arqueólogo se convierte en centro de interés al relacionarse con un ámbito profesional trepidante como vía de la búsqueda de tesoros y aventuras (Carvajal Castro et alii, 2011; Spanedda y Cámara Serrano, 2013).
Por otra parte, la Arqueología supone el reflejo tangible y material1 de las sociedades pasadas (Merriman, 1988), y por ende, vía de comprensión de nuestra propia Historia2, lo que, sin duda, la dota de un fuerte potencial como elemento educativo (Rathz, 1989), pero también, como componente identitario y de cohesión social3 (Darvill, 1995; Jaramillo, 2011: 139-164; Lipe, 1984; Taboada, 2013: 347-361), que a su vez se ve unido al propio deber de sociabilización del Patrimonio, de divulgar y acercar las investigaciones arqueológicas a la sociedad.
En un momento donde la sociedad cada vez demanda más y nuevas formas de ocio y tiempo libre, y donde el perfil del turista responde con más frecuencia a un perfil formado que exige experiencias turísticas de calidad (Stebbins, 1996), es imposible pensar en la Arqueología como un elemento aislado y divorciado del turismo (Díaz-Andreu, 2014), o por lo menos, partiríamos de un planteamiento erróneo que viviría de espalda a la realidad actual.
En contraposición a ello, el Patrimonio arqueológico está viéndose inmerso en un proceso de valorización turística que ha llevado a que, en muchos casos, se apueste por la realización de una inversión en lo que se denomina “puesta en valor” de yacimientos, renovaciones en museologías (Vacas Guerrero, 2008: 6-21) o creación de nuevos espacios museísticos o centros de interpretación (Andreu Pintado, 2014: 61-80; Ballart, 1997; Pérez-Juez Gil 2006; Tresserras, 2004; Xicarts, 2005: 51-71). Esto de entrada no tiene por qué entenderse como algo negativo, sino todo lo contrario, ha de verse como una apuesta por la Cultura que puede conllevar beneficios para todos. No obstante, tampoco debemos caer en esos pensamientos sin más, ya que lo que implica aspectos positivos de forma mal gestionada, también puede suponer efectos devastadores para el Patrimonio. De entrada, la propia noción de “puesta en valor” es equívoca, pues nos induce a pensar que antes de estas actuaciones los restos carecían de “valor” (González Méndez, 1996-1997: 289-300). Si bien, la puesta en valor en sí conjuga parámetros científicos, culturales, económicos, estéticos, políticos y sociales, entre otros (Mason, 2002: 9; Rebolledo Dujisin, 2009: 11), que se le asignan a un determinado recurso, que, teniéndolos previamente, ahora son reconocidos e incluso aumentados de cara a la sociedad.
Con anterioridad se ha hablado del Arqueoturismo como tipología turística en la que la Arqueología es el elemento motivador por parte del visitante, pero ¿realmente estamos hablando de un fenómeno nuevo? Los desplazamientos, motivados por diversas circunstancias, han estado siempre presentes en la actividad del ser humano ya desde tiempos prehistóricos (Bernabeu Aubán, 1996: 37-54). Ha habido un deseo e interés permanente, por parte del ser humano, en contactar y conocer a otros, debido a la propia diversidad de éste y de las sociedades, lo que ha suscitado que se produzcan movimientos. Para el Neolítico, por ejemplo, hay investigadores como Smith (1966: 474) que apuntan a la existencia de lugares de encuentro como escenarios de diversas ceremonias de cohesión social entre las diversas poblaciones que participan (Márquez Romero, 2002: 193-222). Por otra parte, el comercio también ha sido desde la antigüedad un factor motivador de fuertes flujos de movimientos poblacionales, como puede verse reflejado en la incorporación de materiales de diversa procedencia en numerosos contextos funerarios fenicios, como es el caso de la tumba del llamado “guerrero fenicio” de Málaga (García González et alii., 2013). Tampoco debemos olvidar los desplazamientos de carácter religioso-ideológico, bélico, político o, por supuesto, aquellos que vienen buscando la propia supervivencia o mejora, entre otros muchos factores motivantes que podríamos mencionar.
Es importante plantearnos una cuestión: ¿qué entendemos por turismo? Según los investigadores Walter Hunziker y Kart Krapf (1942), el turismo supone el conjunto de relaciones consecuencia del desplazamiento y estancia temporal de personas fuera de su lugar de residencia, siempre que no estén motivadas por razones lucrativas o de mera supervivencia (Agüí López, 1994: 17-25; Velasco González, 2013). Dentro del turismo podemos englobar múltiples categorías o tipologías turísticas y, a su vez, inserto en el turismo cultural encontramos una variada segmentación que responde a los diferentes gustos o preferencias de los consumidores. Pero el turismo cultural no ha de entenderse como excluyente de otras tipologías turísticas, sino complementaria a ellas (Ramos Lizana, 2007: 61-67).
El desarrollo del turismo se encuentra ligado a las posibilidades de desplazamiento y, por ende, a los transportes e infraestructuras, así como a los lugares de hospedaje y alojamiento (Ramos Lizana, 2007; Sancho, 1998). En este sentido, los primeros viajes culturales que pueden entenderse con un carácter más “turístico” los encontramos en los siglos XVIII y XIX con los viajes realizados por la alta burguesía destinados a conocer lugares exóticos. Especialmente en el contexto del Romanticismo, el interés de los viajeros por el pasado generó una importante atención sobre los restos arqueológicos (Irving, 1981). No obstante, el turismo de manera propiamente dicha, tal y como lo entendemos hoy, se empieza a constituir desde del siglo XX, y en concreto, a partir de la segunda mitad, aunque en este primer momento estuvo más vinculado a la tipología de masas de “Sol y Playa”. Sin embargo, el caso de Egipto muestra también un fenómeno “cultural” desde principios del siglo XX como se ejemplifica en la obra de Agatha Christie “Muerte en el Nilo”. De hecho, el primer tipo de turismo que se masificó fue el de Sol y Playa, pero ya existía el de lujo de tipo cultural.
Este proceso ha ido en desarrollo progresivo hasta que cada vez más la sociedad valora el tiempo libre. Dentro de las actividades de ocio, una de las más demandadas es sin duda el turismo al considerarse como una necesidad garante de experiencias que engloba desde los momentos antes del viaje (planificación), hasta el propio viaje en sí mismo y la vuelta cuando se comparte esa vivencia con los familiares y amigos (post viaje), aunque con frecuencia se da una unificación entre la segunda y tercera fase gracias a la importancia de las redes sociales y al uso de las nuevas tecnologías (González Ramírez et alii, 2013: 67-76). Sin embargo, debido al crecimiento del consumismo y, por tanto, la creación de un turismo de masas en base a la flexibilidad y la ampliación de la oferta turística, el turismo en general ya no puede ser visto como un producto de lujo. Frente a esto, debido al interés por definir la distinción social a la hora de viajar, pero también dado a que el turista es un consumidor cada vez más exigente y demandante de calidad y de un producto único y diferente, se ha ido fomentando un turismo exclusivo (Machuca, 2008: 59), de ahí el Turismo de Intereses Especiales que anteriormente hablamos (Trauer, 2006: 183-200), donde podríamos introducir el Turismo Cultural, y en el caso que tratamos, el Turismo Arqueológico.
Pero realmente, ¿cuándo podemos hablar del fenómeno de turismo arqueológico? Es importante, de forma previa, agrupar las motivaciones de estos visitantes interesados por la Arqueología: por un lado, encontramos a aquéllos que se desplazan a un determinado yacimiento o localidad para descubrir el Patrimonio arqueológico, mientras que, por otro lado, identificamos a quienes realizan un tipo de turismo museístico y parte de la motivación del desplazamiento es conocer la cultura material arqueológica de los museos (Morère Molinero y Perelló Oliver, 2013). Por último, encontramos a quienes viajan para adquirir piezas arqueológicas, manuscritos, obras de arte, etc. si bien, aunque el interés es la compra de los mismos, existe una motivación arqueológica que causa el movimiento (Granados Ortega, 2012). Cabe recordar que el expolio y tráfico de piezas arqueológicas y obras de arte es ilegal en muchos países (Muñoz Conde, 1992-1993: 395-422), y que, por encima de la legislación de cada uno, supone un atentado contra el Patrimonio (Cortés Ruiz, 1998: 127-136).
Por otra parte, algunos de los turistas que se acercan al Patrimonio arqueológico, lo hacen en el contexto de su interés por conocer y no sólo visitar un lugar desconocido relativamente alejado y sus habitantes. Se trata de un turismo mucho menos extendido y que, en general, implica desplazamientos de más larga duración en los que el turista pretende integrarse en la vida local en todos sus aspectos. Hay que recalcar que el turismo no era plenamente arqueológico, sino había interés histórico, etnológico, etc. (Recio Martín, 2015) para comprender el destino tanto en el pasado como en el presente, sea por adquirir conocimiento sobre la Historia o simplemente a partir de aquellas piezas expoliadas o compradas para exhibirlas o venderlas posteriormente (Mora, 2015).
Para hablar de turismo, sobre todo el arqueológico, hay que tener suma cautela, pues obviamente no debemos concebir de igual forma los desplazamientos a otros lugares en los siglos anteriores que en la actualidad ya que hay múltiples factores diferenciadores, especialmente la extensión de esta necesidad de desplazamiento a amplias capas de población, como un producto más que se puede comprar y vender. Sin embargo, reseñando solo las motivaciones de forma general, trataremos de realizar una aproximación válida.
Es difícil precisar cuándo se inicia el denominado turismo arqueológico o arqueoturismo, si bien, tradicionalmente se ha ido proponiendo el principio de nuestra era como el origen del turismo en general (Díaz-Andreu, 2014: 13-14), no podemos decir lo mismo acerca del turismo arqueológico que tratamos. Ya de antemano, hay que desechar a aquellos viajeros-cronistas de la Edad Antigua (Plinio, Pomponio Mela, Estrabón, Claudio Ptolomeo, entre otros) y Edad Media (Al-Idrisi, Ibn Battuta, Ibn al-Jatib, etc.) que visitaban lugares para redactar en sus obras las costumbres, tradiciones, historia, características y particularidades de cada núcleo poblacional, paisaje y territorio en general; pues no se puede vincular el desplazamiento a un espacio geográfico para describir la sociedad y territorio coetáneo al visitante con el turismo arqueológico al no existir un objetivo de conocer los restos pasados. Sería en los siglos XVII y, sobre todo, XVIII cuando numerosos jóvenes procedentes de familias acomodadas visitarían países como Italia, donde tendrían la oportunidad de visitar las ruinas arqueológicas y las esculturas clásicas, conociendo así sociedades pasadas. A este hecho se le llamaría Grand tour, de ahí el vocablo tourista. De ese interés por lo antiguo y de la búsqueda de un pasado glorioso y unificado para defender el nacionalismo ya en el siglo XIX, sucederían en el siglo XVIII algunas actuaciones arqueológicas y venta de piezas (Díaz-Andreu, 2014: 14-15). No obstante, la relación entre la arqueología dieciochesca y decimonónica y aquel turismo sería muy distante, sobre todo tanto por la mentalidad del arqueólogo y las connotaciones eminentemente destructivas del turista (Moreno Melgarejo y Sariego Sánchez, 2017: 166).
Debemos remontarnos a finales del siglo XVIII cuando ya nos permitimos hablar del fenómeno del Orientalismo (Gutiérrez Viñuales, 2010; Said, 2007), en el cual existe un interés por lo exótico, como se pone de manifiesto en los estudios de las civilizaciones antiguas mediante la Antropología, la Arqueología y la Historia. La búsqueda del conocimiento de las sociedades orientales coetáneas en el tiempo, la adquisición de obras de arte y piezas de Arqueología, e incluso la realización de representaciones de éstas, llamaban la atención desde a numerosos artistas, escritores e intelectuales, hasta al clero y a los monarcas. No obstante, no es necesario asociar orientalismo y coleccionismo, pues ya vemos la tradición real, aristócrata y eclesiástica de comprar obras de arte desde el Antiguo Régimen (Jiménez-Blanco, 2013), pero sería desde finales del siglo XVIII cuando se intensificaría el viaje con motivo de conocer los restos de sociedades pasadas mediante los restos arqueológicos, y adquirir parte de estos bajo motivos de ostentación económica y cultural.
Un ejemplo muy significante reside en la figura de Napoleón Bonaparte, que durante la campaña en Egipto y Siria (1798-1801), ordenó la creación de un grupo de científicos y especialistas denominado “Comisión de las Ciencias y de las Artes de Oriente”, quienes realizaron exploraciones e investigaciones arqueológicas con el fin de conocer el Antiguo Egipto y exportar aquellas piezas que les resultaban interesantes para Francia (Domínguez Monedero, 2001: 183-196). Los resultados de ese “turismo arqueológico” quedaría expuesto en la Description de l’fígypte. Se ha utilizado la denominación turismo arqueológico ya que, aunque se estaba produciendo una campaña militar como principal objetivo, el hecho paralelo de trasladarse y explorar un destino con motivaciones vinculadas al estudio de restos arqueológicos y de las sociedades pasadas, le daba una connotación turístico-arqueológica, convirtiéndose, en determinadas ocasiones, motivo de viajes a Egipto (Gil Paneque, 2001: 337-345). Podemos identificar rasgos que comparte con el actual arqueoturismo, si bien, existían intereses particulares con ánimos de lucro detrás de todo, había un interés científico, pues el conocimiento no era sólo por un mero goce individual, sino por el deseo de conocer la Historia de las zonas lejanas y su conexión con la propia, un aspecto que se desarrollará paralelamente al crecimiento del colonialismo e imperialismo europeos (Said, 2007).
Continuando con el Orientalismo, pero en sus versiones más vinculadas al Romanticismo y, por tanto, a viajes individuales y en pequeños grupos destinados más a la búsqueda de lo exótico y a la recopilación etnográfica, sobre todo, que a su explicación científica, en España cabe destacar la figura de Washington Irving, un escritor estadounidense que realizó en 1829 una ruta desde Sevilla hasta Granada con objeto de comprender la civilización andalusí a partir del monumento granadino por excelencia, la Alhambra. A pesar de que utilizó dicho viaje para redactar su conocida obra “Los cuentos de la Alhambra”, su interés por trasladarse a un destino para conocer el Patrimonio y la Historia le convierte en un arqueoturista a grandes rasgos (Irving, 1981; Irving, 2009).
En cuanto a los museos, hay una vinculación, como es el ejemplo español, del coleccionismo real, eclesiástico y nobiliario con la exposición pública (Giménez Raurell y Vacas Guerrero, 2007: 63-87) y privada de éstos, sobre todo con la recopilación de obras y objetos tras las desamortizaciones (Mora, 2015). Ya en el siglo XVIII surgieron museos nacionales como el Real Gabinete de Historia Natural constituido en 1772 por Carlos III, o incluso en París el Museo del Louvre inaugurado el 8 de noviembre de 1793, pero en España no sería hasta 1844 cuando se establecen las Comisiones Provinciales de Monumentos con objeto de crear y fomentar los museos provinciales, entre ellos los de arqueológicos, creándose mediante Real Decreto el Museo Arqueológico Nacional en 1867 a nivel estatal (Sanz Gamo, 2008). La existencia de museos en el siglo XVIII, y en mayor consideración en el XIX con la presencia del Museo Arqueológico Nacional, demuestran la presencia en Madrid de visitantes que tenían interés en conocer la Arqueología, en este caso sin tener que desplazarse de su lugar de residencia, pidiendo que los objetos pudieran visitarse en un museo relativamente cercano (Esteban Curiel 2007).
Quienes tenían interés en conocer la Historia a través de sus restos materiales, es decir, descubrir las civilizaciones pasadas a través de la Arqueología, formaban parte de la aristocracia o de la alta burguesía, pues, por la preparación académica y el nivel adquisitivo, podían reconocer, adquirir y valorar en cierto modo piezas arqueológicas, como por ejemplo en Málaga ocurría con los Marqueses de la Casa Loring, que se dedicaron a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX a viajar, sobre todo por Andalucía para conseguir piezas de gran valor arqueológico y exponerlas en su finca privada de la Concepción a partir de 1851 (Campos Rojas, 1987).
En Madrid conocemos otro caso de una antigua colección privada que actualmente se encuentra en el Museo Cerralbo y cuyas piezas fueron reunidas por Enrique de Aguilera y Gamboa, XVII Marqués de Cerralbo (Molinero Polo et alii, 2012), tras cuyo fallecimiento, dicha colección, adquirida en el siglo XIX, fue dividida para destinar una parte al Museo Arqueológico Nacional, y la otra restante conservarse en el palacio Cerralbo, instituyéndose como museo en 1944, diez años después de la constitución de la Fundación Museo Cerralbo. Dicha colección es fruto de múltiples viajes por el mundo con el afán de explorar nuevos lugares, incluyendo su Historia, el Arte y la Arqueología, un símbolo de distinción entre quienes conforman su clase, por lo que podemos hablar de turismo arqueológico (Recio Martín, 2015).
El descubrimiento de yacimientos, como pueda ser la cueva de Altamira en 1868, motivaba el interés por parte de investigadores que se afanaron en viajar para adentrarse en este escenario prehistórico y sus restos arqueológicos, muchos de estos fueron presentados en la Exposición Universal de París de 1878. No sería hasta 1902, cuando la cueva adquiriría un reconocimiento universal gracias a Cartailhac, prehistoriador francés, que hizo una publicación admitiendo que se había equivocado inicialmente al considerarla un falso hallazgo (Cartailhac, 1985: 375-380; Fernández-Miranda, 1994: 205-209). Este cambio de opinión sería el detonante del éxito de este yacimiento, el cual empezó a recibir múltiples visitas a partir de su apertura al público en 1917, lo que afianza más la idea del turismo arqueológico a causa de que, tanto intelectuales como el resto de la población, mostrarían interés en conocer las pinturas, el hábitat, la forma de vida, los restos arqueológicos, las formaciones geológicas, entre otros aspectos de esta cueva, al igual que pasaría con la cueva de Nerja tras su descubrimiento en 1959 (Periódico Diario Sur, 12/01/1959, consultado el 21/02/2017; Jimena García, 2009: 109-124).
No obstante, sería la necrópolis romana de Carmona, actualmente denominada Conjunto Arqueológico de Carmona, el primer yacimiento de España en permitir la visita del público en España, y uno de los primeros en Europa, siendo su inauguración el 24 de mayo de 1885. Esta apertura conllevaría a una adecuación consistente en la creación de un museo, el establecimiento de caminos y zonas ajardinadas, el vallado del yacimiento, y con el tiempo se le dotaría de su primera guía turística, tienda e incluso merendero (Periódico El Mundo, 21/05/2010, consultado el 25/02/2017; Rodríguez Temiño et alii, 2015: 263-282).
Por tanto, atendemos a un crecimiento de la demanda de los productos turísticos arqueológicos, sobre todo desde los años 70 a nivel internacional, no sólo en áreas conocidas, sino en aquellas poco visitadas motivando transformaciones económicas y sociales de aquellos lugares (Moreno Melgarejo y Sariego López, 2017: 167).
El turismo arqueológico, y en general, el turismo cultural, están sufriendo una gran revalorización en los últimos años mediante la aparición de nuevas fórmulas que le permitan acercarse al público objetivo que lo demande. Si atendemos a los datos publicados por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte acerca de la Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales (Fig. 1), para 2014-2015 podemos apreciar cómo, según estos resultados, un 30,5% de la población tiene un interés elevado por los yacimientos arqueológicos, estando entre las primeras causas de visita, con un 92%, el ocio y entretenimiento con un perfil cultural alto, siendo además los fines de semana o festivos los días de mayor demanda (Morère Molinero y Jiménez Guijarro, 2006: 115-139).
Ante esta situación, muchos destinos tradicionales frente a la competencia que supone el surgi- miento de nuevos destinos emergentes, han propuesto políticas turísticas que han visto en el turismo cultural una vía de renovación y de reinvención de su oferta turística que los haga continuar como destino turístico elegido por los visitantes. En este sentido, destinos tradicionales en el sector de Sol y Playa como Málaga, ha realizado en los últimos años una apuesta por el turismo cultural (Troitiño Vinuesa, 2007: 225-232), acompañada de una fuerte inversión en la creación de nuevos recursos y espacios destinados a cubrir las necesidades de índole cultural con la apertura de museos con una afluencia de carácter internacional como el Museo Picasso (27/10/2003), Museo Carmen Thyssen (24/03/2011), Museo Pompidou (28/03/2015) o el Museo Ruso (25/03/2015), entre otros, presentándose así el Turismo cultural como alternativa o complemento a turismos tradicionales, hoy en día menos reclamados en términos relativos, especialmente por la fuerte competencia internacional, reducida tras la crisis política de los últimos años, como el turismo masivo de Sol y Playa (Cànoves Valiente et alii, 2016: 431-454; García Sánchez y Alburquerque García, 2003: 97-105; García Mestanza y García Revilla, 2016: 121-135).

En palabras de Velasco González (2009: 237-253), el patrimonio cultural es considerado valioso, siempre y cuando lo sea para la comunidad local a la que pertenece, relación que se ha de tener presente cuando queremos crear un “producto turístico” (Serra Cabado y Pujol Marco, 2001: 57-81) y que resulta especialmente atacada cuando aparecen grandes museos trasladando piezas de otros lugares. No cabe duda que, en general, la ejecución de cualquier actividad turística, con independencia de su tipología, puede conllevar tanto aspectos positivos, como negativos. No obstante, cuando hablamos del Turismo Patrimonial4, debemos tener muy en cuenta una de las premisas esenciales, y que, sin embargo, es tan difícil de conjugar en la mayoría de los casos la relación entre investigación, conservación, difusión, “puesta en valor” y disfrute social (Bermúdez et alii, 2004; Calle y García Hernández, 1998: 249-266; Lunar, 2011: 133-140; Pastor Alfonso, 2003: 97-115).
La relación Arqueología-Turismo no tiene por qué entenderse como complicada o imposible, siempre y cuando se cumplan unos preceptos de entendimiento mutuo y cooperativo entre ambos mundos en relación con las diversas actuaciones a acometer y la búsqueda de objetivos e intereses que provoquen beneficios para toda la sociedad, pero que, por supuesto, también repercutan positivamente en el propio bien patrimonial, de manera que se evite crear perspectivas que desarrollen un turismo como una vía de comercialización y explotación económica patrimonial, sino que se entienda como una posibilidad de acercar y dar a conocer la Historia del lugar (Fontal Merillas 2013).
El turismo es una de las actividades que más crecimiento económico genera. Por su parte, el Turismo cultural, como ya hemos visto, suele estar asociado a un turista especializado, y con ello, según los datos de Turespaña de 2011, vinculado a su vez a un mayor gasto por parte del visitante al reclamar servicios de una mayor calidad, de ahí que el arqueoturismo pueda, en ocasiones, estar siendo percibido como un posible motor atractivo generador de riquezas (Sancho 1998).
Pero si bien, el turismo puede incentivar la revalorización, conservación y puesta en valor del yacimiento o monumento, también puede provocar efectos muy negativos sobre los mismos restos. De hecho, no son pocas las ocasiones en las que se ha podido ver el impacto que ha tenido una mala gestión turística sobre el Patrimonio (Ruiz Baudrihaye, 1997) suponiendo, en muchos casos, un coste demasiado alto o incluso irreparable para el bien. Un ejemplo conocido es Altamira (Fig. 2), cuyas visitas masivas provocaron graves afecciones en las pinturas rupestres, por lo que se plantearon soluciones como construir una réplica de la cueva con un Centro de Interpretación y cerrar las cuevas, como ocurrió desde el año 2002 hasta 2014, permitiendo de forma limitada y restringida la visita (Barreiro y Criado-Boado, 2015: 108-127; Beltrán, 1987: 61-81; Consorcio para Altamira, 1997: 57-62; Periódico http://www.publico.es/ 24/02/2014 consultado el 25/02/2017; López-Menchero Bendicho y Serio Tejero, 2011: 22-31; Sánchez-Moral et alii, 2016: 117-120).

Éste quizás sea el caso más conocido, pero hay otros más preocupantes si cabe, que se han convertido en auténticos fenómenos turísticos y sociales a raíz de sufrir una afección patrimonial como puede ser el ejemplo del Ecce Homo de Borja (Periódico El País, 21/08/2012, consultado el 25/02/2017), el Dolmen de Galicia transformado en merendero (Fig. 3) (Periódico http://www.elcorreo.com/, 25/08/2015, consultado el 25/02/2017), o más recientemente, la polémica restauración acometida en el Castillo de Matrera (Periódico El País, 11/03/2016, consultado el 25/02/2017).

A nuestro juicio, el problema radica sobretodo en esas miras de explotación exclusiva o preminentemente económica de un bien patrimonial. Por otra parte, la participación de entidades privadas en la gestión patrimonial puede suponer también un factor de riesgo cuando el Patrimonio se ve privatizado, y con ello, se limita el uso y disfrute de éste al resto de la población (Broca Castillo, 2006), lo que sucede incluso cuando se solicita un pago, especialmente si este es elevado.
En este sentido, las entedidades públicas tienen una gran responsabilidad de tutela con respecto al Patrimonio que no siempre se cumplen de manera correcta, estando muchas veces sujetos a intereses económicos o devenires políticos diversos como son los casos de la Parroquia de la Merced, la casona de La Virreina o La Coracha(Fig. 4), cuyo valor histórico y patrimonial ha sido sustituido por la predilección por una nueva imagen urbana más que cuestionable.
Otro de los temas sobre los que se puede dicutir es el fenómeno de proliferación de museos, centros de interpretación o “puesta en valor” de los yacimientos que, si bien en algunos casos son de los más acertados, en otros se realizaron en tiempos de bonanza económica sin tener en cuenta su viabilidad y sostenibilidad a medio-largo plazo poniendo en peligro su apertura al público(Fig. 5) (Arcila Garrido y López Sánchez, 2015; Jiménez Caballero et alii, 2012; Velasco González, 2009).
Actualmente, el arqueoturismo es todo un fenómeno que está en pleno desarrollo y comprende mucho más que la visita tradicional a yacimientos o museos arqueológicos a los que, con más frecuencia, se le están sumando el uso de las nuevas tecnologías pudiéndose hablar de Arqueología virtual aplicada al turismo.
Existen iniciativas tales como el visionado de realidades 3D de yacimientos arqueológicos, museos y de piezas arqueológicas, gracias tanto a la fotogrametría como a la reconstrucción virtual tridimensional, permitiéndonos recrear el Patrimonio para la reconstrucción y difusión del mismo (Torres Aguilar y Rodríguez Moreno, 2007: 537-553). En el campo de la elaboración tridimensional trabaja la empresa “PAR-Arqueología y Patrimonio Virtual” (http://www.parpatrimonio.com), pero también hay publicaciones en revistas especializadas en arqueología virtual como Virtual Archaeology Review, donde tiene cabida todo lo relacionado con el uso de las nuevas tecnologías en el Patrimonio Arqueológico.
En el caso de la visita 3D a los yacimientos, podemos hablar de la posibilidad de visitar una cueva a través de unas gafas de visionado 3D en algunos museos españoles, hecho reciente que coincide con el estreno del largometraje sobre el descubrimiento de Altamira (Altamira, consultado en http://www. sensacine.com/peliculas/pelicula-232283/ el 25/02/2017). También hay museos, sean arqueológicos o de otra tipología, que permiten realizar la visita 3D en su interior, como por ejemplo el Museo Nacional


de Arqueología Subacuática (http://en.museoarqua.mcu.es/web/visita/index.html). Por otra parte, cabe destacar la tecnología 3D que han implantado algunos centros y museos recientemente, posibilitando que visualicemos sus piezas arqueológicas desde cualquier perspectiva sin necesidad de acudir al centro, como es el ejemplo de los vasos de la Grecia Arcaica, siglos VIII-VI a.C. del Museo Arqueológico Nacional (https://sketchfab.com/man/collections/vasos-de-la-grecia-arcaica-siglos-viii-vi-ac). La aplicación de esta nueva tecnología es una alternativa e incluso puede sustituir, según en qué criterio, a la fotografía y al video convencional dada la mayor interactividad que estos medios recientes proporcionan al usuario ofreciendo una nueva forma de hacer turismo arqueológico.
También podemos tratar acerca del uso de tablets o smartphones con aplicaciones que permiten el uso de la realidad aumentada en la realización de rutas por yacimientos, hoy en día destruidos o muy deteriorados, siendo por tanto una herramienta muy útil en estos casos ya que facilitan acercar el Patrimonio a los visitantes sin necesidad de llevar a cabo intervenciones de reconstrucción del mismo, lo que no quiere decir que éstas no sean necesarias si no son agresivas, para que los visitantes interpreten cómo sería en el pasado (Acién Martínez et alii, 2010: 47-49; Esclapés Jover et alii, 2013: 42-47; Pino Cutillas y Soriano Castro, 2012; Ruiz Torres, 2011). Esta nueva forma de ver a la Arqueología y de hacer turismo proporciona una mayor cantidad de datos y puede dotar de mayor atractivo a la visita a aquellos lugares donde los yacimientos se encuentran, como antes reseñábamos, en condiciones deficientes de conservación, e incluso ofrecer una segunda visión conociendo algo tan atractivo como el ayer y hoy de los mismos (Spanedda y Cámara Serrano, 2013).
Además del empleo de las nuevas tecnologías, es frecuente hoy en día encontrar multitud de rutas patrimoniales dentro del ámbito de las visitas teatralizadas, pero también, de jornadas temáticas, recreaciones históricas u otra serie de actividades lúdicas como conciertos, festivales de danza, observaciones astronómicas, etcétera, en torno a los propios yacimientos o monumentos. Como ejemplo, hay recreaciones históricas como la entrada de los Reyes Católicos en Málaga en 1487 organizada por la Asociación Zegrí (Periódico http://www.laopiniondemalaga.es/luces-feria/2016/08/21/cabalgata-historica-malaga/871377. html, consultado el 25/02/2017), festivales de Música como el Stone&Music Festival de Mérida que se celebra en el teatro romano de esta ciudad (http://stoneandmusicfestival.com/, consultado el 25/02/2017), observaciones astronómicas como anualmente se ofrece en el dolmen de Dombate (http://agrupacionio. com/gl/observacion-astronomica-no-dolmen-de-dombate, consultado el 25/02/2017), e incluso podemos hablar de celebraciones como las matrimoniales en castillos y palacios medievales (https://www.bodas. net/bodas/banquetes/castillos, consultado el 25/02/2017).
Otra de las actividades que parecen ir ganando en el número de iniciativas conocidas y que tienen un carácter mucho más participativo, son aquellas destinadas a que los visitantes descubran de primera mano cómo es el trabajo de un arqueólogo in situ mediante visitas a la propia excavación en “jornadas de puertas abiertas” (Fig. 6) permitiendo acercar las diferentes tareas que se realizan en una excavación, siendo explicadas por los propios arqueólogos, pero también las destinadas especialmente a los jóvenes como puedan ser las excavaciones recreadas o los talleres de Arqueología. Algunos ejemplos son el del Yacimiento de Monte Bernorio (http://www.montebernorio.com/jornada-de-puertas-abiertas-2015/, consultado el 25/02/2017), o las del Poblado Prehistórico de Cabezo Redondo (https://web.ua.es/es/ actualidad-universitaria/2016/julio16/11-17/fin-de-semana-arqueologico-con-la-jornada-de-puertas-abiertas-en-cabezo-redondo-y-el-museo-arqueologico-de-villena.html, consultado el 25/02/2017).

Esta participación tiene un claro objetivo, aparte de formar mediante prácticas a futuros arqueólogos, es la concienciación a la sociedad de cuál es la verdadera labor del arqueólogo en todas sus fases para desmitificar la visión que ofrecen las películas, dibujos animados e incluso videojuegos, dotando así del valor que se merece esta profesión.
Uno de los fines de la Arqueología es dar a divulgar a la sociedad actual las investigaciones que se han realizado sobre nuestra Historia y pasado. Qué duda cabe, por tanto, que no hay mejor forma de acercarnos a ese pasado que conociéndolo de primera mano, de ahí que el turismo sea considerado como un medio imprescindible que nos permite descubrir no sólo la cultura pasada del lugar, sino también la de la sociedad actual en la que el yacimiento o museo se encuentre localizado siendo, por tanto, una gran fuente de experiencias personales y de intercambios sociales.
Por eso, desde el ámbito de la Arqueología, debemos promover un turismo cultural experiencial con el visitante y sostenible con el Patrimonio y el medio en el que se inserta que no se entienda como “una posibilidad de negocio”, y por tanto, que no solo busque el crecimiento exclusivamente económico de la localidad sino además, que abogue como garante preservador de los valores patrimoniales e identitarios de la misma, de manera que contribuya a su vez a flujos continuos de intercambios de conocimiento que sean fuente de enriquecimiento cultural y social mutuo y multidireccional entre el Patrimonio, los educadores patrimoniales, los visitantes y la población local. Para ello, un buen programa de planificación turística y patrimonial son elementos clave que han ir de la mano y en estrecha colaboración para evitar, o al menos reducir al máximo, los efectos negativos del turismo y los problemas que un mal entendimiento del desarrollo de éste pueden conllevar si solamente lo miramos desde fines preferentemente económicos.





